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Diario de un cinéfilo (32. Secretos de un matrimonio), por Javier Puig

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Secretos de un matrimonio (1973) es una de las grandes obras maestras de Ingmar Bergman, una de esas películas de inconmensurable riqueza que pueden ser muchas veces revisadas sin dejar de descubrir nuevas sutilezas, detalles que hacen que no decaiga, ni por un instante, su fortísima potencia narrativa. La dirección es tan austera como perfecta, el guion es absolutamente conmovedor, riquísimo, las interpretaciones son sublimes.

La película nos cuenta el proceso de deterioro de una pareja hasta su ruptura, y luego sus posteriores reencuentros, en los que hay fugaces reconciliaciones así como feroces disputas, terminando en un final que apunta a lo feliz. Se inicia con la realización de un reportaje sobre ese matrimonio que ha sido elegido como ejemplar (el sarcasmo de Bergman no podía faltar). Pero, si observamos bien a los dos, podemos detectar entre ellos el desequilibrio, la inseguridad, la impaciencia, la vigilancia mutua (más imperativa la de él, más sumisa la de ella). A continuación, vemos cómo asisten —aparentemente escandalizados, pero secreta, introspectivamente doloridos— al impúdico espectáculo de una pareja amiga que escenifica ante ellos las mezquinas expresiones de su fractura, su recíproco e insaciable odio. Ellos parecen indemnes, a salvo de esas turbulencias, pero en realidad no lo están, como ambos lo reconocerán mucho más adelante, ya lejos de ese simulacro de óptima convivencia.

Ambos cónyuges comparten la debilidad, que es muy distinta en cada uno de ellos, un ego al que quisieran alimentar mejor, pero no saben muy bien cómo hacerlo de forma consistente. Son seres inmaduros pese a su mediana edad. No saben lo que quieren; o, si lo saben, prefieren olvidarlo, porque les parece inalcanzable o contrario a sus primarias apetencias. Su propio fracaso les impulsa a vivir en el capricho que habrá de satisfacer el otro, al que exigen la salvación que les correspondería alcanzar por ellos mismos.

Repentinamente, un día, Johan (Erland Josephson) llega a casa para anunciarle a Marianne (Liv Ullmann) que se va con una joven que ha conocido seis meses atrás. Es un duro golpe, algo brutalmente inesperado. A Marianne se le desmonta una vida que, si no era satisfactoria, si al menos la cobijaba deciblemente, lejos de las intemperies y de los arriesgados experimentos. Hasta ese momento, en esa pareja, se procuraba la omisión de las palabras más conflictivas, de las exposiciones propias más decepcionantes, de los reproches explícitos – que no de los tácitos – más hirientes. A partir de ahora, en sus distanciados encuentros, ya no sabrán permanecer mucho tiempo en las palabras amables, en los gestos acercadores. Se contarán sus vidas separadas y cada mención de una nueva felicidad propia será interpretada por el otro como un reproche totalizador, una descalificación de los fundamentos de su antigua consistencia como pareja; una fulminación de un pasado que antes fue defendido con parciales argumentos.

Bergman nos sitúa como testigos de esas discusiones. Desde afuera, podemos juzgar, pronosticar los vaivenes emocionales de unos personajes extraviados que, con tenaz ofuscamiento, se han labrado sus propias derrotas. Cuando él habla por primera vez de Paula, su amante, al describirla, ya sabemos que esa va a ser una aventura ruinosa, y que solo le va a servir como fugaz escapatoria. Nosotros vemos más que ellos porque no estamos enzarzados en esa cegadora lucha egocéntrica.

Bergman nunca buscó la belleza. Incluso, los preciosos rostros de sus actrices protagonistas, captados en escrutadores primeros planos, están rebatidos por el sufrimiento. Antepone claramente su afán de mostrar, de la forma más dura posible, las hondas heridas humanas. Así es, especialmente, en la escena más turbulenta – y hay muchas – de la película. El escenario que envuelve a los protagonistas no puede estar más desangelado. Un despacho de paredes desnudas, de archivadores insultantemente prosaicos, y una luz extremadamente inhóspita. Allí es donde se han reunido para firmar el divorcio, pero él se resiste a ello. No saben muy bien lo que quieren, pero todo lo quieren para sí mismos, para achicar la permanente pérdida de su autoestima. Beben mucho coñac. La neurosis los constituye. Después de un encuentro sexual alegrado por la emoción de lo inesperado, de lo furtivo, pasan a una conversación muy tensa, cada vez más agresiva. Cada palabra, cada supuesta verdad proferida, eleva la temperatura de su sangre. Y finalmente él, acorralado en su impotencia, pasa a las manos, en una acción en la que Bergman nos demuestra que no persigue el sensacionalismo barato, la pornografía de la violencia, pues no muestra el impacto de los golpes sino solo la incontenible furia del agresor, aquello que verdaderamente interesa. Johan está desatando toda su frustración. No tiene piedad. Está exhibiendo su camino degradador, su rumbo a ninguna parte.

Al principio, parece que Bergman se decanta por una matizada victimización de la mujer. Tal vez, en el personaje masculino se esté ensañando con lo peor de sí mismo, con esa fácil iracundia que parece le afectaba y con el insensible espíritu mujeriego que lo constituía. Pero luego vemos que ella, desde otras estrategias más serenas, desde poses dulces, también es capaz de hacer mucho daño. Marianne utiliza la mesurada palabra como filo que incide en la ya frágil piel del que, en muchos momentos, no puede dejar de considerar como antagonista. Nada más dañino para él que espetarle que, ahora, lejos de su cuerpo, con otro hombre ha alcanzado una plenitud sexual por ambos inimaginable. Eso se lo dice a quien le acaba de confesar que está luchando contra su insignificancia. Claro que el sexo, ya desde mucho antes, ha sido empleado aquí como arma arrojadiza. Su antigua inapetencia, ella la explica como consecuencia de un entorno hostil, de una angustia infligida; y él asevera que ella utilizaba el sexo como forma de poder, como un premio para su docilidad o un castigo para su deficiente comportamiento.

Hacia el final de la película, Marianne llega a la conclusión de que nunca la han amado, pero que tampoco ella ha sabido hacerlo. Probablemente, ello no desdiga sus afirmaciones anteriores, cuando aseguraba que, al principio, había estado enamorada. Ese encandilamiento con un figura humana no es el amor que se necesita más tarde, cuando desaparece el espejismo que miente, que refleja al otro en el propio ser y lo convierte en obligatoria respuesta a nuestro anhelo. Lo que quiere decir que nunca se ha tenido verdaderamente en cuenta al otro, que nunca ninguno de los dos ha pretendido averiguarlo. Y nunca se han mirado íntegramente, hasta esos recovecos que gritan, ahogados, las grandes insuficiencias.

Pasados unos años, casados ambos otra vez, tienen un encuentro clandestino que los excita como a adolescentes. Ya parecen no necesitar la urgencia de los reproches. Se muestran afectuosos. Pero, luego, ella vuelve a incurrir en esa incontinencia verbal que supone poner los dedos en las heridas que Johan aún no tiene definitivamente cerradas. El relato que hacen de ellos mismos es muy desigual: “Ahora yo reconozco mi pequeñez y tú reconoces tu grandeza”, le dice él, entre sarcástico y condescendiente. Y luego: “¿Podrás renunciar a tu autocomplacencia?” Pero, ahora, a pesar de esas ingratas evidencias, no llega a estallar en él el tono violento. Es una verdadera aproximación, un arduo ejercicio en pos de superar lo frustrante y entrar en una comunión magnánima. Y hay un beso plácido que parece conectar verdaderamente ambas almas.

Ella se duerme, pero a medianoche se despierta con una grave pesadilla que desdice toda su reciente proclamación de mujer supuestamente fortalecida. Él la acoge desde su nuevo ser entregado. Sus rostros juntos conforman un último plano que, por fin, los engloba en una misma posición, los cree capaces de vencer sus recalcitrantes egoísmos. Tal vez, ahora empiecen a comprender que, si uno está en la pareja, es para hacer feliz al otro antes que para exigir que lo hagan feliz a él. Y se agradecen mutuamente el esfuerzo de comprensión. Ella accede a sentimientos que la rehacen: “A veces, sé lo que te pasa y casi me olvido de mí. Es una sensación nueva”. Él la abraza, también desde el olvido de sí, de sus egoísmos y de sus endémicas carencias. Ya no la juzga, ni pretende nada de ella. Será que, al fin, los dos están aprendiendo a amar.

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ÁNGEL, NUESTRO HERMANO, por Francisco Gómez

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Ángel, ¡¡¡mecachís en la pena negra!!! ¡¡¡Quina putada mos has fet!!!! Eso no se hace, hombre, “primo”, y encima tan pronto. ¡¡¡A ti no te tocaba, cagüen Denia!!! La city te llora, que lo sepas. Tantos amigos, tantas personas que te queremos y te tenemos dentro. ¡¡¡Joerrrr!!! Aquí y allí tenemos tu música, tu himno de la city, “Elche Distrito Federal”. 49 años son demasiado cortos para tu vida que estaba en marcha y llena de proyectos e inquietudes. Por la música, tu rondalla del Castell de Santa Pola, “The Troupers”, tu segunda edición de “Cançons Populars d´Elx”y las nuevas canciones que preparabas con la Capella del Misteri y tus músicos para que nadie olvide la memoria del poble y los niños y jóvenes recuerden y canten las canciones que cantaban sus padres y abuelos.
¡¡¡Estem fotuts!!!, fotres, Ángel, no sé si es una broma de la que despertaremos o es la vida con su polla más dura que nos golpea a machetazos imprevistos y traicioneros pero aquí has dejao a mucha gente fastidiada. El otro día, en tu inesperada despedida, estaba la antesala del misterio a reventar, que no cabíamos allí para homenajearte y escucharte con tu música. La Rondalla de Santa Pola de la que tú eras su Mestre, la Capella del Misteri d´Elx que te cantaron el Gloria y no me pude aguantar, tus amigos los músicos, la gente que te quería del mundo de la cultura. Espero que desde arriba ya nos sigas sonriendo con tu sonrisa azul irónica y pícara. Espero y deseo que te estuvieran esperando tus padres y tu hermana Pepa ahí arriba tras los cielos azules del Mediterráneo y tu guitarra que estaba contigo hasta el final, te siga haciendo companya allá por las veredas nuevas e incógnitas.
En 1992, el maravilloso año marca Spain, montaste tu grupo “R que R” donde tocaste tus primeras canciones como guitarrista y vocalista. En el 95 grabaste tu primer disco “Plata negra” y agotaste la primera edición con 5.000 ejemplares. ¡¡¡Na!!!! Tu segundo disco “Bis” lo realizaste en Barcelona pero no lo presentaste hasta el 2000, a las puertas del XXI siglo y te fuiste de garbeo con gira por Cataluña, Andalucía y Comunidad Valenciana. El grupo se disolvió en 2003 pero seguiste con la música con bandas sonoras como la de la peli “Operasiones Espesiales”, teatro, publicidad, vídeos y arreglista de otras formaciones.
En el 2008 grabaste nuevo disco, esta vez en solitario. ¡¡¡Lo tuyo con la música no tenía remedio!!! y sacaste “Lo mejorcito de cada casa con diez canciones en colaboración con veintitantos músicos y lo presentaste en el Gran Teatro, que estaba a reventar. Y a seguir pues en 2012 grabaste “Ahora”
Maldo cuenta que te comentaba que preparases una nueva versión y a llenar otra vez el Teatro de la city. Tu último proyecto fue grabar un disco con las canciones populares de Elche, de tota la vida, para que no caigan en el olvido y la desmemoria de las generaciones más jóvenes pues apenas se cantan ya en las casas en las celebraciones y muchos apenas recuerdan sus letras. Presentaste en febrero de este mismo año, otra vez en el Gran Teatro, otra vez lleno a reventar, “Cançons Populars d´Elx” con instrumentos como el laúd, la bandurria y el acordeón y la colaboración de la Capella del Misteri. Luego llevaste la música de Elche a la calle, primero a la Plaça Major del Raval que estaba que no se cabía. Aquí tengo que decirte porque estoy seguro que me escuchas, que mi tía Clarita, su hermana Margarita y Paco, nunca olvidarán el disco que les dedicaste y allí estaban como un clavo para escuchaos con la emoción en los ojos y los recuerdos que bailaban por el tiempo, la infancia y su memoria. Y de ahí tu famosa gira mundial por el Camp d´Elx, por los Arenales del Sol, el Derramaor y todos esos mundos de Dios que componen estos multiuniversos llamados Elche.
Por no hablar de tus versiones de ABBA con “The Troupers” que disfruté como un enano las pasadas Festes d´Agost en el Hort de Baix.
Primo, lo que has fet no se hace. Aquí has deixat a mucha gente fotua. Que se lo digan a tu amigo Maldo, a tus Javieres, Baeza y Cebrián, a tus amigos del mundo de la música y la farándula y la cultura que allí estaban todos para demostrarte el aprecio, el amor y el cariño que te tienen.
Que sepas que el Cebrián y el mua esa misma tarde nos tomamos unas cervezas por ti, para ti. Seguro que tú nos hacías algún guiño picarón y divertido por las veredas tras el azul, tocando tu música y haciendo disfrutar al personal en otros cielos. Aquí nos dejas tu música, tu amistad y tu categoría como hombre.
Vete haciéndonos un huequico, haz el favor cuando nos toque la maldita china.
Abrazorums, Ángel. No te vamos a olvidar, No caerá esa breva.

Francisco Gómez

LA BÚSQUEDA DE SENTIDO, por Francisco Gómez, sobre El cielo de Kaunas de Jesús Zomeño.

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El escritor Jesús Zomeño, albaceteño afincado en Elche tiempo ha, acaba de lanzarse después de 30 años de escritura, primero en los terrenos de la poesía y luego durante dos décadas en el relato corto, al mundo de la novela con su obra “El cielo de Kaunas”, ciudad lituana en el universo postsoviético, de la mano de la editorial valenciana Contrabando con la batuta de Manuel Turégano. Con su libro de relatos ambientados en la Guerra Gorda “De este pan y de esta guerra”, publicado también en esta valiente editorial, Zomeño logró el Premio de la Critica Valenciana hace dos años y ahora se lanza en pos de la primera división de la literatura de la mano de su primera novela publicada.
Su editor, Manuel Turégano, que ha apostado fuerte por Jesús Zomeño y seguro que hará un largo periplo por la piel de las Españas con la presentación de su obra por muchas ciudades y clubes de lectura, afirmó en la presentación de “El cielo de Kaunas” en la librería amiga Ali-i-Truc de la city de Elche que “ha escrito un centenar largo de cuentos y seis libros de narrativa corta”. El azar los llevó a encontrarse con sus “Piedras negras” y aseguró que está siguiendo los mismos caminos que Roberto Bolaño. “Todo responde a un proyecto de Jesús de absurdos territorios, más largos y amplios con un desarrollo mayor de los personajes y las tramas literarias. Ha llegado a su tercera etapa después de ser poeta y escritor de historias cortas”.
Un amigo común, Juan Lozano, afirma de “El cielo de Kaunas” que “el hilo conductor es la huida”. Así lo parece. Como señaló su co-presentador, el profesor de Latín, Darío Martínez Montesinos, Todos los personajes parecen huir de un tiempo que no les gusta. Un tiempo de desencanto, de amargura por un pasado que se añora como lo hace el francotirador que quiere recuperar el sentido de un tiempo perdido en la era comunista. De unos jóvenes desencantados y atroces tras la caída del muro en 1989 y su deseo de recuperar un imposible futuro mejor y un inspector de policía que viaja a la ciudad lituana, quién sabe si para encontrarse a sí mismo y a un amor perdido tras ser absurdamente asesinada aunque parece que la esperanza no se desvanece del todo pues otro amor está dispuesta a coger el testigo. 
Montesinos explicó que “en las dos primeras partes se vive el desmoronamiento de un sistema social, político y económico”. Los personajes están desorientados a la búsqueda de un sentido pasado o futuro por un tiempo que tenía una ilusión común bajo el comunismo y no divididos, desorientados, indiferentes en la era del consumismo y el individualismo. “Jesús construye una tela de araña formalmente perfecta. Un puzzle donde todos los elementos cobran sentido hasta que al final el círculo se cierra como si los personajes se preguntasen: ¿no somos capaces de construir un relato basado en los valores democráticos y los derechos humanos…?
Por último, tomó la palabra el autor de “El cielo de Kaunas”, Jesús Zomeño, para apuntar que su historia con la escritura comenzó hace tres décadas como “un intento de transmitir sensaciones, reflexiones y emociones. Hace veinte años pasé al cuento con el mismo propósito y ahora con la novela intento transmitir la pérdida colectiva de valores cuando cae el bloque soviético. Lo que creían era lo único que tenían. Tras el comunismo todo cae y se produce una crisis existencial”, remarcó el novelista.
Quizás el personaje del inspector de policía sea el más amable pero sumido en un mar de dudas, en el viaje más díficil de un ser humano, la búsqueda de uno mismo y del amor perdido. Todos perdidos y con la necesidad de recuperar un sentido que insufle signos para seguir vivos.

 

Francisco Gómez

EL AMOR, por Francisco Gómez

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“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta” Eduardo Galeano

El Amor no debería tener fecha de caducidad como los que se estilan hoy día, evanescentes. Gaseosos como los que duran el tiempo de la pulsión, los momentos del fogonazo para luego desvanecerse y después caer en su reverso amargo; el desamor, la ira, la rabia, la venganza y un arma terriblemente utilizada: la indiferencia.

Mi buen Amigo Antonio acaba de perder a su mujer y te admiro. Eres un hombre envidiable, de los que quedan pocos en estos tiempos inciertos, rápidos. Te conocí en los tiempos de la incerteza cuando tú y yo salíamos de las tinieblas laborales para encontrar un trabajo estable. Tú salías de las cadenas del calzado, cada vez más precario en esta city sin corazón y yo de las labores precarias a momentos tasados después de renunciar para siempre al trabajo más apasionante de mi vida. Una más de mis renuncias. En aquellos días de las victorias recién inauguradas, me hablabas ya de que tu mujer, Ramona, estaba enfermando y cada vez debías dedicarle más tiempo, estar a su lado, más dedicación y presencia.

Hablábamos mientras nos miraba Sixto, siempre sentado frente a nosotros a la diestra del universo y nunca sabíamos si su mirada era complaciente o airada. A ti y a mí nos gustaba hablar de fútbol, del Elche, de nuestro Elche y sus peripecias en los campos de Segunda hasta que en fechas añoradas subió por dos temporadas a Primera División. Tú también hablabas de tu segundo equipo el Atlético de Madrid que tantos sinsabores y contadas alegrías te daba. Eran mañanas y tardes interminables con sabor a alma en la arrabalería mientras Roberto y Marinieves formaban muchas veces parte de nuestros coloquios que nunca llevábamos a ninguna parte.

Cada vez más tu vida se había reducido al trabajo y a cuidar y atender a tu mujer que reducía su actividad y coger el bastón, luego la silla de ruedas y al final quedar encamada. Pero tú nunca, nunca la dejaste a la deriva. Para ti no había fiestas, ni salidas de marcha, ni cenas con amigos. Sólo de vez en cuando irte a ver un partido del Elche. A la semana siguiente comentábamos las incidencias del lance y analizábamos la evolución del equipo mientras Sixto nos seguía observando desde sus ojos imperturbables. Los últimos días orbitaban alrededor de ella y así ha sido hasta el último aliento, hasta el último instante.

Es enorme tu amor, de los que ya no se estilan en esta so(u)ciedad de solitari@s que ya no se fían del otro y donde todo tiene su “The end” como una película mala de la que no se acuerda nadie al poco de verla y ver otra y otra y otra y no dejar apenas poso en nuestra retina, en nuestra memoria. Menos en el corazón.

Tu buen ánimo, tu talante, tu calma a pesar de que la tormenta reinara por dentro, nunca dejó de admirarme. Eres un hombre admirable antes, ahora y después.

Vi tu niebla en la mirada el viernes. Unos ojos que hicieron, han hecho de su vida un camino de amor hasta el final. Hasta el último aliento.

Últimamente voy a más entierros que a bodas o bautizos. Mis piernas pesan toneladas mientras camino al último lugar que esconde las esquinas del misterio. Cada vez tengo más personas en el territorio íntimo, aquel donde el tiempo ya no cuenta. Cada vez admiro más a aquellas personas que me regalan su ejemplo de amor verdadero. Que no tiene fecha de caducidad. Aquel que nunca tendré y ya apenas busco alcanzarlo.

Francisco Gómez

Este sol que ya no es el mismo, por Francisco Gómez

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A mis padres
A mis tíos
A mis amigos y vecinos
Dicen que no pero sí están

El otro día fui a ver a una prima que sufrió un arrechucho delicado a la arquitectura más hambrienta de esperanza de la “city”. Durante esta caminata circundé el que fue mi instituto cuatro años, el periodo más importante de mi vida como estudiante después del colegio San Fernando cuyos recuerdos de infancia, profesores y amigos me acompañan siempre.
Una sombra de nostalgia y temor cruzó la mirada mientras veía el patio donde en COU participé en el campeonato de lanzamiento de aviones de papel y casi quedé campeón ante la sorpresa del profesor de Filosofía y mis amigos de entonces. El mismo patio donde el cabrón del profesor de gimnasia me suspendió esta asignatura en tercero de BUP para septiembre. Todo el verano obligado a preparar pases de baloncesto, pivotar y pases de bandeja. Lo bueno; cogí afición a este deporte. En aquellos días de clase a jornada partida, jugaba con mis amigos, compartíamos confidencias o nos comíamos los apetitosos bocadillos de tortilla de patatas. Las clases de Bernardino que me enseñó a amar por siempre a mi fiel amante; la Literatura. El primer recital con Ramón Alarcón Crespo que enganchó mi ánimo y espíritu para siempre a la poesía. Las tranquilas e inolvidables clases de Griego con Blanca cuando éramos jóvenes e inmortales y queríamos comernos el mundo con nuestros sueños. Las primeras mujeres que no me hicieron caso entre aulas, pasillos y descansos. Los amigos que no fueron para siempre con sus nombres y apellidos completos. Cada uno trazó su vereda cuando se nos abrió la veda y el “The end” en la enseñanza media. El otro día saludé en la Avenida a uno de ellos que hace años no veía e iba a estudiar conmigo Periodismo en la capital del imperio. No se apuntó a la aventura y marché solo lleno de proyectos e inquietudes a cursar destierro de la mar por años.
Miro y recuerdo tantas cosas, tantas vivencias, tantos momentos, tantos amigos en el instituto Pedro Ibarra Ruiz y una niebla atraviesa mis ojos. Han pasado ya 34 años de mi vida que sigue tan incierta y plena de incógnitas como antes. Mi barco continúa a la deriva más que antes incluso y ya no sé a qué puerto dirigirme. No me espera ninguna Ítaca segura, ningunos ojos, ningunos besos, ningunos abrazos que sean mi patria. Sólo soy un huérfano de 52 años que camina entre la incertidumbre y la niebla.
Mi querido sobrino ha empezado este año el instituto. Saltará dentro de poco de la única patria que tenemos: la infancia para pisar las primeras estancias de la adolescencia. Esta senda tan complicada, tan repleta de sugerencias y posibilidades y no pocas dificultades. Deseo de verdad, de corazón que le vaya bien la ruta de la infancia a su nueva época, esta transición que le llevará a ser un joven espero que bueno, hospitalario y con sus propios criterios y valores para recorrer como él desee los caminos de su vida. Nadie podrá evitarle los mordiscos del amor y su reverso, la soledad que sentirá como un aliento (espero que su estancia en ella sea lo más grata posible), la incomprensión y la indiferencia de este mundo de adultos áspero donde vivimos. Mientras tanto, le acosan y asedian con deberes, exámenes, lecturas y demás tareas que apenas le dejan tiempo para apurar sus últimos días de niño y disfrutar de su tiempo libre como me ocurrió hace ya más de tres décadas. La historia se repite, la noria gira monótona e inmisericorde a los cambios. Los mismos paréntesis, los mismos signos que cambian al contacto con otros, el método científico… Seguimos siendo víctimas del mismo sistema educativo que se alimenta de nuevos inquilinos que han de padecer las mismas asignaturas con nuevos lavados de cara. Similares exámenes para conducirlos a la so(u)ciedad adocenada, aburrida, repetitiva de patrones y conductas cuyo fin es hacernos productores y consumidores con el yugo de la hipoteca sobre nuestras frentes. El hombre del siglo XX y principios del XXI es más esclavo y depositario de menos certezas y seguridades que nuestro homólogo medieval.
Camino hasta la Residencia a la que han dado un lavado de cara en casi todas sus plantas. El vestíbulo parece el receptáculo de una aséptica nave espacial, inmaculada, dañiña para los ojos donde cada cual arrastra sus afanes, cada paisano sus monólogos y cuitas. Veo a mi prima. Más de 60 años la contemplan y el corazón le ha ha dado un aviso serio. El otro día también vi a mi tío, hermano de mi padre, que tenía problemas para respirar por el maldito tabaco. Veo tantas tinieblas, tanto telón caído, tanta vejez en los que no hace tanto eran mis referentes. El cuerpo tiembla, las certezas decaen.
Tantos se han ido ya al otro lado de la orilla incógnita. Ahora voy a más entierros que a BBCs. Contemplo las fotos en blanco y negro de otro tiempo. Antigüedad de un pasado que enmarca la derrota de los días presentes. Ilusión de un ayer caído. Las fotos en la playa, rodeado de tíos, de primos, cuando sonreías a la cámara. Y el tiempo, este tiempo, el mismo sol dorado de la tarde que desgasta como las olas nuestra piel, nuestros huesos, nuestro pelo. Ha marcado con estrías interiores nuestros sueños. Ha mentido con descaro al niño que fuimos, que aún guardamos, al joven lleno de ilusiones y probabilidades. Nos ha marcado, guste o no, con los señas de la soledad y la ausencia. Quizás y sin quizás para siempre.

Francisco Gómez

CHARLA SOBRE EL ABISMO, por Francisco Gómez

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    El otro día andaba uno por su espacio mítico en uno de esos via crucis sentimentales que a veces acostumbro a caminar, arrastrando los pies por las cosas de la vida que te devuelve cheques vacíos plenos de ausencias y preguntas de difícil respuesta, cuando vi a mi amiga Josefa.
En estas que nos ponemos a charlar, ella con los ojos arrasados y la mirada baja que apenas tenía fuerzas para dirigir a mis ojos silenciosos y me dice:
-No es justo, Francisco. No es justo. Mi Pepe hacía mucha falta en la casa. Era el pilar principal. No sé qué vamos a hacer sin él. Mis padres tenían que haberse ido antes.
Ella estaba delante del columbario de su amado hermano mayor, que tanto aprecia, que tanto ha querido a sus escritores. Me cuenta entre susurros y lágrimas que su Pepe tenía la habitación llena de libros, que junto al ajedrez y la música de Mark Knopfler era lo que más amaba en este duro y difícil mundo.
-¿Quieres que te diga una cosa? A mi hermano lo enterramos con un libro del Quijote, el libro que más quería, por expreso deseo suyo. ¿Sabes que tenía un club de amigos que leían el Quijote y lo comentaban entre ellos…? Se partía leyendo cosas de este libro. Se lo sabía de memoria. Lo había leído muchas veces.
Quedé anonadado cuando me comentaste esta nueva que desconocía. No sabía qué decir mientras miraba tus ojos, ríos-mar del desconsuelo.
-Mi Pepe era muy inteligente. Tenía una inteligencia natural que no pudo desarrollar porque de joven se puso a trabajar pronto. Tanto trabajar para qué. Mira… No hay Dios, Francisco, no hay Dios. Si lo hubiera no habría permitido esto y se hubiera llevado a mis padres antes. ¿Tú de verdad crees…?
-Le dije que sí, a pesar de todo, de los palos de la vida que todos recibimos sin entender bien por qué. Un creyente de tercera división con tendencia a bajar de categoría con más defectos que pelos tengo en la cabeza pero no por méritos propios, aún mantengo una mínima parte del grano de mostaza.  Ella sabía bien por qué lo comentaba.
-¿Y ahora, qué, ahora, qué…?, me interrogabas buscando respuestas que uno sabes que no tiene, que no tengo del todo, o casi nada hace tiempo. La vida es un barquito inmanejable, incluso para nuestras velas. Nuestros caminos, a veces, muchas veces, ni siquiera son de propiedad particular.
Te comenté que tienes que levantar el ánimo, poco a poco, sea como sea. Con tus amigas, volviendo a trabajar. No encerrarte porque si te quedas en un rincón no te recogerá nadie. El mundo bastante tiene con sus cuitas y casi nadie dirigirá la mirada a la esquina donde te derrumbes, si lo haces.
Hablamos de tu padre que debéis meter en una residencia pronto para que la carga que lleváis sobre vuestros hombros y conciencia tú y mi amigo Emilio sea más llevadera. Y te pedí que no te hundas.Te dije que aplico el cuento por la cuenta que me trae.
Nos abrazamos, nos besamos en las mejillas, nos animamos. Te animé.
Marché con un no sé qué en el alma.

Francisco Gómez

Diario de un cinéfilo (31. Los comulgantes), por Javier Puig

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Los comulgantes (1963) es una de las más sombrías películas de Ingmar Bergman. Pertenece a esas obras suyas que pretenden trasladar su angustia al espectador, generada siempre a partir de los temas fundamentales que afectan a la existencial condición del hombre. Con esta historia aúna dos de sus temas más recurrentes: por un lado, “el silencio de Dios” – tratado tanto en esta obra como en El silencio y Como un espejo, conformando una trilogía – ; y, por otro, un análisis durísimo del desamor y de la incomunicación como mermas profundas del ser, dolencias que conllevan, a menudo, el ejercicio de crueldad.

Bergman nos presente al hombre en su más lacerante intemperie, desprotegido de las necesarias verdades y de los imprescindibles afectos. El protagonista es un pastor protestante que sufre un doble fracaso: su propia falta de fe en Dios y la incapacidad para atraer y confortar a los pertinentes feligreses. La película se abre con la desangelada ceremonia de una misa que oficia él ante una escasísima concurrencia. Entre esos asistentes está la maestra que inútilmente lo pretende como esposo, y una pareja de campesinos que luego acudirá a la sacristía en busca de consuelo y de perentoria orientación. Él está fuertemente deprimido, pero cuando luego, ya solo, regresa para recibir el aliento del pastor, se encuentra con que este solo es capaz de expresar su propia angustia secreta, impotente de ofrecer a los demás una luz que, desde hace mucho, siente desvanecida en sí mismo.

Cuando ese hombre abandona, despavorido, la presencia de quien debía regresarlo a la vida, se siente autorizado a morir. El suicidio es ya un acto consagrado por el sinsentido de la vida. Pero el pastor siente, más que remordimiento, el trágico reflejo de su persistente desolación. Acude, diligente, circunspecto, al lugar donde ese hombre ha abandonado la vida. Luego cumple con la ineludible visita a la esposa. Le da la noticia sin ostensible emoción, sobriamente contrito, más por la propagación de su propia existencia baldía que por un irreparable acto concreto.

El clima que se respira es muy importante para lo que se pretende transmitir. El blanco y negro, los escenarios absolutamente austeros, un juego de luz en la fotografía que tiende a remarcar la palidez; y también el áspero frío de la época y el resfriado y malestar físico del pastor contribuyendo a esa sensación general de destemplanza. Abundan los primeros planos que indagan en unos personajes paralizados por el terror en el que viven, que infunden a su hieratismo general unos diminutos pero reveladores gestos que nos muestran la textura de sus sufrimientos. Da gusto volver a contemplar escenas sueltas de esta película, repasar la milimétrica maestría, esos mínimos gestos de los actores que implantan el surco indeleble donde se cobijan las exactas palabras.

Hay otro factor que perturba la paz del pastor, y es el amor que siente por él la maestra. Él no la ama, y tampoco lo intenta: sería un esfuerzo vano y torturador. Prefiere insistir en esa gélida soledad que duele pero es verdadera. Ella no comprende como un hombre sumido en ese desasimiento, en la depresión, en la desorientación más absoluta, puede rechazar una oferta de incondicional calidez. Pero su capacidad de amar murió con la extinción de su esposa, cuatro años atrás. En el colegio vacío, hay una escena de extrema crueldad. La incontinencia verbal de él rechazándola sin remisión posible, extinguiendo cualquier futuro intento de aproximación. Es muy duro contemplarla escuchando esas punzantes palabras. Antes, también la habíamos visto exponer sus razones de aproximación. Le había escrito a él, a ese hombre esquivo, una carta, porque no se atrevía a contarle sus más íntimos anhelos. Aquí, una descomunal Ingrid Thulin se inserta en un primer plano al que dota de una enorme profundidad. Genial es también la interpretación de Gunnar Björnstrand, exacto en su papel de hombre atribulado.

Definitivamente, el mundo permanece apagado para ese pastor derruido por una duda absoluta. El ser humano es un problema difícil. La vida no tiene sentido. Al final de la película, nos encontramos ante la inminencia de una misa en la que no aparecerá nadie más que el cínico organista, el contrahecho sacristán y la rechazada maestra. El pastor está enfermo. Pese a todo, suenan las campanas, en una llamada hacia la nada. Esa mujer se arrodilla en la penumbra: “Si pudiéramos sentir seguridad para atrevernos a demostrar cariño. Si pudiéramos creer en una verdad. ¡Si pudiéramos creer…!” Y seguidamente nos encontramos con un primer plano del pastor, su rostro reflejando detalladamente el calvario de no poder salir de su propio personaje, pese a que no encuentra ninguna razón para salvarlo. Una inconmensurable obra maestra, de las que nos maravillan una y otra vez, de principio a fin.