Cada tarde a las cinco, Andrés Guilló Javaloyes, núm 21 de la colección Frutos secos narrativa.

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PRIMERA COMUNIÓN

Quizás os parezca una tontería, pero ahora que ya han pasado muchos años tengo que liberar mi cabeza de esta culpabilidad que llevo arrastrando.
Mi madre era una señora muy maniática, sobre todo de la limpieza, se pasaba los días con el mocho, la escoba y el plumero en mano, no tenía descanso.
Su mayor obsesión era tener la ropa más blanca de todo el vecindario. Las sábanas, las toallas, sus vestidos y los trajes de mi padre y mis hermanos.
Yo era la única niña de la familia y siempre me tocó vestir de rosa, un color que aborrezco, pero ella nunca reparó en que me desagradaba.
Recuerdo con horror esas mañanas dominicales al salir de casa los cinco para escuchar misa. Papá, mamá, Juanito y Manolo, todos de blanco nuclear y yo, ataviada con vestido rosa y rematando mis largas y rubias trenzas dos enormes lazos del mismo color.
Mis vecinos en las puertas de sus casas le alababan el buen gusto y no se cansaban de repetir lo guapos y bien vestidos que nos llevaba. Yo estaba harta de tanta blancura y ser la pieza en discordia del conjunto.
Un día, deambulando por el barrio, en el escaparate de la mercería de la señora Margarita vi un par de calcetines de color rojo que me gustaron mucho. Entré y los compré. Cuando llegué a casa los escondí en el cajón de mi armario para que mi madre no los viera y esperar el momento de poder utilizarlos.
Me faltaban pocas semanas para tomar la Primera Comunión, como miembro de la buena familia cristiana que mi madre se empeñaba en aparentar.
A mí no me gustaban ni las iglesias ni los rezos.
El sábado antes de mi gran día, mi madre ilusionada y loca de contenta encaló la fachada de nuestra casa de un blanco tan intenso que hasta deslumbraba. Además, se pasó todo el día limpiando.
Llenó la lavadora con su vestido y las camisas y pantalones de mi padre y hermanos, todo blanco, para ir perfectamente a tono acompañándome en mi eucaristía.
Jamás olvidaré su cara al abrir la lavadora para tender la colada. Su rostro se desencajó cuando en mitad de la ropa húmeda encontró un calcetín rojo, con el resultado de que todas las prendas cambiaron su color original por un tono rosa palo.
Llegó mi gran día. Entré en la iglesia de las primeras con mi vestido de encaje y ganchillo a juego con la fachada de nuestra casa.
Sentados en el banco que había detrás de mí estaba toda mi familia, pero hoy ellos eran los que vestían de rosa.

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Este sol que ya no es el mismo, por Francisco Gómez

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A mis padres
A mis tíos
A mis amigos y vecinos
Dicen que no pero sí están

El otro día fui a ver a una prima que sufrió un arrechucho delicado a la arquitectura más hambrienta de esperanza de la “city”. Durante esta caminata circundé el que fue mi instituto cuatro años, el periodo más importante de mi vida como estudiante después del colegio San Fernando cuyos recuerdos de infancia, profesores y amigos me acompañan siempre.
Una sombra de nostalgia y temor cruzó la mirada mientras veía el patio donde en COU participé en el campeonato de lanzamiento de aviones de papel y casi quedé campeón ante la sorpresa del profesor de Filosofía y mis amigos de entonces. El mismo patio donde el cabrón del profesor de gimnasia me suspendió esta asignatura en tercero de BUP para septiembre. Todo el verano obligado a preparar pases de baloncesto, pivotar y pases de bandeja. Lo bueno; cogí afición a este deporte. En aquellos días de clase a jornada partida, jugaba con mis amigos, compartíamos confidencias o nos comíamos los apetitosos bocadillos de tortilla de patatas. Las clases de Bernardino que me enseñó a amar por siempre a mi fiel amante; la Literatura. El primer recital con Ramón Alarcón Crespo que enganchó mi ánimo y espíritu para siempre a la poesía. Las tranquilas e inolvidables clases de Griego con Blanca cuando éramos jóvenes e inmortales y queríamos comernos el mundo con nuestros sueños. Las primeras mujeres que no me hicieron caso entre aulas, pasillos y descansos. Los amigos que no fueron para siempre con sus nombres y apellidos completos. Cada uno trazó su vereda cuando se nos abrió la veda y el “The end” en la enseñanza media. El otro día saludé en la Avenida a uno de ellos que hace años no veía e iba a estudiar conmigo Periodismo en la capital del imperio. No se apuntó a la aventura y marché solo lleno de proyectos e inquietudes a cursar destierro de la mar por años.
Miro y recuerdo tantas cosas, tantas vivencias, tantos momentos, tantos amigos en el instituto Pedro Ibarra Ruiz y una niebla atraviesa mis ojos. Han pasado ya 34 años de mi vida que sigue tan incierta y plena de incógnitas como antes. Mi barco continúa a la deriva más que antes incluso y ya no sé a qué puerto dirigirme. No me espera ninguna Ítaca segura, ningunos ojos, ningunos besos, ningunos abrazos que sean mi patria. Sólo soy un huérfano de 52 años que camina entre la incertidumbre y la niebla.
Mi querido sobrino ha empezado este año el instituto. Saltará dentro de poco de la única patria que tenemos: la infancia para pisar las primeras estancias de la adolescencia. Esta senda tan complicada, tan repleta de sugerencias y posibilidades y no pocas dificultades. Deseo de verdad, de corazón que le vaya bien la ruta de la infancia a su nueva época, esta transición que le llevará a ser un joven espero que bueno, hospitalario y con sus propios criterios y valores para recorrer como él desee los caminos de su vida. Nadie podrá evitarle los mordiscos del amor y su reverso, la soledad que sentirá como un aliento (espero que su estancia en ella sea lo más grata posible), la incomprensión y la indiferencia de este mundo de adultos áspero donde vivimos. Mientras tanto, le acosan y asedian con deberes, exámenes, lecturas y demás tareas que apenas le dejan tiempo para apurar sus últimos días de niño y disfrutar de su tiempo libre como me ocurrió hace ya más de tres décadas. La historia se repite, la noria gira monótona e inmisericorde a los cambios. Los mismos paréntesis, los mismos signos que cambian al contacto con otros, el método científico… Seguimos siendo víctimas del mismo sistema educativo que se alimenta de nuevos inquilinos que han de padecer las mismas asignaturas con nuevos lavados de cara. Similares exámenes para conducirlos a la so(u)ciedad adocenada, aburrida, repetitiva de patrones y conductas cuyo fin es hacernos productores y consumidores con el yugo de la hipoteca sobre nuestras frentes. El hombre del siglo XX y principios del XXI es más esclavo y depositario de menos certezas y seguridades que nuestro homólogo medieval.
Camino hasta la Residencia a la que han dado un lavado de cara en casi todas sus plantas. El vestíbulo parece el receptáculo de una aséptica nave espacial, inmaculada, dañiña para los ojos donde cada cual arrastra sus afanes, cada paisano sus monólogos y cuitas. Veo a mi prima. Más de 60 años la contemplan y el corazón le ha ha dado un aviso serio. El otro día también vi a mi tío, hermano de mi padre, que tenía problemas para respirar por el maldito tabaco. Veo tantas tinieblas, tanto telón caído, tanta vejez en los que no hace tanto eran mis referentes. El cuerpo tiembla, las certezas decaen.
Tantos se han ido ya al otro lado de la orilla incógnita. Ahora voy a más entierros que a BBCs. Contemplo las fotos en blanco y negro de otro tiempo. Antigüedad de un pasado que enmarca la derrota de los días presentes. Ilusión de un ayer caído. Las fotos en la playa, rodeado de tíos, de primos, cuando sonreías a la cámara. Y el tiempo, este tiempo, el mismo sol dorado de la tarde que desgasta como las olas nuestra piel, nuestros huesos, nuestro pelo. Ha marcado con estrías interiores nuestros sueños. Ha mentido con descaro al niño que fuimos, que aún guardamos, al joven lleno de ilusiones y probabilidades. Nos ha marcado, guste o no, con los señas de la soledad y la ausencia. Quizás y sin quizás para siempre.

Francisco Gómez

Cada tarde a las cinco, relatos Andrés Guilló Javaloyes. (Ilustraciones de Tonia Baeza) Presentación. Prólogo de Carlos Javier Cebrián.

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Prólogo

Hay autores cuyo único fin es relatar los acontecimientos; El mío sería escribir,
no lo ocurrido, sino lo que puede ocurrir.
Michel de Montaigne. “De la fuerza de la imaginación”.

Dice la teoría, la Academia, que un relato es un conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho. Es decir relatar es dar a conocer un suceso. En cambio un cuento es una narración breve de ficción.

Para mí, en literatura, lo importante es lo que no se dice, lo que subyace por debajo del relato o del poema, o de la novela o de la pieza teatral, lo que se le escapa al texto. La sugerencia, lo no explicitado. Lo conciso. Por mi amigo Juan Lozano Felices *, he aprendido la teoría del Iceberg que manejaba Ernest Hemingway sobre la buena escritura. Afirmaba que la belleza del Iceberg está en lo que no vemos, que es mucho más que lo que aflora en la superficie, que solo puede existir si está sustentado bajo el agua por los siete octavos de su volumen. El magma de la tierra, no el fuego del volcán que cuando asciende hacia la superficie, como materia fundida, se denomina lava.

Según decía Julio Cortázar, como en el boxeo, el cuento gana por Knock out, mientras que la novela gana a los puntos. Andrés nos noquea en todos sus relatos. Nos relata su imaginación, sus cuentos, como fogonazos, como deslumbres. Con una gran variedad, no ya de temas sino de tono: suspense, intriga, terror, locura, crimen, muerte, amor, amores rotos, sueños imposibles, sueños cumplidos. Relatos plenos de imaginación, con pocos apuntes autobiográficos, solo en Charlas con Bimba o Eres tú podemos apenas atisbarlos. Algún homenaje cinéfilo y terrorífico como en el relato Amor autómata, donde se permite el lujo de homenajear al gran Chicho Ibáñez Serrador explícitamente: “Quién puede matar a un niño”, película del año 1976.

Hay quienes creemos que lo extraordinario reside en lo ordinario, por el contrario, Guilló nos cuenta que lo extraordinario está ahí precisamente, en lo extraordinario. A veces con elementos de ciencia ficción y casi siempre relatando una realidad paralela pero precisa. Con técnica clásica, introducción, nudo y desenlace casi siempre sorpresivo e impactante.

Narraciones extraordinarias se tituló la colección de cuentos de suspense y terror publicada en 1859, de Edgar Allan Poe, algo así podría haber hecho Andrés Guilló, salvando las distancias claro, con sus cuentos imaginativos, intrigantes, sorprendentes. Un juego literario al que les invito, estimados lectores … Lean y sorpréndase, asústense, diviértanse … Para eso existe la literatura, para emocionarnos.

 

Carlos Javier Cebrián, julio 2018

 

* Texto de presentación del libro de relatos Banderas dobladas de Ignacio Fernández Perandones (Amarante, 2018)

LA NOCHE VIVA. Por Lola Obrero

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Hay  noches que huelen a noche viva,

y tientan en sabores aprehendidos.

Diáfanas en oscuridad constelada,

hacen estremecer, iluminando

como fuego adherido

a la piel del noctámbulo.

Las noches así son portadoras

de esencia de extrañas armonias,

que serenan los sentidos,

mitigando los desasosiegos.

Amalgamadas  en aromas,

en sonidos rítmicos que incitan,

esas noches están vivas

de vida que  da albergue, que protege.

En esas noches degusto una marea

celeste de sensaciones,

la efervescencia del mundo infinito

que no cesa todavía.

Es mi noche viva.

Que no cansa, que no duele…

Es profunda y a la vez etérea.

Es la noche que me transporta,

sin querer saber a dónde.

Lola Obrero

A LA DERIVA, por Lola Obrero

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Y dejarse llevar a la deriva,
como si fuéramos ondas menguantes
en un mar ya calmado, conocido,
llevando en lo profundo
la íntima esperanza del consuelo.

Y olvidar los deseos escondidos,
bajo las huellas incurables de la herida,
inertes, aún suspendidos

del hilo del que teje.
Del que a veces se estira demasiado,
del que habría que soltarse sin pensarlo,
demostrarse a sí mismo que se puede.

A pesar de los miedos, ir tranquilo;
aligerarse el alma y desprenderse,
irse a la deriva, sin abrigos, a ser posible

después de consumir toda la etapa;
después de malgastar todo el ovillo.

Lola Obrero

CHARLA SOBRE EL ABISMO, por Francisco Gómez

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    El otro día andaba uno por su espacio mítico en uno de esos via crucis sentimentales que a veces acostumbro a caminar, arrastrando los pies por las cosas de la vida que te devuelve cheques vacíos plenos de ausencias y preguntas de difícil respuesta, cuando vi a mi amiga Josefa.
En estas que nos ponemos a charlar, ella con los ojos arrasados y la mirada baja que apenas tenía fuerzas para dirigir a mis ojos silenciosos y me dice:
-No es justo, Francisco. No es justo. Mi Pepe hacía mucha falta en la casa. Era el pilar principal. No sé qué vamos a hacer sin él. Mis padres tenían que haberse ido antes.
Ella estaba delante del columbario de su amado hermano mayor, que tanto aprecia, que tanto ha querido a sus escritores. Me cuenta entre susurros y lágrimas que su Pepe tenía la habitación llena de libros, que junto al ajedrez y la música de Mark Knopfler era lo que más amaba en este duro y difícil mundo.
-¿Quieres que te diga una cosa? A mi hermano lo enterramos con un libro del Quijote, el libro que más quería, por expreso deseo suyo. ¿Sabes que tenía un club de amigos que leían el Quijote y lo comentaban entre ellos…? Se partía leyendo cosas de este libro. Se lo sabía de memoria. Lo había leído muchas veces.
Quedé anonadado cuando me comentaste esta nueva que desconocía. No sabía qué decir mientras miraba tus ojos, ríos-mar del desconsuelo.
-Mi Pepe era muy inteligente. Tenía una inteligencia natural que no pudo desarrollar porque de joven se puso a trabajar pronto. Tanto trabajar para qué. Mira… No hay Dios, Francisco, no hay Dios. Si lo hubiera no habría permitido esto y se hubiera llevado a mis padres antes. ¿Tú de verdad crees…?
-Le dije que sí, a pesar de todo, de los palos de la vida que todos recibimos sin entender bien por qué. Un creyente de tercera división con tendencia a bajar de categoría con más defectos que pelos tengo en la cabeza pero no por méritos propios, aún mantengo una mínima parte del grano de mostaza.  Ella sabía bien por qué lo comentaba.
-¿Y ahora, qué, ahora, qué…?, me interrogabas buscando respuestas que uno sabes que no tiene, que no tengo del todo, o casi nada hace tiempo. La vida es un barquito inmanejable, incluso para nuestras velas. Nuestros caminos, a veces, muchas veces, ni siquiera son de propiedad particular.
Te comenté que tienes que levantar el ánimo, poco a poco, sea como sea. Con tus amigas, volviendo a trabajar. No encerrarte porque si te quedas en un rincón no te recogerá nadie. El mundo bastante tiene con sus cuitas y casi nadie dirigirá la mirada a la esquina donde te derrumbes, si lo haces.
Hablamos de tu padre que debéis meter en una residencia pronto para que la carga que lleváis sobre vuestros hombros y conciencia tú y mi amigo Emilio sea más llevadera. Y te pedí que no te hundas.Te dije que aplico el cuento por la cuenta que me trae.
Nos abrazamos, nos besamos en las mejillas, nos animamos. Te animé.
Marché con un no sé qué en el alma.

Francisco Gómez

Diario de un cinéfilo (31. Los comulgantes), por Javier Puig

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Los comulgantes (1963) es una de las más sombrías películas de Ingmar Bergman. Pertenece a esas obras suyas que pretenden trasladar su angustia al espectador, generada siempre a partir de los temas fundamentales que afectan a la existencial condición del hombre. Con esta historia aúna dos de sus temas más recurrentes: por un lado, “el silencio de Dios” – tratado tanto en esta obra como en El silencio y Como un espejo, conformando una trilogía – ; y, por otro, un análisis durísimo del desamor y de la incomunicación como mermas profundas del ser, dolencias que conllevan, a menudo, el ejercicio de crueldad.

Bergman nos presente al hombre en su más lacerante intemperie, desprotegido de las necesarias verdades y de los imprescindibles afectos. El protagonista es un pastor protestante que sufre un doble fracaso: su propia falta de fe en Dios y la incapacidad para atraer y confortar a los pertinentes feligreses. La película se abre con la desangelada ceremonia de una misa que oficia él ante una escasísima concurrencia. Entre esos asistentes está la maestra que inútilmente lo pretende como esposo, y una pareja de campesinos que luego acudirá a la sacristía en busca de consuelo y de perentoria orientación. Él está fuertemente deprimido, pero cuando luego, ya solo, regresa para recibir el aliento del pastor, se encuentra con que este solo es capaz de expresar su propia angustia secreta, impotente de ofrecer a los demás una luz que, desde hace mucho, siente desvanecida en sí mismo.

Cuando ese hombre abandona, despavorido, la presencia de quien debía regresarlo a la vida, se siente autorizado a morir. El suicidio es ya un acto consagrado por el sinsentido de la vida. Pero el pastor siente, más que remordimiento, el trágico reflejo de su persistente desolación. Acude, diligente, circunspecto, al lugar donde ese hombre ha abandonado la vida. Luego cumple con la ineludible visita a la esposa. Le da la noticia sin ostensible emoción, sobriamente contrito, más por la propagación de su propia existencia baldía que por un irreparable acto concreto.

El clima que se respira es muy importante para lo que se pretende transmitir. El blanco y negro, los escenarios absolutamente austeros, un juego de luz en la fotografía que tiende a remarcar la palidez; y también el áspero frío de la época y el resfriado y malestar físico del pastor contribuyendo a esa sensación general de destemplanza. Abundan los primeros planos que indagan en unos personajes paralizados por el terror en el que viven, que infunden a su hieratismo general unos diminutos pero reveladores gestos que nos muestran la textura de sus sufrimientos. Da gusto volver a contemplar escenas sueltas de esta película, repasar la milimétrica maestría, esos mínimos gestos de los actores que implantan el surco indeleble donde se cobijan las exactas palabras.

Hay otro factor que perturba la paz del pastor, y es el amor que siente por él la maestra. Él no la ama, y tampoco lo intenta: sería un esfuerzo vano y torturador. Prefiere insistir en esa gélida soledad que duele pero es verdadera. Ella no comprende como un hombre sumido en ese desasimiento, en la depresión, en la desorientación más absoluta, puede rechazar una oferta de incondicional calidez. Pero su capacidad de amar murió con la extinción de su esposa, cuatro años atrás. En el colegio vacío, hay una escena de extrema crueldad. La incontinencia verbal de él rechazándola sin remisión posible, extinguiendo cualquier futuro intento de aproximación. Es muy duro contemplarla escuchando esas punzantes palabras. Antes, también la habíamos visto exponer sus razones de aproximación. Le había escrito a él, a ese hombre esquivo, una carta, porque no se atrevía a contarle sus más íntimos anhelos. Aquí, una descomunal Ingrid Thulin se inserta en un primer plano al que dota de una enorme profundidad. Genial es también la interpretación de Gunnar Björnstrand, exacto en su papel de hombre atribulado.

Definitivamente, el mundo permanece apagado para ese pastor derruido por una duda absoluta. El ser humano es un problema difícil. La vida no tiene sentido. Al final de la película, nos encontramos ante la inminencia de una misa en la que no aparecerá nadie más que el cínico organista, el contrahecho sacristán y la rechazada maestra. El pastor está enfermo. Pese a todo, suenan las campanas, en una llamada hacia la nada. Esa mujer se arrodilla en la penumbra: “Si pudiéramos sentir seguridad para atrevernos a demostrar cariño. Si pudiéramos creer en una verdad. ¡Si pudiéramos creer…!” Y seguidamente nos encontramos con un primer plano del pastor, su rostro reflejando detalladamente el calvario de no poder salir de su propio personaje, pese a que no encuentra ninguna razón para salvarlo. Una inconmensurable obra maestra, de las que nos maravillan una y otra vez, de principio a fin.