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MOSAICUM 23 – HUMITAT RELATIVA – REMIGI PALMERO Por Juan Lozano Felices.

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El término “serendipia” es relativamente reciente en nuestro idioma. La RAE lo incorpora en 2014 junto a otros como spa, tuit, wifi, tunear, impasse, giga, chupi, establishment, dron, precuela  y amigovio, entre otras. En concreto, se define serendipia como “hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”. Y eso fue, precisamente, lo que me aconteció hace un tiempo en el Corte Inglés. Mientras esperaba que mi mujer diese una vuelta por la planta de moda de señoras, me puse a curiosear en la sección de música, sin esperar encontrar nada de interés. Pero mis ojos se toparon de repente con la carátula de “Humitat relativa”, el primer álbum del cantautor valenciano Remigi Palmero. Aunque no se trate de una novedad, se debe indicar que el disco no se había vuelto a reeditar desde 1979 en ningún formato hasta 2018, que es cuando aparece esta edición en digipack conmemorativa del 40 aniversario, bajo los auspicios de LaCasaCalba y la Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana. Según se indica en una etiqueta adhesiva sobre el retractilado, se trata de una remasterización hecha a partir de las cintas originales. Siendo una edición conmemorativa se echa en falta una mayor información sobre las circunstancias de la grabación, las coordenadas temporales y sobre el pop independiente valenciano en que se incardina. El libreto que lo acompaña se limita a transcribir las letras en valenciano, castellano e inglés y a los créditos.

Este disco forma junto a “Brossa d´ahir” de Pep Laguarda, de 1977 y “Cambrers” de Julio Bustamante (1981), la trilogía fundacional de lo que se conoció como el pop independiente valenciano, una escena musical que tuvo lugar a finales de los años setenta. Una escena fresca y sugestiva que sólo ha sido apreciada en tiempos recientes. No le falta razón al crítico Diego A. Manrique al llamar a estos artistas “Los malditos de Valencia”.  Podemos decir que son discos grabados en estado de gracia, pero en su momento no tienen demasiada repercusión, tampoco tuvieron continuación inmediata. Son trabajos que no encajaban con el folk ni con la canción protesta ni con el progresivo. Hasta ese momento el sólo hecho de cantar en catalán/valenciano ya implicaba un posicionamiento político, pero las lenguas vernáculas no habían entrado aún en el ámbito del pop. De hecho, en una entrevista dirá Remigi “Con Humitat relativa queríamos contestar a la Nova Cançó, que era plana y aburrida”. Al decir de Rafa Cervera, el pop mediterráneo sería el nexo entre la movida y la Cançó, el placer de vivir hecho música.  En 1978, Remigi Palmero y Julio Bustamante se conocen en Altea, cuando el primero se dedica a gestar su primer álbum en solitario y el segundo compone canciones sin que tenga aún muy claro dedicarse a cantar o componer para otros artistas. Bustamente colaborará en el álbum de Palmero, incluso con la composición de algunos temas, en concreto “Ràdio Alger”, “Veles en la mar” y “Angelets”. Palmero musicaliza el poema de Vicente A. Estellés “Plens de sol de bon matí” y de J. Lozano Lerma “Deixeu-me sol”. Como composiciones propias aparecen “L´olor a garrofa”, “D´Anna”, “El carrer de la lluna”, “Cançó de festa” y “Temps de plutja a la ciutat”.

Los temas de “Humitat relativa” se graban en 1979 en los estudios Tabalet, de Alboraia, editado dentro del sello Pu-Put! perteneciente a Zafiro. En la grabación, además de Julio Bustamante, que toca la guitarra, el cuatro,[1] el piano y el órgano, colaboran Luis, Gabriel y Pepe Dougan, que procedían de Guinea y tocan el bajo, las congas y los teclados; Ferrán Manzaneque que toca el clarinete y la flauta; Billy Gómez a las congas y percusión; Tico Balanzá a la batería, percusión y flauta; Miguel Font al vibráfono y Anna Alearo en las voces.

Escucharemos “Olor a garrofa”, que fue la canción de “Humitat relativa” que más se escuchó en las emisoras de FM de la época:

[1] Instrumento venezolano de la familia de la guitarra.

 

“EL  GRITO  DE  TARZÁN  DEL  SR.  LÓPEZ” por José Pedro Vegas

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(Pequeño homenaje, en el recuerdo, a la  revista “La Codorniz”)

Aquel lunes el Sr. López llegó tarde a la oficina y tuvo que enfrentarse, después de las primeras reconvenciones de su jefe inmediato, a la expresión ceñuda y desabrida del “gran jefe”, director de la empresa.

Al Sr. López  se le había estropeado el despertador (o no lo había oído, ¿quién podía conocer las actividades trasnochadoras del Sr. López?) Y además, según confesó, se le había pinchado una rueda en su camino a la oficina (“Bueno, eso es lo que dice usted, por supuesto, pero debe pensar que con una excusa así, tan manida, no puede pretender más que un pequeño margen de credibilidad”). Y es que  hasta para las excusas hay que tener imaginación.

El Sr. López, ya cincuentón y sin mucha ilusión por su trabajo,  era fiel imagen (calva incluida) de los escribientes de aquella oficina siniestra (sic) que aparecía regularmente, durante los llamados tiempos del franquismo, en la revista humorística “La Codorniz”. Para no faltar al tópico, el Sr. López tenía más de dos hijos (cuando hoy llegar a dos es casi una hazaña), una mujer ama de casa con pretensiones fracasadas de libertad, una hipoteca traicionera que suele poner de los nervios al más pintado, un Seat Ibiza pagado a plazos, una televisión que provocaba las consabidas peleas a partir de las seis de la tarde con su mando a distancia…

Aquel lunes el Sr. López no sólo había llegado tarde, sino que tenía encima una mediogripe amenazante, números rojos en su cuenta de la Caja de Ahorros, una quiniela desacertadísima y unas tareas en su ordenador de trabajo que no terminaba de solucionar. Quizá esto demostraba únicamente una comprensible falta de preparación para los nuevos tiempos.

El ambiente de la oficina era perfecto, eso sí.  No se podía poner ningún pero al aire acondicionado que se regulaba automáticamente. Además, su mesa era amplia, el asiento ergonómico (¡qué detalle!), la luz más que suficiente, el ordenador último modelo, e incluso, como decorado de fondo, un apropiado hilo musical invitaba a una suave puesta en marcha de la eficacia laboral, aumentando el rendimiento en un 11,87% en comparación con una oficina convencional. Por todo ello el Sr. López, y esto es comprensible, se sentía un tanto disminuido ante tal derroche de perfección técnica a su alrededor, aparte de los naturales derroches de vitalidad, movimiento, iniciativa y euforia de algunos compañeros suyos, desde luego bastante más jóvenes, que no parecían coger nunca la gripe, ni sufrir un pinchazo camino de la oficina (“eso ya no pasa nunca, hombre, si pones las ruedas apropiadas”), ni estar agobiados por la hipoteca o los pagos del coche, y que además (y esto era realmente inaudito) acertaban doce o incluso trece resultados de alguna quiniela millonaria…

De doce a una el ritmo de la oficina se detenía provisionalmente. Acercándose al horario europeo, se dedicaba este tiempo de expansión y desentumecimiento a una opción de comida (o “lunch”, como decían los más sofisticados). El Sr. López, que hoy había olvidado el socorrido bocadillo envueltp en papel de plata, pensó evitar la cafetería lujosa de la esquina adonde solían acudir los jefes y  los novatos más optimistas. Pero alguien le vio.

-Eh, López, ¿por qué no vienes con nosotros y te pagas una ronda?

Se reían. Otro dijo:

-Venga, hombre, te invitamos nosotros. Y luego te acompañamos de vuelta a la oficina, no vayas a retrasarte como esta mañana.

Más risas. El Sr. López sentía hervir su cabeza con ideas descontroladas. Se disculpó:

-Lo siento, de verdad. Pensaba andar un poco, que apenas hago ejercicio últimamente y tiendo a engordar.

Quería escabullirse, ocultarse, huir.  Dobló la esquina y, tras asegurarse de que nadie le seguía, se refugió en un bar más lejano y asequible a su bolsillo. Se dirigió a la barra y se sentó en un taburete buscando enseguida el saliente para apoyar los pies. Tosió para refirmarse y pidió un tinto con una ración de patatas  bravas. Necesitaba algo picante y fuerte para animarse y ponerse a tono. Pero las patatas estaban más fuertes de lo normal y tuvo que recurrir a otros dos tintos para acompañar el sabor picante y terminar la ración. Llegado a este punto, el Sr. López pensó que el vino era un tónico excelente y que merecía la pena repetir. Así que encajó, con un optimismo cada vez más visible, algunos vasillos extra con un buen bocadillo de chorizo. Y puestos ya a tirar la casa por la ventana, terminó con un café y dos copas de Magno “bien llenitas”, según pidió expresamente al chico que le servía.

Cuando salió a la calle, el Sr. López era otro hombre. O mejor dicho, era más que un hombre, al menos más que un hombre vulgar. Por el arte y la gracia de Baco había desarrollado su otro ego, hasta entonces asfixiado por las circunstancias de la vida. Su otro ego decidido, valiente, intrépido, avasallador…Se sentía una especie de Sandokan capaz de arremeter contra los piratas de los siete mares. O una mezcla de Superman y D. Quijote, deshaciendo entuertos a la altura de los rascacielos de Manhattan. Miraba despectivamente a las personas que se cruzaban con él, absorvidas por las preocupaciones y las prisas. Gentes  materialistas, pegadas a la tierra. Pero él, envuelto en un calorcillo vivificante, empujado por los audaces duendecillos del alcohol, se veía por encima de los demás en aquella jungla de enanos. Él era Tarzán de los monos, rey de la selva.

Cuando llegó a la oficina, unos minutos antes de la hora, estaba seguro de haber sido escogido aquel día para alguna hazaña especial, algo que rompería la monotonía de los pagos de principios de mes, los insufribles críos, las luces de neón de la oficina, el coche mal aparcado, el ceño de su mujer, los últimos impuestos, la discusión de las autonomías, el fracaso de las quinielas, las broncas del jefe, la amenaza de infarto, el hastío de la corbata, la gripe contenida con Frenadol, el despertador inoportuno, la tentación (imposible) de la vecina del cuarto, las sonrisas forzadas, la rebelión de los números en su tarjeta de ahorros, las anginas de la niña, el corte de pelo y las horas extraordinarias.

El Sr. López se elevaba, en un ascensor imaginario, muy por encima de toda aquella basura. Quería sacudirse todo aquel polvo adicional y convertirse en un ser primitivo y libre, desnudo y sin trabas, Tarzán de lianas, árboles y monos. Por eso, cuando su jefe inmediato dejó unos folios sobre su mesa, se apresuró a arrojarlos a la papelera en un gesto ampuloso, barroco, que hubiera enorgullecido a la mismísima Agustina de Aragón.

Al jefe del departamento se le desencajó la expresión, y los compañeros que entraban le miraron entre incrédulos y sorprendidos. Vio sus rostros impecablemente afeitados (corbatas de diseño en ellos, vestidos último modelo en las chicas) vueltos hacia él. Vio la actitud paralizada, el gesto desorbitado de una secretaria ya dispuesta frente al ordenador,  mientras la puerta de cristales se abría para dejar paso a la figura impresionante del gran jefe, embutido en su traje azul.

Y entonces no pudo más. Durante mucho tiempo había deseado hacer aquello, aunque fuera un deseo utópico, absurdo, propio de un subconsciente martirizado. Absolutamente irrealizable, además.

Pero no en aquel momento. El caso es que, sin saber a ciencia cierta cómo ni por qué, se vio empujado hacia arriba por alguna fuerza interior, saltó sobre la mesa y, haciendo embudo con sus manos, lanzó un estruendoso y alargado grito de Tarzán. Yo, Tarzán de los monos, pensó, rey de la selva. Se sentía de pronto pletórico de facultades, liberado, anárquico y feliz. Y, ante el asombro espectacular de toda la oficina, saltó a otra mesa cercana y repitió el grito con mayor fuerza, con mayor tesón, si cabe. Y todo el piso de aquella planta octava en el enorme edificio ultramoderno pareció temblar bajo la poderosa llamada de la selva…

Media hora más tarde una ambulancia hacía callar su sirena junto a la puerta central del edificio. Dos forzudos enfermeros y un médico se apearon apresuradamente y fueron acompañados por alguien que les esperaba junto al ascensor.

-Un caso raro –comentaba el portero con un curioso accidental-. Un empleado modelo, una persona modesta y educadísima el tal Sr. López… Y nada, que se vuelve loco, ¡quién lo iba a decir!

El otro tiró su cigarrillo al suelo, directamente sobre la acera, y lo aplastó cuidadosamente con el pie. Luego estuvo unos segundo mirando el resultado con gesto estoico.

-No somos nadie –comentó filosóficamente mientras se alejaba.

 

El verso poderoso de “Las personas del verbo”, de Rafael González Serrano, por Javier Puig

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Las personas del verbo (Editorial Celesta, 2020), es el último poemario de Rafael González Serrano. El enérgico caudal de su poesía irrumpe en el lector penetrándolo con su sustancia sugestivamente enunciadora, que se presenta como una apretada sucesión de imágenes inéditas, encontrando un cauce donde verterse seguro, sin accidentes de ritmo, desbordante de ideas que transgreden el mero pensamiento, encumbrándolo hasta las más arriesgadas exploraciones. Allí, en aquellos terrenos, el paralelismo de la realidad parece inasible. Los versos del poeta asumen el logro de una mirada muy singular, una perspectiva única, un arranque de potente luz que brota en la puntual incidencia de lo insoslayable. Es la búsqueda de una descripción que rebase la inflexible compartimentación de los conceptos, la manida y preceptiva explicación de lo extraño.

La poesía de Rafael González valientemente se presenta desasida de ostensibles narraciones que pudieran aflojar la tensión que impone a sus versos, hechos de rigurosos vislumbres, de presentimientos que llaman a los recovecos de lo más propio. Su cadencia se instala en una celebrante imaginación, en una orgía de la continua metáfora que no aspira a la exacta correspondencia sino a una certera pulsación de lo concerniente. Y es que esta voz se asienta en el ámbito de la palabra, en su pequeño universo dispuesto a una perpetua expansión creativa: “La palabra me buscaba / entre sus sílabas / con la persistencia y el afán / del explorador de acentos, / para saber si era / un devoto del verbo. / Pero había desertado / hacía tiempo / al lugar / carente de signos”.

El poema crea un paisaje imprevisto, una sucesión de voces que marcan el territorio del sentimiento: “Me persigo por ensenadas / de perfumes muertos, / por laberintos donde / los soles nacen al ocaso…atravesando inconsciente / pasillos de gasa negra, / para acabar retornando / a la orilla de mi máscara”. Son las nuevas sensaciones, o las viejas recuperadas de su postergación en lo oscuro. Es el dúctil camino de la palabra: “Buscamos en el verbo / fervores de imágenes / y esqueletos de metáforas, / en un laberinto de sospechas”.

Nos hallamos ante una poesía extremadamente alejada de lo prosaico, que se esfuerza en fundar un nuevo aliento del lenguaje. Lo inédito es aquí un camino abandonado al que se nos invita a entrar y en el que nos sentimos sorprendidos por una nueva enunciación de laberintos. No son poemas que estén escritos para una superficial atención. Si su música y su poco definida sugerencia suenan muy bien desde el principio, su superior riqueza solo se capta —o se atisba— en una o varias lecturas detenidas. No hay demasiadas pistas sino sutiles descripciones de lo realmente imaginado.

La primera parte del poemario, Desanudando el yo, nos introduce en las variables de la propia personalidad. De esta parte, destacaría el poema (ninguno tiene título) que se inicia con los versos: “Yo salí de mi patria / hace ya siglos, / y conté a los hombres / lo oscuro de la sintaxis / y el engaño de la palabra”. Y finaliza, en ese ejercicio de introspección, adherido al lenguaje, porque la palabra es, al fin y al cabo, la herramienta que sustancia nuestro pensamiento, el intento de aprehensión de la mirada primigenia, la forma que tenemos de interactuar con el mundo: “Al final no quise ver / a nadie, comí / de la flor del loto, bebí / de la fuente de la amnesia, / y me dispuse a enfrentarme / a mi mirada. / Aunque, a cada intento, / aparto el rostro de mí”.

En la segunda parte, Tu pacto con la letra, hay una indagación propia a través del “tú”: “Tú no eres tú / sin enfrentarte al espejo de los otros, / en el borde de un océano / de planetas / que giran sobre el eje / de una mirada indiferente”. Es un “tú” que sería la contemplación del “yo” caído, aparecido en el mundo: “Inventas una ventana / cada vez que miras el cielo / para poder enmarcar / la ciudad de los dioses, / y poner un poco de mirada / —de pupila y de calor— / en su cruel indiferencia”.

En Acecha su pronombre, el poeta se interna en aquello que no tiene un sujeto preciso, o no es algo personal sino a veces una indefinida presencia oscuramente ominosa: “Llegó como un puñal / que rasgase la túnica / de un consuelo inerte, / que hiriese la piel / de la imposible queja, / haciendo del aullido / la razón del firmamento”.

Coral de acercamientos / Plural de incertidumbres, es el último apartado del libro y el que contiene unos poemas cuya voz parece situarse en una exterioridad del presente, desde la que se divisan las acciones claudicadas, y revelan el sustento que transparenta las conexiones con el irreductible secreto, con la recíproca clandestinidad. “Adelgazar el verso / hasta que ellos no sepan / dónde nos escondemos / o si vosotros  nos / habéis acogido en el exilio”. Y es que hay una sensación de posición indefensa ante las abrumadoras fuerzas de lo fatalmente gregario: “Llegarán para quedarse / entre ceremonias de dominio / y atlas huérfanos  de meridianos; serán aclamados por la ofrenda / de la piedra desnuda de sal / y estómagos ahítos de banderas”.

Las personas del verbo es un libro poderoso, profundo, que crece con cada relectura. Cada imagen es un fogonazo que nos alcanza en el centro de nuestra sensibilidad, nos impacta haciéndonos sentir invitados a unas estancias en las que queda arrasado el melifluo discurso cotidiano y se alzan nuevos enclaves para la irreverente verdad.  “Queremos salvarnos con las palabras / que nombren la desdicha del silencio / y que abran la puerta del secreto”.

EL  LADO  OSCURO, por José Pedro Vegas

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by PIRO4D

 

Voy a cruzar al otro lado de la calle, al lado oscuro.

La gente me mira, asustada.

Un niño grita y se aferra a su madre.

Los coches pitan, vociferan las motos

destilando una nube de amenazas.

Pero, ¿qué pasa? ¿Soy acaso un peligro para la pasividad

de las viejas rutinas?

Sólo voy a cruzar al otro lado de la calle, nada más.

 

Tiembla  la decisión de quienes están inmóviles,

obsesivos por  frenar la inercia  desaprovechada  de sus vidas.

No se atreven a arriesgarse, a andar.

Veo  un charco en el centro de la calle,

no sé si  de lágrimas o de pis.

Un semáforo hace aspavientos de color rojo

para detenerme.

Nadie cruza. Silba el viento. No se atreven.

¿Hay acaso un abismo en la calzada

que hace peligrar los pasos repetidos,

mil veces y mil veces ensayados?

 

No comprendo. Algunos me insultan, otros rezan. ¿Por qué?

Sólo  quiero cruzar al otro lado de la calle.

Si paseo por el lado salvaje, ¿a quién le importa?

 

Estoy harto. Bajo de la acera

y  abro mi paracaídas para evitar la atracción de un suelo hostil..

Quedo suspendido en el aire

mientras muchos me tiran de las piernas

para impedir que me eleve.

Miro hacia abajo. Vomito.

Luego doy un impulso a unas  alas que  invento

y me pierdo, solitario, entre las nubes.

La gente desespera arrojando piedras al vacío…

Estoy fuera de su alcance,

alejado de iras, mentes fosilizadas  e improperios.

Pienso que estoy a salvo.

No lo sé.

Me atraía el lado oscuro, la cara oculta de la luna,

el infierno de impulsos desatados

que han amordazado con camisa de fuerza los fanáticos.

 

Pero yo…

Sólo quería cruzar al  lado  oscuro (o salvaje) de la calle. Nada más.

Sobre “El jugador de damas”, de Antonio Aledo Sarabia, por Javier Puig

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Una sustanciosa novela a descubrir

El jugador de damas, de Antonio Aledo Sarabia, es una novela que, si no fuera por el accidente de su provocado final, podría ser infinita. Cuando se interrumpe, rondando las mil páginas, tan solo han transcurrido un fin de semana en la vida de su protagonista; eso sí, en ese tiempo  está permitido recurrir al relato de todas las historias que se invocan a la más mínima oportunidad que los distintos pequeños sucesos van propiciando. Nos hallamos ante un relato muy extenso, pormenorizado, siempre sustancioso, que no tiene prisa, que lleva el ritmo pausado del vivir de su protagonista, Jorge Rojo, un hombre que observa la vida con detenimiento, que intenta comprender la existencia desde una lúdica actitud que se enfrente a su intrínseca amenaza.

Tiene este libro puntos en común con algunas de las más famosas obras de la literatura, pero no es en absoluto su imitación, sino que se sostiene sobre una singularidad muy definida. Como bien se dice en la presentación del mismo, en su lugar de venta (Amazon, en formato digital), recuerda esta obra a El Quijote, por estar atravesada por la frecuente inserción de diferentes historias que podrían tener una vida independiente. El hecho de que aquí la actualidad del protagonista se despliegue solo durante tres jornadas —aunque se admitan historias y recuerdos fuera de ese tiempo— nos evoca al Ulises de Joyce, que se ciñó a tan solo veinticuatro horas. Acabo de ver una película de Agnès Varda, Cléo de 5 a 7, que relata exactamente una hora y media de la vida de la protagonista. Tal vez ese tiempo de un personaje sea suficiente para describir alguna profunda intensidad que insinúe su completa existencia.

Ya se sabe que la novela es un cajón de sastre en la que caben diversos formatos y enfoques. Para que no sea un simple batiburrillo, una recolección de piezas sueltas, se le exige una cierta coherencia que no hay que confundir con uniformidad o con un relato perfectamente cronológico. Estoy leyendo lo que se empeñan en llamar “una novela” de la recientemente galardonada Premio Nobel de 2018, la polaca Olga Tokarczuk. No puede haber más oposición entre la mayoría de los diferentes textos. Hay, entre ellos, relatos completamente distintos, de gran calidad, pero también otras composiciones formadas por unas pocas líneas que esbozan una idea o una sensación escueta, al modo de un apunte de un diario. La única coherencia sería la de que todos esos capítulos se refieren, desde muchas y variadas maneras, al viaje. Los múltiples relatos que se insertan en la novela de Aledo, están entroncados en la mirada de Jorge Rojo o brotan de su mundo adyacente. Describe su vida desde un pensamiento que se revela en un tono sosegador, que quiere ser el de un inmune espectador del mundo, pero que no puede ocultar, en esa mediación de la mirada, cierta reflexividad que lo empaña. Su lúcida contemplación de la realidad es una forma de conocimiento humilde, que no aspira a alguna petulante forma de omnisciencia, sino a una suficiente erudición, a una sabiduría práctica, que es más materia de gozoso intercambio con el mundo, de divertido monólogo interior o ingeniosa charla, que una engolada aspiración.

Asistimos al trayecto de este personaje por una pequeña ciudad de provincias, Orihuela, por sus calles nombradas y comentadas, en una falsa apariencia de localismos, en un supuesto calco de vida inequívocamente cotidiana que no es tal, pues se nutre de las sutiles conexiones con el universo. Jorge es un hombre de intenso mundo interior que, a veces, en su forma más presentable, a través de una elocuente y la vez inquisitiva palabra, trasciende hasta la exterioridad de las conversaciones. Su mente está poblada por dos seres extraviados en los insondables vericuetos de la otra vida, como su mujer Herminia y su hijo, fallecidos en un accidente, cinco años atrás; y por otros que habitan recurrentemente sus pensamientos, que iluminan el cuarto de estar de su intimidad, como Emilia, esa joven estudiante de la que él, su profesor de matemáticas, está secretamente enamorado.

Lo que Jorge manifiesta en cada frase es su forma de estar en el mundo, que es una mezcla de humor, de inteligencia, de cordialidad y de recatada tristeza. Nunca tiene prisa, siempre extiende la alfombra al devenir para que este penetre en su vida, mullido y espaciado. La novela empieza y termina con sendos intentos de aproximación a dos mujeres que no pueden ocupar su vacío. Serían dos equivocaciones si pusiera en ellas una actitud de futuro, pero no son más que encuentros que propicia la inercia, la mutua sed de algún calor. Son mujeres que no le atraen sexualmente, que no le ofrecen sino una moderada distracción, a las que respeta en su simpática actitud, pero que, ante algunos de sus rasgos, no puede evitar que se accione su jocoso pensamiento.

Los demás personajes que van apareciendo por la novela son, sobre todo, hombres con quienes mantiene una relación cordial, pero solo, en parte, hondamente aproximativa. Así, ese grupo de amigos con quienes se va a pescar, de cuyas vidas se extrae alguna interesante historia; o ese hombre, erudito local, con el que se cruza en algunos bares; o ese joven ruso, una eminencia mundial en el ajedrez, pero que, sin embargo, es incapaz de ganarle a Jorge en su terrero, en el del juego de las damas.

Los límites de lo realizable o lo posible no constriñen la sucesión de relatos a los que vamos accediendo. A veces, se llega a lo fantástico aunque posteriormente se recule a través de la incredulidad del protagonista, que aplica su mentalidad científica para rebatir tantísimas creencias a las que se entregan sus congéneres, empezando por la religión. También se presenta la significativa aparición de lo absurdo, en lo que algunas veces nos recuerda el talante narrativo de Juan José Millás.

Las distintas historias son digresiones que temporalmente nos ausentan del detallado relato de la presente realidad. Pese a su singular especificidad, nacen naturalmente, eludiendo la posibilidad de lo abrupto, en un brote que se transforma en una continuidad diferenciada. A Jorge le gusta mucho ser él mismo, y se admira de la notoriedad de lo propio que ostensiblemente también se revela en los otros. Él es un hombre que acata la envoltura de la realidad desde una postura curiosa que lo alivia de una excesiva tendencia al escepticismo. Su decidida inserción en una gran cultura, a la que continuamente le busca una confirmadora aplicación, le hace llevadera una vida de la que está ausente un hegemónico entusiasmo, una alegre aceptación de sus mecanismos. Su ejercicio constante es el de hacerse preguntas de aquellas para las que uno se puede ir preparando y a las que puede contestar con la minuciosidad del conocimiento aplicado. Pero él sabe que las respuestas más decisivas son inalcanzables por la limitada mente humana y denuncia a quienes disfrazan esa obviedad con una supuesta sabiduría existencial. Al observar a los otros, echa mano de su ironía, de su perspicacia desnudadora de sus máscaras.

Aquí se habla de biología, astronomía, ajedrez, damas, historia, semántica…. Introduce así esta novela un elemento didáctico, siempre perfectamente insertado en la historia, una rica explicación de lo corriente, que casi nunca resulta abrumador. La trama básica describe una situación de lo más habitual, pero incluye una humanidad muy intensa: el monólogo de alguien que siempre tiene algo interesante que decir, de variada índole, desde lo intimista a lo profesoral. Ese talento del protagonista es el que agradece el lector, pues confiere una amenidad a la lectura que se nutre de inteligentes, perspicaces, psicológicas, graciosas conversaciones; y de esa necesidad de narrar aquello que resulta anecdótico pero que sorprende al estudioso del hombre, a un observador que afina tanto, que amplía su mirada, para descubrir, para intentar hacer manejable un mundo distantemente cautivador. No se pretende una señalización de posibles concordancias secretas, sino una rigurosa visión de lo comprobable, una mirada que va más allá de lo superficial, que transcurre entre lo microscópico y lo macroscópico, y encuentra allí, en esas inéditas escalas, la escenificación de un asombro contagioso, que apenas desfallece.

Estamos ante un libro personalísimo, que gratamente nos acompaña con esa cháchara trascendida, con lo llanamente decible elevado a la máxima potencia; y que contiene también  serios momentos autorreflexivos, nunca exentos de una ingeniosa relación. Un monólogo trufado de curiosas historias que se enfrenta a los siglos, al universo; pero también a los hallazgos ubicables en los recovecos de la cotidianidad; y a ese interno runrún del ser, a esa natural cavidad en la que residen los ecos de la propia voz, el sucesivo centro de nuestra inconcebible aparición en el mundo.

Luz, por José Pedro Vegas

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by Patricia Alexandre

 

Sale a mi encuentro el sol con su armadura brillante,

conquista, abarca y ciega la tierra  adormilada.

Me encuentro en el desierto de la vida

mientras  se despega el sol del horizonte con tirones de sangre

y explota su bomba retardada de luz.

Se van ocultando las tinieblas como ratas cobardes

buscando alcantarillas de miedo y oscuros pensamientos.

Me amenazan  espasmos de murciélagos sorprendidos,

prestos a ovillarse entre sus alas.

Pero el sol barre el olor,  el polvo de la noche,

y se filtra entre las ramas de árboles en pie.

 

El sol hiere cristales, despierta rincones enmohecidos

y   mentes atrincheradas en su sombra.

Se adueña de la calle, colorea  paseantes vagabundos,

da alas y cantos a los pájaros, persigue a las conciencias retorcidas

y deslumbra en el espejo del mar.

 

El sol llama también a mi puerta con nombre de mujer.

Sus rayos son agujas  que inyectan en mi pecho

claridad y calor a borbotones,

mecanismos e impulsos que estaban atascados

esperando un milagro de sol. Y de vida. Y de luz…

CAíDAS , por José Pedro Vegas

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Caigo como pájaro herido
sin red,
rotas las ramas que sujetan el mundo.
Mi río de sentimientos
sufre un alud de lágrimas que inundan
mis pulmones.
No puedo respirar.
Caigo en un mar sin fondo ausente de peces
y caricias.

Necesito atrapar el horizonte
para agarrarme al sol que se me escapa,
pero un tobogán de preguntas
sin respuesta
empuja la velocidad de mi caída.

Caigo cual copos gélidos de nieve
en el vacío,
mientras intento asirme a unas paredes
que no existen.
Me traga al fin el agujero negro
de mí mismo.
¿Será esto un túnel sin salida?