PRESENTACIÓN DE “EL COLLAR DE PERLAS” de Milagros Román en la librería Códex de Orihuela, 16 de enero de 2020, por José Luis Zerón

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Conocí a Milagros Román en la década de 1980 cuando ambos escribíamos en el desaparecido periódico Elche; yo como redactor de Orihuela-Vega Baja y ella como colaboradora habitual. A veces (muy pocas) coincidí con Mila en la redacción del periódico y la recuerdo como es ahora: afectuosa y llena de vigor. Pero fue hace cinco años, cuando iniciamos una amistad que ha ido fortaleciéndose con el paso del tiempo. No voy a detallar el extenso, casi inabarcable, currículo de Mila; solo destacaré que es una mujer polifacética: poeta, autora de varios poemarios e incluida en numerosas antologías, articulista y reseñista, artista plática, cantante, compositora y bailarina (es titulada en Danza, Grado Superior en Pedagogía, y cursó estudios musicales de piano, violín y Canto en los Conservatorio de Murcia y Elche). También ha publicado un libro de cuentos. Esta que tengo el honor de presentar esta noche, es su primera novela. El collar de perlas, publicada por Ediciones Frutos del tiempo en la colección ´Frutos secos de Narrativa`.

El collar de perlas relata la dramática historia de Ana Ferrero, una mujer de familia acomodada de unos 40 años de edad. Desde su infancia se ha debatido entre el dilema moral de obedecer las reglas sociales de la dictadura franquista regidas por la omnipresencia de la Iglesia y el rígido patriarcado, o seguir sus instintos de libertad. Ana optará por rebelarse contra una vida abocada al servilismo del padre o del marido y se enfrentará a las normas impuestas dentro de una sociedad arcaica y clasista; pero su necesidad de independencia, que le llevará a la huida constante de quienes tratan de someterla, le acarreará trágicas consecuencias. La autora advierte al lector de lo que se va a encontrar en las páginas de esta novela con un breve texto que sirve de pórtico a la narración y que es todo una declaración de intenciones: “la obediencia a nuestros mayores no o es siempre una actitud acertada; interfiere en nuestro destino”

Estamos, pues ante una novela compleja que es a la vez un relato sociológico de la España franquista, donde la mujer era poco menos que una esclava de su marido, y un relato de iniciación, que puede leerse también como un thriller desde una perspectiva de género. En sus páginas abundan situaciones peculiares aunque narradas con verosimilitud (como la escapada adolescente de Ana a una comuna hippie en Ibiza durante su internado en un colegio católico para señoritas de señoritas de Suiza) y variedad de personajes, como el terrible y no por ello menos ambiguo, Roberto Gaimour, el rico y joven empresario que contrae matrimonio con la protagonista con la bendición incondicional de la familia Ferrero. El desenlace desborda imaginación y no deja indiferente al lector.  Milagros Román maneja con soltura la elipsis y la etopeya  y logra fundir y equilibrar estos elementos de manera convincente con diálogos escasos y bien construidos y empleando un lenguaje elegante, sencillo, directo, a veces apresurado, pero muy eficaz por su cercanía al lector. Destaca, sobre todo, la voz narrativa omnisciente que insiste en lo narrativo por encima de lo descriptivo y penetra en el complejo entramado psicológico, emocional y sensible de la protagonista dosificando sabiamente la información con el fin de elevar el suspense de la trama.

En mi opinión, la novela tiene, digamos, dos partes sin diferenciar: la primera llega hasta el capítulo X, y la voz omnisciente nos cuenta el ejercicio de memoria de Ana Ferrero, ya madura y con dos hijos, durante su huida en tren a Barcelona. Mediante esta analepsis asistimos a su anfractuosa vida. La segunda sitúa al lector en la acción inmediata. Comienza cuando Ana llega a Barcelona y comprende que sus conflictos la han abocado a un destino no deseado de difícil solución. A partir de aquí, comienza, otra trama más compleja, imaginativa y oscura en la que la que protagonista luchará para mantener su dignidad e independencia.

En definitiva, estamos ante una novela profunda, emotiva y turbadora que mantiene la atención del lector desde el comienzo hasta el inesperado desenlace.

 ENTREVISTA

Milagros Román: “Mi concepto de escritura es simplemente aclarar, no “engarrafar”, ni distraerme en explicaciones inútiles”.

 

-Esther Abellán y Javier Cebrián coinciden en que tu novela es un viaje interior, un ejercicio de proyección personal próximo a lo que hoy llamamos  autoficción. ¿Qué hay de ti en el personaje de Ana?

 

De mí hay una parte importante en el personaje de Ana.

El término autoficción es relativamente moderno. Siempre ha habido una experiencia de parte de los narradores o autores que les ha permitido verter  los pensamientos de un personaje como si fueran ellos mismos, incluso  en aquellos seres marginados o de sexo contrario al autor, denominándose autobiografía. Si la autoficción revela  la identidad real  del personaje viviendo hechos ficticios, soy yo misma… La voz narradora en esta novela es omnisciente y transmite el interior de Ana. Conoce tanto de ella porque casi es ella misma; otra cosa son los hechos que le suceden y su trayectoria vital, que en algunos capítulos ofrece un panorama no ficticio, pleno de realidades surgidas en el entorno de esa sociedad donde Ana Ferrero vive por medio de la  autora, puesto que esta pertenece a esa época social o educacional de la década de los sesenta, y, por tanto, conoce bien ese entorno.

El escritor, tiene una cualidad innata, y es la del  sentido de la observación (a veces desarrollada por habilidades o técnicas literarias) que le ha permitido describir todo, o casi todo lo que sucede en la vida de la protagonista, de manera real, detallándolo en ocasiones de forma autobiográfica, y en otras captando situaciones  desde la emoción de haberlas observado tan sólo en los demás. Más tarde, con sentido de la autocrítica, analiza la posibilidad de compartirlo públicamente a través de las páginas de un libro. Y esto lo aclaro porque intuía que el lector iba a encontrar coincidencias conmigo en el personaje de Ana.

 

-La novela es rica en personajes bien perfilados. Pero uno ellos no es humano, ni siquiera un ser vivo; me refiero al objeto precioso que Ana recibe de su esposo como regalo durante la celebración del décimo aniversario de boda: el collar de perlas que da título a la novela. Pascual Ruso afirma, y estoy de acuerdo con él, que es “un objeto de prestigio y distinción para la mujer que lo recibe como regalo a su estatus social y al supuesto amor servicial, servil y sexual del marido, metáfora de la cadena que la ata al esposo. Pero puede convertirse en un objeto de perdición, de ansiada libertad, de ruptura de esa cadena; cada cuenta de ese collar es, a la vez, un eslabón de opresión o un eslabón de liberación”

 

Efectivamente, José Luis. Las perlas del collar  configuran un personaje en la novela, pero también son  una metáfora. Poseen la magia  transformadora como producto nacido del mar puesto que el mar genera misterios insondables a través de sus fuerzas malignas (revisemos las leyendas misteriosas y literarias surgidas de este medio). Cada  ostra se tomó su tiempo en absorber el nácar  proyectando esa sutil  “criatura” que la mano del hombre arranca de  su  cavidad materna independizándola del mar. El hombre las enlaza como eslabones una a otra, hasta formar una cadena de misterio que envolverá el destino de la mujer que la lucirá sin otro fin que el mero aderezo.

Es el típico regalo que los esposos hacen a sus mujeres, y significa la amanecida, el despertar de una nueva etapa en la vida de una mujer, pero también lo convencional, un símbolo, una alegoría que puede tener diferentes significados: por un lado una joya que muestra el poder adquisitivo de quien la luce, y por otro, una sumisión de parte de quien lo recibe al sentirse un  tanto compensada  por la  contribución hecha a un determinado rol en la vida de pareja. Por esta razón, el collar  tiene el tratamiento de un personaje  crucial en la trama,  impregnando  su halo de extraña energía en la relación de Ana y Roberto.

 

Ana Ferrero es una persona singularizada que no se siente parte de nada de lo que les impuesto, sino de su propia individualidad; pero no es una persona egoísta ni insolidaria, sino una idealista que lucha por mantener su identidad, ¿estás de acuerdo?

 

Sí. Se siente poderosa y rica en ideales, pero sólo en su mente, Ana no es una revolucionaria. Lucha y quiere cambiar el mundo desde su interior. No sale con banderas izando su voz para que la escuchen. Establece en su vida un ideal, un modelo poco convencional que intenta llevar a cabo hasta en su  manera de vestir, de comportarse, de teorizar argumentos en lo referente a su confesión religiosa, pero sin liderar ningún movimiento, asumiendo eso sí, las normas sociales o  cumpliendo su programa de vida que el destino le ha ofrecido, y a cambio trabaja su interior, su mente, que considera el único terreno de libertad para establecer su ideal de vida, viviéndola sin escándalos y marcando sus gustos o sus ideales para establecerlos en un futuro, aunque en realidad ese “futuro soñado” no llegue nunca;  por esta razón, Ana se apoya en las palabras del poeta y pensador Gide sintiendo una gran liberación al descubrirlas. Le consuela cualquier escrito que coincide con sus deseos un tanto anárquicos. Está claro que todavía sufre en su adolescencia la inconsciencia de que el sueño no se cumple y que la trayectoria imparable del destino le arrebata un  periodo  existencial importante… Cuando viene a darse cuenta es tarde y no puede deshacer los hechos consumados.

 

-Ana ha de hacer frente a una vida repleta de dramas sin poder tomar sus propias decisiones. Esta frustración la sume en ocasiones en la soledad y la insatisfacción, pero no la aboca a la resignación autocomplaciente. Nunca claudica. Cuanto más sufre, más vital se muestra.

 

La verdad es que  no sé de dónde saca su ímpetu, pero lo hace. Ella sola, sin ayuda de la narradora, se enfrenta a su compleja relación con el compromiso en el que está metida. Sufre y no puede confiar en nadie, puesto que observa cómo el bienestar de una vida cómoda y de alta posición social es suficiente excusa ante todos para ser capaz de aguantar cualquier problema sentimental que se presente. Se habla y se contesta ella misma en un grave soliloquio que la llevará al psiquiatra.

Tiene un verdadero problema: si rompe con todo será acusada de abandono de hogar y sabe bien que la vida  no se improvisa, aunque hubiera tenido en sus manos el poder para la independencia económica ejerciendo profesión ya abandonada.

 

La protagonista sufre un dilema continuo entre su educación católica y elitista y su inconformismo y sus ansias de libertad e igualdad; también entre su deseo de contraer matrimonio y ser madre y su necesidad de tener un espacio propio para desarrollar una vida de artista. De hecho, durante su adolescencia, trata de encauzar sus impulsos idealistas desde instituciones religiosas que se dedican a acciones solidarias en los suburbios de su ciudad y acepta de buen grado su enlace con Roberto.

 

Este es un perfil real: el de Ana adolescente. Existen personas con una altísima elevación espiritual, con un nivel de sensibilidad innato, capaces de ver con claridad los equívocos que tiene la formación teórica y práctica de la enseñanzas religiosas, y todo ello de manera  intuitiva, sin previo estudio de los conceptos religiosos que le están enseñando en la escuela. Ana ya presagia, desde esa corta edad y en la experiencia de la catequesis, una injusticia social que debe ser paliada no precisamente de una manera individual, sino desde otros estamentos con poderes económicos suficientes para lograrlo. En resumen, no cree en las obras de caridad; cree en un sistema implantado desde el sillón más alto de la ciudad, como es la alcaldía. Y huye. Eso  le marca a Ana, aunque  en su relación con los chicos resulte enamoradiza (¿por qué no?), es lo natural, pese a la figura del padre, que se impone de manera traumática en su mente con la constante advertencia de los peligros con los hombres. Ella asume ese riesgo probando experiencias sin atreverse demasiado y pensando que las relaciones amorosas debieran ser sinceras, no con tanto manejo de hipocresía por parte de las mujeres, como le aconsejaban  en el Servicio social, en su hogar, en la escuela o en su círculo de amistades. El matrimonio llega como aceptación de una etapa que debe cubrir de forma convencional, aunque no esté  muy de acuerdo, pero nada contracorriente intentando cumplir y desempeñar al tiempo su profesión de la que ya duda que sea normal ejercerla ante tanto boicot social. El ser madre se manifiesta en ella como un fuerte instinto natural: ¿Por qué negarse a ello? El hombre también reclama esa parcela instintiva de la conservación de la especie.

 

-El carácter sensible, abierto y compasivo de Ana contrasta la arrogancia inflexible y clasista de los personajes que la rodean y la sobreprotegen y de los que necesita emanciparse. Ya desde niña asistirá a un hecho traumático que marcará su camino: cuando su madre despide a Pepi, la sirvienta (a la que Ana llama “la tata”), cuando esta se queda embarazada con apenas 17 años.

 

Ya de niña percibe como algo infundado la diferencia de oportunidades entre su tata Pepi y ella. Este es un hecho real, no pasaba precisamente en mi entorno,  pero sí con frecuencia en otros hogares, por la falta de información sexual  en las jóvenes. Las empleadas padecían el riesgo de no poder conservar su trabajo, acosadas en situaciones de inferioridad y de impotencia donde fuere aquello que les sucediera. Una madre soltera, a diferencia de hoy en día, estaba totalmente desamparada de todo y por todos, hasta por su propia familia, con independencia del “supuesto” padre de la criatura, que podía eludir el asunto fácilmente y a quien jamás se consideraba culpable. Ana, confraterniza con su “tata” y ese accidente le hiere y le traumatiza, bien por el cariño que siente por ella y que consecuentemente les aleja, o bien porque presagia desde ese momento, que detrás de una relación con un hombre puede haber  engaño. Ella de momento solo ve el sufrimiento de su “tata” querida y aprende de esa situación para adoptar una  actitud determinada posteriormente en sus experiencias con los hombres.

 

-La comprensión, tolerancia y amplitud de miras de Ana le servirá para relacionarse con los personajes marginales y menesterosos a los que conocerá en los últimos capítulos de la novela. De acuerdo que Ana es también una superviviente, ¿pero no resulta demasiado idílica esta convivencia armónica de la protagonista, absolutamente desubicada, con mujeres de un estrato social diferente?

 

En la página 159 del libro, Ana se siente sorprendida pensando cómo la vida en determinadas circunstancias puede unir el destino de dos personas que jamás hubieran tenido la oportunidad de conocerse, ni de coincidir en la calle, dada las diferencias sociales y culturales  que existían entre ellas; sin embargo, allí, en el lugar donde la vida les reúne, eran capaces de compartir todo: los sueños, la esperanza, el trabajo obligado; hasta los temores que le depararía un futuro  totalmente incierto.

¿Crees José Luis, que es difícil o simplemente idílico,  en un ambiente que no quiero desvelar, el acercamiento amistoso entre dos personas de posición social y cultura diferentes?, ¿o realmente podría llegar a ser real y sincero? Piensa en las hambrunas de las guerras, en la circunstancia del sufrimiento y las necesidades primarias para la existencia que pueden unir a personas -incluso de opuesta ideología- en una situación de convivencia forzada: un terremoto, un accidente…  la desolación y el deseo de sobrevivir  es igual para todos ante la impotencia de una catástrofe, que, a veces, realza un  egoísmo perverso, pero también el deseo de compartir y confiar en alguien ante tanto  abandono y soledad.

 

Tu novela está escrita con un lenguaje fluido, sencillo y eficaz; y la trama, ágil intensa y llena de vaivenes emocionales mantiene en vilo al lector desde la primera hasta la última página. Aunque tu novela no está exenta de lirismo, no hay en sus páginas lugar para el ornamento, la filigrana, la morosidad detallista. ¿Crees que es compatible la calidad literaria y la voluntad reflexiva con la capacidad de entretener?

 

Muy interesante tu pregunta. Venimos de una educación literaria que hemos engullido por imposición  académica y nada placentera oficialmente hablando, aunque de manera personal hayamos buscado con pasión  aquello que nos gusta leer, aprender, discutir, confrontar. Mis preferencias  en poesía, narrativa, autores, títulos, música películas, las he buscado de manera personal y aleatoria, sin orden, sin imposiciones, llevada por mi apasionamiento e inquietud por todo, así que sin premeditación, y ya que has hablado del placer de entretener,  te diré que, efectivamente, en mi opinión existe en literatura la buenísima combinación de agudizar la mente en un proceso de reflexión madura y efectiva y mantener un nivel de lectura fácil y fluida. Muchos filósofos o ensayistas modernos, como Karl Popper (disfruté leyendo En busca de un mundo mejor) han optado por explicar sus conceptos de una forma dúctil, agradable, sabiendo instruir con agudeza y sin caer en simplezas o ramplonerías. Pongamos también como ejemplo a Fernando Savater por su accesibilidad, o al gran poeta y crítico Thomas Eliot, que nos explica en sus ensayos la función social de la poesía con un  lenguaje muy fluido que llega a entretener…

En el caso de El Collar, agradezco tu apreciación del estilo en el lenguaje que he utilizado. Sí. Resulta fluido, quizás porque la idea de lo que se pretende narrar es clara, y  la claridad en el lenguaje  me apasiona. Hablo, sobre todo, de esa riqueza  y variedad de sinónimos de que dispone la lengua castellana. Me sirven para conceptuar obviando los vocablos rebuscados o la construcción de frases largas sin sentido con demasiadas explicaciones. Las filigranas literarias, el ornamento, deben servir siempre al fin ideado sin andarse por las ramas; mi concepto de escritura es simplemente aclarar, no “engarrafar”, ni distraerme en explicaciones inútiles. Tal vez es una disciplina que se aprende escribiendo, y por supuesto leyendo. Fijémonos en la diferencia que existe en  el  modo de narrar de Proust, con demasiadas explicaciones al margen de la idea, y el de Pio Baroja: directo, elegante y conciso a veces, como el de Unamuno: tajante o contradictorio, pero clarificador en La tia Tula por ejemplo, o el de Marguerite Yourcenar, que rezuma lirismo y poesía aún en sus libros de ensayo, o Stendhal, al que he leído en su lengua original, o Flaubert, con esa famosa búsqueda de “la palabra justa”, o  Galdós,  de quien has hablado hace poco en el centenario de su muerte… Todos ellos, representantes del realismo, han tenido el don de la concisión y la espontaneidad,  alejándose de la carga retórica de los románticos.

Ofrecer al lector una idea  clara y suficiente en las descripciones de un personaje, de un ambiente, cuidando el tempo, el ritmo, el orden, el equilibrio como en  una obra musical,  vigilar el momento histórico en que se encuentra, analizar y reflexionar actitudes… y sobre todo, emocionar, son mis claros objetivos cuando narro. Así que en El Collar, hay personajes que están en activo, como Roberto, Mario,  Gina… y otros que están en la sombra pero que son importantes y de los que no se necesita aclarar más;  por ejemplo, los padres de Ana. Ellos son el puntal de la historia, permanecen ahí en todo momento a través de cada situación que sufre Ana, pero en la sombra. No pretendo que focalicen la atención del lector. Describir a los padres de Ana ha sido la tarea más difícil a la hora de perfilar los personajes de mi novela, aun  siendo perfiles reales. Y es que los padres aman de verdad a su hija, cuidan de ella en exceso y mimo…  pero con un cariño egoísta y acomodaticio para ellos,  detalle que he tenido que demostrar y que ha quedado reflejado, creo.

 

-De entre los muchos escritores, músicos y artistas citados en tu novela destaca la presencia constante del francés Gide, ¿podrías explicarnos de donde parte tu interés por este autor.

 

Siempre he tenido acercamientos a los autores que me han hablado de soledad e intimidad, o del misterio del tiempo, el refugio interior en el que yo creía infringir las reglas establecidas de las relaciones sociales por el deseo de gozar del recogimiento y el análisis a través de la meditación. Ahí estaban Unamuno, Gasset, Yourcenar,  Zambrano, Herman Hesse (me  identifiqué  plenamente en el protagonista de su novela Demian).

Mi encuentro con Gide es casual, o causal. Estas coincidencias que nos ofrece el tiempo en nuestras vidas: el lector está “sitiado” en un trance determinado pleno de incógnitas, y de repente se siente  identificado con aquellas reflexiones que alguien ha volcado sobre el papel como respuestas a unas preguntas quizás potenciales. El estado de ensoñación o delirio en el que me encontraba y el saber esperar a que algo ocurriera en mi vida y tener la paciencia necesaria para esperar, me hacía feliz, me armaba de enorme libertad en mi interior, cuando la vida me ofrecía, primero a mí, y luego a la protagonista (aunque solo en el deseo), el panorama de una ventana hermosa plena de opciones para disfrutarlas en la vida, un mundo lleno de posibles vivencias para experimentar y sentir… Y en ese momento encuentro casualmente a Gide y sus escritos en un  libro  ya prohibido: Los Alimentos terrenales,  donde decía: “Yo viví en la dulce y perpetua espera del azar”, “las fuentes de agua me revelaron que tenían sed”…. “Dulce espera”, ”Sed”… son palabras que más tarde he incluido en poemas. Es que era como si nos hubiéramos fundido en un único pensamiento él y yo. Con tanto sueños en la vida, imposible no esperar que alguno se cumpliera. Después indagué en la obra de Gide y supe que fue Premio Nobel en 1947,  poco antes de nacer yo,  y conocí un ser rebelde que no se pone límites…  ¡y es que mi protagonista Ana, y yo misma, no establecemos limites! Sin revoluciones, sin aspavientos sin discusiones, como unas hormiguitas, vamos obrando un túnel en nuestro interior que sabemos, nos llevará a la luz.

 

-Por último permíteme una pregunta tópica: ¿En qué estás trabajando ahora?

 

Yo siempre tengo trabajos en espera. Produzco obra sin tener en cuenta el objetivo final, dejando mis escritos dormir un buen tiempo. Algo interior me empuja a trabajar, y en este momento tengo varias cosas de mis diferentes facetas en las que trabajo: en el aspecto musical que desarrollo como cantante y compositora, tengo ya preparado, a falta de la promoción, un tercer disco en el que incluyo 14 temas nacidos de mi obra poética y de la de otros autores, cuyo título tiene que ver con el recuerdo de canciones que permanecen en nuestra mente  y que producen un efecto  como de suave aroma, por eso lo titulo Aroma de jazmín

Y en el aspecto literario un libro de poemas, Más allá del azul, en el que abordo vivencias acerca de mi relación con el mundo y su destino. También tengo ya, esperando su publicación, un libro de relatos titulado Algo extraño. Contiene historias de ficción que suceden geográficamente en los distintos lugares de Europa que he visitado,  acercándome a todo lo relacionado y extraño relacionado con sus paisajes y las leyendas contenidas en ellos.

Y hay algo que no debiera decir… pero tengo en mente una segunda parte de esta novela, guiada quizás por la sorpresa o inquietud que causa en el lector el final de la misma y por mi necesidad  de averiguar,  yo misma, el destino real de la protagonista.

Un comentario »

  1. Confieso que lo primero que me sedujo del libro fue su título, El collar de Perlas, algo femenino a la vez que fastuoso y sugerente.
    La presentación que hace el entrevistador de la autora, deja traslucir desde el primer momento la personalidad dinámica de ésta, “llena de vigor” en palabras textuales.
    Las ramas artísticas que realiza Milagros Román son viva muestra de ello, artista plástica, cantante, compositora, poeta…
    La entrevista está toda ella impregnada de ese dinamismo. Las preguntas invitan hábilmente a que la autora nos desvele no sólo las incógnitas de la novela, si no que a través de las respuestas vayamos conociendo la trayectoria vital de la autora. Al oyente, o lector en mi caso, nos dejan casi sin aliento la sucesión de preguntas y respuestas donde se desvela la trama de la novela, entre la ficción y la realidad, que ellos mismos, entrevistador y autora, coinciden en llamar “autoficción”, casi al comienzo de la entrevista.
    Sólo hago una pausa leyendo, casi al final de la misma, y cito textualmente “sin revoluciones, sin aspavientos, sin discusiones, como unas hormiguitas, vamos obrando un túnel en nuestro interior, que sabemos, nos llevará a la luz”. Una reflexión cuasi espiritual o religiosa.
    Como broche final, José Luis Zerón pregunta a la autora por sus proyectos inmediatos, una pregunta que lleva de nuevo a una hilación de proyectos artísticos en ciernes, incluída una segunda parte de la novela. He de confesar que esos escenarios artísticos, yo diría que vitales de Milagros
    Román, me han hecho percibir los latidos de ese motor llamado corazón que nos impulsa en nuestro día a día, en ese espacio temporal que llamamos vida.

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