LOS INMORTALES

Estándar

Por Francisco Gómez

Uno está en un tiempo extraño, con muchos huecos en el corazón que ya no sabe si cicatrizarán de alguna manera… La “L” es una década decisiva de mi vida que ha causado obuses en la línea de flotación sentimental.

No esperaba llegar como he llegado a este tiempo pero lo que es, por desgracia, es así y ya no sé si tiene solución… Hay muchas, demasiadas personas fundamentales que se han ido tras el Azul del misterio y por los que hubiera dado mi vida, moneda de escaso curso legal.

Mis abuelos, como Francisco, padre de mi madre, el primer curso que empezaba la carrera en los Madriles. Mamá un mes antes de empezar el que se prometía el más hermoso final y fue el más terrible, el más agónico, que ha dejado secuelas interiores para siempre. Acabé con notas miserables. Todo dedicado a Ti.

La mayoría de mis tíos, por parte de mi Madre y de mi Padre, tampoco están y algunos siguen hablando al oído en noches desarboladas y cuando acudo a estar con ellos en la ciudad del misterio. Como mi buena amiga Rosario, que serenaba el ánimo y ayudó tantas y tantas veces. Ahora observo el Museo cerrado y una niebla espesa cubre la mirada.

Mi amado Padre que se fue de viaje en silencio el 7 de agosto de hace ya casi seis años. En apenas una hora. Un milagro se produjo (podéis creerme o no). Temía con todo mi ser la llegada del día siguiente. Mi tío Cristino marchó dos años después, dos días antes, un 5 de agosto. La primera quincena de Ferragosto queda marcada como un momento temido y señalado en el calendario, salvo La Festa, la Alborada y la Roá. El resto, espacio baldío.

Mi tío Jesús también viajó hacia el misterio un 21 de noviembre de hace casi tres años. Mi queridísimo tío Jesús, mi Segundo Padre, que tanto y tanto me quería y tantas vivencias compartimos juntos, escenarios compartidos de tantas andanzas.

Mi tío Paco, que también falleció el verano pasado y tanto y tanto me quería junto a su mujer, mi tía Marina, seguidora incondicional de las cosas de uno en el pueblo manchego mítico.

Este lunes 14 de mayo he recibido otro golpe fuerte en el corazón. Me enteré por Facebook, a través de su hija Chari, que mi amigo Pepe Molinero, madrileño, madridista de pro, también se había ido tras el Azul el domingo y lo enterraron en El Toboso, como mis abuelos maternos, como mis tíos maternos y tías, salvo mi tío Jesús.

Todos Ellos y Ellas eran el escenario esencial de mi corazón en los tiempos de infancia y juventud. Los veía y sigo observando como seres inmortales que no se irán, que no desaparecen. Que siguen aquí. Reconozco sus voces. Ellos no agotarían los días. Los veía, los sentía como seres inmortales que serían señales de eternidad en este mundo resbaladizo. Eran, son, mis referentes imprescindibles. Las personas que me vieron nacer, ser niño y crecer y que siempre soñé que iríamos cogidos de la mano.

Pepe sabía que llevaba un tiempo malito. Dolió verdaderamente verle retroceder en enero de 2019, poco antes que “la peste” nos amordazara a todos. Marché a la capital del imperio marchito a recordar algunas cosas que escribiré más largamente en otro lugar. En el Instituto Cervantes en Alcalá fui a ver anhelante la exposición “Los Machado” que me emocionó hasta la base de la médula. Ver la letra de mi amado poeta tocó muy dentro.

Una vez más, su mujer Chari y él me trataron con amor, afecto y cariño, como cuando quedé desarbolado en 1989 y ofrecieron su casa en Estrecho para vivir con Ellos. De Pepe recuerdo muchas cosas. Su voz fuerte, grave, castiza, socarrona. Su rostro anguloso que escondía un corazón de oro. Su amor a Madrid y al Real Madrid que sus hijos han seguido salvo Santiago que es del Atleti. Currante de toda la vida, oficial tornero de segunda en el grupo PSA con marcas como Citroën, Talbot, Peugeot. Sus manos curtidas marcaban toda una vida de labores, madrugones y fatigas hasta que llegó la hora de la jubilación y la llegada de la libertad. Una pareja madrileña, oriunda de La Mancha su mujer, que hicieron su vida y criaron a sus hijos en la capital de las Españas.

Evoco con claridad como si ahora lo viera a Pepe, fumando sus cigarrillos, uno tras otro, mientras leía libros, uno tras otro, en su butacón. La volutas de humo adquirían caprichosas formas en forma de nube, pájaro, beso con la habilidad de sus dedos fornidos mientras con su otra mano pasaba página tras página, sumido en su mundo de imaginaciones en un Madrid que quedaba lejos, muy lejos…

La última vez ya estaba tocadito y necesitaba la ayuda de una persona para levantar y acostarse pero sus pitillos no los dejaba ni por una apuesta. Los ojos ya no le daban, por desgracia para la lectura. Según me dicen, se ha ido al misterio con un paquete de cigarrillos por si le entran ganas de fumar en la espera, igual que mi tío Félix o mi tío Cristino.

Todas las personas que cito con Amor más allá de las pobres palabras, no pueden atrapar el significado de los sentimientos. Ellos estaban y pensaba que estarían siempre. Cuando era joven y pensaba que el mundo sería un manjar para mis ambiciones. Pensaba que siempre formarían parte necesaria de nuestras vidas.

Hoy, ya no quedan casi tíos ni abuelos ni mis padres. Tampoco está Ella, morena de altas torres incendiadas en la espera. Uno se siente (no son vanas palabras) un huérfano con muchos huecos en el corazón. Queridos fantasmas que siguen conmigo y acompañan para no sentir una aplastante y devastadora soledad.

Tantas vivencias, tantos momentos, tantos instantes de felicidad con Ellos, tantas situaciones hablan por dentro y tratan de explicar, contar a este hombre derrotado en mil batallas que lo conforman hoy mismo hacia el mañana incógnito y el futuro desconocido en casi todas sus puertas.

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