Colección Frutos Secos de Narrativa núm 21

ISBN: 978-84-88170-90-3

género: relato corto.

precio: 14 euros + 3 euros de gastos de envío

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CADA TARDE A LAS CINCO.

Son las cinco de la tarde en este frío y triste lugar. Mientras intento calentar mis manos con una taza de té no puedo evitar evocar esta historia que ha ocupado en mí vida un sitio privilegiado. Aún hoy la recuerdo a diario de manera intensa. Fueron treinta años maravillosos, ilusionados y colmados de un amor no correspondido.

Rosa Montes, más conocida como «Dana Lois», fue muy amiga de mi madre, «de las de siempre», como solía decirse. Rosa pasó la mayor parte de su vida viajando de ciudad en ciudad, trabajando en sus espectáculos. Yo la conocía por fotos y también gracias a todo lo que mi madre contaba de ella. Me aseguraba que sí la conocía en persona, pero yo era muy pequeño y su recuerdo muy vago.

Al cumplir sesenta años, alcanzando la misma edad que mi madre, se puso en contacto con ella, comunicándole que dejaba el mundo del vodevil y volvía al pueblo a descansar y vivir su jubilación. Esta noticia llenó de entusiasmo a mi madre, que revolvió cielo y tierra para encontrar una casa para ella. Su regreso se convirtió en un gran acontecimiento para todos. Yo en aquel entonces acababa de cumplir los veinticinco.

Tras años de inseparable amistad las vidas de ambas tomaron rumbos diferentes. Mi madre encontró novio y se casó. Rosa se dedicó al «Teatro de variedades» y llegó a convertirse en una cotizada artista dentro de ese mundo. A pesar de la distancia ellas no perdieron el contacto y telefónicamente o por carta siempre supieron la una de la otra.

Mi madre coleccionaba las fotos que ella le mandaba, la mayoría firmadas y dedicadas a mis padres. También hacía acopio de revistas, recortando las noticias donde aparecía y pegándolas en un bonito álbum de terciopelo rojo. Tampoco faltaban en casa los discos que grabó con las canciones de sus espectáculos musicales. Recuerdo que los domingos por la mañana nos levantamos todos a ritmo de samba, cha cha cha y pasodoble.

El día de su llegada mi madre me pidió que la acompañara a la estación para recibir a Rosa. Yo accedí encantado, tenía mucha curiosidad por verla. Lo cierto es que en secreto siempre la admiré mucho. Cuando me quedaba solo en casa me ponía sus discos y bailaba con la seguridad de que nadie me sorprendería. Mientras sonaba la música también aprovechaba para mirar una y otra vez sus fotografías, algunas ligeras de ropa, otras llenas de coloridas plumas y otras de su rostro donde dejaba ver sus espléndidos ojos verdes.

Cuando llegamos al andén de la estación aún faltaba un poco para que su tren llegara. Le pedí a mi madre que la esperáramos tomando un café y que me contara algo más de ella, su infancia, sus primeros pasos como artista. Yo quería saber más y a mamá siempre se le iluminaba la cara cuando hablaba de ella. Ese mismo día me enteré de que mi madre también quiso dedicarse al espectáculo, pero al conocer a mi padre lo abandonó todo. Mientras me lo contaba percibí una profunda tristeza en su rostro así que decidí no seguir preguntando.

Cuando anunciaron la llegada del tren nos apresuramos hacia el andén y decidimos esperarla en el vestíbulo para no despistarnos entre tanto viajero. Cuando la vi aparecer entre la gente la reconocí inmediatamente. De ese tren no bajó Rosa, de él salió «Dana Lois», como una diosa, envuelta en pieles, con su rojo labial dando color a la estación.

Nada más reconocerse, las dos se fundieron en un largo abrazo, lloraron de felicidad y no dejaban de mirarse riendo al unísono.

Cuando mi madre nos presentó, Dana se volvió hacia mí estrechándome entre sus brazos. Me besó y me dijo palabras gratificantes, yo envuelto en nervios le devolví el beso diciéndole que era muy guapa. Esto le provocó una gran carajada. A pesar de tener la misma edad que mi madre, parecía ser mucho más joven. Jamás podré olvidar el perfume que la envolvía, un aroma que nunca después dejó de usar y que la acompañó siempre como una segunda piel.

Esa noche en casa se preparó una opípara cena en su honor. Reímos mucho y charlamos durante largo rato. Allí empecé a conocer a Rosa, y dejé apartada a «Dana Lois». Al término del banquete mi madre me pidió que la acompañara a casa, a lo que accedí con agrado. Su casa estaba a tres manzanas de la nuestra, me sentía orgulloso de poder estar a su lado. Cuando íbamos por la calle y la gente la miraba y la saludaban yo estaba con Dana y cuando estábamos solos para mí era Rosa.

Nuestra amistad fue creciendo con el tiempo. A mi madre su trabajo la tenía más ocupada que a mí. Yo terminaba mi jornada laborar a las tres, y pasaba tardes enteras con Dana yendo de compras, al cine o a algún bar. Otras las pasaba en casa con Rosa, tomando el té de las cinco, como ella tenía por costumbre, y escuchando de sus labios infinidad de historias.

Desde que apareció en nuestras vidas yo no tuve ojos para ninguna otra mujer, solo para ella. Me enamoré perdidamente, en ocasiones de la artista en otras de la mujer.

Los años se sucedían fugaces, mi madre falleció con setenta y cinco años aquejada de una gravé dolencia. Poco después mi padre la siguió sumido en una pena que no pudo superar desde su marcha.

Rosa dejó su casa y se mudó a la mía, tras recibirla en herencia. La gente murmuraba sobre nuestra posible relación. A pesar de su edad nunca perdió ni un ápice de belleza, yo la veía cada vez más guapa, ella me cuidaba como el hijo que nunca tuvo. Sin embargo, para mí era un amor imposible, un deseo inalcanzable. Soñaba cada noche con Dana, la imaginaba en su escenario bailando y cantando, y por las mañanas me deleitaba con Rosa, mi esposa imaginaria, mi amor escondido.

Falleció con noventa años, en su marcha me dejó solo y desvalido cumplidos los cincuenta y cinco.

En la actualidad tengo setenta y seis años, vivo en una residencia acompañado de mucha gente, pero me siento aislado sin su presencia. En las tertulias que mantengo con mis compañeros, les cuento historias inventadas de mi vida junto a Dana, les cuento lo que ella sufrió por mi amor, lo que padecimos ambos por no poder entregarnos el uno al otro. Sé que ella nunca me vio así, pero esta ilusión que mantengo y que me ronda a diario es lo que me permite sobrevivir y llenar el vació que siento desde que Rosa me dejó.

PRIMERA COMUNIÓN

Quizás os parezca una tontería, pero ahora que ya han pasado muchos años tengo que liberar mi cabeza de esta culpabilidad que llevo arrastrando.
Mi madre era una señora muy maniática, sobre todo de la limpieza, se pasaba los días con el mocho, la escoba y el plumero en mano, no tenía descanso.
Su mayor obsesión era tener la ropa más blanca de todo el vecindario. Las sábanas, las toallas, sus vestidos y los trajes de mi padre y mis hermanos.
Yo era la única niña de la familia y siempre me tocó vestir de rosa, un color que aborrezco, pero ella nunca reparó en que me desagradaba.
Recuerdo con horror esas mañanas dominicales al salir de casa los cinco para escuchar misa. Papá, mamá, Juanito y Manolo, todos de blanco nuclear y yo, ataviada con vestido rosa y rematando mis largas y rubias trenzas dos enormes lazos del mismo color.
Mis vecinos en las puertas de sus casas le alababan el buen gusto y no se cansaban de repetir lo guapos y bien vestidos que nos llevaba. Yo estaba harta de tanta blancura y ser la pieza en discordia del conjunto.
Un día, deambulando por el barrio, en el escaparate de la mercería de la señora Margarita vi un par de calcetines de color rojo que me gustaron mucho. Entré y los compré. Cuando llegué a casa los escondí en el cajón de mi armario para que mi madre no los viera y esperar el momento de poder utilizarlos.
Me faltaban pocas semanas para tomar la Primera Comunión, como miembro de la buena familia cristiana que mi madre se empeñaba en aparentar.
A mí no me gustaban ni las iglesias ni los rezos.
El sábado antes de mi gran día, mi madre ilusionada y loca de contenta encaló la fachada de nuestra casa de un blanco tan intenso que hasta deslumbraba. Además, se pasó todo el día limpiando.
Llenó la lavadora con su vestido y las camisas y pantalones de mi padre y hermanos, todo blanco, para ir perfectamente a tono acompañándome en mi eucaristía.
Jamás olvidaré su cara al abrir la lavadora para tender la colada. Su rostro se desencajó cuando en mitad de la ropa húmeda encontró un calcetín rojo, con el resultado de que todas las prendas cambiaron su color original por un tono rosa palo.
Llegó mi gran día. Entré en la iglesia de las primeras con mi vestido de encaje y ganchillo a juego con la fachada de nuestra casa.
Sentados en el banco que había detrás de mí estaba toda mi familia, pero hoy ellos eran los que vestían de rosa.

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