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¿EL FIN DE BEATRIZ? Crímenes de lesa majestad, de Joaquín Lloréns, por Francisco Gómez

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El escritor y co-editor, webmaster y articulista de la revista de literatura y creación Agitadoras.com, Joaquín Lloréns, acaba de publicar la que dice será su última novela sobre las aventuras y desventuras de su detective licenciosa, Beatriz Segura y su mentor y pigmalion, Alberto Medina en su novela “Crímenes de lesa majestad”, editada por Baile del Sol en su serie negra. Una andadura que lleva ya cinco novelas escritas desde que empezó su recorrido con “Citas criminales”.

Uno, que ya le ha pillado cariño y admiración a esta mujer independiente y segura de sí misma, echará de menos las andaduras de esta heroína, a mitad de camino entre “Los ángeles de Charlie” y “Crepúsculo”, al decir de su amigo y presentador del volumen en Elche en la librería Ali i Truc, Jesús Zomeño, reciente premio de la crítica valenciana en el apartado de narrativa.

Lloréns nos plantea la siguiente pregunta: “¿Y si la incorporación del Reino de Mallorca a Aragón no hubiese sido legal? En ese caso, Mallorca no formaría parte de España. ¿Cuál sería su destino?”. A partir de aquí, Beatriz Segura encuentra un pergamino que levantará, como hace siglos, una conspiración, intrigas y asesinatos “con todos aquellos que tienen que ver con la búsqueda del pergamino real”.

El presentador de “Crímenes de lesa majestad” en la city ilicitana, Jesús Zomeño, habló de los personajes que integran estas novelas negras; de Beatriz Segura, “chica moderna e independiente de gustos sofisticados que se mueve en la resolución de misterios y conflictos”, de Alberto, “el otro protagonista esencial que protege a Segura y vive en Denia en “El Gurugú, amante de Beatriz y su pigmalion; de sus dos colaboradores; Julio Montero, amigo de la investigadora y guardia civil y Javier, guardaespaldas e hijo del mayordomo de Alberto Medina. Otros personajes secundarios pero no menos interesantes en las tramas novelescas de Beatriz son el mayordomo de “El Gurugú”, Roberto y la cocinera Marta. La gastronomía adquiere toques de sofisticación en todas las entregas así como la moda y complementos de la ropa que viste nuestra protagonista.

Zomeño subrayó de esta última entrega que “todos los personajes buscan y desean el pergamino y cambiar el pasado por una visión nacionalista interesada”, cuestión de candente actualidad en estos tiempos azarosos que vivimos en las Españas. El presentador comentó también que esta serie de novelas negras de Joaquín Lloréns, escritas y pensadas a su divertida y entretenida “maniera” tocan temas de actualidad en esta sociedad española del XXI siglo, acosada por la corrupción, los nacionalismos y el desmoronamiento de las ilusiones y proyectos colectivos. Los personajes principales se mueven en las novelas por distintos ambientes para desenredar las tramas y en este caso por Mallorca (la acción se inicia con una recepción en el palacio de la Almudaina con el rey emérito), Perpiñán, Barcelona y Denia.

El autor de “Crímenes de lesa majestad”, Joaquín Llorén, apuntó en la presentación de su novela en la librería de Elche, Ali i Truc, que ésta será una presentación y despedida de las aventuras de Beatriz. “Pensaba hacer una trilogía y he llegado a una pentalogía. Me apetecía dar un enfoque histórico y dar a conocer el reino privativo de Mallorca que duró unos seis años desde el punto de vista legal”. En este contexto histórico del siglo XIV donde los papas empiezan a perder poder y se cargan a los templarios. Se produce la primera renuncia de un Papa que no hemos vuelto a ver hasta la renuncia de Benedicto XVI. De esta época se podrían escribir muchas novelas”.

Lloréns recalcó también que escribe las novelas que a él como lector le gustaría leer, amenas y con aportes de información para tratar de desenmarañar el complicado tejido en que nos hemos embarcado.

Uno sabe que Joaquín está enredado en la confección de otras historias que nada tienen que ver con Beatriz, Alberto y El Gurugú. Quizás cada escritor necesita descongestionarse y buscar otras miradas, otros enfoques, otras maneras de contar las historias que se cuecen en su magín. Pero uno no pierde la esperanza de que “Crímenes de lesa majestad” no signifique el final de la serie.

Como dato menos positivo, la escasa afluencia de público que tuvo lugar en la presentación de la novela en la city de Elche a pesar de salir una amplia entrevista con el autor el mismo día en el medio hegemónico en papel. Bueno, los autores, los escritores, los poetas, luchamos una guerra desigual con los gigantes. Esas batallas que sabemos de antemano perdidas. Y aún así seguimos. ¡Qué gente tan rara y peculiar esta ralea de escritores que caminan hacia ningún sitio!

Buena suerte en tu gira de presentaciones con “Crímenes de lesa majestad”. La próxima en la Casa de Aragón en Mallorca. Uno sabe que eres hombre perseverante y poco dado a los desánimos.

Avanti, amigo

Francisco Gómez

Isaac Rosa. Se busca lector. Ciclo Quien lee vive más, Elche

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Charla de Isaac Rosa dentro del ciclo “Quien lee vive más” organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Elche y coordinado por Ediciones Frutos del Tiempo. Jueves 27 de abril de 2017. Sala cultural La Llotja, Elche. Lectura de Juan León

 

Marta Sanz. Razones para leer el cuerpo- y su clavícula- Quien lee vive más, Elche.

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Charla de Marta Sanz: Razones para leer el cuerpo -y su Clavícula- dentro del ciclo “Quien lee vive más” organizado por la Concejalía de cultura del Ayuntamiento de Elche y coordinado por Ediciones Frutos del Tiempo. Viernes 21 de abril de 2017. Sala cultural La Llotja. Elche.

 

Sobre El bosque de la noche, de Djuna Barnes, por Javier Puig

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Dice T.S. Eliot, en el prólogo de esta novela de la estadounidense Djuna Barnes, El bosque de la noche (1936), que este libro “atraerá especialmente a los lectores de poesía”. Es una advertencia de su carácter extremadamente literario, de que, en esta obra, lo que más importa no es el seguimiento de la trama, su dilucidación, sino el valor intrínseco de cada momento, la descripción que toma la osada forma de una coherente – aunque poliédrica – imaginación.También señala el poeta que los personajes de esta novela son muy reales, aunque a mí me parece que, si es así, lo son a la manera de quienes concitan en sí mismos numerosos matices del sentir humano, más que como representantes de seres encerrados en una ubicable y apenas voluble personalidad. Son personajes que a menudo son trazados desde lo paradójico, desde la contradicción. Su complejidad psicológica es ostensible, su rumbo vital resulta de una procedencia apenas enlazable a una básica irrupción en el mundo.
El personaje más constante en esta novela, el que tiene una visión más amplia de la interrelación que se produce entre todos, es el del doctor, un hombre construido – más que de una historia discernible – de un discurso, de una verborrea alcoholizada, hecha de precisiones arriesgadas y sorprendentes, que lo van configurando como un ser de atribuible y dudosa omnisciencia.
El bosque de la noche es un prodigio de literatura de alto nivel, de una prosa verdaderamente genuina que contiene una densidad expresiva que no admite la más mínima distracción, que repele al lector perezoso y rutinario. Y es de ahí de donde podría provenir su equiparación a la poesía, de esa composición que, en cada frase, nunca es un recurso de engranaje sino un destello que, en sí mismo, ilumina al lector de una fresca, íntima y extinguible plenitud. Esta literatura es pues bastante “inútil”, no nos ayuda a pertrecharnos de armas argumentales, sino que tan “solo” nos sitúa momentáneamente en un plano de superioridad que revoca toda la simplicidad de la visión más atenazada del mundo.
La narración está provista de numerosísimas frases que requerirían un detenimiento por parte del lector, y que le provocarían una amplia reflexión, un profuso cuestionamiento de sus afirmaciones. Se fundamenta principalmente en su vocación estética, sin dejar por ello de imbricarse esta actitud con la percepción psicológica. Sus mejores momentos son los de la descripción de los diferentes cuadros en que se van viendo inmersos los personajes. Y sí, nos habla de unos seres doloridos, atribulados, casi detenidos en su desorientación, que viven devanándose en sus posibilidades menos prosaicas, en las experimentaciones, atendiendo solo la destacable sutileza de sus vivencias. Esas descripciones, ya hechas desde afuera o desde sus propias reveladoras palabras, son las que precariamente establecen las perspectivas de una plural visión. Y no están exentas de abundantes elementos paradójicos, de frases que se retuercen sobre sí mismas, como queriendo acceder a un estadio superior que al de su instantánea obviedad. Estas personalidades nos resultan muy poéticas, constituidas en buena parte por la especulación de sus resortes intelectuales y emocionales, y nunca dejan de ser originales en su impalpable presencia. Hay sentimiento en estas profundizaciones que desvelan el más sutil carácter de esos seres, pero no uno simple, complaciente, sino complejo, casi inaprensible.
El bosque de la noche es uno de esos libros en los que su extensión en páginas (157) no se corresponde con el mayor tiempo que felizmente se le puede dedicar. Como los buenos libros de poesía, esta novela nos invita a recomenzarla una vez terminada, para darnos cuenta de que, en esa segunda lectura, aún la podemos apreciar mejor. Nos encontramos ante una de esas escasas obras de la literatura que, a través de la belleza, nos transportan hacia una grave y a la vez suspensiva, embriagadora levedad.

Sobre Delphine de Vigan y su gran capacidad narrativa, por Javier Puig

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Nada se opone a la noche, la penúltima novela de la francesa Delphine de Vigan – la primera que le he leído –, es una autobiografía centrada en los personajes que componen la familia de la que proviene. Sus protagonistas son sus abuelos, sus tíos, y, sobre todo, su madre, que es el detonante de esta historia dramática, una mujer que acabó suicidándose a sus sesenta y un años y que sufrió durante su vida numerosos episodios de locura.

Al afrontar este libro, esperamos una indagación en el personaje de la madre, pero, a medida que nos vamos internando en el relato, nos encontramos con una presencia coral, con un ámbito extensivo, y la sucesiva sorpresa se torna creciente, las trágicas y convulsas noticias sobre los miembros de una familia verdaderamente calamitosa. No es de extrañar que, a menudo, la autora tenga que interrumpir su relato, y hablarnos, en directo, de las dificultades que tiene a la hora de pergeñar esta historia, de su angustia; de su perturbación, de la posibilidad de enemistarse con algún miembro de la familia cuando sea publicada.

“En el fondo ignoro cuál es el sentido de esta búsqueda”. “Pero cuanto más avanzo, más tengo la íntima convicción de que tenía que hacerlo, no para rehabilitar, honrar, probar, restablecer, revelar o reparar lo que sea, solo para acercarme. Tanto por mí misma como por mis hijos – sobre los que se abate, a mi pesar, el eco de los miedos y los remordimientos- quería volver al origen de las cosas”. De Vigan lo pasa mal escribiendo esta historia, indagando entre sus familiares, y así lo cuenta en el libro. Se pregunta si tiene derecho a ello. “A veces sueño con el libro que escribiré después, liberada de este”, llega a decir. El dramatismo es constante, las vergüenzas de la familia, sus penas, son destapadas. Un abuelo acosador de adolescentes, una abuela pasota, un tío que se muere a los nueve años, cayéndose en un pozo; su sustituto, un niño al que adoptan, de la misma edad que el fallecido, muere pocos años después, asfixiado por una bolsa de plástico, mientras practicaba extraordinarios orgasmos en sus masturbaciones. Otro tío se suicida en su juventud. Luego hay un último tío, nacido tardíamente y con síndrome de Down. Y después los ataques de la madre, las tremendas escenas que la hija tiene que padecer. Y todo ello en un tono apasionado, que cautiva, que no suelta a un lector siempre perplejo ante las continuas adiciones de dramatismo. A veces, nos avanza graves sucesos – que no hubiéramos podido imaginar, pues ya pensábamos que había habido bastantes – y nos quedamos a la espera de poderlos conocer en profundidad, después de un buen puñado de páginas. No hay reproches, o un ajuste de cuentas, sino una visión a veces asustada. Delphine tiene una prosa enérgica, concisa y a la vez creciente. Mantiene muy despierto al lector, lo arrastra sin engaños, lo atrae hacia el futuro de su narración. Es un lenguaje moderno, pero no baldío. No es posible distraerse de una narración siempre prometedora. Nada se opone a la noche es una novela intensa, veraz, y muy bien y muy ágilmente escrita.

En su libro posterior – el último hasta ahora – , Basada en hechos reales, se plantea la expectativa de que la autora prosiga por esa senda tan exitosa de la narración de la realidad. (Y es que Delphine de Vigan vendió de su libro anterior nada menos que 800.000 ejemplares en Francia.) Aquí la narradora coincide en muchas de las señas de identidad que conocemos de la autora. Su mismo nombre, ha escrito un libro aclamado que – por lo que se explica – no puede ser otro que su Nada se opone a la noche, vive en París y tiene una pareja de – al parecer – igual nombre y actividad profesional que la que tiene la escritora en la vida real.

A partir de ahí, hay un juego con el lector al que –con posibles despistes – se le invita a adivinar si los pasajes de la historia que se cuenta responden a la realidad biográfica de la autora. En principio, parece ser que sí, al menos en su base. Los sentimientos de la protagonista, la parálisis creadora después de haber escrito un libro en el que se ha vaciado, su inseguridad ante las consecuencias de esa explícita narración sobra su familia, parecen coincidir plenamente con las vivencias que cabría imaginar en la autora. Después, la narración se modifica por la incorporación de su elemento principal, la misteriosa L., una mejor llegada no se sabe muy bien de dónde, desligada de los elementos necesarios para verificar su concreta ubicación en la sociedad. Esta mujer, con el artero propósito de apropiarse de su voluntad, de influir en su dirección creativa, establece una relación hermética con la protagonista, imponiéndole un ansia de escritura biográfica frente a sus intenciones de retornar a la pura ficción.

La novela se convierte entonces en un thriller. La continua reaparición de esa mujer hábilmente manipuladora, cada vez más atrevida, llegando incluso a la usurpación de la personalidad de Delphine, se torna una incierta amenaza, un mal compensado con supuestos socorros. La protagonista está cada vez más debilitada por su propio – y al mismo tiempo inducido – sentimiento de impotencia. El relato se convierte así en aquello que normalmente suele ser: un estiramiento imaginativo de algunos atisbos reales, un qué pasaría si esto que la realidad me apunta de forma débil, controlable, ahora avanzase y creciese por caminos indómitos.

Cuando penetré en esta nueva novela, volví a sentir el entusiasmo del contacto con una prosa inteligente y vigorosa, por la riquísima capacidad de matización, de intrusión psicológica en sus personajes. Más adelante, sentí el desaire de la reiteración, que no estaba en la palabra, siempre renovada, sino en una acción que se conformaba con remansos excesivos, que avanzaba por inflexiones demasiado distantes. En algunos momentos pensé que Delphine de Vigan era una excepcional escritora pero solo una buena novelista. Pero, superada esa fase central, cuando la acción se afianza y finalmente se precipita, la novela refuerza su poder de seducción, nos atrapa definitivamente, no sin dejarnos alguna incógnita final, alguna incertidumbre que resalta esa extraña conjunción entre la realidad y la ficción, entre los pensamientos obtenidos y la disparidad con la que nos recibe la vida.