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La primera división literaria en la city. Ciclo La Dignidad de la palabra 2018. Por Francisco Gómez

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Uno no deja de sorprenderse en esta “city” que al cielo mira, más conocida como Elche, donde vive y muere cada día. Han acabado ya las terceras jornadas (tres años consecutivos ya, tres escalones bien trenzados) que la concejalía de Cultura en coordinación con la asociación cultural Frutos del Tiempo ha dedicado a la literatura en la city.

Este año han traído a primeras figuras en el mundo de la poesía y narrativa española. La Primera División de la Literatura en la lengua de Cervantes. El 8 de febrero abrió la jornada el poeta granadino Luis García Montero, no en el vestíbulo del Gran Teatro, no. Por necesidades de aforo, los responsables del espacio tuvieron que abrir el patio de butacas. Trescientas almas escucharon al autor de “Completamente viernes” que habló de la necesidad de recuperar el diálogo entre generaciones y no olvidar la memoria para no despistarnos en estos tiempos inciertos y acelerados. Le siguió estela la poeta Olvida García Valdés que habló de la necesidad de escribir como un acto íntimo, egoísta que a veces se abre al contacto con los demás en forma de libro pero no de una manera inminente sino reposada y reflexiva. El verbo intransitivo.

Siguió el turno el poeta murciano, uno de mis amados, leídos y vividos, Eloy Sánchez Rosillo que presentaba la suma de sus versos en “Las cosas como fueron”. El poeta de la elegía, del recuerdo pero también de la celebración y la alegría de vivir. El buscador de la luz y las pequeñas grandes cosas; el jilguero, la tarde de verano, un día de playa con su hijo, la hacienda manchega en los días de la infancia, el reencuentro con la madre. El tiempo como un eterno retorno circular cuando nada acaba y siempre empieza en la memoria y en el corazón. Curioso. Casi todos se acordaron de la figura de su madre y del padre (¿por qué sera…?).

Después de estos poetas de talla nacional, vino el narrador Luis Landero, el 26 de abril. Mi admirado escritor, del que he leído todas sus novelas, su libro de artículos, su volumen de ensayos. He leído casi todo lo que ha publicado. No podéis imaginar la emoción que me embargaba cuando fuimos a recogerlo a la estación de tren en Alicante. La persona no decepcionó al personaje, como me ocurrió con los poetas, todos cercanos, todos tratables. Cada vez descubro con más certidumbre que cuando más grande es alguien, más humilde, más cercano, más persona es.

Landero habló de su literatura, de la necesidad del asombro para escribir, de buscar la voz propia, los temas que son tuyos para contar tus historias. De la necesidad del silencio y la soledad para concentrarse y escribir. De la huida del fuego mediático que corre el peligro de convertirte en una adicción al éxito si no estás preparado. Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica en 1990 por su primera obra “Juegos de la edad tardía”. Como los demás, premios nacionales de Literatura. Ya digo, un lujo contar con buenos exponentes de las letras españolas.

El vértigo final lo deparó la presentación de los cuadernos de poesía Lunara Plaquette de los miembros de Frutos del Tiempo; Manuela Maciá, Pedro Serrano, An Yi Campello y Carlos Javier Cebrián. Una fiesta de las letras como culmen de una aventura con el título “La dignidad de la palabra”. La palabra como signo para dignificarnos en estos tiempos de internete, redes sociales y poco espacio para la conversación, el encuentro entre las personas.

Más de mil personas acudieron a estos cinco actos que componían el programa de alta categoría. Todos los encuentros necesitaron celebrarse en el patio de butacas del Gran Teatro al superar el aforo del vestíbulo los asistentes. A mi pesar, he de reconocer que el cambio de ubicación, de la sala cultural La Llotja en Altabix al Gran Teatro, en pleno centro de la city, fue un completo acierto con mayor convocatoria de público que en un barrio.

Reconozco aquí la inmensa labor desarrollada por Carlos Javier Cebrián de Frutos del Tiempo para llevar a buen puerto el programa. Su dedicación y esfuerzo de promoción de las actividades, junto al gestor cultural, Julián Sáez, que ha creído desde el principio en este hermoso proyecto. Sí, al final, tendremos que darte la razón. Persistir. Resistir es vencer.

También mi agradecimiento a Carlos Javier Cebrián por permitirme presentar a uno de mis narradores favoritos. Luis Landero, que no me decepcionó para nada. Al contrario su persona me encantó al igual que ya adoro desde hace tiempo su literatura.

Sé que ya se cuece una nueva edición y promete venir el año próximo con emociones fuertes.

Atentos/as.

Francisco Gómez

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EL TONTO DEL LIBRO, por Francisco Gómez

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Una tarde de tantas los pasos me acercan a uno de mis templos favoritos para comprar un encargo que he solicitado, la antología de un poeta excepcional, Carlos Sahagún de la editorial Renacimiento. Mi buen amigo, Paco Trigueros que lleva más de 40 años en su librería y su encantador grupo de trabajo, lo meten en una bolsa y salgo a una de las calles de mi “city” sin corazón, dura, apresurada, indiferente. Una “city” que cada vez me aburre más como cárcel custodia.
Empiezo a caminar por las aceras en la tarde dorada que se diluye hacia la noche invernal y observo al personal que camina a mi lado como si no estuviera. Algunas veces hago ejercicio mental de cuántos paisanos me saludan o saludo o levanto la cabeza y la levantan y cada vez el número es menor. Veo que muchos están con su móvil y teclean no sé qué aplicación y se enganchan a una red social de moda. Algunos le hablan al móvil casi a grito pelado mientras no saludan a uno que ha pasado a su lado. Curioso este mundo digital en el que estamos sumergidos. Tenemos amigos virtuales a mansalva pero si un problema nos preocupa, pocas personas físicas se acercan para estar a nuestro lado. Lo he escrito ya en alguna ocasión. El hombre más comunicado de la Historia siento que es el hombre más solo de la historia.
Los libros son buenos amigos, compañeros de viaje en esta travesía de los días y las labores pero me detengo y reparo que nadie a mi alrededor lleva ningún libro en la mano. Tampoco un triste periódico en papel, de cabecera alguna. Uno se siente cada vez más un bicho raro, un miembro de la Resistencia que no quiere perder el contacto con las páginas de un libro, el olor de un ejemplar recién estrenado, la insinuante caricia mental de sus palabras o los temores e inquietudes que pueda despertarte. Sigo caminando y el peso agobiante de ser una suerte de extraterrestre que lleva un libro en la mano se apodera cada vez más de mi conciencia.
El mundo internáutico está devorando a la galaxia Gutemberg. El cuarenta por ciento de los españolitos dice que no lee nunca. Es una estadística reveladora. Acabo de leer que las librerías mantienen un cierto repunte de crecimiento pese a la eterna crisis lectora. Que las librerías independientes siguen resistiendo y aportan propuestas nuevas. Que los lectores de las bibliotecas siguen pidiendo libros, novedades. Pero en esta tarde que ya apunta a primavera no veo a nadie con un libro en el regazo, salvo este tonto que ha pedido un libro de poesía a su amigo de Ali i Truc. Pienso y es positivo que el papel encarece y que no hay que cortar tantos árboles para la impresión de volúmenes pero uno es un nostálgico de la palabra escrita sobre el papel, como tantos otros resistentes como yo y aquí recuerdo a tantos amigos, a tantas personas…El e-book, el e-reader, el audiolibro, la tablet, están comiendo poco a poco terreno a la lectura en papel. Uno estima que ambos medios pueden ir de la mano, como tantos piensan en las entrevistas que leo a los agentes culturales.
Me parecería terrible que en un mundo del mañana desaparecieran las librerías porque los lectores ya no leyeran en soporte papel, como se han ido las videotecas, las tiendas de discos merced al empuje invasor de internete. Como están desapareciendo tantas medios periodísticos porque la gente cada vez compra menos prensa en los kioscos y prefiere leer la prensa digital. Me parece que aquí se lee más rápido, a golpe de fogonazo, con menos capacidad crítica y reflexiva. El papel aporta pensamiento, reflexión, detenerte y reinterpretar o criticar tu lectura. Sembrar o crear dudas en tu cabeza y corazón… En fin, prefiero tener libros en mi biblioteca a tener cien mil títulos en la nube o en la tablet, que soy incapaz de leerlos, de disfrutarlos como un pájaro vivo de papel.
Se ve que estoy desfasado, un “nostálgico” del papel, un resistente a los cambios. Un soñador trasnochado, el tonto que lleva el libro en la mano. Cada vez descubro a nuevos autores, obras nuevas y me pierdo en la espesura de la literatura que descubre más caminos, más ramificaciones, múltiples intenciones. Estoy perdido. Nunca podré abarcar la desbordante amazonía de la literatura. No podré leer todo lo que me interesa, me inquieta. La situación desborda mis neuronas. Mis aurículas y ventrículos.
Soy más lector que escritor. Hago caso en el desánimo de los tiempos actuales; para ser escritor hay que leer, leer y leer y escribir, reescribir y volver a escribir. Y es lo que haré hasta el final de mis días, llegue a sitio alguno o no. Disfrutar de mis libros y escritos y esperar a mis compañeros de ventura que también aman los libros en papel como uno.
Sólo un pequeño reproche que no llevará a nada, como los gigantes que nos vencen aunque no desistamos. Además de grandes escritores conocidos por todos, hay otros menos conocidos que también vale la pena su lectura. Autores menos reconocidos por el gran público que no acude en masa a sus presentaciones. Desconocidos por las editoriales que no apuestan por la publicación de sus obras y la difusión de sus textos como es el caso de Miguel Sánchez Robles, ganador de muchos premios pero editado por editoriales pequeñas. Todos conocemos a más de uno. Otros que son grandes escritores y conozco a más de uno han cejado en este empeño de darse a conocer al gran público. Batalla perdida pero con la dignidad de haber luchado en el intento.
Por ahí va el tonto con el libro. A disfrutar de la lectura de los poemas en la soledad de sus aposentos. Así son las cosas y así las contamos

P.D: Esta postdata va por ti, Carlos Javier Cebrián Calpe. A pesar de los golpes y las desilusiones no dejaré de escribir pero no habrá una “City-4”. La trilogía se cerró con 700 páginas sobre la ciudad que más quiero y odio en este mundo nuestro. No habrá nuevas entregas a pesar de seguir escribiendo artículos como éste. Estoy cansado de batallar contra los gigantes. Sigo con nuevas aventuras pero “la city” ya me cansa.

César dixit.

Francisco Gómez

Alejandro López Pomares presentó en Orihuela su primera novela, por Ada Soriano

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El pasado 1 de febrero se presentó la ópera prima de Alejandro López Pomares; una novela que lleva por título La mirada perdida y que acaba de ser editada por Celesta, (Colección Letra Aleph, Madrid, 2017), bajo la dirección del poeta y escritor Rafael González.

Una vez más, la librería Códex fue escenario de tal evento, en el que se dieron cita escritores, familiares y amigos del autor. El acto fue presentado por el poeta José Luis Zerón, quien manifestó su satisfacción al tratarse, en este caso, de la novela de un amigo y ser esta su primera obra publicada.

Zerón indicó en su discurso que es una novela compleja y que no posee una línea argumental definida. Por ello aconsejó leerla desde la perspectiva de la estética y la voluntad. Aclaró asimismo que, al no poseer trama temporal, queda lejos de la novela clásica. Explicó que La mirada perdida consta de tres partes reales, aunque estructuralmente se aprecian solo dos: “La primera es una narración en tercera persona, con superposición de planos y personajes entrecruzados, y la segunda está narrada en primera persona, y se trata de fragmentos de diarios en las que interactúan lector y escritor”.

Igualmente destacó la alternancia entre naturaleza y ciudad, a pesar de que el autor se implica más en el paisaje, que confiere a la obra una honda textura lírica. “De este modo la novela podría leerse como un conjunto de prosas poéticas”.

Sensualidad, experimentalismo y cierto misterio para una novela que, según Zerón, puede calificarse de poliédrica por los distintos matices y lecturas que ofrece y porque entronca con la tradición vanguardista: desde Las olas de Virginia Woolf y el Ulises de Joyce, pasando por Le Nouveau Roman y El Constructivismo, hasta autores contemporáneos como Agustín Fernández Mayo.

Tras la presentación, escuchamos las palabras de Alejandro López Pomares, quien nos hizo cómplices de sus sentimientos: “Revelar el secreto de que he escrito un libro me resulta más difícil que el hecho de escribir”.

Afirmó que su novela no da la apariencia de poseer un argumento, pero que él sí piensa que existe una trama, aunque esté fragmentada y disuelta, y que su intención es transmitir otra forma de lectura, es decir, leer con empeño: “Lo que en un principio podría haberse quedado en un conjunto de relatos escritos en un cuaderno de campo, acabó convirtiéndose en una novela ya que, al volver a leerlos, vi algo distinto; algo que me llevó a plantearme reescribirlos, pero eso sí, respetando la estructura inicial. Mi deseo era potenciar la confusión que se forja a partir de la fragmentación y, por tanto, sí hay una intencionalidad en mi novela”.

Como buen observador, comentó que “cuanto más sabemos, más grande es la confusión del mundo en que vivimos, debido a un exceso de acumulación de detalles, y que el mundo se nos hace así más incomprensible”.

El autor, tras transmitir con honestidad y desparpajo sus experiencias vividas con respecto a la elaboración de esta singular novela donde, según sus palabras, hay soledad, nostalgia y tiempo (sobre todo, tiempo), los asistentes le correspondieron con un fuerte y sentido aplauso.

Ada Soriano

EL CANTAR DEL POBLE, por Francisco Gómez

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El otro día, uno de estos últimos domingos postreros de enero acudí al Gran Teatro para escuchar, disfrutar, participar de un concierto muy muy especial que llevaba mucho tiempo esperando (la entrada la compré en diciembre y a principios pa que no se hiciese tarde…)
Mi amigo y “primo” cultural, Ángel Alfosea, con su grupo reunido a tal propósito ha grabado y presentado en sociedad un disco, un cd como se dice ahora de Cançons Populars  d´Elx. No puedo resistirme y voy a escribiros el repertorio que vale la pena y que much@s ya lo conocéis y habéis cantado en sobremesas en les Festes d´Agost, para la Asunsioneta, en la Venida o en Nadal después de un buen sopar amb terongetes: Xe que a gust, El susto s´ha passat, La Nyora, la Briala y Manolo el de la Fonda, De l´aigua Dolça, L´alcalde, En Santa Pola, Llauraora, Venim de fer herbetes, De les Penyetes, El Dia de L´Ascensió, Venim de la Mar, Jo tinc una cançoneta de fil i cotó, Ja mo namen.

¿Qué…? ¿Os suenan…? Seguro que sí a más de un@ y a más de dos. Sobre todo a generaciones de ilicitanos que están de los cuarenta y… para arriba y seguro que much@s las habéis cantado en reuniones familiares. Pues aquí el Ángel Alfosea y su grupo con José Muñoz a la bandurria, Blas Gandolfo al laúd, María José Sayas al acordeón, al contrabajo Juan Pertusa y el Alfosea a la guitarra con las voces de Vicente Cremades, Zoilo Martín de la Sierra, Antonio Caballero, Ángel Andreu, Bernardo Férriz y Daniel Martín de la Sierra nos hicieron disfrutar de lo lindo en el Gran Teatro de la city con sus cançons popular d´Elx. ¡Qué estaba casi lleno este noble centro cultural, oiga! Seiscientas almas que entonaban, cantaban y recitaban muchas de las estrofas que forman parte del patrimonio musical y popular del pueblo. El poble que perdura con sus canciones e historias más que muchas figuras del momento. Observé que muchas eran personas que rondaban de los cuarenta y… para arriba y no vi a muchos adolescentes y veinteañeros. Sí descubrí en cambio niños y niñas con sus papás o con los iaios que gozaron de lo lindo mientras sus papás o abuelitos les cantaban al oído algunos fragmentos de estas cançons ilicitanas.

Fotres, Ángel, que me emocionastes, cagüendenia, pues muchas de estas coplas populares mi tía Clarita y su hermana Margarita con su marido Paco, ilicitanos de pro del Arrabal, como dice “Xe que a gust”: Perqué visc en la Teulera, allà en lo últim del Raval…”, las cantaban en las sobremesas familiares y con la buena voz de Paco y mi tía me ponían las cosas a doscientos. Decías muy bien dicho, que estas canciones cantadas en Ilicitano, se están perdiendo entre las nuevas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes que no las conoces porque escuchan y compran y bajan más la música de cantantes y grupos anglosajones y soplaflautas españoles que las canciones

que sus mayores, sus padres, sus abuelos entonaban en las casas tras una celebración con un buen caliche de cantahueso o el nugolet. Mi tía Clarita me contaba que cuando venían de las barracas de Santa Pola, cantaban en el carro “Venim de la mar”: “Venim de la mar, no portem diners/anem a cal mestre y no hi ha res que fer/Mo n´anem a casa en un mal humor/ de vore que venen, de vore que venen, es Festes d´Agost…”

Joer, entre todos me los pusisteis… Y las fotografías que acompañaban a les cançons, seleccionadas por Francisco Valero. Las de un Elche que se fue por el sumidero de los días. Algunas de ellas ni las conocía. Preciosas, sugerentes. Las mujeres lavando en l´acequia, el Cuartel Viejo, la canalización de la Correora, las concentraciones obreras en la Plaça i Baix, el antiguo Paseo de la Estación, el Parque Deportivo, los huertos… Me hacen pensar tanto esas imágenes… De los ilicitanos que vivieron esa época entre el XIX y XX y con estas canciones se divertían, convertían en sátira la situación social y económica que vivían, los personajes…

Mira, aprovecho la coyuntura “pa dir-te” que propongas a Cultura o Educación o a quien sea, que os peguéis una gira por los colegios de la city e institutos incluso, para que los niños y jóvenes conozcan e incluso puedan amar estas cançons popular de sus mayores, que no todo va a ser en inglés y las melodías pegadizas del momento, dice uno. No sé… Todo es cuestión de proponerlo y a ver si tira endavant. Estamos hablando del patrimonio cultural de un pueblo que perdura o debería seguir más que muchas cosas que van y vienen, vienen y van y no devorar tantos símbolos como somos dados en el roal. Y también eché en falta algunas otras canciones, muchas habaneras, que cantaban nuestros antepasados en las barracas. “Pa” otra ocasión con otro trabajo si este pega y tiene tirón. También me agradó mucho que incluyeséis una cançó dedicada a Santa Pola, que uno como tantos ilicitanos tanto ama: “En la barraca fem la partia i al sarangollo fem un cotet, cantem alegres una havanera mentres mos posem un nugolet…”

Me fui corriendo a comprar un disco, magníficamente presentado, para mi tía Clarita y Margarita. ¡Me debes una firma bien guapa, chato!

ROMA ETERNA, ROMA INABARCABLE, Por Francisco Gómez

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Uno tenía entre sus ilusiones viajeras, acercarse, pisar, transitar al menos una vez en la vida las calles y plazas de Roma, sus strazzas, sus vías, fijar sus pies en la Plaza de San Pedro que sólo había visto vicariamente por televisión y por imágenes de numerosos libros.

Este verano, tras una larga y anhelante espera llegamos por fin mi amigo Vicente Castaño y yo a Roma, la ciudad pagana de los césares y emperadores que construyeron con voluntad de hierro y ansia, con sus guerras, conquistas e inteligencia, primero una República y luego un Imperio que después partieron en dos. La Roma del Coloso dedicado a Nerón, una estatua en bronce de 35 metros en los alrededores del anfiteatro Flavio donde se citaban los ciudadanos descendientes de Rómulo y Remo para disfrutar de juegos que podían durar hasta 200 días al año.

La Roma del Foro de Julio César, de Trajano, de Adriano, que quisieron y lograron la urbe que en sus grandes tiempos llegó a tener una población hace MM annos de hasta un millón de personas y edificios de siete plantas, las últimas más peligrosas con estructuras de madera y de dudosa moral y reputación.

La Roma conquistadora que celebraba sus victorias sobre los pueblos bárbaros a los que romanizaba o aniquilaba, con sus arcos de triunfo como el de Constatino o Tito. Sus hazañas bélicas marcadas en obeliscos expoliados a los egipcios donde sus grandes frescos circulares relataban para la supuesta posteridad las hazañas de sus césares. Sentir el peso de la historia con las pisadas en el Coliseo y el Foro Romano, restos de calzadas de piedra y templos corintios, basílicas comerciales y foros de encuentro de comerciantes y ciudadanos donde hace cientos de años vivieron, soñaron y amaron hombres y mujeres que se enorgullecían de ser el senatus populusque romanum, el pueblo destinado a perdurar. Hoy vestigios de la gloria y el poder, ruinas, polvo, desaparición..

La Roma religiosa, centro de la cristiandad desde donde el actual papa Francisco (sin numeraciones) trata de conducir su abigarrada grey entre las convulsas aguas de las inmediaciones del XXI siglo. La Roma de las iglesias y las basílicas, más de 500, según me informa mi amigo Vicente, con una basílica o iglesia adscrita a cada cardenal del extenso y variado mundo que conforman los cónclaves en la Capilla Sixtina que sólo un genio indomable como Miguel Ángel pudo pintar al fresco con seres bellos, fuertes como era este gigante del arte, de corazón y carácter irrenunciables que un papa como Julio II no pudo dominar. Basílicas recubiertas de mármol y cúpulas luminosas que hablan de belleza y dominio arquitectónico con los restos supuestos de los apóstoles que decidieron seguir a un tal revolucionario Jesús. En la iglesia de San Pietro in vincoli las posibles cadenas que tuvieron aprisionado al primer pescador de hombres tras su maestro, los restos de otros de sus seguidores como San Juan Bautista o San Juan Evangelista o Pablo en sus respectivas basílicas mayores.

La basílica de San Pedro que sobrecogió a este caminante por sus dimensiones y sentido, centro de la entera cristiandad. La Pietá de Miguel Ángel y el rostro de la Madre-Niña con auténtico dolor de corazón llorando la muerte de su Hijo, un hombre musculoso a pesar de su derrota, una Madre-Niña que no podía comprender tanto dolor, tanto sinsentido, tanto absurdo, como el que hoy nos asola y que sumió en una honda emoción los ojos de este espectador.

El baldalquino de Bernini que apunta con sus columnas de mármol de carrara hacia arriba, hacia la cúpula, hacia lo alto como flechas que indican el camino. El altar con el Espíritu Santo desbordante, luminoso.

Tantos Papas, tantos nobles enterrados en capillas dentro de sus criptas con sed de eternidad, condenados al anonimato con el correr inevitable de los días.

La columnata blanca de Bernini, restaurada, hoy más limpia y blanca que hace unas décadas, con sus columnas que soportan alrededor de la Piaza de San Pietro las esculturas de apóstoles y santos mientras los días amanecen calmos en la ciudad eterna, la ciudad insondable y los atardeceres respiran señales de quietud melancólica, estatismo temporal. La ciudad de ciudades y estados, cuna del Imperio, faro del Cristianismo, con adoquines levantados por sus calles empinadas e inclinadas, vías mal iluminadas con el reinado de la noche donde casi todos parecen reposar sus sueños inmemoriales y religiosos del día. Papaleras con plásticos transparente donde quedan a la vista los desechos que los humanos arrojamos. Fuentes de agua fresca y brisa suave que te sorprende en algunas avenidas, casi lo único gratuito que te ofrece.

Roma inabarcable a golpe de paso andariego con strazzas de kilómetros que machacan los pies de cualquier viajero. No hay mejor manera de conocer y amar una ciudad que patearla pero tus vías son inabarcables ‘ab urbe condita’.

Roma eterna, Roma incógnita, te lancé una moneda en la Fontana di Trevi con la esperanza, vana o no, de volverte a ver en otras circunstancias.

Visiones de París, por Javier Puig

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No se puede mirar París con ojos virginales. Todas esas calles que pisamos, sin apenas tiempo de remedar al desnortado flâneur, las hemos leído antes, escritas por quienes se movieron por ellas en busca de un revelador reflejo de sí mismos; por hombres y mujeres que viajaron y se instalaron allí con la clara expectativa de quien ingresa en una concentración de universo que le puede ser propicia.

París es una ciudad grandiosa, una interminable sucesión de construcciones, nutridas de una incesante alma urbana. Las alegres terrazas de sus bares tienen dispuestas sus apretadas sillas con intención espectadora. Y el espectáculo es la gente de allí: la que ves en el metro, la que pasa por las calles; o, también, cuando caminamos, esos mismos espectadores que ocupan el lugar en el que tú estarás en otro momento. A París le gusta mirar y ser mirada.

Los monumentos quedan aparte, como el reclamo turístico de una postal inhabitada, pero la verdadera sensación parisina está en sus concurridas calles, en los rostros y en las siluetas de unos ciudadanos que parecen orgullosos de habitar y de pertenecer a ese espacio del mundo, siempre prestos a interpretar sus consolidados personajes en ese escenario que tanto aman. (O al menos esos seres joviales que se suman, activos, a las corrientes humanas, los que no se consideran víctimas de un gigantismo ineludible sino beneficiarios de su profusa oportunidad.)

Hacía 40 años de mi anterior y única visita a esa ciudad. Antes de nuestro viaje, la mayoría de la gente con la que hablábamos decía haber estado allí, y no solo una vez, sino casi siempre en dos o más ocasiones. Indudablemente, mis circunstancias personales actuales, tan distintas, habían de indicarme también algunas nuevas búsquedas. Me gustó ver en París tantos cines urbanos, como si allí aún fueran capaces de resistir los embates de la modernidad que, en otras ciudades, los han ido desplazando hasta los impersonales templos del consumismo. A escasos cien metros de nuestro hotel, me llamó la atención el que se exhibiera una película española – allí titulada Été 93 – de la que he leído excelentes críticas y que en España se ha distribuido con esa timorata limitación inducida por el poco aprecio al espectador exigente y por la sumisión a los obligatorios cupos que abarca el casi siempre pueril cine americano de hoy. Aunque tal vez esta generosa oferta cultural no sea solo mérito inherente a la condición parisina sino fruto de la multiplicidad de habitantes que hacen que un ofrecimiento minoritario pueda disponer de suficiente audiencia.

Del esplendor cultural de otros tiempos, tal vez ya queden muy pocas relevancias, aunque en muchos ciudadanos quise adivinar una fina disposición receptiva. En el Café de Flore o en Les Deux Magots, no vi ningún grupúsculo que me sugiriese un incipiente, entusiasta, movimiento cultural. Sí queda el acogedor encanto de la Shakespeare and Company, esa antigua librería del Barrio Latino que ofrece una gozosa inmersión en el mundo del libro y un recordatorio de lo sublime de la escritura, con esas viejas máquinas de escribir frente a unas ventanas que dan al París esencial. Se trata de un verdadero hogar para esos bellos objetos legibles, en el que hay sillones casi confundidos con los lomos de unos libros que responden, no a los títulos de la urgencia industrial, sino a los consolidados por miles de lectores que han encontrado en sus páginas una maravillosa y real extensión de sus anhelos.

Sí, lo mejor de una gran ciudad, aparte de su prodigalidad en ambientes, en ofertas, en servicios, es su galería de rostros, formada por una infinita diversidad. De algunos, uno se queda impregnado enseguida. El cuarto día de nuestra estancia, asistimos a un concierto de música clásica en La Madeleine. Consistía en la interpretación de piezas fundamentales, geniales, de las que emocionan hasta al más rudo de oído. Una solista se crecía con su violín de forma impecable. La música me entraba sin injerencias, pero, a la hora de los aplausos, reparé, tres filas más adelante, a nuestra derecha, en una pareja: un hombre alto, de pelo absolutamente cano, de setenta y cinco años o más, y a su lado una mujer menos estilizada, con un turbante en la cabeza. No se parecían a Emmanuelle Riva ni a Trintignant, los protagonistas de Amor, la película de Haneke, salvo en el detonante de su aparente sensibilidad; pero me remitían claramente a aquellos personajes, a esa pareja culta, educada, que está padeciendo las postrimerías de la vida, de su historia de amor, aunque en irrenunciable búsqueda de lo bello. A la finalización de cada movimiento, los observaba y comprobaba las últimas vibraciones de su inmersión en aquellas obras; él sentado hacia delante, concentrado en el eco del sutil producto de aquellas notas; ella, inclinada hacia atrás, plácida, acogedora, generosa en sus aplausos.

En estancias como esta, vuelvo a disfrutar de la observación y a encontrar los personajes fuera de las ficciones – en la extensa realidad, en la calle, en la plaza -, allí donde la humanidad se muestra auténticamente heterogénea. Y vuelvo a reparar en esa confluencia de vidas, en su inextricable riqueza, en cuya sugerente superficie pretendo encontrar lo afín sin desprecio de lo extraño.