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Entrevista a José Luis Zerón, por Ada Soriano

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El poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha

La editorial Huerga & Fierro publica el poemario Espacio transitorio, de José Luis Zerón, con prólogo de Jordi Doce e ilustración de Ana Leonís

Al igual que la fragata permanece en su vuelo durante días y aterriza tan solo para alimentarse, así José Luis Zerón, tras una sobrada capacidad para la observación y la meditación, baja de su torre para recoger las palabras precisas. No olvidemos que también la iguana tiene sus artimañas. Hace rodar el fruto espinado para desprenderse de lo innecesario y quedarse con lo sustancioso.

Dice Jordi Doce en su prólogo para Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018), el nuevo libro de José Luis Zerón, que “el poeta nos habla con palabras necesarias y perentorias que van creando un círculo mágico de oyentes allí donde suenan”.

Muy de acuerdo con las declaraciones de Jordi Doce, y puesto que conozco a fondo la obra de José Luis, puedo afirmar que hablo de un poeta dotado de un talento innato para establecer analogías; un escritor que abarca un léxico intenso e inagotable. Discrepo de quienes ocasionalmente lo han tachado de poeta hermético o poco emotivo. Creo que no han leído sus poemas con la debida atención. José Luis Zerón, a mi entender, siempre logra mantener el equilibrio entre pensamiento y sentimiento, y posee una voz completamente identificable.

José Luis Zerón Nació en Orihuela el 28 de octubre de 1965. Fue cofundador y codirector de la revista Empireuma. Desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Ha sido incluido en varias antologías y ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado.

En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

-José Luis, en una ocasión declaraste que “el poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha, siempre atento a la prosodia del murmullo”.

Siempre me ha fascinado la figura del centinela, especialmente en lo que concierne a la segunda acepción del diccionario RAE: persona que observa o vigila. La palabra centinela podría tener su origen en la voz italiana sentinella, basada en el verbo sentire, que significa escuchar. En francés, sentinelle se ha formado como un diminutivo de sentier, sendero. Y en latín me resulta muy sugerente excubiae, formado por la preposición o prefijo ex (salida, fuera) y cubiculum (habitación, dormitorio), es decir, estar fuera del dormitorio. Un centinela sería aquel que vigila a la intemperie mientras todos duermen.

Yo relaciono al poeta con el centinela quitándole la carga bélica o religiosa (en el Nuevo Testamento se habla constantemente de la vigilancia y el estado de vela de quien espera la llegada de Cristo) que contiene el símil. El poeta ha de estar siempre atento, a la espera de que surja el poema, que puede manifestarse de muchas maneras en su primer brote. En mi caso yo lo asocio a un murmullo o balbuceo del que irá surgiendo el lenguaje poético. Y esa actitud de escucha y de observación acontece siempre fuera de la complacencia, la rutina, el lugar común, el refugio de los hábitos cotidianos, es decir, fuera de la habitación, a la intemperie (palabra muy frecuente en mis poemas), en el sendero (sentier), caminando. Como soy andariego la poesía suele manifestárseme mientras camino.

-¿Cómo surge Espacio transitorio? ¿En qué momento?

He de aclarar que este libro no es el último que he escrito. Tiene unos años. Lo escribí entre 2012 y 2013, excepto dos poemas, “Palabras para el hijo”, concebido en 2002, y “Visita al cementerio judío de Suceava”, que surgió en 2006 después de una visita a esta ciudad rumana. Los meses en que inicié el poemario desde una experiencia personal muy dura, sentí la tentación de aferrarme a la nostalgia o a la ilusión de un futuro halagüeño que yo no divisaba, así que opté por encarar el tiempo presente y vivirlo con coraje haciendo frente a las adversidades y tratando de disfrutar el aquí y ahora con sus transiciones, contingencias, cambios de paradigma y certezas que saltaban por los aires.

-Afirma Jordi Doce, autor del prólogo, que “este libro ocupa un lugar aparte en tu obra” ya que “estos poemas configuran una especie de libro negro”. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo con el prólogo de Jordi y además es excelente. Le estoy muy agradecido por la lectura atenta y perspicaz de mi libro. Sí creo que ocupa un lugar aparte. Me parece mi libro más desaforado y quizá el que ofrece una mayor eficacia expresiva. Siempre he defendido las poéticas sólidas y he tratado de lograr un sentido unitario en mi corpus poético, pero no monolítico. La fidelidad absoluta a una poética puede llevar a la monotonía, sobre todo cuando uno ha dicho, mejor o peor, lo que tenía que decir. Por eso a veces hay que dar un giro de tuerca. En cualquier caso, creo que en Espacio transitorio se reconocen muchas de mis preocupaciones y obsesiones presentes en mis libros anteriores.

Por entonces una parte de mi vida (tú lo sabes bien) se derrumbaba y yo no sabía si hacer frente a lo que estaba sucediendo o huir; si correr en pos de mi salvación o de mi perdición. Quizá me estoy poniendo muy trágico, pero así me sentía.

-¿Te identificas con Lot en Me llamo Lot, poema que inicia Espacio transitorio?

Como te decía, la depresión me acechaba y empecé a dudar de la escritura poética. Afortunadamente las palabras no se fugaron y llegaron a ser mi verdadero apoyo en momentos de angustia irrefrenable y una falta total de asideros; con ellas decidí abordar lo extremo de mi experiencia. Cuento mi naufragio, pero también mi lucha contra el hundimiento y mi reconocimiento en el sufrimiento de otros. En este poemario (como en casi toda mi obra poética, pero en este libro más), lo feo está a la misma altura de lo hermoso, lo pequeño e insignificante se mezcla con lo grandioso, y hay un vínculo entre lo inocente y lo perverso. Por otra parte, tampoco quería que el libro fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones. No quería vender catástrofes personales, así que, no tanto por cálculo como por necesidad, salí de mí para mirar el exterior, lo que sucedía ahí fuera con todas sus grandezas y miserias. Me vi haciendo equilibrios para evitar realismos anecdóticos y representar el ahora sin incurrir en un sentimentalismo periodístico de la realidad. Es decir, quería ser fiel a mi lenguaje reflejando los problemas de mi tiempo y sin renunciar a los fundamentos íntimos de mi existencia. Sobre todo, no quería mirar atrás para que la potencia de la nostalgia no me petrificara, de ahí que el primer poema del libro se titule “Me llamo Lot”. Este poema, como todo el libro, está escrito con imperativos. Es una motivación (casi una arenga) para seguir adelante aceptando el tiempo presente a pesar de las dudas y los miedos que pueda generarnos.

-¿No hay demasiado dolor? Dividido en tres partes, tal vez la última, Adhesiones, pone fin a la crudeza de las dos anteriores. Hallo aquí luz y esperanza, como si todo no estuviera perdido.

Hay dolor, claro que sí; pero también luz y esperanza, sobre todo en la última parte. En Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno decía algo así como que el dolor nos hace sentir la carne de la realidad y que no cabe poder gozar sin poder sufrir. Decía igualmente que por el dolor los seres vivos llegan a tener conciencia de sí, y tener conciencia de sí es saberse distinto a los demás. Y la distinción se alcanza a través del choque, pero también a través de la compasión.

En mi libro hay dolor por mis circunstancias adversas, por la muerte de un amigo, por el sufrimiento de los desposeídos… Hay también un dolor metafísico y un dolor en la percepción de uno mismo en cuanto pérdida. Pero también hay momentos de celebración y una invitación a no estancarse en la queja o el lamento. A veces increpo a la muerte sin olvidar que ella también funda la vida. También hablo del miedo sin tapujos, sin vergüenza. Nos cuesta mucho reconocer que tenemos miedo; y si no reconocemos nuestro miedo no podremos afrontarlo. Hablo sobre todo del poema “Soy tu miedo”, que, por cierto, está encabezado con una cita muy apropiada de dos versos tuyos que me fascinan: “Por la escalera del miedo/ subimos y bajamos”. Creo que en Espacio transitorio hay una intensidad por momentos gozosa, aunque esté atravesada por el dolor. Mi percepción en el momento de escribir este libro resultaba dolorosa y consoladora a la vez. Por ejemplo, en el poema “Imago mundi I” digo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”

-¿Calificarías este poemario como el más discursivo de tu obra editada hasta ahora?

Quizá sí lo sea junto con La sed del náufrago (anterior en un par de años a Espacio transitorio), que todavía permanece inédito. Creo que hay una presencia lírica en muchos de los 33 poemas que lo conforman, pero este libro tiene una médula narrativa que no aparece en la mayoría de mis poemarios. En este he abierto más los ojos a la realidad poliédrica, dinámica, con toda su riqueza, su magia, su misterio, y también sus miserias y perversiones. Para nada la realidad unidimensional, inmutable, medible, sometida por el lenguaje distorsionado de la consigna, la premisa y la ideología; ese miserable lenguaje de los financieros, mercaderes, opinadores fraudulentos, especialistas en candados y políticos vendedores de humo que tratan de reducir el mundo a sus mezquinos intereses.

¿Abrazan las contradicciones, los opuestos?

Sí lo creo. La poesía acerca fuerzas opuestas y contrarias. El abrazo de los contrarios siempre ha estado muy presente en mi poética. Cuando escribo poesía me gusta experimentar con la brusca aproximación de términos disímiles generadores de la sorpresa. Esto se nota también en Espacio transitorio. Para ello me sirvo, sobre todo, del oxímoron, la antítesis, la paradoja y la contradicción. Un ejemplo claro de ese abrazo de los opuestos, que a mí me fascina, es el soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo, y en especial el tercer verso del segundo cuarteto: “Nadar sabe mi llama el agua fría”. Quevedo habla de la superación de la muerte a través del amor, pero también podemos hacer una lectura de ese verso como los retos que vamos afrontando día a día, así como nuestra capacidad de regeneración ante los golpes que nos da la vida. O una lectura en clave metapoética: ¿no podría ser esa llama que nada el agua fría la excepcionalidad del pensamiento poético, capaz de dar un nombre nuevo a las cosas, de subvertir el frío y miserable orden dominante, de combatir prejuicios y crear nexos tenidos por imposibles?

-Veo que el libro está dedicado a nuestro amigo Pepe Rayos…

En efecto. Nuestro común amigo hizo posible la existencia de este libro. Cuando ya tenía los primeros poemas caí en un pozo de incredulidad absoluta respecto a mi poesía y empecé a sentir despreciable todo lo que estaba escribiendo entonces y lo que había escrito anteriormente. Sentí el impulso de destruirlos y olvidarme de la poesía, al menos por una temporada. Lo cierto es que Pepe Rayos, que conocía aquellos primeros poemas y observó mi desencanto que yo trataba de ocultar sin conseguirlo, me animó a seguir escribiendo. Creyó en mí y en la posibilidad de que el libro llegara a ser una realidad. Tengo muy buenos amigos y amigas poetas, pero en aquella ocasión un artista plástico, piloto de Iberia en la reserva y estudiante de Historia del Arte (hoy tiene un doctorado en esta disciplina) fue determinante para que yo recuperara la fe perdida en la poesía durante unos meses. Pero no es extraño porque Pepe es un ejemplo de cómo se puede ser poeta sin escribir poemas. Basta con percibir la realidad de una forma especial, desde una experiencia estética y vital transgresora, abarcadora, iluminadora. Pepe tiene un pensamiento poético. Es una naturaleza poética, aunque no se le considere poeta.

Dicho esto, quiero añadir más agradecimientos. A nuestro común amigo y excelente poeta Alberto Chessa porque él recomendó mi libro a los editores y facilitó mi contacto con ellos. El apoyo de Alberto fue fundamental para que este libro dejara de ser inédito. Por supuesto, a Antonio Huerga y Charo Fierro por incorporarme al formidable catálogo de su prestigiosa editorial y por el buen trato que me han dispensado. Y no olvido a la ilustradora de la portada, nuestra común amiga Ana Leonís Terol, que ha sabido sintetizar en una sola imagen el contenido del libro.

-¿Crees que un poema requiere explicaciones o se defiende por sí mismo?

Un poema o un libro de poemas pueden llegar al lector sin explicaciones o referencias; pero no están de más las pistas que nos proporcionan el autor o los críticos especializados sin otorgarles el valor dogmático de la infalibilidad. A mí sí me gusta explicar mis poemas cuando la ocasión lo requiere. En justa correspondencia me gusta escuchar a los poetas cuando hablan del hecho creador e interpretan sus poemas. Y también disfruto leyendo poéticas.

-¿Piensas que el poeta es lo que él escribe?

Creo que sí. Yo al menos sí me reconozco en lo que escribo. El poema surge de un encuentro del poeta consigo mismo y con los otros. El poeta tiene sus obsesiones, sus visiones, sus vicisitudes particulares y su manera de enfrentarse a la escritura. Las influencias, conscientes o heredadas, enriquecen su lenguaje y agudizan sus reflexiones. Yo soy yo con mis conflictos interiores, con mi capacidad de percepción y de asombro, pero hay detrás una tradición cultural que ha influido en mi forma de concebir el mundo y en mi escritura de la que no puedo sustraerme. También heredamos la poesía. No existe el adanismo. No pretendo formar parte del catastro lírico y no frecuento capillas y cenáculos poéticos, pero tampoco estoy aislado. Trato de conocer lo que hacen los nuevos poetas. Mi poesía se nutre de mis experiencias vitales e intelectuales.

Desde que Barthes escribiera su célebre ensayo estructuralista La muerte del autor, se extendió una fiebre autoricida que ha llegado hasta nuestros días. Se mira con recelo al poeta introspectivo que se atreve a escribir en primera persona, Por eso en el poema “Sigo, mundo”, escribo: “boca que se afirma en este soy/ ahora que nadie dice soy”. Por otra parte, estoy harto de escuchar que los poetas somos unos impostores, afirmación frívola basada, sobre todo, en el célebre primer verso de “Autopsicografía”, de Fernando Pessoa: “el poeta es un fingidor”. Pero olvidan quienes así opinan que el poema de Pessoa continúa con esta genial paradoja: “Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”. También se ha abusado ad nauseam de la frase de Rimbaud que aparece en las Cartas del vidente: “yo es otro”, interpretada no como una afirmación subjetiva, sino como una sentencia incuestionable sobre la identidad fugitiva y enmascarada del poeta.

Pese a todo, creo que el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente. Como bien dice Jordi en el prólogo, “la conciencia de la fraternidad humana permite controlar las proyecciones no siempre fiables de la subjetividad”. Creo además que el poeta escribe con muchas dudas y escasas certezas acerca de sí y del mundo que habita, y por eso mismo se siente asombrado, extrañado, fascinado y diferente; siente que su identidad se fortalece no en lo que le hace igual a los demás, sino en lo que tiene de diverso. Y en ese principio de diversidad también cabe la contradicción, y entiendo por contradicción no el extravío ocasional, o la falta de coherencia o capacidad intelectiva, sino la aptitud para abarcar fuerzas opuestas y contrarias y acoger seres distintos. Whitman escribió en “Canto a mí mismo”: “¿Qué yo me contradigo? /Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? /Soy inmenso… /y contengo multitudes”. Y J. V. Foix resolvió de esta manera la paradoja de la propia contradicción como poeta que reivindica su diferencia, su vocación de soledad y a la vez está integrado en el mundo en una continua conexión con sus semejantes: “Dejadme solo que soy muchos”.

-¿El poeta que nunca haya escrito un ensayo o una novela se queda a medias?

No lo creo. A menudo el poeta tiene que lidiar con este, digamos, complejo de inferioridad respecto al novelista y se siente algo así como un desclasado en la República de las Letras. He llegado a leer y a escuchar muchos tópicos disparatados que comparan al poeta con el novelista, por ejemplo, que aquel suele ser perezoso y poco comprometido y le basta con las emociones y la facilidad de palabra y este es tenaz y debe tener conocimiento, disciplina y sensibilidad. Es cierto que está muy extendida la creencia de que un escritor no lo es del todo si no ha escrito una novela, y muchas veces los poetas que no hemos publicado novela (y somos muchos), escuchamos la típica pregunta “¿Para cuándo una novela?” Yo he escrito cuentos –algunos he publicado- y estoy trabajando una novela desde hace años, pero nunca la acabo (creo que por inseguridad y no por pereza o falta de compromiso), quizá porque la narrativa no es mi hábitat natural. Y el caso es que, en contra del tópico que asevera que a la literatura se llega a través de la poesía, yo empecé escribiendo cuentos.

Por otra parte, creo que la poesía, debido a su carácter polisémico y su querencia por lo sustancial, es un espacio abierto y a la vez cerrado, un campo uliginoso donde la estética y la ética conviven, y no siempre en armonía. Es ahí, en ese conflicto entre la belleza y el compromiso, donde el poeta corre el peligro de perder pie y alejarse del lector, y también de traicionar su propio lenguaje. El novelista, con todas sus dudas y temores iniciales, suele pisar un terreno más firme y, digamos, más acogedor; por eso cuenta con más lectores y apoyos. El poeta también ha de lidiar con el tópico eterno de la inutilidad de la poesía. Es cierto que a lo largo de la historia la poesía ha vivido momentos de un auge relativo, pero también etapas de absoluto rechazo. Parece que ahora hay más interés por ella, o al menos se la respeta más. Borges escribió: “la poesía/ vuelve como la aurora y el ocaso”.

¿No crees que cada vez son más borrosas las fronteras entre estos dos géneros?

Si miramos hacia atrás no es fácil encontrar grandes poetas que sean a la vez buenos novelistas. Se me ocurren algunos casos: Quevedo, Oscar Wilde, Pasolini, Sylvia Plath, Lezama Lima, Caballero Bonald. En cambio, abundan novelistas que sí tienen, digamos, una impronta lírica, cuyas novelas se sostienen con un estilo de ambición poética: Gabriel Miró, Proust (por cierto, escribió medio centenar de poemas casi desconocidos), Virginia Woolf, García Márquez, Thomas Wolfe, Ana María Matute…Creo que el poeta, cuando entra en el terreno de la narrativa, se mueve mejor en el cuento, el teatro la semblanza, la reflexión o la autobiografía. Ahí están, por poner varios ejemplos, Bécquer, Borges, Pessoa, T.S Eliot, Artaud, Juan Ramón, Aleixandre, Lorca, Brecht, Dylan Thomas, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Cortázar… En la actualidad es distinto. Numerosos escritores saltan de género. Hay poetas estimables que hacen incursiones en la novela y viceversa. Lo cierto es que la confrontación entre poesía y novela es más ficticia que real. Y se está demostrando que pueden llegar a ser géneros complementarios.

Termino de contestar a tus preguntas (me he extendido demasiado) manifestando que me ha alegrado leer últimamente en los medios de comunicación los continuos elogios que Mircea Cartarescu dedica a la poesía. Cartarescu es un autor rumano que empezó escribiendo poemas y dejó de hacerlo hace más de veinte años, aunque muchos de sus textos narrativos tienen una gran carga lírica. A pesar de que sus novelas fascinantes le han dado la fama (hasta el punto de ser un firme candidato al Nobel) se declara incondicional de la poesía: “Amo la poesía. Es lo que más amo del mundo”, ha llegado a afirmar.

Orihuela, 6 de diciembre de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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Entrevista a José Manuel Ramón, por Ada Soriano

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Rocío Calderón Muñoz

 

La vida es apasionante y cambiante en su crudeza” dice el poeta José Manuel Ramón

(…) el ser/ transita la tierra/ ajeno a su estado de héroe renacido/ e ignora el decurso de la sangre/ que fluye fluye/ y serpentea/ infinitos (…)”. Estos versos pertenecen al primer poema de La tierra y el cielo (Ars poética), de José Manuel Ramón. Complejo, sutil y profundo, este autor demuestra con creces que hay en su obra un rango peculiar y distintivo, una voz perfectamente reconocible.

Es una constante en su poesía la ruptura de sintaxis, las palabras quebradas, las preguntas sin respuestas, es decir, la duda, y el verso siempre abierto. Y con estas cualidades, que caracterizan toda su obra, es capaz de mantener el pulso y conseguir una musicalidad impecable. Además, escucharlo recitar es todo un placer.

José Manuel Ramón (Orihuela, 1966). Cofundador de la revista de creación Empireuma (1985) y codirector de la misma hasta 1991. Incluido en las antologías Escrito en Alicante (1985), Muestra de joven poesía hispánica de la revista Ventanal (Universidad de Perpiñán, 1986) y El libro de plomo (2013). Colaboraciones recientes en las revistas Acantilados de papel (Murcia), Ágora-Digital (Murcia), Excodra (Barcelona), Tinta China (Sevilla) y Cuadernos de Humo (Nueva York). Ha publicado la plaquette Génesis del amanecer (1988) y los libros: La senda honda (Devenir, 2015) y La tierra y el cielo (Ars Poetica, 2018).

-José Manuel, tú empezaste a escribir siendo muy joven. Sin embargo, estuviste alejado de la poesía y la literatura durante muchos años.

Cierto. Éramos un grupo de amigos con inquietudes compartidas que nos llevó a escribir desde la adolescencia y que germinó en la creación de la revista Empireuma, en 1985 (por cierto, salvo algún poema rescatado para mi primer libro, la mayoría de poemas dispersos por aquella época me horrorizan). Después, por motivos laborales empecé a vivir fuera de Orihuela y a tener menos tiempo personal, y prioricé por “ganar el pan”, al decir del cubano José Martí. Los años pasaron sin darme cuenta, seducido por esa especie de “secta laboral” en que había caído: una abducción en toda regla que me ocupó media vida (la misma que me dio un par de empujoncitos para despertar a tiempo y marcharme, antes de que fuese irreversible).

-La editorial Ars Poetica ha publicado recientemente tu poemario La tierra y el cielo, obra que lleva consigo una intensa carga espiritual. ¿Qué luz/ nos desvela?

Las experiencias que me llevaran a cuestionar y replantear ciertas realidades y convicciones, me posibilitaron otras con generosidad. La vida es apasionante y cambiante en su crudeza; por eso en La tierra y el cielo gusto de ubicarme en otro tiempo para saborear y reinterpretar ciertos símbolos, cantos y danzas culturales, a la luz de esa nueva luz desvelada. Obviamente ha cambiado el atrezo, pero pienso que el fondo sigue siendo el mismo. ¿Y si nuestros ancestros, entonces, no fueron tan desencaminados?

-De La tierra el cielo me atrae, entre otras cosas, su ritmo intenso e hipnótico. Me recuerda, curiosamente, a tu primera publicación. Me refiero, como sabes, a la plaquette Génesis del amanecer. ¿Estás de acuerdo?

Génesis del amanecer fue un preámbulo a lo que vendría después en La tierra y el cielo. De hecho pensé en volver a publicar aquel canto dentro de este libro, a modo introductorio ya que, grosso modo, comparten ritmo y temática. Al final preferí dejar cada cosa en su sitio, en su natural discurrir. Génesis del amanecer es más matérico, más apegado a la tierra; y certifica una evolución. En cambio, La tierra y el cielo está concebido más como canto atávico invocador del ser, con ritmos tribales, podría decirse, cuasi icaros amazónicos, que resuenan de fondo mientras van recibiéndose diferentes oráculos, alternados con algunas situaciones o escenarios pretéritos.

-¿Y qué conexiones podemos hallar entre La tierra y el cielo y el libro que le precede, La senda honda?

La senda honda es un híbrido, un tomar aire “antes de”. La mayoría son poemas antiguos (anteriores al alejamiento comentado) que contienen todos los elementos de mi poesía, lo matérico y lo espiritual en ciernes, y que comienzan a dar pasos en esa dirección. De regreso, la última sección del libro, es un poema largo, posterior, que abandera este cambio del que hablamos, como puente entre ambos.

-¿Cuál es tu visión acerca de la muerte? ¿De qué manera se refleja en tu obra? ¿Y la de la vida?

La tierra y el cielo testimonia esta etapa más espiritual, de mayor calado místico, en donde asoman la reencarnación e ideas adyacentes. He vivido de cerca mediumnidad y comunicaciones espirituales, y mi visión de la vida y de la muerte es otra, se ha ampliado el horizonte de la pecera; y claro, el de las preguntas, también exponencialmente. Si la muerte no conduce a vacío alguno (salvo el heredado del imaginario colectivo desde tiempo inmemorial), si posibilita más vida, llegará el día en que de sí muera, por sí misma, comprendida: ¡Sí, morirá la muerte en otros huesos/ hasta que a sí misma se defenestre! (La tierra y el cielo, p. 66).

-En las etapas de sequía, ¿sientes extravío y desolación o concibes ese tiempo como un estado necesario de latencia?

Siento esa calma inquieta de no tener más que decir, pero sin excesivo dramatismo. Sé que cuando menos lo esperas surge una idea, una palabra o un verso redentor, en el mejor de los casos, que te convoca a la escritura. Es como estar en sintonía permanente, en atenta espera.

-¿No crees que se está publicando en exceso? Da la sensación de que tanto editores como autores carecen de pudor, o quizá tienen demasiada prisa.

Con la revolución digital los costes de producción de un libro han bajado muchísimo, las ediciones en papel hacen tiradas pequeñas o bajo demanda, o se publican directamente en archivo digital. Esto abre un abanico de posibilidades a nuevos editores y a más autores que legítimamente buscan mostrar sus obras, y lo publicitan con eficacia en redes sociales. La oferta es ingente, tienes razón. Pero también sabemos que las prisas no son buenas, ni para comer. No recuerdo dónde lo leí pero me llamó la atención, creo que a propósito de la deforestación y el ecologismo (permítaseme esta pequeña maldad). Era aquello de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro: ¡a ver si se respeta el orden secuencial!

-¿Qué poesía te obliga a frotarte los ojos?

La que huye del convencionalismo y del prosaísmo. Me encanta encontrar la belleza vía desconcierto o singularidad, aunque en pasajes monocromos y más previsibles, a veces, también destella un verso, una emoción desubicada. Y no siempre han de ser versos redondos y memorables, sino un acento, una atmósfera extrañamente cautivadora. Leo todo tipo de poesía, es enriquecedor y saludable; pero no toda necesita relectura, ese volver la mirada atrás para aprehenderla, y aprender de ella.

-Quisiera conocer tu opinión acerca de esta contundente declaración que hizo en su día Pedro Casariego: “Un libro es un hijo ilegítimo, el hijo bastardo de la vida”.

Casariego tenía poderosas razones para hablar así, si no encadenadas, y un universo personal consecuente con sus palabras. Como prueba de vida, todo libro se legitima por sí mismo, más allá de cualquier maternidad/paternidad al uso. Los libros no nos pertenecen, obran su libertad al margen y semejanza nuestra, como seres autosuficientes.

-¿Leeremos pronto un nuevo poemario tuyo?

Sí, tengo uno terminado, a la espera de encontrar su momento oportuno; sin prisas, como dijimos antes. Y algún otro en proceso abierto, retroalimentándose todavía. Tiempo habrá.

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

La Belleza de la Fruta de Julio Soler. Texto de contraportada de Jesús Zomeño.

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Todos tenemos una voz propia, la nuestra, pero eso no sirve para nada. Lo importante es lo que hagamos con ella.

Tampoco sirve de mucho ser caótico, deslumbrante y avasallador, si uno no tiene nada que decir.

Repetir lo obvio, sin destreza ni imaginación, no deja de sorprenderme, aunque no sea una sorpresa agradable.

Julio Soler incumple todo lo anterior.

Lo más evidente de Julio es que oculta lo que no quiere que sepas. El drama, la reflexión y el romance están en lo que no se explica, porque él solo modela los bultos que hay detrás de la cortina.

Su estilo es surrealista, irónico y sorprendente, pero juega a despistar porque tiene un truco que consiste en guardarse un as en la manga, aunque lo curioso es que escribe sin brazos. Búscale la manga, eso sí que no es obvio.

LA BELLEZA DE LA FRUTA es un libro en dos tiempos, primero el asombro y luego el fondo. Hay que leerlo despacio por sus matices y entre tantos destellos, aparentemente descontrolados, cerrar los ojos para reflexionar. Julio Soler no emplea las palabras solo como fuegos artificiales, sino que detrás de cada párrafo que no creas entender –hasta que te fijes- hay un drama, una historia de amor u otra nostálgica. La mano que falta, la del truco donde esconde la carta, es la que está acariciándote.

Un libro esencial que cartografía lo que Zygmunt Bauman ha llamado la realidad líquida.

Jesús Zomeño

 

Sra. Waterproof y Sr. Stainless Steel.
Fernando Ramos Cordero.