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Diario de un cinéfilo (41. “Historia de un matrimonio”), por Javier Puig

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Historia de un matrimonio (2019), de Noah Baumbach, bien pudiera haberse titulado Disolución de un matrimonio. Y es que entramos en la vida de esa pareja cuando ya da muestras de estar en avanzado estado de ruptura. Vemos a Charlie (Adam Driver) y Nicole (Scarlett Johansson) distantes. No comparten dormitorio, pero aún tienen una relación profesional. Él es director de teatro, ella es su actriz principal. Viven en Nueva York, para mayor gloria de sus obras, pero ella añora su California natal. Lo que los mantiene próximos, y lo que será el más grave problema de su separación, será su hijo Henry, de ocho años.

Es ella la que ha emprendido la ruptura. ¿Cuál ha sido el motivo? Hay una infidelidad por parte de él, pero esta solo sería una consecuencia y no un detonante. Como no desmiente ella después, en aquel momento él llevaba un año durmiendo en el sofá. ¿Qué es pues lo que produce en ella esa aversión? ¿Qué es lo que hace que ahora considere esa relación irremediablemente opresiva? Alguien podría decir que es algo indefinible y, sin embargo, no inventado. Algunos hablan de que se acaba el amor; de que, a partir de cierto momento, hay que hacer un esfuerzo excesivo para aguantar los defectos o simplemente la individualidad del otro; pues ya ha desaparecido la apetencia, y la idea de estar con él ya no se percibe como grata promesa. Pero después, Nicole se lo explica a su abogada (Laura Dern), de otra manera. Le relata su temprana sensación de haberse quedado atrapada en un lugar en el que acabaría sintiéndose progresivamente disminuida. Y es que los errores de elección vienen dados por la urgente necesidad de ser rescatados. Ella se sentía muerta cuando lo conoció, y él, a su modo, la repuso en la vida. Es como si esa mujer se hubiera agarrado a un clavo ardiendo, o, en este caso, a un ser tan potente como abrumador. Nunca se sentirá mirada por él como algo separado. “Me sentía pequeña”, dice. “Solo estaba avivando su llama”, se ve ahora a sí misma con una claridad para la que mucho antes no estuvo preparada. Charlie siempre le prometía dirigir su próxima obra, pero ese momento nunca llegaba. “No reparaba en mí”. Y dice más:   “Me hubiera resultado muy extraño que alguna vez me hubiera preguntado ¿qué te apetece hacer hoy?”

Antes, ese proceso de ruptura se había iniciado más suavemente. Habían acudido a un mediador matrimonial. Este les había mandado un ejercicio, el de que cada uno de ellos redactara un texto con todo aquello bueno que veía en el otro. Lo malo no haría falta describirlo, estaría ya muy presente. Lo bueno sería la preservación de un presente anterior que no hay que considerar equivocado, anulable, sino simplemente un tránsito de obligada superación. Pero Nicole, que ha descrito en varios folios sus virtudes, a la hora de la verdad, se niega a leer ese texto ante él y el mediador. El odio se interpone en ella como un intruso del que no sabe si le podría ofrecer algún acertado despertar.

A Charlie le pilla por sorpresa recibir una demanda de divorcio. Nunca comprenderá esa nueva actitud de ella. Sigue confiando en lo amistoso que pervive en esa desmontada relación. Pero, a partir de ahora, la injerencia de los carísimos abogados va a envenenar, aún más, ese proceso de distanciamiento. Él se ve obligado a buscarse uno. El que encuentra es un hombre ya mayor (Alan Alda), experimentado personalmente en esa lides, que lo trata con humanidad, pero que le propone una cierta realista rendición, la de aceptar que Nicole siga viviendo con su hijo a 5.000 kilómetros de distancia. Él se resiste. Llorando, exclama: “Henry tiene que saber que he luchado por él”. “Recuerde que quien tiene que ganar es su hijo”, le responde ese hombre, desde su afectuosa y sabia implicación.

Charlie vuelve a un abogado anterior, al que había rechazado por sus altísimos honorarios y sus estrategias inmisericordes, pero que ahora le parece un guerrero lo suficientemente feroz para salir airoso de las nuevas circunstancias. En la escena del juicio, vemos cómo hablan esos dos letrados ante el juez, cómo argumentan la defensa de sus clientes con listezas y sin ninguna concesión a lo sentimental. Ellos los escuchan asustados, sintiéndose desplazados, usurpados. Pero también se sienten culpables cuando algo que oyen parece un juicio implacable en su contra. Sus propios abogados les recriminan algunos errores que la parte contraria se ha aprestado a airear. Algún hecho, en otro momento insignificante, pero que ahora tal vez forme parte del cúmulo de lo decisivo. Eso que el otro ha contado, tal vez no tan mezquinamente, como obligado por la presión de quien pretende defenderlo.

Cuando Charlie recibe en su casa a una experta en la idoneidad de las relaciones parentales, se pone nervioso, actúa artificiosamente. Previamente se ha preparado. Ha decorado ese nuevo hogar con cuadros de motivos infantiles, pero finalmente falla. Aquí entra en juego la comedia que, a veces, se infiltra en este drama. La experta, presenta una voz y unas maneras que sugieren una escasa fluidez mental que, sin embargo, no excluye del todo la posibilidad de una interna y peligrosa mirada implacable. Él, en su propia defensa, en su nerviosa torpeza, se hiere en el brazo, y ridículamente pretende disimularlo. Pero hay otros personajes de una simpleza mental arrolladora, como la madre de ella, como los que dirigen la serie de televisión en la que participa Nicole. Todos del lado californiano, como si Baumbach, fanático de lo neoyorkino —como sinónimo de cultura seria frente a la frivolidad angelina, como discípulo de Woody Allen—, quisiera resaltar esas diferencias.

La separación de la pareja resultaría superable, pero el conflicto duradero es el hijo, su partición en una situación tan compleja, donde lo laboral y lo geográfico se interponen. Ellos parecen menos beligerantes; sin embargo, es peligroso introducir una chispa en esa aparente balsa de aceite. Así ocurre en una visita que Nicole le hace Charlie, en esa que es su nueva casa para sus breves estancias en Los Ángeles. Empiezan hablando desde la distancia que hay entre un sofá y el sillón, pero, a medida que van pronunciando las palabras, estas los acercan, pero no para el afecto, sino para encararse y escalar hasta los promontorios donde se dicen las frases más duras, aquellas que reservaban en los más recónditos reductos de lo impronunciable. Las más despiadadas son las de Charlie contra ella, a través de su madre, de la que dice barbaridades cuando aparentemente la adoraba. Y luego ya, disparado, pronuncia las frases del odio infinito, el deseo del mal absoluto para ella. Pero son unos segundos, los que tarda en oírse a sí mismo. Inmediatamente, llorando, cae de rodillas. “Lo siento”, dice. “Y yo”, le responde ella, acariciándolo. Y es que no es tanto el dolor que se quieren infligir, solo el imprescindible para su libertad, para estar con su hijo.

Debo reconocer que, en un principio, esta película no me estaba llegando, tal vez porque odiosamente la comparaba con mi idolatrada Secretos de un matrimonio; y, sin bien, en la película sueca había una mayor profundización en las sutilezas y contradicciones que habitan el alma humana, en esta hay un acercamiento mayor a la incidencia de los distintos aspectos de la realidad (Bergman ignoraba totalmente la cuestión de los hijos). Pero, poco a poco, fui viéndome alcanzado por esta historia muy bien contada, que incluso me imponía algunos agudos momentos de emoción. Me parecieron valiosos algunos de sus hallazgos, como la fuerza de algunos planos (la excelente escena de la fría sala donde se enfrentan Charlie y su primer abogado; los contrapicados hacia los engreídos profesionales desde el ángulo de visión de los afectados; ese primer plano sostenido —sí, bergmaniano— de una magnífica Scarlett Johansson hurgando en sus heridas…) La película trata de no quedarse en las culpabilidades y pretende crecer hacia el sufrimiento que afecta a los dos, y que amenaza a su hijo.

La última escena muestra los signos de una reparación, las señales de una posible esperanza. Él ha acudido a la casa de Nicole y su familia. Pasan la tarde juntos. Cuando se despiden, él se encuentra con una sorprendente generosidad por parte de ella. Aunque esa noche no le corresponda, le ofrece llevarse al hijo. Y, luego, un último gesto, el de ella acercándose a él para atarle los cordones de las deportivas. Y, antes, un abrazo, un instante que los junta a los tres, accidental pero no falazmente… Tendrán que aprender a separar los afectos de las exigencias; dignificarse, curarse, consintiendo en el otro una libertad que apague las equivocadas afrentas.

Ejercicios de incertidumbre 17, por Javier Cebrián

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LA ESCRITURA

a ti, que sabes quién soy y quién eres

Últimamente vivo un fenómeno extraño. Observo mi vida como un espectador. Un yo omnisciente se sitúa fuera de mí y observa el transcurrir anárquico de este sujeto llamado Javier Cebrián, como un espectador anónimo y no intervencionista. Observo, espío, a un tipo extraño en su diario acontecer. Llego, por tanto, a la conclusión de que soy ficción, parte de otra ficción más radical a la que llamamos vida. Sé que soy un farsante y la verdad es que me gustaría adentrarme en la espesura, perderme de vista por un tiempo. Soy la consecuencia de mis errores y muy probablemente también la causa.  Si hay algo que detesto es la autocompasión, la autoindulgencia, en la vida y en la literatura.

Creo que me dedico a escribir estos de ejercicios de incertidumbre porque me apresto a abandonar la escritura. No es exhibicionismo, al menos no del todo. Desconozco el alcance de mis artículos aunque sí sé que mi aportación a la literatura es nimia. Es verdad que en el mundillo literario de mi ciudad debo de ser algo, no mucho, pero alguien. He hecho cosas, he publicado algunos libros, he organizado “eventos”, como se dice ahora… Son 30 años dedicándome a esta insensatez, y 37 años de escritura solitaria y autobiográfica. Toda mi historia literaria es una batalla contra el yo, en realidad lo es toda mi vida. Debo de ser un tipo raro, tengo una rara propensión a situarme cerca del abismo, a ir hacia él, es una pulsión extraña, cada decisión que tomo o he tomado me ha conducido al desastre. No hay sabiduría en mí, no hay solidez, nada que sirva a nadie para ser mejor… pienso ahora en estos versos de la poeta nicaragüense Ana Ilce Gómez1, me pregunto para qué escribo/ para qué sirven estas líneas/ si al leerlas alguien no fue mejor/ o más piadoso/ o más confiado.

Como decía antes, desde afuera me observo y me sé un falsario, no cuento, pese a que lo parezca, mi verdadera historia en mis escritos, son pura ficción. Manejo unos preceptos literarios que solo son justificaciones, metaliteratura, es decir literatura sobre la propia literatura, una meditación especular, profunda, puramente teórica y sin ánimo práctico, hacer suposiciones sobre algo que no se conoce con certeza. Métodos, conceptos aprehendidos de otros, sólidos, firmes, para saltármelos a la torera. Convierto en relato confesional aquello que es solo falacia. Porque no lo cuento todo, me guardo cosas, callo más de lo que digo, que es otra manera de mentir. Digo que lo he perdido todo cuando la realidad me dice que nada he perdido porque nada era mío. Todo es miedo, miedo a perder lo ya perdido, miedo a la inconsistencia, miedo a dañar a no sé quién… Porque la verdad daña, la verdad duele y yo no puedo afrontarla sin mecanismos de defensa.

¿Cómo se puede comprender que te dejen de amar? …

Es imposible separarse sin horror de alguien al que íntimamente has estado unido, alguien con quien se han compartido alegrías, alguien que te ha enseñado a ver el mundo de otra manera…

Ese horror solo pocas veces se mira de frente: te hace daño y te recuerda, quizás, que solo en el olvido hay consuelo; que solo no estando solo no estarás con ese monstruo que usa tu nombre y viste tus trajes, ese que es, sí, el diente de tiburón que ha desgarrado, con torpeza, el alma de quien más te quería.*

Como decía antes detesto la autocompasión, la autoindulgencia: el sentimiento de pena hacia uno mismo que experimenta un individuo en situaciones percibidas como adversas. En términos psicológicos no son lo mismo autocompasión y autoindulgencia, esta última es considerada como positiva por las ramas psicológicas más eclécticas, estas tendencias pseudocientíficas que nos empujan al abismo de la felicidad, esa otra falacia, y que nos dicen que ser autoindulgente significa tratarnos a nosotros mismos con la bondad, el cariño y la comprensión con que trataríamos a un amigo. Y no es lo mismo que ser autocompasivo, ya que este concepto se relaciona con las personas que se tienen lástima, que evitan las críticas y que no quieren interiorizar ningún concepto negativo sobre su persona. Ya lo decía Esquilo2: Es una ley sufrir para comprender, y a lo que yo aspiro es a comprender…

Ya lo he dicho, no soy tan confesional, ni tan autobiografista como algunos creéis, no lo digo todo en mis escritos, que es, como ya he dicho, otra manera de mentir, o de adulterar la realidad, en todo caso no es verdad, mi amigo ilustre Mariano Sánchez Soler3, dice que la poesía solo sirve para decir verdad y dice también que la literatura existe para que podamos explicar la verdad. Yo no estoy tan seguro de ello, para mí la literatura siempre ha sido el intento baldío de conocer y comprender el mundo, y también ha sido un camuflaje.

Hace años escribí, como decía Herman Hesse4, supe que ser amado no es nada; que amar, en cambio, lo es todo. O como dijo Albert Camus5 No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar. Y hoy, siento, sé, que estas citas y mi pensamiento de entonces no son más que falacias. Ser amado es hermoso, hoy más que nunca. Sentirse amado te induce a saber amar, así lo creo. Pero, en otro más de mis embustes, no os voy a hablar de este amor que me desangra, este amor prohibido que me revive y deshace al mismo tiempo… Saber que solo en el olvido hay consuelo; que solo no estando solo no estarás con ese monstruo que usa tu nombre y viste tus trajes. Otra vez el miedo a estar solo pese a que sabes que siempre lo has estado, miedo a perder lo ya perdido, a no estar sujeto y en el vacío. Así me siento, amado y miedoso, deseado, vivo, perdido, triste. Vuelvo a no comprender y a saber que saldré dañado otra vez, esta rara querencia por el abismo, aquí donde esperan todas las palabras que no he escrito, donde te pido que cures con un beso las angustias de mi aliento, desde esta lejanía que nos tiene de rival, donde te pido que me digas con un abrazo que la vida fue una espera y que ya no tengo que esperar, donde te pido que me beses y me regales las mieles del olvido, donde te pido que me beses porque quiero recordar**.

 

1-Ana Ilce Gómez (1944-2017) Poeta y periodista nicaragüense, miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua desde el 2006.

2-Esquilo, (525-526 a. C.- 456-455 a. C) dramaturgo griego. Predecesor de Sófocles y Eurípides, es considerado como el primer gran representante de la tragedia griega

3-Mariano Sánchez Soler (Alicante, 1954) autor entre otros muchos libros de los poemarios Lágrimas de sombra (Lunara poesía plaquette 2018), Para los que brillan con el beso eléctrico (ECU 2019) y del libro de investigación La familia Franco S.A. (Roca libros 2019)

4-Herman Hesse, (1877-1962) escritor, poeta, novelista y pintor alemán, naturalizado suizo en 1924.

5-Albert Camus, (1913-1960) novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia.

 

  • Extracto de La Historia escondida de Xuan Bello, Xordica 2019

** canción: Llévame en un beso de Paté de fuá feat Lila Downs, 2016

 

 

 

 

El verso poderoso de “Las personas del verbo”, de Rafael González Serrano, por Javier Puig

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Las personas del verbo (Editorial Celesta, 2020), es el último poemario de Rafael González Serrano. El enérgico caudal de su poesía irrumpe en el lector penetrándolo con su sustancia sugestivamente enunciadora, que se presenta como una apretada sucesión de imágenes inéditas, encontrando un cauce donde verterse seguro, sin accidentes de ritmo, desbordante de ideas que transgreden el mero pensamiento, encumbrándolo hasta las más arriesgadas exploraciones. Allí, en aquellos terrenos, el paralelismo de la realidad parece inasible. Los versos del poeta asumen el logro de una mirada muy singular, una perspectiva única, un arranque de potente luz que brota en la puntual incidencia de lo insoslayable. Es la búsqueda de una descripción que rebase la inflexible compartimentación de los conceptos, la manida y preceptiva explicación de lo extraño.

La poesía de Rafael González valientemente se presenta desasida de ostensibles narraciones que pudieran aflojar la tensión que impone a sus versos, hechos de rigurosos vislumbres, de presentimientos que llaman a los recovecos de lo más propio. Su cadencia se instala en una celebrante imaginación, en una orgía de la continua metáfora que no aspira a la exacta correspondencia sino a una certera pulsación de lo concerniente. Y es que esta voz se asienta en el ámbito de la palabra, en su pequeño universo dispuesto a una perpetua expansión creativa: “La palabra me buscaba / entre sus sílabas / con la persistencia y el afán / del explorador de acentos, / para saber si era / un devoto del verbo. / Pero había desertado / hacía tiempo / al lugar / carente de signos”.

El poema crea un paisaje imprevisto, una sucesión de voces que marcan el territorio del sentimiento: “Me persigo por ensenadas / de perfumes muertos, / por laberintos donde / los soles nacen al ocaso…atravesando inconsciente / pasillos de gasa negra, / para acabar retornando / a la orilla de mi máscara”. Son las nuevas sensaciones, o las viejas recuperadas de su postergación en lo oscuro. Es el dúctil camino de la palabra: “Buscamos en el verbo / fervores de imágenes / y esqueletos de metáforas, / en un laberinto de sospechas”.

Nos hallamos ante una poesía extremadamente alejada de lo prosaico, que se esfuerza en fundar un nuevo aliento del lenguaje. Lo inédito es aquí un camino abandonado al que se nos invita a entrar y en el que nos sentimos sorprendidos por una nueva enunciación de laberintos. No son poemas que estén escritos para una superficial atención. Si su música y su poco definida sugerencia suenan muy bien desde el principio, su superior riqueza solo se capta —o se atisba— en una o varias lecturas detenidas. No hay demasiadas pistas sino sutiles descripciones de lo realmente imaginado.

La primera parte del poemario, Desanudando el yo, nos introduce en las variables de la propia personalidad. De esta parte, destacaría el poema (ninguno tiene título) que se inicia con los versos: “Yo salí de mi patria / hace ya siglos, / y conté a los hombres / lo oscuro de la sintaxis / y el engaño de la palabra”. Y finaliza, en ese ejercicio de introspección, adherido al lenguaje, porque la palabra es, al fin y al cabo, la herramienta que sustancia nuestro pensamiento, el intento de aprehensión de la mirada primigenia, la forma que tenemos de interactuar con el mundo: “Al final no quise ver / a nadie, comí / de la flor del loto, bebí / de la fuente de la amnesia, / y me dispuse a enfrentarme / a mi mirada. / Aunque, a cada intento, / aparto el rostro de mí”.

En la segunda parte, Tu pacto con la letra, hay una indagación propia a través del “tú”: “Tú no eres tú / sin enfrentarte al espejo de los otros, / en el borde de un océano / de planetas / que giran sobre el eje / de una mirada indiferente”. Es un “tú” que sería la contemplación del “yo” caído, aparecido en el mundo: “Inventas una ventana / cada vez que miras el cielo / para poder enmarcar / la ciudad de los dioses, / y poner un poco de mirada / —de pupila y de calor— / en su cruel indiferencia”.

En Acecha su pronombre, el poeta se interna en aquello que no tiene un sujeto preciso, o no es algo personal sino a veces una indefinida presencia oscuramente ominosa: “Llegó como un puñal / que rasgase la túnica / de un consuelo inerte, / que hiriese la piel / de la imposible queja, / haciendo del aullido / la razón del firmamento”.

Coral de acercamientos / Plural de incertidumbres, es el último apartado del libro y el que contiene unos poemas cuya voz parece situarse en una exterioridad del presente, desde la que se divisan las acciones claudicadas, y revelan el sustento que transparenta las conexiones con el irreductible secreto, con la recíproca clandestinidad. “Adelgazar el verso / hasta que ellos no sepan / dónde nos escondemos / o si vosotros  nos / habéis acogido en el exilio”. Y es que hay una sensación de posición indefensa ante las abrumadoras fuerzas de lo fatalmente gregario: “Llegarán para quedarse / entre ceremonias de dominio / y atlas huérfanos  de meridianos; serán aclamados por la ofrenda / de la piedra desnuda de sal / y estómagos ahítos de banderas”.

Las personas del verbo es un libro poderoso, profundo, que crece con cada relectura. Cada imagen es un fogonazo que nos alcanza en el centro de nuestra sensibilidad, nos impacta haciéndonos sentir invitados a unas estancias en las que queda arrasado el melifluo discurso cotidiano y se alzan nuevos enclaves para la irreverente verdad.  “Queremos salvarnos con las palabras / que nombren la desdicha del silencio / y que abran la puerta del secreto”.

PROVINCIANO, por Francisco Gómez

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by David Mark

Para Angelines y Kiko

A la Chari y Pepe

Hace poco cursé “destierro voluntario” durante unos días a la capital del imperio marchito, allí donde el sentido de muchos conceptos se tambalea sin saber bien hacia dónde vamos. En el mes más esencial de mi vida junto al presente tenía que viajar, salir de mi zona de relativa seguridad para demostrarme algunas cosas necesarias.

Era un viaje interior que mi corazón me gritaba hacer (cuando siento, pienso, imagino, sueño, el corazón me grita. Lanza voces a todas las esquinas de mi ser de hombre en llamas) y uno salió airoso del envite por diversos motivos que algún día explicaré largo y tendido en una narración larga que ya preparamos.

Estuve con personas amadas que ocupan un lugar entre mis aurículas y ventrículos, en un barrio, en unas calles que me hicieron temblar por dentro. No podéis imaginar cómo… Caminé por avenidas como un desconocido más entre arterias por las que transitaban miles y miles de almas al mismo tiempo. Un completo y absoluto anónimo, un invisible entre los invisibles cuando los números de policía de los postigos parecían no tener fin, estaciones sin término entre el tráfago de la velocidad de coches luciérnaga y gentes a las que absolutamente no importaba.

Fui hasta el Instituto Cervantes para ver una exposición que tanto y tanto deseaba ver, observar, sentir, soñar y debo reconocer que mis ojos lloraron. Sí, cayeron lágrimas desde mis ventanas que trataba de ocultar entre mis manos para no caer rendido ante la vergüenza de lagrimear en público. Pero no pude, lo intenté pero no pude. Los ojos se me llenaron de sentimiento cuando leía la carta que D. Antonio Machado envió a su padre a los 17 años, las cartas sobre su estado de salud en Soria a su madre, las cartas de Leonor a su suegra, los poemas a Guiomar, los textos teatrales de Manuel y Antonio. La letra de puño y letra de mi enorme poeta amado. Escribo estas palabras y aún tengo ganas de llorar. ¡Qué tontería de hombre que no va a ningún sitio…!

Mis pasos me llevaron a un lugar donde mi cabeza trabajó durante cinco años y nadie recordaba mi estancia por aquel espacio, que sentía extrañamente cercano donde obtuve un título que hoy cuelga de la pared y suena como a lejano, remoto, extraño, como todo aquel tiempo que parece hoy nacer del sueño del ayer cuando soñaba importancias que no cuajaron, que no llevaron a aparente sitio alguno y dediqué como una canción de amor de profundis a la mujer más importante de mi vida, la que más me ha amado, la que más me amará hasta que todos nos encontremos.

Observaba la velocidad, las prisas, las colas, los edificios imponentes, las gentes que corrían no sé dónde, las luces fantasmales de la mañana, las ensoñaciones de los cielos infinitos con título de azul y rosa, las encrucijadas de los cruces de caminos subterráneos para dirimir el rumbo de nuestros días y las dudas de nuestros sueños que hoy nos han condenado al río de la mediocridad y llegué a una conclusión peregrina: que me perdonen las ciudades millonarias según las últimas estadísticas de wikipedia pero prefiero ser un hombre provinciano. Vivir en una city pequeña que no supere el millón de paisanos. Un territorio que mi corazón aún puede abarcar aunque sé bien que soy tan anónimo como en la gran metrópoli y los destinos de mis días importan bien poco a pocos.

Recordé a mi admirado, a uno de mis maestros literarios, D. Miguel Delibes de quien he leído casi todas sus novelas, cuando fui a buscar sus sendas una vez que el escritor vallisoletano había cruzado las fronteras del azul incógnito y me vino a la mente aquel momento, al principio de la naciente democracia en la llamada Transición cuando le ofrecieron dirigir el diario El País y dejar la dirección de El Norte de Castilla en su Pisuerga y el Campo Grande. Él, con uno de sus gestos serenos y meditados rehusó la propuesta para seguir creando, escribiendo desde su mundo, desde su Valladolid, desde su Castilla, con sus gentes buenas, sencillas y anónimas. Tardé en dar con su casa, donde había vivido buena parte de su vida, pero sus convecinos me indicaron: “Aquí vivía D. Miguel pero era uno más. No se hacía notar”. Ni una placa, una incripción, nada indicaba que allí había transitado la mayor parte de su vida un hombre, un escritor por quien no dejo de sentir vivo afecto y profunda veneración.

Pensé mientras navegaba por los vagones raudos de la tierra, por las calles y glorietas atestadas de humanidad y ruido, que prefería ser un provinciano, un paisano con boina interior que quiere escribir desde Elche para el mundo y contar y cantar las cuitas que a todos nos afectan, asolan y hacen vibrar y ya tener la incierta duda en el alma que estas letras importen a casi nadie pero decidido a seguir camino aún en las tardes solitarias y las noches atestadas de preguntas. Mi city, espejo de todas las cities de nuestro mundo, donde vive, ama, cree y descree, construye y destruye el hombre contemporáneo que ya no pisa suelo seguro allá donde vaya porque las grandes palabras, las seguridades se han escurrido por el desagüe de los días huidizos y las incertezas de las estructuras líquidas que ya no maneja, controla y muchas veces es incapaz de comprender.

Me quedo con esta city mediana que tiene un barrio que es como muchas capitales de provincia de este país todavía llamado España. Me quedo con sus cosas pequeñamente grandes, me quedo con sus lugares y aún espero y deseo que alguien me espere un día en algún sitio y no esté todo o casi definitivamente perdido.

Francisco Gómez

Sobre “El jugador de damas”, de Antonio Aledo Sarabia, por Javier Puig

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Una sustanciosa novela a descubrir

El jugador de damas, de Antonio Aledo Sarabia, es una novela que, si no fuera por el accidente de su provocado final, podría ser infinita. Cuando se interrumpe, rondando las mil páginas, tan solo han transcurrido un fin de semana en la vida de su protagonista; eso sí, en ese tiempo  está permitido recurrir al relato de todas las historias que se invocan a la más mínima oportunidad que los distintos pequeños sucesos van propiciando. Nos hallamos ante un relato muy extenso, pormenorizado, siempre sustancioso, que no tiene prisa, que lleva el ritmo pausado del vivir de su protagonista, Jorge Rojo, un hombre que observa la vida con detenimiento, que intenta comprender la existencia desde una lúdica actitud que se enfrente a su intrínseca amenaza.

Tiene este libro puntos en común con algunas de las más famosas obras de la literatura, pero no es en absoluto su imitación, sino que se sostiene sobre una singularidad muy definida. Como bien se dice en la presentación del mismo, en su lugar de venta (Amazon, en formato digital), recuerda esta obra a El Quijote, por estar atravesada por la frecuente inserción de diferentes historias que podrían tener una vida independiente. El hecho de que aquí la actualidad del protagonista se despliegue solo durante tres jornadas —aunque se admitan historias y recuerdos fuera de ese tiempo— nos evoca al Ulises de Joyce, que se ciñó a tan solo veinticuatro horas. Acabo de ver una película de Agnès Varda, Cléo de 5 a 7, que relata exactamente una hora y media de la vida de la protagonista. Tal vez ese tiempo de un personaje sea suficiente para describir alguna profunda intensidad que insinúe su completa existencia.

Ya se sabe que la novela es un cajón de sastre en la que caben diversos formatos y enfoques. Para que no sea un simple batiburrillo, una recolección de piezas sueltas, se le exige una cierta coherencia que no hay que confundir con uniformidad o con un relato perfectamente cronológico. Estoy leyendo lo que se empeñan en llamar “una novela” de la recientemente galardonada Premio Nobel de 2018, la polaca Olga Tokarczuk. No puede haber más oposición entre la mayoría de los diferentes textos. Hay, entre ellos, relatos completamente distintos, de gran calidad, pero también otras composiciones formadas por unas pocas líneas que esbozan una idea o una sensación escueta, al modo de un apunte de un diario. La única coherencia sería la de que todos esos capítulos se refieren, desde muchas y variadas maneras, al viaje. Los múltiples relatos que se insertan en la novela de Aledo, están entroncados en la mirada de Jorge Rojo o brotan de su mundo adyacente. Describe su vida desde un pensamiento que se revela en un tono sosegador, que quiere ser el de un inmune espectador del mundo, pero que no puede ocultar, en esa mediación de la mirada, cierta reflexividad que lo empaña. Su lúcida contemplación de la realidad es una forma de conocimiento humilde, que no aspira a alguna petulante forma de omnisciencia, sino a una suficiente erudición, a una sabiduría práctica, que es más materia de gozoso intercambio con el mundo, de divertido monólogo interior o ingeniosa charla, que una engolada aspiración.

Asistimos al trayecto de este personaje por una pequeña ciudad de provincias, Orihuela, por sus calles nombradas y comentadas, en una falsa apariencia de localismos, en un supuesto calco de vida inequívocamente cotidiana que no es tal, pues se nutre de las sutiles conexiones con el universo. Jorge es un hombre de intenso mundo interior que, a veces, en su forma más presentable, a través de una elocuente y la vez inquisitiva palabra, trasciende hasta la exterioridad de las conversaciones. Su mente está poblada por dos seres extraviados en los insondables vericuetos de la otra vida, como su mujer Herminia y su hijo, fallecidos en un accidente, cinco años atrás; y por otros que habitan recurrentemente sus pensamientos, que iluminan el cuarto de estar de su intimidad, como Emilia, esa joven estudiante de la que él, su profesor de matemáticas, está secretamente enamorado.

Lo que Jorge manifiesta en cada frase es su forma de estar en el mundo, que es una mezcla de humor, de inteligencia, de cordialidad y de recatada tristeza. Nunca tiene prisa, siempre extiende la alfombra al devenir para que este penetre en su vida, mullido y espaciado. La novela empieza y termina con sendos intentos de aproximación a dos mujeres que no pueden ocupar su vacío. Serían dos equivocaciones si pusiera en ellas una actitud de futuro, pero no son más que encuentros que propicia la inercia, la mutua sed de algún calor. Son mujeres que no le atraen sexualmente, que no le ofrecen sino una moderada distracción, a las que respeta en su simpática actitud, pero que, ante algunos de sus rasgos, no puede evitar que se accione su jocoso pensamiento.

Los demás personajes que van apareciendo por la novela son, sobre todo, hombres con quienes mantiene una relación cordial, pero solo, en parte, hondamente aproximativa. Así, ese grupo de amigos con quienes se va a pescar, de cuyas vidas se extrae alguna interesante historia; o ese hombre, erudito local, con el que se cruza en algunos bares; o ese joven ruso, una eminencia mundial en el ajedrez, pero que, sin embargo, es incapaz de ganarle a Jorge en su terrero, en el del juego de las damas.

Los límites de lo realizable o lo posible no constriñen la sucesión de relatos a los que vamos accediendo. A veces, se llega a lo fantástico aunque posteriormente se recule a través de la incredulidad del protagonista, que aplica su mentalidad científica para rebatir tantísimas creencias a las que se entregan sus congéneres, empezando por la religión. También se presenta la significativa aparición de lo absurdo, en lo que algunas veces nos recuerda el talante narrativo de Juan José Millás.

Las distintas historias son digresiones que temporalmente nos ausentan del detallado relato de la presente realidad. Pese a su singular especificidad, nacen naturalmente, eludiendo la posibilidad de lo abrupto, en un brote que se transforma en una continuidad diferenciada. A Jorge le gusta mucho ser él mismo, y se admira de la notoriedad de lo propio que ostensiblemente también se revela en los otros. Él es un hombre que acata la envoltura de la realidad desde una postura curiosa que lo alivia de una excesiva tendencia al escepticismo. Su decidida inserción en una gran cultura, a la que continuamente le busca una confirmadora aplicación, le hace llevadera una vida de la que está ausente un hegemónico entusiasmo, una alegre aceptación de sus mecanismos. Su ejercicio constante es el de hacerse preguntas de aquellas para las que uno se puede ir preparando y a las que puede contestar con la minuciosidad del conocimiento aplicado. Pero él sabe que las respuestas más decisivas son inalcanzables por la limitada mente humana y denuncia a quienes disfrazan esa obviedad con una supuesta sabiduría existencial. Al observar a los otros, echa mano de su ironía, de su perspicacia desnudadora de sus máscaras.

Aquí se habla de biología, astronomía, ajedrez, damas, historia, semántica…. Introduce así esta novela un elemento didáctico, siempre perfectamente insertado en la historia, una rica explicación de lo corriente, que casi nunca resulta abrumador. La trama básica describe una situación de lo más habitual, pero incluye una humanidad muy intensa: el monólogo de alguien que siempre tiene algo interesante que decir, de variada índole, desde lo intimista a lo profesoral. Ese talento del protagonista es el que agradece el lector, pues confiere una amenidad a la lectura que se nutre de inteligentes, perspicaces, psicológicas, graciosas conversaciones; y de esa necesidad de narrar aquello que resulta anecdótico pero que sorprende al estudioso del hombre, a un observador que afina tanto, que amplía su mirada, para descubrir, para intentar hacer manejable un mundo distantemente cautivador. No se pretende una señalización de posibles concordancias secretas, sino una rigurosa visión de lo comprobable, una mirada que va más allá de lo superficial, que transcurre entre lo microscópico y lo macroscópico, y encuentra allí, en esas inéditas escalas, la escenificación de un asombro contagioso, que apenas desfallece.

Estamos ante un libro personalísimo, que gratamente nos acompaña con esa cháchara trascendida, con lo llanamente decible elevado a la máxima potencia; y que contiene también  serios momentos autorreflexivos, nunca exentos de una ingeniosa relación. Un monólogo trufado de curiosas historias que se enfrenta a los siglos, al universo; pero también a los hallazgos ubicables en los recovecos de la cotidianidad; y a ese interno runrún del ser, a esa natural cavidad en la que residen los ecos de la propia voz, el sucesivo centro de nuestra inconcebible aparición en el mundo.

Ejercicios de incertidumbre 15, por Javier Cebrián

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“IMBRICADO”

Imbricado es una palabra, un participio, un adjetivo, que me gusta mucho. Cosas superpuestas a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Imbricar: superponer, solapar, enlazar, conectar, relacionar. Es decir, algo imbricado es algo que está relacionado, intercalado, superpuesto. Por ejemplo, en mi caso, vida y obra están imbricadas, conectadas, relacionadas, superpuestas a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Quizá, incluso, más que eso, en mi caso, vida y obra son lo mismo, se confunden, en definitiva todo está relacionado, imbricado.

El mundo no es algo, que hoy, me interese. No me resta ilusión a estas medianías de mi vida, creo que he gastado todos los cartuchos de la recámara, he malgastado todas mis balas. Me aplico a vivir, sin más, a sobrevivir, que no es poco, eso es todo. Y lo digo sin pesar, pero con algo de remordimiento. Me pregunto si he traicionado al niño que fui, al niño que sigo siendo… Me pregunto si he traicionado todas mis intenciones primeras. ¿Qué es lo que se nos lleva por delante en este pasar de los días? ¿Es nuestro orgullo, temperamento, egoísmo, fanatismo, incomprensión, falta de empatía, falta de amor, exceso de amor? Yo sé que algo me ha llevado por delante, me ha descarrilado, quizá empleo mal el tiempo verbal, ese pretérito perfecto, en realidad algo se me llevó por delante, me descarriló, en un pasado simple, o quizá en un presente de indicativo, algo me lleva por delante, me descarrila; en realidad todo es muy simple, no requiere de más explicación, es algo que se explica o debería explicarse por sí mismo, con mis escritos, con mis ejercicios de incertidumbre, con mi vida toda. Cosas superpuestas,  a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Imbricado.

Hace unos días vi en Netflix, la película Historia de un matrimonio de Noah Baumbach1, 2019, interpretada magníficamente, en sus papeles principales, por Scarlett Johanson y Adam Driver. Una especie de actualización o deconstrucción de otra cinta, Kramer contra Karmer, dirigida por Robert Benton2 en 1979 e interpretada, también con maestría, por Meryl Streep y Dustin Hoffman, de la que podemos decir que es su heredera espiritual, como escribe Mireia Mullor en su reseña en la revista Fotogramas. Hay quien la considera una obra maestra, Historia de un matrimonio: una obra maestra rota por dentro, Luis Martínez, Diario El Mundo, otros la creen insoportable, como Carlos Boyero, crítico de El País, insoportable, falsa y pretenciosamente realista, literalmente. Me da a mí que el insigne Boyero, tan egocéntrico, ha amado poco. Pero esto es también una opinión interesada.

Después de ver, disfrutar y sufrir Historia de un matrimonio, con sus sofocantes realismo y atmósfera, creo que todo aquello que yo quería expresar con estos ejercicios… ya está dicho.  Reconozco que me emocioné, que sentí una empatía interesada hacia el personaje masculino, a su forma de romperse, que es también la mía. Como a mí me gusta, en la película, lo importante no es lo que se nos cuenta, que ya nos lo sabemos, de sobra, lo importante es el modo de contarlo, y también lo que no dicen las palabras y esconden las imágenes. Lo importante son las preguntas que nos asaltan, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Dónde perdimos el amor y el respeto? ¿Cuándo dejamos de ver al otro en nuestra mirada? Lo importante es la conclusión a la que llegamos: a veces es imposible seguir juntos pese a que nos queramos, a que sigamos queriéndonos.

De entre todos sus momentos memorables destaco la interpretación por parte de  Charlie/ Adam Driver, de la canción de Stephen Sondheim3: Being alive –que pertenece al musical Company, estrenado en Broadway en la primavera de 1970- que da significado a la película. Intenso, precioso, emotivo. El protagonista se pregunta en voz alta qué es lo que gana uno casándose y empieza a cantar todas las trampas y peligros que percibe en el matrimonio. Llegado un punto de la canción, Robert (Charlie en el caso de la película) hace una transición y expresa en cambio el deseo de abrazar una relación, de aceptar que quizá sí es posible ganar algo de un compromiso, sea placentero o doloroso.*

En el momento en que Charlie canta esta canción en una reunión con sus amigos y compañeros de compañía de teatro, ya ha firmado los papeles de divorcio. No canta con esperanza, entraña otro significado, melancolía, tristeza por algo que dejó de funcionar, pero también la esperanza de recuperar ese mismo sentimiento con otra persona en el futuro. Sabiendo, también, que su antiguo amor, y él mismo, siempre estarán ahí el uno para el otro, cuidándose, queriéndose y para ayudarse a seguir vivos. Eso es algo muy difícil de explicar, algo a lo que no quiere uno nunca renunciar, el amor que fue, que seguirá siendo. Doy fe.

Todo está imbricado, superpuesto a la manera de las tejas de los tejados, de las escamas de los peces, de las hojas de los árboles. Vuelvo a dar fe.

 

Que alguien me abrace demasiado fuerte

que alguien me haga sufrir demasiado

que alguien se siente en mi silla

y me quite el sueño

y me haga ser consciente

de estar vivo

estar vivo

Que alguien me necesite demasiado

que alguien me conozca demasiado bien

que alguien me haga parar en seco

y me haga vivir un infierno

y me dé ánimos

para estar vivo

ínflame de vida

ínflame de vida

confúndeme

búrlate de mí con elogios

aprovéchate de mí

dale variedad a mis días

Pero estar solo

es estar solo

no estar vivo

Que alguien me sature de amor

que alguien me fuerce a entregarme

que alguien me obligue a dar la talla

Yo siempre estaré ahí

tan aterrado como tú

para ayudarnos a sobrevivir

Estar vivo

estar vivo

estar vivo.

 

 * ‘Historia de un matrimonio’: qué significa que Adam Driver cante ‘Being Alive’

por Emilio Domenech. Vogue.

1-Noah Baumbach, ( 1969) director de cine y guionista estadounidense, ha dirigido entre otras películas The Squid and the Whale (Una historia de Brooklin), 2005;  Mistress América 2015.
2-Robert Benton, (1932) director de cine y guionista estadounidense, ha dirigido entre otras películas Kramer contra Kramer , 1979; Al caer el sol, 1998; La mancha humana, 2003.
3-Stephen Sondheim, 1930; compositor y letrista estadounidense, especializado en el género musical.

LA PALABRA PARA TODOS, sobre ” No dejemos de hablar” de Ada Soriano, por Francisco Gómez

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Uno siempre ha pensado que la poesía tiene que llegar a las personas. Cada poeta, como único degustador de las tres heridas, tiene su propia visión de las cosas; de las sensibles y las interiores que a veces son más sentidas que las luces externas. Acercar el hecho poético, la voz de los poetas al público lector, al iniciado y al que quiere sentir a través de las palabras que forman cada poema es un esfuerzo digno de admiración y aún más de seguimiento. La poesía, las palabras que definen nuestros momentos, nuestra relación con el mundo y con nosotr@s mism@s han de llegar a la persona que está en la calle a la espera del autobús, a la madre con su bebé en brazos, a quien espera a la persona amada. También una palabra para agarrarse en tiempos de desconsuelo, incerteza, desolación.

Decía D. Pedro Salinas, poeta no sospechoso de amar los versos y sus contenidos, que “El amor salva”. Digamos, como dice Ada Soriano en su libro de entrevistas “No dejemos de hablar” a 19 poetas que han visto la luz desde los 50 a los ochenta del XX siglo, editado por la editorial Polibea en su colección La espada en el ágata, número 24, que la palabra salva y ella reivindica a través de esta vertiente nueva, su faceta de periodista cultural, de investigadora de la poesía y sus voces para hacerla llegar a todos sin lenguajes crípticos.

Me gusta esta faceta de Ada. Realizar entrevistas a escritores y poetas es del agrado de uno pues el género de la entrevista es el preferido por quien escribe que también es un periodista en la reserva. Quizás sea la mejor forma de hacer llegar el mensaje, la canción de cada poeta a cada lector, desde la voz y la palabra y la forma de entender su relación con la poesía y el mundo.

Cleofé Campuzano, Carlos Javier Cebrián, Alberto Chessa, Antonio Enrique, José Luis Ferris, Ilia Galán, Manuel García Pérez, Rafael González Serrano, María Ángeles Manzano Romera, Marina Oroza, María Antonia Ortega, Esther Peñas, José María Piñeiro, José Manuel Ramón, Marisol Sánchez Gómez, María Engracia Sigüenza Pacheco, Rosario Troncoso, Almudena Urbina y José Luis Zerón Huguet forman el grupo entrevistado para desvelarnos con inteligencia y sensibilidad sus inquietudes, afanes a la hora de contar, cantar, sentir y pensar la vida a través de líneas llamadas versos. Afán que ha cultivado Ada Soriano en entrevistas personales y gran conocedora de la obra de cada autor o autora y publicado en medios digitales como el periódico Mundiario y el blog de Frutos del Tiempo, según ella misma indica en la nota introductoria al libro.

Ella misma nos desvela el motivo que le llevó a elegir este título. También me gusta rendir buenas cuentas como Ada cultiva. “No dejemos de hablar” es una frase muy utilizada, tanto en sus conversaciones como en sus escritos, por el poeta Miguel Ruiz Martínez, fallecido en marzo de 2009…”.

Uno estima que el propósito que se ha marcado esta también gran poeta de la esperanza a pesar de todo, lo ha logrado. Llegar a un público lector a quien la poesía le parece un mundo inalcanzable, unas palabras que no forman parte de su vida, que no integran el corpus de su diccionario interior, que no son una vela para agarrarse con los vaivenes del tiempo, de la vida, del misterio en las inciertas horas que a todos nos azotan o en los días vestidos de alegría y de sol aunque las sombras no amainen.

Leeremos a los 19 poetas que nos abren sus puertas para tratar de entender las heridas y lamen nuestros desvelos. Y a una más. De nombre: Ada Soriano. Poeta y periodista de la palabra sensible en el tiempo y en el corazón de las cosas que nos importan. Gracias por no dejar de hablar.