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DIARIO DE 2007 (XXI) 8 de diciembre, por Javier Puig

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  • ¿Qué pasaría si tuviéramos acceso a los pensamientos de los demás? Me lo preguntaba nuevamente el otro día leyendo un cuento de Quim Monzó en el que el protagonista goza de ese don y obtiene numerosos ascensos hasta toparse con un mundo cuyo poder mental, todavía más fuerte, lo neutraliza y revierte su inicial ventaja en su contra. Y es que no sería en absoluto lo mismo si ese poder lo tuviéramos solo nosotros o, por el contrario, todo el mundo.
    Seguramente no sabemos muy bien en qué consiste todo ese flujo mental que percibimos en nuestro interior y nos identifica frente a nosotros mismos. Solo cuando hablamos, cuando escribimos, cuando imaginamos conversaciones o discursos, o nos aplicamos en algún trabajo, sabemos realmente en qué está ocupada nuestra mente. El resto debe consistir en balbuceos, frases sueltas, inconexas, palabras aisladas, puntos suspensivos, vagos intentos de fijar la atención en algo, imágenes, aparentes silencios. Algunas situaciones contribuyen a que se nos quede la mente en blanco, apaciguada, aunque muchas veces, entonces, la queramos agitar, porque no soportamos ese detenimiento. Yo creo que hay momentos –pocos y cortos- en que no nos acuden los pensamientos, o tal vez el único pensamiento que tenemos es ese: el de que no podemos pensar. Así pues, siempre, más activa o más pasivamente, se piensa. Otra cosa es lo rudimentario de esas espontáneas construcciones verbales y que nos podamos acordar de lo que hemos pensado, ya que esto es harto difícil habida cuenta del poco énfasis que ponemos en la mayoría de ellas. Una cosa es el pensamiento autónomo, creativo, y otra ese rumor automático, esas repeticiones insulsas.
    Yo no sé cuántas veces podría herir si los demás pudiesen leer mis pensamientos. Desde luego, si no pudiéramos ejercer la mentira piadosa, por muy amables que quisiéramos ser, dañaríamos a los demás; y en ese caso también, indirectamente, a nosotros mismos, pues casi nadie soporta la verdad, o esa subjetiva verdad que pretendemos, y ello conlleva irremisiblemente algún grado de resentimiento. Casi nadie se espera una crítica. Todos somos personas cándidas, temerosas de que nos desmonten la imagen que defendemos desde nuestro impreciso interior. Quizá pensamientos que yo no considero ofensivos, sino críticas perfectamente digeribles, bienintencionadas, sí lo sean para personas que psicológicamente deambulan por zonas desamparadas en las que nada es predecible (y a la inversa). Por otra parte, sería una desgracia no poder llamar –ni en el reducto de nuestra mente – a algunos impresentables por su nombre. Nos pueden quitar hasta nuestra casa, pero nuestro decir interior por ahora no puede ser descubierto, solo intuido – a veces erróneamente – , y ahí mantendremos siempre un ámbito protegido de servidumbres.
    A veces, conocemos los pensamientos de los demás porque los dirigimos desde nuestro afán manipulador. Sin necesidad de hablar de las sectas, podríamos hablar de casos cotidianos en que algunos se dedican a infectar la opinión de otros, de encenderlos para predisponerlos contra alguien determinado. Ocurre que, hasta los más chulos, los que se creen más capaces de irreductibles ideas propias, sucumben a estas incansables labores de intoxicación.
    Uno debe aspirar a tener el menor número de pensamientos ofensivos hacia los demás –y hacia sí mismo- , como también a tener el mayor número de pensamientos indulgentes. Se puede considerar una aspiración egoísta, la de querernos procurar la paz. Pero, cuando alguien arremeta contra nosotros –o lo consideremos así- mejor será que intentemos estar el menor tiempo posible en la actitud de odio y que restituyamos nuestro más amplio panorama vital.
    Una cosa es que pudiéramos conocer los pensamientos de todo el mundo y otra muy distinta el que tan solo uno de nosotros supiera los de los demás. En este último caso, creo que sería más resistible. Al menos, yo me creo capaz de soportar las secretas hostilidades de la gente, especialmente si pudiese estar seguro de que los demás no saben que yo las sé, pues así no me expondría a la humillación de no actuar contra ellos. No me llevaría demasiadas sorpresas. Creo que adivino bastante bien muchos pensamientos de las personas con las que he mantenido un trato frecuente.
    Y se me ocurre otra variante de estas amplias omnisciencias: que pudiéramos escuchar las conversaciones en las que no estamos y se habla de nosotros. Yo intuyo –conociendo el gusto de algunos por solazarse haciendo bromas o criticando a los demás- que, al menos, de vez en cuando, mi existencia, como la de casi todos, puede servir para amenizar algunas veladas. Se antepone el malévolo placer a la ética. Pero, hablar mal de los demás en un grupo requiere saber medir perfectamente el registro en que debe hacerse. Hay que sopesar primero el grado de amistad, simpatía o lealtad que los asistentes puedan tener con el ausente. Una vez asegurados de que no hay nadie que pueda ir a denunciarnos ante la víctima, tendremos que valorar también el posible grado de repulsa ética de quienes nos escuchen. Si este riesgo es considerable, tendremos que verter nuestras descalificaciones con fingida compasión, con melifluo paternalismo. Como si los oyera…
    Lo que exigimos a los demás es, en el fondo, que se contengan, que no tengan la osadía de pronunciar aquello que piensan y que ya creemos saber sin necesidad de que pase por nuestros oídos. Perdonamos a quien calla sus descalificaciones y se nos dirige con mucho tacto, ya sea porque nuestra posición o nuestra solvencia le inspiren la necesidad de respetarnos, o bien porque no sabría vivir con nuestra intensa frialdad. Y, sin embargo, condenamos a quien actúa coherentemente con sus principios y nos grita su verdad, interponiéndose en nuestro camino. En cualquier relación, basta con que alguien rompa las reglas del juego –a veces sólo un momento, pero eterno- para que las cañas se vuelvan lanzas, las bendiciones reproches, los perdones condenas.
    En definitiva, si ahora se me ofreciese la capacidad de ser el único que pudiera leer los pensamientos de los demás, creo que correría el riesgo y aceptaría. Como condición – aunque no haría falta – , se me podría poner el que no utilizara ese poder para hacerle daño a nadie. Procuraría que ese conocimiento me sirviese a mí y a los demás para solucionar malentendidos. Si yo supiera más exactamente lo que se espera de mí, actuaría en consecuencia, haciéndolo o dejando de hacerlo, según lo considerase oportuno.

ELLOS, por Francisco Gómez

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A Paca y su amor más allá del tiempo

Siempre estaban allí. Soplaran vientos, soles y lunas. Ellos continuaban en el lugar como un homenaje de amor permanente que desafiaba el languidecer del tiempo y la injusticia del olvido.
En aquella calle que soplaba frío y soledad, que auguraba derrota entre las filas de personas que fueron y ya no están, o sólo se encuentren en los desvanes del recuerdo de algún corazón anónimo que naufraga en medio de las arterías de la ciudad rápida y sin amor.
Ellos, una y otra vez, permanecían allí en su desafío sencillo a la arena imperceptible del reloj y al dolor de la memoria. La muerte lo arrebató de su vera un mal día que mejor hubiera sido que desapareciera del calendario. ¿Pero quién puede controlar los designios del destino, el mal capricho de un día cualquiera? ¿quién sería capaz de manejar las hilaturas de la fortuna?
Murió asfixiado en un pozo y sus padres supieron del dolor que no se puede apagar, de penas sin consuelo, de llanto en noches insomnes, de rabia sin entender por qué. Las tardes se llenaron de vacío, de soledad, de evocación con los proyectos por realizar y los sueños que cumplir, que ahora quedaban dormidos bajo descanso eterno.
Ellos, los padres de un jinete que amaba los caballos, estaban allí una y otra vez. Fin de semana sí y otro también. En un ejercicio permanente de memoria que lucha contra el olvido. En una necesidad íntima de proclamar a los cuatro vientos, a quien le importase en aquel promontorio alejado de la ciudad que pronto olvida, que ellos no apagarían la llama de la memoria. Que ellos guardaban un altar en sus corazones para el hijo que se marchó demasiado pronto.
La dignidad y el honradez del hombre vestido rigurosamente de negro impresiona. Es un signo de amor, de su verdad, de constancia. De amor más allá de la muerte. “Yo también seré polvo más polvo enamorado, siempre recordándote, amándote, hasta que nos encontremos donde sea”.
Es un hecho cierto que los grandes amores no puede truncarlos el olvido, el calendario de la fugacidad. Que los amores de piel, de entraña, no se ven aunque el tiempo, concepto relativo donde los haya, trate de restañar heridas, poner árnica sobre la superficie de la piel. Es imposible olvidar cuando el amor es de verdad y más si nace desde dentro. Sucedan inviernos, primaveras o estíos. El recuerdo de lo que es, lo que pudo haber sido, lo que fue, permanece en las fuentes del alma.
Esta pareja, ya mayor, vestidos de negro, con surcos de vida vivida, atravesándoles como ríos de experiencias el rostro, causaban una honda sensación. Respeto. La unión madre-padre-hijo nunca se rompería a pesar del zarpazo de la muerte. Mientras un corazón recordase a aquel que estaba al otro lado, no sería definitivamente difunto. No habría desaparecido del espacio de los vivos, del escenario de la imaginación de sus padres, siempre allí y sus hermanos que recordarían y evocarían con su presente ausencia los días juntos, los días amados cuando la guadaña no los había separado y estaban físicamente unidos.
La madre llevaba aún con más hondo pesar la carencia. Es un lazo que el padre aunque lo intente, no puede alcanzar del todo. Pero esta mayor unión provoca mayor dolor. Un dolor interno que a veces no le permite sugerir los momentos felices transcurridos juntos. Una herida insondable, sin tregua ni final. Un bisturí ilimitado que horadaba sus sentimientos más allá del tiempo.
El padre, también atravesado por el dolor de la ausencia, el golpe del sinsentido, aguantaba mejor la posición. Ël prefería recordar, volver a vivir los momentos felices que había sentido con su hijo. Su amor incondicional por los caballos y los carruajes que sacaba a la calle en las festividades más celebradas de la ciudad, en los momentos claves de la ensoñación colectiva del pueblo, en los instantes dichosos que la familia compartió.
La postura de aquel hombre sabio, vencido por la carrera de la edad y las mareas del tiempo en su piel, asfixiado por el peso del recuerdo, era quizás las más inteligente. Seguir adelante a pesar del dolor, a pesar de la pérdida, de los días dichosos grabados en su mente y corazón hasta que inspirase su último aliento y se uniera al territorio lleno de dudas e incertidumbres con el hijo que, tiempo antes, una fecha aciaga, había partido de viaje para enseñarles el camino que ellos habrían de recorrer más tarde.

 

Francisco Gómez
Relato incluido en el e-book “Al otro lado”

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/al-otro-lado-de-francisco-gomez/