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GLOSARIO QUINCE (125- 134), por Javier Puig

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(Todos los aforismos comentados corresponden al libro Ars fragminis, de José María Piñeiro)

125.- Hay que construir, idear, remontar la incesante inercia.

La inercia nos conduce a la confusión, a la derogación de las voluntades. Simplemente vivir parece una apetencia escasa, una suspensión del camino, una insuficiencia propia. Pugnar por la creatividad es una forma de reparar la inconsistencia del ser. Sí, hay que construir, idear, aunque eso no produzca más que bienes intangibles. Y si fueran tangibles, mejor, pero eso también es privilegio de unos pocos.

126.-Hoy eres indefinidamente tú.

Hoy eres algo que se me escapa, alguien que sobrevive a mi injerencia. Hoy no te ajustas a mis clasificaciones sino que te manifiestas preeminente en tu propia realidad. Lo que hoy eres lo sitúo claramente en ti y lo pienso sin determinarte. Dudo de la promesa que me hice, la de tu cerrada continuidad. Ya no sé apenas nada de ti. Ahora quiero insistir en lo extraño, en lo que eres, en ese tiempo distante que ahora sucede, que pretende ser solo para ti.

127.- Mientras vemos una película, ¿qué sucede con el resto del universo?

¿Ver una película es salir de la vida que nos requiere? Mirar una pantalla es penetrar en un ámbito engañosamente diminuto, desechar temporalmente los discretos signos que nos acompañan, el argumento de nuestra autobiografía que se refiere a la pureza de nuestros contactos con la realidad. Una buena película nos engulle, nos cambia el paisaje, nos habla de algo que nunca ha sucedido; o quizá sí, porque, cuando nos interpela, es que ya ha tenido lugar en nosotros de alguna manera, aunque de forma olvidada, allí, en la dimensión cerrada donde fuimos así, una inmensurable vez.

128.- Algunas tardes, las cosas adoptan un plácido aspecto milenario.

Observando los árboles añejos, la naturaleza más intacta, siempre he sentido que podía entonces asimilar la mirada de hombres antiguos que hubieran podido ver casi lo mismo que estoy viendo en ese instante, con una casi idéntica luz, desde el mismo irreductible punto del planeta, aunque si bien con una mentalidad distinta, tal vez ahora retirada de la pura contemplación. Cuando veo las películas de otra época, casi siempre, inoportunamente, siento que se antepone a sus imágenes un resistente barniz de la actualidad. Hay alguna excepción. Entonces, me emociona ver esa imagen que parece morar más allá del túnel del tiempo. Cuando oigo una vieja grabación, no sé si esa tonalidad extraña de las voces responde a los modos antiguos, o es un efecto de la técnica deficiente, la desilusión del sonido que nos llega mal registrado o mermado por el tiempo.

129.- Me encuentro bien estando mal. Es un modo perezoso de acomodarse.

La seguridad de un ligero malestar, la aceptación de una nimia derrota que nos absuelve del miedo a padecerla. El transcurso de lo terminado, el ámbito de lo posible.

130.- Escribo con placer la ruta de mis desazones.

Si las desazones propias están en la ruta que uno mismo propicia, desplegada en amadas palabras, es que ya están sometidas y, al menos, parcialmente desactivadas, integradas en el mirar que acontece despacio, aprovechadas como ineludible cupo de lo indeseable, establecidas como soporte de nuestra probable elevación.

131.- Comprender lo elemental de una cosa produce el efecto de una revelación.

Lo elemental es lo que está detrás de nuestras proyecciones. Encontrarlo es un acto de humildad que nos restituye, un desistir de nuestra pretensión de ser coautores de lo externo. Llegar a ello es una sorpresa porque nos habíamos olvidado de la clara percepción, aquella que penetra las capas de sumisa mundanidad que desvirtúan el núcleo del existir.

132.- ¿Qué hará Dios conmigo?

Solo somos conscientes de nuestra característica de seres contingentes cuando nuestra inaccesible evolución nos conduce a alguna merma importante. La peor de todas es la física, que es escasamente rebatible con nuestras estrategias. Pero, ¿es esto algo que decide Dios? ¿Es castigo, enseñanza divina? ¿O más bien demostración de que la naturaleza de las cosas discurre en nosotros ajena a nuestras ideaciones?

133.- Si la fugacidad es hermosa, quizás no haya una segunda parte de esta vida.

La fugacidad nos salva de lo acabado pero no sacia la sed de propia pertenencia. La fugacidad es la sensación de quien no ha comprendido que nada es estable, que vamos caminando en dirección opuesta a la que siguen las cosas, que buscan diluirse en un pasado cada vez más remoto. Una segunda parte de esta vida sería una oportunidad o un riesgo. Una oportunidad para quien cree en la posibilidad de crecimiento espiritual, un riesgo para quien ya respiraba aliviado de palidecer ante tantas conjeturas.

134.- El mundo es la versión que hagamos de él.

Podemos modificar nuestra percepción del mundo variando nuestro sentimiento de seguridad, el nivel de indulgencia, la sensación de implicación, la tenacidad en la búsqueda de la belleza, el grado de soledad o de compañía, de paz o de intrusión, el nivel de comodidad o de salud. Luego está ese pretendido mundo común, el promedio de los deseos, las satisfacciones y la decepción, el mundo contumaz de los telediarios insistiendo en demostrar una realidad en todos validable. Y esos mundos que hemos ido venciendo con nuestras progresiones, pero que amenazan con reaparecer ante cualquier improvisado atentado que aflore nuestra remanente debilidad.

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GLOSARIO CATORCE (118 – 124), por Javier Puig

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GLOSARIO CATORCE (118 – 124)

118.- “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre” (Simone de Beauvoir, en su primera juventud)

El drama del ser humano es su debilidad, la fatal precariedad de sus certezas, la reincidencia del temor, la dependencia de un número infinito de posibilidades que se clasifican en reveses o espaldarazos al aliento propio. Vivir es estar preso de las vicisitudes que a veces lastiman nuestra sensibilidad desbordada.

Nunca he creído a quienes afirman que es posible adquirir una felicidad sin fisuras. En lo que sí creo es en armarse de fuerza, consistencia, conocimiento, serenidad, para poder reducir, acortar, conllevar los efectos de la esporádica o recurrente adversidad.

119.- Amar es cansarse de estar solo (Fernando Pessoa)
Pessoa era un poeta muy triste, un hombre que no creyó enteramente en las bondades de la vida porque solo alcanzó a adivinarlas. Uno se cansa de estar solo, pero no por ello se ama. O es que ¿cansarse de estar solo es ya empezar a amar? El amor no es indefectible cuando se lo necesita para salir del atolladero de uno mismo. Se puede buscar a otro, pero para huir de uno mismo y – a pesar de las forzadas apariencias – para refugiarse en él, sin verdadero afecto.

120.- Sin abandonar mi casa conozco el mundo entero (Lao Tse)
La casa, es decir la quietud, los estímulos aminorados, la confianza en el propio ser, la totalidad en el ejercicio de la mente, en sus recorridos imaginados. O la pura sensación de vivir, la intensa conciencia de ser reflejado en la intensidad de los contornos que dan al mundo esa fuerza de la realidad que lo es, aunque se manifieste en su simple redundancia, en su escueta densidad. El mundo entero es lo que se ve o lo que se concibe, es esa insatisfactoria respuesta a una pregunta muy nuestra, a veces cansada, otras muy viva.

121.- No hay esperanza sin temor ni temor sin esperanza (Spinoza)
El hombre vive en la perentoriedad de un vaivén. La esperanza es un agarradero incierto, peligroso, si muestra su sarcasmo, si nos espeta su condición de irrealidad, de base ilusoria. El futuro es el lugar al que vamos desde nuestro deslizamiento. No sabemos si seguiremos cayendo con buen pie, con la atenuación que intentan forjar nuestras explicaciones; o si esta vez caeremos descalabrados. En lo que nos acaecerá, apenas disponemos de la creencia en las construcciones erigidas del material de nosotros mismos. Hay azares poderosos, destructivos, que podrían manifestarse, alcanzar su dramática culminación. Y si cuando hay temor sobreviene la esperanza, es porque se confía en el poder de lo frágilmente establecido.

122.- Sigo prefiriendo una lucidez triste que una ilusión feliz (Enmanuelle Cárrere)
La lucidez es claridad que no miente, descubrimiento del grito de lo obvio, desbaratamiento de la ilusión, que es engaño consentido, manipulación emocional a través de ideas autoimpuestas. La ilusión feliz se sostiene invicta hasta que la ostentosa presencia de la realidad la desbarata¸ hasta el contraste con la contundencia de un relato adverso. La licitud de su uso se basa en la teoría de la validez de nuestros sentimientos, en detrimento de las verdades de un supuesto signo infausto. Estar triste no es lo indeseable de por sí; de hecho, es un asentamiento seguro, una pose que no deniega la belleza.

123.- Ligeros como el pájaro, no como la pluma (Paul Valery)
La ligereza es la virtud más humilde. Se basa, no en la jactancia, sino en el hallazgo de un camino fiel a nuestro aliento. Lo que no pesa no es la ausencia de nuestras implicaciones, sino la no necesidad de los sueños, la certeza sucesiva en una facilidad que ha costado y que hay que reponer bastante a menudo. Surquemos las frondas con la jovialidad de la entrega.

124.- La costumbre nos arrebata el verdadero rostro de las cosas (Montaigne)
La redundancia de las cosas nos adormece, nos ciega la reincidencia de una imagen. Nuestro aturullado tránsito cotidiano nos hurta la necesaria detención en cada objeto que se propugna profundo. Soslayamos la llamada de aquello que, en su limitación, alberga una ancha representación de los secretos de la realidad. Con la prisa de quien se siente sabedor de lo preciso, en la reducción de lo previamente designado, rebasamos los rostros, los paisajes, las palabras. Abrir los ojos a la gran interioridad de lo evidente es alcanzar un grado más en el despertar, acceder a los primores de lo espontáneo.

GLOSARIO TRECE (106 – 117) por Javier Puig

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Todas las citas están extraídas de la obra del psicoanalista y psicólogo social Erich Fromm.

106.- La vida es la obra maestra de todo ser humano, en la que se trata de conseguir un grado óptimo de fortaleza y crecimiento.

La vida es una posibilidad limitada por nuestra estrecha creencia, por la opresión de nuestros contornos, los naturales y los culturalmente establecidos; pero, a pesar de todo, admite rumbos; resistiéndose, transgrede los empecinamientos, contesta las inercias. Aunque el hombre aspira más a las cosas que a la vida lograda: aquella que es una continua y difícil aproximación a lo esencial, a lo eterno.

107.- Nuestra sociedad produce muchas cosas inútiles y, en la misma medida, también muchos seres humanos inútiles.

Va en contra de la sacralidad de la vida que alguna existencia pueda considerarse inútil, pero muchos parecen empeñados en banalizarla de tal manera, en despojarla de sus más bellos sentidos, que se aproximan a lo absurdo, a la indiferencia de vivir, al desperdicio de haber nacido.

108.- Los seres humanos de la actualidad lo tienen todo pero adolecen de sí mismos.

¿Qué es el “sí mismo”? ¿Cómo mirarse a uno mismo si no es a través del espejo de los otros, reales o imaginarios? ¿Será ese “sí mismo” el núcleo en el que uno permanece irreductible a los vaivenes mundanos? ¿Será el soplo genuino que espera la dispersión de las abrumadoras exigencias para manifestarse?

109.-Actividad, en el sentido moderno, no distingue entre el ser activo y el mero ajetreo.

O sea, la actividad impulsada desde dentro, guiada desde una voluntad eximida de coerciones, que busca, no la satisfacción exterior, sino la consecución íntima, el progreso exento de parámetros ajenos. La actividad como vivificación de lo auténticamente propicio, a salvo de las vacuas corrientes que los aledaños impregnan.

110.- La mayoría de los seres humanos ve el problema del amor sobre todo como el problema de cómo ser amado, en vez de cómo amar y poder amar.

Si no soy amado algo falla en mí. Si mis favores no son esperados. Si mi ser no produce efectos… Entonces es que no sé promocionarme. Ser amado por los padres no vale, no es mérito nuestro, no es logro extensible, sino obligación ajena. Amar sin beneficio propio directo es algo que apenas se contempla. Ni amar sin recompensa, sin paz, sin alivio o sin euforia, que sería un fracaso. Amar solitariamente es un sueño.

111.- La paradoja del ser humano es que tiene que buscar al mismo tiempo proximidad e independencia, ser uno con otros y preservar su irrepetibilidad y especificidad.

Difícil es la convivencia para quien gusta de sí mismo y consiente mal los encuentros estériles. Es muy alto el número de hechos que nos hacen coincidentes. Pero, a partir de ahí, son muchas las diferencias, diversas las formas de afrontar idénticas situaciones, los recursos propios desiguales, el ánimo del pusilánime o del intrépido. La sociabilidad cansa a quien le aguarda el fértil regreso al mundo propio, pero refugia a quien teme el silencio que produce su soledad.

112.- A menudo la relación sexual es un atajo para el acercamiento, pero es sumamente ilusoria.

La relación sexual debería suponer – más allá de respetuosos y legítimos placeres ensimismados – un verdadero desnudamiento, la fusión intensa de una doble intimidad y no solo el mero uso recíproco del cuerpo ansiado, la satisfacción solo corporal que no añade la emoción de lo transgresor, que es situarse en el territorio del otro. Por unos minutos, el deseo se antepone – sin desmentirlo – al amor, que tiene existencia aparte. La convivencia entre ambos es deseable, su pretendida solución es tal vez ilusoria pero siempre benéfica. Aunque bastaría con una simpatía, con un sentimiento exento de cualquier rastro de hostilidad. El sexo, entonces sí, es un acercamiento, que tal vez no traspase las barreras del otro, pero implica felices complicidades.

113.- Quien no está vivo no puede ser feliz.

Estar vivo es abrazar la vida, reducir las dudas al tamaño de lo desechado y prorrumpir en el mundo en el lugar exacto que nos pertenece; supone implicarse en las preguntas que nos acometen, deducir las respuestas de modo no tan concluyente como arriesgado, pretendiendo siempre la atención inclusiva.

114.- El “sentimiento de sí” es solo una referencia a lo que los demás piensan sobre uno.

¿Sabríamos quiénes somos si estuviéramos solos, aislados? Nunca, si no hubiéramos tenido jamás trato con los demás, comunicación, algún tipo de ensamblaje. Si aislados, precisaríamos convocar alguna presencia inventada, mirarnos en una imaginativa construcción que reflejase nuestra imagen humana.

115.- Hoy hasta los sentimientos se prescriben; hay que ser alegre, tolerante, fiables y ambiciosos y entenderse con todos sin roces.

Siempre me ha molestado esa exigencia de normalización, esa rectitud que quiere ser impuesta, esos ideales máximos cuya persecución crea frustraciones y fracasos. Y sobre todo esa obligatoriedad de la alegría ostentosa para quien, si acaso, la alberga muy interiormente. Casi nunca se comprende que la ausencia de los signos del júbilo no es necesariamente una expresión que recuse el entorno, sino otra forma de estar, a menudo más honesta.

116.- Con solo amar y “desear lo mejor” a otro ser vivo no basta.

Esa cómoda posición, esos sentimientos que solo buscan aplacar los reproches de la conciencia, deben completarse con la acción, con el esfuerzo creativo destinado a suavizar la problemática percepción que siente el otro. Claro que tampoco hay que rebasar cierto límite, incurrir innecesariamente en la suplantación, recortar, eximir de recorrer el campo de la progresión singularizada a quien vemos padecer sus insuficiencias.

117.- Nadie puede crecer sin esfuerzo y sin la disposición a vivir con el dolor y el miedo.

La vida es una gran incertidumbre que aplacamos con esforzadas construcciones mentales que nos sugieren cierta estabilidad. La muerte, el dolor y el miedo derivado de la precariedad de nuestra dicha forman parte de nuestro sustrato humano, de nuestra indefensión ante los signos de la realidad que activan el crucial desasosiego. Contra los excesos del derrotismo, hay, al menos dos estrategias posibles: la atenta vivencia del instante presente y una parcial adaptación a lo que consideramos infortunio y no es más que una de las manifestaciones de la existencia.

GLOSARIO DOCE (100 – 105) por Javier Puig

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100.- Obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda ser en todo tiempo principio de una ley general. (Kant)
Si se generalizase el cumplimiento de este imperativo categórico, ¿con qué mundo nos encontraríamos? ¿Un mundo más habitable? ¿O más riguroso? ¿Más respirable o más coercitivo? Aquí la clave está en la palabra “máxima”, entendida como regla del vivir. Kant tal vez soñara con un mundo a su medida (yo también, y tú) pero el mundo es, y debe ser, complejo, contradictorio hasta donde lo percibimos. Otro más ajustado, ¿no sería mortalmente aburrido? La vida, tan ingente, tan profusa, nos resulta imprevisible. Yo me esfuerzo… Vale. Tengo en cuenta la generalidad de lo que me rodea, ¿cómo? Intento ser cívico, correcto, moderar o anular las expansiones que me molestaría se generalizasen en el entorno que me atañe. Pero, ¿puede una mente sobrevivir siempre así, detenida de sus desmanes, rescindida en sus espontáneas liberaciones? ¿Son todas las mentes iguales, necesitan lo mismo? El marco de convivencia ha de fundarse sobre mínimos, aunque nuestra apetencia personal, apoyada en la bella coartada de la ética, exija razones máximas.
101.- La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar. (Thomas Chalmers)
Sí, lo que necesitamos es hambre de vivir, dejar de ser tenues ante la existencia. Tener algo que hacer, es decir, sentir que tenemos marcados los siguientes pasos del rumbo que queremos, saber que nos derivamos por territorios queridos.
Tener a alguien a quien amar, sentir que alguien nos espera, que se beneficiará de nuestra ansia bondadosa, lo que requiere una acción nuestra, origen de recíproca confortación.
Y tener algo que esperar, algo inconcreto tal vez, pero fruto de las incursiones de nuestra inteligencia.
102.- Más vale encender una vela, que maldecir la oscuridad. (Confucio)
Quien vence es aquel que sabe despegarse de la frustración, el que renuncia al fútil alivio de las imprecaciones y a la excusa de la adversidad, recuperando el sosiego y la lucidez, siendo ya capaz de visualizar sus opciones. Porque quien respira la nítida acogida de la paz, se desnuda de las opresiones de la recíproca hostilidad, y aporta al camino preciso las más decididas ponderaciones.
103.- Buscad la belleza. Es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo.
Ramón Trecet, al final de su programa de música Diálogos 3, pronunciaba esta frase con vehemencia, con un especialísimo énfasis en la palabra “asqueroso”. Yo lo aplaudía, porque, con pasión, por igual, creía en esos dos polos opuestos: en la belleza, tan minoritaria pero tan esplendente, tan cierta; en lo asqueroso de este mundo, tan permanente, aunque a veces nuestra conciencia se relaje, librándonos de su presión malévola. Y es que – ¿por suerte, para sobrevivir, para avanzar, para aplicarme en lo que es susceptible de ser potenciado, o por indiferencia? – por momentos me olvido de la insistencia del mal, de las injusticias. Luego, veo los telediarios y me reconozco encapsulado en mi mundo. Si miro a mi alrededor, siento más tristeza que indignación por la composición del ser; tan defectuosa, al menos, desde esa exigencia ética en la que algunos humanos nos empeñamos. Si me miro a mí mismo, constato esa oscilación interior que me lleva de la confraternización a la náusea. Aunque, tal vez, recientemente, he sentido que había que desequilibrar la frase, pues creo más potente, más atendible, la belleza que la indudable abyección con la que tan frecuentemente se nos presenta el mundo. Me arrogo la belleza interior de las cosas y no me olvido de lo asqueroso, que siempre estoy dispuesto a derrotar, con mi mirada, con mi convencida persistencia.
104.- Las personas no nos quieren por lo que somos, sino por cómo las hacemos sentir. (Irwin Federman)
Si la pretensión ha de ser sentirse amados, la estrategia de ser simplemente éticos, cívicos, no es una apuesta segura. La bondad sobria, fría, discreta, humilde en su nobleza, no favorece cálidas cercanías. A lo sumo, algún reconocimiento. Por el contrario, bajo lo arbitrario, con alguna pequeña traición, desde cierta insolidaridad, se pueden crear emotivos lazos con quien se acierta a compartir una alegría, aunque esta sea estúpida, precaria. Porque lo importante es ese alivio que se produce, el de – momentáneamente – no tener que afrontar la realidad con una honestidad para la que no se está preparado.
105.- Sé comprensivo, porque cada persona que encuentres en tu camino está librando una dura batalla. (Platón)
Varias veces he tenido la experiencia de conocer en alguien alguna desgracia que explicaba su despectiva actitud. Eso podría corroborar la teoría de que la maldad – grande o pequeña – tendría una explicación en un sufrimiento personal no declarado. Sin embargo, no todo el que sufre repele su dolor con aguijones hacia el mundo. Quien, padeciendo duros sinsabores, es injusto con lo que le rodea, no ha aprendido lo importante: la forma de salir, que no es tampoco la actitud de aferrarse neuróticamente a la actitud contraria, aprobatoria, sino la de una cierta ecuanimidad que no es servidumbre pero sí respeto a la circunstancia ajena.

GLOSARIO DIEZ (77 –89), por Javier Puig

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(Todas las frases que comento pertenecen a las entradas del libro El monstruo ama su laberinto, del poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic)

77.- El poeta ve lo que el filósofo piensa.
El poeta extrema su mirada, establece lo que ve y mucho más tarde, atónito, lo piensa. Se sorprende de lo que su visión le revela, eso apenas concebible, eso que no intenta ordenar lo absoluto sino respirar la imagen absorbente, en una tensión recíproca, en una fusión de proyecciones. El poeta procura no mentirse con una explicación convincente, ahonda en lo real con la honestidad del fracaso.
78.- Mi ambición es arrinconar al lector y hacerle imaginar y pensar de otra manera.
Sí, el sueño de un escritor – y más en estos tiempos – es encontrar al lector entregado, por unos momentos ausente de la futilidad de sus búsquedas compulsivas, atento como un ser antiguo. Una vez allí, expectante, mantenerlo en esa posición que excluye la creencia pero comprende el afán alimenticio. Y que él mire el escenario que el escritor ha creado, que piense que esa imagen que le es ofrecida es suya, aunque alguien se haya adelantado a mostrársela.
79.- Entre la verdad de lo oído y la verdad de lo visto, prefiero la silenciosa verdad de lo visto.
Lo que se oye suena a la perversión de las ideas, al emplazamiento de la verdad en la desvirtuada cárcel de las intenciones. Lo que se oye, en lo que reparamos, es en el trajín de las palabras, en su ostentosa organización en pos de un espejismo indubitable. ¡Qué ligereza la de la muda visión de un detalle o la aún más callada sugerencia sonora de un pacificado paisaje!
80.- Esta es la definición de “lo bello” que da el moralista: no la vida como es, sino la vida como debería der.
Hay que saber encontrar lo bello en lo que es. Restituir a la belleza su condición diversa. Alcanzarla a través de capas disuasorias. Reconocerla en la verdad de las asimetrías. Despertarla de su sueño sumiso. Desvelar la valía de su imprecisión. Acoger su sentido expectante. Afrontar un alcance que desdiga las convicciones escuetas.
81.-Mi alumno Jeff McRae dice: “La vida en el mejor de los casos es una hermosa tristeza”
Jeff es un ser melancólico, un ser sensible que ha sabido conferir una hermosa paz a la reincidente derrota. La vida, en el mejor de los casos, para cada uno, es distinta. No todos alcanzan la misma altitud, aunque hay plataformas intermedias en las que es factible un indudable placer de vivir.
82.- Hasta cuando tenía ochenta y ocho años y se alojaba en una residencia de ancianos de Dover, Nex Hamphsire, mi madre seguía perpleja. ¿Qué sentido tiene todo? Lo que la aterrorizaba era la probabilidad de que no tuviera ninguno.
Craso error en las postrimerías. La muerte es una pared que se interpone en el camino, un final abrupto que no por retrasarse deja de haber existido antes. Cada minuto de nuestro recorrido contiene un final que, menos una sola vez, se desborda. Avanzamos impelidos por un señuelo oscuro. Perseguimos una sucesión apasionada. No hay meta sino la voluntariosa perfección de los esfuerzos.
83.- El propósito de las ideologías étnicas, nacionalistas, religiosas o de género es extirpar la sensación de fracaso asociada a nuestras propias limitaciones individuales y reemplazar el “yo” por un “nosotros”.
Siempre he pertenecido a un colectivo a regañadientes. Bastante difícil me resulta ya identificarme conmigo mismo, que soy muchos resumidos en una cauta presencia. Ser considerado perteneciente a lo que otros pretender ser, más allá de sí mismos, de su agotada distinción, me causa una inquietante alergia. Sé que fundido en otros grupos humanos me ahogaría de incomprensión mutua, de soledad llegada de esa inoperante confluencia, y entonces “los míos” – esos que, después de atraerme, me repelerían con alevosía – intentarían darme una lección de humildad, a mí que habría querido ser aparte, suficiente. Y yo respondería entonces con mi propuesta de pertenecer a un grupo altamente contradictorio, que se formulase en lenguajes; si no precisos, al menos, inteligibles.
84.- A fuerza de rozarte con tantos extraños en tantos sitios y de remedar sus costumbres haciéndote pasar por un lugareño, te has vuelto incomprensible hasta para ti mismo.
Uno no siempre va siendo lo que había imaginado. Las servidumbres son muchas. A veces se disfrazan de amabilidad, de lealtad, de condescendencia. A veces, ha sido más inteligente imitar, no denunciarse a uno mismo o a los demás con una supuesta genuina presencia. Uno va siendo otro y acaba por despreciar al que fue. Pero nada asegura que quien fuimos primero fuera el más puro. A menudo es al revés. El ser original camina por un camino que es el de todos. Inquiere con su panorámica mirada todos sus pasos. Al final, hay que ser un lugareño trazado por la criba de tantos resortes que contribuyen a una insípida unanimidad. De lo que se trata es de preservarse haciéndose mínimamente compatible.
85.- La intimidad de dos personas que escuchan juntas la música que aman. No hay unión más perfecta.
Entonces, la música ocupa su lugar sin reticencias, llena el espacio sin posibles resquicios a la digresión, se enlaza en infinita anuencia. Dos que escuchan lo común miran a un mismo infinito, regresan a las mismas confluencias, se reinventan en lo próximo, débilmente conscientes, se sumen en el distante atardecer que se prodiga por la ventana.
86.- La esperanza es que el poema termine siendo mejor que el poeta.
El poeta es siempre defectuoso, no persigue lo perfecto en él porque no le interesa tal mentira. Se sale de sí para instalar un hálito propio en la ordenación de unas palabras. En ellas, sí sueña la posibilidad de un resultado excelso, de una verdad que no sirva para nada más que para desmentir su impronta imposible. El poeta es siempre decepcionante, el poema puede que no, puede que se aposente en lo cerrado dentro de lo cual perviva un escueto e intenso ámbito de iluminación. El poema debe alejarse del poeta, atreverse a avanzar, hasta preceder inalcanzablemente al ser provisional y dubitativo que está condenado a ser el hombre.
87.- Históricamente, solo la poesía es capaz de hacer audible la soledad humana.
La soledad dice mucho porque es diálogo inextinguible entre el desdoblamiento del ser. La soledad nos recluye en la voz que transcribe las variantes de nuestro latido. La soledad descarta las respuestas y se agarra a las afirmaciones preguntadas.
88.- La ambición secreta de cualquier obra literaria es que los dioses y los demonios le presten atención.
Escribir es un acto temerario. Nuestras palabras, fuera del secreto de nuestra mente, campan hacia las distintas miradas. Si me leyese un dios, tal vez me recriminaría mi pérdida de tiempo en rebuscar lejos de lo sencillo, de lo eterno. Si me leyese un demonio, consideraría insuficientes estas digresiones de mi vida sentimental, estas pretensiones de ampliarme lejos de mis comparecencias en lo que nos afecta. Pero me daría unas palmaditas en la espalda y me diría: “Sé oculto, Javier. Sé otro.”
89.- Hasta donde me alcanza, no es una contradicción decir al mismo tiempo que Dios existe y no existe.
Dios es un personaje muy interesante – hasta necesario, tal vez -, como modo de confrontarnos con algo notoriamente disímil. Creer en Dios depende de una lograda limitación de nuestro pensamiento. Tal vez existió y existe algo capaz de programar bastante bien esta concatenación de causas. O solo es fruto de nuestra exigida imaginación, que lo quisiera revivir para, con rezos, intentar ablandarlo.

GLOSARIO NUEVE (69 – 76), por Javier Puig

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Jordi Doce (1)(Todos los aforismos son de Jordi Doce)

69.- Una vez en su cuarto se desprendió con cuidado de su piel, hecha de todo lo que había callado a lo largo del día.

Cuánto callar que no es silencio sino expresión atenazada. Las palabras desalojan las palabras. El ruido de la voz silencia el fondo más austero o en la boca duramente cerrada se contienen los pensamientos arriesgados. Callar es muchas veces garantía de evitación de heridas irrestañables. Aunque también, alguna vez, la palabra no pronunciada pudiera abortar alegrías, reconciliaciones o el vislumbre de una nueva claridad.

70.- Soy un voyeur de lectores. Ver a alguien enfrascado en un libro me produce la misma mezcla de envidia y curiosidad y atracción que a otros les inspira ver a alguna pareja retozando sobre la hierba o en algún quicio oscuro.

Una de las imágenes más bellas que recuerdo es la de una joven leyendo en un tren, en Barcelona. No sé lo que leía, o no quise saberlo. Mejor no romper el encanto con nuestros prejuicios. El ángulo, la composición de su cabeza con los brazos, el libro que levantaban, todo ello era digno de una escultura suprema. Ella estaba ajena, no sabía de mí, que estaba enfrente, tan cerca. Estaba dentro de aquellas palabras que la atrapaban sin oprimirla, porque su ser se mostraba grácil, como suspendido sobre la férrea realidad que yo había sentido antes de mirarla. La envidiaba, la ensalzaba, sin verdadero conocimiento de causa pero con intuición profunda, más allá de inútiles elucubraciones.

71.- Leemos por aproximación.

Lo que el otro escribe es en nosotros terreno de nadie, zona intermedia, encuentro escaso. Al intentar asumirlo, descubrimos lo que no hemos vivido, sentimos derroteros ajenos y sin embargo todo nos resulta concerniente de alguna manera. Si lo recibimos como extraño, es porque apenas hacemos un leve esfuerzo de adentrarnos, o tal vez solo aquel que nos ayude a rescatar algunas escuetas reminiscencias que nos retrotraigan a anhelos propios. Y es común extraer una interpretación que difiera de la intencionalidad del autor. A este no debiera importarle; una vez desprendido de su texto, debiera atenerse a las consecuencias y no malgastar su tiempo en lamentaciones porque no se lea lo que él pensó que había escrito. Si han extraído de sus palabras motivos para sentir, para pensar, ya debiera sentirse cumplido con sus lectores; y conforme, comprensivo, con su incesante sed de digresión.

72.- Todo lo escribe en legítima defensa.

Siempre se escribe para defender la propia imagen, para encarecerla, para hacerla más genuina, menos deleble en el ámbito confuso. Se escribe como resistencia al vacío, como perseverancia en lo alcanzable. Se escribe para sobrevivir en los territorios desplazados. Se escribe para defenderse de la ajenidad del mundo, de su doble rostro de impiedad e indiferencia.

73.- A estas alturas, diría que soy menos que la suma de mis partes.

Me construyo con partes, con facetas que cultivo con esmero, con rostros que expongo según las exigencias. Estoy hecho de logros que acumulo con una última tristeza, de creencias que aliento constantemente para que no se desvanezcan, de pertenencias que nunca me secundan. Mientras, permanezco en el fondo de mí mismo, detrás del grosor de mis apariencias, indefenso, desnudo, como si no hubiera vivido hasta entonces y no me hubiera preparado para ningún momento.

74.- Si debo ser franco, las cosas me parecían más mías cuando solo las deseaba.

Desear algo es establecer un vínculo inviolable, someter a la mente a una intransigencia oscura. Lo que se pretende, se muestra retocado por el extravío de nuestra necesidad. Obtener algo es vaciarnos de su deseo, confrontarnos con su completa realidad. Al eliminar la distancia, la perspectiva se rompe, adviene el objeto impuesto, ya como algo que no dominamos, un exterior agotado, que ya pronto ha consumido los novedosos recursos que nos podía ofrecer.

75.- No pasa un día sin que pise el charco de sí mismo.

El charco propio es el recordatorio de nuestra torpeza, el anecdotario donde se forja nuestra humildad; pero también la desavenencia con nosotros mismos, el descrédito de nuestras aspiraciones, el retrato de la abolición del orgullo. Cuando se pisa un charco se pierde la esforzada compostura, se mira alrededor, heridos de nuestro ser descubierto. La mojadura de nuestros pies ralentiza el resurgir, la conciencia de nuestra pesadez atenúa nuestros impulsos, y nos obliga a explicarnos, a pedir perdón por tantos juicios de obviado fundamento.

76.- Los elogios manchan

¿Por qué? Tal vez porque sobran. Porque solo añaden un título equivocado a nuestros actos. Los elogios manchan la difícil pulcritud de nuestra humildad, invierten nuestros esfuerzos, convirtiéndolos en descansos peligrosos. El elogio tiene valor como acto generoso del otro – si no hay cálculo en ello – , pero nunca como brújula para nuestras incursiones en el futuro. Y como valoración de lo hecho no aporta más que una consideración anacrónica, una verdad que nunca podrá dejar de ser dudosa, estando sometida a los vaivenes de la pasión, a los precarios equilibrios que establecen los análisis.

GLOSARIO OCHO (61 – 68), por Javier Puig

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Perros en la playa(Todos los aforismos pertenecen al libro Perros en la playa, de Jordi Doce).

61.- No está solo. Le acompañan sus renuncias.

Por mucho que te retires del mundo, estarás contigo mismo. Ante las puertas de tu interior, invadiéndote, acampa un pequeño universo. No puedes sentirte a ti mismo sino en relación con todo lo demás. El ruido del mundo te busca, puebla el silencio que habías dispuesto, transgrede tus deseos, trunca tu paz, enturbia tus purificaciones.

62.- Escribir lo que importa, eso, lo que a nadie importa que escribas.

Escribir es ahondar, es penetrar en un resquicio de nuestro mundo; a veces, tan íntimo que no se comprende; tan particular, que no se aprecian sus conexiones. Lo que importa es aquello que casi te explica, que hondamente te pregunta, y no aquello que los demás te inquieren, que es probablemente solo un reflejo de su celosa visión, un destello que proteja su ignorancia. Solo quien se vence llega hasta la verdadera hondura del otro.

63.- El regreso es siempre a otro lugar.

Como bien dijo Heráclito, no es posible bañarse dos veces en el mismo río. Volver es una tentación equívoca. El lugar del pasado nos parece un lugar seguro porque ya no tenemos que verlo desde la intemperie que se percibe desde dentro. El presente se define por su precaria estabilidad. Siempre fracasa quien intenta volver a un lugar hecho de su tiempo antiguo. Ese deseo nace de la nostalgia, que es de naturaleza engañosa. Brota de la llamada de un vacío estéril. En el viejo cruce de coordenadas que pretendemos no habita ya la impronta de nuestro ser pretérito.

64.- Creemos conocer a alguien, pero es solo aquello que responde a nuestra presencia.

El otro, ¿quién es? ¿Lo sabe él mismo? ¿O se contenta con una aproximación, con un explicable cúmulo de manifestaciones? El otro es como tú: un ser reactivo. Su rostro varía según lo que observa, sus gestos tiemblan de distinta manera. Se siente más fuerte o más débil. Ve espacios más o menos abiertos. El otro es un lugar concreto de la humanidad, una ubicación que se adapta a la orografía de las presencias.

65.- Dos clases de escritores: el que ofrece a sus lectores lo que estos ya tienen; el que les ofrece lo que ni él mismo creía tener.

La mejor escritura es aquella que nos descubre, que nos amplía. Escribir simplemente por dar algo por escrito, por obtener un producto que ofrecer, es rutina triste, tarea ajena. Es estéril darles a los demás solo lo que aceptan porque es suyo, porque les da la razón y no es un cuerpo extraño. Desnaturaliza el acto de escribir para lectores perezosos, encerrados en su mezquina redundancia. Mejor crear para uno mismo, primero, y después esperar que alcance a sensibilidades abiertas.

66.- No me digas tan pronto que me comprendes. Déjame esforzarme, explicarme todavía un rato más.

Preferimos ser atendidos a ser comprendidos. O bien nos gusta el puro acto de embrollarnos, de expandir nuestros argumentos por el placer ególatra de escuchar nuestra voz en su conseguida firmeza; o bien, queremos enmascararnos tras unas palabras que se esgrimen como confusión protectora. Ser desvelados totalmente resulta solo aceptable en la catástrofe de la previa rendición. La dificultad de ser intuidos nos salva de ser descubiertos en nuestra pueril sencillez. Lo que pudiera percibir el otro en nuestro silencio sería decepcionante. Cesar en las palabras es desarmarnos, despejar una evidencia que quisiéramos equivocada, que inhabilitaría nuestras palabras anteriores, haciendo que su eco revelara su encubrimiento.

67.- El alivio, casi la alegría, de conocer y enumerar los lugares donde no quieren nada de mí. Todo se simplifica enormemente.

¿Soberbia? ¿Misantropía? ¿O simplemente la sofisticada necesidad de no tener que responder, de contemplar el mundo desde la transparencia propia? Debería penalizarse al solicitante contumaz, al incapacitado para la soledad, al temeroso de su propio silencio.

La nostalgia de no ser requerido, interpelado, juzgado. Y luego, el difícil cumplimiento de ese deseo otorgado con desmesura, para el que descubrimos que ya no estamos preparados después de tanto tiempo de inactividad interior.

68.- Quieres entenderlo todo. No has entendido nada.

La mayor parte del mundo es ininteligible. Está ahí, como una superficie insondable, ofreciéndonos su misterio, despertándonos un corto deseo de penetración, finalmente vencido por la asunción de una extrañeza que nos resulta próxima, conocida en su amago de transferencia, en su irisada prontitud estallándose en nuestros ojos. Lo que no entendemos, pero intuimos, nos aporta una íntima valía, aquella que nos engrandece en el interior de nuestra reconocida pequeñez, en nuestra razón de ser en el mundo.