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ELLOS, por Francisco Gómez

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A Paca y su amor más allá del tiempo

Siempre estaban allí. Soplaran vientos, soles y lunas. Ellos continuaban en el lugar como un homenaje de amor permanente que desafiaba el languidecer del tiempo y la injusticia del olvido.
En aquella calle que soplaba frío y soledad, que auguraba derrota entre las filas de personas que fueron y ya no están, o sólo se encuentren en los desvanes del recuerdo de algún corazón anónimo que naufraga en medio de las arterías de la ciudad rápida y sin amor.
Ellos, una y otra vez, permanecían allí en su desafío sencillo a la arena imperceptible del reloj y al dolor de la memoria. La muerte lo arrebató de su vera un mal día que mejor hubiera sido que desapareciera del calendario. ¿Pero quién puede controlar los designios del destino, el mal capricho de un día cualquiera? ¿quién sería capaz de manejar las hilaturas de la fortuna?
Murió asfixiado en un pozo y sus padres supieron del dolor que no se puede apagar, de penas sin consuelo, de llanto en noches insomnes, de rabia sin entender por qué. Las tardes se llenaron de vacío, de soledad, de evocación con los proyectos por realizar y los sueños que cumplir, que ahora quedaban dormidos bajo descanso eterno.
Ellos, los padres de un jinete que amaba los caballos, estaban allí una y otra vez. Fin de semana sí y otro también. En un ejercicio permanente de memoria que lucha contra el olvido. En una necesidad íntima de proclamar a los cuatro vientos, a quien le importase en aquel promontorio alejado de la ciudad que pronto olvida, que ellos no apagarían la llama de la memoria. Que ellos guardaban un altar en sus corazones para el hijo que se marchó demasiado pronto.
La dignidad y el honradez del hombre vestido rigurosamente de negro impresiona. Es un signo de amor, de su verdad, de constancia. De amor más allá de la muerte. “Yo también seré polvo más polvo enamorado, siempre recordándote, amándote, hasta que nos encontremos donde sea”.
Es un hecho cierto que los grandes amores no puede truncarlos el olvido, el calendario de la fugacidad. Que los amores de piel, de entraña, no se ven aunque el tiempo, concepto relativo donde los haya, trate de restañar heridas, poner árnica sobre la superficie de la piel. Es imposible olvidar cuando el amor es de verdad y más si nace desde dentro. Sucedan inviernos, primaveras o estíos. El recuerdo de lo que es, lo que pudo haber sido, lo que fue, permanece en las fuentes del alma.
Esta pareja, ya mayor, vestidos de negro, con surcos de vida vivida, atravesándoles como ríos de experiencias el rostro, causaban una honda sensación. Respeto. La unión madre-padre-hijo nunca se rompería a pesar del zarpazo de la muerte. Mientras un corazón recordase a aquel que estaba al otro lado, no sería definitivamente difunto. No habría desaparecido del espacio de los vivos, del escenario de la imaginación de sus padres, siempre allí y sus hermanos que recordarían y evocarían con su presente ausencia los días juntos, los días amados cuando la guadaña no los había separado y estaban físicamente unidos.
La madre llevaba aún con más hondo pesar la carencia. Es un lazo que el padre aunque lo intente, no puede alcanzar del todo. Pero esta mayor unión provoca mayor dolor. Un dolor interno que a veces no le permite sugerir los momentos felices transcurridos juntos. Una herida insondable, sin tregua ni final. Un bisturí ilimitado que horadaba sus sentimientos más allá del tiempo.
El padre, también atravesado por el dolor de la ausencia, el golpe del sinsentido, aguantaba mejor la posición. Ël prefería recordar, volver a vivir los momentos felices que había sentido con su hijo. Su amor incondicional por los caballos y los carruajes que sacaba a la calle en las festividades más celebradas de la ciudad, en los momentos claves de la ensoñación colectiva del pueblo, en los instantes dichosos que la familia compartió.
La postura de aquel hombre sabio, vencido por la carrera de la edad y las mareas del tiempo en su piel, asfixiado por el peso del recuerdo, era quizás las más inteligente. Seguir adelante a pesar del dolor, a pesar de la pérdida, de los días dichosos grabados en su mente y corazón hasta que inspirase su último aliento y se uniera al territorio lleno de dudas e incertidumbres con el hijo que, tiempo antes, una fecha aciaga, había partido de viaje para enseñarles el camino que ellos habrían de recorrer más tarde.

 

Francisco Gómez
Relato incluido en el e-book “Al otro lado”

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/al-otro-lado-de-francisco-gomez/

LOVE MATER, por Francisco Gómez

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Me resulta fácil explicar por qué estoy aquí pero más difícil tratar de desenrollar la madeja que provocó mi comportamiento y desenvocó en la tragedia.love-mother-2
Llevó muchos días sin ver el sol, sin moverme apenas de estos limitados metros cuadrados. No me importa. Tengo suficiente con la luz que irradia desde ella y calienta mi indomable corazón. Aquí apenas tengo amigos pero como dice una canción de mi admirado Loquillo: “No vine aquí para hacer amigos”. Estoy en este lugar por una culpa que cometí y que hoy volvería a realizar una y cien veces. Aquí purgo mi pecado de extrema violencia. La violencia es el único lenguaje que entienden algunos y en este ambiente es el caldo ideal para la supervivencia. Con la educación, la cultura, los tipos que están arriba quieren aborregarnos, amansarnos, domesticarnos pero en el interior del hombre corre desbocada la semilla de la lucha, el germen del animal que habita en nosotros y pugna por salir a la superficie para reconquistar el espacio que le han robado los buenos modos y modales, la tolerancia, la convivencia, la integración y todos esos rollos con los que pretenden engañarnos. Si aquí no eres duro y fuerte, te conviertes en un machaca y te pisotean y pasas a ser el hazmerreír de estos tipos. Y de mí no se ríe nadie si yo no quiero y quien ofenda a mi madre probará el sabor demoledor de mis puños.
Las manos de este hombre son duras y ásperas como su vida. Manos grandes y leñosas con dedos robustos y potentes. Manos que temer si pruebas su contacto. Manos de personaje a quien todo le ha costado mucho. En el reverso de los dedos de su izquierda figura la siguiente inscripción grabada en su piel: L en el meñique, O en el corazón, V en el anular y E en el índice, con un corazón en el pulgar. Es decir: LOVE. El pulgar de su derecha arranca con la M, el índice con la A, el anular con la T, el corazón con la E y el meñique con la R. La frase que corona sus dedos esculpida a fuego sobre su epidermis: LOVE MATER.
Sus compañeros lo saben y conocen el motivo por el que está allí. Entienden que no dice las cosas en vano y lo respetan. Casi todos ellos tienen madre y saben que estos seres dignísimos y humildísimos son las únicas personas que nunca les fallarán, aunque ellos se hayan fallado a sí mismos y ahora estén desvinculados del mundo en aquel rincón perdido. Las madres son las personas que jamás les dejan en la estacada a pesar que el hijo sea el mismo demonio.
Pero veamos algo más del entorno que rodea a este hombre envuelto en sus cavilaciones y soledades. Encima de la pared que habita, ha escrito con letras de sangre una frase que se antoja radical y lapidaria. Sus muñecas están vendadas y cortadas pero él está orgulloso de su acto que se le antoja noble. Auténtico. La sentencia dice así: “Tenlo claro, amigo. Nunca nadie te querrá más que tu madre”.
Lo hice una vez pero lo haría dos, tres, cien veces. Estábamos en un bar, olvidándonos de la monotonía y los sinsabores de la semana y el tipo se empinó más de la cuenta. Se metía con todo el mundo e insultaba como una ametralladora. Hasta que sus procacidades llegaron a mí. Si hubiera insultado a mi persona, me la sudaría. Si me hubiera dicho que me follaban daban por culo veinte negros sería indiferente. Pero se metió con mi madre. Con las palabritas que todos pueden imaginar. Y por ahí sí que  no paso.  Le pedí que retirase sus palabras y el tipo se rió de mí en plena cara. Acercó su asquerosa boca a un palmo de mi rostro y siguió con sus maledicencias. Se lo dije por última vez: “O retiras lo que has dicho o te mato”. Siguió insultando a mi madre delante de mí y empezó la guerra. Le solté una ensalada de hostias, una tras otra. Mis manos, mis nudillos se embadurnaron con su sangre detestable. Le reventé la cara a guantazos. Creo que le rompí el cráneo. Le pegué y pegué y pegué hasta que murió. Quedó tendido en el suelo como un guiñapo.
Llegó la policía. Me esposaron y al calabozo. Declaración ante el juez de guardia y a la cárcel. Meses después, juicio y condenado a quince años de prisión por homicidio. El abogado quiso disculparme con la atenuante de locura transitoria. Lo negué. Sabía lo que hacía y actué en conciencia. Aquí estoy. Lo haría una vez y otra, otra, otra. Nadie se mete con mi madre y sale bien parado. Ella ahora no puede defenderse pero tiene a su hijo para protegerla. Respondo de mis actos y los asumo hasta el final. Aunque traigan silencio, incomprensión y soledad. Los golpes me han hecho fuerte y encajo como un fajador los reveses.
Siempre me ha gustado el boxeo, como una forma igual que otra cualquiera de amansar la bestia que vive en mí. He sido esparring de púgiles que nunca han llegado a nada en el cuadrilátero. Si hubiera tenido más suerte y alguien que confiara en mi talento, podría haber sido alguien en este mundo. Desahogaba la rabia, el inconformismo con mis puños ajados contra el saco. Y luego las pesas, los abdominales, las carreras, los compases para esquivar al contrario en la lona. Para acabar siendo el telonero de tipos que nunca ganaron ningún campeonato. Muñecos rotos que acabaron en la indiferencia y el olvido del público. Yo pude ver mi destino antes de tiempo y escapar a la desolación de mi suerte. De soñar con ver mi nombre en los carteles con chicas que esperasen dispuestas al final del combate, acabé como un lobo estepario más y currando como estibador nocturno para una trasatlántica. Seguí dándole con fuerza y desesperación al puching-ball cada madrugada al salir del trabajo.
Mis manos son martillos pilones y mis brazos palancas en tensión. Los oídos del talego funcionan de maravilla y los presos se enteraron rápido del motivo de estar entre rejas. Y sé que algunos quedaron impresionados pero otros tipos querían comprobar si era tan fuerte como aparentaba. Y los kie de los módulos apostaron a favor y en contra de mí. Reconozco que apenas trato con mis compañeros. Me da igual que sean españoles, extranjeros, talegueros, reincidentes, camellos, psicópatas,asesinos o violadores. No tengo nada que ver con ellos ni me importan sus vidas.
Los poderosos de la trena supieron buscarme las cosquillas. Mi vida se centraba en levantarme, desayunar, recuento, bajar al patio y quedarme aislado en un rincón sin hablar con nadie o hacer pesas para fortalecer mis manos, brazos, tórax y espalda. Pero vino ese tipo, alto como una torre, ancho igual que un puente, musculoso como un adonis guerrero y me increpó. Volvió a insultar con las palabras malditas y escupirme en la cara. Lanzó veneno que me emponzoñó otra vez el alma y me levanté. Le solté un gancho en la barbilla que lo dobló. Machaqué sus costillas, le reventé el tabique nasal y dejé sus ojos hundidos como tomates podridos. Él también me sacudió bien pero ya he dicho que soy un fajador que se olvida del dolor propio cuando busca el ajeno. Nos machacamos en medio del cuadrilátero que era el patio, nos destrozamos, nos despedazamos. Pero yo triunfé. El tipo estará de vacaciones en la enfermería una larga temporada y yo estoy aislado en la celda de castigo. No importa. Soy duro y resisto los embates del destino. Ojalá el kie que apostó sus billetes contra mí se haya dejado una pasta gansa.

La luz del crepúsculo cae sobre los barrotes del chabolo. Alguna golondrina emite su melodía de libertad. Las primeras sombras nocturnas se apoderan del cuadrilátero carcelario. Una voz parece hablarle. Una luz surge en un rincón.

-¿Por qué te haces daño luchando contra los demás en mi nombre?
-¿Quién eres?
-Soy quien tú más quieres
-No puede ser cierto. Tú te fuiste hace mucho tiempo.
-Soy tu madre. Su conciencia. Estoy aquí para hablar contigo, hijo mío.
-Esos canallas maldicen tu nombre y yo te defiendo. Lo hice y lo haría una, dos, cien veces.
-Por favor, no derrames más sangre en mi nombre. La violencia vuelve contra ti y nunca cerrarás las heridas de tu vida, de tu corazón.
-¿A quién le importa?
-A mí. A tu madre.
-La vida es lucha, madre, guerra de todos contra todos.
-También es amor, entrega, generosidad, ternura, besos y abrazos.
-Yo no sé lo que es eso desde hace mucho tiempo. Desde que te fuiste una terrible tarde de verano…
-Ya sé que no has recibido en esta dura tierra el amor que buscabas, el afecto que ansiabas pero siempre he estado contigo, dentro de tu corazón y en tu pensamiento para que busques y encuentres el fugitivo pájaro de la felicidad.

-Mamá
-Hijo mío

Y se fundieron en un abrazo definitivo, infinito. Y se fue con ella a otra tierra más azul.
Francisco Gómez

Del libro “Sueños de nadie”

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Fumando espero, por Francisco Gómez

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cigarette-166829__340Aquí estoy. Con mi amigo, mi compañero y confidente en tantas soledades recorridas juntos por tantos caminos de incertidumbres y esperanzas escasas. Él y yo, juntos, haciéndonos compañía por las rutas inciertas de la vida. Besando una y otra vez mis labios, impregnándome de su olor, su sabor, de su aroma subyugante, de su sensualidad sibilante en forma de volutas de humo que se van y anudan en las nubes.

Tengo rastros indelebles de tu presencia en mí que no me causan pesar. Al contrario, son roces de cariño que me enorgullezco marquen mis dedos de amarillo, los dedos índice y corazón. Los bronquios, bronquíolos y alvéolos pulmonares comparten su presencia en mi cuerpo con tus rastros de nicotina y alquitrán pero a mí no me importa.

Tú eres compañero de tantos instantes juntos, has sido amigo de tantos momentos alegres y otros desolados. Y tú, siempre has estado ahí alargado, afilado, blanco, elegante, sensitivo ¿Cuántos amigos no he hecho compartiéndote? Unos, con la carrera de la edad, se fueron pero otros han quedado. ¿Cuántos amores e historias conquistadas saboreando unos labios de carmín que dejaban su rastro en tu filtro? Compartiendo besos con tu sabor, mientras cruzábamos confidencias al oído con gusto a labios de tabaco, besos de tabaco, mirada de tabaco.

Luego vendrán los agoreros y los conversos –los seguidores de la nueva fe- echando pestes de tus bondades. Que si todos somos fumadores activos o pasivos, que a todos nos perjudica inhalar el humo del tabaco. Y todo tras el advenimiento de la ley inquisitorial antitabaco.
Los fumadores nos hemos convertido en perseguidos, apestados, señalados con el dedo por nuestra iniquidad. Nuestra maldad de contaminadores del ambiente cuando muchas veces quienes crean malos humos son otros de mentes recalentadas y lenguas viperinas.
Esta maldita manía de excluirnos, separarnos, señalarnos en bares, restaurantes, cafeterías y ahora, algunos ayuntamientos quieren dividirnos hasta en las playas. Cuando la vida es unión, fusión, multiplicidad…
Por favor, déjenme anegarme en la humareda del tabaco, en su sensualidad y en sus derrotas. Pero los aguafiestas están ahí, para soltar su manotazo a la altura de nuestros labios y disuadirnos con sus argumentos siniestros. Ahí está el tal David San José y su obra “El tabaco” donde el tío dice en la introducción que “En lo que se tarda en leer esta obra –media hora- doscientos fumadores más perderán la vida, la sanidad española gastara 200.000 euros para tratar enfermedades directamente relacionadas con el tabaco y se fumarán mil millones de cigarrillos en todo el mundo…”.

Vivimos acosados, asediados. Por unos inquisidores que no nos dejan consumirnos con nuestro placer, por un estado hipócrita que dicta qué es lo bueno y malo, lo legal, ilegal y alegal. Déjenme vivir mi vida y perderme por los caminos que yo quiera, joer, y si nos encontramos, tanto gusto. Pero déjenme fumar, exijo combustionarme con el aire infecto horadando mis pulmones, untando mis labios y papilas gustativas con el sabor del alquitrán. Déjenme naufragar en mi vicio hermoso.

Fumando espero al cigarrillo que más quiero pues él nunca me abandona y sí familiares, amigos y amores. Hasta el último día su aliento, aroma y sabor me acompañará con los labios y la nariz infestada de nicotina y aún ese día pediré que dejen a mi lado dos cajetillas para ser mis fieles compañeras en la travesía por el viaje definitivo.

A mi padre y tíos que se han dejado la vida y los pulmones calada a calada

Francisco Gómez

Mirada, de Francisco Gómez

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child-420246__180-1Miraba su vida frente a la mar y no veía nada. A estas alturas cuando casi todo tenía que estar medianamente confeccionado, estaba casi todo (por no decir todo) en el más absoluto aire. La vida era todavía y quizás para siempre una gran incógnita por resolver. Lo peor (o lo mejor) es que quizás siempre sería así. Entonces sus grandes proyectos vitales, ¿se convertirían en agua de borrajas?, entonces ¿su vida sólo se antojaría un lapsus de humo y olvido?
Miraba la mar y la veía tan profunda, inmensa. Indescifrable.
Observaba a su alrededor la vida de todos los días y el personal aparentaba felicidad pero quién sabía qué verdadera marejada se ocultaba entre las caretas de sus rostros. ¿Qué verdades ocultaban los ojos cerrados de los edificios?
Lo cierto es que los zapatos cada vez pesaban más, las distancias entre las avenidas eran más lejanas y los centro de atención multitudinaria, espacios más hostiles. Quizás a partir de ahora fuera siempre así in secula seculorum. Y la mar estaba junto a él, frente a él, callada, silenciosa, misteriosa. Arcana como siempre.

Los miedos de Jesús Zomeño, por Francisco Gómez

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978849458832

El escritor y poeta Jesús Zomeño acaba de sacar a la calle su último libro de relatos “Querido miedo”, un libro que al decir de su prologuista, Juan Lozano, es el más generacional de cuantos nos ha mostrado a sus lectores hasta ahora. Son historias ambientadas en los años 80 cuando los protagonistas de sus relatos y el mismo autor eran jóvenes y el tiempo les esperaba a ellos y por tanto soñaban con ser inmortales.
La presentación de este nuevo volumen (editorial Sloper, segundo texto que publica con esta firma tras “Lengua azul”-2008) tuvo lugar en la librería Ali-i-Truc de la “city” de Elche, pocos meses después de presentar su último libro de soldados de la Guerra Gorda (“De este pan y de esta guerra”, editorial Contrabando-2016)
Según explicó el mismo Zomeño, estos relatos surgen tras la vuelta a la casa del padre cuando éste enferma y revisa una carpeta con historias que escribió treinta años atrás cuando los 20 años asomaban por la primavera de la vida y la conciencia del futuro, la madurez o la enfermedad eran sombras apenas intuidas. Cuentos revisados desde la madurez y una mirada nostálgica e irónica a la infancia que dejaba atrás con los bocadillos que vendía en el colegio Víctor Pradera en los recreos para pagarse el viaje de fin de curso, texto desde el que parte “Miedo” en un cuento único en la primera parte. Como subrayó Jesús Zomeño, esta etapa fue decisiva pues acabar octavo de EGB significaba dejar atrás la infancia y en su caso empezar el instituto y cambiar de vivienda al otro lado de la ciudad donde la amistad estaba por conquistar.

20161103_205719_resizedEl presentador de la obra, el poeta Juan Lozano, indicó que “es el libro más generacional de Jesús Zomeño. La portada ya ofrece información desde la dicotomía del título. Los protagonistas han dejado la infancia y la adolescencia y sienten pertenecencia a un grupo”. Lozano destacó que el libro rezuma un sentimiento de cierto fracaso. Emoción quizás intensificada por el regreso a la casa de los padres cuando se hacen mayores y descubre esta carpeta con estas historias escritas antes de su primer libro de relatos “Cuestión de estética” con una olivetti studio 44.
Lozano recalcó sobre “Querido miedo” que “a los 20 años se tiene toda la vida por delante y estos cuentos están escritos con nostalgia pero sin resentimiento. Leerlos es reencontrarse con viejos amigos. Son memoria sentimental de una época (como el nombre de una cafetería que da título a uno de los relatos) a la salsa agridulce. Los veranos en Santa Pola, la películas de Serie B, el paso del cometa Halley, el desastre de Chernobyl, ambos en 1986, los comics de El Corto Maltés, la Luna de Valencia, las discotecas de barrio, los viejos libros de la editorial Losada donde leímos a nuestros poetas…”.
El autor. Jesús Zomeño. desveló que tuvo problemas con el editor por el título del libro que no le gustaba. “Es visceral. O gusta o no gusta nada. El primer cuento que abre y cierra la primera parte es simbólico. La despedida de la infancia y el miedo a dar el siguiente paso. La segunda parte “Querido miedo” se refiere a la adolescencia que luego se hizo cotidiana”. Señaló además que tres temas atraviesan las historias que puede disfrutar el lector; el amor y la juventud como simbolismo del optimismo y otra cuestión no menor, la reflexión sobre el paso del tiempo y sus desencanto con los problemas que trae. “Muchas veces aparece la figura del padre enfermo, el padre que no va a venir”.
Este libro “Querido miedo”, crónica generacional de un tiempo que nos perteneció y se marchó entre la nostalgia, el desencanto y la reflexión es un paso más en la carrera literaria de Jesús Zomeño. Adéntrense en sus miedos que fueron seguramente los nuestros porque todos fuimos niños y adolescentes y tuvimos 20 años y pensamos que el mundo era nuestro. Nos pertenecía y soñábamos con ser inmortales aunque la carrera de la edad nos descabalgó de tantas cosas que nos han llenado la mirada de nostalgia y abierto desencanto.

HIPOCONDRIACUS MAN, por Francisco Gómez

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-Hola, doctor, buenos días.

-Buenos días. ¿Cómo se llama usted, por favor?

-Luis Perezgil. ¿No lo sabía usted?

-Lo siento pero no. Soy nuevo aquí y aún no estoy al tanto de las historias clínicas de mis nuevos pacientes.

-Yo creía que ya conocería mi caso.

-Lamento tener que decirle que no me ha sido posible. Disculpe, ¿dígame qué le ocurre?

-Siento como unos pinchazos a la altura del pecho, en el corazón, que no me dejan dormir por la noche. Noto como unas palpitaciones y una sensación de ahogo que me causan gran inquietud. Hace dos días, andando en plena calle, me pegó una arritmia y me dejó K.O. en el bordillo de una escalera. Estoy muy preocupado, doctor. Temo que pueda pegarme un infarto o una angina de pecho.

-¿Le han vuelto a dar más arritmias?

-No, señor, pero las palpitaciones y los pinchazos continúan cuando me acuesto en el sofá o voy a la

cama. A veces siento miedo de ir a descansar y echarme en mi habitación.

-Tranquilícese, tranquilícese. Probablemente sea un típico cuadro de ansiedad motivado por preocupaciones que tenga usted.

-O quizás sean los prolegómenos de algo peor que me lleve al otro barrio. Por favor, háganme los análisis correspondientes, los electrocardiogramas necesarios y las consultas con el especialista pertinentes. Ahora vivo en un estado de intranquilidad permanente que no le deseo a nadie.

-¡Está bien!, ¡está bien! Le tomaré la tensión…Yo la veo bien, quizás un poquito alta la baja, 9-12.

-¡¡¡Auscúlteme, por favor!!!

-De acuerdo, de acuerdo…pero mantenga usted la calma. Ya le he dicho que muy probablemente no sea nada. Traiciones de nuestro subconsciente. Tenga usted en cuenta que muchos de nuestros supuestos problemas vienen de nuestra mente y son cuadros psicosomáticos que no tienen correspondencia con nuestro funcionamiento fisiológico.

Pasan unos días, los suficientes para que nuestro amigo Luis Perezgil, al que a partir de ahora rebautizaremos como el enfermo imaginario, se impaciente aún más a la espera de resultados de sus análisis de sangre y electros varios. Llega el día de la consulta. Aguarda en la sala con expectativa inusitada el momento de entrar en el santuario del galeno y conocer de primera mano el veredicto sobre su destino.

-¡Está usted como una rosa, don Luis! Los niveles de colesterol, glucosa, transaminasas y otros indicadores son perfectos. El electrocardiograma que le realizó el doctor Pérez ha salido correcto. Incluso el especialista, si me permite que se lo diga, se molestó un poco porque comprobó que el funcionamiento cardiovascular de su corazón era el adecuado y me recomendó que él no podía perder el tiempo pues tiene pacientes más urgentes de los que ocuparse.

-Sí…¡pero yo siento esas palpitaciones y pinchazos en el corazón y no estoy tranquilo!

-Ya le dije que esas sensaciones podían deberse al estrés o la ansiedad que usted tenga por el motivo que sea. Si quiere, le receto un anxiolítico que le tranquilizara. Pero yo le recomiendo que se tome la vida con más calma.

-Ya, doctor, ya…pero yo no me voy tranquilo. ¡Mire que si se han equivocado de análisis o de electros…! ¿No me los podían repetir otra vez, por favor?

-No se preocupe. Todo está bien. No tiene motivos para estar intranquilo.

-Lo que usted diga pero no me han hecho una esfimografía.

-¿Cómo tengo que repetírselo, hombre? Si el especialista no lo ha considerado necesario, pues no sería pertinente hacerla. No se agobie, por favor. Todo está bajo control. Tómese este tranquilizante y ya verá cómo se encuentra mejor.

-No sé…no sé…A ver si voy a tener una miocarditis o son las primeras señales de un ictus o un aneurisma.

-Las tragedias para la Grecia clásica. Vuelvo a repetirle que su corazón está de maravilla y su sistema circulatorio no presenta ninguna anomalía. Tranquilidad y disfrute de la vida que está ahí fuera a la espera de que probemos su ambrosía.

-Me voy preocupado, señor. No me convence cuanto me dice.

Nuestro amigo Luis Perezgil salió de la consulta médica con una gran mosca tras la oreja. Las razones del facultativo no le habían acabado de convencer y seguía creyendo que su necesitado corazón le podía tender una jugarreta en el momento más inesperado. Aún no hemos presentado a nuestro héroe, para que tú, querido lector, puedas conocer un poquito mejor las circunstancias que rodean la vida de tan singular personaje. Luis es un hombre normal, solterón a carta cabal, que ya ha sobrepasado la cuarentena sin sobresaltos ni balances vitales que desestabilicen su vida y armoniosa. Vive en una ciudad de tamaño mediano, lo que le convierte en un ciudadano perfectamente anónimo entre otros miles que le circundan sin conocerle. Incluso para sus vecinos más cercanos es considerado un “poquita cosa” pues ningún rasgo físico ni de carácter sobresale en su personalidad. Su estado civil, como ya hemos dicho, es la soltería que él considera continua a perpetuidad. Una forma como otra cualquiera de andar por la vida. Nunca tuvo novia oficial con la que imaginase proyectos de futuro y ahora que apenas hace vida social más allá de los cuatro amigotes del trabajo y las partidas de mus los sábados y domingos por la tarde, esta tarea se le antoja misión imposible como las pelis de Tom Cruise. Él dice que se siente a gusto con su soledad, aunque ésta pueda ser una afirmación falsa con la que engañar a su conciencia. Siempre busca el beneplácito de sus superiores laborales, el consenso en las decisiones vecinales y los besos furtivos y ocasionales de señoritas que le ofrecen su amor pagado y minutado.

Aquí la moral de nuestro protagonista sufre un crujido ya que su vida demuestra no ser tan armoniosa y apacible como se presuponía. Cuando sobre su cabeza e instintos aterriza el fantasma del deseo, esta fuerza impulsiva y esclava le hace plegarse a sus dominios. Y cae y recae y requetevuelveacaer. El hombre de sólidas convicciones se hunde en las arenas movedizas de la sensualidad y acaba por reconocer que es un poco hipócrita (como todos se autojustifica) y bajo la epidermis de hombre apacible y ordenado, asoma el lobo estepario que aúlla besos y desea comerse coños en las noches desoladas sin amor ni verdadera presencia femenina.

Tras consumar los actos impulsivos que le dejan exhausto y preocupado por si hubiera contraído alguna enfermedad a pesar de las precauciones debidamente adoptadas, el maldito pepito grillo de su conciencia hace acto de presencia y empieza otra lucha interior: “¿Soy un putero, un salío, un ser incapaz de conquistar a una mujer por los cauces normales y tiene que buscar el consuelo de señoritas fáciles a cambio monsieur dinero? ¿Entonces todo lo que digo y pienso es sólo una máscara de mi auténtico rostro? Un hombre que ha huido de las tierras del amor para buscar refugio en los laberintos del sexo? Yo no hago mal a nadie si busco consuelo de esa manera. Todo el mundo tiene derecho a buscarse momentos de felicidad y si yo trato de buscármelos así, ¿qué mal hago a nadie? Su pensamiento navega por un mar de contradicciones íntimas que le dejan agotado. La realidad y el deseo. Los sentimientos encontrados. El peso de la culpa. El reconocimiento de la derrota. Los objetivos incumplidos. El tiempo que ya no le espera. La autojustificación de sus acciones.

Cae la noche sobre la casa de nuestro amigo y parece habitar entre los dominios de la soledad. Sus padres faltan desde hace casi una década y su hermano mayor hincó sus reales en Alemania con su futuro de ingeniero industrial en el horizonte. Su hermana menor casó con un habitante de las tierras del norte del país patrio allí donde la lluvia es invitada omnipresente y formó su familia y vivencias. ¿Vive solo, pues? ¡No amigos! Tiene dos compañeros de fatigas. Euclides y Fumanchú, aunque el lenguaje articulado que el triunvirato maneja no siempre les permite una perfecta comunicación. Euclides es el compañero que desde hace años marcha con él en la travesía por el desierto de su vida. Su amigo emplumado ha aprendido palabras del diccionario humano gracias a Luis. ¡Calabaza gorda, calabaza gorda! Cuando se refiere al cráneo de su amo. Los silbidos admirativos que propina a las mujeres apetecibles que pasan por debajo del balcón. ¡No tienes ni puta idea! Cuando no está de acuerdo con alguna afirmación o decisión de Luis o ¡Estás más “pa” ya que aquí! Si observa las incongruencias de nuestro héroe perfectamente anónimo. Euclides es verdiblanco de cabeza y plumas verdes y cuello blanco, ojos pequeños y vivaces y pico traicionero si alguien se atreve a poner su dedo en las cercanías de su jaula.

Fumanchú, el segundo compañero de Luis, entró de prestado por su casa. Un día improbable se coló de rondón por la puerta de la escalera y decidió hacer en aquella guarida su morada. Él es un gato común, de colores corrientes, pardo, negro, como con una manchita de leche en uno de sus ojos y en el otro una mota dorada. Las relaciones entre Euclides y Fumanchú no son tan malas como pudiera pensarse. El gato no ansía las carnes del loro, sino que al contrario, se complace en las ocurrencias sonoras del pájaro. Es más la carrera de los días, meses y años, los ha convertido en amigos y este hecho es motivo que llena a Luis de íntima felicidad pues en su hogar gravita el trono de la convivencia entre el reino humano y animal y entre las distintas especies que pueblan este planeta de ojos azules.

Pero la perdición de Luis es que tiene demasiado tiempo para sí mismo. Esta circunstancia que podría ser causa de alegría le provoca profundas divergencias internas. Demasiados minutos de su reloj vital los ocupa y preocupa en mirarse a su ombligo. Es Luiscentrista y el universo gira alrededor de él. Nada hay si él no está. Nada es importante si él no es el núcleo del episodio. La observancia minuciosa y obsesiva de su cuerpo y los consiguientes mecanismos fisiológicos centran gran parte de su atención diaria. De ahí a que aparezcan los supuestos problemas de salud media menos que la atracción de una abeja por el polen de una flor.

-Hola, doctor, ¿se acuerda de mí?

-¡Cómo no voy a acordarme hombre…! Si hace tres días que estuvo usted aquí. ¿Se encuentra ya mejor?

-De lo otro sí. Mire, me he dado cuenta que me han salido unas manchas en la piel que me dan mala espina. A ver si de tomar el sol, estas alteraciones cutáneas pueden ser principio de un melanoma y estoy preocupado.

-Déjeme que las vea…(una pausa mientras el médico se dedica a observar la epidermis de nuestro enfermo imaginario). En principio, yo no detecto nada extraño. La piel adquiere tonalidades más caprichosas a medida que transcurre el tiempo.

-¡Exijo que se me tome una muestra de mi piel! No me siento tranquilo. Y si fuera el comienzo de un tumor cancerígeno. Aún estamos a tiempo de cogerlo en sus inicios.

-Le vuelvo a repetir que yo no detecto nada malo

Nuestro héroe permanece en un estado de eretismo hasta que se le hace la biopsia que exige reiteradamente. Una vez que su estado hígido es el recomendable por la OMS y todos los organismos sanitarios internacionales que pilla a mano en los diccionarios médicos y en la red de redes, vuelve a una situación de ataraxia temporal y relativa. Sus compañeros de piso asisten muertos de risa al espectáculo de sus hipotéticas enfermedades. A veces no saben si menear desaforadamente la mandíbula o echarse a llorar, compadecidos por las vicisitudes de Luis. Euclides le repite: ¡Calabaza gorda, estás más “pa” ya que aquí! ¡Tienes mala cara, tienes mala cara! Y nuestro amigo sale disparado al lavabo para verse el rostro y comprueba el estado de su tez más bien blancuzca porque el sol es más bien un morador intermitente de su cuerpo. Pálido, sale del aseo y arrastrándose llega hasta la farmacia de la esquina donde el buen profesional de la farmacopea le dice que no pasa nada, que sólo ha sido una broma del bicho. Le recomienda encarecidamente que no se toma tan a pecho el estado de su salud a pesar de que esta indicación le pueda acarrear un quebranto económico, imagínense el porqué.

A los pocos días:

-Buenas tardes, doctor. (el médico muestra un gesto enfurruñado)

-Sí, mire, he notado que tengo un bulto en mi cabeza a la altura del lóbulo temporal, que antes no tenía. Me lo toco y siento cierto dolor. ¿No será un tumor? Me gustaría que lo examinara.

-Tranquilo, hombre, lo más probable es que sea un bulto de grasa. No se ponga nervioso. Ya lo examino yo.

Luis se tumba en el diván de la consulta y su nuevo amigo el médico comprueba que no se detecta nada extraño alrededor de su periferia craneal.

-Todo está bien. No tiene por qué preocuparse.

-Pero así…con una simple exploración visual. No podrían hacerme un escáner y las pruebas que sean necesarias.

-(ya con sorna) La Seguridad Social va a generar múltiples pérdidas con usted. ¿Puedo tutearte, Luis?

-Sí, claro, ya nos vamos conociendo.

-Permíteme que a la salida del trabajo te invite a un café.

Se hacen las siete de la tarde y nuestro querido hipocondríaco espera en la puerta del centro de salud al galeno, de nombre Pedro. El médico le busca con la mirada, se encuentran y buscan la cafetería más cercana. Llegan al pub Sildavia y se sientan en un apartado.

-¿Puedo hacerte unas preguntas, digamos que personales, Luis?

-Como quieras…ya nos vamos conociendo.

-¿Vives solo?

-Y quien no vive solo en los tiempos que corren. Si te refieres a vivir solo en mi casa, sí.

-¿Cuántos años tienes?

-43, camino de los 44, en septiembre próximos.

-¿Quizás te has casado y ahora estás separado?

-No, nunca me he casado.

-¿Pero habrás tenido novias, ligues, rollos…

-No, nunca tuve novia y rollos más bien pocos (aquí Luis omite, como sabemos, sus encuentros ocasionales con señoritas de vida relajada)

-Supongo que tendrás familia…

-Viven lejos de aquí y el trato se reduce a los encuentros navideños y algún viajecito de ellos o mío para vernos.

-Ya…pero amigos, ¿sí tendrás para salir por ahí y divertirte un poco y quién sabe si echar una cana al aire?

-Amigos tengo bien pocos, por no decir casi ninguno. Están mis compañeros de trabajo, con los que alguna vez salgo a comer. Pero de fiesta con ellos nunca, salvo si alguno se casa y me invita a la despedida de soltero. Salgo a jugar los fines de semana con unos conocidos del barrio y si me animo incluso practico con ellos la petanca.

-Ya…ya…pero…¿harás vida social?, ¿te relacionarás con las mujeres? Deberías salir más por ahí, hacerte amigos…te convendría.

-Yo soy mi mejor amigo. No necesito a nadie más. ¿Usted conoce algún amigo que nunca le haya fallado o traicionado? Al final, todo el mundo va a la suya y tú te quedas solo.

-Hombre, Luis, no seas tan extremista.

-La vida es quedarte más solo a medida que ganas en edad. ¿Cuántos amigos conservas de la infancia, de la primera juventud, de tu paso por la mili, de la Facultad…?

-La amistad hay que trabajársela, si no, puede desaparecer.

-La amistad también falla, como el amor, la familia, la confianza en las instituciones. Al final estás tú solo.

-Las cosas no son tan negras como las pintas. Te invito a que salgas más, a que trates a nuevas personas, te apuntes a asociaciones que sean de tu agrado. ¿Por qué no te inscribes en un club de baile o te metes en un gimnasio o haces tai-chi?

-En realidad, tengo dos buenos amigos que no me fallan y están conmigo. Euclides y Fumanchú.

-¿Quién es Fumanchú?

-El apodo de un ser que siempre está conmigo (En ese momento, el gato está poniendo de vuelta y media la casa mientras persigue como un loco a un ratón que entrado por las cañerías).

-Está bien, está bien. Hazme caso, ya verás cómo cuando salgas más fuera de ti, no estarás tan preocupado por tu estado de salud y serás más feliz.

-¿A ti te ha ido bien la vida, verdad? Seguro que te has casado, una mujer que te adora, tienes hijos, personas que te aprecian y valoran. Trabajas en lo que te gusta y todo eso, ¿no?

-No me puedo quejar. (con suficiencia)

-Pues a mí no me ha ido como yo quería. (Dicha esta frase, Luis se levanta, estrecha la mano de Pedro, paga las consumiciones en la barra y se larga)

El espectáculo al llegar a su reino personal es lamentable. Las cortinas rayadas, el sofá malherido, dos bombillas de las lámparas por el suelo hechas añicos, tres jarrones rotos…Fumanchú muestra orgulloso entre su hocico la cola del ratón deglutido. Luis no tiene ganas de nada y se acuesta en su habitación. Fija la mirada en la pared y suena el teléfono. Es Dorita, la profesional del amor que le ha regalado en los últimos tiempos más consuelo que nadie.

-¿Luis? Soy Dorita. ¿Cómo estás?

-¿Dorita…? Sí, sí, ¿cómo sabes mi teléfono?

-Queda registrado en mi móvil cada vez que llamas.

-Ya, vale. ¿Qué querías?

-Me gustaría que nos viéramos fuera del trabajo. Tengo que hablar contigo de ciertas cosas…¿Te parece que quedemos esta noche a cenar? Invito yo.

-De acuerdo. Como quieras.

Noche cerrada. Día entre semana. Soledad en las calles levemente interrumpida por los relampagueos de los semáforos. Los niños ya duermen en sus camas a la espera de buenos sueños que naveguen su velada. Los currantes de las fábricas y las oficinas han vuelto del tajo que les permite sobrevivir a la hipoteca y los gastos familiares. Los amantes esperan su oportunidad para cumplir sus sueños. Las prostitutas aguardan en las carreteras de los extrarradios. Los ancianos hacen rosarios con sus recuerdos. Luis y Dorita se citan a las puertas de un mejicano en la Avenida de la Alegría (véamos si se cumple el nombre alegórico),

-Hola, Luis, ¡qué guapo estás!

-Eso se lo dirás a todos, Dorita. No me engañes.

-¡Hay que ver qué gruñón eres! Te lo digo de buena gana, tonto más que tonto.

-Luis, tenemos que hablar

-¿De qué?

-¿No te das cuenta que somos como dos náufragos en medio de un mar indiferente? Tú llevas una vida triste y lamentable. Solo, sin nadie a tu lado que te quiera y te haga mimitos por las noches y espere tu regreso a casa del trabajo. Vas de flor en flor pagada, claro está, porque si es verdad lo que me dices, no te comes una rosca por la vía normal y no sé…pero ahora a lo mejor estás cansado de esa forma de caminar. Yo también estoy sola. Nadie me dice cosas bonitas y sentidas al oído. Sólo buscan mi sexo para satisfacer sus instintos y luego si te he visto tararí.

-¿Y qué te hace pensar que yo sea diferente a los demás?

-Tú me tratas con delicadeza y no me ves como una prostituta sino como una mujer. Buscas el cariño y la conversación con la persona que no tienes a tu lado.

-¿Qué sabrás tú de soledades?

-Pues a lo mejor más que tú. En este oficio nos sentimos muchas veces utilizadas por los hombres y luego nos quedamos solas, muy solas. Sin un amor donde cobijarnos y sentirnos queridas. A medida que pasa el tiempo esta sensación crece, el invierno de la soledad, el manto del silencio, la ausencia de alguien que nos ame y cuide.

-Yo no sé si podré darte lo que pides. Para mí sería una gran novedad vivir en pareja. Nunca he convivido con una mujer.

-¡Atrévete, Luis! Unamos nuestros barcos en la travesía. Antes que sea demasiado tarde. Cásate conmigo y busquemos el cobarde pájaro de la felicidad.

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

-¿Te casarías con un hombre imperfecto, un hombre que tiene más fallos que pelos en su cabeza?

-Me casaría con el hombre del que estoy enamorada. Cásate conmigo. No lo pienses más.

Se besaron allí mismo y no cenaron. Fueron a casa de Luis y se amaron. Con increíble sorpresa de Euclides y Fumanchú que no estaban acostumbrados a presencia femenina entre aquellas paredes. A los tres meses se casaron y Pedro, el médico, ejerció de padrino. Luis nunca supo que el destino entreteje sus redes con lazos inescrutables. Pedro también era cliente de Dorita y en una de estas conversaciones íntimas que mantenían en el lecho, el facultativo explicó a la chica que tenía un paciente muy particular y hete aquí que Dorita supo enseguida de quién estaba hablando. Nuestro amigo nunca vislumbró que la amistad se había fraguado entre él y el médico y el amor llamaba a las puertas de su vida desde hacía tiempo. Estaba ciego de soledad, desesperanza y ensimismamiento. Su ángel guardián había venido a salvarle de las nieblas de la derrota.