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Diario de un cinéfilo (30. Lucky), por Javier Puig

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Lucky (2017), de John Carroll Lynch, es una de las más atrevidas y hermosas reflexiones sobre la vejez, la soledad y la muerte, que he visto en los últimos años. Y todo ello está conseguido desde una cercanísima sencillez. Su director nos enseña a ver la sutil belleza de la decrepitud, a la que hay que acceder venciendo todas las embaucadoras aversiones. El máximo valor de la película es la portentosa creación que hace Harry Dean Stanton de su personaje. El actor norteamericano, que fuera el protagonista de París Texas, añade a su ajado rostro, ya de por sí profundo y sugerente, una impronta vital genuinamente desconcertante. Pero, además, la entrañable historia que se nos cuenta está apoyada en un excelente guion rico en coloquiales disquisiciones filosóficas, y está nutrida de unos personajes secundarios que superan su naíf bondad para convertirse en importantes referentes.

Las primeras imágenes nos introducen en el árido paisaje del sur de Estados Unidos. Es una tierra fronteriza, un lugar inhóspito, de difícil belleza. A continuación, los sucesivos planos parciales nos muestran los matutinos movimientos de un cuerpo extenuado, de su ruinosa flacidez, pese a los ejercicios de yoga a los que su dueño, ese ya nonagenario Lucky, se obliga. Es un hombre que vive en una soledad que no detesta (“no es lo mismo la soledad que estar solo”, dice), que se deja acompañar por los concursos de la televisión, por los crucigramas que mantienen la agilidad de su mente, y por un aparato de teléfono que le sirve para simular conversaciones ante un imaginario receptor, sumiso oyente de sus inconcebibles y fútiles preocupaciones.

Pero también está ese pub en el que se reúnen unos personajes pintorescos, vividos, fundamentalmente solitarios. Unos hombres – y la dueña del local – que a veces se abren y, aunque disimuladas de ironía, vierten algunas confidencias, alguna escueta sabiduría o cierta irremisible perplejidad. Uno se siente tentado de criticar ese buenismo de los personajes, esa afectuosa cercanía y la sonrisa con las que a menudo encajan las ocasionales burlas y los exabruptos, pero acaba por admitir la necesidad de ese humanitario contrapeso ante la gravedad del asunto que, con funambulesca benevolencia, está destellando en la pantalla. Y es que muy pronto empiezan a surgir las preguntas esenciales.

Al principio de la película, Lucky se pregunta qué es el realismo y llega a una conclusión: “Creía que todos veíamos lo mismo, pero es una mentira. Lo que yo veo no tiene por qué ser lo que ves tú”. Pero después, las distintas conversaciones y encuentros que va teniendo, lo van iluminando en su viaje interior. Y es que Lucky es un hombre ateo, una mente construida con prejuicios, un corazón agazapado.

La vejez va limitando, aminorando la libertad, pero tal vez va creando una nueva, aquella de poder hablar claro, sin futuras consecuencias, de ejercer cierta pendencia, sabedores de una improbable respuesta desmedida. Lucky se permite el lujo de hablar claro, sin importarle resultar impertinente. No está para hipocresías, para aceptar la mentira o esas pequeñas servidumbres cotidianas que, de más jóvenes, aceptamos, como largo retardador de la última y absoluta contrariedad.

Resulta impagable el personaje que interpreta David Lynch, el de un solitario deprimido por el abandono de su queridísimo galápago; como magnífico es ese parroquiano del bar, pareja de la dueña, un hombre mayor que se resiste a serlo, que se protege de las sombras con la cosmética y con una filosofía personal fundada en la cordialidad; o el abogado, al que se enfrenta Lucky, por verlo como aprovechado buitre de la condición mortal de su congéneres; o el militar, un colega que participó como él en la Segunda Guerra Mundial, que le narra cómo encontró a una niña asiática de siete años, feliz en medio de los cadáveres despedazados, aceptando la muerte con budista entusiasmo.

Lucky de todos aprende. Y, entre esos encuentros, vemos los magníficos retratos de su soledad, su imagen de hombre silencioso, vagamente pensativo, en la cama, solo acompañado por los insectos del otro lado de la ventana. Vemos sus paseos, con esa grotesca manera de andar. Recorre el desolado pueblo en el que vive, y, a veces, pasa por un misterioso lugar que no se nos muestra. Es como un arco, como una puerta abierta a algo que él ve y que le solivianta, que le hace gritar, cada vez que pasa y se detiene para mirar su fondo y gritar: “¡Capullos!” Hacia el final de la película, cuando Lucky ha completado su liberador periplo espiritual, por fin se nos da la posibilidad de comprender. Aquello que miraba era una representación escultórica, un micromundo natural contradiciendo al áspero entorno, una especie de oasis, de paraíso, de jardín zen, un memorial de vida plena, infantil, que él, desde su inveterada causticidad, se resistía a bendecir.

Pero ahora ha accedido a una magnanimidad que está por encima de su anterior resentimiento hacia la vida. Ahora acepta la realidad, la única verdad: “Todo va a desaparecer, en la oscuridad, en el vacío. Y no hay nadie al mando”. Y, ante la pregunta de sus amigos: “¿Y cómo te tomas eso?”, responde con una sonrisa, amplia, sabia, definitiva. Pocos días antes había confesado: “Tengo miedo”; pero, en el último plano, lo vemos alejarse por el sendero, enérgico en sus pintorescos pasos. Mientras, contemplamos como un galápago se esfuerza en su avance, quién sabe si para regresar a la casa de su compungido dueño.

Harry Dean Stanton murió dos semanas antes del estreno de la película. La vida – ¿o fue la muerte? – le permitió despedirse con dignidad, dejándonos una gran actuación, elevando su testamento fílmico.

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EL CORRO, por Francisco Gómez

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A mis padres Siempre
A Luis Landero

Las veo. Ahí están una tarde tras otra, como un conciliábulo sin códigos escritos que determina que a una hora determinada, apenas raya el crepúsculo sus primeras líneas y la calor deja de lanzar sus narcotizantes dardos sobre el asfalto, sobre las ventanas, sobre las conciencias, ellas se reúnen en los bancos centrales del parque para proseguir las conversaciones que dejaron en la madrugada de anoche cuando el sueño les vencía y convocaba al descanso limpio, verdadero.
Las observo. Una y otra vez. Parece que el tiempo no pasa por ellas. Esta medida inmaterial de las cosas y las personas que parece estar dormido, que nunca avanza tras la luz que se entrevé entre los visillos, en la brisa del viento sobre las ramas de las lanzas. Pero se mueve y no se detiene y ellas lo saben bien, muy bien. Ellas, que primero fueron hijas y marcharon al colegio y regalaron su amor a sus padres. Aprendieron las primeras letras y las reglas de ortografía y la dichosa gramática. Y se enamoraron de buenos mozos en los difíciles tiempos cuando comer era un ejercicio de dificultad y hablar se podía hacer bajito y con cuidado de los oídos que escucharan. Y se casaron. Recuerdan aquel día como uno de los principales de sus vidas si el marido no salió rana y las trató con amor y decencia. Y tuvieron hijos. Y ya tuvieron una nueva etiqueta. Dejaron de ser hijas para ser madres. Vuelta a empezar. El colegio, los cuadernos, los libros, las cuatro reglas, la sintaxis, los ríos, los mapas mudos…
Y luego los hijos se hicieron mayores y se enamoraron, como un día legendario lo hicieron ellas. Y volaron para crear su propio hogar. Y las dejaron a solas pero siempre con las ocupaciones del hogar y cuidar al marido, cada vez más mayor, cada vez más quejica, más cascarrabias. La sombra de la edad adulta entró un día por la puerta para quedarse entre sus frentes ya arrugadas. Y se convirtieron en abuelas. De hijas a madres y ahora abuelas. Y otra vez el colegio para llevar a los nietos y de nuevo estar pendientes de los infantes con el bocadillo y los cuadernos y los deberes. Correr penosamente tras ellos para que no se escaparan con sus diabluras por las calles, en las plazas.
La plaza donde están ellas ahora sentadas, contándose las últimas incidencias del día; que si la vecina tal ha hecho o dejado de hacer cual cosa, que si la famosa de la tele mira cómo se porta. Que si su hija, tan lista, tan educada, tan inteligente ha logrado ese trabajo tan admirable y mira cómo ha ascendido en el escaparate social. Y ella tan orgullosa de su prole aunque sólo se acuerden de su madre el día de su cumpleaños un ratito con una llamada fugaz de teléfono.
Las miro. Hablan de sus logros, de sus tareas, de sus afanes diarios que no constarán en el libro de las grandes cosas del mundo, de los grandes personajes, de las grandes hazañas pero ellas laboran para crear, construir el andamiaje de los días que parece que no pasan pero sí… De hijas a madres y ahora abuelas. Un largo camino recorrido con amor callado que no saldrá nunca en los papeles ni se convertirá en la noticia o la portada del día.
Recuerdo con agrado y dolor aquellos días de mi infancia cuando mis padres bajaban a la esquina frente a mi casa. A esa hora del día, cuando las sombras se apoderaban de las calles y el sol entonaba su rendición, salían los vecinos de sus casas para empezar la charla amena, tranquila, sin prisa y contarse sus cosas, sus deseos, sus preocupaciones, sus ambiciones pequeñas, los éxitos de sus vástagos. Bajaban sillas y mesas y compartían la cena, las charlas a la luz de las farolas y los sueños de hoy y mañana. Estas escenas de vecindad bien avenida que hoy no veo en las noches de verano, cuando cada cual está amurallado tras su ventana abierta o cerrada con su aire acondicionado, la televisión (dice Juan Ángel Castaño que desde que encendimos la tele todos estamos durmiendo) o internete o el móvil que nos tiene a casi todos drogados con su rapidez y fugacidad. Ya no veo estas escenas en Altabix ni en el Raval mágico. Sólo en alguna zona de Carrús y sí en el Camp d´Elx (y no en todos los sitios). El campo conserva su esencia, su identidad entre los más viejos del lugar.
Recuerdo la novela coral “Caballeros de fortuna” de uno de mis escritores predilectos, Luis Landero, donde los más antiguos del lugar se reunían en la plaza del pueblo para observar, contemplar los andanzas de los protagonistas. Ellos, que ya habían dejado de ser los actores para convertirse en el público que comentaba las asechanzas de cuanto veían o creían intuir.
Como estas buenas mujeres que ven desplegarse los días y las noches sin solución de permanencia, en este río del tiempo que no se detiene y hace estragos silencioso y nos causa en el cuerpo heridas y ausencias en alma. Y parece que no pasa nada, que todo se repite, que no hay nada nuevo aunque ellas comentan las incidencias con mil detalles y requiebros. Como si cada cuento fuera nuevo, recién descubierto y vestido de ropajes vistosos tras el día de ayer, que ha dado paso al hoy y corre hacia mañana…
A ellas, que han construido y crean con su amor de hijas, madres, esposas, tías, primas, vecinas, abuelas, bisabuelas, el tapiz del amor cotidiano que nadie observa, que parece diluirse y cuando se marchan un día de tantos en silencio, parece que nadie recuerda. Parece, sólo parece…
Las almas inquietas no cesan de recordar y revivir la ausencia.

Francisco Gómez

LA CULTURA COMPARTIMENTADA, por Francisco Gómez

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Algunos amigos han afirmado hace un tiempo categórica y contundentemente que la cultura en la “ciudad” ha muerto. Así lo pontificó desde su tribuna el actor, director teatral y escritor, Juan León, según el espectáculo literario musical y algunas cosas más que no están bien definidos como “Videopoemas y otras cagadas”, realizado y diseñado por mis buenos amigos Carlos Javier Cebrián y Pedro Serrano.

Esta afirmación no la suscribo enteramente. Al igual que tampoco estoy de acuerdo en ponerle apellidos a la cultura. Cada cual, según su pensamiento, estilo, tendencias, vivencias o lo que sea, desarrolla una forma de entender el hecho cultural que a todos no siempre agrada o comparten. Pueden agradarnos o no las manifestaciones que en un momento u otro dominen pero forman parte del paisaje de la creación humana, más culta, popular o incluso populachera.

smnaranco.org

Estoy más de acuerdo en decir que hay crisis en el público que disfruta de la cultura en todas sus manifestaciones; bien por problemas de educación, desidia, indiferencia u otras barreras. En la city de nuestras entretelas, por ejemplo, hay un amplio abanico de escritores, poetas, narradores, dramaturgos en el campo de la literatura que escriben su obra, pero ¿tienen suficiente público para leer sus creaciones…? Más de una vez he escrito con ironía que si de cada autor que publica obra, el resto de los compañeros de la city compraran su libro, agotaría sólo con los amanuenses locales una primera edición de 500 ejemplares. Quimérica aventura, of course. Las bibliotecas públicas realizan una más que meritoria labor para promocionarlos, lo tengo claro. El historiador y amigo, Miguel Ors, me comentó en cierta ocasión que el público lector en Elche no sobrepasa las 1.500 personas en una población con más de 230.000 almas, tres universidades, otras tres escuelas de adultos, quince institutos y más de 60 colegios de primaria. La desproporción es evidente.

Otra cuestión bastante difícil de solucionar, en mi opinión, es la desconexión y el poco contacto que observo entre unos agentes culturales y otros. Este no es un problema solo de la city pues también se reproduce en muchas esquinas de las Españas. Los escritores cuando desarrollan actividades del ramo sólo tienen muchas veces entre su público compañeros de fatigas en la pluma. Tres cuartos de lo mismo se produce cuando se congregan los cómicos ante una nueva obra teatral. No todos acuden a la llamada. Igual sucede con los artistas plásticos. Los amantes de la música atraen a los músicos y su público y los del cine club Luis Buñuel a los cinéfilos aunque aquí sí observo puntos de atracción con la literatura y la música.

Con anterioridad, hermosos y locos amigos han tratado de buscar espacios comunes para las diversas corrientes artísticas. Frutos del Tiempo con la Asociación de Bellas Artes de Elche en el Molí Real en la presentación de libros de poesía y revistas como la Galla Ciencia. La asociación cultural Tres Estaciones de Juan Ángel Castaño que quiso aunar música, literatura y gastronomía. Esta antorcha la ha recogido ahora la librería Ali i Truc que junto a diversas firmas patrocina la venida a la city de escritores conocidos y el maridaje literatura-comica en renombrados restaurantes. Juan León, cuando actuaba de gestor cultural, quiso poner en marcha actividades culturales en museos de la “city” que congregaran música, literatura, teatro… Intentos que cuesta fructificar. Parece que los creadores somos aves solitarias que sólo somos gregarios con nuestras tribus. Pero olvidamos consciente o inconscientemente al resto que también contribuyen al “potaje” que se cuece en el guiso cultural.

Desde aquí también quiero enviar una lanza de agradecimiento al gestor cultural, Julián Sáez, que con medios cada vez más escasos, ha planteado y teje una programación que ha reunido y concierta en el Gran Teatro espectáculos de calidad para un amplio espectro de público de teatro, música, danza, ópera y literatura con el propósito de llegar a cada vez más gustos y más exigentes. Además de abrir la manzana de la cultura en la Llotja de Altabix y en barrios y pedanías para niños y adultos.

¿Está muerta la cultura en Elche…? Cuestión controvertida pero lo dudo aunque uno sí observa una crisis de público al que cuesta acercar a los reclamos culturales y una desconexión entre los distintos agentes para plantear actuaciones que reúnen distintas disciplinas. Pero ésta, ¡ay!, quizás sea batalla perdida pues cada pájaro busca sombra en su árbol y no admite que los de bandadas próximas se arrimen.

P.D: Escuché con estupor la muerte del escritor Vicente Verdú, uno de los pocos iconos culturales que tenemos fuera de nuestras fronteras del Vinalopó. Me comunicó la triste noticia mi amigo Pepe Jurado y no acababa de creérmela… No lo traté en persona y es una pena pero amigos suyos me comentan que era un gran cinéfilo, un renacentista de la cultura y agudo observador y proyector de la realidad en sus ensayos que sí he leído y un pintor que quizás se quería descifrar y encontrar a través de su obra plástica. Hemos perdido un referente fuera de nuestros límites geográficos. Queda el otro Vicente, algunas actrices, una periodista que escribe novelas y poco más, que uno sepa. Siempre recordaré sus columnas lúcidas e iluminadoras columnas de opinión en El País y en El País Semanal. Siempre recordaré aquel artículo en la última página en El País Semanal titulado “El Elche C.F.” que me puso el corazón en trance cuando atravesaba aquellos tiempos de estudio en Madrid. Corrí a la calle a enseñar la revista y el artículo a mis supuestos amigos, hoy todos desaparecidos, ignorados, y ninguno me hizo caso. Verdú vinculaba su suerte anímica e incluso sentimental al devenir de su Elche en la Liga. Desde la lectura de aquel texto me ganó para su causa y empecé a leer libros con el sello de su calidad como periodista y escritor.

Francisco Gómez

El don de la armonía, por José Luis Zerón

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Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010.

Quisiera empezar con una observación que quizá pueda parecer baladí para quienes creen que no hay -o no debe haber- una correlación entre el poeta y su obra poética, pues estos consideran que lo que escribe el sujeto poético es solo una mixtificación. Pues bien, la escritura poética de Ángeles Campello es de una asombrosa autenticidad y refleja el carácter de la autora. En el caso de Ángeles, vida y creación poética están fusionadas en una honesta y coherente manifestación de saber estar en el mundo.

He ido leyendo y releyendo Malasia en el corazón y sus versos me han hecho más habitable la realidad. No en balde la autora concibió este libro durante un viaje que realizó a Malasia en 2005 para realizar un curso especial de Chi Kung, una serie de técnicas terapéuticas que proceden del budismo y del taoísmo, a través de las cuales también se alcanzan grados de espiritualidad comparables con el neuma griego o el prana hinduista. Básicamente es el arte de hacer circular la energía vital de la forma más adecuada, es decir, de alcanzar esa armonía que tiene diversos nombres según cada cultura, pero que es solo una y que en Occidente podemos encontrarla en Hildegard von Bingen, en el maestro Ekhard, en Paracelso, en los grandes místicos, en Emerson, Thoreau, María Zambrano, y ya en la actualidad, en poetas como Antonio Colinas o Clara Janés, por poner un par de ejemplos significativos.

En los títulos de las partes en que se divide Malasia en el corazón, están patentes la reflexión espiritual y la capacidad sensorial de la autora: MeditacionesNaturaleza sensitivaAlma fraternalYinnanasviaje interiormiradas y versos de amor. En realidad podríamos hablar de un solo poema fragmentado, compuesto especialmente por haikus y otros poemas algo más extensos con una medición libre.

Una de las particularidades de este libro es su desfase con la poesía feroz, desquiciada y descreída -en muchas ocasiones con un exceso de pose- que predomina en el panorama poético actual, donde conceptos como armonía, belleza, amor, son vistos con reservas cuando no con absoluta aversión. Ángeles Campello, fiel a sí misma, escribe un libro que es a la vez poético, filosófico y terapéutico, y que, como la autora misma, irradia confianza, optimismo y también una serena bondad, unas veces explícita, otras secreta; el stimmung o temple, estado de ánimo afectivo mediante el cual quien lo vive se abre al mundo y permite que el mundo se le revele. Como escribió el filósofo alemán Heidegger,“stimmnung es un mundo existencial fundamental”.

Los poemas que comentamos surgen de una sensibilidad especial: la de quien habiendo mirado el abismo, sabe cómo abrazar la plenitud. Porque la autora, como buena conocedora de las enseñanzas budistas y taoístas, no es un alma cándida y sabe que el mal y la oscuridad no son erradicables, pero sí pueden ser neutralizados cuando se les somete a la iluminación:

La luz debe venir de dentro

no podéis pedir que la luz se vaya,

tenéis que encender la luz.

Eso leemos en una cita del maestro y escritor budista Sogyal Rinpoche, y dice la autora como ejemplo de la armonía integradora de los contrarios:

La oscuridad y el silencio

temidos y esquivados

antaño, son buscados

deliberadamente ahora,

por una necesidad imperiosa

de vacío.

Se convierten en luz y

estruendo sonoro

en la calmada quietud

de la meditación,

siendo preludio y

antesala del despertar

La brevedad, la concentración y una depuración exquisita predominan en la poesía de Ángeles Campello. Apenas hay discurso, solo sentencias, fulgores reflexivos, versos aforísticos y hallazgos de intenso lirismo donde, como decíamos, también hay lugar para la pasión y los sentidos, porque en contra de lo que el lector pudiera pensar de una poesía de corte espiritual, no estamos ante un presupuesto ascético y árido en su austeridad; los poemas son respirables y dotados de energía:

Dónde podré guarecerme

de este inesperado

tsunami de pasión

que ha roto el dique

protector de mi corazón

devastando toda paz

y equilibrios alcanzados

La base de la poética de Ángeles Campello es clara y muy directa, y la naturaleza está muy presente y en permanente flujo en su pensamiento. Hay en estos poemas aforísticos condensación, claridad y sonido. Hay también un exceso de detalles nimios y cotidianos, sin apenas conectores, que resultan eficaces por su precisión y sutil contundencia, si vale el oxímoron para explicar la fuerza expresiva, la energía fluyente con que la autora revaloriza las imágenes previsibles y las expresiones demasiado explícitas. La voluntad de condensar de la autora, tan propensa al esencialismo, además de asumir el magisterio de autores budistas y taoístas, está próxima a poetas emocionales como Eloy Sánchez Rosillo, José Corredor Matheos o Vicente Gallego, grandes cultivadores del poema breve, pero se aleja de la generación de modernistas norteamericanos como Louis Zukofsky, Gerorge Oppen o Lorine Noedecker, que también cultivan el esencialismo pero desde una postura antirromántica.

Otra particularidad de la poesía de Ángeles Campello, al menos en el libro que comentamos, es la convivencia de un tono monocorde, meditativo, muy oriental, con una musicalidad ritmada y enérgica más propia de Occidente. Pero Malasia en el corazón no es un libro New Age, al uso, pues el talento de la autora lo sitúa por encima de modas remotas y filosofías exóticas. Hay una armónica fusión entre las reflexiones y las imágenes de este libro que rechaza el ser perverso sin negar la negatividad, porque ello significaría situarse de espaldas al mundo real. Se trata de un verdadero ejemplo de ingeniería armónica, de bienestar trabajado, de equilibrio entre el método programático de los maestros orientales y las expansiones sentimentales e intuitivas de la autora. También nos enseña Ángeles en este delicioso libro que la belleza lírica y los caprichos de la razón poética, no son incompatibles con el servicio al prójimo, y que la poesía alcanza grandes beneficios morales cuando quien la escribe es consecuente consigo mismo y sus sentimientos elevados derivan de la serenidad, de la seguridad, del amor fraternal y de la capacidad de dar a su ser una expansión universal para mejor sentir/la unicidad /de la naturaleza.

Colección Lunara plaquette, por Javier Puig

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Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Recientemente, se han publicado y presentado de forma simultánea cuatro plaquettes de poetas que residen en Elche. La menor amplitud de estos libros, de cuidado diseño pero escuetos en tamaño, podría sugerir, en principio, un aprovechamiento de obra menor, algo así como un cúmulo de salvables excedentes, que se presentaban así, con humildad, en grupo, diluyendo momentáneamente la individual importancia de estos artistas que tienen una valiosa obra aparte. Pero este posible prejuicio no ha podido maniatar mi sorpresa, al ir comprobando en esas páginas una calidad en absoluto lastrada por una desfavorable criba previa. Claro que, de estos cuatro poetas – dos mujeres y dos hombres –, solo conocía la obra de Cebrián y de An Yi Campello. No sé –aún – qué lugar ocupan en la trayectoria de Manuela Maciá y de Pedro Serrano estos intensos libros con los que me he iniciado en su obra.

Vida de poeta me ha supuesto la vuelta a una obra, la de Cebrián (aquí Carlos Javier), que me ha resultado siempre entrañable, por su insobornable autenticidad, y necesaria, por su potencia creadora. Leer a este poeta es siempre avanzar en el conocimiento del hombre que ha compuesto esos versos: “Mis poemas: sangre derramada”. Cada uno de ellos es precisa afirmación de lo que lo constituye, de la configuración personal que, entre el sentimiento y la autorreflexión, va consolidándose en una vida amadamente irresuelta.

Inicia Carlos Javier Cebrián esta plaquette con una primera parte, a la que llama Separata, en la que reúne expresiones poéticas – tangencialmente aforísticas –, aisladas u otras veces agrupadas en forma de breve poema. Aquí aparecen versos aislados, que son promulgaciones de su ser poético, una forma de autorretrato, o de retrato de aquel mundo que lo delata: “Poema: mi confesionario”, “el problema es que la vida no se comprende”, “soy animal herido”.

La segunda parte, Vida de poeta, no alberga poemas menores, sino que añade nuevas piezas capitales a su obra. Aquí prosigue con esas declaraciones personales que dirige – a veces a través de destinatario interpuesto – abiertamente a un público lector del que espera una sensibilidad comprensiva. Aunque no las tenga todas consigo, y mantenga ciertas reservas de rubor, la de aquel que duda de la amplia licitud de su discurso: “Aceptar por fin/ en qué poco estimáis/ esta mi consabida perorata”. Este pequeño libro, el más corto de los cuatro, finaliza con una Coda, unitariamente compuesta por La mirada de Josefina, que es un sentido homenaje a un amado y trascendente paso por la vida.

No conocía la obra de Manuela Maciá, pero estos Brotes que le he leído me han resultado una gratísima sorpresa. Están constituidos por poemas en prosa que me han impactado por su riqueza expresiva. Se componen de una corta, armónica sucesión de frases de ascendencia claramente poética. Su clara densidad está hecha de la captación de preciosas sutilezas que expresan agudas contradicciones. La autora se centra en un tono intimista repleto de imágenes bellamente elocuentes. No hay frase baladí, ni metáfora sin belleza o sin acierto, en estas lúcidas inmersiones en tan perturbadoras vivencias. Cada entrada es una variación sobre el tema del amor – del desamor – y podría ser perfectamente un fragmento de un hermoso diario. Son poemas del desencuentro, de la extinción, de la confrontación sentimental, de la repentina extrañeza del otro. En el desvelamiento de las ocultaciones del sentir, en el aprendizaje del desamor, siempre halla las precisas y rumorosas palabras: “Soy como un párvulo que ha de aprender a no amarte”, “fue hermoso, fue bello, nos amamos con intensidad, con ternura, incorrectamente…”, “estoy en la adolescencia de mi dolor y mi única esperanza es crecer para olvidarte”, “ya no eres tú, hace tiempo que te fuiste y por mucho que lo intento no logro hacerte regresar”.

La expresión del decaimiento está muy lograda: “En los bolsillos de la noche se esconden melancolías que las manos clandestinas oprimen”, “regreso con la tristeza pegada a mis espaldas, a donde mis manos no alcanzan, para poder alcanzarla”, “¿por qué crece el llanto dentro de mí y no quiere desbordarse? Rebusco en los rincones de mi alma y descubro un baúl de razones dormidas que no deseo despertar”. En la parte central, también Manuela Maciá incluye unos registros breves: “Cuando el dolor se haya ido ¿me quedará el consuelo de verte feliz?”, “ternuras muertas me rodean ancladas en mi sombra”. En fin, un gran descubrimiento.

La obra de Pedro Serrano también me era desconocida. Sus versos me han parecido la expresión de un carácter insumiso. Si fueran pronunciados en la calle, sin previa advertencia, el tráfico de los viandantes se detendría bajo el peso del sentimiento de una admonición. Se habría roto el consenso de la mentira, se habría osado argüir lo innombrable. Los poemas que componen su Falta de perspectiva son a menudo aforísticos, o bien telegramas de una suavidad muy frágil, presta a diluirse en las contundencias necesarias. La exigüidad en los versos es aquí altamente beneficiosa, concentra los novísimos mensajes, impide fugas del lector presto a eludir esta poesía incisiva. Hay aquí una continua rebeldía contra el silencio o el disimulo de las palabras, una incansable búsqueda de la invención de la verdad insoslayable. Pedro Serrano ha sabido percutir con tiento, desde la resolución de hablar claro, de no apartar la mirada de lo ingrato, algunas formas secretas de lo sagrado: “No caigas en la tentación de morirte antes de tiempo./ Previamente come de la fruta que otros no quieren./ Bebe el vino que toca la piel, sin decoro, /deja que las manos hurguen en tu sombra./ Sí, y tiembla”. O este verso que es fruto de su sabia ironía: “Practica la tardanza en las costumbres”. Pues eso: un decir imprescindible.

Después de Malasia en el corazón, estos poemas de An Yi Campello, reunidos en El vuelo de la grulla, me han reinsertado en ese ámbito de serenidad que sabe establecer la autora con sus nítidos versos. Sus palabras son una pacífica transcripción de las sensaciones más aquietadas, un homenaje a la beatitud, un manifiesto a favor de las dulces bondades de la paz mental. Pero también “una memoria de la emoción”: “Mi madre no es recuerdo,/ es vida en el milagro”. Lo suyo es la devoción por los nexos intensificadores de la vida, los que se establecen entre sus relevantes estancias y un yo que transcurre incitado dentro de su angosta plenitud. An Yi Campello está muy atenta a los mensajes que nacen en las cosas, a las sinestesias, a todo lo sensorial, a los enlaces que promueve la contemplación y, sobre todo, al silencio, en el que vuelve a insistir en la última parte de este grato poemario, donde se consigna esa calma que regenera la pulcritud en el vivir. En el último poema, El gran silencio, que dedica a su madre, se enlaza esa paradójica riqueza sensitiva, la del silencio, con la emoción de la primera parte, y así todo cobra un sentido integrador, una dirección hacia lo esencial que aquí se palpa desde las luminosas palabras.

Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

OBJETIVO: CENTRO, por Francisco Gómez

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aquienelche.com

Si hay una cuestión que tiene enredada a la “city” en estos tiempos es la peatonalización de la Corredora y buscar una solución al Mercado Central. En un principio se hablaba de empezar el proyecto de esta arteria principal tras las fiestas de agosto de 2018 pero la oposición de vecinos, comerciantes y parte del espectro político municipal ha replanteado la situación.

elche.com

El alcalde, Carlos González, ha manifestado que la peatonalización de la Corredora y ahora una parte del centro que incluirá parte del Raval, Passeig de les Eres de Santa Llucia hasta José María Buck (ahora Andreu Castillejos) no será posible hasta que se encuentre una salida a la patata caliente del Mercado Central. Para más enredo, el Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios ligados a la ONU a través de la Unesco), subrayó en un informe en primavera que la declaración del Misteri podría ponerse en entredicho si la actuación en el área del Mercado Central afecta al entorno del drama sacro-lírico (léase tráfico). La presidenta de este organismo, Alicia Castillo, ha manifestado su preocupación por este asunto y ha apuntado que habrá nuevo informe en otoño. El Ayuntamiento plantea una reforma del proyecto del Mercado Central a la empresa concesionaria a la que ésta se niega. Todo pendiente de unas catas arqueológicas que contemplen la presencia de una trama de tuneles de la Guerra Civil en todo el entorno y que obligaría a esta empresa a replantearse el tema. Un galimatías que ha traído y trae de cabeza toda esta legislatura a la Plaça i Baix.
En el diario único (Información-3 agosto-18) en noticia de José A. Mas se anuncia que hay un principio de acuerdo para revitalizar el centro en un proyecto que tendrá una duración de un mínimo de tres años, o sea, para el próximo o próximos gobernantes del sillón principal de la city. No se hará ninguna actuación de envergadura hasta que no se aclare el futuro del Mercado Central que depende de las catas arqueológicas, objeto de la controversia. A la peatonalización de la Corredora se sumará el Passeig de les Eres de Santa Llucia, parte del Raval y Corazón de Jesús, al otro lado del Vinalopó. Se persigue limitar el acceso con vehículo a residentes y servicios públicos y reducir muy mucho el tráfico en las calles Alfonso XII y Ángel. Las líneas de autobús H y F se reorientarán por el Puente del Ferrocarril. Este plan incluye la creación de dos nuevos aparcamientos subterráneos con mil plazas en Candalix y José María Buck con la inclusión de señalización dinámica en los accesos a la city con información en tiempo real de las plazas libres. Todo con la vista puesta en Elche Capital Europea 2030.
La actuación para revitalizar el centro contempla intervenir en Alfonso XII, Juan Ramón Jiménez, Ángel, Plaça i Baix, Corredera, Capitán Lagier, Porta Oriola, Sant Miquel, Fatxo, Porta Xiquica del Salvador y Nuestra Señora de la Cabeza. Tras muchas deliberaciones y reuniones, parece que sí hay acuerdo, con la oposición del algunas fuerzas políticas pero llegar a un acuerdo ha costado. Y mucho. Seguimos siendo “city” y reinventarse no es nada fácil. Otras grandes ciudades han peatonalizado su centro y ha funcionado: casos de Oviedo, Valladolid, Burgos. Y sus paisanos y turistas pasean por las calles y se acercan a los comercios y estos entornos urbanos han limpiado su cara de arrugas y concedido nuevos atractivos a sus vecinos y visitantes.
El aviso es claro; o renovarse o morir. Cada vez son más los establecimientos comerciales que han echado el cierre en el centro, con especial incidencia en la Corredera y cada vez se observa menos ambiente y menos personal paseando por el centro. Calles desoladas sábados y domingos por la tarde. Cada vez más ilicitanos largándose como mínimo al Aljub o a los centros de Alicante o Murcia donde el ambiente comercial y de ocio es, nos guste o no, mucho más atractivo.
El tardeo en la city no ha funcionado como quisieran muchos pubs, cafeterías y restaurantes y sí es atractivo en la vecina Alicante o Murcia. Muchos de estos pubs comentan que no les dejan trabajar como les gustaría por problemas de horarios y quejas de ruidos. Otro motivo para que haya menos marcha por el centro. Uno aún recuerda la cantidad de pubs y tascas que había en la zona en los 90 o la infinidad de discotecas de los 80 o la mayoría de los cines desaparecidos a principios de este nuevo siglo.
La fuga de franquicias en los últimos meses, sobre todo de la Corredera ha sido impresionante. Sin ánimo de hacerles publicidad pues no me va nada en ello, Osho, Massimo Dutti, Pull and Bear, la Magdalena en plena Glorieta hace poco… Sólo queda del grupo Inditex, Zara en pleno cine Capitolio. ¿Seguirá…? ¿No..? Deshojen la margarita.
Está claro que el centro de la city necesita una revitalización porque corre el riesgo de “morir de gloria” por épocas pasadas. Leí en los medios que los comerciantes de la zona se han mostrado renuentes a ofrecer a sus clientes aparcamientos gratuitos en la zona auspiciados desde la esfera pública. Así no vamos, si no queremos seguir anclados en el siglo XX.
Una reforma del Mercado Central, que no sea agresiva con su entorno ni aumente el tráfico, ¿por qué no podría ser posible? Por las mañanas, la parte de abajo, zona de venta de frutas, verduras, carne, pescado y demás y por la noche, espacios de hostelería y cafeterías modernas, atractivas para atraer al personal al centro a disfrutar de una cena mientras, por ejemplo, escuchas un concierto de música o cualquier actividad de ocio. Como uno ha visto en centros comerciales de capitales como Lisboa. ¿Por qué no crear rutas gastronómico-culturales, anunciados en carteles, internete, mupis por la zona, así como en los barrios para que la gente pueda disfrutar de tapeo al tiempo que escucha música o un monólogo o un recital de poesía…? En Granada lo hacen los bares y restaurantes y funciona. Además de las programaciones que siguen como Elx al Carrer, el Festival de Teatro y Música Medieval, las actividades de ocio que se organizan en la Glorieta entre comerciantes y ayuntamiento…
Modernizarse o ir cada vez a menos, un espacio menos atractivo para los ilicitanos y foráneos que deciden marchar a L´Aljub, al Corte Inglés en las afueras o largarse a la vecina Alicante o Murcia. Peatonalizar para dotar de atractivo el centro con una reforma del Mercado Central acorde con las demandas de protección que piden muchos colectivos y demanda el Icomos. O languidecer e ir desapareciendo y crear espacios muertos que sólo tienen actividad por las mañana de lunes a viernes por la actividad administrativa del centro.

Esta es la cosa o al menos así la ve uno
El futuro del centro ya marca su cronos. Tic, tac, tic, tac…

Nocturno off line, por Francisco Gómez

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Amables lectores amigos, ¿se han dado cuenta ustedes (seguro que sí) que un área que abarca dos provincias en un radio de 60 kilómetros, dos Comunidades Autónomas y una población de más de un millón de habitantes entre Elche-Alicante-Murcia y la Vega Baja, no hay transporte público buena parte del horario nocturno? Se produce un apagón de la capacidad de trasladarse de un sitio a otro que abarca más de 7 horas, casi un tercio del día, si uno quiere desplazarse de Elche a Alicante o viceversa o ir hasta Murcia y regresar a Elche o Alicante.
De acuerdo a las informaciones que he tomado como referencia, el transporte en tren de Elche hasta la estación de Murcia del Carmen comienza a las 6.20 de la mañana hasta las 22.45 de la noche. El servicio de autobús entre Elche y Alicante da inicio a las 7.05 de la mañana hasta las 22.15 de la noche y al revés, de Alicante a Elche, de 6.30 de la mañana hasta las 9.30 de la noche. ¿Y luego qué…? Nada. Apagón del transporte público buena parte de la noche.
Ampliar el servicio nocturno público de transporte entre estos núcleos de población seguro que facilitaría el movimiento de la población entre estas ciudades por motivos laborales, sociales y culturales de ilicitanos, alicantinos y murcianos que podrían acercarse más de un sitio a otro sin temer al filo de la espada del último autobús o último tren que te traslade a tu lugar de origen. La rentabilidad social de este servicio está clara. Pero no sólo social. Seguro que también económica. Aportaría un mayor movimiento de personas que no estarían atenazadas por los horarios y los paisanos de unos y otros lugares podrían desplazarse sin tantas limitaciones nocturnas para asistir a actos culturales, gastronómicos, laborales, reuniones y encuentros con gentes de unos y otros sitios.
Recuerdo como si fuera ahora y han transcurrido ya !!21 años!! (Cuán presto escapa el tiempo y se marcha el placer y las horas de la dicha, al dicho manriqueño) cuando mua trabajaba en un medio de comunicación en Alicante y por las noches tenía que salir ¡¡corriendo¡¡ como alma que persigue el diablo, para coger el último tren que salía desde Alicante hasta Elche a eso de las 10 y poco de la noche porque perderlo significaba o quedarme la noche entera allí o coger taxi que me costaba una pasta. Y el tren abarrotado de personal, cansado, durmiente, que como uno, corría desaforado para que no escapase sin él. El autobús se había marchado ya y ésta era la única vía de transporte público que quedaba con la city ilicitana. Hablo de 1997 y observo que muy pocas cosas han cambiado en ¡¡20 años¡¡¡ Al parecer a nuestros queridos políticos y empresarios y fuerzas sociales vivas esta cuestión no les parece relevante…
Otra cuestión no pequeña: desde los medios de comunicación se hace hincapié a través de campañas de televisión, radio, prensa y medios digitales que no cojamos el coche por nuestra seguridad si bebemos o tomamos sustancias estupefacientes. Por nuestra seguridad y la del resto de los conductores. Aquí tienen otro motivo para fomentar el transporte público nocturno. Evitar los desplazamientos nocturnos de vehículos en carreteras y autovías saturadas si los conductores por cansancio u otros motivos no están en condiciones de conducir cuando se apagan las luces del día.
Más motivos, éstos de índole cultural que luego aparejan en muchos casos desenlaces en bares, restaurantes y demás. Muchas presentaciones, exposiciones, festivales, recitales se celebran a últimas horas de la tarde. A partir de las 8 de la tarde y terminan, como pronto, a las 9 o 9.30 de la noche. No tienes más opción que irte en coche o coger un taxi para volver cuando te plazca o salir pitando en busca del último autobús o tren de la noche hasta el día siguiente. Y te pierdes el contacto, la conversación con los demás que enriquece tanto o más como escuchar presentaciones, recitales, conciertos y demás.
Los rectores del transporte público sólo ponen servicio nocturno de transporte en fechas clave: Carnavales, Hogueras, Bando de la Huerta, Entierro de la Sardina, Festes d´Elx… y el resto del año, qué? ¿No nos movemos de un sitio a otro?
Mucho me temo que este artículo no sirva de nada. Un desfallecido clamor en el desierto. Un mosquito que pica pero no hace que el elefante reaccione y con su trompa aleja. Una voz que no interesa en la mar de la indiferencia…
Señores políticos, empresarios, asociaciones de comerciantes y hosteleros pidan que de una vez se implante el servicio de transporte nocturno público entre una gran conurbación de ciudades que reúnen a más de un millón de habitantes.

Ganaremos todos

Seguro