ENRIQUE

Estándar

Por Francisco Gómez

        Me dice mi hermana Mariángeles que la Miguela, prima hermana de mi Madre que ya tiene 83 años como ella tendría ahora, ha ingresado a su marido Enrique de 82 años, en una residencia de la city de las Lanzas y la Festa.

         Escucho la temida noticia que no saldrá en los medios de comunicación y tiemblo todo. Enrique forma parte inevitable de los Tres Hombres más importantes de este corazón: mi padre Francisco, mi tío Jesús y Enrique.

         Tengo las fotos de la infancia donde están las personas por las que hubiera dado mi vida, moneda de escaso curso legal. Están escondidas en un rincón porque verlas rompe los diques, las presas, los pantanos y un río amoroso y nostálgico recorre todos los rincones de mi ser en llamas derrotado. Muchas las conozco de memoria. No necesito contemplarlas para rememorar en las retinas de este corazón. En algunas están Enrique y la Miguela con mis Padres, mi tía Clarita y mi tío Jesús en la orilla de las playas de Santa Pola, Arenales o La Marina. Esas imágenes tendré que sacarlas de su nunca olvidado olvido para escribir algo que come por dentro y la llama avivará y romperá los límites.

         Lo sé. Esas instantáneas de un presente continuo en el tiempo, los cuchillos del sentimiento por quienes no están pero sí están. Mi amado ejército de fantasmas que acompañan en tardes y noches desoladas como esta.

         Un sábado de hace poco, con viento y frío en el ambiente de un otoño ya frío, fui a verte, querido Enrique. A la residencia donde también estuvo Papá. Los recuerdos dormidos se despertaron con una fuerza incontenible. Estabas sentado en una silla de ruedas, casi ciego, casi sordo, incapaz de caminar cuando tú has recorrido todos los caminos de esta city para comprar en los cuatro confines, como hacía Mamá sin medias en pleno invierno. Apenas sabías ya quién era. Esta canción la conozco demasiado bien y dolió. Vaya si horadó… Como Papá, Enrique contestaba algunas cosas y otras se perdían en sus laberintos de hombre bueno. Fuera estaba el bar cuya contemplación irradiaba tanto temor. Tiempo atrás comenzó todo, más de cuatro años de la salvación y el naufragio.

         Veo a Enrique, veo a los abuelos que están allí. Un hombre me saluda tras el cristal antes de merendar. Quizás una pequeña sonrisa sea más alimento que la leche con galletas o magdalenas. Hace un frío terrible fuera, la lluvia amarga arrecia dentro. Le digo a la Miguela que la llevo en mi nuevo coche viejo a su casa, a los nuevos bloques de San Antón. Allí empezó Todo. Dice que no y se lleva el décimo. Ojalá la fortuna nos bese en la boca y le permita pagar la estancia de Enrique, nada barata.

         Recuerdo una triste noticia leída en los media: un hombre, Isidoro al que nadie ha ido a visitarle en ¡¡¡doce años!!! que vive en una residencia. Pienso en los mayores que viven, están solos y no puedo aguantar el dolor. Las personas que han muerto casi solas, sin sus familias, en las residencias por el maldito bicho. La tormenta se vuelve furiosa.

         Los ojos, el corazón vuelven a moverse y se marchan a otro tiempo en un vuelo cíclico cuando Ellos estaban. Los hermanos de Mamá, todos idos, incluida Ella en el viaje tras el Azul. Los hermanos de Papá, todos salvo el tío Juan Antonio, el mayor. Los abuelos paternos y maternos, amigos, vecinos… Las paradas en la ciudad del misterio son cada vez más frecuentes en distintas estaciones. Siento que me gritan por dentro.

         Querido, Amado Enrique, contigo se ha vuelto a abrir la caja y un muro infranqueable de misterio, ausencia se ha reabierto. Enigmas de la senda incógnita en el páramo de esta Navidad que ya se acerca.

        

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