Encuentro con la poesía en la Casa Natal de Miguel Hernández. 27 poetas, libro.

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CARLOS JAVIER CEBRIÁN

Salies de Bearn, Francia, 1965.

 

Director de la Asociación Cultural Ediciones Frutos del Tiempo de Elche desde 2011. Coordina para la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Elche los ciclos literarios que organiza la misma desde 2016, con el título de La Dignidad de la palabra. Dirige las colecciones Frutos Secos de narrativa y las colecciones de poesía Lunara, y Lunara poesía plaquette.

 

Ha publicado los libros de poesía

Poemas de lluvia y alquitrán, Ediciones Inauditas 1987, Heroína, Col. Lunara Poesía 1991, Humo que se va, Col. Diarios de Helena 1999. Seleccionado en el ciclo ALIMENTANDO LLUVIAS del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Pliego nº 8 2001. Celebración del milagro, Editorial Celya 2005, Maneras distintas de amar o des-amar, Pequeña editorial, Elche 2006, (Edición limitada, no venal), Estragos, Colección Le Chat nº 1. Edición de Pedro Serrano, 2012, Bagatelas, Pliegos de la palabra. Editorial Babilonia, 2016, y Vida de poeta colección Lunara poesía plaquette, 2018.

Y de prosa:

Las noches de marzo. Ediciones. Inauditas 1989, De belleza perezosa. Col. Temes D’Elx. 2000. Publica desde 2004 hasta 2006 y durante 2008 una columna de opinión semanal en el Diario NOTICIAS ELCHE, titulada COSAS MÍNIMAS.

 

MÚSICA Y POESÍA

La poeta nicaragüense Ana Ilce Gómez, escribió estos versos memorables:

me pregunto para qué escribo, para qué sirven estas líneas, si al leerlas alguien no fue mejor o más piadoso o más confiado…**

 Yo creo que Miguel Hernández con sus poemas nos ha hecho mejores a todos los que lo hemos leído, más piadosos y más confiados, lo creo sinceramente y con emoción.

Mi vinculación con Miguel Hernández se puede decir que fue musical. Yo empecé a escribir porque quería componer canciones, quería formar una banda de rock o de pop, y para ello empecé a cursar Solfeo y Guitarra en el Conservatorio. Para acompañar mis ingenuas melodías empecé a escribir mis letras ingenuas. Pronto me dí cuenta de que se me daba mejor escribir palabras que componer melodías, supe de inmediato que no me bastaba con acertar con la rima y la musicalidad, quería decir cosas, estaba haciendo algo parecido a poesía. Busqué lecturas, poetas, libros y cayó en mis manos Veinte poemas de amor y una canción desesperada y lo devoré, y en casa de mi novia, en el tocadiscos de su padre, descubrí el vinilo que Joan Manuel Serrat grabó con los poemas de Miguel Hernández, y otra vez emocionado supe que apenas había diferencia entre música y poesía, lo importante era la emoción, el sentimiento, el lenguaje, la creación…

Seguramente Serrat, y Hernández y Neruda son los responsables de que yo haya dedicado los últimos 36 años a escribir versitos de amor de esta misteriosa manera que ni yo mismo sé explicar…

Estoy seguro de que nadie es mejor persona después de leer mis poemas, ni tampoco más piadoso o confiado, pero yo cuando leo a Miguel sí me sé mejor, más confiado -pese a todo- con el ser humano, con la vida, con la poesía, sí, definitivamente Miguel Hernández nos hace mejores, con su poesía y con su ejemplo, más tolerantes, más personas de bien, estoy seguro, ese es para mí su legado…

 

Menos tu vientre todos es oscuro, menos tu vientre claro y profundo
Menos tu vientre, Miguel Hernández/Joan Manuel Serrat
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
20. Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda

 

**Entredicho de la poesía/Telar de duda.
Ana Ilce Gómez.

 

DESNUDEZ (a modo de poética)

Si hablamos del conjunto de principios o de normas que caracteriza mi poesía, o mi obra, o si lo hacemos del conjunto de esos principios que caracteriza a una escuela, o corriente, tendré que decir que no tengo ni idea de mi poética.

Si por el contrario se trata de decir o definir el motivo, el porqué de escribir -que no del cómo, ya lo he dicho-, tengo una sencilla respuesta: escribo porque no comprendo la vida. Mi vida es algo que me ha decepcionado, a estas alturas de mi existencia, por completo. Otra manera cualquiera de decir que he defraudado mis expectativas. Llevo 36 años de escritura, un relato irregular de mi vida, y desde el principio he intentado no hablar de mí mismo con mis poemas, sin conseguirlo, claro está. Al final solo hablo de mí y mis circunstancias, le cuento mi vida a no sé quién, seguramente a mí mismo en particular y en general. Dentro de esta incomprensión también debo añadir que escribo porque tengo un miedo atroz a la muerte, a la inexistencia. No del modo que escribiera Michel de Montaigne: Lo que les atormenta no es la muerte, es morir*. En mi caso es al contrario, lo que me atormenta no es morir, sino la muerte misma, el concepto, la conclusión, la nada, el vacío, la inconsciencia.

Por todo lo expuesto, mi miedo -mi escritura- se aferra a que en el fondo yo siempre me he creído inmortal, desde niño, no puedo aceptar otra cosa, otra idea, ni siquiera la realidad. No suelo utilizar en mi poesía el plural humilde, no me gusta el uso de generalizaciones y de supuesta sabiduría, nada en mí es firme o sólido, afirmativo o perdurable para hablar por los demás. Yo me creo inmortal porque si no es así, nada de esto tiene sentido. Pero es curioso que pese a todo lo dicho, no es la muerte un motivo de mi escritura, lo es mi vida, escribo porque vivo, porque estoy viviendo, con un viaje hacia la sencillez, con desnudez. Y para ello me he sujetado a la máxima de que para mí en el poema lo importante es lo que no se dice, el subtexto. Así que me he pasado la vida escribiendo poemas de amor, ni más ni menos, desnudándome metafórica y físicamente ante todos ustedes mis queridos, indefensos, desconocidos lectores. Escribiendo, a fin de cuentas, porque me ha dado la gana. Sabiendo además, como escribe Eloy Tizón, que escribir, como vivir, siempre deja cicatrices y además es siempre una traición**.

* Los que en los suplicios vemos correr a su fin y apresurar y empujar su ejecución, no lo hacen por valentía, sino porque quieren quitarse de encima la idea de su fin cercano. Lo que les atormenta no es la muerte, es morir.
DE LA GLORIA. ENSAYOS. MICHEL DE MONTAIGNE.
**Escribir es siempre una traición. Escribir, como vivir, siempre deja cicatrices.
ELOY TIZÓN. ZOÓTROPO (Prólogo) VELOCIDAD DE LOS JARDINES, 2017.

 

IMPRE(CI)SIONES

 

De Diario de un poeta intrascendente 1993-96 (Inédito)

 

I

Las carreteras o las fronteras

donde alguna vez perdí los nombres,

donde dejé fragmentos de mi voz

nombrándote,

donde nunca

encontré respuesta por casualidad.

 

Mi deseo es garganta febril

que te llama, que te llama

y pierde voz.

 

II

 

Por ti he cruzado esa delicada frontera

-más allá de la cordura-

y el delirio no me ha acercado a ti,

no te he encontrado.

 

Me enviaste al infierno

y ahora no sé cómo volver

 

III

 

Tus labios son enemigos fugaces.

 

Creo que soy feliz…

casi me duele confesarlo.

 

La aurora es cruel con mis sueños,

siempre.

 

IV

 

El otoño con su manto de cordura

cotidiana,

por supuesto,

también ha invadido mi patio de luces;

desde mi ventana

mientras me fumo un cigarrillo.

 

Este otoño las aves migratorias,

como de costumbre, han pasado de mí.

 

V

 

Fuiste un golpe de invierno

y como el invierno llega

llegaste a mi vida;

como un invierno desmedido

abrazaste mi vida desmedida.

Tantos andenes, tantas ventanillas,

tantas perspectivas, tantos caminos,

y apareciste tú,

fuiste un golpe de invierno,

siempre eres invierno,

invierno siempre desde los andenes,

lluvia, frío, en las almohadas,

lluvia, frío, en las despedidas.

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