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LA HERIDA EN EQUILIBRIO, por Javier Catalán

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LA HERIDA EN EQUILIBRIO

(Un acercamiento parcial a la poesía de José Luis Zerón Huguet)

Texto de presentación del libro Espacio transitorio (Huerga y Fierro editores) de José Luis Zerón, en Íthaca Interiorismo y decoración, Orihuela el pasado 25 de enero de 2019.

Fotografía: Charo Fierro

Dejó escrito Fernando Pessoa que el poeta es un fingidor, pues “finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”.

Y es que la mirada del poeta, del verdadero poeta, se concreta en una observación oblicua e inferida del entorno que habita. Y su acercamiento a la realidad, manifestada en la “res poética” de la que hablaba Jorge Guillén, se produce desde ángulos de visión poco comunes.

El último poemario de José Luis Zerón Huguet, “Espacio Transitorio” (Huerga & Fierro, 2018), es una buena muestra de ello.

De José Luis Zerón podría decirse que es un poeta fascinante en el más estricto sentido del término; un prestidigitador de la palabra poética, entendida ésta como representación gráfica de los sentimientos más trascendentes.

Jordi Doce en su prólogo nos alerta de que no estamos ante una obra fácil de abordar. Efectivamente esto es así, no porque resulte ininteligible o especialmente hermética, que no lo es, sino por su carácter incisivo y medular. Zerón traza quirúrgicamente un mapamundi sensorial y sensitivo impregnado de amor y sufrimiento que alcanza, inquieta y emociona al lector de un modo irresistible ya desde los tres primeros versos: “¡Adelante, siempre adelante!/ No miréis atrás,/ la infancia se ha ido en un vuelo oscuro,” (pag. 21).

En el devenir de su lectura ésta se desenvuelve, desde el punto de vista anímico, de un modo oscilante, provocando al fin un efecto absolutorio, incluso sanador, que consigue revertir esa sensación inicial de cierto desasosiego; lo que se manifiesta con nitidez en los últimos versos del libro: “Qué amarga es nuestra libertad cautiva, […] y qué dulce asombro para quien aprende a respirar/ en la inmensidad de la apariencia”.

Fotografía: Charo Fierro

José Luis Zerón nos muestra en este libro de marcado carácter confesional su lado más intimista, de un modo muy explícito, haciendo un uso magnífico de ese juego de los contrarios tan presente en su obra poética: “Mundo, eres sórdido; pero te amo./ Amo tu boca amorosa y voraz./ Eres tú quien hace las preguntas y ciegas las respuestas” (pag. 69).

Este genial ardid (el uso adecuado y preciso de figuras retóricas como el oxímoron o la antítesis), obliga al lector a una relectura inmediata de cada estrofa, lo que provoca a su vez una súbita revelación del sentido poético que conmueve al tiempo que genera un efecto liberador de la tensión creada, con imágenes de una potencia visual extraordinaria: “La distancia extiende sus brazos en una huída.” (pag. 34).

Porque bajo el (aparente) tono de pesimismo existencial que acompasa y armoniza la mayoría de los poemas de este libro [“Caminan como presidiarios/ y no dejan huellas./ Caminan,

¡ay de ellos!, al servicio del fracaso” (pag. 39)], sobrevive un aliento de esperanza contenida que se manifiesta a su vez de forma insistente como una, por momentos desesperada, ofrenda de salvación; con reiteradas interpelaciones directas al lector, algunas de ellas de carácter salmódico [“Venturosos los que no se instalan en la herida/ ni se pierden en los desfiladeros del grito” (pag. 78); “Condúceme hacia/ umbrales luminosos/ para que la mirada/ abra la piel del mundo], lo que nos pone en la pista del interés del autor por la lectura de los textos bíblicos.

Zerón se aferra a la esperanza e invita a hacerlo de un modo recurrente, con continuas

referencias a la acción y a la resistencia: “Siente en la pérdida un presagio fértil (pag. 26)”; “Sólo a quien avanza obstinado/ se le ofrecerán los girasoles” (pag.31); “Pronto llegarán los cuervos, […] Pronto, pero aún no” (pag.33); “Ven, memoria,/ ven a rescatarme del dolor./ Trae todos los instantes sin horror que he vivido./ Hazme un nido entre los residuos” (pag. 48); “Deja que mis ojos sigan tejiendo/ la realidad para poder nombrarla.” (pag.51); “Es libre aquel que rompe el espejo donde se mira exhausto” (pag.79); “¿Quién puede sobrevivir a la existencia de un sueño?/ ¿Quién puede resistirse a la llamada de puertas abiertas de la esperanza?” (pag. 86).

Consecuentemente con lo antedicho y a pesar de la sacudida emocional que provoca la primera toma de contacto con esta obra, puede afirmarse que estamos en presencia de un libro gestado desde la reflexión interior (“ab intra”) pero luminoso y expansivo, generador de un cierto efecto terapéutico de alcance general, que trasciende (“ad extra”), probablemente escrito más desde la necesidad que a partir de una contingencia puramente estética. Duro, grave, marcado por la gravedad seria que proyecta la insobornable realidad en la que vivimos, pero indulgente en todo momento.

El poeta no ha perdido la fe en el ser humano y nos alienta al tiempo que aguijonea con la pericia resultante de su propia experiencia vital. Nos habla de vías de redención y nos invita a conducirnos con entereza por ese espacio transitorio, por ese devenir ineludible, esa pugna constante entre el dolor y la esperanza, lo que convierte su propuesta poética en un exquisito, extraordinario y singular manual introspectivo de autoayuda.

Cerrar el libro una vez leído y reconocer este resultado tan sorprendente como inesperado, implica sin duda un talento excepcional en el dominio de la expresión poética por parte del autor.

Esa mirada diagonal y sinuosa de la que hablaba al principio, la genuina observación poética de José Luis Zerón, se manifiesta de un modo imponente en un verso aislado situado justo hacia la mitad del libro, en el término medio de este “Espacio transitorio”: “Tan radiante de qué sombras la mirada arde” (pag. 53). Este verso aglutina todo el simbolismo, sentido y significado del poemario. Sentir plasmado gráficamente de un modo muy eficaz en el dibujo que ilustra la portada del libro.

Ana Leonís consigue aprehender las claves cifradas de esta obra y las revela con gran destreza en un enigmático dibujo, donde la realidad, simbolizada por una vieja puerta de madera, aparece representada en color sepia en un primer plano ruinoso. Y a través de la bocallave de su cerradura se nos muestra el verde y laberíntico camino de la esperanza, ruta de salvación, espacio transitorio refrendado por la imagen de un mirífico cielo azul que se vislumbra en último plano.

La veterana y prestigiosa editorial madrileña Huerga & Fierro, con acertado criterio, ha apostado por esta obra de José Luis Zerón; y haciéndolo sitúa definitivamente a este reconocido poeta, desde el punto de vista editorial, en el lugar que por méritos le corresponde en el ámbito de la poesía española contemporánea.

Javier Catalán 13-II-19

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Sobre la amenazada luz de Verbos por dentelladas, de Noelia Illán

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Acercarse a la poesía de Noelia Illán es sentirse tocado por su impronta efusiva. Los poemas de Verbos por dentelladas (Ravenswood Books Editorial, 2016/ Editorial Lastura, 2018), extreman ese componente de vitalismo que, sin embargo, no desdice lo sombrío. Consignan un hedonismo exacerbado, se avienen a los más encendidos paisajes de la vida, celebran los instantes en los que se resaltan las satisfacciones más precarias, aquellas que parecen atender el hondo eco de lo efímero, esas concretas detonaciones de lo implícito que se convierten en pasajes fuertemente constitutivos de la propia historia. Hay mucha juventud en estos poemas, claro que es esta una juventud rabiosa de la sospecha de su final. La que narra la poeta está siempre abocada a ese precipicio por el que se cae a través del tránsito de la nada hacia la suspensión en la supuesta madurez.

En la primera parte de estas Dentelladas se imponen las imágenes viajeras, que son exaltaciones de la realidad, pero también contraste con los momentos de apagamiento. Son distracciones de lo grávidamente personal que se agotan, que acaban terminándose en el resurgimiento de nuestras rutinas. Después de enumerar atendidas bellezas, se nos dice: “Pero luego, / ¿qué hay detrás de todo aquello? / ¿Comprenderemos algo al final del trecho? /Somos objetos vacíos / que alguien aguarda en una caja/ por si el futuro”. Se duda, pues, de la resistencia de la belleza ante los embates de una paulatina verdad. Pero uno se lleva también a los viajes a sí mismo, se lleva o se reencuentra allí, y, en esos nuevos escenarios, en esos marcos intensos, vive, piensa, conversa, lo que luego será un hito en su vida, tal vez un escenario difuminado, pero aún y siempre una intensa sutileza de las que renuevan el asombro ante la aguda pertinacia de la vida. Los versos actúan aquí como método de atesoramiento.

De lo que se trata es de vivir intensamente, de no despreciar los dones de la vida complicada por nuestros turbios deseos. Hay que entronizar los momentos en los que la vida no es aquello que contemplamos o nos acosa, sino en los que, en perfecta, irracional, fusión, nos vive viviéndola. Uno se rejuvenece leyendo este poemario apasionado. Es la búsqueda de la vida sentida desde la verdad, con temerario hedonismo. Es la perpetua huida de lo insustancial: “Voy de lo flexible a lo volcánico, / salvaje cuando hay gente,/ pacífica si me entreno./Evitando el punto intermedio,/ alejándome siempre de lo mediocre”.

Pero está actitud radical, abiertamente contestataria, no se extravía lejos de una básica, ineludible y no hipócrita moralidad: “Se pierde todo: / la fe, la lógica, la cultura. / Y el sumidero parece no dejar de dar vueltas”. Y ya pocos sostienen la valía, la rigurosa pertinencia de sus existir: “Ya nadie observa. / Ya nadie mira las estatuas de Rodin. / Qué previsibles somos a veces/ y a veces cómo sobramos”. Pero en algunos sí que existe esa añorada belleza ética: “En los que dan sin esperar recibir/ y los que reciben esperando dar”.

Desde su libérrimo afán, Noelia Illán no elude algunas incursiones en el lenguaje de lo procaz. Tampoco escamotea lo erótico, como en esa candente escena que es el poema Taxi. Es el deseo de la embriaguez, la fe en la vivencia que nos implica y promueve una presencia nuestra que resulte vehementemente inesperada. Y es la puntual necesidad de subvertir el orden de lo preestablecido y explotar en la agredida propiedad de los huérfanos instantes: “A veces sí, se necesita: / nada de amor y algo de estruendo”.

Pero en este libro no está exento lo lúdico, lo irónico, la liviandad transversal que denota una feliz magnanimidad ante los grotescos embelecos con los que a veces nos arrincona la vida. Así en esas series de poemas humorísticos que son Historia del mundo en 9 fotogramas o Historia de amor en 9 fotogramas.

Noelia Illán no tiene reparo en mostrar algunos signos de la modernidad, aún no asumidos en su novedosa acepción poética. Y aborda las emociones desde el tono coloquial, la palabra originalmente prosaica, porque sabe que está instalada ineludiblemente en lo poético. Su devenir por los versos no sabe de más límites o prohibiciones que los de no desbordar la sabia esbeltez del poema.

Verbos por dentelladas es un poemario enérgico, vitalista, y a la vez transido de la melancolía que genera la bella emoción. Muchas de las piezas de este libro acaban siendo un retrato de alguna arrasada estancia en la vida. Parecen estar haciendo recuento de las desapariciones, consignando brevemente el eco de lo sido; porque la vida urge y están por inaugurar las nuevas escenas, aún indemnes, pero que secretamente contendrán estos derrumbes y esas estelas de la más ardiente vivacidad.

REGIONES MÁS COMPROMETIDAS ALFONSO PASCAL ROS, Por Adolfo Marchena

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Ars Poetica. Colección Carpe Diem (Enero, 2018).

Adentrarse en la poesía de Alfonso Pascal Ros (Pamplona, 1965) es desnudarse y arrancarse la piel a pinceladas leves, como las de un pintor puntillista. En su amplio bagaje de creación, como su título advierte, tal vez resulte, en sus regiones, una de las obras más comprometidas escritas por el autor hasta la fecha. Con un ritmo, del que no se desvía un ápice, equilibrado en la difícil labor de no atar versos por complacencia, sus versos retienen el golpe en un tambor africano que nos resulta a la vez cercano y conocido, un viaje cuerpo adentro donde la historia no es lo que parece. Entre el mar (plomada, sextante, velas mayores o mescanas) y la tierra (también el hombre del campo) el hombre es siempre el mismo, esos “propósitos de un Peter Pan” que descubre la brutal edad que tiene. El autor nos oculta, aun en el descuido, en un acto de rebeldía, la disconformidad contra aquellos que abandonan lo íntimo, el que nada posee, el que cumple “venciendo como vencen los de siempre” Haciendo mención a la poesía, la historia o la mitología, lanza sus certeros puñales contra el acto de la creación, contra los poetas como ordinaria ruleta, poetas de salón donde, en un recital, la señora de la tercera fila mira el reloj constantemente porque tiene la cena sin hacer. Hay cierta melancolía “con tanta certidumbre de mareas”, el hombre siempre combatiendo, para jugar a ser poetas con ventaja, con esas licencias poéticas de las que Alfonso Pascal Ros no se aprovecha. Puede doler, doler mucho la argumentación del autor, inquebrantable, porque a veces exageramos hasta la soledad. Existe en todo ello, en comunión con el que entiende de silencios, no menosprecio, al contrario, cierta desgana, incluso pudor, ante la envidia ajena, de aquel que pretende títulos y emblemas. Porque el poeta, al fin y al cabo, está solo. Vive también “ceñido a la deriva y no lo niega”. No niega Alfonso Pascal Ros que vaya a encontrar su lugar entre el ahora y el después. Porque lo que tuvimos, lo que fuimos, lo que somos resulta al final del día. Y porque “de nada servía interrogarlo”, concluye el libro, con el poema Regiones más comprometidas. Sirva como lección, aunque no lo pretenda, para todos aquellos y aquellas que (me incluyo) deseamos encontrar la redondez del texto allá donde el mar y la tierra se funden, para este autor que no busca del aplauso (ni se aprovecha del camino recorrido) pero sí pretende y se compromete a ser palabra en la cartografía del eco, distanciado de ciertas, llamémoslo modernidades, que por serlo, no dejan de ser inútiles artificios de moda pasajera.

Adolfo Marchena (Vitoria-Gasteiz, 1967). Poeta y narrador. Trabajó en diversos programas de radio. Dirigió las revistas literarias Amilamia, Factorum y el fanzine Odaliana. Autor de Cartapacios de Lucerna, Proteo: el yo posible, La reconstrucción de la memoria, Musicalidad de los tejados (poesía), 683 Planta Neurología (narrativa) y de manera conjunta La mitad de los cristales y Poemas Fundidos. Ha sido incluido en diversas antologías (Sin Embargo, Relatario, Voces del Extremo, etc.). Sus textos aparecen en revistas literarias electrónicas y de papel: El coloquio de los perros, Letralia, Río Arga, Turia, Los cuadernos del matemático. Traducido parcialmente a tres lenguas. Ha prologado también el libro de Javier Flores, El frío de la Fe, así como un estudio titulado Poesía de la emancipación, tierra de barbecho, sobre el libro de poesía de Alfonso Pascal Ros con el título Principio de Pascal. Incluido dentro de Poetas, antología universal, coordinada por el editor Fernando Sabido Sánchez. Su último libro publicado ha sido el libro de poesía En mi barrio no hay Quijotes (Literarte, 2018)

Presentación de LOS LIBROS QUE ME HABITAN, de Javier Puig, por José Luis Zerón

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PRESENTACIÓN LOS LIBROS QUE ME HABITAN

DE JAVIER PUIG

POR JOSÉ LUIS ZERÓN. LIBRERÍA CÓDEX ORIHUELA.

UNA BIOGRAFÍA LECTORA

Javier y yo nos conocimos hace aproximadamente veinticinco años. Desde el primer encuentro surgió entre nosotros una relación especial de amistad y literatura. Desde entonces hasta hoy hemos intercambiando confidencias y reflexiones, compartido espacio en antologías, revistas y blogs y seguimos participando en numerosos empeños culturales; así que puedo decir con conocimiento de causa que me extraña mucho que Javier haya tardado tanto en publicar ese primer libro que sus amigos esperábamos desde hace tiempo, por ello este acontecimiento gozoso que celebramos aquí, en nuestra querida librería Códex, es también un acto de justicia. Enhorabuena, Javier. Ya tocaba.

Javier Puig se ha decidido por una recopilación de cuarenta artículos referidos a la literatura, agrupados bajo un título hermoso y muy adecuado: “Los libros que me habitan”, en edición de la madrileña editorial Celesta que dirige Rafael González Serrano; editorial asentada que no teme apostar por escritores de calidad que publican por primera vez. Javier es un escritor polifacético y cultivado que escribe y vive con la honestidad como brújula. Su opera prima podría haber sido un libro de cuentos, una recopilación de entradas del diario que escribe desde hace años, un poemario o una recopilación de reseñas de cine (Javier es un cinéfilo impenitente), pero ha optado por una selección de textos sobre los libros “que le han motivado a escribir”, como el mismo autor subraya en el prólogo. Algo así como un canon literario inevitablemente incompleto, ya que se ha quedado fuera mucho material por falta de espacio. Estos artículos han ido apareciendo durante los últimos seis años en publicaciones digitales como La Galla Ciencia, Mundiario o Frutos del tiempo y, según confiesa el mismo autor, son lecturas “que me han producido un sentir cercano a la devoción”.

Cuando terminé de leer “Los libros que me habitan me vino a la mente la frase de François Mauriac que Federico García Lorca utilizara como título para una de sus conferencias: “Dime lo que lees y te diré quién eres”. También recordé el neologismo “biografema” inventado por el semiólogo Roland Barthes, quien sostenía que se puede rastrear la biografía de un autor a través de sus propios libros, pues este siempre deja en su escritura una serie de destellos biográficos que conforman algo así como “una historia pulverizada”. Digo esto porque Javier traza un autorretrato involuntario en este libro, no solo a través de los autores y libros escogidos, también por los pequeños retazos autobiográficos insertados en los textos a modo de cuña evocadora (hay recuerdos e incluso confesiones), así como por las breves opiniones y partículas críticas que contienen indicios de la visión estética del autor y de su concepción de la vida. Es por eso que no podemos leer estos textos como meras reseñas literarias, pues no lo son. La reseña literaria surgió con el auge del periodismo cultural y de alguna manera siempre ha estado vinculada a la industria del libro. Javier se desvincula por completo de la ortodoxia exigida a una reseña, pues omite en la mayoría de los textos, datos que le parecen accesorios, irrelevantes o poco sustanciales para lo que él quiere transmitir, como son el nombre de la editorial y del traductor (si el libro no está escrito en español), la fecha de edición, etc. Tampoco se pueden considerar ensayos pues no son muy extensos y carecen de referencias bibliográficas y del idiolecto especializado propio de este género literario. Me atrevo a afirmar que estos comentarios (así los llama el propio autor) pertenecen a un género mestizo, ya que surgen del acoplamiento del artículo o reseña literarias, la entrada de diario (muchos de los textos tienen su germen e incluso su desarrollo en las páginas del diario del autor) y el ensayo breve.

Todos los textos están escritos desde la devoción, el placer y la libertad, al margen de convenciones y manierismos propios de los eruditos, académicos y profesionales del ramo literario. No hay ninguno rutinario o de relleno. Hay en ellos una tensión entre lo objetico y los especulativo; pero el autor no juzga, ni emplea discursos apologéticos, si acaso desliza algún apunte crítico muy breve, como cuando dice que el personaje de Francisco Umbral nunca le cayó simpático o reconoce que “La muerte de Virgilio”, de Hermann Broch puede haber tenido poco éxito en España (escasamente editada) por ser demasiado elitista, filosófica y conceptual. Pero este tipo de consideraciones mínimas en ningún momento empañan la emocionada admiración que Javier tributa a “sus” libros, pues son para él obras vivas con las que se identifica y se siente cómplice una vez aprehendidas.

La escritura de “Los libros que me habitan es reflexiva, lúcida, elegante, veraz, levemente digresiva. Destaca, sobre todo, la precisión léxica y la sintaxis pulcra. No hay en ella aspavientos retóricos, ni alardes de estilo prefabricado, ni una exhibición erudita. El autor hace un resumen del argumento o la temática del libro escogido y procede a una valoración que bascula hacia la impresión subjetiva: lo que ha supuesto para él, lo que más le ha aportado como lector y lo que podría aportar a otros lectores. En ningún momento trata de hacer análisis comparativos ni pretende encasillar los libros leídos en movimientos o corrientes literarias. Como decía anteriormente, Javier Puig no utiliza aparato crítico en sus textos; sus opiniones se cimentan en la sobriedad, el equilibrio y la honestidad. La mayor virtud de este libro es que logra la complicidad con el lector de tal modo que uno siente la necesidad imperiosa de leer a los autores y libros escogidos. Javier Puig no es, pues, uno de esos lectores fanáticos que intenta imponer por las bravas sus lecturas. Él transmite quedamente, sin énfasis ni razonamientos excesivos, su pasión lectora; imanta al lector empleando la sugerencia, la sutileza analítica no exenta de una vibración celebratoria. Javier tampoco es uno de esos insufribles devoralibros compulsivos que digieren cualquier tipo de escritura, ni es un lector hipercrítico dispuesto siempre a la lectura beligerante. Es solo un buen lector, un lector inteligente y generoso, una mente viva y despierta, cuya amplitud de miras le permite transmitir su gozo lector a otros lectores, compartir con ellos los descubrimientos, las impresiones, los matices de tal o cual libro sobre el que ha escrito. “Yo amo el arte no concebido como algo aislado, frío, imponente, engolado, sino como una sutil y original mirada, una inopinada verdad”, afirma Javier en el prólogo del libro.

No cabe duda de que Javier Puig tiene buen gusto como lector, pero este volumen que hoy presentamos también denota un indudable eclecticismo, dicho sea en el mejor de los sentidos. Como no es Javier un escritor lastrado por exigencias académicas o corporativista y, por tanto, no está sujeto a corrientes de opinión imperantes, ha reunido una gavilla amplia y heterogénea de libros que ha ido descubriendo en los últimos años y que le han impresionado. Solo por citar algunos ejemplos diré que encontramos libros escritos en español (“A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, “La Ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero, “Lugares extraños”, de Mario Levrero, “Todos los cuentos”, de Cristina Fernández Cubas) y en otros idiomas (“La metamorfosis”, de Kafka, “Doktor Faustus”, de Thomas Mann, “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald o “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar). En ocasiones Javier no habla de un solo libro, sino de la obra global de un autor (Azorín, Aldecoa, Ramón Gaya), y aunque predomina la narrativa. también hay lugar en su selecta nómina para otros géneros además de la novela y el cuento, como es la poesía (los últimos libros de Eloy Sánchez rosillo), el ensayo (el comentario dedicado a José Antonio Marina) y el artículo literario (“En propia mano”, de Antonio Gala); además hay un texto excepcional en el conjunto, tanto por el lenguaje crítico empleado –en algunos párrafos ligeramente imprecatorio-, como por tratarse de una reivindicación de la asignatura de Filosofía, marginada por las autoridades educacionales.

Quiero resaltar un hecho importante que demuestra el carácter atento y generoso de Javier Puig, y es su decisión de incluir en su libro a seis autores a los que se siente unido por vínculos de amistad (Javier Cebrián, Manuel García Pérez, José Antonio Muñoz Grau, José María Piñeiro, Ada Soriano y quien esto escribe), de modo que en su biografía lectora trata con el mismo respeto y reconocimiento a los escritores de prestigio internacional, la mayoría de ellos clásicos indiscutibles de la literatura del siglo XX, y a los que somos menos visibles.

Por último, leyendo “Los libros que me habitan” pienso en la célebre frase de Samuel Jhonson: “no deseo conversar con una persona que haya escrito más que ha leído”. Javier Puig es escritor, pero ante todo un buen lector que sabe que quien lee justifica la literatura. Este su primer libro, dedicado esencialmente a la lectura, es recomendable y gratificante en estos tiempos ciertamente pesimistas para la cultura librera, ya que cada vez se lee menos o más aprisa y según las estadísticas alrededor de un cuarenta por ciento de los españoles no lee (incluidos muchos letraheridos universitarios, que no quieren leer sino escribir), y la mayoría de jóvenes han adquirido hábitos de lectura en formatos digitales. Así pues, estoy de acuerdo en gran medida con las razones estéticas que argumenta Javier Puig y con su defensa de la lectura como conocimiento abierto y no oclusivo, al que se llega a través del placer y no de la imposición.

José Luis Zerón Huguet

Entrevista a Ilia Galán, por Ada Soriano

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Ilia Galán: “para mí la gran poesía es personal y ahí hallo su mayor hondura”

Impresiona la dilatada trayectoria de Ilia Galán, intelectual y escritor versátil: poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y editor. Ante la imposibilidad de abarcar todo su trabajo literario, he decidido centrarme exclusivamente en su obra poética.

Ilia Galán, convencido de que “todo se mira transcendiéndolo”, es un poeta excepcional con un mundo propio y reconocible. En su poesía intempestiva, heterodoxa e intensa, plena de imágenes visionarias, abundan las ruinas, el fuego, las moradas de Dios, así como paisajes que invitan al recogimiento y a la meditación. Estamos ante un poeta siempre vinculado a la naturaleza y al cosmos: “En este rincón sagrado donde reina,/ cual pura ofrenda tu obra de arte máxima,/ un esplendor de naturaleza,/ vuelan insectos de colores/ y escucho a las aves cantos donde resuena/ el silencio amoroso de tu mirada eterna; (…)”

Ilia Galán, (Miranda de Ebro, 1966) es Doctor en Filosofía del Arte y ha fundado y dirigido las revistas de pensamiento Aula Cero y Conde de Aranda. Es director editorial de Ars Poetica. Colaborador Honorífico en las Facultades de Filosofía y Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, ha sido profesor invitado en las universidades de la Oxford, Harvard, la Sorbona (París), New York University, etc. en la actualidad es Profesor Titular de Estética y Teoría del Arte en la Universidad Carlos III de Madrid. Columnista habitual en El País, Diario de Burgos, Diario Palentino, Diario de Noticias, Diario de Ávila, La Tribuna de Ciudad Real, Guadalajara, Toledo y Cuenca. Tiene publicados los ensayos: El Dios de los dioses (Ciencia del arte) 1993, El romanticismo: Schelling o el arte divino Madrid, 1999, Lo sublime como fundamento del arte frente a lo bello, 2002; Orígenes de la filosofía en español (Actualidad del pensamiento hebreo de Santob,(2003), 2013, Premio Internacional Samuel Toledano, Jerusalén, 2014;Arte, sociedad y mundo (Filosofía en pequeñas dosis), 2004; Sabiduría oculta en el Camino de Santiago, (2011), 2015; Teorías del arte desde el siglo XXI, (2005), 2017; Filosofía del Caos, estética y otras artes2011; El Romanticismo y sus mutaciones actuales, 2013; El Castillo: Teresa de Jesús ante Kafka, 2015; Impulso sagrado ante el misterio,2016; Homo o cyborg politicus, 2018; las novelas: Tequila sin trabajo, 2000, y Tiempos ariscos para un extranjero, (2001), 2018; yTodo, (2004), 2018; los poemarios: Tempestad, amanece Madrid, 1991. Arderá el hielo, 2002, Amanece, 2005, Antología de Sol y edades, 2009. Ars Sacra, 2011, Transgótico fulgor, 2015 o La cruz dorada, 2017. Teatro: Después del Caos. 2011, Teatro en el Templo de Salomón, 2013; Pintar el crimen de los símbolos, 2013, y Matar a Cervantes, 2015. Editor de 10 poetas, 10 músicos. 2008 y deTrovadores del silencio, 2010. Su obra ha sido editada en varias lenguas.

-Ilia, ¿cuándo surgió tu encuentro con la poesía? ¿Y con Dios?

Nací de Dios. No es una presunción, es el marco en que me muevo y existo, en quien me encuentro, como la raíz plantada en un Todo inmenso en el que a veces siente o intuye sus dimensiones infinitas. Pero no son abstractos sino besos, es como ser amado intensísimamente, hasta el punto de ser creado en ese Amor. ¿Cómo explicar esto a quien así no lo ve o percibe? Razonablemente puede pensar que estoy loco, más loco que el universo y sus rumbos misteriosos. Palabras no tengo; solo rotos los versos. Experiencias interiores sí, muy intensas, desde hace muchos años, como regalos que místicos de varias religiones también hallaron en su camino. Si las caricias divinas se acercaron en mi primera juventud, a través de las tradiciones religiosas en que me educaron, la poesía vino luego, cuando ya habitaba las aulas de la universidad. La había leído y disfrutado en la escuela, especialmente con Antonio Machado, pero la escritura fue una convulsión veraniega que estalló en Vitoria, escribiendo a la sobra de un patio un poema tras otro, sorprendido de la aparición del sentido entre las fragmentarias letras.

-Tu poesía rebosa de espiritualidad y Romanticismo, y denota un gusto por el pasado histórico. ¿Es tu canto el de un caballero andante en busca de la belleza?

Quien ha vivido hondas experiencias en el Espíritu no puede dejar de ser espiritual y en sus versos ha de aparecer el ángel que para otros es solo un ser perdido, ingenio confuso, ebrio pensamiento.

Soy un caballero andante, sí, es cierto, y por ello soy también una especie en extinción, pero antes he de hallar al Amor y así la belleza conmigo engendrada queda en el interior. En estos tiempos de materialismos tantas veces planos, de consumo de objetos y sin ideales, tal vez sea relevante la existencia de un contrapunto. No importa, uno sigue su misión aunque en las batallas del sinsentido muera, aturdido por ruido de objetos. Occidente ha sido grandioso y con una tradición fascinante que ahora va debilitándose, por eso vamos cayendo mientras que China o los musulmanes y otros universos sobre nosotros crecen. El Romanticismo fue uno de los centros de mis estudios como filósofo, pero también una de las claves para explicar cómo en el presente somos.

-¿Con qué corrientes de la poesía contemporánea te identificarías?

Con ninguna; no me interesan las corrientes ni las modas. Me parece triste la humanidad cuando sigue los patrones que los tiempos imponen, como ovejas y rebaños esclavos de pastores ajenos. Sí me interesan mucho algunas personas, pues para mí la gran poesía es personal y ahí hallo su mayor hondura, y esa la he encontrado de diversos modos y con estilos diferentes en Karl Lubomirski, Claudio Rodríguez, en Valente, Gamoneda o Antonio Colinas, entre otros autores de mi presente.

-¿Qué importancia le das a la forma del poema?

Aunque doy más importancia al fondo, al espíritu que se esconde detrás de los muros de letras, sin esos edificios de palabras no habría poema y el misterio no se desvelaría con el fulgor de la sorpresa, de un despertar nuevo en nosotros de lo mágico. Doy mucha importancia a la forma, a cada final de verso, a cada vocablo, a cada punto o coma, e intento ser muy preciso cuando corrijo, como con un bisturí o un cuchillo. Me importan las sonoridades, las concordancias, las simetrías y los números que utilizo como símbolos, según la cábala o los pitagóricos también enseñan. Sin forma sería difícil o imposible el contenido en el arte. No hay espiritual humanidad sin la carne con que sentimos.

-¿Crees que Occidente está en decadencia y que de alguna manera nos avergonzamos de nuestro pasado?

No tengo duda alguna. Occidente sufre una estúpida decadencia, abandonados sus ideales, su búsqueda de perfección, perdido en un relativismo cómodo de bienes de consumo, reducido a los placeres confortables de un mundo rico y blando que parece no podremos mantener durante mucho tiempo. Sin nuestro riquísimo y fecundo pasado no seríamos quienes somos ni nuestra ciencia y tecnología, fecunda hoy en el planeta entero, habrían logrado tantos hallazgos. Yo estoy orgulloso de lo mejor de nuestro pasado, pero también del de otras civilizaciones. Amo los grandes tesoros que genios y creadores menos eminentes han conquistado para el mundo y amo la herencia que nos han dejado. Tenemos al lado tesoros que abandonamos, sin embargo, dejando que los cubra el polvo de tristes olvidos.

-Observo que en tu poética hay una crítica explícita a todo aquello que nos atrae de nuestro mundo tecnificado. ¿Disfrutamos de la cultura o la consumimos?

Sí, critico un mundo tecnificado por lógicas de máquinas inventadas en empresas multinacionales, pero no ataco a la técnica en general, que considero muy útil si se usa adecuadamente. Mis versos azotan las autovías que destrozan nuestras aldeas, los motores que aplastan la música de las aves y contaminan el olfato cuando tengo al lado hermosas flores; atacan una vida reducida a comprar productos en el hipermercado produciendo toneladas de basura y defienden a quien medita en un rincón de la campiña. Muchos ahora consumen cultura, también yo la consumo, y creo que esa cultura no cultiva nuestras almas, sino que la desertiza. Con las obras de arte, con los poemas hermosos y con la buena música hay que hacer el amor, no comprarlas como en la prostitución sucede ni tratarlas como objetos sino como sujetos, pues son espíritu.

-¿Piensas que la ironía, un recurso interesante y a veces necesario, está desplazando el sentido de lo sagrado y de lo sublime?

Tiempos descreídos. Me gusta la daga de la ironía, pero cuando solo nos quedamos en pinchar, en reírnos con punzadas a lo ajeno, tal vez podemos cerrarnos en nuestras corazas de cuero viejo y no dejar que nos penetre lo sagrado de nuevo. Lo sagrado, con su hondura, siempre es sublime y en lo sublime creo que hallamos la esencia más refinada y exquisita de lo bello, recreando cada momento, como en un enamoramiento.

-En la visión global de tu poesía que ofrece la poesía reunida de Transgótico fulgor, advierto, además de un elemento intrínsecamente cuestionador, un deseo de unidad cósmica y una vinculación entre lo próximo y lo lejano.

Ese deseo es una pasión y me arrojo a ese abismo por el amor. Sí, mi poesía es también religión o -al revés también opera- mi religión es la poesía.

-Has manifestado por escrito que Ars sacra “es tal vez probablemente mi mejor creación, quizá porque no es mía y fue casi divinamente inspirada; yo apenas hube de retocarla”. ¿Podrías matizarlo?

Ese poemario supuso una inflexión en mi vida. Escribí como un anacoreta perdido en la naturaleza y dejándome penetrar por su Totalidad, por la armonía amorosa de Dios, pese a la oscuridad, los abismos, los objetos con que tropiezo. Salían así de mi alma lo textos como oraciones, como gritos, o venían esos versos a posarse en mis meditaciones escondido en los bosques, junto a un lago o subido a un risco. Eran palabras que nacían solas de mi corazón, fecundadas por una mirada tierna en mí y hacia el exterior, mientras sentía Todo alrededor y desde dentro de mi más profundo interior, besándome; otras veces, yo quejándome. No sé por qué apenas retoqué vocablos o versos, me gustaron tal y como vinieron, como si fuesen inspiraciones celestes, a la vez que aspiraciones. Tal vez tengo también alma de profeta y no solo de poeta.

-Después de Transgótico fulgor, ¿qué ofrece La Cruz dorada? ¿Te desnudas más?

Difícil desnudarse más, pues ya no quedaban prendas. Lo hago de otra manera, ya que en La cruz dorada hay poesía “confesional”, como hicieran Francisco de Asís, Llull, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Quevedo, Lope de Vega, Unamuno o Amado Nervo. Pero está gustando mucho al parecer también a escépticos y ateos, tal vez porque no uso formas piadosas y relamidas, porque me fastidia el exceso de azúcar y en cambio gusto de lo escabroso, de cierto despertar producido por el malditismo o los franceses como Barbey d’Aurevilly y L. Bloy. Son oraciones que a veces recuerdan a las blasfemias. Mis poemas espantan a las monjitas y al clero más beato de fórmulas henchido, pero gustan en cambio a los ajenos a sacristías y templos. Un sacerdote definió mis poemas como mística salvaje. Tal vez tenga razón ante este irracional impulso de un bárbaro godo del norte.

– En Libros por un tubo declaraste que para ti “la poesía es una forma de oración”. ¿Se podría afirmar que tu poesía es profundamente religiosa?

Cuando uno es profundamente religioso lo es todo lo que toca, hace o siente. Todo se mira transcendiéndolo y con amor todo se convierte en acontecimiento, en revelación, rebelándonos ante un mundo que nos quiere encerrar entre objetos. Sí, mi poesía es religiosa porque transciende o al menos lo pretende y no se para en un punto, sino que aspira al Infinito, sin límites.

-¿Qué tiene la región de Umbría puesto que te ha inspirado tu libro de poemas E torno a leggerti? ¿Tendremos la dicha de poder leerlo pronto en español?

Hace muchos años que visito esa región en ciertas temporadas, especialmente en verano, donde habito un medieval castillo en una diminuta aldea solitaria rodeado de bosques y verdes colinas. Es una región fascinante apenas conocida por los turistas, cerca de Asís, y llena de arte. Ahí he escrito muchos textos y me refugio con numerosos amigos en fiestas, en encuentros muy excitantes. Algunos poemas de ese libro son traducidos del español al italiano, pero otros están escritos directamente en la lengua de Dante por mi mano, en la que hablo y con la que debo dar de vez en cuando algunas lecciones. Como hablo y escribo en varias lenguas he preparado un volumen con esos poemas escritos directamente en latín, italiano, francés, inglés o alemán, junto a su traducción, bilingüe: Reconstruir Babel, es su título. Espero que no tarde, pero hace tiempo que no tengo prisas por ver estampado lo que mi mano ya dejó escrito. Saldrá cuando convenga, eso no me preocupa. Venga, eso sí, la apacible y amable luz inspiradora que con su poesía da sentido a mi existencia en cada instante.

1 de febrero de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.