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Guerra y pan nuevo libro de Jesús Zomeño. Por Ada Soriano y José Luis Zerón.

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Anto Soriano

Mis relatos no son bélicos, la guerra es casi una metáfora del sufrimiento y de la naturaleza humana”

El pasado jueves 23 de noviembre se llevó a cabo en la librería Códex de Orihuela la presentación del nuevo libro de Jesús Zomeño, Guerra y pan, editado por la editorial valenciana Contrabando. El acto consistió en un coloquio entre el autor y los poetas oriolanos Ada Soriano y José Luis Zerón Huguet

Jesús Zomeño (Alcaraz, 1964) reside en Elche. Es autor de los siguientes libros de relatos: Lengua azul (Editorial Sloper, 2008), Cerillas mojadas (Editorial Denes 2012), Piedras negras (Editorial Lengua de Trapo, 2014), De este pan y de esta guerra (Ediciones Contrabando, 2016), Querido miedo (Editorial Sloper, 2016). También los siguientes libros de poesía: Del eterno regreso (Malvarrosa, 1989), Diario marroquí (Lunara, 1991), Segundo viaje a Marruecos (La línea de Sombra, 1992), Diario de los nómadas (Ediciones de Nunca Acabar, 1995), El otoño de Montparnasse (Diarios de Helena, 1995) 34 poemas (Diario de Elena, 2001) y Lectura de Estaciones (El árbol Espiral/ LF Estaciones, 2003) Editó la colección de poesía Diarios de Helena. Su libro De este pan y de esta guerra fue galardonado con el Premio de la Crítica Valenciana 2017.

Ada Soriano. ¿Por qué no incluiste los cuentos que conforman Guerra y pan en tu anterior libro De este pan y de esta guerra?

Porque no estaban escritos, todos son relatos nuevos. Miracoloso y yo estábamos ya trabajando en nuevas historias ilustradas y la concesión del Premio de la Crítica Valenciana nos dio la oportunidad de publicarlas. En un principio iban a ser tres o cuatro historias en un folleto conmemorativo del premio, pero la complicidad desplegó una intensidad que hizo posible que completáramos nueve relatos y siete ilustraciones en poco más de dos meses. Eso fue lo que hizo posible este libro, la compenetración y el entusiasmo compartido.

José Luis Zerón. Este año se cumplen 30 años de la aparición de tu primer libro, un conjunto de cuentos, reunidos bajo el título Cuestión de estética. Sin embargo, los años posteriores publicas varios libros de poesía caracterizados por un marcado esteticismo. Pasados los años abandonas la poesía, o esta pasa a un segundo plano, y regresas al relato con estilo y temática completamente diferentes respecto de tu obra anterior. En tus cuentos, dedicados a la I Guerra Mundial no hay precisamente un brillo esteticista, sino un estilo desolado que entronca con el expresionismo o la llamada estética de lo feo de Karl Rosencranz, de la que tanto se ha hablado este siglo. Pese a todo, tus cuentos no están exentos de un lirismo de fondo un tanto espectral, ¿no crees?

Los relatos están a mitad de camino entre la prosa y la lírica. Hace muchos años dejé de escribir poesía, pero aquel poeta siguió escribiendo, aunque fuese prosa. Ahora el objetivo de mis relatos –antes de mi poesía-, es transmitir sensaciones e ideas. Juego bastante con el estilo narrativo, porque mis personajes no son cabezas que cuentan cosas, sino que intento situar al lector en la posición del personaje. Es decir, no quiero que el lector escuche, me gustaría que el lector sienta lo mismo que el personaje y para eso nada mejor que los recursos líricos.

Juan Carlos Lozano

AS. Dices en la introducción de tu nuevo libro que “no tiene sentido seguir ahondando en historias de la Gran guerra, literalmente es un suicidio, me limita el desarrollo de nuevos libros y me encasilla como escritor excéntrico y marginal; si tuviera un agente literario me resolvería el contrato”. ¿Temes haber quedado atrapado en esta guerra de la que tanto se ha hablado en los últimos años?

La Primera Guerra Mundial es solo el escenario donde se analiza la naturaleza humana. Esa guerra es como Nueva York para Paul Auster o Macondo para García Márquez. El protagonista no es la guerra, sino una referencia que ata a los personajes, el espejo donde se refleja lo bueno y lo malo. Cada vez me preocupa menos repetir el escenario. Según avanzas en la lectura, comprendes que la guerra no tiene importancia en la trama del relato.

AS. ¿Qué te supuso ganar el Premio de la Crítica Valenciana? ¿Ha cambiado algo tu trayectoria literaria?

Los premios emocionan y, sobre todo, te motivan para seguir. En este caso, en concreto, me motivó para escribir algunos cuentos nuevos, reunirlos con algunos anteriores y presentar este breve libro, Guerra y Pan, a modo de celebración, como he dicho.

JLZ. Nos resulta chocante la atención continua que prestas a los detalles en tus relatos. Detalles aparentemente irrelevantes, pero que tienen su importancia, ya que arman la trama y urden el tejido textual. Dos ejemplos de la importancia del detalle los encontramos en los relatos “Botones” y “Moneda francesa”.

Son un ejemplo de que estos relatos no tratan de la guerra. Los detalles son la máxima reivindicación del ser humano, mis personajes no se dejan arrastrar por los nacionalismos ni por las grandes doctrinas. El botón de la hermana de un amigo le cambia la vida al protagonista de mi relato. Con ese botón sobrevivirá, atravesará la postguerra, el nazismo y la guerra fría, se convertirá en héroe del nazismo, protegerá a judíos y terminará prisionero de los aliados, pero él seguirá siempre aferrado a ese botón, solo a eso y, a pesar de todo, con optimismo.

JLZ. Dijo Juan Carlos Lozano en la presentación de tu libro en Valencia que de los nueve relatos que conforman el volumen, “Máscara” es su preferido. Coincidimos con él y añadimos otro que, además, creemos es uno de los mejores relatos que has escrito. Nos referimos a “Una noche en el cementerio Monumental (Milán,1916)”.

El relato del Cementerio Monumental de Milán debería leerse de dos formas: Primero, solo el diálogo del recluta a punto de marcharse a la guerra y después, en una segunda lectura, intercalando las intervenciones del compañero de viaje. La primera lectura es la de un relato profundo y trágico, la segunda lectura presenta un relato irónico. Como le dice el embalsamador: “La felicidad tiene un truco y siendo usted italiano debiera conocerlo. Lo que tiene que hacer, muchacho, es pensar siempre en dos cosas a la vez “. Eso mismo es lo que ha estado haciendo el embalsamador, cortarle constantemente el flujo de la conversación al recluta. Háblame de una cosa triste y te cambio el tema. Irónicamente, es un truco para distraer y superar los traumas, por eso acaba con ese ofrecimiento: “¿Se lo demuestro?”, no hace falta, ya ha estado haciéndolo desde el principio.

AS. Los relatos de Guerra y pan están ambientados en las trincheras, pero también reflejan la postguerra y el rastro de desolación que dejó el conflicto en toda Europa, cuyo mapa político se alteró completamente.

Si, la trinchera es un escenario estéticamente increíble, pero también lo es aquella Europa de postguerra. Es otro gran escenario que siempre me ha atraído, precisamente mi libro Lengua Azul tiene como referente esa época de entreguerras. Una época, la de entreguerras, totalmente descreída, decadente, llena de humo azul y soldados que advertían que la tragedia estaba a punto de empezar.

JLZ. Entre la ironía casi sarcástica, la crudeza, el relato descarnado de los hechos, a veces no exento de truculencia, asoma en tus relatos sobre la Gran Guerra una mirada tierna pero resignada ante los verdugos y víctimas (que en demasiadas ocasiones vienen a ser ambas cosas) de una evidencia terrorífica imposible de soslayar.

Mis relatos no son bélicos, repito, la guerra es casi una metáfora del sufrimiento y de la naturaleza humana. Mis personajes no conquistan nada, no luchan por ningún ideal, no existe odio, ya se saben perdedores.

AS. Observamos que hay en los relatos de Guerra y Pan una voluntad mayor de crear una trama de suspense. E incluso en algunos cuentos dejas el final abierto a la interpretación del lector.

El tema de la guerra evoluciona desde el interior, procuro no repetir ambientes ni estructuras. El suspense es un juego. Los finales abiertos existen porque los relatos solo pretenden captar parte de la vida de los personajes, el escritor no les inventa una vida, solo observa lo que ve, eso es lo que pretendo. No somos perfectos y mis personajes tampoco pretenden superar la realidad.

JLZ. Otra peculiaridad de tus relatos sobre la I Guerra Mundial es, como tú bien dices, que no cuentan hazañas bélicas, aunque aparezcan en ellos escenas de combate. Digamos que se centran más en la psicología de los personajes y no precisamente en el ardor guerrero de los mismos. Un ejemplo de tu último libro es “La guerra del soldado Marcel Galliard”. En este relato, contado con un humor agridulce, un sargento francés no muy convencido él mismo de la utilidad de la guerra, intenta inculcar sin éxito a un centinela de su compañía el odio a los alemanes.

Efectivamente, en la guerra asumimos un papel pero, en el fondo, nuestro papel carece de fundamento. Para el soldado Marcel Galliard no había duda de que tenía que matar, pero el problema empieza cuando le ordenan odiar a los alemanes, no tiene ningún motivo para odiarlos. Daos cuenta que Marcel no duda de que tiene que matarlos, no protesta por ello, solo duda de que tenga además que odiarlos. El sargento tiene que convencerlo, darle motivos, pero al otro no le convencen los motivos hasta que le ajustan la guerra a su zapato. Al final, lo convencen de que son los alemanes los que no respetan el calibre de las tuberías para hacerle la vida imposible a Marcel, que es fontanero y tiene problemas precisamente con las tuberías de distinto tamaño. Un motivo ridículo para una guerra sin sentido, eso mismo piensa el sargento.

JLZ. Es característico que los personajes de tus relatos de guerra –también en Guerra y pan– sean tipos de clase obrera, no muy inteligentes ni cultivados, que se dedican a matar el tiempo en las trincheras cuando hay tregua; y sus acciones ociosas suelen ser por lo general absurdas y hasta perversas. También los hay que vagan erráticos al finalizar la contienda. Hombres todos ellos primarios, que, sin embargo, resultan tremendamente sentenciosos con sus verdades de Perogrullo o en sus descarnadas llanezas, ¿no crees?

En las trincheras se reflexionaba mucho, según las crónicas de Gaziel o de Insúa; el silencio era absoluto entre los soldados. Por eso mis personajes desarrollan mucho la mente. La guerra no los hace inteligentes, pero sí obsesivos y metódicos. Tienen una inteligencia universal, una visión reflexiva y un motivo, que el sufrimiento y la condición humana. A pesar de todo, mis personajes son optimistas, siempre lo son, incluso aquel soldado que, pasados los años, advertía a los otros que la guerra es lo peor, cuando viajaban él y los demás en un tren camino de Auschwitz. (“Aquello era un vagón de ganado. “Nada puede ser peor que la guerra”, les explicaba Robico Csorba a los otros, muchos años después, en aquel tren que les llevaba a Auschwitz” –DE ESTE PAN Y DE ESTA GUERRA).

AS. En Guerra y pan alternas la narración brutal y despojada con frases o párrafos más sofisticados creando un estilo sólido y a la vez desconcertante, donde la economía de medios expresivos es un recurso estilístico y no una carencia.

Es una cuestión de estilo. No cuento historias, procuro trasmitir sensaciones. Supongo que jamás podrían llevarse estos relatos al cine, mucho menos a una serie de televisión. En el relato “Cazando moscas” todo se trata del diálogo de un herido, cubierto de moscas, que las espanta como puede mientras piensa. Las moscas irrumpen lo que piensa, una y otra vez, al final no sabe si sigue herido o es ya un cadáver.

JLZ. Por último, es inevitable hablar del ilustrador de tus últimos libros, Miracoloso. Sus turbadoras ilustraciones nos recuerdan al Goya de las pinturas negras, a Solana, a Munch, pero también a los cuatro artistas expresionistas alemanes que forman el grupo Die Brücke (El puente) y a otros que siguieron la corriente expresionista como Emil Nolde, Georges Rouault, Oskar Kokochska, Egon Schiele y George Grosz. Pocas veces hemos visto en un libro tanta compenetración entre el autor y el ilustrador de su obra.

De hecho, como explico en el prólogo, fue Miracoloso el que me propuso seguir el proyecto después del libro De este pan y de esta guerra. Nos lo pasamos bien, muy bien, trabajando juntos y ese motivo justifica la existencia de este libro. Espero que las ilustraciones y los relatos no se acaben nunca. En la actualidad seguimos creando nuevos relatos, otra cosa será si editamos nuevos libros o no. No los estamos haciendo para publicarlos, sino solo porque los disfrutamos.

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PRESENTACION “GUERRA Y PAN” EN SINDOKMA, por Juan Lozano Felices

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PRESENTACION “GUERRA Y PAN” – SINDOKMA – CENTRE CULTURAL LA NAU – VALENCIA-   OCTUBRE 2017

Bienvenidos y gracias por asistir a la presentación del nuevo libro de Jesús Zomeño, “Guerra y Pan” que viene a ser como el hermano pequeño o un apéndice de este otro, “De este pan y de esta guerra” y que tiene una cronología un tanto particular, sobre la que luego entraré.Pero antes quiero mencionar que este año se cumplen 30 años de la aparición del primer libro de Jesús, “Cuestión de estética”, que se publicó en el verano de 1987. Y no es baladí, hablando del libro que presentamos esta tarde, esta referencia a “Cuestión de estética”. No lo es   porque Jesús no comienza publicando poesía, como mucha gente piensa; sino que su debut literario tiene lugar con un libro de cuentos, donde ya están presentes los territorios geográficos y sentimentales que ya no le abandonarán y que permanecen a lo largo de toda su obra. Por eso, “Cuestión de estética” es un libro seminal que nos ayuda a reconstruir las señas de identidad del autor excepcional que es Jesús Zomeño y nos permite ser testigos de sus primeros pasos en la literatura, de una trayectoria que acaba de cumplir, como se ha dicho, nada menos que 30 años, desde “Cuestión de estética” a “Guerra y pan”.
Decía antes que este libro tiene una curiosa cronología que podemos rastrear hasta 2014 con la publicación en Lengua de Trapo de “Piedras negras”. Cuando publica “De este pan y de esta guerra” lo hace para dar cabida a todos los cuentos que se habían quedado fuera del libro anterior, porque en aquel entonces trabajaba en otros relatos que quedaron cerrados con posterioridad a la publicación de aquel, bien porque el resultado no le convencía o porque estaban entonces inconclusos o porque no pasaban de ser el embrión de un cuento futuro. Como él mismo dice, la experiencia, el tiempo, el profundizar en la psicología de estos soldados, es lo que le permitió acabarlos.

Los cuentos que conformaban “Piedras negras” habían visto antes la luz en la revista digital Agitadoras acompañados de las ilustraciones de Fernando Fuentes, Miracoloso, a quien por cierto, Jesús dedica este libro.  Pero la edición de “Piedras Negras” nos escatima las ilustraciones, con lo que el libro pierde su complemento ideal. Cuando la editorial Contrabando, decide publicar, con muy buen ojo crítico, el nuevo libro de Jesús “De este pan y de esta guerra” tiene la intención de restaurar, de unir, lo que el destino editorial había separado, porque las ilustraciones de Miracoloso inspiradas en los relatos de Jesús son inherentes a su propia literatura, en una especie de do ut des, la fórmula de los antiguos contratos romanos, “te doy para que me des”.

Bien, así llegamos al año 2016, como el “annus mirabilis” de Jesús Zomeño. La editorial Contrabando edita, como acostumbra, con muy buen gusto, con sobriedad y elegancia, “De este pan y de esta guerra” y después del verano la editorial mallorquina Sloper edita “Querido miedo” donde Jesús proyecta una mirada entre nostálgica y elegíaca ante la década de los 80 y que tuve la ocasión de presentar también en este mismo lugar. Dos libros de plena madurez en la trayectoria de Jesús pero con registros e intenciones singulares, dos lecturas distintas pero igual de magnéticas. Ambos libros aparecen en 2017, como candidatos a los Premios de la Crítica Valenciana. Yo no sé si esto ha ocurrido anteriormente con algún autor. Evidentemente, debe ser algo bastante excepcional el que dos libros de un mismo autor sean escogidos, y dentro de la misma categoría, a competir por los Premios de la Crítica. Y, a Jesús le es concedido el Premio precisamente por este libro, “De este pan y de esta guerra”. Y ese galardón, de alguna forma hace revivir el libro, que había aparecido un año antes, y lo lleva al primer plano de la actualidad literaria, con nuevas reseñas y nuevas entrevistas a su autor.

Y, llegados a este punto, como si fuera un leitmotiv de sus últimos libros, vuelve a aparecer el nombre de Miracoloso. El ilustrador y el escritor han encontrado ya un acomodo perfecto el uno en el otro y, por otra parte, la editorial le pide de Jesús que haga una especie de separata con tres o cuatro cuentos que sirva como apéndice para acompañar al libro; y que, por supuesto, contenga alguna ilustración de Miracoloso. Pero lo que Jesús le presenta al editor no es esa separata para que vaya unida al libro premiado que va ya con una faja en la portada a modo de condecoración. Lo que Jesús presenta es un libro con nueve relatos nuevos y que tiene más de 80 páginas, lo que viene a ser más de la mitad en extensión de lo que tenía el libro anterior. Como dice el texto promocional de la contraportada, ese anexo ha devenido “un libro autónomo y autosuficiente” y aparece como un libro más en el catálogo de la colección.

En él encontraremos relatos que se sitúan en el frente, en las trincheras; y otros, en la ciudad, donde se proyecta la sombra ominosa de la guerra, aún conclusa. De los nueve relatos, no sabría con qué quedarme, si con el tremendo final de la Balada del soldado Rusty; con  “Hablemos de la belleza”, donde consigue fundir una crudeza a veces difícil de digerir con un penetrante lirismo;  el prodigio estructural y la vuelta de tuerca final de “Máscaras” que tal vez sea mi favorito en esta entrega; el sugestivo planteamiento de “Una noche en el cementerio monumental”;  el suspense ascendente en “Moneda francesa”, donde la atmósfera que consigue originar traspasa el propio estilo o “Botones” que parte, como muchos de sus relatos de una anécdota doméstica. En los relatos de Jesús, muchas veces se aprecia una correspondencia entre el mundo interior y el mundo exterior, como si estuviéramos pasando de un lado a otro del espejo. Y, desde este punto de vista, para Jesús, la literatura, su morfología narrativa, es un banco de pruebas desde donde abordar esa dualidad. Por ello, los seres que aparecen en sus relatos nos parecen lejanos y a la vez tan cercanos y vivos. La grandeza de nuestro autor está ahí, en saber conjugar sabiamente la reconstrucción del escenario histórico por un lado, y lo puramente humano por otro, en la construcción de unos personajes hechos de nuestros mismos desvelos y aflicciones, nuestras mismas dudas, zozobras y deseos.

Y llegamos con este libro, o con este apéndice, al final de una etapa en la trayectoria literaria de Jesús, ¿o no..? Nunca se sabe. Los que tenemos la fortuna de frecuentar su caldero literario, de visitar el taller del hechicero, sabemos que ahora anda en otras cosas, en proyectos novelísticos que, sin duda, van a ser una revelación en el panorama literario español de este siglo XXI. Yo estoy convencido de ello y le auguro un gran éxito en esta nueva etapa. Pero Jesús no abandona del todo el ámbito de las trincheras y la Europa de entreguerras, siempre con Miracoloso

como ilustrador, se han conjurado para volver a colaborar en la producción de algún cuento para, como dice Jesús en la nota inicial, “no dar por terminado el libro”.

JUAN C. LOZANO FELICES.

Octubre de 2017

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/2016/03/03/video-de-la-presentacion-del-libro-de-este-pan-y-de-esta-guerra-de-jesus-zomeno/

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/2016/05/02/sobre-de-este-pan-y-de-esta-guerra-1916-el-ultimo-libro-de-cuentos-de-jesus-zomeno-por-javier-puig/

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/2016/06/20/presentacion-de-este-pan-y-de-esta-guerra-1916-por-jose-luis-zeron/

PALABRA DE PERDEDOR, por Francisco Gómez

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Mi nombre seguro que no les importa. Esta historia tampoco creo que tenga mucha relevancia para ustedes, futuros lectores. Pero, bueno, es un inútil intento de dejar algo escrito. No sé si ustedes se han parado alguna vez a pensar cuántos miles, millones de personas han pisado la capa de la tierra y de cuántos tenemos memoria. Los demás, la inmensa mayoría, como usted y como yo, polvo de olvido, desaparición y silencio.
Sólo nos acordamos de quiénes nos han machacado con insistencia su nombre, su historia, en las escuelas y universidades. Luego tras vomitar su quehacer en los exámenes los hemos hecho desaparecer de nuestros archivos, borrados de nuestro disco duro.
No sé si usted cree en el cielo o deja de creer. No sé si usted sueña en otra vida después de ésta que conoce físicamente y huele y percibe por sus sentidos cada día que amanece. Yo, como usted, también ando algo perdido y desorientado. Las cosas menos claras en este mundo incierto y contradictorio que nos ha tocado vivir en la ruleta del tiempo.
Algunos dicen que el verdadero cielo está en el recuerdo. La memoria que aquí dejamos en los que se quedan cuando nosotros nos vamos. Las buenas vivencias que se guardan en algún rincón de su corazón si nuestro tiempo dice stop.
No sé, en realidad, no sé. Estoy un poco confundido, usted me perdone. A veces cuando voy a uno de esos lugares en los extrarradios de la ciudad que queremos perder de vista para no enfrentarnos a lo desconocido, esos sitios llamados cementerios, camposantos o como usted quiera llamar, me sumo en la perplejidad. Cuando estoy allí pienso en la finitud y en las vidas que nos gritan su presencia desde el otro lado, su lucha para no hundirse en el olvido.
¿Nos creemos inmortales, verdad? Como si nuestra línea fuera ilimitada. Una carretera sin horizontes marcados. Aquí nos aguardan muchos que pensaban como nosotros cuando amanecían sobre la dura tierra. Observo sus lápidas, sus nombres, sus rostros que miran con esos ojos a un objetivo inquietante. Parece que quieran gritarte su historia, esa necesidad tan humana de pervivir en la memoria de otro, de ser importante para alguien, dejar su pedacito de huella en la epidermis o en los interiores de tu piel. Recorro esas calles iluminadas con las primeras luces de la mañana y aquel hombre, aquella señora mayor, el niño aquel rodeado de angelitos blancos, el joven y su emblema del equipo favorito de fútbol, parecen desearte explicar su peripecia. Que, por favor, dejes reseña de su paso en el sufrido papel en su limitada eternidad. Te quieren referir que la extraña dama les cogió a contrapié. No esperaban que ese momento fuese el suyo. Bueno, algunos sí lo temían, te apuntan algunos, los menos.
Escucha el sonido de sus voces enérgicas, calmas, asombradas, vitalistas, desencantadas. Tus ojos recorren la geografía del silencio. El espacio aquel que invita a estar contigo mismo. Cuentan episodios, anécdotas, sucesos, sueños, esperanzas que quién sabe si hoy vivirán en el espíritu de otros.
Recuerdo que una vez leí la historia de un escritor anónimo, que escribía las biografías de otros, ciertas o inventadas, en tono serio, dramático, cómico, futurista, ilustrado o pedagógico. Este buen señor escribía las historias de vidas desconocidas para el gran público. De esos hombres y mujeres que usted yo nos cruzamos por la calle, en el metro, el autobús y se toman un café a nuestro lado en la barra del bar o se sientan juntamente a nuestra vera en el cine para ver la película de moda. Estos seres humanos, como usted y como yo, quieren sobrevivir a la desaparición, resistirse al olvido. Desean demostrar a todos que sus vidas tienen importancia y no merecen caer en el saco de la basura. Como alguna vez caemos todos y más en el último batacazo de la muerte y su colecta siempre en fechas inesperadas.
De mí tengo más bien poco que decirle, a usted que no sé si está leyendo. Nací un día del que casi nadie recuerda la fecha ni aun los amigos más veteranos que siempre se olvidan de llamarte en los cumpleaños. Fui amado por una familia como la suya, en la verdadera tierra del hombre, la infancia. Me sentí amado e importante para la persona que más te querrá en todo tiempo: mi madre, tu madre, nuestra madre.
Luego cuando la juventud me saludaba para decirme adiós, contemplé asustado que pisamos el territorio de la soledad mucho más de lo que pensamos. La familia, los amigos eternos, los fugaces amores, vienen y se van en este puerto transitorio y tú te quedas en medio del andén sin saber muy bien para dónde tirar. A algunos les va medio bien y alguna mujer que pasa por allí, normalmente sola, dice: “Este para mí”, y te embarcas en el fugitivo pájaro de la felicidad que algunos llaman pareja y los más convencionales matrimonio. Y te casas o te arrejuntas y tienes hijos y una hipoteca y fines de semana con los suegros y películas de Disney a todas horas y obligaciones laborales y domésticas y sociales. Y todo eso.
No es mi caso. No sé si para bien o para mal. No soy un tipo socialmente de provecho mediada la cuarentena, camino del declive. Ya se puede usted imaginar, hágase cargo. Algunos me han dicho: “¿No estás casado o separado? ¿es que eres de la otra vía? Te quedas sin saber muy bien qué decir. ¿Para que gastar saliva y comentar que todos no estamos fabricados con el mismo molde? Y lo peor es que tú querías ser un tipo convencional, calcar el cliché social que te rodea pero en la tómbola de la vida a uno no le tocó esa papeleta, hágase usted cargo o no, quién sabe, si las velas de su momento discurren por el río de la vida normal y del común. Quieres ser un hombre corriente y moliente y no te sale.
No sé, cierta envidia si le tengo, mire usted. Le veo en las tardes soleadas de domingo y en los festivos acompañado de su mujer e hijos, arreando con el coche-bebé y comprando a sus vástagos pipas, caramelos y chuches y me da un no sé qué en el corazón, que no sé bien explicar. No por el rollo de la descendencia y trasladar a mis hipotéticos hijos el apellido de la familia, por cierto bastante comunes en el paisaje social. Quizás todos huyamos de la continua soledad y sea cierto el dicho bíblico: “No es bueno que el hombre esté solo”. Porque la soledad conduce al ensimismamiento y el ensimismamiento a aislarse y el aislamiento a la manía y la manía a la desconfianza y desconfiar a la ira, al escepticismo y el descreimiento, a no creer en nada y en nadie, muy en boga en los tiempos que corren. Desconozco si usted puede entenderme pues comprendo que usía mira la realidad desde un castillo diferente. Y usted está rodeado de juguetes, películas infantiles, fotos familiares, pañales, bragas y letras de hipoteca.
Servidor cuando llega cada tarde del trabajo se encuentra con el silencio en la casa y nadie sale a recibirme para preguntar cómo me ha ido el día ni recibo broncas ni un beso ni nada de nada. Los platos se apilan en el lavadero, las botellas de vino finiquitadas en la galería y la pila de ropa en el canasto y el arsenal de dvds a los pies del tótem televisivo. ¿Qué le voy a contar de su vida de soltero?
A lo mejor uno está engañado y usted también se contempla como un derrotado de su vida. Porque usted quería triunfar en el plano social y la vida familiar le ha cortado las alas. Porque usted quería ser alguien y que le besásemos el culo a su paso y está limpiando cacas y dando biberones y no tiene suficiente pasta en la cartera para largarse cuando le plazca y hacer de su vida su propio largometraje. Y me tiene a mí envidia, mire usted. No, si al final los dos coincidiremos en que el estado del hombre es la insatisfacción permanente y la lucha consigo mismo.
¿Y el trabajo, qué tal? A mí para qué decirle, ni fu ni fa. Ni chicha ni limoná. Mi admirado Luis Felipe de la Gorgolla no hace más que insinuarme: “No hay nada más indecente que levantarse antes de las 12 de la mañana”. A veces, muchas veces, demasiadas veces me pregunto cuántos y cuántas trabajarán en algo que no les gusta pero necesitan para sostener su montaje. Cuántos y cuántas se acostarán con alguien por quien ya no sienten lo suficiente o nada y cada noche les muestran el culo de vuelta en la cama. Estos y estas sí que están muertos en vida. Insatisfechos de su panorama laboral y desanimados de su vida afectiva. Mejor ser derrotado solitario que vencido social.
¿Se acuerda usted de sus sueños de infancia y juventud? ¿En qué ocasiones ha traicionado usted al niño y al joven que fue? ¿Cuándo se mira al espejo se reconoce o siente que ha engañado a sus sucesivos yoes? Al niño de cinco deditos vitales, al adolescente de quince esperanzas en el bolsillo, al joven de veinticinco besos en sus labios, al treintaycinco añero que ha recortado sus objetivos vitales y profesionales y analiza preocupado la arribada del fantasma del declive? No sé. Quizás le esté calentando en exceso la cabeza con tanta pájara mental. Usted perdone.
Y a mí qué me cuenta de tanta memoria y tanto olvido y tanta importancia y si estoy a gusto o no con la vida que llevo. ¡Déjeme ya, hombre! Y le suelte a otro el sermón este que para rollos ya tengo a los políticos, a mi jefe, a la suegra y a mi mujer con los chiquillos. No necesito que venga un tío lunático a calentarme la cabeza. ¡Déjeme dormir y a usted le vaya bien, señor mío!
Adiós, muy buenas.

GLORY DAYS. UNA APROXIMACIÓN A “LO NORMAL” DE RAFAEL CAMARASA. Por Juan Lozano Felices.

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Decía Gil de Biedma que, de casi todo hace ya veinte años. Pero, a medida que van cayendo las calendas y el cabello, incluso el cálculo temporal y nostálgico del poeta se queda corto, y uno se ve en la necesidad de ir cambiando de guarismo. Pronto habrá que comenzar a decir que, de casi todo hace ya treinta o incluso cuarenta años. Me pasa con Rafa Camarasa, con quien poco he tratado hasta ahora pero que conocí en Elche cuando vino a presentar su poemario “Algunos corazones solitarios” al que habíamos concedido el Premio Lunara de Poesía en el año de los fastos olímpicos. Ayer, veinticinco años después, se presentaba en Elche su estupendo libro de relatos “Lo normal” en cuidada edición de la valenciana Contrabando. La presentación estuvo a cargo del editor Manuel Turégano y del escritor Jesús Zomeño. En la larga y distendida conversación que mantuve con Rafa, luego prolongada durante la cena, hablamos de aquella ocasión y de otras cuestiones como la conexión poética Valencia-Elche en los ochenta y noventa, como vasos comunicantes que propiciaron que autores ilicitanos como Gerardo Irles, Juan Ángel Castaño, Julio Soler o Jesús Zomeño editasen sus libros en Valencia y que Uberto Stabile, Fernando Garcín o Rafa Camarasa lo hicieran en colecciones nacidas en Elche. Hablamos de aquella “generación espontánea”i de inspiración beat en la Valencia de los ochenta, paralela a la escuela valenciana que lideró la poesía de la experiencia con autores como Vicente Gallego o Carlos Marzal. El por qué estos triunfaron y aquellos no, como mantiene Rafa, fue una cuestión de visión, de querer “estar ahí” y formar parte del canon, y cuya obra hoy discurre por otros cauces. En todo caso, es de justicia (y no hablo de justicia poética sino de justicia material) el que miembros de esa generación vayan recibiendo el reconocimiento que merecen. Jesús Zomeño y Rafa Camarasa han sido galardonados recientemente con el Premio de la Crítica Valenciana y con el Barcarola de Poesía, respectivamenteii

La dedicatoria que de su libro me hizo Rafa ayer viene a subrayar, a ritmo afilado de tango o de arrebatado bolero, que la amistad es capaz de subvertir convenciones, ya sean temporales o de las otras; y comenzamos a hablar como si el cuarto de centuria que había pasado no fuera más que niebla que desaparece por ensalmo: “A Juan, recuperando con este libro una amistad que viene de los gloriosos ochenta”. No, no voy a continuar hablando de los ochenta, no voy a contar, como diría Bruce Springsteen, historias aburridas sobre los días de gloriaiii, pero ahí queda el título de esta reseña, como metáfora y como símbolo, porque me gusta y porque sí, y porque estoy seguro de que, al autor de “Lo normal”, también le parecerá bien que así sea.

Vayamos pues al libro de Rafa Camarasa. “Lo normal” son diecisiete relatos, de más o menos extensión. Las dos citas que sirven de pórtico al corpus narrativo están muy bien traídas, revelan y dan el tono. Como glosa del libro y del autor, uno tendría bastante con el magnífico prólogo de Cisco Franiv; sin embargo, en esta como en otras ocasiones, uno siente la necesidad de expresar, aunque sea sucintamente, las impresiones de su lectura.

A propósito de la dicotomía que está en el origen de este libro, nos dice su autor en una reciente entrevista que “la gente que se define como normal es extraña y, a los que tienen algo de sentido común, los tildan de raros”. Bien sabemos que, en este mundo globalizado, la independencia queda gravemente comprometida y el que se sale de la norma es, en paradójica inversión de valores, un a-normal, aparte de no salir en la foto.

También nos dice el autor de “Lo normal” que “detrás de cualquier persona, aparentemente equilibrada, hay un caos emocional latente, como una especie de volcán que puede entrar en erupción en cualquier momento. Un fenómeno que quizá está interrelacionado con cómo funciona la sociedad que nos rodea y cómo nos influye”. Encontramos pues, en estas reflexiones, algunos de los resortes de estos cuentos, las claves cardinales que los mueven y el terreno resbaladizo que hollan. En definitiva, lo que hace Camarasa es reflexionar sobre la vida desde su poética, ya sea en forma de cuento o de poema. Algunos de estos cuentos, como huevos de Pascua, deparan sorpresas; otros nos conmueven; otras historias están teñidas de lo mágico cotidiano como emanación de la vida; otros podrían tener una filiación surrealista, pero es un surrealismo controlado y al servicio del relato.

Camarasa, sin duda, ha asumido la tradición del relato fantástico y la lleva incorporada a su cadena de ADN. Quizás, en los niveles más profundos de estos cuentos, podríamos percibir ecos lejanos de Kafka, de Cortázar, de Italo Calvino, de Bradbury, incluso de ese escritor de disciplina shandy que es Vila-Matas. A veces, un relato nos produce el efecto de hallarnos frente a un espejo que nos devuelve la imagen distorsionada del entorno; otras, frente a un puente que nos invita a pasar al otro lado, “un puente hacia la otredad” como dijera Jaime Alazkari de algún relato de Cortázar; en otros anidan emociones y sentimientos como la tristeza, el desconsuelo, la nostalgia o la culpa.

Un estudio analítico del libro, con comentario para cada cuento, aunque fuese de los más destacados dentro del nivel altísimo del conjunto, sobrepasaría con creces el propósito de una reseña. Como solución, me van a permitir una suerte de juego gastronómico-literario, confeccionando un menú nada convencional. Como coctel de bienvenida, ninguno mejor que “Embotellados”, ligero y refrescante. Como aperitivo, propongo el conmovedor “La playa” que, además, es el primer relato que nos sale al paso y, cuyo final, merced al truco del buen ilusionista, te deja tocado. Como primer plato sugiero “Siesta”, el maravilloso cuento de paradojas temporales que todos querríamos haber escrito. Lo regaremos con un tinto de buen cuerpo como “Tristes tigres”. Como segundo ofrezco el extraordinario “Mapas” que es, según su autor, un relato antiguo ahora adelgazado en varias páginas, plato con una original fusión de sensaciones, que deja en la boca un final agridulce. Para este segundo plato propongo un caldo envejecido en barrica de roble francés, pudiendo acudir a “El ataque de los clones” o a “Lo normal”. Como final, sugiero el delicioso postre casero “Correspondencia”. Este relato se incorporó a última hora a petición del editor, que consideraba que el libro quedaba un tanto desnutrido, como el buzón protagonista del relato. No fue algo deliberado, Rafa confesó que lo reservaba para iniciar otro libro, así que su acople aquí es todo un regalo y un lujo. Y, para la sobremesa, nos reservaremos un licor fuerte y fermentado, apenas un chupito, “Sin manos”.

Leer a Rafa Camarasa me produce una gran sensación de libertad, la suya al escribir y la mía al asumir la lectura, pero la libertad siempre conlleva riesgos. Pero qué es la literatura sin riesgos, qué es la literatura sin imaginación, sin disensión, sin magia ni locura. La literatura, o es emoción o no es nada. Y estos relatos transpiran emoción por todos sus poros. Llegado al final, creo haber cumplido mi propósito de no hablar de los ochenta. Pero sé que, la próxima vez que vea a Rafa Camarasa, hayan pasado dos, seis meses u otro cuarto de siglo, el muro de los años volverá a caer y volveremos a hablar de aquellos aburridos días de gloria. Después de todo, acaso los días de gloria no son un mito que sobrevive solo en la memoria de quienes los vivieron.

Elche, 3 de junio de 2017

Juan Lozano Felices.

i Denominación debida a Fernando Garcín, como nos recordó Jesús Zomeño en la presentación.

ii El libro de relatos de Jesús Zomeño es “De este pan y de esta guerra” (Ediciones Contrabando, 2016), el de Rafael Camarasa, aún sin publicar, “Sin noticias de Liliput”.

iii “Glory Days” es una canción de Bruce Springsteen, perteneciente a “Born in the USA” (1984). La canción cuenta una curiosa historia. En un bar de carretera, el cantante encuentra a un amigo de la adolescencia, gran jugador de béisbol cuando ambos iban al instituto. Toman cervezas y hablan de “los aburridos días de gloria”.

iv Vocalista y líder del grupo “La gran esperanza blanca” y también autor del libro de relatos “Barbería”.