Sobre “El jugador de damas”, de Antonio Aledo Sarabia, por Javier Puig

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Una sustanciosa novela a descubrir

El jugador de damas, de Antonio Aledo Sarabia, es una novela que, si no fuera por el accidente de su provocado final, podría ser infinita. Cuando se interrumpe, rondando las mil páginas, tan solo han transcurrido un fin de semana en la vida de su protagonista; eso sí, en ese tiempo  está permitido recurrir al relato de todas las historias que se invocan a la más mínima oportunidad que los distintos pequeños sucesos van propiciando. Nos hallamos ante un relato muy extenso, pormenorizado, siempre sustancioso, que no tiene prisa, que lleva el ritmo pausado del vivir de su protagonista, Jorge Rojo, un hombre que observa la vida con detenimiento, que intenta comprender la existencia desde una lúdica actitud que se enfrente a su intrínseca amenaza.

Tiene este libro puntos en común con algunas de las más famosas obras de la literatura, pero no es en absoluto su imitación, sino que se sostiene sobre una singularidad muy definida. Como bien se dice en la presentación del mismo, en su lugar de venta (Amazon, en formato digital), recuerda esta obra a El Quijote, por estar atravesada por la frecuente inserción de diferentes historias que podrían tener una vida independiente. El hecho de que aquí la actualidad del protagonista se despliegue solo durante tres jornadas —aunque se admitan historias y recuerdos fuera de ese tiempo— nos evoca al Ulises de Joyce, que se ciñó a tan solo veinticuatro horas. Acabo de ver una película de Agnès Varda, Cléo de 5 a 7, que relata exactamente una hora y media de la vida de la protagonista. Tal vez ese tiempo de un personaje sea suficiente para describir alguna profunda intensidad que insinúe su completa existencia.

Ya se sabe que la novela es un cajón de sastre en la que caben diversos formatos y enfoques. Para que no sea un simple batiburrillo, una recolección de piezas sueltas, se le exige una cierta coherencia que no hay que confundir con uniformidad o con un relato perfectamente cronológico. Estoy leyendo lo que se empeñan en llamar “una novela” de la recientemente galardonada Premio Nobel de 2018, la polaca Olga Tokarczuk. No puede haber más oposición entre la mayoría de los diferentes textos. Hay, entre ellos, relatos completamente distintos, de gran calidad, pero también otras composiciones formadas por unas pocas líneas que esbozan una idea o una sensación escueta, al modo de un apunte de un diario. La única coherencia sería la de que todos esos capítulos se refieren, desde muchas y variadas maneras, al viaje. Los múltiples relatos que se insertan en la novela de Aledo, están entroncados en la mirada de Jorge Rojo o brotan de su mundo adyacente. Describe su vida desde un pensamiento que se revela en un tono sosegador, que quiere ser el de un inmune espectador del mundo, pero que no puede ocultar, en esa mediación de la mirada, cierta reflexividad que lo empaña. Su lúcida contemplación de la realidad es una forma de conocimiento humilde, que no aspira a alguna petulante forma de omnisciencia, sino a una suficiente erudición, a una sabiduría práctica, que es más materia de gozoso intercambio con el mundo, de divertido monólogo interior o ingeniosa charla, que una engolada aspiración.

Asistimos al trayecto de este personaje por una pequeña ciudad de provincias, Orihuela, por sus calles nombradas y comentadas, en una falsa apariencia de localismos, en un supuesto calco de vida inequívocamente cotidiana que no es tal, pues se nutre de las sutiles conexiones con el universo. Jorge es un hombre de intenso mundo interior que, a veces, en su forma más presentable, a través de una elocuente y la vez inquisitiva palabra, trasciende hasta la exterioridad de las conversaciones. Su mente está poblada por dos seres extraviados en los insondables vericuetos de la otra vida, como su mujer Herminia y su hijo, fallecidos en un accidente, cinco años atrás; y por otros que habitan recurrentemente sus pensamientos, que iluminan el cuarto de estar de su intimidad, como Emilia, esa joven estudiante de la que él, su profesor de matemáticas, está secretamente enamorado.

Lo que Jorge manifiesta en cada frase es su forma de estar en el mundo, que es una mezcla de humor, de inteligencia, de cordialidad y de recatada tristeza. Nunca tiene prisa, siempre extiende la alfombra al devenir para que este penetre en su vida, mullido y espaciado. La novela empieza y termina con sendos intentos de aproximación a dos mujeres que no pueden ocupar su vacío. Serían dos equivocaciones si pusiera en ellas una actitud de futuro, pero no son más que encuentros que propicia la inercia, la mutua sed de algún calor. Son mujeres que no le atraen sexualmente, que no le ofrecen sino una moderada distracción, a las que respeta en su simpática actitud, pero que, ante algunos de sus rasgos, no puede evitar que se accione su jocoso pensamiento.

Los demás personajes que van apareciendo por la novela son, sobre todo, hombres con quienes mantiene una relación cordial, pero solo, en parte, hondamente aproximativa. Así, ese grupo de amigos con quienes se va a pescar, de cuyas vidas se extrae alguna interesante historia; o ese hombre, erudito local, con el que se cruza en algunos bares; o ese joven ruso, una eminencia mundial en el ajedrez, pero que, sin embargo, es incapaz de ganarle a Jorge en su terrero, en el del juego de las damas.

Los límites de lo realizable o lo posible no constriñen la sucesión de relatos a los que vamos accediendo. A veces, se llega a lo fantástico aunque posteriormente se recule a través de la incredulidad del protagonista, que aplica su mentalidad científica para rebatir tantísimas creencias a las que se entregan sus congéneres, empezando por la religión. También se presenta la significativa aparición de lo absurdo, en lo que algunas veces nos recuerda el talante narrativo de Juan José Millás.

Las distintas historias son digresiones que temporalmente nos ausentan del detallado relato de la presente realidad. Pese a su singular especificidad, nacen naturalmente, eludiendo la posibilidad de lo abrupto, en un brote que se transforma en una continuidad diferenciada. A Jorge le gusta mucho ser él mismo, y se admira de la notoriedad de lo propio que ostensiblemente también se revela en los otros. Él es un hombre que acata la envoltura de la realidad desde una postura curiosa que lo alivia de una excesiva tendencia al escepticismo. Su decidida inserción en una gran cultura, a la que continuamente le busca una confirmadora aplicación, le hace llevadera una vida de la que está ausente un hegemónico entusiasmo, una alegre aceptación de sus mecanismos. Su ejercicio constante es el de hacerse preguntas de aquellas para las que uno se puede ir preparando y a las que puede contestar con la minuciosidad del conocimiento aplicado. Pero él sabe que las respuestas más decisivas son inalcanzables por la limitada mente humana y denuncia a quienes disfrazan esa obviedad con una supuesta sabiduría existencial. Al observar a los otros, echa mano de su ironía, de su perspicacia desnudadora de sus máscaras.

Aquí se habla de biología, astronomía, ajedrez, damas, historia, semántica…. Introduce así esta novela un elemento didáctico, siempre perfectamente insertado en la historia, una rica explicación de lo corriente, que casi nunca resulta abrumador. La trama básica describe una situación de lo más habitual, pero incluye una humanidad muy intensa: el monólogo de alguien que siempre tiene algo interesante que decir, de variada índole, desde lo intimista a lo profesoral. Ese talento del protagonista es el que agradece el lector, pues confiere una amenidad a la lectura que se nutre de inteligentes, perspicaces, psicológicas, graciosas conversaciones; y de esa necesidad de narrar aquello que resulta anecdótico pero que sorprende al estudioso del hombre, a un observador que afina tanto, que amplía su mirada, para descubrir, para intentar hacer manejable un mundo distantemente cautivador. No se pretende una señalización de posibles concordancias secretas, sino una rigurosa visión de lo comprobable, una mirada que va más allá de lo superficial, que transcurre entre lo microscópico y lo macroscópico, y encuentra allí, en esas inéditas escalas, la escenificación de un asombro contagioso, que apenas desfallece.

Estamos ante un libro personalísimo, que gratamente nos acompaña con esa cháchara trascendida, con lo llanamente decible elevado a la máxima potencia; y que contiene también  serios momentos autorreflexivos, nunca exentos de una ingeniosa relación. Un monólogo trufado de curiosas historias que se enfrenta a los siglos, al universo; pero también a los hallazgos ubicables en los recovecos de la cotidianidad; y a ese interno runrún del ser, a esa natural cavidad en la que residen los ecos de la propia voz, el sucesivo centro de nuestra inconcebible aparición en el mundo.

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