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“El reflejo y la inmersión”, sobre “Un árbol en otros” de Alberto Chessa, por Ada Soriano

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 Cuando recibí Un árbol en otros, de Alberto Chessa, sentí una mezcla de curiosidad e inquietud.

La curiosidad la despaché pronto. Tan solo con desplegar el libro rápidamente, como quien abre un abanico en un día caluroso, supe, a ciencia cierta, que tenía ante mí un buen libro de poesía.

La inquietud llegó después -en mi recorrido como lectora-, al verme sorpresivamente inmersa en los otros. Porque este es para mí el tema fundamental de Un árbol en otros: el reflejo y la inmersión y, como diría María Zambrano, «la vida con todos los riesgos que la acompañan».

He asistido a las extensiones de este bosque y me he sentido parte de él. He visto la genealogía de mi propio árbol a través de la particular genealogía que desprenden estos versos de Alberto Chessa.

Así es: Un árbol en otros se expande y se percibe, aunque resulte paradójico, próximo al tiempo que remoto. Por tanto, los poemas que lo sustentan son puramente existencialistas, ya que dicen mucho del ser y de ser en una lograda refracción que se va expresando a través de los relojes (ah, sus manecillas siempre diestras), la importancia de las casas y, sobre todo, de los espejos. El poeta recurre a estos últimos con una frecuencia sutil, y no siempre es necesario nombrarlos. Pongo como ejemplo el titulado «Aftershave»: «Que si el calor, / que si la piel, / que si el picor molesto… Cada verano me rasuro la barba/ por ver si reconozco lo que había detrás. /… y para calcular qué tiempo queda/ para que al fin mi padre/ se adueñe de mi cara por completo».

Alberto Chessa ha elaborado minuciosamente, sin perder detalle, como buen observador que es, un libro en el que confiesa con plena libertad los acontecimientos más importantes de su vida. Hallo aquí un viaje al pasado y al presente en el que se valora más lo que se tiene que lo que falta. Nos dice en el poema epilogal: «Vuelvo otra vez al círculo del que jamás me he ido», y confiesa en «Manan los nombres»: «Creo en tu cuerpo y lo acaricio y toco/ como las yemas se deslizan/ por la extensión cerrada de un piano, / tentando los sonidos, / ensayando la noche, / dejando que la música se nazca/ en continuo presente.»

El poeta remueve las cenizas de su infancia y de su  adolescencia. Las esparce porque este hombre ha logrado enlazar sus raíces -antes aéreas- con las de Victoria, la mujer con quien convive y ama. Y se siente bien así, mirándose a sí mismo adulto y responsable ante el hechizo que le provocó el nacimiento de Lucía y Alicia, sus hijas gemelas. Y en su asombro, se cuestiona: «… ¿Habrán sabido ya que la tristeza/ del singular jamás irá con ellas?… ». Y atento al devenir, se asienta en el ahora, y retrocede, a modo de flashback: «…Estaba por entonces tan lleno de palabras por decir, que/ casi no me cabía un adjetivo más en el cuerpo. Me parece/ que ya en aquellos días intuía que el poeta es un invento/ sin futuro.» Estos versos pertenecen al poema «Escombreras Lady», en el que el poeta establece un paralelismo con la canción setentera «Formentera Lady», del grupo King Crimson. Tanto el poema de Chessa como la canción de Crimson destilan cierta melancolía. Solo es cuestión de dejarse llevar por los caminos.

A mi juicio, este libro es realmente hondo, reflexivo y conmovedor, y también comprometido, porque Alberto Chessa, siempre atento al dolor ajeno, se rebela contra las injusticias cotidianas, las crueldades y los abusos de nuestro sistema capitalista,  asumiendo incluso una autocrítica honesta y veraz. Estoy pensando, especialmente, en los poemas «Una espina clavada»,  «Nieto de comunista» e  «Iluminados por el arcoíris».

Os aseguro, sin duda alguna, que la poesía de este ramaje queda muy alejada de sensiblerías, sentimentalismos vacuos y tendencias del momento. Considerando que la vanguardia es un arte del presente y del futuro, debo afirmar que Un árbol en otros sí es un poemario vanguardista. Sin ser un libro unitario, sí llega a alcanzar una unidad de fondo. Y esta proviene de la voz de quien lo ha escrito. Es así por lo que dice, por la manera en que lo dice y, ¡Ojo!, por lo que no se dice.

Y es que un buen poeta demuestra que lo es con su talento, su esfuerzo y su misterio. Y digo misterio, porque si bien Alberto no es un poeta hermético, sí busca en toda su obra la complicidad del lector avezado. Para ello, y concretamente en este libro, creo que las citas y los títulos son muy significativos, pues actúan como pistas o claves que nos permiten rastrear vías o rutas de acceso al significado oculto o velado de sus poemas más complejos.

Os hablo de un poeta muy capacitado para imantar al lector. Alberto Chessa nos ha vuelto a sorprender con su potencia verbal, su lenguaje intenso e imaginativo y su resuelto dominio de la ironía.

 

por Victoria Sancho

Alberto Chessa nació en Murcia en 1976. Poeta y traductor, es licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Cinematografía y Artes Audiovisuales. Reside en Madrid (concretamente en Lavapiés), lugar en el que desempeña su labor de traductor y, eventualmente, de locutor.

Es autor de los libros de poemas La osamenta, con el que obtuvo el accésit del premio Adonáis (Rialp, 2011), y en la radiografía apareció LA PIEL (Huerga y Fierro, 2013), La impedimenta (Huerga y Fierro, 2017), con el que quedó finalista del Premio Nacional de la Crítica, Anatomía de una sombra (en preparación) y Un árbol en otros, recientemente publicado por La estética del fracaso, editorial que acaba de comenzar su andadura, y con buen pie, lo cual me alegra enormemente.

En su labor de traductor, suya es la primera traducción al español de la novela Sweeney Todd. El collar de perlas, publicado por (La Biblioteca de Carfax, 2017), además de otras muy interesantes como son El pescador, de John Langan (La Biblioteca de Carfax, 2018), Mi primer verano en la sierra,  de John Muir (Relee, 2019), o Querido Waldo, Correspondencia entre Emerson y Thoreau (Relee, 2018), libro, por cierto, que he leído a fondo, y me ha transportado cálidamente a otra época, a otros lugares, a otros nombres. Es responsable de la versión al inglés de varios poemas de Miguel Hernández en la antología bilingüe Poet of the inmense majority.

Asimismo, es autor de Alfabeto Angelopoulos, ensayo escrito y audiovisual, publicado en 2015 por la Editorial Círculo de Bellas Artes. Forma parte de varias antologías, la última de ellas Del tópico al eslogan, publicada recientemente por Visor, en edición de Luis Bagué Quílez y Susana Rodríguez Rosique.

Como periodista ha colaborado en diversos medios, y algunos de sus poemas han sido publicados en varias revistas literarias como El coloquio de los perros, Piedra de Molino, Empireuma o nayagua. Es uno de los diecinueve poetas entrevistados en No dejemos de hablar (Editorial Polibea).

 

«SI HASTA AHORA TENÍA A LA POESÍA PUESTA AL SERVICIO DE LA VIDA, EN UN ÁRBOL EN OTROS ES LA VIDA LA QUE ESTÁ PUESTA AL SERVICIO DE LA POESÍA»

 

Alberto, en tu nota biográfica sueles destacar que resides en Lavapiés. ¿Por qué?

No te negaré que hay algo de coquetería en ello. Existen demasiados cientos de miles de personas que declaran su residencia en Madrid; alguno tendrá que hacerlo en uno de sus distritos. Pero también gravitan dos motivos menos mundanos. El primero tiene que ver con la propia noción que yo albergo de Madrid, que no es la de una megaúrbe mezquina con sus lugareños sino, al contrario, la de una ciudad muy de barrios, cada uno con su singularidad y su genio y en donde es perfectamente posible hacer la vida (¡menuda expresión: hacer la vida!) en un damero acotado de calles, pequeños negocios y un vecindario poblado de rostros familiares. Eso es Lavapiés, el lugar donde yo llevo casi veinte años seguidos afincado. Eso, y también eso otro que respalda mi reivindicación de este barrio: el hecho de que, día a día, circulemos por sus arterias en torno a veinte etnias diferentes, con sus lenguas y sus costumbres, y que ello tenga lugar de un modo pacífico, no diré que plenamente integrado (porque para eso aún harán falta una o dos generaciones) pero sí respetuoso, sin conflicto aparente. Como la mayoría, yo crecí en una burbuja: mi mundo era en exclusiva blanco, católico, español, más o menos acomodado. Nunca olvidaré la condición más alienígena que exótica que investía al único compañero de origen chino y a la única compañera de origen peruano que tuve en el colegio. Esto es algo que mis hijas jamás entenderán, y no sabes lo que me alegro de que así sea.

Asimismo, me llama la atención el juego de pares y dobles, la manera en que has compuesto este libro: 50 poemas, dos en cursiva, doble dedicatoria, dos citas para comenzar y dos para finalizar… En cambio, el libro no está fraccionado, y los poemas se suceden en una sublime anarquía.

Gracias por lo de «sublime». La anarquía es consecuencia del orden cronológico, el único que impera en la concatenación de los poemas, con la salvedad de esos dos en cursiva, el primero y el último, que desde su origen fueron concebidos con indudable vocación de preludio y coda. En cuanto al juego de simetrías y duplicados, sí, lo confieso: soy un enfermo. Es superior a mí la tentación de establecer paralelismos, de jugar con los números (del total de composiciones, pero no solo: también de versos en cada poema), de sembrar de correspondencias arcanas la estructura del libro, al extremo de perder (porque es perder) muchas horas en esta suerte de arcaduz cuasineurótico. Apenas nada de ello, por no decir nada, tiene importancia alguna para el lector. En mi caso, si no lo hago, siento que tiembla la tierra bajo los pies del libro. Y lo peor de todo es que, como todas las taras, esta mía también crece con los años.

Tu poemario se cimenta en una diversidad de registros rítmicos, desde el soneto hasta el versículo, pasando por el poema en prosa. A mi entender, paradójicamente, esta apariencia heterogénea no provoca en el lector una sensación de extravío, sino todo lo contrario. ¿Cómo se logra esto?

Pues no lo sé. De hecho, te confieso que me sorprende lo que dices, eso de que no te provoque «sensación de extravío» la heterogeneidad formal (¡y temática!) del libro, pues es algo que me aguijonea desde que lo di a imprenta. Con lo cual, te confieso asimismo que tus palabras me tranquilizan un poco. Lo único que sé, Ada, es que, por una ley no escrita (que yo sepa), en el canon actual tiende a estar apostrofado el libro misceláneo, híbrido, polifónico. Y lo mismo vale al contrario: el poemario llamémosle conceptual, monolítico, monocorde, reporta un prestigio casi automático, connatural diríamos. Como señalas, en Un árbol en otros (el título ya da una pista sobre su naturaleza proteica) hay verso y prosa, endecasílabos rimados y versículos libérrimos, canto y cuento. Mi profesora de Griego en el instituto, Conchita Morales, que era extraordinaria, nos secuestró el ánimo el primer mes de clase por culpa únicamente del comienzo del comienzo de la Ilíada, aquel «Ménin áiede, zeá» que suele verterse más o menos como «Cuenta, oh musa» y que ella restauraba así: «Cuenta cantando, oh musa» (y dan ganas de seguir: «la cólera funesta del pelida Aquiles…»). Aún puedo verla enfatizando el matiz: «Ni cuenta ni canta: ¡cuenta cantando!». Bueno. Pues eso. Que las reclamaciones, al señor (¿señora?) Homero.

Veo en Un árbol en otros un evidente contenido social en algunos de los poemas, como también en tus libros anteriores, pero de ninguna manera incurres en el mensaje panfletario ni en la consigna.

Gracias de nuevo. Menos mal. El panfleto y las consignas tienen su lugar, y desde luego este no ha de ser un libro de poemas. Otra cosa bien distinta es que uno tenga de forma más o menos recurrente la necesidad de embozar en grito su voz, de revestirla de denuncia, de querellarse en verso contra ciertas disposiciones que consiguen soliviantarle. En Un árbol en otros es cierto que hay más juicio sumario que en los libros anteriores, más propensión a poner en tela de juicio una serie de apriorismos y a censurar conductas que son de difícil justificación. Para no erigirme en Torquemada (o, más bien, para librarme de la chamusquina de la hoguera) suelo aplicar un cierto humor irreverente o, como poco, una ironía amarga, distanciadora, de retórica baja, sin énfasis (o sin demasiado énfasis, al menos). De ahí que me tome a mí mismo casi siempre como blanco predilecto de bromas y regañinas; que me elija a mí, con más frecuencia que a ningún otro, para ocupar el puesto del reo.

De alguna manera, ¿conviven en tu poesía los escritores a quienes traduces?  Es decir, ¿se quedan grabados en tu pensamiento? Citas, en este libro, a Henry David Thoreau, a John Langan y a John Muir.

Sí, y a Amelia B. Edwards y a Miguel Hernández (a quien me aventuré a traducir al inglés), y también incluyo una alusión a Sweeney Todd. Pero, si me permites, son dos preguntas muy distintas las que me haces. Voy con la segunda. ¿Se quedan «grabados en mi pensamiento» los escritores que traduzco? Sí, por supuesto, cómo no. Solo quien haya contendido con esta tarea de verter un texto a otra lengua sabe a ciencia exacta (a letra exacta) cómo se llega a entrañar la obra. Hasta el punto de que a veces me tienta volver a traducir lo que ya traduje solo por enredarme de nuevo entre sus páginas. Ninguna lectura es más penetrante que la del traductor cuando está de servicio. Cuando escucho o leo a algún actor hablar de la orfandad que siente hacia aquellos personajes que ha ido encarnando a lo largo del tiempo, y consecuentemente dejando en la estacada, no puedo por menos que evocar a mis criaturas, mis traducciones. La otra pregunta (si conviven en mi poesía los autores que versioné en otra lengua) me temo que vas a recibir una contestación decepcionante: supongo que sí, pues de todo se nutre la poesía, pero no soy capaz de determinarlo. En cualquier caso, cuando estoy enfrascado en una traducción no escribo poesía. De suerte que si algo de la traducción se trasunta después en algún poema, será más bien a modo de palimpsesto.

 

Advierto un paralelismo entre tu poema «Aftershave» y «Afeitándome», de Robert Lowell.

No era consciente, la verdad. Sí, puede que haya concomitancias por el motivo del afeitado, pero me parece que pretendimos cosas muy distintas Lowell y yo. En cualquier caso, toda comparación con él dignifica mi trabajo, faltaría más. Su confesionalismo nada ramplón me ilumina en cada relectura de su obra. Y hay algo en este libro mío que quizá explique por qué te ha recordado a Robert Lowell. Se podría resumir en la siguiente fórmula (tómala con la precaución con que se debe tomar toda fórmula): si hasta ahora tenía a la poesía puesta al servicio de la vida, en Un árbol en otros es la vida la que está puesta al servicio de la poesía.

En Speculum Majus hablas de tus hijas, de la indiferencia que muestran al verse reflejadas en un espejo. La cita que precede a este poema es del dominico Vincent de Beauvais, autor de una enciclopedia que lleva el mismo título que tu poema. Dividida en tres partes, la tercera, «Speculum historiale», trata de personas que realmente han vivido. También de figuras imaginarias. ¿Haces referencia concretamente a esta parte?

Sí, la obra de Vincent de Beauvais se asoma a este poema desde el otro lado del espejo mayor. Esta enciclopedia redactada en el siglo XIII es, en su totalidad (no solo la tercera parte), una delicia para el lector partidario de conculcar los deslindes entre realidad e imaginación, lo histórico y lo legendario, los hechos y la ficción, la química y la alquimia. Me tengo por tal, lo confieso.

Me gustaría, si quieres, que desvelases, aunque sea un poco, la relación que estableces entre tu poema Tango del miedo y la cita que le precede: «Eres linda y hechicera, / eres linda y hechicera/ como el candor de una rosa.» Por cierto, ¿la malagueña…?

Claro: «Malagueña salerosa». Lo que ocurre es que yo cada noche lo corrompo por «Madrileña salerosa», que es lo que son mis niñas: madrileñas (y con esto parece que volvemos al principio, ¿verdad?, a Madrid). Esta canción ha devenido una nana en mi día a día (como digo, en mi noche a noche). A Lucía y a Alicia les entusiasma eso de «Y decirte niña hermosa», que es el verso que sigue a los que has recordado tú y cito yo en el poema. El «Tango del miedo» es, de hecho, una jaculatoria luctuosa pero en clave de arrullo, con una muerte a la que no en vano humanizo y hasta aniño (la llamo Muertita), como si me apiadara de ella… al mismo tiempo que le pido árnica. Y algo así es también la crianza de un hijo, de unas hijas pequeñas en mi caso. Por cierto, me encantó que la tarareáramos, tú y yo, en la presentación del volumen en la librería Códex de Orihuela. La próxima tenemos que cantarla entera y a voz en cuello, como en un karaoke. ¡Inventemos el lirikoke!

 

 

 

MANAN LOS NOMBRES

 

                                                                                  mojado todavía

                                                                                  de sombras y pereza

                                                                                  Ángel González

 

 

Creo en tu cuerpo,

en la arcilla y el barro de tu vientre,

en la cavidad donde se refracta

el exterior que nos circunda,

mientras relleno el tiempo de la espera

con migajas de pan en cada verso.

 

Creo en tu cuerpo ayer y esta mañana,

porque también a mí me da escondrijo

y me recuerda que seremos vida,

que todo sigue oculto en lo visible

 

y todo lo visible aguarda

su solución,

su clave,

santo y seña.

 

Ajenas en el puro ser,

aún nadies,

nuestras dos diminutas odiseas

¿dejarán para siempre un vestigio o una ruina

en el cuévano de ese vientre?

¿Habrán sabido ya que la tristeza

del singular jamás irá con ellas?

¿Nos enseñarán a nosotros

a convivirnos con el miedo?

 

 

Creo en tu cuerpo y lo acaricio y toco

como las yemas se deslizan

por la extensión cerrada de un piano,

tentando los sonidos,

ensayando la noche,

dejando que la música se nazca

en continuo presente.

 

Cuando asomen por la bocana

esas dos manecillas sin reloj,

mar todavía sin orillas,

vivir quizá les quedará muy grande,

inmenso muro para un verso incipiente,

estatuas que irán tomando rostro

en la caja vacía de un museo.

 

Todavía no saben

que acabarán el viaje en el origen,

que solo hay una forma de apearse en la vida

y es manchándolo todo,

como se esparce el vino de un vaso derramado,

como manan los nombres

cuando se dicen en voz alta.

 

Creo en tu cuerpo,

en Alicia,

en Lucía.

 

Me creo de tu cuerpo

y con eso me basta

 

SPECULUM MAJUS

 

                                                                ille extendens ceruicem silentio vitam postposuit

                                                                Vincent  de Beauvais

 

 

Tomo en brazos a Alicia y a Lucía

(acaban de cumplir un año)

y las confronto ante el espejo.

Así va dibujándose a la vida

vuestro rostro —fabulo a media voz—.

Como si devanase sin esfuerzo

un estambre cercano de futuros.

Como crece una piedra.

 

Su indiferencia (miran para otro lado, quieren

bajarse, dejarme solo en este juego que no entienden)

me recuerda a mi gato Chispo.

También a él, de adolescente,

lo obligaba a encararse con su imagen,

exactamente con el mismo éxito que ahora con mis hijas:

dos criaturas con piel de nieve

y una enfática glosolalia

que andan a la altura de los zócalos

y me están enseñando a aprenderlo todo por primera vez.

 

Por ejemplo que la felicidad y el tormento

caben juntos en el mismo zapato y la misma noche.

 

            la luna es una rana

            la rana es una runa

            la runa es una lana

            la lana es una runa

 

 

Pero yo sigo enfrente del espejo,

con Lucía y Alicia en cada hombro,

lo mismo que hace más de un par de décadas

me asomaba buscando una respuesta de mi gato.

Cualquier respuesta, nada hubiera sido decepcionante:

sorpresa, burla, miedo, irritación,

todo menos aquella languidez,

esa apatía, esta indolencia de mis hijas ante su imagen,

que al cabo logra que la vista vire a mi propio reflejo

y recuerde con ello, una vez más,

que los mañanas también tienen memoria.

 

¿Quiénes sois? ¿Qué diablos o diablesas sois vosotras

a este lado y al otro? —mascullo mientras me voy auscultando la dentadura

y un hielo me recorre el alma hasta los pies.

 

            la lana es una luna

            la runa es una lana

            la rana es una runa

            la luna es una rana

 

 AFTERSHAVE

 

                                                                     Error nº 4: El ‘after shave’ tiene que picar.

                                                                     Icon, 10—VI—2016

 

A Juan de Dios García

 

 

Que si el calor,

que si la piel,

que si el picor molesto…

 

Cada verano me rasuro la barba

por ver si reconozco lo que había detrás.

 

 

…Y para calcular qué tiempo queda

para que al fin mi padre

se adueñe de mi cara por completo

 

 

ROSA DE REUS

 

El padre despierta, observa un resplan-

dor que viene de la habitación vecina, se

precipita hasta allí y encuentra al ancia-

no guardián adormecido, y la mortaja y

el brazo del cadáver querido quemados

por una vela que le ha caído encima.

 

 

                        Sigmund Freud

 

A Ángel González de la Fuente

 

 

Rosa de Reus, más de ochenta años.

Quizá convenga repetirlo: más de ochenta años.

 

No he querido saber mucho ni poco de su vida.

Solo sé que su casa estaba en Reus.

 

No sé en qué trabajó, si trabajó.

No sé si maldormía sola.

 

(Seguro que a esa edad

otra vez maldormía. Y sola).

 

¿Por qué no me interesa leer los testimonios de vecinos,

familia, conocidos… si es que los hubo?

 

Nada va a ser más relevante: era Rosa de Reus,

ochenta años cumplidos y un cuerpo calcinado.

 

Se alumbraba con velas.

Era invierno, era el frío.

 

Perdón, sí que he leído en la noticia

un dato relevante, otro:

 

La misma compañía eléctrica

promete que este mes no aplicará más cortes.

 

Escribo esto a años luz.

Ni siquiera recuerdo cómo se encendía una vela

 

 

TANGO DEL MIEDO

 

                                                                        Eres linda y hechicera,

                                                                       eres linda y hechicera

                                                                       como el candor de una rosa.

                                                                       Elpidio Ramírez & Pedro Galindo

 

A Lola López Mondéjar

 

 

Ya nos vamos, Muertita, conociendo.

No diré que te extraño,

pero sí que se me hace a veces raro

no verte mucho el pelo.

 

Cuando menos lo espero te arrebujas

entre espejos de sombras,

o bien junto a la puerta te demoras

como al alba la luna.

 

Pero una luna, Muerte…, ¿qué diría?

Una luna arbolada.

Un Adán sin Edén, jardín de lamias

con un Dios masoquista.

 

Lo que daría yo por olvidarte,

ya que al revés no ocurre.

Por desnucar a todos tus querubes

que vienen a soñarme.

 

La vida duele muchas veces, Muerte;

puede que no lo sepas.

Pero más duele, amiga, que me quieras

hasta desconocerme.

 

¿Sueña acaso una piedra con ser crómlech?

¿La luz con envinarse?

No me dejes contigo, no me abraces.

No me arcilles el nombre.

 

Tu voz, tu silabario de ceniza

son todo cuanto soplas.

Quédate con el mar, dame una ola.

Una ola más, Muertita

 

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria

 

Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Ejercicios de incertidumbre 15, por Javier Cebrián

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“IMBRICADO”

Imbricado es una palabra, un participio, un adjetivo, que me gusta mucho. Cosas superpuestas a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Imbricar: superponer, solapar, enlazar, conectar, relacionar. Es decir, algo imbricado es algo que está relacionado, intercalado, superpuesto. Por ejemplo, en mi caso, vida y obra están imbricadas, conectadas, relacionadas, superpuestas a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Quizá, incluso, más que eso, en mi caso, vida y obra son lo mismo, se confunden, en definitiva todo está relacionado, imbricado.

El mundo no es algo, que hoy, me interese. No me resta ilusión a estas medianías de mi vida, creo que he gastado todos los cartuchos de la recámara, he malgastado todas mis balas. Me aplico a vivir, sin más, a sobrevivir, que no es poco, eso es todo. Y lo digo sin pesar, pero con algo de remordimiento. Me pregunto si he traicionado al niño que fui, al niño que sigo siendo… Me pregunto si he traicionado todas mis intenciones primeras. ¿Qué es lo que se nos lleva por delante en este pasar de los días? ¿Es nuestro orgullo, temperamento, egoísmo, fanatismo, incomprensión, falta de empatía, falta de amor, exceso de amor? Yo sé que algo me ha llevado por delante, me ha descarrilado, quizá empleo mal el tiempo verbal, ese pretérito perfecto, en realidad algo se me llevó por delante, me descarriló, en un pasado simple, o quizá en un presente de indicativo, algo me lleva por delante, me descarrila; en realidad todo es muy simple, no requiere de más explicación, es algo que se explica o debería explicarse por sí mismo, con mis escritos, con mis ejercicios de incertidumbre, con mi vida toda. Cosas superpuestas,  a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Imbricado.

Hace unos días vi en Netflix, la película Historia de un matrimonio de Noah Baumbach1, 2019, interpretada magníficamente, en sus papeles principales, por Scarlett Johanson y Adam Driver. Una especie de actualización o deconstrucción de otra cinta, Kramer contra Karmer, dirigida por Robert Benton2 en 1979 e interpretada, también con maestría, por Meryl Streep y Dustin Hoffman, de la que podemos decir que es su heredera espiritual, como escribe Mireia Mullor en su reseña en la revista Fotogramas. Hay quien la considera una obra maestra, Historia de un matrimonio: una obra maestra rota por dentro, Luis Martínez, Diario El Mundo, otros la creen insoportable, como Carlos Boyero, crítico de El País, insoportable, falsa y pretenciosamente realista, literalmente. Me da a mí que el insigne Boyero, tan egocéntrico, ha amado poco. Pero esto es también una opinión interesada.

Después de ver, disfrutar y sufrir Historia de un matrimonio, con sus sofocantes realismo y atmósfera, creo que todo aquello que yo quería expresar con estos ejercicios… ya está dicho.  Reconozco que me emocioné, que sentí una empatía interesada hacia el personaje masculino, a su forma de romperse, que es también la mía. Como a mí me gusta, en la película, lo importante no es lo que se nos cuenta, que ya nos lo sabemos, de sobra, lo importante es el modo de contarlo, y también lo que no dicen las palabras y esconden las imágenes. Lo importante son las preguntas que nos asaltan, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Dónde perdimos el amor y el respeto? ¿Cuándo dejamos de ver al otro en nuestra mirada? Lo importante es la conclusión a la que llegamos: a veces es imposible seguir juntos pese a que nos queramos, a que sigamos queriéndonos.

De entre todos sus momentos memorables destaco la interpretación por parte de  Charlie/ Adam Driver, de la canción de Stephen Sondheim3: Being alive –que pertenece al musical Company, estrenado en Broadway en la primavera de 1970- que da significado a la película. Intenso, precioso, emotivo. El protagonista se pregunta en voz alta qué es lo que gana uno casándose y empieza a cantar todas las trampas y peligros que percibe en el matrimonio. Llegado un punto de la canción, Robert (Charlie en el caso de la película) hace una transición y expresa en cambio el deseo de abrazar una relación, de aceptar que quizá sí es posible ganar algo de un compromiso, sea placentero o doloroso.*

En el momento en que Charlie canta esta canción en una reunión con sus amigos y compañeros de compañía de teatro, ya ha firmado los papeles de divorcio. No canta con esperanza, entraña otro significado, melancolía, tristeza por algo que dejó de funcionar, pero también la esperanza de recuperar ese mismo sentimiento con otra persona en el futuro. Sabiendo, también, que su antiguo amor, y él mismo, siempre estarán ahí el uno para el otro, cuidándose, queriéndose y para ayudarse a seguir vivos. Eso es algo muy difícil de explicar, algo a lo que no quiere uno nunca renunciar, el amor que fue, que seguirá siendo. Doy fe.

Todo está imbricado, superpuesto a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Vuelvo a dar fe.

 

Que alguien me abrace demasiado fuerte

que alguien me haga sufrir demasiado

que alguien se siente en mi silla

y me quite el sueño

y me haga ser consciente

de estar vivo

estar vivo

Que alguien me necesite demasiado

que alguien me conozca demasiado bien

que alguien me haga parar en seco

y me haga vivir un infierno

y me dé ánimos

para estar vivo

ínflame de vida

ínflame de vida

confúndeme

búrlate de mí con elogios

aprovéchate de mí

dale variedad a mis días

Pero estar solo

es estar solo

no estar vivo

Que alguien me sature de amor

que alguien me fuerce a entregarme

que alguien me obligue a dar la talla

Yo siempre estaré ahí

tan aterrado como tú

para ayudarnos a sobrevivir

Estar vivo

estar vivo

estar vivo.

 

 * ‘Historia de un matrimonio’: qué significa que Adam Driver cante ‘Being Alive’

por Emilio Domenech. Vogue.

1-Noah Baumbach, ( 1969) director de cine y guionista estadounidense, ha dirigido entre otras películas The Squid and the Whale (Una historia de Brooklin), 2005;  Mistress América 2015.
2-Robert Benton, (1932) director de cine y guionista estadounidense, ha dirigido entre otras películas Kramer contra Kramer , 1979; Al caer el sol, 1998; La mancha humana, 2003.
3-Stephen Sondheim, 1930; compositor y letrista estadounidense, especializado en el género musical.

CAíDAS , por José Pedro Vegas

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Caigo como pájaro herido
sin red,
rotas las ramas que sujetan el mundo.
Mi río de sentimientos
sufre un alud de lágrimas que inundan
mis pulmones.
No puedo respirar.
Caigo en un mar sin fondo ausente de peces
y caricias.

Necesito atrapar el horizonte
para agarrarme al sol que se me escapa,
pero un tobogán de preguntas
sin respuesta
empuja la velocidad de mi caída.

Caigo cual copos gélidos de nieve
en el vacío,
mientras intento asirme a unas paredes
que no existen.
Me traga al fin el agujero negro
de mí mismo.
¿Será esto un túnel sin salida?

Diario de un cinéfilo (40. Bailar en la oscuridad), por Javier Puig

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“Bailar en la oscuridad” (2000), de Lars von Trier, es el retrato de un desamparo. La adversidad que empuja hacia atrás a la protagonista es la naturaleza legitimada por una sociedad inercial, siempre finalmente despiadada. Es la hostilidad de la vida cebada en una madre y un hijo. Su enfermedad hereditaria es el rastro que va dejando la inocente iniquidad de la existencia.

Selma (Björk) es una mujer checa que ha emigrado a los Estados Unidos, donde es posible la curación de la ceguera a la que está destinado su hijo. Allí tiene que vivir de un duro trabajo para el que no está capacitada debido a la galopante pérdida de visión que disimula —hasta el extremo de engañar al oftalmólogo— para no perder el mísero sueldo que necesita ahorrar. Vive en un remolque instalado en el terreno donde habitan sus caseros, el policía Bill y su esposa. Es un ser frágil y bondadoso que despierta empatías y afectos.

Aunque la película puede considerarse una denuncia —del capitalismo, del consumismo desaforado, del carácter xenófobo de la mentalidad americana, de la pena de muerte—, el director danés tampoco esta vez compone un panfleto, no cae ni mínimamente en el maniqueísmo, sino que continuamente se desdobla en un opositor a sus bienintencionadas y fáciles críticas, tratando de conseguir la máxima ecuanimidad. En sus mejores películas, busca antes su propia incomodidad que la de su público, que también la obtiene.

Lo fácil hubiera sido rodear a Selma de seres inequívocamente abyectos frente a su hijo modélico, y que ella tuviese una actitud absolutamente irrefutable. Pero en la película no es así. Las dificultades sociales a las que debe enfrentarse esa joven madre no son especialmente ofensivas, sino que podrían ser compartidas por muchos americanos de las clases inferiores. Pero es que, además, ella, desde su dulce precariedad vital, concita adhesiones afectuosas. Así, en el trabajo, el comprensivo encargado, solo riguroso por imperativo superior o por deber profesional. Y allí también, su compañera Cathy (una bellísima Catherine Deneuve en su madurez) que es, para ella, más que una amiga, casi como una madre que tiene a su disposición en los momentos más difíciles. Por otra parte, su casero y policía Bill se comporta amistosamente: cuando es preciso, junto a su mujer, cuida de su hijo rebelde. Y Jeff, ese hombre cuya bondad anega los terrenos de la exigida madurez mental —aquella que incluye la malicia, el pragmatismo, la defensión, la ególatra estrategia— y paciente e inútilmente la pretende como novia.

¿Qué ocurre entonces? Pues, por un lado, que Selma vive en una especie de recogimiento, de misión, que solo la mantiene enteramente disponible para su gran sacrificio, que es el de salvar a su hijo. Solo se permite unas salidas hacia el placer, como esas forzadas participaciones en los ensayos de Sonrisas y lágrimas, o sus visitas al cine para ver los musicales de la época a través de las descripciones que le hace su amiga. Por otra parte, esas amistades de las que goza solo lo son hasta donde sus prioritarios egoísmos les obligan a dejar de serlo. Hay algunas que resisten, como la de Cathy, que la ayuda, la defiende, se desespera por su suicida actitud; o como la de Jeff, que siempre la espera, que acepta negativas que no merman su amor irrenunciable. Pero hay otras que se doblegan ante las circunstancias. El caso más grave, el finalmente dramático, es el de Bill, el hombre que, prisionero de su desvirtuado amor, antepone a toda moralidad la satisfacción del compulsivo consumismo de su esposa.

Selma rechaza todas las ayudas que la distraen de su único fin en la vida, que es el de conseguir el dinero para la operación de su hijo. No tiene nada que lamentar. No quiere usar esa ínfima y sucia prerrogativa. Sabe que está enfrentada a lo implacable. Solo esa ansiada realidad, ese estrechísimo resquicio de luz, le ofrece una puerta a la redención. Necesita reparar un grave error, aplacar los gritos de una parte de su conciencia, aquella que le recuerda el crimen de haber dado a luz a un ser previamente condenado.

Lars von Trier nunca usa aquí el contraplano sino una cámara nerviosa, perspicaz, que parece residir en los ojos de alguien, en el alma que hay que situar detrás, en el espacio que es nuestro, del espectador insertado en la atónita contemplación de un sufrimiento. En esa pantalla, que describe los errores y los horrores de la vida, solo precisamos del alivio de una Selma que se nos escapa, que elige caminos condenatorios porque en ellos vislumbra una salvación no tan ajena.

Cuando la tragedia se produce —el involuntario crimen, esa violación de la voluntad propiciada por la traición de Bill—, todo incrimina a Selma, empezando por ella misma, por sus éticos secretos que modifican el relato de lo acontecido hasta extremos de radical oposición a la realidad. Todo el proceso que se sigue —la condena y los opresivos días en la cárcel donde se la habrá de ajusticiar— recuerdan a los sacrificios de aquellos grandes hombres que, notorios o desconocidos, prefirieron esa muerte infligida injustamente antes que corromper su propia alma. Ella se resiste a salvarse —a salvar incluso la imagen de su bondad— si ello conlleva un mínimo perjuicio para su hijo. Pero esa mujer acorralada no es una ostentosa heroína, ni una impoluta santa. Hace lo que tiene que hacer, lo que le dicta su implacable conciencia. Y tiene miedo. En el corredor de la muerte, encuentra otra alma bondadosa, la funcionaria compasiva que asume el peso de lo imponderable, que quiere ayudarla a morir sin estridencias, con un mínimo de dignidad que la exima de un bloqueo de su espíritu.

En la fábrica, en la vida tormentosa que la alcanza, su único alivio es la música. Hay que conseguir el ritmo, hay que forzarlo hasta que arranque por sí mismo, indubitable y sanador, como quien empuja un coche hasta que se prenda la chispa que restaure su fuerza. Hay que acceder a la otra dimensión, allí donde solo habita lo indemne. En la celda inicia un doloroso intento de canción al que se opone la inexorable fuerza del llanto. Hay que purificar la voz. Por fin, ayudada del ritmo que le propicia su amiga funcionaria, logra la grácil y liviana ascensión que deja atrás las duras realidades. El trayecto hasta la horca se convierte así, por unos momentos, en un lugar donde se escenifica la musical evasión de la protagonista, la mente provisionalmente poderosa negando la textura de un tiempo que, sin embargo, finalmente, súbito, aterrador, regresa.

Solo queda cantar mientras la burocracia confiere una prórroga brevísima a esa vida despreciada. Cathy, Jeff, se someten al demoledor espectáculo de esa muerte. La mujer de Bill, también está allí, pero para gozar de esa ceremoniosa visión. Los demás espectadores actúan como relamidos cómplices de una sociedad que, revestida con la apariencia de la justicia, decide sobre la vida de sus ciudadanos.

No hay alegato final. Ella no sabe —y no quiere saber— defenderse. Solo claudicación ante la aviesa organización de las causas. Y unos versos de algún hermano desconocido: “Dicen que es nuestra última canción. /Es que no nos conocen. / Es solo nuestra última canción / si nosotros lo permitimos”.

PRESENTACIÓN DE “EL COLLAR DE PERLAS” de Milagros Román en la librería Códex de Orihuela, 16 de enero de 2020, por José Luis Zerón

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Conocí a Milagros Román en la década de 1980 cuando ambos escribíamos en el desaparecido periódico Elche; yo como redactor de Orihuela-Vega Baja y ella como colaboradora habitual. A veces (muy pocas) coincidí con Mila en la redacción del periódico y la recuerdo como es ahora: afectuosa y llena de vigor. Pero fue hace cinco años, cuando iniciamos una amistad que ha ido fortaleciéndose con el paso del tiempo. No voy a detallar el extenso, casi inabarcable, currículo de Mila; solo destacaré que es una mujer polifacética: poeta, autora de varios poemarios e incluida en numerosas antologías, articulista y reseñista, artista plática, cantante, compositora y bailarina (es titulada en Danza, Grado Superior en Pedagogía, y cursó estudios musicales de piano, violín y Canto en los Conservatorio de Murcia y Elche). También ha publicado un libro de cuentos. Esta que tengo el honor de presentar esta noche, es su primera novela. El collar de perlas, publicada por Ediciones Frutos del tiempo en la colección ´Frutos secos de Narrativa`.

El collar de perlas relata la dramática historia de Ana Ferrero, una mujer de familia acomodada de unos 40 años de edad. Desde su infancia se ha debatido entre el dilema moral de obedecer las reglas sociales de la dictadura franquista regidas por la omnipresencia de la Iglesia y el rígido patriarcado, o seguir sus instintos de libertad. Ana optará por rebelarse contra una vida abocada al servilismo del padre o del marido y se enfrentará a las normas impuestas dentro de una sociedad arcaica y clasista; pero su necesidad de independencia, que le llevará a la huida constante de quienes tratan de someterla, le acarreará trágicas consecuencias. La autora advierte al lector de lo que se va a encontrar en las páginas de esta novela con un breve texto que sirve de pórtico a la narración y que es todo una declaración de intenciones: “la obediencia a nuestros mayores no o es siempre una actitud acertada; interfiere en nuestro destino”

Estamos, pues ante una novela compleja que es a la vez un relato sociológico de la España franquista, donde la mujer era poco menos que una esclava de su marido, y un relato de iniciación, que puede leerse también como un thriller desde una perspectiva de género. En sus páginas abundan situaciones peculiares aunque narradas con verosimilitud (como la escapada adolescente de Ana a una comuna hippie en Ibiza durante su internado en un colegio católico para señoritas de señoritas de Suiza) y variedad de personajes, como el terrible y no por ello menos ambiguo, Roberto Gaimour, el rico y joven empresario que contrae matrimonio con la protagonista con la bendición incondicional de la familia Ferrero. El desenlace desborda imaginación y no deja indiferente al lector.  Milagros Román maneja con soltura la elipsis y la etopeya  y logra fundir y equilibrar estos elementos de manera convincente con diálogos escasos y bien construidos y empleando un lenguaje elegante, sencillo, directo, a veces apresurado, pero muy eficaz por su cercanía al lector. Destaca, sobre todo, la voz narrativa omnisciente que insiste en lo narrativo por encima de lo descriptivo y penetra en el complejo entramado psicológico, emocional y sensible de la protagonista dosificando sabiamente la información con el fin de elevar el suspense de la trama.

En mi opinión, la novela tiene, digamos, dos partes sin diferenciar: la primera llega hasta el capítulo X, y la voz omnisciente nos cuenta el ejercicio de memoria de Ana Ferrero, ya madura y con dos hijos, durante su huida en tren a Barcelona. Mediante esta analepsis asistimos a su anfractuosa vida. La segunda sitúa al lector en la acción inmediata. Comienza cuando Ana llega a Barcelona y comprende que sus conflictos la han abocado a un destino no deseado de difícil solución. A partir de aquí, comienza, otra trama más compleja, imaginativa y oscura en la que la que protagonista luchará para mantener su dignidad e independencia.

En definitiva, estamos ante una novela profunda, emotiva y turbadora que mantiene la atención del lector desde el comienzo hasta el inesperado desenlace.

 ENTREVISTA

Milagros Román: “Mi concepto de escritura es simplemente aclarar, no “engarrafar”, ni distraerme en explicaciones inútiles”.

 

-Esther Abellán y Javier Cebrián coinciden en que tu novela es un viaje interior, un ejercicio de proyección personal próximo a lo que hoy llamamos  autoficción. ¿Qué hay de ti en el personaje de Ana?

 

De mí hay una parte importante en el personaje de Ana.

El término autoficción es relativamente moderno. Siempre ha habido una experiencia de parte de los narradores o autores que les ha permitido verter  los pensamientos de un personaje como si fueran ellos mismos, incluso  en aquellos seres marginados o de sexo contrario al autor, denominándose autobiografía. Si la autoficción revela  la identidad real  del personaje viviendo hechos ficticios, soy yo misma… La voz narradora en esta novela es omnisciente y transmite el interior de Ana. Conoce tanto de ella porque casi es ella misma; otra cosa son los hechos que le suceden y su trayectoria vital, que en algunos capítulos ofrece un panorama no ficticio, pleno de realidades surgidas en el entorno de esa sociedad donde Ana Ferrero vive por medio de la  autora, puesto que esta pertenece a esa época social o educacional de la década de los sesenta, y, por tanto, conoce bien ese entorno.

El escritor, tiene una cualidad innata, y es la del  sentido de la observación (a veces desarrollada por habilidades o técnicas literarias) que le ha permitido describir todo, o casi todo lo que sucede en la vida de la protagonista, de manera real, detallándolo en ocasiones de forma autobiográfica, y en otras captando situaciones  desde la emoción de haberlas observado tan sólo en los demás. Más tarde, con sentido de la autocrítica, analiza la posibilidad de compartirlo públicamente a través de las páginas de un libro. Y esto lo aclaro porque intuía que el lector iba a encontrar coincidencias conmigo en el personaje de Ana.

 

-La novela es rica en personajes bien perfilados. Pero uno ellos no es humano, ni siquiera un ser vivo; me refiero al objeto precioso que Ana recibe de su esposo como regalo durante la celebración del décimo aniversario de boda: el collar de perlas que da título a la novela. Pascual Ruso afirma, y estoy de acuerdo con él, que es “un objeto de prestigio y distinción para la mujer que lo recibe como regalo a su estatus social y al supuesto amor servicial, servil y sexual del marido, metáfora de la cadena que la ata al esposo. Pero puede convertirse en un objeto de perdición, de ansiada libertad, de ruptura de esa cadena; cada cuenta de ese collar es, a la vez, un eslabón de opresión o un eslabón de liberación”

 

Efectivamente, José Luis. Las perlas del collar  configuran un personaje en la novela, pero también son  una metáfora. Poseen la magia  transformadora como producto nacido del mar puesto que el mar genera misterios insondables a través de sus fuerzas malignas (revisemos las leyendas misteriosas y literarias surgidas de este medio). Cada  ostra se tomó su tiempo en absorber el nácar  proyectando esa sutil  “criatura” que la mano del hombre arranca de  su  cavidad materna independizándola del mar. El hombre las enlaza como eslabones una a otra, hasta formar una cadena de misterio que envolverá el destino de la mujer que la lucirá sin otro fin que el mero aderezo.

Es el típico regalo que los esposos hacen a sus mujeres, y significa la amanecida, el despertar de una nueva etapa en la vida de una mujer, pero también lo convencional, un símbolo, una alegoría que puede tener diferentes significados: por un lado una joya que muestra el poder adquisitivo de quien la luce, y por otro, una sumisión de parte de quien lo recibe al sentirse un  tanto compensada  por la  contribución hecha a un determinado rol en la vida de pareja. Por esta razón, el collar  tiene el tratamiento de un personaje  crucial en la trama,  impregnando  su halo de extraña energía en la relación de Ana y Roberto.

 

Ana Ferrero es una persona singularizada que no se siente parte de nada de lo que les impuesto, sino de su propia individualidad; pero no es una persona egoísta ni insolidaria, sino una idealista que lucha por mantener su identidad, ¿estás de acuerdo?

 

Sí. Se siente poderosa y rica en ideales, pero sólo en su mente, Ana no es una revolucionaria. Lucha y quiere cambiar el mundo desde su interior. No sale con banderas izando su voz para que la escuchen. Establece en su vida un ideal, un modelo poco convencional que intenta llevar a cabo hasta en su  manera de vestir, de comportarse, de teorizar argumentos en lo referente a su confesión religiosa, pero sin liderar ningún movimiento, asumiendo eso sí, las normas sociales o  cumpliendo su programa de vida que el destino le ha ofrecido, y a cambio trabaja su interior, su mente, que considera el único terreno de libertad para establecer su ideal de vida, viviéndola sin escándalos y marcando sus gustos o sus ideales para establecerlos en un futuro, aunque en realidad ese “futuro soñado” no llegue nunca;  por esta razón, Ana se apoya en las palabras del poeta y pensador Gide sintiendo una gran liberación al descubrirlas. Le consuela cualquier escrito que coincide con sus deseos un tanto anárquicos. Está claro que todavía sufre en su adolescencia la inconsciencia de que el sueño no se cumple y que la trayectoria imparable del destino le arrebata un  periodo  existencial importante… Cuando viene a darse cuenta es tarde y no puede deshacer los hechos consumados.

 

-Ana ha de hacer frente a una vida repleta de dramas sin poder tomar sus propias decisiones. Esta frustración la sume en ocasiones en la soledad y la insatisfacción, pero no la aboca a la resignación autocomplaciente. Nunca claudica. Cuanto más sufre, más vital se muestra.

 

La verdad es que  no sé de dónde saca su ímpetu, pero lo hace. Ella sola, sin ayuda de la narradora, se enfrenta a su compleja relación con el compromiso en el que está metida. Sufre y no puede confiar en nadie, puesto que observa cómo el bienestar de una vida cómoda y de alta posición social es suficiente excusa ante todos para ser capaz de aguantar cualquier problema sentimental que se presente. Se habla y se contesta ella misma en un grave soliloquio que la llevará al psiquiatra.

Tiene un verdadero problema: si rompe con todo será acusada de abandono de hogar y sabe bien que la vida  no se improvisa, aunque hubiera tenido en sus manos el poder para la independencia económica ejerciendo profesión ya abandonada.

 

La protagonista sufre un dilema continuo entre su educación católica y elitista y su inconformismo y sus ansias de libertad e igualdad; también entre su deseo de contraer matrimonio y ser madre y su necesidad de tener un espacio propio para desarrollar una vida de artista. De hecho, durante su adolescencia, trata de encauzar sus impulsos idealistas desde instituciones religiosas que se dedican a acciones solidarias en los suburbios de su ciudad y acepta de buen grado su enlace con Roberto.

 

Este es un perfil real: el de Ana adolescente. Existen personas con una altísima elevación espiritual, con un nivel de sensibilidad innato, capaces de ver con claridad los equívocos que tiene la formación teórica y práctica de la enseñanzas religiosas, y todo ello de manera  intuitiva, sin previo estudio de los conceptos religiosos que le están enseñando en la escuela. Ana ya presagia, desde esa corta edad y en la experiencia de la catequesis, una injusticia social que debe ser paliada no precisamente de una manera individual, sino desde otros estamentos con poderes económicos suficientes para lograrlo. En resumen, no cree en las obras de caridad; cree en un sistema implantado desde el sillón más alto de la ciudad, como es la alcaldía. Y huye. Eso  le marca a Ana, aunque  en su relación con los chicos resulte enamoradiza (¿por qué no?), es lo natural, pese a la figura del padre, que se impone de manera traumática en su mente con la constante advertencia de los peligros con los hombres. Ella asume ese riesgo probando experiencias sin atreverse demasiado y pensando que las relaciones amorosas debieran ser sinceras, no con tanto manejo de hipocresía por parte de las mujeres, como le aconsejaban  en el Servicio social, en su hogar, en la escuela o en su círculo de amistades. El matrimonio llega como aceptación de una etapa que debe cubrir de forma convencional, aunque no esté  muy de acuerdo, pero nada contracorriente intentando cumplir y desempeñar al tiempo su profesión de la que ya duda que sea normal ejercerla ante tanto boicot social. El ser madre se manifiesta en ella como un fuerte instinto natural: ¿Por qué negarse a ello? El hombre también reclama esa parcela instintiva de la conservación de la especie.

 

-El carácter sensible, abierto y compasivo de Ana contrasta la arrogancia inflexible y clasista de los personajes que la rodean y la sobreprotegen y de los que necesita emanciparse. Ya desde niña asistirá a un hecho traumático que marcará su camino: cuando su madre despide a Pepi, la sirvienta (a la que Ana llama “la tata”), cuando esta se queda embarazada con apenas 17 años.

 

Ya de niña percibe como algo infundado la diferencia de oportunidades entre su tata Pepi y ella. Este es un hecho real, no pasaba precisamente en mi entorno,  pero sí con frecuencia en otros hogares, por la falta de información sexual  en las jóvenes. Las empleadas padecían el riesgo de no poder conservar su trabajo, acosadas en situaciones de inferioridad y de impotencia donde fuere aquello que les sucediera. Una madre soltera, a diferencia de hoy en día, estaba totalmente desamparada de todo y por todos, hasta por su propia familia, con independencia del “supuesto” padre de la criatura, que podía eludir el asunto fácilmente y a quien jamás se consideraba culpable. Ana, confraterniza con su “tata” y ese accidente le hiere y le traumatiza, bien por el cariño que siente por ella y que consecuentemente les aleja, o bien porque presagia desde ese momento, que detrás de una relación con un hombre puede haber  engaño. Ella de momento solo ve el sufrimiento de su “tata” querida y aprende de esa situación para adoptar una  actitud determinada posteriormente en sus experiencias con los hombres.

 

-La comprensión, tolerancia y amplitud de miras de Ana le servirá para relacionarse con los personajes marginales y menesterosos a los que conocerá en los últimos capítulos de la novela. De acuerdo que Ana es también una superviviente, ¿pero no resulta demasiado idílica esta convivencia armónica de la protagonista, absolutamente desubicada, con mujeres de un estrato social diferente?

 

En la página 159 del libro, Ana se siente sorprendida pensando cómo la vida en determinadas circunstancias puede unir el destino de dos personas que jamás hubieran tenido la oportunidad de conocerse, ni de coincidir en la calle, dada las diferencias sociales y culturales  que existían entre ellas; sin embargo, allí, en el lugar donde la vida les reúne, eran capaces de compartir todo: los sueños, la esperanza, el trabajo obligado; hasta los temores que le depararía un futuro  totalmente incierto.

¿Crees José Luis, que es difícil o simplemente idílico,  en un ambiente que no quiero desvelar, el acercamiento amistoso entre dos personas de posición social y cultura diferentes?, ¿o realmente podría llegar a ser real y sincero? Piensa en las hambrunas de las guerras, en la circunstancia del sufrimiento y las necesidades primarias para la existencia que pueden unir a personas -incluso de opuesta ideología- en una situación de convivencia forzada: un terremoto, un accidente…  la desolación y el deseo de sobrevivir  es igual para todos ante la impotencia de una catástrofe, que, a veces, realza un  egoísmo perverso, pero también el deseo de compartir y confiar en alguien ante tanto  abandono y soledad.

 

Tu novela está escrita con un lenguaje fluido, sencillo y eficaz; y la trama, ágil intensa y llena de vaivenes emocionales mantiene en vilo al lector desde la primera hasta la última página. Aunque tu novela no está exenta de lirismo, no hay en sus páginas lugar para el ornamento, la filigrana, la morosidad detallista. ¿Crees que es compatible la calidad literaria y la voluntad reflexiva con la capacidad de entretener?

 

Muy interesante tu pregunta. Venimos de una educación literaria que hemos engullido por imposición  académica y nada placentera oficialmente hablando, aunque de manera personal hayamos buscado con pasión  aquello que nos gusta leer, aprender, discutir, confrontar. Mis preferencias  en poesía, narrativa, autores, títulos, música películas, las he buscado de manera personal y aleatoria, sin orden, sin imposiciones, llevada por mi apasionamiento e inquietud por todo, así que sin premeditación, y ya que has hablado del placer de entretener,  te diré que, efectivamente, en mi opinión existe en literatura la buenísima combinación de agudizar la mente en un proceso de reflexión madura y efectiva y mantener un nivel de lectura fácil y fluida. Muchos filósofos o ensayistas modernos, como Karl Popper (disfruté leyendo En busca de un mundo mejor) han optado por explicar sus conceptos de una forma dúctil, agradable, sabiendo instruir con agudeza y sin caer en simplezas o ramplonerías. Pongamos también como ejemplo a Fernando Savater por su accesibilidad, o al gran poeta y crítico Thomas Eliot, que nos explica en sus ensayos la función social de la poesía con un  lenguaje muy fluido que llega a entretener…

En el caso de El Collar, agradezco tu apreciación del estilo en el lenguaje que he utilizado. Sí. Resulta fluido, quizás porque la idea de lo que se pretende narrar es clara, y  la claridad en el lenguaje  me apasiona. Hablo, sobre todo, de esa riqueza  y variedad de sinónimos de que dispone la lengua castellana. Me sirven para conceptuar obviando los vocablos rebuscados o la construcción de frases largas sin sentido con demasiadas explicaciones. Las filigranas literarias, el ornamento, deben servir siempre al fin ideado sin andarse por las ramas; mi concepto de escritura es simplemente aclarar, no “engarrafar”, ni distraerme en explicaciones inútiles. Tal vez es una disciplina que se aprende escribiendo, y por supuesto leyendo. Fijémonos en la diferencia que existe en  el  modo de narrar de Proust, con demasiadas explicaciones al margen de la idea, y el de Pio Baroja: directo, elegante y conciso a veces, como el de Unamuno: tajante o contradictorio, pero clarificador en La tia Tula por ejemplo, o el de Marguerite Yourcenar, que rezuma lirismo y poesía aún en sus libros de ensayo, o Stendhal, al que he leído en su lengua original, o Flaubert, con esa famosa búsqueda de “la palabra justa”, o  Galdós,  de quien has hablado hace poco en el centenario de su muerte… Todos ellos, representantes del realismo, han tenido el don de la concisión y la espontaneidad,  alejándose de la carga retórica de los románticos.

Ofrecer al lector una idea  clara y suficiente en las descripciones de un personaje, de un ambiente, cuidando el tempo, el ritmo, el orden, el equilibrio como en  una obra musical,  vigilar el momento histórico en que se encuentra, analizar y reflexionar actitudes… y sobre todo, emocionar, son mis claros objetivos cuando narro. Así que en El Collar, hay personajes que están en activo, como Roberto, Mario,  Gina… y otros que están en la sombra pero que son importantes y de los que no se necesita aclarar más;  por ejemplo, los padres de Ana. Ellos son el puntal de la historia, permanecen ahí en todo momento a través de cada situación que sufre Ana, pero en la sombra. No pretendo que focalicen la atención del lector. Describir a los padres de Ana ha sido la tarea más difícil a la hora de perfilar los personajes de mi novela, aun  siendo perfiles reales. Y es que los padres aman de verdad a su hija, cuidan de ella en exceso y mimo…  pero con un cariño egoísta y acomodaticio para ellos,  detalle que he tenido que demostrar y que ha quedado reflejado, creo.

 

-De entre los muchos escritores, músicos y artistas citados en tu novela destaca la presencia constante del francés Gide, ¿podrías explicarnos de donde parte tu interés por este autor.

 

Siempre he tenido acercamientos a los autores que me han hablado de soledad e intimidad, o del misterio del tiempo, el refugio interior en el que yo creía infringir las reglas establecidas de las relaciones sociales por el deseo de gozar del recogimiento y el análisis a través de la meditación. Ahí estaban Unamuno, Gasset, Yourcenar,  Zambrano, Herman Hesse (me  identifiqué  plenamente en el protagonista de su novela Demian).

Mi encuentro con Gide es casual, o causal. Estas coincidencias que nos ofrece el tiempo en nuestras vidas: el lector está “sitiado” en un trance determinado pleno de incógnitas, y de repente se siente  identificado con aquellas reflexiones que alguien ha volcado sobre el papel como respuestas a unas preguntas quizás potenciales. El estado de ensoñación o delirio en el que me encontraba y el saber esperar a que algo ocurriera en mi vida y tener la paciencia necesaria para esperar, me hacía feliz, me armaba de enorme libertad en mi interior, cuando la vida me ofrecía, primero a mí, y luego a la protagonista (aunque solo en el deseo), el panorama de una ventana hermosa plena de opciones para disfrutarlas en la vida, un mundo lleno de posibles vivencias para experimentar y sentir… Y en ese momento encuentro casualmente a Gide y sus escritos en un  libro  ya prohibido: Los Alimentos terrenales,  donde decía: “Yo viví en la dulce y perpetua espera del azar”, “las fuentes de agua me revelaron que tenían sed”…. “Dulce espera”, ”Sed”… son palabras que más tarde he incluido en poemas. Es que era como si nos hubiéramos fundido en un único pensamiento él y yo. Con tanto sueños en la vida, imposible no esperar que alguno se cumpliera. Después indagué en la obra de Gide y supe que fue Premio Nobel en 1947,  poco antes de nacer yo,  y conocí un ser rebelde que no se pone límites…  ¡y es que mi protagonista Ana, y yo misma, no establecemos limites! Sin revoluciones, sin aspavientos sin discusiones, como unas hormiguitas, vamos obrando un túnel en nuestro interior que sabemos, nos llevará a la luz.

 

-Por último permíteme una pregunta tópica: ¿En qué estás trabajando ahora?

 

Yo siempre tengo trabajos en espera. Produzco obra sin tener en cuenta el objetivo final, dejando mis escritos dormir un buen tiempo. Algo interior me empuja a trabajar, y en este momento tengo varias cosas de mis diferentes facetas en las que trabajo: en el aspecto musical que desarrollo como cantante y compositora, tengo ya preparado, a falta de la promoción, un tercer disco en el que incluyo 14 temas nacidos de mi obra poética y de la de otros autores, cuyo título tiene que ver con el recuerdo de canciones que permanecen en nuestra mente  y que producen un efecto  como de suave aroma, por eso lo titulo Aroma de jazmín

Y en el aspecto literario un libro de poemas, Más allá del azul, en el que abordo vivencias acerca de mi relación con el mundo y su destino. También tengo ya, esperando su publicación, un libro de relatos titulado Algo extraño. Contiene historias de ficción que suceden geográficamente en los distintos lugares de Europa que he visitado,  acercándome a todo lo relacionado y extraño relacionado con sus paisajes y las leyendas contenidas en ellos.

Y hay algo que no debiera decir… pero tengo en mente una segunda parte de esta novela, guiada quizás por la sorpresa o inquietud que causa en el lector el final de la misma y por mi necesidad  de averiguar,  yo misma, el destino real de la protagonista.

 ESPLENDOR  HERIDO  FRENTE  AL  MAR, por José Pedro Vegas

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Imagen de Free-Photos en Pixabay

                                                    (Capítulo  de la novela “Dafne”)

No voy a ser yo ahora quien descubra el amor. Ni la decepción extrema por un suceso inesperado. Ni la compasión por la mujer amada cuando ésta ha sido golpeada por la tragedia. Ni la soledad sufrida cuando la adrenalina que ha impulsado la propia fuerza por vivir se ha licuado como un trozo de mantequilla expuesta al sol.

                           El rostro de Dafne, ya fuera del hospital tras haber sido mentalmente zarandeada por la muerte de su madre, no acababa de recobrar el color del verano, la luminosidad de los días azules, el frescor húmedo de las noches guiadas por la bondad de una luna que mueve las mareas y acuna los corazones solitarios. Yo estaba angustiado. Aquella triste pasividad de Dafne, agravada por su condición bipolar, iba más allá de su herido optimismo. Habría que remover aquellos rictus  cariacontecidos, estirar su mano y sus músculos para que se orientaran hacia el futuro y la salida del sol. O, de forma simple y sin grandilocuencias, tenía que mirar hacia abajo, hacia las rocas de la orilla por donde se agazapaban y escapaban los cangrejos, hacia los objetos que nos rodeaban, las bicicletas de los niños cuyas risas superaban nuestros pasos, los perros gozosos y ladradores que saltaban para atrapar el aire puro del verano. Había que reír, era necesario vivir…

                           Pensé que los alrededores de Santa Pola del Este, donde vivíamos entonces encaramados en la montaña, poseían el esplendor y la riqueza de paisajes frente al Mediterráneo que deberían influir positivamente en su actitud. Por ello la animé, bajando primero las escaleras que nos separaban del nivel del mar, a recorrer conmigo la costa irregular hacia el lado contrario de donde se encontraba el pueblo originalmente de pescadores. Era una hermosa mañana, limpia y azul. Un camino aún de tierra corría paralelo a la costa que zigzagueaba como una serpiente de algas y espuma. Algunos salientes rocosos, que se adentraban hacia la profundidad del mar, servían de recreo y pasatiempo a unos cuantos pescadores madrugadores. Sus cañas izadas se mantenían inmóviles, esperando que apareciera de pronto el pez que daría el tirón esperado para romper la quietud del momento. Más lejos, la isla que había sido refugio de piratas, se escondía tras una ligera y sospechosa neblina. A nuestros pies, en la pequeña playa adonde ya habíamos llegado, se percibía el constante rumor de una marea tímida ante la creciente claridad del día.

                            Dafne se apoyaba a veces en mi hombro, mitad nostálgica, especialmente hermosa en su  dolorida placidez. De su rostro emanaba una luz interior que asomaba a sus ojos  con una determinación  explosiva, como de luciérnaga en la oscuridad. Ese brillo de su mirada me ilusionaba, al mismo tiempo que me asustaba también. Las escenas vividas unos días antes, al enterarse del fallecimiento de su madre arrastrando consigo una ilusión  ahora inalcanzable, parecían revivir  un momento en sus pupilas para, al cerrar espontáneamente los ojos, volver a dar una impresión de aceptada resignación. Se agarraba a mi mano con la fuerza de una concha sin abrir. No hablaba demasiado, sólo susurraba palabras incompletas que se mezclaban con su respiración.

                            Caminamos un rato por el sendero  de tierra. Las pequeñas playas se habían convertido en rocas heridas por el viento y el agua de tantos siglos. Por sus agujeros de guerra huían los cangrejos y se arremolinaban las algas. Sabíamos que el camino conducía a alguna parte donde nunca habíamos estado. A nuestra izquierda se elevaba el monte en vertical, ya sin viviendas, y desde su parte más alta se asomaba el viejo faro que guía el camino a los navegantes de todas las historias. Abajo, delante de nosotros, algunos árboles mantenían su costumbre de dar sombra a los peregrinos perdidos. Luego la costa se ensanchaba para volver otra vez a zigzaguear. Poco a poco surgía en la ladera del monte alguna casa hecha de cañas y ladrillos encalados que podía ser una vivienda, una especie de chiringuito o sencillamente un almacén para guardar aperos de pesca. Desde arriba, desde la cornisa que formaba naturalmente el monte, se apreciaban ya los edificios que constituían las urbanizaciones turísticas de Gran Alacant.

                            No sé si os ha sucedido en alguna ocasión. El aire rezuma un perfume extraño, imposible de entender. Es como si el aire a vuestro alrededor se espesara como una advertencia paranormal. El suelo que pisáis, aunque calcéis unas simples chancletas, produce un sonido profundo, como pisadas de un caballo percherón. Quizá la chica que amáis y sujetáis con cariño a vuestro lado se os antoja un ente virtual, mágico. Os parece estar entrando en una nueva dimensión, y todos los pequeños ruidos arrastran consigo el eco de vuestros corazones. ¿Es esto quizá una señal de enamoramiento, o de que flotáis en un desconocido paisaje de vuestra imaginación?

                           Dafne y yo habíamos salido con unos sencillos shorts de verano, una blusa suelta en su caso y el pelo despejado, abierto a la brisa y al sol que empezaba a quemar. A Dafne la sujetaba mi brazo y un descanso incierto en sus ojos la envolvía. Para mí suponía este paseo una especie de relajamiento, de olvido, de dejarse llevar. Pronto nos encontramos con coches aparcados a un lado y con algún que otro caminante curioso en traje de baño, dispuesto a bañarse o a dejarse succionar por la respiración envolvente del sol. Alguno de ellos permanecía concentrado en su cámara y dispuesto a sorprender el aliento cálido de la naturaleza, el dibujo de la costa, el pronto encuentro con otra larga playa que nosotros todavía no habíamos pisado.

                            El sol se iba haciendo cada vez más grande y poderoso. Deslumbraba. El ambiente y la brisa se hinchaban de sol. Había desaparecido la neblina que antes se hallaba envolviendo la isla pirata  y el camino conducía, unos cien o doscientos metros más allá, a la extensa playa que se vislumbraba desde lo alto del monte. Aquello era ya un enclave turístico de cierta categoría. Desde el punto donde nos encontrábamos Dafne y yo se escuchaba un lejano alboroto de coches, prisas y toallas. Aunque no se veía aún, se presentía a lo lejos, oculta por una arboleda que daba sombra al camino, la longitud de una playa de arena fina que ponía fin a la costa de rocas y pequeñas calas donde estábamos nosotros. Algún perro, que parecía vagabundear entre los árboles, perseguía de hecho una pelota lanzada desde un más allá presentido, desde aquella playa que existía al otro lado, una especie de tierra prometida no divisada aún.

                            Entonces Dafne me pidió que nos sentáramos un rato. Era difícil permanecer al sol, que ya bronceaba nuestra piel y calentaba nuestros pensamientos, así que nos sentamos en una piedra plana, protegida por unos matorrales que filtraban la luz. Dafne apoyó su cabeza sobre mi hombro y yo sentí la circulación de su sangre junto a la mía. No había pasión en nuestro acercamiento, sólo un calorcillo que dilataba nuestros poros. Yo seguía preocupado por la silenciosa pasividad de Dafne, mi querida Dafne, la inspiración que había hecho temblar mi cuerpo y mi espíritu bajo el hechizo de sus palabras, de sus ojos, de sus manos. Permanecíamos los dos juntos, quietos, respirando la vibración del sol sobre la tierra, la bendita tierra que tanto amaba su madre Coral, ya desaparecida. Sentíamos los dos la fuerza de su madre abrazándonos en este pulso mágico del momento. El espíritu del universo, la energía que emanaba de cada soplo de polvo nos inundaba de una sensación de bienestar dentro de una amarga y escondida tristeza.

                       “Bon jour, tristesse” decía la protagonista de Françoise Sagan, desgarrada entre la libertad hedonista de vivir y la comprobación de que nada es perfecto, tan sólo el mar, quizás, dejando a un lado la aceptación con melancolía de nuestros propios remordimientos o pérdidas. Aceptación, mar, evocación de la vida como una parte imperfecta del todo, tristeza en el tormentoso devenir de los acontecimientos. Integración en el giro de los astros…

                            Lo sentí al principio como si se tratara de un bautismo en las aguas del mar. Dafne me lanzó una mirada profunda, a la vez que dulce, decidida a la vez que triste. Y me pidió que la condujera hasta la arena de la playa, y luego hasta el mar. Nos cogimos de la mano para avanzar en un silencio tenso que no deseábamos perder. Nuestros pies pisando la arena sin aplastarla, como si fuéramos navegando sobre ella, reteniendo prisas y olvidando el grito agudo de las gaviotas. Nuestros pies entrando en la espuma del mar bendecidos por la creciente fuerza del sol, mojándonos en las palpitaciones de la marea virgen de aquellas horas, superando pequeñas algas que agarraban nuestras piernas con manos resbaladizas que no impedían, sin embargo, nuestro avance. Adentro, hacia la sensación de agua cubriendo nuestros cuerpos, moldeándolos, abrazándolos.

                            No recuerdo si Dafne pronunció alguna palabra en aquellos momentos, pero creo que no. Tampoco recuerdo un último abrazo, porque  eso me habría distraído de la determinación con la que Dafne, convertida en aprendiz de sirena, se sumergía una y otra vez en el agua. Yo la seguí al principio como si fuera un juego, o un auténtico bautismo que nos permitiría alcanzar la gracia de la purificación. Y purificación significaba entonces el desprendimiento de todos los pesares y sinsabores de nuestra vida. Por eso me uní al juego de Dafne que se sumergía en el agua para luego salir con sus cabellos mojados a la superficie. Respirar un momento bajo el resplandor del día que se hinchaba de sol, también de vida. Y después otra vez la cabeza bajo el agua, sus manos accionando  enigmáticamente como si quisiera decirme algo, su mirada con los párpados repletos de salitre, sus ojos buscando los míos inundados de agua y de amor…

                            Era como un rito. Pero por desgracia yo ignoraba el sentido de aquel rito que Dafne proponía. Incluso ahora no acabo de saber a ciencia cierta si yo debería haber detenido aquel balanceo sobre y dentro de las livianas olas que llegaban hasta la orilla. Recuerdo aquellos momentos como los pasos de un ballet. Poco a poco los pies se desgajaban del suelo arenoso y parecían flotar entre dos aguas con el ritmo de una música que desafiaba a la razón. El lago de los cisnes. El último canto del cisne…De pronto, me sacudió el chasquido de los platillos de una orquesta. El ruido retumbó en mi cerebro y me espabiló. Aturdido aún, tuve tiempo de girar a mi alrededor y tratar de alcanzar el cuerpo lánguido de Dafne. Mis pies accionaban el agua como las aletas de un buceador. Pero comprendí que Dafne, mi sirena particular, se había soltado de mis brazos y era acunada por la marea que la arrastraba cariñosamente, suavemente, hacia el seno del mar…

                             Aunque la realidad duele, la visión de una realidad descarnada, o su recuerdo ahora, estremece como los coletazos de un gran pez. Como los de aquel pez soñado con el que Hemingway luchó ferozmente en su historia del viejo y el mar. ¿Para qué tanto esfuerzo, primero para para pescarlo, luego para defenderlo, una vez atado a su barca, contra los tiburones que terminaron desgarrándolo? La realidad final, tal vez su destino final, fue aquel enorme esqueleto de pez  que sobresalía del agua como un doloroso trofeo.

                             Cuando yo salí fuera del agua con el cuerpo de Dafne en mis brazos, ya había llorado, ya había gritado, ya había intentado mil maneras de hacerla revivir. Creo ahora sinceramente que ella había dispuesto aquel rito que, sin que yo me apercibiera, la conduciría al final, al final imprevisto de su madre cuando, por fin, se dirigía en avión a España para verla, tal vez a su propio final. Creo que ella pensó que su decisión podría ser una liberación también para mí, no puedo culparla. Pero su desaparición supuso el comienzo de una nueva etapa en mi vida, no tan  gratificante como ella hubiera deseado.

                             La gente que se arremolinó al oír mis gritos desesperados provenían de la cercana playa Los Arenales, y cogió de sorpresa a quienes deseaban disfrutar de una mañana radiante con su nevera portátil de bebidas frías, sus bocadillos envueltos en papel de plata y los flanes de arena en la mente gozosa de los niños. Unos cuantos voluntarios intentaron de nuevo reanimarla, pero ya era tarde, el sol brillante de Dafne se había ocultado ya en mi desolado horizonte de tristeza. Empapado de agua y de dolor, me dejé conducir hasta un coche mientras resonaban como en un tambor palabras inútiles de consuelo, oí luego la lejana conversación de quienes pedían auxilio al 112, me sentí al fin asediado por un grupo en su afán por saber, por ayudar, por… Entonces me desvanecí.

LA PALABRA PARA TODOS, sobre ” No dejemos de hablar” de Ada Soriano, por Francisco Gómez

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Uno siempre ha pensado que la poesía tiene que llegar a las personas. Cada poeta, como único degustador de las tres heridas, tiene su propia visión de las cosas; de las sensibles y las interiores que a veces son más sentidas que las luces externas. Acercar el hecho poético, la voz de los poetas al público lector, al iniciado y al que quiere sentir a través de las palabras que forman cada poema es un esfuerzo digno de admiración y aún más de seguimiento. La poesía, las palabras que definen nuestros momentos, nuestra relación con el mundo y con nosotr@s mism@s han de llegar a la persona que está en la calle a la espera del autobús, a la madre con su bebé en brazos, a quien espera a la persona amada. También una palabra para agarrarse en tiempos de desconsuelo, incerteza, desolación.

Decía D. Pedro Salinas, poeta no sospechoso de amar los versos y sus contenidos, que “El amor salva”. Digamos, como dice Ada Soriano en su libro de entrevistas “No dejemos de hablar” a 19 poetas que han visto la luz desde los 50 a los ochenta del XX siglo, editado por la editorial Polibea en su colección La espada en el ágata, número 24, que la palabra salva y ella reivindica a través de esta vertiente nueva, su faceta de periodista cultural, de investigadora de la poesía y sus voces para hacerla llegar a todos sin lenguajes crípticos.

Me gusta esta faceta de Ada. Realizar entrevistas a escritores y poetas es del agrado de uno pues el género de la entrevista es el preferido por quien escribe que también es un periodista en la reserva. Quizás sea la mejor forma de hacer llegar el mensaje, la canción de cada poeta a cada lector, desde la voz y la palabra y la forma de entender su relación con la poesía y el mundo.

Cleofé Campuzano, Carlos Javier Cebrián, Alberto Chessa, Antonio Enrique, José Luis Ferris, Ilia Galán, Manuel García Pérez, Rafael González Serrano, María Ángeles Manzano Romera, Marina Oroza, María Antonia Ortega, Esther Peñas, José María Piñeiro, José Manuel Ramón, Marisol Sánchez Gómez, María Engracia Sigüenza Pacheco, Rosario Troncoso, Almudena Urbina y José Luis Zerón Huguet forman el grupo entrevistado para desvelarnos con inteligencia y sensibilidad sus inquietudes, afanes a la hora de contar, cantar, sentir y pensar la vida a través de líneas llamadas versos. Afán que ha cultivado Ada Soriano en entrevistas personales y gran conocedora de la obra de cada autor o autora y publicado en medios digitales como el periódico Mundiario y el blog de Frutos del Tiempo, según ella misma indica en la nota introductoria al libro.

Ella misma nos desvela el motivo que le llevó a elegir este título. También me gusta rendir buenas cuentas como Ada cultiva. “No dejemos de hablar” es una frase muy utilizada, tanto en sus conversaciones como en sus escritos, por el poeta Miguel Ruiz Martínez, fallecido en marzo de 2009…”.

Uno estima que el propósito que se ha marcado esta también gran poeta de la esperanza a pesar de todo, lo ha logrado. Llegar a un público lector a quien la poesía le parece un mundo inalcanzable, unas palabras que no forman parte de su vida, que no integran el corpus de su diccionario interior, que no son una vela para agarrarse con los vaivenes del tiempo, de la vida, del misterio en las inciertas horas que a todos nos azotan o en los días vestidos de alegría y de sol aunque las sombras no amainen.

Leeremos a los 19 poetas que nos abren sus puertas para tratar de entender las heridas y lamen nuestros desvelos. Y a una más. De nombre: Ada Soriano. Poeta y periodista de la palabra sensible en el tiempo y en el corazón de las cosas que nos importan. Gracias por no dejar de hablar.