El instante eterno de Eloy Sánchez Rosillo, por Javier Puig

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Desde 2015 y aquel Quién lo diría, los entusiastas de Eloy Sánchez Rosillo nos hemos tenido que conformar con la relectura de su poesía reunida, Las cosas como fueron, lo que no es mala opción, pues esos poemas, en cada nueva visita, reaparecen renovados en su capacidad para adentrarnos en las estancias más poéticas. Pero estábamos esperando pacientemente su continuación. Ahora, al fin, disponemos de ella con este libro, La rama verde, que es una excelente cosecha. Nos da lo que esperábamos, sí, pero con la gracia de que no lo sintamos repetido. Y es que el poeta murciano no nos decepciona nunca. Prosigue con su ejercicio de coherencia, con su devoto propósito iluminador.

Sus versos vuelven a acogernos en una detenida suspensión, en el sentimiento capaz de desalojar cualquier obstáculo que se interponga entre el propio ser y su entrega a la claridad misteriosa. Con ellos crea el rastreo necesario para descubrir esos puntos de conexión que configuran el hilo de la vida profunda, aquella que no ha de sucumbir a la intrascendencia y se expresa desde la intensidad más silenciosa: “Pero a mí / me ofrece la tristeza su alegría; / el silencio, las más hondas palabras. / Lentamente recobro a quien yo soy, / que estaba en mi interior casi perdido”. Estos poemas forman así unas sucintas narraciones de lo breve que nunca se extingue, de lo escuetamente revelador. Y, a veces, las palabras se demoran apenas rozando lo subyacente. No hay duda de que Rosillo, como dice el indiano de uno de sus poemas: “El ser entero pone / en lo que va escribiendo. / Todo el idioma tiembla en sus palabras”.

El poeta atesora sentimientos, imágenes que también lo son: “Unos almendros florecidos. / Los vi con gratitud mientras pasábamos / (y los llevo conmigo todavía)”. Y “entra en el silencio”. Allí, a salvo de los velos sucesivos, se entrega a esa “irrealidad real” en la que se presentan unas estampas donde revivirse enlazado con la más íntima verdad de sí mismo. Se trata de conectar lo interior a la secuencia secreta, a través de su propia afinidad o imaginando irradiaciones que lo unen a una infalible e intemporal confluencia. Así, con la luna: “Han pasado años, siglos, y allí fulgura, / en qué centro sereno de mi asombro”.

Es este el relato del instante recuperado pero también del que tiene lugar en un atendido  presente, la mirada que traspasa la apariencia de lo rutinario, de lo anodino, y penetra y a la vez recibe el escenario supremo: “Es más bien, que el lugar / se adentra en mí, penetra en mis cuidados, / los lava y los diluye”. Es un vaivén por ese pasadizo que conecta la luz de lo recóndito: “Tú estás a salvo en tu memoria”.

Rosillo busca esa soledad y esa quietud que lo acercan a lo oculto: “El fondo está a la vista, en lo inmediato”.  Y se llena de un presente que no es el propio de ese día sino el que ya ha vivido en todos sus despertares, en los que se ha fundido con el mundo: “Miro y escucho, huelo, saboreo, / palpo la realidad  que se me ofrece / como regazo y vínculo”. Sus poemas son como breves escenas de una honda película en la que el protagonismo fuera el suceso de la naturaleza acompasada a la mirada más profunda del hombre: “Vive la intensidad de este momento, mientras / se apaga el día y todo es lo que es  / y según se dispuso”. A veces, la noche revela la soledad, la aparente irrelevancia del yo en el universo: “Has llegado a tu casa. / Por el balcón empieza a entrar la noche. / Y tú, en tu cuarto, ya eres solo sombra”.

“Qué maravilla fue” o: “Cuánta verdad y cuánta intensidad”, exclama Eloy  Sánchez Rosillo en una suerte de fusión sagrada, de amor que rebasa lo concreto y se expande en lo permanente. Muy lejos ya de añoranzas o lamentos, con cada poema realiza un ejercicio de observación cuidadosa, y expresa una aquiescencia que todo lo llena, que empequeñece o soslaya las vicisitudes que no sirven para explicar la apreciación última de lo bondadoso de la existencia. Para ello, previamente se llena de la luz que convoca o que, maravillado, conforme con el Todo, acepta: “Todo está bien. Debieras darte cuenta / El universo es tuyo, pues respiras”. Son percepciones que no tienen continuidad en la vivencia meramente tangible, pero que nos hablan de algo que está ahí, cerca, detrás de una nube hecha de la mera evolución cotidiana, algo que no es tanto un lugar como una entregada aproximación al atisbo, a la inefable compresión de lo que une, en una iluminada y gozosa rendición por fin concluida.

Sería difícil destacar, entre tantos poemas plenamente logrados, algunos pocos, pero sí, por su contenido, por su distinta orientación, nombraría uno. Su título es Vísperas, y en él, por vez primera, oímos hablar del futuro, o, mejor dicho, de la inminencia, de esa confiada espera de “días llenos de gracia, melodiosos”. Y es una lícita expectación, pues se sabe segura a causa de su gratitud anticipada.

Leer a Rosillo significa acceder a una verdadera experiencia poética. “Y de ser de pronto y porque sí dichoso”, nos cuenta y yo pienso que, no porque sí, sino por sus acogedores poemas, lo somos también nosotros, a su lado. En ellos, uno se siente inmerso en un aparte del tiempo, invitado a esos estados plenitud que pertenecen a lo eterno, preparado para sentir los estratos más desconocidos y comunes del alma. “Reclinas la cabeza en el sillón, / empiezas a ser tú, miras al techo. / Y pronto, en tu interior, sabes que no estás solo /… / Y comprendes sin más que has entrado en tu alma”. En La rama verde, continuamos entregados a esa fina escucha que deviene inédita luz en sus bellas y sencillas palabras.

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