LADRÓN DE FLORES, por Francisco Gómez

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Uno teme la llegada incógnita del último día cuando se acaben las urgencias temporales y tenga que presentarme ante las altas instancias no terrenales (uno sigue en la creencia de cosas que hoy parecen anticuadas, fuera de este tiempo rápido y líquido) y se presente ante las puertas del Cielo, más allá del azul, hoy misterioso, ante la presencia de Pedro, el guardián de las llaves, el poseedor del pasaporte a la vida después de esta vida y me diga admonitorio:

-¡Qué has hecho, hijo mío…!

Y uno (no sabe ya si con cuerpo mortal, brazos piernas, ojos, pecho y todos nuestros aditamentos) pueda resoplar preocupado por la suerte que le toque y la preocupación en el semblante (si aún lo tengo, no sé…) por la incierta posibilidad de no traspasar los umbrales que abran las puertas para estar con quienes más ansío por toda la eternidad. ¿Suena largo esto de la eternidad, in secula seculorum? ¿Qué haremos con tanto tiempo libre…?

Trataré de explicarle que cometí un pecado grave por amor a mi amiga que se fue antes que uno. (Tantos pecados hemos pertrechado ya, tantos que no sabemos si caben en los pelos de nuestra cabeza aún con cuero cabelludo). Sí, sí… ¿os acordáis de una cosa que se llamaba o llama pecado y conciencia de culpa que antes se llevaba cuando creíamos en ellas más que en los horóscopos, los designios del tarot, las constelaciones familiares y toda la ralea que hemos sustituido porque el hombre parece que siempre necesita mitos, leyendas, historias para guarecerse ante la llegada de la noche y sus misterios, silencios y preguntas que necesitan respuestas. Respuestas para no caer en desalientos ante el sinsentido, el absurdo, los juegos burlescos del azar…

Le diré al pescador de hombres que lo siento, lo siento. Sí, cometí, cometo, he cometido pecado grave de desobediencia, rebelión y si me quedan lagrimales en las ventanas, le pediré que me deje entrar, que no quede fuera, como el tríptico de “El jardín de las delicias” donde los justos y puros y buenos entran y los pecadores, los indignos, libertinos, malvados y canallas se dirigen con desesperación al reino de Hades, aferrándose con angustia y las uñas destrozadas a los últimos resquicios de esperanza con destino al abismo.

Le discutiré con vergüenza y arrobo que lo hice porque me dolía ver la tumba de mi amiga sin flores. Sí, es cierto, tienes toda la razón. Quité flores de difuntos recién idos para ponerlos en los jarrones secos, mustios y aletargados de mi amiga. Me duele la rapidez de ver cómo olvidamos, cómo los que fueron y significaron, dejan de estar en nuestras agendas cuando marchan al otro lado. La agilidad de nuestra memoria para pasar página en estos tiempos fugitivos, alados que no esperan a nada ni nadie. Cómo caen los símbolos y casi nadie los recuerda porque no hay tiempo para detenerse. Que allí sólo hay huesos y nada más. Muchos siguen sin entender nada… Así giran hoy las cosas…

Le diré que a pesar de mis nulos méritos y escasas capacidades, no dejé de creer a pesar de todo. Pero no podía soportar la tumba de mi amiga olvidada, desangelada, sin el colorido de las flores que adornen su estancia junto a su querida madre, que tanto y tanto la quiso tras su marcha y uno fue testigo de amor de aquella buena y sentida señora. Y sí, se las quité a otros, que tenían muchas y ya procuraba uno que no se notase en demasía la carencia de algunas en sus tumbas.

Los ojos de arriba habrán visto muchas veces mi caminar entre la niebla de este pobre hombre en ruinas por este vía crucis sentimental que cada día es más largo, con más paradas para hablar con quienes estimo y anhelo que me esperen tras el azul maravilloso y mediterráneo del misterio.

Si tengo suerte y el guardián celestial comprende pues antes que santo y jerarca fue hombre, que pasaría las suyas por Galilea, me arreará un pescozón en la nuca (suponiendo que uno la mantenga) y diga con una sonrisa de sorna:

-Anda, tira “pa” dentro. ¡Menuda pieza estás hecho! A ver a tu amiga y a los que te esperan ahí dentro. No sé si te lo mereces pero venga que hay más esperando…

Y con los ojos arrasados espero entrar para ver cómo es todo aquello mientras los que amo, estarán ahí. Esperando. Incluida mi amiga a las que tantas flores puse porque uno no olvida y siempre recuerda.

Francisco Gómez

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