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Nerea y yo, por Francisco Gómez

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Te vi con la luz encendida en los ojos, la sonrisa abierta a los proyectos, a las ilusiones que amanecían en tus 17 maravillas y sólo pude emocionarme. Hablabas, hablabas y hablabas de tus sueños que los murciélagos de la monótona realidad no habían visitado. Ojalá nunca lo hagan con los dientes vencidos por los desengaños de los días y las capitulaciones de los almanaques. Los destinos incumplidos…

Te veía, estimada Nerea, con tus ojos todos luz, tu sonrisa luminosa a la mañana y cuando te fuistes la puerta exhalaba un rumor de flores frescas. Me dejaste sumido en una marea de cavilaciones que ya no llevan a ninguna parte. Obligaste a echar la mirada por dentro y preguntarme cuántas veces he traicionado, abandonado a su suerte al joven que era, dispuesto a comerse todas las frutas y ascender a todas las cumbres con sus metas que esperaban…

Hablabas, hablabas y reías y la felicidad no te cabía en la boca y tus ojos irradiaban mil margaritas florecidas al principio de los días. Tu presencia contagió de ventura mi jornada mientras recordaba, rememoraba a aquel joven enérgico y voluntarioso, soñador incluso, que iba a lograr todos sus propósitos, el chaval aquel que reinventaría el mundo con una mano de pintura nueva, nunca estrenada. Definitiva.

En el curso de tu risa, pensaba otra vez por qué traicioné a ese joven, cuándo rompí su inocencia como estrella que se apaga. En qué momento claudiqué una tras otra de sus esperanzas, sus alientos transformadores. Para descubrir, saber con terrible precisión y temible peso en este tiempo incierto, presente y solitario que no has cambiado nada, que al mundo ni le importa ni le inquieta tu presencia. Que todo seguirá igual o mejor incluso, estés o no. Y no has trasnformado ninguna de las coordenadas de la poliédrica y asimétrica llamada realidad.

Esperanzada Nerea, tus labios que dibujaban fantasías nuevas, ascendentes, primeras, me contaban los sueños de tus desvelos que ya iniciaban andadura: ser fotógrafo profesional en el mundo de la moda, culminar el curso de diseño gráfico, recorrer paisajes, geografías, humanidades. Subir la escalinata de tus ilusiones y creer, soñar, sentir que los tiempos, las gentes, las perspectivas caminarán al compás contigo.

Te vi y me vi. Este pobre tonto, ingenuo pintor de palabras, te envidiaba, repasaba otros tiempos, otras épocas, otros lugares donde pensaba que sería el emperador del mundo, regidor de los tiempos, virrey de las horas…Hasta llegar a este momento umbrío cuando casi nadie cuenta y los proyectos rinden banderas con el correr de los cumpleaños y ya te sabes retirado del escalafón de los esperados. Al menos, trataré de no perder el último rastro de tu luz y guardaré para mis adentros la estela de tu sonrisa por la mar, entre las olas, hacia la playa luminosa y nueva de tus días y el crepúsculo de mis derrotas. Hacia la mar, tu mar, entre el cielo.

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Diario de un cinéfilo (23. El compromiso). Por Javier Puig

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El compromiso (1969), de Elia Kazan, es una de las películas que más me han impactado en mi trayectoria de cinéfilo. No puedo recordar cuándo la vi por primera vez, pero desde luego tuvo que ser hace más de treinta años. Si pudiera ubicarla exactamente en la cronología de mis hitos como espectador, averiguaría por qué los llamativos recursos de los que se vale el director de origen griego me impresionaron tanto. Si uno repasa una perspectiva ya más ampliada del cine, se da cuenta de que no eran tan originales. Esa arrolladora fulguración de elementos expresivos que contiene la película la podemos encontrar también en otros autores – predominantemente europeos – como Fellini o Bergman, pero también, después, en su aventajado discípulo, Woody Allen. Pero no fue solo el brillante ejercicio de lenguaje lo que me fascinó, sino también la intensa temática que se expone, ese irreverente e implacable cuestionamiento del hombre normal, adaptado, incluso exitoso, en la pervertida sociedad moderna. Y está, además, esa profunda y sensible descripción de las íntimas relaciones personales.

En su momento, vi El compromiso hasta en tres ocasiones. Ahora he vuelto a ella y, sin menoscabo ninguno, he recuperado todas aquellas fuertes sensaciones que tuve en aquel tiempo. Nos hallamos, desde el primer momento, con una película potentísima. Eddie Anderson (Kirk Douglas) y su esposa Florence (Deborah Kerr) se levantan por la mañana desde sus respectivas camas individuales, apenas esbozan un rutinario “buenos días”, y se duchan simultánea y separadamente en las dependencias de su lujosísimo chalet. Desayunan en el jardín. La televisión está presente, suplantando cualquier atención personal. Lo que persigue Eddie es el omnipresente anuncio publicitario de los cigarrillos Zephyr, que él ha ideado. Parece orgulloso de su obra. Al menos, la escucha sin parar, también luego en la radio del coche, cambiando las emisoras. Pero algo pasa de pronto, algún pensamiento se cruza en su mente, la aparición de una lucidez imprevista que transgrede esa barrera que se había impuesto y que le impedía ver su propio interior. De pronto, suelta el volante, sonríe juguetona, compulsivamente, sin aparente motivo. Aún no puede saberse lo que inmediatamente hará. No podemos adivinar sus pensamientos, saber que, brutalmente, ha empezado a verse desde afuera, se ha sentido un extraño dentro de sí. Su flamante deportivo circula entre dos camiones y ya intuimos el porqué de su sonrisa, lo que va a hacer. Sonríe para exorcizar el pánico, pero también por lo que cree que va a ser su inmediata liberación, la muerte que le va a procurar ese gesto suicida al que se siente impelido. Gira el volante y se cruza debajo de uno de los camiones. Sobrevive, pero se manifiesta en él una locura incipiente, un doliente sarcasmo, una deslavazada afrenta a un mundo en el que aún busca a quienes poder salvar de la general conspiración que ahora percibe.

Ese es el tema principal de la película, el del hombre que odia la trayectoria que le ha llevado hasta su propia usurpación y toda la hipocresía que lo rodea. El triunfador que no lo es tal porque ha basado sus éxitos en una gran mentira, todo su poder en conseguir que una mortal marca de cigarrillos aumente sus ventas manipulando la mente de los incautos consumidores. Pero no es solo la profundidad del aspecto profesional el que ahora queda a la vista, sino que comprobamos también como su largo matrimonio hace aguas por todos lados, y conocemos la presencia de una amante, Gwen (Faye Dunaway), una mujer altamente perturbadora que lo somete con el lazo de su atracción sexual. Una amante que lo dejó por no haberse decidido a dejar a su esposa (“Os necesito a las dos”, le había dicho) y que no tiene cuidado en humillar a los hombres con la exhibición de sus veleidades ninfomaníacas.

Pero, además de este clásico trío – que aquí lo es menos y más novedoso, con más prolongaciones y variantes – hay otra figura importante que es la del padre, un hombre autoritario, obcecado, que contribuyó a malograr la vida de su hijo, al que dirigía implacablemente hacia la actividad empresarial mientras él aspiraba a ser escritor. Finalmente, el hijo acabó escribiendo únicamente eslóganes publicitarios, creyendo combatir su frustración con su inmoral enriquecimiento. Sin embargo, ante ese hombre imposible que siempre ha tenido sometida a su madre, Eddie, ahora que está enfermo, no ve más posibilidad que atenderlo. “Es mi padre”, se justifica ante su familia, que quiere enviarlo a una residencia para solventar el problema. El hijo encuentra en su padre una ocasión para afirmarse a sí mismo, tal vez tratando de simular el regreso a algún punto de la vida en el que se extravió.

La película mantiene prodigiosamente la alta calidad de los diálogos. Se utiliza constantemente el recurso de las inserciones de imágenes que se corresponden con las evocadoras obsesiones que torturan al protagonista. Son los decisivos momentos de su vida, esas palabras y esos gestos que se nos quedan grabados para siempre, que conforman la biografía de nuestras huellas emocionales, aquellos que nos constituyen como hombres y mujeres heridos más o menos proyectivamente.

Aparte de los criterios puramente artísticos, están los motivos personales que hacen que una película le diga a uno muchas más cosas de lo habitual, lo excite en sus posiciones vitales más enraizadas. Creo que, si, desde un primer momento, hice mía esta película, fue por esa defensa apasionada de la ética personal, de la autenticidad, de la vida íntegra, honesta, frente a la cotidiana constatación de la falsedad instituida. No sé si en aquella primera versión estaría influido, especialmente, por Herman Hesse, por Erich Fromm. Ahora, después de tantos años, ha variado mi experiencia. Hoy conozco de primera mano lo que es un matrimonio duradero, tener hijos, a unos padres ancianos. Las situaciones que, en mis primeros contactos con esta película, tuve que imaginar, que proyectar – ayudado por la gran dosis de veracidad de aquellas imágenes -, ahora puedo observarlas desde mi perspectiva, en otra versión muy distinta. Hoy estoy hecho menos de esas lecturas y más de la vida. Pero aún, cuando veo a Kirk Douglas debatiéndose ante el espejo que le devuelve la imagen de su falso yo, siento un escalofrío por dentro, una rebelión contra todo un mundo de fuerzas – no exento de nosotros mismos – que pretende despistarnos, adulterar y malograr nuestra más auténtica existencia.

LA MAR DE SOL, por Francisco Gómez

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Querida Sol:

El otro día tu marido Pepe me comentó que inaugurabas una nueva exposición sobre la mar que tú tanto amas desde tu infancia cuando tu padre te enseñó a amar su belleza en el mítico Peñón de Ifach que tanto visitarías y soñarías de pequeña.

Uno no es entendido en arte, mucho menos crítico. Lo cierto es que ya no entiendo de casi nada. Es lo que tiene la carrera de los días que en vez de orientarte, no te lleva a puertos seguros y tienes la sensación de que sabes cada vez menos de las cosas, que la incerteza es una compañera que habita tu casa.

Pero acudí a ver tu obra con mi ignorancia a cuestas sobre los conceptos artísticos. Sólo me guío por las cosas que me gustan, por las que siento una honda emoción y tu muestra “Marítumus” en la sala Juana Francés de la sede de la Universidad de Alicante en Canalejas sacudió sentimientos y emociones.

Tus esculturas en porcelana, blancas como la mar blanca y luminosa que tú tanto sientes y vives desde pequeña hasta tu hermosa edad me provocaron una sensación de calma, de quietud, de serenidad, de belleza que transmitiste a mi alma, a mi espíritu. Y te lo agradezco, en serio. Me regalaste serenidad y paz a través de las formas marinas, de las fotografías de lo pequeño con espinas como microuniversos… Las formas naturales de las algas, las anémonas, los corales, las ruinas de civilizaciones perdidas como dicen Jorge Olcina y María Marco en el catálogo El blanco como signo de belleza y quietud. La blancura como símbolo de nuestro Mediterráneo, que tú tanto amas, que tanto amamos.

El mar, la mar y no pensar en nada, como dice el poeta. La belleza sugerente de las formas escultóricas con un pulpo que trepa silencioso en la mar, callada, profunda, misteriosa… Y la gran red negra, como la de los pescadores que tú de pequeña habrás visto tantas veces remendar antes de salir a faenar.

¿Sabes, Sol…? He leído un poco sobre ti antes de escribir este artículo o lo que sea sobre tu última exposición y veo en ti que conservas la ilusión con la empezaste hace 40 años en el camino del arte, la creación, la cerámica, el torno con muchos de tus maestros y luego el grabado hasta llegar hace diez años a la fotografía digital. Y tus maestros el ceramista Miguel Durán, el alfarero José Martínez, la frase que no olvidas de Enrique Mestres: “Eso está muy bien, lo hace el horno pero tú, ¿qué haces? Y que tanto te hizo pensar en tu forma de ver las cosas, la naturaleza, la creación en tu luminoso taller de Algorós. El aprendizaje del grabado con Albert Agulló…Y tantos otros artistas con los que has hecho cursos, aprendizajes, vivencias.

Y puedo imaginar que te costó muchos mundos compaginar tu tarea de artista, de creadora, inspirada en las formas de la naturaleza que tú has contemplado desde niña, la tierra, el cielo, la mar, tu Marítimus y tu trabajo como madre, criando, educando a tus cinco hijos al tiempo que buscabas tu camino a tu impulso creador, a tus necesidades estéticas, a tu vocación sincera y humilde como artista, como sé que eres. Y perdóname, pero no puedo dejar de hablar de mi madre, Angelines, que estuvo en vuestra casa ayudándote, ayudándoos a cuidar y criar vuestros hijos al tiempo que tú ya iniciabas tus veredas artísticas. Tus hijos y nietos que estuvieron en la inauguración de la expo a tu lado, al lado de la madre, al lado de la artista, al lado de la mujer de mi amigo Pepe.

Está claro que los caminos de la vida humana y artística son inexplicables. Las formas se anudan, se cruzan y se alejan como en tus esculturas, tus fotografías, tus grabados, tus esculturas. Las corrientes y las olas se unen y se alejan…

Amiga, Sol, perdona esta lamentable crítica artística, reseña o lo que diantres sea esta sucesión de palabras pequeñas, impresiones y recuerdos. Tu Marítimus me invitó a permanecer en la calma, la serenidad, que mi alma tanto agradece. Y es un regalo que desde dentro te agradezco. Y espero y sueño que nuestra amistad contigo y Pepe dure muchos años y nuestros amig@s que allí estaban lo vean.

para Cloti, por Carlos Javier Cebrián

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Mi querida Cloti, hace tiempo te dediqué estos textos, hoy que ya te has ido quiero dedicártelos de nuevo para celebrarte, mi querida y malévola amiga, con el corazón  encogido y con mi maliciosa mirada que a ti tanto te gustaba, todos los besos del mundo querida.

 

ELLA FITZGERALD

a Cloti

 

Ella Fitzgerald

complace al silencio, al romperlo.

Alarga la noche,

le concede beneplácito.

La lluvia azota, persistente

y fina, la balaustrada.

Mientras me resisto a dormir,

el insomnio acontece

como un llanto celebrador.

Sigo vivo

cada minuto que consigo sobrevivir,

cada segundo

que al tiránico Morfeo

le hurto.

De Maneras distintas de amar o desamar

CANSINO.

a mi querida amiga, malévola, Cloti

Recuerdo que la primera vez que visité a un psicólogo (intentábamos entonces una dudosa terapia de pareja), este me preguntó, a modo de presentación, si me importaba la opinión que de mí tenía la gente. Yo fui tajante y con grosera eficacia le respondí: sinceramente, me la suda.

Si les soy sincero está claro que hoy respondería de manera muy distinta. Debo aclarar que aquel terapeuta era de escuela conductista, sin entrar en pormenores de adscripción científica (estudio de la conducta en términos de estímulos y respuestas, tests de personalidad y conducta, etc). Puedo decirles que en ninguna de aquellas visitas este me aclaró cuál era nuestro problema o siquiera si había algún problema. Recuerdo que a mí me dedicaba, a lo sumo, veinte minutos y a mi mujer más de una hora, con lo que deduje que el problema, en verdad, era yo.

Poco tiempo después, aunque sabemos que la medición del tiempo a pesar de ser exacta también es relativa en cuanto a la concepción de la misma, ya en solitario, volví a visitar a otro psicólogo, esta vez a un profesional de afecto más ecléctico. En realidad manejaba una mezcolanza de tendencias de raíz ¿cómo decirlo? más esotérica: Gestalt, terapias sistémicas, cognitivas, constelaciones familiares, etc, etc. Con él entré en las turbulencias de la memoria, en las oscuras aguas de los traumas propios y familiares, el misterioso mundo de los vínculos afectivos, e incluso jugábamos, a modo de representación, con muñequitos de Playmobil ¿Divertido, no? Este terapeuta me aclaró que mi problema era EL ABANDONO, desde la infancia, que no he sido ni soy capaz de asumirlo vaya, y que todo sucede porque tiene que suceder, así es, y así fue. ASÍ FUE hasta que dejé de gastarme los 60 euros de cada sesión. En fin, las nuevas Psicologías de las emociones, las positivas, las sistémicas, las sectarias…

Si les vuelvo a ser sincero ni el uno ni el otro me ayudaron demasiado, me quedó claro que el problema era yo y eso ya lo sospechaba o lo sabía a ciencia cierta. Ahora ya lo sé pero me falta el dinero que he empleado en saberlo.

Debería hacer más caso a mi amiga Cloti, a la que por cierto solo le faltan dos asignaturas para terminar la carrera de Psicología, cuando me dice que soy muy CANSINO, y que no la torture más con mis peroratas sentimentales. Ella sí que me lo deja clarito cada vez que hablamos, me dice que busque las soluciones en mí mismo, que aprenda a vivir, que viva, que siga viviendo, que sepa ver que no todo el mundo gira en torno a mí, que todos los seres humanos tienen problemas y los solucionan como pueden, sin ser tan cansinos como yo.

Así lo haré, lo intentaré, se lo prometo a ella y a Vds., palabra de CANSINO.

De Cosas mínimas, artículos y autorretratos

Patria e independencia 2, por Carlos Javier Cebrián.

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PATRIA E INDEPENDENCIA 2

pequeña lección de etimología”

Mi patria en mis zapatos.

El Último de la fila.

La patria del escritor es su lengua.

Francisco Ayala.

Siempre he pensado que, en lo referente al juego literario, es muy importante, capital diría, la elección justa, adecuada, conveniente, precisa, de las palabras. También lo es en otros juegos como los del amor, los de la amistad, los socio-políticos, en definitiva en lo concerniente a las relaciones humanas, de todo tipo, en todos lo ámbitos. La gratuidad de las palabras al final paga peaje en cuanto a su significación, a sus significados, a sus intenciones, en su contexto o lejos del mismo.

Por ejemplo no es lo mismo, si nos referimos al amor, decir: te quiero, te deseo, te necesito o finalmente te amo. Seguramente al expresarnos en cualquiera de estos términos creemos que sí lo son, pero en realidad, tanto en su aspecto etimológico como en el significante, no lo son en absoluto, ni en su contexto ni en su propio objeto. Cualquiera de estas expresiones tiene sus propias connotaciones y características diferenciales, sus propias marcas y sus propias heridas y cicatrices…

En poesía, por ejemplo, una sola palabra, concreta, mal elegida, puede llevar al poema a malograrse. No digamos su efecto en las relaciones sociales o de amistad, en la convivencia, en las relaciones políticas entre naciones o países o comunidades… En las relaciones humanas y geopolíticas en fin. La elección errónea de las palabras puede llevarnos al conflicto, al contraste, a la pérdida, a la confusión, a la violencia incluso. Puede introducirnos en callejones sin salida, nos acerca al abismo, al caos, a la explosión.

Podemos observar en los medios, en las tertulias, en las informaciones, en las redes sociales, en el ideario individual y colectivo de aquí y de allá, cómo se subvierte el significado de las palabras y, a través de ellas, el efecto de los hechos, podemos cerciorarnos de cómo todos nos apropiamos de la terminología y de los significados, interesados primero y después enfrentados, de un misma palabra, de una misma actuación, de una misma idea, ya sea de justicia, de legalidad , de responsabilidad, de culpabilidad, de razón o de razones, o de sus contrarias, en lo individual y en lo colectivo otra vez, de la verdad… en definitiva, manoseada por unos y por otros…

En 2014 escribí y publiqué un artículo titulado PATRIA E INDEPENDENCIA, en el que intentaba explicar el concepto, la etimología, de la primera de las plabras que contiene el título (del Latín Patrĭa, que significa familia o clan, Patris = tierra paterna, Pater = padre. Es decir, Patria es una palabra, o concepto, que designa la tierra natal o adoptiva de los individuos que pueden sentirse ligados por vínculos de origen, afectivos o ideológicos, culturales o históricos. Es decir Tierra natal o adoptiva ordenada como nación a la que se siente ligado el ser humano por dichos vínculos, como dice en su primera acepción el Diccionario de la RAE) al hilo de aquella rabiosa actualidad y que puede extrapolarse al día de hoy como consecuencia de entonces… En la etimología, en el origen de las palabras, casi siempre, reside su secreto, su pertinencia o su osadía. Intentaba también, por otra parte, aclarar que yo no me sujetaba a ninguna bandera y, mucho menos, patria conocidas, venía a decir que esperaba que la patria del escritor -mi patria- fuera mi Lengua, nuestras Lenguas, parafraseando al maestro Francisco Ayala, y declaraba mi propia independencia, mi propia DUI (Declaración Unilateral de Independencia), acrónimo, tan notorio hoy en día. Pues bien, haciendo acopio de equidistancia, si me lo permiten, (dejaremos para otro día hablar de la etimología y significado de la depauperada palabrita) voy a acometer, a propinarles, una pequeña lección de etimología, a modo de exposición, otra vez equidistante, para que puedan comprender, o no, quién sabe, sus fervores y/o sus inclinaciones, sus opiniones, sus palabras en fin, a modo de espejo reflector de su propia realidad y/o irrealidad, de la propia realidad y/o irrealidad que nos cerca y atrapa a todos.

Voy, pues, a exponer la etimología de estas palabritas tan gozosas, tan pizpiretas, en este equidistante artículo, o no tanto quizá, al hilo de lo que hoy he intentado expresar, no ya explicar: INDEPENDENCIA, REPRESIÓN, OPRESIÓN, REVOLUCIÓN y REBELDÍA son mis palabras de hoy… a modo, ya digo, de exposición, reflejo y resumen.

  1. INDEPENDENCIA: raíces latinas: acción y efecto de no estar bajo la voluntad de otro.

in- negación

dependere- colgar de arriba, estar bajo la voluntad de otro, cautivo y que tiene dependencia de otro.

nt- agente, el que hace la acción

sufijo –ia cualidad

Cualidad o condición de independiente, hace referencia a la libertad

  1. REPRESIÓN: del Latín- represio

acción y efecto de reprimir

prefijo re- hacia atrás, repetición

pressus- oprimido, preso

sufijo ión- acción y efecto

Acción de reprimir con violencia una sublevación o manifestación política o social, impedir que un sentimiento, estado de ánimo o impulso se muestre abiertamente, contener por la fuerza el desarrollo de algo.

  1. OPRESIÓN: acción de oprimir.

Ejercer presión (alguien o algo) sobre una cosa.

Apretar demasiado.

Del Latín opressio. oppressionis. Nombre deacción del verbo latino opprimere

prefijo ob- frente a. Raíz indoeuropea: golpear, pegar

  1. REVOLUCIÓN: Cambio o ransformación radical respecto del pasado inmediato, social, económico, cultural, religioso.

Del Latín- revolutio

acción y efecto de dar vuelta de un lado a otro

prefijo re- Hacia atrás

volvere- dar vueltas

sufijo ion. acción y efecto

Cambio violento y radical en las instituciones políticas de una sociedad.

Cambio brusco en el ámbito económico o social o moral de una sociedad.

  1. REBELDÍA: del Latín rebellis, sufijo ia- cualidad

Cualidad de rebelde, se rebela contra el poder o la autoridad, difícil de educar, dirigir o controlar porque no obedece a lo que se le manda.

Resistencia o desafío a la autoridad, desobediencia de una orden, incumplimiento de una obligación. Cualidad del que hace guerra contra la autoridad.

Espero que Vds. mis improbables y queridos lectores sepan perdonarme la osadía y al fin puedan extraer sus propias conclusiones, acerca de la importancia de las palabras, en este mundo incierto y deslenguado. Así lo desea…este equidistante articulista.

Carlos Javier Cebrián, escritor.

Director de Ediciones Frutos del Tiempo Asociación Cultural de Elche.

ANTICUADO, por Francisco Gómez

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No sé ustedes, amables lectores, pero imagino que cuando ven a sus hijos hacerse mayores, poco a poco, sienten una sensación quizás de dolor íntimo, de perder el territorio casi seguro donde hasta ahora navegaban, andaban con ellos, les cogían de la mano para cruzar la calle, ir al parque, recorrer el supermercado y ellos les tomaban confiados sus dedos, sus palmas en señal de total confianza. Hace tiempo dejaron de ser bebés, gatear, cogerles por la espalda y el cuello para darles la leche, el zumo, prepararles el baño con el patito y celebrar entre espumosas aguas ceremoniales fiestas.

Ya se han hecho “mayores”. No quieren ir con ustedes cogidos de la mano. Prefieren la compañía de sus amig@s. La ropa que antes les venía como un guante, hoy les queda pequeña. Les argumentan con ingeniosas razones dialécticas respuestas y ustedes quedan con escasos argumentos para responderles. ¿Les suena, no es cierto…?

Uno no es padre y quizás nunca lo sea pero tiene sobrino que ya se está haciendo mayor y manifiesta alguno de estos rasgos que ustedes han entendido de sobra y le entra una sombra de tristeza en la mirada. El dolor de ver poco a poco que abandona sin que él apenas lo advierta el chocolate de la niñez y se adentra misteriosa y silenciosamente en el territorio de la adolescencia le provoca una intensa desazón que ustedes entenderán y a uno le duele en sus adentros. Mucho, no sé cómo cuantificarlo si se pudiera…

Apenas me hace caso y natural, prefiere estar con sus amig@s. Me contesta con monosílabos a las preguntas que le hago y dice sin pudor que ya está deseando ir al instituto con “la gente mayor” y tener un móvil. Le dejo el ordenador y apenas me hace caso pegado a sus juegos y vídeos, cuestión que no me agrada.

-¿Un móvil, Sergi…? Pero si tu tío no tuvo ese trasto hasta los treinta y…
-Tío, tú estás anticuado…

-¿Anticuao, yo….?

Dice que ya conoce de memoria su cole y quiere ir al instituto. Que le van a llevar para que lo conozca. Una doble sombra de tristeza cruza la salita entre las fotografías y tengo que hacer soberanos esfuerzos para no llorar y esconderme por las esquinas.

Sí, se está haciendo mayor. Y algún día perderá su inocencia, su verdad verdadera de niño y entrará en el territorio ambiguo de los catorce, quince, dieciséis años… Y algún día descubrirá que el mundo no es tan dulce como parece. Como dice aquel poeta en “Poema para muchachas de quince años” Vosotras, no lo sabéis, pero el mundo por dentro, está podrido… Y observará que el mundo muerde y duele, lo que llamamos el oficio de vivir y que tendrá que caminar solo muchos tramos sin la compañía protectora de sus padres, de sus tíos, que tendrá que tomar decisiones y la libertad ilimitada de la que ahora goza, se recortará con la resoluciones que adopte. Y sentirá los bandazos del amor y el desamor, la amistad y la deslealtad, la traición y el dolor y el engaño y las ilusiones truncadas por los perros de la competencia y las mentiras de los días.
Sí, tu tío que llora, como un mañaco, tu cercana y futura mayoría hacia el instituto, es un tipo anticuao. Anticuao para el mundo tecnológico; no tuve mi primer móvil como dije hasta los treinta y… No manejé el ordenador hasta los treinta largos. Tiene un coche sin dirección asistida ni aire acondicionado. No sabe lo que es un iphone, ni un ipad, ni una tele de plasma. Se vuelve loco con las aplicaciones que se las ve y desea para entender y le pegas unas palizas que no veas con la maquinica esa en forma de volante en peleas de pokemon y otras congéneres en la tele. Tu tío es un tipo anticuao en un mundo indiferente que ya apenas entiende y a a sí mismo se observa como un extraterrestre en una sociedad digital de la distancia entre personas. Un tipo anticuao y derrotao que ha bajado la mano ya ante muchas banderas y que no importa. Y que llegó tarde a casi todo, que no contaré aquí.

Querido sobrino, te pido que no tengas tanta prisa. Que todo llega y te cansarás algún día de ser mayor y adulto y hombre de provecho y todas esas cosas odiosas que nos venden para “progresar”. Y desearás regresar a los momentos aquellos cuando los días te esperaban a ti y no tú a ellos, como uno hace ahora y querrás regresar a los instantes con los amigos para jugar en el parque al fútbol, al escondite, a la peonza, como tu tío anticuao hacía con las canicas, los cachumbos, el churro mediamanga mangotero, las chapas y mil ingenuos más que los chic@s de los 70 nos inventábamos a pie de calle.
Tu tío siempre te querrá aunque sea un anticuao y espero y deseo que encuentres buenos y leales amig@s que te acompañen en la odisea de tus jornadas hasta llegar al tiempo que tú deseas y tu anticuao tío tanto teme.

Nada, ya no me sale nada. Un beso y aquí estaré desde la distancia observándote, deseándote lo mejor mientras te haces mayor y tu anticuao tío enfila a los cuarteles de invierno.

Francisco Gómez

 

Tres poemas de mujer, o el rescate de tres almas bellas, por Javier Puig

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Los muchos afortunados que el pasado domingo, en el Teatro Circo Atanasio Díe Marín de Orihuela, asistimos a la representación de Tres poemas de mujer, no salimos en absoluto decepcionados de una obra de la que, por sustentarse en las hondas heridas y en la fértil sensibilidad de tres importantes mujeres poetas, tanto se podía esperar. Allí comprobamos cómo el autor ha sabido trasladar al escenario ese diverso sentir que ha quedado unido por lo trágico; y cómo también ha aprovechado esas historias para explorar la incidencia – tanto en el propio creador como en la sociedad que le atañe -de esa otra dimensión vital que es la poesía.

El texto de Fernando Alonso Barahona resulta lo suficientemente rico para trazar unos diálogos de contenido dramatismo y de gran elocuencia. La dirección de Emilio Zaplana es impecable, y las excelentes interpretaciones lograron que intimáramos con al alma de esas tres audaces mujeres. La obra nos presenta su ardua lucha, su necesidad de algo tan sutil, tan difícilmente comunicable, que no es nada fácil que se lo proporcione el mundo. Y las observamos y vemos que se reconocen más veraces cuando adaptadas al ritmo de las palabras que crean; con ellas, autentifican sus sentimientos, erigen una casa propia hecha de materiales inabordables.

El texto se construye desde la división en tres situaciones independientes que se corresponden con los momentos finales de la vida de cada una de las tres protagonistas que, en sus diálogos y en sus monólogos, expresan su lamento ante el mundo, su grito de rebelión contra lo que las consume lejos de una vida lograda. Esas tres mujeres solo entrecruzan sus caminos al principio y al final de la obra, cuando, desde una apariencia espiritual parecen fundirse sus hermanables destinos.

Contemplamos a tres poetas que representan a mujeres dispuestas a liberarse del secundario papel que les asigna una sociedad que es machista y, a la vez, insensible a la magia poética de las palabras. Esto lo vemos muy especialmente en la relación entre Delmira Agustini y su exmarido. Este no comprende y no admite el refugio interior de esa mujer irrespetuosamente deseada, su necesidad de volcarse en lo hondo de un mundo propio desde el que extraer las expresiones más vitales de su sentimiento, esos poemas plenos de erotismo que él no puede consentir, esa libertad inadmisible. “La palabra ha suplantado la realidad”, dictamina él en tono claudicante y hostil. Luego viene la violencia definitiva, fruto de la impotencia para doblegar el indomeñable espíritu de esa mujer.

Alfonsina Storni es la poeta que añora al hombre que se fue, el padre de un hijo que ahora, pese a sus esfuerzos, no puede ser suficiente sostén para una vida agredida por la enfermedad. Alfonsina es a la vez una mujer fuerte y derrotada, la indubitable muestra de la fuerza que traspira en cada fragilidad humana, una poeta que ya no puede seguir escribiendo la pena absoluta del acabamiento invasor.

Alejandra Pizarnik es la mujer encerrada en su laberinto mental, en el que de nada sirven los intentos de esperanza. Una mujer lúgubre en sus escritos que aquí es capaz de ciertos simulacros de alegría, de fugaz jovialidad cuya consistencia deja siempre paso a la atrayente presencia del abismo. Los contactos humanos que implora son insuficientes porque ella siempre vuelve al torbellino de su poesía, a esas palabras que solo le sirven para revolverse y retroceder en el camino de la imposible luz. Nadie puede rescatarla, ni su amiga Olga que se siente impotente para ayudar a un ser tan encerrado en la imperiosa creación de sus oscuridades.

Las tres mujeres mueren trágicamente. Alfonsina y Alejandra se suicidan. Delmira es asesinada. Las tres, antes de morir, dejan en el borde del escenario, una pequeña pila de libros atados, legado de vidas muy intensas, trasposición insuficiente de sus zozobras, de sus búsquedas pertinaces, de las abruptas incomprensiones padecidas. Las tres son mujeres valiosas, singulares, independientes, que tratan de enaltecer y fijar sus extremos sentimientos en unos versos insobornables. Al final, sobreviven sus espíritus, la esencia de su ser traspasado a los dominios de lo posible en el ámbito de lo sobrehumano. Y al espectador de esta magnífica obra le queda la sensación de que esas vidas dolorosas han sido bellamente rescatadas del silencio.