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PALABRA DE PERDEDOR, por Francisco Gómez

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Mi nombre seguro que no les importa. Esta historia tampoco creo que tenga mucha relevancia para ustedes, futuros lectores. Pero, bueno, es un inútil intento de dejar algo escrito. No sé si ustedes se han parado alguna vez a pensar cuántos miles, millones de personas han pisado la capa de la tierra y de cuántos tenemos memoria. Los demás, la inmensa mayoría, como usted y como yo, polvo de olvido, desaparición y silencio.
Sólo nos acordamos de quiénes nos han machacado con insistencia su nombre, su historia, en las escuelas y universidades. Luego tras vomitar su quehacer en los exámenes los hemos hecho desaparecer de nuestros archivos, borrados de nuestro disco duro.
No sé si usted cree en el cielo o deja de creer. No sé si usted sueña en otra vida después de ésta que conoce físicamente y huele y percibe por sus sentidos cada día que amanece. Yo, como usted, también ando algo perdido y desorientado. Las cosas menos claras en este mundo incierto y contradictorio que nos ha tocado vivir en la ruleta del tiempo.
Algunos dicen que el verdadero cielo está en el recuerdo. La memoria que aquí dejamos en los que se quedan cuando nosotros nos vamos. Las buenas vivencias que se guardan en algún rincón de su corazón si nuestro tiempo dice stop.
No sé, en realidad, no sé. Estoy un poco confundido, usted me perdone. A veces cuando voy a uno de esos lugares en los extrarradios de la ciudad que queremos perder de vista para no enfrentarnos a lo desconocido, esos sitios llamados cementerios, camposantos o como usted quiera llamar, me sumo en la perplejidad. Cuando estoy allí pienso en la finitud y en las vidas que nos gritan su presencia desde el otro lado, su lucha para no hundirse en el olvido.
¿Nos creemos inmortales, verdad? Como si nuestra línea fuera ilimitada. Una carretera sin horizontes marcados. Aquí nos aguardan muchos que pensaban como nosotros cuando amanecían sobre la dura tierra. Observo sus lápidas, sus nombres, sus rostros que miran con esos ojos a un objetivo inquietante. Parece que quieran gritarte su historia, esa necesidad tan humana de pervivir en la memoria de otro, de ser importante para alguien, dejar su pedacito de huella en la epidermis o en los interiores de tu piel. Recorro esas calles iluminadas con las primeras luces de la mañana y aquel hombre, aquella señora mayor, el niño aquel rodeado de angelitos blancos, el joven y su emblema del equipo favorito de fútbol, parecen desearte explicar su peripecia. Que, por favor, dejes reseña de su paso en el sufrido papel en su limitada eternidad. Te quieren referir que la extraña dama les cogió a contrapié. No esperaban que ese momento fuese el suyo. Bueno, algunos sí lo temían, te apuntan algunos, los menos.
Escucha el sonido de sus voces enérgicas, calmas, asombradas, vitalistas, desencantadas. Tus ojos recorren la geografía del silencio. El espacio aquel que invita a estar contigo mismo. Cuentan episodios, anécdotas, sucesos, sueños, esperanzas que quién sabe si hoy vivirán en el espíritu de otros.
Recuerdo que una vez leí la historia de un escritor anónimo, que escribía las biografías de otros, ciertas o inventadas, en tono serio, dramático, cómico, futurista, ilustrado o pedagógico. Este buen señor escribía las historias de vidas desconocidas para el gran público. De esos hombres y mujeres que usted yo nos cruzamos por la calle, en el metro, el autobús y se toman un café a nuestro lado en la barra del bar o se sientan juntamente a nuestra vera en el cine para ver la película de moda. Estos seres humanos, como usted y como yo, quieren sobrevivir a la desaparición, resistirse al olvido. Desean demostrar a todos que sus vidas tienen importancia y no merecen caer en el saco de la basura. Como alguna vez caemos todos y más en el último batacazo de la muerte y su colecta siempre en fechas inesperadas.
De mí tengo más bien poco que decirle, a usted que no sé si está leyendo. Nací un día del que casi nadie recuerda la fecha ni aun los amigos más veteranos que siempre se olvidan de llamarte en los cumpleaños. Fui amado por una familia como la suya, en la verdadera tierra del hombre, la infancia. Me sentí amado e importante para la persona que más te querrá en todo tiempo: mi madre, tu madre, nuestra madre.
Luego cuando la juventud me saludaba para decirme adiós, contemplé asustado que pisamos el territorio de la soledad mucho más de lo que pensamos. La familia, los amigos eternos, los fugaces amores, vienen y se van en este puerto transitorio y tú te quedas en medio del andén sin saber muy bien para dónde tirar. A algunos les va medio bien y alguna mujer que pasa por allí, normalmente sola, dice: “Este para mí”, y te embarcas en el fugitivo pájaro de la felicidad que algunos llaman pareja y los más convencionales matrimonio. Y te casas o te arrejuntas y tienes hijos y una hipoteca y fines de semana con los suegros y películas de Disney a todas horas y obligaciones laborales y domésticas y sociales. Y todo eso.
No es mi caso. No sé si para bien o para mal. No soy un tipo socialmente de provecho mediada la cuarentena, camino del declive. Ya se puede usted imaginar, hágase cargo. Algunos me han dicho: “¿No estás casado o separado? ¿es que eres de la otra vía? Te quedas sin saber muy bien qué decir. ¿Para que gastar saliva y comentar que todos no estamos fabricados con el mismo molde? Y lo peor es que tú querías ser un tipo convencional, calcar el cliché social que te rodea pero en la tómbola de la vida a uno no le tocó esa papeleta, hágase usted cargo o no, quién sabe, si las velas de su momento discurren por el río de la vida normal y del común. Quieres ser un hombre corriente y moliente y no te sale.
No sé, cierta envidia si le tengo, mire usted. Le veo en las tardes soleadas de domingo y en los festivos acompañado de su mujer e hijos, arreando con el coche-bebé y comprando a sus vástagos pipas, caramelos y chuches y me da un no sé qué en el corazón, que no sé bien explicar. No por el rollo de la descendencia y trasladar a mis hipotéticos hijos el apellido de la familia, por cierto bastante comunes en el paisaje social. Quizás todos huyamos de la continua soledad y sea cierto el dicho bíblico: “No es bueno que el hombre esté solo”. Porque la soledad conduce al ensimismamiento y el ensimismamiento a aislarse y el aislamiento a la manía y la manía a la desconfianza y desconfiar a la ira, al escepticismo y el descreimiento, a no creer en nada y en nadie, muy en boga en los tiempos que corren. Desconozco si usted puede entenderme pues comprendo que usía mira la realidad desde un castillo diferente. Y usted está rodeado de juguetes, películas infantiles, fotos familiares, pañales, bragas y letras de hipoteca.
Servidor cuando llega cada tarde del trabajo se encuentra con el silencio en la casa y nadie sale a recibirme para preguntar cómo me ha ido el día ni recibo broncas ni un beso ni nada de nada. Los platos se apilan en el lavadero, las botellas de vino finiquitadas en la galería y la pila de ropa en el canasto y el arsenal de dvds a los pies del tótem televisivo. ¿Qué le voy a contar de su vida de soltero?
A lo mejor uno está engañado y usted también se contempla como un derrotado de su vida. Porque usted quería triunfar en el plano social y la vida familiar le ha cortado las alas. Porque usted quería ser alguien y que le besásemos el culo a su paso y está limpiando cacas y dando biberones y no tiene suficiente pasta en la cartera para largarse cuando le plazca y hacer de su vida su propio largometraje. Y me tiene a mí envidia, mire usted. No, si al final los dos coincidiremos en que el estado del hombre es la insatisfacción permanente y la lucha consigo mismo.
¿Y el trabajo, qué tal? A mí para qué decirle, ni fu ni fa. Ni chicha ni limoná. Mi admirado Luis Felipe de la Gorgolla no hace más que insinuarme: “No hay nada más indecente que levantarse antes de las 12 de la mañana”. A veces, muchas veces, demasiadas veces me pregunto cuántos y cuántas trabajarán en algo que no les gusta pero necesitan para sostener su montaje. Cuántos y cuántas se acostarán con alguien por quien ya no sienten lo suficiente o nada y cada noche les muestran el culo de vuelta en la cama. Estos y estas sí que están muertos en vida. Insatisfechos de su panorama laboral y desanimados de su vida afectiva. Mejor ser derrotado solitario que vencido social.
¿Se acuerda usted de sus sueños de infancia y juventud? ¿En qué ocasiones ha traicionado usted al niño y al joven que fue? ¿Cuándo se mira al espejo se reconoce o siente que ha engañado a sus sucesivos yoes? Al niño de cinco deditos vitales, al adolescente de quince esperanzas en el bolsillo, al joven de veinticinco besos en sus labios, al treintaycinco añero que ha recortado sus objetivos vitales y profesionales y analiza preocupado la arribada del fantasma del declive? No sé. Quizás le esté calentando en exceso la cabeza con tanta pájara mental. Usted perdone.
Y a mí qué me cuenta de tanta memoria y tanto olvido y tanta importancia y si estoy a gusto o no con la vida que llevo. ¡Déjeme ya, hombre! Y le suelte a otro el sermón este que para rollos ya tengo a los políticos, a mi jefe, a la suegra y a mi mujer con los chiquillos. No necesito que venga un tío lunático a calentarme la cabeza. ¡Déjeme dormir y a usted le vaya bien, señor mío!
Adiós, muy buenas.

GLORY DAYS. UNA APROXIMACIÓN A “LO NORMAL” DE RAFAEL CAMARASA. Por Juan Lozano Felices.

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Decía Gil de Biedma que, de casi todo hace ya veinte años. Pero, a medida que van cayendo las calendas y el cabello, incluso el cálculo temporal y nostálgico del poeta se queda corto, y uno se ve en la necesidad de ir cambiando de guarismo. Pronto habrá que comenzar a decir que, de casi todo hace ya treinta o incluso cuarenta años. Me pasa con Rafa Camarasa, con quien poco he tratado hasta ahora pero que conocí en Elche cuando vino a presentar su poemario “Algunos corazones solitarios” al que habíamos concedido el Premio Lunara de Poesía en el año de los fastos olímpicos. Ayer, veinticinco años después, se presentaba en Elche su estupendo libro de relatos “Lo normal” en cuidada edición de la valenciana Contrabando. La presentación estuvo a cargo del editor Manuel Turégano y del escritor Jesús Zomeño. En la larga y distendida conversación que mantuve con Rafa, luego prolongada durante la cena, hablamos de aquella ocasión y de otras cuestiones como la conexión poética Valencia-Elche en los ochenta y noventa, como vasos comunicantes que propiciaron que autores ilicitanos como Gerardo Irles, Juan Ángel Castaño, Julio Soler o Jesús Zomeño editasen sus libros en Valencia y que Uberto Stabile, Fernando Garcín o Rafa Camarasa lo hicieran en colecciones nacidas en Elche. Hablamos de aquella “generación espontánea”i de inspiración beat en la Valencia de los ochenta, paralela a la escuela valenciana que lideró la poesía de la experiencia con autores como Vicente Gallego o Carlos Marzal. El por qué estos triunfaron y aquellos no, como mantiene Rafa, fue una cuestión de visión, de querer “estar ahí” y formar parte del canon, y cuya obra hoy discurre por otros cauces. En todo caso, es de justicia (y no hablo de justicia poética sino de justicia material) el que miembros de esa generación vayan recibiendo el reconocimiento que merecen. Jesús Zomeño y Rafa Camarasa han sido galardonados recientemente con el Premio de la Crítica Valenciana y con el Barcarola de Poesía, respectivamenteii

La dedicatoria que de su libro me hizo Rafa ayer viene a subrayar, a ritmo afilado de tango o de arrebatado bolero, que la amistad es capaz de subvertir convenciones, ya sean temporales o de las otras; y comenzamos a hablar como si el cuarto de centuria que había pasado no fuera más que niebla que desaparece por ensalmo: “A Juan, recuperando con este libro una amistad que viene de los gloriosos ochenta”. No, no voy a continuar hablando de los ochenta, no voy a contar, como diría Bruce Springsteen, historias aburridas sobre los días de gloriaiii, pero ahí queda el título de esta reseña, como metáfora y como símbolo, porque me gusta y porque sí, y porque estoy seguro de que, al autor de “Lo normal”, también le parecerá bien que así sea.

Vayamos pues al libro de Rafa Camarasa. “Lo normal” son diecisiete relatos, de más o menos extensión. Las dos citas que sirven de pórtico al corpus narrativo están muy bien traídas, revelan y dan el tono. Como glosa del libro y del autor, uno tendría bastante con el magnífico prólogo de Cisco Franiv; sin embargo, en esta como en otras ocasiones, uno siente la necesidad de expresar, aunque sea sucintamente, las impresiones de su lectura.

A propósito de la dicotomía que está en el origen de este libro, nos dice su autor en una reciente entrevista que “la gente que se define como normal es extraña y, a los que tienen algo de sentido común, los tildan de raros”. Bien sabemos que, en este mundo globalizado, la independencia queda gravemente comprometida y el que se sale de la norma es, en paradójica inversión de valores, un a-normal, aparte de no salir en la foto.

También nos dice el autor de “Lo normal” que “detrás de cualquier persona, aparentemente equilibrada, hay un caos emocional latente, como una especie de volcán que puede entrar en erupción en cualquier momento. Un fenómeno que quizá está interrelacionado con cómo funciona la sociedad que nos rodea y cómo nos influye”. Encontramos pues, en estas reflexiones, algunos de los resortes de estos cuentos, las claves cardinales que los mueven y el terreno resbaladizo que hollan. En definitiva, lo que hace Camarasa es reflexionar sobre la vida desde su poética, ya sea en forma de cuento o de poema. Algunos de estos cuentos, como huevos de Pascua, deparan sorpresas; otros nos conmueven; otras historias están teñidas de lo mágico cotidiano como emanación de la vida; otros podrían tener una filiación surrealista, pero es un surrealismo controlado y al servicio del relato.

Camarasa, sin duda, ha asumido la tradición del relato fantástico y la lleva incorporada a su cadena de ADN. Quizás, en los niveles más profundos de estos cuentos, podríamos percibir ecos lejanos de Kafka, de Cortázar, de Italo Calvino, de Bradbury, incluso de ese escritor de disciplina shandy que es Vila-Matas. A veces, un relato nos produce el efecto de hallarnos frente a un espejo que nos devuelve la imagen distorsionada del entorno; otras, frente a un puente que nos invita a pasar al otro lado, “un puente hacia la otredad” como dijera Jaime Alazkari de algún relato de Cortázar; en otros anidan emociones y sentimientos como la tristeza, el desconsuelo, la nostalgia o la culpa.

Un estudio analítico del libro, con comentario para cada cuento, aunque fuese de los más destacados dentro del nivel altísimo del conjunto, sobrepasaría con creces el propósito de una reseña. Como solución, me van a permitir una suerte de juego gastronómico-literario, confeccionando un menú nada convencional. Como coctel de bienvenida, ninguno mejor que “Embotellados”, ligero y refrescante. Como aperitivo, propongo el conmovedor “La playa” que, además, es el primer relato que nos sale al paso y, cuyo final, merced al truco del buen ilusionista, te deja tocado. Como primer plato sugiero “Siesta”, el maravilloso cuento de paradojas temporales que todos querríamos haber escrito. Lo regaremos con un tinto de buen cuerpo como “Tristes tigres”. Como segundo ofrezco el extraordinario “Mapas” que es, según su autor, un relato antiguo ahora adelgazado en varias páginas, plato con una original fusión de sensaciones, que deja en la boca un final agridulce. Para este segundo plato propongo un caldo envejecido en barrica de roble francés, pudiendo acudir a “El ataque de los clones” o a “Lo normal”. Como final, sugiero el delicioso postre casero “Correspondencia”. Este relato se incorporó a última hora a petición del editor, que consideraba que el libro quedaba un tanto desnutrido, como el buzón protagonista del relato. No fue algo deliberado, Rafa confesó que lo reservaba para iniciar otro libro, así que su acople aquí es todo un regalo y un lujo. Y, para la sobremesa, nos reservaremos un licor fuerte y fermentado, apenas un chupito, “Sin manos”.

Leer a Rafa Camarasa me produce una gran sensación de libertad, la suya al escribir y la mía al asumir la lectura, pero la libertad siempre conlleva riesgos. Pero qué es la literatura sin riesgos, qué es la literatura sin imaginación, sin disensión, sin magia ni locura. La literatura, o es emoción o no es nada. Y estos relatos transpiran emoción por todos sus poros. Llegado al final, creo haber cumplido mi propósito de no hablar de los ochenta. Pero sé que, la próxima vez que vea a Rafa Camarasa, hayan pasado dos, seis meses u otro cuarto de siglo, el muro de los años volverá a caer y volveremos a hablar de aquellos aburridos días de gloria. Después de todo, acaso los días de gloria no son un mito que sobrevive solo en la memoria de quienes los vivieron.

Elche, 3 de junio de 2017

Juan Lozano Felices.

i Denominación debida a Fernando Garcín, como nos recordó Jesús Zomeño en la presentación.

ii El libro de relatos de Jesús Zomeño es “De este pan y de esta guerra” (Ediciones Contrabando, 2016), el de Rafael Camarasa, aún sin publicar, “Sin noticias de Liliput”.

iii “Glory Days” es una canción de Bruce Springsteen, perteneciente a “Born in the USA” (1984). La canción cuenta una curiosa historia. En un bar de carretera, el cantante encuentra a un amigo de la adolescencia, gran jugador de béisbol cuando ambos iban al instituto. Toman cervezas y hablan de “los aburridos días de gloria”.

iv Vocalista y líder del grupo “La gran esperanza blanca” y también autor del libro de relatos “Barbería”.

LOS DÍAS SUSPENDIDOS, Francisco Gómez, Por Ignacio Fernández Perandones

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http://llueveconmigo.blogspot.com.es/2017/05/los-dias-suspendidos-francisco-gomez.html

Francisco Gómez publica en Frutos del tiempo su último libro. Se divide en tres partes: relatos breves, reseñas sobre la actividad “Cada Cual” ( unos encuentros con autores contemporáneos” organizada por el Instituto de Cultura Gil-Albert en Alicante), y una serie de pequeños apuntes sobre la vida cultural  ilicitana, amigos, escritores de “la City”, siempre con su punto de humor y su ironía.

Las reseñas sobre las conferencias-coloquio alicantinas me han producido, sobre todo, envidia sana: ¿por qué a Elche no viene nadie? Me consuelan estas consideraciones de Francisco sobre cada escritor, que he subrayado con avidez, intentando sacar jugo a lo que dicen esos autores con lo que tanto he disfrutado: Landero, Cercas, Caballero Bonald, Vargas Llosa, Lorenzo Silva.

Por su parte, los apuntes ilicitanos incluidos en el libro tienen para nosotros el sabor de la cercanía. Elche es un mundo por sí sólo, un universo que solo entienden los que orbitan en él.

Me han gustado mucho los relatos breves. El señor Gómez se está doctorando en este tipo de tareas. Me gusta su prosa espontánea, coloquial y cuidada al mismo tiempo, su guion muy bien pensado en el que te da cuenta de una vida en cinco páginas. El protagonista suele ser un hombre arrojado a la existencia que trata de sobrevivir y que, al final, encuentra su tabla de salvación en la vida cotidiana, sencilla, familiar, llena de pequeños acontecimientos que tiene delante. Un ejemplo es el relato Hikikomori, que aborda en toda su profundidad el tema de la comunicación, y que contaré (si el autor me da permiso) a mis alumnos en clase. Pero no todos acaban así: algunos optan por el escapismo (Desvío). Con lo que el autor deja artas todas las posibles puertas a esta situación de disolvente individualismo que la sociedad padece (y que en el año 2.250 puede acabar como se describe en el libro).

En resumen, Francisco, has escrito un libro de gran riqueza, con muchos registros y muy cuidado en su forma y en su fondo. Conociéndote, seguro que seguirá la fiesta.

Presentación de Los Días suspendidos de Francisco Gómez.

Vídeo

Presentación del libro Los días suspendidos de Francisco Gómez, colección Frutos Secos de Narrativa de Ediciones Frutos del Tiempo. La Llotja Sala cultural Elche. Jueves 20 de abril de 2017, dentro del ciclo Quien lee vive más organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Elche con motivo del Día del libro 2017, coordinado por Ediciones Frutos del Tiempo.

ELLOS, por Francisco Gómez

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A Paca y su amor más allá del tiempo

Siempre estaban allí. Soplaran vientos, soles y lunas. Ellos continuaban en el lugar como un homenaje de amor permanente que desafiaba el languidecer del tiempo y la injusticia del olvido.
En aquella calle que soplaba frío y soledad, que auguraba derrota entre las filas de personas que fueron y ya no están, o sólo se encuentren en los desvanes del recuerdo de algún corazón anónimo que naufraga en medio de las arterías de la ciudad rápida y sin amor.
Ellos, una y otra vez, permanecían allí en su desafío sencillo a la arena imperceptible del reloj y al dolor de la memoria. La muerte lo arrebató de su vera un mal día que mejor hubiera sido que desapareciera del calendario. ¿Pero quién puede controlar los designios del destino, el mal capricho de un día cualquiera? ¿quién sería capaz de manejar las hilaturas de la fortuna?
Murió asfixiado en un pozo y sus padres supieron del dolor que no se puede apagar, de penas sin consuelo, de llanto en noches insomnes, de rabia sin entender por qué. Las tardes se llenaron de vacío, de soledad, de evocación con los proyectos por realizar y los sueños que cumplir, que ahora quedaban dormidos bajo descanso eterno.
Ellos, los padres de un jinete que amaba los caballos, estaban allí una y otra vez. Fin de semana sí y otro también. En un ejercicio permanente de memoria que lucha contra el olvido. En una necesidad íntima de proclamar a los cuatro vientos, a quien le importase en aquel promontorio alejado de la ciudad que pronto olvida, que ellos no apagarían la llama de la memoria. Que ellos guardaban un altar en sus corazones para el hijo que se marchó demasiado pronto.
La dignidad y el honradez del hombre vestido rigurosamente de negro impresiona. Es un signo de amor, de su verdad, de constancia. De amor más allá de la muerte. “Yo también seré polvo más polvo enamorado, siempre recordándote, amándote, hasta que nos encontremos donde sea”.
Es un hecho cierto que los grandes amores no puede truncarlos el olvido, el calendario de la fugacidad. Que los amores de piel, de entraña, no se ven aunque el tiempo, concepto relativo donde los haya, trate de restañar heridas, poner árnica sobre la superficie de la piel. Es imposible olvidar cuando el amor es de verdad y más si nace desde dentro. Sucedan inviernos, primaveras o estíos. El recuerdo de lo que es, lo que pudo haber sido, lo que fue, permanece en las fuentes del alma.
Esta pareja, ya mayor, vestidos de negro, con surcos de vida vivida, atravesándoles como ríos de experiencias el rostro, causaban una honda sensación. Respeto. La unión madre-padre-hijo nunca se rompería a pesar del zarpazo de la muerte. Mientras un corazón recordase a aquel que estaba al otro lado, no sería definitivamente difunto. No habría desaparecido del espacio de los vivos, del escenario de la imaginación de sus padres, siempre allí y sus hermanos que recordarían y evocarían con su presente ausencia los días juntos, los días amados cuando la guadaña no los había separado y estaban físicamente unidos.
La madre llevaba aún con más hondo pesar la carencia. Es un lazo que el padre aunque lo intente, no puede alcanzar del todo. Pero esta mayor unión provoca mayor dolor. Un dolor interno que a veces no le permite sugerir los momentos felices transcurridos juntos. Una herida insondable, sin tregua ni final. Un bisturí ilimitado que horadaba sus sentimientos más allá del tiempo.
El padre, también atravesado por el dolor de la ausencia, el golpe del sinsentido, aguantaba mejor la posición. Ël prefería recordar, volver a vivir los momentos felices que había sentido con su hijo. Su amor incondicional por los caballos y los carruajes que sacaba a la calle en las festividades más celebradas de la ciudad, en los momentos claves de la ensoñación colectiva del pueblo, en los instantes dichosos que la familia compartió.
La postura de aquel hombre sabio, vencido por la carrera de la edad y las mareas del tiempo en su piel, asfixiado por el peso del recuerdo, era quizás las más inteligente. Seguir adelante a pesar del dolor, a pesar de la pérdida, de los días dichosos grabados en su mente y corazón hasta que inspirase su último aliento y se uniera al territorio lleno de dudas e incertidumbres con el hijo que, tiempo antes, una fecha aciaga, había partido de viaje para enseñarles el camino que ellos habrían de recorrer más tarde.

 

Francisco Gómez
Relato incluido en el e-book “Al otro lado”

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/al-otro-lado-de-francisco-gomez/

LOVE MATER, por Francisco Gómez

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Me resulta fácil explicar por qué estoy aquí pero más difícil tratar de desenrollar la madeja que provocó mi comportamiento y desenvocó en la tragedia.love-mother-2
Llevó muchos días sin ver el sol, sin moverme apenas de estos limitados metros cuadrados. No me importa. Tengo suficiente con la luz que irradia desde ella y calienta mi indomable corazón. Aquí apenas tengo amigos pero como dice una canción de mi admirado Loquillo: “No vine aquí para hacer amigos”. Estoy en este lugar por una culpa que cometí y que hoy volvería a realizar una y cien veces. Aquí purgo mi pecado de extrema violencia. La violencia es el único lenguaje que entienden algunos y en este ambiente es el caldo ideal para la supervivencia. Con la educación, la cultura, los tipos que están arriba quieren aborregarnos, amansarnos, domesticarnos pero en el interior del hombre corre desbocada la semilla de la lucha, el germen del animal que habita en nosotros y pugna por salir a la superficie para reconquistar el espacio que le han robado los buenos modos y modales, la tolerancia, la convivencia, la integración y todos esos rollos con los que pretenden engañarnos. Si aquí no eres duro y fuerte, te conviertes en un machaca y te pisotean y pasas a ser el hazmerreír de estos tipos. Y de mí no se ríe nadie si yo no quiero y quien ofenda a mi madre probará el sabor demoledor de mis puños.
Las manos de este hombre son duras y ásperas como su vida. Manos grandes y leñosas con dedos robustos y potentes. Manos que temer si pruebas su contacto. Manos de personaje a quien todo le ha costado mucho. En el reverso de los dedos de su izquierda figura la siguiente inscripción grabada en su piel: L en el meñique, O en el corazón, V en el anular y E en el índice, con un corazón en el pulgar. Es decir: LOVE. El pulgar de su derecha arranca con la M, el índice con la A, el anular con la T, el corazón con la E y el meñique con la R. La frase que corona sus dedos esculpida a fuego sobre su epidermis: LOVE MATER.
Sus compañeros lo saben y conocen el motivo por el que está allí. Entienden que no dice las cosas en vano y lo respetan. Casi todos ellos tienen madre y saben que estos seres dignísimos y humildísimos son las únicas personas que nunca les fallarán, aunque ellos se hayan fallado a sí mismos y ahora estén desvinculados del mundo en aquel rincón perdido. Las madres son las personas que jamás les dejan en la estacada a pesar que el hijo sea el mismo demonio.
Pero veamos algo más del entorno que rodea a este hombre envuelto en sus cavilaciones y soledades. Encima de la pared que habita, ha escrito con letras de sangre una frase que se antoja radical y lapidaria. Sus muñecas están vendadas y cortadas pero él está orgulloso de su acto que se le antoja noble. Auténtico. La sentencia dice así: “Tenlo claro, amigo. Nunca nadie te querrá más que tu madre”.
Lo hice una vez pero lo haría dos, tres, cien veces. Estábamos en un bar, olvidándonos de la monotonía y los sinsabores de la semana y el tipo se empinó más de la cuenta. Se metía con todo el mundo e insultaba como una ametralladora. Hasta que sus procacidades llegaron a mí. Si hubiera insultado a mi persona, me la sudaría. Si me hubiera dicho que me follaban daban por culo veinte negros sería indiferente. Pero se metió con mi madre. Con las palabritas que todos pueden imaginar. Y por ahí sí que  no paso.  Le pedí que retirase sus palabras y el tipo se rió de mí en plena cara. Acercó su asquerosa boca a un palmo de mi rostro y siguió con sus maledicencias. Se lo dije por última vez: “O retiras lo que has dicho o te mato”. Siguió insultando a mi madre delante de mí y empezó la guerra. Le solté una ensalada de hostias, una tras otra. Mis manos, mis nudillos se embadurnaron con su sangre detestable. Le reventé la cara a guantazos. Creo que le rompí el cráneo. Le pegué y pegué y pegué hasta que murió. Quedó tendido en el suelo como un guiñapo.
Llegó la policía. Me esposaron y al calabozo. Declaración ante el juez de guardia y a la cárcel. Meses después, juicio y condenado a quince años de prisión por homicidio. El abogado quiso disculparme con la atenuante de locura transitoria. Lo negué. Sabía lo que hacía y actué en conciencia. Aquí estoy. Lo haría una vez y otra, otra, otra. Nadie se mete con mi madre y sale bien parado. Ella ahora no puede defenderse pero tiene a su hijo para protegerla. Respondo de mis actos y los asumo hasta el final. Aunque traigan silencio, incomprensión y soledad. Los golpes me han hecho fuerte y encajo como un fajador los reveses.
Siempre me ha gustado el boxeo, como una forma igual que otra cualquiera de amansar la bestia que vive en mí. He sido esparring de púgiles que nunca han llegado a nada en el cuadrilátero. Si hubiera tenido más suerte y alguien que confiara en mi talento, podría haber sido alguien en este mundo. Desahogaba la rabia, el inconformismo con mis puños ajados contra el saco. Y luego las pesas, los abdominales, las carreras, los compases para esquivar al contrario en la lona. Para acabar siendo el telonero de tipos que nunca ganaron ningún campeonato. Muñecos rotos que acabaron en la indiferencia y el olvido del público. Yo pude ver mi destino antes de tiempo y escapar a la desolación de mi suerte. De soñar con ver mi nombre en los carteles con chicas que esperasen dispuestas al final del combate, acabé como un lobo estepario más y currando como estibador nocturno para una trasatlántica. Seguí dándole con fuerza y desesperación al puching-ball cada madrugada al salir del trabajo.
Mis manos son martillos pilones y mis brazos palancas en tensión. Los oídos del talego funcionan de maravilla y los presos se enteraron rápido del motivo de estar entre rejas. Y sé que algunos quedaron impresionados pero otros tipos querían comprobar si era tan fuerte como aparentaba. Y los kie de los módulos apostaron a favor y en contra de mí. Reconozco que apenas trato con mis compañeros. Me da igual que sean españoles, extranjeros, talegueros, reincidentes, camellos, psicópatas,asesinos o violadores. No tengo nada que ver con ellos ni me importan sus vidas.
Los poderosos de la trena supieron buscarme las cosquillas. Mi vida se centraba en levantarme, desayunar, recuento, bajar al patio y quedarme aislado en un rincón sin hablar con nadie o hacer pesas para fortalecer mis manos, brazos, tórax y espalda. Pero vino ese tipo, alto como una torre, ancho igual que un puente, musculoso como un adonis guerrero y me increpó. Volvió a insultar con las palabras malditas y escupirme en la cara. Lanzó veneno que me emponzoñó otra vez el alma y me levanté. Le solté un gancho en la barbilla que lo dobló. Machaqué sus costillas, le reventé el tabique nasal y dejé sus ojos hundidos como tomates podridos. Él también me sacudió bien pero ya he dicho que soy un fajador que se olvida del dolor propio cuando busca el ajeno. Nos machacamos en medio del cuadrilátero que era el patio, nos destrozamos, nos despedazamos. Pero yo triunfé. El tipo estará de vacaciones en la enfermería una larga temporada y yo estoy aislado en la celda de castigo. No importa. Soy duro y resisto los embates del destino. Ojalá el kie que apostó sus billetes contra mí se haya dejado una pasta gansa.

La luz del crepúsculo cae sobre los barrotes del chabolo. Alguna golondrina emite su melodía de libertad. Las primeras sombras nocturnas se apoderan del cuadrilátero carcelario. Una voz parece hablarle. Una luz surge en un rincón.

-¿Por qué te haces daño luchando contra los demás en mi nombre?
-¿Quién eres?
-Soy quien tú más quieres
-No puede ser cierto. Tú te fuiste hace mucho tiempo.
-Soy tu madre. Su conciencia. Estoy aquí para hablar contigo, hijo mío.
-Esos canallas maldicen tu nombre y yo te defiendo. Lo hice y lo haría una, dos, cien veces.
-Por favor, no derrames más sangre en mi nombre. La violencia vuelve contra ti y nunca cerrarás las heridas de tu vida, de tu corazón.
-¿A quién le importa?
-A mí. A tu madre.
-La vida es lucha, madre, guerra de todos contra todos.
-También es amor, entrega, generosidad, ternura, besos y abrazos.
-Yo no sé lo que es eso desde hace mucho tiempo. Desde que te fuiste una terrible tarde de verano…
-Ya sé que no has recibido en esta dura tierra el amor que buscabas, el afecto que ansiabas pero siempre he estado contigo, dentro de tu corazón y en tu pensamiento para que busques y encuentres el fugitivo pájaro de la felicidad.

-Mamá
-Hijo mío

Y se fundieron en un abrazo definitivo, infinito. Y se fue con ella a otra tierra más azul.
Francisco Gómez

Del libro “Sueños de nadie”

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009