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La Ocasión fugaz, de Toni Montesinos

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LA OCASIÓN FUGAZ

ENSAYOS SOBRE POESÍA ESPAÑOLA E HISPANOAMERICANA

De TONI MONTESINOS

Presenta aquí el poeta, narrador, crítico literario y ensayista Toni Montesinos lo que han generado sus diferentes intereses poéticos en lengua española a lo largo de los últimos veinticinco años.

Editorial Calambur, colección Selecta Philologica 295 págs., 20 euros

http://www.calambureditorial.com/

La ocasión fugaz —título tomado de la más célebre cita de Hipócrates— se construye a través de un conjunto de ensayos que recuperan y redefinen algunos de los textos poéticos más importantes de la literatura en lengua española.

El libro se estructura en tres apartados: el primero responde a novedades bibliográficas que reactualizan la presencia de un poeta determinado (desde Rubén Darío a Pere Gimferrer, pasando por Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Luis Cernuda o Blas de Otero); el segundo presenta la trayectoria general de diversos escritores a modo de introducción a su obra y vida (José Antonio Ramos Sucre, Luis Palés Matos, José Hierro o Luis Rogelio Nogueras); y el tercero y cuarto consisten en ensayos de más prolongado aliento en los que se estudian textos como el Cantar de Mio Cid y algunos poemas de Francisco de la Torre y Francisco de Quevedo, así como la obra de poetas del siglo xx como Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Jorge Guillén o Ángel Crespo.

Este compendio ensayístico, en definitiva, ofrece al lector una apasionante serie de miradas e interpretaciones que alumbran el pasado cultural hispánico y nos traen el eco de aquellas voces que dejaron una huella imborrable en la memoria literaria de nuestro idioma.

TONI MONTESINOS (Barcelona, 1972),

crítico literario del diario La Razón desde el año 2000 y colaborador de revistas como Clarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Letra Internacional, es autor de cuatro novelas: Solos en los bares de la noche (2002), Hildur (2009 y 2015), La soledad del tirador (2017) y El fantasma de la verdad (2018, de próxima aparición).

Recogió sus versos en Alma en las palabras. Poesía reunida 1990-2010 (2015), más en la apócrifa Antología poética del suicidio (siglo XX) (2015), y entre el resto de sus libros, destacan: La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (2013), Melancolía y suicidios literarios. De Aristóteles a Alejandra Pizarnik (2014), La suerte del escritor viajero. Crónicas literarias de Europa y América (2015), Los tres dioses chinos. Un viaje a Pekín, Xian y Shanghái, desde Nueva York y hasta Hong Kong (2015), Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas (2016), El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (2017) y Escribir, leer, vivir: Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka (2017).

Creo que no hay mejor manera de definir un verso que como una ocasión fugaz. En menos de un segundo podemos leer algo inolvidable, que se grabe con fuego en nuestra mente para siempre; y los poetas que se irán asomando en esta recopilación de ensayos pueden ciertamente haber despertado tal cosa en multitud de lectores” (extracto del prefacio)

http://almaenlaspalabras.blogspot.com.es/

Calle Àngel Guimerà 46 Puerta 3 46008 Valencia España Tel.: 961673368 calambur@calambureditorial.com

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

LADRÓN DE FLORES, por Francisco Gómez

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Uno teme la llegada incógnita del último día cuando se acaben las urgencias temporales y tenga que presentarme ante las altas instancias no terrenales (uno sigue en la creencia de cosas que hoy parecen anticuadas, fuera de este tiempo rápido y líquido) y se presente ante las puertas del Cielo, más allá del azul, hoy misterioso, ante la presencia de Pedro, el guardián de las llaves, el poseedor del pasaporte a la vida después de esta vida y me diga admonitorio:

-¡Qué has hecho, hijo mío…!

Y uno (no sabe ya si con cuerpo mortal, brazos piernas, ojos, pecho y todos nuestros aditamentos) pueda resoplar preocupado por la suerte que le toque y la preocupación en el semblante (si aún lo tengo, no sé…) por la incierta posibilidad de no traspasar los umbrales que abran las puertas para estar con quienes más ansío por toda la eternidad. ¿Suena largo esto de la eternidad, in secula seculorum? ¿Qué haremos con tanto tiempo libre…?

Trataré de explicarle que cometí un pecado grave por amor a mi amiga que se fue antes que uno. (Tantos pecados hemos pertrechado ya, tantos que no sabemos si caben en los pelos de nuestra cabeza aún con cuero cabelludo). Sí, sí… ¿os acordáis de una cosa que se llamaba o llama pecado y conciencia de culpa que antes se llevaba cuando creíamos en ellas más que en los horóscopos, los designios del tarot, las constelaciones familiares y toda la ralea que hemos sustituido porque el hombre parece que siempre necesita mitos, leyendas, historias para guarecerse ante la llegada de la noche y sus misterios, silencios y preguntas que necesitan respuestas. Respuestas para no caer en desalientos ante el sinsentido, el absurdo, los juegos burlescos del azar…

Le diré al pescador de hombres que lo siento, lo siento. Sí, cometí, cometo, he cometido pecado grave de desobediencia, rebelión y si me quedan lagrimales en las ventanas, le pediré que me deje entrar, que no quede fuera, como el tríptico de “El jardín de las delicias” donde los justos y puros y buenos entran y los pecadores, los indignos, libertinos, malvados y canallas se dirigen con desesperación al reino de Hades, aferrándose con angustia y las uñas destrozadas a los últimos resquicios de esperanza con destino al abismo.

Le discutiré con vergüenza y arrobo que lo hice porque me dolía ver la tumba de mi amiga sin flores. Sí, es cierto, tienes toda la razón. Quité flores de difuntos recién idos para ponerlos en los jarrones secos, mustios y aletargados de mi amiga. Me duele la rapidez de ver cómo olvidamos, cómo los que fueron y significaron, dejan de estar en nuestras agendas cuando marchan al otro lado. La agilidad de nuestra memoria para pasar página en estos tiempos fugitivos, alados que no esperan a nada ni nadie. Cómo caen los símbolos y casi nadie los recuerda porque no hay tiempo para detenerse. Que allí sólo hay huesos y nada más. Muchos siguen sin entender nada… Así giran hoy las cosas…

Le diré que a pesar de mis nulos méritos y escasas capacidades, no dejé de creer a pesar de todo. Pero no podía soportar la tumba de mi amiga olvidada, desangelada, sin el colorido de las flores que adornen su estancia junto a su querida madre, que tanto y tanto la quiso tras su marcha y uno fue testigo de amor de aquella buena y sentida señora. Y sí, se las quité a otros, que tenían muchas y ya procuraba uno que no se notase en demasía la carencia de algunas en sus tumbas.

Los ojos de arriba habrán visto muchas veces mi caminar entre la niebla de este pobre hombre en ruinas por este vía crucis sentimental que cada día es más largo, con más paradas para hablar con quienes estimo y anhelo que me esperen tras el azul maravilloso y mediterráneo del misterio.

Si tengo suerte y el guardián celestial comprende pues antes que santo y jerarca fue hombre, que pasaría las suyas por Galilea, me arreará un pescozón en la nuca (suponiendo que uno la mantenga) y diga con una sonrisa de sorna:

-Anda, tira “pa” dentro. ¡Menuda pieza estás hecho! A ver a tu amiga y a los que te esperan ahí dentro. No sé si te lo mereces pero venga que hay más esperando…

Y con los ojos arrasados espero entrar para ver cómo es todo aquello mientras los que amo, estarán ahí. Esperando. Incluida mi amiga a las que tantas flores puse porque uno no olvida y siempre recuerda.

Francisco Gómez

Entrevista a María Engracia Sigüenza por Ada Soriano

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María Engracia Sigüenza:

Cuando regresan las musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego

Una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse.

Llega a mis manos El fuego del mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas muy logradas.

María Engracia Sigüenza nació en Orihuela en 1963. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología por la Universidad de Murcia. Ha trabajado en psicología clínica y como profesora de filosofía. Actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en libros colectivos como El libro de Plomo (Ediciones Empireuma, Orihuela, 2013) También en antologías y exposiciones. Asimismo, ha publicado artículos y poemas en diversos medios como Cuadernos del Matemático, Opticks Magazine, Las afinidades electivas, Frutos del tiempo y Empireuma.

Hay llamas que ni con el mar”, escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por título El 7 de septiembre.

María Engracia, observo en tu poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.

Soy totalmente consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói, Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire, Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield, Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso, y caí tan rendida a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más fácil.

Las que aparecen en mi libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran rebelarse de un destino marcado por los hombres.

Aunque El fuego del mar es un libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.

Siempre he sido una persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la Muerte.

Y efectivamente del amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte, brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.

Dos rasgos que definen mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida.

Cuando pienso en la muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte: La mirada de Cronos, pero también en las otras dos: El espíritu de Gea y Atenea y las Musas.

La mitología está muy presente en tu obra. En mi opinión, supone una enriquecedora aportación metafórica.

Me atrae desde siempre. No sé cuándo empezó en mí ese interés, pero fue muy tempranamente. Primero, leyendo La Ilíada y La Odisea, La Eneida, La metamorfosis de Ovidio, etc.; después, las tragedias de Sófocles y Eurípides y a los poetas latinos. Por supuesto, aprendí a amar el mundo griego estudiando filosofía.

Lo cierto es que pronto descubrí que la mitología está presente en todas las artes y disciplinas. Cuando viajas te das cuenta, cada vez que visitas un monumento arqueológico, un museo o a una galería de arte, que todos los artistas se han inspirado y se siguen inspirando en ella.

Creo que la mitología es un mundo fascinante e infinito, creatividad en estado puro; la muestra más clara de que la humanidad siempre ha necesitado la imaginación para sobrevivir.

Aunque obviamente he profundizado mucho más en la grecolatina, que es la que ha conformado nuestra civilización, la que está en nuestros orígenes y la que me ayuda a expresar multitud de inquietudes y sentimientos, lo cierto es que me interesa la mitología en general. Creo que, además de fuente de inspiración, nos ayuda a conocernos y a unirnos como especie.

En el poema titulado El mundo, que dedicas a Emily Dickinson, es la poeta la que habla. ¿Cómo surgió este acontecimiento, tan intenso en su brevedad?

Surgió un verano que dediqué, entre otras cosas, a releer a Emily Dickinson, una de mis poetas de cabecera. Tenía la mente llena de sus imágenes, de su compleja sencillez, de su hermética transparencia, de su profundo amor por la naturaleza y por el mundo (sobre el que reflexionó con una gran penetración sin apenas salir de su habitación). Y me pareció que ella me instaba a escuchar la voz de lo auténtico, de lo que nos rodea con humildad y contiene la esencia de la vida, de todo lo realmente importante que nos pasa desapercibido, enredados como estamos en absurdos y alienantes quehaceres. Me sentía impregnada de ella y por eso decidí dedicarle el poema.

¿Añadirías algún nombre más a esa lista de escritores y escritoras que te acompañan?

A los clásicos que he mencionado antes vuelvo con asiduidad pero, como ya he dicho, siempre estoy buscando. Mi curiosidad intelectual crece con los años, quizá por ser consciente de esa finitud, de esa fecha de caducidad que nos atormenta, como atormentaba a los replicantes de la maravillosa película Blade Runner. Necesito encontrar nuevos tesoros y siempre los encuentro, de hecho, abundan por todas partes, solo hay que saber mirar, buscar en los lugares adecuados y estar alerta. A veces una lectura me lleva a otra, o sigo las recomendaciones de mis amigas y amigos. Como dije en una entrevista anterior, leo a escritores y escritoras de mi entorno, sobre todo de Orihuela y de Murcia. Sigo sus publicaciones, nos vemos a menudo e intercambiamos conocimientos y amistad, por lo que no faltan las ocasiones de aprender, de retroalimentarnos mutuamente.

En poesía releo a menudo a Sylvia Plath, a Ted Hughes (la mítica pareja) y a Anne Sexton, y últimamente he leído con entusiasmo a Sharon Olds, Louise Glück y algo de Mary Oliver (hay poco traducido), a las que llegué a través de los Pulitzer de poesía. También me emocionó descubrir a Alice Munro –creo que fue a raíz de un artículo de Elvira Lindo-, unos años antes de que le fuese concedido el Nobel. Escribí varias reseñas apasionadas sobre ella cuando aún no era muy conocida y lo mismo me sucedió con Flannery O´Connor, Medardo Fraile, Richard Ford o Lucía Berlín, grandes cuentistas que he ido descubriendo gracias a mi predilección por el género del relato.

Another Earth es un poema extremadamente cósmico. ¿En qué instante sentiste dentro de ti la explosión de una supernova de sangre?

Ese poema está inspirado en la película Another Earth (Mike Cahill, 2011),  igual que Un viento salvaje lo está en la canción Salvaje es el viento versionada magníficamente por Nina Simone y David Bowie, artistas homenajeados en ese poema.

Y si la canción me interesa porque habla del poder regenerador del amor, la película me inspiró porque reflexiona sobre el dolor y la muerte, también como potencias que impulsan la vida.

Es una película ambientada en el futuro y la protagonista es una chica recién graduada en astrofísica que, al inicio de la película, comete un error fatal que arruinará su vida; una tragedia que la hunde pero no la vence y que la llevará a luchar sin descanso buscando el modo de reparar lo irreparable. Como soy una apasionada del cine, entendido como séptimo arte y en todos sus géneros, descubrí esta obra de cine independiente y bajo presupuesto y me impresionó por su profundo humanismo y por su interesante reflexión sobre nuestra conexión con el Tiempo y el Universo. Temas que también forman parte de mi poética.

De todo eso y de la identificación con la protagonista nació un poema que habla de una persona en crisis, una mujer que siente que su vida está rota, pero que no se da por vencida. Su sufrimiento la impulsa a luchar para alcanzar la expiación.

Las metáforas cósmicas me llegaron enseguida a través de la película y además eran las que más se acercaban a lo que quería transmitir. Porque cuando sufres una pérdida terrible, el dolor es tan fuerte que sientes que algo explota dentro de ti y llega hasta el universo.

¿Cualquier manifestación puede conducir a un acto creativo?

Sí, absolutamente todo. Todo lo que me rodea, todo lo que forma parte de mí me resulta inspirador. La vida, las personas, el arte, la cultura, la mitología en general y, especialmente, la grecolatina. Y por supuesto la Naturaleza. Porque somos naturaleza, y también seres cósmicos y misteriosos.

Como dice Annie Dillard, una escritora que acabo de descubrir gracias a José Luis Zerón, gran amigo y poeta: “Nuestra vida es una tenue traza sobre la superficie del misterio”. Y de ese misterio nace la poesía, que yo identifico con la fuente ignota de la vida en el poema Escucha y con un universo en expansión al inicio de Another Earth.

Y es que una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse. Creas en él un universo que nunca está terminado y que otros al leerlo, al imaginarlo y recrearlo, se encargan de expandir.

¿Qué sientes al concluir un poema?

En primer lugar, una paz interior, un estado de bienestar y sosiego, una alegría que es el eco del chute de adrenalina, de la dopamina que se libera durante y después del proceso creativo. Pero este estado dura poco. Enseguida retorna la incertidumbre de no saber si la poesía volverá a llamarte; y cuando regresan las Musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego, la duda de si serás capaz de crear algo bello, algo que se acerque a lo que sientes y quieres transmitir, algo de lo que puedas estar honestamente orgullosa.

A mí me cuesta mucho sentirme satisfecha, por eso no tenía prisa por publicar, más bien sentía y sigo sintiendo el apremio de continuar aprendiendo. Aunque también he comprendido que los poemas pertenecen al mundo, y que no sirven de nada escondidos en un cajón. Por eso he decidido compartir, desprenderme –como dicen los versos del poema que cierra el libro- y el año próximo publicaré Huellas en el paraíso, un poemario que tengo terminado, y quizá me anime después a sacar un libro de relatos que también guardo en el cajón.

¿Ha llegado el momento de vivir?

Quise terminar el poemario con unos versos que son un recordatorio, con un poema que me recuerda lo que no quiero ni debo olvidar. Creo que siempre es el momento de vivir, de abrir los ojos a todo lo que nos rodea y de exprimirnos, como decía Alberti.

La vida se renueva constantemente y nosotros no podemos quedarnos estancados. Tenemos que aprender a vivir continuamente, adaptándonos a las nuevas situaciones, celebrando los dones que nos vamos encontrando en el camino y entregando lo que tenemos, nuestros frutos. No concibo otra forma de estar viva.

Acabo de terminar de leer el maravilloso ensayo Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, la autora antes mencionada, y al acabar la lectura, además de quedarme totalmente fascinada por una autora en estado de gracia, capaz de asombrarte en cada una de las páginas que escribe, me ha quedado claro que en nuestro mundo: “(…) la libertad cultiva la belleza y el horror en la misma rama viva.” Y: “(…) es la muerte quien hace girar el globo”, utilizando sus palabras.

Un libro inolvidable que me ha hecho más consciente, si cabe, del milagro, del regalo que supone la Vida.

Y termino con unos versos del poema Heridas, que dedico a Frida Khalo y Ada Soriano y que creo que recogen casi todo lo que hemos hablado.

(…)

Ante la mirada conmovida de los dioses

la Moira corta los hilos.

Pero nada termina.

La fuente nunca se agota.

Ofelia resplandece de vida

en un río que no cesa.

Ada Soriano, julio 2018.

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

QUARANTENA, UN JOC DE PARAULES RELATS de Tomàs Moreno Millán

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Quarantena, un joc de paraules és el nou llibre de relats de l’escriptor, col·lega i amic Tomàs Moreno. Segons deia Pere Calders: “Hi ha dos classes d’escriptors: aquells que han de patir per a escriure i aquells que escriuen per a divertir-se”. Com sabeu, Tomàs pertany de totes totes al segon grup, com el mestre Pere Calders. I no és l’única qualitat que comparteixen. La seua narrativa, curta, sorprenentment subtil i irònica recorda els grans escriptors del realisme fantàstic, no solament Calders, sinó també Italo Calvino, Antonio Tabucchi o Julio Cortázar que en certs punt evoluciona envers la narrativa Kafkiana. No obstant això, cal dir que l’estil de Tomàs és únic i inimitable, fonamentat en la provocació com a reacció davant la indolència i la passivitat dels poderosos. Un estil que tingué molt d’èxit en els anys 60 i 70, per la situació sociopolítica d’aleshores i que, segons sembla, torna a tenir sentit. En realitat, la veu narrativa de Tomàs és la veu d’un poeta, la veu del poeta encarregat d’advertir dels perills al poble. Com a bon professor, ho fa com millor s’aprenen les coses, mitjançant un joc; un joc de paraules, on el lector esdevé una part més del text, al qual, com feia Sant Vicent Ferrer, se li adreça constantment, amb petits clucs d’ulls que fan de la quarantena una mena de codi secret que enllaça tots els contes. Particularment, el conte que més m’agrada és “El Penal”. Una història que narra un episodi viscut a “Sant Miquel dels Reis”, quan encara no era la seu de l’AVL. No es tracta, però dels contes d’elements fantàstics. Malauradament, la història d’aquest conte és ben certa i calia deixar constància escrita, perquè el patiment dels nostres avis no se l’emporte el vent. La nostra literatura necessita narradors com Tomàs, que provoquen els joves lectors amb jocs de paraules i, alhora, honore la memòria d’aquells que caigueren defensant de la democràcia.

Antoni Rovira, llicenciat en filologia catalana i escriptor