Mi tío Jesús, por Francisco Gómez

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Últimamente estoy triste, con ganas de poco. Todo me cuesta mucho, lo reconozco. Nunca he sido la alegría de las fiestas pero ahora, en este momento, arrastro mi desconcierto y dolor por las calles como puedo. No me importa reconocerlo en público con estas palabras porque escribo con mi verdad por bandera y hace tiempo he decidido ser ante todo y sobre todo, fiel a mí mismo.

Camino las avenidas de mi city dura e indiferente con la vista fija al suelo porque mirar la línea del horizonte se me antoja un duro ejercicio de incertidumbre. El pasado durmió, el presente es una niebla que espesa la mirada y al futuro ni se le conoce y menos intuye.

Me cuestan las cosas mucho; leer, apenas escribo (este es uno de los pocos artículos que he derramado al papel internáutico en tiempo). Mis amigos que tanto me aprecian (nunca sabré devolverles en buena lid la medida de su amor incondicional) dicen que vaya a los sitios y a veces lo hago, pero me cuesta mundos. Camino con la desolación a cuestas y un velo de inciertas tinieblas cubre mi retina.

Uno es un jilipuertas por muchas cosas y llevo marcado a fuego la “P” en mis espaldas, cansadas de tantos quebrantos y golpes inesperados en las entrañas. Doblado, sigo camino como puedo. Sé que cuento con la comprensión de algunas personas y las manos amorosas que entienden en silencio del Hacedor

Os diré que en mi corazón caben muchas personas, que muchas/os tenéis un huequecito en mis aurículas y ventrículos de hombre en llamas que nunca llegará a nada, un perfecto anónimo que no hará realidad sus sueños y que os sonríe con un gesto que esconde la derrota del payaso.

Lo digo porque últimamente me han dado noticias sobre la salud de personas que quiero y me han hecho temblar los cimientos. No imagináis cómo… Terremotos en mis sentimientos y emociones que cuesta entender, manejar, comprender. ¿Por qué sobrevuela la desgracia en tiempos que parecían de bonanza? Lo reconozco. Soy un pobre tonto, ingenuo caminante que cada vez entiendo menos, casi nada…

Mi queridísimo tío Jesús, al que tanto y tanto estimo (escribo con lágrimas entre mis dedos) tiene un Alzheimer y Parkinson galopantes y verlo así, con lo que él ha sido para mí, y los recuerdos que me visitan de tantas historias juntos, tantas palabras, tantas anécdotas, tantos códigos que sólo sabemos él y yo, me escuecen como fantasmas que visitan mi ayer y hasta hace nada el hoy fugitivo. Se me han abierto las heridas por varias cosas y una de ellas es verlo así, cuando es difícil mantener una conversación, cuando necesita de los cuidados permamentes de mi tía Clarita, toda amor, toda abnegación hacia él, toda atención amorosa a su marido que estas inútiles palabras son incapaces de explicar. Vuelvo a recordar la enfermedad de mi buen padre que también padeció Alzheimer y un río amargo y triste me sube a la boca y desemboca en los ojos cansados de tantas batallas y tantas derrotas. A veces los fantasmas me visitan y dejan noches insomnes con personas y recuerdos que van y vienen, imposibles de contener…

Algún día tendré que escribir largo y tendido de la relación que he tenido con mi tío Jesús y su amor por su pueblo, El Toboso, al que él y yo hemos ido tantas veces, para reunirse con sus hermanos. No tengo palabras para describir el amor que le tiene a su pueblo, sus hermanos… No cabe en estas líneas. No cabe en estas hormigas negras. No cabe por mucho que escriba. Las relaciones tío-sobrino no se han prodigado, que uno sepa, mucho en literatura y ahora tengo un agujero hondo del que mana un venero dulce y amargo que algún día, cuando tenga más ganas de escribir, intentaré describir con palabras huidizas. Estoy seguro que para mi tío Jesús Rodríguez García he sido, soy, el hijo que nunca tuvo y ahora con la carrera de los años, lo entiendo perfectamente porque yo soy tío, no tengo hijos y mi sobrino es como un hijo también para mí.

La otra mala nueva que me asola es la enfermedad de un buen amigo, también de nombre Jesús. Una patología, al parecer, de difícil curación. Recibí la noticia como un bombazo al corazón y estuve días pensando y pensando… Cómo nos sobreviene la desazón en tiempos de alegría, cómo es posible tanto golpe inesperado y cervical… Tantas y tantas tardes y noches al borde del desencanto y con nuestras rubias nocturninas acariciándonos los labios o los cubatas en la quilla de aquel lugar, hablando de libros, de escritores, de literatura, nuestra amante incondicional que paga con desconcertante precio a sus hijos… Me decías que nunca llegaremos a nada en este oficio inquietante de escribir, que nadie se acordará de nosotros cuando en los créditos salga el “The end”, que nuestros libros caerán en el olvido y el polvo de las estanterías, que tantas/os han escrito y escribirán mejor que nosotros. Nuestro reto a la posteridad caerá en el lodazal del olvido… Aquella tarde que fuimos a presentar tu última novela en una librería de Alicante. Y luego tú y el mua irnos antes y después a tomarnos unas rubias y devorar los misterios de la noche.

Recordaré siempre la maldita fecha. Abril. 30. Un mes y un día terribles sobre mi corazón y cabeza. Fui a visitarte a la arquitectura más hambrienta de esperanza mientras afuera caía una lluvia mansa. Unas gotas de agua que circulaban por mi epidermis, no sé si tratando de consolar un corazón en dudas, mientras adentro caía una lluvia ácida, una lluvia devoradora de las certezas, de las posibilidades. Una fuente venenosa que hablaba de que ya no habría claridad, todo provisionalidad en este tiempo oscuro sin visible salida.

Me viste y comentaste: “Ché, Paco, tú por aquí”. Y uno: “Que no tenía nada que hacer y digo, voy a darme un garbeo por aquí”. Y hablamos poco y lento. Tú mirabas como a las interrogantes que se levantaban entre las paredes blancas, frías, asépticas y yo no sabía muy bien qué decirte, al tiempo que la lluvia me calaba por fuera y por dentro. Seguro que echabas de menos fumarte uno tras otro tus cigarrillos en pose elegante y desencantada pero la gente guardiana de blanco no deja echar un puto pitillico a la boca y un trago al cubata sediento de esperanzas.

Gentilmente me dijeron que marchara y uno siempre ha sido un tipo obediente aun en las noches preñadas de preguntas y marché de tu vera con la tristeza callada y el ruego de que mejores.

Últimamente rezo mucho. Platico con el Hacedor por las personas que quiero y están enfermas. Por mis amados Jesús, por Paco, por la madre de una persona muy importante. Supongo que tendrá dolores de cabeza con mi absurda letanía pero sé lo que hago y espero con la incierta interrogación de los días.

Os quiero. Conmigo vais. Mi corazón os lleva.

Francisco Gómez

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