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EL VIVO MUERTO, por Francisco Gómez

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14 de junio del 2025 a las 14.15 minutos de la tarde. Esa sería la fecha y el momento exacto en el cual Luis Delgado Santacruz iba a morir. Le quedaban exactamente 19 años de vida para hacer realidad sus proyectos o hundirse en la angustia de acongojarse con los minutos que se quemaban día tras día, hora tras hora de manera lenta pero inexorable, lo que incrementaba sobremanera su ansiedad vital, su necesidad de quemar la vida a sorbos largos y su miedo interior a que se acercara el fatídico instante.
¿Cómo había llegado a tan extraña pero certera determinación? No podía decirle a nadie que en uno de sus sueños vividos de una manera tangible, un ángel anunciador (o más bien exterminador) le había comunicado esta noticia que para el resto de sus días le sobresaltó el corazón. Dormía plácidamente en su cama cuando una suerte de luz amena se mostró delante de él. “Despierta, Luis, traigo una nueva importante que anunciarte”. Nuestro amigo abrió los ojos, medio cegado por el destello que irradiaba aquel ser a quien la energía que emanaba impedía ver sus facciones. “¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? “Soy tu ángel guardián. Vengo a comunicarte el instante concreto en que cerrarás tus ojos para encontrarte con el Padre”.
“¿Cómo, qué? “Esta es una gracia que ningún hombre nacido de mujer ha podido nunca conocer y a ti se te concede esta oportunidad. Para que aproveches el tiempo que te queda por delante y seas muy feliz mientras las partículas de arena precipitan de un vaso comunicante al otro”.
Como pueden suponer, la inesperada noticia no gustó nada a nuestro amigo. El ángel tan pronto lanzo su mensaje se marchó, con un impacto lumínico que cegó a Luis. No hace falta decir que el destinatario de tan extraña novedad ya no pudo dormir en toda la noche, anegado en un mar sudoroso de ansiedad. ¿A quién le gusta saber la fecha exacta de irse al otro barrio?
Luis disponía de una de las llaves que condicionaría su vida hasta el fin. El instante preciso de su fallecimiento. Quizás algún descreído, escéptico, agnóstico o ateo le echara a la cara su incredulidad ante la visita de un ángel, en un mundo donde muchos sólo abogan por la existencia de un universo material y la muerte de Dios. “Grave error”, pensaba Luis. Desde bien joven, nuestro protagonista había percibido la presencia de estos seres que velaban su discurrir vital. La fuerza de los acontecimientos le había forzado a creer en ellos. El momento de la adolescencia cuando un delfín le salvó de morir ahogado en la playa. El accidente de tráfico durante su primera madurez en el lugar aquel donde un coche que no respetó un semáforo les enchufó un golpetazo. Él iba en el asiento del copiloto. Por fortuna (¿o velaba el ángel guardián?), el impacto se produjo en la puerta trasera. Si se hubiera producido en el lugar que ocupaba, hoy estaría muerto y enterrado y esta anunciación no tendría sentido.
Luis estaba convencido que los ángeles vivían entre ellos, sin hacer ruido. Eran tipos discretos, astutos y bondadosos que pasaban por la vida de los hombres sin llamar la atención, pero prestos al quite en las adversidades humanas. Sin embargo, aquella presencia de ángel que postula su finitud, le sumió en un primer desasosiego.
Moriría con 60 años. Ni muy viejo, ni ya joven. En una estación intermedia del camino. Quizás cumpliría algunos sueños. Otros no. Trabajaba en un empleo que le gustaba como ingeniero de una empresa eléctrica. Se había casado tardíamente, a la edad de 40 años en el 2005 y aún no tenía hijos. “Me atreveré a tenerlos”, reflexionaba. “Cuando yo muera, ellos tendrían 20 años y no los veré casarse si algún día deciden dar este paso. No veré a mis nietos, si tienen hijos. ¿Mi mujer seguirá viva cuando yo fenezca? ¿Se unirá a otro o será una viuda solitaria? Son tantas las preguntas y el tiempo tan escaso…
Un proyecto que sí llevaría a cabo sería publicar el libro de poemas que escribió en homenaje a Laura, su mujer, su sur, su destino. Él, que era un hombre tímido e introvertido en épocas de apariencias y mercadotecnias varias, empezó a escribirle pequeños poemitas a vuela pluma al comenzar su relación. Y siguió, siguió con esta afición hasta que se casaron y después. Laura no sabía nada. Era su secreto pero ahora tras aquella sorprendente declaración, el sentido de muchas cosas cambiaba notablemente. Publicaría cinco ejemplares de “Cartas a Laura”. Uno para la dueña de sus besos, otro para su hermano Juan y tratar que perdurase (intento vano) su memoria, otro más para él mismo y dos para los hipotéticos hijos que tendría, con el propósito de que la sangre de su sangre supiera cuánto había amado su padre a su madre.
¿Haría realidad ese viaje alrededor del mundo juntos? ¿Para qué embarcarse en la compra de un chalé a pie de playa, si cuando él se fuera la hipoteca quedaría pendiente? ¿Por qué no comprar la Hartley Davidson de sus sueños juveniles y recorrer la piel del país a lomos de la moto más bella? Parar en cualquier sitio, hacer el amor en calas solitarias, reírnos de todo y beber vino y cerveza en tascas y bares de tercera categoría en ciudades desconocidas. Ser felices hasta reventar, besarnos hasta reventar, amarnos hasta reventar. Reinventar la vida otra vez. Ella y yo. Los dos solos. En nuestro rompeolas frente al mundo. ¡Qué bonito vivir y no pensar en nada pues seríamos amos del tiempo que nos queda sin cortapisas!
¿O quizás pondría en práctica el carpe diem horaciano sin limitaciones, a sabiendas que ninguno de los actos irrefrenables que cometiera le llevaría con los pies por delante antes de momento? Fumar sin comedimiento ni mesura todas las cajetillas que le apetecieran pues la trágica dama no echaría su aliento hasta la fecha determinada, beber como un cosaco del Volga todos los potingues que le agradaran o no, probar las drogas tradicionales y las sintéticas y explorar mundos interiores hacia la autodestrucción, acostarse con mujeres sin pausa o medida, participar en orgías multitudinarias en sesiones maratonianas de sexo entusiástico y follar hasta reventar sin amor. Pero luego pensaba qué mejor manera de vivir el tiempo que le quedara sino estar al lado de la mujer que amaba, junto a Laura, para explorar nuevos caminos del amor y el conocimiento mutuo.
Porque el ángel no le había dicho de qué suerte iba a morir y esta inquietud le desazonaba. Si se rendía a los excesos y a los placeres, corría el riesgo de caer bajo los efectos de alguna maldita enfermedad que mermara sus capacidades físicas y esta posibilidad no le agradaba en absoluto. No estiraría la pata hasta la fecha prefijada pero se encontraría limitado para satisfacer otros anhelos que su alma ansiaba antes de recorrer el vuelo infinito. El ideal de James Dean, de morir joven, rápido y bello no se cumpliría en su caso. Era posible que el fantasma de la enfermedad no amenazara su casa y no sucumbiera a las veleidades de un cáncer, una afección cardiovascular o un ictus. Quizás pereciera a manos de una muerte violenta: un accidente de tráfico, de avión, un atraco donde resultara tiroteado, aplastado por una masa histérica que huyera de un gran susto…o quién sabe si su ángel guardián le anunció la fecha del inicio de la Tercera Guerra Mundial con el masivo aniquilamiento de la especie humana sobre la faz de la tierra.
En estas estaba y pasaron los días y los meses y los años. Trató de serenarse y pensar lo menos posible en su tiempo tasado. Decidió transcurrir una vida llena de felicidades pequeñas. Estar con Laura, amarla locamente todos y cada uno de los días, con el hecho cierto de que cada amanecer le daba un beso nuevo a la vida. Tener hijos con ella, verlos nacer, crecer, sus primeros pasos, la ilusión de sus rostros con los Reyes Magos. Luis sabía que moría cada año pero con Laura y sus hijos se sentía vivo extremadamente y aquella era una muerte gozosa pues estaba amando.
Pasaron los días y los meses y los años y el calendario acarició el 13 de junio del 2025. Nuestro protagonista estaba inquieto aquella noche, la última de su andar vital, pero al mismo tiempo una extraña serenidad le embargaba. Había vivido como quiso y su existencia estaba marcada por la carta de la felicidad. No necesitaba más y el tiempo se estaba cumpliendo. Cayó en un plácido sueño, quizás el preludio del adiós.
-Hola, Luis. Soy tu ángel guardián. Aquel que te señaló el día y la hora de tu marcha. Siento decirte que he cometido contigo un lamentable error. Ayer revisando las fichas, me di cuenta que a quien debía darle la noticia no era a ti, sino a tu hermano Luis Salgado Santacruz y tú eres Delgado con “d”. Lo siento, tú no estás convocado al reino de los elegidos. Disfruta de tus momentos y algún día volveremos a vernos.
Luis sonrió para adentro. Él ya estaba preparado pero su tren se había escapado. Salió de la estación de Tanatos pues la vida en forma de sonrisa le esperaba a su lado en el lecho. Un beso y una flor a Laura eran la tarjeta de embarque a nuevos destinos.

Francisco Gómez

Del libro “Sueños de nadie”

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LAS BANDERAS DOBLADAS DE NACHO, por Francisco Gómez

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Acabo de leer el primer libro de relatos que ha publicado mi amigo Ignacio Fernández Perandones y me ha gustado mucho. De hecho, se me ha quedado corto. Con ganas de más. Contar sin decir. Relatar con el fondo del misterio y los problemas sociales, las inquietudes interiores.

No parece un primer libro de historias cortas. Se nota que es un libro trabajado y depurado en el tiempo, macerado con la revisión y la visión crítica de los días, de tantos domingos sin afán concreto. Sólo elevar la calidad literaria en su primer libro de relatos.

Dice mi amigo en la presentación: “Existe un cierto desapego que el paso del tiempo roba a la ilusión. Las primeras emociones, los proyectos que te hacen palpitar, el idealismo de los 20 declina su luz”. Sus banderas dobladas al decir del verso de Luis García Montero. Tiembla la mirada cuando leo estas palabras. Uno ya ha renunciado a muchas banderas que se han doblado para no desplegarse más. No seré el periodista referencia. Mi literatura no llegará a nada. Sólo a unos pocos y buenos amigos/as comprensivos y atentos. No seré nunca padre, ni tendré familia, ni hijos que alumbren el camino hasta llegar, si el Hacedor quiere, a la vejez y luego a la desaparición y el olvido.

Todos cargamos con nuestras derrotas pero Nacho las convierte en sabiduría, comprensión de lo vivido y ánimo en seguir adelante a pesar de todo. Sus experiencias en la vida, en su fe y en la docencia tienen su poso en este hermoso libro.

El libro se presentó el pasado 10 de mayo en la sala Las Clarisas de la city de Elche. Actuó de presentador mi también buen amigo, Juan Lozano, que glosó a la perfección la vida y el libro de Ignacio, que como bien apuntó, cuenta más de lo que aparenta decir, como el iceberg de Hemingway y no parece su primer volumen de relatos por la exigencia, sugerencia y universo de las historias.

De entre la colección de microuniversos del volumen, uno se queda con “El pescador”, “Lecciones de Teología subterránea” y los dos últimos “Solitario” y “Frente al sol”.

No me resisto a transcribir un párrafo de su cuento “Frente al sol”: La vida a veces te golpea, pero no te escondas, no te rebeles. Aunque no veas nada, busca la luz, vislumbra un horizonte. No bajes a los garajes de la desesperación. Buen amigo, parece que has delineado esas frases para quien escribe. Hace tiempo que no escribía una línea por motivos que no vienen al caso. Leer tu libro y amistad me han invitado a escribir este comentario que no es una crítica. Uno no sirve para esas tareas.

Por último, he fijado la atención de manera extraordinaria en la dedicatoria del libro a tu padre, poeta como tú (que me ve desde su verso eterno en el Cielo), y a tu madre (a la que siento tanto y tan cerca como una bandera doblada). Comparto tu devoción por tu padre y las banderas dobladas de tu madre.

Sólo por la dedicatoria ya me has ganado.

Francisco Gómez

P.D: Si me lo permites, lamento haber escrito una crítica del libro que no es crítica, ni análisis ni nada de nada. He leído el libro con ganas porque deseaba leer tus relatos. Te conozco como el buen poeta que eres. Y si das tu consentimiento, dedico este artículo o lo que sea a Mari Carmen, que leerá tu libro.

TEXTO PRESENTACIÓN BANDERAS DOBLADAS. de Ignacio Fernández Perandones, por Juan Lozano Felices

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10 DE MAYO DE 2018

CENTRO CULTURAL LAS CLARISAS

Buenas tardes:

En primer lugar, agradecerles que hayan acudido a la cita con “Banderas dobladas”, el último libro de Ignacio Fernández Perandones y su primero de narrativa aunque, como explicaré más tarde, “Banderas dobladas” es un libro maduro que de modo alguno parece el primer libro de un autor en un género tan complicado e incomprendido como el cuento literario, y del que Nacho domina todos los resortes y claves para salir más que airoso. Para mí, estar presentándolo hoy es motivo de auténtico júbilo, en primer lugar porque Nacho es un gran amigo y, por otro, porque “Banderas dobladas” es una estupenda colección de relatos breves o cuentos con la que he disfrutado mucho. Para mí “Banderas dobladas” ha sido todo un descubrimiento, porque yo conocía la trayectoria literaria de Nacho como poeta, un extraordinario poeta, pero hasta hace unos meses, en que me dio a leer el manuscrito de este libro, no había tenido ocasión de leer su prosa.

Voy a contar cómo conocí yo a Nacho, y digo bien, cómo yo lo conocí a él y no cómo nos conocimos porque, yo conocía a Nacho ya antes de verle y de que trabáramos amistad. Él, como todos sabéis, es profesor de secundaria en el Instituto de la Asunción, de Historia contemporánea, y en ese momento era el tutor de una sobrina mía en ese instituto. Así que, en reuniones familiares, acudía de vez en cuando el nombre de Ignacio Perandones, así omitiéndose el primer apellido y dando ventaja al segundo y más infrecuente de “Perandones”. Pero entonces yo no sabía que él escribía ni que era poeta. Un tiempo después yo conocí a Nacho en el Instituto, pero no en un acto académico sino con ocasión de un acto cultural. La presentación del libro de poemas, “Vida callada”, la antología que prepararon Antonio Moreno y José María Asensio para Pre-Textos, sobre la poesía del silencio o mejor dicho poemas sobre la experiencia del silencio, con motivo del 50 aniversario del Instituto de la Asunción. Así que nuestra amistad nace bajo el signo de la poesía y no podía haber tenido mejor comienzo ni mejores padrinos. Al principio lo nuestro fue una amistad estacional y digo esto, a sabiendas de que el adjetivo, atribuido a una relación personal, puede sonar raro, pero fue así. Nacho solía convocarme a un encuentro, en fechas de Adviento. Uno acaba asumiendo sus hábitos y así, cuando llegaban esas fechas cercanas a la Navidad, durante dos o tres años, me acostumbré a escuchar la voz de Nacho al otro lado del auricular, invitándome a quedar para conversar…simplemente para conversar frente a sendas tazas humeantes. Y yo salía de aquellos encuentros con la convicción de haber aprendido algo nuevo. Por eso, yo considero que mi amistad con Nacho es una de esas amistades valiosas que tan difícil es encontrar y conservar en estos tiempos. Como anécdota, para aquellos que no lo conozcan, para que ustedes se hagan una idea de Nacho como persona diré que, en nuestro primer encuentro en la tranquila y soleada terraza de una cafetería, sonó de repente un móvil y era el suyo; pero él no interrumpió la conversación, siguió escuchando o hablando sin inmutarse y yo le invité a que atendiera la llamada, pero entonces me dijo algo así, no recuerdo exactamente las palabras, pero bien pudieron ser: “Seguro que el asunto por el que me llaman no es tan importante como el estar hablando aquí y ahora con mi amigo Juan”. Este proceder, que podría pensarse trivial, a mí me dio la medida de Nacho como persona y como amigo. Pero sobre todo, hay una cualidad en Nacho que yo quiero resaltar esta tarde, y que le define como persona y como escritor, y es la honestidad. Su coherencia, su saber estar, su don de gentes admirable y sus profundas convicciones son otras cualidades que lo engrandecen como persona.

Nacho es palentino, es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo, como he dicho antes, ejerce como docente de Secundaria en el Instituto de La Asunción y ha sido además, profesor asociado en el CEU de Elche donde ha impartido las asignaturas de Ciencias Sociales, Historia de España e Introducción a la Historia de las Civilizaciones. Ha publicado un manual de historia reciente de España, dos poemarios, “Si del polvo nacemos” y “Mientras siga lloviendo”. Participa desde su llegada a Elche en tertulias literarias, fue coordinador de una revista juvenil inter-institutos y colabora en el programa “Palabras al viento” que dirige Carmen Pomares en la Radio de la UMH, en una sección literaria que se llama “El volcán de lod libros”. Y también mantiene un blog, “Llueve conmigo” con artículos de opinión, de cine, fomento de lectura, reseñas de libros… Además de esto, Nacho es un amante de los espacios naturales, practica el montañismo y las marchas a pie. De la provincia de Alicante, creo que no hay cumbre que se le haya resistido, como el Puig Campana, el Cabezón de oro o Sierra Aitana y en Los Pirineos ha coronado algún que otro 3000. Ha vivido en Roma durante dos años y hay ciudades sin las que no podría pasar como Londres, Viena, Budapest o Brujas. Además, él siente, cosa que comparto con él, una inclinación especial por los escritores ingleses que hicieron de su conversión al catolicismo una postura intelectual y social. Por Tolkien, por C.S. Lewis, por Graham Green, por Dorothy Sayers, por TS Eliot, por Evelyn Waugh y sobretodo mantiene una especie de fascinación por Chesterton… yo también. Somos de los que pensamos, como dijo Borges, que cada página de Chesterton depara una felicidad.

El cuento es un género que no goza del prestigio de la novela. En comparación con la novela, el cuento, injustamente, ha sido considerado un género menor, tanto por un sector amplio de la crítica como por el lector medio. Uno es capaz de meterse entre pecho y espalda el último betseller de moda, pero ante un libro de cuentos, más de uno arruga la nariz. Y no hay que olvidar que “El conde Lucanor”, que no deja de ser un libro de cuentos, es uno de los primeros ejemplos de la literatura castellana, como en Italia “El Decamerón” o en Inglaterra “Los cuentos de Canterbury”. También hay mucho equivoco en el cuento, ya desde su misma nomenclatura porque se designa con el mismo nombre a los relatos de la tradición oral que el cuento literario moderno, que nace con Edgar Allan Poe. Pero hay autores que han dado algunos de sus mejores frutos en el campo de la narrativa breve. En Hispanoamérica, por ejemplo, hay una fértil tradición cuentística, teniendo como cumbres a Borges y a Cortázar. Pero tenemos también a Hemingway, Salinger, Bradbury, Jack London, Raymond Carver, James Joyce, Italo Calvino, John Cheever o Kafka. Pero, pese a ello, todavía en 1978, Andrés Amorós calificaba el cuento como “cenicienta de nuestra letras”. Y Francisco García Pavón decía que “pocas veces, a lo largo de nuestra historia literaria, ha existido un género tan primorosa y pluralmente cultivado, a la vez que tan brutalmente despreciado, como el cuento español”.

En los días previos a este acto, he ido leyendo algunas de las definiciones que distintos autores o analistas han hecho sobre el cuento como género. Se llega a la conclusión de que el cuento es un problema de extensión y de intensidad. Se cuenta que un autor novel le mandó un cuento a Chejov para que le diera su opinión y el maestro ruso le dijo, “una de dos, o quitas personajes o escribes una novela”. Hemingway, uno de los máximos cultivadores del cuento literario, elaboró una curiosa teoría. Comparaba la buena escritura con un iceberg, afirmando que su belleza está en que lo que no vemos, que es mucho más de lo que aflora en la superficie, que solo puede existir si está sustentado bajo el agua por los siete octavos de su volumen.

Soy de los que piensan que un buen libro de cuentos, debe tener una unidad. Ana María Matute decía que los cuentos “son vagabundos solitarios y a veces engrandecen una familia”. Y eso pasa con “Banderas dobladas”, pese al carácter autónomo de cada cuento, el libro tiene una maravillosa coherencia interna; no solo estilísticamente, también de fondo.

Hay una reflexión sobre el cuento como género, de William Boyd, que a mí me gusta mucho. El autor norteamericano dice: “Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno. Tampoco es una simple cuestión de longitud: hay cuentos de veinte páginas mucho más cargados y grávidos de significados que una novela de cuatrocientas páginas. Hablamos de una categoría de ficción en prosa totalmente distinta”.

Terminaré con otras tres reflexiones acerca del género que nos ocupa. La primera de Eloy Tizón:

Entre el cuento y la novela hay la misma disparidad de criterios que entre un flechazo que dura una sola noche y un matrimonio de décadas […]. Los cuentos, se dice, son intensos y las novelas estables.”

Nuestro Vicente Verdú dirá:

Abomino de los que esbozan novelas escribiendo cuentos, de los cuentos engordados con hormonas.”

Y Javier Marías:

El hecho de que ambos géneros sean narrativos ha favorecido la confusión y ha facilitado la tarea invasora de la novela, hasta el punto de que ha llegado a olvidarse que sus respectivas tradiciones son muy distintas y la del cuento mucho más vieja y más permanente. Pues así como la novela ha aparecido y desaparecido varias veces a lo largo de la historia, el cuento se ha mantenido invariable hasta tiempos muy recientes.”

Y cómo son los cuentos que encontramos en “Banderas dobladas”. Formalmente, yo creo que cumplen con todos los exigencias de tensión y extensión. Algunos nos desvelan lo desatinado de algunas situaciones de la vida cotidiana, en muchos se vislumbra la experiencia de Nacho con los estudiantes, su vida dedicada a la enseñanza. Generalmente hay un realismo condicionado mediante la ironía y el humor, y sobre ese fondo nos desvela el alma del ser humano: el egoísmo, el miedo, la nostalgia, la generosidad o el sacrificio.

El cuento, en la actualidad goza de cierto auge o por lo menos parece estar librándose de la etiqueta de género menor. Contamos aquí hoy con la presencia de Jesús Zomeño que ganó el Premio de la Crítica Valenciana el año pasado, precisamente con un libro de cuentos. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que “Banderas dobladas” ensancha hoy el panorama de la narrativa hispánica.

En definitiva Nacho, que muchas gracias por estar ahí y por entregarnos esta magnífica colección de cuentos, estos retazos de vida, estas banderas dobladas que con, como dijo Luis García Montero, el ir viviendo. “Vivir es ir doblando banderas”.

Mañana Jueves. 20 horas. Centro cultural Las Clarisas. Banderas dobladas de Ignacio Fernández Perandones

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https://editorialamarante.es/libros/relatos-breves/banderas-dobladas

http://llueveconmigo.blogspot.com.es/

Guerra y pan nuevo libro de Jesús Zomeño. Por Ada Soriano y José Luis Zerón.

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Anto Soriano

Mis relatos no son bélicos, la guerra es casi una metáfora del sufrimiento y de la naturaleza humana”

El pasado jueves 23 de noviembre se llevó a cabo en la librería Códex de Orihuela la presentación del nuevo libro de Jesús Zomeño, Guerra y pan, editado por la editorial valenciana Contrabando. El acto consistió en un coloquio entre el autor y los poetas oriolanos Ada Soriano y José Luis Zerón Huguet

Jesús Zomeño (Alcaraz, 1964) reside en Elche. Es autor de los siguientes libros de relatos: Lengua azul (Editorial Sloper, 2008), Cerillas mojadas (Editorial Denes 2012), Piedras negras (Editorial Lengua de Trapo, 2014), De este pan y de esta guerra (Ediciones Contrabando, 2016), Querido miedo (Editorial Sloper, 2016). También los siguientes libros de poesía: Del eterno regreso (Malvarrosa, 1989), Diario marroquí (Lunara, 1991), Segundo viaje a Marruecos (La línea de Sombra, 1992), Diario de los nómadas (Ediciones de Nunca Acabar, 1995), El otoño de Montparnasse (Diarios de Helena, 1995) 34 poemas (Diario de Elena, 2001) y Lectura de Estaciones (El árbol Espiral/ LF Estaciones, 2003) Editó la colección de poesía Diarios de Helena. Su libro De este pan y de esta guerra fue galardonado con el Premio de la Crítica Valenciana 2017.

Ada Soriano. ¿Por qué no incluiste los cuentos que conforman Guerra y pan en tu anterior libro De este pan y de esta guerra?

Porque no estaban escritos, todos son relatos nuevos. Miracoloso y yo estábamos ya trabajando en nuevas historias ilustradas y la concesión del Premio de la Crítica Valenciana nos dio la oportunidad de publicarlas. En un principio iban a ser tres o cuatro historias en un folleto conmemorativo del premio, pero la complicidad desplegó una intensidad que hizo posible que completáramos nueve relatos y siete ilustraciones en poco más de dos meses. Eso fue lo que hizo posible este libro, la compenetración y el entusiasmo compartido.

José Luis Zerón. Este año se cumplen 30 años de la aparición de tu primer libro, un conjunto de cuentos, reunidos bajo el título Cuestión de estética. Sin embargo, los años posteriores publicas varios libros de poesía caracterizados por un marcado esteticismo. Pasados los años abandonas la poesía, o esta pasa a un segundo plano, y regresas al relato con estilo y temática completamente diferentes respecto de tu obra anterior. En tus cuentos, dedicados a la I Guerra Mundial no hay precisamente un brillo esteticista, sino un estilo desolado que entronca con el expresionismo o la llamada estética de lo feo de Karl Rosencranz, de la que tanto se ha hablado este siglo. Pese a todo, tus cuentos no están exentos de un lirismo de fondo un tanto espectral, ¿no crees?

Los relatos están a mitad de camino entre la prosa y la lírica. Hace muchos años dejé de escribir poesía, pero aquel poeta siguió escribiendo, aunque fuese prosa. Ahora el objetivo de mis relatos –antes de mi poesía-, es transmitir sensaciones e ideas. Juego bastante con el estilo narrativo, porque mis personajes no son cabezas que cuentan cosas, sino que intento situar al lector en la posición del personaje. Es decir, no quiero que el lector escuche, me gustaría que el lector sienta lo mismo que el personaje y para eso nada mejor que los recursos líricos.

Juan Carlos Lozano

AS. Dices en la introducción de tu nuevo libro que “no tiene sentido seguir ahondando en historias de la Gran guerra, literalmente es un suicidio, me limita el desarrollo de nuevos libros y me encasilla como escritor excéntrico y marginal; si tuviera un agente literario me resolvería el contrato”. ¿Temes haber quedado atrapado en esta guerra de la que tanto se ha hablado en los últimos años?

La Primera Guerra Mundial es solo el escenario donde se analiza la naturaleza humana. Esa guerra es como Nueva York para Paul Auster o Macondo para García Márquez. El protagonista no es la guerra, sino una referencia que ata a los personajes, el espejo donde se refleja lo bueno y lo malo. Cada vez me preocupa menos repetir el escenario. Según avanzas en la lectura, comprendes que la guerra no tiene importancia en la trama del relato.

AS. ¿Qué te supuso ganar el Premio de la Crítica Valenciana? ¿Ha cambiado algo tu trayectoria literaria?

Los premios emocionan y, sobre todo, te motivan para seguir. En este caso, en concreto, me motivó para escribir algunos cuentos nuevos, reunirlos con algunos anteriores y presentar este breve libro, Guerra y Pan, a modo de celebración, como he dicho.

JLZ. Nos resulta chocante la atención continua que prestas a los detalles en tus relatos. Detalles aparentemente irrelevantes, pero que tienen su importancia, ya que arman la trama y urden el tejido textual. Dos ejemplos de la importancia del detalle los encontramos en los relatos “Botones” y “Moneda francesa”.

Son un ejemplo de que estos relatos no tratan de la guerra. Los detalles son la máxima reivindicación del ser humano, mis personajes no se dejan arrastrar por los nacionalismos ni por las grandes doctrinas. El botón de la hermana de un amigo le cambia la vida al protagonista de mi relato. Con ese botón sobrevivirá, atravesará la postguerra, el nazismo y la guerra fría, se convertirá en héroe del nazismo, protegerá a judíos y terminará prisionero de los aliados, pero él seguirá siempre aferrado a ese botón, solo a eso y, a pesar de todo, con optimismo.

JLZ. Dijo Juan Carlos Lozano en la presentación de tu libro en Valencia que de los nueve relatos que conforman el volumen, “Máscara” es su preferido. Coincidimos con él y añadimos otro que, además, creemos es uno de los mejores relatos que has escrito. Nos referimos a “Una noche en el cementerio Monumental (Milán,1916)”.

El relato del Cementerio Monumental de Milán debería leerse de dos formas: Primero, solo el diálogo del recluta a punto de marcharse a la guerra y después, en una segunda lectura, intercalando las intervenciones del compañero de viaje. La primera lectura es la de un relato profundo y trágico, la segunda lectura presenta un relato irónico. Como le dice el embalsamador: “La felicidad tiene un truco y siendo usted italiano debiera conocerlo. Lo que tiene que hacer, muchacho, es pensar siempre en dos cosas a la vez “. Eso mismo es lo que ha estado haciendo el embalsamador, cortarle constantemente el flujo de la conversación al recluta. Háblame de una cosa triste y te cambio el tema. Irónicamente, es un truco para distraer y superar los traumas, por eso acaba con ese ofrecimiento: “¿Se lo demuestro?”, no hace falta, ya ha estado haciéndolo desde el principio.

AS. Los relatos de Guerra y pan están ambientados en las trincheras, pero también reflejan la postguerra y el rastro de desolación que dejó el conflicto en toda Europa, cuyo mapa político se alteró completamente.

Si, la trinchera es un escenario estéticamente increíble, pero también lo es aquella Europa de postguerra. Es otro gran escenario que siempre me ha atraído, precisamente mi libro Lengua Azul tiene como referente esa época de entreguerras. Una época, la de entreguerras, totalmente descreída, decadente, llena de humo azul y soldados que advertían que la tragedia estaba a punto de empezar.

JLZ. Entre la ironía casi sarcástica, la crudeza, el relato descarnado de los hechos, a veces no exento de truculencia, asoma en tus relatos sobre la Gran Guerra una mirada tierna pero resignada ante los verdugos y víctimas (que en demasiadas ocasiones vienen a ser ambas cosas) de una evidencia terrorífica imposible de soslayar.

Mis relatos no son bélicos, repito, la guerra es casi una metáfora del sufrimiento y de la naturaleza humana. Mis personajes no conquistan nada, no luchan por ningún ideal, no existe odio, ya se saben perdedores.

AS. Observamos que hay en los relatos de Guerra y Pan una voluntad mayor de crear una trama de suspense. E incluso en algunos cuentos dejas el final abierto a la interpretación del lector.

El tema de la guerra evoluciona desde el interior, procuro no repetir ambientes ni estructuras. El suspense es un juego. Los finales abiertos existen porque los relatos solo pretenden captar parte de la vida de los personajes, el escritor no les inventa una vida, solo observa lo que ve, eso es lo que pretendo. No somos perfectos y mis personajes tampoco pretenden superar la realidad.

JLZ. Otra peculiaridad de tus relatos sobre la I Guerra Mundial es, como tú bien dices, que no cuentan hazañas bélicas, aunque aparezcan en ellos escenas de combate. Digamos que se centran más en la psicología de los personajes y no precisamente en el ardor guerrero de los mismos. Un ejemplo de tu último libro es “La guerra del soldado Marcel Galliard”. En este relato, contado con un humor agridulce, un sargento francés no muy convencido él mismo de la utilidad de la guerra, intenta inculcar sin éxito a un centinela de su compañía el odio a los alemanes.

Efectivamente, en la guerra asumimos un papel pero, en el fondo, nuestro papel carece de fundamento. Para el soldado Marcel Galliard no había duda de que tenía que matar, pero el problema empieza cuando le ordenan odiar a los alemanes, no tiene ningún motivo para odiarlos. Daos cuenta que Marcel no duda de que tiene que matarlos, no protesta por ello, solo duda de que tenga además que odiarlos. El sargento tiene que convencerlo, darle motivos, pero al otro no le convencen los motivos hasta que le ajustan la guerra a su zapato. Al final, lo convencen de que son los alemanes los que no respetan el calibre de las tuberías para hacerle la vida imposible a Marcel, que es fontanero y tiene problemas precisamente con las tuberías de distinto tamaño. Un motivo ridículo para una guerra sin sentido, eso mismo piensa el sargento.

JLZ. Es característico que los personajes de tus relatos de guerra –también en Guerra y pan– sean tipos de clase obrera, no muy inteligentes ni cultivados, que se dedican a matar el tiempo en las trincheras cuando hay tregua; y sus acciones ociosas suelen ser por lo general absurdas y hasta perversas. También los hay que vagan erráticos al finalizar la contienda. Hombres todos ellos primarios, que, sin embargo, resultan tremendamente sentenciosos con sus verdades de Perogrullo o en sus descarnadas llanezas, ¿no crees?

En las trincheras se reflexionaba mucho, según las crónicas de Gaziel o de Insúa; el silencio era absoluto entre los soldados. Por eso mis personajes desarrollan mucho la mente. La guerra no los hace inteligentes, pero sí obsesivos y metódicos. Tienen una inteligencia universal, una visión reflexiva y un motivo, que el sufrimiento y la condición humana. A pesar de todo, mis personajes son optimistas, siempre lo son, incluso aquel soldado que, pasados los años, advertía a los otros que la guerra es lo peor, cuando viajaban él y los demás en un tren camino de Auschwitz. (“Aquello era un vagón de ganado. “Nada puede ser peor que la guerra”, les explicaba Robico Csorba a los otros, muchos años después, en aquel tren que les llevaba a Auschwitz” –DE ESTE PAN Y DE ESTA GUERRA).

AS. En Guerra y pan alternas la narración brutal y despojada con frases o párrafos más sofisticados creando un estilo sólido y a la vez desconcertante, donde la economía de medios expresivos es un recurso estilístico y no una carencia.

Es una cuestión de estilo. No cuento historias, procuro trasmitir sensaciones. Supongo que jamás podrían llevarse estos relatos al cine, mucho menos a una serie de televisión. En el relato “Cazando moscas” todo se trata del diálogo de un herido, cubierto de moscas, que las espanta como puede mientras piensa. Las moscas irrumpen lo que piensa, una y otra vez, al final no sabe si sigue herido o es ya un cadáver.

JLZ. Por último, es inevitable hablar del ilustrador de tus últimos libros, Miracoloso. Sus turbadoras ilustraciones nos recuerdan al Goya de las pinturas negras, a Solana, a Munch, pero también a los cuatro artistas expresionistas alemanes que forman el grupo Die Brücke (El puente) y a otros que siguieron la corriente expresionista como Emil Nolde, Georges Rouault, Oskar Kokochska, Egon Schiele y George Grosz. Pocas veces hemos visto en un libro tanta compenetración entre el autor y el ilustrador de su obra.

De hecho, como explico en el prólogo, fue Miracoloso el que me propuso seguir el proyecto después del libro De este pan y de esta guerra. Nos lo pasamos bien, muy bien, trabajando juntos y ese motivo justifica la existencia de este libro. Espero que las ilustraciones y los relatos no se acaben nunca. En la actualidad seguimos creando nuevos relatos, otra cosa será si editamos nuevos libros o no. No los estamos haciendo para publicarlos, sino solo porque los disfrutamos.