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Los Días suspendidos, Presentación.

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El hombre que llovía, por Francisco Gómez

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watercolor-488003_960_720Estaba acostado pero a punto de iniciar el día con el toque de sirena del despertador para iniciar sus obligaciones laborales cuando percibió que las palmas de sus manos se humedecían al contacto con unas ligeras gotas de rocío mañanero. Sus cabellos aún negros a pesar de la edad, se vestían de una fina capa de micropartículas de agua. Sobresaltado, sin entender a qué podía deberse este extraño fenómeno nunca vivido, se levantó de la cama y observó a su mujer, despreocupada y feliz en el paraíso de los sueños plácidos.

Alzó la mirada al techo y contempló asombrado cómo una tímida nubecilla se levantaba a escasos metros del suelo, sobre su cabeza, en un huidizo chirimiri que descargaba sobre él con mansedumbre.9788461344130

¿Qué pasa aquí? ¿Por qué llueve sobre mi cabeza? ¿Acaso ha amanecido el día nuboso y la humedad del aire se ha filtrado por las paredes hasta llegar a nuestra habitación? El piso ya es viejo y voy a tener que dirigirme al presidente de la comunidad para rehabilitar el inmueble. Así no se puede vivir”

Quien así hablaba no era otro que Pedro Cifuentes, humilde servidor de Dios y el ciudadano en

la Oficina de Aduanas de la Autoridad Portuaria donde se ganaba las lentejas y el pan de su prole cada mañana desde hacía ya más de veinte años. Vivía una vida normal, como la de usted. Diligente y servidor en el registro de mercancías, su existencia transcurría sin marcados contratiempos. Una vida monótona de un hombre rutinario en un acontecer pacífico. Trabajar, comer, dormir, descansar los fines de semana con excursiones domingueras con los hijos, tomarse unas cañas con los amigos, hacer el amor con su mujer cuando a ella le apetecía y no le dolía la santa y maldita cabeza.

La nubecilla cesó con la lluvia intermitente sobre su azotea. “Ya ha mejorado el día. Menos mal. Empezaba a ponerme sobre ascuas esta agüilla sobre mi calva. Ahora a ducharme y desayunar”.

Pedro salió rápido de su casa en dirección al trabajo. Como siempre, iba andando. Miró al cielo y apenas había nubes. La mañana se despertaba clara con los primeros rayos de sol en el horizonte. De repente, una traición acuosa le recomenzaba a precipitar desde su humanidad de 1.75 metros de estatura. Confuso, echó a correr acera adelante pero cuantos más pasos aceleraba, más ágil se desplazaba la masa nubosa sobre él. No sabía qué hacer. La gente, lejos de ayudarle y pedirle que se tranquilizara, levantaba la vista y señalaba con el dedo tan extraño fenómeno. Se parapetó en un portal y creyó haber esquivado tan inquietante amenaza. Sacó la cabeza por el portal y el fenómeno errante había desaparecido. El día seguía claro y cada segundo más luminoso.

Llegó al trabajo. La jornada laboral comenzaba en el interior de la nave donde enviaba y expedía los productos que las diversas empresas de la ciudad importaban y exportaban. Sus compañeros se afanaban en la misma tarea pero de improviso sintió que sus manos se mojaban y su bata se empapaba con finas lágrimas de lluvia. Miró hacia arriba y abrió los ojos y la boca con gesto desconcertado. El mismo cirro seguía sobre él, desafiante, descargando una precipitación firma y continua.

De improviso, la nube inició una danza de sacudidas y movimientos en su interior. Se dividió en varias y comenzó a tronar con fuerza y llover con furia sobre Pedro que en ese momento ya no sabía qué hacer y cayó desmayado al suelo mientras una precipitación continua le embadurnaba su indumentaria.

Los compañeros le reanimaron como pudieron y el director de la aduana comentó la posibilidad de que se tomase el día libre para descansar

-Manaña será otro día y ya verá usted que sólo es un incidente pasajero.

-No sé qué pasa, don Luis. Estoy extrañado y asustado. Nunca me había ocurrido nada parecido. Hace un día luminoso y azul y llueve sobre mi cabeza y no lo entiendo.

-Tranquilo, tranquilo. Esto no es nada. Cosas de la caprichosa meteorología y de este agujero de la capa de ozono que estamos creando con tanta contaminación y desodorantes sin protección. Váyase y mañana todo volverá a la normalidad.

Salió del almacén y las nubes de marras bailaban a su alrededor pese a que en las inmediaciones las primeras luces transcurrían sin incidencias atmosféricas. Trató de andar a paso ligero, correr, caminar a paso de cangrejo, hacer zigzags. Nada servía. Las persistentes masas nubosas y la lluvia tensa descargaba sobre su persona hecha sopa y nervios.

Al final, llegó a su casa y cuando su mujer le vio mojado, desmoralizado y asustado, quiso calmarlo con templanza y severidad le recomendó que si aquella nubes seguían lloviendo sobre él, no podría quedarse porque el piso se echaría a perder, las paredes se bufarían y el mobiliario que tan costosamente habían comprado, estaría para tirarlo a la basura.

-Pero, Susana. ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a ir? No sé por qué me está ocurriendo esta situación. Tengo miedo.

-Mira, Pedro. Lo siento mucho pero aquí no te puedes quedar. ¿Qué dirán nuestras amistades y vecinos cuando vean que llueve sobre tus hombros? ¡Qué vergüenza, por favor! Y nuestros niños, los padres de los otros se reirán de ellos. ¡Mirar, por ahí van los hijos del hombre que llueve! Créeme, Pedro, lo mejor es que te vayas a un sitio abierto durante una temporada y seguro que esto se te pasará. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante.

Pedro aceptó resignado esta decisión familiar, sabedor de que quizás era lo mejor que podía hacer. Tomó ropas limpias que al instante volvieron a humedecerse, cogió la maleta y cuatro fotos y encaminó sus pasos hacia el puente más cercano con el propósito de guarecerse y esquivar las odiosas nubes.

La noticia corría como la pólvora sobre la ciudad. Por supuesto, los sabuesos de la actualidad olieron que allí había mecha que cortar y tema para llenar las páginas de los periódicos y minutos en las ondas audiovisuales. La cadena TVO KH55 mandó dos sagaces periodistas a la búsqueda del hombre que llovía para hacerle una entrevista y seguimiento de sus peripecias tormentosas. Tras incesante seguimiento de sus andanzas, avistaron al atribulado Pedro, sólo y asustado, debajo de un puente mientras la lluvia caía inmisericorde sobre su desolada cabeza. Le bombardearon a preguntas mas él no quería, no podía responder, abrigado y protegido por una manta a cuadros completamente mojada. Filmaron las nubes que poblaban su techo a cielo cubierto. A la hora siguiente, Pedro Cifuentes era protagonista del noticiario, él que siempre había odiado ser el centro de cualquier atención.


Un hombre-lluvia vive bajo un puente en Pandomiro del Río

El citado señor afirma desconocer las causas de las continuas precipitaciones sobre su cabeza


Los días seguían alternándose en la vida de nuestro amigo Pedro Cifuentes, aislado de la sociedad bajo el puente, mientras la lluvia seguía su descarga de un manto de H20 fina y firmemente. Casi nadie se quería acercar a él por temor a resultar contagiados del “mal de la lluvia”. Una tarde azul y tranquila para todos, excepto para Pedro, un grupo de agricultores se atrevió a encaminar sus pasos hacia el lugar en que este humilde conciudadano vivía exiliado.

-Señor, Pedro, ¿podemos hablar con usted?

-Claro, claro. Hace ya muchos días que no hablo con nadie –sonaba la voz de nuestro desarbolado personaje, rota y constipada ante la lluvia pertinaz que le atenazaba la voluntad.

-Mire, como nos hemos enterado que es usted el hombre-lluvia, veníamos a pedirle, si no es mucho molestar, que viniese con nosotros a nuestra comarca para que pasease por los campos. A ver si usted hace que diluvie y salvamos nuestras cosechas y ganado. Si no es mucho pedir, claro está.

-Me darán ustedes conversación, ropa limpia y un techo para cobijarme aunque se mojen las paredes.

-Delo usted por hecho.

Dicho y hecho. Pedro Cifuentes abandonó la lóbrega compañía del puente de los dos ojos y tomó el coche de los amables habitantes de Sedfelices. La lluvia se posesionó en el capó del vehículo mientras devoraban kilómetros en dirección a este pacífico municipio que no conocía el llanto del cielo desde hacía más de tres años con el consiguiente empobrecimiento de sus cosechas y el raquitismo de sus árboles frutales. Los labradores sonreían esperanzados mientras veían funcionar el limpiaparabrisas que tanto tiempo había estado en situación de paro forzoso. Al fin, llegaron a Sedfelices y Pedro decidió dar una vuelta por aquellas sedientas huertas. La nube que pendía sobre él como una sombra perenne e inevitable inició una subdivisión de sus partes como una división celular en porciones perfectamente separadas. Primero dos, luego cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos nubarrones poblaron el horizonte y tomaron un color cobrizo, amenazante. Hasta que llegó el vals de las tronadas empezando su danza rítmica, atronadora. Los vecinos del pueblo salieron de sus casas alborozados. No se lo podían creer. Llovía. Llovía. Aquel hombre taciturno y desencajado había traído el milagro de las lágrimas en torrente, en precipitación continua, en manantial necesario. Lo que ninguno de los lugareños observaba era que mientras diluviaba, Pedro tenía el rostro cubierto de una fina capa de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Hacia la medianoche cuando todos dormían, una señora se acercó a la casa que ocupaba el hombre-lluvia. Las nubes habían devuelto el olor a humedad y las primeras hierbas a las viviendas y a la de Pedro con más razón. La mujer a la hora de la cena se imaginó el padecimiento que albergaría el corazón de aquel hombre, desarraigado de sus apegos familiares por aquel extraño fenómeno que provocaba la admiración y el temor entre quienes estaban a su alrededor y decidió ayudarle.

-Perdone, señor. He venido aquí porque me imaginó que se sentirá triste y solo por la maldita lluvia que cae siempre sobre su cabeza.

-No sé por qué me pasa esto.

-Quizás yo sepa quién puede ayudarle. En el otro extremo del pueblo, en la cima de una cumbre vive un hombre mayor apartado de la sociedad pero tiene la solución a un montón de males. Sabe ver las heridas de las personas. Mirarles el corazón por dentro nada más verles los ojos. Vaya allí y él seguro podrá ayudarle.

A la mañana siguiente, Pedro encaminó sus pasos hacia aquel monte, ahora frondoso y verde gracias al maná del agua. La lluvia seguía cayendo sobre su ropa empapada, su alma presa de negros y trágicos presagios. Cruzó senderos, matorrales y pinares hasta que llegó a un lugar abierto donde se erguía una casa construida con troncos de madera. Un viejo de barba blanca y desgreñada le esperaba en la puerta y nada más verlo le hizo una señal para que se acercara hasta él.

-Hola, Pedro. Te estaba esperando.

-¿Cómo sabe mi nombre?

-¿No te han dicho mi nombre? Yo soy el viejo que todo lo ve. La conciencia errante de los que viven inquietos.

-¿Qué me pasa? ¿Por qué llueve siempre sobre mi cabeza?

-¿Te has preguntado cómo ha sido tu vida hasta ahora?

-¿Por qué tenía que preguntármelo?

-Mira, Pedro, nunca has estado conforme con los caminos por los que ha discurrido tu vida. Tu estado vital siempre ha sido la disconformidad. De niño querías ser mayor, de adulto volver al paraíso de la infancia. Cuando estudiabas querías trabajar y cuando currabas, echabas de menos tu tiempo de formación sin obligaciones profesionales ni tiempos marcados. ¿No te has dado nunca cuenta? No estabas conforme con el momento que atravesabas. En el trabajo, en el amor. Pensabas que la vida te debía deparar sendas más importantes, espacios más grandes. Hasta que tu conciencia no ha podido más y es tu misma conciencia quien llora amarga pena sobre tu cuerpo en guerra. Es ni más ni menos todo lo que te ocurre.

-¿Y qué puedo hacer?

-Aceptar tu vida como es. Quererte como eres y lo demás vendrá dado.

Pedro dio las gracias al viejo que todo lo ve y desandó los pasos caminados hasta llegar de nuevo a Sedfelices. “Me parece que ese hombre sabio tiene razón. No recuerdo haber estado conforme nunca con mi vida. Siempre he sido un quejita sentimental cuando la vida ha desplegado tantas sensualidades a mi alrededor. Claro, si no me quería, mi conciencia no ha podido aguantar más y por eso llueve sobre mi vida. Esto debe acabar ya”.

Mientras sus pensamientos divagaban sobre los nuevos rumbos que tomaría a partir de aquel momento, Pedro advirtió cómo la tormenta amainaba sobre sus hombros. Las recias ráfagas se diluían en mansas gotas de rocío. La espesura de los cirros clareaba. La luz se abría paso entre tanta sombra. El sol volvía a brillar sobre su vida. Su conciencia se iluminaba con los nuevo derroteros que tomaba su nueva forma de pensar y quererse. El nuevo Pedro Cifuentes estaba en marcha y de improviso, como había llegado, la lluvia cesó.

 

Presentación, El reino de tierra mágica, de José jurado

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PRESENTACIÓN:001

20 DE MAYO A LAS 17:30

CEIP CANDALIX, Cl Virgen De La Cabeza 3 en Elche

editorial Área Oberta

http://www.areaoberta.com/quienes.php

http://www.todostuslibros.com/autor/jurado-ramos-jose-jurado-torres-almudena

CAPERUCITA CON BOTAS, por Lola Obrero

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nixos_sirios.jpg_1718483346Una mañana, mientras desayunaba en casa, sola, frente al televisor, me inpactó la imagen de una niña, de tez blanca y melena rubia , y de no más de ocho o diez años.
Iba vestida con un abrigo rojo, unas botas negras, un gorro, y una bufanda de color rosa.

En la pantalla, el resto de las imágenes aparecían en blanco y negro, dándole así a ella, más protagonismo ante la mirada del espectador.
Vagaba entre la interminable cola de personas que disciplinadamente, se aferraban a la buena voluntad de los paises de tránsito, en su éxodo hacia otras tierras menos hostiles que las de su origen.

“Los refugiados”, aun hoy sin refugiar, con los primeros fríos sobre su cabeza, provocándoles ya enfermedades, e incluso la muerte, continúan inmersos en un desastre total, en un tiempo que se diría de un pasado bastante lejano y casi ya olvidado.

La niña del abrigo rojo, como la del cuento, se detuvo por un momento ante el objetivo de la cámara, que la había elegido, con carita de sorpresa; pero al instante le quitó importancia al hecho, pues siguió su camino pasando entre  la fila de aturdidos y exaustos caminantes. Peregrinos hacia un mundo mejor.
La niña llevaba una bolsa en una mano, quizá fueran sus escasas pertenencias; mientras que en la otra sostenía apretados unos papeles, que intuí serian sus  documentos personales.
En silencio , iba buscando a alguien, o tal vez esperaba encontrar a quien la estuviera buscando a ella.

La tristeza invadía su carita pálida; y su deambular, lento y pausado, más propio de personas mayores, me hizo preguntarme  por cúantas visicitudes habría tenido que pasar ya, una niña de tan corta edad, hasta el momento; y cuántas más  tendría que ver con su tierna mirada.

El suelo estaba lleno de barro por donde pisaba, pero yo no aprecié que sus botas estuvieran sucias,  o su rojo abrigo manchado, ni tan siquiera lo vi arrugado.
La verdad es que era todo extraño e incluso me parecía irreal.

En pleno siglo veintiuno, en medio de la Europa de las Comunidades libres y modernas, una preciosa niñita rubia, estaba perdida en mitad de un bosque humano desolador. Era igual que un cuento.

Las personas a su alrededor parecían no verla.
Sólo la cámara del periodista la perseguía embelesada, quizá hipnotizada,  por esa Caperucita con botas impolutas, buscando las miguitas de pan, que la condujera a la salida del bosque camino de su hogar.

Las imágenes desaparecieron de repente.
Las noticias matutinas continuaron por otros derroteros más deportivos,  y yo permanecí sentada un buen rato,  frente a mi desayuno, ya enfriado.
No importaba. Me había  quedado sin apetito.
Sentía rabia, impotencia…vergüenza; y una inmensa ternura de madre huérfana.

¡ Cuántas caperucitas deambulan todavía, buscando la salida del bosque para hallar el camino de casa!

                                                  Lola Obrero.

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TODO POR UNA CAÑA, por Manuela Maciá

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caña

Bebe el último trago de cerveza y deja el vaso golpeándolo contra el mostrador. El camarero lo mira y esboza una sonrisa dirigida a otro hombre que también está sentado ante la barra.

— Evaristo se acabó el combustible.

—Pues llena el depósito —responde Evaristo balbuceando.

— ¿Nos contarás algo?

— Nunca tenéis bastante.

Se queda con la mirada enganchada en el televisor y de vez en cuando la baja hasta el vaso de cerveza vacío, con leves restos de espuma blanca adheridos. Busca en el bolsillo del pantalón vaquero y saca un paquete de tabaco. El último cigarro que le queda, lo pone entre sus labios y lo enciende. Con su mano derecha estruja la cajetilla y la lanza al suelo.

Sus ojos negros, su pelo algo largo, rizado y grasiento, la delgadez, el abandono familiar sobre el mostrador… Ríe con desgana y sus dientes manchados asoman a la luz. El ambiente, viciado por el humo, le araña las pupilas.

—Venga ponme otra— pide.

— Por hoy es suficiente —responde el camarero.

Evaristo alza el brazo y le hace un gesto despreciativo, la ceniza del cigarro cae sobre el mostrador y se apresura a limpiarla. Levanta la mirada de nuevo hacia el televisor y allí está ella, su locutora favorita.

— Mira ahí la tengo— exclama con entusiasmo—y loquita por mí. ¡Es preciosa, la más guapa de todas… y en la cama la mejor!

—No empieces Evaristo, que ya no hay más cerveza.

— No importa os lo regalo, ella es especial.

— ¿Cuándo estuviste con ella por última vez? —le pregunta el hombre que hay sentado dos taburetes más allá del suyo.

—Por media caña te lo cuento — responde Evaristo al mismo tiempo que levanta el vaso vacío.

—Pónsela —dice el hombre dirigiéndose al camarero, éste se encoge de hombros y coge el vaso para llenarlo.

Evaristo bebe con ansiedad un buen trago y lo paladea con placer.

— ¡Que buena estás rubia! —exclama lamiéndose los labios.

—Déjate de tonterías y cuenta. En cuanto acabe la copa tengo que salir corriendo, sino mi mujer se pondrá hecha una fiera. Así que al grano, que no tengo toda la noche.

— Vale… vale hay que ver como te pones… Estuvimos juntos antes de ayer, quedamos en otro hotel distinto, uno que está en las afueras. Para llegar allí tuve que coger un autobús y luego hacer autostop. Al ser famosa tiene que llevar mucho cuidado, por eso no vamos nunca a su casa. Esta vez lleva un sombrero con el pelo metido dentro para que no se vea su melena rubia, además va vestida con un traje de esos que parecen de hombre y que le disimula muy bien sus caderas y todo su explosivo cuerpo. Como siempre yo voy antes de la hora prevista y espero en la cafetería del hotel. Ella llega, pide la habitación que ya tiene reservada y después va hasta la cafetería, entonces deja la llave sobre la barra para que yo vea el número de la habitación. Nunca nos miramos para que no se note que nos conocemos. Después de tomarse un café se va y al rato la sigo.

— Evaristo, que ahora las llaves de los hoteles modernos son una tarjeta y no pone el número de habitación— le dice el camarero riendo.

— Cuando es así escribe el número en un papel y lo deja caer al suelo, entonces yo lo recojo y solucionado el problema, vale…

— No le hagas caso — dice el hombre de la barra —. Es la envidia lo que le hace decir esas cosas… Continúa que se me va el tiempo.

— Me abre la puerta, sigue vestida y con el sombrero puesto. Pero en cuanto la cierro empieza a desnudarse muy despacio. La chaqueta, la blusa, los pantalones…, el sujetador se lo quito yo y la braguitas…—todo esto lo cuenta con la mirada pegada al televisor, pendiente de la presentadora—, imagina cómo se las quito… y por último el sombrero, entonces esa melena rubia cae sobre sus hombros desnudos que tienen una piel muy suave que huele a gloria. ¡Mírala! Es una mujer tan sensual y apasionada… Tengo que emplearme muy a fondo para complacerla, para que se sienta satisfecha.

— Detalles Evaristo, detalles — reclama el camarero.

— No, con ella ya sabes que no doy detalles, con las otras no me importa contarlo todo, pero con ella no lo haré, es especial, mi favorita y nunca la traicionaré.

En el televisor ahora se proyectan anuncios.

— Algún día tendrás que contarlo, hoy te salva la campana, es mi hora —le dice su benefactor de cerveza—. En casa me espera una mujer morena, con el pelo corto y entrada en carnes, pero es real Evaristo, puedo tocarla de verdad. Eso tendrías que hacer tú buscarte una mujer de verdad, que te quiera y te cuide. Un hombre de cuarenta años bien cumplidos no puede estar solo, emborrachándose cada día a la salud de los demás. Ya eres mayor para saber que una mujer como esa jamás será para ti, y las otras, con las que dices hacer tantas guarradas, tampoco te interesan.

Él no contesta. Está harto de sermones. ¡Qué saben ellos! En la tele se terminan los anuncios y de nuevo la guapa presentadora ocupa toda la pantalla.

Este es su día a día desde que lo echaron del trabajo por reducción del personal. De eso hace más de dos años y no ha vuelto a conseguir otro empleo. Debe el alquiler de cuatro meses de la pequeña habitación con derecho a cocina. Aunque ya no cocina, se pasa los días sentado frente a la barra del bar, el único del que aún no le han echado y bebe cerveza gracias a esas historias eróticas con las que entretiene a la clientela. Historias de mujeres que le regalan sexo, mujeres que sólo existían en su imaginación, creadas, nacidas de sus sueños. Porque la realidad es muy distinta ya que no ha estado con una mujer desde hace mucho tiempo.

Una semana después, como cada día, entra en el bar y se sienta en un taburete ante la barra. Saca un paquete de tabaco al que sólo le faltan dos cigarrillos y enciende uno. El camarero, desde la distancia, le mira sorprendido y curioso.

Del bolsillo del pantalón saca un billete de veinte euros que deposita sobre el cristal del expositor de la ensaladilla rusa. El camarero abre los ojos incrédulo.

— Puedes ir poniendo cervezas hasta que se acabe…, una para ti, estás invitado.

— ¿De dónde has sacado ese dinero?

— Cosas mías que no tengo porque contar.

El camarero, sin dejar de mirarle, le sirve la cerveza. A esas horas el bar está casi vacío, pero dos horas mas tarde Evaristo está rodeado por los mismos clientes de siempre que acuden después del trabajo a tomar unas copas. La mayoría pasa por su lado y le da unos golpecitos en la espalda a modo de saludo. Algunos le preguntan: ¿Cómo era la rubia de anoche Evaristo?

— Anoche no pasó nada.

Su voz bañada por el alcohol de un buen número de vasos de cerveza es pastosa. De vez en cuando deja caer la cabeza sobre el mostrador, la apoya en los antebrazos y entorna los ojos, unos ojos de mirada perdida, triste.

El camarero, por señas y sin que Evaristo se de cuenta informa a los clientes que suelen invitarle que ha llegado con un billete de veinte euros. En un primer momento le miran con curiosidad, pero al poco lo dejan en paz.

En la pantalla del televisor aparece la foto de la presentadora. Uno de los clientes la ve y da el aviso.

— ¡Ahí está tu chica Evaristo!

Él levanta la cabeza y mira con los párpados entornados. La foto de la presentadora ocupa una parte de la pantalla mientras el presentador de los informativos habla. El camarero observa que algo extraño pasa y se apresura a subir el volumen con el mando a distancia.

— ¡Callaros! —grita.

“La presentadora Silvia H, ha sido encontrada muerta en su casa con claros signos de violencia. Al no presentarse en los estudios de televisión donde trabajaba, y no responder a las llamadas de teléfono, uno de sus compañeros acudió a su domicilio, donde encontró la puerta abierta, destrozos por toda la casa y a Silvia muerta sobre su cama. Al parecer la muerte se produjo de madrugada, cuando regresó de una fiesta, a la que había sido invitada.”

— ¡Qué hijo de puta puede hacer una cosa así! —exclama uno de los clientes —. ¡Ponle una cerveza a Evaristo por mi cuenta!

Este no dice nada, se mantiene en una misma postura de abandono, con la mirada extraviada.

—Tendrás que buscarte otra —dice otro cliente con tono burlón.

— No seas bruto, aunque solo fuese un sueño es muy duro que se acabe así y más duro aún para ella tan guapa y muerta. Seguro que la han violado. El canalla que haya sido debería pudrirse en la cárcel, pero si lo cogen a los cuatro días está por ahí suelto.

—He sido yo — musita Evaristo sin apartar la mirada del televisor y con el vaso de cerveza en la mano.

—Vamos no te pases, este no es el momento de inventar historias — dice el camarero.

— He sido yo —insiste.

— ¡Joder Evaristo que con la muerte no se juega!

— Déjale que se desahogue, así se consuela. Anda cuéntanos como la mataste.

El camarero mira con dureza al cliente, pero Evaristo ya ha empezado a hablar.

— Yo solo quería que supiera lo mucho que me gusta. Pero ella se puso a gritar y…—balbucea.

— ¿Cómo entraste en la casa? — le pregunta uno de los cliente que escucha.

— Cuando ella llegó yo estaba escondido en el rellano, llevaba más de tres horas esperando. En cuanto abrió la puerta me acerqué, le di un empujón y entramos dentro de su casa. Se asustó mucho, así que le juré que no quería hacerle ningún daño y que sólo deseaba que supiera lo que siento por ella. Esto la enfureció y gritó que estaba loco, que saliera de su casa. Le repetí una y otra vez que no le iba a hacer daño, que no era un hombre violento y sí un pobre enamorado. Ella me insultó aún más, me llamó rata inmunda y me grito: ¡Fuera, fuera, fuera o llamaré a la policía! Juro que intenté convencerla de que estaba equivocada… No me hizo el menor caso, cada vez gritaba más y me insultaba con palabras muy duras. Empezó a huir por el pasillo lanzándome cuanto encontraba a su paso: jarrones, figuras, cuadros…Al fin conseguí atraparla en su habitación antes de que cerrara la puerta. Volví a pedirle que no gritara, que los vecinos podrían oírnos y entonces gritó aún más. La tiré sobre la cama, la aprisioné con mi cuerpo y le tapé la cara con la almohada… apreté, apreté y apreté con todas mis fuerza, ella luchaba por escapar y yo seguí apretando hasta que dejó de moverse.

En el bar hay un silencio expectante. Todos miran a Evaristo, todos se preguntan cómo es capaz de inventar semejantes historias.

— Cuando quité la almohada ella seguía sin moverse. Me miraba con los ojos muy abiertos, fijamente, sin parpadear. Intenté reanimarla, despertarla, pero no respondió. La había matado sin querer… Cerré sus ojos asustados y me tumbé a su lado. La he acompañado toda la noche para que no se sienta sola, no he dejado de hablarle ni un solo momento y le he contado toda mi vida, todas las aventuras que me he inventado pensando en ella… No la he tocado para nada, sólo le di un beso cuando aún su piel estaba caliente. El teléfono ha sonado muchas veces, pero yo no he respondido a las llamadas. A las cinco de la tarde la he dejado sola, he cogido prestados cuarenta euros de su cartera y he escrito una nota para la policía diciéndole dónde podían encontrarme. No tardarán mucho en venir…

La primera carcajada suena desde el otro extremo de la barra y poco a poco éstas son unánimes. Las invitaciones de cerveza llueven sobre Evaristo. Los sonidos del bar recuperan la normalidad, pero como en un brutal asalto, el silencio irrumpe de nuevo al ver entrar a la policía.

Muertos de hambre, de Elio González y Rubén Tejerina

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