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Cada tarde a las cinco, Andrés Guilló Javaloyes, núm 21 de la colección Frutos secos narrativa.

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PRIMERA COMUNIÓN

Quizás os parezca una tontería, pero ahora que ya han pasado muchos años tengo que liberar mi cabeza de esta culpabilidad que llevo arrastrando.
Mi madre era una señora muy maniática, sobre todo de la limpieza, se pasaba los días con el mocho, la escoba y el plumero en mano, no tenía descanso.
Su mayor obsesión era tener la ropa más blanca de todo el vecindario. Las sábanas, las toallas, sus vestidos y los trajes de mi padre y mis hermanos.
Yo era la única niña de la familia y siempre me tocó vestir de rosa, un color que aborrezco, pero ella nunca reparó en que me desagradaba.
Recuerdo con horror esas mañanas dominicales al salir de casa los cinco para escuchar misa. Papá, mamá, Juanito y Manolo, todos de blanco nuclear y yo, ataviada con vestido rosa y rematando mis largas y rubias trenzas dos enormes lazos del mismo color.
Mis vecinos en las puertas de sus casas le alababan el buen gusto y no se cansaban de repetir lo guapos y bien vestidos que nos llevaba. Yo estaba harta de tanta blancura y ser la pieza en discordia del conjunto.
Un día, deambulando por el barrio, en el escaparate de la mercería de la señora Margarita vi un par de calcetines de color rojo que me gustaron mucho. Entré y los compré. Cuando llegué a casa los escondí en el cajón de mi armario para que mi madre no los viera y esperar el momento de poder utilizarlos.
Me faltaban pocas semanas para tomar la Primera Comunión, como miembro de la buena familia cristiana que mi madre se empeñaba en aparentar.
A mí no me gustaban ni las iglesias ni los rezos.
El sábado antes de mi gran día, mi madre ilusionada y loca de contenta encaló la fachada de nuestra casa de un blanco tan intenso que hasta deslumbraba. Además, se pasó todo el día limpiando.
Llenó la lavadora con su vestido y las camisas y pantalones de mi padre y hermanos, todo blanco, para ir perfectamente a tono acompañándome en mi eucaristía.
Jamás olvidaré su cara al abrir la lavadora para tender la colada. Su rostro se desencajó cuando en mitad de la ropa húmeda encontró un calcetín rojo, con el resultado de que todas las prendas cambiaron su color original por un tono rosa palo.
Llegó mi gran día. Entré en la iglesia de las primeras con mi vestido de encaje y ganchillo a juego con la fachada de nuestra casa.
Sentados en el banco que había detrás de mí estaba toda mi familia, pero hoy ellos eran los que vestían de rosa.

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Cada tarde a las cinco, relatos Andrés Guilló Javaloyes. (Ilustraciones de Tonia Baeza) Presentación. Prólogo de Carlos Javier Cebrián.

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Prólogo

Hay autores cuyo único fin es relatar los acontecimientos; El mío sería escribir,
no lo ocurrido, sino lo que puede ocurrir.
Michel de Montaigne. “De la fuerza de la imaginación”.

Dice la teoría, la Academia, que un relato es un conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho. Es decir relatar es dar a conocer un suceso. En cambio un cuento es una narración breve de ficción.

Para mí, en literatura, lo importante es lo que no se dice, lo que subyace por debajo del relato o del poema, o de la novela o de la pieza teatral, lo que se le escapa al texto. La sugerencia, lo no explicitado. Lo conciso. Por mi amigo Juan Lozano Felices *, he aprendido la teoría del Iceberg que manejaba Ernest Hemingway sobre la buena escritura. Afirmaba que la belleza del Iceberg está en lo que no vemos, que es mucho más que lo que aflora en la superficie, que solo puede existir si está sustentado bajo el agua por los siete octavos de su volumen. El magma de la tierra, no el fuego del volcán que cuando asciende hacia la superficie, como materia fundida, se denomina lava.

Según decía Julio Cortázar, como en el boxeo, el cuento gana por Knock out, mientras que la novela gana a los puntos. Andrés nos noquea en todos sus relatos. Nos relata su imaginación, sus cuentos, como fogonazos, como deslumbres. Con una gran variedad, no ya de temas sino de tono: suspense, intriga, terror, locura, crimen, muerte, amor, amores rotos, sueños imposibles, sueños cumplidos. Relatos plenos de imaginación, con pocos apuntes autobiográficos, solo en Charlas con Bimba o Eres tú podemos apenas atisbarlos. Algún homenaje cinéfilo y terrorífico como en el relato Amor autómata, donde se permite el lujo de homenajear al gran Chicho Ibáñez Serrador explícitamente: “Quién puede matar a un niño”, película del año 1976.

Hay quienes creemos que lo extraordinario reside en lo ordinario, por el contrario, Guilló nos cuenta que lo extraordinario está ahí precisamente, en lo extraordinario. A veces con elementos de ciencia ficción y casi siempre relatando una realidad paralela pero precisa. Con técnica clásica, introducción, nudo y desenlace casi siempre sorpresivo e impactante.

Narraciones extraordinarias se tituló la colección de cuentos de suspense y terror publicada en 1859, de Edgar Allan Poe, algo así podría haber hecho Andrés Guilló, salvando las distancias claro, con sus cuentos imaginativos, intrigantes, sorprendentes. Un juego literario al que les invito, estimados lectores … Lean y sorpréndase, asústense, diviértanse … Para eso existe la literatura, para emocionarnos.

 

Carlos Javier Cebrián, julio 2018

 

* Texto de presentación del libro de relatos Banderas dobladas de Ignacio Fernández Perandones (Amarante, 2018)

EL LADRÓN DE LAS PALABRAS, por Francisco Gómez

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Albanta era la maravilla de la creación hecha tierra prometida. El sueño de todo hombre que busca la felicidad en un paraíso terrenal. Ésta era la mejor definición de Albanta y todos suscribían esta afirmación sustentada en los observables datos de la realidad.
El dinero, invento artificial de los albantianos, fue desterrado del mundo del comercio para sustituirlo por el trueque, de acuerdo a las necesidades de cada cual. El papel moneda, que tantas envidias y malos humores había provocado entre los habitantes de aquel mundo tiempo ha, desapareció de la memoria. La economía funcionaba según la regla del intercambio de necesidades. Yo necesito esto y tú lo tienes y lo intercambiamos. Satisfacemos nuestras mutuas necesidades y aquí todos contentos
Los mercadillos eran los centros de intercambio en plazas públicas vistosas, coloristas, multirraciales donde las gentes de infinidad de pueblos se reunían para celebrar la ceremonia del intercambio necesario. No había diferencias extremas entre ricos y pobres aunque la acumulación material persistía en clases más acomodadas y otras más modestas que contaban con suficientes medios para vivir.
También podían intercambiarse productos a través de los “hakers”, máquinas ideadas para comunicar las necesidades de los albantianos de un punto a otro del planeta. Con diligencia los servicios de transporte remitían el pedido a través del trueque.
Los hombres y mujeres de Albanta trabajaban sólo tres de los diez días de la semana en horario de mañana y disfrutaban de mucho tiempo libre para vivir con sus familiares y amigos y emplearlo en el ocio que llenase sus almas de buenos sentimientos y esperanzas en la generalizada creencia de que cada día sería un poco mejor en Albanta.
Hombres, mujeres, niños y ancianos se reunían en las ágoras públicas para escuchar los textos literarios y filosóficos que escribían los personajes dedicados a la República de las Letras. Los escritos primero se escuchaban y luego el público argumentaba su validez o disconformidad con las ideas expuestas. El teatro se erigía en centro de atención de sus vecinos. Sus ávidos ojos expectantes de cultura contemplaban las comedias y tragedias que las obras representaban, todas con una enseñanza moral positiva, con reglas prácticas para caminar por los entresijos de la vida.
Los cafelibros eran puntos de atracción constante donde los naturales de cada aldea, pueblo o ciudad acudían a primeras horas de la tarde para leer libros de poesía, novela, ensayo, tratados científicos, biográficos, viajeros y ensanchar sus ansias de conocimiento para colmar los vasos de su curiosidad. Degustaban el clásico té rojo con esencias de menta y fresa mientras leían tranquilos la última novela de Máuser o el recién publicado estudio de Narima sobre arte y buenas costumbres.
Las familias estaban unidas por los lazos del amor bueno y sincero. No había padres que renegaran de sus hijos, ni hijos que olvidaran la memoria de sus progenitores y los abandonaran a su suerte en la ancianidad. Las distintas generaciones de cada clan se reunían a la luz de las hogueras mientras degustaban complacidos los manjares de Albanta.
Las tardes de verano a la caída del sol eran esperadas con ansiedad por los albantiano cuando bajaban a las esquinas de sus casas para comentar los episodios del día, compartir los efectos mitigadores del calor y conocerse sin reservas unos a otros.
Ninguna puerta de ninguna casa permanecía cerrada porque hacía muchas de las tres lunas de Albanta -Losa, Cocisfran y Guitar-, los amigos de lo ajeno habían desaparecido de la faz del planeta verde. Compartían sus abundancias y carencias para que nadie pasara necesidad y las familias y vecinos se querían.
Todos los habitantes de Albanta trabajaban en las profesiones y oficios que en realidad les gustaban sin importar que algunos se equivocaran en la elección de oficio o profesión pues siempre estaban a tiempo de rectificar y cambiar sus aires laborales. Probaban en un trabajo que podría ser de su agrado y una vez transcurrido un tiempo prudencial o bien se quedaban en ese puesto o bien cambiaban a otra actividad laboral, profesional, intelectual.
Albanta era la Arcadia feliz ideada por los poetas e historiadores. Un mundo venturoso para sus habitantes. Pero en toda época de felicidad rumia la inquietud del peligro.
Así era. Parece que en toda situación real o imaginada de felicidad, de bienestar espiritual siempre hay almas envidiosas que no pueden soportar la paz y la calma del prójimo, quizás porque sus adentros están en movimiento impulsivo y desasosegante. Como si los estados de alegría nunca pudieran ser permanentes y la condición de quienes pisan la tierra fuese el perenne cambio de ánimo; de la felicidad a la desgracia, en un ciclo continuo y sin fin hasta que cada ser emprendía su último y definitivo viaje.
“No puede ser. No lo soporto. Me irrita tanta dicha. Tengo que acabar con esa perpetua sonrisa en los labios. Nuestro mundo no es así no puedo permitir que mis súbditos puedan ver un espejo de tanta felicidad en el que deseen reflejarse”.
-Señor, tú que eres sabio, poderoso y maquiavélico. Debes hacer algo para acabar con esa vida feliz de Albanta.
-Sí, pero tú, ¿qué me aconsejarías, augur de la noche?
-Róbales las palabras más sagradas.
-¿Robarles sus palabras? ¿Qué me quieres decir?
-Si desaparecen los vocablos más importantes de Albanta, ninguno de sus miserables ciudadanos podrá vivir su significado y un mar de confusión se cernirá sobre ellos. Las tinieblas llenarán sus vidas, como tú deseas.
Quienes así hablaban en un espacio silencioso y sepulcral, carente de luz, austero por todos los rincones, era el señor Berliot, máxima autoridad de Sildavia y su fiel consejero Antonidis, atento vigilante de las desgracias ajenas y degustador de los fracasos del vecino.
Sildavia era la antítesis viva y palpable de Albanta. El día y la noche. El frío y el calor. La alegría y la tristeza. El sol apenas iluminaba este planeta un par de horas cada día. Sus habitantes eran hoscos, silenciosos, desconfiados. El dinero era la base de su economía y relaciones comerciales. Tantos “rules” tenías tanto valías y si no, condenado al ostracismo más oscuro. Las relaciones de los sildavianos se antojaban cerradas y mínimas. Primaba el principio de ir cada uno a lo suyo, a su bola. Utilizar al otro todo lo que se pudiera. Así no eran infrecuentes las guerras entre pueblos por la tierra, por símbolos caducos, por la tenencia de plantas, escasas a causa de la mínima porción de luz que llegaba al planeta, por disfrutar de los balnearios de aguas tranquilas y descanso de los aguerridos hombres y mujeres de Sildavia. La vida se definía por su aspereza, dureza y desconfianza y sobre todo por la falta de amor de unos con otros.
Berliot se sentía feliz al contemplar la desdicha de sus súbditos, que debían trabajar todos los días de la semana para ganar los ansiados rules con los que llenar sus despensa y sus casas, cerradas a cal y canto de las miradas envidiosas de los vecinos. La envidia de las posesiones ajenas provocaba largas e interminables guerras entre ciudades y pueblos de Sildavia, que encarecían el precio del agua pero creaban un progresivo florecimiento del negocio de las armas. Berliot estaba cada vez más dichoso, excepto aquel grano que tanto le molestaba y debía extirpar: Albanta.
-¿Qué plan me propones, Antonidis?
-Ir a su capital, Losantacruz, robarles el libro sagrado para condenar al olvido a las palabras principales.
Dicho y hecho. Una oscura matinada del mes de Ergón, disfrazados con ropajes claros y sonrisas postizas, el mago Berliot y su ayo Antonidis cogieron una hidronave galáctica para recorrer la distancia que separaba ambos planetas. A medida que llegaban a la atmósfera verdiceleste de Albanta, las encías le dolían cada vez más a Berliot de la tensión que sufría al tener que aguantar la impostura de los fingidos dientes sonrientes y su ánimo se ensombrecía cuando contemplaba la capital de aquel mundo dichoso. Losantacruz, con sus torres altivas y luminosas, sus calles anchas y abiertas, sus gentes risueñas y la franca sonrisa en la boca. Un mundo sin prisas, envidias, discordias ni malos rollos.
-Me desespera tanta felicidad…
-Tranquilo, Señor. Estamos aquí para que empiecen a conocer el reino de las sombras.
El hidroavión se transmutó en un aerotaxi forma de paloma torcal y posó el tren de aterrizaje en una de las avenidas próximas al Museo Bienvenidos. Con sendos ropajes de albantianos, los habitantes de la noche se dirigieron a la entrada del recinto, cuyas puertas estaban abiertas de par en par y sin vigilancia.
-Esto va a ser coser y cantar, jefe.
-Lo creeré cuando esté lejos de este horrible mundo.
Cruzaban los pasillos solitarios a esas primeras horas de la soleada mañana hasta que llegaron al objetivo de su destino. Expuesto en una vitrina, sin más vigilancia que una desenfocada cámara de seguridad y un cristal se encontraba el Sumo Diccionario de Palabras de Albanta. El texto iniciático que daba significado y vida al universo de los sentimientos y emociones de quienes vivían en aquella verde tierra..
Engañaron al objetivo de la cámara, abrieron sin fisuras el cristal y tomaron precipitadamente el compendio léxico para emprender la fuga con avidez.
-Ahora probaréis el dolor de la noche, pobres ingenuos.
-Así, Señor. Que sientan en su piel tu aliento oscuro.
Regresaron a la hidronave y surcaron precipitadamente el cielo hasta llegar al espacio silencioso. Berliot comenzó a buscar en el diccionario las palabras que deseaba desterrar. Empezó a hojear por la “A”.
-Amor. Ésta es la primera que quiero eliminar.
Quitose rápidamente la dentadura y engulló en las tinieblas de su cuerpo esta santa palabra.
-Veamos por la “E”. Educación. Ésta tampoco me gusta. Por la “P”. Paz. Tampoco la quiero ni en negra pintura. La “S” de solidaridad al carajo. ¡Qué feliz soy! ¡Cuánta desdicha caerá sobre este absurdo mundo!
En efecto. Algo extraño comenzaba a suceder sobre los naturales de Albanta. Sus habitantes empezaban a cerrar las puertas de sus casas, sol brillaba con menos fuerza, los intercambios de necesidades por el trueque eran menos operativos y los vecinos empezaban a envidiar las posesiones de los otros. Albanta se volvía sombría y sus gentes empezaban a padecer el terrible signo de la insolidaridad y la falta de amor, palabras que cobraban menos fuerza y voluntad en sus almas.
Lo más terrible sucedió con la desaparición del amor. Las miradas se volvían hostiles, las caras contraídas, los gestos sonrientes escasos. Las madres no cuidaban con tanto mimo y cariño a los hijos, los abuelos quedaban olvidados en los rincones. Surgían las disputas por herencias y particiones. Los albantianos iniciaron motines y rebeliones pues perseguían diferenciarse de sus compatriotas con muestras materiales de riqueza y el trueque no parecía el mejor sistema para lograr este propósito. Los ciudadanos exigían en manifestaciones la creación de un banco que emitiese papel moneda y así se hizo. Para ganar más dinero debían trabajar más y más duro y más tiempo. Comenzó a laborarse todos los días y las gentes empezaron a tener menos tiempo libre para leer y disfrutar de las obra de teatro y debatir sus ideas en las ágoras públicas.
Los habitantes del otrora mundo idílico se volvían oscuros y desarraigados de lazos familiares y vecinales. Berliot disfrutaba del espectáculo con estruendosas carcajadas mientras Antonidis le rascaba la espalda.
Aterrizaron en Sildavia. Un paje corrió apresuradamente en dirección a la hidronave. Cuando bajaba Berliot de la escalinata de la aeronave, el lacayo le comunicó las nuevas malas noticias.
-Señor, los súbditos de su Alteza se han rebelado contra su augusta autoridad. Todo el planeta clama contra su persona. Derriban de las plazas sus monumentos y fotografías y desobedecen sistemáticamente su poder. Reniegan de su alto mandato. Todos los pueblos han firmado la paz y nadie ansía más posesiones materiales que nadie. Han renegado de los rules y los han quemado en enormes piras públicas. Reniegan de trabajar todos los días de la semana y para sorpresa de todos, el sol ha comenzado a alumbrar con más fuerza. Las plantas crecen por todos los sitios y el agua brota en múltiples manantiales. Sus súbditos que ahora quieren llamarse ciudadanos libres, abominan de su vida anterior y desean disfrutar de más tiempo libre.
-¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?
-Señor, un grupo de insurrectos, llamados a sí mismos, los libertadores, empezaron a recorrer las calles, plazas y pueblos y ciudades, animando a los sildavianos a escribir un diccionario con las palabras que más añoran, desterradas de sus vidas. Todos proclamaban las palabras “amor”, “paz”, “solidaridad”, “amistad”, “vecindad”. Confeccionaron un diccionario y lo han llevado a la práctica en sus vidas. La rebelión se propagó como llama imparable y nadie os quiera ya aquí, Alteza.
Berliot y Antonidis aspiraron con resignación los últimos aromas de Sildavia antes que llegaran esencias de jazmines y rosas junto al té rojo con menta que comenzaba a tomarse en todas las casas.
-Está visto que nada dura eternamente. Las fuerzas contrarias están en perpetuo movimiento. Bien y mal. Alegría y tristeza. Felicidad y desgracia. Las palabras siempre pugnan por salir a la superficie y romper los maleficios de los mundos donde son ignoradas. Ahora Sildavia es Albanta y Albanta Sidavia. Mañana quién sabe si será al revés y así continuamente en perpetuo movimiento. Nadie es feliz siempre ni desgraciado continuamente. Las palabras lo llevan escrito en la piel de su esencia.
Parte II
Berliot vagaba de una parte a otra del universo conocido sin saber dónde podría posar sus reales y siniestras posaderas, acompañado en la soledad de su destierro de su fiel lacayo Antonidis.
Veía desde su periscopio los mundos objeto de su posible asentamiento pero descartaba el intento de arrebatarles sus preciadas palabras. Quizás te preguntes, querido lector, por qué no intentaba su asalto a otro mundo como ocurrió en Albanta. En ellos conviven el bien y el mal, la alegría y la tristeza, la bondad y la insolidaridad. Sus habitantes viven una amplia variedad de tonos, de diversa intensidad de luces y nunca dominaría plenamente sus conciencias.
El pobre Berliot, señor de las soledades y la melancolía, deambulaba de aquí para allá. Nunca sabremos si para siempre a la búsqueda de mundos planos sin tanta amplitud de grises. Pero qué sabemos si esta aventura forma parte de otra historia…

Francisco Gómez

EL VIVO MUERTO, por Francisco Gómez

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14 de junio del 2025 a las 14.15 minutos de la tarde. Esa sería la fecha y el momento exacto en el cual Luis Delgado Santacruz iba a morir. Le quedaban exactamente 19 años de vida para hacer realidad sus proyectos o hundirse en la angustia de acongojarse con los minutos que se quemaban día tras día, hora tras hora de manera lenta pero inexorable, lo que incrementaba sobremanera su ansiedad vital, su necesidad de quemar la vida a sorbos largos y su miedo interior a que se acercara el fatídico instante.
¿Cómo había llegado a tan extraña pero certera determinación? No podía decirle a nadie que en uno de sus sueños vividos de una manera tangible, un ángel anunciador (o más bien exterminador) le había comunicado esta noticia que para el resto de sus días le sobresaltó el corazón. Dormía plácidamente en su cama cuando una suerte de luz amena se mostró delante de él. “Despierta, Luis, traigo una nueva importante que anunciarte”. Nuestro amigo abrió los ojos, medio cegado por el destello que irradiaba aquel ser a quien la energía que emanaba impedía ver sus facciones. “¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? “Soy tu ángel guardián. Vengo a comunicarte el instante concreto en que cerrarás tus ojos para encontrarte con el Padre”.
“¿Cómo, qué? “Esta es una gracia que ningún hombre nacido de mujer ha podido nunca conocer y a ti se te concede esta oportunidad. Para que aproveches el tiempo que te queda por delante y seas muy feliz mientras las partículas de arena precipitan de un vaso comunicante al otro”.
Como pueden suponer, la inesperada noticia no gustó nada a nuestro amigo. El ángel tan pronto lanzo su mensaje se marchó, con un impacto lumínico que cegó a Luis. No hace falta decir que el destinatario de tan extraña novedad ya no pudo dormir en toda la noche, anegado en un mar sudoroso de ansiedad. ¿A quién le gusta saber la fecha exacta de irse al otro barrio?
Luis disponía de una de las llaves que condicionaría su vida hasta el fin. El instante preciso de su fallecimiento. Quizás algún descreído, escéptico, agnóstico o ateo le echara a la cara su incredulidad ante la visita de un ángel, en un mundo donde muchos sólo abogan por la existencia de un universo material y la muerte de Dios. “Grave error”, pensaba Luis. Desde bien joven, nuestro protagonista había percibido la presencia de estos seres que velaban su discurrir vital. La fuerza de los acontecimientos le había forzado a creer en ellos. El momento de la adolescencia cuando un delfín le salvó de morir ahogado en la playa. El accidente de tráfico durante su primera madurez en el lugar aquel donde un coche que no respetó un semáforo les enchufó un golpetazo. Él iba en el asiento del copiloto. Por fortuna (¿o velaba el ángel guardián?), el impacto se produjo en la puerta trasera. Si se hubiera producido en el lugar que ocupaba, hoy estaría muerto y enterrado y esta anunciación no tendría sentido.
Luis estaba convencido que los ángeles vivían entre ellos, sin hacer ruido. Eran tipos discretos, astutos y bondadosos que pasaban por la vida de los hombres sin llamar la atención, pero prestos al quite en las adversidades humanas. Sin embargo, aquella presencia de ángel que postula su finitud, le sumió en un primer desasosiego.
Moriría con 60 años. Ni muy viejo, ni ya joven. En una estación intermedia del camino. Quizás cumpliría algunos sueños. Otros no. Trabajaba en un empleo que le gustaba como ingeniero de una empresa eléctrica. Se había casado tardíamente, a la edad de 40 años en el 2005 y aún no tenía hijos. “Me atreveré a tenerlos”, reflexionaba. “Cuando yo muera, ellos tendrían 20 años y no los veré casarse si algún día deciden dar este paso. No veré a mis nietos, si tienen hijos. ¿Mi mujer seguirá viva cuando yo fenezca? ¿Se unirá a otro o será una viuda solitaria? Son tantas las preguntas y el tiempo tan escaso…
Un proyecto que sí llevaría a cabo sería publicar el libro de poemas que escribió en homenaje a Laura, su mujer, su sur, su destino. Él, que era un hombre tímido e introvertido en épocas de apariencias y mercadotecnias varias, empezó a escribirle pequeños poemitas a vuela pluma al comenzar su relación. Y siguió, siguió con esta afición hasta que se casaron y después. Laura no sabía nada. Era su secreto pero ahora tras aquella sorprendente declaración, el sentido de muchas cosas cambiaba notablemente. Publicaría cinco ejemplares de “Cartas a Laura”. Uno para la dueña de sus besos, otro para su hermano Juan y tratar que perdurase (intento vano) su memoria, otro más para él mismo y dos para los hipotéticos hijos que tendría, con el propósito de que la sangre de su sangre supiera cuánto había amado su padre a su madre.
¿Haría realidad ese viaje alrededor del mundo juntos? ¿Para qué embarcarse en la compra de un chalé a pie de playa, si cuando él se fuera la hipoteca quedaría pendiente? ¿Por qué no comprar la Hartley Davidson de sus sueños juveniles y recorrer la piel del país a lomos de la moto más bella? Parar en cualquier sitio, hacer el amor en calas solitarias, reírnos de todo y beber vino y cerveza en tascas y bares de tercera categoría en ciudades desconocidas. Ser felices hasta reventar, besarnos hasta reventar, amarnos hasta reventar. Reinventar la vida otra vez. Ella y yo. Los dos solos. En nuestro rompeolas frente al mundo. ¡Qué bonito vivir y no pensar en nada pues seríamos amos del tiempo que nos queda sin cortapisas!
¿O quizás pondría en práctica el carpe diem horaciano sin limitaciones, a sabiendas que ninguno de los actos irrefrenables que cometiera le llevaría con los pies por delante antes de momento? Fumar sin comedimiento ni mesura todas las cajetillas que le apetecieran pues la trágica dama no echaría su aliento hasta la fecha determinada, beber como un cosaco del Volga todos los potingues que le agradaran o no, probar las drogas tradicionales y las sintéticas y explorar mundos interiores hacia la autodestrucción, acostarse con mujeres sin pausa o medida, participar en orgías multitudinarias en sesiones maratonianas de sexo entusiástico y follar hasta reventar sin amor. Pero luego pensaba qué mejor manera de vivir el tiempo que le quedara sino estar al lado de la mujer que amaba, junto a Laura, para explorar nuevos caminos del amor y el conocimiento mutuo.
Porque el ángel no le había dicho de qué suerte iba a morir y esta inquietud le desazonaba. Si se rendía a los excesos y a los placeres, corría el riesgo de caer bajo los efectos de alguna maldita enfermedad que mermara sus capacidades físicas y esta posibilidad no le agradaba en absoluto. No estiraría la pata hasta la fecha prefijada pero se encontraría limitado para satisfacer otros anhelos que su alma ansiaba antes de recorrer el vuelo infinito. El ideal de James Dean, de morir joven, rápido y bello no se cumpliría en su caso. Era posible que el fantasma de la enfermedad no amenazara su casa y no sucumbiera a las veleidades de un cáncer, una afección cardiovascular o un ictus. Quizás pereciera a manos de una muerte violenta: un accidente de tráfico, de avión, un atraco donde resultara tiroteado, aplastado por una masa histérica que huyera de un gran susto…o quién sabe si su ángel guardián le anunció la fecha del inicio de la Tercera Guerra Mundial con el masivo aniquilamiento de la especie humana sobre la faz de la tierra.
En estas estaba y pasaron los días y los meses y los años. Trató de serenarse y pensar lo menos posible en su tiempo tasado. Decidió transcurrir una vida llena de felicidades pequeñas. Estar con Laura, amarla locamente todos y cada uno de los días, con el hecho cierto de que cada amanecer le daba un beso nuevo a la vida. Tener hijos con ella, verlos nacer, crecer, sus primeros pasos, la ilusión de sus rostros con los Reyes Magos. Luis sabía que moría cada año pero con Laura y sus hijos se sentía vivo extremadamente y aquella era una muerte gozosa pues estaba amando.
Pasaron los días y los meses y los años y el calendario acarició el 13 de junio del 2025. Nuestro protagonista estaba inquieto aquella noche, la última de su andar vital, pero al mismo tiempo una extraña serenidad le embargaba. Había vivido como quiso y su existencia estaba marcada por la carta de la felicidad. No necesitaba más y el tiempo se estaba cumpliendo. Cayó en un plácido sueño, quizás el preludio del adiós.
-Hola, Luis. Soy tu ángel guardián. Aquel que te señaló el día y la hora de tu marcha. Siento decirte que he cometido contigo un lamentable error. Ayer revisando las fichas, me di cuenta que a quien debía darle la noticia no era a ti, sino a tu hermano Luis Salgado Santacruz y tú eres Delgado con “d”. Lo siento, tú no estás convocado al reino de los elegidos. Disfruta de tus momentos y algún día volveremos a vernos.
Luis sonrió para adentro. Él ya estaba preparado pero su tren se había escapado. Salió de la estación de Tanatos pues la vida en forma de sonrisa le esperaba a su lado en el lecho. Un beso y una flor a Laura eran la tarjeta de embarque a nuevos destinos.

Francisco Gómez

Del libro “Sueños de nadie”

LAS BANDERAS DOBLADAS DE NACHO, por Francisco Gómez

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Acabo de leer el primer libro de relatos que ha publicado mi amigo Ignacio Fernández Perandones y me ha gustado mucho. De hecho, se me ha quedado corto. Con ganas de más. Contar sin decir. Relatar con el fondo del misterio y los problemas sociales, las inquietudes interiores.

No parece un primer libro de historias cortas. Se nota que es un libro trabajado y depurado en el tiempo, macerado con la revisión y la visión crítica de los días, de tantos domingos sin afán concreto. Sólo elevar la calidad literaria en su primer libro de relatos.

Dice mi amigo en la presentación: “Existe un cierto desapego que el paso del tiempo roba a la ilusión. Las primeras emociones, los proyectos que te hacen palpitar, el idealismo de los 20 declina su luz”. Sus banderas dobladas al decir del verso de Luis García Montero. Tiembla la mirada cuando leo estas palabras. Uno ya ha renunciado a muchas banderas que se han doblado para no desplegarse más. No seré el periodista referencia. Mi literatura no llegará a nada. Sólo a unos pocos y buenos amigos/as comprensivos y atentos. No seré nunca padre, ni tendré familia, ni hijos que alumbren el camino hasta llegar, si el Hacedor quiere, a la vejez y luego a la desaparición y el olvido.

Todos cargamos con nuestras derrotas pero Nacho las convierte en sabiduría, comprensión de lo vivido y ánimo en seguir adelante a pesar de todo. Sus experiencias en la vida, en su fe y en la docencia tienen su poso en este hermoso libro.

El libro se presentó el pasado 10 de mayo en la sala Las Clarisas de la city de Elche. Actuó de presentador mi también buen amigo, Juan Lozano, que glosó a la perfección la vida y el libro de Ignacio, que como bien apuntó, cuenta más de lo que aparenta decir, como el iceberg de Hemingway y no parece su primer volumen de relatos por la exigencia, sugerencia y universo de las historias.

De entre la colección de microuniversos del volumen, uno se queda con “El pescador”, “Lecciones de Teología subterránea” y los dos últimos “Solitario” y “Frente al sol”.

No me resisto a transcribir un párrafo de su cuento “Frente al sol”: La vida a veces te golpea, pero no te escondas, no te rebeles. Aunque no veas nada, busca la luz, vislumbra un horizonte. No bajes a los garajes de la desesperación. Buen amigo, parece que has delineado esas frases para quien escribe. Hace tiempo que no escribía una línea por motivos que no vienen al caso. Leer tu libro y amistad me han invitado a escribir este comentario que no es una crítica. Uno no sirve para esas tareas.

Por último, he fijado la atención de manera extraordinaria en la dedicatoria del libro a tu padre, poeta como tú (que me ve desde su verso eterno en el Cielo), y a tu madre (a la que siento tanto y tan cerca como una bandera doblada). Comparto tu devoción por tu padre y las banderas dobladas de tu madre.

Sólo por la dedicatoria ya me has ganado.

Francisco Gómez

P.D: Si me lo permites, lamento haber escrito una crítica del libro que no es crítica, ni análisis ni nada de nada. He leído el libro con ganas porque deseaba leer tus relatos. Te conozco como el buen poeta que eres. Y si das tu consentimiento, dedico este artículo o lo que sea a Mari Carmen, que leerá tu libro.

TEXTO PRESENTACIÓN BANDERAS DOBLADAS. de Ignacio Fernández Perandones, por Juan Lozano Felices

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10 DE MAYO DE 2018

CENTRO CULTURAL LAS CLARISAS

Buenas tardes:

En primer lugar, agradecerles que hayan acudido a la cita con “Banderas dobladas”, el último libro de Ignacio Fernández Perandones y su primero de narrativa aunque, como explicaré más tarde, “Banderas dobladas” es un libro maduro que de modo alguno parece el primer libro de un autor en un género tan complicado e incomprendido como el cuento literario, y del que Nacho domina todos los resortes y claves para salir más que airoso. Para mí, estar presentándolo hoy es motivo de auténtico júbilo, en primer lugar porque Nacho es un gran amigo y, por otro, porque “Banderas dobladas” es una estupenda colección de relatos breves o cuentos con la que he disfrutado mucho. Para mí “Banderas dobladas” ha sido todo un descubrimiento, porque yo conocía la trayectoria literaria de Nacho como poeta, un extraordinario poeta, pero hasta hace unos meses, en que me dio a leer el manuscrito de este libro, no había tenido ocasión de leer su prosa.

Voy a contar cómo conocí yo a Nacho, y digo bien, cómo yo lo conocí a él y no cómo nos conocimos porque, yo conocía a Nacho ya antes de verle y de que trabáramos amistad. Él, como todos sabéis, es profesor de secundaria en el Instituto de la Asunción, de Historia contemporánea, y en ese momento era el tutor de una sobrina mía en ese instituto. Así que, en reuniones familiares, acudía de vez en cuando el nombre de Ignacio Perandones, así omitiéndose el primer apellido y dando ventaja al segundo y más infrecuente de “Perandones”. Pero entonces yo no sabía que él escribía ni que era poeta. Un tiempo después yo conocí a Nacho en el Instituto, pero no en un acto académico sino con ocasión de un acto cultural. La presentación del libro de poemas, “Vida callada”, la antología que prepararon Antonio Moreno y José María Asensio para Pre-Textos, sobre la poesía del silencio o mejor dicho poemas sobre la experiencia del silencio, con motivo del 50 aniversario del Instituto de la Asunción. Así que nuestra amistad nace bajo el signo de la poesía y no podía haber tenido mejor comienzo ni mejores padrinos. Al principio lo nuestro fue una amistad estacional y digo esto, a sabiendas de que el adjetivo, atribuido a una relación personal, puede sonar raro, pero fue así. Nacho solía convocarme a un encuentro, en fechas de Adviento. Uno acaba asumiendo sus hábitos y así, cuando llegaban esas fechas cercanas a la Navidad, durante dos o tres años, me acostumbré a escuchar la voz de Nacho al otro lado del auricular, invitándome a quedar para conversar…simplemente para conversar frente a sendas tazas humeantes. Y yo salía de aquellos encuentros con la convicción de haber aprendido algo nuevo. Por eso, yo considero que mi amistad con Nacho es una de esas amistades valiosas que tan difícil es encontrar y conservar en estos tiempos. Como anécdota, para aquellos que no lo conozcan, para que ustedes se hagan una idea de Nacho como persona diré que, en nuestro primer encuentro en la tranquila y soleada terraza de una cafetería, sonó de repente un móvil y era el suyo; pero él no interrumpió la conversación, siguió escuchando o hablando sin inmutarse y yo le invité a que atendiera la llamada, pero entonces me dijo algo así, no recuerdo exactamente las palabras, pero bien pudieron ser: “Seguro que el asunto por el que me llaman no es tan importante como el estar hablando aquí y ahora con mi amigo Juan”. Este proceder, que podría pensarse trivial, a mí me dio la medida de Nacho como persona y como amigo. Pero sobre todo, hay una cualidad en Nacho que yo quiero resaltar esta tarde, y que le define como persona y como escritor, y es la honestidad. Su coherencia, su saber estar, su don de gentes admirable y sus profundas convicciones son otras cualidades que lo engrandecen como persona.

Nacho es palentino, es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo, como he dicho antes, ejerce como docente de Secundaria en el Instituto de La Asunción y ha sido además, profesor asociado en el CEU de Elche donde ha impartido las asignaturas de Ciencias Sociales, Historia de España e Introducción a la Historia de las Civilizaciones. Ha publicado un manual de historia reciente de España, dos poemarios, “Si del polvo nacemos” y “Mientras siga lloviendo”. Participa desde su llegada a Elche en tertulias literarias, fue coordinador de una revista juvenil inter-institutos y colabora en el programa “Palabras al viento” que dirige Carmen Pomares en la Radio de la UMH, en una sección literaria que se llama “El volcán de lod libros”. Y también mantiene un blog, “Llueve conmigo” con artículos de opinión, de cine, fomento de lectura, reseñas de libros… Además de esto, Nacho es un amante de los espacios naturales, practica el montañismo y las marchas a pie. De la provincia de Alicante, creo que no hay cumbre que se le haya resistido, como el Puig Campana, el Cabezón de oro o Sierra Aitana y en Los Pirineos ha coronado algún que otro 3000. Ha vivido en Roma durante dos años y hay ciudades sin las que no podría pasar como Londres, Viena, Budapest o Brujas. Además, él siente, cosa que comparto con él, una inclinación especial por los escritores ingleses que hicieron de su conversión al catolicismo una postura intelectual y social. Por Tolkien, por C.S. Lewis, por Graham Green, por Dorothy Sayers, por TS Eliot, por Evelyn Waugh y sobretodo mantiene una especie de fascinación por Chesterton… yo también. Somos de los que pensamos, como dijo Borges, que cada página de Chesterton depara una felicidad.

El cuento es un género que no goza del prestigio de la novela. En comparación con la novela, el cuento, injustamente, ha sido considerado un género menor, tanto por un sector amplio de la crítica como por el lector medio. Uno es capaz de meterse entre pecho y espalda el último betseller de moda, pero ante un libro de cuentos, más de uno arruga la nariz. Y no hay que olvidar que “El conde Lucanor”, que no deja de ser un libro de cuentos, es uno de los primeros ejemplos de la literatura castellana, como en Italia “El Decamerón” o en Inglaterra “Los cuentos de Canterbury”. También hay mucho equivoco en el cuento, ya desde su misma nomenclatura porque se designa con el mismo nombre a los relatos de la tradición oral que el cuento literario moderno, que nace con Edgar Allan Poe. Pero hay autores que han dado algunos de sus mejores frutos en el campo de la narrativa breve. En Hispanoamérica, por ejemplo, hay una fértil tradición cuentística, teniendo como cumbres a Borges y a Cortázar. Pero tenemos también a Hemingway, Salinger, Bradbury, Jack London, Raymond Carver, James Joyce, Italo Calvino, John Cheever o Kafka. Pero, pese a ello, todavía en 1978, Andrés Amorós calificaba el cuento como “cenicienta de nuestra letras”. Y Francisco García Pavón decía que “pocas veces, a lo largo de nuestra historia literaria, ha existido un género tan primorosa y pluralmente cultivado, a la vez que tan brutalmente despreciado, como el cuento español”.

En los días previos a este acto, he ido leyendo algunas de las definiciones que distintos autores o analistas han hecho sobre el cuento como género. Se llega a la conclusión de que el cuento es un problema de extensión y de intensidad. Se cuenta que un autor novel le mandó un cuento a Chejov para que le diera su opinión y el maestro ruso le dijo, “una de dos, o quitas personajes o escribes una novela”. Hemingway, uno de los máximos cultivadores del cuento literario, elaboró una curiosa teoría. Comparaba la buena escritura con un iceberg, afirmando que su belleza está en que lo que no vemos, que es mucho más de lo que aflora en la superficie, que solo puede existir si está sustentado bajo el agua por los siete octavos de su volumen.

Soy de los que piensan que un buen libro de cuentos, debe tener una unidad. Ana María Matute decía que los cuentos “son vagabundos solitarios y a veces engrandecen una familia”. Y eso pasa con “Banderas dobladas”, pese al carácter autónomo de cada cuento, el libro tiene una maravillosa coherencia interna; no solo estilísticamente, también de fondo.

Hay una reflexión sobre el cuento como género, de William Boyd, que a mí me gusta mucho. El autor norteamericano dice: “Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno. Tampoco es una simple cuestión de longitud: hay cuentos de veinte páginas mucho más cargados y grávidos de significados que una novela de cuatrocientas páginas. Hablamos de una categoría de ficción en prosa totalmente distinta”.

Terminaré con otras tres reflexiones acerca del género que nos ocupa. La primera de Eloy Tizón:

Entre el cuento y la novela hay la misma disparidad de criterios que entre un flechazo que dura una sola noche y un matrimonio de décadas […]. Los cuentos, se dice, son intensos y las novelas estables.”

Nuestro Vicente Verdú dirá:

Abomino de los que esbozan novelas escribiendo cuentos, de los cuentos engordados con hormonas.”

Y Javier Marías:

El hecho de que ambos géneros sean narrativos ha favorecido la confusión y ha facilitado la tarea invasora de la novela, hasta el punto de que ha llegado a olvidarse que sus respectivas tradiciones son muy distintas y la del cuento mucho más vieja y más permanente. Pues así como la novela ha aparecido y desaparecido varias veces a lo largo de la historia, el cuento se ha mantenido invariable hasta tiempos muy recientes.”

Y cómo son los cuentos que encontramos en “Banderas dobladas”. Formalmente, yo creo que cumplen con todos los exigencias de tensión y extensión. Algunos nos desvelan lo desatinado de algunas situaciones de la vida cotidiana, en muchos se vislumbra la experiencia de Nacho con los estudiantes, su vida dedicada a la enseñanza. Generalmente hay un realismo condicionado mediante la ironía y el humor, y sobre ese fondo nos desvela el alma del ser humano: el egoísmo, el miedo, la nostalgia, la generosidad o el sacrificio.

El cuento, en la actualidad goza de cierto auge o por lo menos parece estar librándose de la etiqueta de género menor. Contamos aquí hoy con la presencia de Jesús Zomeño que ganó el Premio de la Crítica Valenciana el año pasado, precisamente con un libro de cuentos. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que “Banderas dobladas” ensancha hoy el panorama de la narrativa hispánica.

En definitiva Nacho, que muchas gracias por estar ahí y por entregarnos esta magnífica colección de cuentos, estos retazos de vida, estas banderas dobladas que con, como dijo Luis García Montero, el ir viviendo. “Vivir es ir doblando banderas”.

Mañana Jueves. 20 horas. Centro cultural Las Clarisas. Banderas dobladas de Ignacio Fernández Perandones

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