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Acerca de los diarios de Paul Léautaud, por Javier Puig

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En una primera aproximación al Diario literario de Paul Léautaud, no llegué a interesarme lo esperado; pero, a medida que iba avanzando por buena parte de las novecientas veinte páginas que componen la selección de los diarios de este escritor francés, iba encontrando mayor enjundia y significación en esas anotaciones que fueron iniciadas a los veintiún años y tuvieron una frecuente continuidad, hasta cuatro días antes de morir su autor, a los ochenta y cuatro.

Alguna vez he pensado que los diarios que menos me gustan son los de aquellos autores que me resultan antipáticos o nada aceptables moralmente. Pero me doy cuenta de que eso no es siempre así, pues he acabado entusiasmándome con este de Léautaud, persona, a priori, nada ejemplar ética o espiritualmente.

En las autobiografías encontramos a menudo una visión propia del autor bastante estimable desde su punto de vista. Pero, en los diarios – salvo que se aplique mucho la autocensura y entonces se devalúa en mucho la obra – siempre aparecen las inmundicias, las flaquezas que todo ser humano, en mayor o menor medida, alberga. Lo que tiene de extraordinario Léautaud es que no oculta su forma de ser condenable: “Nunca he tenido, ni siquiera de niño, el amor al prójimo. Estoy incluso un tanto cerrado a la amistad. He tenido dos grandes pasiones, puramente carnales. Ningún sentimiento. Solo el placer. Mi pareja habría podido morirse en el transcurso del ejercicio, indiferencia completa.” Con los años, parece que empeora: “Soy cada vez más impaciente, desagradable, hostil, agresivo, insociable, y lo que es más, con una especie de gozo.” Sabe lo que opinan de él pero no le importa: “Otra cosa que me han contado: tengo fama de egoísta empedernido, que no quiere nada ni a nadie, poco inclinado a la amistad, indiferente ante la muerte de quien sea, nada amable, nada generoso, nada compasivo, en absoluto bueno, y que todo esto junto, esta es la maravilla, crea un gran atractivo con respecto a mí, hace que interese e inspire simpatía.” Quizá es esto último lo que lo mantiene en su postura. Busca la soledad pero conoce a bastante gente como para distraerlo cuando está necesitado de ello.

Aparte de sus artículos en el Mercure de France, la única obra de Léautaud que tuvo cierto reconocimiento fue El pequeño amigo, narración también autobiográfica que describe su infancia y primera juventud. “La literatura ajena a su autor no tiene interés”, decía. No estaba hecho para la ficción: “No sé dar con los temas o encontrar, como Van Bever, ideas para libros que se vendan.” Y se convencía a sí mismo: “No debo tener recelos en escribir mis historias personales.” Además, decía escribir no para los lectores sino solo para él mismo. Era su idea de la pureza literaria: “Nunca he escrito por obligación. Considero la literatura alimentaria despreciable. Es por lo que toda mi vida he sido un empleado. Para asegurar mi libertad y no escribir más que cuando me apetecía.”

Sus temas más recurrentes son la literatura que le gusta, la de los demás o sus relaciones con tantos autores importantes de su época. Admira a Baudelaire, a Stendhal, pero, de este último, más que sus famosas novelas, le seducen sus textos autobiográficos – como sus Recuerdos de egotismo o su Vida de Henry Brulard – , de los que, a lo largo de los años, no se cansa de hablar admirativamente. Y le gustan los autores de máximas: La Rochefoucauld, Chamfort, Litchtenberg. “El sentimiento ha llegado a irritarme”, llega a decir.

Otro de sus temas favoritos es de las mujeres. Durante toda su vida las persigue, aun a costa a veces de hacer el ridículo; las aborda con ímpetu sexual que neutraliza sus problemas de timidez. Pero no ama a las mujeres que incorpora a su vida desde un deseable mantenimiento de las distancias. “¿Para qué cinco años y medio de relación, de ellos tres años y medio viviendo juntos?” Dice de una tal Bl, que es una de sus amantes más constantes. A otra la llama “el azote”. Su relación con ellas es básicamente de dependencia sexual. Su aspiración es: “Pensar en las mujeres del modo en que se debe pensar para obtener de ellas solo placer y ningún pesar, o al menos el mínimo posible.” “Quiero anotarlo siempre. No he hecho el amor desde 1939. Ochos años ya…” dice cuando ya tiene setenta y cinco años. “Tuve ante mí una sola mujer que me amaba, de corazón, con toda el alma, y seriamente: Georgette. Jeanne es una cuestión de piel por ambas partes y Bl es más bien una gran amistad.” Pero Léautaud en estos diarios parece siempre sincero: “Pienso que tengo un gran defecto, y grave, para esta clase de cosas: no les doy placer a las mujeres, al terminar en cinco minutos, y nunca puedo recomenzar“, dice en 1904, cuando aún tiene treinta y dos años.

Pero la base de sus escritos es la atención a su propia vida, su micromundo: “Me he contemplado siempre vivir, o mejor dicho, siempre he sido consciente de mi manera de vivir. En los menores detalles, circunstancias, hechos, siempre he vivido literariamente.” “La política no me interesa, no comprendo nada de las competiciones entre los partidos. Los robos, los asesinatos, los suicidios me resultan completamente indiferentes. En una palabra, como ha sido siempre en mi vida de hombre solo, con lo que pasa en mi mente me basta.”

Cuando la invasión de los alemanes en 1940, la mayoría de sus conciudadanos abandona París, pero él: “Me quedo. Siempre he estado decidido a quedarme. No quiero sacrificar la compañía de los animales. No sabría dónde ir. Tengo mal carácter: no quiero ir a vivir a cualquier sitio, hacinado, con qué sé yo qué gente.” De hecho, la guerra le viene bien para sus intereses egoístas: “La mayoría de mis vecinos han partido. Los berridos de los niños Guillon, también. Las calles, tranquilas. Pero todo esto pronto pasará. Adiós, tranquilidad ¡Qué corta habrá sido la guerra!” Y en otro momento añade: “Me gustan las catástrofes. Gozo más con las desgracias que con los sucesos felices. La guerra me ha dado siempre una excelente moral: ningún miedo, una gran curiosidad.” Aunque las reacciones de su pueblo no le gusten. Dice en 1940: “Una ceremonia para rezar por Francia… No he podido reprimir un estallido de cólera, considerar que es una vergüenza. El rezo es una debilidad, un desfallecimiento, una desesperación, una renuncia. Se trata de una manifestación lamentable. Ante un peligro, uno no se arrodilla, se yergue. “

Pero acaba la guerra y vuelven los odiosos ruidos a su barrio, la odiosa radio sonando (aunque este medio de comunicación lo hiciera definitivamente famoso a través de unas “Entrevistas” que concediera). Un día, después de oír los jaleos y las broncas de sus vecinos, escribe: “He vuelto a mi casa sin preguntar nada y canturreando sobre los atractivos, comparados con estos, de mi tipo de vida: soltero, solo, sin nadie, paz, tranquilidad, independencia. No hay existencia que pueda rivalizar con esta. Venus en persona no me haría cambiar.” Nunca dimite de su misantropía: “Decididamente, soy incapaz de sentir agradecimiento, verdadero aprecio. En el fondo, no siento apego por nada y por nadie. Creo que a quien más he querido hasta ahora, y verdaderamente, es decir, con enorme afecto, es a mi gato Boule, y a Bl…cuando no me importuna, cosa bastante rara.”

Al inicio del año 1956, el que sería el último de su vida, decía: “Me encuentro en un estado moral espantoso, la sensación de que me voy a morir, de que estoy al final de todo. Al responder a las cartas no he podido evitar el escribir palabras sobre mi desapego de todas las cosas, mi desinterés hacia todas las cosas, mi indiferencia ante la muerte. “Es vital para él llegar al final sabiendo que ya no se le va a arrebatar nada necesario. Ya no siente, ya no hay placer, y para él: “La palabra placer representa para mí el motor de todas las acciones humanas.”

Diario de un cinéfilo. (20. Lilya forever), por Javier Puig

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Lilya forever (2002), del director sueco Lukas Moodysson, es uno de los más fuertes alegatos contra la prostitución, contra la indiferencia y los egoísmos que arrumban vidas en la más absoluta desgracia y obligan a concebir la existencia como una irresoluble adversidad. Es una película brutal, de la que uno quisiera salir pero sabe que no puede hacerlo, que debe quedarse, aunque eso suponga someterse al dolor de una certidumbre que se presenta ominosa, por mucho que, en cierta parte de su recorrido, se disfrace de balsámicas salidas.

Lilya forever, sí, porque Lilya es para siempre. Parece que uno nunca se va a deshacer de esta película, que no podrá volver a la realidad con la misma mirada que antes. Esta demoledora y bien narrada historia debería de ser de obligada visión para todos aquellos a los que no les importa – o no les importaría – participar en el embrutecimiento de la sociedad, en la satisfacción indiferente o despiadada.

No podemos dejar de sufrir por esa adolescente que, a pesar de las acuciantes agresiones, nos gana el sentimiento con su nunca, del todo, desbaratada ternura. La jovencísima Oksana Akinshina realiza una interpretación memorable. Acierta a expresar los matices de su personaje con una minuciosidad que nos desarma. Leemos en su rostro cada pequeño o gran movimiento de su alma convulsa.

No se sabe en qué ciudad de la antigua Unión Soviética transcurre la mayor parte de la acción. Tal vez, se pretende que sea una innominada representación de un submundo en el que impera el egoísmo, la desidia moral, la decadencia, la degradación de una sociedad en la que ha reinado el materialismo más absoluto. Es un infierno gris, húmedo, en el que prevalece la incuria; el olor de la miseria, que casi llega a percibirse a través de las imágenes; los gestos nacidos de la desolación, dirigidos por una carencia absoluta de empatía. Para Lilya, Suecia es la gran promesa de superación, pero, cuando la historia se instala en sus calles, en sus hogares, lo que seguimos viendo es la niebla, la oscuridad, lo gélido, el gesto insolidario; sí, otra vez lo inhóspito. Y el aprovechamiento de los seres desgraciados de ese mundo aún más inferior para el disfrute de burgueses nunca satisfechos.

La introducción del personaje de Volodya, el niño que tiene que dormir en edificios abandonados cuando lo echa su padre, y que finalmente acoge Lilya en su destartalado apartamento, es uno de los grandes aciertos de la película, un contraste necesario, un pequeño bálsamo de inocencia. La joven adolescente ha sido abandonada por su madre que se ha trasladado a vivir a los Estados Unidos con un amante bien situado económicamente. Se queda en manos de la inmisericordia de su tía, una mujer profundamente deprimida de egoísmo. Todos van a la suya, pero también ella – más tarde -, en busca de ese mundo mejor prometido, abandona a su amigo. Su acción es la misma, el imperiosos ejercicio de ese “sálvese quien pueda” que requiere no dejar pasar una oportunidad que se presenta como única; pero el sentimiento es bien distinto. A ella le duele tener que dejar a ese compañero de miserias. Desde su ingenuidad, ha intentado que pudiera acompañarla, pero no lo ha conseguido.

Y es que Lilya ha caído en las redes del taimado joven del que se enamora, aquel que le ofrece un rarísimo respeto a su cuerpo, a su persona, y que finalmente se convertirá – se ve venir, no se cree uno del todo esos atisbos de esperanza en esta implacable película – en su total perdición. Volodya se lo había advertido: no se recogen verduras en invierno. Pero Lilya se deja atrapar por ese espejismo. Hay que huir de ese terrible país, buscar una digna supervivencia. Pocas veces en el cine se ha visto un ámbito urbano más deprimente. Allí, ella no tiene para comer, salvo que incurra en la prostitución. La primera vez, ha acudido a un local donde se encuentran clientes. Su amiga ha hecho tratos con uno, ella se ha negado con otro. Pero es la primera vez. Ya no podrá hacerlo más, su situación es de indigencia y la solución que tiene a mano es muy sencilla. Obtiene el primer dinero, la felicidad de disponerlo en el supermercado, de poder hacerle un regalo a su amigo Volodya. Tiene que vomitar el trance por el que ha pasado, pero aún es libre. Luego ya no, luego el deseo de mejorar, debidamente manipulado por hombres infames, acabará con cualquier resquicio de poder sobre su propia vida.

La película es durísima en sus imágenes a pesar de que se omiten todas las que un menos comprometido director, más laxo en su vigilancia ética, habría consentido, hubiera mostrado para alimentar el morbo del espectador. Las escenas de sexo no muestran centímetros de piel, la completud o el detalle ostentoso de sus movimientos; sino, primero, el esquinado rostro de ella, esa adolescente de dieciséis años sometida a los frenéticos embates de un hombre sucesivo al que no quiere mirar. A cambio de dinero, ella consiente ser usada en su cuerpo, ser vejada en su mente. Y luego, ya en Suecia, en régimen de esclavitud, es entregada al deseo de unos hombres a los que vemos en un primerísimo plano de su rostro agitado, de su libidinoso esfuerzo, ajenos a esa joven tan fugaz, cuya historia no importa en absoluto. El efecto de esta turbadora contemplación podría conducir al espectador, por extensión, a una temporal misandria o a la aversión al sexo. De esta película hay que recuperarse.

La historia se va agravando hasta lo trágico. Moodysson aprieta mucho, casi ahoga, pero, finalmente, nos ofrece un alivio sobrenatural. Lilya y Volodya se convierten en los seres espirituales que fervientemente deseamos que sean. Es su única solución, más allá de una vida asfixiante. Ver o no ver esta película supone una decisión ética que importa. Me ha parecido que Lilya forever – que es excelente arte, un certero ahondamiento en la bajeza humana, una denuncia de algunos desvíos demoníacos – bien vale el sufrimiento que nos propone.

EL ESTADO DE ÁNIMO DE LOS DEL ELCHE CLUB DE FÚTBOL, Por Pere Vicente Agulló

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http://www.diarioinformacion.com/opinion/2017/05/25/animo-elche-club-futbol/1898293.html

 

Para opinar sobre algo de lo que opinan todos los expertos (cada aficionado al fútbol suele ser un entendido en la materia, parece saber más que los técnicos de su equipo), a veces, es oxigenante captar el punto de vista del profano (el mío); desde algo de distancia se puede ver una imagen o situación mejor que si tenemos los ojos pegados a ella.
La situación del Elche, por lo que voy percibiendo, es: pésima, preocupante, catastrófica, desastrosa, de estado crítico, de enfermo en la UCI… y demás adjetivos que no incitan precisamente a la alegría. Por lo visto, el asunto es grave y aquí, de lo que se trata es de buscar culpables para saber a quién hay que crucificar.
Pero ¿quienes son -o somos- los responsables de esta tribulación colectiva?, ¿quién es “el Elche”?: ¿Son los dirigentes hipercriticados y maldecidos por su nefasta gestión?, ¿los jugadores, esos presionados, cual gladiadores, a los que les pedimos el sacrificio final para “que nos salven del infierno horrible del descenso”?, ¿o quizá los paganos aficionados (contribuyentes) que no están adiestrados para derrotas ni vacas flacas y que actúan como un tornado emocional que se dispara para la alegría o para lo contrario?; ¿o también los medios, que amplifican la importancia de la temática: la tarea de estos profesionales del deporte (o más bien decir sólo del fútbol; y tampoco del juvenil ni del femenino que apenas lo mientan) está basada en no dejar de echar gasolina (provocarnos alegría o frustración sin apenas término medio; obviando que esto “debería ser” un deporte; oí quejarse a Toril de eso) al incendio emocional colectivo.
Por tanto, si dividimos las culpas, y los del Elche somos todos (o casi)… pues casi nadie nos libramos de una porción de culpa en este drama de finales de mayo de 2017.
¿Porqué percibimos esta realidad de forma tan trágica?, ¿se acaba el mundo si se desciende donde Murcia y Alicante están?, ¿siempre debemos ser de primera? ¿En qué se ha convertido el fútbol actual? Galeano, en sus libros “Su majestad el fútbol” y “El fútbol a sol y sombra”, dijo que esto fue y debe ser un juego para divertirse todos y no un negocio para manipular el sentimiento de las masas. Por lo vista casi ningún hincha de este mundo lo leyó.
Volviendo “al Elche en estado de coma” y a los culpables. Se dice de los jugadores que, como se les paga, se les debe exigir todo. ¿Todo vale? Tal vez, en el teatro, si los actores, nerviosos, fallan y lo pasan mal: el público los alienta con aplausos. En la grada y en la clasificación no hay tanta condescendencia con los que nos decepcionan. No se empatiza con estos muchachos – no olvidemos que son humanos y lo deben estar pasando muy mal- que, a su edad, todavía no son tan fuertes psicológicamente. Ahora nada les sale bien y los denigramos.. y posiblemente en estos días sólo escucharán el mantra: “Reus, Cádiz, Oviedo…. ser o no ser..vida o muerte..”. Nos fijaremos en lo que salga de sus botas pero no en sus caras de ansiedad ni en sus músculos entumecidos por la presión y menos en su corazón agarrotado por tanta responsabilidad… Ignoro cual será este final de liga pero deberíamos reflexionar hacia dónde vamos con esta beligerante forma de tratar a esta joven gente de la cancha (por muy bien pagados que estén); dejar de hacerlos responsables de nuestra frustración.
Concluyo con en el deseo de que no se nos coma tanto el coco con tragedias artificiales, de seguir sería como profesionalizarnos todos/as en la idiocia colectiva y olvidarnos que el fútbol, como el billar o el parchís, también es un juego en el que no basta con tener toda la voluntad (y la presión) de ganar e influyen factores como el azar carambolesco o el fallo humano; si sustituimos a los jugadores por máquinas tal vez eso se solucione pero no quiero dar ideas, ya hay suficientes distopías literarias. Sonriamos a la buena suerte y aceptemos con calma y deportividad la “no suerte” o la de los demás.

Pere Vicente Agulló, miembro de la AGRUPACIÓN LITERARIA “EL PICUDO BLANCO”

AUSENCIAS, por Francisco Gómez

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No dejo de asombrarme de la capacidad, de la rapidez con que olvidamos a los que se han ido y estaban hasta hace poco a nuestro lado. Como si nunca hubieran sido en esta so(u)ciedad fría, rápida, competitiva e indiferente que entre tod@s hemos y estamos cavando.
Como si el rastro por nuestras vidas no importara y no pudiéramos o quisiéramos, aunque sólo fuera unos pocos segundos, dar cuenta de ausencia de su falta, de su carencia entre nosotr@s.
Alguien a quien estimé me acusaba, entre otros múltiples fallos, de estar anclado en el pasado y esta “anormalidad” no me permitía vivir el presente y mirar con ojos confiados el futuro. Uno esbozaba una media sonrisa irónica y rumiaba para sus adentros: “vivir día a día con sus historias y azares, ¿no es echar las redes en el presente?
Desde aquellas vacuas aseveraciones que demostraban conocerme menos de lo que presuponía, he soportado tormentas y sigo adelante en este oficio de vivir. Sé bien que nadie me recogerá si quedo en un rincón. Encadenar días, tardes y noches, ¿no es vivir el presente y las sucesiones de presentes una caminata lenta y prolongada hacia el futuro? Observo a veces que la ignorancia es muy atrevida y casi nadie conoce a casi nadie. En fin…Dos nuevos libros publicados, ¿no es vivir en el presente, caminar hacia el llamado futuro…?
Sí, es cierto que cada vez hay más huecos en las galerías y en tardes doradas y noches desoladas, a veces nos visitan los fantasmas y los recuerdos pero, ¿quién no lleva una mochila en las costillas después de medio siglo en sus piernas?
Vuelvo a la cuestión inicial. Esta so(u)ciedad olvida demasiado rápido cuanto desea ignorar. El otro día falleció un buen hombre, un buen vecino de mi escalera, Nicolás. El único que se acercó de toda la comunidad a dar el pésame a la familia al tanatorio y la misa de su entierro fue este muá. Lo siento, pero para quien escribe, éste es un signo inequívoco de los tiempos deshumanizados, fríos e indiferentes que vivimos, que padecemos, nos asolan. Y a todos nos afectará. No lo duden. Si tú hoy pasas y no respondes a la llamada de humanidad que debería habitar en ti, mañana te olvidarán a ti. Así de claro, así de duro. Así de cierto. El hombre del siglo XXI, más comunicado, más informado de la Historia, con cientos, miles de supuestos amigos en las redes sociales, es el hombres más solo de la Historia, con menos valores y creencias para sostener su casa, guarecerse bajo techo cuando lleguen las turbulencias, los terremotos interiores, las desolaciones. Que llegarán…
Mi buen amigo Diego, también mayor, que caminaba con la curva de la interrogación entre el bastón y la gorra, con su mirada oculta tras sus gafas, también decidió un día de tantos visitar el otro lado y casi nadie advirtió su desaparición, su marcha, su ausencia. Sólo sus hijos y algún buen vecino. Y poco más, poco más. Los demás, olvido e indiferencia. Sentí que luchaba contra los gigantes de esta so(u)ciedad deshumanizada y rauda. Sentía, sabía que mi batalla estaba perdida de antemano y la rabia no serviría sino para acumular hiel en mi sentimiento y destrozarme. Díjeme: “nene, tienes que cuidarte de agentes externos patógenos. Deja que cada quisqui corra con sus velocidades…”
Cada día hago un recorrido mayor por un espacio, quietud de eternidad, reposo en silencio. Cada vez mi via crucis personal es más largo, prolongado en este lugar mítico. Allí estaba sentado mi buen amigo Antonio que ha vivido muchas guerras entre sus cansadas y nervudas manos morenas llenas de faenas y fatigas. Sentado con su barret negro y su ropa que refleja tantas sombras. Ojos negros de luchas, sacrificios, esfuerzos y derrotas, me decía con palabras escasas: “Se me ha ido lo principal”. Estúpido le decía que tenía a sus hijas, sus nietos. Palabrería barata que no ha vivido tantas jornadas, tantas caídas, tantas amarguras entre sus manos y han castigado un corazón de hombre digno y bueno. “Ya no sé qué voy a hacer”, creía entenderle al acercar el oído a su labios en retroceso.
No era capaz de decirle mis tonterías mientras pensaba en su Paca, su mujer, su compañera de vida por las intrincadas sendas de los días. Me miró. Nos miramos. Las lágrimas casi asomaban a sus ojos negros de pena negra por esta vida oscura. Nos dimos la mano, nos abrazamos. Nos besamos en las mejillas como hombres que hablan sin palabras. Me fui con la frente baja y casi con un no sé qué en los ojos. Silencioso y callado mientras pensaba en mi padre, en Nicolás, en Diego, en Paca, en Rosario, en…
La so(u)ciedad quedaba a lo lejos. Tras las colmenas.

Francisco Gómez

LOS DÍAS SUSPENDIDOS, Francisco Gómez, Por Ignacio Fernández Perandones

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http://llueveconmigo.blogspot.com.es/2017/05/los-dias-suspendidos-francisco-gomez.html

Francisco Gómez publica en Frutos del tiempo su último libro. Se divide en tres partes: relatos breves, reseñas sobre la actividad “Cada Cual” ( unos encuentros con autores contemporáneos” organizada por el Instituto de Cultura Gil-Albert en Alicante), y una serie de pequeños apuntes sobre la vida cultural  ilicitana, amigos, escritores de “la City”, siempre con su punto de humor y su ironía.

Las reseñas sobre las conferencias-coloquio alicantinas me han producido, sobre todo, envidia sana: ¿por qué a Elche no viene nadie? Me consuelan estas consideraciones de Francisco sobre cada escritor, que he subrayado con avidez, intentando sacar jugo a lo que dicen esos autores con lo que tanto he disfrutado: Landero, Cercas, Caballero Bonald, Vargas Llosa, Lorenzo Silva.

Por su parte, los apuntes ilicitanos incluidos en el libro tienen para nosotros el sabor de la cercanía. Elche es un mundo por sí sólo, un universo que solo entienden los que orbitan en él.

Me han gustado mucho los relatos breves. El señor Gómez se está doctorando en este tipo de tareas. Me gusta su prosa espontánea, coloquial y cuidada al mismo tiempo, su guion muy bien pensado en el que te da cuenta de una vida en cinco páginas. El protagonista suele ser un hombre arrojado a la existencia que trata de sobrevivir y que, al final, encuentra su tabla de salvación en la vida cotidiana, sencilla, familiar, llena de pequeños acontecimientos que tiene delante. Un ejemplo es el relato Hikikomori, que aborda en toda su profundidad el tema de la comunicación, y que contaré (si el autor me da permiso) a mis alumnos en clase. Pero no todos acaban así: algunos optan por el escapismo (Desvío). Con lo que el autor deja artas todas las posibles puertas a esta situación de disolvente individualismo que la sociedad padece (y que en el año 2.250 puede acabar como se describe en el libro).

En resumen, Francisco, has escrito un libro de gran riqueza, con muchos registros y muy cuidado en su forma y en su fondo. Conociéndote, seguro que seguirá la fiesta.

MISTERIOS DE LA “CITY”, por Francisco Gómez

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Elche es una “city” que alberga muchos misterios. Todo el mundo que vive por estos andurriales lo sabe. Quienes nos han conocido y visitado, en su mayoría, también.

El misterio de una industria del calzado que siempre resurge a pesar de crisis, recortes y golpes. A contracorriente de temporadas cada vez más cortas persiste. Sobrevive y se levanta. El misterio de much@s de sus trabajadores en condiciones laborales cada vez más precarias. Una actividad que a pesar de los embates mantiene su cabeza alta. Un dicho comenta que el empresario que aguanta la posición en la “city”, se adapta a cualquier medio hostil en el universo laboral y empresarial. Los banqueros mandan a “curtirse” a sus directivos de bancos a Elche para conocer de primera mano las triquiñuelas económico-financieras con un nivel de clandestinidad y economía sumergida que no baja.

Una reina mora que aún mantiene su aura de misterio entre sus rodetes y mirada enigmática. Una Virgen que no sabemos cómo, de dónde, vino por la mar. Un Misteri que resistió una contrarreforma y el desmantelamiento de la representación de estas piezas teatrales dentro de las iglesias.
Un equipo de fútbol que no sabemos bien cómo descendió administrativamente a segunda división después de dos temporadas en primera y unos supuestos ingresos (millones de euros) que deberían haber permitido la permanencia entre los grandes.
Pero hay otra gran misterio, uno más entre los muchos que guarda y encierra esta “city” de las Lanzas y la Festa. El misterio de sus lectores…
Mi admirado profesor Miguel Ors Montenegro me comentó en cierta ocasión que entre lanzas sólo hay un público lector de mil, a lo sumo, mil quinientas personas entre sus más de 227.000 almas. Una city que tiene quince institutos de secundaria con mogollón de profes, tres universidades, tres escuelas de adultos, clubes de lectura en sus bibliotecas, cerca de 60 colegios públicos.
En el reciente Día del Libro, la concejalía de Comercio con la colaboración de Cultura, los libreros ilicitanos y autores locales organizaron una jornada lúdico-festiva-lectora en la Glorieta y las librerías sacaron sus estanterías y fondos a la calle. ¡Atestado estaba, oiga! ¡A reventar que casi no se podía andar y los puestos atiborraos de potenciales lectores! Uno percibía que a muchos autores locales mucho caso no se les hacía, salvo amig@s, parientes y obligad@s… El personal parecía buscar las novedades editoriales, los libros más vendidos, los autores superstar, fashion reading o followers desos demodé. Los libros más vendidos, best-sellers. Bueno, la publicidad y mercadotecnia hacen mucho, ya sabemos…

Por las mismas fechas, la regidoría de Cultura y Frutos del Tiempo organizaron unas jornadas de animación a la lectura bajo el lema “Quien lee vive más”, consigna del poeta y crítico literario, durante 36 años periodista de RNE, Javier Lostalé, quien participó el último día en este interesante ciclo. Vinieron grandes escritores como Marta Sanz, que ganó en 2015 el premio Herralde de novela con “Farándula”. Ahora ha sacado a la calle su nueva obra “Clavícula”, que está dando mucho que hablar. Otro gran invitado fue Isaac Rosa, uno de los grandes narradores actuales de la sociedad española y escritor original de la crisis de sistema y social. Su novela “La habitación oscura” es altamente recomendable. Premio Rómulo Gallegos, Premio Ojo Crítico y Premio Andalucía de la Crítica, con obra traducida a varios idiomas y un montón de cosas más. Y el antes citado poeta y crítico Javier Lostalé, reconocido por el Premio Nacional de Fomento a la Lectura. Vamos, un@s figuras del mundo de las letras a nivel nacional.

Todos estos actos se celebraron en la Lonja Cultural de Altabix con el buen propósito de descentralizar el hecho cultural y llevarlo a los barrios de la “city”, fuera de los ámbitos tradicionales. Acercar los lectores a los autores. Vaya, seguimos con el relato. La presencia a estos encuentros fue más bien escasa. Los medios de comunicación locales apenas se hicieron eco del ciclo, salvo el concurso honroso de alguna radio. El medio hegemónico en papel trazó un mutis por el foro y cuando asomó la cabeza… a destiempo. Bien, así son las cosas. ¿Y los lectores…? ¿Dónde estaban…? ¿Ubi sunt…? Tod@s aquell@s que llenaron la Glorieta, las librerías el 23 de abril…¿dónde se escondían, dónde…? Otro misterio…
Tengo claro que hay que acercar los escritores a los lectores con especial incidencia en los autores locales, ya lo he comentado muchas veces. Que los conozcan cara a cara en los coles, los institutos, las universidades, las escuelas de adultos, en las bibliotecas. Algunas buenas acciones se están realizando, sobre todo en estas últimas de la mano de Laura Samper y este ciclo que coordina Carlos Javier Cebrián de Frutos del Tiempo y el programador cultural, Julián Sáez. Intentos de grupos y autores del roal por acercarse al lector ilicitano y algún caso excepcional
como Julián Montesinos y sus iniciativas para acercar a los niños y jóvenes a la lectura y algún instituto como La Asunción y Josep María Asencio, pero poco más, poco más.

Llevar los autores y poetas donde está la gente. Seguir en la formación de una cantera de lectores en los coles, institutos y universidades. Entre los niños, los jóvenes, entre los adultos con inquietudes. Es una lucha difícil y continuada en el tiempo. Lo sé. Lo siento. Se hacen esfuerzos públicos y particulares pero hay que perseverar. No hay otra. Difícil misión en una “city” currante, industrial, una ciudad de aluvión con gente de media España y medio mundo, que se levanta a las 7 de la mañana (o antes) y termina a las 8 y 9 de la noche. Cuando la cultura para muchos aún se centra en la billetera y las apariencias y fardar de coche, chalé, vacaciones y otras cosas que mejor callo.

Algun@s loc@s seguimos en el empeño. No desfallecer en una “city” donde a much@,s los libros, su tacto, su aroma, su visión, su lectura siguen produciendo alergia. Una fiera batalla contra los gigantes…

Esperemos que todavía haya andadura por recorrer y aliento para sobrellevar las jornadas. La lucha frente a los ejércitos de la indiferencia y la rutina tiene pinta de ser larga y azarosa. No desesperar, no hundirse es la marca de los soñadores que seguimos heridos por las letras, las lecturas y los textos en comunión, en simbiosis con los lectores, con ese lector comunitario, imaginativo, que tiene que ocupar el espacio público, como apuntó Isaac Rosa. Resistente el lector y también el autor.

Francisco Gómez

Sobre El bosque de la noche, de Djuna Barnes, por Javier Puig

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Dice T.S. Eliot, en el prólogo de esta novela de la estadounidense Djuna Barnes, El bosque de la noche (1936), que este libro “atraerá especialmente a los lectores de poesía”. Es una advertencia de su carácter extremadamente literario, de que, en esta obra, lo que más importa no es el seguimiento de la trama, su dilucidación, sino el valor intrínseco de cada momento, la descripción que toma la osada forma de una coherente – aunque poliédrica – imaginación.También señala el poeta que los personajes de esta novela son muy reales, aunque a mí me parece que, si es así, lo son a la manera de quienes concitan en sí mismos numerosos matices del sentir humano, más que como representantes de seres encerrados en una ubicable y apenas voluble personalidad. Son personajes que a menudo son trazados desde lo paradójico, desde la contradicción. Su complejidad psicológica es ostensible, su rumbo vital resulta de una procedencia apenas enlazable a una básica irrupción en el mundo.
El personaje más constante en esta novela, el que tiene una visión más amplia de la interrelación que se produce entre todos, es el del doctor, un hombre construido – más que de una historia discernible – de un discurso, de una verborrea alcoholizada, hecha de precisiones arriesgadas y sorprendentes, que lo van configurando como un ser de atribuible y dudosa omnisciencia.
El bosque de la noche es un prodigio de literatura de alto nivel, de una prosa verdaderamente genuina que contiene una densidad expresiva que no admite la más mínima distracción, que repele al lector perezoso y rutinario. Y es de ahí de donde podría provenir su equiparación a la poesía, de esa composición que, en cada frase, nunca es un recurso de engranaje sino un destello que, en sí mismo, ilumina al lector de una fresca, íntima y extinguible plenitud. Esta literatura es pues bastante “inútil”, no nos ayuda a pertrecharnos de armas argumentales, sino que tan “solo” nos sitúa momentáneamente en un plano de superioridad que revoca toda la simplicidad de la visión más atenazada del mundo.
La narración está provista de numerosísimas frases que requerirían un detenimiento por parte del lector, y que le provocarían una amplia reflexión, un profuso cuestionamiento de sus afirmaciones. Se fundamenta principalmente en su vocación estética, sin dejar por ello de imbricarse esta actitud con la percepción psicológica. Sus mejores momentos son los de la descripción de los diferentes cuadros en que se van viendo inmersos los personajes. Y sí, nos habla de unos seres doloridos, atribulados, casi detenidos en su desorientación, que viven devanándose en sus posibilidades menos prosaicas, en las experimentaciones, atendiendo solo la destacable sutileza de sus vivencias. Esas descripciones, ya hechas desde afuera o desde sus propias reveladoras palabras, son las que precariamente establecen las perspectivas de una plural visión. Y no están exentas de abundantes elementos paradójicos, de frases que se retuercen sobre sí mismas, como queriendo acceder a un estadio superior que al de su instantánea obviedad. Estas personalidades nos resultan muy poéticas, constituidas en buena parte por la especulación de sus resortes intelectuales y emocionales, y nunca dejan de ser originales en su impalpable presencia. Hay sentimiento en estas profundizaciones que desvelan el más sutil carácter de esos seres, pero no uno simple, complaciente, sino complejo, casi inaprensible.
El bosque de la noche es uno de esos libros en los que su extensión en páginas (157) no se corresponde con el mayor tiempo que felizmente se le puede dedicar. Como los buenos libros de poesía, esta novela nos invita a recomenzarla una vez terminada, para darnos cuenta de que, en esa segunda lectura, aún la podemos apreciar mejor. Nos encontramos ante una de esas escasas obras de la literatura que, a través de la belleza, nos transportan hacia una grave y a la vez suspensiva, embriagadora levedad.