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Poetas en cecanías, vía 4

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Diario de un cinéfilo (30. Lucky), por Javier Puig

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Lucky (2017), de John Carroll Lynch, es una de las más atrevidas y hermosas reflexiones sobre la vejez, la soledad y la muerte, que he visto en los últimos años. Y todo ello está conseguido desde una cercanísima sencillez. Su director nos enseña a ver la sutil belleza de la decrepitud, a la que hay que acceder venciendo todas las embaucadoras aversiones. El máximo valor de la película es la portentosa creación que hace Harry Dean Stanton de su personaje. El actor norteamericano, que fuera el protagonista de París Texas, añade a su ajado rostro, ya de por sí profundo y sugerente, una impronta vital genuinamente desconcertante. Pero, además, la entrañable historia que se nos cuenta está apoyada en un excelente guion rico en coloquiales disquisiciones filosóficas, y está nutrida de unos personajes secundarios que superan su naíf bondad para convertirse en importantes referentes.

Las primeras imágenes nos introducen en el árido paisaje del sur de Estados Unidos. Es una tierra fronteriza, un lugar inhóspito, de difícil belleza. A continuación, los sucesivos planos parciales nos muestran los matutinos movimientos de un cuerpo extenuado, de su ruinosa flacidez, pese a los ejercicios de yoga a los que su dueño, ese ya nonagenario Lucky, se obliga. Es un hombre que vive en una soledad que no detesta (“no es lo mismo la soledad que estar solo”, dice), que se deja acompañar por los concursos de la televisión, por los crucigramas que mantienen la agilidad de su mente, y por un aparato de teléfono que le sirve para simular conversaciones ante un imaginario receptor, sumiso oyente de sus inconcebibles y fútiles preocupaciones.

Pero también está ese pub en el que se reúnen unos personajes pintorescos, vividos, fundamentalmente solitarios. Unos hombres – y la dueña del local – que a veces se abren y, aunque disimuladas de ironía, vierten algunas confidencias, alguna escueta sabiduría o cierta irremisible perplejidad. Uno se siente tentado de criticar ese buenismo de los personajes, esa afectuosa cercanía y la sonrisa con las que a menudo encajan las ocasionales burlas y los exabruptos, pero acaba por admitir la necesidad de ese humanitario contrapeso ante la gravedad del asunto que, con funambulesca benevolencia, está destellando en la pantalla. Y es que muy pronto empiezan a surgir las preguntas esenciales.

Al principio de la película, Lucky se pregunta qué es el realismo y llega a una conclusión: “Creía que todos veíamos lo mismo, pero es una mentira. Lo que yo veo no tiene por qué ser lo que ves tú”. Pero después, las distintas conversaciones y encuentros que va teniendo, lo van iluminando en su viaje interior. Y es que Lucky es un hombre ateo, una mente construida con prejuicios, un corazón agazapado.

La vejez va limitando, aminorando la libertad, pero tal vez va creando una nueva, aquella de poder hablar claro, sin futuras consecuencias, de ejercer cierta pendencia, sabedores de una improbable respuesta desmedida. Lucky se permite el lujo de hablar claro, sin importarle resultar impertinente. No está para hipocresías, para aceptar la mentira o esas pequeñas servidumbres cotidianas que, de más jóvenes, aceptamos, como largo retardador de la última y absoluta contrariedad.

Resulta impagable el personaje que interpreta David Lynch, el de un solitario deprimido por el abandono de su queridísimo galápago; como magnífico es ese parroquiano del bar, pareja de la dueña, un hombre mayor que se resiste a serlo, que se protege de las sombras con la cosmética y con una filosofía personal fundada en la cordialidad; o el abogado, al que se enfrenta Lucky, por verlo como aprovechado buitre de la condición mortal de su congéneres; o el militar, un colega que participó como él en la Segunda Guerra Mundial, que le narra cómo encontró a una niña asiática de siete años, feliz en medio de los cadáveres despedazados, aceptando la muerte con budista entusiasmo.

Lucky de todos aprende. Y, entre esos encuentros, vemos los magníficos retratos de su soledad, su imagen de hombre silencioso, vagamente pensativo, en la cama, solo acompañado por los insectos del otro lado de la ventana. Vemos sus paseos, con esa grotesca manera de andar. Recorre el desolado pueblo en el que vive, y, a veces, pasa por un misterioso lugar que no se nos muestra. Es como un arco, como una puerta abierta a algo que él ve y que le solivianta, que le hace gritar, cada vez que pasa y se detiene para mirar su fondo y gritar: “¡Capullos!” Hacia el final de la película, cuando Lucky ha completado su liberador periplo espiritual, por fin se nos da la posibilidad de comprender. Aquello que miraba era una representación escultórica, un micromundo natural contradiciendo al áspero entorno, una especie de oasis, de paraíso, de jardín zen, un memorial de vida plena, infantil, que él, desde su inveterada causticidad, se resistía a bendecir.

Pero ahora ha accedido a una magnanimidad que está por encima de su anterior resentimiento hacia la vida. Ahora acepta la realidad, la única verdad: “Todo va a desaparecer, en la oscuridad, en el vacío. Y no hay nadie al mando”. Y, ante la pregunta de sus amigos: “¿Y cómo te tomas eso?”, responde con una sonrisa, amplia, sabia, definitiva. Pocos días antes había confesado: “Tengo miedo”; pero, en el último plano, lo vemos alejarse por el sendero, enérgico en sus pintorescos pasos. Mientras, contemplamos como un galápago se esfuerza en su avance, quién sabe si para regresar a la casa de su compungido dueño.

Harry Dean Stanton murió dos semanas antes del estreno de la película. La vida – ¿o fue la muerte? – le permitió despedirse con dignidad, dejándonos una gran actuación, elevando su testamento fílmico.

EL CORRO, por Francisco Gómez

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A mis padres Siempre
A Luis Landero

Las veo. Ahí están una tarde tras otra, como un conciliábulo sin códigos escritos que determina que a una hora determinada, apenas raya el crepúsculo sus primeras líneas y la calor deja de lanzar sus narcotizantes dardos sobre el asfalto, sobre las ventanas, sobre las conciencias, ellas se reúnen en los bancos centrales del parque para proseguir las conversaciones que dejaron en la madrugada de anoche cuando el sueño les vencía y convocaba al descanso limpio, verdadero.
Las observo. Una y otra vez. Parece que el tiempo no pasa por ellas. Esta medida inmaterial de las cosas y las personas que parece estar dormido, que nunca avanza tras la luz que se entrevé entre los visillos, en la brisa del viento sobre las ramas de las lanzas. Pero se mueve y no se detiene y ellas lo saben bien, muy bien. Ellas, que primero fueron hijas y marcharon al colegio y regalaron su amor a sus padres. Aprendieron las primeras letras y las reglas de ortografía y la dichosa gramática. Y se enamoraron de buenos mozos en los difíciles tiempos cuando comer era un ejercicio de dificultad y hablar se podía hacer bajito y con cuidado de los oídos que escucharan. Y se casaron. Recuerdan aquel día como uno de los principales de sus vidas si el marido no salió rana y las trató con amor y decencia. Y tuvieron hijos. Y ya tuvieron una nueva etiqueta. Dejaron de ser hijas para ser madres. Vuelta a empezar. El colegio, los cuadernos, los libros, las cuatro reglas, la sintaxis, los ríos, los mapas mudos…
Y luego los hijos se hicieron mayores y se enamoraron, como un día legendario lo hicieron ellas. Y volaron para crear su propio hogar. Y las dejaron a solas pero siempre con las ocupaciones del hogar y cuidar al marido, cada vez más mayor, cada vez más quejica, más cascarrabias. La sombra de la edad adulta entró un día por la puerta para quedarse entre sus frentes ya arrugadas. Y se convirtieron en abuelas. De hijas a madres y ahora abuelas. Y otra vez el colegio para llevar a los nietos y de nuevo estar pendientes de los infantes con el bocadillo y los cuadernos y los deberes. Correr penosamente tras ellos para que no se escaparan con sus diabluras por las calles, en las plazas.
La plaza donde están ellas ahora sentadas, contándose las últimas incidencias del día; que si la vecina tal ha hecho o dejado de hacer cual cosa, que si la famosa de la tele mira cómo se porta. Que si su hija, tan lista, tan educada, tan inteligente ha logrado ese trabajo tan admirable y mira cómo ha ascendido en el escaparate social. Y ella tan orgullosa de su prole aunque sólo se acuerden de su madre el día de su cumpleaños un ratito con una llamada fugaz de teléfono.
Las miro. Hablan de sus logros, de sus tareas, de sus afanes diarios que no constarán en el libro de las grandes cosas del mundo, de los grandes personajes, de las grandes hazañas pero ellas laboran para crear, construir el andamiaje de los días que parece que no pasan pero sí… De hijas a madres y ahora abuelas. Un largo camino recorrido con amor callado que no saldrá nunca en los papeles ni se convertirá en la noticia o la portada del día.
Recuerdo con agrado y dolor aquellos días de mi infancia cuando mis padres bajaban a la esquina frente a mi casa. A esa hora del día, cuando las sombras se apoderaban de las calles y el sol entonaba su rendición, salían los vecinos de sus casas para empezar la charla amena, tranquila, sin prisa y contarse sus cosas, sus deseos, sus preocupaciones, sus ambiciones pequeñas, los éxitos de sus vástagos. Bajaban sillas y mesas y compartían la cena, las charlas a la luz de las farolas y los sueños de hoy y mañana. Estas escenas de vecindad bien avenida que hoy no veo en las noches de verano, cuando cada cual está amurallado tras su ventana abierta o cerrada con su aire acondicionado, la televisión (dice Juan Ángel Castaño que desde que encendimos la tele todos estamos durmiendo) o internete o el móvil que nos tiene a casi todos drogados con su rapidez y fugacidad. Ya no veo estas escenas en Altabix ni en el Raval mágico. Sólo en alguna zona de Carrús y sí en el Camp d´Elx (y no en todos los sitios). El campo conserva su esencia, su identidad entre los más viejos del lugar.
Recuerdo la novela coral “Caballeros de fortuna” de uno de mis escritores predilectos, Luis Landero, donde los más antiguos del lugar se reunían en la plaza del pueblo para observar, contemplar los andanzas de los protagonistas. Ellos, que ya habían dejado de ser los actores para convertirse en el público que comentaba las asechanzas de cuanto veían o creían intuir.
Como estas buenas mujeres que ven desplegarse los días y las noches sin solución de permanencia, en este río del tiempo que no se detiene y hace estragos silencioso y nos causa en el cuerpo heridas y ausencias en alma. Y parece que no pasa nada, que todo se repite, que no hay nada nuevo aunque ellas comentan las incidencias con mil detalles y requiebros. Como si cada cuento fuera nuevo, recién descubierto y vestido de ropajes vistosos tras el día de ayer, que ha dado paso al hoy y corre hacia mañana…
A ellas, que han construido y crean con su amor de hijas, madres, esposas, tías, primas, vecinas, abuelas, bisabuelas, el tapiz del amor cotidiano que nadie observa, que parece diluirse y cuando se marchan un día de tantos en silencio, parece que nadie recuerda. Parece, sólo parece…
Las almas inquietas no cesan de recordar y revivir la ausencia.

Francisco Gómez

LA CULTURA COMPARTIMENTADA, por Francisco Gómez

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Algunos amigos han afirmado hace un tiempo categórica y contundentemente que la cultura en la “ciudad” ha muerto. Así lo pontificó desde su tribuna el actor, director teatral y escritor, Juan León, según el espectáculo literario musical y algunas cosas más que no están bien definidos como “Videopoemas y otras cagadas”, realizado y diseñado por mis buenos amigos Carlos Javier Cebrián y Pedro Serrano.

Esta afirmación no la suscribo enteramente. Al igual que tampoco estoy de acuerdo en ponerle apellidos a la cultura. Cada cual, según su pensamiento, estilo, tendencias, vivencias o lo que sea, desarrolla una forma de entender el hecho cultural que a todos no siempre agrada o comparten. Pueden agradarnos o no las manifestaciones que en un momento u otro dominen pero forman parte del paisaje de la creación humana, más culta, popular o incluso populachera.

smnaranco.org

Estoy más de acuerdo en decir que hay crisis en el público que disfruta de la cultura en todas sus manifestaciones; bien por problemas de educación, desidia, indiferencia u otras barreras. En la city de nuestras entretelas, por ejemplo, hay un amplio abanico de escritores, poetas, narradores, dramaturgos en el campo de la literatura que escriben su obra, pero ¿tienen suficiente público para leer sus creaciones…? Más de una vez he escrito con ironía que si de cada autor que publica obra, el resto de los compañeros de la city compraran su libro, agotaría sólo con los amanuenses locales una primera edición de 500 ejemplares. Quimérica aventura, of course. Las bibliotecas públicas realizan una más que meritoria labor para promocionarlos, lo tengo claro. El historiador y amigo, Miguel Ors, me comentó en cierta ocasión que el público lector en Elche no sobrepasa las 1.500 personas en una población con más de 230.000 almas, tres universidades, otras tres escuelas de adultos, quince institutos y más de 60 colegios de primaria. La desproporción es evidente.

Otra cuestión bastante difícil de solucionar, en mi opinión, es la desconexión y el poco contacto que observo entre unos agentes culturales y otros. Este no es un problema solo de la city pues también se reproduce en muchas esquinas de las Españas. Los escritores cuando desarrollan actividades del ramo sólo tienen muchas veces entre su público compañeros de fatigas en la pluma. Tres cuartos de lo mismo se produce cuando se congregan los cómicos ante una nueva obra teatral. No todos acuden a la llamada. Igual sucede con los artistas plásticos. Los amantes de la música atraen a los músicos y su público y los del cine club Luis Buñuel a los cinéfilos aunque aquí sí observo puntos de atracción con la literatura y la música.

Con anterioridad, hermosos y locos amigos han tratado de buscar espacios comunes para las diversas corrientes artísticas. Frutos del Tiempo con la Asociación de Bellas Artes de Elche en el Molí Real en la presentación de libros de poesía y revistas como la Galla Ciencia. La asociación cultural Tres Estaciones de Juan Ángel Castaño que quiso aunar música, literatura y gastronomía. Esta antorcha la ha recogido ahora la librería Ali i Truc que junto a diversas firmas patrocina la venida a la city de escritores conocidos y el maridaje literatura-comica en renombrados restaurantes. Juan León, cuando actuaba de gestor cultural, quiso poner en marcha actividades culturales en museos de la “city” que congregaran música, literatura, teatro… Intentos que cuesta fructificar. Parece que los creadores somos aves solitarias que sólo somos gregarios con nuestras tribus. Pero olvidamos consciente o inconscientemente al resto que también contribuyen al “potaje” que se cuece en el guiso cultural.

Desde aquí también quiero enviar una lanza de agradecimiento al gestor cultural, Julián Sáez, que con medios cada vez más escasos, ha planteado y teje una programación que ha reunido y concierta en el Gran Teatro espectáculos de calidad para un amplio espectro de público de teatro, música, danza, ópera y literatura con el propósito de llegar a cada vez más gustos y más exigentes. Además de abrir la manzana de la cultura en la Llotja de Altabix y en barrios y pedanías para niños y adultos.

¿Está muerta la cultura en Elche…? Cuestión controvertida pero lo dudo aunque uno sí observa una crisis de público al que cuesta acercar a los reclamos culturales y una desconexión entre los distintos agentes para plantear actuaciones que reúnen distintas disciplinas. Pero ésta, ¡ay!, quizás sea batalla perdida pues cada pájaro busca sombra en su árbol y no admite que los de bandadas próximas se arrimen.

P.D: Escuché con estupor la muerte del escritor Vicente Verdú, uno de los pocos iconos culturales que tenemos fuera de nuestras fronteras del Vinalopó. Me comunicó la triste noticia mi amigo Pepe Jurado y no acababa de creérmela… No lo traté en persona y es una pena pero amigos suyos me comentan que era un gran cinéfilo, un renacentista de la cultura y agudo observador y proyector de la realidad en sus ensayos que sí he leído y un pintor que quizás se quería descifrar y encontrar a través de su obra plástica. Hemos perdido un referente fuera de nuestros límites geográficos. Queda el otro Vicente, algunas actrices, una periodista que escribe novelas y poco más, que uno sepa. Siempre recordaré sus columnas lúcidas e iluminadoras columnas de opinión en El País y en El País Semanal. Siempre recordaré aquel artículo en la última página en El País Semanal titulado “El Elche C.F.” que me puso el corazón en trance cuando atravesaba aquellos tiempos de estudio en Madrid. Corrí a la calle a enseñar la revista y el artículo a mis supuestos amigos, hoy todos desaparecidos, ignorados, y ninguno me hizo caso. Verdú vinculaba su suerte anímica e incluso sentimental al devenir de su Elche en la Liga. Desde la lectura de aquel texto me ganó para su causa y empecé a leer libros con el sello de su calidad como periodista y escritor.

Francisco Gómez