Archivo de la categoría: diario

DIARIO DE 2007 (XXII), por Javier Puig.

Estándar

15 de diciembre

Día inusualmente solitario que he aprovechado para escuchar en mi equipo de música, en su volumen preciso, buena parte de los discos que le he grabado a Carlos. Me parece una nueva buena colección de música. Esto me ayuda a no perder la fe en prolongar los años felices de descubrimiento de intérpretes que consiguen hacerme pasar ratos próximos a la euforia. Ahora mismo suena de fondo un buen disco que ya corresponderá a la próxima remesa y, unos minutos antes, he estado en el e-mule pinchando promesas de buena música que se irán cumpliendo – o no – en los próximos días. Lo bueno de este medio es que uno se puede arriesgar y – lo mejor – es que descubre verdaderas maravillas. Ante la eventualidad de que este chollo desaparezca, a veces pienso que debería hacer acopio de nuevos discos, aunque no me diese tiempo a escucharlos ahora.

Alguien me dirá que no es muy ético este pirateo que es íntimo, y luego fraternal, al compartirlo con algún amigo melómano. Si supiera que mi acción condena a la indigencia o a la precariedad a esos músicos, no me importaría en absoluto recompensarlos, ya que mi gratitud me permitiría hacerlo con gusto. Eso sí, a los que de verdad me hubieran satisfecho. A aquellos que me habrían disgustado –una minoría, porque no he arriesgado demasiado- no les daría nada más que la ¿satisfacción? de destruir el soporte en el que inútilmente conservo su música. Si no fuera porque ahora puedo acceder a estos medios de conseguir grabaciones, tampoco habría comprado el noventa por ciento de los discos que he adquirido. Alégrense pues esos músicos de que –gracias a todo esto- ahora tienen a un devoto más. Tal vez un método legal y justo pudiera ser el de poder escuchar algunos temas del disco durante unos pocos días limitados y, a partir de ahí, tomar la decisión de comprarlo por un precio que, habida cuenta del ahorro de las discográficas y demás intermediarios, en plásticos, papeles, distribución y márgenes comerciales a las tiendas, no debería superar los cinco o los seis euros. Aunque también me sabría mal por esos pocos empleados que quedan – casi todos de las grandes superficies – y que iban a quedarse sin trabajo.

Vivimos en la época de la abundancia. La ha traído Internet. Ahora, en música, películas, información, comunicación, lo tenemos casi todo. Aún queda el reducto del libro, donde todo sigue casi como antes. Ahora nos atrae la fuerza de la novedad. Aunque se pueda decir que uno debiera preferir volver una y otra vez, en cada nueva ocasión más atentamente, a las obras consolidadas, la realidad es que, en algunos campos, apetece alternar esos reencuentros con la emoción de esas nuevas experiencias, cuya “buena nueva” está uno deseoso de compartir.

Ya no me acuerdo muy bien de aquellos tiempos en que los discos que tenía eran escasos y los escuchaba repetidamente, aunque no me apeteciera demasiado. No digamos nada de los libros, en mi época de casi exclusividad a la poesía, en la que las relecturas acababan resultando insustanciales. Ese, el de la poesía, es el campo de mis aficiones en el que he encontrado menos abundancia de novedades considerables. Aunque uno no sabe nunca si ello es debido a la propia evolución como lector o a que la buena producción ha mermado fuertemente. A veces, para hacer una prueba -no sé si válida- tomo un libro de uno de mis adorados poetas antiguos, y lo releo, y ocurre que generalmente me vuelve a gustar, y entonces quiero llegar a la conclusión de que son los nuevos poetas los que están fallando y no yo el que los está despreciando con mis reticencias. En la prosa, en sus distintos géneros -tal vez también porque el nivel de exigencia que se aplica sea algo inferior, y porque a veces la leemos como quien escucha a alguien que conversa con nosotros-, el número de libros aparecido en los últimos años, cuya lectura no me ha resultado una pérdida de tiempo, ha sido suficiente como para amenizar y hacer más interesantes muchos de los minutos de mi vida.

Lo tenemos casi todo – y tememos tenerlo ya todo – y eso contribuye a que nos aburramos menos, pero no sé si también a que seamos un poco más superficiales, a que tanto como recibimos se nos confunda en nuestra escasa adherencia y no sepamos cómo encajarlo en nuestra apreciación y luego en la memoria. Y nuestra experiencia quizá haya bajado algún grado en intensidad, porque antes, los primeros contactos con aquellas obras de arte, se nos revelaban muchos más importantes en nuestras vidas.

30 de diciembre

Ayer, movido por el contagioso afán recopilador de estas fechas, quise pensar qué podía quedar finalmente de este año 2007, pero apenas recordaba hechos destacadamente definitorios. Creo que, en este año, no se ha producido ningún cambio de importancia sino solo más o menos previsibles evoluciones de las personas y de las circunstancias que me rodean.

Yo no me siento apenas cambiado, no he descubierto en mí facetas o expresiones distintas. Creo que, a estas alturas de la vida, uno ya está cercano a un posible punto de inflexión, a partir del cual, se puede caer en picado y convertirse en un ser frustrado y gruñón. O bien –más difícil, más inusual- en un ser realizado, fino, sereno y generoso degustador de las sutiles emociones de la vida. Bastante es que uno se mantenga, que conserve intactos sus gustos por la vida, que física y anímicamente se encuentre bien, que no se hayan producido cambios externos preocupantes. Lo importante es no ceder ni un centímetro de terreno a la derrota, a la desidia, a la triste resignación.

Para este año 2008, mi prioridad es seguir resistiendo las adversidades mediante desdeñosas indiferencias frecuentemente alternadas con pasiones bien alimentadas; tal vez no cambiar en nada, pero ser mejor en todo, darme más en todos los papeles que me tocan: como padre, marido, hijo, yerno, amigo, compañero, solitario.

Para recordar este año, me dispuse a leer este diario. Aunque no esté todo aquí, pues me resisto a plasmar en este lugar algunas burdas concreciones, sí que está consignada buena parte de mis degustaciones del mundo así como de mis enfrentamientos. Leyendo esos tres primeros meses, me alegré mucho de haber escrito esas páginas, pues encontré en ellas muchas reflexiones, citas, películas que me han gustado, libros, que mi pésima memoria, de otro modo, no podría rescatar espontáneamente. Repasando mi diario tengo la sensación de que mi vida es más interesante, pues –salvo algunas rápidas menciones- me salto en él tantísimos días y horas de estar poseído por exigentes y estériles servidumbres. Leyendo estas páginas puedo decir, remedando a Neruda: “Confieso que he vivido”, pues hay noticia aquí de que no he sido solamente un mero superviviente, sino que he dedicado ratos intensos y despiertos a sacarle exquisitos jugos a la vida.

DIARIO DE 2007 (XXI) 8 de diciembre, por Javier Puig

Estándar

  • ¿Qué pasaría si tuviéramos acceso a los pensamientos de los demás? Me lo preguntaba nuevamente el otro día leyendo un cuento de Quim Monzó en el que el protagonista goza de ese don y obtiene numerosos ascensos hasta toparse con un mundo cuyo poder mental, todavía más fuerte, lo neutraliza y revierte su inicial ventaja en su contra. Y es que no sería en absoluto lo mismo si ese poder lo tuviéramos solo nosotros o, por el contrario, todo el mundo.
    Seguramente no sabemos muy bien en qué consiste todo ese flujo mental que percibimos en nuestro interior y nos identifica frente a nosotros mismos. Solo cuando hablamos, cuando escribimos, cuando imaginamos conversaciones o discursos, o nos aplicamos en algún trabajo, sabemos realmente en qué está ocupada nuestra mente. El resto debe consistir en balbuceos, frases sueltas, inconexas, palabras aisladas, puntos suspensivos, vagos intentos de fijar la atención en algo, imágenes, aparentes silencios. Algunas situaciones contribuyen a que se nos quede la mente en blanco, apaciguada, aunque muchas veces, entonces, la queramos agitar, porque no soportamos ese detenimiento. Yo creo que hay momentos –pocos y cortos- en que no nos acuden los pensamientos, o tal vez el único pensamiento que tenemos es ese: el de que no podemos pensar. Así pues, siempre, más activa o más pasivamente, se piensa. Otra cosa es lo rudimentario de esas espontáneas construcciones verbales y que nos podamos acordar de lo que hemos pensado, ya que esto es harto difícil habida cuenta del poco énfasis que ponemos en la mayoría de ellas. Una cosa es el pensamiento autónomo, creativo, y otra ese rumor automático, esas repeticiones insulsas.
    Yo no sé cuántas veces podría herir si los demás pudiesen leer mis pensamientos. Desde luego, si no pudiéramos ejercer la mentira piadosa, por muy amables que quisiéramos ser, dañaríamos a los demás; y en ese caso también, indirectamente, a nosotros mismos, pues casi nadie soporta la verdad, o esa subjetiva verdad que pretendemos, y ello conlleva irremisiblemente algún grado de resentimiento. Casi nadie se espera una crítica. Todos somos personas cándidas, temerosas de que nos desmonten la imagen que defendemos desde nuestro impreciso interior. Quizá pensamientos que yo no considero ofensivos, sino críticas perfectamente digeribles, bienintencionadas, sí lo sean para personas que psicológicamente deambulan por zonas desamparadas en las que nada es predecible (y a la inversa). Por otra parte, sería una desgracia no poder llamar –ni en el reducto de nuestra mente – a algunos impresentables por su nombre. Nos pueden quitar hasta nuestra casa, pero nuestro decir interior por ahora no puede ser descubierto, solo intuido – a veces erróneamente – , y ahí mantendremos siempre un ámbito protegido de servidumbres.
    A veces, conocemos los pensamientos de los demás porque los dirigimos desde nuestro afán manipulador. Sin necesidad de hablar de las sectas, podríamos hablar de casos cotidianos en que algunos se dedican a infectar la opinión de otros, de encenderlos para predisponerlos contra alguien determinado. Ocurre que, hasta los más chulos, los que se creen más capaces de irreductibles ideas propias, sucumben a estas incansables labores de intoxicación.
    Uno debe aspirar a tener el menor número de pensamientos ofensivos hacia los demás –y hacia sí mismo- , como también a tener el mayor número de pensamientos indulgentes. Se puede considerar una aspiración egoísta, la de querernos procurar la paz. Pero, cuando alguien arremeta contra nosotros –o lo consideremos así- mejor será que intentemos estar el menor tiempo posible en la actitud de odio y que restituyamos nuestro más amplio panorama vital.
    Una cosa es que pudiéramos conocer los pensamientos de todo el mundo y otra muy distinta el que tan solo uno de nosotros supiera los de los demás. En este último caso, creo que sería más resistible. Al menos, yo me creo capaz de soportar las secretas hostilidades de la gente, especialmente si pudiese estar seguro de que los demás no saben que yo las sé, pues así no me expondría a la humillación de no actuar contra ellos. No me llevaría demasiadas sorpresas. Creo que adivino bastante bien muchos pensamientos de las personas con las que he mantenido un trato frecuente.
    Y se me ocurre otra variante de estas amplias omnisciencias: que pudiéramos escuchar las conversaciones en las que no estamos y se habla de nosotros. Yo intuyo –conociendo el gusto de algunos por solazarse haciendo bromas o criticando a los demás- que, al menos, de vez en cuando, mi existencia, como la de casi todos, puede servir para amenizar algunas veladas. Se antepone el malévolo placer a la ética. Pero, hablar mal de los demás en un grupo requiere saber medir perfectamente el registro en que debe hacerse. Hay que sopesar primero el grado de amistad, simpatía o lealtad que los asistentes puedan tener con el ausente. Una vez asegurados de que no hay nadie que pueda ir a denunciarnos ante la víctima, tendremos que valorar también el posible grado de repulsa ética de quienes nos escuchen. Si este riesgo es considerable, tendremos que verter nuestras descalificaciones con fingida compasión, con melifluo paternalismo. Como si los oyera…
    Lo que exigimos a los demás es, en el fondo, que se contengan, que no tengan la osadía de pronunciar aquello que piensan y que ya creemos saber sin necesidad de que pase por nuestros oídos. Perdonamos a quien calla sus descalificaciones y se nos dirige con mucho tacto, ya sea porque nuestra posición o nuestra solvencia le inspiren la necesidad de respetarnos, o bien porque no sabría vivir con nuestra intensa frialdad. Y, sin embargo, condenamos a quien actúa coherentemente con sus principios y nos grita su verdad, interponiéndose en nuestro camino. En cualquier relación, basta con que alguien rompa las reglas del juego –a veces sólo un momento, pero eterno- para que las cañas se vuelvan lanzas, las bendiciones reproches, los perdones condenas.
    En definitiva, si ahora se me ofreciese la capacidad de ser el único que pudiera leer los pensamientos de los demás, creo que correría el riesgo y aceptaría. Como condición – aunque no haría falta – , se me podría poner el que no utilizara ese poder para hacerle daño a nadie. Procuraría que ese conocimiento me sirviese a mí y a los demás para solucionar malentendidos. Si yo supiera más exactamente lo que se espera de mí, actuaría en consecuencia, haciéndolo o dejando de hacerlo, según lo considerase oportuno.

DIARIO DE 2007 (XX), por Javier Puig

Estándar

2 de diciembrecarlos-fuentes

Un diario también debe reflejar los deseos. No solo lo vivido sino también lo que se quiere vivir, lo que a menudo se incumple, y, en otro tiempo, leerse uno aquí y comprobar las trayectorias cercenadas o las coherencias con nuestros proyectos.

Leyendo esta mañana el libro de Carlos Fuentes, En esto creo, al tropezarme con el artículo que habla de Buñuel, he sentido un fuerte deseo de ver sus películas; en realidad, un nuevo impulso –esta vez más fuerte- a una recurrente idea de que debía recuperar el contacto con su cine.

De Buñuel vi unas cuantas películas en mis años mozos y muy cinéfilos. Ninguna me disgustó; sin embargo, las que se grabaron en mí como más luminosas, fueron tal vez sus películas menos surrealistas, más clásicas: Tristana y Viridiana, sobre todo. Aunque también otras suyas me habían gustado mucho: El ángel exterminador, Simón del desierto, Los olvidados, Un perro andaluz y esas otras obras de su época mejicana, de esas en las que –a pesar de que sus argumentos eran de lo más clásico- él sabía poner su inimitable toque personal.

Ahora que he empezado a leer a Galdós, me gustaría mucho ver Nazarín. También quisiera volver a sus películas francesas (La Vía Láctea, El discreto encanto de la burguesía, Belle de jour, Ese oscuro objeto del deseo), esas obras iconoclastas, esa lúcida mirada que ve la ridiculez de todas las convenciones sociales, la mentira de tantos desvelos y la verdad de los gestos sencillos. Pero estoy hablando de memoria, esperando extraer de esas películas tal vez una correspondencia con mi necesidad actual de desbaratar las hipocresías y premiar la asunción de la verdadera condición humana, hecha de bondades y de excrecencias.

6 de diciembre

Sí, el mundo es un poliedro de infinitas caras, que va girando, se nos va mostrando y, a veces, algunas de ellas, las más hostiles, brillan más, se adelantan y nos dificultan ver las restantes, se nos graban en la retina y el reflejo de su visión se superpone a otras caras más bondadosas.

Con el paso de los años he ido percibiendo más los conflictos humanos, no sé si porque los he teniendo más cerca o porque me he hecho más consciente de ellos. En mi juventud, me quedaba mucho menos atrapado en los encontronazos que se producían, me detenía menos en ellos y, si acaso, los juzgaba más globalmente, como una característica innata de la humanidad que no acababa de concretárseme demasiado en ninguna persona cercana.

Supongo que otra diferencia importantísima era que yo era un ser solitario y egoísta y que solo sentía las afrentas que se me podían hacer a mí. Ahora mismo aquello de entonces es multiplicable por cuatro – o por más – , porque sentiría, más que las mías, las injusticias que pudieran sufrir mi mujer y mis hijas u otros seres cuyo destino me preocupa.

¡Qué verdad sigue siendo aquello de que “buscar la belleza es la única protesta que vale la pena en este asqueroso mundo”! Ayer, continuando con el libro de Carlos Fuentes, este escritor mejicano hablaba de los terribles disparates que ocurren en nuestras sociedades. Decía, por ejemplo, que si se redujese en un uno por ciento el presupuesto militar mundial, se podría escolarizar a todos los niños del mundo, y que, con lo que cuesta un avión de caza, se podrían comprar ochenta millones de libros. A nivel global, el mundo sigue siendo asqueroso: consumismo, desigualdades enormes, hipocresías, profundos daños ecológicos…y a nivel particular también suele serlo; para comprobarlo, basta con poner a alguien en situación en la que deba sacrificar algo, por poco que sea: en una buena parte de los casos nos dará ahí su verdadera liliputiense medida. Hay demasiada proliferación de egos enfermos motivados por alguna discreta infelicidad muy arraigada.

Hace un momento leía el relato de Kapuscinski, de cuando estaba viajando, en el año 58, desde China, en el Transiberiano. Intentaba cruzar la frontera soviética. Hablaba de cómo le impresionó la extrema rigidez, la severidad, el desprecio que se respiraba entre los soldados de la aduana. Cuenta que buscaba entre ellos “caras de rasgos suaves y benignos, relajados y abiertos; olvidarme por un momento de que nos rodean alambradas y torres de control, perros rabiosos y rostros hieráticos; me gustaría establecer algún contacto humano, intercambiar fórmulas de cortesía, charlar…” En ocasiones tan extremas como esas, cualquier gesto de humanidad –aunque sea distante- nos puede aliviar mucho, pero, en épocas más cálidas y más seguras, como la actual, en las que apenas sentimos amenazadas nuestra libertad y nuestras pertenencias, mantener relaciones de cortesía no nos es suficiente, porque las intuimos falsas, simples formas de expulsar o de mantener a raya la temida soledad. Necesitamos sentir, de vez en cuando, una verdadera fraternidad con alguien.

Aunque siempre podemos ejercer nuestro derecho a consolarnos. Cuenta también este periodista polaco, que, en el año 39, cuando era niño y había guerra, se pasó –junto a otros muchos niños- una noche entera haciendo cola con la promesa de que, a la mañana siguiente, podría comprar dulces. Luego no hubo tales dulces sino solo las latas que los habían contenido y, en cuyas paredes, permanecían pequeños restos de su sabor. Tras la primera decepción, esos niños se alegraron de pensar que, en ellas, podrían hervir agua y así obtener un líquido dulce.

EL DON DE LA ARMONÍA, por José Luis Zerón Huguet, sobre Malasia en el corazón, de Ángeles Campello

Estándar

Los Cuadernos imposibles, nº 14, 210

Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010

El pasado 8 de abril asistí a un hermoso recital de Ángeles Campello en el Museo de Arte Contemporáneo de Elche. Una lectura emotiva acompañada por una música monocorde muy oriental e imágenes relacionadas con la proporción áurea: galaxias en espiral, caracoles, flores, círculos de las cosechas, etcétera. No en vano el recital se presentó con un sugerente título: La proporción en armonía.

Al término del acto Ángeles tuvo la amabilidad de regalarme un ejemplar de su libro Malasia en el corazón (editorial Frutos del tiempo 2010) al que vuelvo ahora con delectación.

Quisiera empezar con una observación que quizá pueda parecer baladí para quienes creen que no hay -o no debe haber- una correlación entre el poeta y su obra poética, pues estos consideran que lo que escribe el sujeto poético es solo una mixtificación. Pues bien, la escritura poética de Ángeles Campello es de una asombrosa autenticidad y refleja el carácter de la autora. En el caso de Ángeles, vida y creación poética están fusionadas en una honesta y coherente manifestación de saber estar en el mundo.

He ido leyendo y releyendo Malasia en el corazón y sus versos me han hecho más habitable la realidad. No en balde la autora concibió este libro durante un viaje que realizó a Malasia en 2005 para realizar un curso especial de Chi Kung, una serie de técnicas terapéuticas que proceden del budismo y del taoísmo, a través de las cuales también se alcanzan grados de espiritualidad comparables con el neuma griego o el prana hinduista. Básicamente es el arte de hacer circular la energía vital de la forma más adecuada, es decir, de alcanzar esa armonía que tiene diversos nombres según cada cultura, pero que es solo una y que en Occidente podemos encontrarla en Hildegard von Bingen, en el maestro Ekhard, en Paracelso, en los grandes místicos, en Emerson, Thoreau, María Zambrano, y ya en la actualidad, en poetas como Antonio Colinas o Clara Janés, por poner un par de ejemplos significativos.

En los títulos de las partes en que se divide Malasia en el corazón, están patentes la reflexión espiritual y la capacidad sensorial de la autora: Meditaciones, Naturaleza sensitiva, Alma fraternal. Yin, nanas, viaje interior, miradas y versos de amor. En realidad podríamos hablar de un solo poema fragmentado, compuesto especialmente por haikus y otros poemas algo más extensos con una medición libre.

Una de las particularidades de este libro es su desfase con la poesía feroz, desquiciada y descreída -en muchas ocasiones con un exceso de pose- que predomina en el panorama poético actual, donde conceptos como armonía, belleza, amor, son vistos con reservas cuando no con absoluta aversión. Ángeles Campello, fiel a sí misma, escribe un libro que es a la vez poético, filosófico y terapéutico, y que, como la autora misma, irradia confianza, optimismo y también una serena bondad, unas veces explícita, otras secreta; el stimmung o temple, estado de ánimo afectivo mediante el cual quien lo vive se abre al mundo y permite que el mundo se le revele. Como escribió el filósofo alemán Heidegger,“stimmnung es un mundo existencial fundamental”.

Los poemas que comentamos surgen de una sensibilidad especial: la de quien habiendo mirado el abismo, sabe cómo abrazar la plenitud. Porque la autora, como buena conocedora de las enseñanzas budistas y taoístas, no es un alma cándida y sabe que el mal y la oscuridad no son erradicables, pero sí pueden ser neutralizados cuando se les somete a la iluminación:

La luz debe venir de dentro

no podéis pedir que la luz se vaya,

tenéis que encender la luz.

Eso leemos en una cita del maestro y escritor budista Sogyal Rinpoche, y dice la autora como ejemplo de la armonía integradora de los contrarios:

La oscuridad y el silencio

temidos y esquivados

antaño, son buscados

deliberadamente ahora,

por una necesidad imperiosa

de vacío.

Se convierten en luz y

estruendo sonoro

en la calmada quietud

de la meditación,

siendo preludio y

antesala del despertar

La brevedad, la concentración y una depuración exquisita predominan en la poesía de Ángeles Campello. Apenas hay discurso, solo sentencias, fulgores reflexivos, versos aforísticos y hallazgos de intenso lirismo donde, como decíamos, también hay lugar para la pasión y los sentidos, porque en contra de lo que el lector pudiera pensar de una poesía de corte espiritual, no estamos ante un presupuesto ascético y árido en su austeridad; los poemas son respirables y dotados de energía:

Dónde podré guarecerme

de este inesperado

tsunami de pasión

que ha roto el dique

protector de mi corazón

devastando toda paz

y equilibrios alcanzados

La base de la poética de Ángeles Campello es clara y muy directa, y la naturaleza está muy presente y en permanente flujo en su pensamiento. Hay en estos poemas aforísticos condensación, claridad y sonido. Hay también un exceso de detalles nimios y cotidianos, sin apenas conectores, que resultan eficaces por su precisión y sutil contundencia, si vale el oxímoron para explicar la fuerza expresiva, la energía fluyente con que la autora revaloriza las imágenes previsibles y las expresiones demasiado explícitas. La voluntad de condensar de la autora, tan propensa al esencialismo, además de asumir el magisterio de autores budistas y taoístas, está próxima a poetas emocionales como Eloy Sánchez Rosillo, José Corredor Matheos o Vicente Gallego, grandes cultivadores del poema breve, pero se aleja de la generación de modernistas norteamericanos como Louis Zukofsky, Gerorge Oppen o Lorine Noedecker, que también cultivan el esencialismo pero desde una postura antirromántica.

Otra particularidad de la poesía de Ángeles Campello, al menos en el libro que comentamos, es la convivencia de un tono monocorde, meditativo, muy oriental, con una musicalidad ritmada y enérgica más propia de Occidente. Pero Malasia en el corazón no es un libro New Age, al uso, pues el talento de la autora lo sitúa por encima de modas remotas y filosofías exóticas. Hay una armónica fusión entre las reflexiones y las imágenes de este libro que rechaza el ser perverso sin negar la negatividad, porque ello significaría situarse de espaldas al mundo real. Se trata de un verdadero ejemplo de ingeniería armónica, de bienestar trabajado, de equilibrio entre el método programático de los maestros orientales y las expansiones sentimentales e intuitivas de la autora. También nos enseña Ángeles en este delicioso libro que la belleza lírica y los caprichos de la razón poética, no son incompatibles con el servicio al prójimo, y que la poesía alcanza grandes beneficios morales cuando quien la escribe es consecuente consigo mismo y sus sentimientos elevados derivan de la serenidad, de la seguridad, del amor fraternal y de la capacidad de dar a su ser una expansión universal para mejor sentir/la unicidad /de la naturaleza.

DIARIO DE 2007 (XIX) por Javier Puig

Estándar

11 de noviembreorihuela

Ayer, en la calle, el espectáculo del dolor casi físico, el alarido de la infelicidad, el laberinto ajeno que se hace propio, los recuerdos y los temores, el mundo exhibiendo sus malestares, el no poder llegar a alguien, humanidades que no reciben la bondad, que no entienden las palabras, que se saben tocadas por la desgracia.

12 de noviembre

Ayer, en La noche temática, emitían un par de documentales sobre el cine porno. No los grabé, no los vi, porque si algún interés me quedaba por ello, ya lo he perdido, creo. Según decía el periódico, en el primero de los documentales se iba a tratar de si la afición a lo pornográfico podía llegar a ser o no una enfermedad. Seguramente que sí, que así podrá acabar siendo en algunos casos, una adicción igual que la del juego, la droga, Internet, o la propia práctica del sexo en frecuencias insaciables. Pero, aunque no llegara a ser una adicción, la búsqueda y contemplación frecuente de esas imágenes, es cuando menos una aberración de la sensibilidad, la misma que puede tener alguien que escucha continuamente música inmunda, ve malas telenovelas, cotilleos denigrantes o excesivas sesiones de fútbol que imposibilitan el disfrute del tiempo para otras actividades, como mínimo necesarias por su complementariedad.

En su momento –hace ya muchísimos años- quise darle una oportunidad a ese cine, y pretendí encontrar en él –como en el restante- sus ejemplos dignos. Recuerdo haber visto alguna película de presentación más lujosa, mejor fotografía, actores menos ridículos, guiones con un ápice de creatividad. Pienso que películas así –no tengo idea de si son muchas o si las hay mejores- se podrían salvar para que fuesen vistas unas cuantas veces en la vida, mayoritariamente en los primeros años de la juventud, con el objetivo de conocer ilustradamente algunas técnicas convenientes para la mejora de la propia práctica sexual. Pero creo que la inmensa mayoría de las películas pornográficas son auténtica bazofia, productos que convierten a algo tan hermoso como el sexo en algo horrendo, ridículo y denigrante.

Es muy preferible una escena erótica rodada por un buen director en una buena película. No es necesario que se muestre muy explícitamente el acto sexual, pero es muy estimulante que –sin remilgos puritanos- se poetice. Prefiero observar la divina desnudez de una mujer muy digna que la ocupación de la pantalla por el epicentro de un mete-saca frenético. Me encantaría que los directores sensibles se dedicaran, de vez en cuando, a hacer cine erótico. Resultaría imprescindible una película formada por diferentes cortos dirigidos por los directores más aptos para mostrar la belleza del erotismo. Tampoco estaría nada mal que alguien se dedicara a recortar todas las películas existentes, extrayendo de ellas los momentos eróticos más sublimes, que no tendrían por qué incorporar obligatoriamente desnudeces.

23 de noviembre

Esta tarde –por casualidad, que no por ociosidad- he encontrado un papel manuscrito en mi cartera. Algunas veces, muy pocas, a primerísima hora de la mañana, en el trabajo, escribo algo, inspirado tal vez por la lectura en el tren o por mis pensamientos peripatéticos. Entonces me acuerdo siempre de Antonio Machado, al que, cuando murió, se le encontró en su chaqueta un papel en el que había escrito dos nuevos versos. Pienso yo, en esas raras mañanas, que tal vez a mí me podría dar algún síncope y que, indebidamente cacheado, se me encontrara algún reciente escrito, por otra parte inofensivo. Voy a transcribir ahora lo que escribí en esos papeles hace –creo yo- aproximadamente una semana:

“El paisaje vacío de pensamientos. ¿Es benéfico por eso, como una meditación? Yo tengo la necesidad psicológica de tenerlos, como si huyera así del vacío, un vacío que me enajena, me resta la oportunidad de avanzar en mi construcción, que siempre la siento un poco retrasada, frente a la siempre demasiado cercana muerte.”

“Veo en los debates de televisión a la gente que habla mucho, que tiene mucho que decir, porque piensa mucho, no desperdicia datos; pero la mayoría utiliza esas urdimbres de ideas para negar otras, para disponerlas en una sola dirección, para la hostilidad y progresar sobre unos cuantos grados de fanatismo. Cuando un contertulio transmite serenidad y reconoce errores de sus defendidos, siento un gran placer en esa contemplación….”

Alguna vez, también me encuentro en mi cartera o en el bolsillo de mi camisa, una pequeña anotación, a veces tan escueta, que resulta poco menos que críptica, y que me cuesta descifrar o, incluso, me ha resultado imposible hacerlo. A veces, es una pequeña frase, o una palabra, o unos números. Cuando lo escribo, me imagino que he dejado ahí la llave para un cajón del que seguro me acordaré que existe.

Hoy me he encontrado tres notas. La primera dice: “Abundancia”. La segunda dice: “Día anterior” y, a continuación, “Chad”. La tercera es una fecha: 26-11-88. Menos de la palabra “Chad” que me sugiere menos pensamientos propios, esta vez sí que recuerdo los textos que quería que no se me olvidasen desarrollar en torno a los conceptos que apuntan esas palabras. Lo haré.

24 de noviembre de 2.007, sábado

“26-11-88”. Aniversario muy próximo. Hace 19 años me vine a vivir definitivamente a Orihuela. Probablemente ya habré hablado de esto otra vez en este diario, es lo que tiene este género, que uno se repite, aunque, si consigue hacerlo de forma variada y el tema es interesante, no está mal.

Venir aquí tenía una doble repercusión. Una buena, deseada, feliz: vivir con Sole; y otra, que me sumía en la incertidumbre, en alguna extrañeza. Vivir en Orihuela, incorporarme a un mundo distinto, suponía que me pesaba, incluso más que el alejamiento de mi familia y de Barcelona, a lo que ya estaba entrenado después de cinco años de estancia en Gerona, la adaptación a unas nuevas costumbres.

No puedo tener queja de la gente que me recibió, siempre muy hospitalariamente. Extranjero, ya lo era en Cataluña, y lo hubiera sido, en distinta medida, en todas partes. Y no sé si aún lo soy. Probablemente, no; ser extranjero es algo más notorio, más sufrible, que el solo hecho de sentirse distinto a la mayoría en algunas sensibilidades importantes. Por lo demás, en las interpelaciones políticas que se me hacen aún me sale cierta defensa de las posturas catalanistas no extremas, una reacción que no me apetece pero que me parece justa como equilibradora. También me parecen equivocados algunos papanatismos que oigo aquí ensalzando ciertas virtudes catalanas. Tal vez, mi condición de haber estado allí y aquí me permite tener una visión más real que la que ofrecen los medios de comunicación de ambos lados que se dedican a intoxicar con verdades sesgadas. Creo que mi posición es equidistante, de reconocimiento de la estulticia de los fanatismos antagónicos.

De mis primeros tiempos recuerdo, sobre todo, un cierto síndrome de abstinencia por no encontrar fácilmente la cerveza a la que durante tantos años había sido adepto: la Voll-Damm. Curiosamente, ahora creo que ya hace meses que no la pruebo, y no la echo a faltar. Mi régimen de vida, próximo a la abstinencia, me hace más libre y me permite vivir ajeno a suministros concretos.

No me arrepiento de haber venido a vivir aquí. La verdadera vida hay que buscarla allí donde están los seres queridos y los amigos más estimulantes, y lo demás son adornos para cuando se tiene eso. Además, aquí he encontrado una vida cultural inopinada, casi clandestina pero muy potente, que me compensa de ciertos tradicionalismos que no comparto.

Diario de 2007 (XVIII), por Javier Puig

Estándar

 

trapiello2 de noviembre

El encanto que tienen los relatos sobre la infancia es el consustancial misterio que desprenden. Eso es así porque la mirada del infante está siempre aquejada de ignorancia, de sombras formadas por los silencios de los mayores, por las distancias aún no recorridas, por las respuestas que están por inquirir. Pero la infancia también favorece otra circunstancia poética: la capacidad de asombro, todavía indiscernible de la perplejidad.

Si hoy todavía me sorprendo de algo, es de mi actitud hasta cumplir aproximadamente los doce o trece años. No recuerdo haberme preguntado muchas cosas y sí de haber asentido, como un pobre ser maniatado, a las sentencias de la realidad. Aunque probablemente aquellas severas inconsciencias también me procuraran algunas secas borracheras de felicidad. Tal vez mi memoria me engañe y algunas sumisiones no fueran verdad, porque su contraste con otros hechos, las hacen inverosímiles; sin embargo, el sentimiento que guardo de aquellos años es el de una puntual obediencia a los paisajes que iba dejando sin comprender,

No recuerdo muchas cosas de mi infancia ni apenas el mecanismo de mis rutinas de entonces, pero sí algunas palabras que oí para siempre. Hay palabras que se nos graban, que pretenden quedarse en lo más decisivo de nuestro ser, para condicionarnos. Deberíamos tener en cuenta esos oídos tan frágiles de los niños, esa posibilidad de dañar tan duraderamente, pero también la ocasión –más escasa y menos efectiva- de producir un bien en quien nos escucha, unas palabras que se conviertan en un infatigable aliento a través de los imponderables tropiezos. Lo que no quiere decir que se deban omitir las pertinentes reprobaciones; solo estoy hablando de los contundentes desprecios, de los odios más burdos, nacidos de las graves amarguras, escondidas o no.

Un niño que dispone de buena información está menos desorientado y puede superar mejor los equívocos que habitualmente se generan. Y no por ello acabará ahogando al misterio, especialmente si se le enseña que siempre hay un más allá de lo sabido, una ingente totalidad inaprensible.

————————

En mi juventud, los pijos eran aquellos curiosos conciudadanos que vivían más apegados a determinados barrios altos de Barcelona. Apenas tuve ocasión de cruzarme con ellos en mi infancia. Tan solo las excursiones –para hacer deporte- que hacíamos –andando varios kilómetros- a un colegio asociado al mío de la calle Urgel, y que estaba en todo el meollo lujoso del barrio de Pedralbes, me hacían concebir cómo vivían algunos niños de manera tan distinta a la mía y a la de mis vecinos. Cuando llegábamos, veía las inmensas y lujosas instalaciones, pero no a sus habituales usuarios que parecían estar recluidos en algún lugar, como si quisieran evitar el sucio contacto con los ciudadanos sureños.

Aparte de eso, algunas escasas visitas a un primo de mi padre – ricachón él – que vivía en el burgués barrio de La Bonanova y además tenía un lujoso chalet con pista de tenis, me hicieron completar la visión de la vida de aquellas gentes que no solo existían en las pantallas del cine, cuando ponían películas americanas, sino que también coexistían en privilegiados lugares próximos –pero claramente separados- de mis geografías habituales.

Cuando nos mudamos de la calle Provenza a la de Concilio de Trento, la distancia aumentó y solo me acerqué a aquellos lujosos andurriales más tarde, arrastrado por amigos que eran admiradores, patéticos imitadores, envidiosos de aquellas ajenas formas de existencia, para mí nada admirables. Esos supuestos seres privilegiados parecían felices, pero vacíos. Se me antojaba que todos los ricos eran así, pero después he considerado que no, pues conociendo biografías de personajes de bella sensibilidad, he sabido de su condición adinerada, de su educación en colegios distanciados, y he pensado que aquellos que yo veía no eran todos los que eran sino tal vez una representación de su gran mayoría más banal.

9 de noviembre

Leyendo Las nubes por dentro, uno de los diarios de Trapiello, siento a veces un dolor ajeno. Sus juicios suelen ser sorprendentes, casi siempre negativos. ¿Busca epatar? Algunos escritores o artistas famosos sufren un verdadero varapalo de la tinta de este autor, de tal manera que nos viene a decir algo así como que todo el mundo está equivocado, que todo ha sido una gran mentira consentida por pereza mental, contagio displicente o benevolencia mal entendida.

Yo no sabría ser así de duro. Esa contundencia me daría miedo. Soy muy consciente de la posibilidad de equivocarme, o de tener una opinión que puede estar siendo sometida a circunstancias coyunturales. Y no quisiera dañar a nadie gratuitamente, porque la dureza de esos juicios es innecesaria; no así tal vez un dictamen en el que se pretenda deslindar lo mejor de lo peor de un artista, pero sin fulminarlo. Se me podrá atacar de relativista, pero es que todo el mundo sabe que no es lo mismo ver una película en medio de una mala digestión o reconfortado por una buena sesión amatoria, por ejemplo. Todo el mundo tiene la experiencia de que, a lo largo de los años, nuestras valoraciones cambian y que las obras artísticas que nos entusiasmaron en años más juveniles pueden ahora dejarnos fríos, mientras que otras que no nos interesaron entonces ahora nos parecen elocuentes y admirables.

Me podría decir Trapiello que él no nombra a quienes siguen estando vivos en el momento de la publicación de sus libros. Los identifica con una inicial, las más de las veces con una “X”. Es verdad, pero también que, para muchos de los de sus círculos y para bastantes lectores, no resulta demasiado difícil descubrir quién es el personaje tapado. Se agradece, sin embargo, que se exija un pequeño, gran o inútil esfuerzo por parte del lector. No obstante, cuando se carga a alguien tan renombrado como Hölderlin –esta vez con todas sus letras- también siento un poco de compasión. O tal vez repulsa por esa osadía de derribar de un plumazo tanto prestigio. Y, sin embargo, puede ser que tenga razón. No sé si por no haberme esforzado en localizarlo, nunca he tenido ocasión de dar con un poema que me entusiasmase de él, y, sin embargo, su personaje –bellamente descrito por Stefan Zweig, en la La lucha contra el demonio– me interesó mucho en su momento. Pero, aún cuando tuviera razón Trapiello, ¿es lícito emitir un juicio tan demoledor? Se podría pensar que sí, que es un acto humanitario proteger a posibles incautos de inútiles y decepcionantes lecturas. Tengo que decir también que, este diarista, muy honestamente, compara dos traducciones de cuatros versos; ambas dicen cosas muy parecidas pero de formas absolutamente distintas ¿Cómo hablar de un autor del que los que no lo entendemos originalmente no sabemos si es el uno, o el otro, o el siguiente?

Reconozco que he odiado mucho –puntualmente- a algunos escritores, a aquellos que, investidos por el prestigio adquirido, me indujeron a leer sus libros, que, para mayor alevosía, eran larguísimos. Libros en los que he caído y que no he terminado, pero me han hecho perder mucho tiempo. Sin embargo, reconozco la posibilidad de que incidiera en mi veredicto la circunstancia de leer esos libros en mis agotadores y a veces estresantes días laborables. Cada libro tiene su momento como cada música también. No se puede escuchar a Mahler en una fiesta ni a Joaquín Sabina en una iglesia. El problema de los libros largos es que nos obligan a mantener un mismo estado receptivo durante muchas horas y días. No pasa lo mismo con un disco, un poema, un cuento, una película, que los podemos elegir según nuestra puntual apetencia.

Sé que hay quien me diría que las obras de arte tienen un valor absoluto, indiscutible, mensurable por gentes entendidas. Está claro que algunas diferencias de calidad son tan notorias que no hay cabida para la duda, pero tampoco reniego de mis simpatías por obras que, siendo de una calidad formal inferior, pero llegando a un nivel suficiente, me atraen más, porque, entre sus ingredientes, encuentro vibraciones que me hacen sentir de una manera muy estimulante. Todos estamos cansados ya de asistir al post-mortem en vida con que nos castigan muchos cantantes, escritores, etc., que compusieron sus obras más emocionantes hace muchos años, mientras después se han dedicado a fabricar otras aburridísimas, aunque de una factura impecable.