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JULIO CON ANTIFAZ. UNA LECTURA DE “LA BELLEZA DE LA FRUTA”, por Juan Lozano Felices

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Tenía las llaves de su bosque, pero no abrían el reino de su pensamiento”. Con esta sugestiva frase da comienzo Julio Soler a “El bosque de las pawlonias”, el primer cuento y uno de mis favoritos de su nuevo libro “La belleza de la fruta”, editado en feliz conjunción por Ediciones Frutos del Tiempo y la colección Peces Solubles. Proyecto éste último que gobierna el propio Julio como si fuera una ínsula presidida por la belleza y el misterio hipnótico. Esa primera frase es la puerta o la madriguera del conejo que nos sumerge de lleno el mundo mágico y altamente adictivo de su autor.

En la colección Peces Solubles han aparecido hasta el momento “Compártame en embolsamientos de aire frío” (1998), “Bestias enamoradas” (2014) y “Pues tú me eliges el veneno” (2016). En todos ellos, como en éste, Julio ha contado con la inestimable colaboración del artista plástico Antonio Mora a quien no puedo dejar de citar de aquí, como tampoco a Paco Valverde como pilar audiovisual de sus presentaciones ni a esa extraña pareja, Juan León y Roberto Martínez, con sus performances en las sucesivas lecturas del Manifiesto de los Protectores de los Peces Solubles. También, en los últimos dos años, han ido brotando cuentos de “La belleza de la fruta” en la revista digital Agitadoras y alguno que al final ha quedado inédito. “La belleza de la fruta”, ya en su forma definitiva como libro, consta de dos partes; una con los cuentos y otra gráfica bajo el título “La belleza de la fruta ilustrada” con fotos de ilustraciones, montajes y fotogramas de películas; a manera de correlato visual de la parte literaria.

Lo he contado alguna vez, el día en que conocí a Julio Soler, él tocaba el piano. El tiempo ha ido añadiendo detalles a la escena, Julio con esmoquin, Julio con antifaz, Julio a la débil luz de las velas y golpeando con el dedo índice el borde de una copa de borgoña… A veces, el piano es de cola y otras, si afuera llueve, puede que no sea un piano sino un clavicordio. La copa de borgoña emite una vibración semejante a la prolongación de una nota pedal sobre la que Julio improvisa diversos acordes. Todo ello es auténtico y, a la vez, entra en el mundo de lo onírico. Vamos ahora con “La belleza de la fruta” y su poética.

La génesis de “La belleza de la fruta” es lejana, colindante con “El balcón de Laura” (Frutos Secos, 1987), pero han tenido que pasar más de treinta años para que el libro vea la luz. A veces, Julio nos hacía partícipes de alguno de sus cuentos, unas veces decía que eran cuentos de amor cortés y otras que pertenecían al ciclo de la belleza de la fruta. Intuyo que, al final y de forma natural, ambas categorías han terminado por fusionarse, anexionarse o fagocitarse para dar forma a este corpus narrativo, a esta delicatesen que estamos a punto de degustar. Envidio sanamente a aquellos que aún no han entrado en el mundo juliano, porque están a punto de franquear puertas que, de otro modo, continuarían cerradas o ni siquiera serían visibles. O de cruzar espejos para, al otro lado, seguir las pistas que a modo de migas de pan, Julio ha ido dejando aquí y allá: referencias musicales, cinéfilas y literarias. Si estas pistas llevan a algún lado, solo al lector le corresponde averiguarlo. Puede que, el sendero a través del bosque, conduzca a cada lector a lugares distintos o, como en “El ángel exterminador”, acabemos en una sala de la que no podamos salir. Como también he dicho alguna vez, el juego es el alcaloide en la obra de Julio Soler. Uno hará bien dejándose seducir por la plasticidad sensorial de su lírica, por el juego verbal, por el fabulador nato, por la alta imaginería de su creación poética. Porque de sinergia poética y no de otra cosa, estamos hablando aquí. Y también, claro, de amor, los cuentos de “La belleza de la fruta” son siempre cuentos de amor. Pero en Julio, es como si la herida nos doliera antes de producirse. Más allá de lo dicho, no voy a caer en el tremendo error de intentar explicar la lírica de Julio Soler, si es que tal cosa fuera posible. Como bien dice Jesús Zomeño en el texto de contraportada, “la reflexión y el romance están en lo que no se explica, porque él sólo modela los bultos que hay tras la cortina”. Además, intentar revelar lo que está oculto llevaría a quebrantar el artículo 15 del Manifiesto de los Protectores de los Peces Solubles, que dice: “Nunca preguntarse ¿Qué significa esto? ¿Qué ha querido decir con esto?”.

He hablado de un territorio mágico donde Julio toca el piano. En otra versión, el antifaz de Julio no tiene huecos para los ojos. Es un antifaz para dormir y Julio hace vibrar a ciegas la copa de borgoña. Me pregunto si será el mismo antifaz que utiliza para escribir.

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Narraciones inacabadas, Cuentos de Atanasio Die, por Ada Soriano

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El pasado día 1 de diciembre se presentó en el auditorio de La Lonja de Orihuela el libro Narraciones inacabadas, Cuentos de Atanasio Die, todo un sincero y estupendo homenaje póstumo a un dramaturgo y escritor oriolano apasionado, persistente y dotado de una imaginación portentosa que, a pesar de su repentina muerte, nos ha dejado una huella imborrable y un legado la mar de interesante.

El acto de presentación de este hermoso libro, en el que tanto empeño e ilusión han puesto los responsables de la edición, fue un éxito rotundo. La sala quedó completamente desbordada ante la cantidad de asistentes que acudieron a La Lonja para honrar, con el mayor respeto y afecto, la memoria de Atanasio Die Marín.

Atanasio llevó a cabo representaciones teatrales durante muchos años junto a la actriz Manuela García Gómez, su esposa y compañera inseparable en todas sus empresas.

Las obras de Atanasio no se lucieron solo en Orihuela, también en otras ciudades. Quienes hemos tenido el placer de conocerlo, sabemos que no concebía la vida sin el teatro. De hecho, siendo muy joven, ya demostró su capacidad creativa.

Creó y dirigió el grupo de Teatro Expresión, cuenta con más de 60 obras propias estrenadas como Semen-terio y Libertad, Historia de una barricada o El almendro de plata, fue socio fundador del Club Tháder y adquirió conocimientos en el Teatro Independiente de Madrid. Asimismo, dirigió la puesta en escena de textos dramáticos de Miguel Hernández y García Lorca, entre otros.

Obtuvo varios premios como el de la crítica en la II Muestra de Teatro Provincial de Alicante en 1979 por Somos un pueblo que sueña (homenaje a los poetas oriolanos), generó materia dramática con la puesta en escena de poemas con la finalidad de difundir la poesía de sus amigos, por lo que le estamos más que agradecidos. Además, dirigió el Teatro Circo de Orihuela desde 1995 a 2000 y cultivó asimismo la poesía y el cuento. Figura como miembro de la Sociedad General de Autores de España.

En febrero de 2017, fecha de su fallecimiento, el Ayuntamiento de Orihuela aprobó por unanimidad cambiar la denominación de Teatro Circo por Teatro Circo Atanasio Die

Narraciones inacabadas se abre con una imagen del autor, logrado fotomontaje diseñado por su hijo, Pablo Atanasio Die García. A continuación, nos encontramos con dos prólogos que, aunque no es lo habitual, me parecen necesarios en este caso. El primero, bajo el título El sueño dormido, escrito por Manuela García, ´Manoli´ –así la llamamos siempre los amigos y familiares-, es una emotiva invitación a la lectura de estos cuentos, que como bien expresa, “se mueven entre el delirio y la demencia”. El segundo, titulado La posibilidad de lo terrible, lo firma José María Piñeiro. Como mínima muestra de sus brillantes y acertadas reflexiones, valga este ejemplo: “Atanasio atiende a lo real cotidiano, pero sabiendo que potencialmente lo real es la posibilidad de acontecimiento de cualquier cosa”.

Seguidamente podemos deleitarnos con el verdadero propósito de este libro, los veintiún cuentos escritos por Atanasio, algunos de ellos dedicados a escritores y cineastas como es el caso de los titulados El circo Hudson, El desahucio o El pentáculo del sol.

Todos los cuentos que aquí aparecen van acompañados de ilustraciones originales, elaboradas expresamente para este volumen por diferentes artistas plásticos que, además, ofrecen al lector su manera de pensar y sentir acerca de nuestro amigo Atanasio. Expongo, a continuación, la nómina de artistas: Pepe Aledo, Pedro Díaz, Francisco Segura, Fabiola Andreu, Eva Ruiz, José Antonio Muñoz Grau, Víctor Cámara, Lucía Muñoz Fabregat, Federico Chico, Pedrol, Roberto Almansa, Roberto Fernández, Luna Sola, José María Piñeiro, Manuel Aguilera, Cayetano Gómez, Alfonso Ortuño, María José Cortés, Luis Cases, José Rayos Menarguéz y Fran Giménez.

Como argumenta Sergio Galindo Mateo, responsable de las correcciones, “(…) estas historias presentan un elemento de unión, de modo que se trata de una colección de cuentos con un sentido, con un nexo (…).

Tras una pausada lectura, suscribo las palabras que ponen el broche final a este libro tan especial: “(…) El resultado es inquietante y enfrenta al lector ante el eterno cuestionamiento de la existencia, del amor, de la vida y de la muerte, invitándole a una íntima y pausada reflexión”. Y tengo en consideración las palabras de Marco Polo, autor del epílogo. Afirma que Atanasio “(…) Meditaba cada una de sus decisiones o creaciones escudriñando de manera dialéctica en su propio monólogo interior los apasionados debates de sus obras teatrales o proyectos. (…)”.

Con todo lo expuesto me sumo a los que han hecho posible, con su cariño y buen hacer, que lo que empezó siendo un proyecto se haya convertido en un hecho tangible. Y tened siempre en cuenta lo que nos dice Manuela al final de su prólogo: “Disfrutad de su lectura haciendo presente un ser lleno de creatividad”. Al fin y al cabo, ese es el mejor homenaje que puede hacerse a un escritor: leer su obra.

Ada Soriano

Diciembre de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

La Belleza de la Fruta de Julio Soler. Texto de contraportada de Jesús Zomeño.

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Todos tenemos una voz propia, la nuestra, pero eso no sirve para nada. Lo importante es lo que hagamos con ella.

Tampoco sirve de mucho ser caótico, deslumbrante y avasallador, si uno no tiene nada que decir.

Repetir lo obvio, sin destreza ni imaginación, no deja de sorprenderme, aunque no sea una sorpresa agradable.

Julio Soler incumple todo lo anterior.

Lo más evidente de Julio es que oculta lo que no quiere que sepas. El drama, la reflexión y el romance están en lo que no se explica, porque él solo modela los bultos que hay detrás de la cortina.

Su estilo es surrealista, irónico y sorprendente, pero juega a despistar porque tiene un truco que consiste en guardarse un as en la manga, aunque lo curioso es que escribe sin brazos. Búscale la manga, eso sí que no es obvio.

LA BELLEZA DE LA FRUTA es un libro en dos tiempos, primero el asombro y luego el fondo. Hay que leerlo despacio por sus matices y entre tantos destellos, aparentemente descontrolados, cerrar los ojos para reflexionar. Julio Soler no emplea las palabras solo como fuegos artificiales, sino que detrás de cada párrafo que no creas entender –hasta que te fijes- hay un drama, una historia de amor u otra nostálgica. La mano que falta, la del truco donde esconde la carta, es la que está acariciándote.

Un libro esencial que cartografía lo que Zygmunt Bauman ha llamado la realidad líquida.

Jesús Zomeño

 

Sra. Waterproof y Sr. Stainless Steel.
Fernando Ramos Cordero.

 

 

 

Cada tarde a las cinco, Andrés Guilló Javaloyes, núm 21 de la colección Frutos secos narrativa.

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PRIMERA COMUNIÓN

Quizás os parezca una tontería, pero ahora que ya han pasado muchos años tengo que liberar mi cabeza de esta culpabilidad que llevo arrastrando.
Mi madre era una señora muy maniática, sobre todo de la limpieza, se pasaba los días con el mocho, la escoba y el plumero en mano, no tenía descanso.
Su mayor obsesión era tener la ropa más blanca de todo el vecindario. Las sábanas, las toallas, sus vestidos y los trajes de mi padre y mis hermanos.
Yo era la única niña de la familia y siempre me tocó vestir de rosa, un color que aborrezco, pero ella nunca reparó en que me desagradaba.
Recuerdo con horror esas mañanas dominicales al salir de casa los cinco para escuchar misa. Papá, mamá, Juanito y Manolo, todos de blanco nuclear y yo, ataviada con vestido rosa y rematando mis largas y rubias trenzas dos enormes lazos del mismo color.
Mis vecinos en las puertas de sus casas le alababan el buen gusto y no se cansaban de repetir lo guapos y bien vestidos que nos llevaba. Yo estaba harta de tanta blancura y ser la pieza en discordia del conjunto.
Un día, deambulando por el barrio, en el escaparate de la mercería de la señora Margarita vi un par de calcetines de color rojo que me gustaron mucho. Entré y los compré. Cuando llegué a casa los escondí en el cajón de mi armario para que mi madre no los viera y esperar el momento de poder utilizarlos.
Me faltaban pocas semanas para tomar la Primera Comunión, como miembro de la buena familia cristiana que mi madre se empeñaba en aparentar.
A mí no me gustaban ni las iglesias ni los rezos.
El sábado antes de mi gran día, mi madre ilusionada y loca de contenta encaló la fachada de nuestra casa de un blanco tan intenso que hasta deslumbraba. Además, se pasó todo el día limpiando.
Llenó la lavadora con su vestido y las camisas y pantalones de mi padre y hermanos, todo blanco, para ir perfectamente a tono acompañándome en mi eucaristía.
Jamás olvidaré su cara al abrir la lavadora para tender la colada. Su rostro se desencajó cuando en mitad de la ropa húmeda encontró un calcetín rojo, con el resultado de que todas las prendas cambiaron su color original por un tono rosa palo.
Llegó mi gran día. Entré en la iglesia de las primeras con mi vestido de encaje y ganchillo a juego con la fachada de nuestra casa.
Sentados en el banco que había detrás de mí estaba toda mi familia, pero hoy ellos eran los que vestían de rosa.