Archivo de la categoría: poesía

Ramón Bascuñana, Librería 80 mundos, Alicante

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Això és poesia, xata! – Ramón Bascuñana

 · Organizado por Librería 80 Mundos
martes, 14 de agosto de 20:00 a 21:00
Avenida General Marvá, 14, 03004 Alicante
En agosto TAMPOCO paramos. Nos ha encantado la dinámica de compartir con vosotros poesía y horchata, así que para el próximo martes tendremos a un poeta al que prácticamente no hace falta presentar: Ramón Bascuñana. Como al alicantino no le gusta la horchata, tendremos para pasar la tarde un refrescante granizado de limón. Pasen y vean.
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LA LUZ DESDE MIS SOMBRAS, por Lola Obrero

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El futuro que pretendo haber soñado,
por un tiempo lo lleve prendido,
sujetado con hilvanes de hilo blanco,
a mis manos descarnadas, sin destino.
Y acabó  descosiéndose de ellas.

Más tarde,  convertido en tierra nueva
y oliendo al primer tiempo de estío,
lo contemplo aliviada, lo desafío,

a pesar de las distancias,
mientras él me observa con recelo.

Cada uno ve la paz desde su guerra.
Cada guerra se debate por si misma.
El futuro deja un rastro que no sirve
para vidas sepultadas en arena.

Cada cual ve la luz desde sus sombras,
Y las sombras se deslizan siempre a ciegas.
Así mi corazón desespera,

insensato otra vez,
con ansias de verdes esperanzas,
para atrapar el futuro que aún no llega.

Y el presente se me escapa poco a poco,
con la prisa exasperante de esta vida,
que ya ni quiere, ni sabe de cautelas.

Lola Obrero

Amor y piedad en la barbarie, por Ada Soriano (La palabra muda de Antonio Enrique)

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En su nuevo libro, el poeta y escritor granadino Antonio Enrique, rinde homenaje a las víctimas del Holocausto.

La Palabra Muda, poemario exquisitamente editado por Ediciones El Gallo de Oro (Bilbao, 2018), nos remite, con mucha delicadeza, a la realidad de una tragedia acontecida en plena mitad del siglo XX: el Holocausto perpetrado por la Alemania nazi contra los judíos. Una tragedia que, como sabemos, afectó a millones de personas, y es por eso que el dolor sigue latiendo por dentro. En este caso, en el corazón de Antonio Enrique, que escribe y describe con crudeza, sí, y también con ternura.

Fotografía: Encarni Pérez

Es muy destacable la profunda espiritualidad que destilan estos poemas. Considero, por tanto, que La Palabra Muda es un libro espiritual, y también arriesgado, no solo por la carga social y emocional que conlleva sino por la manera en que está escrito, ya que el poeta se involucra, se mete de lleno, Adentro y más adentro. Es consciente de que tan terrible acontecimiento no es un hecho aislado, ya que el horror continúa, y el propósito es el mismo: dañar la vida. ¿Se aprende de lo sucedido? ¿Se aprende de lo que sucede?

Me parece interesante aludir a las dos citas que encabezan el poemario. La primera de ellas, extraída de La cabellera de la Shoá, del célebre poeta Félix Grande, con quien Antonio Enrique mantuvo una entrañable amistad, dice así: “¿Qué te creías tú, contemporáneo, / qué te has creído que era el siglo veinte? (…)”. La segunda cita se nutre de unos versos hermosísimos pertenecientes a La historia de los descreados, del poeta Carlos Aurtenetxe: “lágrima/ que al caer a la mar rebasa/ a la mar/ al ser más grande que ella”.

La nota a la edición, elaborada por el propio autor, aclara la temática y la disposición de los poemas: “(…) aunque el asunto de que trata pueda parecer superado por la Historia, sumido ya en el anecdotario del Terror, una vista a nuestro alrededor nos confirma que las raíces hoy perduran (…)”. Explica asimismo que “La palabra muda se articula en 22 poemas, numerados por cada una de las letras del alfabeto hebreo”, y que “no es casual esta determinación”.

Antonio Enrique nos transporta a un pasado no muy lejano y logra, en este tiempo presente, dejar constancia de una atrocidad que nunca deberíamos borrar de nuestra memoria. Lean estos versos del primer poema, el que lleva por título El Horror, en el que hallamos estas imágenes visionarias:

(…) Lo que el horror dice

es: hay que dividir.

Lo que el horror hace es

restar, multiplicando.

Eso es, y un ojo desprendido de gallo,

y siete por insecto

que acechan en la oscuridad (…)”.

Y estos versos están en plena concordancia con un pasaje perteneciente al ensayo El Espejo de los Vivos (Editorial Alhulia, Granada, 2017); un libro muy recomendable mediante el cual Antonio Enrique transmite sus pensamientos y sentimientos respecto al lugar que ocupa el hombre en el mundo, y el que ocupa Dios, como él mismo me comentó en un correo. En el capítulo 20 de dicho ensayo, titulado Dividir, éste es el afán, éste es el impulso, aparecen estas declaraciones que pongo como ejemplo para atestiguar el paralelismo del que hablo: “Dividir y no sumar; dividir como una resta elevada a coeficiente infinito”.

El libro que nos ocupa goza de un lenguaje discursivo, descarnado y directo, y está dotado de un carácter unitario en el que el poema clave es, a mi juicio, el número 12, Más allá del humo, del mundo y de la nada, porque es el amor la única vía posible; el amor de un hombre hacia su amada: el amor oceánico.

El poeta habla a través de otra voz: la voz de un hombre a quien le cambiaron el nombre por un número; un hombre a quien le arrebataron la vida. Por tanto, fluye por estos versos un deseo de renacimiento que se logra, diría, mediante la reencarnación, como bien puede apreciarse (al igual que en el poema anteriormente mencionado), en El limbo de los inocentes (13) y, si avanzamos en la lectura, en los poemas (20) y (21):

(…) Te amo porque nos hemos amado

mucho antes de saberlo.

Nos hemos amado aquí y allí.

Antes y después del primer

y del último beso. (…)” (13)

(…) La carne transformándose en espigas

de las praderas celestiales

y en sangre de las viñas del firmamento. (…) (21)

Antonio Enrique posee una gran potencia verbal y un excelente dominio del lenguaje, y hay en toda su obra una preocupación por la estética. Así, en La Palabra Muda, utiliza recursos estilísticos como la anáfora, el hipérbaton, la aliteración, la comparación, la metáfora y la paronomasia. Quiero resaltar una comparación en la que apreciamos en partes iguales crueldad y belleza:

(…) Igual que los atunes

en la almadraba:

un crepúsculo de sangre

a la puesta de sol (…)”

También unos versos en los que la onomatopeya es muy evidente y va acompañada de una paronomasia en la que advertimos, mediante la letra “r”, la impiedad:

(…) Y son unos tristes zapatos,

reventados y desventrados,

en la orilla de un río

más frío que la muerte. (…)

No he podido evitar recordar a los poetas Paul Celan y Nelly Sachs, a quienes leo con frecuencia. De hecho, me conmovió el libro que lleva por título Paul Celan, Nelly Sachs, Correspondencia, en edición de Barbara Wiedemann y traducido por Antonio Bueno Tubía (Editorial Trotta, Madrid, 2007). Expongo aquí el primer párrafo que corresponde a la primera carta de Nelly Sachs dirigida a Paul Celan, fechada el 10 de mayo de 1954: “Querido poeta Paul Celan, ahora que a través de la editorial he conseguido su dirección, puedo agradecerle personalmente la profunda experiencia que me proporcionaron sus poemas. Ve usted mucho de ese paisaje espiritual que se esconde tras todo lo de aquí, y tiene usted la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”.

Del mismo modo, he recordado la intensa correspondencia que mantuve con Antonio Enrique hace unos años. Entre otros temas, salieron a relucir los horrores de la barbarie nazi y, consecuentemente, los nombres de algunos poetas que dejaron constancia del genocidio a través de sus escritos. Me habló también de su interés por la cultura judía y de sus numerosas lecturas acerca de los Lager. Me dijo que, al igual que yo, suele ver los documentales sobre el Holocausto que transmiten por televisión. Me comentó que los hombres y mujeres que aparecen tras la pantalla son ya espectros, con sus gestos mecánicos y sus caras blanquecinas. Yo también los veo así: desprovistos de sus posesiones y, lo que es peor, de sus identidades; igual que maniquíes sin ropa, expuestos a las miradas ajenas y frías, ¡las miradas de sus semejantes! De ahí la mayor humillación. De ahí la idea que probablemente indujo al poeta a escribir este libro.

Lean de nuevo con atención estas palabras que he mencionado anteriormente: “(…) la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”. Y esto es, en definitiva, lo que La Palabra Muda viene a representar porque encontraremos aquí el peso de los que fueron condenados al silencio y la dificultad de expresar con palabras tal horror.

Finalizo con los últimos versos del epílogo: Adentro y más adentro. Vemos aquí con qué precisión Antonio Enrique introduce el amor y la piedad en la barbarie, porque sabe que el sol sigue brillando sobre el horizonte, y que durante la noche la luna hace su ronda, y que el poeta, mediante la palabra, que es su arma, está capacitado para plasmar los rastros del pasado y rescatar esa eternidad que quedó sumergida:

(…) por donde navegan las caricias nunca dadas,

los besos imposibles, los abrazos que se desvanecen

en la ilusión de haber vivido y sentido

lo que estaba lejos de ti, adentro y más adentro:

un sueño de oro, una pasión de diamante,

la insigne libertad del águila y la armonía

vertical, cadenciosa y blanca del clamoroso cisne.

14 de Julio de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

 

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

Entrevista a María Engracia Sigüenza por Ada Soriano

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María Engracia Sigüenza:

Cuando regresan las musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego

Una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse.

Llega a mis manos El fuego del mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas muy logradas.

María Engracia Sigüenza nació en Orihuela en 1963. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología por la Universidad de Murcia. Ha trabajado en psicología clínica y como profesora de filosofía. Actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en libros colectivos como El libro de Plomo (Ediciones Empireuma, Orihuela, 2013) También en antologías y exposiciones. Asimismo, ha publicado artículos y poemas en diversos medios como Cuadernos del Matemático, Opticks Magazine, Las afinidades electivas, Frutos del tiempo y Empireuma.

Hay llamas que ni con el mar”, escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por título El 7 de septiembre.

María Engracia, observo en tu poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.

Soy totalmente consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói, Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire, Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield, Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso, y caí tan rendida a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más fácil.

Las que aparecen en mi libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran rebelarse de un destino marcado por los hombres.

Aunque El fuego del mar es un libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.

Siempre he sido una persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la Muerte.

Y efectivamente del amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte, brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.

Dos rasgos que definen mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida.

Cuando pienso en la muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte: La mirada de Cronos, pero también en las otras dos: El espíritu de Gea y Atenea y las Musas.

La mitología está muy presente en tu obra. En mi opinión, supone una enriquecedora aportación metafórica.

Me atrae desde siempre. No sé cuándo empezó en mí ese interés, pero fue muy tempranamente. Primero, leyendo La Ilíada y La Odisea, La Eneida, La metamorfosis de Ovidio, etc.; después, las tragedias de Sófocles y Eurípides y a los poetas latinos. Por supuesto, aprendí a amar el mundo griego estudiando filosofía.

Lo cierto es que pronto descubrí que la mitología está presente en todas las artes y disciplinas. Cuando viajas te das cuenta, cada vez que visitas un monumento arqueológico, un museo o a una galería de arte, que todos los artistas se han inspirado y se siguen inspirando en ella.

Creo que la mitología es un mundo fascinante e infinito, creatividad en estado puro; la muestra más clara de que la humanidad siempre ha necesitado la imaginación para sobrevivir.

Aunque obviamente he profundizado mucho más en la grecolatina, que es la que ha conformado nuestra civilización, la que está en nuestros orígenes y la que me ayuda a expresar multitud de inquietudes y sentimientos, lo cierto es que me interesa la mitología en general. Creo que, además de fuente de inspiración, nos ayuda a conocernos y a unirnos como especie.

En el poema titulado El mundo, que dedicas a Emily Dickinson, es la poeta la que habla. ¿Cómo surgió este acontecimiento, tan intenso en su brevedad?

Surgió un verano que dediqué, entre otras cosas, a releer a Emily Dickinson, una de mis poetas de cabecera. Tenía la mente llena de sus imágenes, de su compleja sencillez, de su hermética transparencia, de su profundo amor por la naturaleza y por el mundo (sobre el que reflexionó con una gran penetración sin apenas salir de su habitación). Y me pareció que ella me instaba a escuchar la voz de lo auténtico, de lo que nos rodea con humildad y contiene la esencia de la vida, de todo lo realmente importante que nos pasa desapercibido, enredados como estamos en absurdos y alienantes quehaceres. Me sentía impregnada de ella y por eso decidí dedicarle el poema.

¿Añadirías algún nombre más a esa lista de escritores y escritoras que te acompañan?

A los clásicos que he mencionado antes vuelvo con asiduidad pero, como ya he dicho, siempre estoy buscando. Mi curiosidad intelectual crece con los años, quizá por ser consciente de esa finitud, de esa fecha de caducidad que nos atormenta, como atormentaba a los replicantes de la maravillosa película Blade Runner. Necesito encontrar nuevos tesoros y siempre los encuentro, de hecho, abundan por todas partes, solo hay que saber mirar, buscar en los lugares adecuados y estar alerta. A veces una lectura me lleva a otra, o sigo las recomendaciones de mis amigas y amigos. Como dije en una entrevista anterior, leo a escritores y escritoras de mi entorno, sobre todo de Orihuela y de Murcia. Sigo sus publicaciones, nos vemos a menudo e intercambiamos conocimientos y amistad, por lo que no faltan las ocasiones de aprender, de retroalimentarnos mutuamente.

En poesía releo a menudo a Sylvia Plath, a Ted Hughes (la mítica pareja) y a Anne Sexton, y últimamente he leído con entusiasmo a Sharon Olds, Louise Glück y algo de Mary Oliver (hay poco traducido), a las que llegué a través de los Pulitzer de poesía. También me emocionó descubrir a Alice Munro –creo que fue a raíz de un artículo de Elvira Lindo-, unos años antes de que le fuese concedido el Nobel. Escribí varias reseñas apasionadas sobre ella cuando aún no era muy conocida y lo mismo me sucedió con Flannery O´Connor, Medardo Fraile, Richard Ford o Lucía Berlín, grandes cuentistas que he ido descubriendo gracias a mi predilección por el género del relato.

Another Earth es un poema extremadamente cósmico. ¿En qué instante sentiste dentro de ti la explosión de una supernova de sangre?

Ese poema está inspirado en la película Another Earth (Mike Cahill, 2011),  igual que Un viento salvaje lo está en la canción Salvaje es el viento versionada magníficamente por Nina Simone y David Bowie, artistas homenajeados en ese poema.

Y si la canción me interesa porque habla del poder regenerador del amor, la película me inspiró porque reflexiona sobre el dolor y la muerte, también como potencias que impulsan la vida.

Es una película ambientada en el futuro y la protagonista es una chica recién graduada en astrofísica que, al inicio de la película, comete un error fatal que arruinará su vida; una tragedia que la hunde pero no la vence y que la llevará a luchar sin descanso buscando el modo de reparar lo irreparable. Como soy una apasionada del cine, entendido como séptimo arte y en todos sus géneros, descubrí esta obra de cine independiente y bajo presupuesto y me impresionó por su profundo humanismo y por su interesante reflexión sobre nuestra conexión con el Tiempo y el Universo. Temas que también forman parte de mi poética.

De todo eso y de la identificación con la protagonista nació un poema que habla de una persona en crisis, una mujer que siente que su vida está rota, pero que no se da por vencida. Su sufrimiento la impulsa a luchar para alcanzar la expiación.

Las metáforas cósmicas me llegaron enseguida a través de la película y además eran las que más se acercaban a lo que quería transmitir. Porque cuando sufres una pérdida terrible, el dolor es tan fuerte que sientes que algo explota dentro de ti y llega hasta el universo.

¿Cualquier manifestación puede conducir a un acto creativo?

Sí, absolutamente todo. Todo lo que me rodea, todo lo que forma parte de mí me resulta inspirador. La vida, las personas, el arte, la cultura, la mitología en general y, especialmente, la grecolatina. Y por supuesto la Naturaleza. Porque somos naturaleza, y también seres cósmicos y misteriosos.

Como dice Annie Dillard, una escritora que acabo de descubrir gracias a José Luis Zerón, gran amigo y poeta: “Nuestra vida es una tenue traza sobre la superficie del misterio”. Y de ese misterio nace la poesía, que yo identifico con la fuente ignota de la vida en el poema Escucha y con un universo en expansión al inicio de Another Earth.

Y es que una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse. Creas en él un universo que nunca está terminado y que otros al leerlo, al imaginarlo y recrearlo, se encargan de expandir.

¿Qué sientes al concluir un poema?

En primer lugar, una paz interior, un estado de bienestar y sosiego, una alegría que es el eco del chute de adrenalina, de la dopamina que se libera durante y después del proceso creativo. Pero este estado dura poco. Enseguida retorna la incertidumbre de no saber si la poesía volverá a llamarte; y cuando regresan las Musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego, la duda de si serás capaz de crear algo bello, algo que se acerque a lo que sientes y quieres transmitir, algo de lo que puedas estar honestamente orgullosa.

A mí me cuesta mucho sentirme satisfecha, por eso no tenía prisa por publicar, más bien sentía y sigo sintiendo el apremio de continuar aprendiendo. Aunque también he comprendido que los poemas pertenecen al mundo, y que no sirven de nada escondidos en un cajón. Por eso he decidido compartir, desprenderme –como dicen los versos del poema que cierra el libro- y el año próximo publicaré Huellas en el paraíso, un poemario que tengo terminado, y quizá me anime después a sacar un libro de relatos que también guardo en el cajón.

¿Ha llegado el momento de vivir?

Quise terminar el poemario con unos versos que son un recordatorio, con un poema que me recuerda lo que no quiero ni debo olvidar. Creo que siempre es el momento de vivir, de abrir los ojos a todo lo que nos rodea y de exprimirnos, como decía Alberti.

La vida se renueva constantemente y nosotros no podemos quedarnos estancados. Tenemos que aprender a vivir continuamente, adaptándonos a las nuevas situaciones, celebrando los dones que nos vamos encontrando en el camino y entregando lo que tenemos, nuestros frutos. No concibo otra forma de estar viva.

Acabo de terminar de leer el maravilloso ensayo Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, la autora antes mencionada, y al acabar la lectura, además de quedarme totalmente fascinada por una autora en estado de gracia, capaz de asombrarte en cada una de las páginas que escribe, me ha quedado claro que en nuestro mundo: “(…) la libertad cultiva la belleza y el horror en la misma rama viva.” Y: “(…) es la muerte quien hace girar el globo”, utilizando sus palabras.

Un libro inolvidable que me ha hecho más consciente, si cabe, del milagro, del regalo que supone la Vida.

Y termino con unos versos del poema Heridas, que dedico a Frida Khalo y Ada Soriano y que creo que recogen casi todo lo que hemos hablado.

(…)

Ante la mirada conmovida de los dioses

la Moira corta los hilos.

Pero nada termina.

La fuente nunca se agota.

Ofelia resplandece de vida

en un río que no cesa.

Ada Soriano, julio 2018.

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Sobre El fuego del mar, de María Engracia Sigüenza Pacheco, por Javier Puig

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Tenía muchas ganas de sumergirme amplia y detenidamente en la poesía de María Engracia Sigüenza Pacheco, de la que había recibido, primero aislados destellos, y luego una mayor visión en la lectura poética que hace un par de meses compartiera conmigo en Orihuela. Ahora, por fin, disponemos de parte de sus poemas reunidos en un libro extenso, El fuego del mar, editado por Celesta, rico en su elaborada verdad, en la sabiduría de sus dudas certeras, de sus preguntas esenciales, un poemario que logra aunar la diversidad en una dialogante coherencia.

Un poeta debe pretender que de su libro resulte un aporte de genuinas observaciones de la vida, una feliz confluencia desde lo inesperado. En este sustancioso libro, María Engracia lo ha conseguido casi siempre. Con un lenguaje sencillo, ha sabido transmitir a un público relativamente amplio un sentir nada superficial. La autora ha alcanzado en muchos momentos aquello que el lector espera de una obra literaria, que le ponga palabras a sus mudas pero fuertes sensaciones, que construya un universo lingüístico que podamos compartir.

El poemario se divide en tres partes diferenciadas, aunque claramente asignables a una misma voz. Las temáticas o los enfoques son tangencialmente distintos. Así, en la primera, El espíritu de Gea, encontramos ya esa sensibilidad enfrentada, ese amor a una vida tan vulnerable por la amenaza de la desazón y de la muerte. En Deseo, el don del sexo es ejercido con fruición, utilizado como ardiente oposición a la muerte: “Quiero la miel salvaje de tu boca /… / Quiero ahogar el miedo/ en el mar de tu garganta, / incendiarme de vida/ en la llama de tus labios”. He aquí una de las múltiples referencias a ese fuego que – junto al agua – es origen y persistencia de la vida, y es núcleo recurrente en este poemario.

En Todo, se explicita esa resolución de no renunciar a ninguna de las caras de la vida, incluso a las más ominosas y crueles: “El amor sin límite / y el dolor sin medida. Todo”. Lo que se propone es una vida incandescente, una mirada abarcadora. En Fuego, se ahonda en esas contraposiciones: “Contiene el caos del universo / y el orden de la vida”. Aquí no hay fusión con el mundo, alianza apaciguadora con las fuerzas adversarias, sino lucha candente. En el poema Paradojas, se ejemplifican algunas de las ideas transversales en las que insisten estos poemas: “A veces la noche está viva / y el día trae la muerte / con los sables del sol”.

Dolor me ha parecido uno de los mejores poemas de esta primera parte. En sus versos, se expresa una de las más recurrentes ideas con las que nos encontramos: la empatía con el sufrimiento ajeno. Porque no es este poemario una reivindicación de una lucha exclusivamente propia sino que la misma está enlazada con el hermanable sentir de la humanidad; y eso, los lectores lo notamos desde el primer momento: “Duelen los abismos de la humanidad. / Duele la inocencia asesinada/ en los altares de la infamia”. Pero la autora no se conforma con esa constatación, con esa obviedad y, en su línea de profunda indagación de las contradicciones, nos dice. “Pero el dolor nos cura, / el dolor se enfrenta a las heridas, / el dolor siente, sufre, lucha / vive y nos hace vivir”. Y, en esa defensa del sentimiento encendido, se atreve a ir más allá: “La indiferencia es la Muerte”. La reacción ante la adversidad siempre está evocada, las propias fuerzas se extraen de la colisión con el supuesto enemigo: “Con el hilo invisible de la rabia/ tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, / y el dolor alumbrará belleza”.

En la segunda parte, Atenea y las Musas, María Engracia recorre esas figuras del arte que, con su lucidez, también han configurado nuestra compleja visión del mundo. De esta parte destacaría Un Viento salvaje, donde la autora vuelve a preguntarse sobre lo grande. Le inquiere a lo decisivo una respuesta que no llega y que acaba surgiendo, vitalista, en el propio interrogador: “Y solo queda, vivir, vivir/ y escuchar a los muertos. / Mientras, entre las tinieblas, / el francotirador aguarda”.

La última parte, La mirada de Cronos, es la más dramática, en la que está más presente la muerte; y también aquella que alberga los versos más intensos, el enfrentamiento más directo con una verdad a la que se le reconoce su supremacía frente a la gran pequeñez de la condición humana. Y es que, frente al Tiempo, hay una guerra desigual, en la que el ser se alivia con la momentánea satisfacción de la humana voluntad: “Yo lo desafío: / delante de sus ojos / me inyecto la médula de la vida”. El poemario avanza hacia una reconciliación, hacia un reconocimiento mutuo en la vida. El tiempo es de lo que estamos hechos. Nos acoge y alimenta en cada instante de nuestra existencia. Otro de los poemas, Tu recuerdo, es un emocionado ejercicio de conexión con lo ausente, con el padre fallecido que aún habita en los pliegues más ocultos de uno mismo. Es ese reencuentro ansiado la reconstrucción imaginaria de una presencia que reside en lo ignoto.

En La visita hay un recorrido por las imágenes más emotivas de un pasado siempre amado, un retorno a la infancia para recuperar la mirada más pura, aquella que nace exenta de palabras, de cálculos, de construidos deseos, y que es presente continuo, desnuda experiencia que penetra sin filtros en la memoria, que nos detiene y nos invade con una pregunta esencial que no logramos entender.

En Vivir encontramos de nuevo la llamada a la lucha contra la natural adversidad como acción necesaria: “Deja que ardan tus pupilas / para ganar otra batalla perdida, / y prepárate para vivir muriendo”. El bien de la vida es nuestra capacidad de lucha, sin la que estaríamos inmersos en la rendición más aniquiladora. Despedida nos habla de otra presencia de la muerte, esta vez la de un niño, expresada siempre desde un alzamiento de la mirada, desde lo oscuro hacia los atisbos de la luz: “Una pena negra y silenciosa / que eterniza la luz de tu sonrisa”, “un recuerdo que nos une / para siempre / a las flores de la tierra”. La Herida es uno de mis poemas favoritos del libro. Me parece magistral, redondo. Encontramos en él esa asunción de que la vida produce daños que marcan.

Resurrección es otra confirmación de esa vital necesidad de salir de los golpes que nos encierran y nos abruman entre los ecos de la negritud. Y es que estamos ante un poemario que no se arredra ante la contemplación de esas sombras que son avanzadillas de la muerte. En todo momento vuelve a esa convicción que exalta y enaltece: “El arrebato de sentirme viva”.

El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida. Propensos a las recaídas, lo único que procede es levantarnos incansablemente y rescatar esa, a veces, sepultada alegría de estar vivos. Es este libro la descripción de una guerra entre las luces y las sombras. María Engracia Sigüenza no nos ha ocultado ninguna dura verdad pero tampoco nos ha escamoteado el camino de una apasionante pervivencia. Como bien dice en su último verso: “Ha llegado el momento de Vivir”.