Dos pequeños grandes poemarios. Acerca de “SKETCHES OF NEW YORK” de ROSA CUADRADO y “ESTANCIAS EN LA FINITUD” de JAVIER PUIG.

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Por Juan Lozano Felices.

Las dos plaquettes que nos presenta Frutos del Tiempo, “Sketches of New Work” de Rosa Cuadrado y “Estancias en la finitud” de Javier Puig, vienen a revalidar la importancia de un proyecto poético como “Plaquette-Cuadernos de Poesía” que aúna diferentes voces y estilos de poetas, hoy por hoy afincados en la provincia de Alicante. Una colección nacida de forma discreta pero que avanza con paso cada vez más seguro, alcanzando con estas nuevas incorporaciones el palmario conjunto de la docena. Vaya por delante mi enhorabuena al editor y a los dos compañeros de colección por sus respectivas propuestas, distintas en miras y presupuestos. Frutos del Tiempo además, ya ha anunciado otro proyecto, hermanado con éste en formato y espíritu, pero de textos en prosa y cuyo advenimiento muy pronto tendremos la ocasión de celebrar.

Rosa Cuadrado Salinas tiene pedigrí poético, lo cual (dicho así) no es ni bueno ni malo; lo que realmente importa es que Rosa ha desplegado una voz definida y personal concretada a través de su aún breve pero intensa trayectoria poética. Además del corpus poético que ahora presenta Frutos del Tiempo, “Sketches of New York”, ha publicado “Cuaderno de viaje” (Avant, 2017) y “Taxidermia” (Olé Libros, 2019), y han aparecido composiciones suyas en varias antologías poéticas. Pero también Rosa es conocida por llevar a cabo una actividad cultural significativa en la provincia de Alicante, tanto en radio como en medios digitales y como coordinadora de las tertulias poéticas de la institución Casa Mediterráneo.

Si Lorca abordaba el poemario dedicado a su estancia en Nueva York como refutación desasosegante de la deshumanización mecanicista y Juan Ramón armaba una suerte de sublimación estética; Rosa lo hace desde el terreno mítico. Porque Nueva York es algo más que unas coordenadas geográficas en un mapa. Nueva York da forma a una mitología moderna que hemos conocido a través del cine, como si fuera un gran escenario. Aún sin haber estado allí, hemos paseado por un Manhattan en blanco y negro, hemos avistado ardillas en Central Park y hemos comido perritos calientes en Coney Island; hemos cruzado la 5th Avenue pasando por delante del escaparate de Tiffany & Co y la Catedral de San Patricio; hemos pasado por la puerta de Chelsea Hotel, hemos cruzado el puente de Brooklyn o hemos subido al mirador del Empire State con la sombra invertida de King Kong proyectándose en la caída. Todo ello forma parte de una cartografía sentimental. Pocas ciudades poseen tal poder de fascinación, seguramente ninguna ha sido protagonista de tantas películas y tantas canciones.

“Sketches of New York” de Rosa Cuadrado es un canto de amor a la ciudad donde los sueños se cumplen y se despedazan y, al mismo tiempo, es un homenaje a su banda sonora, personificada en la música de jazz, con referencias a Cole Porter, a Oscar Peterson, a Dinah Washington, a Bill Evans, a Duke Ellington, a Billie Holiday o a Sara Vaughan. También el espléndido poema “Take the A Train” es un homenaje expreso a distintos intérpretes de la época dorada del jazz. Asimismo, el acertado título del poemario encierra también una pertinente correspondencia jazzística con los “Sketches of Spain” de Miles Davis.

La intro del poemario, con la cita “New York State of Mind” vale ya por toda una exégesis. Nueva York es más que una ciudad, es un estado de ánimo o una forma de estar en el mundo, la posibilidad de poner tu mente en “modo New York”. También se hace eco Rosa de la ambivalencia de una ciudad como Nueva York, donde conviven “la delicadeza y la muerte”, “la belleza y la desolación”. No hace Rosa de su visita a la Gran Manzana una crónica ni lo pretende. Poema a poema, va entregándonos una historia, la suya, ensamblada con unos apuntes urbanos tomados del natural y perfectamente integrados, sin impostura o doblez.

El estilo de Rosa Cuadrado es directo, una voz poética que nos habla sin estridencias ni aspavientos, con un tono intimista, cálido y reconfortante que cristaliza en un poemario verdadero y hermoso.  Como si Rosa nos hiciera partícipes de sus confidencias en una cafetería de la Madison Avenue, con una taza humeante en las manos, al abrigo luminoso de la llovizna primaveral. En medio del frío siempre hay un reducto para la belleza. Cuando uno termina la lectura de “Sketches of New York”, parece que durante algún tiempo el eco de los poemas aún nos traiga el largo lamento de un saxo tenor sonando al fondo del local, o alojado en tu cabeza, tanto da porque “I´m in a New York state of mind”.

Tenía que llegar a producirse, habíamos preguntado insistentemente a Javier Puig y todos sabíamos que era cuestión de tiempo que un poemario suyo viese la luz. El escritor barcelonés afincado en Orihuela lleva años ofreciéndonos sus artículos sobre cine y literatura en webs como Frutos del Tiempo y Mundiario, con una capacidad analítica realmente aguda y penetrante. La editorial Celesta ha editado últimamente dos libros de Javier recogiendo sendas colecciones imprescindibles de sus escritos sobre literatura, “Los libros que me habitan” (2018), y sobre el séptimo arte, “Miradas de cine” (2019). Pero, de vez en cuando, muy celosamente, como si fuera algo muy personal que guardara para sí, Javier también nos iba ofreciendo algunos de sus poemas. Ignoro el sustrato que pueda tener la obra poética de Javier, pero esos poemas en ningún caso eran los poemas de un recién llegado. A todos nos sorprendió la lucidez y la pericia poética de un poeta presuntamente novel, con unos poemas de hechura consumada en los que no se advertían las costuras, que es lo primero que se nota en aquellos que comienzan a hilvanar versos.

El poemario de Javier Puig lleva por título “Estancias en la finitud”. Desde su entorno más cercano, Javier Puig reflexiona sobre la vida, sobre la finitud, sobre “el infausto latir del tiempo”, sobre la pérdida y la vulnerabilidad, la fragilidad y el desgaste de nuestra naturaleza humana. Todo es transitorio y perecedero. Estamos hechos de mortalidad. Todos estamos llamados a desaparecer, la vida es un receptáculo o una estancia de finitud. Como cantaba Pau Donés, tristemente de actualidad, estamos en esta vida “de prestao”. Pero, ¿Cuál es el sentido de nuestro paso por el mundo? Quizás esta sea la pregunta más universal y esté en el mismo origen de la poesía, una “tierra de nadie” circundada por el mito, la teología y la filosofía. Con su excepcional y penetrante capacidad analítica y de abstracción, Javier Puig proyecta una mirada que va más allá de la mirada misma, para intentar descubrir una mínima parte del velo y tratar de percibir algo del misterio oculto tras él. Llama la atención lo poco que hemos aprendido desde que alguien puso el lema “Conócete a ti mismo” en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos. Dicho lo cual, también hay que decir que no es la de Javier Puig una voz desprovista de emoción o ternura. Prueba de ello son los poemas dedicados a su ámbito más cercano; a sus padres, “Nuestra casa” y “Vida cumplida”, donde el poeta sale al encuentro del misterio, a las preguntas que no tienen respuesta. Entre ambos poemas sitúa Javier otro, dedicado a su nieta, “Para Helena”. Hay libros en que uno puede saltarse el orden de presentación de los poemas sin que la lectura se resienta, pero en “Estancias en la finitud” pienso que la disposición establecida por el poeta es un elemento conformador y de cohesión que no puede soslayarse. Otro hermoso poema de su inmediato entorno vital, “De la mano”, está dedicado a su mujer, a la que pide caminar y resistir juntos, el tiempo que reste.

Ya hemos dicho que Javier Puig tiene en el cine una de sus pasiones, y el cine se convierte en materia cardinal y sensible para reflexionar sobre el hombre y su circunstancia. Hacia el final del poemario una tríada de poemas dedicados a las películas “El nadador”, “En la ciudad blanca” y “El sol del membrillo” sirve al poeta para la reflexión a partir de su propia experiencia radical. Puig encuentra en el cine una “geografía sensitiva” que tiende puentes entre las imágenes impresionadas en el celuloide y la propia naturaleza humana. Pese a los poemas dedicados al cine, otro a una pintura de Goyo Pérez, otro a un relato de Stephen Dixon y composiciones dedicadas a Satie, a Bach y al pianista de jazz Sonny Clark, no podemos decir que sea Javier Puig un poeta culturalista. No se entienda esto como una muestra de desdén hacía la poesía de filiación culturalista. En todo caso, habría que hablar en Javier, a lo sumo, de un culturalismo de bajísima intensidad. Lo que nos ofrece Puig es una mirada oblicua, donde lo cardinal no es la película o la composición musical en sí, sino la reflexión esencial y acrisolada que el poeta extrae de la experiencia artística en que se sumerge.

En definitiva, poemario de dicción clásica, con poso existencial e introspectivo, anímicamente kantiano; y concretado en una voz poética personal que se mueve segura por un terreno que no siempre es fácil de transitar sin resultar tópico, cargante o hermético.

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