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El polvo de los días, por Francisco Gómez

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Recorro las calles que el niño andaba para ir al colegio, asfalto acariciado por la luz de la mañana. Los pasos apretaban para no llegar tarde al toque de sirena. El bocadillo en la cartera y los deberes hechos la tarde anterior.

Aquellas calles que conservan su nombre pese a la marea de las jornadas y el curso de los acontecimientos. Observo a aquel niño que era feliz porque se sentía amado. Querido por sus padres, abuelos y tíos, estimado por sus profesores; D. Miguel, tutor de Ciencias Sociales en séptimo de E.G.B, D. Eladio en sexto para Lengua, D. Daniel, el temido y estricto profesor de inglés que ponía la fila más derecha que un día sin pan, D. Lucas de Matemáticas y Física y Química y su pipa inolvidable y el tratamiento de Ud a niños que no entendían los conceptos.

Una luz invernal besa mi piel. La brisa entona cierta canción de recuerdo. El nombre de algunos amigos: Andreu Marroquí, Sánchez, Juanfran, Alfonso Catalán, Payo Barroso, Raúl Moral Herrero. Nos llamábamos por los apellidos más que por nuestros nombres. Aquel era un niño dichoso que soñaba universos. En los recreos intercambiaba sellos con Marroquí y Sánchez en la repisa de las ventanas y mandaba cartas a las embajadas para que le enviaran pequeñas joyas de otros países. Iba a fábricas como Uniroyal para pedir sellos que aquí le daban en grandes sobres marrones, casi siempre muy repetidos que alguien le guardaba escrupulosamente. Le gustaba estudiar muchas cosas que hoy ha olvidado y se han marchado por el sumidero de los calendarios.

La calle Guillem Santacilia que culminaba en Palmerers en la Clínica Ciudad Jardín y a la izquierda los chalés, cada uno con su arquitectura particular. Al otro extremo en la frontera del barrio en la Plaza Benidorm, la calle Pío Baroja que culminaba el fin de un mundo y el principio de otro.

Ese niño era feliz. Su madre se llevaba a su hermana y a él para que ella cuidara a su abuela tres meses al año en aquella casa adusta, fría, con el taller zapatero de su abuelo ya arrinconado, cerca de la iglesia, en el pueblo más universal de la literatura española donde un manco dicen que se enamoró de una dama en aquella inolvidable villa.

Los tiempos aquellos cuando un niño no era desterrado a BUP hasta los 14 años y comenzaba una nueva etapa estudiantil, ya muchachito. No como ahora que los “exilian” del colegio a los 12 años para enfrentarse demasiado pronto a la adolescencia y a los “gigantes” compañeros. Pero, ¡oh, curiosa paradoja!, miro los temas que estudia mi querido sobrino Sergi y sus materias apenas han cambiado sobre las que uno aprendía y les siguen inflando a deberes y controles. Uno comenzó el instituto cuando la jornada era partida, a doble turno y Los Palmerales aún no se había construido. Las casas que allí se arracimaban eran de planta baja y tejado de uralita. Aquella fue, sin dudarlo, la mejor época de estudiante de mi vida. Soñé amigos eternos. Muchos han desaparecido, cada cual en sus afanes, por las aguas de los vagones. Algunos quedan: José Miguel Lledó Orts, Miguel Valverde, Alberto Martínez Román, José Manuel Molero, Juan Martínez Torres, Andrés Ruiz Quevedo. Los amores no correspondidos del muchacho aquel que no había perdido la llama de la inocencia y la ilusión.

Los profesores a quienes guardo vivo afecto y profunda gratutid: Pedro de Geografía e Historia, Blanca de Griego que permitía fumar en clase, hoy impensable, Gaspar de Matemáticas, Bernardino que me enseñó el amor por la Literatura para siempre, esta amante que nunca abandona por adversas que sean las jornadas y mis ojos puedan sumergirse en el océano cambiante de las letras.

Aquel joven ideó metas futuras, diluidas hoy en el azucarillo de los días. Aspiraba a ser una figura mediática en el mundo de la comunicación, referente de la opinión pública. Imaginaba llegar a la historia de la literatura por las obras que escribiría. Ser leído y seguido por legión de lectores…

Aquel joven también fue feliz. Seguía con el amor de sus padres y el cariño de sus abuelos. Amigo de sus amigos del instituto y de la calle donde vivía con interminables partidos de fútbol. El tiempo nos esperaba y no había dudas posibles en nuestros designios

Deambulo por esas mismas calles que permanecen doradas pero el polvo del camino ha dormido los sueños. Ya no se cumplirán las mayoría de propósitos. Ya se han marchado muchos de los referentes o están en las últimas travesías antes de estación término. Ya la mirada es más escéptica y afilada. Ya se duda, quizás para siempre, de las grandes palabras…

Las calles que hoy piso despiertan los fantasmas que alzan sus voces con el latido en mi pecho. En oración callada les doy las gracias por la dicha de ser amado y amar gracias a ellos, a quienes quería y quiero.

Las calles que atravieso con un velo de sueño y melancolía mientras mis pasos me llevan no sé dónde.

Francisco Gómez

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UNAS PALABRAS PARA JESÚS REQUENA, por Francisco Gómez

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2018 se las prometía felices cuando empezó a caminar pero para quien esto escribe fue un año duro, cruel en el castigo y uno de los motivos fue la temprana marcha de mi amigo, el poeta y escritor Jesús Requena Pleguezuelos.

Ya no recuerdo bien cuándo nos conocimos pero sí sé que entre nosotros surgió una química especial de amistad y literatura, casi desde el principio. Jesús era un exigente escritor y crítico literario, con unas exigencias de perfeccionismo en sus textos y en lo que leía fuera de lo común y uno a veces saltaba la criba de su rigor lector hacia mis textos que nunca acabaré de agradecérselo.

Una maldita enfermedad vino a visitarle de improviso este desgraciado año cuando uno ha vivido sensibles pérdidas entre algunos amigos y quebrantos que aquí no vienen al caso y Jesús ha sido uno de ellos, casi en sus postrimerías, en diciembre.

Su obra publicada, más bien escasa se centra en un libro de poemas, “Violento íntimo”, otro de relatos “Una rosa para tía Gisela” que transcurren en Benújar, un pueblo del sur, un espacio idealizado y mítico, como explica el propio autor en la contraportada del libro y su novela “El carrusel”, una abigarrada crítica social de la so(u)ciedad de la indiferencia que entre todos hemos creado. Sé bien que tiene obra inédita pues presentó a un concurso importante una nueva novela que no resultó premiada que también envió a editoriales. No le contestaron de forma positiva y estoy seguro que tendrá más joyas guardadas entre sus papeles, que supongo tendrá su familia. Ojalá algún día vean la luz en forma de palabra impresa. Aquí tiro la piedra por si alguien quiere cogerla.

Su conocimiento de la literatura y escritores de todos los tiempos era enorme y ejerció la crítica literaria durante unos diez años en el diario Información así como la redacción de artículos de opinión, además de ser el impulsor de la revista de creación “Gacetilla literaria” que echó a caminar en el 2000 junto a Antonio Zapata, Pere Vicente, Benigno Esteban y otros escritores más y en calidad de padrino, el también desaparecido ese maldito año Vicente Verdú.

Pero no me interesa resaltar estos datos biográficos de una carrera literaria que aún tenía que dar mucho pues Jesús ya estaba en su madurez literaria y personal. Muchas veces se nos agotaron las luces del día hasta la inquietante noche entre rubias nocturninas y cubatas hablando de lo divino y lo humano. Una de sus preocupaciones era la tarea infructuosa de escribir para un cada vez más escaso público lector interesado en leer historias en los tiempos de internete y el triunfo de lo audiovisual. Indagar en la calidad de nuestros escritos pues él conocía bien la historia de la literatura escrita y la profundidad de los autores que habla de la vida, la muerte, el tiempo, la fugacidad de las cosas que se marchan, la identidad, la pérdida, la derrota, la sociedad que les tocó vivir.

Muchas veces me preguntaba, se preguntaba: ¿Valdrá la pena lo que escribimos si ya está todo bien dicho? ¿Le importará a alguien lo que hacemos…? Y me dejaba más dudas sembradas en un hombre de por sí contradictorio y surcado de interrogantes.

Su mirada azul, observadora, irónica y muy escéptica me contaba esta y otras muchas cosas mientras fumaba sus cigarrillos con boquilla en una pose elegante y abstraída como a la búsqueda de las cosas que se pierden por los días y ya no se vuelven a encontrar. Hablábamos, fumaba él y bebíamos los dos en aquella quilla de aquel garito donde compartíamos cervezas y güisquis y gintonics mientras veíamos la fauna que deambulaba y se dejaba caer por allí, perdedores de la noche y las ilusiones, quizás como nosotros mismos. Cada cual con su historia de derrotas a cuestas. A pesar de las tormentas, su sonrisa descreída y libre no amainaba y me regalaba confidencias, conversaciones y reflexiones que ya guardo para los restos.

Otras veces, me llamaba de modo imprevisto para irnos a comer al Túnel, un restaurante popular y sorprendente del Camp d´Elx que él conocía y del que era asiduo comensal. Otra pléyade de personajes se daba cita en aquel sorprendente establecimiento, distintos a los solitarios nocturnos expulsados de las islas del amor. Paisanos bregados y curtidos en la labores del trabajo y parejas hastiadas por la carrera de los años. Nunca olvido el menú que allí sirven de arroz con marisco y cordero de segundo, bien regado con vino de la casa o litro de cerveza y que tú me descubriste.

No te olvidamos, nos negamos que desaparezcas de nuestras vidas. Formas parte de nuestro cuarteto con Antonio Zapata, José Antonio Amorós, tú y el muá. Que sepas (ya lo verías) que en Los Zagales de Murcia, cerca de la catedral, brindamos por ti antes de conocer a otro poeta y escritor.

Espero que tu pluma no caiga en el olvido como tantas y tantas han caído con la carrera de los años y el juez imparcial, riguroso y estricto del Tiempo.

En mi memoria, en mi corazón y en mi amistad, no caerás. No tendrás esa breva.

Ojalá desde el azul inconcreto y misterioso te haya despertado una de tus sonrisas. Esa que tú sabes dibujar con tus labios y mirada escéptica y humana.

Francisco Gómez

P.D. Con vuestro permiso, a continuación podéis leer una reseña que escribí en el ya lejano 2013 de su novela “El carrusel”

Va por ti, Jesús

Amigo

EL CARRUSEL

  Gustavo Martín Garzo Aliaga, alias Jesús Requena Pleguezuelos, nos presenta en su primera novela “El Carrusel” un retablo terrible y hermoso de la sociedad de nuestros tiempo con seres humanos, en especial hombres de una determinada barrera de edad, acosados por dos principales y fantasmagóricos miedos: el miedo a la soledad y la falta de amor en sus vidas para encarar en compañía el declive y el miedo a la enfermedad que conduce de forma inexorable a la muerte.

  Los personajes de esta tercera obra del autor que nos ocupa, tras su poemario “Violento íntimo” y el libro de relatos “Una rosa para tía Gisela”, son seres perdidos en mitad de la noche. “La noche. Lo que habita la noche es la nada, la nada única y absoluta. La nada por doquier”.

 “El Carrusel” es un texto descriptivo de sus personajes al principio para convertirse después en un entramado narrativo simultáneo de los hechos y acciones por las que se mueven este abigarrado grupo de hombres y mujeres, que sólo se encuentran todos juntos en el penúltimo tranco en una mascarada que habla de la incapacidad de conocernos y relacionarnos unos con otros y salvarnos del naufragio de la soledad en tiempos indiferentes.

  Los fragmentos líricos al principio y final del cuadro general son intensamente poéticos: “Hay multitud de cuerpos reposando en celdas selladas…voces ocasionales que resuenan entre las paredes de los edificios con un eco indescifrable de lejanía y de misterio… hombres solitarios que no beben de la luz sino de las tinieblas, hombres solitarios dispuestos a vender su alma por un instante de felicidad, por un instante de placer a cambio de un no sé qué, a cambio de nada”.

“Puñales de hielo hundiéndose en los corazones de los solitarios, de los heridos de amor y de sueños, esclavos perennes y parásitos de la búsqueda y de la huida”.

  Las críticas al amor convencional, a las redes de comunicación, en especial internet como medio de relación, a los mass media y la insensibilidad que despiertan en el público son otros ingredientes que condimentan esta tragicomedia de seres desarbolados en busca del amor que les salve de las garras de la soledad y la desesperanza.

 Pero algunos personajes no sucumben gracias al milagro del amor que surge de entre las tinieblas. Otros caen ante la indiferencia y el silencio. Como la vida misma con su inquietante traje de luces y sombras. 

 “El Carrusel” es una novela necesaria para explicarnos el frío en los inquietantes tiempos actuales. Y el autor promete nuevas entregas para completar el retablo del maremágnum en los primeros peldaños del XXI siglo. Permanezcan atentos.

II

Esta reseña que acaban de leer, si han llegado hasta aquí, pertenece al texto que este maldito pecador iba a leer en la presentación del libro en una ciudad mediterránea de cuyo nombre no quiero acordarme. Para más información consulten en el libro “La city-3” el artículo “Literatura y rabia”. Al mencionado acto no acudió ni un sólo posible lector de la novela a una librería de la innombrada ciudad. El autor y presentador acudimos después a templos de Baco para devorar rubias nocturninas y comentar las cuitas de tan desangeladora sensación. A la semana siguiente este incordiante acudió a una charla de literatura con una escritura mediática, cuya primera novela vendió más de un millón de ejemplares, traducida a no sé cuántas lenguas y con serie preparada para emitir en televisión cuando la coyuntura lo permita. La sala estaba a rebosar y devotos lectores aguardaban cola para firmar ejemplares. Duele decirlo pero en el mundo de la literatura las luces de neón y los caramelos mercadotécnicos a veces conducen al rebaño.

Francisco Gómez

(11 de febrero de 2013)

Sobre los Amores Sotánicos, de José Antonio Muñoz Grau, por Javier Puig

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Con Amores Sotánicos, José Antonio Muñoz Grau, vuelve a incidir fundamentalmente en un tiempo (el de la República y el de los albores de la dictadura) y un lugar (la Vega Baja alicantina), de los que sigue extrayendo historias diversamente sobrecogedoras. Esta vez, la temática es la de los abusos sexuales por parte de los miembros de la iglesia, un asunto sobre el que hay abundante información en algunos países, pero que aún no se ha destapado en otros, entre ellos en España.

El soporte principal de esta historia está en unos magistrales diálogos que ocupan la mayor parte del texto, y que nos remiten a muy diferentes tipos de conversaciones. Entre ellos, están los que retratan el obtuso talante de los representantes del poder político y religioso de una época tenebrosa, con sus afirmaciones delirantes, la obscena hipocresía y el demoledor cinismo. Por momentos, nos sentimos atrapados entre el nauseabundo aire de unos personajes siniestros, que vomitan sus aseveraciones absurdas, la consensuada falsedad, el tono terminante y la fe en su endogámica locura. Nos resistimos a creer que puedan asumir plenamente su papel aberrante, y preferimos imaginarlos necesitados de teatralizar su integración en la oscuridad vigente.

Junto a estas conversaciones públicas, ajenamente vergonzantes, están las diabólicas y secretas voces de unos curas perversos. Tienen una monstruosa forma de acometer sus abusos, sus violaciones, disfrazándolas de rocambolescos argumentos, que desvirtúan los mandatos de la religión, para tratar de justificar unos actos absolutamente repugnantes. Todo ello, amparados en su poder, en el permanente terror que infunden, propiciando su impunidad a través del silencio, tanto el de las víctimas como el cómplice de sus superiores.

Pero esta historia no acaba en el momento en el que se producen los hechos principales – entre los años 1930 y 1932-, sino que se extiende por los años más oscuros del franquismo, en los que se amparan todos los crímenes de sus acólitos. A través de los diferentes saltos en el tiempo, se nos sitúa definitivamente en una época más cercana, en torno al 2000, ya en plena democracia. Ahí alcanzamos al personaje principal de la novela, Rufa, nacida de aquella violación de su madre por parte del cura don José, ahora ya inmersa en una avanzada madurez y seriamente enferma.

Amores Sotánicos es otra novela fragmentaria, constituida por muchos y cortos capítulos, en los que, como si fueran aisladas escenas, se reinicia, desde distintas perspectivas y épocas, la profunda inmersión en una problemática que aquí se nos expone desde la concreción personal, desde la penetración en las acciones y los sentimientos principales de sus protagonistas. Así, al lector se le desplaza continuamente por diferentes escenarios en los que asiste a su siempre impactante y diversa expresión. Entre las escenas más difícilmente atendibles están aquellas de los abusos, en el que el autor no nos ahorra su insidiosa truculencia, que no lo es tanto la de la propia exposición de los actos, como el insoportable detalle de la morbosa y cruel actitud de sus perpetradores.

Como decía, los diálogos son, en todo momento, relevantes y utilizan un lenguaje que describe el perfil cultural de los protagonistas, a través de un hablar castizo que también expresa su talante. Y es, en las palabras de Rufa, donde más se aprecia la rabia, el ininterrumpido dolor. Es esa manera de hablar de quien se cree con el dolorido derecho de no maquillar socialmente sus expresiones; de quien conoce, de primera mano, la humillación que la sociedad puede infligir a sus víctimas preferidas.

Uno de los decursos más logrados de la novela, es esa lenta, delicada relación que se desarrolla entre Rufa y Cesáreo. Este la conoció cuando ella estaba en el hospicio oriolano de la Misericordia – antes la Beneficencia -, y se enamoró de ella cuando, en el cine, la contemplaba mientras ignoraba la película. Luego, la vida los separó. Ella tuvo que acatar un matrimonio impuesto, con un enfermo mental al que tenía que proveer, aunque fuera sin contacto físico, de sus desahogos sexuales. Eran las consecuencias de ese cruel submundo del que participaban todos los que salían a la calle impostados de decencia.

Muñoz Grau vuelve a demostrar aquí esa habilidad suya para superponer planos, para contrastar escenas. Por ejemplo, esa forma de entreverar lo atroz y la liviandad de la inocencia, como en esa escena en que el cura somete sexualmente a Ramona, la madre de Rufa, mientras, encapsuladas en sus juegos, afuera, se oyen las voces de los niños. La descripción de los sentimientos se hace en este relato, más que desde una narración directa, linealmente explicativa, mediante la inclusión de frases que se elevan con gracia, algunas de ellas reflejando dichos populares o culturales, y otras creadas por el propio autor.

En los diálogos de esos sexagenarios que son Rufa y Cesáreo, de esa mujer dañada desde su nacimiento y de ese hombre que desde su infancia ha querido implicarla en su vida, hay mucha irrestañable verdad. Ella siente que su vida le ha sido hurtada y, cautelosa, no se ve capaz de recuperarla como si nada hubiera sucedido. Él avanza con suma pulcritud hacia ella, con cuidado infinito, intentando averiguar el resquicio por donde atravesar esa barrera defensiva que impone, esa irremisible y totalizadora asunción de su desgracia. Se reúnen en el patio común de sus viviendas—cuya contigüidad ha forzado él, comprando la casa vecina— y, juntos, ven películas grandiosas, memorables, que les suscitan palabras con las que intentan explicar sus propias vidas.

Amores Sotánicos es una novela muy rica en sus variadas y profundas perspectivas sobre unas mismas actitudes vejatorias, pero también sobre un cierto retrato histórico de Orihuela, que incluye también alguna digresión temática. La lectura de este libro resulta tan nutritiva como dura, por esa sumersión en un ambiente enfermizo a la que nos fuerza, obligándonos a contemplar detalladamente a unos personajes que ejercían su vileza en la sociedad hipócrita y abyecta que los amparaba. Aunque, de otra más melancólica manera, también nos conmueve el ensombrecido recorrido de las secuelas de las víctimas, sus voces hechas de amargura, de unas palabras que expresan el menoscabado amor a la vida. Todo ello aderezado con esos comentarios del narrador, que describen, con original perspicacia literaria, los sucesos emocionales que los atañen. José Antonio Muñoz Grau ha vuelto a impactarnos con otra espeluznante historia rescatada del olvido.

LA BELLEZA AMOROSA, por Francisco Gómez sobre 4º sin ascensor de Esther Abellán y Lágrimas de sombra de Mariano Sánchez Soler.

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El 10 de enero asistí a la presentación en la librería 80 mundos de Alicante de los números 5 y 6 de la colección Lunara plaquette de poesía, dirigida por Carlos Javier Cebrián, de Ediciones Frutos del Tiempo.
Los poemarios “4º Sin Ascensor” de Esther Abellán Rodes y “Lágrimas de sombra” de Mariano Sánchez Soler son de una belleza amorosa suma. El segundo el amor desde el dolor de la pérdida y el duelo y el primero la resurrección por el amor que cambia los caminos. Hasta el espacio que se habita. La ciudad, escenario de los dos textos. Desde la sombra y la luz.
La colección Lunara poesía plaquette comenzó su andadura en mayo del pasado año cuando se cerró el ciclo “La dignidad de la palabra” en el Gran Teatro de Elche con poemarios de los miembros de Frutos del Tiempo, An Yi Campello, Pedro Serrano, Manuela Maciá y Carlos Javier Cebrián. Ahora continúan con estos textos poéticos que encierran mucha verdad y sentimiento amoroso desde las orillas de la esperanza y la pérdida.
Esther me ha sorprendido. Sus poemas están atravesados de abrigo e imágenes desde la ciudad herida por los amaneceres, la luz dorada y la indiferencia.

LA CIUDAD de los buenos días
cómo si no pasara nada.

……..

No sabe que en las calles existe un secreto.
Dos locos que bailan
mientras el tráfico y la soledad
buscan supervivientes en los portales

………..

Las calles seguirán caminando,
el asfalto reclamará nuestros nombres,
sabremos que la eternidad existe
en un pequeño edificio

Arquitectos del paraíso
sobre los huesos,
supervivientes en una ciudad
demasiado fría.

¿Qué decir de Mariano Sánchez que no se haya dicho ya…?
Escritor, con especial dedicación a la novela negra. Periodista, especializado en temas de la transición y la familia Franco y poeta. Su antología “Fuera de lugar”, (1971-2000), publicado por el Gil-Albert permitió descubrirlo como el gran escritor de versos que es. “Lágrimas de sombra” surge tras “Desprendimiento”, un enorme texto elegíaco dedicado a su pareja Ana Paula, como él mismo dice en la dedicatoria, junto a sus hijas, Marina y Júlia.

Contiene poemas que me traspasan, como “Hospital”

Otro golpe brutal,
naufragio que despierta
nuestro dolor más claro.
Solo queda vivirnos
en las horas intensas
sin hablar del mañana

……….

De “En silencio”, su final

pues vivir es morir
simulando en silencio

El duelo que vive en su segunda parte, como bien describe “Aprendizaje”

Aprender a vivir
sin tu manera dulce
de decirme te quiero.
Aprender a vivir
con el alma en la piel
de la muerte constante,
con tu ausencia invencible;
después de tanto tiempo
y tanto amor en lucha
………

O la esperanza que se abre paso tras el crudo invierno en la tercera parte, como sugiere “De repente”

Tras derramar
todas las lágrimas,
sin esperar,

de golpe,

inesperadamente,
se abre paso
la vida

El editor de la Lunara poesía plaquette comentó que “publica lo que le da la gana” pero uno sospecha que sabe muy bien lo que hace y a quién publica y el aliento y la calidad poética no los pierde de vista. Anunció que en mayo habrá dos nuevos textos de dos poetas que hace tiempo no publican y a quien uno guarda mucho cariño y devoción por sus versos: Juan Lozano y Juan Ángel Castaño.
La alicantina librería 80 mundos, dirigida con nuevos bríos por Sara Trigueros, Carmen Juan, Marina Vicente y Ralph del Valle estaba llena hasta la bandera para asistir a la presentación de estos poemarios. Muchos amig@s allí. Sergio Gadea, José Luis Ferris, Antonio Zapata, David Matuska, Pedro Serrano, Milagros Maciá y muchos más en una fiesta de la poesía y las letras que no olvidaré.
Seguiremos con atención esta colección que ha empezado con fuerza y calidad.
Por cierto, el vino y los bombones, de categoría. Medio cenao a pesar del catarro salí.

Francisco Gómez

La sonrisa más lírica se ha apagado, por Antonio Zapata

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https://diariodealicante.net/la-sonrisa-mas-lirica-se-ha-apagado/

La literatura ha perdido la sonrisa más lírica, la que portaba como estandarte personal en su rostro granadino, nuestro apreciado amigo y compañero de tertulia, Jesús Requena Pleguezuelos. Y quiero, en este día nublado y frío, de despedida cruel y homicida, hablar de su innegociable romance con las musas. Jesús amaba profundamente los libros, la poesía y la buena música, pero sobre todo amaba las tertulias, charlar con buenos amigos en la cafetería “El Parquet”, donde en el último año del siglo pasado, ambos, urdimos, como dos curtidos lobos literarios, la creación de una tertulia cultural abierta a todo el mundo con inquietudes en la lectura y en la escritura. No contento con ello, Jesús pidió más, un sueño perseguido desde hacía tiempo: elaborar una “Gacetilla Literaria” – de la que fue director-, que vio la luz en el año 2000, inaugurando el segundo milenio, junto a otros escritores como Pere Vicente, A. H. Pozo y los compañeros tristemente fallecidos: el novelista Manuel Segarra y el prolífico escritor, poeta y ensayista ilicitano Vicente Verdú, que apadrinó la gacetilla.

Gacetilla Literaria

Jesús, había escrito poesías, relatos, cuentos y novelas. Vivió la vida que quiso, sin descuidar la familia. Su libro “El Carrusel”, denota su habilidad para recrear personajes variopintos y reales. Persiguió lo imposible, la perfección en la escritura: una exigencia vana. Él era consciente de ello y lo corroboraba en la lectura y consigo mismo. Siempre le preocupó más el paisaje que el fondo. Era muy buen crítico en sus opiniones estéticas y formales, y causaban un gran respeto y admiración, entre los escritores y poetas, sus justos y equilibrados veredictos. Labor poco común, que no se suele dar por estos pagos, ni en otros.

Jesús Requena, ya no podremos hablar más contigo, entre un café relajante o una fresca cerveza, que solías tomar, frente a mis manos embriagadas de whisky, el café con leche de Paco y el vermú de Amorós. Nuestra conversación, siempre apasionada e intensa, ha huido como las hojas de los árboles de este invierno que llega. No importa, Jesús, tendrás siempre tu sitio entre nosotros: José Antonio Amorós, Francisco Gómez y el que te escribe. Nos hemos quedado cojos, las mesas las sillas, también se han quedado cojas, sin tu musa, tu sonrisa cálida y esos ojos azules que nos traía el mar en cada palabra que pronunciabas.

Sé que nunca llegarás a leer esta modesta carta, este pequeño homenaje que me apetecía explayar emocionado, para relajar mis vísceras y acallar el latido desbocado, este bombeo incesante que me sube por el pecho y me ahoga el acento. De todas formas, querido compañero Jesús, aguárdanos, que iremos acudiendo poco a poco, y cuando estemos los cuatro, átomo arriba o átomo abajo, celebraremos una cojonuda tertulia de difuntos, para hablar de los vivos, pobrecitos, los vivos, con sus problemas a cuestas.

Antonio Zapata Pérez

 

Sobre Espacio transitorio, la ineludible mirada poética de José Luis Zerón, por Javier Puig

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Con la publicación de Espacio transitorio, en Huerga & Fierro editores, excelentemente prologado por Jordi Doce, José Luis Zerón amplía su ya extensa obra poética; y lo hace, según nos ha aclarado el mismo autor —en la interesantísima entrevista que le ha hecho Ada Soriano—, no con sus más recientes creaciones, sino con poemas que mayoritariamente fueron escritos entre los años 2012 y 2013.

Tanta veteranía en un poeta, podría ser signo de redundancia. Pero no es el caso de Zerón, quien, en cada nuevo libro, nos obliga a resituarnos frente a su obra. Y no es que no apreciemos en ella sus valiosas constantes —sus consolidadas percepciones, la hondura de sus esenciales sentimientos, las palabras clave— sino que estas se ensamblan en un armazón suficientemente novedoso, enriquecido por las nuevas perspectivas que va descubriendo en la atenta escucha, en la escrutadora mirada que dirige a los silencios de la vida. Pues hay que intentar rebatir esa genérica confesión de solipsismo que se expresa en el poema Los otros 2: “Nosotros no escuchamos su silencio, / hace tiempo que no sabemos escuchar”.

Me ha llamado la atención, en este libro, el tono elevado de algunos de sus poemas, el grito que son, el desbordamiento de emociones claras que se expresan a través de unos versos, a menudo extensos, casi siempre exhortativos; y que buscan la revulsión de las actitudes que se resignan a las inherentes trampas de la vida. Por otro lado, me he encontrado con una amplia diversificación de miradas. Hay, en gran parte de este poemario, una más concreta asignación del sufrimiento. Aquí, la expresión del discurrir humano, de su penar indefenso, se personaliza, bien en un singularizado ser, bien en la atención a un anónimo colectivo de hombres y mujeres apartados de los supuestos festines de la vida.

Encontramos poemas que nos revelan diáfanamente su motivo, que parten de las impactantes imágenes de ese mundo que también es el nuestro, aunque estemos a salvo de sus agresiones, indiferentes a su latido. Así los poemas La niña de Srebrenica o Después de ver una fotografía que muestra a los niños asesinos en Hula (Siria). Pero también encontramos un puñado de composiciones que se sumergen en distintos universos pictóricos, así los titulados: El grito, El golpe maestro de Dadd, Paisaje con Orion ciego buscando el sol y Campo de trigo con una alondra.

Como decía, la mirada a los otros está más presente, incluso la que se dirige hacia aquellos con quienes, probablemente, no podríamos compartir sino la más escueta hermandad en el dolor. Son los excluidos, los injuriados por una vida que se desentiende de sus demoledores confinamientos, a los que no osamos mirar, para no arriesgarnos a que su existencia pueda alterar nuestras fortificaciones. Es una mirada que tiende a revertirse, que plasma lo externo en lo interior, y viceversa. Son esos transeúntes que comparten con nosotros el estar caídos en la vida sin saber: “Lo cierto es que ni ellos, / los que han perdido su propio paisaje y habitan en los umbrales, / ni nosotros, los que nos extraviamos en su propio jardín, / sabemos cuál es nuestro papel en este mundo”.

Y, al volvernos hacia nosotros mismos, al escuchar nuestras mal acalladas voces interiores, encontramos las propias variantes de aquella primaria desazón. Lo constatamos en esos poemas dedicados a los oscuros adversarios de la paz interior, a esos ineludibles componentes de la presencia de la vida, esos enemigos íntimos que es preciso combatir sin tregua, pues nunca renuncian a su aleve misión. Así, en ese poema, Soy tu miedo: “Soy el hábito oscuro de tus sueños. / Soy tu miedo”. Un miedo que insiste en la depauperación de la vida: “En esta tierra sin paz no hay paraísos / ni supermercados de la felicidad. / Soy tu miedo, acéptame. / Entrégate a mí / y te enseñaré a vivir sin plegarias”. No se puede pretender la absoluta aniquilación de las inherentes propiedades que desajustan el ser.

En Metástasis, no cabe más que reconocer esa otra presencia recurrente: “Cómo creces, dolor / cómo me rodeas, / cómo me amenazas taciturno”. Un dolor que se trata de reducir con el ansioso acopio de memoria: “Trae todos los instantes / sin horror que he vivido”. O en esa tristemente jocosa Oración a San Orfidal, ansiolítico al que uno se encomienda: “Concédeme la paz / amigo, te lo ruego. / Concédeme la incierta esperanza”.

En No te he llamado, prosiguen esos diálogos con las desavenencias que nos habitan, que nos abruman con esas altas y ominosas barreras alzadas para expulsar la luz de nuestro mundo. Los enemigos de la paz nunca se marchan del todo, permanecen agazapados, esperando que le ofrezcamos nuestros resquicios de debilidad para acapararnos: “No me hables de este mundo / saturado, sacudido, desdichado, no ahora. / Deja que mis gritos sigan tejiendo / la realidad para nombrarla.” Porque la vida es difícil: “No encontraremos asiento / en nuestra infatigable caminata, / escasas certidumbres nos sostienen / en el murmullo vibrátil de esta tarde anodina / con sus desabridos fulgores”. Pero: “Venturosos los que no se instalan en la herida / ni se pierden en los desfiladeros del grito”. Pues ese grito tan repetido, es solo recurso puntual pero no estancia deseable.

El poeta observa el camino sobre el que transitan esos hombres que son diferentes, pero por otra parte iguales en la ignorancia de lo decisivo; aquellos que se dirigen hacia la incierta completud a través de un recorrido tantálico. Se les ve arrastrar los pies por las indefiniciones, someterse a la continua tentación del retroceso, del repliegue urdido por la inmisericorde condición humana. Y ahí están esas miradas sojuzgadas por las amenazas que llevamos dentro, que forman parte del todo; las amenazas que, a pesar de las evidencias, hay que tratar de subvertir: “Se hace necesaria, por inútil, la insurrección”. Para ello hay que armarse de los escasos componentes sólidos, no traicioneros, que también nos conforman.

Y así, el poeta se subleva, inquiere, grita la luz del escuetísimo presente, la convoca frente a la conspiración de las sombras extensas. Y expone esa irrebatible razón de emerger en el desnudo momento, ante las argumentaciones del mal agüero: “Tú que sufres y padeces / tú que has nacido para interrogar al vértigo / y adoleces víctima de arritmias imprevisibles, / pide un espacio de perdón para el presente continuo”.

Espacio transitorio, desde su aquilatada diversificación, es otro profundo, intenso y bello libro de José Luis Zerón, en el que sigue afinando esa nunca saciada visión de lo que verdaderamente nos constituye, esa intrusión de la naturaleza en nuestra mente irredenta; y lo hace, esta vez, con poemas que no eluden la vehemencia; y con una dolorida mirada que dirige a los que se sienten golpeados por la más arbitraria humillación, aquella que proviene del orden ignoto. Somos extraviados transeúntes en un mundo que —a pesar de todo— ansiamos vivir, pues es la indómita correspondencia de nuestro ser más íntimo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”.

MONOS AZULES Y CAMISAS AZULES. LORCA Y JOSE ANTONIO, UNA HISTORIA DE ENCUENTROS Y DESENCUENTROS. Por Juan Lozano Felices

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Corrían tiempos del segundo gobierno ucedista cuando, quien esto escribe, entonces un desgarbado adolescente que escuchaba discos de rock sinfónico y descubría, en aquellos viejos libros de la editorial Losada, el mundo poético de Miguel Hernández, Neruda, Alberti o García Lorca, creyó ser víctima de una alucinación sonora, si es que tal cosa existe, al escuchar una sorprendente declaración en el programa La Clave de José Luis Balbín1. Debía de ser verano, el calor, la laxitud frente al televisor, la sensación de libertad que asocio a ese día, sin temas pendientes que estudiar ni obligaciones más allá de las mundanas, así me lo confirman. El programa de aquel sábado vespertino estaba dedicado a José Antonio Primo de Rivera2. No recuerdo tampoco qué película ilustraba a manera de correlato visual el tema elegido. Lo que sí recuerdo es que uno de los invitados, un joven y desconocido Ian Gibson que acababa de publicar un libro con el título En busca de José Antonio, habló, y aquí la alarma saltó sin previo aviso, de una hipotética amistad entre el poeta Federico García Lorca y el aristócrata metido a jefe fascista José Antonio Primo de Rivera. No obstante, tras la primera impresión, como vamos a ver, dicha amistad parece un típico ejemplo del aforismo italiano “Se non è vero, è ben trovato”. En cuanto reuní el dinero compré el libro de marras que todavía forma parte de mi modesta biblioteca como una de mis primeras adquisiciones. No se trata de una biografía al uso sino de una semblanza del político y el hombre.

Gibson mencionaba un artículo del poeta vasco Gabriel Celaya publicado en Roma en 1966 en el que habla de un encuentro con Lorca en San Sebastián en marzo de 1936, a donde había ido para dar una conferencia sobre el Romancero Gitano. Lorca se alojaba en el hotel Biarritz y allí había citado a Celaya, pero cuando éste llegó, el poeta granadino estaba con el arquitecto José Manuel Aizpúrua, fundador de la Falange de San Sebastián. Celaya, militante comunista, no quiso dar la mano ni hablarle a Aizpúrua. Cuando quedaron solos, Lorca le reprochó a Celaya su conducta, ya que había creado de forma gratuita una situación muy tensa; le dijo que Aizpúrua era una persona de gran sensibilidad e inteligencia y por último le hizo depositario de una confesión: “José Manuel es como José Antonio Primo de Rivera. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Pues te lo digo. Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”. En el libro también se transcribía parte de una entrevista que le hizo Gibson a Celaya en 1979, recogida en magnetófono. Celaya dice que él había conocido a José Antonio en 1934 porque Lorca se lo presentó en el cabaret Casablanca, una noche de whiskys. Se citaron en ese local después de cenar y al llegar, Lorca que ya estaba allí, le dijo: “Oye, ven aquí, te voy a presentar a José Antonio, vas a ver que es un tío muy simpático”.

Ian Gibson, bien es sabido, es el investigador lorquiano par excellence. A riesgo de parecer maximalista, creo justo decir que el lugar que ocupa su monumental biografía en la investigación lorquiana es muy importante, incluso capital. Gibson dice en la introducción a su libro que, con él, pone punto final a sus largos años de investigaciones sobre el poeta. Entre el mencionado libro En busca de José Antonio y la primera edición del primer tomo de Vida, pasión y muerte de Federico Garcia Lorca3 media casi una década; lo bastante, en un trabajador nato como Gibson, para haber podido corroborar, si hubiera alguna forma de hacerlo, la supuesta oculta amistad entre los dos hombres. Pues bien, en esta biografía, el hispanista irlandés nacionalizado español, no menciona ya, ni siquiera de pasada, las declaraciones de Celaya. Es más, si uno repasa el índice onomástico encontramos, o mejor dicho no encontramos, ni siquiera una entrada para Celaya. Como vemos, aunque para el poeta guipuzcoano el tratar a Lorca pudo ser un acontecimiento que marcó su vida personal y literaria; para el granadino, el conocer a Celaya no tuvo ninguna trascendencia. Además parece improbable que Lorca eligiese a Celaya para tal confidencia antes que a otros amigos que tenían la cualidad de ser íntimos en aquella época, como Rafael Martínez Nadal. ¿Debemos pensar entonces que Celaya era un embustero de tomo y lomo? No, más bien cabe pensar que Federico, conocida es la inventiva de que hacía gala, le tomó el pelo al vasco, queriendo darle una lección por su falta de tacto en el episodio con Aizpúrua. En cualquier caso, el único encuentro entre los dos hombres que recoge Ian Gibson en su mentada biografía sobre Lorca fue durante la gira de La Barraca en 1934. Lo ha relatado Modesto Higueras, uno de los actores de la compañía. Mientras los estudiantes comían en un restaurante de Palencia apareció José Antonio con alguno de sus correligionarios. Lorca se puso nervioso y aún más cuando el fundador de Falange le pasó una nota que decía: “Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?”.

En cuanto a la noche de farra, de la que Celaya fue protagonista junto a Lorca y José Antonio, aunque pudiera parecer poesía-ficción, entra dentro de lo posible. Los dos hombres tuvieron por fuerza que conocerse en el Madrid de los años treinta. Ambos frecuentaban un local llamado La Ballena Alegre, donde asistían regularmente a sendas tertulias. Una estaba formada por los fundadores de Falange en la que participaba gente tan meritoria como Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero o el mismo José Antonio. En la mesa de enfrente había otra tertulia de intelectuales en torno a José Bergamín4, a la que acudían los estudiantes de la Residencia, y a veces iba García Lorca con Eduardo Ugarte, co-director de La Barraca.

En la página web de Falange Auténtica, Francisco Ortiz Lozano publica un extenso artículo que, bajo el título de Federico García Lorca y los falangistas intenta arrimar el ascua a su sardina nacionalsindicalista, dando como bueno y cierto todo aquello que Gibson pone en solfa en su libro sobre José Antonio. Se intenta exonerar a la Falange, aunque lo creo innecesario, de cualquier responsabilidad en la muerte del poeta. Se habla de una supuesta y perdida correspondencia entre Federico y José Antonio y que, poco antes del levantamiento militar se le habría ofrecido a Lorca un cargo de relevancia dentro de la organización del partido, decisión que el poeta demoró; se atribuye a Liliana Ferlosio5, una declaración según la cual García Lorca habría hecho un donativo en metálico para las necesidades de Falange. Serrano Suñer escribía en 1948 que la muerte de Lorca había sido para Falange doblemente trágica, porque convertía al poeta en bandera del enemigo y porque la misma Falange perdía al poeta mejor dotado para cantar la revolución soñada. Como se ve, muchas cosas que vinculan al poeta con José Antonio y Falange, pero ninguna evidencia, más allá del simple trato ocasional. Por otra parte, ningún íntimo o familiar de José Antonio ha hablado nunca de este tema.

En 1998 se invitó a Ian Gibson a dar una conferencia en Elche, en un acto organizado por la CAM y la Asociación Cultural Frutos del Tiempo, con motivo del centenario del nacimiento del poeta. Tuve ocasión de hablar con él y le pregunté directamente por aquello que él relató en su temprano libro En busca de José Antonio. Me contestó, con ese acento suyo que suaviza dócilmente las duras consonantes de nuestro castellano, que sinceramente no creía que fuera cierto lo que Lorca le contó a Gabriel Celaya, aunque sin duda los dos hombres se conocían de los tiempos de las tertulias de La Ballena Alegre. En aquella época, según él, José Antonio debía estar demasiado ocupado organizando el fascismo español para la sublevación, como para salir a escondidas con Lorca en un coche con las cortinas echadas.

En el ambiente enrarecido de julio del 36 en Madrid (y más después del asesinato del líder derechista Calvo Sotelo) Lorca anunció a sus amigos que se marchaba a Granada. El escritor falangista Agustín de Foxá intentó convencerle para que en lugar de viajar a su tierra lo hiciera a Biarritz, imagino que con el propósito de poder pasar a Francia si las cosas se ponían feas, pero el poeta el replicó: “Yo no soy enemigo de nadie”.

¿Pero qué ideología tenía Lorca? No ejerció, como Alberti, de poeta al servicio de una idea política. Se entusiasmó con la llegada de la República, eso sí. Estuvo bajo la égida de su viejo maestro, el socialista Fernando de los Ríos, con quien hizo el viaje a Nueva York en 1929 y que más tarde fue Ministro de Instrucción Pública durante la República y auspició el proyecto de La Barraca para llevar el teatro clásico por las tierras de España. Si a esto unimos su no militancia en ningún partido político, ello no evidencia sino su independencia ideológica. Se situó siempre al lado de los pobres y oprimidos, pero no debe confundirse su aspiración de justicia social con posiciones inequívocas de izquierda y menos con una militancia activa en el Frente Popular. En su última entrevista, antes de partir para Granada dijo: “Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos” y habla de su tierra como del lugar “donde se agita actualmente la peor burguesía de España”. También José Antonio había dicho: “…No es tolerable que masas enormes vivan miserablemente mientras unos cuantos disfrutan de todos los lujos”.

En cualquier caso, no creo que Lorca hubiera rechazado de plano el trato con una persona inteligente como José Antonio sólo por razones ideológicas. Lorca tenía amigos y conocidos que eran militantes falangistas como también los tenía dentro de la izquierda moderada y más radical. Por su parte José Antonio admiraba a Lorca como poeta, por encima del también andaluz José Maria Pemán6. El mismo Ximénez de Sandoval, autor de José Antonio. Biografía Apasionada y amigo personal del fundador de Falange alude a que, a pesar de los esfuerzos de mucha gente que tenía interés en ello, los dos hombres no llegaron a entablar una amistad.

Notorio es también que Lorca fue muy amigo del poeta granadino Luis Rosales7 que, como todos sus hermanos, era “camisa vieja” de Falange, y en cuya casa se ocultó el poeta hasta que fueron a detenerle en la tarde del 16 de agosto. Los Rosales hicieron lo imposible para liberarle a costa incluso del ostracismo o la muerte. Pepe Rosales8 consiguió una orden de libertad para Lorca firmada por el Gobernador Militar que Valdés, bajo cuya custodia estaba el poeta en el Gobierno Civil, desdeña; pues al parecer la confirmación de liquidarle venía directamente de Queipo de Llano9. Luis Rosales pudo evitar finalmente la catástrofe personal, salvándose in extremis gracias a la intervención del falangista Narciso Perales10. Éste, al parecer, dijo que si él hubiese estado en Granada, lo de Lorca no hubiera pasado.

Un año después del levantamiento militar, encontrándose el escritor falangista, más tarde disidente del Régimen, Dionisio Ridruejo, en Burgos organizando los servicios de Propaganda, reparó en que, entre sus subordinados se encontraba el ex-diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso. Éste fue probablemente el máximo responsable en la muerte de Lorca pues de él partió la denuncia y comandó la patrulla que lo detuvo en casa de los Rosales. La reacción de Ridruejo fue expulsarle de su equipo diciéndole que no quería tenerle bajo sus órdenes. Como Ruiz Alonso insistiera en su honorabilidad, Ridruejo preparó un careo en su despacho entre aquel y Luis Rosales.

Hasta aquí los datos. Eche el lector cuentas y saque sus conclusiones. De haber algo de cierto en esta historia de encuentros y desencuentros, creo que nunca lo sabremos. Pero hay algo que importa más que si José Antonio y Lorca se trataron o no. Ambos hombres fueron victimas de la España cainita empeñada en devorar a sus mejores hijos. Ambos tuvieron una muerte que no les correspondía. José Antonio pudo por lo menos defenderse a sí mismo, en su calidad de abogado, profesión que ejerció y amó, aunque de poco le sirvió porque su destino ya estaba sellado de antemano ante el tribunal popular que lo juzgó. Se le permitió hacer testamento y pidió ser enterrado conforme al rito de la religión católica. Federico ni eso. Su tumba es la sierra de Víznar en Granada, en cuyo vientre se ocultan los miles de hombres que encontraron igual suerte. Los restos de José Antonio fueron trasladados de Alicante al Valle de los Caídos, “condenado a una compañía deshonrosa, que ciertamente no merece” (Indalecio Prieto dixit)11. Ninguna de las dos muertes es más justa que la otra. Las dos son igual de infames y las dos han devenido símbolo de aquello que no puede volver a pasar.

1 Dichosos aquellos tiempos en que en la televisión estatal, la única entonces y sin embargo plural, podían verse programas como La Clave, A fondo, Encuentros con las letras o Estudio 1.

2 Qué impensable sería hoy, en esta sociedad presidida por el fraude de la corrección política

3 Que ahora se reedita, revisada y corregida, en bolsillo y en un solo tomo, por algo más de diez euros. Se recoge también la interesante parte gráfica de la primera edición.

4 Bergamín, que dirigía la revista Cruz y Raya fue el hombre en el que Lorca depositó, tan solo cuatro días antes de salir por última vez de Madrid, en vísperas del alzamiento militar, la copia definitiva de Poeta en Nueva York.

5 Viuda de Sánchez Mazas y madre de Rafael Sánchez Ferlosio.

6 Otros poetas favoritos de José Antonio, que también hizo sus pinitos como poeta, fueron los dos Machado, Alberti, Juan Ramón, Pedro Salinas y Rubén Darío.

7 Gibson se ha referido a Rosales como el fantasma de la memoria viva del crimen.

8 Pepe Rosales o Pepiniqui, como era conocido familiarmente, había sido uno de los fundadores de Falange en Granada.

9 Siguiendo con este juego de paralelismos me parece interesante recordar que José Antonio abofeteó en publico a Queipo de Llano en 1930, lo que le valió al aristócrata la expulsión del ejército. El motivo al parecer fue que Queipo había injuriado a su padre, Miguel Primo de Rivera que dirigió el país al frente de una dictadura entre 1923 y 1930.

10 Más tarde, Narciso Perales, entró en la clandestina Falange hedellista y ya en la transición democrática, sería elegido jefe nacional de FE-JONS Auténtica.

11 Algo parecido dijo Julio Anguita, al mantener que la figura de José Antonio Primo de Rivera fue usurpada por unos y por ello odiada por los otros; y permanece en un lugar en la memoria colectiva que no merece.