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Presentación Pasado Propio en Alicante. 26 de mayo, 12 hras. Ravi Café.

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LA MOMIA

a Alfonso Aguado

Allí es cuando yo,
momia nocturna me levanto,
y salgo a pasear
sin tener un rumbo fijo.

A beber la oscuridad.
Con la soledad lavarme.

Y sentir
como la seda
de noche me cubre.
La seda de esta noche.

La seda de esta noche.
Llena de milagros
y montones de papel ardiendo.

Y cuando llueve
el cristal roto
encima de mí
y me graba tu nombre
en la cara,
yo me estoy muriendo
sin sentir dolor.
Así me muero yo todas las noches.
Así me muero yo todos los días.

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Presentación Mi parte de la pólvora de Natxo Vidal

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Texto de presentación de EL ÚLTIMO GIN-TONIC, de Rafael Soler, por Jesús Zomeño

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EL ÚLTIMO GIN-TONIC, por Jesús Zomeño

Todos amamos esas películas en las que el protagonista, en la cima del éxito, aparta toda su ambición y se dedica a otra cosa que en ese momento considera más importante para él. Nos gustan los personajes que lo dejan todo por amor, por sus hijos, por una vida tranquila… El cine nos ha enseñado a amarlos…., pero luego nos cuesta reconocer en la vida real a esos protagonistas.
Rafael Soler, sin embargo, es uno de esos personajes, de Frank Capra que, en un momento dado, se decantaron por la vida.

Por eso digo que no se confundan si no conocen mucho o nada a Rafael Soler, no crean que es porque ahora ha empezado a escribir. Tampoco piensen que, si nació en 1947 y aún no lo conocen, será porque es malo. No, eso no es cierto, Rafael Soler es un gran escritor. Como prevención para que no se equivoquen, les informo que esta novela en Valencia la presentó Ricardo Belveser y Fernando Delgado, y que en Madrid la presentó Luis Landero y el académico de la Real Academia Jose Maria Merino…. Palabras mayores que advierten de un escritor, excepcional.

¿Qué paso es que Rafael Soler comenzó con la literatura y aún no es un personaje popular en la televisión?
Rafael Soler nunca fue una promesa joven, sino que Rafael Soler fue un consagrado a los finales de los setenta y principios de los ochenta. Sobre todo sus novelas, “El grito” y “El corazón del lobo” fueron el eslabón perdido de la movida madrileña. Sin embargo, en pleno éxito, Rafael Soler de pronto dejó de publicar en 1985. ¿Por qué dejo de publicar? Entiendo que por dos motivos: El primero es porque él siempre ha intentado “estar más en la vida que en las antologías”, como dice Fernando Beltrán. El segundo motivo para dejar de publicar, fue porque salió de los cojones.

Es esta una frase contundente (dejó de publicar porque salió de los cojones) y contiene, a su vez, dos matices: el matiz fanfarrón, ya que a Rafael no le importaba dejarlo porque sabía que lo podría retomar cuando quisiera, como así ha sido; pero también contiene esa frase un matiz mío, de reproche y protesta.
Su decisión, aunque personal y legítima, tuvo un efecto secundario que con el paso del tiempo uno se da cuenta; Hizo
lo anterior por la música Madrileña no solo música, diseño, cómic y una actitud brillante y desenfadada ante la vida; la Movida también tuvo sus apóstoles literarios, como Fernando Beltrán, en poesía, y, sobre todo, Rafael Soler, en prosa.
Fernando Beltrán y Rafael Soler eran amigos, por no decir que Rafael fue maestro de Fernando.
De la literatura de la movida se habla poco, porque de pronto el interés se centró en la “poesía de la experiencia”. Sin embargo, poesía moderna y cinematográfica, suelta y brillante, la hubo y mucho, tanto en Madrid como en Valencia.
En 1982, hubo un choque de trenes en el Premio Adonais, el Primer Premio se lo dieron a Luis García Montero, con el libro “El jardín extranjero”, cuya tercera parte, ya saben, fue un largo poema dedicado a Federico García Lorca; ya Fernando Beltrán lo dejaron con el acceso a “Aquelarre en Madrid”, que de principio a fin es una oda frenética, desenfrenada y fresca, a las imágenes del alma y de la movida madrileña.
La poesía parece unificarse en aquella nueva “poesía de la experiencia”, que tenía más continuidad que ruptura con los novísimos; y, por si fuera poco, Rafael Soler, que debiera haber liderado un movimiento alternativo, se tomó casi tres décadas sabáticas.

Tan lejos, y periféricos, en Elche también perdimos con aquello. En los años ochenta la literatura en Elche estaba muy próxima a la nueva estética de Rafael Soler o de Fernando Beltrán, y muy lejos de la académica “poesía de la experiencia”, que se quedó atrás porque nosotros no queríamos analizar nuestra vida, sino que pretendíamos vivir y experimentar.
Los amigos que empezamos, nada teníamos que ver con Lorca o con la guerra civil. Nosotros hablábamos del neón, de los moteles, las mujeres fatales y los bares de madrugada … Un Julio Soler tan surrealista, desenfadado y provocador, no lo imagino, por ejemplo, hablando de la memoria del agua fresca de un botijo ​​debajo de la silla de su abuela. salvo que la abuela tiene los auriculares y está escuchando canciones de Machín en la versión cosacos del Volga.
En 1987, mi libro “Cuestión de Estética” podría haberlo camuflado como apócrifo, entre la obra de Rafael Soler, y Carlos Cebrián (ahora Javier Cebrián) publicó “Heroína”, que podía ser presentado como “Aquelarre en Madrid”. La generación valenciana de los ochenta, aquella a la que Fernando Garcín llamaba “Generación Espontánea”, ya digo, no se movió en los claustros del instituto.

Por eso aquella poesía alternativa -y sin embargo, tan ilicitana-, la poesía de la movida, del cine, de la música pop, de la estética sin memoria … todo lo perdió a un tiempo de sus padres, cuando Rafael Soler decidió dejar de publicar.
Aunque como buen patriarca, que fue y sigue siendo, doy por hecho que Rafael Soler sabe cuidar los años y el año pasado aún no conocíamos pero cuando Rafael Soler fue jurado de los Premios de la Crítica Valenciana apostó por mi libro y no creo que “descubriera” mi prosa, más bien pienso que “reconoció” su propio estilo en mi libro.
Por eso, no hay que hablar de “encuentro”, sino de “reencuentro”, de feliz reencuentro.

Dicho lo anterior, me refiero brevemente a la novela de la noche “EL ULTIMO GIN-TONIC”.

Dice Ricardo Berlveser que Rafael Soler es “un poeta metido a novelista”, pero eso no es una técnica, sino un modo de ser.
Hay escritores que utilizan los recursos de la poesía y los aplicados a la prosa. Normalmente el resultado es almibarado … espeso, dulce y empalagoso.
Rafael Soler no es que usa los trucos de la poesía en su novela, lo que pasa es que Rafael es como es. Él es inteligente, culto y un gran literato, pero sobre todo lo que quiere decir es “comunicar”, con el lector y compartir una historia. No hay discursos desde el estrado, son conversaciones en la barra de un bar.
¿Y por qué decimos que es un poeta metido a novelista? Porque lo que Rafael nos cuenta, lo que nos queda cuando llegamos al final y cerramos su libro, en definitiva, lo que nos queda son sentimientos.
Digamos que, en el fondo, Rafael Soler es un jodido sentimental, un amigo entrañable.

¿Y cómo trasmite esa poesía? Rafael es un lanzador de cuchillos.
Utiliza frases contundentes, imágenes cortantes, pero con un lenguaje educativo y coloquial. No hay metáforas enrevesadas, ni palabras de diccionario, ni frases inescrutables. Es un lenguaje claro y directo, ideas frescas y brillantes, aunque esa facilidad no es la reñida con el brillo de sus frases cortantes y metáforas contundentes.

Para expresar el amor, hay dos formas: Los dados te quiero, o regalas un ramo de flores. Usas la palabra o usas la imagen.
Hay escritores que buscan el extremo del ovillo y van tirando de él, con más o menos maestría, con más o menos monotonía, para guiarnos por un laberinto oscuro y contarnos una historia.
Hay otros escritores que no tiran del hilo, sino que sugieren historias. Son aquellos que llenan todo de imágenes para que el relato explote dentro del lector.
Rafael hijo de esta segunda clase de escritores, no se limita a contarte una historia, lo que quiere es lo que la historia crezca dentro del lector y para ello utiliza la sugerencia de las imágenes.
Por eso, los libros de Rafael se han visto desde dentro de uno mismo, el solo nos da las imágenes; a partir de esas imágenes, responde al estímulo y vemos y sentimos todo.

Por último, para referirme al contenido de la novela, empiezo a citar a Baudelaire:
“No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una vela. Lo que puede verse a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que sucede detrás de un cristal.
Este libro,” El último gin-tonic “, trata de cuatro días en la vida de una familia, en torno a una vela que es la muerte del patriarca.
Pero les advierto que se trata de una muerte moderna, no es el monólogo de “Cinco horas con Mario”, una muerte oscura y un velatorio nocturno en una silla. Se trata de una muerte que ocurre, pero que no interrumpe nada. En el velatorio todos los participantes sin dejar de seguir el ritmo frenético de su propia vida.
Rafael nos asomó por la ventana de la casa de esa familia y, como decía Baudelaire, descubre lo más profundo, lo más fecundo, lo más tenebroso y deslumbrante.
Son cuatro días, doscientas páginas, asomados a la ventana de esa casa donde el abuelo, que fallece, se llama Moisés, el hijo Lucas, y los nietos Marcos, Mateo y Juan.
Hay una simbología bíblica, que parte del título, “El último gin-tónico”, como si tratara de “La última cena”. Pero, ya digo, no se asusten, porque el patriarca, es “republicano, ateo converso y amante del caribe”, y es que al libro no le falta sentido del humor.

TEXTO PRESENTACIÓN BANDERAS DOBLADAS. de Ignacio Fernández Perandones, por Juan Lozano Felices

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10 DE MAYO DE 2018

CENTRO CULTURAL LAS CLARISAS

Buenas tardes:

En primer lugar, agradecerles que hayan acudido a la cita con “Banderas dobladas”, el último libro de Ignacio Fernández Perandones y su primero de narrativa aunque, como explicaré más tarde, “Banderas dobladas” es un libro maduro que de modo alguno parece el primer libro de un autor en un género tan complicado e incomprendido como el cuento literario, y del que Nacho domina todos los resortes y claves para salir más que airoso. Para mí, estar presentándolo hoy es motivo de auténtico júbilo, en primer lugar porque Nacho es un gran amigo y, por otro, porque “Banderas dobladas” es una estupenda colección de relatos breves o cuentos con la que he disfrutado mucho. Para mí “Banderas dobladas” ha sido todo un descubrimiento, porque yo conocía la trayectoria literaria de Nacho como poeta, un extraordinario poeta, pero hasta hace unos meses, en que me dio a leer el manuscrito de este libro, no había tenido ocasión de leer su prosa.

Voy a contar cómo conocí yo a Nacho, y digo bien, cómo yo lo conocí a él y no cómo nos conocimos porque, yo conocía a Nacho ya antes de verle y de que trabáramos amistad. Él, como todos sabéis, es profesor de secundaria en el Instituto de la Asunción, de Historia contemporánea, y en ese momento era el tutor de una sobrina mía en ese instituto. Así que, en reuniones familiares, acudía de vez en cuando el nombre de Ignacio Perandones, así omitiéndose el primer apellido y dando ventaja al segundo y más infrecuente de “Perandones”. Pero entonces yo no sabía que él escribía ni que era poeta. Un tiempo después yo conocí a Nacho en el Instituto, pero no en un acto académico sino con ocasión de un acto cultural. La presentación del libro de poemas, “Vida callada”, la antología que prepararon Antonio Moreno y José María Asensio para Pre-Textos, sobre la poesía del silencio o mejor dicho poemas sobre la experiencia del silencio, con motivo del 50 aniversario del Instituto de la Asunción. Así que nuestra amistad nace bajo el signo de la poesía y no podía haber tenido mejor comienzo ni mejores padrinos. Al principio lo nuestro fue una amistad estacional y digo esto, a sabiendas de que el adjetivo, atribuido a una relación personal, puede sonar raro, pero fue así. Nacho solía convocarme a un encuentro, en fechas de Adviento. Uno acaba asumiendo sus hábitos y así, cuando llegaban esas fechas cercanas a la Navidad, durante dos o tres años, me acostumbré a escuchar la voz de Nacho al otro lado del auricular, invitándome a quedar para conversar…simplemente para conversar frente a sendas tazas humeantes. Y yo salía de aquellos encuentros con la convicción de haber aprendido algo nuevo. Por eso, yo considero que mi amistad con Nacho es una de esas amistades valiosas que tan difícil es encontrar y conservar en estos tiempos. Como anécdota, para aquellos que no lo conozcan, para que ustedes se hagan una idea de Nacho como persona diré que, en nuestro primer encuentro en la tranquila y soleada terraza de una cafetería, sonó de repente un móvil y era el suyo; pero él no interrumpió la conversación, siguió escuchando o hablando sin inmutarse y yo le invité a que atendiera la llamada, pero entonces me dijo algo así, no recuerdo exactamente las palabras, pero bien pudieron ser: “Seguro que el asunto por el que me llaman no es tan importante como el estar hablando aquí y ahora con mi amigo Juan”. Este proceder, que podría pensarse trivial, a mí me dio la medida de Nacho como persona y como amigo. Pero sobre todo, hay una cualidad en Nacho que yo quiero resaltar esta tarde, y que le define como persona y como escritor, y es la honestidad. Su coherencia, su saber estar, su don de gentes admirable y sus profundas convicciones son otras cualidades que lo engrandecen como persona.

Nacho es palentino, es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo, como he dicho antes, ejerce como docente de Secundaria en el Instituto de La Asunción y ha sido además, profesor asociado en el CEU de Elche donde ha impartido las asignaturas de Ciencias Sociales, Historia de España e Introducción a la Historia de las Civilizaciones. Ha publicado un manual de historia reciente de España, dos poemarios, “Si del polvo nacemos” y “Mientras siga lloviendo”. Participa desde su llegada a Elche en tertulias literarias, fue coordinador de una revista juvenil inter-institutos y colabora en el programa “Palabras al viento” que dirige Carmen Pomares en la Radio de la UMH, en una sección literaria que se llama “El volcán de lod libros”. Y también mantiene un blog, “Llueve conmigo” con artículos de opinión, de cine, fomento de lectura, reseñas de libros… Además de esto, Nacho es un amante de los espacios naturales, practica el montañismo y las marchas a pie. De la provincia de Alicante, creo que no hay cumbre que se le haya resistido, como el Puig Campana, el Cabezón de oro o Sierra Aitana y en Los Pirineos ha coronado algún que otro 3000. Ha vivido en Roma durante dos años y hay ciudades sin las que no podría pasar como Londres, Viena, Budapest o Brujas. Además, él siente, cosa que comparto con él, una inclinación especial por los escritores ingleses que hicieron de su conversión al catolicismo una postura intelectual y social. Por Tolkien, por C.S. Lewis, por Graham Green, por Dorothy Sayers, por TS Eliot, por Evelyn Waugh y sobretodo mantiene una especie de fascinación por Chesterton… yo también. Somos de los que pensamos, como dijo Borges, que cada página de Chesterton depara una felicidad.

El cuento es un género que no goza del prestigio de la novela. En comparación con la novela, el cuento, injustamente, ha sido considerado un género menor, tanto por un sector amplio de la crítica como por el lector medio. Uno es capaz de meterse entre pecho y espalda el último betseller de moda, pero ante un libro de cuentos, más de uno arruga la nariz. Y no hay que olvidar que “El conde Lucanor”, que no deja de ser un libro de cuentos, es uno de los primeros ejemplos de la literatura castellana, como en Italia “El Decamerón” o en Inglaterra “Los cuentos de Canterbury”. También hay mucho equivoco en el cuento, ya desde su misma nomenclatura porque se designa con el mismo nombre a los relatos de la tradición oral que el cuento literario moderno, que nace con Edgar Allan Poe. Pero hay autores que han dado algunos de sus mejores frutos en el campo de la narrativa breve. En Hispanoamérica, por ejemplo, hay una fértil tradición cuentística, teniendo como cumbres a Borges y a Cortázar. Pero tenemos también a Hemingway, Salinger, Bradbury, Jack London, Raymond Carver, James Joyce, Italo Calvino, John Cheever o Kafka. Pero, pese a ello, todavía en 1978, Andrés Amorós calificaba el cuento como “cenicienta de nuestra letras”. Y Francisco García Pavón decía que “pocas veces, a lo largo de nuestra historia literaria, ha existido un género tan primorosa y pluralmente cultivado, a la vez que tan brutalmente despreciado, como el cuento español”.

En los días previos a este acto, he ido leyendo algunas de las definiciones que distintos autores o analistas han hecho sobre el cuento como género. Se llega a la conclusión de que el cuento es un problema de extensión y de intensidad. Se cuenta que un autor novel le mandó un cuento a Chejov para que le diera su opinión y el maestro ruso le dijo, “una de dos, o quitas personajes o escribes una novela”. Hemingway, uno de los máximos cultivadores del cuento literario, elaboró una curiosa teoría. Comparaba la buena escritura con un iceberg, afirmando que su belleza está en que lo que no vemos, que es mucho más de lo que aflora en la superficie, que solo puede existir si está sustentado bajo el agua por los siete octavos de su volumen.

Soy de los que piensan que un buen libro de cuentos, debe tener una unidad. Ana María Matute decía que los cuentos “son vagabundos solitarios y a veces engrandecen una familia”. Y eso pasa con “Banderas dobladas”, pese al carácter autónomo de cada cuento, el libro tiene una maravillosa coherencia interna; no solo estilísticamente, también de fondo.

Hay una reflexión sobre el cuento como género, de William Boyd, que a mí me gusta mucho. El autor norteamericano dice: “Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno. Tampoco es una simple cuestión de longitud: hay cuentos de veinte páginas mucho más cargados y grávidos de significados que una novela de cuatrocientas páginas. Hablamos de una categoría de ficción en prosa totalmente distinta”.

Terminaré con otras tres reflexiones acerca del género que nos ocupa. La primera de Eloy Tizón:

Entre el cuento y la novela hay la misma disparidad de criterios que entre un flechazo que dura una sola noche y un matrimonio de décadas […]. Los cuentos, se dice, son intensos y las novelas estables.”

Nuestro Vicente Verdú dirá:

Abomino de los que esbozan novelas escribiendo cuentos, de los cuentos engordados con hormonas.”

Y Javier Marías:

El hecho de que ambos géneros sean narrativos ha favorecido la confusión y ha facilitado la tarea invasora de la novela, hasta el punto de que ha llegado a olvidarse que sus respectivas tradiciones son muy distintas y la del cuento mucho más vieja y más permanente. Pues así como la novela ha aparecido y desaparecido varias veces a lo largo de la historia, el cuento se ha mantenido invariable hasta tiempos muy recientes.”

Y cómo son los cuentos que encontramos en “Banderas dobladas”. Formalmente, yo creo que cumplen con todos los exigencias de tensión y extensión. Algunos nos desvelan lo desatinado de algunas situaciones de la vida cotidiana, en muchos se vislumbra la experiencia de Nacho con los estudiantes, su vida dedicada a la enseñanza. Generalmente hay un realismo condicionado mediante la ironía y el humor, y sobre ese fondo nos desvela el alma del ser humano: el egoísmo, el miedo, la nostalgia, la generosidad o el sacrificio.

El cuento, en la actualidad goza de cierto auge o por lo menos parece estar librándose de la etiqueta de género menor. Contamos aquí hoy con la presencia de Jesús Zomeño que ganó el Premio de la Crítica Valenciana el año pasado, precisamente con un libro de cuentos. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que “Banderas dobladas” ensancha hoy el panorama de la narrativa hispánica.

En definitiva Nacho, que muchas gracias por estar ahí y por entregarnos esta magnífica colección de cuentos, estos retazos de vida, estas banderas dobladas que con, como dijo Luis García Montero, el ir viviendo. “Vivir es ir doblando banderas”.

Mañana Jueves. 20 horas. Centro cultural Las Clarisas. Banderas dobladas de Ignacio Fernández Perandones

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