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Sobre “El jugador de damas”, de Antonio Aledo Sarabia, por Javier Puig

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Una sustanciosa novela a descubrir

El jugador de damas, de Antonio Aledo Sarabia, es una novela que, si no fuera por el accidente de su provocado final, podría ser infinita. Cuando se interrumpe, rondando las mil páginas, tan solo han transcurrido un fin de semana en la vida de su protagonista; eso sí, en ese tiempo  está permitido recurrir al relato de todas las historias que se invocan a la más mínima oportunidad que los distintos pequeños sucesos van propiciando. Nos hallamos ante un relato muy extenso, pormenorizado, siempre sustancioso, que no tiene prisa, que lleva el ritmo pausado del vivir de su protagonista, Jorge Rojo, un hombre que observa la vida con detenimiento, que intenta comprender la existencia desde una lúdica actitud que se enfrente a su intrínseca amenaza.

Tiene este libro puntos en común con algunas de las más famosas obras de la literatura, pero no es en absoluto su imitación, sino que se sostiene sobre una singularidad muy definida. Como bien se dice en la presentación del mismo, en su lugar de venta (Amazon, en formato digital), recuerda esta obra a El Quijote, por estar atravesada por la frecuente inserción de diferentes historias que podrían tener una vida independiente. El hecho de que aquí la actualidad del protagonista se despliegue solo durante tres jornadas —aunque se admitan historias y recuerdos fuera de ese tiempo— nos evoca al Ulises de Joyce, que se ciñó a tan solo veinticuatro horas. Acabo de ver una película de Agnès Varda, Cléo de 5 a 7, que relata exactamente una hora y media de la vida de la protagonista. Tal vez ese tiempo de un personaje sea suficiente para describir alguna profunda intensidad que insinúe su completa existencia.

Ya se sabe que la novela es un cajón de sastre en la que caben diversos formatos y enfoques. Para que no sea un simple batiburrillo, una recolección de piezas sueltas, se le exige una cierta coherencia que no hay que confundir con uniformidad o con un relato perfectamente cronológico. Estoy leyendo lo que se empeñan en llamar “una novela” de la recientemente galardonada Premio Nobel de 2018, la polaca Olga Tokarczuk. No puede haber más oposición entre la mayoría de los diferentes textos. Hay, entre ellos, relatos completamente distintos, de gran calidad, pero también otras composiciones formadas por unas pocas líneas que esbozan una idea o una sensación escueta, al modo de un apunte de un diario. La única coherencia sería la de que todos esos capítulos se refieren, desde muchas y variadas maneras, al viaje. Los múltiples relatos que se insertan en la novela de Aledo, están entroncados en la mirada de Jorge Rojo o brotan de su mundo adyacente. Describe su vida desde un pensamiento que se revela en un tono sosegador, que quiere ser el de un inmune espectador del mundo, pero que no puede ocultar, en esa mediación de la mirada, cierta reflexividad que lo empaña. Su lúcida contemplación de la realidad es una forma de conocimiento humilde, que no aspira a alguna petulante forma de omnisciencia, sino a una suficiente erudición, a una sabiduría práctica, que es más materia de gozoso intercambio con el mundo, de divertido monólogo interior o ingeniosa charla, que una engolada aspiración.

Asistimos al trayecto de este personaje por una pequeña ciudad de provincias, Orihuela, por sus calles nombradas y comentadas, en una falsa apariencia de localismos, en un supuesto calco de vida inequívocamente cotidiana que no es tal, pues se nutre de las sutiles conexiones con el universo. Jorge es un hombre de intenso mundo interior que, a veces, en su forma más presentable, a través de una elocuente y la vez inquisitiva palabra, trasciende hasta la exterioridad de las conversaciones. Su mente está poblada por dos seres extraviados en los insondables vericuetos de la otra vida, como su mujer Herminia y su hijo, fallecidos en un accidente, cinco años atrás; y por otros que habitan recurrentemente sus pensamientos, que iluminan el cuarto de estar de su intimidad, como Emilia, esa joven estudiante de la que él, su profesor de matemáticas, está secretamente enamorado.

Lo que Jorge manifiesta en cada frase es su forma de estar en el mundo, que es una mezcla de humor, de inteligencia, de cordialidad y de recatada tristeza. Nunca tiene prisa, siempre extiende la alfombra al devenir para que este penetre en su vida, mullido y espaciado. La novela empieza y termina con sendos intentos de aproximación a dos mujeres que no pueden ocupar su vacío. Serían dos equivocaciones si pusiera en ellas una actitud de futuro, pero no son más que encuentros que propicia la inercia, la mutua sed de algún calor. Son mujeres que no le atraen sexualmente, que no le ofrecen sino una moderada distracción, a las que respeta en su simpática actitud, pero que, ante algunos de sus rasgos, no puede evitar que se accione su jocoso pensamiento.

Los demás personajes que van apareciendo por la novela son, sobre todo, hombres con quienes mantiene una relación cordial, pero solo, en parte, hondamente aproximativa. Así, ese grupo de amigos con quienes se va a pescar, de cuyas vidas se extrae alguna interesante historia; o ese hombre, erudito local, con el que se cruza en algunos bares; o ese joven ruso, una eminencia mundial en el ajedrez, pero que, sin embargo, es incapaz de ganarle a Jorge en su terrero, en el del juego de las damas.

Los límites de lo realizable o lo posible no constriñen la sucesión de relatos a los que vamos accediendo. A veces, se llega a lo fantástico aunque posteriormente se recule a través de la incredulidad del protagonista, que aplica su mentalidad científica para rebatir tantísimas creencias a las que se entregan sus congéneres, empezando por la religión. También se presenta la significativa aparición de lo absurdo, en lo que algunas veces nos recuerda el talante narrativo de Juan José Millás.

Las distintas historias son digresiones que temporalmente nos ausentan del detallado relato de la presente realidad. Pese a su singular especificidad, nacen naturalmente, eludiendo la posibilidad de lo abrupto, en un brote que se transforma en una continuidad diferenciada. A Jorge le gusta mucho ser él mismo, y se admira de la notoriedad de lo propio que ostensiblemente también se revela en los otros. Él es un hombre que acata la envoltura de la realidad desde una postura curiosa que lo alivia de una excesiva tendencia al escepticismo. Su decidida inserción en una gran cultura, a la que continuamente le busca una confirmadora aplicación, le hace llevadera una vida de la que está ausente un hegemónico entusiasmo, una alegre aceptación de sus mecanismos. Su ejercicio constante es el de hacerse preguntas de aquellas para las que uno se puede ir preparando y a las que puede contestar con la minuciosidad del conocimiento aplicado. Pero él sabe que las respuestas más decisivas son inalcanzables por la limitada mente humana y denuncia a quienes disfrazan esa obviedad con una supuesta sabiduría existencial. Al observar a los otros, echa mano de su ironía, de su perspicacia desnudadora de sus máscaras.

Aquí se habla de biología, astronomía, ajedrez, damas, historia, semántica…. Introduce así esta novela un elemento didáctico, siempre perfectamente insertado en la historia, una rica explicación de lo corriente, que casi nunca resulta abrumador. La trama básica describe una situación de lo más habitual, pero incluye una humanidad muy intensa: el monólogo de alguien que siempre tiene algo interesante que decir, de variada índole, desde lo intimista a lo profesoral. Ese talento del protagonista es el que agradece el lector, pues confiere una amenidad a la lectura que se nutre de inteligentes, perspicaces, psicológicas, graciosas conversaciones; y de esa necesidad de narrar aquello que resulta anecdótico pero que sorprende al estudioso del hombre, a un observador que afina tanto, que amplía su mirada, para descubrir, para intentar hacer manejable un mundo distantemente cautivador. No se pretende una señalización de posibles concordancias secretas, sino una rigurosa visión de lo comprobable, una mirada que va más allá de lo superficial, que transcurre entre lo microscópico y lo macroscópico, y encuentra allí, en esas inéditas escalas, la escenificación de un asombro contagioso, que apenas desfallece.

Estamos ante un libro personalísimo, que gratamente nos acompaña con esa cháchara trascendida, con lo llanamente decible elevado a la máxima potencia; y que contiene también  serios momentos autorreflexivos, nunca exentos de una ingeniosa relación. Un monólogo trufado de curiosas historias que se enfrenta a los siglos, al universo; pero también a los hallazgos ubicables en los recovecos de la cotidianidad; y a ese interno runrún del ser, a esa natural cavidad en la que residen los ecos de la propia voz, el sucesivo centro de nuestra inconcebible aparición en el mundo.

PRESENTACIÓN DE “EL COLLAR DE PERLAS” de Milagros Román en la librería Códex de Orihuela, 16 de enero de 2020, por José Luis Zerón

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Conocí a Milagros Román en la década de 1980 cuando ambos escribíamos en el desaparecido periódico Elche; yo como redactor de Orihuela-Vega Baja y ella como colaboradora habitual. A veces (muy pocas) coincidí con Mila en la redacción del periódico y la recuerdo como es ahora: afectuosa y llena de vigor. Pero fue hace cinco años, cuando iniciamos una amistad que ha ido fortaleciéndose con el paso del tiempo. No voy a detallar el extenso, casi inabarcable, currículo de Mila; solo destacaré que es una mujer polifacética: poeta, autora de varios poemarios e incluida en numerosas antologías, articulista y reseñista, artista plática, cantante, compositora y bailarina (es titulada en Danza, Grado Superior en Pedagogía, y cursó estudios musicales de piano, violín y Canto en los Conservatorio de Murcia y Elche). También ha publicado un libro de cuentos. Esta que tengo el honor de presentar esta noche, es su primera novela. El collar de perlas, publicada por Ediciones Frutos del tiempo en la colección ´Frutos secos de Narrativa`.

El collar de perlas relata la dramática historia de Ana Ferrero, una mujer de familia acomodada de unos 40 años de edad. Desde su infancia se ha debatido entre el dilema moral de obedecer las reglas sociales de la dictadura franquista regidas por la omnipresencia de la Iglesia y el rígido patriarcado, o seguir sus instintos de libertad. Ana optará por rebelarse contra una vida abocada al servilismo del padre o del marido y se enfrentará a las normas impuestas dentro de una sociedad arcaica y clasista; pero su necesidad de independencia, que le llevará a la huida constante de quienes tratan de someterla, le acarreará trágicas consecuencias. La autora advierte al lector de lo que se va a encontrar en las páginas de esta novela con un breve texto que sirve de pórtico a la narración y que es todo una declaración de intenciones: “la obediencia a nuestros mayores no o es siempre una actitud acertada; interfiere en nuestro destino”

Estamos, pues ante una novela compleja que es a la vez un relato sociológico de la España franquista, donde la mujer era poco menos que una esclava de su marido, y un relato de iniciación, que puede leerse también como un thriller desde una perspectiva de género. En sus páginas abundan situaciones peculiares aunque narradas con verosimilitud (como la escapada adolescente de Ana a una comuna hippie en Ibiza durante su internado en un colegio católico para señoritas de señoritas de Suiza) y variedad de personajes, como el terrible y no por ello menos ambiguo, Roberto Gaimour, el rico y joven empresario que contrae matrimonio con la protagonista con la bendición incondicional de la familia Ferrero. El desenlace desborda imaginación y no deja indiferente al lector.  Milagros Román maneja con soltura la elipsis y la etopeya  y logra fundir y equilibrar estos elementos de manera convincente con diálogos escasos y bien construidos y empleando un lenguaje elegante, sencillo, directo, a veces apresurado, pero muy eficaz por su cercanía al lector. Destaca, sobre todo, la voz narrativa omnisciente que insiste en lo narrativo por encima de lo descriptivo y penetra en el complejo entramado psicológico, emocional y sensible de la protagonista dosificando sabiamente la información con el fin de elevar el suspense de la trama.

En mi opinión, la novela tiene, digamos, dos partes sin diferenciar: la primera llega hasta el capítulo X, y la voz omnisciente nos cuenta el ejercicio de memoria de Ana Ferrero, ya madura y con dos hijos, durante su huida en tren a Barcelona. Mediante esta analepsis asistimos a su anfractuosa vida. La segunda sitúa al lector en la acción inmediata. Comienza cuando Ana llega a Barcelona y comprende que sus conflictos la han abocado a un destino no deseado de difícil solución. A partir de aquí, comienza, otra trama más compleja, imaginativa y oscura en la que la que protagonista luchará para mantener su dignidad e independencia.

En definitiva, estamos ante una novela profunda, emotiva y turbadora que mantiene la atención del lector desde el comienzo hasta el inesperado desenlace.

 ENTREVISTA

Milagros Román: “Mi concepto de escritura es simplemente aclarar, no “engarrafar”, ni distraerme en explicaciones inútiles”.

 

-Esther Abellán y Javier Cebrián coinciden en que tu novela es un viaje interior, un ejercicio de proyección personal próximo a lo que hoy llamamos  autoficción. ¿Qué hay de ti en el personaje de Ana?

 

De mí hay una parte importante en el personaje de Ana.

El término autoficción es relativamente moderno. Siempre ha habido una experiencia de parte de los narradores o autores que les ha permitido verter  los pensamientos de un personaje como si fueran ellos mismos, incluso  en aquellos seres marginados o de sexo contrario al autor, denominándose autobiografía. Si la autoficción revela  la identidad real  del personaje viviendo hechos ficticios, soy yo misma… La voz narradora en esta novela es omnisciente y transmite el interior de Ana. Conoce tanto de ella porque casi es ella misma; otra cosa son los hechos que le suceden y su trayectoria vital, que en algunos capítulos ofrece un panorama no ficticio, pleno de realidades surgidas en el entorno de esa sociedad donde Ana Ferrero vive por medio de la  autora, puesto que esta pertenece a esa época social o educacional de la década de los sesenta, y, por tanto, conoce bien ese entorno.

El escritor, tiene una cualidad innata, y es la del  sentido de la observación (a veces desarrollada por habilidades o técnicas literarias) que le ha permitido describir todo, o casi todo lo que sucede en la vida de la protagonista, de manera real, detallándolo en ocasiones de forma autobiográfica, y en otras captando situaciones  desde la emoción de haberlas observado tan sólo en los demás. Más tarde, con sentido de la autocrítica, analiza la posibilidad de compartirlo públicamente a través de las páginas de un libro. Y esto lo aclaro porque intuía que el lector iba a encontrar coincidencias conmigo en el personaje de Ana.

 

-La novela es rica en personajes bien perfilados. Pero uno ellos no es humano, ni siquiera un ser vivo; me refiero al objeto precioso que Ana recibe de su esposo como regalo durante la celebración del décimo aniversario de boda: el collar de perlas que da título a la novela. Pascual Ruso afirma, y estoy de acuerdo con él, que es “un objeto de prestigio y distinción para la mujer que lo recibe como regalo a su estatus social y al supuesto amor servicial, servil y sexual del marido, metáfora de la cadena que la ata al esposo. Pero puede convertirse en un objeto de perdición, de ansiada libertad, de ruptura de esa cadena; cada cuenta de ese collar es, a la vez, un eslabón de opresión o un eslabón de liberación”

 

Efectivamente, José Luis. Las perlas del collar  configuran un personaje en la novela, pero también son  una metáfora. Poseen la magia  transformadora como producto nacido del mar puesto que el mar genera misterios insondables a través de sus fuerzas malignas (revisemos las leyendas misteriosas y literarias surgidas de este medio). Cada  ostra se tomó su tiempo en absorber el nácar  proyectando esa sutil  “criatura” que la mano del hombre arranca de  su  cavidad materna independizándola del mar. El hombre las enlaza como eslabones una a otra, hasta formar una cadena de misterio que envolverá el destino de la mujer que la lucirá sin otro fin que el mero aderezo.

Es el típico regalo que los esposos hacen a sus mujeres, y significa la amanecida, el despertar de una nueva etapa en la vida de una mujer, pero también lo convencional, un símbolo, una alegoría que puede tener diferentes significados: por un lado una joya que muestra el poder adquisitivo de quien la luce, y por otro, una sumisión de parte de quien lo recibe al sentirse un  tanto compensada  por la  contribución hecha a un determinado rol en la vida de pareja. Por esta razón, el collar  tiene el tratamiento de un personaje  crucial en la trama,  impregnando  su halo de extraña energía en la relación de Ana y Roberto.

 

Ana Ferrero es una persona singularizada que no se siente parte de nada de lo que les impuesto, sino de su propia individualidad; pero no es una persona egoísta ni insolidaria, sino una idealista que lucha por mantener su identidad, ¿estás de acuerdo?

 

Sí. Se siente poderosa y rica en ideales, pero sólo en su mente, Ana no es una revolucionaria. Lucha y quiere cambiar el mundo desde su interior. No sale con banderas izando su voz para que la escuchen. Establece en su vida un ideal, un modelo poco convencional que intenta llevar a cabo hasta en su  manera de vestir, de comportarse, de teorizar argumentos en lo referente a su confesión religiosa, pero sin liderar ningún movimiento, asumiendo eso sí, las normas sociales o  cumpliendo su programa de vida que el destino le ha ofrecido, y a cambio trabaja su interior, su mente, que considera el único terreno de libertad para establecer su ideal de vida, viviéndola sin escándalos y marcando sus gustos o sus ideales para establecerlos en un futuro, aunque en realidad ese “futuro soñado” no llegue nunca;  por esta razón, Ana se apoya en las palabras del poeta y pensador Gide sintiendo una gran liberación al descubrirlas. Le consuela cualquier escrito que coincide con sus deseos un tanto anárquicos. Está claro que todavía sufre en su adolescencia la inconsciencia de que el sueño no se cumple y que la trayectoria imparable del destino le arrebata un  periodo  existencial importante… Cuando viene a darse cuenta es tarde y no puede deshacer los hechos consumados.

 

-Ana ha de hacer frente a una vida repleta de dramas sin poder tomar sus propias decisiones. Esta frustración la sume en ocasiones en la soledad y la insatisfacción, pero no la aboca a la resignación autocomplaciente. Nunca claudica. Cuanto más sufre, más vital se muestra.

 

La verdad es que  no sé de dónde saca su ímpetu, pero lo hace. Ella sola, sin ayuda de la narradora, se enfrenta a su compleja relación con el compromiso en el que está metida. Sufre y no puede confiar en nadie, puesto que observa cómo el bienestar de una vida cómoda y de alta posición social es suficiente excusa ante todos para ser capaz de aguantar cualquier problema sentimental que se presente. Se habla y se contesta ella misma en un grave soliloquio que la llevará al psiquiatra.

Tiene un verdadero problema: si rompe con todo será acusada de abandono de hogar y sabe bien que la vida  no se improvisa, aunque hubiera tenido en sus manos el poder para la independencia económica ejerciendo profesión ya abandonada.

 

La protagonista sufre un dilema continuo entre su educación católica y elitista y su inconformismo y sus ansias de libertad e igualdad; también entre su deseo de contraer matrimonio y ser madre y su necesidad de tener un espacio propio para desarrollar una vida de artista. De hecho, durante su adolescencia, trata de encauzar sus impulsos idealistas desde instituciones religiosas que se dedican a acciones solidarias en los suburbios de su ciudad y acepta de buen grado su enlace con Roberto.

 

Este es un perfil real: el de Ana adolescente. Existen personas con una altísima elevación espiritual, con un nivel de sensibilidad innato, capaces de ver con claridad los equívocos que tiene la formación teórica y práctica de la enseñanzas religiosas, y todo ello de manera  intuitiva, sin previo estudio de los conceptos religiosos que le están enseñando en la escuela. Ana ya presagia, desde esa corta edad y en la experiencia de la catequesis, una injusticia social que debe ser paliada no precisamente de una manera individual, sino desde otros estamentos con poderes económicos suficientes para lograrlo. En resumen, no cree en las obras de caridad; cree en un sistema implantado desde el sillón más alto de la ciudad, como es la alcaldía. Y huye. Eso  le marca a Ana, aunque  en su relación con los chicos resulte enamoradiza (¿por qué no?), es lo natural, pese a la figura del padre, que se impone de manera traumática en su mente con la constante advertencia de los peligros con los hombres. Ella asume ese riesgo probando experiencias sin atreverse demasiado y pensando que las relaciones amorosas debieran ser sinceras, no con tanto manejo de hipocresía por parte de las mujeres, como le aconsejaban  en el Servicio social, en su hogar, en la escuela o en su círculo de amistades. El matrimonio llega como aceptación de una etapa que debe cubrir de forma convencional, aunque no esté  muy de acuerdo, pero nada contracorriente intentando cumplir y desempeñar al tiempo su profesión de la que ya duda que sea normal ejercerla ante tanto boicot social. El ser madre se manifiesta en ella como un fuerte instinto natural: ¿Por qué negarse a ello? El hombre también reclama esa parcela instintiva de la conservación de la especie.

 

-El carácter sensible, abierto y compasivo de Ana contrasta la arrogancia inflexible y clasista de los personajes que la rodean y la sobreprotegen y de los que necesita emanciparse. Ya desde niña asistirá a un hecho traumático que marcará su camino: cuando su madre despide a Pepi, la sirvienta (a la que Ana llama “la tata”), cuando esta se queda embarazada con apenas 17 años.

 

Ya de niña percibe como algo infundado la diferencia de oportunidades entre su tata Pepi y ella. Este es un hecho real, no pasaba precisamente en mi entorno,  pero sí con frecuencia en otros hogares, por la falta de información sexual  en las jóvenes. Las empleadas padecían el riesgo de no poder conservar su trabajo, acosadas en situaciones de inferioridad y de impotencia donde fuere aquello que les sucediera. Una madre soltera, a diferencia de hoy en día, estaba totalmente desamparada de todo y por todos, hasta por su propia familia, con independencia del “supuesto” padre de la criatura, que podía eludir el asunto fácilmente y a quien jamás se consideraba culpable. Ana, confraterniza con su “tata” y ese accidente le hiere y le traumatiza, bien por el cariño que siente por ella y que consecuentemente les aleja, o bien porque presagia desde ese momento, que detrás de una relación con un hombre puede haber  engaño. Ella de momento solo ve el sufrimiento de su “tata” querida y aprende de esa situación para adoptar una  actitud determinada posteriormente en sus experiencias con los hombres.

 

-La comprensión, tolerancia y amplitud de miras de Ana le servirá para relacionarse con los personajes marginales y menesterosos a los que conocerá en los últimos capítulos de la novela. De acuerdo que Ana es también una superviviente, ¿pero no resulta demasiado idílica esta convivencia armónica de la protagonista, absolutamente desubicada, con mujeres de un estrato social diferente?

 

En la página 159 del libro, Ana se siente sorprendida pensando cómo la vida en determinadas circunstancias puede unir el destino de dos personas que jamás hubieran tenido la oportunidad de conocerse, ni de coincidir en la calle, dada las diferencias sociales y culturales  que existían entre ellas; sin embargo, allí, en el lugar donde la vida les reúne, eran capaces de compartir todo: los sueños, la esperanza, el trabajo obligado; hasta los temores que le depararía un futuro  totalmente incierto.

¿Crees José Luis, que es difícil o simplemente idílico,  en un ambiente que no quiero desvelar, el acercamiento amistoso entre dos personas de posición social y cultura diferentes?, ¿o realmente podría llegar a ser real y sincero? Piensa en las hambrunas de las guerras, en la circunstancia del sufrimiento y las necesidades primarias para la existencia que pueden unir a personas -incluso de opuesta ideología- en una situación de convivencia forzada: un terremoto, un accidente…  la desolación y el deseo de sobrevivir  es igual para todos ante la impotencia de una catástrofe, que, a veces, realza un  egoísmo perverso, pero también el deseo de compartir y confiar en alguien ante tanto  abandono y soledad.

 

Tu novela está escrita con un lenguaje fluido, sencillo y eficaz; y la trama, ágil intensa y llena de vaivenes emocionales mantiene en vilo al lector desde la primera hasta la última página. Aunque tu novela no está exenta de lirismo, no hay en sus páginas lugar para el ornamento, la filigrana, la morosidad detallista. ¿Crees que es compatible la calidad literaria y la voluntad reflexiva con la capacidad de entretener?

 

Muy interesante tu pregunta. Venimos de una educación literaria que hemos engullido por imposición  académica y nada placentera oficialmente hablando, aunque de manera personal hayamos buscado con pasión  aquello que nos gusta leer, aprender, discutir, confrontar. Mis preferencias  en poesía, narrativa, autores, títulos, música películas, las he buscado de manera personal y aleatoria, sin orden, sin imposiciones, llevada por mi apasionamiento e inquietud por todo, así que sin premeditación, y ya que has hablado del placer de entretener,  te diré que, efectivamente, en mi opinión existe en literatura la buenísima combinación de agudizar la mente en un proceso de reflexión madura y efectiva y mantener un nivel de lectura fácil y fluida. Muchos filósofos o ensayistas modernos, como Karl Popper (disfruté leyendo En busca de un mundo mejor) han optado por explicar sus conceptos de una forma dúctil, agradable, sabiendo instruir con agudeza y sin caer en simplezas o ramplonerías. Pongamos también como ejemplo a Fernando Savater por su accesibilidad, o al gran poeta y crítico Thomas Eliot, que nos explica en sus ensayos la función social de la poesía con un  lenguaje muy fluido que llega a entretener…

En el caso de El Collar, agradezco tu apreciación del estilo en el lenguaje que he utilizado. Sí. Resulta fluido, quizás porque la idea de lo que se pretende narrar es clara, y  la claridad en el lenguaje  me apasiona. Hablo, sobre todo, de esa riqueza  y variedad de sinónimos de que dispone la lengua castellana. Me sirven para conceptuar obviando los vocablos rebuscados o la construcción de frases largas sin sentido con demasiadas explicaciones. Las filigranas literarias, el ornamento, deben servir siempre al fin ideado sin andarse por las ramas; mi concepto de escritura es simplemente aclarar, no “engarrafar”, ni distraerme en explicaciones inútiles. Tal vez es una disciplina que se aprende escribiendo, y por supuesto leyendo. Fijémonos en la diferencia que existe en  el  modo de narrar de Proust, con demasiadas explicaciones al margen de la idea, y el de Pio Baroja: directo, elegante y conciso a veces, como el de Unamuno: tajante o contradictorio, pero clarificador en La tia Tula por ejemplo, o el de Marguerite Yourcenar, que rezuma lirismo y poesía aún en sus libros de ensayo, o Stendhal, al que he leído en su lengua original, o Flaubert, con esa famosa búsqueda de “la palabra justa”, o  Galdós,  de quien has hablado hace poco en el centenario de su muerte… Todos ellos, representantes del realismo, han tenido el don de la concisión y la espontaneidad,  alejándose de la carga retórica de los románticos.

Ofrecer al lector una idea  clara y suficiente en las descripciones de un personaje, de un ambiente, cuidando el tempo, el ritmo, el orden, el equilibrio como en  una obra musical,  vigilar el momento histórico en que se encuentra, analizar y reflexionar actitudes… y sobre todo, emocionar, son mis claros objetivos cuando narro. Así que en El Collar, hay personajes que están en activo, como Roberto, Mario,  Gina… y otros que están en la sombra pero que son importantes y de los que no se necesita aclarar más;  por ejemplo, los padres de Ana. Ellos son el puntal de la historia, permanecen ahí en todo momento a través de cada situación que sufre Ana, pero en la sombra. No pretendo que focalicen la atención del lector. Describir a los padres de Ana ha sido la tarea más difícil a la hora de perfilar los personajes de mi novela, aun  siendo perfiles reales. Y es que los padres aman de verdad a su hija, cuidan de ella en exceso y mimo…  pero con un cariño egoísta y acomodaticio para ellos,  detalle que he tenido que demostrar y que ha quedado reflejado, creo.

 

-De entre los muchos escritores, músicos y artistas citados en tu novela destaca la presencia constante del francés Gide, ¿podrías explicarnos de donde parte tu interés por este autor.

 

Siempre he tenido acercamientos a los autores que me han hablado de soledad e intimidad, o del misterio del tiempo, el refugio interior en el que yo creía infringir las reglas establecidas de las relaciones sociales por el deseo de gozar del recogimiento y el análisis a través de la meditación. Ahí estaban Unamuno, Gasset, Yourcenar,  Zambrano, Herman Hesse (me  identifiqué  plenamente en el protagonista de su novela Demian).

Mi encuentro con Gide es casual, o causal. Estas coincidencias que nos ofrece el tiempo en nuestras vidas: el lector está “sitiado” en un trance determinado pleno de incógnitas, y de repente se siente  identificado con aquellas reflexiones que alguien ha volcado sobre el papel como respuestas a unas preguntas quizás potenciales. El estado de ensoñación o delirio en el que me encontraba y el saber esperar a que algo ocurriera en mi vida y tener la paciencia necesaria para esperar, me hacía feliz, me armaba de enorme libertad en mi interior, cuando la vida me ofrecía, primero a mí, y luego a la protagonista (aunque solo en el deseo), el panorama de una ventana hermosa plena de opciones para disfrutarlas en la vida, un mundo lleno de posibles vivencias para experimentar y sentir… Y en ese momento encuentro casualmente a Gide y sus escritos en un  libro  ya prohibido: Los Alimentos terrenales,  donde decía: “Yo viví en la dulce y perpetua espera del azar”, “las fuentes de agua me revelaron que tenían sed”…. “Dulce espera”, ”Sed”… son palabras que más tarde he incluido en poemas. Es que era como si nos hubiéramos fundido en un único pensamiento él y yo. Con tanto sueños en la vida, imposible no esperar que alguno se cumpliera. Después indagué en la obra de Gide y supe que fue Premio Nobel en 1947,  poco antes de nacer yo,  y conocí un ser rebelde que no se pone límites…  ¡y es que mi protagonista Ana, y yo misma, no establecemos limites! Sin revoluciones, sin aspavientos sin discusiones, como unas hormiguitas, vamos obrando un túnel en nuestro interior que sabemos, nos llevará a la luz.

 

-Por último permíteme una pregunta tópica: ¿En qué estás trabajando ahora?

 

Yo siempre tengo trabajos en espera. Produzco obra sin tener en cuenta el objetivo final, dejando mis escritos dormir un buen tiempo. Algo interior me empuja a trabajar, y en este momento tengo varias cosas de mis diferentes facetas en las que trabajo: en el aspecto musical que desarrollo como cantante y compositora, tengo ya preparado, a falta de la promoción, un tercer disco en el que incluyo 14 temas nacidos de mi obra poética y de la de otros autores, cuyo título tiene que ver con el recuerdo de canciones que permanecen en nuestra mente  y que producen un efecto  como de suave aroma, por eso lo titulo Aroma de jazmín

Y en el aspecto literario un libro de poemas, Más allá del azul, en el que abordo vivencias acerca de mi relación con el mundo y su destino. También tengo ya, esperando su publicación, un libro de relatos titulado Algo extraño. Contiene historias de ficción que suceden geográficamente en los distintos lugares de Europa que he visitado,  acercándome a todo lo relacionado y extraño relacionado con sus paisajes y las leyendas contenidas en ellos.

Y hay algo que no debiera decir… pero tengo en mente una segunda parte de esta novela, guiada quizás por la sorpresa o inquietud que causa en el lector el final de la misma y por mi necesidad  de averiguar,  yo misma, el destino real de la protagonista.

 ESPLENDOR  HERIDO  FRENTE  AL  MAR, por José Pedro Vegas

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Imagen de Free-Photos en Pixabay

                                                    (Capítulo  de la novela “Dafne”)

No voy a ser yo ahora quien descubra el amor. Ni la decepción extrema por un suceso inesperado. Ni la compasión por la mujer amada cuando ésta ha sido golpeada por la tragedia. Ni la soledad sufrida cuando la adrenalina que ha impulsado la propia fuerza por vivir se ha licuado como un trozo de mantequilla expuesta al sol.

                           El rostro de Dafne, ya fuera del hospital tras haber sido mentalmente zarandeada por la muerte de su madre, no acababa de recobrar el color del verano, la luminosidad de los días azules, el frescor húmedo de las noches guiadas por la bondad de una luna que mueve las mareas y acuna los corazones solitarios. Yo estaba angustiado. Aquella triste pasividad de Dafne, agravada por su condición bipolar, iba más allá de su herido optimismo. Habría que remover aquellos rictus  cariacontecidos, estirar su mano y sus músculos para que se orientaran hacia el futuro y la salida del sol. O, de forma simple y sin grandilocuencias, tenía que mirar hacia abajo, hacia las rocas de la orilla por donde se agazapaban y escapaban los cangrejos, hacia los objetos que nos rodeaban, las bicicletas de los niños cuyas risas superaban nuestros pasos, los perros gozosos y ladradores que saltaban para atrapar el aire puro del verano. Había que reír, era necesario vivir…

                           Pensé que los alrededores de Santa Pola del Este, donde vivíamos entonces encaramados en la montaña, poseían el esplendor y la riqueza de paisajes frente al Mediterráneo que deberían influir positivamente en su actitud. Por ello la animé, bajando primero las escaleras que nos separaban del nivel del mar, a recorrer conmigo la costa irregular hacia el lado contrario de donde se encontraba el pueblo originalmente de pescadores. Era una hermosa mañana, limpia y azul. Un camino aún de tierra corría paralelo a la costa que zigzagueaba como una serpiente de algas y espuma. Algunos salientes rocosos, que se adentraban hacia la profundidad del mar, servían de recreo y pasatiempo a unos cuantos pescadores madrugadores. Sus cañas izadas se mantenían inmóviles, esperando que apareciera de pronto el pez que daría el tirón esperado para romper la quietud del momento. Más lejos, la isla que había sido refugio de piratas, se escondía tras una ligera y sospechosa neblina. A nuestros pies, en la pequeña playa adonde ya habíamos llegado, se percibía el constante rumor de una marea tímida ante la creciente claridad del día.

                            Dafne se apoyaba a veces en mi hombro, mitad nostálgica, especialmente hermosa en su  dolorida placidez. De su rostro emanaba una luz interior que asomaba a sus ojos  con una determinación  explosiva, como de luciérnaga en la oscuridad. Ese brillo de su mirada me ilusionaba, al mismo tiempo que me asustaba también. Las escenas vividas unos días antes, al enterarse del fallecimiento de su madre arrastrando consigo una ilusión  ahora inalcanzable, parecían revivir  un momento en sus pupilas para, al cerrar espontáneamente los ojos, volver a dar una impresión de aceptada resignación. Se agarraba a mi mano con la fuerza de una concha sin abrir. No hablaba demasiado, sólo susurraba palabras incompletas que se mezclaban con su respiración.

                            Caminamos un rato por el sendero  de tierra. Las pequeñas playas se habían convertido en rocas heridas por el viento y el agua de tantos siglos. Por sus agujeros de guerra huían los cangrejos y se arremolinaban las algas. Sabíamos que el camino conducía a alguna parte donde nunca habíamos estado. A nuestra izquierda se elevaba el monte en vertical, ya sin viviendas, y desde su parte más alta se asomaba el viejo faro que guía el camino a los navegantes de todas las historias. Abajo, delante de nosotros, algunos árboles mantenían su costumbre de dar sombra a los peregrinos perdidos. Luego la costa se ensanchaba para volver otra vez a zigzaguear. Poco a poco surgía en la ladera del monte alguna casa hecha de cañas y ladrillos encalados que podía ser una vivienda, una especie de chiringuito o sencillamente un almacén para guardar aperos de pesca. Desde arriba, desde la cornisa que formaba naturalmente el monte, se apreciaban ya los edificios que constituían las urbanizaciones turísticas de Gran Alacant.

                            No sé si os ha sucedido en alguna ocasión. El aire rezuma un perfume extraño, imposible de entender. Es como si el aire a vuestro alrededor se espesara como una advertencia paranormal. El suelo que pisáis, aunque calcéis unas simples chancletas, produce un sonido profundo, como pisadas de un caballo percherón. Quizá la chica que amáis y sujetáis con cariño a vuestro lado se os antoja un ente virtual, mágico. Os parece estar entrando en una nueva dimensión, y todos los pequeños ruidos arrastran consigo el eco de vuestros corazones. ¿Es esto quizá una señal de enamoramiento, o de que flotáis en un desconocido paisaje de vuestra imaginación?

                           Dafne y yo habíamos salido con unos sencillos shorts de verano, una blusa suelta en su caso y el pelo despejado, abierto a la brisa y al sol que empezaba a quemar. A Dafne la sujetaba mi brazo y un descanso incierto en sus ojos la envolvía. Para mí suponía este paseo una especie de relajamiento, de olvido, de dejarse llevar. Pronto nos encontramos con coches aparcados a un lado y con algún que otro caminante curioso en traje de baño, dispuesto a bañarse o a dejarse succionar por la respiración envolvente del sol. Alguno de ellos permanecía concentrado en su cámara y dispuesto a sorprender el aliento cálido de la naturaleza, el dibujo de la costa, el pronto encuentro con otra larga playa que nosotros todavía no habíamos pisado.

                            El sol se iba haciendo cada vez más grande y poderoso. Deslumbraba. El ambiente y la brisa se hinchaban de sol. Había desaparecido la neblina que antes se hallaba envolviendo la isla pirata  y el camino conducía, unos cien o doscientos metros más allá, a la extensa playa que se vislumbraba desde lo alto del monte. Aquello era ya un enclave turístico de cierta categoría. Desde el punto donde nos encontrábamos Dafne y yo se escuchaba un lejano alboroto de coches, prisas y toallas. Aunque no se veía aún, se presentía a lo lejos, oculta por una arboleda que daba sombra al camino, la longitud de una playa de arena fina que ponía fin a la costa de rocas y pequeñas calas donde estábamos nosotros. Algún perro, que parecía vagabundear entre los árboles, perseguía de hecho una pelota lanzada desde un más allá presentido, desde aquella playa que existía al otro lado, una especie de tierra prometida no divisada aún.

                            Entonces Dafne me pidió que nos sentáramos un rato. Era difícil permanecer al sol, que ya bronceaba nuestra piel y calentaba nuestros pensamientos, así que nos sentamos en una piedra plana, protegida por unos matorrales que filtraban la luz. Dafne apoyó su cabeza sobre mi hombro y yo sentí la circulación de su sangre junto a la mía. No había pasión en nuestro acercamiento, sólo un calorcillo que dilataba nuestros poros. Yo seguía preocupado por la silenciosa pasividad de Dafne, mi querida Dafne, la inspiración que había hecho temblar mi cuerpo y mi espíritu bajo el hechizo de sus palabras, de sus ojos, de sus manos. Permanecíamos los dos juntos, quietos, respirando la vibración del sol sobre la tierra, la bendita tierra que tanto amaba su madre Coral, ya desaparecida. Sentíamos los dos la fuerza de su madre abrazándonos en este pulso mágico del momento. El espíritu del universo, la energía que emanaba de cada soplo de polvo nos inundaba de una sensación de bienestar dentro de una amarga y escondida tristeza.

                       “Bon jour, tristesse” decía la protagonista de Françoise Sagan, desgarrada entre la libertad hedonista de vivir y la comprobación de que nada es perfecto, tan sólo el mar, quizás, dejando a un lado la aceptación con melancolía de nuestros propios remordimientos o pérdidas. Aceptación, mar, evocación de la vida como una parte imperfecta del todo, tristeza en el tormentoso devenir de los acontecimientos. Integración en el giro de los astros…

                            Lo sentí al principio como si se tratara de un bautismo en las aguas del mar. Dafne me lanzó una mirada profunda, a la vez que dulce, decidida a la vez que triste. Y me pidió que la condujera hasta la arena de la playa, y luego hasta el mar. Nos cogimos de la mano para avanzar en un silencio tenso que no deseábamos perder. Nuestros pies pisando la arena sin aplastarla, como si fuéramos navegando sobre ella, reteniendo prisas y olvidando el grito agudo de las gaviotas. Nuestros pies entrando en la espuma del mar bendecidos por la creciente fuerza del sol, mojándonos en las palpitaciones de la marea virgen de aquellas horas, superando pequeñas algas que agarraban nuestras piernas con manos resbaladizas que no impedían, sin embargo, nuestro avance. Adentro, hacia la sensación de agua cubriendo nuestros cuerpos, moldeándolos, abrazándolos.

                            No recuerdo si Dafne pronunció alguna palabra en aquellos momentos, pero creo que no. Tampoco recuerdo un último abrazo, porque  eso me habría distraído de la determinación con la que Dafne, convertida en aprendiz de sirena, se sumergía una y otra vez en el agua. Yo la seguí al principio como si fuera un juego, o un auténtico bautismo que nos permitiría alcanzar la gracia de la purificación. Y purificación significaba entonces el desprendimiento de todos los pesares y sinsabores de nuestra vida. Por eso me uní al juego de Dafne que se sumergía en el agua para luego salir con sus cabellos mojados a la superficie. Respirar un momento bajo el resplandor del día que se hinchaba de sol, también de vida. Y después otra vez la cabeza bajo el agua, sus manos accionando  enigmáticamente como si quisiera decirme algo, su mirada con los párpados repletos de salitre, sus ojos buscando los míos inundados de agua y de amor…

                            Era como un rito. Pero por desgracia yo ignoraba el sentido de aquel rito que Dafne proponía. Incluso ahora no acabo de saber a ciencia cierta si yo debería haber detenido aquel balanceo sobre y dentro de las livianas olas que llegaban hasta la orilla. Recuerdo aquellos momentos como los pasos de un ballet. Poco a poco los pies se desgajaban del suelo arenoso y parecían flotar entre dos aguas con el ritmo de una música que desafiaba a la razón. El lago de los cisnes. El último canto del cisne…De pronto, me sacudió el chasquido de los platillos de una orquesta. El ruido retumbó en mi cerebro y me espabiló. Aturdido aún, tuve tiempo de girar a mi alrededor y tratar de alcanzar el cuerpo lánguido de Dafne. Mis pies accionaban el agua como las aletas de un buceador. Pero comprendí que Dafne, mi sirena particular, se había soltado de mis brazos y era acunada por la marea que la arrastraba cariñosamente, suavemente, hacia el seno del mar…

                             Aunque la realidad duele, la visión de una realidad descarnada, o su recuerdo ahora, estremece como los coletazos de un gran pez. Como los de aquel pez soñado con el que Hemingway luchó ferozmente en su historia del viejo y el mar. ¿Para qué tanto esfuerzo, primero para para pescarlo, luego para defenderlo, una vez atado a su barca, contra los tiburones que terminaron desgarrándolo? La realidad final, tal vez su destino final, fue aquel enorme esqueleto de pez  que sobresalía del agua como un doloroso trofeo.

                             Cuando yo salí fuera del agua con el cuerpo de Dafne en mis brazos, ya había llorado, ya había gritado, ya había intentado mil maneras de hacerla revivir. Creo ahora sinceramente que ella había dispuesto aquel rito que, sin que yo me apercibiera, la conduciría al final, al final imprevisto de su madre cuando, por fin, se dirigía en avión a España para verla, tal vez a su propio final. Creo que ella pensó que su decisión podría ser una liberación también para mí, no puedo culparla. Pero su desaparición supuso el comienzo de una nueva etapa en mi vida, no tan  gratificante como ella hubiera deseado.

                             La gente que se arremolinó al oír mis gritos desesperados provenían de la cercana playa Los Arenales, y cogió de sorpresa a quienes deseaban disfrutar de una mañana radiante con su nevera portátil de bebidas frías, sus bocadillos envueltos en papel de plata y los flanes de arena en la mente gozosa de los niños. Unos cuantos voluntarios intentaron de nuevo reanimarla, pero ya era tarde, el sol brillante de Dafne se había ocultado ya en mi desolado horizonte de tristeza. Empapado de agua y de dolor, me dejé conducir hasta un coche mientras resonaban como en un tambor palabras inútiles de consuelo, oí luego la lejana conversación de quienes pedían auxilio al 112, me sentí al fin asediado por un grupo en su afán por saber, por ayudar, por… Entonces me desvanecí.

PRESENTACIÓN DE “EL COLLAR DE PERLAS”, DE MILAGROS ROMÁN, por Esther Abellán

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 (12/12/2019- 80 MUNDOS)

Milagros Román es una ávida e inquieta artista multidisciplinar. Además de poeta y narradora, es titulada en danza y tiene el grado superior de pedagogía, junto a estudios musicales de canto, piano y violín. Es pintora, una gran conocedora del Misteri d’Elx y en su faceta como compositora y cantante, es autora de tres CD’s: Emociones, Poemas y canciones, y Aroma de jazmín.

En poesía ha publicado La piel de afrodita, Como un suave murmullo, Poemas del asfalto. En prosa, tiene el libro de cuentos Para poner los pelos de punta y ha participado en numerosas antologías, libros de reseñas, encuentros, ciclos y revistas literarias.

La novela de Milagros Román, El collar de perlas, nos sitúa en la España de los años sesenta. En una sociedad represiva y recalcitrante, diseñada y dirigida por hombres, en la que hay poco espacio, o ninguno, para las necesidades de las mujeres.

Ana, nuestra protagonista, a pesar de pertenecer a una familia acomodada que quiere proporcionarle lo mejor, sufre las consecuencias de esta rigidez e incomprensión, y su búsqueda de libertad e inconformismo la arrastran a vivir en la más absoluta soledad.

Nuestra mujer se siente incomprendida y lucha, a su manera, para sobrevivir en una cuadrícula donde todo está ya medido para ella, contando muy poco sus sueños o sus proyectos.

¿Qué ocurre cuando renunciamos a nuestros deseos por agradar a los demás? ¿Qué ocurre cuando cumplir las normas significa renunciar a nuestra identidad? ¿Dónde acaba el amor y empieza la sumisión? ¿Ser madre es un derecho o es una obligación? Estas y otras muchas preguntas son las que me vinieron a la cabeza mientras leía El collar de perlas.

Y es que Milagros Román, en esta historia, hace un ejercicio de proyección personal para introducirnos en una autoficción que nos sitúa en el filo de la navaja. En ningún momento deja su lado poético, y lo utiliza siempre que puede para desarrollar un entramado de metáforas y símbolos que convierten al collar de perlas en un fetiche que, como ella misma dice, “puede cambiar la vida de quien lo lleva”.

Milagros también se sirve de André Gide, un escritor que, según me contó, conoció a través de la biblioteca de su padre y que, al estar sus obras en el índice de libros prohibidos por la iglesia católica, le da juego para inspirarse y reflejar los dilemas morales de su protagonista cuando trata de salir de los márgenes que le impone su propia familia o la propia sociedad.

Romanticismo, sensualidad, intriga, giros inesperados y el compromiso de retratar a un estilo de mujer y a una sociedad que la autora conoce de cerca y revisa para reivindicar, desde el papel, la realidad de una época.

PRESENTACIÓN “EL COLLAR DE PERLAS” de Milagros Román, Por Pascual Ruso

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Es prescriptivo en estas presentaciones hablar de la autora y de su trayectoria imparable y extensa. En las aletas o solapilla de la cubierta podrán encontrar esa vasta producción entre poemas, estudios, novelas, composiciones,…Pero, sí, ya me referiré a su interesantísima personalidad.

Es muy usual que los escritores, suscriban alguna dedicatoria y frase introductoria que dé acceso a su novela.

Milagros Román, enmarca el mensaje principal de su obra en esta frase, a modo de frontispicio, de su propia inspiración:

La obediencia a nuestros mayores no es siempre una actitud acertada; interfiere en nuestro destino “.

Porque su novela trata de eso, del destino de una mujer que lucha por desprenderse de él, de esa obediencia a los modelos de una sociedad represora.

Pero su obra es mucho más. Su novela queda reflejada en esta frase de Luis Racionero, al hablar de la” Feminidad Florentina”:

No puede tenerse idea clara de una época sin reconstruir el talante y las formas del mundo femenino”·

Porque su novela retrata aquella sociedad de la segunda mitad del siglo XX, donde la mujer, consintiendo o no, forjó o le forjaron una vida condicionada por determinados valores que, en muchos casos, no la dejaron realizarse. Milagros al describir ese modelo de sociedad, nos ayuda a conocer cómo era la vida de una mujer.

El collar de perlas “ es un viaje al interior de una mujer y de una sociedad que la educa para un destino limitado así como las coordenadas instintivas y razonadas de esa mujer que se opone a ese destino, que avanzará dando pasos equivocados o no hacia una libertad imposible. Una mujer cuestionada pero una mujer que no se detendrá ante ese destino impuesto y cercenante de su creatividad, de su espíritu libre porque entiende que su vida es suya con la capacidad de decidir por sí misma, tenga las consecuencias que tenga.

Milagros realiza un recorrido intenso y analítico del hado de esa mujer que se fraguó en una España oscurantista, casi “castradora” de la libertad de la mujer.

Sí, un collar de perlas como objeto de regalo, objeto de prestigio y distinción para la mujer que lo recibe como regalo a su estatus social y al supuesto amor servicial, servil y sexual del marido, metáfora de la cadena que la ata al esposo. Pero puede convertirse en un objeto de perdición, de ansiada libertad, de ruptura de esa cadena; cada cuenta de ese collar es, a la vez, un eslabón de opresión o un eslabón de liberación.

No solo retrata a la mujer de estos pasados 50 años, no. Dibuja aceradamente, y como si se tratara de un fresco, los personajes que rodean Ana, retratando a cada uno de ellos con la minuciosidad de las tipologías de aquella época ( padres, marido, suegros, amigas, amigos,…). Un severo y certero reflejo de aquella sociedad que condicionaba a la mujer, que sujetaba a la mujer a un devenir callado, de sumisión y de autocomplacencia mezquina.

Pero Milagros, salva a su protagonista. La convierte en una luchadora, en una mujer que se resiste a ser lo que la suerte le ha deparado. Busca su libertad, lucha y se enfrenta a esa sociedad pacata, antigua, acomodada, …porque, desde niña y adolescente y joven, ha creído en otro mundo, en otros caminos para su vida, para su realización como persona, …pero, algo ocurre en esa búsqueda que, tal vez, impida el avanzar, el lograr su objetivo.

Dicho esto, se comprobará que Ana, la protagonista, está realizando el camino que la mujer, en nuestros días, está labrándose. Milagros, no ha hecho más que observar, que exteriorizar y novelar, con gran maestría, lo que está ocurriendo en nuestra sociedad y sus cambios pero a un alto precio para la protagonista.

Si ese es el trasunto de la historia de una mujer y su collar de perlas, hemos de observar la forma en que el relato discurre. Creo que no es nada fácil avanzar en la escritura de un asunto solo con la narración de los hechos sin que medien diálogos y que ese discurso corra y desvele la historia con potente interés tanto en la descripción de los personajes como en los avatares de ese collar y su propietaria.

No solo eso, Milagros nos demuestra que es una mujer de su tiempo, ilustrada, con una formación e información cuantiosa y cualitativamente exquisita. Lo sabéis, la conocéis. No hay ámbito del arte que no le pertenezca. Su vida, que ha sido para el arte, es poliédrica, polifacética. Realizada como poeta, evocadora cantante, diestra como rapsoda, con un claro mecenazgo como formadora de grupos de creadores literarios, y apasionada por la lectura, por descubrir nuevos escritores, filósofos, pensadores, innovadores, cantantes, clásicos, comentarista avezada de grandes escritores (S. Juan de la Cruz), ilustradora y pintora de mano y pincel refinado y preciso, miembro de jurados de cine, de certámenes literarios…Gran amante de las tertulias donde sabe brillar y ofrecerse instruida y docta. Una persona erudita que lleva su saber y su cultura al nivel más alto al que se pueda esperar: compartir, compartir la belleza y el arte con los demás.

En ese camino que recorre su novela, Milagros muestra su pericia literaria con pasajes algunos llenos de esa belleza sentida, o impregnados de su cultura ( sus citas de Gide, Giradeux, Carla Fracci, Tchaikosky o Satie, del movimiento hippy, del mayo del 68 francés,..), de su conocimiento del alma humana y, en particular, del mundo de las emociones de la mujer.

El flujo de su escritura va tejiendo, con una agilidad prodigiosa, profundas emociones, atávicas pulsiones, realidades sociales, personajes complejos y una entramada historia llena de verdades y circunstancias reconocidas. La trama pues discurre con momentos de calmada circunstancia y otros de potente excitación y desgarro.

Para mi entendimiento, a veces, el entramado de una novela se convierte en un elemento secundario porque creo que lo importante son las reflexiones que el escritor pone en boca de sus protagonistas; reflexiones sobre la vida, sobre el comportamiento humanos, sobre los sentimientos o las pasiones, sobre los valores,..y eso es lo que vais a encontrar en “El collar de perlas”, muchas perlas que os harán pensar, que os harán meditar el por qué nuestros destinos están condicionados.

Para acabar. Estamos ante una obra que es un ensayo sociológico novelado, de un certero realismo poliédrico, de una soledad aplastante que no nos dejará impasibles y que nos hará perdonar, salvar o culpar a ese personaje femenino tan fascinante que Milagros ha creado.

Elx, 3 de diciembre de 2019.