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UN HOMBRE, por Francisco Gómez

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Un hombre está muriendo en una habitación. Sus ojos ya no sé qué dicen… No sé bien qué quieren contarme… Me parece que a veces mira más allá de este mundo. No sé dónde, no sé qué…

Cada día tengo menos certezas, más interrogantes, más preguntas que apenas encuentran respuesta. Esta vida en la city fría, sin corazón, es un ejercicio de inquietudes, de indignación perdedora ante las injusticias de esta vida que corre y nos devora.

Este hombre al que amo es mi tío Jesús, el hermano pequeño de mi madre. Mi segundo padre. Tantas cosas, tantos recuerdos, tantos momentos vienen a las ventanas que se cubren de niebla. Desde la infancia cuando íbamos al campo y uno se enfadaba y corría por el camino para marcharse de la casa y escuchaba su voz y no le hacía caso. En la adolescencia cuando uno estudiaba las asignaturas del instituto de tantas cosas, tantos datos que se han perdido por el desagüe de los días y apenas han servido para cumplir servicio a los peldaños de los estadios de la vida. Las charlas y las broncas que mi madre Angelines y él, mi tío Jesús, tenían en la cocina mientras discutían y evocaban tantos instantes desde que vinieran del pueblo mítico para labrarse un futuro para ellos y su familia en la ciudad de las lanzas y la Festa. Las largas caminatas para ir a la fábrica, las tardes de domingo en el cine o comiendo pipas en cualquier huerto y no tener más gastos que los imprescindibles.

El mundo corre, los coches circulan indiferentes por las aceras de viandantes impasibles y un hombre se apaga en una habitación. La luz entra y le besa en la frente. Un pájaro canta mientras arrecia la lluvia dentro de nosotros.

Veo, siento, admiro el enorme, inmenso Amor de mi tía Clarita hacia su marido y no dejo de sentir que aquí hay verdadero sentimiento desde que se hicieron novios hace más de cincuenta años y sellaron un pacto de comunión amorosa que sigue hoy mientras le acaricia las mejillas, la cabeza y le besa en los labios. Daría casi todo o todo lo poco que tengo, lo poco que soy, lo que nunca llegaré a ser porque la mujer amada me quisiera una cuarta parte del Amor que mi tía siente hacia su marido en los días que me resten de día, ahora que el reloj marcha en retroceso.

Me dicen que le queda poco para reunirse con Mamá y una lava hirviendo, arrasadora come los cimientos. Le miro, le acaricio, le digo quién soy y a veces esboza una pequeña sonrisa como acordándose. Quiere hablar pero de sus labios no brotan las palabras. Le dejamos descansar.

El pájaro canta otra vez. La luz entra en diagonal. Mis lágrimas corren por las arterias.

Rezo. No sé si me escucha… Sigo creyendo que sí pero no entiendo nada. Me llega a cero el conocimiento. Soy un hombre perdido y derrotado en los laberintos de la vida que ya espera poco. Sólo amo a ese hombre que se está apagando, que forma parte esencial de mis referentes que se han ido, se están marchando. Que me ha amado siempre como el hijo que nunca tuvo.

Y me lloran las cosas por dentro. Se acaban aquí las palabras.

Francisco Gómez

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Sobre Heredar la nada, de Pedro Serrano, por Javier Puig

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Heredar la nada es mi segundo contacto con la poesía de Pedro Serrano, y ha sido la confirmación de aquella orientación insumisa que percibí tras leer la pequeña colección de poemas nada banales que era Falta de perspectiva. Este libro me habla también desde un tono casi ardido, desde una extraña benevolencia. No son estos versos precisamente inequívocos, sino que alcanzan cercanas imágenes oscuras, apuntados secretos que el poeta ha logrado traducir hasta los aledaños de lo presentido. Su poesía se mueve en lo etéreo, pero a la incompleta descripción de lo oculto añade lo palpable, y también los vacíos o la indomable plenitud; siempre desde una vibrante sequedad, desde una elegante vehemencia.

Con sus versos, alcanza un más allá, accede a paisajes en los que se trastocan los antiguos postulados, a una libertad que es signo de lo verdadero más indemostrable. Pues son grandes acontecimientos los que le ocurren silenciosamente al poeta, son potentes epifanías. Y, para ello, se desplaza lo suficiente de sí mismo, para poder vislumbrar otra dimensión. Baraja los distintos planos de la vida, incluso aquellos que están por debajo y por encima de ella. Busca estar en el misterio, llegar a un desorden nuevo – pero siempre provisional – de constancias, establecerse en una incisión que describa el revés de lo vanamente explicable.

Lo suyo es una afirmación constante, extraña, porque no ve la posesión en lo firme, sino en las diferentes densidades que se expanden y que él reconoce desde una oscuridad reveladora. A lo que aspira no es a la gran luz, sino a la relevancia de los pequeños y concentrados destellos de lo oscuro. Los poemas manifiestan la seguridad con la que se pronuncia una austera verdad que recorre lo cotidiano por su trastienda misteriosa, sin desdeñar la aproximación a lo cósmico.

Su mirada va más allá de lo que es visible, se añade a la confusa nitidez que dan los ojos y trasciende lo obvio hasta alcanzar aquello imaginario que realmente nos muestra lo que importa de nuestro mundo. Es cierto que sus versos a menudo se mueven en el terreno de lo inaprensible, en esa libertad que promueve la elevación sobre las percepciones consabidas. Son vislumbres de una realidad ocultada por una omnipotente luz que pretende fijar las verdades.

He aquí un magnífico poema que describe esas paradojas, esos atrevimientos a lo arduo, a lo ingrato, a lo oscuramente sutil: “El café sin azúcar / para desterrar la tristeza, / todo para no sepultar la voz, / para no destilar las sombras. / El café, como maravillosa muerte / para nada. / La muerte, como una obra sutil, / individual, / que nos quiere sorprender. / La muerte, / como un lugar al que le hemos robado las oraciones. / La nada, como otra forma de percibir la oscuridad”.

Y es que Pedro Serrano habla mucho de la oscuridad, de esa carencia de luz, a la que, físicamente, está limitado: “Dejad al poeta en el tacto / pues de nada le sirve vuestra contemplación de la luz”. O: “La noche, es la sabiduría / en la que se mueve el poeta”. “La oscuridad, es también un espacio que hace pensar / en la luz. Miento. / La luz, definitivamente, es heredar la nada”. “Hoy, veo mucho menos que antes. / Y no me aterra… No me aterra agotar la superficie, / si puedo entrar en el paisaje con el derecho de mis sombras”.

Hay en este poemario diversas meditaciones sobre la muerte: “La muerte, no es un engaño / es otra forma de jugar al peligro, / y un método diferente de regresar a la vida”. Siempre esos giros imprevisibles, esas sorprendentes imágenes a la vuelta de la esquina de unos versos libérrimos dentro de la asunción de lo indubitablemente propio.

Sugieren estos poemas el ejercicio de una temeridad, de una aventura hacia el centro de las tinieblas, en las que ni siquiera está asegurado el advenimiento de otra luz. Pero sí hay que amar incluso lo que destaca en lo oscuro: “Dignifica siempre con palabras / lo que amas, hereda el calor de los que se / encienden otra vez en el deseo, / sé un poeta de la quietud y del cuerpo / y acoge / el placer íntimo de rodear con las manos la ternura. / Dignifica las palabras con la belleza. / Arde si es preciso en el ocaso. / Puedes incluso imaginar lo que supone / la noche prendiendo sin sus lámparas”.

Pedro Serrano está siempre cerca de lo inmaterial, de lo improbado, de lo invisible, de lo abruptamente sustancioso. Por eso., convencido, dice: “Heredar la nada / la materia que quizá aún no exista”.