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Sobre los pequeños grandes libros de cuatro poetas ilicitanos, por Javier Puig

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Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Recientemente, se han publicado y presentado de forma simultánea cuatro plaquettes de poetas que residen en Elche. La menor amplitud de estos libros, de cuidado diseño pero escuetos en tamaño, podría sugerir, en principio, un aprovechamiento de obra menor, algo así como un cúmulo de salvables excedentes, que se presentaban así, con humildad, en grupo, diluyendo momentáneamente la individual importancia de estos artistas que tienen una valiosa obra aparte. Pero este posible prejuicio no ha podido maniatar mi sorpresa, al ir comprobando en esas páginas una calidad en absoluto lastrada por una desfavorable criba previa. Claro que, de estos cuatro poetas – dos mujeres y dos hombres –, solo conocía la obra de Cebrián y de An Yi Campello. No sé –aún – qué lugar ocupan en la trayectoria de Manuela Maciá y de Pedro Serrano estos intensos libros con los que me he iniciado en su obra.

Vida de poeta me ha supuesto la vuelta a una obra, la de Cebrián (aquí Carlos Javier), que me ha resultado siempre entrañable, por su insobornable autenticidad, y necesaria, por su potencia creadora. Leer a este poeta es siempre avanzar en el conocimiento del hombre que ha compuesto esos versos: “Mis poemas: sangre derramada”. Cada uno de ellos es precisa afirmación de lo que lo constituye, de la configuración personal que, entre el sentimiento y la autorreflexión, va consolidándose en una vida amadamente irresuelta.

Inicia Carlos Javier Cebrián esta plaquette con una primera parte, a la que llama Separata, en la que reúne expresiones poéticas – tangencialmente aforísticas –, aisladas u otras veces agrupadas en forma de breve poema. Aquí aparecen versos aislados, que son promulgaciones de su ser poético, una forma de autorretrato, o de retrato de aquel mundo que lo delata: “Poema: mi confesionario”, “el problema es que la vida no se comprende”, “soy animal herido”.

La segunda parte, Vida de poeta, no alberga poemas menores, sino que añade nuevas piezas capitales a su obra. Aquí prosigue con esas declaraciones personales que dirige – a veces a través de destinatario interpuesto – abiertamente a un público lector del que espera una sensibilidad comprensiva. Aunque no las tenga todas consigo, y mantenga ciertas reservas de rubor, la de aquel que duda de la amplia licitud de su discurso: “Aceptar por fin/ en qué poco estimáis/ esta mi consabida perorata”. Este pequeño libro, el más corto de los cuatro, finaliza con una Coda, unitariamente compuesta por La mirada de Josefina, que es un sentido homenaje a un amado y trascendente paso por la vida.

No conocía la obra de Manuela Maciá, pero estos Brotes que le he leído me han resultado una gratísima sorpresa. Están constituidos por poemas en prosa que me han impactado por su riqueza expresiva. Se componen de una corta, armónica sucesión de frases de ascendencia claramente poética. Su clara densidad está hecha de la captación de preciosas sutilezas que expresan agudas contradicciones. La autora se centra en un tono intimista repleto de imágenes bellamente elocuentes. No hay frase baladí, ni metáfora sin belleza o sin acierto, en estas lúcidas inmersiones en tan perturbadoras vivencias. Cada entrada es una variación sobre el tema del amor – del desamor – y podría ser perfectamente un fragmento de un hermoso diario. Son poemas del desencuentro, de la extinción, de la confrontación sentimental, de la repentina extrañeza del otro. En el desvelamiento de las ocultaciones del sentir, en el aprendizaje del desamor, siempre halla las precisas y rumorosas palabras: “Soy como un párvulo que ha de aprender a no amarte”, “fue hermoso, fue bello, nos amamos con intensidad, con ternura, incorrectamente…”, “estoy en la adolescencia de mi dolor y mi única esperanza es crecer para olvidarte”, “ya no eres tú, hace tiempo que te fuiste y por mucho que lo intento no logro hacerte regresar”.

La expresión del decaimiento está muy lograda: “En los bolsillos de la noche se esconden melancolías que las manos clandestinas oprimen”, “regreso con la tristeza pegada a mis espaldas, a donde mis manos no alcanzan, para poder alcanzarla”, “¿por qué crece el llanto dentro de mí y no quiere desbordarse? Rebusco en los rincones de mi alma y descubro un baúl de razones dormidas que no deseo despertar”. En la parte central, también Manuela Maciá incluye unos registros breves: “Cuando el dolor se haya ido ¿me quedará el consuelo de verte feliz?”, “ternuras muertas me rodean ancladas en mi sombra”. En fin, un gran descubrimiento.

La obra de Pedro Serrano también me era desconocida. Sus versos me han parecido la expresión de un carácter insumiso. Si fueran pronunciados en la calle, sin previa advertencia, el tráfico de los viandantes se detendría bajo el peso del sentimiento de una admonición. Se habría roto el consenso de la mentira, se habría osado argüir lo innombrable. Los poemas que componen su Falta de perspectiva son a menudo aforísticos, o bien telegramas de una suavidad muy frágil, presta a diluirse en las contundencias necesarias. La exigüidad en los versos es aquí altamente beneficiosa, concentra los novísimos mensajes, impide fugas del lector presto a eludir esta poesía incisiva. Hay aquí una continua rebeldía contra el silencio o el disimulo de las palabras, una incansable búsqueda de la invención de la verdad insoslayable. Pedro Serrano ha sabido percutir con tiento, desde la resolución de hablar claro, de no apartar la mirada de lo ingrato, algunas formas secretas de lo sagrado: “No caigas en la tentación de morirte antes de tiempo./ Previamente come de la fruta que otros no quieren./ Bebe el vino que toca la piel, sin decoro, /deja que las manos hurguen en tu sombra./ Sí, y tiembla”. O este verso que es fruto de su sabia ironía: “Practica la tardanza en las costumbres”. Pues eso: un decir imprescindible.

Después de Malasia en el corazón, estos poemas de An Yi Campello, reunidos en El vuelo de la grulla, me han reinsertado en ese ámbito de serenidad que sabe establecer la autora con sus nítidos versos. Sus palabras son una pacífica transcripción de las sensaciones más aquietadas, un homenaje a la beatitud, un manifiesto a favor de las dulces bondades de la paz mental. Pero también “una memoria de la emoción”: “Mi madre no es recuerdo,/ es vida en el milagro”. Lo suyo es la devoción por los nexos intensificadores de la vida, los que se establecen entre sus relevantes estancias y un yo que transcurre incitado dentro de su angosta plenitud. An Yi Campello está muy atenta a los mensajes que nacen en las cosas, a las sinestesias, a todo lo sensorial, a los enlaces que promueve la contemplación y, sobre todo, al silencio, en el que vuelve a insistir en la última parte de este grato poemario, donde se consigna esa calma que regenera la pulcritud en el vivir. En el último poema, El gran silencio, que dedica a su madre, se enlaza esa paradójica riqueza sensitiva, la del silencio, con la emoción de la primera parte, y así todo cobra un sentido integrador, una dirección hacia lo esencial que aquí se palpa desde las luminosas palabras.

Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

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La primera división literaria en la city. Ciclo La Dignidad de la palabra 2018. Por Francisco Gómez

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Uno no deja de sorprenderse en esta “city” que al cielo mira, más conocida como Elche, donde vive y muere cada día. Han acabado ya las terceras jornadas (tres años consecutivos ya, tres escalones bien trenzados) que la concejalía de Cultura en coordinación con la asociación cultural Frutos del Tiempo ha dedicado a la literatura en la city.

Este año han traído a primeras figuras en el mundo de la poesía y narrativa española. La Primera División de la Literatura en la lengua de Cervantes. El 8 de febrero abrió la jornada el poeta granadino Luis García Montero, no en el vestíbulo del Gran Teatro, no. Por necesidades de aforo, los responsables del espacio tuvieron que abrir el patio de butacas. Trescientas almas escucharon al autor de “Completamente viernes” que habló de la necesidad de recuperar el diálogo entre generaciones y no olvidar la memoria para no despistarnos en estos tiempos inciertos y acelerados. Le siguió estela la poeta Olvida García Valdés que habló de la necesidad de escribir como un acto íntimo, egoísta que a veces se abre al contacto con los demás en forma de libro pero no de una manera inminente sino reposada y reflexiva. El verbo intransitivo.

Siguió el turno el poeta murciano, uno de mis amados, leídos y vividos, Eloy Sánchez Rosillo que presentaba la suma de sus versos en “Las cosas como fueron”. El poeta de la elegía, del recuerdo pero también de la celebración y la alegría de vivir. El buscador de la luz y las pequeñas grandes cosas; el jilguero, la tarde de verano, un día de playa con su hijo, la hacienda manchega en los días de la infancia, el reencuentro con la madre. El tiempo como un eterno retorno circular cuando nada acaba y siempre empieza en la memoria y en el corazón. Curioso. Casi todos se acordaron de la figura de su madre y del padre (¿por qué sera…?).

Después de estos poetas de talla nacional, vino el narrador Luis Landero, el 26 de abril. Mi admirado escritor, del que he leído todas sus novelas, su libro de artículos, su volumen de ensayos. He leído casi todo lo que ha publicado. No podéis imaginar la emoción que me embargaba cuando fuimos a recogerlo a la estación de tren en Alicante. La persona no decepcionó al personaje, como me ocurrió con los poetas, todos cercanos, todos tratables. Cada vez descubro con más certidumbre que cuando más grande es alguien, más humilde, más cercano, más persona es.

Landero habló de su literatura, de la necesidad del asombro para escribir, de buscar la voz propia, los temas que son tuyos para contar tus historias. De la necesidad del silencio y la soledad para concentrarse y escribir. De la huida del fuego mediático que corre el peligro de convertirte en una adicción al éxito si no estás preparado. Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica en 1990 por su primera obra “Juegos de la edad tardía”. Como los demás, premios nacionales de Literatura. Ya digo, un lujo contar con buenos exponentes de las letras españolas.

El vértigo final lo deparó la presentación de los cuadernos de poesía Lunara Plaquette de los miembros de Frutos del Tiempo; Manuela Maciá, Pedro Serrano, An Yi Campello y Carlos Javier Cebrián. Una fiesta de las letras como culmen de una aventura con el título “La dignidad de la palabra”. La palabra como signo para dignificarnos en estos tiempos de internete, redes sociales y poco espacio para la conversación, el encuentro entre las personas.

Más de mil personas acudieron a estos cinco actos que componían el programa de alta categoría. Todos los encuentros necesitaron celebrarse en el patio de butacas del Gran Teatro al superar el aforo del vestíbulo los asistentes. A mi pesar, he de reconocer que el cambio de ubicación, de la sala cultural La Llotja en Altabix al Gran Teatro, en pleno centro de la city, fue un completo acierto con mayor convocatoria de público que en un barrio.

Reconozco aquí la inmensa labor desarrollada por Carlos Javier Cebrián de Frutos del Tiempo para llevar a buen puerto el programa. Su dedicación y esfuerzo de promoción de las actividades, junto al gestor cultural, Julián Sáez, que ha creído desde el principio en este hermoso proyecto. Sí, al final, tendremos que darte la razón. Persistir. Resistir es vencer.

También mi agradecimiento a Carlos Javier Cebrián por permitirme presentar a uno de mis narradores favoritos. Luis Landero, que no me decepcionó para nada. Al contrario su persona me encantó al igual que ya adoro desde hace tiempo su literatura.

Sé que ya se cuece una nueva edición y promete venir el año próximo con emociones fuertes.

Atentos/as.

Francisco Gómez

Diario de un cinéfilo. (27. En la ciudad blanca) por Javier Puig

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Hay películas que no son obras maestras, pero son algo más que eso. Son aquellas que tienen momentos extraordinariamente logrados y ocupan un lugar preeminente en el altar de las que nos han conmocionado. Es, para mí, el caso de En la ciudad blanca (1983), película de Alain Tanner que fui a ver yo solo en el momento de su estreno, y a la que volví la semana siguiente acompañado de un amigo al que le había sabido transmitir un entusiasmo que él luego compartió conmigo sin reservas. Luego, durante muchos años, nos dispuse de esta obra en español; por suerte, hace poco, un buen amigo me la ha proporcionado.

Ver de nuevo, al cabo de tantos años, una película que uno guarda, no solo en el recuerdo de sus experiencias cinéfilas, sino en el apartado de las emociones más intensas, tiene sus riesgos. Revisadas aquellas imágenes, su muy sugerente música, sus escasas pero elocuentes palabras, puedo afirmar que no he sentido apenas menoscabo de aquella primera emoción. Y, ahora, me apetece averiguar por qué esta película me tocó tan fuerte, con tanta hondura.

Uno de sus hallazgos que más me impresionaron fue el de esas tomas en súper 8 que realiza el protagonista, que vienen a ser como un documental muy subjetivo, o un diario visual, acompañado del profundo saxo de Jean-Luc Barbier. Estas musicales imágenes que nos muestran las colinas de Lisboa, con sus pendientes surcadas por los entrañables tranvías, componen unas secuencias intensamente poéticas.

Del argumento de la película me atrajo esa valentía de Paul (Bruno Ganz) para despojarse de cualquier seguridad, para desmembrarse de esa base tan sólida que es su patria, la avanzada y ordenada Suiza; y de esa mujer a la que se resiste a volver, con la que tal vez podría alcanzar una moderada pero consistente felicidad. En la época en la que conocí esta historia, sin llegar a perder pie de los cimientos más protectores, yo gustaba de hacer algunas excursiones solitarias por las mundanidades que me parecían más afines. Aquel en quien me convertía yo entonces, un joven que momentáneamente infringía algunas de las leyes de la más conservadora cordura, realizaba desinhibidas incursiones en un mundo que, entre divertido y admirado, superada una primera perplejidad, reconocía en mí una auténtica frescura. Pero esos experimentos no se pueden llevar hasta los extremos de la intemperie, ni ejercitarse de forma continuada, porque no lo admite el mundo mayoritario, creído de su sensatez.

La experiencia de Paul es así. Se mueve por Lisboa desde la alegría de la naturalidad, desde la espontaneidad del limpio deseo. Avanza sin rigideces, sin mirar a los lados. Se sorprende a sí mismo. Abandona el barco en el que estaba trabajando. Transita por los destartalados suburbios de Lisboa, que están lejos del lujo, del mundo que construye una vistosa y falsaria verdad. Sus libres excursiones a las gentes humildes, entre las que ha recabado, no saben de clasismos culturales. Él es un poeta balbuciente, sin respaldo en las lecturas. Un hombre que abraza la realidad con una intuición tan pura que lo separa de quienes lo acompañan en la vida. Y es que él quiere estar hecho, sobre todo, de aquello que aún no sabe.

Este díscolo hombre suizo quiere explorar los personajes de su vida desde una nueva forma de sí mismo; pero, aunque Rosa (Teresa Madruga), la sencilla joven que conoce en Lisboa, con la que logra compartir mágicos momentos, al final no le hubiera fallado, desvaneciéndose hacia un oculto paradero, Paul hubiera tenido que seguir avanzando en pos de un nuevo estímulo. Pues ya se estaba agotando el de esa joven que empezaba a dudar seriamente de él, de su imperdonable indefinición en su estancia en el mundo. Al fin, impulsado por la frustración y por los chantajes de la vida establecida, deberá cejar en su osadía, volver a esa Suiza, símbolo de todo lo bien atado, y también de lo corrupto, aunque allí no sabrá cómo explicar eso que los demás llaman locura y que él aún se atreve a decirse que es libertad; libertad con todas sus consecuencias, con todas las contradicciones en las que cae quien pretende inventar la vida.

En la soledad cabe todo: la euforia, la paz, la tristeza, la duda. En esos monólogos que son los esbozos de las cartas que enviará a su pareja en Suiza, con más intención expresiva que comunicativa, registra las variantes de sus emociones, los descubrimientos de una vida ya entregada a las sensaciones de lo que vive como nuevo pero que, en realidad, es la esencial persistencia que ignoraba. Al final, sin la presencia del amor, la soledad o la libertad ya no son nada más que el triste desecho del propio recorrido.

Hay en esta película una clara contraposición de mundos: por un lado, el suizo, tan correctamente previsible; y ese otro anárquico, el del puerto y del extrarradio de Lisboa, donde todo es concebible, hasta el que un reloj marque las horas al revés. Paul huye del infernal cuarto de máquinas del barco, pero también del constreñimiento en una sociedad donde todo resulta exigencia y previsión. Necesita la aventura, agarrar la armónica, la cámara, y empezar a investigar la auténtica presencia del mundo. Pero lo que encuentra tampoco es lo perfecto. Ese ámbito más puro también le falla, aunque lo hace desde la legitimidad de lo genuino. Esa libertad aligera la existencia pero también la empuja hacia los recodos de la frustración. No es fácil, tampoco, vivir así, a no ser que uno pueda subirse a la cresta de lo sensual y permanece allí un tiempo, riéndose de todas las bajuras que propone lo prosaico.

En esta película, todo me sugiere una íntima, humilde e irrefutable verdad. Las escenas eróticas son insólitas y sublimes desde esa concepción tan natural, desde su pura belleza. Lo que ocurre no está envuelto en el glamur adulterador sino en la difícil bondad de lo corriente. Los personajes exhalan una descontaminada sencillez; él con esa nueva vertiente temeraria, ellas con esos afanes de certezas; y todos, con esa insatisfacción tan propia de la vida.

La última imagen de la película nos presenta a un Paul que ocupa el tren que lo devuelve a su casa. Lo vemos pensativo, con sus ojos abandonados en el cristal de la ventanilla. Pero luego repara en la joven que tiene enfrente, en ese rostro puro de juventud, de belleza ligeramente barnizada de exotismo, que tal vez le sugiere la posibilidad de una nueva escapatoria. De pronto, vemos su cara llena de inocencia difuminarse a través de la granulada película de esa cámara de súper 8 que él ya no tiene – porque la tuvo que vender – pero que sigue enfocando la vida para él – para nosotros -, con esa mirada única que, con sus sentimientos, con sus anhelos, selecciona la humana imagen del mundo.

Intensidad y Transparencia: Poesía Reunida de María Antonia Ortega, por Ada Soriano

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El blazer blanco, La Música de la Memoria, volumen editado por dilema (Madrid, 2018) en la colección de poesía que dirige Antonio Ortega, contiene la Poesía Reunida de la poeta madrileña María Antonia Ortega.

El blazer blanco es un título ingenioso y sugerente para una poesía igualmente ingeniosa y sugerente además de profunda, atrevida y bella. El lector hallará en la lectura de estos poemas todo un caudal de poesía plena de imágenes asombrosas y conmovedoras porque nacen de una voz francamente auténtica y reflexiva; una voz diáfana e hipnótica.

Como bien expresa Diana Cullell, autora del prólogo del presente libro, esta obra es: “Un estallido. El estallido de una experiencia. Una experiencia extraordinariamente individual que reverbera en cada uno de los versos de María Antonia Ortega en cuanto el desprevenido lector se acerca a ellos”.

María Antonia Ortega, en su nota de introducción, nos comunica sus pensamientos y sentimientos acerca de lo que significa para ella la poesía: “Pues la poesía, con su cadencia, con su ritmo, no es que sea eco, sino la memoria del tiempo…Aunque también, como la música, forma parte de la materia, y en ella muerte y conciencia de la belleza se asocian, en el sentimiento oceánico de la intensidad. La poesía es la música de la memoria”. De hecho, en más de una ocasión, la poeta ha declarado de forma contundente: “La poesía es el único conocimiento que no llena mi corazón de soberbia porque está escrita con el oído del músico”.

Muy acertadamente afirma José María Bermejo, en la nota de Presentación que precede a los poemas, que la autora “…vive en una intimidad deslumbradora que recuerda el fondo del mar. Es allí donde bulle la vida, es decir, la memoria del mundo, que es todo lo que tiene el poeta”.

En definitiva, les hablo de un libro imprescindible para quien no tenga reparos en lucir la elegancia del blazer, prenda de larga duración y perfectamente combinable, más en este caso, por ser blanco, símbolo de amor y pureza, y también de duda. No existe realmente el color blanco, pero se percibe. También los poetas son capaces de vislumbrar lo que no se ve, gozando y padeciendo en la intimidad de su propia creación.

Ada Soriano

Abril de 2018

Diario de un cinéfilo (26. Madre e hijo), por Javier Puig

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Madre e hijo (1997), de Alexander Sokurov, es una película que busca lo poético como afirmación. Nos muestra un paisaje diluido, los rostros deformados, como si espíritus extensibles. Nos presenta a una madre moribunda cuidada por su hijo paciente y solícito, entregado plenamente a las últimas horas de esa mujer. Ambos viven aislados de la humanidad, rodeados de paisajes pictóricos.

Es un amor también físico, que excluye el erotismo pero contiene la relevancia del tacto, del peso, del aliento. Ella ya es casi solo un cuerpo próximo a lo inerte, con una mínima voluntad de ocupar el mundo. La cámara está viva, es la acompañante de esa mermadísima mujer postrada sobre un banco. Ella ha querido salir al bosque. No se tiene en pie, pero su hijo le concede todos sus vitales deseos. Están rodeados de paisajes pictóricos, de la oscuridad tormentosa, de la humedad que se cierne como una insípida compañía. Hay una extrema lentitud, un palpitante detenimiento.

Hay que salir al aire, al mundo. Pese a la amenaza de tormenta, el hijo la apoya en sí para que ella se reencuentre con su ansiada posición vertical, para que tenga la sensación de recuperar la vida. Carga con su madre, con su casi mortal profundidad.

Son un hijo y una madre habitando los cuadros, las imágenes enmarcadas de una naturaleza rugiente, el mobiliario y las paredes y los suelos de una casa dura de habitar. Reinan aquí los claroscuros hechos de colores concentrados, de espacios tensados en sus delimitaciones, en sus contrastes instaurados por la firmeza de esa artística vocación. Esas imágenes buscadas, quietas, difuminadas por una lámina de espesa luz.

Vemos el rostro de la madre, escuchando el lejano ritmo de la vida desde la paciencia de la lenta disolución. Un primer plano en el que se impone su rostro decrépito, ojeroso, ceniciento. Y esos detalles de la vida: las ramas y las flores sobre el alfeizar interior, en la ventana y paisaje constreñido.

Es la miseria, la disolución, la renuncia del mundo. Solo se tienen el uno al otro. El retiro, el mundo solo. El tornasol de los campos, el ruido de la naturaleza y alguna lejana sirena, o unas voces cantoras que apenas se distinguen de la maquinaria del mundo. Y al fin, la muerte.

Madre hijo no es una película recomendable más que para cinéfilos pacientes que sientan la hermosa licitud de un planteamiento apenas narrativo, premiosamente espiritual, estéticamente pictórico. Quien sepa apreciarla, habrá sumado una nueva obra de arte más a los más preciados archivos de su retina, al acervo de sus emociones más bellas.

(Completo este comentario con un poema que he escrito sobre esta obra tan sugerente que se puede ver – con calidad regular, aunque no por las originales deformaciones de la imagen, que son un recurso del director – en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=AoqfiSQ8pfI)

MADRE E HIJO

Ruge el silencio.

Las variaciones de la luz

son el destino de lo verdadero.

Ved a esa mujer que se recuesta

sobre el principio de un vacío

a esperar la más íntima piedad.

Ved esa mirada hacia dentro

asomándose a la tiniebla.

Y esa palidez: preludio de la disolución.

Ella suplica una nueva forma de amor

que supere las palabras.

Quiere que el hijo la traspase

en su desmoronado ser;

en el precario entramado de los átomos,

que lo acepte como propio.

Muy cerca, el paisaje la acompaña,

comprime sus colores,

intensifica los contrastes,

consiente que la muerte urda

su delicada tarea.

Ella escucha muy adentro

el apagamiento de un murmullo.

Su significado apenas existió…

Mientras, el tiempo avanza rugiendo un silencio

que no todo lo acalla.

Y un cántico de nadie

describe el fin de una pugna mortal.

Ya solo queda el infinito eco

de un vivir impreciso.

Sobre El ocho de las abejas, de Cleofé Campuzano, por Javier Puig

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un poemario caudaloso y vital

En El ocho de las abejas, editado por Devenir, Cleofé Campuzano nos ofrece una poesía muy consistente, a menudo impetuosa. La autora se siente pletórica de su caudal imaginativo, que sabe contener en el momento justo en el que se precipitaría por los despeñaderos de la desmesura. Sus visiones son sometidas a la fuerza que las distingue de la temida insulsez. Sus versos están hechos de perpetuo descubrimiento, del estrépito de lo inaugural.

Se nota que la autora siente la inmensidad de toda una vida por delante, que se alza esplendente sobre los agravios de la reiteración. Todo lo dice con ritmo que no altera la supremacía de una voz que irrumpe desde la extrema necesidad, una voz que se va conociendo a sí misma a través de sus propios ecos, que se le añaden como espectro coral y se debaten más allá de las citaciones del azar.

Los versos se afanan en vislumbrar rutas inopinadas, las palabras conmutan el infierno de lo desconocido por un ardiente acomodo en los aledaños de la inverosimilitud: “Ven hacia a mí, pensamiento salvaje / congelado entre tiempos de piedra. / Ven a mí antes de crear y crearnos / antes de padecer y resurgir”. Porque se busca el diálogo con las difíciles estribaciones del propio ser: “Cállate, catástrofe consecutiva / liebre escurridiza / que te escapas de nuestra permanencia. / Cállate, que no deseo preguntarme cada día/ si quiero vivir”.

No es el objetivo encontrar lo sapiencial, entendido como dilucidación definitiva sino que se incide en lo manifiestamente originario. La autora se enfrenta a los anhelos, a las emociones, personalizándolas: “La esperanza es un difunto más, / cuando nada de lo que se es / cuando nada de lo que se tiene/ de lo que se pretende / nos ama. / Si nos elige la esperanza…” Es el juego entre la multitud que vive dentro de las propias fronteras: “Yo, a veces, para enfrentarme a la esperanza/ hago como si no fuera yo.” Dentro de ese lugar que ocupamos como asignación de origen irrescatable: “Nada más nacer, nos encomian la tarea/ de encontrar este lugar propio, / de única pertenencia, única potestad, / único nombre y destino”.

La vida ha de ser una búsqueda constante de la elevación: “Es oscura la posición/ de permanecer sentada/ y no hacer nada, / no vibrar, sentirme ruin/ por mis mezquindades cuando/ el mundo entero es el lugar del espanto”. Hay que ir más allá de lo dado, atender a lo está por construir: “Pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido, /me impedirá ser alguien libre.” Es ese deber de ejercer las posibilidades de la existencia “Cada media hora que pasa / mido el deber / que me he creado con el mundo”. Es la vivencia intensísima: “Y cómo decir que / me duelen los segundos”.

Pero el itinerario vital, cuando tanto se espera, emite sus decepciones: “Por más que haga, / más que me afane con mi edad, /no llego a ningún sitio/ y esa sensación de orfandad/ no me recupera”. O cuando vivir atentamente no resuelve nada: “Es falaz la vivencia. / Falaz la creación de la vivencia, / oscura su calma y símil de la libertad”. Esta búsqueda tan precisa da lugar a veces a pasajes herméticos: “Pon la mente en el lugar/ que sabes que nadie entenderá”.

Es esta una poesía que parte del alumbramiento de unos instantes capaces de recibir las indescifradas misivas de lo eterno. Hay en ella una búsqueda de la exaltación vivaz, una atendible insania de las palabras, el irrenunciable afán de un hallazgo vibrante. Los versos prorrumpen desde los exclusivos caladeros de la verdad poética, se acompasan con la intuición y no aspiran a lo diáfano sino a la profunda e inédita incisión en lo más cercano. Cleofé Campuzano tiene mucho que decir y en su primer libro publicado, El ocho de las abejas, ha empezado a consolidarlo.

La Universidad desconectada, por Francisco Gómez

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No sé ustedes, amables lectores, pero uno percibe, siente, piensa que la Universidad Miguel Hernández de Elche, Orihuela, Altea, San Juan, no está tras algo más de 20 años de estancia en “la city que al cielo mira” implicada de manera suficiente en el tejido social, económico y vital de este pueblo con casi 230.000 almas.
Elche cuenta ya desde hace varios años con tres universidades; el CEU, la UNED y la universidad Miguel Hernández con campus propio a lo largo de la Avenida de la Libertad y muchos edificios y departamentos universitarios en este recinto con especial vocación científico-técnica sin olvidar carreras de las llamadas de Humanidades. Cientos de profesores y miles de estudiantes, pero su presencia no se nota en demasía en la vida social y cultural de “la city”. La llamada vida universitaria apenas se advierte entre sus calles, pubs y cafeterías. Uno observa que cientos de alumnos van y vienen, vienen y van, sobre todo en los trenes de cercanías hasta Alicante o Murcia, al igual que los docentes que tampoco viven por aquí. En mi opinión, son pocos los que pernoctan y hacen su vida en el roal salvo quienes viven en pisos de estudiantes. Menos todavía los que acuden a presentaciones de libros, exposiciones de pintura, fotografía, participan en las fiestas locales, van al teatro e incluyo aquí a muchos profesores. En una modalidad que en algún artículo anterior, denominé como “los nuevos bárbaros”, chavales y tutores que se entusiasman por su materia, su rama especializada del saber y se desentienden de lo demás.

Sí, es cierto, la Miguel Hernández realiza actividades culturales dentro de su recinto, tiene la Universidad de la experiencia pero a nuestro entender son pocos los ilicitanos que se acercan a verlas y disfrutarlas y viceversa. Es duro entender cómo tras 20 años de estancia en “la city” la Miguel Hernández no tenga un espacio físico que la represente aún en el centro de la ciudad, como así ocurre con la Universidad de Alicante en plena Explanada, en el Paseo Castaños. Sabemos que pretenden adquirir las instalaciones de la Primera Planta del Gran Teatro (el antiguo Casino) pero la pasta es la pasta y no llegan a un acuerdo con la Fundación Caja Mediterráneo= Banco Sabadell para comprar este enclave y potenciar su presencia en pleno corazón de Elche. El objetivo es poner en marcha un centro cultural en el campus de notables dimensiones y realizar actividades de los estudiantes y los agentes culturales que trabajan aquí, pero ¿para cuándo…?, ¿logrará atraer a escritores, músicos, artistas, cineastas y demás grey a sus instalaciones…?
Las preguntas son muchas y las repuestas las traerán los días y las posibilidades.
Mientras tanto, también contamos y los pasos ya se están dando, en desarrollar la colaboración técnico-empresarial entre Ayuntamiento y Universidad para crear un parque tecnológico, estilo Silicon Valley, en el polígono industrial de Torrellano-Saladas y diversificar cada vez más la industria del calzado y auxiliar, que en estos momentos ocupa el tercer puesto en empleos para la población activa. La diversificación en una city industrial y trabajadora como es Elche se antoja una cuestión básica y los movimientos se están dando. Veremos frutos en forma de empresas y logros. Todo a su tiempo pero como vemos la pasta siempre marcha por delante y la cultura es la bonita guinda que trata de adornar el pastel con que “vendemos” nuestro universo.
Pero la implicación social y cultural de la universidad Miguel Hernández es, tras más de 20 años, una asignatura todavía pendiente sin aprobar ni manera de resolver.

P.D: La city se mueve este año del Señor de 2018 en niveles de primera categoría en el aspecto cultural. La concejalía de Cultura ha echado la casa por la ventana en la vertiente literaria y musical. En coordinación con la asociación cultural Frutos del Tiempo pondrán en marcha el tercer ciclo de literatura “La dignidad de la palabra” con la presencia el próximo 8 de febrero del afamado poeta Luis García Montero con nuevo poemario bajo el brazo. Le seguirá el jueves 1 de marzo la también poeta, ensayista y traductora Olvido García Valdés y el 12 de abril, el también poeta murciano, enorme, en nuestra opinión, Eloy Sánchez Rosillo. Para continuar el 26 de abril con una de los más grandes narradores de la literatura española actual, Luis Landero. El ciclo se cerrará el 3 de mayo con la presentación de la nueva colección de Frutos del Tiempo, “Lunara plaquette”, cuadernos de poesía con obras de Manuela Maciá, Pedro Serrano, An Yi Campello y Carlos Javier Cebrián. Todos los actos tendrán lugar en el recibidor del Gran Teatro a partir de las 8 de la tarde, en pleno centro. Esperemos que el público ilicitano y foráneo responda para escuchar y disfrutar con estas plumas de la Primera División de las letras española, muchos de ellos con premios en sus mochilas como el Nacional de Literatura y el de la Crítica, entre otros.

No sólo de letras vive el “homo cultural” pues desde el 25 de enero, Elche está reviviendo “La movida de los 80”. Empezó en los cines Odeon con el film de Beatriz Pérez Aranzabal, “De un tiempo libre a esta parte” y siguió el 27 de enero con el concierto de Jaime Urrutia, alma de Gabinete Caligari en la Lonja de Altabix. Seguirá la música ochentera el 9 de febrero con el El Gran Wyoming y Los Insolventes, para continuar con Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón el 19 de marzo y Pablo Carbonell y los toreros muertos el 14 de abril, también en la Lonja Cultural.

La gran música de los 80 no se acabará aquí pues Los Secretos darán un concierto en el Gran Teatro el 17 de febrero dentro de su gira por el 40 aniversario del mítico grupo, a quien seguirá Manolo García el 28 de abril en la Rotonda del Parque Municipal. La movida cerrará el ciclo musical el 23 de junio, también en la Rotonda, con un tributo a Héroes del Silencio y Mecano.
Además el Museo de Arte Contemporáneo del Raval (MACE) ha preparado una exposición sobre la efervescencia musical de los 80 que podremos disfrutar hasta el 22 de abril. En este escenario, el 22 de febrero los escritores y poetas Julio Soler, Jesús Zomeño y Juan Lozano, junto a otros letraheridos de Elche y Alicante ofrecerán un recital con sorpresas seguro sobre “la generación poética de la espontaneidad. Culminará con una mesa redonda sobre fanzines, cómic y ilustración de los 80.

Oferta literaria y musical de primera categoría para ilicitanos, foráneos, estudiantes y profesores en un movimiento cultural de altas olas poco visto en “la city”. La respuesta y el juez la tiene el público cultural. Esperemos que mayoritaria. Observaremos.

Francisco Gómez