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EL VIVO MUERTO, por Francisco Gómez

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14 de junio del 2025 a las 14.15 minutos de la tarde. Esa sería la fecha y el momento exacto en el cual Luis Delgado Santacruz iba a morir. Le quedaban exactamente 19 años de vida para hacer realidad sus proyectos o hundirse en la angustia de acongojarse con los minutos que se quemaban día tras día, hora tras hora de manera lenta pero inexorable, lo que incrementaba sobremanera su ansiedad vital, su necesidad de quemar la vida a sorbos largos y su miedo interior a que se acercara el fatídico instante.
¿Cómo había llegado a tan extraña pero certera determinación? No podía decirle a nadie que en uno de sus sueños vividos de una manera tangible, un ángel anunciador (o más bien exterminador) le había comunicado esta noticia que para el resto de sus días le sobresaltó el corazón. Dormía plácidamente en su cama cuando una suerte de luz amena se mostró delante de él. “Despierta, Luis, traigo una nueva importante que anunciarte”. Nuestro amigo abrió los ojos, medio cegado por el destello que irradiaba aquel ser a quien la energía que emanaba impedía ver sus facciones. “¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? “Soy tu ángel guardián. Vengo a comunicarte el instante concreto en que cerrarás tus ojos para encontrarte con el Padre”.
“¿Cómo, qué? “Esta es una gracia que ningún hombre nacido de mujer ha podido nunca conocer y a ti se te concede esta oportunidad. Para que aproveches el tiempo que te queda por delante y seas muy feliz mientras las partículas de arena precipitan de un vaso comunicante al otro”.
Como pueden suponer, la inesperada noticia no gustó nada a nuestro amigo. El ángel tan pronto lanzo su mensaje se marchó, con un impacto lumínico que cegó a Luis. No hace falta decir que el destinatario de tan extraña novedad ya no pudo dormir en toda la noche, anegado en un mar sudoroso de ansiedad. ¿A quién le gusta saber la fecha exacta de irse al otro barrio?
Luis disponía de una de las llaves que condicionaría su vida hasta el fin. El instante preciso de su fallecimiento. Quizás algún descreído, escéptico, agnóstico o ateo le echara a la cara su incredulidad ante la visita de un ángel, en un mundo donde muchos sólo abogan por la existencia de un universo material y la muerte de Dios. “Grave error”, pensaba Luis. Desde bien joven, nuestro protagonista había percibido la presencia de estos seres que velaban su discurrir vital. La fuerza de los acontecimientos le había forzado a creer en ellos. El momento de la adolescencia cuando un delfín le salvó de morir ahogado en la playa. El accidente de tráfico durante su primera madurez en el lugar aquel donde un coche que no respetó un semáforo les enchufó un golpetazo. Él iba en el asiento del copiloto. Por fortuna (¿o velaba el ángel guardián?), el impacto se produjo en la puerta trasera. Si se hubiera producido en el lugar que ocupaba, hoy estaría muerto y enterrado y esta anunciación no tendría sentido.
Luis estaba convencido que los ángeles vivían entre ellos, sin hacer ruido. Eran tipos discretos, astutos y bondadosos que pasaban por la vida de los hombres sin llamar la atención, pero prestos al quite en las adversidades humanas. Sin embargo, aquella presencia de ángel que postula su finitud, le sumió en un primer desasosiego.
Moriría con 60 años. Ni muy viejo, ni ya joven. En una estación intermedia del camino. Quizás cumpliría algunos sueños. Otros no. Trabajaba en un empleo que le gustaba como ingeniero de una empresa eléctrica. Se había casado tardíamente, a la edad de 40 años en el 2005 y aún no tenía hijos. “Me atreveré a tenerlos”, reflexionaba. “Cuando yo muera, ellos tendrían 20 años y no los veré casarse si algún día deciden dar este paso. No veré a mis nietos, si tienen hijos. ¿Mi mujer seguirá viva cuando yo fenezca? ¿Se unirá a otro o será una viuda solitaria? Son tantas las preguntas y el tiempo tan escaso…
Un proyecto que sí llevaría a cabo sería publicar el libro de poemas que escribió en homenaje a Laura, su mujer, su sur, su destino. Él, que era un hombre tímido e introvertido en épocas de apariencias y mercadotecnias varias, empezó a escribirle pequeños poemitas a vuela pluma al comenzar su relación. Y siguió, siguió con esta afición hasta que se casaron y después. Laura no sabía nada. Era su secreto pero ahora tras aquella sorprendente declaración, el sentido de muchas cosas cambiaba notablemente. Publicaría cinco ejemplares de “Cartas a Laura”. Uno para la dueña de sus besos, otro para su hermano Juan y tratar que perdurase (intento vano) su memoria, otro más para él mismo y dos para los hipotéticos hijos que tendría, con el propósito de que la sangre de su sangre supiera cuánto había amado su padre a su madre.
¿Haría realidad ese viaje alrededor del mundo juntos? ¿Para qué embarcarse en la compra de un chalé a pie de playa, si cuando él se fuera la hipoteca quedaría pendiente? ¿Por qué no comprar la Hartley Davidson de sus sueños juveniles y recorrer la piel del país a lomos de la moto más bella? Parar en cualquier sitio, hacer el amor en calas solitarias, reírnos de todo y beber vino y cerveza en tascas y bares de tercera categoría en ciudades desconocidas. Ser felices hasta reventar, besarnos hasta reventar, amarnos hasta reventar. Reinventar la vida otra vez. Ella y yo. Los dos solos. En nuestro rompeolas frente al mundo. ¡Qué bonito vivir y no pensar en nada pues seríamos amos del tiempo que nos queda sin cortapisas!
¿O quizás pondría en práctica el carpe diem horaciano sin limitaciones, a sabiendas que ninguno de los actos irrefrenables que cometiera le llevaría con los pies por delante antes de momento? Fumar sin comedimiento ni mesura todas las cajetillas que le apetecieran pues la trágica dama no echaría su aliento hasta la fecha determinada, beber como un cosaco del Volga todos los potingues que le agradaran o no, probar las drogas tradicionales y las sintéticas y explorar mundos interiores hacia la autodestrucción, acostarse con mujeres sin pausa o medida, participar en orgías multitudinarias en sesiones maratonianas de sexo entusiástico y follar hasta reventar sin amor. Pero luego pensaba qué mejor manera de vivir el tiempo que le quedara sino estar al lado de la mujer que amaba, junto a Laura, para explorar nuevos caminos del amor y el conocimiento mutuo.
Porque el ángel no le había dicho de qué suerte iba a morir y esta inquietud le desazonaba. Si se rendía a los excesos y a los placeres, corría el riesgo de caer bajo los efectos de alguna maldita enfermedad que mermara sus capacidades físicas y esta posibilidad no le agradaba en absoluto. No estiraría la pata hasta la fecha prefijada pero se encontraría limitado para satisfacer otros anhelos que su alma ansiaba antes de recorrer el vuelo infinito. El ideal de James Dean, de morir joven, rápido y bello no se cumpliría en su caso. Era posible que el fantasma de la enfermedad no amenazara su casa y no sucumbiera a las veleidades de un cáncer, una afección cardiovascular o un ictus. Quizás pereciera a manos de una muerte violenta: un accidente de tráfico, de avión, un atraco donde resultara tiroteado, aplastado por una masa histérica que huyera de un gran susto…o quién sabe si su ángel guardián le anunció la fecha del inicio de la Tercera Guerra Mundial con el masivo aniquilamiento de la especie humana sobre la faz de la tierra.
En estas estaba y pasaron los días y los meses y los años. Trató de serenarse y pensar lo menos posible en su tiempo tasado. Decidió transcurrir una vida llena de felicidades pequeñas. Estar con Laura, amarla locamente todos y cada uno de los días, con el hecho cierto de que cada amanecer le daba un beso nuevo a la vida. Tener hijos con ella, verlos nacer, crecer, sus primeros pasos, la ilusión de sus rostros con los Reyes Magos. Luis sabía que moría cada año pero con Laura y sus hijos se sentía vivo extremadamente y aquella era una muerte gozosa pues estaba amando.
Pasaron los días y los meses y los años y el calendario acarició el 13 de junio del 2025. Nuestro protagonista estaba inquieto aquella noche, la última de su andar vital, pero al mismo tiempo una extraña serenidad le embargaba. Había vivido como quiso y su existencia estaba marcada por la carta de la felicidad. No necesitaba más y el tiempo se estaba cumpliendo. Cayó en un plácido sueño, quizás el preludio del adiós.
-Hola, Luis. Soy tu ángel guardián. Aquel que te señaló el día y la hora de tu marcha. Siento decirte que he cometido contigo un lamentable error. Ayer revisando las fichas, me di cuenta que a quien debía darle la noticia no era a ti, sino a tu hermano Luis Salgado Santacruz y tú eres Delgado con “d”. Lo siento, tú no estás convocado al reino de los elegidos. Disfruta de tus momentos y algún día volveremos a vernos.
Luis sonrió para adentro. Él ya estaba preparado pero su tren se había escapado. Salió de la estación de Tanatos pues la vida en forma de sonrisa le esperaba a su lado en el lecho. Un beso y una flor a Laura eran la tarjeta de embarque a nuevos destinos.

Francisco Gómez

Del libro “Sueños de nadie”

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Texto de presentación de EL ÚLTIMO GIN-TONIC, de Rafael Soler, por Jesús Zomeño

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EL ÚLTIMO GIN-TONIC, por Jesús Zomeño

Todos amamos esas películas en las que el protagonista, en la cima del éxito, aparta toda su ambición y se dedica a otra cosa que en ese momento considera más importante para él. Nos gustan los personajes que lo dejan todo por amor, por sus hijos, por una vida tranquila… El cine nos ha enseñado a amarlos…., pero luego nos cuesta reconocer en la vida real a esos protagonistas.
Rafael Soler, sin embargo, es uno de esos personajes, de Frank Capra que, en un momento dado, se decantaron por la vida.

Por eso digo que no se confundan si no conocen mucho o nada a Rafael Soler, no crean que es porque ahora ha empezado a escribir. Tampoco piensen que, si nació en 1947 y aún no lo conocen, será porque es malo. No, eso no es cierto, Rafael Soler es un gran escritor. Como prevención para que no se equivoquen, les informo que esta novela en Valencia la presentó Ricardo Belveser y Fernando Delgado, y que en Madrid la presentó Luis Landero y el académico de la Real Academia Jose Maria Merino…. Palabras mayores que advierten de un escritor, excepcional.

¿Qué paso es que Rafael Soler comenzó con la literatura y aún no es un personaje popular en la televisión?
Rafael Soler nunca fue una promesa joven, sino que Rafael Soler fue un consagrado a los finales de los setenta y principios de los ochenta. Sobre todo sus novelas, “El grito” y “El corazón del lobo” fueron el eslabón perdido de la movida madrileña. Sin embargo, en pleno éxito, Rafael Soler de pronto dejó de publicar en 1985. ¿Por qué dejo de publicar? Entiendo que por dos motivos: El primero es porque él siempre ha intentado “estar más en la vida que en las antologías”, como dice Fernando Beltrán. El segundo motivo para dejar de publicar, fue porque salió de los cojones.

Es esta una frase contundente (dejó de publicar porque salió de los cojones) y contiene, a su vez, dos matices: el matiz fanfarrón, ya que a Rafael no le importaba dejarlo porque sabía que lo podría retomar cuando quisiera, como así ha sido; pero también contiene esa frase un matiz mío, de reproche y protesta.
Su decisión, aunque personal y legítima, tuvo un efecto secundario que con el paso del tiempo uno se da cuenta; Hizo
lo anterior por la música Madrileña no solo música, diseño, cómic y una actitud brillante y desenfadada ante la vida; la Movida también tuvo sus apóstoles literarios, como Fernando Beltrán, en poesía, y, sobre todo, Rafael Soler, en prosa.
Fernando Beltrán y Rafael Soler eran amigos, por no decir que Rafael fue maestro de Fernando.
De la literatura de la movida se habla poco, porque de pronto el interés se centró en la “poesía de la experiencia”. Sin embargo, poesía moderna y cinematográfica, suelta y brillante, la hubo y mucho, tanto en Madrid como en Valencia.
En 1982, hubo un choque de trenes en el Premio Adonais, el Primer Premio se lo dieron a Luis García Montero, con el libro “El jardín extranjero”, cuya tercera parte, ya saben, fue un largo poema dedicado a Federico García Lorca; ya Fernando Beltrán lo dejaron con el acceso a “Aquelarre en Madrid”, que de principio a fin es una oda frenética, desenfrenada y fresca, a las imágenes del alma y de la movida madrileña.
La poesía parece unificarse en aquella nueva “poesía de la experiencia”, que tenía más continuidad que ruptura con los novísimos; y, por si fuera poco, Rafael Soler, que debiera haber liderado un movimiento alternativo, se tomó casi tres décadas sabáticas.

Tan lejos, y periféricos, en Elche también perdimos con aquello. En los años ochenta la literatura en Elche estaba muy próxima a la nueva estética de Rafael Soler o de Fernando Beltrán, y muy lejos de la académica “poesía de la experiencia”, que se quedó atrás porque nosotros no queríamos analizar nuestra vida, sino que pretendíamos vivir y experimentar.
Los amigos que empezamos, nada teníamos que ver con Lorca o con la guerra civil. Nosotros hablábamos del neón, de los moteles, las mujeres fatales y los bares de madrugada … Un Julio Soler tan surrealista, desenfadado y provocador, no lo imagino, por ejemplo, hablando de la memoria del agua fresca de un botijo ​​debajo de la silla de su abuela. salvo que la abuela tiene los auriculares y está escuchando canciones de Machín en la versión cosacos del Volga.
En 1987, mi libro “Cuestión de Estética” podría haberlo camuflado como apócrifo, entre la obra de Rafael Soler, y Carlos Cebrián (ahora Javier Cebrián) publicó “Heroína”, que podía ser presentado como “Aquelarre en Madrid”. La generación valenciana de los ochenta, aquella a la que Fernando Garcín llamaba “Generación Espontánea”, ya digo, no se movió en los claustros del instituto.

Por eso aquella poesía alternativa -y sin embargo, tan ilicitana-, la poesía de la movida, del cine, de la música pop, de la estética sin memoria … todo lo perdió a un tiempo de sus padres, cuando Rafael Soler decidió dejar de publicar.
Aunque como buen patriarca, que fue y sigue siendo, doy por hecho que Rafael Soler sabe cuidar los años y el año pasado aún no conocíamos pero cuando Rafael Soler fue jurado de los Premios de la Crítica Valenciana apostó por mi libro y no creo que “descubriera” mi prosa, más bien pienso que “reconoció” su propio estilo en mi libro.
Por eso, no hay que hablar de “encuentro”, sino de “reencuentro”, de feliz reencuentro.

Dicho lo anterior, me refiero brevemente a la novela de la noche “EL ULTIMO GIN-TONIC”.

Dice Ricardo Berlveser que Rafael Soler es “un poeta metido a novelista”, pero eso no es una técnica, sino un modo de ser.
Hay escritores que utilizan los recursos de la poesía y los aplicados a la prosa. Normalmente el resultado es almibarado … espeso, dulce y empalagoso.
Rafael Soler no es que usa los trucos de la poesía en su novela, lo que pasa es que Rafael es como es. Él es inteligente, culto y un gran literato, pero sobre todo lo que quiere decir es “comunicar”, con el lector y compartir una historia. No hay discursos desde el estrado, son conversaciones en la barra de un bar.
¿Y por qué decimos que es un poeta metido a novelista? Porque lo que Rafael nos cuenta, lo que nos queda cuando llegamos al final y cerramos su libro, en definitiva, lo que nos queda son sentimientos.
Digamos que, en el fondo, Rafael Soler es un jodido sentimental, un amigo entrañable.

¿Y cómo trasmite esa poesía? Rafael es un lanzador de cuchillos.
Utiliza frases contundentes, imágenes cortantes, pero con un lenguaje educativo y coloquial. No hay metáforas enrevesadas, ni palabras de diccionario, ni frases inescrutables. Es un lenguaje claro y directo, ideas frescas y brillantes, aunque esa facilidad no es la reñida con el brillo de sus frases cortantes y metáforas contundentes.

Para expresar el amor, hay dos formas: Los dados te quiero, o regalas un ramo de flores. Usas la palabra o usas la imagen.
Hay escritores que buscan el extremo del ovillo y van tirando de él, con más o menos maestría, con más o menos monotonía, para guiarnos por un laberinto oscuro y contarnos una historia.
Hay otros escritores que no tiran del hilo, sino que sugieren historias. Son aquellos que llenan todo de imágenes para que el relato explote dentro del lector.
Rafael hijo de esta segunda clase de escritores, no se limita a contarte una historia, lo que quiere es lo que la historia crezca dentro del lector y para ello utiliza la sugerencia de las imágenes.
Por eso, los libros de Rafael se han visto desde dentro de uno mismo, el solo nos da las imágenes; a partir de esas imágenes, responde al estímulo y vemos y sentimos todo.

Por último, para referirme al contenido de la novela, empiezo a citar a Baudelaire:
“No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una vela. Lo que puede verse a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que sucede detrás de un cristal.
Este libro,” El último gin-tonic “, trata de cuatro días en la vida de una familia, en torno a una vela que es la muerte del patriarca.
Pero les advierto que se trata de una muerte moderna, no es el monólogo de “Cinco horas con Mario”, una muerte oscura y un velatorio nocturno en una silla. Se trata de una muerte que ocurre, pero que no interrumpe nada. En el velatorio todos los participantes sin dejar de seguir el ritmo frenético de su propia vida.
Rafael nos asomó por la ventana de la casa de esa familia y, como decía Baudelaire, descubre lo más profundo, lo más fecundo, lo más tenebroso y deslumbrante.
Son cuatro días, doscientas páginas, asomados a la ventana de esa casa donde el abuelo, que fallece, se llama Moisés, el hijo Lucas, y los nietos Marcos, Mateo y Juan.
Hay una simbología bíblica, que parte del título, “El último gin-tónico”, como si tratara de “La última cena”. Pero, ya digo, no se asusten, porque el patriarca, es “republicano, ateo converso y amante del caribe”, y es que al libro no le falta sentido del humor.

Luis Landero, 26 de abril. La Dignidad de la palabra 4.

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Luis Landero: “Yo empecé a enfermar de literatura a los catorce años”

“Mientras haya una minoría que lea, escribiremos”, asegura el extremeño ante la baja perspectiva lectora

http://www.laopiniondemurcia.es/cultura-sociedad/2018/02/22/empece-enfermar-literatura-catorce-anos/900020.html