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Sobre los Amores Sotánicos, de José Antonio Muñoz Grau, por Javier Puig

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Con Amores Sotánicos, José Antonio Muñoz Grau, vuelve a incidir fundamentalmente en un tiempo (el de la República y el de los albores de la dictadura) y un lugar (la Vega Baja alicantina), de los que sigue extrayendo historias diversamente sobrecogedoras. Esta vez, la temática es la de los abusos sexuales por parte de los miembros de la iglesia, un asunto sobre el que hay abundante información en algunos países, pero que aún no se ha destapado en otros, entre ellos en España.

El soporte principal de esta historia está en unos magistrales diálogos que ocupan la mayor parte del texto, y que nos remiten a muy diferentes tipos de conversaciones. Entre ellos, están los que retratan el obtuso talante de los representantes del poder político y religioso de una época tenebrosa, con sus afirmaciones delirantes, la obscena hipocresía y el demoledor cinismo. Por momentos, nos sentimos atrapados entre el nauseabundo aire de unos personajes siniestros, que vomitan sus aseveraciones absurdas, la consensuada falsedad, el tono terminante y la fe en su endogámica locura. Nos resistimos a creer que puedan asumir plenamente su papel aberrante, y preferimos imaginarlos necesitados de teatralizar su integración en la oscuridad vigente.

Junto a estas conversaciones públicas, ajenamente vergonzantes, están las diabólicas y secretas voces de unos curas perversos. Tienen una monstruosa forma de acometer sus abusos, sus violaciones, disfrazándolas de rocambolescos argumentos, que desvirtúan los mandatos de la religión, para tratar de justificar unos actos absolutamente repugnantes. Todo ello, amparados en su poder, en el permanente terror que infunden, propiciando su impunidad a través del silencio, tanto el de las víctimas como el cómplice de sus superiores.

Pero esta historia no acaba en el momento en el que se producen los hechos principales – entre los años 1930 y 1932-, sino que se extiende por los años más oscuros del franquismo, en los que se amparan todos los crímenes de sus acólitos. A través de los diferentes saltos en el tiempo, se nos sitúa definitivamente en una época más cercana, en torno al 2000, ya en plena democracia. Ahí alcanzamos al personaje principal de la novela, Rufa, nacida de aquella violación de su madre por parte del cura don José, ahora ya inmersa en una avanzada madurez y seriamente enferma.

Amores Sotánicos es otra novela fragmentaria, constituida por muchos y cortos capítulos, en los que, como si fueran aisladas escenas, se reinicia, desde distintas perspectivas y épocas, la profunda inmersión en una problemática que aquí se nos expone desde la concreción personal, desde la penetración en las acciones y los sentimientos principales de sus protagonistas. Así, al lector se le desplaza continuamente por diferentes escenarios en los que asiste a su siempre impactante y diversa expresión. Entre las escenas más difícilmente atendibles están aquellas de los abusos, en el que el autor no nos ahorra su insidiosa truculencia, que no lo es tanto la de la propia exposición de los actos, como el insoportable detalle de la morbosa y cruel actitud de sus perpetradores.

Como decía, los diálogos son, en todo momento, relevantes y utilizan un lenguaje que describe el perfil cultural de los protagonistas, a través de un hablar castizo que también expresa su talante. Y es, en las palabras de Rufa, donde más se aprecia la rabia, el ininterrumpido dolor. Es esa manera de hablar de quien se cree con el dolorido derecho de no maquillar socialmente sus expresiones; de quien conoce, de primera mano, la humillación que la sociedad puede infligir a sus víctimas preferidas.

Uno de los decursos más logrados de la novela, es esa lenta, delicada relación que se desarrolla entre Rufa y Cesáreo. Este la conoció cuando ella estaba en el hospicio oriolano de la Misericordia – antes la Beneficencia -, y se enamoró de ella cuando, en el cine, la contemplaba mientras ignoraba la película. Luego, la vida los separó. Ella tuvo que acatar un matrimonio impuesto, con un enfermo mental al que tenía que proveer, aunque fuera sin contacto físico, de sus desahogos sexuales. Eran las consecuencias de ese cruel submundo del que participaban todos los que salían a la calle impostados de decencia.

Muñoz Grau vuelve a demostrar aquí esa habilidad suya para superponer planos, para contrastar escenas. Por ejemplo, esa forma de entreverar lo atroz y la liviandad de la inocencia, como en esa escena en que el cura somete sexualmente a Ramona, la madre de Rufa, mientras, encapsuladas en sus juegos, afuera, se oyen las voces de los niños. La descripción de los sentimientos se hace en este relato, más que desde una narración directa, linealmente explicativa, mediante la inclusión de frases que se elevan con gracia, algunas de ellas reflejando dichos populares o culturales, y otras creadas por el propio autor.

En los diálogos de esos sexagenarios que son Rufa y Cesáreo, de esa mujer dañada desde su nacimiento y de ese hombre que desde su infancia ha querido implicarla en su vida, hay mucha irrestañable verdad. Ella siente que su vida le ha sido hurtada y, cautelosa, no se ve capaz de recuperarla como si nada hubiera sucedido. Él avanza con suma pulcritud hacia ella, con cuidado infinito, intentando averiguar el resquicio por donde atravesar esa barrera defensiva que impone, esa irremisible y totalizadora asunción de su desgracia. Se reúnen en el patio común de sus viviendas—cuya contigüidad ha forzado él, comprando la casa vecina— y, juntos, ven películas grandiosas, memorables, que les suscitan palabras con las que intentan explicar sus propias vidas.

Amores Sotánicos es una novela muy rica en sus variadas y profundas perspectivas sobre unas mismas actitudes vejatorias, pero también sobre un cierto retrato histórico de Orihuela, que incluye también alguna digresión temática. La lectura de este libro resulta tan nutritiva como dura, por esa sumersión en un ambiente enfermizo a la que nos fuerza, obligándonos a contemplar detalladamente a unos personajes que ejercían su vileza en la sociedad hipócrita y abyecta que los amparaba. Aunque, de otra más melancólica manera, también nos conmueve el ensombrecido recorrido de las secuelas de las víctimas, sus voces hechas de amargura, de unas palabras que expresan el menoscabado amor a la vida. Todo ello aderezado con esos comentarios del narrador, que describen, con original perspicacia literaria, los sucesos emocionales que los atañen. José Antonio Muñoz Grau ha vuelto a impactarnos con otra espeluznante historia rescatada del olvido.

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Presentación Distinta Clara de Alba Ballesta por José Luis Zerón Huguet

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Presentación de Distinta Clara en la librería Códex, 27-12-2018. Foto: Antonio Ballesta.

¿QUIÉN ES CLARA DUBASENCA?

Distinta Clara, Alba Ballesta, Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. Algaida Editores, Sevilla, 2018.

Hace tres años leí Rari Nantes, la primera novela de Alba Ballesta (Orihuela, 1991) y me sorprendió la destreza narrativa de la jovencísima autora y su talento para tratar con solvencia el conflicto unamuniano entre autor y personaje, creando un brillante juego metaliterario en el que se insertan hábilmente numerosas referencias literarias
Recientemente he leído su segunda novela y tuve el gusto de presentarla el pasado 27 de diciembre en la librería Códex de Orihuela. No ha defraudado mis expectativas.


Distinta Clara, cuyo título (y argumento) rinde homenaje a la célebre canción de Joan Baptista Humer, me parece una novela polifónica, un mecanismo especular o mise en abyme vinculado al debate metaliterario posmoderno, pero también a escritores clásicos del siglo XX como Nabocov y Borges o contemporáneos como Bolaños y Javier Cercas. Cada uno de los numerosos personajes de la novela canta su aria cargada de sentido en el desarrollo de la trama. La dinámica interior está muy calculada, pero al mismo tiempo fluye con una asombrosa madurez expresiva. El argumento parte de un hecho azaroso y se va complicando en una urdimbre misteriosa. Laia Crespo (tiene veintipocos años y es hija única) estudia un máster en la Universidad de Barcelona, adonde se ha mudado, cansada de viajes en tren desde Vilanova; sus padres no terminan de asimilar su ausencia y la presionan para que vuelva a casa. Comparte piso con otra chica y trabaja en una librería-café. Un domingo, mientras echa un vistazo a una caja de libros de adolescencia que su madre le ha apartado, redescubre un pequeño volumen de poemas con un sugestivo título: Obras Completas de Clara Dubasenca (Tomo III), dedicado por la autora a Ramón Egea, el conserje del instituto donde estudió Laia.
La inesperada reaparición del libro desencadena en la chica el recuerdo del día en que su profesora de literatura, Amalia Ros, llegó a clase con unas cajas de libros e invitó a sus alumnos a que cogieran los que quisieran. En un gesto instintivo, vuelve a guardarse el libro y, ya en Barcelona, localiza a la profesora y charla con ella. Más tarde, cuando Laia alarga la mano para situar el libro de Dubasenca en un anaquel de la cafetería donde están los que los clientes dejan o se llevan, se le cae al suelo abierto por el poema “Todo se repite”, y Laia interpreta este hecho insignificante como una señal. Precisamente necesita un tema para el trabajo de fin de máster, y en ese instante decide llevar a cabo una investigación sobre Clara Dubasenca: desea saber quién es la misteriosa poeta y dónde se encuentra el resto de su obra. Su primer contacto será la viuda de Ramón. Es entonces cuando la investigación de la joven estudiante empieza a complicarse.
Ante todo, creo que Distinta Clara es una bildundgsroman (Laia se conocerá mejor a sí misma al final, o al menos va salir reforzada siguiendo los pasos de Clara), pero también un relato metaficticio y detectivesco que comparte el hibridismo genérico de muchas novelas del siglo XXI (reflexión, periodismo, ensayo, crítica literaria, ficción, poesía). Me parece destacable la revisión del tópico del manuscrito encontrado, es decir, el libro de poemas de Clara Dubasenca (el tomo III de sus obras completas), será el verdadero motor de la obsesiva -monomaníaca- investigación de Laia, en un principio como trabajo para el fin de máster, aunque debido a la oposición de su director y de la incomprensión de Diego, compañero de estudios, desechará esta opción y emprenderá una búsqueda en solitario. Diego está enamorado de Laia. Es un muchacho aplicado y bondadoso que aporta dosis de sensatez y pragmatismo tratando infructuosamente de convencer a su amiga para que olvide a Clara Dubasenca y se centre en su trabajo fin de máster, algo así como Sancho Panza tratando de que el Quijote ponga los pies en la tierra.
La estructura de la novela, dividida en tres secciones con capítulos titulados, me parece muy eficaz. La complejidad no está reñida con la amenidad. Considero un acierto las entrevistas de Laia con los personajes que conocieron a Clara y que en su mayoría la idealizan en sus recuerdos, aunque realmente son monólogos, ya que salvo alguna interrupción puntual de Laia, que no aparece reflejada pero se intuye por el cambio de inflexión del discurso, los entrevistados hablan y hablan. Me choca que muchos de ellos le pregunten a Clara, “¿qué dices?” O se disculpen: “Perdona no te he oído”. Esto indica que ellos están ensimismados en su verborrea y en sus recuerdos y refleja asimismo la discreción de Laia.
El azar también es muy importante, fundamental diría, en la trama de esta novela; ese azar que tanto perturba a Paul Auster también es provocado por Laia, algo así como ese azar objetivo en el que creían los surrealistas. Asimismo destaca en esta novela  una visión muy madura e incisiva del mundo que nos rodea, especialmente de la realidad universitaria y de la especulación inmobiliaria que afectó a España en general y a Barcelona en particular, a través de un lenguaje eficaz y preciso, pero rico y hasta poético en el uso de algunas imágenes, símiles y asociaciones insólitas.
En Distinta clara confluyen dos mundos distintos, la época ochentera y optimista de la Movida durante la Barcelona preolímpica, representada por los personajes que frecuentaron a Clara Dubasenca y que Laia va conociendo, y la realidad pesimista de nuestro digitalizado siglo XXI en la que se mueve la joven investigadora obsesionada por la misteriosa poeta. Los personajes maduros con los que se relacionará Laia transmiten una impresión agridulce y melancólica. Muchos viven su madurez como un digno fracaso o un pudo haber sido y no fue.
Sobre todo están muy logrados los dos personajes protagonistas. Sin la verosimilitud que transmiten, la novela fracasaría. Laia es tímida, introvertida, idealista, insatisfecha, aparentemente abúlica. Clara, según los testimonios de quienes la conocieron, era decidida, valiente y descarada, pero también insegura, de ahí sus cambios de humor, sus derivas, su carácter caprichoso y su caída en la adicción. En algunos momentos me recuerda a Nadja, la vaporosa joven que tanto fascinó a Breton hasta el punto de que este la convirtió en la heroína de su novela homónima. Las dos son independientes. Laia vive en Barcelona emancipada de sus padres, que residen en Vilanova y le reprochan su distanciamiento. Comparte alquiler con una compañera, Silvia, y trabaja en una librería-café. Clara también estaba emancipada de su familia, de la que no sabía nada (ni hablaba de ella) desde mucho tiempo atrás y trabajaba en un bar, aunque vivía a salto de mata. A Laia la iremos conociendo a través de un narrador omnisciente y de las notas a pie de página que ella escribe (Confieso que estas notas al principio me chirriaron pues se entrometían en la narración en tercera persona, pero conforme avancé en la lectura me pareció un método reflexivo solvente y una forma de conocer al personaje de primera mano). Mientras que todo lo que sabemos de Clara es a través de los testimonios, en su mayoría idealizados, de quienes la conocieron.
Hay momentos en que Laia se funde con Clara en un juego especular, hasta el punto de que la joven investigadora utiliza un poema escrito por ella misma para promocionar el café donde trabaja haciendo creer que es de Clara Dubasenca. En otra ocasión se enfrenta a su timidez y decide participar en un recital colectivo leyendo un poema de Dubasenca. Y lo recita con tal intensidad y sentimiento que uno de los personajes que conoció a la investigada, Baptista Galtés, se presenta ante Laia asombrado porque es como si hubiera escuchando a la propia autora del poema.
A algunos lectores les molestará la naturaleza egoísta y caprichosa de Clara, pero como yo tengo debilidad por la gente disonante o un poco a la deriva, simpatizo con este personaje. Cierto que tiene un carácter aristado, pero derrocha ternura y desamparo. También he sintonizado con el carácter escurridizo y neurótico de Laia.
Otro elemento muy importante de la trama es la presencia de M. la pequeña ciudad de provincias que así es nombrada y ocultada en la novela. A Laia le choca el nombre no nombrado por el sonoro diptongo que contiene (¿trasunto de Orihuela?). En esta localidad vivió Clara sus años de adolescente y llegó a publicar en la revista Artétrica que editaban unos jóvenes del lugar. Aunque resulta inevitable relacionar M. con Orihuela, también podría ser cualquier pueblo o ciudad de provincias.
Laia viajará a M. conducida por otro hecho azaroso: Elisa, su antigua compañera de piso, es nativa de esta ciudad levantina y ella la invita a casa de sus padres y le facilita el contacto con los editores de la revista Artétrica, Adolfo Collado y Vicente Molinero, este último un escritor mediocre que siente envidia o celos del talento de Clara Dubasenca y le molesta el interés que la poeta desconocida suscita en la joven universitaria. El viaje a M., que en un principio parece un fracaso, abrirá las puertas del desenlace y le permitirá a Laia atar los cabos que necesita para llegar al final de su investigación.
Por último, quiero hacer mención de los poemas de Alba Ballesta-Clara Dubasenca que aparecen insertados en la novela. La autora corría el riesgo de aburrir o descentrar al lector, pero el experimento le sale bien. En mi opinión, los poemas no entorpecen la lectura, al contrario, la refuerzan con una mezcla de inocencia, ironía, ludismo y oculto dramatismo. Me han traído ecos de los surrealistas de los surrealistas Prévert, Péret, Queneau, y también de los argentinos Girondo y Cortázar. Estos poemas hay que leerlos sin grandes pretensiones, solo en el contexto de ligereza y descaro en el que se movía Clara.
En suma, Distinta Clara es una novela escrita (muy bien escrita) con una intensidad atenuada, moderada. El conflicto interior de las dos protagonistas queda patente pero no de una manera aguda, bronca o disonante. Muchas novelas actuales cargan la trama de atrocidad y abyección y parece que todo lo disecciona el escalpelo del horror y el descreimiento. Hay una necesidad de mostrar continuamente un mundo desquiciado donde no es posible hacer pie. Por eso el lector agradecerá esta novela narrada con sobriedad y dosis de creatividad y humor inteligente.
A mí me enganchó desde la primera página. Deseaba llegar hasta el final para saber más de las dos protagonistas. Hasta el punto de que cuando finalicé la lectura me sentí entristecido, y no porque el final resulte fallido, ni mucho menos, sino porque el punto final significaba mi desenganche forzoso de un mundo que me había fascinado, o sea, la vuelta a la realidad, como si un prestidigitador te rapta con sus mejores trucos y vives un momento mágico que desearías se prolongara indefinidamente para seguir viviendo ese momento prodigioso tan diametralmente opuesto al miserabilismo, como denominaba el mencionado André Breton a la perversidad del pensamiento occidental que privilegia la depreciación o infravaloración de la realidad sobre su exaltación.
Así es Distinta Clara, una novela inteligente, rizomática, adictiva. Una narración que admite muchas lecturas.

Presentación de Distinta Clara en la librería Códex, 27-12-2018. Foto: Antonio Ballesta.

José Luis Zerón Huguet

PRESENTACIÓN DE EL CIELO DE KAUNAS, DE JESÚS ZOMEÑO A CARGO DE JUAN LOZANO FELICES.

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LUGAR: CASINO DE ELCHE, 3-12-2018.

Buenas tardes. Gracias por acudir a este acto que tiene por objeto dar a conocer esta novela de Jesús Zomeño, “El cielo de Kaunas”, editada por la editorial Contrabando, de Valencia. Luego mantendremos un coloquio con su autor para que nos explique algunas de las claves de la historia, y que así el lector se haga una idea lo más precisa posible de lo que va a encontrar en la novela. Y gracias al Casino por acogernos en este entorno verdaderamente entrañable, aprovecho para desearle a José Esteban una pronta recuperación.

Voy a comenzar por el principio porque quiero que se entienda lo que voy a decir después, voy a contar cómo conocí yo a Jesús. Sería el año 80 u 81, y yo, con la osadía y la irreflexión que da la juventud más temprana, me autodenominaba poeta y quería ser como aquellos poetas que leíamos en el bachillerato. Como Miguel Hernández, como Lorca, como Blas de Otero que entonces estaba muy de moda. Los leíamos en aquellas viejas ediciones de la editorial Losada que venían de Argentina, las hojas no se desprendían como pasaba con los libros de bolsillo de Alianza pero amarilleaban. El caso es que yo tenía un amigo con el que quedaba para salir los fines de semana y él a su vez conocía a otro chico que, según me decía, también escribía y que había ganado un premio de poesía en el instituto. Su amigo era Jesús Zomeño. Jesús fue, durante algún tiempo, como hubiera dicho Henry James, el amigo de mi amigo. Incluso antes de conocerle, a través de ese amigo común, compartimos un disco. El caso es que nos conocimos, ese otro amigo desapareció de nuestras vidas y Jesús y yo nos hicimos inseparables hasta hoy. Han pasado casi 40 años y ni siquiera tenemos ya el consuelo de aquel verso de Jaime Gil de Biedma que decía “Ahora que, de casi todo han pasado 20 años”. Bueno, pese al tiempo transcurrido, aún recuerdo como si fuera hoy el día en que nos conocimos, el intercambio de poemas casi con valor de hermanamiento de sangre….quizás hablamos de política, de chicas, de la ilusión por publicar, de la escritura como necesidad vital … Estos casi cuarenta años han dado para mucho….hemos compartido vivencias, nacimientos de hijos, momentos dolorosos, lecturas, proyectos literarios y personales, incluso en el día a día profesional también hay una intersección que es el mundo del Derecho donde nuestras vidas se vuelven a cruzar.

Bueno, pues quiero que ustedes sepan que el hecho de ser amigo del autor y de conocer muy bien el proceso creativo de una novela como “El cielo de Kaunas”, no me afecta a la hora de sostener que la aparición de esta novela es un acontecimiento de primera magnitud dentro del panorama literario español. También para su autor, “El cielo de Kaunas” marca un punto de inflexión en su ya dilatada trayectoria literaria. Tras haber dejado formalmente la poesía con “Un libro llamado 34 poemas” (Diarios de Helena, 2001), durante algo más de quince años Jesús nos ha legado un corpus narrativo de primer orden, con libros de relatos como “Lengua azul” (Sloper, 2008), “Cerillas mojadas” (Denes, 2012), “Piedras Negras” (Lengua de Trapo, 2014), “De este pan y de esta guerra” (Contrabando, 2016) “Querido miedo” (Sloper, 2016) y “Guerra y pan” (Contrabando, 2017). Ahora cambia de tercio y nos ofrece una novela. Esto, evidentemente, no ha ocurrido de la noche a la mañana. Ha entrañado un proceso más complejo que voy a intentar establecer con una sucinta cronología.

Todo comenzó en el verano de 2015, cuando Jesús me dijo que se iba de viaje a Kaunas. Yo no había oído hablar de esa ciudad y Lituania sólo era, para mí, un país báltico que no hubiera sabido situar correctamente en el mapa, igual que si me hubiesen hablado de la tintinesca Syldavia. Yo, ese verano estuve en Roma y, a la vuelta quedamos para hablar nuestras experiencias estivales. No hace al caso la mía ahora. Durante su estancia en Kaunas, Jesús se había alojado en un hotel llamado Santakos, situado en un punto que conecta el centro moderno con el casco antiguo de la ciudad, famoso por sus excelentes muestras del Barroco tardío. Un hotel, según me dijo, anticuado pero cómodo y tranquilo, donde estuvo perfilando los cuentos de “Querido miedo” para su publicación. Si uno hace una consulta en el Google Maps, tomando como punto de partida el hotel Santakos, comprobará que, en un radio de no más de quince minutos encontramos el Gran Museo de la Guerra, la Alameda de la Libertad, la isla Nemunas, el Museo del Diablo o un restaurante llamado “Bella Italia” en la calle Daukanto. Antes de que alguien pueda confundir esto con una guía turística, debo decir que los lugares citados son los que frecuentó Jesús durante su estancia en Kaunas y luego incorpora a su novela, convirtiéndolos en un itinerario sentimental y vital, como si fueran las arterias y las venas por donde circula la narración y le infunde vida. Quizás sea exagerado decir que uno podría visitar Kaunas con el solo apoyo de la novela de Jesús, pero si deciden viajar a la ciudad báltica (yo tengo pendiente mi visita) harían bien en llevar la novela consigo y recorrer los lugares, ya familiares, que aparecen en ella.

Durante ese otoño de 2015, Jesús comienza, por primera vez, a hablar de que está enfrascado en una novela con cierto aire noir. No me extrañó, era la evolución natural de su narrativa, ya anunciada en unos cuentos que, al final, han quedado inéditos. Precisamente yo, en octubre de 2015, en un diario comenzado por esas fechas y que no continué, veo la siguiente anotación:

Jesús sigue con su novela y quiere volver a Kaunas para terminarla. Como sabe que no puede ser, va a hacer que el protagonista de su novela viaje a esa ciudad y se refugie en el mismo hotel donde él estuvo este verano.

La novela fue terminada en dos meses y, tras una apresurada corrección, pone el punto y final. Era el 31 de octubre de 2015, lo recuerda porque era el último día de plazo para remitirla a un premio literario. No obtuvo ningún resultado, tampoco lo esperaba. Pero, esa primera novela había servido como campo de pruebas para emprender otro proyecto de mayor envergadura y cuyas líneas maestras ya tiene más o menos claras. El 1 de noviembre da comienzo a su segunda novela, que entonces sólo es “la novela de Kaunas” y donde, el mismo protagonista de la primera, un atípico inspector de policía del que no conocemos su nombre, viajará a Kaunas sin un propósito fijo, sólo porque su amante asesinada era de allí. Como quien persigue un rayo de luna, que es lo que le dice Paco, su compañero en la Jefatura. Las dos cabinas de teléfono donde creía haber localizado, por medio del Google Street View a su amante, pese al rostro pixelado, cuando aún vivía en Kaunas, serán el objetivo de su viaje.

El año 2016 será el annus mirabilis de Jesús Zomeño. La editorial Contrabando edita en febrero su libro “De este pan y de esta guerra”, conformado por relatos nuevos que había escrito tras publicar “Piedras Negras” y otros, incompletos entonces o a partir de esbozos, que el tiempo le había permitido retomar y concluir con mejor perspectiva. Tras el verano de 2016, la editorial mallorquina Sloper editaría “Querido miedo” donde Jesús proyecta una mirada entre nostálgica y elegíaca ante la década de los ochenta.  Ambos libros aparecen, entre otros, en 2017 como candidatos a los Premios de la Crítica Valenciana y el galardón se lo lleva “De este pan y de esta guerra”. Luego, en octubre de 2017, aún vendrá “Guerra y pan” que, en principio iba a ser una separata de tres o cuatro cuentos destinada como regalo, tras el premio, a los compradores del libro y que termina siendo un libro con plena autonomía e integrado como tal en el catálogo de Ediciones Contrabando.

Pero durante ese ajetreado año, Jesús no ha dejado de trabajar en su novela. Me habló de que, una vez encontrada la voz y el ritmo, la novela era más lineal y no requería la tensión y concentración del cuento. Según lo entendí era algo así como si uno pusiera el piloto automático. Pero sospecho que, lo que resultaba tan practicable para Jesús, para otros sería un Himalaya inalcanzable. Para Jesús, todo era cuestión de disciplina, de cenar ligero, acostarse pronto y poner el despertador para levantarse siendo aún noche cerrada. Prepararse una taza humeante de café con leche y arrancar el ordenador portátil. Una de sus herramientas, cuyo uso comparte con el protagonista de su novela, es el Google Street View. No voy a desvelar nada más acerca del modus operandi de Jesús. Lo importante es el resultado, y éste es portentoso.

En el otoño de 2016, un año después de haber comenzado, Jesús termina una primera versión de “El cielo de Kaunas”. Todo el 2017 lo ocupan las correcciones, casi frase a frase. Mientras que, para algunos autores, es la idea la raíz de su proceso creativo y para otros el párrafo, Jesús Zomeño tiene en la frase la unidad que vertebra su escritura. Hasta el verano de 2018 vendrá una última fase de pulidos y detalles, donde además se añadieron los títulos de cada una de las partes, escribió el preámbulo y la editorial trabajó con el diseño. La magnífica portada se debe a Carlos Michel Fuentes y también contiene una ilustración interior debida al artista madrileño Raúl, colaborador en los años ochenta en publicaciones como Cairo, Madriz o Complot. El montaje de Raúl, que alguna vez se valoró como portada, está ubicado al final y es fruto de una concienzuda lectura de la novela, ofreciendo detalles y guiños que harán las delicias de los lectores de “El cielo de Kaunas”.

Jesús Zomeño nos muestra la vida tras el desmoronamiento del modelo soviético, el mundo de los personajes deviene un caos donde la nostalgia será la información que las terminaciones nerviosas están mandando de forma continua al cerebro. Jesús ha escrito una especie de Estación Termino del socialismo real por medio de alegorías y de historias pobladas de unas criaturas que huyen continuamente para seguir tan perdidos como al principio: el francotirador que, como el protagonista, carece de nombre; los personajes convulsos de la segunda parte; el propio inspector de policía…el eje conceptual de la novela, tal como yo lo veo, es la incomunicación y la huida. Sobre el título yo, Jesús, te oí decir el otro día en Orihuela que era un homenaje a El cielo protector, acaso porque los personajes de la novela también busquen el manto protector de un cielo estrellado, sin encontrarlo. Una interpretación literal hace referencia a las condiciones climáticas hostiles y el cielo bajo y plomizo, como amenaza, sobre los personajes. Pero también refiere al techo pintado de nubes de la habitación de los niños, en la casa donde el francotirador sin nombre, pasó su infancia y donde se desencadena la tragedia.

Quizás no sea una novela para todos los paladares, quizás haya asumido Jesús un riesgo excesivo. Quizás en estos tiempos donde impera el fraude de la corrección política, alguien pudiera pensar que estamos ante una historia nada edificante. Nada de eso importa, estamos ante una novela, como dijo Ridruejo de “Si te dicen que caí” de Juan Marsé, de las que nos hacen crecer. Una historia, en cierto modo perturbadora, que habla de la delgada línea que separa al hombre racional de un ser que ya ha roto todos sus vínculos emocionales, intelectuales y culturales con la civilización, capaz de las mayores atrocidades como expresión de dominio. La historia del sanguinario verdugo de Kaunas es una de las más inquietantes del libro.

Alguna vez he dicho, utilizando un símil cinematográfico, que Jesús Zomeño  es un escritor que utiliza el zoom o el travelling de forma absolutamente lúcida; es decir, lleva la eficacia narrativa de los movimientos de la cámara a su literatura. Sus patrones narrativos no han cambiado desde “Piedras Negras” o “De este pan y de esta guerra” y, con “El cielo de Kaunas” lo vuelve a repetir. Si fuera un realizador Jesús no sería Visconti ni John Ford, descubriendo grandes espacios. Probablemente sería el Hitchcock de “La ventana indiscreta” o tal vez Orson Welles, un ilusionista del cine con sus ángulos oscuros y sus contrapicados. Quizás al intentar yo fusionar dos lenguajes distintos, esté planteando problemas de orden semiológico y estético. Admitámoslo si quiera metafóricamente para explicar lo que quiero decir. Un ejemplo, en cada escena del francotirador, eligiendo cuidadosamente a su víctima y preparándose para disparar, la cámara se acerca en un zoom. Cambia incluso el foco. Pasando del narrador omnisciente a un monologo interior, nos ubica directamente en los pensamientos del asesino. El tempo se ralentiza y el autor hace un recorrido para que nos fijemos en todos los elementos de la escena, desde el control de la respiración hasta la caricia del gatillo y por fin la presión del disparo.

A través de su estructura tripartita y con la precisión de un artesanal relojero, Jesús va montando un engranaje perfecto, donde todo encaja al final. O también es posible que esté desmontando el mecanismo, que la narración sea una deconstrucción y al final tengamos las piezas esparcidas sobre la mesa para que sea el propio lector el que las monte.

Hasta aquí la novela, pero este libro nos habla también de la felicidad de escribir, de alguien que disfruta enormemente con lo que hace. Jesús parece haber nacido para contar historias y la escritura deviene él una necesidad vital, tal como me contó en Cau d´Art hace casi 40 años. Ahora comienza para Jesús y para la gente de Contrabando una carrera de fondo que les llevará a presentar la novela en diversas ciudades españolas como Valencia, Alicante, Murcia, Albacete, Cuenca, Palma de Mallorca y Madrid. Solo me resta desearle a Jesús toda la suerte del mundo en este periplo, aunque estoy seguro de que no la va a necesitar si se hace a su novela toda la justicia literaria que merece.

Sobre El cielo de Kaunas, la intensa y apasionante novela de Jesús Zomeño. Por Javier Puig

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Después de una larga trayectoria, en la que, en una primera etapa como poeta y en una más reciente como reconocido cuentista, ha publicado numerosos libros, Jesús Zomeño nos presenta ahora El cielo de Kaunas, su primera novela. No se trata de un salto radical, sino que se fundamenta en su contrastada solvencia como narrador. Su contenida longitud, permite al autor mantener, en todo momento, un elevado grado de intensidad. Por otra parte, no se limita a una sola línea argumental, sino que se vale de tres distintas, que conforman otros tantos relatos que se podrían leer de forma independiente, pero que perfectamente convergen de una forma que a mí me parece muy original, compartiendo esenciales rasgos de los protagonistas y un mismo ámbito geográfico y temporal, que confieren a este novela un carácter tan diverso como homogéneo.

La primera historia nos introduce en los pensamientos y en las acciones de un hombre viejo que todavía trabaja de vigilante en el Museo Militar de Kaunas. Viudo, se siente desgraciado en su celosa soledad, en una casa sin calefacción, mientras va experimentando el paulatino declive de su cuerpo y de su mente. Es un nostálgico de los tiempos pasados, de la sociedad soviética, en la que, aunque todo funcionara mal, “existían unos principios y energías comunes”. Eso es lo que echa a faltar en la sociedad actual, a la que considera caótica, confusa, cambiante. Esta contradictoria nostalgia del orden anterior me recuerda a aquel “contra Franco vivíamos mejor”, al que se le añadía un incontestable: “Y éramos más jóvenes”.

Este hombre viejo proyecta su desazón en la sociedad que lo envuelve. Necesitaría erradicar esa dispersión humana que observa, esos rumbos tan disímiles, ese individualismo tan poco abordable. Tiene la terrible ocurrencia de que, si se provocara el dolor general, se desarrollaría, entre sus conciudadanos, el conveniente sentimiento de unión. Ha de producirlo, pues. Como aún se precia de buen francotirador, elige ese camino. Matará al azar para que así se cree la ansiada confraternización contra ese oscuro enemigo.

Así lo hace en varias ocasiones, pero sus crímenes apenas tienen repercusión. Le cuesta elegir a sus víctimas porque no puede odiar a los que pasan por delante de su escrutadora mirada. Sin embargo, cuando acciona el gatillo y comprueba su buena puntería, de lo único que se puede lamentar es de la inoportunidad del objetivo elegido, pero nunca de la muerte de un ser humano. Resulta inútil ese dolor que no parece conmover a nadie. Él no quiere la revolución, pues le teme a los cambios, pero sí lanzar un reproche.

La segunda historia tiene como protagonistas a dos jóvenes delincuentes, Vladik y Yuri, que huyen hacia Kaunas, acompañados de Guitta, una joven de buena familia atraída por los senderos de la perdición. Aquí, no solo no abandonamos la sordidez, lo truculento, sino que nos sumergimos de forma más explícita en esos submundos depravados. Eso sí, si en el anterior relato del francotirador las razones de su asesino comportamiento solo las podíamos intuir en su incipiente decrepitud mental, agravada por su irresoluble desdicha, en estos jóvenes se nos da una explicación más precisa. Vladik proviene de una familia prosoviética, en la que reinaba el alcoholismo, la extrema violencia, las violaciones del padre a su hermana o la indiferencia de una madre, “ese estúpido espejo de amor”; una mujer que los abandonó, llevándose el televisor en color. Yuri sirvió como militar en la guerra de Chechenia. Allí presenció muchas atrocidades e intentó suicidarse. Su amigo Liov torturaba con gesto triste a los prisioneros, “como si el dolor fuera un instrumento que tuviera que afinar”. Ahora Yuri dice depender del lado irracional de su cerebro. Su parte racional está muerta, murió en Chechenia. De momento, piensa que la locura lo mantiene vivo.

En su huida de una mafia argelina, a la que le han robado un kilo de cocaína, cometen todo tipo de necesarias fechorías para su supervivencia. Su actitud es absolutamente indigna, lastrada por el miedo, la inmoralidad y la falta de horizontes, pero la de aquellos con los que tropiezan no es mucho mejor. Aquí, nuevamente, el narrador vuelve a jugar con las relaciones y las contraposiciones en un lenguaje que mezcla lo cotidiano (la vomitiva visión de una comida que les sugiere, en sus formas, lo sangriento) con su periplo brutal, su huida hacia adelante, esta vez hasta Kaunas, ciudad descrita por Guitta como triste, vieja y de edificios pequeños.

La tercera historia es la menos abrupta, aunque también la más melancólica. La violencia está presente, pero ahora en un segundo plano, contemplada desde la lejanía del espacio, del tiempo o de la ausencia de implicación. Un policía español viaja hasta Kaunas para seguir las huellas de la mujer lituana que fue su vecina, de la que estaba enamorado, y que murió asesinada por su marido, al que él posteriormente mató. En el preámbulo de la novela, nos lo explica: “Yo la amé después de que la mataran, es cierto, la he estado amando desde entonces, quizá porque solo después de su muerte perdí el miedo a que me hiciera daño, que era de lo que yo me protegía”.

Parece un hombre acabado: “Lo único digno, a mi edad, es la indiferencia”. Ya solo aspira a completar el pasado. Es alguien fundamentalmente triste, que vive por inercia: “No tengo mucho que hacer en Kaunas. Todo es más bien un viaje interior. No necesito guías turísticas, a veces parece que estoy aburrido y es solo que estoy confuso”.

Este hombre hace tiempo que dejó de creer en la plenitud, y ahora solo espera del presente que le ofrezca una explicación, la versión completa de lo ya sucedido: “Estoy desconcertado ante la evidencia de las cosas, me siento frágil”. Pero apenas dispone de elementos reveladores: “Necesito volver a la realidad, demasiada divagación”. Que ya no espera nada es una certeza que cada suceso lo confirma: “Este accidente es lo único que me queda, un aviso para dar las gracias por la rutina que me espera el resto de mi vida”.

El cielo de Kaunas nos enfrenta a tres historias en las que sus protagonistas malviven sumergidos en una profunda infelicidad hecha del dolor que ha marcado indeleblemente sus vidas, que los ha instalado en la incomunicación y en la locura. Cada una de estos relatos presenta conexiones con los restantes a través de la simultaneidad que vamos descubriendo. De pronto, un hecho, un secundario personaje, que aparece en una de ellas, los reconocemos como elementos importantes de una historia anterior. Esos cruces son a veces anecdóticos, inconscientes, distantes, pero otras veces decisivos, incluso trágicos. El autor tiene la suma habilidad de mostrarnos esas coincidencias solo desde apuntes incompletos que requieren de la participación del lector. Estos encuentros nos permiten ver a estos personajes, que ya conocíamos desde la detallada interioridad que antes se nos había descrito, esta vez desde la somera visión exterior de alguien que no puede penetrarlos. Comprobamos así los errores de percepción en los que incurrimos, las hipótesis erróneas que elaboramos acerca de los otros.

La mayor virtud de El cielo de Kaunas es la honda descripción del mundo interior de unos protagonistas que viven en el lacerante torbellino de su desquiciamiento, poseídos por una oscura visión que han heredado de los golpes recibidos, de esas heridas que han fundado en ellos una irrebatible desesperanza. Recorremos sus pensamientos mediante una prosa que avanza a través de frases cortas que describen los entreverados distintos planos de su íntimo discurso, que se suceden o se contraponen alcanzando efectos sorprendentes y mantienen atento y expectante al lector. Nos hallamos ante una novela muy dura pero a la vez apasionante. Dura, porque nos obliga a acompañar a los protagonistas por los tenebrosos recorridos a los que están condenados, pero también apasionante porque nos invita a conocer de cerca a esos congéneres que están irreparablemente constituidos por unas circunstancias demoledoras. A través de su mundo, de la magnífica prosa que minuciosamente nos muestra sus siempre significativos pensamientos y actos, accedemos a otras amplitudes del concepto de lo humano.