Archivo de la categoría: relato

EL LADRÓN DE LAS PALABRAS, por Francisco Gómez

Estándar

Albanta era la maravilla de la creación hecha tierra prometida. El sueño de todo hombre que busca la felicidad en un paraíso terrenal. Ésta era la mejor definición de Albanta y todos suscribían esta afirmación sustentada en los observables datos de la realidad.
El dinero, invento artificial de los albantianos, fue desterrado del mundo del comercio para sustituirlo por el trueque, de acuerdo a las necesidades de cada cual. El papel moneda, que tantas envidias y malos humores había provocado entre los habitantes de aquel mundo tiempo ha, desapareció de la memoria. La economía funcionaba según la regla del intercambio de necesidades. Yo necesito esto y tú lo tienes y lo intercambiamos. Satisfacemos nuestras mutuas necesidades y aquí todos contentos
Los mercadillos eran los centros de intercambio en plazas públicas vistosas, coloristas, multirraciales donde las gentes de infinidad de pueblos se reunían para celebrar la ceremonia del intercambio necesario. No había diferencias extremas entre ricos y pobres aunque la acumulación material persistía en clases más acomodadas y otras más modestas que contaban con suficientes medios para vivir.
También podían intercambiarse productos a través de los “hakers”, máquinas ideadas para comunicar las necesidades de los albantianos de un punto a otro del planeta. Con diligencia los servicios de transporte remitían el pedido a través del trueque.
Los hombres y mujeres de Albanta trabajaban sólo tres de los diez días de la semana en horario de mañana y disfrutaban de mucho tiempo libre para vivir con sus familiares y amigos y emplearlo en el ocio que llenase sus almas de buenos sentimientos y esperanzas en la generalizada creencia de que cada día sería un poco mejor en Albanta.
Hombres, mujeres, niños y ancianos se reunían en las ágoras públicas para escuchar los textos literarios y filosóficos que escribían los personajes dedicados a la República de las Letras. Los escritos primero se escuchaban y luego el público argumentaba su validez o disconformidad con las ideas expuestas. El teatro se erigía en centro de atención de sus vecinos. Sus ávidos ojos expectantes de cultura contemplaban las comedias y tragedias que las obras representaban, todas con una enseñanza moral positiva, con reglas prácticas para caminar por los entresijos de la vida.
Los cafelibros eran puntos de atracción constante donde los naturales de cada aldea, pueblo o ciudad acudían a primeras horas de la tarde para leer libros de poesía, novela, ensayo, tratados científicos, biográficos, viajeros y ensanchar sus ansias de conocimiento para colmar los vasos de su curiosidad. Degustaban el clásico té rojo con esencias de menta y fresa mientras leían tranquilos la última novela de Máuser o el recién publicado estudio de Narima sobre arte y buenas costumbres.
Las familias estaban unidas por los lazos del amor bueno y sincero. No había padres que renegaran de sus hijos, ni hijos que olvidaran la memoria de sus progenitores y los abandonaran a su suerte en la ancianidad. Las distintas generaciones de cada clan se reunían a la luz de las hogueras mientras degustaban complacidos los manjares de Albanta.
Las tardes de verano a la caída del sol eran esperadas con ansiedad por los albantiano cuando bajaban a las esquinas de sus casas para comentar los episodios del día, compartir los efectos mitigadores del calor y conocerse sin reservas unos a otros.
Ninguna puerta de ninguna casa permanecía cerrada porque hacía muchas de las tres lunas de Albanta -Losa, Cocisfran y Guitar-, los amigos de lo ajeno habían desaparecido de la faz del planeta verde. Compartían sus abundancias y carencias para que nadie pasara necesidad y las familias y vecinos se querían.
Todos los habitantes de Albanta trabajaban en las profesiones y oficios que en realidad les gustaban sin importar que algunos se equivocaran en la elección de oficio o profesión pues siempre estaban a tiempo de rectificar y cambiar sus aires laborales. Probaban en un trabajo que podría ser de su agrado y una vez transcurrido un tiempo prudencial o bien se quedaban en ese puesto o bien cambiaban a otra actividad laboral, profesional, intelectual.
Albanta era la Arcadia feliz ideada por los poetas e historiadores. Un mundo venturoso para sus habitantes. Pero en toda época de felicidad rumia la inquietud del peligro.
Así era. Parece que en toda situación real o imaginada de felicidad, de bienestar espiritual siempre hay almas envidiosas que no pueden soportar la paz y la calma del prójimo, quizás porque sus adentros están en movimiento impulsivo y desasosegante. Como si los estados de alegría nunca pudieran ser permanentes y la condición de quienes pisan la tierra fuese el perenne cambio de ánimo; de la felicidad a la desgracia, en un ciclo continuo y sin fin hasta que cada ser emprendía su último y definitivo viaje.
“No puede ser. No lo soporto. Me irrita tanta dicha. Tengo que acabar con esa perpetua sonrisa en los labios. Nuestro mundo no es así no puedo permitir que mis súbditos puedan ver un espejo de tanta felicidad en el que deseen reflejarse”.
-Señor, tú que eres sabio, poderoso y maquiavélico. Debes hacer algo para acabar con esa vida feliz de Albanta.
-Sí, pero tú, ¿qué me aconsejarías, augur de la noche?
-Róbales las palabras más sagradas.
-¿Robarles sus palabras? ¿Qué me quieres decir?
-Si desaparecen los vocablos más importantes de Albanta, ninguno de sus miserables ciudadanos podrá vivir su significado y un mar de confusión se cernirá sobre ellos. Las tinieblas llenarán sus vidas, como tú deseas.
Quienes así hablaban en un espacio silencioso y sepulcral, carente de luz, austero por todos los rincones, era el señor Berliot, máxima autoridad de Sildavia y su fiel consejero Antonidis, atento vigilante de las desgracias ajenas y degustador de los fracasos del vecino.
Sildavia era la antítesis viva y palpable de Albanta. El día y la noche. El frío y el calor. La alegría y la tristeza. El sol apenas iluminaba este planeta un par de horas cada día. Sus habitantes eran hoscos, silenciosos, desconfiados. El dinero era la base de su economía y relaciones comerciales. Tantos “rules” tenías tanto valías y si no, condenado al ostracismo más oscuro. Las relaciones de los sildavianos se antojaban cerradas y mínimas. Primaba el principio de ir cada uno a lo suyo, a su bola. Utilizar al otro todo lo que se pudiera. Así no eran infrecuentes las guerras entre pueblos por la tierra, por símbolos caducos, por la tenencia de plantas, escasas a causa de la mínima porción de luz que llegaba al planeta, por disfrutar de los balnearios de aguas tranquilas y descanso de los aguerridos hombres y mujeres de Sildavia. La vida se definía por su aspereza, dureza y desconfianza y sobre todo por la falta de amor de unos con otros.
Berliot se sentía feliz al contemplar la desdicha de sus súbditos, que debían trabajar todos los días de la semana para ganar los ansiados rules con los que llenar sus despensa y sus casas, cerradas a cal y canto de las miradas envidiosas de los vecinos. La envidia de las posesiones ajenas provocaba largas e interminables guerras entre ciudades y pueblos de Sildavia, que encarecían el precio del agua pero creaban un progresivo florecimiento del negocio de las armas. Berliot estaba cada vez más dichoso, excepto aquel grano que tanto le molestaba y debía extirpar: Albanta.
-¿Qué plan me propones, Antonidis?
-Ir a su capital, Losantacruz, robarles el libro sagrado para condenar al olvido a las palabras principales.
Dicho y hecho. Una oscura matinada del mes de Ergón, disfrazados con ropajes claros y sonrisas postizas, el mago Berliot y su ayo Antonidis cogieron una hidronave galáctica para recorrer la distancia que separaba ambos planetas. A medida que llegaban a la atmósfera verdiceleste de Albanta, las encías le dolían cada vez más a Berliot de la tensión que sufría al tener que aguantar la impostura de los fingidos dientes sonrientes y su ánimo se ensombrecía cuando contemplaba la capital de aquel mundo dichoso. Losantacruz, con sus torres altivas y luminosas, sus calles anchas y abiertas, sus gentes risueñas y la franca sonrisa en la boca. Un mundo sin prisas, envidias, discordias ni malos rollos.
-Me desespera tanta felicidad…
-Tranquilo, Señor. Estamos aquí para que empiecen a conocer el reino de las sombras.
El hidroavión se transmutó en un aerotaxi forma de paloma torcal y posó el tren de aterrizaje en una de las avenidas próximas al Museo Bienvenidos. Con sendos ropajes de albantianos, los habitantes de la noche se dirigieron a la entrada del recinto, cuyas puertas estaban abiertas de par en par y sin vigilancia.
-Esto va a ser coser y cantar, jefe.
-Lo creeré cuando esté lejos de este horrible mundo.
Cruzaban los pasillos solitarios a esas primeras horas de la soleada mañana hasta que llegaron al objetivo de su destino. Expuesto en una vitrina, sin más vigilancia que una desenfocada cámara de seguridad y un cristal se encontraba el Sumo Diccionario de Palabras de Albanta. El texto iniciático que daba significado y vida al universo de los sentimientos y emociones de quienes vivían en aquella verde tierra..
Engañaron al objetivo de la cámara, abrieron sin fisuras el cristal y tomaron precipitadamente el compendio léxico para emprender la fuga con avidez.
-Ahora probaréis el dolor de la noche, pobres ingenuos.
-Así, Señor. Que sientan en su piel tu aliento oscuro.
Regresaron a la hidronave y surcaron precipitadamente el cielo hasta llegar al espacio silencioso. Berliot comenzó a buscar en el diccionario las palabras que deseaba desterrar. Empezó a hojear por la “A”.
-Amor. Ésta es la primera que quiero eliminar.
Quitose rápidamente la dentadura y engulló en las tinieblas de su cuerpo esta santa palabra.
-Veamos por la “E”. Educación. Ésta tampoco me gusta. Por la “P”. Paz. Tampoco la quiero ni en negra pintura. La “S” de solidaridad al carajo. ¡Qué feliz soy! ¡Cuánta desdicha caerá sobre este absurdo mundo!
En efecto. Algo extraño comenzaba a suceder sobre los naturales de Albanta. Sus habitantes empezaban a cerrar las puertas de sus casas, sol brillaba con menos fuerza, los intercambios de necesidades por el trueque eran menos operativos y los vecinos empezaban a envidiar las posesiones de los otros. Albanta se volvía sombría y sus gentes empezaban a padecer el terrible signo de la insolidaridad y la falta de amor, palabras que cobraban menos fuerza y voluntad en sus almas.
Lo más terrible sucedió con la desaparición del amor. Las miradas se volvían hostiles, las caras contraídas, los gestos sonrientes escasos. Las madres no cuidaban con tanto mimo y cariño a los hijos, los abuelos quedaban olvidados en los rincones. Surgían las disputas por herencias y particiones. Los albantianos iniciaron motines y rebeliones pues perseguían diferenciarse de sus compatriotas con muestras materiales de riqueza y el trueque no parecía el mejor sistema para lograr este propósito. Los ciudadanos exigían en manifestaciones la creación de un banco que emitiese papel moneda y así se hizo. Para ganar más dinero debían trabajar más y más duro y más tiempo. Comenzó a laborarse todos los días y las gentes empezaron a tener menos tiempo libre para leer y disfrutar de las obra de teatro y debatir sus ideas en las ágoras públicas.
Los habitantes del otrora mundo idílico se volvían oscuros y desarraigados de lazos familiares y vecinales. Berliot disfrutaba del espectáculo con estruendosas carcajadas mientras Antonidis le rascaba la espalda.
Aterrizaron en Sildavia. Un paje corrió apresuradamente en dirección a la hidronave. Cuando bajaba Berliot de la escalinata de la aeronave, el lacayo le comunicó las nuevas malas noticias.
-Señor, los súbditos de su Alteza se han rebelado contra su augusta autoridad. Todo el planeta clama contra su persona. Derriban de las plazas sus monumentos y fotografías y desobedecen sistemáticamente su poder. Reniegan de su alto mandato. Todos los pueblos han firmado la paz y nadie ansía más posesiones materiales que nadie. Han renegado de los rules y los han quemado en enormes piras públicas. Reniegan de trabajar todos los días de la semana y para sorpresa de todos, el sol ha comenzado a alumbrar con más fuerza. Las plantas crecen por todos los sitios y el agua brota en múltiples manantiales. Sus súbditos que ahora quieren llamarse ciudadanos libres, abominan de su vida anterior y desean disfrutar de más tiempo libre.
-¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?
-Señor, un grupo de insurrectos, llamados a sí mismos, los libertadores, empezaron a recorrer las calles, plazas y pueblos y ciudades, animando a los sildavianos a escribir un diccionario con las palabras que más añoran, desterradas de sus vidas. Todos proclamaban las palabras “amor”, “paz”, “solidaridad”, “amistad”, “vecindad”. Confeccionaron un diccionario y lo han llevado a la práctica en sus vidas. La rebelión se propagó como llama imparable y nadie os quiera ya aquí, Alteza.
Berliot y Antonidis aspiraron con resignación los últimos aromas de Sildavia antes que llegaran esencias de jazmines y rosas junto al té rojo con menta que comenzaba a tomarse en todas las casas.
-Está visto que nada dura eternamente. Las fuerzas contrarias están en perpetuo movimiento. Bien y mal. Alegría y tristeza. Felicidad y desgracia. Las palabras siempre pugnan por salir a la superficie y romper los maleficios de los mundos donde son ignoradas. Ahora Sildavia es Albanta y Albanta Sidavia. Mañana quién sabe si será al revés y así continuamente en perpetuo movimiento. Nadie es feliz siempre ni desgraciado continuamente. Las palabras lo llevan escrito en la piel de su esencia.
Parte II
Berliot vagaba de una parte a otra del universo conocido sin saber dónde podría posar sus reales y siniestras posaderas, acompañado en la soledad de su destierro de su fiel lacayo Antonidis.
Veía desde su periscopio los mundos objeto de su posible asentamiento pero descartaba el intento de arrebatarles sus preciadas palabras. Quizás te preguntes, querido lector, por qué no intentaba su asalto a otro mundo como ocurrió en Albanta. En ellos conviven el bien y el mal, la alegría y la tristeza, la bondad y la insolidaridad. Sus habitantes viven una amplia variedad de tonos, de diversa intensidad de luces y nunca dominaría plenamente sus conciencias.
El pobre Berliot, señor de las soledades y la melancolía, deambulaba de aquí para allá. Nunca sabremos si para siempre a la búsqueda de mundos planos sin tanta amplitud de grises. Pero qué sabemos si esta aventura forma parte de otra historia…

Francisco Gómez

Anuncios

EL VIVO MUERTO, por Francisco Gómez

Estándar

14 de junio del 2025 a las 14.15 minutos de la tarde. Esa sería la fecha y el momento exacto en el cual Luis Delgado Santacruz iba a morir. Le quedaban exactamente 19 años de vida para hacer realidad sus proyectos o hundirse en la angustia de acongojarse con los minutos que se quemaban día tras día, hora tras hora de manera lenta pero inexorable, lo que incrementaba sobremanera su ansiedad vital, su necesidad de quemar la vida a sorbos largos y su miedo interior a que se acercara el fatídico instante.
¿Cómo había llegado a tan extraña pero certera determinación? No podía decirle a nadie que en uno de sus sueños vividos de una manera tangible, un ángel anunciador (o más bien exterminador) le había comunicado esta noticia que para el resto de sus días le sobresaltó el corazón. Dormía plácidamente en su cama cuando una suerte de luz amena se mostró delante de él. “Despierta, Luis, traigo una nueva importante que anunciarte”. Nuestro amigo abrió los ojos, medio cegado por el destello que irradiaba aquel ser a quien la energía que emanaba impedía ver sus facciones. “¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? “Soy tu ángel guardián. Vengo a comunicarte el instante concreto en que cerrarás tus ojos para encontrarte con el Padre”.
“¿Cómo, qué? “Esta es una gracia que ningún hombre nacido de mujer ha podido nunca conocer y a ti se te concede esta oportunidad. Para que aproveches el tiempo que te queda por delante y seas muy feliz mientras las partículas de arena precipitan de un vaso comunicante al otro”.
Como pueden suponer, la inesperada noticia no gustó nada a nuestro amigo. El ángel tan pronto lanzo su mensaje se marchó, con un impacto lumínico que cegó a Luis. No hace falta decir que el destinatario de tan extraña novedad ya no pudo dormir en toda la noche, anegado en un mar sudoroso de ansiedad. ¿A quién le gusta saber la fecha exacta de irse al otro barrio?
Luis disponía de una de las llaves que condicionaría su vida hasta el fin. El instante preciso de su fallecimiento. Quizás algún descreído, escéptico, agnóstico o ateo le echara a la cara su incredulidad ante la visita de un ángel, en un mundo donde muchos sólo abogan por la existencia de un universo material y la muerte de Dios. “Grave error”, pensaba Luis. Desde bien joven, nuestro protagonista había percibido la presencia de estos seres que velaban su discurrir vital. La fuerza de los acontecimientos le había forzado a creer en ellos. El momento de la adolescencia cuando un delfín le salvó de morir ahogado en la playa. El accidente de tráfico durante su primera madurez en el lugar aquel donde un coche que no respetó un semáforo les enchufó un golpetazo. Él iba en el asiento del copiloto. Por fortuna (¿o velaba el ángel guardián?), el impacto se produjo en la puerta trasera. Si se hubiera producido en el lugar que ocupaba, hoy estaría muerto y enterrado y esta anunciación no tendría sentido.
Luis estaba convencido que los ángeles vivían entre ellos, sin hacer ruido. Eran tipos discretos, astutos y bondadosos que pasaban por la vida de los hombres sin llamar la atención, pero prestos al quite en las adversidades humanas. Sin embargo, aquella presencia de ángel que postula su finitud, le sumió en un primer desasosiego.
Moriría con 60 años. Ni muy viejo, ni ya joven. En una estación intermedia del camino. Quizás cumpliría algunos sueños. Otros no. Trabajaba en un empleo que le gustaba como ingeniero de una empresa eléctrica. Se había casado tardíamente, a la edad de 40 años en el 2005 y aún no tenía hijos. “Me atreveré a tenerlos”, reflexionaba. “Cuando yo muera, ellos tendrían 20 años y no los veré casarse si algún día deciden dar este paso. No veré a mis nietos, si tienen hijos. ¿Mi mujer seguirá viva cuando yo fenezca? ¿Se unirá a otro o será una viuda solitaria? Son tantas las preguntas y el tiempo tan escaso…
Un proyecto que sí llevaría a cabo sería publicar el libro de poemas que escribió en homenaje a Laura, su mujer, su sur, su destino. Él, que era un hombre tímido e introvertido en épocas de apariencias y mercadotecnias varias, empezó a escribirle pequeños poemitas a vuela pluma al comenzar su relación. Y siguió, siguió con esta afición hasta que se casaron y después. Laura no sabía nada. Era su secreto pero ahora tras aquella sorprendente declaración, el sentido de muchas cosas cambiaba notablemente. Publicaría cinco ejemplares de “Cartas a Laura”. Uno para la dueña de sus besos, otro para su hermano Juan y tratar que perdurase (intento vano) su memoria, otro más para él mismo y dos para los hipotéticos hijos que tendría, con el propósito de que la sangre de su sangre supiera cuánto había amado su padre a su madre.
¿Haría realidad ese viaje alrededor del mundo juntos? ¿Para qué embarcarse en la compra de un chalé a pie de playa, si cuando él se fuera la hipoteca quedaría pendiente? ¿Por qué no comprar la Hartley Davidson de sus sueños juveniles y recorrer la piel del país a lomos de la moto más bella? Parar en cualquier sitio, hacer el amor en calas solitarias, reírnos de todo y beber vino y cerveza en tascas y bares de tercera categoría en ciudades desconocidas. Ser felices hasta reventar, besarnos hasta reventar, amarnos hasta reventar. Reinventar la vida otra vez. Ella y yo. Los dos solos. En nuestro rompeolas frente al mundo. ¡Qué bonito vivir y no pensar en nada pues seríamos amos del tiempo que nos queda sin cortapisas!
¿O quizás pondría en práctica el carpe diem horaciano sin limitaciones, a sabiendas que ninguno de los actos irrefrenables que cometiera le llevaría con los pies por delante antes de momento? Fumar sin comedimiento ni mesura todas las cajetillas que le apetecieran pues la trágica dama no echaría su aliento hasta la fecha determinada, beber como un cosaco del Volga todos los potingues que le agradaran o no, probar las drogas tradicionales y las sintéticas y explorar mundos interiores hacia la autodestrucción, acostarse con mujeres sin pausa o medida, participar en orgías multitudinarias en sesiones maratonianas de sexo entusiástico y follar hasta reventar sin amor. Pero luego pensaba qué mejor manera de vivir el tiempo que le quedara sino estar al lado de la mujer que amaba, junto a Laura, para explorar nuevos caminos del amor y el conocimiento mutuo.
Porque el ángel no le había dicho de qué suerte iba a morir y esta inquietud le desazonaba. Si se rendía a los excesos y a los placeres, corría el riesgo de caer bajo los efectos de alguna maldita enfermedad que mermara sus capacidades físicas y esta posibilidad no le agradaba en absoluto. No estiraría la pata hasta la fecha prefijada pero se encontraría limitado para satisfacer otros anhelos que su alma ansiaba antes de recorrer el vuelo infinito. El ideal de James Dean, de morir joven, rápido y bello no se cumpliría en su caso. Era posible que el fantasma de la enfermedad no amenazara su casa y no sucumbiera a las veleidades de un cáncer, una afección cardiovascular o un ictus. Quizás pereciera a manos de una muerte violenta: un accidente de tráfico, de avión, un atraco donde resultara tiroteado, aplastado por una masa histérica que huyera de un gran susto…o quién sabe si su ángel guardián le anunció la fecha del inicio de la Tercera Guerra Mundial con el masivo aniquilamiento de la especie humana sobre la faz de la tierra.
En estas estaba y pasaron los días y los meses y los años. Trató de serenarse y pensar lo menos posible en su tiempo tasado. Decidió transcurrir una vida llena de felicidades pequeñas. Estar con Laura, amarla locamente todos y cada uno de los días, con el hecho cierto de que cada amanecer le daba un beso nuevo a la vida. Tener hijos con ella, verlos nacer, crecer, sus primeros pasos, la ilusión de sus rostros con los Reyes Magos. Luis sabía que moría cada año pero con Laura y sus hijos se sentía vivo extremadamente y aquella era una muerte gozosa pues estaba amando.
Pasaron los días y los meses y los años y el calendario acarició el 13 de junio del 2025. Nuestro protagonista estaba inquieto aquella noche, la última de su andar vital, pero al mismo tiempo una extraña serenidad le embargaba. Había vivido como quiso y su existencia estaba marcada por la carta de la felicidad. No necesitaba más y el tiempo se estaba cumpliendo. Cayó en un plácido sueño, quizás el preludio del adiós.
-Hola, Luis. Soy tu ángel guardián. Aquel que te señaló el día y la hora de tu marcha. Siento decirte que he cometido contigo un lamentable error. Ayer revisando las fichas, me di cuenta que a quien debía darle la noticia no era a ti, sino a tu hermano Luis Salgado Santacruz y tú eres Delgado con “d”. Lo siento, tú no estás convocado al reino de los elegidos. Disfruta de tus momentos y algún día volveremos a vernos.
Luis sonrió para adentro. Él ya estaba preparado pero su tren se había escapado. Salió de la estación de Tanatos pues la vida en forma de sonrisa le esperaba a su lado en el lecho. Un beso y una flor a Laura eran la tarjeta de embarque a nuevos destinos.

Francisco Gómez

Del libro “Sueños de nadie”

QUARANTENA, UN JOC DE PARAULES RELATS de Tomàs Moreno Millán

Estándar

Edicions Enkuadres

Quarantena, un joc de paraules és el nou llibre de relats de l’escriptor, col·lega i amic Tomàs Moreno. Segons deia Pere Calders: “Hi ha dos classes d’escriptors: aquells que han de patir per a escriure i aquells que escriuen per a divertir-se”. Com sabeu, Tomàs pertany de totes totes al segon grup, com el mestre Pere Calders. I no és l’única qualitat que comparteixen. La seua narrativa, curta, sorprenentment subtil i irònica recorda els grans escriptors del realisme fantàstic, no solament Calders, sinó també Italo Calvino, Antonio Tabucchi o Julio Cortázar que en certs punt evoluciona envers la narrativa Kafkiana. No obstant això, cal dir que l’estil de Tomàs és únic i inimitable, fonamentat en la provocació com a reacció davant la indolència i la passivitat dels poderosos. Un estil que tingué molt d’èxit en els anys 60 i 70, per la situació sociopolítica d’aleshores i que, segons sembla, torna a tenir sentit. En realitat, la veu narrativa de Tomàs és la veu d’un poeta, la veu del poeta encarregat d’advertir dels perills al poble. Com a bon professor, ho fa com millor s’aprenen les coses, mitjançant un joc; un joc de paraules, on el lector esdevé una part més del text, al qual, com feia Sant Vicent Ferrer, se li adreça constantment, amb petits clucs d’ulls que fan de la quarantena una mena de codi secret que enllaça tots els contes. Particularment, el conte que més m’agrada és “El Penal”. Una història que narra un episodi viscut a “Sant Miquel dels Reis”, quan encara no era la seu de l’AVL. No es tracta, però dels contes d’elements fantàstics. Malauradament, la història d’aquest conte és ben certa i calia deixar constància escrita, perquè el patiment dels nostres avis no se l’emporte el vent. La nostra literatura necessita narradors com Tomàs, que provoquen els joves lectors amb jocs de paraules i, alhora, honore la memòria d’aquells que caigueren defensant de la democràcia.

Antoni Rovira, llicenciat en filologia catalana i escriptor

JESÚS ZOMEÑO De este pan y de esta guerra Guerra y pan, por Rafael Soler

Estándar

 

ENRIQUE FLORES 1

La Primera Guerra Mundial dejó 30 millones de bajas entre muertos y desaparecidos, y otros veinte de heridos y mutilados. Dejó también numerosos testimonios gráficos de la barbarie, y un ancho muestrario de literatura bélica, si esa es la expresión correcta. “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, de don Vicente Blasco Ibáñez, “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway y “Senderos de gloria”, de Humprey Cobb están en la mente de todos. Y hoy celebramos, en este encuentro de lectores y amigos, la publicación por Ediciones Contrabando de los volúmenes de la autoría de Jesús Zomeño: “De este pan y de esta guerra”, (reconocido el año pasado con el Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y “Guerra y pan”, dos vigorosas y excelentes colecciones de relatos siempre con aquella guerra y sus desmanes como telón de fondo.

ENRIQUE FLORES 2

Está dicho y repetido que un autor que se precie es autor de obsesiones, y que son estas las que orientan su escritura y guían su quehacer a la hora de abordar un poema, perpetrar una novela o escribir ese relato que siempre se hace de rogar, quizá porque se trata de un género exigente donde brillan con igual intensidad los aciertos y los errores. Un relato no es siempre lo que dice y parece, y muchos son los vericuetos que puede ofrecer si su autor es de avisada pluma; pero un relato, un buen relato, es siempre y en primer lugar un desafío, un campo de batalla para mucho contar en pocas páginas, y donde no debe sobrar nada. Jesús Zomeño sabe bien de lo que hablo, pues es uno de nuestros más completos escritores que cultivan este género: “Lengua azul” (2008), “Cerillas mojadas” (2012) y “Piedras negras” (2014) acreditan cuanto digo. A diferencia de Truman Capote, que solía decir de sí mismo “Tengo más o menos la altura de una escopeta, y soy igual de estrepitoso”, Jesús Zomeño es de complexión más contundente, y si por estrepitoso entendemos desmedido, exagerado, Jesús es precisamente lo contrario, escritor casi transparente, volcado en el compromiso de cuajar una obra coherente y sin fisuras. Jesús es también poeta, estudioso de la Primera Guerra Mundial y coleccionista de objetos de aquella época: botones con el emblema del águila bicéfala, máscaras antigás, cascos, y también, historias con su personaje y personajes con mucho que contar. Escritor, pues, con dos explícitas y saludables obsesiones: transitar por aquellos cuatro años terribles, y contarnos con rigor literario cuanto la inspiración tiene a bien dictarle. La guerra entonces como escenario para abordar los grandes asuntos que a todos nos conciernen: la soledad, el desamparo, la bendición y los desmanes del amor, el sentido último de nuestra presencia en este perro mundo, ya sea acodados en la barra de un bar, buscando un urinario o malheridos por una mirada y su metralla.

Abro comillas: Permite que te explique los motivos por los que he dejado de quererte. El primer motivo es el odio. El odio ha sido siempre el tuyo, acaso justificado por mi torpeza. Ocurría en ocasiones tan extrañas como aquella tarde que nos citamos en el Café Central y llegaste antes que yo…El segundo motivo es la tristeza, que nos impide ser mejores. El fracaso nos humilla y entristece… El tercer motivo es el hambre, por el que nada nos resulta suficiente para sentirnos satisfechos. El cuarto motivo por el que dejado de quererte es el miedo. Siempre he tenido miedo a equivocarme… Palabra de Jesús Zomeño en el arranque de su espléndido relato “Viena si anochece”, que junto a otros diecisiete dan sustancia a “De este pan y esta guerra”. Quiso el azar, muchas veces generoso, que en mi condición de miembro del jurado del Premio de la Crítica, abriese el ejemplar que entonces me remitió Ediciones Contrabando – y aprovecho aquí y ahora para felicitar a Manuel Turégano y su equipo por tan excelente y riguroso trabajo – que abriese el ejemplar, decía, por la página 89, tropezando con el texto antes citado, anticipo de la gozosa lectura que me llevó del tirón de un relato a su vecino, todos brillantes, bien hilvanados con el paisaje de fondo de una guerra para nosotros lejana que es, sin embargo, espejo y testimonio de todas las guerras que han sido, son y nos esperan, relatos entre el desasosiego y la esperanza, teñidos de una tristeza diríase que crónica y, sin embargo bien modulada por el autor, como esa lluvia fina inadvertida que nos deja empapados al final del día.

En lo que bien puede considerarse pórtico del libro, con el sugerente título “Un bosque de botones en Letonia”, Juan Lozano Felices, que conoce la peripecia vital de Zomeño, sus desvelos creativos y lo que él llama su “caldero literario”, nos hace ver que, y le cito textualmente, “a pesar de ser un libro transitado por soldados, no hay aliento épico en sus páginas…pobladas de unas criaturas sin majestad ni elevada conciencia en sus objetivos”, para señalar también que “al dar vida a un personaje, el autor cuenta su historia como si fuera una anécdota y pasa a otra cosa”, destacando la técnica del apunte, la anécdota y la sugerencia sin mayores explicaciones como una muy destacable destreza a la hora de abordar sus historias. Diecisiete historias deliberadamente ubicadas en el año de gracia de 1.916, cuando estaba el conflicto en su tramo más oscuro y los días transcurrían entre el barro y la desesperanza, relatos por donde transitan personajes que merecen, todos ellos, una novela de cumplida extensión para conocer su historia, apenas esbozada con dos brochazos contundentes que saben a poco. Es el caso de “Camisa blanca”, que nos presenta a un tipo que afirma que “el amor no es un capricho, es la sangre que nos arrastra por el cauce de lo inevitable”, y que a Dios “le debemos respeto pero no obediencia, porque nos dio la razón precisamente para no tener que ocuparse de nosotros”, un tipo que nos dice “Amo la ventana de mi amada, ansío esa luz de petróleo que parpadea encendida hasta las diez de la noche, en el segundo piso. Cuando ella pasa por delante de la lámpara, su sombra se proyecta en la fachada de enfrente. Quienes viven al otro lado de la calle, dejan abiertas sus ventanas para que la sombra pase dentro y pasee por las habitaciones, pero ya les he advertido a esos vecinos que cierren las ventanas, porque tienen prohibido imaginar”; un tipo sin nombre que viste de camisa blanca y navaja, un tipo, en fin, que bien merece trescientas páginas más cuando le vemos dejar Florencia camino del frente con sus amigos Cecelino y Lucca tras matar a esa mujer de pechos enormes y caderas anchas que nunca entendió sus arrebatos.

Diecisiete historias, decía, y muchas ilustradas con singular talento por Fernando Fuentes Miracoloso, que acompaña al autor desde su primera visita a las trincheras; y en todas la guerra apenas una excusa para indagar en el corazón de nuestros semejantes, su soledad mal llevada, sus íntimos fracasos, su deambular por una vida impuesta que apenas comprenden y les oprime, la compasiva mirada del autor cuando ejerce de notario, el contenido aliento lírico que impregna todo, y el regalo de reflexiones que abren y cierran paréntesis entre bayonetas, sangre y barro; ocurre así en “Una ciudad en la India”, donde el protagonista nos confiesa que “hay una ciudad donde espera mi muerte. El lugar no está en los planos, para que todo se olvide cuando yo muera”; también en “Dos dientes de oro”, cuando escuchamos decir al soldado Robico Csorba, voluntario en 1.915 porque un destacamento militar pasó por su aldea requisándole la vaca y el mulo, que “la vida es un truco que debe deslumbrar a los espectadores y acabar con un final sorprendente; y permítanme volver al vigilante de sombras cuchillo en mano que antes cité, para poner énfasis en la vocación de estilo de Zomeño, y el alto vuelo literario que logra su escritura: “Una camisa blanca realza el pecho de un hombre que se enfrenta al mundo y ese lienzo, por delante, delimita su valor. No hay cosa más hermosa que una puñalada sobre una camisa blanca; pero luego, cuando estés agonizando, que nadie te arranque la camisa, porque es de cobardes buscarle una causa a la muerte. A un hombre lo que se atraviesa es el alma y no el hígado o los pulmones”.

Son tiempos amables para el relato, considerado en ocasiones un género menor por insensatos que nunca se enfrentaron a las dificultades de cerrar una historia en siete folios, y todos ellos tallados a escalpelo para que nada sobre. Jesús Zomeño y Ediciones Contrabando bien lo saben, y a la estela del éxito de “De este pan y de esta guerra”, publicaron el último trimestre del pasado año “Guerra y pan”, provocador y brillante título que mucho debe al brillante y provocador Fernando Beltrán, colega y amigo, también transparente, y genial. Nos dice Jesús con templado humor en la Nota del Autor que “no tiene sentido seguir abundando en historias de la Gran Guerra, literariamente es un suicidio, me limita el desarrollo de nuevos libros y me encasilla como escritor excéntrico y marginal; si tuviera un agente literario me resolvería el contrato”. Afortunadamente para sus nuevos lectores, que deseo legión, y los que hace tiempo disfrutan con sus libros, ningún agente literario se cruzó por el camino, y hoy podemos disfrutar con estos nueve nuevos, si me permiten el trabalenguas, que hablan de los que murieron con la boca abierta, porque ellos sabían que no pasarían sed cuando lloviese; del abrelatas que John James Stevens llevaba en el bolsillo, y de la lata que su enemigo Hans Schmidt guardaba en la mochila, sin comprender que uno atacaba al otro por instinto; de la resignación de aquel prisionero pelirrojo que cuando iban a matarle pidió que le ataran las manos para que todos viesen luego que no había sido culpa suya no haber luchado; y de Martin Finn, que cuando escuchó decir al capellán que el alma de cada uno permanece en lo que más aprecia rompió todos sus cigarrillos, para que su alma no resucitase en la boca de otro.

Dice Jesús que no quiere debatir sobre para qué sirve la Literatura y, sobre todo, para que le sirve al autor escribir. Él sabe mejor que nadie que escribe por su necesidad de indagar en el corazón del otro, y porque solo así puede afrontar el nuevo día que le espera.

RAFAEL SOLER

Presentación en Madrid de nuestro Premio de la Crítica Valenciana 2017, por Pepe Orts

Estándar

El pasado día 9 tuve el placer de acompañar, en su Puesta de Largo literaria en Madrid, a Jesús Zomeño, amigo muy querido y recién premiado por la Crítica Valenciana .

El lugar, el Café Comercial, viejo templo de tertulias y 130 años de presentaciones literarias.

Los Libros presentados : “De este pan y esta guerra” y de “Guerra y pan” Editados por Contrabando con Ilustraciones de Miracoloso

Después de unas breves palabras del Editor, la Presentación fue cosa del también premiado ( 2015) Rafael Soler , valenciano ,ingeniero, profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Sociólogo y por encima de todo autor de amplio espectro.

20 minutos de exposición y afinada pluma transmitieron claramente el estudio de reflexión y análisis profundo, tanto del autor como de los relatos. Es lo que a tantos lectores nos gusta y esperamos de los buenos comentaristas como en esta ocasión fue Rafael Soler.

Entresaco de sus comentarios aquellos que más me revelaron la personalidad literaria de mi amigo Jesús y la maestría con que están escritas sus narraciones

———————-

¨…….un autor que se precie es autor de obsesiones, y que son estas las que orientan su escritura y guían su quehacer a la hora de abordar un poema, perpetrar una novela o escribir ese relato que siempre se hace de rogar, quizá porque se trata de un género exigente donde brillan con igual intensidad los aciertos y los errores. Un relato no es siempre lo que dice y parece, y muchos son los vericuetos que puede ofrecer si su autor es de avisada pluma; pero un relato, un buen relato, es siempre y en primer lugar un desafío, un campo de batalla para mucho contar en pocas páginas, y donde no debe sobrar nada. Jesús Zomeño sabe bien de lo que hablo, pues es uno de nuestros más completos escritores que cultivan este género.”

—————–

Diecisiete historias , y muchas ilustradas con singular talento por Fernando Fuentes Miracoloso, que acompaña al autor desde su primera visita a las trincheras; y en todas la guerra apenas una excusa para indagar en el corazón de nuestros semejantes, su soledad mal llevada, sus íntimos fracasos, su deambular por una vida impuesta que apenas comprenden y les oprime, la compasiva mirada del autor cuando ejerce de notario, el contenido aliento lírico que impregna todo, y el regalo de reflexiones que abren y cierran paréntesis”

——————

Media hora larga de introduccion es mucho para una presentación y soy testigo de que fueron palabras de análisis y, un tanto muy importante, de admiración del Presentador hacia el Autor.

En su turno, Zomeño, transmitió su atracción por el tema de la Gran Guerra; la visión desolada de los escenarios, el aislamiento, el diálogo interior en un pozo de silencio que invade las trincheras, la explosión inesperada de un obús que tritura el ultimo pensamiento y abate un corazón demasiado joven que se paraliza ignorando el por qué de su presencia en ese infierno…..

Nuestro autor puso de relieve la guerra como gran tragedia frente a las guerras-espectaculo de las pantallas donde el dialogo anima y oculta la descarnada realidad construida con soledad silencio y muerte.

En las guerras de Jesús, los soldados son siempre personas y como tales se manifiestan en un ambiente de soledad, de ignorancia, de violencia y de escandaloso silencio pero siempre… humano

Pero el Zomeño narrador es poeta y no puede evitar el goteo de ternura que aglutinan al lector con sus soldados, al fin y al cabo las victimas inocentes de las guerras.