Archivo de la categoría: Literatura

El polvo de los días, por Francisco Gómez

Estándar

Recorro las calles que el niño andaba para ir al colegio, asfalto acariciado por la luz de la mañana. Los pasos apretaban para no llegar tarde al toque de sirena. El bocadillo en la cartera y los deberes hechos la tarde anterior.

Aquellas calles que conservan su nombre pese a la marea de las jornadas y el curso de los acontecimientos. Observo a aquel niño que era feliz porque se sentía amado. Querido por sus padres, abuelos y tíos, estimado por sus profesores; D. Miguel, tutor de Ciencias Sociales en séptimo de E.G.B, D. Eladio en sexto para Lengua, D. Daniel, el temido y estricto profesor de inglés que ponía la fila más derecha que un día sin pan, D. Lucas de Matemáticas y Física y Química y su pipa inolvidable y el tratamiento de Ud a niños que no entendían los conceptos.

Una luz invernal besa mi piel. La brisa entona cierta canción de recuerdo. El nombre de algunos amigos: Andreu Marroquí, Sánchez, Juanfran, Alfonso Catalán, Payo Barroso, Raúl Moral Herrero. Nos llamábamos por los apellidos más que por nuestros nombres. Aquel era un niño dichoso que soñaba universos. En los recreos intercambiaba sellos con Marroquí y Sánchez en la repisa de las ventanas y mandaba cartas a las embajadas para que le enviaran pequeñas joyas de otros países. Iba a fábricas como Uniroyal para pedir sellos que aquí le daban en grandes sobres marrones, casi siempre muy repetidos que alguien le guardaba escrupulosamente. Le gustaba estudiar muchas cosas que hoy ha olvidado y se han marchado por el sumidero de los calendarios.

La calle Guillem Santacilia que culminaba en Palmerers en la Clínica Ciudad Jardín y a la izquierda los chalés, cada uno con su arquitectura particular. Al otro extremo en la frontera del barrio en la Plaza Benidorm, la calle Pío Baroja que culminaba el fin de un mundo y el principio de otro.

Ese niño era feliz. Su madre se llevaba a su hermana y a él para que ella cuidara a su abuela tres meses al año en aquella casa adusta, fría, con el taller zapatero de su abuelo ya arrinconado, cerca de la iglesia, en el pueblo más universal de la literatura española donde un manco dicen que se enamoró de una dama en aquella inolvidable villa.

Los tiempos aquellos cuando un niño no era desterrado a BUP hasta los 14 años y comenzaba una nueva etapa estudiantil, ya muchachito. No como ahora que los “exilian” del colegio a los 12 años para enfrentarse demasiado pronto a la adolescencia y a los “gigantes” compañeros. Pero, ¡oh, curiosa paradoja!, miro los temas que estudia mi querido sobrino Sergi y sus materias apenas han cambiado sobre las que uno aprendía y les siguen inflando a deberes y controles. Uno comenzó el instituto cuando la jornada era partida, a doble turno y Los Palmerales aún no se había construido. Las casas que allí se arracimaban eran de planta baja y tejado de uralita. Aquella fue, sin dudarlo, la mejor época de estudiante de mi vida. Soñé amigos eternos. Muchos han desaparecido, cada cual en sus afanes, por las aguas de los vagones. Algunos quedan: José Miguel Lledó Orts, Miguel Valverde, Alberto Martínez Román, José Manuel Molero, Juan Martínez Torres, Andrés Ruiz Quevedo. Los amores no correspondidos del muchacho aquel que no había perdido la llama de la inocencia y la ilusión.

Los profesores a quienes guardo vivo afecto y profunda gratutid: Pedro de Geografía e Historia, Blanca de Griego que permitía fumar en clase, hoy impensable, Gaspar de Matemáticas, Bernardino que me enseñó el amor por la Literatura para siempre, esta amante que nunca abandona por adversas que sean las jornadas y mis ojos puedan sumergirse en el océano cambiante de las letras.

Aquel joven ideó metas futuras, diluidas hoy en el azucarillo de los días. Aspiraba a ser una figura mediática en el mundo de la comunicación, referente de la opinión pública. Imaginaba llegar a la historia de la literatura por las obras que escribiría. Ser leído y seguido por legión de lectores…

Aquel joven también fue feliz. Seguía con el amor de sus padres y el cariño de sus abuelos. Amigo de sus amigos del instituto y de la calle donde vivía con interminables partidos de fútbol. El tiempo nos esperaba y no había dudas posibles en nuestros designios

Deambulo por esas mismas calles que permanecen doradas pero el polvo del camino ha dormido los sueños. Ya no se cumplirán las mayoría de propósitos. Ya se han marchado muchos de los referentes o están en las últimas travesías antes de estación término. Ya la mirada es más escéptica y afilada. Ya se duda, quizás para siempre, de las grandes palabras…

Las calles que hoy piso despiertan los fantasmas que alzan sus voces con el latido en mi pecho. En oración callada les doy las gracias por la dicha de ser amado y amar gracias a ellos, a quienes quería y quiero.

Las calles que atravieso con un velo de sueño y melancolía mientras mis pasos me llevan no sé dónde.

Francisco Gómez

Anuncios

Heredar la nada de Pedro Serrano

Vídeo

 

Presentación de LOS LIBROS QUE ME HABITAN, de Javier Puig, por José Luis Zerón

Estándar

PRESENTACIÓN LOS LIBROS QUE ME HABITAN

DE JAVIER PUIG

POR JOSÉ LUIS ZERÓN. LIBRERÍA CÓDEX ORIHUELA.

UNA BIOGRAFÍA LECTORA

Javier y yo nos conocimos hace aproximadamente veinticinco años. Desde el primer encuentro surgió entre nosotros una relación especial de amistad y literatura. Desde entonces hasta hoy hemos intercambiando confidencias y reflexiones, compartido espacio en antologías, revistas y blogs y seguimos participando en numerosos empeños culturales; así que puedo decir con conocimiento de causa que me extraña mucho que Javier haya tardado tanto en publicar ese primer libro que sus amigos esperábamos desde hace tiempo, por ello este acontecimiento gozoso que celebramos aquí, en nuestra querida librería Códex, es también un acto de justicia. Enhorabuena, Javier. Ya tocaba.

Javier Puig se ha decidido por una recopilación de cuarenta artículos referidos a la literatura, agrupados bajo un título hermoso y muy adecuado: “Los libros que me habitan”, en edición de la madrileña editorial Celesta que dirige Rafael González Serrano; editorial asentada que no teme apostar por escritores de calidad que publican por primera vez. Javier es un escritor polifacético y cultivado que escribe y vive con la honestidad como brújula. Su opera prima podría haber sido un libro de cuentos, una recopilación de entradas del diario que escribe desde hace años, un poemario o una recopilación de reseñas de cine (Javier es un cinéfilo impenitente), pero ha optado por una selección de textos sobre los libros “que le han motivado a escribir”, como el mismo autor subraya en el prólogo. Algo así como un canon literario inevitablemente incompleto, ya que se ha quedado fuera mucho material por falta de espacio. Estos artículos han ido apareciendo durante los últimos seis años en publicaciones digitales como La Galla Ciencia, Mundiario o Frutos del tiempo y, según confiesa el mismo autor, son lecturas “que me han producido un sentir cercano a la devoción”.

Cuando terminé de leer “Los libros que me habitan me vino a la mente la frase de François Mauriac que Federico García Lorca utilizara como título para una de sus conferencias: “Dime lo que lees y te diré quién eres”. También recordé el neologismo “biografema” inventado por el semiólogo Roland Barthes, quien sostenía que se puede rastrear la biografía de un autor a través de sus propios libros, pues este siempre deja en su escritura una serie de destellos biográficos que conforman algo así como “una historia pulverizada”. Digo esto porque Javier traza un autorretrato involuntario en este libro, no solo a través de los autores y libros escogidos, también por los pequeños retazos autobiográficos insertados en los textos a modo de cuña evocadora (hay recuerdos e incluso confesiones), así como por las breves opiniones y partículas críticas que contienen indicios de la visión estética del autor y de su concepción de la vida. Es por eso que no podemos leer estos textos como meras reseñas literarias, pues no lo son. La reseña literaria surgió con el auge del periodismo cultural y de alguna manera siempre ha estado vinculada a la industria del libro. Javier se desvincula por completo de la ortodoxia exigida a una reseña, pues omite en la mayoría de los textos, datos que le parecen accesorios, irrelevantes o poco sustanciales para lo que él quiere transmitir, como son el nombre de la editorial y del traductor (si el libro no está escrito en español), la fecha de edición, etc. Tampoco se pueden considerar ensayos pues no son muy extensos y carecen de referencias bibliográficas y del idiolecto especializado propio de este género literario. Me atrevo a afirmar que estos comentarios (así los llama el propio autor) pertenecen a un género mestizo, ya que surgen del acoplamiento del artículo o reseña literarias, la entrada de diario (muchos de los textos tienen su germen e incluso su desarrollo en las páginas del diario del autor) y el ensayo breve.

Todos los textos están escritos desde la devoción, el placer y la libertad, al margen de convenciones y manierismos propios de los eruditos, académicos y profesionales del ramo literario. No hay ninguno rutinario o de relleno. Hay en ellos una tensión entre lo objetico y los especulativo; pero el autor no juzga, ni emplea discursos apologéticos, si acaso desliza algún apunte crítico muy breve, como cuando dice que el personaje de Francisco Umbral nunca le cayó simpático o reconoce que “La muerte de Virgilio”, de Hermann Broch puede haber tenido poco éxito en España (escasamente editada) por ser demasiado elitista, filosófica y conceptual. Pero este tipo de consideraciones mínimas en ningún momento empañan la emocionada admiración que Javier tributa a “sus” libros, pues son para él obras vivas con las que se identifica y se siente cómplice una vez aprehendidas.

La escritura de “Los libros que me habitan es reflexiva, lúcida, elegante, veraz, levemente digresiva. Destaca, sobre todo, la precisión léxica y la sintaxis pulcra. No hay en ella aspavientos retóricos, ni alardes de estilo prefabricado, ni una exhibición erudita. El autor hace un resumen del argumento o la temática del libro escogido y procede a una valoración que bascula hacia la impresión subjetiva: lo que ha supuesto para él, lo que más le ha aportado como lector y lo que podría aportar a otros lectores. En ningún momento trata de hacer análisis comparativos ni pretende encasillar los libros leídos en movimientos o corrientes literarias. Como decía anteriormente, Javier Puig no utiliza aparato crítico en sus textos; sus opiniones se cimentan en la sobriedad, el equilibrio y la honestidad. La mayor virtud de este libro es que logra la complicidad con el lector de tal modo que uno siente la necesidad imperiosa de leer a los autores y libros escogidos. Javier Puig no es, pues, uno de esos lectores fanáticos que intenta imponer por las bravas sus lecturas. Él transmite quedamente, sin énfasis ni razonamientos excesivos, su pasión lectora; imanta al lector empleando la sugerencia, la sutileza analítica no exenta de una vibración celebratoria. Javier tampoco es uno de esos insufribles devoralibros compulsivos que digieren cualquier tipo de escritura, ni es un lector hipercrítico dispuesto siempre a la lectura beligerante. Es solo un buen lector, un lector inteligente y generoso, una mente viva y despierta, cuya amplitud de miras le permite transmitir su gozo lector a otros lectores, compartir con ellos los descubrimientos, las impresiones, los matices de tal o cual libro sobre el que ha escrito. “Yo amo el arte no concebido como algo aislado, frío, imponente, engolado, sino como una sutil y original mirada, una inopinada verdad”, afirma Javier en el prólogo del libro.

No cabe duda de que Javier Puig tiene buen gusto como lector, pero este volumen que hoy presentamos también denota un indudable eclecticismo, dicho sea en el mejor de los sentidos. Como no es Javier un escritor lastrado por exigencias académicas o corporativista y, por tanto, no está sujeto a corrientes de opinión imperantes, ha reunido una gavilla amplia y heterogénea de libros que ha ido descubriendo en los últimos años y que le han impresionado. Solo por citar algunos ejemplos diré que encontramos libros escritos en español (“A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, “La Ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero, “Lugares extraños”, de Mario Levrero, “Todos los cuentos”, de Cristina Fernández Cubas) y en otros idiomas (“La metamorfosis”, de Kafka, “Doktor Faustus”, de Thomas Mann, “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald o “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar). En ocasiones Javier no habla de un solo libro, sino de la obra global de un autor (Azorín, Aldecoa, Ramón Gaya), y aunque predomina la narrativa. también hay lugar en su selecta nómina para otros géneros además de la novela y el cuento, como es la poesía (los últimos libros de Eloy Sánchez rosillo), el ensayo (el comentario dedicado a José Antonio Marina) y el artículo literario (“En propia mano”, de Antonio Gala); además hay un texto excepcional en el conjunto, tanto por el lenguaje crítico empleado –en algunos párrafos ligeramente imprecatorio-, como por tratarse de una reivindicación de la asignatura de Filosofía, marginada por las autoridades educacionales.

Quiero resaltar un hecho importante que demuestra el carácter atento y generoso de Javier Puig, y es su decisión de incluir en su libro a seis autores a los que se siente unido por vínculos de amistad (Javier Cebrián, Manuel García Pérez, José Antonio Muñoz Grau, José María Piñeiro, Ada Soriano y quien esto escribe), de modo que en su biografía lectora trata con el mismo respeto y reconocimiento a los escritores de prestigio internacional, la mayoría de ellos clásicos indiscutibles de la literatura del siglo XX, y a los que somos menos visibles.

Por último, leyendo “Los libros que me habitan” pienso en la célebre frase de Samuel Jhonson: “no deseo conversar con una persona que haya escrito más que ha leído”. Javier Puig es escritor, pero ante todo un buen lector que sabe que quien lee justifica la literatura. Este su primer libro, dedicado esencialmente a la lectura, es recomendable y gratificante en estos tiempos ciertamente pesimistas para la cultura librera, ya que cada vez se lee menos o más aprisa y según las estadísticas alrededor de un cuarenta por ciento de los españoles no lee (incluidos muchos letraheridos universitarios, que no quieren leer sino escribir), y la mayoría de jóvenes han adquirido hábitos de lectura en formatos digitales. Así pues, estoy de acuerdo en gran medida con las razones estéticas que argumenta Javier Puig y con su defensa de la lectura como conocimiento abierto y no oclusivo, al que se llega a través del placer y no de la imposición.

José Luis Zerón Huguet

Entrevista a Ilia Galán, por Ada Soriano

Estándar

Ilia Galán: “para mí la gran poesía es personal y ahí hallo su mayor hondura”

Impresiona la dilatada trayectoria de Ilia Galán, intelectual y escritor versátil: poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y editor. Ante la imposibilidad de abarcar todo su trabajo literario, he decidido centrarme exclusivamente en su obra poética.

Ilia Galán, convencido de que “todo se mira transcendiéndolo”, es un poeta excepcional con un mundo propio y reconocible. En su poesía intempestiva, heterodoxa e intensa, plena de imágenes visionarias, abundan las ruinas, el fuego, las moradas de Dios, así como paisajes que invitan al recogimiento y a la meditación. Estamos ante un poeta siempre vinculado a la naturaleza y al cosmos: “En este rincón sagrado donde reina,/ cual pura ofrenda tu obra de arte máxima,/ un esplendor de naturaleza,/ vuelan insectos de colores/ y escucho a las aves cantos donde resuena/ el silencio amoroso de tu mirada eterna; (…)”

Ilia Galán, (Miranda de Ebro, 1966) es Doctor en Filosofía del Arte y ha fundado y dirigido las revistas de pensamiento Aula Cero y Conde de Aranda. Es director editorial de Ars Poetica. Colaborador Honorífico en las Facultades de Filosofía y Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, ha sido profesor invitado en las universidades de la Oxford, Harvard, la Sorbona (París), New York University, etc. en la actualidad es Profesor Titular de Estética y Teoría del Arte en la Universidad Carlos III de Madrid. Columnista habitual en El País, Diario de Burgos, Diario Palentino, Diario de Noticias, Diario de Ávila, La Tribuna de Ciudad Real, Guadalajara, Toledo y Cuenca. Tiene publicados los ensayos: El Dios de los dioses (Ciencia del arte) 1993, El romanticismo: Schelling o el arte divino Madrid, 1999, Lo sublime como fundamento del arte frente a lo bello, 2002; Orígenes de la filosofía en español (Actualidad del pensamiento hebreo de Santob,(2003), 2013, Premio Internacional Samuel Toledano, Jerusalén, 2014;Arte, sociedad y mundo (Filosofía en pequeñas dosis), 2004; Sabiduría oculta en el Camino de Santiago, (2011), 2015; Teorías del arte desde el siglo XXI, (2005), 2017; Filosofía del Caos, estética y otras artes2011; El Romanticismo y sus mutaciones actuales, 2013; El Castillo: Teresa de Jesús ante Kafka, 2015; Impulso sagrado ante el misterio,2016; Homo o cyborg politicus, 2018; las novelas: Tequila sin trabajo, 2000, y Tiempos ariscos para un extranjero, (2001), 2018; yTodo, (2004), 2018; los poemarios: Tempestad, amanece Madrid, 1991. Arderá el hielo, 2002, Amanece, 2005, Antología de Sol y edades, 2009. Ars Sacra, 2011, Transgótico fulgor, 2015 o La cruz dorada, 2017. Teatro: Después del Caos. 2011, Teatro en el Templo de Salomón, 2013; Pintar el crimen de los símbolos, 2013, y Matar a Cervantes, 2015. Editor de 10 poetas, 10 músicos. 2008 y deTrovadores del silencio, 2010. Su obra ha sido editada en varias lenguas.

-Ilia, ¿cuándo surgió tu encuentro con la poesía? ¿Y con Dios?

Nací de Dios. No es una presunción, es el marco en que me muevo y existo, en quien me encuentro, como la raíz plantada en un Todo inmenso en el que a veces siente o intuye sus dimensiones infinitas. Pero no son abstractos sino besos, es como ser amado intensísimamente, hasta el punto de ser creado en ese Amor. ¿Cómo explicar esto a quien así no lo ve o percibe? Razonablemente puede pensar que estoy loco, más loco que el universo y sus rumbos misteriosos. Palabras no tengo; solo rotos los versos. Experiencias interiores sí, muy intensas, desde hace muchos años, como regalos que místicos de varias religiones también hallaron en su camino. Si las caricias divinas se acercaron en mi primera juventud, a través de las tradiciones religiosas en que me educaron, la poesía vino luego, cuando ya habitaba las aulas de la universidad. La había leído y disfrutado en la escuela, especialmente con Antonio Machado, pero la escritura fue una convulsión veraniega que estalló en Vitoria, escribiendo a la sobra de un patio un poema tras otro, sorprendido de la aparición del sentido entre las fragmentarias letras.

-Tu poesía rebosa de espiritualidad y Romanticismo, y denota un gusto por el pasado histórico. ¿Es tu canto el de un caballero andante en busca de la belleza?

Quien ha vivido hondas experiencias en el Espíritu no puede dejar de ser espiritual y en sus versos ha de aparecer el ángel que para otros es solo un ser perdido, ingenio confuso, ebrio pensamiento.

Soy un caballero andante, sí, es cierto, y por ello soy también una especie en extinción, pero antes he de hallar al Amor y así la belleza conmigo engendrada queda en el interior. En estos tiempos de materialismos tantas veces planos, de consumo de objetos y sin ideales, tal vez sea relevante la existencia de un contrapunto. No importa, uno sigue su misión aunque en las batallas del sinsentido muera, aturdido por ruido de objetos. Occidente ha sido grandioso y con una tradición fascinante que ahora va debilitándose, por eso vamos cayendo mientras que China o los musulmanes y otros universos sobre nosotros crecen. El Romanticismo fue uno de los centros de mis estudios como filósofo, pero también una de las claves para explicar cómo en el presente somos.

-¿Con qué corrientes de la poesía contemporánea te identificarías?

Con ninguna; no me interesan las corrientes ni las modas. Me parece triste la humanidad cuando sigue los patrones que los tiempos imponen, como ovejas y rebaños esclavos de pastores ajenos. Sí me interesan mucho algunas personas, pues para mí la gran poesía es personal y ahí hallo su mayor hondura, y esa la he encontrado de diversos modos y con estilos diferentes en Karl Lubomirski, Claudio Rodríguez, en Valente, Gamoneda o Antonio Colinas, entre otros autores de mi presente.

-¿Qué importancia le das a la forma del poema?

Aunque doy más importancia al fondo, al espíritu que se esconde detrás de los muros de letras, sin esos edificios de palabras no habría poema y el misterio no se desvelaría con el fulgor de la sorpresa, de un despertar nuevo en nosotros de lo mágico. Doy mucha importancia a la forma, a cada final de verso, a cada vocablo, a cada punto o coma, e intento ser muy preciso cuando corrijo, como con un bisturí o un cuchillo. Me importan las sonoridades, las concordancias, las simetrías y los números que utilizo como símbolos, según la cábala o los pitagóricos también enseñan. Sin forma sería difícil o imposible el contenido en el arte. No hay espiritual humanidad sin la carne con que sentimos.

-¿Crees que Occidente está en decadencia y que de alguna manera nos avergonzamos de nuestro pasado?

No tengo duda alguna. Occidente sufre una estúpida decadencia, abandonados sus ideales, su búsqueda de perfección, perdido en un relativismo cómodo de bienes de consumo, reducido a los placeres confortables de un mundo rico y blando que parece no podremos mantener durante mucho tiempo. Sin nuestro riquísimo y fecundo pasado no seríamos quienes somos ni nuestra ciencia y tecnología, fecunda hoy en el planeta entero, habrían logrado tantos hallazgos. Yo estoy orgulloso de lo mejor de nuestro pasado, pero también del de otras civilizaciones. Amo los grandes tesoros que genios y creadores menos eminentes han conquistado para el mundo y amo la herencia que nos han dejado. Tenemos al lado tesoros que abandonamos, sin embargo, dejando que los cubra el polvo de tristes olvidos.

-Observo que en tu poética hay una crítica explícita a todo aquello que nos atrae de nuestro mundo tecnificado. ¿Disfrutamos de la cultura o la consumimos?

Sí, critico un mundo tecnificado por lógicas de máquinas inventadas en empresas multinacionales, pero no ataco a la técnica en general, que considero muy útil si se usa adecuadamente. Mis versos azotan las autovías que destrozan nuestras aldeas, los motores que aplastan la música de las aves y contaminan el olfato cuando tengo al lado hermosas flores; atacan una vida reducida a comprar productos en el hipermercado produciendo toneladas de basura y defienden a quien medita en un rincón de la campiña. Muchos ahora consumen cultura, también yo la consumo, y creo que esa cultura no cultiva nuestras almas, sino que la desertiza. Con las obras de arte, con los poemas hermosos y con la buena música hay que hacer el amor, no comprarlas como en la prostitución sucede ni tratarlas como objetos sino como sujetos, pues son espíritu.

-¿Piensas que la ironía, un recurso interesante y a veces necesario, está desplazando el sentido de lo sagrado y de lo sublime?

Tiempos descreídos. Me gusta la daga de la ironía, pero cuando solo nos quedamos en pinchar, en reírnos con punzadas a lo ajeno, tal vez podemos cerrarnos en nuestras corazas de cuero viejo y no dejar que nos penetre lo sagrado de nuevo. Lo sagrado, con su hondura, siempre es sublime y en lo sublime creo que hallamos la esencia más refinada y exquisita de lo bello, recreando cada momento, como en un enamoramiento.

-En la visión global de tu poesía que ofrece la poesía reunida de Transgótico fulgor, advierto, además de un elemento intrínsecamente cuestionador, un deseo de unidad cósmica y una vinculación entre lo próximo y lo lejano.

Ese deseo es una pasión y me arrojo a ese abismo por el amor. Sí, mi poesía es también religión o -al revés también opera- mi religión es la poesía.

-Has manifestado por escrito que Ars sacra “es tal vez probablemente mi mejor creación, quizá porque no es mía y fue casi divinamente inspirada; yo apenas hube de retocarla”. ¿Podrías matizarlo?

Ese poemario supuso una inflexión en mi vida. Escribí como un anacoreta perdido en la naturaleza y dejándome penetrar por su Totalidad, por la armonía amorosa de Dios, pese a la oscuridad, los abismos, los objetos con que tropiezo. Salían así de mi alma lo textos como oraciones, como gritos, o venían esos versos a posarse en mis meditaciones escondido en los bosques, junto a un lago o subido a un risco. Eran palabras que nacían solas de mi corazón, fecundadas por una mirada tierna en mí y hacia el exterior, mientras sentía Todo alrededor y desde dentro de mi más profundo interior, besándome; otras veces, yo quejándome. No sé por qué apenas retoqué vocablos o versos, me gustaron tal y como vinieron, como si fuesen inspiraciones celestes, a la vez que aspiraciones. Tal vez tengo también alma de profeta y no solo de poeta.

-Después de Transgótico fulgor, ¿qué ofrece La Cruz dorada? ¿Te desnudas más?

Difícil desnudarse más, pues ya no quedaban prendas. Lo hago de otra manera, ya que en La cruz dorada hay poesía “confesional”, como hicieran Francisco de Asís, Llull, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Quevedo, Lope de Vega, Unamuno o Amado Nervo. Pero está gustando mucho al parecer también a escépticos y ateos, tal vez porque no uso formas piadosas y relamidas, porque me fastidia el exceso de azúcar y en cambio gusto de lo escabroso, de cierto despertar producido por el malditismo o los franceses como Barbey d’Aurevilly y L. Bloy. Son oraciones que a veces recuerdan a las blasfemias. Mis poemas espantan a las monjitas y al clero más beato de fórmulas henchido, pero gustan en cambio a los ajenos a sacristías y templos. Un sacerdote definió mis poemas como mística salvaje. Tal vez tenga razón ante este irracional impulso de un bárbaro godo del norte.

– En Libros por un tubo declaraste que para ti “la poesía es una forma de oración”. ¿Se podría afirmar que tu poesía es profundamente religiosa?

Cuando uno es profundamente religioso lo es todo lo que toca, hace o siente. Todo se mira transcendiéndolo y con amor todo se convierte en acontecimiento, en revelación, rebelándonos ante un mundo que nos quiere encerrar entre objetos. Sí, mi poesía es religiosa porque transciende o al menos lo pretende y no se para en un punto, sino que aspira al Infinito, sin límites.

-¿Qué tiene la región de Umbría puesto que te ha inspirado tu libro de poemas E torno a leggerti? ¿Tendremos la dicha de poder leerlo pronto en español?

Hace muchos años que visito esa región en ciertas temporadas, especialmente en verano, donde habito un medieval castillo en una diminuta aldea solitaria rodeado de bosques y verdes colinas. Es una región fascinante apenas conocida por los turistas, cerca de Asís, y llena de arte. Ahí he escrito muchos textos y me refugio con numerosos amigos en fiestas, en encuentros muy excitantes. Algunos poemas de ese libro son traducidos del español al italiano, pero otros están escritos directamente en la lengua de Dante por mi mano, en la que hablo y con la que debo dar de vez en cuando algunas lecciones. Como hablo y escribo en varias lenguas he preparado un volumen con esos poemas escritos directamente en latín, italiano, francés, inglés o alemán, junto a su traducción, bilingüe: Reconstruir Babel, es su título. Espero que no tarde, pero hace tiempo que no tengo prisas por ver estampado lo que mi mano ya dejó escrito. Saldrá cuando convenga, eso no me preocupa. Venga, eso sí, la apacible y amable luz inspiradora que con su poesía da sentido a mi existencia en cada instante.

1 de febrero de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Entrevista a Rosario Troncoso, por Ada Soriano

Estándar

Cuando escribir es un vicio, duele”

Activa, alegre y con la ilusión siempre a cuestas, Rosario Troncoso es una mujer que no se rinde ante los obstáculos que la vida impone aun siendo consciente -porque esto es así- de que el tiempo es siempre fuga, igual que el viento se desliza veloz entre las agujas de los pinos : “Brilla cada instante/ previo al invierno. Borrosa juventud”.

Sostengo las palabras del poeta y crítico literario José Luis Morante acerca de La piel y su memoria, (Edición de Gabriel Viñals, Ejemplar único, Alzira, 2018): “El yo real está sometido a un temporalismo erosivo y así se manifiesta en su epidermis que se va convirtiendo en un certero mapa de erosiones y huellas”.

Queda, pues, en la memoria del lector, la emotividad reflexiva de esta poeta honesta y exigente que funda sobre lo perdido.

Rosario Troncoso nació en Cádiz en 1978. Es licenciada en Humanidades y experta en Periodismo y Gestión Cultural. Ejerce como profesora de Lengua y Literatura, colabora habitualmente con revistas digitales y participa en numerosas antologías. Es editora en Takara Editorial y miembro integrante del Centro Andaluz de las Letras.

Poemarios publicados: Huir de los domingos (2006), Delirios y Mareas (2008), Juguetes de Dios (2009), El Eje Imaginario (2012), Fondo de Armario (2013), Transparente (2014), Nuestra Orilla Salvaje (2017), La piel y su memoria (2018).

-Charo, ¿qué ha supuesto para ti la publicación de tu poemario La piel y su memoria en una edición tan creativa como selecta?

Estar en la Colección Poética y Peatonal de Ejemplar Único, dirigida por el artista Gabriel Viñals, ha sido para mí un honor y una alegría muy grande.

Seguía el trabajo de este artista plástico desde hacía mucho tiempo, y compartir colección con poetas como Sara Castelar Lorca, Rosario Pérez Cabaña o Ana Pérez Cañamares me hace muchísima ilusión y es un orgullo, ya que se trata de algo muy especial: solo veinticinco ejemplares editados de forma exquisita, con veinticinco poemas y veinticinco camisetas pintadas a mano por cada poema que habita en su interior.

El arte de lo efímero, la poesía, una colección selecta que solo llega a unos cuantos lectores interesados…

Una maravilla. Estoy feliz.

La noticia es que estos poemas, junto a otro buen puñado de inéditos saldrán pronto en otro libro que llegará a más personas que me editará Calambur.

Todo es bueno últimamente. A ver si sigue la racha…

-¿El hechizo se rompe/ cuando alguien nos pregunta por las huellas?

Siempre. En poesía y en la vida. Hay poemas que no deben explicarse. Hay momentos que no deben descifrarse. La magia es eso.

-A La piel y su memoria le precede Nuestra orilla salvaje. ¿Qué tienen en común y en qué se diferencian ambos libros?

Una vez, una lectora me espetó en una presentación que parecía que yo hablara siempre de lo mismo, en el mismo tono.

No sé. Es mi voz. No soy mucho de innovar demasiado. Sí se nota el bagaje, las lecturas. Pero soy yo.

Todos mis libros tienen mi voz, claro. Pero lo que sí es cierto es que Nuestra Orilla Salvaje es el libro más duro de todos. Me lo dicen. Y yo lo corroboro.

-Estoy leyendo Querido Waldo (Ediciones RELEE), libro de correspondencia entre Emerson y Thoreau, traducido por Alberto Chessa. Quisiera saber qué te sugieren estas palabras de Thoreau: “(…) la muerte es hermosa cuando se la ve como una ley y no como un accidente (…)”

Me encanta. Y el tema de la muerte es recurrente en mi poética. En todas las poéticas. Sí. Y es un tema universal, claro. En Occidente vivimos de espaldas a la muerte. La ignoramos. Pero ella no nos ignora a nosotros y cumple con su trabajo, llamándonos a filas.

-¿Qué sentimientos imperan en tus actos creativos?

Depende. Procuro no ser demasiado visceral, alejar el impulso a la hora de poner en claro los textos. No lo consigo del todo. La lírica es justo eso, proyección del sentimiento en el poema. Y así dejo que ocurra. Pero conviene un equilibrio interno, para que la poesía no sea una terapia psicológica, un desahogo.

-¿Alguna vez te ha perturbado un poema en proceso de elaboración hasta el punto de robarte el sueño?

Muchas veces.

-Además de tu amplia obra literaria diriges dos revistas y eres responsable de Takara Editorial. ¿Cómo te las apañas para llevar a cabo tantas iniciativas?

No lo sé. (Risas). Duermo poco. Pero llegará un momento en que no pueda mantener este ritmo…

Imagino que la cuestión es la organización. Y siempre se van dejando cosas. Por ejemplo, la revista El Ático de los Gatos, el proyecto para adultos, la he cerrado. Sigo de forma online en la revista de José María Rosario en la Revista Cultural Blanco Sobre Negro, y estoy prestando más atención a mi propia obra. Es de agradecer cierta tranquilidad.

Con la versión infantil y juvenil de la revista, El ático de los gatitos, sí que sigo todavía. Me aporta mucho.

-Declaraste en La voz del sur : “Soy una de esas masoquistas, lo mío con la escritura es vocación, necesidad y vicio”. ¿La poesía purifica o envenena?

A partes iguales, purifica y envenena.

Pero más que veneno letal, es mortificación constante: querer escribir y no tener tiempo, no tener sosiego para dejar que germine un poema. El día a día. El estrés de la rutina. La vida que ruge con prisa…

Cuando escribir es un vicio, duele. Aunque no llega a matar, de momento.

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Sobre los Amores Sotánicos, de José Antonio Muñoz Grau, por Javier Puig

Imagen

Con Amores Sotánicos, José Antonio Muñoz Grau, vuelve a incidir fundamentalmente en un tiempo (el de la República y el de los albores de la dictadura) y un lugar (la Vega Baja alicantina), de los que sigue extrayendo historias diversamente sobrecogedoras. Esta vez, la temática es la de los abusos sexuales por parte de los miembros de la iglesia, un asunto sobre el que hay abundante información en algunos países, pero que aún no se ha destapado en otros, entre ellos en España.

El soporte principal de esta historia está en unos magistrales diálogos que ocupan la mayor parte del texto, y que nos remiten a muy diferentes tipos de conversaciones. Entre ellos, están los que retratan el obtuso talante de los representantes del poder político y religioso de una época tenebrosa, con sus afirmaciones delirantes, la obscena hipocresía y el demoledor cinismo. Por momentos, nos sentimos atrapados entre el nauseabundo aire de unos personajes siniestros, que vomitan sus aseveraciones absurdas, la consensuada falsedad, el tono terminante y la fe en su endogámica locura. Nos resistimos a creer que puedan asumir plenamente su papel aberrante, y preferimos imaginarlos necesitados de teatralizar su integración en la oscuridad vigente.

Junto a estas conversaciones públicas, ajenamente vergonzantes, están las diabólicas y secretas voces de unos curas perversos. Tienen una monstruosa forma de acometer sus abusos, sus violaciones, disfrazándolas de rocambolescos argumentos, que desvirtúan los mandatos de la religión, para tratar de justificar unos actos absolutamente repugnantes. Todo ello, amparados en su poder, en el permanente terror que infunden, propiciando su impunidad a través del silencio, tanto el de las víctimas como el cómplice de sus superiores.

Pero esta historia no acaba en el momento en el que se producen los hechos principales – entre los años 1930 y 1932-, sino que se extiende por los años más oscuros del franquismo, en los que se amparan todos los crímenes de sus acólitos. A través de los diferentes saltos en el tiempo, se nos sitúa definitivamente en una época más cercana, en torno al 2000, ya en plena democracia. Ahí alcanzamos al personaje principal de la novela, Rufa, nacida de aquella violación de su madre por parte del cura don José, ahora ya inmersa en una avanzada madurez y seriamente enferma.

Amores Sotánicos es otra novela fragmentaria, constituida por muchos y cortos capítulos, en los que, como si fueran aisladas escenas, se reinicia, desde distintas perspectivas y épocas, la profunda inmersión en una problemática que aquí se nos expone desde la concreción personal, desde la penetración en las acciones y los sentimientos principales de sus protagonistas. Así, al lector se le desplaza continuamente por diferentes escenarios en los que asiste a su siempre impactante y diversa expresión. Entre las escenas más difícilmente atendibles están aquellas de los abusos, en el que el autor no nos ahorra su insidiosa truculencia, que no lo es tanto la de la propia exposición de los actos, como el insoportable detalle de la morbosa y cruel actitud de sus perpetradores.

Como decía, los diálogos son, en todo momento, relevantes y utilizan un lenguaje que describe el perfil cultural de los protagonistas, a través de un hablar castizo que también expresa su talante. Y es, en las palabras de Rufa, donde más se aprecia la rabia, el ininterrumpido dolor. Es esa manera de hablar de quien se cree con el dolorido derecho de no maquillar socialmente sus expresiones; de quien conoce, de primera mano, la humillación que la sociedad puede infligir a sus víctimas preferidas.

Uno de los decursos más logrados de la novela, es esa lenta, delicada relación que se desarrolla entre Rufa y Cesáreo. Este la conoció cuando ella estaba en el hospicio oriolano de la Misericordia – antes la Beneficencia -, y se enamoró de ella cuando, en el cine, la contemplaba mientras ignoraba la película. Luego, la vida los separó. Ella tuvo que acatar un matrimonio impuesto, con un enfermo mental al que tenía que proveer, aunque fuera sin contacto físico, de sus desahogos sexuales. Eran las consecuencias de ese cruel submundo del que participaban todos los que salían a la calle impostados de decencia.

Muñoz Grau vuelve a demostrar aquí esa habilidad suya para superponer planos, para contrastar escenas. Por ejemplo, esa forma de entreverar lo atroz y la liviandad de la inocencia, como en esa escena en que el cura somete sexualmente a Ramona, la madre de Rufa, mientras, encapsuladas en sus juegos, afuera, se oyen las voces de los niños. La descripción de los sentimientos se hace en este relato, más que desde una narración directa, linealmente explicativa, mediante la inclusión de frases que se elevan con gracia, algunas de ellas reflejando dichos populares o culturales, y otras creadas por el propio autor.

En los diálogos de esos sexagenarios que son Rufa y Cesáreo, de esa mujer dañada desde su nacimiento y de ese hombre que desde su infancia ha querido implicarla en su vida, hay mucha irrestañable verdad. Ella siente que su vida le ha sido hurtada y, cautelosa, no se ve capaz de recuperarla como si nada hubiera sucedido. Él avanza con suma pulcritud hacia ella, con cuidado infinito, intentando averiguar el resquicio por donde atravesar esa barrera defensiva que impone, esa irremisible y totalizadora asunción de su desgracia. Se reúnen en el patio común de sus viviendas—cuya contigüidad ha forzado él, comprando la casa vecina— y, juntos, ven películas grandiosas, memorables, que les suscitan palabras con las que intentan explicar sus propias vidas.

Amores Sotánicos es una novela muy rica en sus variadas y profundas perspectivas sobre unas mismas actitudes vejatorias, pero también sobre un cierto retrato histórico de Orihuela, que incluye también alguna digresión temática. La lectura de este libro resulta tan nutritiva como dura, por esa sumersión en un ambiente enfermizo a la que nos fuerza, obligándonos a contemplar detalladamente a unos personajes que ejercían su vileza en la sociedad hipócrita y abyecta que los amparaba. Aunque, de otra más melancólica manera, también nos conmueve el ensombrecido recorrido de las secuelas de las víctimas, sus voces hechas de amargura, de unas palabras que expresan el menoscabado amor a la vida. Todo ello aderezado con esos comentarios del narrador, que describen, con original perspicacia literaria, los sucesos emocionales que los atañen. José Antonio Muñoz Grau ha vuelto a impactarnos con otra espeluznante historia rescatada del olvido.