Archivo de la categoría: poesía

Pasado propio, presentación en Librería Primado de Valencia

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LA NOCHE VIVA. Por Lola Obrero

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Hay  noches que huelen a noche viva,

y tientan en sabores aprehendidos.

Diáfanas en oscuridad constelada,

hacen estremecer, iluminando

como fuego adherido

a la piel del noctámbulo.

Las noches así son portadoras

de esencia de extrañas armonias,

que serenan los sentidos,

mitigando los desasosiegos.

Amalgamadas  en aromas,

en sonidos rítmicos que incitan,

esas noches están vivas

de vida que  da albergue, que protege.

En esas noches degusto una marea

celeste de sensaciones,

la efervescencia del mundo infinito

que no cesa todavía.

Es mi noche viva.

Que no cansa, que no duele…

Es profunda y a la vez etérea.

Es la noche que me transporta,

sin querer saber a dónde.

Lola Obrero

A LA DERIVA, por Lola Obrero

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Y dejarse llevar a la deriva,
como si fuéramos ondas menguantes
en un mar ya calmado, conocido,
llevando en lo profundo
la íntima esperanza del consuelo.

Y olvidar los deseos escondidos,
bajo las huellas incurables de la herida,
inertes, aún suspendidos

del hilo del que teje.
Del que a veces se estira demasiado,
del que habría que soltarse sin pensarlo,
demostrarse a sí mismo que se puede.

A pesar de los miedos, ir tranquilo;
aligerarse el alma y desprenderse,
irse a la deriva, sin abrigos, a ser posible

después de consumir toda la etapa;
después de malgastar todo el ovillo.

Lola Obrero

El don de la armonía, por José Luis Zerón

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Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010.

Quisiera empezar con una observación que quizá pueda parecer baladí para quienes creen que no hay -o no debe haber- una correlación entre el poeta y su obra poética, pues estos consideran que lo que escribe el sujeto poético es solo una mixtificación. Pues bien, la escritura poética de Ángeles Campello es de una asombrosa autenticidad y refleja el carácter de la autora. En el caso de Ángeles, vida y creación poética están fusionadas en una honesta y coherente manifestación de saber estar en el mundo.

He ido leyendo y releyendo Malasia en el corazón y sus versos me han hecho más habitable la realidad. No en balde la autora concibió este libro durante un viaje que realizó a Malasia en 2005 para realizar un curso especial de Chi Kung, una serie de técnicas terapéuticas que proceden del budismo y del taoísmo, a través de las cuales también se alcanzan grados de espiritualidad comparables con el neuma griego o el prana hinduista. Básicamente es el arte de hacer circular la energía vital de la forma más adecuada, es decir, de alcanzar esa armonía que tiene diversos nombres según cada cultura, pero que es solo una y que en Occidente podemos encontrarla en Hildegard von Bingen, en el maestro Ekhard, en Paracelso, en los grandes místicos, en Emerson, Thoreau, María Zambrano, y ya en la actualidad, en poetas como Antonio Colinas o Clara Janés, por poner un par de ejemplos significativos.

En los títulos de las partes en que se divide Malasia en el corazón, están patentes la reflexión espiritual y la capacidad sensorial de la autora: MeditacionesNaturaleza sensitivaAlma fraternalYinnanasviaje interiormiradas y versos de amor. En realidad podríamos hablar de un solo poema fragmentado, compuesto especialmente por haikus y otros poemas algo más extensos con una medición libre.

Una de las particularidades de este libro es su desfase con la poesía feroz, desquiciada y descreída -en muchas ocasiones con un exceso de pose- que predomina en el panorama poético actual, donde conceptos como armonía, belleza, amor, son vistos con reservas cuando no con absoluta aversión. Ángeles Campello, fiel a sí misma, escribe un libro que es a la vez poético, filosófico y terapéutico, y que, como la autora misma, irradia confianza, optimismo y también una serena bondad, unas veces explícita, otras secreta; el stimmung o temple, estado de ánimo afectivo mediante el cual quien lo vive se abre al mundo y permite que el mundo se le revele. Como escribió el filósofo alemán Heidegger,“stimmnung es un mundo existencial fundamental”.

Los poemas que comentamos surgen de una sensibilidad especial: la de quien habiendo mirado el abismo, sabe cómo abrazar la plenitud. Porque la autora, como buena conocedora de las enseñanzas budistas y taoístas, no es un alma cándida y sabe que el mal y la oscuridad no son erradicables, pero sí pueden ser neutralizados cuando se les somete a la iluminación:

La luz debe venir de dentro

no podéis pedir que la luz se vaya,

tenéis que encender la luz.

Eso leemos en una cita del maestro y escritor budista Sogyal Rinpoche, y dice la autora como ejemplo de la armonía integradora de los contrarios:

La oscuridad y el silencio

temidos y esquivados

antaño, son buscados

deliberadamente ahora,

por una necesidad imperiosa

de vacío.

Se convierten en luz y

estruendo sonoro

en la calmada quietud

de la meditación,

siendo preludio y

antesala del despertar

La brevedad, la concentración y una depuración exquisita predominan en la poesía de Ángeles Campello. Apenas hay discurso, solo sentencias, fulgores reflexivos, versos aforísticos y hallazgos de intenso lirismo donde, como decíamos, también hay lugar para la pasión y los sentidos, porque en contra de lo que el lector pudiera pensar de una poesía de corte espiritual, no estamos ante un presupuesto ascético y árido en su austeridad; los poemas son respirables y dotados de energía:

Dónde podré guarecerme

de este inesperado

tsunami de pasión

que ha roto el dique

protector de mi corazón

devastando toda paz

y equilibrios alcanzados

La base de la poética de Ángeles Campello es clara y muy directa, y la naturaleza está muy presente y en permanente flujo en su pensamiento. Hay en estos poemas aforísticos condensación, claridad y sonido. Hay también un exceso de detalles nimios y cotidianos, sin apenas conectores, que resultan eficaces por su precisión y sutil contundencia, si vale el oxímoron para explicar la fuerza expresiva, la energía fluyente con que la autora revaloriza las imágenes previsibles y las expresiones demasiado explícitas. La voluntad de condensar de la autora, tan propensa al esencialismo, además de asumir el magisterio de autores budistas y taoístas, está próxima a poetas emocionales como Eloy Sánchez Rosillo, José Corredor Matheos o Vicente Gallego, grandes cultivadores del poema breve, pero se aleja de la generación de modernistas norteamericanos como Louis Zukofsky, Gerorge Oppen o Lorine Noedecker, que también cultivan el esencialismo pero desde una postura antirromántica.

Otra particularidad de la poesía de Ángeles Campello, al menos en el libro que comentamos, es la convivencia de un tono monocorde, meditativo, muy oriental, con una musicalidad ritmada y enérgica más propia de Occidente. Pero Malasia en el corazón no es un libro New Age, al uso, pues el talento de la autora lo sitúa por encima de modas remotas y filosofías exóticas. Hay una armónica fusión entre las reflexiones y las imágenes de este libro que rechaza el ser perverso sin negar la negatividad, porque ello significaría situarse de espaldas al mundo real. Se trata de un verdadero ejemplo de ingeniería armónica, de bienestar trabajado, de equilibrio entre el método programático de los maestros orientales y las expansiones sentimentales e intuitivas de la autora. También nos enseña Ángeles en este delicioso libro que la belleza lírica y los caprichos de la razón poética, no son incompatibles con el servicio al prójimo, y que la poesía alcanza grandes beneficios morales cuando quien la escribe es consecuente consigo mismo y sus sentimientos elevados derivan de la serenidad, de la seguridad, del amor fraternal y de la capacidad de dar a su ser una expansión universal para mejor sentir/la unicidad /de la naturaleza.

Entrevista a Esther Peñas, por Ada Soriano

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Sólo desde la fragilidad absoluta se cumple el designio y acontece la maravilla”

Para Esther Peñas, la poesía es un acontecimiento sagrado, y resalta que lo sagrado es la respuesta, el asombro, nunca la pregunta. Tampoco el centro.

La poesía de Esther Peñas es absolutamente torrencial y, además, tiene sus propios hitos y tensiones. Al menos así la he percibido yo leyendo El paso que se habita (Chamán Ediciones, Albacete, 2018). Me he acoplado a su paso apresurado, como quien se desliza por altos toboganes, dejándome llevar por una inmensidad de imágenes turbadoras e intensas que conforman una pulsión extrema, como si cada poema quisiera encontrar su final en el siguiente o, sencillamente, no finalizar nunca. Porque aquí cada palabra es una piedra lanzada al agua que, al tocar fondo, produce una catarsis. Así es su poética. Ahí reside su creatividad. ¿No es la poesía un río inagotable, una sucesión de ondas expansivas?

Esther Peñas nació en Madrid en 1975. Es Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y Doctora por el Departamento de Literatura. Realizó un Máster de Teología en la Universidad de San Pablo CEU. Ha publicado los libros de poemas De este ungido modo (Premio Cervantes, 2002) y Penumbra, ambos en la editorial Devenir. Fue incluida en una recopilación de jóvenes poetas, Los jueves poéticos (Editorial Hiperión) Publicó, asimismo, Hazversidades poéticas (Editorial Cuadernos del Laberinto). Colabora en una compilación de textos solidarios, Desde otro punto de vista, publicado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Ha coordinado la edición Trovadores del silencio (Calambur). Además, es autora de varios libros de entrevistas, tres novelas y una novela corta.

En la actualidad, dirige el departamento Digital de FSC Inserta, la consultoría de Recursos Humanos de Fundación ONCE e imparte talleres de escritura creativa.

Esther, llama la atención que este nuevo poemario tuyo no vaya introducido por un prólogo o una nota de edición al uso sino por un poema de María Negroni: Saluda.

Contemplo los prólogos como una manera de convocar a alguien a un territorio concreto (el poemario) porque guarda vínculos, íntimos o manifiestos, con los versos que lo componen. Una manera de compartir (lo) de manera física. La fórmula del Saluda, que se empleaba antiguamente, siempre me resultó hermosa; cuando la Negroni me envió algunos poemas inéditos, el que sirve de pórtico a este paso que se habita me pareció que abrigaba una clarísima conexión con el poemario, al tiempo que me permitía hacer explícita mi admiración para con esta inmensa poeta argentina, María Negroni.

Escribes una poesía chamánica, hipnótica. Me trae recuerdos de Carlos Oroza, por ejemplo. ¿Alguna vez has leído a este poeta oral? ¿Qué fuentes te abastecen?

Gracias por lo que dices, ambos adjetivos me son queridos. Este paso que se habita está escrito en condiciones físicas un tanto extremas, con un nivel de conciencia bastante rebajado y, por supuesto, sin intención alguna de estar haciendo algo útil. De ahí, me parece, el carácter hipnótico, un tanto alucinado.

¿Cómo no conocer al único español miembro oficial de la generación beat? Oroza, un delicioso raro, al modo en que clasificaba Darío a los raros, es fascinante. He leído sus poemas, desperdigados, insolentes, dandis… y comparto con él la idea de que la poesía adquiere plenitud leída, y desde luego conduce a otras latitudes anímicas diferentes que si se lee.

Respecto a mis fuentes… aparte de la mencionada Negroni, Menchu Gutiérrez, Chantal Maillard, Rafael Soler, Gamoneda, Isabel González, Julio Monteverde, Valente, Llansol, Juarroz, Larrea, Cortázar, Inés Mendoza, Olga Orozco, Blanca Varela…

¿“Han de ser las manos” en “este pequeño reino de la fiebre”?

Las manos han de trabajar el dolor, el dolor ha de cobrar fisicidad para poder ser sanado. Hay que tocar el dolor, no queda otra, entregarse a él, para que este pequeño reino de la fiebre vuelva a ser fecundo y no nos atrape en su melancolía.

La figura de dios, un dios con minúscula, demasiado humano, está muy presente en El paso que se habita. He subrayado estos dos versos: “Cuando despierta/ el dios parece otro hombre”.

El poemario no deja de ser también una reflexión sobre lo sagrado; desde ahí, es un poemario que no cree, sabe. Para mí lo sagrado es la respuesta, el asombro, nunca la pregunta. Tampoco el centro.

Igualmente destaco la paradoja de estos dos versos que, a mi parecer, constituyen una poética: “No sucede nada distinto/ pero acontece el prodigio”.

El prodigio está ahí mismo, esperando ser hallado. El prodigio es un vaso comunicante, el fulgor de una analogía, la ferocidad de afinidades electivas en las que nos reconocemos, un azar que, siquiera por un instante, hace que el mundo se complete. Hay que tener una predisposición de ánimo para el encuentro con el prodigio, y no ir en su busca, mucho menos disponerle de un perímetro previo. Hay que dejar que se manifieste, estar atento, permitir que nos traspase. Desde ahí surge esa poética: una convencida voluntad del estar en el mundo del lado del prodigio.

Mediante la piedra, “pulmón seguro”, se construyen puentes y se alzan torres. ¿Se forja así, como diría Sylvia Plath, “un alma entre los intensos dolores de parto”?

El dolor es parte de la vida, no un enemigo de ella, del mismo modo que la luz y la oscuridad o la bondad y la maldad son dos momentos de la misma cosa, y que nos situemos en uno u otro lado es cuestión de ángulo. Aceptar eso hace más sencillo todo. Pero hay una cualidad volitiva, la alegría, que no la felicidad, que reivindico una y otra vez como compañía y fuego indispensable.

Con la rotundidad y la avenencia de los versos que cierran El paso que se habita, dejas espacios abiertos para la reflexión…

Bueno, eso es fantástico, al fin y al cabo, el poema no es más que una hendidura. Lo que cada cual encuentre al otro lado espero que resuene, que le vibre de por dentro, que se le incorpore en piel. Más una intuición que una reflexión se persigue.

En Periodista Digital, declaraste hace unos años que “vivimos en un tiempo en que las prisas marcan todo”. ¿La poesía también está siendo afectada por la urgencia y la inmediatez?

La prisa, hija bastarda de la sociedad de consumo, desacraliza lo importante. Me pregunto qué hace con el tiempo esa gente que tiene tanta prisa. Perder el tiempo resulta una manera imprescindible de estar en el mundo, entregarse a la épica de lo inútil, de lo improductivo. Hasta del ocio han hecho mercancía. Por eso me resulta ineludible reivindicar lo lúdico, que no tiene otro propósito que el juego en sí mismo. La prisa nos impide estar en la celebración. Y si uno no celebra, si uno no está presente en lo que está viviendo, ¿para qué vivir? El sistema capitalista también trata de vampirizar la poesía, y desde ahí intenta de imponer el consumo de cierta clase de poesía: la de cadáveres de versos sistematizados. Esto lo explica de un modo hermosísimo Lurdes Martínez en ‘Los inspirados al borde mar’.

¿Cómo seguir “buscando abrigo en lo inhóspito”?

Colocándose en el claro del bosque, allí donde el urogallo, sabiendo que uno ha de exponerse hasta el extremo. Sólo desde la fragilidad absoluta se cumple el designio y acontece la maravilla. Sólo así es posible estar celebrando.

24 de Agosto de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.