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Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.
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LADRÓN DE FLORES, por Francisco Gómez

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Uno teme la llegada incógnita del último día cuando se acaben las urgencias temporales y tenga que presentarme ante las altas instancias no terrenales (uno sigue en la creencia de cosas que hoy parecen anticuadas, fuera de este tiempo rápido y líquido) y se presente ante las puertas del Cielo, más allá del azul, hoy misterioso, ante la presencia de Pedro, el guardián de las llaves, el poseedor del pasaporte a la vida después de esta vida y me diga admonitorio:

-¡Qué has hecho, hijo mío…!

Y uno (no sabe ya si con cuerpo mortal, brazos piernas, ojos, pecho y todos nuestros aditamentos) pueda resoplar preocupado por la suerte que le toque y la preocupación en el semblante (si aún lo tengo, no sé…) por la incierta posibilidad de no traspasar los umbrales que abran las puertas para estar con quienes más ansío por toda la eternidad. ¿Suena largo esto de la eternidad, in secula seculorum? ¿Qué haremos con tanto tiempo libre…?

Trataré de explicarle que cometí un pecado grave por amor a mi amiga que se fue antes que uno. (Tantos pecados hemos pertrechado ya, tantos que no sabemos si caben en los pelos de nuestra cabeza aún con cuero cabelludo). Sí, sí… ¿os acordáis de una cosa que se llamaba o llama pecado y conciencia de culpa que antes se llevaba cuando creíamos en ellas más que en los horóscopos, los designios del tarot, las constelaciones familiares y toda la ralea que hemos sustituido porque el hombre parece que siempre necesita mitos, leyendas, historias para guarecerse ante la llegada de la noche y sus misterios, silencios y preguntas que necesitan respuestas. Respuestas para no caer en desalientos ante el sinsentido, el absurdo, los juegos burlescos del azar…

Le diré al pescador de hombres que lo siento, lo siento. Sí, cometí, cometo, he cometido pecado grave de desobediencia, rebelión y si me quedan lagrimales en las ventanas, le pediré que me deje entrar, que no quede fuera, como el tríptico de “El jardín de las delicias” donde los justos y puros y buenos entran y los pecadores, los indignos, libertinos, malvados y canallas se dirigen con desesperación al reino de Hades, aferrándose con angustia y las uñas destrozadas a los últimos resquicios de esperanza con destino al abismo.

Le discutiré con vergüenza y arrobo que lo hice porque me dolía ver la tumba de mi amiga sin flores. Sí, es cierto, tienes toda la razón. Quité flores de difuntos recién idos para ponerlos en los jarrones secos, mustios y aletargados de mi amiga. Me duele la rapidez de ver cómo olvidamos, cómo los que fueron y significaron, dejan de estar en nuestras agendas cuando marchan al otro lado. La agilidad de nuestra memoria para pasar página en estos tiempos fugitivos, alados que no esperan a nada ni nadie. Cómo caen los símbolos y casi nadie los recuerda porque no hay tiempo para detenerse. Que allí sólo hay huesos y nada más. Muchos siguen sin entender nada… Así giran hoy las cosas…

Le diré que a pesar de mis nulos méritos y escasas capacidades, no dejé de creer a pesar de todo. Pero no podía soportar la tumba de mi amiga olvidada, desangelada, sin el colorido de las flores que adornen su estancia junto a su querida madre, que tanto y tanto la quiso tras su marcha y uno fue testigo de amor de aquella buena y sentida señora. Y sí, se las quité a otros, que tenían muchas y ya procuraba uno que no se notase en demasía la carencia de algunas en sus tumbas.

Los ojos de arriba habrán visto muchas veces mi caminar entre la niebla de este pobre hombre en ruinas por este vía crucis sentimental que cada día es más largo, con más paradas para hablar con quienes estimo y anhelo que me esperen tras el azul maravilloso y mediterráneo del misterio.

Si tengo suerte y el guardián celestial comprende pues antes que santo y jerarca fue hombre, que pasaría las suyas por Galilea, me arreará un pescozón en la nuca (suponiendo que uno la mantenga) y diga con una sonrisa de sorna:

-Anda, tira “pa” dentro. ¡Menuda pieza estás hecho! A ver a tu amiga y a los que te esperan ahí dentro. No sé si te lo mereces pero venga que hay más esperando…

Y con los ojos arrasados espero entrar para ver cómo es todo aquello mientras los que amo, estarán ahí. Esperando. Incluida mi amiga a las que tantas flores puse porque uno no olvida y siempre recuerda.

Francisco Gómez

Sobre El fuego del mar, de María Engracia Sigüenza Pacheco, por Javier Puig

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Tenía muchas ganas de sumergirme amplia y detenidamente en la poesía de María Engracia Sigüenza Pacheco, de la que había recibido, primero aislados destellos, y luego una mayor visión en la lectura poética que hace un par de meses compartiera conmigo en Orihuela. Ahora, por fin, disponemos de parte de sus poemas reunidos en un libro extenso, El fuego del mar, editado por Celesta, rico en su elaborada verdad, en la sabiduría de sus dudas certeras, de sus preguntas esenciales, un poemario que logra aunar la diversidad en una dialogante coherencia.

Un poeta debe pretender que de su libro resulte un aporte de genuinas observaciones de la vida, una feliz confluencia desde lo inesperado. En este sustancioso libro, María Engracia lo ha conseguido casi siempre. Con un lenguaje sencillo, ha sabido transmitir a un público relativamente amplio un sentir nada superficial. La autora ha alcanzado en muchos momentos aquello que el lector espera de una obra literaria, que le ponga palabras a sus mudas pero fuertes sensaciones, que construya un universo lingüístico que podamos compartir.

El poemario se divide en tres partes diferenciadas, aunque claramente asignables a una misma voz. Las temáticas o los enfoques son tangencialmente distintos. Así, en la primera, El espíritu de Gea, encontramos ya esa sensibilidad enfrentada, ese amor a una vida tan vulnerable por la amenaza de la desazón y de la muerte. En Deseo, el don del sexo es ejercido con fruición, utilizado como ardiente oposición a la muerte: “Quiero la miel salvaje de tu boca /… / Quiero ahogar el miedo/ en el mar de tu garganta, / incendiarme de vida/ en la llama de tus labios”. He aquí una de las múltiples referencias a ese fuego que – junto al agua – es origen y persistencia de la vida, y es núcleo recurrente en este poemario.

En Todo, se explicita esa resolución de no renunciar a ninguna de las caras de la vida, incluso a las más ominosas y crueles: “El amor sin límite / y el dolor sin medida. Todo”. Lo que se propone es una vida incandescente, una mirada abarcadora. En Fuego, se ahonda en esas contraposiciones: “Contiene el caos del universo / y el orden de la vida”. Aquí no hay fusión con el mundo, alianza apaciguadora con las fuerzas adversarias, sino lucha candente. En el poema Paradojas, se ejemplifican algunas de las ideas transversales en las que insisten estos poemas: “A veces la noche está viva / y el día trae la muerte / con los sables del sol”.

Dolor me ha parecido uno de los mejores poemas de esta primera parte. En sus versos, se expresa una de las más recurrentes ideas con las que nos encontramos: la empatía con el sufrimiento ajeno. Porque no es este poemario una reivindicación de una lucha exclusivamente propia sino que la misma está enlazada con el hermanable sentir de la humanidad; y eso, los lectores lo notamos desde el primer momento: “Duelen los abismos de la humanidad. / Duele la inocencia asesinada/ en los altares de la infamia”. Pero la autora no se conforma con esa constatación, con esa obviedad y, en su línea de profunda indagación de las contradicciones, nos dice. “Pero el dolor nos cura, / el dolor se enfrenta a las heridas, / el dolor siente, sufre, lucha / vive y nos hace vivir”. Y, en esa defensa del sentimiento encendido, se atreve a ir más allá: “La indiferencia es la Muerte”. La reacción ante la adversidad siempre está evocada, las propias fuerzas se extraen de la colisión con el supuesto enemigo: “Con el hilo invisible de la rabia/ tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, / y el dolor alumbrará belleza”.

En la segunda parte, Atenea y las Musas, María Engracia recorre esas figuras del arte que, con su lucidez, también han configurado nuestra compleja visión del mundo. De esta parte destacaría Un Viento salvaje, donde la autora vuelve a preguntarse sobre lo grande. Le inquiere a lo decisivo una respuesta que no llega y que acaba surgiendo, vitalista, en el propio interrogador: “Y solo queda, vivir, vivir/ y escuchar a los muertos. / Mientras, entre las tinieblas, / el francotirador aguarda”.

La última parte, La mirada de Cronos, es la más dramática, en la que está más presente la muerte; y también aquella que alberga los versos más intensos, el enfrentamiento más directo con una verdad a la que se le reconoce su supremacía frente a la gran pequeñez de la condición humana. Y es que, frente al Tiempo, hay una guerra desigual, en la que el ser se alivia con la momentánea satisfacción de la humana voluntad: “Yo lo desafío: / delante de sus ojos / me inyecto la médula de la vida”. El poemario avanza hacia una reconciliación, hacia un reconocimiento mutuo en la vida. El tiempo es de lo que estamos hechos. Nos acoge y alimenta en cada instante de nuestra existencia. Otro de los poemas, Tu recuerdo, es un emocionado ejercicio de conexión con lo ausente, con el padre fallecido que aún habita en los pliegues más ocultos de uno mismo. Es ese reencuentro ansiado la reconstrucción imaginaria de una presencia que reside en lo ignoto.

En La visita hay un recorrido por las imágenes más emotivas de un pasado siempre amado, un retorno a la infancia para recuperar la mirada más pura, aquella que nace exenta de palabras, de cálculos, de construidos deseos, y que es presente continuo, desnuda experiencia que penetra sin filtros en la memoria, que nos detiene y nos invade con una pregunta esencial que no logramos entender.

En Vivir encontramos de nuevo la llamada a la lucha contra la natural adversidad como acción necesaria: “Deja que ardan tus pupilas / para ganar otra batalla perdida, / y prepárate para vivir muriendo”. El bien de la vida es nuestra capacidad de lucha, sin la que estaríamos inmersos en la rendición más aniquiladora. Despedida nos habla de otra presencia de la muerte, esta vez la de un niño, expresada siempre desde un alzamiento de la mirada, desde lo oscuro hacia los atisbos de la luz: “Una pena negra y silenciosa / que eterniza la luz de tu sonrisa”, “un recuerdo que nos une / para siempre / a las flores de la tierra”. La Herida es uno de mis poemas favoritos del libro. Me parece magistral, redondo. Encontramos en él esa asunción de que la vida produce daños que marcan.

Resurrección es otra confirmación de esa vital necesidad de salir de los golpes que nos encierran y nos abruman entre los ecos de la negritud. Y es que estamos ante un poemario que no se arredra ante la contemplación de esas sombras que son avanzadillas de la muerte. En todo momento vuelve a esa convicción que exalta y enaltece: “El arrebato de sentirme viva”.

El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida. Propensos a las recaídas, lo único que procede es levantarnos incansablemente y rescatar esa, a veces, sepultada alegría de estar vivos. Es este libro la descripción de una guerra entre las luces y las sombras. María Engracia Sigüenza no nos ha ocultado ninguna dura verdad pero tampoco nos ha escamoteado el camino de una apasionante pervivencia. Como bien dice en su último verso: “Ha llegado el momento de Vivir”.

Miguel está en las calles por Cecilia Guillén Montiel.

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“MIGUEL ESTÁ EN LAS CALLES”

Texto: Cecilia Guillén Montiel

Fotografías: Gaspar Poveda Grau

 

Sobre el gris asfalto, en  las blancas fachadas, en “la huerta ebria de luz”1, y en  su río eternamente  sediento. Encima de ese tejido habitado donde cada día pulsa el corazón  de los oriolanos, unos versos en el suelo, una imagen nueva, una escultura en medio de donde todo fluye, reafirman la presencia de quien siempre estuvo en sentir de algunos, y  ahora forma parte del alma de muchos.

 

Ese muchachón de ojos abiertos y mirada fagocítica nunca se pudo sustraer al devenir de su historia: la naturaleza, la literatura, la religión, la guerra, las injusticias, la muerte.

Y sus “grandes ojos azules abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante”2.

Pero siempre supo impregnar de pasión  cada circunstancia de su vida al beber sin límites de ese  manantial cristalino que es un corazón veraz. Incluso en los momentos más duros y bajos de soledad, de pérdida, de lucha o cárcel,

el amor y sus frutos se transformaría para él en la única razón postrera: “Para el hijo será la paz que estoy forjando / Y al final en un océano de irremediables huesos /

tu corazón y el mío naufragaran, quedando / una mujer y un hombre gastados por los besos”3.

Y Miguel se dio: “crujiendo / con amor, como tierra, como roca, cual grito / de fusión, como rayo repentino que a un pecho / total único del vivir acertase”4.

De la mano de sus verdaderos amigos como “Carlos Fenol, Ramón Sijé,  José Bergamín, José María Cosío, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda entre otros,”5, que le abrieron  las puertas; Miguel  desarrolla su verdadera esencia: el instinto iluminado por la palabra, la palabra poética, “¡Palabra mía eterna!”6.

 

Sus palabras  omnipresentes en la ciudad, vuelan y trascienden no por la idea, sino por ese símbolo alado y volador como la paloma: el sentimiento que  transforma en símbolo a la poesía.

 

 


Emblema  que ilumina  su lengua comprometida: esa “paloma… llena de papeles caídos”7  y que es  reflejo de su dolorido sentir en  la auténtica y solidaria pena que le produce la injusticia: “me duele este niño hambriento como una grandiosa espina”8.  Pues, sin dudarlo, “quien lo necesitara a la hora del sufrimiento o la tristeza, allí se encontraría en el minuto justo”9.

Palabras que son golpes en la boca  de un hombre fieramente humano que desgrana, en cada estrofa de su “poesía pura” y viva,  firmes latidos que impele al mundo “la áspera belleza tremenda de su corazón arraigado”10.

 

Una voz  intensa que no  se puede enmudecer, ni contener porque es del hoy y del mañana  y de cada hombre que en cualquier lugar del mundo ame con pasión la poesía.

Una fuerza telúrica que emana de sus raíces profundas, “venía de la tierra, natural”…11  tenía “Una cara  de terrón que se saca de entre las  raíces y conserva la frescura subterránea “12. El decía: “Me llamo barro, aunque Miguel me llame  Barro es mi profesión y mi destino 13. Y “Ese barro, que da moreneces a su piel y que le curte en los entresijos del espíritu es barro de Orihuela… Es el barro dignificado y vivificado en la dureza del canto que rueda por la sierra, en la voluntad de grama que trepa por los márgenes, en la airosa ascensión de la palmera…”14.

“Ya hace mucho tiempo que el muchachón de Orihuela se ha levantado entre los azahares “15. Miguel está en calle, en el suelo, en  cada esquina, y sus robustas palabras evocan  nuestra memoria y nuestra conciencia. Ya no precisa “¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen!”16 . Porque es él quien con su claridad  nos ha tocado las fibras; porque es él quien  nos ha revelado que “la palmera golondrina y barro humilde del río son esencias “que perdurarán siempre en el  alma de nuestra Oleza.

Bibliografía:

1- “¡Marzo viene ¡” Poemas sueltos ((1936).  Miguel Hernández.

2 -“Elegía” Nacimiento último (1953)- Vicente Aleixandre.

3- “Canción del esposo soldado”. Viento del pueblo  (1937) Miguel Hernández

4-“Elegía” Nacimiento último (1953)- Vicente Aleixandre.

5-  Antología Poética (2000). José Luis Ferris

6- “Palabra mía eterna” .Eternidades (1916-1917). Juan Ramón Jiménez.

7- Residencias en la tierra. Pablo Neruda (1933)

8- “El niño yuntero”. Viento del pueblo  (1937) Miguel Hernández

9- Miguel Hernández en la memoria de los poetas de su tiempo. Cuadernos hispanoamericanos. (2010). Martínez Sarrión, Antonio

10, Orihuela de la mano de Miguel Hernández. (1997). Jesucristo Riquelme

11- Orihuela de la mano de Miguel Hernández. (1997). Jesucristo Riquelme

12 – Confieso que he vivido (1974). Pablo Neruda.

13– Orihuela de la mano de Miguel Hernández. (1997). Jesucristo Riquelme

14-  -Antología de  escritores oriolanos .José Guillén García.

15- Miguel Hernández en la memoria de los poetas de su tiempo. Cuadernos hispanoamericanos. (2010).  Antonio Martínez

16-  Miguel Hernández en la memoria de los poetas de su tiempo. Cuadernos hispanoamericanos. (2010).  Antonio Martínez

Mi tío Jesús, por Francisco Gómez

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Últimamente estoy triste, con ganas de poco. Todo me cuesta mucho, lo reconozco. Nunca he sido la alegría de las fiestas pero ahora, en este momento, arrastro mi desconcierto y dolor por las calles como puedo. No me importa reconocerlo en público con estas palabras porque escribo con mi verdad por bandera y hace tiempo he decidido ser ante todo y sobre todo, fiel a mí mismo.

Camino las avenidas de mi city dura e indiferente con la vista fija al suelo porque mirar la línea del horizonte se me antoja un duro ejercicio de incertidumbre. El pasado durmió, el presente es una niebla que espesa la mirada y al futuro ni se le conoce y menos intuye.

Me cuestan las cosas mucho; leer, apenas escribo (este es uno de los pocos artículos que he derramado al papel internáutico en tiempo). Mis amigos que tanto me aprecian (nunca sabré devolverles en buena lid la medida de su amor incondicional) dicen que vaya a los sitios y a veces lo hago, pero me cuesta mundos. Camino con la desolación a cuestas y un velo de inciertas tinieblas cubre mi retina.

Uno es un jilipuertas por muchas cosas y llevo marcado a fuego la “P” en mis espaldas, cansadas de tantos quebrantos y golpes inesperados en las entrañas. Doblado, sigo camino como puedo. Sé que cuento con la comprensión de algunas personas y las manos amorosas que entienden en silencio del Hacedor

Os diré que en mi corazón caben muchas personas, que muchas/os tenéis un huequecito en mis aurículas y ventrículos de hombre en llamas que nunca llegará a nada, un perfecto anónimo que no hará realidad sus sueños y que os sonríe con un gesto que esconde la derrota del payaso.

Lo digo porque últimamente me han dado noticias sobre la salud de personas que quiero y me han hecho temblar los cimientos. No imagináis cómo… Terremotos en mis sentimientos y emociones que cuesta entender, manejar, comprender. ¿Por qué sobrevuela la desgracia en tiempos que parecían de bonanza? Lo reconozco. Soy un pobre tonto, ingenuo caminante que cada vez entiendo menos, casi nada…

Mi queridísimo tío Jesús, al que tanto y tanto estimo (escribo con lágrimas entre mis dedos) tiene un Alzheimer y Parkinson galopantes y verlo así, con lo que él ha sido para mí, y los recuerdos que me visitan de tantas historias juntos, tantas palabras, tantas anécdotas, tantos códigos que sólo sabemos él y yo, me escuecen como fantasmas que visitan mi ayer y hasta hace nada el hoy fugitivo. Se me han abierto las heridas por varias cosas y una de ellas es verlo así, cuando es difícil mantener una conversación, cuando necesita de los cuidados permamentes de mi tía Clarita, toda amor, toda abnegación hacia él, toda atención amorosa a su marido que estas inútiles palabras son incapaces de explicar. Vuelvo a recordar la enfermedad de mi buen padre que también padeció Alzheimer y un río amargo y triste me sube a la boca y desemboca en los ojos cansados de tantas batallas y tantas derrotas. A veces los fantasmas me visitan y dejan noches insomnes con personas y recuerdos que van y vienen, imposibles de contener…

Algún día tendré que escribir largo y tendido de la relación que he tenido con mi tío Jesús y su amor por su pueblo, El Toboso, al que él y yo hemos ido tantas veces, para reunirse con sus hermanos. No tengo palabras para describir el amor que le tiene a su pueblo, sus hermanos… No cabe en estas líneas. No cabe en estas hormigas negras. No cabe por mucho que escriba. Las relaciones tío-sobrino no se han prodigado, que uno sepa, mucho en literatura y ahora tengo un agujero hondo del que mana un venero dulce y amargo que algún día, cuando tenga más ganas de escribir, intentaré describir con palabras huidizas. Estoy seguro que para mi tío Jesús Rodríguez García he sido, soy, el hijo que nunca tuvo y ahora con la carrera de los años, lo entiendo perfectamente porque yo soy tío, no tengo hijos y mi sobrino es como un hijo también para mí.

La otra mala nueva que me asola es la enfermedad de un buen amigo, también de nombre Jesús. Una patología, al parecer, de difícil curación. Recibí la noticia como un bombazo al corazón y estuve días pensando y pensando… Cómo nos sobreviene la desazón en tiempos de alegría, cómo es posible tanto golpe inesperado y cervical… Tantas y tantas tardes y noches al borde del desencanto y con nuestras rubias nocturninas acariciándonos los labios o los cubatas en la quilla de aquel lugar, hablando de libros, de escritores, de literatura, nuestra amante incondicional que paga con desconcertante precio a sus hijos… Me decías que nunca llegaremos a nada en este oficio inquietante de escribir, que nadie se acordará de nosotros cuando en los créditos salga el “The end”, que nuestros libros caerán en el olvido y el polvo de las estanterías, que tantas/os han escrito y escribirán mejor que nosotros. Nuestro reto a la posteridad caerá en el lodazal del olvido… Aquella tarde que fuimos a presentar tu última novela en una librería de Alicante. Y luego tú y el mua irnos antes y después a tomarnos unas rubias y devorar los misterios de la noche.

Recordaré siempre la maldita fecha. Abril. 30. Un mes y un día terribles sobre mi corazón y cabeza. Fui a visitarte a la arquitectura más hambrienta de esperanza mientras afuera caía una lluvia mansa. Unas gotas de agua que circulaban por mi epidermis, no sé si tratando de consolar un corazón en dudas, mientras adentro caía una lluvia ácida, una lluvia devoradora de las certezas, de las posibilidades. Una fuente venenosa que hablaba de que ya no habría claridad, todo provisionalidad en este tiempo oscuro sin visible salida.

Me viste y comentaste: “Ché, Paco, tú por aquí”. Y uno: “Que no tenía nada que hacer y digo, voy a darme un garbeo por aquí”. Y hablamos poco y lento. Tú mirabas como a las interrogantes que se levantaban entre las paredes blancas, frías, asépticas y yo no sabía muy bien qué decirte, al tiempo que la lluvia me calaba por fuera y por dentro. Seguro que echabas de menos fumarte uno tras otro tus cigarrillos en pose elegante y desencantada pero la gente guardiana de blanco no deja echar un puto pitillico a la boca y un trago al cubata sediento de esperanzas.

Gentilmente me dijeron que marchara y uno siempre ha sido un tipo obediente aun en las noches preñadas de preguntas y marché de tu vera con la tristeza callada y el ruego de que mejores.

Últimamente rezo mucho. Platico con el Hacedor por las personas que quiero y están enfermas. Por mis amados Jesús, por Paco, por la madre de una persona muy importante. Supongo que tendrá dolores de cabeza con mi absurda letanía pero sé lo que hago y espero con la incierta interrogación de los días.

Os quiero. Conmigo vais. Mi corazón os lleva.

Francisco Gómez

Sobre los pequeños grandes libros de cuatro poetas ilicitanos, por Javier Puig

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Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Recientemente, se han publicado y presentado de forma simultánea cuatro plaquettes de poetas que residen en Elche. La menor amplitud de estos libros, de cuidado diseño pero escuetos en tamaño, podría sugerir, en principio, un aprovechamiento de obra menor, algo así como un cúmulo de salvables excedentes, que se presentaban así, con humildad, en grupo, diluyendo momentáneamente la individual importancia de estos artistas que tienen una valiosa obra aparte. Pero este posible prejuicio no ha podido maniatar mi sorpresa, al ir comprobando en esas páginas una calidad en absoluto lastrada por una desfavorable criba previa. Claro que, de estos cuatro poetas – dos mujeres y dos hombres –, solo conocía la obra de Cebrián y de An Yi Campello. No sé –aún – qué lugar ocupan en la trayectoria de Manuela Maciá y de Pedro Serrano estos intensos libros con los que me he iniciado en su obra.

Vida de poeta me ha supuesto la vuelta a una obra, la de Cebrián (aquí Carlos Javier), que me ha resultado siempre entrañable, por su insobornable autenticidad, y necesaria, por su potencia creadora. Leer a este poeta es siempre avanzar en el conocimiento del hombre que ha compuesto esos versos: “Mis poemas: sangre derramada”. Cada uno de ellos es precisa afirmación de lo que lo constituye, de la configuración personal que, entre el sentimiento y la autorreflexión, va consolidándose en una vida amadamente irresuelta.

Inicia Carlos Javier Cebrián esta plaquette con una primera parte, a la que llama Separata, en la que reúne expresiones poéticas – tangencialmente aforísticas –, aisladas u otras veces agrupadas en forma de breve poema. Aquí aparecen versos aislados, que son promulgaciones de su ser poético, una forma de autorretrato, o de retrato de aquel mundo que lo delata: “Poema: mi confesionario”, “el problema es que la vida no se comprende”, “soy animal herido”.

La segunda parte, Vida de poeta, no alberga poemas menores, sino que añade nuevas piezas capitales a su obra. Aquí prosigue con esas declaraciones personales que dirige – a veces a través de destinatario interpuesto – abiertamente a un público lector del que espera una sensibilidad comprensiva. Aunque no las tenga todas consigo, y mantenga ciertas reservas de rubor, la de aquel que duda de la amplia licitud de su discurso: “Aceptar por fin/ en qué poco estimáis/ esta mi consabida perorata”. Este pequeño libro, el más corto de los cuatro, finaliza con una Coda, unitariamente compuesta por La mirada de Josefina, que es un sentido homenaje a un amado y trascendente paso por la vida.

No conocía la obra de Manuela Maciá, pero estos Brotes que le he leído me han resultado una gratísima sorpresa. Están constituidos por poemas en prosa que me han impactado por su riqueza expresiva. Se componen de una corta, armónica sucesión de frases de ascendencia claramente poética. Su clara densidad está hecha de la captación de preciosas sutilezas que expresan agudas contradicciones. La autora se centra en un tono intimista repleto de imágenes bellamente elocuentes. No hay frase baladí, ni metáfora sin belleza o sin acierto, en estas lúcidas inmersiones en tan perturbadoras vivencias. Cada entrada es una variación sobre el tema del amor – del desamor – y podría ser perfectamente un fragmento de un hermoso diario. Son poemas del desencuentro, de la extinción, de la confrontación sentimental, de la repentina extrañeza del otro. En el desvelamiento de las ocultaciones del sentir, en el aprendizaje del desamor, siempre halla las precisas y rumorosas palabras: “Soy como un párvulo que ha de aprender a no amarte”, “fue hermoso, fue bello, nos amamos con intensidad, con ternura, incorrectamente…”, “estoy en la adolescencia de mi dolor y mi única esperanza es crecer para olvidarte”, “ya no eres tú, hace tiempo que te fuiste y por mucho que lo intento no logro hacerte regresar”.

La expresión del decaimiento está muy lograda: “En los bolsillos de la noche se esconden melancolías que las manos clandestinas oprimen”, “regreso con la tristeza pegada a mis espaldas, a donde mis manos no alcanzan, para poder alcanzarla”, “¿por qué crece el llanto dentro de mí y no quiere desbordarse? Rebusco en los rincones de mi alma y descubro un baúl de razones dormidas que no deseo despertar”. En la parte central, también Manuela Maciá incluye unos registros breves: “Cuando el dolor se haya ido ¿me quedará el consuelo de verte feliz?”, “ternuras muertas me rodean ancladas en mi sombra”. En fin, un gran descubrimiento.

La obra de Pedro Serrano también me era desconocida. Sus versos me han parecido la expresión de un carácter insumiso. Si fueran pronunciados en la calle, sin previa advertencia, el tráfico de los viandantes se detendría bajo el peso del sentimiento de una admonición. Se habría roto el consenso de la mentira, se habría osado argüir lo innombrable. Los poemas que componen su Falta de perspectiva son a menudo aforísticos, o bien telegramas de una suavidad muy frágil, presta a diluirse en las contundencias necesarias. La exigüidad en los versos es aquí altamente beneficiosa, concentra los novísimos mensajes, impide fugas del lector presto a eludir esta poesía incisiva. Hay aquí una continua rebeldía contra el silencio o el disimulo de las palabras, una incansable búsqueda de la invención de la verdad insoslayable. Pedro Serrano ha sabido percutir con tiento, desde la resolución de hablar claro, de no apartar la mirada de lo ingrato, algunas formas secretas de lo sagrado: “No caigas en la tentación de morirte antes de tiempo./ Previamente come de la fruta que otros no quieren./ Bebe el vino que toca la piel, sin decoro, /deja que las manos hurguen en tu sombra./ Sí, y tiembla”. O este verso que es fruto de su sabia ironía: “Practica la tardanza en las costumbres”. Pues eso: un decir imprescindible.

Después de Malasia en el corazón, estos poemas de An Yi Campello, reunidos en El vuelo de la grulla, me han reinsertado en ese ámbito de serenidad que sabe establecer la autora con sus nítidos versos. Sus palabras son una pacífica transcripción de las sensaciones más aquietadas, un homenaje a la beatitud, un manifiesto a favor de las dulces bondades de la paz mental. Pero también “una memoria de la emoción”: “Mi madre no es recuerdo,/ es vida en el milagro”. Lo suyo es la devoción por los nexos intensificadores de la vida, los que se establecen entre sus relevantes estancias y un yo que transcurre incitado dentro de su angosta plenitud. An Yi Campello está muy atenta a los mensajes que nacen en las cosas, a las sinestesias, a todo lo sensorial, a los enlaces que promueve la contemplación y, sobre todo, al silencio, en el que vuelve a insistir en la última parte de este grato poemario, donde se consigna esa calma que regenera la pulcritud en el vivir. En el último poema, El gran silencio, que dedica a su madre, se enlaza esa paradójica riqueza sensitiva, la del silencio, con la emoción de la primera parte, y así todo cobra un sentido integrador, una dirección hacia lo esencial que aquí se palpa desde las luminosas palabras.

Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

La primera división literaria en la city. Ciclo La Dignidad de la palabra 2018. Por Francisco Gómez

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Uno no deja de sorprenderse en esta “city” que al cielo mira, más conocida como Elche, donde vive y muere cada día. Han acabado ya las terceras jornadas (tres años consecutivos ya, tres escalones bien trenzados) que la concejalía de Cultura en coordinación con la asociación cultural Frutos del Tiempo ha dedicado a la literatura en la city.

Este año han traído a primeras figuras en el mundo de la poesía y narrativa española. La Primera División de la Literatura en la lengua de Cervantes. El 8 de febrero abrió la jornada el poeta granadino Luis García Montero, no en el vestíbulo del Gran Teatro, no. Por necesidades de aforo, los responsables del espacio tuvieron que abrir el patio de butacas. Trescientas almas escucharon al autor de “Completamente viernes” que habló de la necesidad de recuperar el diálogo entre generaciones y no olvidar la memoria para no despistarnos en estos tiempos inciertos y acelerados. Le siguió estela la poeta Olvida García Valdés que habló de la necesidad de escribir como un acto íntimo, egoísta que a veces se abre al contacto con los demás en forma de libro pero no de una manera inminente sino reposada y reflexiva. El verbo intransitivo.

Siguió el turno el poeta murciano, uno de mis amados, leídos y vividos, Eloy Sánchez Rosillo que presentaba la suma de sus versos en “Las cosas como fueron”. El poeta de la elegía, del recuerdo pero también de la celebración y la alegría de vivir. El buscador de la luz y las pequeñas grandes cosas; el jilguero, la tarde de verano, un día de playa con su hijo, la hacienda manchega en los días de la infancia, el reencuentro con la madre. El tiempo como un eterno retorno circular cuando nada acaba y siempre empieza en la memoria y en el corazón. Curioso. Casi todos se acordaron de la figura de su madre y del padre (¿por qué sera…?).

Después de estos poetas de talla nacional, vino el narrador Luis Landero, el 26 de abril. Mi admirado escritor, del que he leído todas sus novelas, su libro de artículos, su volumen de ensayos. He leído casi todo lo que ha publicado. No podéis imaginar la emoción que me embargaba cuando fuimos a recogerlo a la estación de tren en Alicante. La persona no decepcionó al personaje, como me ocurrió con los poetas, todos cercanos, todos tratables. Cada vez descubro con más certidumbre que cuando más grande es alguien, más humilde, más cercano, más persona es.

Landero habló de su literatura, de la necesidad del asombro para escribir, de buscar la voz propia, los temas que son tuyos para contar tus historias. De la necesidad del silencio y la soledad para concentrarse y escribir. De la huida del fuego mediático que corre el peligro de convertirte en una adicción al éxito si no estás preparado. Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica en 1990 por su primera obra “Juegos de la edad tardía”. Como los demás, premios nacionales de Literatura. Ya digo, un lujo contar con buenos exponentes de las letras españolas.

El vértigo final lo deparó la presentación de los cuadernos de poesía Lunara Plaquette de los miembros de Frutos del Tiempo; Manuela Maciá, Pedro Serrano, An Yi Campello y Carlos Javier Cebrián. Una fiesta de las letras como culmen de una aventura con el título “La dignidad de la palabra”. La palabra como signo para dignificarnos en estos tiempos de internete, redes sociales y poco espacio para la conversación, el encuentro entre las personas.

Más de mil personas acudieron a estos cinco actos que componían el programa de alta categoría. Todos los encuentros necesitaron celebrarse en el patio de butacas del Gran Teatro al superar el aforo del vestíbulo los asistentes. A mi pesar, he de reconocer que el cambio de ubicación, de la sala cultural La Llotja en Altabix al Gran Teatro, en pleno centro de la city, fue un completo acierto con mayor convocatoria de público que en un barrio.

Reconozco aquí la inmensa labor desarrollada por Carlos Javier Cebrián de Frutos del Tiempo para llevar a buen puerto el programa. Su dedicación y esfuerzo de promoción de las actividades, junto al gestor cultural, Julián Sáez, que ha creído desde el principio en este hermoso proyecto. Sí, al final, tendremos que darte la razón. Persistir. Resistir es vencer.

También mi agradecimiento a Carlos Javier Cebrián por permitirme presentar a uno de mis narradores favoritos. Luis Landero, que no me decepcionó para nada. Al contrario su persona me encantó al igual que ya adoro desde hace tiempo su literatura.

Sé que ya se cuece una nueva edición y promete venir el año próximo con emociones fuertes.

Atentos/as.

Francisco Gómez