EL CORRO, por Francisco Gómez

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A mis padres Siempre
A Luis Landero

Las veo. Ahí están una tarde tras otra, como un conciliábulo sin códigos escritos que determina que a una hora determinada, apenas raya el crepúsculo sus primeras líneas y la calor deja de lanzar sus narcotizantes dardos sobre el asfalto, sobre las ventanas, sobre las conciencias, ellas se reúnen en los bancos centrales del parque para proseguir las conversaciones que dejaron en la madrugada de anoche cuando el sueño les vencía y convocaba al descanso limpio, verdadero.
Las observo. Una y otra vez. Parece que el tiempo no pasa por ellas. Esta medida inmaterial de las cosas y las personas que parece estar dormido, que nunca avanza tras la luz que se entrevé entre los visillos, en la brisa del viento sobre las ramas de las lanzas. Pero se mueve y no se detiene y ellas lo saben bien, muy bien. Ellas, que primero fueron hijas y marcharon al colegio y regalaron su amor a sus padres. Aprendieron las primeras letras y las reglas de ortografía y la dichosa gramática. Y se enamoraron de buenos mozos en los difíciles tiempos cuando comer era un ejercicio de dificultad y hablar se podía hacer bajito y con cuidado de los oídos que escucharan. Y se casaron. Recuerdan aquel día como uno de los principales de sus vidas si el marido no salió rana y las trató con amor y decencia. Y tuvieron hijos. Y ya tuvieron una nueva etiqueta. Dejaron de ser hijas para ser madres. Vuelta a empezar. El colegio, los cuadernos, los libros, las cuatro reglas, la sintaxis, los ríos, los mapas mudos…
Y luego los hijos se hicieron mayores y se enamoraron, como un día legendario lo hicieron ellas. Y volaron para crear su propio hogar. Y las dejaron a solas pero siempre con las ocupaciones del hogar y cuidar al marido, cada vez más mayor, cada vez más quejica, más cascarrabias. La sombra de la edad adulta entró un día por la puerta para quedarse entre sus frentes ya arrugadas. Y se convirtieron en abuelas. De hijas a madres y ahora abuelas. Y otra vez el colegio para llevar a los nietos y de nuevo estar pendientes de los infantes con el bocadillo y los cuadernos y los deberes. Correr penosamente tras ellos para que no se escaparan con sus diabluras por las calles, en las plazas.
La plaza donde están ellas ahora sentadas, contándose las últimas incidencias del día; que si la vecina tal ha hecho o dejado de hacer cual cosa, que si la famosa de la tele mira cómo se porta. Que si su hija, tan lista, tan educada, tan inteligente ha logrado ese trabajo tan admirable y mira cómo ha ascendido en el escaparate social. Y ella tan orgullosa de su prole aunque sólo se acuerden de su madre el día de su cumpleaños un ratito con una llamada fugaz de teléfono.
Las miro. Hablan de sus logros, de sus tareas, de sus afanes diarios que no constarán en el libro de las grandes cosas del mundo, de los grandes personajes, de las grandes hazañas pero ellas laboran para crear, construir el andamiaje de los días que parece que no pasan pero sí… De hijas a madres y ahora abuelas. Un largo camino recorrido con amor callado que no saldrá nunca en los papeles ni se convertirá en la noticia o la portada del día.
Recuerdo con agrado y dolor aquellos días de mi infancia cuando mis padres bajaban a la esquina frente a mi casa. A esa hora del día, cuando las sombras se apoderaban de las calles y el sol entonaba su rendición, salían los vecinos de sus casas para empezar la charla amena, tranquila, sin prisa y contarse sus cosas, sus deseos, sus preocupaciones, sus ambiciones pequeñas, los éxitos de sus vástagos. Bajaban sillas y mesas y compartían la cena, las charlas a la luz de las farolas y los sueños de hoy y mañana. Estas escenas de vecindad bien avenida que hoy no veo en las noches de verano, cuando cada cual está amurallado tras su ventana abierta o cerrada con su aire acondicionado, la televisión (dice Juan Ángel Castaño que desde que encendimos la tele todos estamos durmiendo) o internete o el móvil que nos tiene a casi todos drogados con su rapidez y fugacidad. Ya no veo estas escenas en Altabix ni en el Raval mágico. Sólo en alguna zona de Carrús y sí en el Camp d´Elx (y no en todos los sitios). El campo conserva su esencia, su identidad entre los más viejos del lugar.
Recuerdo la novela coral “Caballeros de fortuna” de uno de mis escritores predilectos, Luis Landero, donde los más antiguos del lugar se reunían en la plaza del pueblo para observar, contemplar los andanzas de los protagonistas. Ellos, que ya habían dejado de ser los actores para convertirse en el público que comentaba las asechanzas de cuanto veían o creían intuir.
Como estas buenas mujeres que ven desplegarse los días y las noches sin solución de permanencia, en este río del tiempo que no se detiene y hace estragos silencioso y nos causa en el cuerpo heridas y ausencias en alma. Y parece que no pasa nada, que todo se repite, que no hay nada nuevo aunque ellas comentan las incidencias con mil detalles y requiebros. Como si cada cuento fuera nuevo, recién descubierto y vestido de ropajes vistosos tras el día de ayer, que ha dado paso al hoy y corre hacia mañana…
A ellas, que han construido y crean con su amor de hijas, madres, esposas, tías, primas, vecinas, abuelas, bisabuelas, el tapiz del amor cotidiano que nadie observa, que parece diluirse y cuando se marchan un día de tantos en silencio, parece que nadie recuerda. Parece, sólo parece…
Las almas inquietas no cesan de recordar y revivir la ausencia.

Francisco Gómez

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