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Ejercicios de incertidumbre 10, por Javier Cebrián

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ORIGINALIDAD Y CREATIVIDAD

 

a Gabi

 

La creatividad es ver lo que todo el mundo ha visto y pensar en lo que nadie había pensado.
Albert Einstein.
La originalidad no consiste en decir cosas nuevas,
sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro.
Johann Wolfgang von Goethe

 

Hace un par de meses, acudí a una charla de mi amigo Gabriel Marín sobre la originalidad en el arte.  “Original en el arte, ¿ángel o demonio? Una visión legal”, era su sugerente título. La charla se enfocaba a los derechos de autor, propiedad intelectual e industrial, etc., temas en los que Gabi es un experto. No voy a hablar de la charla en sí, pero sí diré que la misma me tuvo pensativo varios días, hasta el punto de tomar notas y redactar otras, con el pensamiento de escribir este artículo, algo que pospuse estos 2 meses que decía, por diferentes razones. A mí lo que me interesa es el choque, confrontación, asunción, fraternidad entre los términos Originalidad y Creatividad…

Según la antigua dialéctica filosófica, la facultad humana de crear es lo que más acerca a los humanos a Dios.  Algunos filósofos de la Antigüedad entendían por dialéctica el arte de descubrir la verdad poniendo de manifiesto las contradicciones en la argumentación del adversario y superando estas contradicciones.

La creatividad es sinónimo del “pensamiento original”, la “imaginación constructiva”, el “pensamiento divergente” o el “pensamiento creativo”.  Desde el principio conjetural de los tiempos como decía Borges (Jorge Luis Borges(1899-1986), se consideró a la creación como atributo divino, que merced a la gracia de Dios, era entregado como un don a ciertos seres humanos considerados por los demás como elegidos. Para el psicólogo estadounidense  Joy Paul Guilford: “La creatividad, en sentido limitado, se refiere a las aptitudes que son características de los individuos creadores, como la fluidez, la flexibilidad, la originalidad y el pensamiento divergente” (1952).

La Creatividad no es un don del cielo, es una facultad que todos los seres humanos poseemos, en grados distintos, y que puede ser desarrollada, estimulada, si se dan las condiciones ambientales favorables o que puede ser inhibida en ambientes desfavorables a su despliegue. La Creatividad por tanto no es un milagro, es algo innato, viene con nosotros y después podemos desarrollarla o inhibirla, depende de nuestro entorno, del ambiente, de la educación, de nuestra cultura…

En cambio podemos definir Originalidad como la cualidad de las obras creadas, inventadas,  que las hace ser nuevas y que las distingue de copias, falsificaciones, obras derivadas, versiones o plagios. El concepto se convirtió en un ideal de la cultura occidental a partir del siglo XVII. Hoy en día ha pasado a ser un importante concepto en cuanto a la propiedad intelectual: la creatividad y la invención se han convertido en sujetos de copyright. Lo original hace referencia al origen de la cosa creada o existente, ya sea por su carácter de nuevo, insólito, o por las particularidades de una primera versión. Una obra original debe cumplir 4 requisitos:

  • debe ser novedosa
  • inédita, que se distinga de las copias, derivaciones o falsificaciones

  • de origen auténtico, entendido como autoría

  • ser el primer modelo.

Para Gaudí, Antonio Gaudí i Cornet (1852-1926) arquitecto catalán de sobra conocido, la originalidad consiste en volver al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones. Para el escritor argentino Ernesto Sábato (1911-2011), ser original era, de alguna manera, poner de manifiesto la mediocridad de los demás.

¿Es lo mismo ser creativo y ser original, cuando creamos somos originales? Qué puedo deciros, no sé si una cosa lleva a la otra, si son adyacentes o si están enfrentadas, si son lo mismo o no lo son. Silvia Plath, la poeta estadounidense, suicida, (1932-1963), una de las principales cultivadoras de lo que se ha dado en llamar poesía confesional –y qué poesía que se precie de serlo no lo es, digo yo, en mayor o menor medida, consciente o inconscientemente-, dijo que El peor enemigo de la creatividad es tener dudas sobre uno mismo.

Yo creo que en lo que se refiere al arte o a la literatura o la poesía, poco o nada es original, es decir debemos apropiarnos, aprovecharnos de cualquier cosa que nos parezca inspiradora o que nos haga imaginar.  Ya lo dice, más o menos así pero con más brillantez, Jim Jarmusch (1953), el cineasta estadounidense: guionista, actor, director, compositor, montador, productor… Nada es original. Roba cualquier cosa que resuene con inspiración o que alimente tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones al azar. Sirva esto para confirmar mi relato, que nada es original en mí, ya ven, todo son resonancias de lecturas, cosas aprendidas o aprehendidas de otros e inspiradas por otros, inspiradoras. De aquí, de mi pensamiento crítico, nace mi exacerbado gusto por las citas, para mí citar es ser creativo, y original, porque parafraseando al escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), premio Cervantes en 1987, y Príncipe de Asturias de las letras en 1994, no nacemos originales, llegamos a serlo, porque el origen es una creación. De su escritura podemos decir que tres elementos la caracterizan: un lenguaje construido por encuentros y desencuentros culturales, un tratamiento histórico generado a partir de los fondos míticos hispánicos y prehispánicos, y una estructura narrativa que amplía las regiones de lo real y lo fantástico. Fue un incansable explorador de la novela total. Quizá buscaba ser creativo para ser original, por eso mismo porque el origen es una creación. Según esto ¿qué sucede primero el origen o la creación, el huevo o la gallina?

Yo creo como Goethe, una de las citas que encabeza este ejercicio, la originalidad consiste no en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas antes, es decir, el perfecto resumen: origen y creación, o quizá creación y origen, bueno no sé, tengo dudas y como dijo Descartes (1596-1650) –cogito ergo sum (pienso, luego existo), paradigma de la duda y considerado el padre de la filosofía moderna-(René Descartes, Renatus Cartesius, en Latín: Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas.

Pues eso, a dudar, a crear, a originar, a copiar, a devorar todo lo creado, queridos amigos.

GLOSARIO (1-10), por Javier Puig

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muchas felicidades(Las citas que comento están extraídas de un artículo publicado en El País sobre una conversación entre Fernando Savater, Carlos García Gual y Javier Gomá, autores del libro Muchas felicidades. Tres visiones y más de la idea de la felicidad.)

1.- Schopenhauer: “Los dos enemigos de la felicidad son el dolor y el aburrimiento”.

Sí, el dolor físico, su sistemática importunidad, su punción de locura; pero, aún más, el dolor psicológico: el daño que ejerce la propia actitud hostil, el no saber aceptarse a uno mismo o a las circunstancias concernientes; el hacer hincapié en lo adverso, alzándolo, como funesta victoria ajena, hasta tapar la leal pervivencia de lo favorable. Y el aburrimiento, aparentemente exterminado en este tiempo de estímulos infinitos, pero sobreviviente como estado de desorientada necesidad.

2.- Sartre: “Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”

La aceptación como camino benéfico, la lúcida superación de lo intolerable. El hábil disponer de los vientos, frente a la atractiva y a veces paralizadora quimera de lo posible. Y restablecer en nosotros lo benigno que está fuera de nuestro ámbito, descubrir lo hallado.

3.- Locke: “Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”.

De otro modo, no podrían comprenderse pasajes de nuestra vida en los que, privados de lo que ahora es importante, nos recordamos entusiastas en la diferida conciencia de la estrechez de nuestros movimientos.

4.- Prévert: “Reconocí la felicidad por el ruido que hizo al marcharse”

Salvo en momentos de euforia, es difícil estar seguro de que se es feliz. La felicidad es tan prometedora que cuando acaece nos parece relativa, tímida, insegura. Tal vez sea ya un buen punto de partida no ser infeliz, no estar caído en el estado de tener que resolver, con debilidad, absolutas valoraciones del ánimo. Poder sentirse en paz, sin claras amenazas, con la expectativa de una fundamentada capacidad personal para atender los sucesivos momentos. Esto ya sería un buen antídoto para la infelicidad. El problema estriba en tener que vivir siempre sobre la cresta del presente, sentir el vértigo de su perentoriedad, o estrellarse contra la saturación, gastarse en la impotencia. Desde la perspectiva, se ven mejor los pasados, sin esa escarpada sinuosidad tan prominente, que tanto desestabiliza a la vuelta de cada alegría.

5.- Javier Gomá Lanzón: “Hay que educar los deseos, pero tampoco creo que uno deba renunciar a cierto éxtasis, ebriedad y pasión. Hay que combinar estos elementos”.

No concibo una vida sin la experiencia de las inherentes y gozosas culminaciones, sin la búsqueda de lo excelso, sin el reconocimiento de una belleza verdadera o la íntima percepción de la rebosante bondad.

6.- Javier Gomá Lanzón: “Incluso si te ofrecieran la posibilidad de tomarte un filtro y con él ser feliz, en el sentido de tener un estado placentero, pero de manera impersonal, mecánica o robotizada, poca gente lo aceptaría si la felicidad es el precio de ser impersonal”.

No estoy seguro de que fuera “poca gente” la que aceptase esa felicidad alienante; creo que son mayoría quienes buscan una confluencia desintegradora, desembocar en un mar de obtusa aceptación, y lo persiguen procurando no ceder a la autenticidad, permaneciendo en lo frívolo, en el ciego consenso de vivir en la estupidez que no se denuncia, que no se detecta por la oscuridad de la propia. Lo personal queda tan solo como una distinción práctica, como un identificativo discernimiento desde el grueso interés, como un más o menos atractivo simulacro de veracidad. Se prefiere salvar la propia imagen feliz, incluso sacrificando la probable felicidad misma.

7.- Fernando Savater: “La felicidad de hoy es distinta a la de Epicuro y parece más relacionada con alcanzar un estado invulnerable, donde nada nos haga daño, pero eso es imposible. Así es que parece incompatible ser humano y ser feliz”.

La felicidad que se pretende hoy está ligada al acto consumista o a la consecución de una aparente consistencia de la imagen propia. Se defiende uno de la ignominia que la carencia inflige con el vano recurso de una fantástica fachada, propia de la meliflua revista del corazón, con un inmediato blindaje frente a la supuesta dificultad de lo genuino. Se mendiga la necesidad de que el otro nos considere, aceptando incluso su servilismo y su obnubilación.

8.- Epicuro: Estoy dispuesto, si dispongo de un poco de agua y un poco de pan, a rivalizar en felicidad con el mismo Zeus”.

¡Muy valiente, Epicuro! Pero nosotros hemos llegado tan lejos que hemos rebasado a todos los dioses, al regalo de la pura sencillez, y ahora necesitamos alcanzar algún ostentoso placer a través de complejas marañas en las que no nos importa extraviar la nobleza que un día nos fue ofrecida y tosca, perezosamente, quisimos asumir.

9.- Fernando Savater: “Niños y jóvenes normalmente son felices porque no son conscientes de que tienen cuerpo, de que envejecerán; no les duele todavía nada. En cambio el concepto se hace complicado con los años”.

Los niños y los jóvenes no son conscientes de las futuras decrepitudes, pero son muy conscientes de sí mismos, de la vulnerabilidad de crecer en el mundo. Y lo son menos del dolor ajeno. Todo compensa. Por otra parte, el ser maduro, ensartado en lazos familiares, entre vidas declinantes y vidas emergentes, inciertas, apenas puede gozar de la salvedad que ha alcanzado y se siente inhábil ante los trayectos que no conduce. Lo que importa, al fin, es el grado de conciencia ante las amenazas; o tal vez, en un grado superior, su actitud serena, de asunción, pertinentes en cada momento.

10.- Groucho Marx: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña fortuna…”

Con el dinero se pueden comprar sucedáneos de felicidad que siempre amenazan con mostrarse tal cuales son al menor descuido en la impostura a que nos han sometido. Aunque es verdad que con él se pueden ahuyentar algunas odiosas injerencias, colonizaciones de nuestro pensamiento, sustracciones de irrenunciables tiempos y espacios.

Muertos de hambre, de Elio González y Rubén Tejerina

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Un filósofo para la sociedad: José Antonio Marina, por Javier Puig

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JOSÉ ANTONIO MARINADe los dos filósofos españoles más populares en los últimos años, Fernando Savater y J.A. Marina, el primero me ha parecido siempre más cercano al impulso puramente literario, más juguetonamente hedonista, más amigo de las licencias poéticas, de los acercamientos al mundo indefinido, misterioso, prometedor de sorpresas. Alguno de los libros de su primera época, como Invitación a la ética, me proporcionaron una entusiasta embriaguez. Por el contrario, J.A. Marina, a pesar de sus esfuerzos de jovialidad, siempre me ha parecido más serio en sus exposiciones, más adherido a lo práctico, a lo comprobable, a lo útil. Aunque, no por ello, deja de interesarse por los chistes, los poemas o cualquier vívida manifestación de la alegría de vivir. Es, además, una gran amante de las palabras, un rebuscador de los significados originales. Aunque las palabras le apasionan más como pozos de conocimiento que como vehículos capaces de trasladarnos a mundos inventados para vivir una pasión inútil y hermosa.

Los días, a veces, nos engañan y nos conducen a callejones sin salida, lugares que nos deniegan todo avance, toda escapatoria. Nos informan de que la vida está estrangulada por nuestra impotencia – la particular y la de nuestra especie, la de nuestra sociedad – y por las escasas ocasiones que el mundo nos ofrece de plenitud, de inmaculada dicha. De nada sirve recordar que hemos sido de otra manera. Ese callejón nos convence de que eso fue antes y que ahora empieza otra etapa, más oscura, una pendiente que nos resituará en la presencia pertinaz de nuestras limitaciones. Habría que hacer marcha atrás, o mejor, girar hasta que 180º cambien nuestro paisaje. Pero estamos aturdidos y nos cuesta. El mundo es muy imperfecto y no éramos tan excepcionales como habíamos pensado. Necesitamos ayuda. Una muy efectiva puede ser este libro, Crear en la vanguardia, de José Antonio Marina, que ahora estoy leyendo. Zambullirse en él, gozar de la verosimilitud de su alegre fuerza. Nos dice que el mundo está ahí esperando que nuestra voluntad lo transforme, le saque partido, lo embellezca.

Se trata de una recopilación de los artículos publicados en el diario La Vanguardia entre los años 2.008 y 2.011. Por separado, tendrían la virtud de aportar a la excesiva actualidad de un periódico la necesaria intemporalidad, la desubicación de unos escritos que representan al mundo íntimo en su vertiente más confluyente con el ámbito social. Juntos, a veces, denotan alguna repetición o también alguna brusca interrupción, motivada por el exiguo espacio habilitado para su desarrollo, pero lo que predomina en su lectura es la recepción de importantes informaciones, la curiosa observación, la constatación, el convencimiento de que siempre estamos en el lugar de avanzar, de conocer, de progresar sobre métodos incontestables, tanto personal como socialmente.

Es un libro claramente optimista, que señala sucintamente los extravíos, eludiendo las lamentaciones, los juicios, los reproches, y se centra en las posibilidades de expansión, de ascendencia, las habilidades constructoras. La limitación del espacio para estos artículos nos salva de posibles excesos en interminables exposiciones del cocinado de las ideas defendidas, que es la pesadez de algunos estirados libros de ensayo. Lo que encontramos en su autor es un talante activo, que no se apoltrona en el escepticismo o la indiferencia, en la crítica soberbia, sino que incide en la exploración de las posibilidades y cree en una humanidad mejor, aun sabiendo que la mayoría desiste definitivamente de ese objetivo.

Marina cita a Einstein: “durante unos años he tenido un sentimiento de dirección, de ir en línea recta hacia algo concreto. Es muy difícil describir este sentimiento”. Debe de resultar muy motivador saber que todo lo que nos rodea confluye en una tarea concreta que estamos dirigiendo, que todas las derivaciones de la vida aportan la necesaria nutrición a una tarea superior, de importancia y pertinencia intuidas, de incuestionable atención y sentido, en un esfuerzo sostenido y sereno.

En este libro se huye de los “dogmatismos confortables”. Hay mucha preocupación por la buena marcha y dirección de la sociedad. Se postula un avance sólido, no efervescente, un mejoramiento factible. Para ello, se hace hincapié en la importancia capital de la educación, que es la base de todo real progreso futuro. No obstante, este pensamiento analítico, sobrio, no excluye las manifestaciones más vulgares e intrascendentes de la sociedad, porque todo ayuda para conocer mejor al hombre. ¡Hay tantos temas sin tener que recurrir a los chascarrillos políticos, a los cotilleos malignos, a la reedición de lo gastado!

Sus iniciativas educativas denotan un importante interés por mejorar la sociedad en la que vivimos. J.A. Marina siempre me ha parecido un excelente pensador, con una gran capacidad para la divulgación, muy claro, honesto y conciso. Un filósofo que se ofrece a la sociedad para ayudarla a combatir sus limitaciones y emprender sus mejoras.

Se interesa por todo, a todo le aplica su por qué, su cómo, y lo pone a funcionar hasta que obtiene las respuestas; o no, a veces, a lo que accede es a unos pequeños vislumbres o tan solo a una pregunta más que, como tal, también tiene su valía, porque preguntar es estar despierto, atento a la vida y quien siempre pregunta tiene muchas más respuestas. Sabe más.

Dice que no es un filósofo que viva en su torre de marfil, de esos que eligen sus temas, sino de los que atienden a la provocación de las circunstancias. Nunca resulta crítico de una forma personalizada, sectaria, manifiestamente partidista. Aboga por lo mejor, lo que supere la desidia generalizada. Su desprecio, su indignación, son necesarios, fuertes, pero dignos. No se extienden para ocupar el espacio que corresponde a la trabajada propuesta de las soluciones.

Cuando no sabe nada de un asunto que le apasiona, ¿qué hace? Escribe un libro, exprime su conocimiento. Le apasionan muy diferentes aspectos de la vida. Unos lo llevan a otros. A nada es indiferente, salvo a lo repetido, y aún así, si puede, procura extraer el matiz no exacto que imprime cada reaparición de sí mismo. Le seduce lo heterogéneo.

Marina es didáctico, honesto, diáfano. Busca la interacción con los lectores. Ha organizado diferentes plataformas por Internet, en especial para recabar la aportación de ideas que mejoren los aspectos educativos, desde la perspectiva de los profesores y también desde la de los padres.

En estos artículos ha renunciado a realizar ensayos completos pero ha podido desarrollar su afán comunicador; mediante la valiosa administración de píldoras de conocimiento, ha mostrado reales y luminosos caminos de progresión a sus agradecidos seguidores.

Diario de otoño, por Javier Puig

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Salvador p.

“No hay mente, solo actos mentales”, “el yo es una ilusión”… Son afirmaciones teóricas, objetivas; pero, a pesar de todas las variantes, las particularidades, los sucesos y las refutaciones, el yo reconocible permanece. La voz de Salvador Pániker es la misma de sus anteriores diarios, la de El cuaderno amarillo, la de Variaciones 95. No tanto la de sus libros de memorias escritos a partir de sus anotaciones más antiguas; pero nunca es totalmente distinta, y siempre está reoriginada desde un único sí mismo. Todo el impulso creativo, las sucesivas capas de experiencias, consiguen fructificar, manifestarse, dentro de un ámbito propio intraspasable. La identificación con el propio cuerpo, con la propia gestualidad psicológica, con la propia historia, persisten. El hombre es transformación, como la vida misma; pero, igual que el hecho de que cada día se renueve la mayor parte de sus células no lo convierte en un ser irreconocible, las diferentes vivencias no destruyen fácilmente su ser esencial; ni siquiera cuando, a veces, la persona tenga que vivir agazapada tras unos comportamientos coyunturales, obligados por el entorno.

Las afirmaciones en las que se reitera Salvador Pániker, son, en su caso, mera ficción; eso sí, muy sugerente: “se puede vivir sin identificarse exclusivamente con el ego”. Se hace propósitos de vivir con poco ego, sin necesidad de ser aquel en el que se reconoce: el brillante protagonista de las veladas a las que acude. Pero el hecho de escribir un diario – salvo que esté volcado completamente a lo exterior, y aun en ese caso, pues en toda proyección uno se manifiesta – ya es una fortificación del ego, una manera de concretar su estructura. La tentación de escribir es excesiva, comprensible, perdonable. Me gusta más cuando reconoce: “mi yo es fragmentario, múltiple, poliédrico, ficticio, simultáneo…”. En otro momento, afirma estar convencido de que escribe “para tenerme en pie y, de pasada, dar testimonio de algo”.

Es cierto que hay diversos grados de ego, que van desde los más enfermizos, que consisten en no percibir en los demás sino su condición reflectora de lo más ostentoso de uno mismo; hasta otros muchos más leves, que se podrían considerar naturales, inherentes a la propia psicología ineludible. Avanzar hacia su desaparición es algo que difícilmente vamos a comprobar en ningún personaje notorio y que tal vez sí lo logren personas anónimas, a menudo ocultas, que se disuelven en las necesidades de los demás.

“No hay hechos sino interpretación de los hechos”, reconoce Pániker. “Ser místico es, sencillamente, vivir de primera mano, apoyarse en la experiencia antes que en la doctrina”, es la idea que le seduce. Y se apoya en Krishnamurti: “la interpretación de los hechos nos impide ver”. Pero, ¿qué es lo que hace este filósofo en sus diarios? ¿Acaso son algo distinto a la interpretación de la propia vida, del mundo que le afecta? En el camino de lo poético, pretende aferrarse, más que a las cosas, a la sensación que le producen; no a la “cosa en sí”, sino al misterio que promete, al “misterio metafísico de la conciencia”. Y entona un canto de lo inmediato, que no es el del poeta, su lírica exaltación, sino el del atento espectador de una vida potente. Pretende el efecto terapéutico de la escritura, pero sin deslizarse ante la autocomplacencia, procurando la “indagación crítica”.

Salvador Pániker repite en este libro esa combinación de consignaciones íntimas, de picoteo social, de registros hedonistas, a los que añade una fragmentaria elucubración filosófica, con aproximaciones a una espiritualidad que le resulta atractiva pero en la que se implica muy tangencialmente. Sabe que uno de los alicientes de su diario es la posibilidad que ofrece al lector de asomar la nariz en su vida de burgués privilegiado, de intelectual prestigioso. La descripción de los personajes de su mundo social es sucinta pero muy perspicaz. No se pronuncia expresamente sobre la clase burguesa a la que pertenece, aunque en sus comentarios se percibe que la afronta con una mezcla de servidumbre y vanidad. Le satisface pertenecer a esa élite, aunque sea tan desigual y en ella se confundan los méritos y los arrimos. El mundo que le importa no es el que abarca la totalidad. La humillación de los pobres no es asunto que parezca concernirle. El sufrimiento que le incumbe no va más allá de sus lazos afectivos, aunque extiende su sensibilización a aquellos casos que requieren una muerte digna; y, para su legalización, sí se implica de forma importante. La revolución que se le ocurre es la interior, la individual, la de cada hombre dotado para una sensibilidad aristocrática. Defiende un mayor mestizaje de la cultura, lo que no quiere decir mezcla de clases sino fusión de elevadas sensibilidades. La religión – o las religiones – a la carta le parece la única forma sensata de seguirlas. Se declara agnóstico, aunque con buen oído para lo trascendental. Ama el jazz, la música clásica, las mujeres.

Su aproximación a la vida reciente no la hace desde un lenguaje retórico, con pretensión de belleza, sino que se estiliza en frases cortas que son adiciones de atisbos renovados. Desde la perspectiva del momento, aspira a conformar una especie de descubrimiento de la realidad, o al menos una explicación provisional, suficiente, que le otorgue una relativa sensación de dominio sobre lo imprevisible. Lo que busca es el significado de cada instante, aun a sabiendas de que se le escapa y debe conformarse con un vislumbre de consuelo fugaz. Lo importante es afirmarse también en la duda como expresión de sabiduría.

El ritmo de su prosa es, mayoritariamente, sincopado. Incluso en los momentos más melancólicos, no se aproxima a la languidez, sino que mantiene su vigor, supeditando la tristeza. Es un lenguaje de prisa cuidadosa y profunda. “Lo propio de un diario es que nunca pase gran cosa, que la narración se limite a la crónica de lo anodino”, recuerda, con repentina nostalgia, cuando forzado por el agravamiento de la enfermedad de su hija y luego, con su muerte, se ve obligado a reseñar los dolorosos sentimientos que lo acaparan. Entonces, las comparecencias en los cuadernos se distancian. Entra en juego la preponderancia del otro en la vida propia. Mónica lo desaloja de gran parte de su rutina creativa. Su involuntaria demanda de atención lo descentra de sus libres ocupaciones. La atención hacia sus achaques de viejo incipiente queda relegada por la continua reaparición de su hija doliente. Nos la imaginamos derrotada tras huidas infructuosas, pero apenas sabemos nada, porque el diarista se abstiene de preguntarse causas, de elaborar reproches. Solo llega hasta donde su dolor tropieza con ese ser frágil, del que solo espera un poco de felicidad como milagro imposible

Ahora, las especulaciones filosóficas quedan en un segundo plano, disminuidas por la fuerza de la oscuridad, por la emoción invasiva. Entonces, emerge el hombre humilde, golpeado por ese vacío que repele toda tentativa de calor. Y las exquisiteces del pensar son adornos inoportunos. Hace falta tiempo para diluir las contrariedades, para recuperar el dominio de la presencia y devolver a la vida su condición de lugar múltiple, estímulo de diarios, para solaz de los que aman lo diverso.

La lucha de Stefan Zweig (I), por Javier Puig

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La lucha contra el demonioEn la Lucha contra el demonio, Zweig, de forma portentosa, describe las zozobras de tres personajes excesivos: Hölderlin, Kleist y Nietzsche. Lo común en ellos es su persecución – a través de su literatura, de su filosofía – de lo absoluto, el desprecio por lo corriente, su inadaptabilidad al mundo.

Hölderlin, al que dedica más de la mitad del libro, es poeta alemán que vive su vocación con exigencia casi religiosa. Su tarea está sometida a un imperativo de clara elevación sobre lo mundano. Su vida es renuncia a las posiciones respetables y seguras que se le ofrecen, desamparo exigido por las normas de su pureza. Lo tiene todo a su favor: una buena familia, posibilidad de estudios, de estimulantes relaciones. Pero su espíritu inquieto, despreciativo con la tibieza del mundo, lo arranca de todo ello. Conoce a los grandes poetas alemanes de la época: a Goethe, y muy especialmente a Schiller, con el que tiene cierto trato, pero los encuentra sumidos en la distancia de un aburguesamiento, de una racionalidad que constriñe su obra. Ellos se valen de su poesía para engrandecerse, para adornarse; por el contrario, Hölderlin quiere ser la poesía misma, no quiere investirse de ella sino fundirse con su espíritu, expresarse desde sus cantos, y, con ella, acercarse a los dioses. Al lado de la excelsa poesía, la vida terrenal y obligatoria en la que vive caído, le resulta depresiva.

Hölderlin pensaba que solo podría llegar a su proyectada altura desprendiéndose de la plúmbea realidad. Solo miraba hacia los supuestos dioses, incontaminados de la vulgaridad humana. No quiso saber que la gran poesía puede estar también detrás de lo corriente, que el gran poeta es el que también sabe mirar detrás de lo obvio. Y en su vida no accedió a transigir con las servidumbres que proporciona la estabilidad emocional. Hölderlin es un caso extremo, quizás exacerbado por el germen de la locura que, finalmente, en los últimos años, floreció en él, incentivada por sus obcecaciones. Zweig narra extensamente su padecimiento, su ascético periplo, con una prosa prodigiosa que, desde su riqueza expresiva, cerca el mal de este creador ansioso, su demonio, para intentar comprenderlo. La vida de este poeta fue un largo camino hacia el suicidio, aunque en su caso este solo afectara a su mente.

Nietzsche creyó en todo momento en la grandiosidad de su obra. Creía que su lucidez, su ambición, su rigor, su tenacidad, su valentía, le iban a llevar a crear páginas inconfundibles, que fundarían nuevas formas del pensar, que revocarían errores atávicos y persistentes. Aunque sabía que difícilmente podría ser seguido por unos pocos – al menos hasta sus ulteriores consecuencias –, sí esperaba que muchos se sintieran atraídos por la profundidad de sus transvaloraciones. La necesidad de dar a la luz su pensamiento, radicalmente crítico y creador a un mismo tiempo, lo condujo, desde la notoriedad social y los oficiales reconocimientos, al aislamiento voluntario, desde el que podría encontrar libre el camino de acceso al apogeo de sus indómitas verdades. Sin embargo, su oposición al mundo y a sus falsas creencias, no devino en desprecio hacia el hombre sencillo, sino en cortesía, en afabilidad que, en sus obligados descansos de sí mismo, prodigaba a todos los seres, consciente de su inocencia. Reservaba su furia, su beligerancia, para las ideas imperantes que habían adulterado la vida. Nietzsche se elevaba por encima de su cuerpo doliente y alcanzaba la vehemencia a través de una hipersensibilidad que utilizaba como afirmación apasionada de la vida. Enemigo de los moralismos y de cualquier consolación de la conciencia, no aspiraba a la felicidad sino a saberse sincero, a no caer en cualquier consolidación perversa. Huía de la banalidad, que no de la realidad pura, inmediata.

Kleist fue poeta, dramaturgo, novelista que vivió el romanticismo alemán. Sus obras no gozaron del éxito y la comprensión en vida. Para su familia era un fracasado que había despreciado las oportunidades de tener una ocupación lucrativa y decible. Para sus amigos, un ser muy inestable. Para el público, un dramaturgo incomprensible, excesivo. Era un joven de temperamento volcánico, hipersensible, muy drástico en sus valoraciones. No aceptaba términos medios, su vida solo podía ser éxito total o fracaso. Perseguía el éxtasis, ambicionaba la inmortalidad, alcanzar cumbres literarias inéditas. Despreciaba lo vulgar aunque ello le supusiera una agarradera para su supervivencia emocional. Vivía como un extraño insertado en el mundo. Se entregaba únicamente a una obra que brotaba indefectiblemente como tragedia. No podía prescindir del arte, ya que con él se liberaba de sus tortuosos sentimientos. Desde muy pronto, se sintió atraído hacia la muerte. Se imaginaba un final magnífico, a ser posible acompañado de otro ser querido, pues temía una eternidad solitaria. A la edad de treinta y tres años encontró a una joven, enferma terminal de cáncer, que aceptó morir con él. El día propicio, Kleist le disparó un tiro para a continuación volver el arma contra sí mismo.

Zweig publicó este libro en 1.921. En él, como en el resto de las obras que dedicó a grandes personajes, describía los escenarios de esas almas, haciendo hincapié en sus momentos más significativos, sin la pretensión biográfica de la anécdota, del dato histórico. Eran ensayos, aproximaciones psicológicas. Su prosa era indagatoria, luminosa. Con la vehemencia de sus palabras, lograba exponer los más finos matices de los sentimientos de unos hombres y mujeres que habían decidido vivir sin permitirse abortivas autocomplacencias. A la vista del póstumo descubrimiento de su vida interior, no parece que la elección de los extremos y convulsos personajes de La lucha contra el demonio, fuera motivada meramente por la búsqueda de un aprovechamiento de sus características claramente singulares, favorecedoras de una temática brillante. Se intuye en esa preferencia un sentimiento de afinidad, oculto bajo la apariencia de una vida exitosa, cobijado en su interior, agazapado en sombras de despertar recurrente. De hecho, su suicidio, veintiún años más tarde, junto a su secretaria y esposa Lotte, parece inspirado en el de Kleist. Ese misterio de la coexistencia, en una misma persona, de una vida apasionada y fructífera, y a la vez aquejada de una insatisfacción latente, es una realidad a la que trataré de acercarme en mi próximo artículo.