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Entrevista a Esther Peñas, por Ada Soriano

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Sólo desde la fragilidad absoluta se cumple el designio y acontece la maravilla”

Para Esther Peñas, la poesía es un acontecimiento sagrado, y resalta que lo sagrado es la respuesta, el asombro, nunca la pregunta. Tampoco el centro.

La poesía de Esther Peñas es absolutamente torrencial y, además, tiene sus propios hitos y tensiones. Al menos así la he percibido yo leyendo El paso que se habita (Chamán Ediciones, Albacete, 2018). Me he acoplado a su paso apresurado, como quien se desliza por altos toboganes, dejándome llevar por una inmensidad de imágenes turbadoras e intensas que conforman una pulsión extrema, como si cada poema quisiera encontrar su final en el siguiente o, sencillamente, no finalizar nunca. Porque aquí cada palabra es una piedra lanzada al agua que, al tocar fondo, produce una catarsis. Así es su poética. Ahí reside su creatividad. ¿No es la poesía un río inagotable, una sucesión de ondas expansivas?

Esther Peñas nació en Madrid en 1975. Es Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y Doctora por el Departamento de Literatura. Realizó un Máster de Teología en la Universidad de San Pablo CEU. Ha publicado los libros de poemas De este ungido modo (Premio Cervantes, 2002) y Penumbra, ambos en la editorial Devenir. Fue incluida en una recopilación de jóvenes poetas, Los jueves poéticos (Editorial Hiperión) Publicó, asimismo, Hazversidades poéticas (Editorial Cuadernos del Laberinto). Colabora en una compilación de textos solidarios, Desde otro punto de vista, publicado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Ha coordinado la edición Trovadores del silencio (Calambur). Además, es autora de varios libros de entrevistas, tres novelas y una novela corta.

En la actualidad, dirige el departamento Digital de FSC Inserta, la consultoría de Recursos Humanos de Fundación ONCE e imparte talleres de escritura creativa.

Esther, llama la atención que este nuevo poemario tuyo no vaya introducido por un prólogo o una nota de edición al uso sino por un poema de María Negroni: Saluda.

Contemplo los prólogos como una manera de convocar a alguien a un territorio concreto (el poemario) porque guarda vínculos, íntimos o manifiestos, con los versos que lo componen. Una manera de compartir (lo) de manera física. La fórmula del Saluda, que se empleaba antiguamente, siempre me resultó hermosa; cuando la Negroni me envió algunos poemas inéditos, el que sirve de pórtico a este paso que se habita me pareció que abrigaba una clarísima conexión con el poemario, al tiempo que me permitía hacer explícita mi admiración para con esta inmensa poeta argentina, María Negroni.

Escribes una poesía chamánica, hipnótica. Me trae recuerdos de Carlos Oroza, por ejemplo. ¿Alguna vez has leído a este poeta oral? ¿Qué fuentes te abastecen?

Gracias por lo que dices, ambos adjetivos me son queridos. Este paso que se habita está escrito en condiciones físicas un tanto extremas, con un nivel de conciencia bastante rebajado y, por supuesto, sin intención alguna de estar haciendo algo útil. De ahí, me parece, el carácter hipnótico, un tanto alucinado.

¿Cómo no conocer al único español miembro oficial de la generación beat? Oroza, un delicioso raro, al modo en que clasificaba Darío a los raros, es fascinante. He leído sus poemas, desperdigados, insolentes, dandis… y comparto con él la idea de que la poesía adquiere plenitud leída, y desde luego conduce a otras latitudes anímicas diferentes que si se lee.

Respecto a mis fuentes… aparte de la mencionada Negroni, Menchu Gutiérrez, Chantal Maillard, Rafael Soler, Gamoneda, Isabel González, Julio Monteverde, Valente, Llansol, Juarroz, Larrea, Cortázar, Inés Mendoza, Olga Orozco, Blanca Varela…

¿“Han de ser las manos” en “este pequeño reino de la fiebre”?

Las manos han de trabajar el dolor, el dolor ha de cobrar fisicidad para poder ser sanado. Hay que tocar el dolor, no queda otra, entregarse a él, para que este pequeño reino de la fiebre vuelva a ser fecundo y no nos atrape en su melancolía.

La figura de dios, un dios con minúscula, demasiado humano, está muy presente en El paso que se habita. He subrayado estos dos versos: “Cuando despierta/ el dios parece otro hombre”.

El poemario no deja de ser también una reflexión sobre lo sagrado; desde ahí, es un poemario que no cree, sabe. Para mí lo sagrado es la respuesta, el asombro, nunca la pregunta. Tampoco el centro.

Igualmente destaco la paradoja de estos dos versos que, a mi parecer, constituyen una poética: “No sucede nada distinto/ pero acontece el prodigio”.

El prodigio está ahí mismo, esperando ser hallado. El prodigio es un vaso comunicante, el fulgor de una analogía, la ferocidad de afinidades electivas en las que nos reconocemos, un azar que, siquiera por un instante, hace que el mundo se complete. Hay que tener una predisposición de ánimo para el encuentro con el prodigio, y no ir en su busca, mucho menos disponerle de un perímetro previo. Hay que dejar que se manifieste, estar atento, permitir que nos traspase. Desde ahí surge esa poética: una convencida voluntad del estar en el mundo del lado del prodigio.

Mediante la piedra, “pulmón seguro”, se construyen puentes y se alzan torres. ¿Se forja así, como diría Sylvia Plath, “un alma entre los intensos dolores de parto”?

El dolor es parte de la vida, no un enemigo de ella, del mismo modo que la luz y la oscuridad o la bondad y la maldad son dos momentos de la misma cosa, y que nos situemos en uno u otro lado es cuestión de ángulo. Aceptar eso hace más sencillo todo. Pero hay una cualidad volitiva, la alegría, que no la felicidad, que reivindico una y otra vez como compañía y fuego indispensable.

Con la rotundidad y la avenencia de los versos que cierran El paso que se habita, dejas espacios abiertos para la reflexión…

Bueno, eso es fantástico, al fin y al cabo, el poema no es más que una hendidura. Lo que cada cual encuentre al otro lado espero que resuene, que le vibre de por dentro, que se le incorpore en piel. Más una intuición que una reflexión se persigue.

En Periodista Digital, declaraste hace unos años que “vivimos en un tiempo en que las prisas marcan todo”. ¿La poesía también está siendo afectada por la urgencia y la inmediatez?

La prisa, hija bastarda de la sociedad de consumo, desacraliza lo importante. Me pregunto qué hace con el tiempo esa gente que tiene tanta prisa. Perder el tiempo resulta una manera imprescindible de estar en el mundo, entregarse a la épica de lo inútil, de lo improductivo. Hasta del ocio han hecho mercancía. Por eso me resulta ineludible reivindicar lo lúdico, que no tiene otro propósito que el juego en sí mismo. La prisa nos impide estar en la celebración. Y si uno no celebra, si uno no está presente en lo que está viviendo, ¿para qué vivir? El sistema capitalista también trata de vampirizar la poesía, y desde ahí intenta de imponer el consumo de cierta clase de poesía: la de cadáveres de versos sistematizados. Esto lo explica de un modo hermosísimo Lurdes Martínez en ‘Los inspirados al borde mar’.

¿Cómo seguir “buscando abrigo en lo inhóspito”?

Colocándose en el claro del bosque, allí donde el urogallo, sabiendo que uno ha de exponerse hasta el extremo. Sólo desde la fragilidad absoluta se cumple el designio y acontece la maravilla. Sólo así es posible estar celebrando.

24 de Agosto de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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Amor y piedad en la barbarie, por Ada Soriano (La palabra muda de Antonio Enrique)

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En su nuevo libro, el poeta y escritor granadino Antonio Enrique, rinde homenaje a las víctimas del Holocausto.

La Palabra Muda, poemario exquisitamente editado por Ediciones El Gallo de Oro (Bilbao, 2018), nos remite, con mucha delicadeza, a la realidad de una tragedia acontecida en plena mitad del siglo XX: el Holocausto perpetrado por la Alemania nazi contra los judíos. Una tragedia que, como sabemos, afectó a millones de personas, y es por eso que el dolor sigue latiendo por dentro. En este caso, en el corazón de Antonio Enrique, que escribe y describe con crudeza, sí, y también con ternura.

Fotografía: Encarni Pérez

Es muy destacable la profunda espiritualidad que destilan estos poemas. Considero, por tanto, que La Palabra Muda es un libro espiritual, y también arriesgado, no solo por la carga social y emocional que conlleva sino por la manera en que está escrito, ya que el poeta se involucra, se mete de lleno, Adentro y más adentro. Es consciente de que tan terrible acontecimiento no es un hecho aislado, ya que el horror continúa, y el propósito es el mismo: dañar la vida. ¿Se aprende de lo sucedido? ¿Se aprende de lo que sucede?

Me parece interesante aludir a las dos citas que encabezan el poemario. La primera de ellas, extraída de La cabellera de la Shoá, del célebre poeta Félix Grande, con quien Antonio Enrique mantuvo una entrañable amistad, dice así: “¿Qué te creías tú, contemporáneo, / qué te has creído que era el siglo veinte? (…)”. La segunda cita se nutre de unos versos hermosísimos pertenecientes a La historia de los descreados, del poeta Carlos Aurtenetxe: “lágrima/ que al caer a la mar rebasa/ a la mar/ al ser más grande que ella”.

La nota a la edición, elaborada por el propio autor, aclara la temática y la disposición de los poemas: “(…) aunque el asunto de que trata pueda parecer superado por la Historia, sumido ya en el anecdotario del Terror, una vista a nuestro alrededor nos confirma que las raíces hoy perduran (…)”. Explica asimismo que “La palabra muda se articula en 22 poemas, numerados por cada una de las letras del alfabeto hebreo”, y que “no es casual esta determinación”.

Antonio Enrique nos transporta a un pasado no muy lejano y logra, en este tiempo presente, dejar constancia de una atrocidad que nunca deberíamos borrar de nuestra memoria. Lean estos versos del primer poema, el que lleva por título El Horror, en el que hallamos estas imágenes visionarias:

(…) Lo que el horror dice

es: hay que dividir.

Lo que el horror hace es

restar, multiplicando.

Eso es, y un ojo desprendido de gallo,

y siete por insecto

que acechan en la oscuridad (…)”.

Y estos versos están en plena concordancia con un pasaje perteneciente al ensayo El Espejo de los Vivos (Editorial Alhulia, Granada, 2017); un libro muy recomendable mediante el cual Antonio Enrique transmite sus pensamientos y sentimientos respecto al lugar que ocupa el hombre en el mundo, y el que ocupa Dios, como él mismo me comentó en un correo. En el capítulo 20 de dicho ensayo, titulado Dividir, éste es el afán, éste es el impulso, aparecen estas declaraciones que pongo como ejemplo para atestiguar el paralelismo del que hablo: “Dividir y no sumar; dividir como una resta elevada a coeficiente infinito”.

El libro que nos ocupa goza de un lenguaje discursivo, descarnado y directo, y está dotado de un carácter unitario en el que el poema clave es, a mi juicio, el número 12, Más allá del humo, del mundo y de la nada, porque es el amor la única vía posible; el amor de un hombre hacia su amada: el amor oceánico.

El poeta habla a través de otra voz: la voz de un hombre a quien le cambiaron el nombre por un número; un hombre a quien le arrebataron la vida. Por tanto, fluye por estos versos un deseo de renacimiento que se logra, diría, mediante la reencarnación, como bien puede apreciarse (al igual que en el poema anteriormente mencionado), en El limbo de los inocentes (13) y, si avanzamos en la lectura, en los poemas (20) y (21):

(…) Te amo porque nos hemos amado

mucho antes de saberlo.

Nos hemos amado aquí y allí.

Antes y después del primer

y del último beso. (…)” (13)

(…) La carne transformándose en espigas

de las praderas celestiales

y en sangre de las viñas del firmamento. (…) (21)

Antonio Enrique posee una gran potencia verbal y un excelente dominio del lenguaje, y hay en toda su obra una preocupación por la estética. Así, en La Palabra Muda, utiliza recursos estilísticos como la anáfora, el hipérbaton, la aliteración, la comparación, la metáfora y la paronomasia. Quiero resaltar una comparación en la que apreciamos en partes iguales crueldad y belleza:

(…) Igual que los atunes

en la almadraba:

un crepúsculo de sangre

a la puesta de sol (…)”

También unos versos en los que la onomatopeya es muy evidente y va acompañada de una paronomasia en la que advertimos, mediante la letra “r”, la impiedad:

(…) Y son unos tristes zapatos,

reventados y desventrados,

en la orilla de un río

más frío que la muerte. (…)

No he podido evitar recordar a los poetas Paul Celan y Nelly Sachs, a quienes leo con frecuencia. De hecho, me conmovió el libro que lleva por título Paul Celan, Nelly Sachs, Correspondencia, en edición de Barbara Wiedemann y traducido por Antonio Bueno Tubía (Editorial Trotta, Madrid, 2007). Expongo aquí el primer párrafo que corresponde a la primera carta de Nelly Sachs dirigida a Paul Celan, fechada el 10 de mayo de 1954: “Querido poeta Paul Celan, ahora que a través de la editorial he conseguido su dirección, puedo agradecerle personalmente la profunda experiencia que me proporcionaron sus poemas. Ve usted mucho de ese paisaje espiritual que se esconde tras todo lo de aquí, y tiene usted la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”.

Del mismo modo, he recordado la intensa correspondencia que mantuve con Antonio Enrique hace unos años. Entre otros temas, salieron a relucir los horrores de la barbarie nazi y, consecuentemente, los nombres de algunos poetas que dejaron constancia del genocidio a través de sus escritos. Me habló también de su interés por la cultura judía y de sus numerosas lecturas acerca de los Lager. Me dijo que, al igual que yo, suele ver los documentales sobre el Holocausto que transmiten por televisión. Me comentó que los hombres y mujeres que aparecen tras la pantalla son ya espectros, con sus gestos mecánicos y sus caras blanquecinas. Yo también los veo así: desprovistos de sus posesiones y, lo que es peor, de sus identidades; igual que maniquíes sin ropa, expuestos a las miradas ajenas y frías, ¡las miradas de sus semejantes! De ahí la mayor humillación. De ahí la idea que probablemente indujo al poeta a escribir este libro.

Lean de nuevo con atención estas palabras que he mencionado anteriormente: “(…) la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”. Y esto es, en definitiva, lo que La Palabra Muda viene a representar porque encontraremos aquí el peso de los que fueron condenados al silencio y la dificultad de expresar con palabras tal horror.

Finalizo con los últimos versos del epílogo: Adentro y más adentro. Vemos aquí con qué precisión Antonio Enrique introduce el amor y la piedad en la barbarie, porque sabe que el sol sigue brillando sobre el horizonte, y que durante la noche la luna hace su ronda, y que el poeta, mediante la palabra, que es su arma, está capacitado para plasmar los rastros del pasado y rescatar esa eternidad que quedó sumergida:

(…) por donde navegan las caricias nunca dadas,

los besos imposibles, los abrazos que se desvanecen

en la ilusión de haber vivido y sentido

lo que estaba lejos de ti, adentro y más adentro:

un sueño de oro, una pasión de diamante,

la insigne libertad del águila y la armonía

vertical, cadenciosa y blanca del clamoroso cisne.

14 de Julio de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

 

Entrevista a María Engracia Sigüenza por Ada Soriano

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María Engracia Sigüenza:

Cuando regresan las musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego

Una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse.

Llega a mis manos El fuego del mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas muy logradas.

María Engracia Sigüenza nació en Orihuela en 1963. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología por la Universidad de Murcia. Ha trabajado en psicología clínica y como profesora de filosofía. Actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en libros colectivos como El libro de Plomo (Ediciones Empireuma, Orihuela, 2013) También en antologías y exposiciones. Asimismo, ha publicado artículos y poemas en diversos medios como Cuadernos del Matemático, Opticks Magazine, Las afinidades electivas, Frutos del tiempo y Empireuma.

Hay llamas que ni con el mar”, escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por título El 7 de septiembre.

María Engracia, observo en tu poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.

Soy totalmente consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói, Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire, Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield, Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso, y caí tan rendida a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más fácil.

Las que aparecen en mi libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran rebelarse de un destino marcado por los hombres.

Aunque El fuego del mar es un libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.

Siempre he sido una persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la Muerte.

Y efectivamente del amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte, brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.

Dos rasgos que definen mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida.

Cuando pienso en la muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte: La mirada de Cronos, pero también en las otras dos: El espíritu de Gea y Atenea y las Musas.

La mitología está muy presente en tu obra. En mi opinión, supone una enriquecedora aportación metafórica.

Me atrae desde siempre. No sé cuándo empezó en mí ese interés, pero fue muy tempranamente. Primero, leyendo La Ilíada y La Odisea, La Eneida, La metamorfosis de Ovidio, etc.; después, las tragedias de Sófocles y Eurípides y a los poetas latinos. Por supuesto, aprendí a amar el mundo griego estudiando filosofía.

Lo cierto es que pronto descubrí que la mitología está presente en todas las artes y disciplinas. Cuando viajas te das cuenta, cada vez que visitas un monumento arqueológico, un museo o a una galería de arte, que todos los artistas se han inspirado y se siguen inspirando en ella.

Creo que la mitología es un mundo fascinante e infinito, creatividad en estado puro; la muestra más clara de que la humanidad siempre ha necesitado la imaginación para sobrevivir.

Aunque obviamente he profundizado mucho más en la grecolatina, que es la que ha conformado nuestra civilización, la que está en nuestros orígenes y la que me ayuda a expresar multitud de inquietudes y sentimientos, lo cierto es que me interesa la mitología en general. Creo que, además de fuente de inspiración, nos ayuda a conocernos y a unirnos como especie.

En el poema titulado El mundo, que dedicas a Emily Dickinson, es la poeta la que habla. ¿Cómo surgió este acontecimiento, tan intenso en su brevedad?

Surgió un verano que dediqué, entre otras cosas, a releer a Emily Dickinson, una de mis poetas de cabecera. Tenía la mente llena de sus imágenes, de su compleja sencillez, de su hermética transparencia, de su profundo amor por la naturaleza y por el mundo (sobre el que reflexionó con una gran penetración sin apenas salir de su habitación). Y me pareció que ella me instaba a escuchar la voz de lo auténtico, de lo que nos rodea con humildad y contiene la esencia de la vida, de todo lo realmente importante que nos pasa desapercibido, enredados como estamos en absurdos y alienantes quehaceres. Me sentía impregnada de ella y por eso decidí dedicarle el poema.

¿Añadirías algún nombre más a esa lista de escritores y escritoras que te acompañan?

A los clásicos que he mencionado antes vuelvo con asiduidad pero, como ya he dicho, siempre estoy buscando. Mi curiosidad intelectual crece con los años, quizá por ser consciente de esa finitud, de esa fecha de caducidad que nos atormenta, como atormentaba a los replicantes de la maravillosa película Blade Runner. Necesito encontrar nuevos tesoros y siempre los encuentro, de hecho, abundan por todas partes, solo hay que saber mirar, buscar en los lugares adecuados y estar alerta. A veces una lectura me lleva a otra, o sigo las recomendaciones de mis amigas y amigos. Como dije en una entrevista anterior, leo a escritores y escritoras de mi entorno, sobre todo de Orihuela y de Murcia. Sigo sus publicaciones, nos vemos a menudo e intercambiamos conocimientos y amistad, por lo que no faltan las ocasiones de aprender, de retroalimentarnos mutuamente.

En poesía releo a menudo a Sylvia Plath, a Ted Hughes (la mítica pareja) y a Anne Sexton, y últimamente he leído con entusiasmo a Sharon Olds, Louise Glück y algo de Mary Oliver (hay poco traducido), a las que llegué a través de los Pulitzer de poesía. También me emocionó descubrir a Alice Munro –creo que fue a raíz de un artículo de Elvira Lindo-, unos años antes de que le fuese concedido el Nobel. Escribí varias reseñas apasionadas sobre ella cuando aún no era muy conocida y lo mismo me sucedió con Flannery O´Connor, Medardo Fraile, Richard Ford o Lucía Berlín, grandes cuentistas que he ido descubriendo gracias a mi predilección por el género del relato.

Another Earth es un poema extremadamente cósmico. ¿En qué instante sentiste dentro de ti la explosión de una supernova de sangre?

Ese poema está inspirado en la película Another Earth (Mike Cahill, 2011),  igual que Un viento salvaje lo está en la canción Salvaje es el viento versionada magníficamente por Nina Simone y David Bowie, artistas homenajeados en ese poema.

Y si la canción me interesa porque habla del poder regenerador del amor, la película me inspiró porque reflexiona sobre el dolor y la muerte, también como potencias que impulsan la vida.

Es una película ambientada en el futuro y la protagonista es una chica recién graduada en astrofísica que, al inicio de la película, comete un error fatal que arruinará su vida; una tragedia que la hunde pero no la vence y que la llevará a luchar sin descanso buscando el modo de reparar lo irreparable. Como soy una apasionada del cine, entendido como séptimo arte y en todos sus géneros, descubrí esta obra de cine independiente y bajo presupuesto y me impresionó por su profundo humanismo y por su interesante reflexión sobre nuestra conexión con el Tiempo y el Universo. Temas que también forman parte de mi poética.

De todo eso y de la identificación con la protagonista nació un poema que habla de una persona en crisis, una mujer que siente que su vida está rota, pero que no se da por vencida. Su sufrimiento la impulsa a luchar para alcanzar la expiación.

Las metáforas cósmicas me llegaron enseguida a través de la película y además eran las que más se acercaban a lo que quería transmitir. Porque cuando sufres una pérdida terrible, el dolor es tan fuerte que sientes que algo explota dentro de ti y llega hasta el universo.

¿Cualquier manifestación puede conducir a un acto creativo?

Sí, absolutamente todo. Todo lo que me rodea, todo lo que forma parte de mí me resulta inspirador. La vida, las personas, el arte, la cultura, la mitología en general y, especialmente, la grecolatina. Y por supuesto la Naturaleza. Porque somos naturaleza, y también seres cósmicos y misteriosos.

Como dice Annie Dillard, una escritora que acabo de descubrir gracias a José Luis Zerón, gran amigo y poeta: “Nuestra vida es una tenue traza sobre la superficie del misterio”. Y de ese misterio nace la poesía, que yo identifico con la fuente ignota de la vida en el poema Escucha y con un universo en expansión al inicio de Another Earth.

Y es que una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse. Creas en él un universo que nunca está terminado y que otros al leerlo, al imaginarlo y recrearlo, se encargan de expandir.

¿Qué sientes al concluir un poema?

En primer lugar, una paz interior, un estado de bienestar y sosiego, una alegría que es el eco del chute de adrenalina, de la dopamina que se libera durante y después del proceso creativo. Pero este estado dura poco. Enseguida retorna la incertidumbre de no saber si la poesía volverá a llamarte; y cuando regresan las Musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego, la duda de si serás capaz de crear algo bello, algo que se acerque a lo que sientes y quieres transmitir, algo de lo que puedas estar honestamente orgullosa.

A mí me cuesta mucho sentirme satisfecha, por eso no tenía prisa por publicar, más bien sentía y sigo sintiendo el apremio de continuar aprendiendo. Aunque también he comprendido que los poemas pertenecen al mundo, y que no sirven de nada escondidos en un cajón. Por eso he decidido compartir, desprenderme –como dicen los versos del poema que cierra el libro- y el año próximo publicaré Huellas en el paraíso, un poemario que tengo terminado, y quizá me anime después a sacar un libro de relatos que también guardo en el cajón.

¿Ha llegado el momento de vivir?

Quise terminar el poemario con unos versos que son un recordatorio, con un poema que me recuerda lo que no quiero ni debo olvidar. Creo que siempre es el momento de vivir, de abrir los ojos a todo lo que nos rodea y de exprimirnos, como decía Alberti.

La vida se renueva constantemente y nosotros no podemos quedarnos estancados. Tenemos que aprender a vivir continuamente, adaptándonos a las nuevas situaciones, celebrando los dones que nos vamos encontrando en el camino y entregando lo que tenemos, nuestros frutos. No concibo otra forma de estar viva.

Acabo de terminar de leer el maravilloso ensayo Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, la autora antes mencionada, y al acabar la lectura, además de quedarme totalmente fascinada por una autora en estado de gracia, capaz de asombrarte en cada una de las páginas que escribe, me ha quedado claro que en nuestro mundo: “(…) la libertad cultiva la belleza y el horror en la misma rama viva.” Y: “(…) es la muerte quien hace girar el globo”, utilizando sus palabras.

Un libro inolvidable que me ha hecho más consciente, si cabe, del milagro, del regalo que supone la Vida.

Y termino con unos versos del poema Heridas, que dedico a Frida Khalo y Ada Soriano y que creo que recogen casi todo lo que hemos hablado.

(…)

Ante la mirada conmovida de los dioses

la Moira corta los hilos.

Pero nada termina.

La fuente nunca se agota.

Ofelia resplandece de vida

en un río que no cesa.

Ada Soriano, julio 2018.

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Entrevista a Cleofé Campuzano por Ada Soriano

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Cleofé Campuzano: “Mi poesía es un fuerte compromiso con el yo y con el mundo”

La emancipación del pensamiento en el poema es mi herramienta para acercarme a la realidad e intentar comprenderla”

Cleofé Campuzano nació en Murcia en 1986. Es poeta y educadora de museos. Inició sus estudios universitarios en Filología Hispánica y, posteriormente, se graduó en Educación Social, especializándose en la vertiente sociocultural. Es Máster en Antropología social y cultural por la Universidad de Murcia y también en museos, educación y comunicación por la Universidad de Zaragoza.

Ha colaborado en diversos medios con trabajos científicos y reseñas, además de haber participado en revistas de poesía como La Galla Ciencia, Empireuma y El coloquio de los perros. En la actualidad divide su tiempo entre investigaciones sobre patrimonio y educación, poesía y el comisariado pedagógico del arte.

Cleofé no tiene prisa por publicar, ya que es consciente de que la poesía, al igual que el río, sigue su cauce. Por tanto, creo que ha sabido escoger el momento adecuado para dar a conocer su primer libro de poemas que lleva por título El ocho de las abejas (Devenir, Madrid, 2018) que, con tanto afecto, dedica a sus padres y a su hermano.

Advierte José Luis Zerón en el comienzo del prólogo que este libro: “no admite lecturas superficiales y unívocas, es decir, no resultará fácil a aquellos lectores no avezados que solo captan lo evidente. (…) su estilo definido surge de la emoción y el cálculo, de la sensibilidad y la inteligencia, de la unión de irracionalidad y raciocinio que García Lorca llamaba gracia y esfuerzo.”

Yo, después de haber leído El ocho de las abejas con verdadero interés, suscribo las palabras del prologuista e invito a los lectores a que indaguen en esta lírica lúcida y profunda.

Cleofé, pienso que en un libro el título es fundamental. El que tú has escogido, El ocho de las abejas, es muy sugerente.

Me pareció que encajaba en el recorrido vital que en 29 años había experimentado. Toda su simbología, que más adelante detallo, está impregnada por una diálisis inacabada. Siempre me acerco a la escritura con sumo respeto y humildad. No creo que haga nada extraordinario, considerando que, a día de hoy, todos tenemos un acceso al proceso de escritura sin precedentes con la comunicación tecnológica. Precisamente por este motivo, siendo consciente de lo que tiene de cotidiano en nuestras vidas, intento acercarme a ella con el respeto que merece, escapando de lo banal y haciendo que tenga un valor de profundidad buscada y consciente. Por otro lado, siempre tomo la realidad como aquello que por su complejidad no puedo comprender en totalidad, pero sí puedo aproximarme y en este ejercicio de aproximación y alejamiento, me resitúo.

A pesar de su carácter unitario, el poemario está dividido en tres secciones. ¿Qué te indujo a estructurarlo de esta manera?

Las secciones representan, a modo de símil retórico, las secuencias naturales que experimentamos ante cualquier situación vital. En un primer momento, las cosas nos vienen como algo externo que parece limitar nuestro control y que parece estar siempre presente sea cual sea el tiempo o la época en la que vivamos. Sabemos que hay cosas del entorno sobre las que no tenemos manera de intervenir: La eternidad que vive en los tejados; después, tenemos tendencia a desaparecer, desterritorializarnos para, con pausa y reflexión, volver a la situación planteada: Por fin la rueda encuentra reposo. En última instancia y con carácter elíptico, problematizamos la realidad para buscar su significado y en el mejor de los casos, nos mimetizamos con ella para darle respuesta: ocho, mímesis, abejas…

Desde Tolstói a Celan, las citas encajan perfectamente en tu obra. ¿Preocupación por la muerte o asimilación de la misma?

Las dos cosas. Tengo miedo a la muerte pero también soy consciente de que ella nos conforma. Me preocupa mucho más ver como la muerte afecta mi entorno, cómo las cosas van muriendo con el tiempo hasta desaparecer; pero, sobre todo, a lo que más temo es a la muerte de mis seres queridos. También creo que naturalizar la muerte revierte en una valoración especial de la vida. Lo antagónico es necesario para la existencia. No sería posible la vida sin la muerte. Entonces: ¿cómo entender la vida evitándola? Me gusta la manera en la que Bousoño ha tratado la muerte en toda su obra; para él, la realidad invadida desde la muerte es más realidad consciente. Seguramente hay algo subyacente a esta idea en los poemas de El ocho de las abejas.

¿La esperanza es un difunto más?

Sí, la esperanza siempre se mantiene como algo adormecido, aletargado e inexistente, hasta que en un momento determinado toma forma casi como un milagro. La esperanza es un difunto más / cuando nada de lo que se es / cuando nada de los que se tiene / de lo que se pretende nos ama (“Arbitrio”). Por eso es que, en esta latencia, hay una frustración ante la convención, una sensación de insatisfacción, de no poder alcanzar los objetivos vitales, las metas. Siempre he tenido la percepción de que la esperanza existe en esta extraña condición de presencia ocasional. Tal vez se signifique en el opuesto de su ausencia y sea el motor de fe que nos permite avanzar.

Tu poema, Sitios en nombres propios, al igual que otros, contiene una carga de desasosiego que resulta conmovedora. Dices que llevamos la incertidumbre en la heredad.

Este poema es paradigmático para mí. Refleja la idea de la deriva personal en la deriva del mundo y retroalimentada por ella. Pero al mismo tiempo es también la lucha entre la imposición social de aquello que debes ser y la dimensión no programada que integra todas las otras posibilidades de ser uno mismo, todas las líneas de fuga que se nos presentan veladas. Y su vivencia llega a convertirse en una persecución que persiste a pesar de ser consciente de este diálogo eterno entre imposición y libertad:

Pues yo me he preguntado tantas veces

si existe un sitio para cada uno;

detrás de cada sufrir encanecido

surge esta persecución.

(“Sitios en nombres propios”)

La emancipación del pensamiento en el poema es mi herramienta para acercarme a la realidad e intentar comprenderla.

¿Qué relación estableces entre la vida de las abejas y la de los seres humanos?

Siempre me ha fascinado, cómo en el ámbito de la lingüística y la Antropología se explica el sistema de comunicación de la abeja como antitético completamente al humano. La abeja hace un recorrido perfecto que viene determinado genéticamente y que no ha de aprender (y además lo hace registrando una especie de círculos que vienen a describir lo que sería un ocho o el signo infinito). Se comunican hasta el final de sus vidas de esta manera ya predeterminada. Sin embargo, el ser humano vaga desde el principio teniendo que aprender a comunicarse con su entorno y consigo mismo desde la experiencia y en caída libre a su sino. El libro viene a reunir una serie de poemas que hablan de ese aprendizaje experiencial, trazando un ocho nuevo -no predeterminado- que engarza con la vida y la muerte, en el que éstas transcurren sucesivas en cada momento de caída y remonte de la luz. La complejidad aparente comporta la sencillez de sobrevivir, la necesidad de continuar contra el destino indescifrable y apelando a la voluntad de construir el itinerario propio que nos obliga a estar vivos.

La abeja, como apunta en el prólogo José Luis Zerón, es símbolo de abundancia, lirismo y conocimiento, entre otras virtudes. ¿Cómo se refleja todo esto en tus poemas?

Recogiendo todos estos referentes que Jose Luis Zerón ilustra magníficamente en el prólogo, la abeja representa para mí todo el caudal de aprendizajes vitales que conforman nuestra identidad y generan nuestro relato individual. Haciendo un símil con su vuelo podemos entender como esta realidad supone una diálisis continua entre lo que el mundo nos da y lo que nosotros le ofrecemos a él. La insatisfacción con lo que está creado y con lo que creamos. Ir y volver a la incompletud. Hay un fuerte compromiso con el yo y con el mundo y su rastro está presente en todo el poemario, pero concretamente se hace más visible en Arbitrio y en Deber…

Teniendo en cuenta que se trata de tu primer poemario publicado, ¿qué satisfacciones te ha reportado?

La idea de resignificar con el otro, de ser con los demás, y de contribuir de alguna manera al conocimiento, desde una humilde posición. La autoconsciencia de exposición de una intimidad y cosmovisión personal abierta a la crítica, positiva o negativa. Para mí, la poesía es ruptura con lo establecido, es liberación del pensamiento, es experimentación en un sentido contestatario con la realidad. Y esta poesía del pensamiento ha visto la luz con la publicación de un libro, generando su propio recorrido, un recorrido que nace de mí pero que gana la autonomía de ser una entidad diferente. Es una sensación especial en lo que tiene de extraordinario no haberla tenido anteriormente; es la réplica, supongo, a un vacío que siempre me ha acompañado desde la infancia. Pero no un vacío de amor, éste nunca lo he sentido; tengo la suerte de haber nacido y crecido en una familia que ha dado todo por mí y que me ha procurado bienestar y apoyo. Hablo de otro tipo de vacío de origen desconocido al que solo puedo interpelar y transformar con el pensamiento y la escritura, tal y como expresa el poema De los vacíos indóciles:

Pienso en la orografía de un límite

queriendo terminarse y

no creo que haya nadie que controle

su disolución.

Concluyes el libro con un poema denso titulado Progresión que, por ser tan elíptico, a mí me ofrece diferentes interpretaciones. En cualquier caso, me transmite optimismo.

Efectivamente ofrece diferentes lecturas, pero tu percepción encaja con lo que yo sentí escribiéndolo. El peregrino tiene el bagaje de su experiencia y no conoce el porvenir, aunque sabe que lleva consigo la visión de campo que le permitirá aceptar con dignidad el futuro, a pesar de todo. Por eso, está colocado como cierre, precisamente por su carácter aperturista, es un cierre ficticio porque de él se infiere la idea de direccionalidad inacabada y cuestionante ante lo desconocido.

¿Podríamos hablar de la gestación de un nuevo poemario?

El poemario vital, mi propia narrativa, se va componiendo de forma fragmentada en mi día a día. Ahora mismo, estoy disfrutando de la experiencia de esta primera publicación. La idea de saber que algo que he creado tiene su propio recorrido, al margen de que sea buena o mala esta aportación, no deja de ser una comunicación del yo que se comparte con el mundo y, en este sentido, exige un ejercicio de responsabilidad y de reflexión crítica. No tengo prisa para la publicación, ni prisa para la creación. Todas las cosas van encontrando su lugar en este ocho sincrético, compuesto por el destino y la capacidad de decidir.

Gracias, Ada, por tu generosidad.

Cleofé Campuzano

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

 

 

La Tierra y el cielo de José Manuel Ramón. Presentación por Ada Soriano

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El nuevo libro de José Manuel Ramón, La tierra y el cielo, editado por ARS POETICA, alcanza altos niveles de conceptualización y profundidad

El pasado 26 de abril tuve el placer de presentar el nuevo libro de José Manuel Ramón en la librería Códex, lugar habitual de encuentros culturales. Ante cerca de medio centenar de personas, el autor nos deleitó con sus explicaciones y un recitado hipnótico. Publico, seguidamente, el texto que escribí para la ocasión.

Poeta y cofundador de la revista de creación literaria Empireuma y codirector de la misma hasta 1991, José Manuel Ramón ha colaborado en varias revistas nacionales e internacionales y ha sido incluido en algunas antologías. Es autor de la plaquette Génesis del amanecer, prologada por Jorge Cuña Casasbellas. Tras un largo periodo de silencio vuelve a la escritura con ansias renovadas, y en el 2015 la editorial Devenir publica su poemario La senda honda, con prólogo de José Luis Zerón Huguet.

Quiero resaltar que precisamente ahora se cumplen 30 años de la publicación de Génesis del amanecer. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, mi amigo José Manuel tenía tan solo veintidós años y que, aun siendo tan joven, dejó bien asentadas las bases de su poética, que él mismo resumió hace unos años en un texto publicado en el célebre blog de Agustín Calvo Galán, bajo el nombre Las afinidades electivas : “Siempre la inquietud por el origen y lo venidero: formación de la tierra, el cosmos como ser que se transforma, eras geológicas, evolución de los seres primitivos… y también las fuerzas de la naturaleza, cuestionar la cultura heredada de la muerte, el pensamiento y la vida interior, el alma misma que busca comprenderse”.

Después de leer con mucha atención LA TIERRA Y EL CIELO, tan exquisitamente editado por ARS POETICA, me veo en el deber de felicitar al autor y de comunicar a los futuros lectores que José Manuel nos ofrece unos poemas que nacen de las profundidades y de las alturas, y de que están provistos de una singularidad magnética.

El libro admite dos lecturas, puesto que el autor ha dispuesto los poemas de manera continua a la vez que discontinua, recurriendo a dos voces que convergen a pesar de sus diferencias formales. En este poemario, que bien podría calificarse de elíptico, destaca un lenguaje ancestral en el que abundan vocablos arcaicos y palabras inusuales. Es la voz del poeta la que se despliega, real y auténtica, perfectamente reconocible. A través de ella percibimos pensamientos y sentimientos, sin imposturas: el desasosiego que provoca el hecho de existir, con las dudas e incertidumbres que ello conlleva, así como el deseo de saber, de que le sea revelada una respuesta si no convincente, al menos aproximativa. Y en su inevitable obstinación el poeta indaga sobre lo que todo ser humano se ha planteado a lo largo de la historia. Razonamos, y por ese motivo necesitamos obtener una información lógica sobre qué lugar ocupa el hombre en el mundo, y lo más importante: saber qué lugar ocupará después, cuando deje de pensar y sentir. ¿Qué sucederá en el caso de que haya algo más? Porque no se trata tan solo del cuerpo sino del alma. De ahí el desdoblamiento. De ahí la peculiaridad de estas composiciones elaboradas con maestría.

Como bien expresa en su prólogo Miguel Veyrat bajo el hermoso título Un diálogo infinito: “Nuestra irrefrenable pulsión por conocer, aumentada por la angustiosa orfandad sufrida por los anhelos en el acontecimiento de ser, ha dado lugar en la historia de nuestra evolución a lo que llamamos pensamiento.”

Este poemario, que consta de tres secciones perfectamente ligadas por su temática, abarca tanto lo matérico como lo metafísico en una comunión con la naturaleza y el cosmos. Los ámbitos espaciales del árbol cósmico, presentes en numerosos mitos, religiones y filosofías, como son “El cielo”, “La tierra” e “Inframundo”, llegan a entrelazarse íntimamente: “El árbol de raíces aéreas que beben noche en el sol” (Octavio Paz).

José Manuel, que para bien o para mal, está condicionado por la poesía, y es consciente de que poesía y tiempo son perdurables, ya que son una misma cosa, José Manuel, digo, como poeta que es, está capacitado para integrar el universo en la dimensión humana (Antonio Enrique), y no se queda ahí sino que se adentra en el subsuelo, en el área reservada para la memoria de los muertos. ¿Habrá acaso una morada para las almas? De ser así, ¿qué emplazamiento las acoge? Y todo esto lo consigue a través de un lenguaje sutil, perspicaz y nada pretencioso. Un lenguaje condensado y depurado, como pasado por un alambique. Y cada gota que pasa es una palabra pura, exenta de concesiones. Es muy importante tener en cuenta que el tratamiento del lenguaje es el único vínculo que nos hace ver que estamos ante un poemario contemporáneo, puesto que no aparece ningún otro indicio, nada que nos sitúe en el mundo actual. LA TIERRA Y EL CIELO posee la particularidad de que todo lo que se nos oculta nos es presentado:

(…) lo antes oculto

emerge calmoso y fértil

paciente diagénesis del amor

proceso natural del ser que busca

transformaciones fuera

dentro

de sí”.

Estamos, pues, ante un discurso existencialista que no solo media entre inmanencia y trascendencia, sino que concibe estas dos realidades como un todo indivisible –sublime paradoja- desde una visión atemporal. En LA TIERRA Y EL CIELO todos los tiempos son una misma entidad donde no hay lugar para la anécdota histórica y lo confesional. El autor se vale, en lo que conforma la parte medular del poemario, del verso abierto y exento de puntuación, con ruptura de sintaxis, reduplicaciones, onomatopeyas y palabras quebradas, hasta el punto de crear un verso con un solo fonema.

ploc

ploc ploc

resuena honda voz

para alumbrar trascendencia

sima vital silencio

el silencio entona oráculos

como mantras antiquísimos

invocando el pensa

miento” (…)

Estos poemas se complementan a la vez que contrastan con breves estrofas de versos endecasílabos que adoptan un tono oracular. Esta voz coral establece un orden en contraposición al caos predominante en los poemas que, como anteriormente he mencionado, conforman la base troncal del libro. Y esta voz aleccionadora, con abundancia de exclamaciones, lleva consigo una carga de emotividad, sensibilidad y belleza, que me recuerda a los ritos de los augures y a los coros del teatro clásico griego.

(…) y que el tiempo ni su ceniza ensucien

la impropia luz de la muerte consorte,

porque lo que toque, oscuro silencio,

escuchad bien, ¡pervive para siempre!”.

LA TIERRA Y EL CIELO también puede leerse en un sentido órfico: El alma, al ser esencial, sobrevive al cuerpo hasta el punto de poder reencarnarse y habitar en otro cuerpo:

cuerpos

cuerpos cuerpos

gestos antiquísimos ensaya el alma

transmigrando en la materia

como recuperan los juncos

la verticalidad” (…)

Queda patente, pues, la doble naturaleza humana: el alma es inmortal pero el cuerpo es perecedero. Es así que hallo un paralelismo con la obra de San Juan de la Cruz, poeta místico por excelencia, que no solo bebió en los textos bíblicos sino también en fuentes profanas y heterodoxas. Sucede, cuando leemos los cantos de San Juan de la Cruz y los poemas de José Manuel Ramón que la profundidad de los versos no es alcanzable en un primer acercamiento. Para dar muestra de ello he escogido estos versos del autor de Canto espiritual:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo

toda ciencia trascendiendo”.

A continuación, expongo estos versos de José Manuel:

(…) ni regresando innumerables veces

el ser alcanza a cuanto el ser encierra”.

Asimismo, quiero resaltar un poema que me ha llamado la atención especialmente porque constituye un sincero homenaje a nuestros ancestros. Un poema dinámico y circular ya que, mediante un ritmo de danza vertiginosa, nos remite, desde el fuego, a los rituales sagrados:

(…) y danzaron en círculo

sin descanso danzaron

para que el alma alcanzase

nuevos territorios

(…) alrededor

del fuego

danzaron

sin descanso

danzaron

y danzaron

inmersos

en travesías

y en círculo (…)”

Estos versos me recuerdan, aun con una temática totalmente distinta, al conocido y muy respetado poema Fuga de muerte, de Paul Celan. En el poema de Celan, además de la mirada del maestro alemán, hay danza y fuego. Como es sabido, el poeta rumano habla del fuego de fundición de los hornos en los campos de concentración nazi; y la danza es una danza de muerte atroz:

(…) Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad

empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules

cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía y a la mañana y al atardecer

bebemos y bebemos (…)

Grita sonad más dulcemente la muerte es un maestro venido de Alemania

grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como

humo en el aire (…) En traducción de José Ángel Valente.

En realidad, el poemario de José Manuel Ramón me lleva a toda la obra de Paul Celan. José Manuel, al igual que el autor de Fuga de muerte, descompone el lenguaje, violenta la sintaxis, actualiza arcaísmos y crea un extraño lirismo que suena como un conjuro encantador.

Las citas que aparecen al comienzo, además de esclarecedoras, van muy en consonancia con las imágenes y el mensaje que transmiten los versos de este libro, por lo que considero indispensable que sean leídas con atención. El autor reivindica a la olvidada poeta y abadesa alemana Hildegard Von Bingen, una mujer excepcional por la amplitud de sus conocimientos en diversas materias como la medicina y otras ciencias. Asimismo, el autor ha escogido un breve texto de Jean Clottes, destacado prehistoriador francés que a través de sus investigaciones concluyó que las gentes del Paleolítico Superior eran exactamente como nosotros. Dice José Manuel:

(…) ¡oh humanidad

insepulta memoria

vestigio de un ser anterior

a fango

siembra o rastrojos

desde este zafio mañana

te vemos! (…)”

La tercera cita alude a la figura del chamán, a quien se considera como intermediario entre el mundo natural y el mundo espiritual.

Dicho esto, queda claro que la escritura lírica de José Manuel Ramón está alejada de la poesía banal que hoy tanto abunda bajo el calificativo de fresca y ágil. Sin dejar de ser intensa y fluida, no se atiene a modas ni a escuelas. José Manuel es fiel a sí mismo, a su forma singular de recrear el mundo a través de la palabra poética. Con este segundo libro publicado nos confirma que es un poeta exigente, capaz de transportarnos desde el presente a un tiempo arcaico (cercano al arké, es decir, al origen) pero siempre preocupado por el devenir.

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Intensidad y Transparencia: Poesía Reunida de María Antonia Ortega, por Ada Soriano

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El blazer blanco, La Música de la Memoria, volumen editado por dilema (Madrid, 2018) en la colección de poesía que dirige Antonio Ortega, contiene la Poesía Reunida de la poeta madrileña María Antonia Ortega.

El blazer blanco es un título ingenioso y sugerente para una poesía igualmente ingeniosa y sugerente además de profunda, atrevida y bella. El lector hallará en la lectura de estos poemas todo un caudal de poesía plena de imágenes asombrosas y conmovedoras porque nacen de una voz francamente auténtica y reflexiva; una voz diáfana e hipnótica.

Como bien expresa Diana Cullell, autora del prólogo del presente libro, esta obra es: “Un estallido. El estallido de una experiencia. Una experiencia extraordinariamente individual que reverbera en cada uno de los versos de María Antonia Ortega en cuanto el desprevenido lector se acerca a ellos”.

María Antonia Ortega, en su nota de introducción, nos comunica sus pensamientos y sentimientos acerca de lo que significa para ella la poesía: “Pues la poesía, con su cadencia, con su ritmo, no es que sea eco, sino la memoria del tiempo…Aunque también, como la música, forma parte de la materia, y en ella muerte y conciencia de la belleza se asocian, en el sentimiento oceánico de la intensidad. La poesía es la música de la memoria”. De hecho, en más de una ocasión, la poeta ha declarado de forma contundente: “La poesía es el único conocimiento que no llena mi corazón de soberbia porque está escrita con el oído del músico”.

Muy acertadamente afirma José María Bermejo, en la nota de Presentación que precede a los poemas, que la autora “…vive en una intimidad deslumbradora que recuerda el fondo del mar. Es allí donde bulle la vida, es decir, la memoria del mundo, que es todo lo que tiene el poeta”.

En definitiva, les hablo de un libro imprescindible para quien no tenga reparos en lucir la elegancia del blazer, prenda de larga duración y perfectamente combinable, más en este caso, por ser blanco, símbolo de amor y pureza, y también de duda. No existe realmente el color blanco, pero se percibe. También los poetas son capaces de vislumbrar lo que no se ve, gozando y padeciendo en la intimidad de su propia creación.

Ada Soriano

Abril de 2018

Dos libros, por José María Piñeiro. En empireuma.blogpost.

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https://empireuma.blogspot.com.es/2018/03/supone-cierto-lugarcomun-de-la-critica.html?spref=fb

 

Supone cierto lugar común de la crítica más desencantada decir que si no conoces al poeta personalmente, su obra podría pasar desapercibida o ser mal interpretada, ante el hecho de las supuestamente muchas ediciones de poesía que adornan los últimos lustros y que crean un espacio editorial saturado y mimético. Es cierto que tras el prurito de identificar la poesía con movimientos, escuelas, ismos y demás, ahora que todos esos criterios ya no funcionan tan claramente, el hecho azaroso, psicológico de conocer al poeta nuevo que escribe supone cierto elemento probatorio de su valor.

Tengo la suerte de conocer personalmente, a los dos poetas que acaban de publicar en la editorial ovetense Ars Poética, José Luis y Ada, y teniendo en cuenta el cariz de los tiempos, creo que es en el ámbito de la amistad  donde, en muchas ocasiones, el hecho precioso de la poesía puede refugiarse y ser reconocido. Cierta proximidad resulta beneficiosa en un ámbito de fragmentación de nombres anónimos. Es cierto que existe el riesgo del localismo, pero a veces se pregunta uno si buena parte de la poesía que se escribe no es local, incluso la que se escribe en las grandes capitales, teniendo en cuenta que uno de los efectos más notables de la poesía es el de transmutarse de local en universal: es de este modo como cumple con su misión y se trasciende a sí misma. La poesía local ejemplar se convierte en universal y lo que se escribe en un punto preciso de la geografía, aunque esté retirado del centro, puede ser indicio de algo considerable. Con esto quiero decir que los interesados, lectores o profesores, debieran interesarse por lo que se escribe en cualquier parte del país si lo que se quiere es dirimir las coordenadas de lo que ocurre, para comprender el devenir de  lo que sentimos y deseamos o constatar las insistencias de un símbolo.

Todo libro nuevo de poesía me obliga a esta operación de ubicación, digamos, no para entender sus mensajes sino para de algún modo justificarlos.

Con José Luis y Ada la “operación de rastreo y localización” hace mucho tiempo que terminó porque es, precisamente, bastante el tiempo que hace que los conozco. Esta intimidad me libra de la pedantería de definir las figuras retóricas de sus poemas, es decir, analizar sus poemas como si fueran los de un extraño, y por otro lado me otorga la seguridad de  disfrutar de la garantía creativa de tales poemas.

Tal garantía no implica el mero elogio ciego, sino que constata, sobre todo,  la perseverancia de una pasión: el ejercicio gozoso de las palabras.

Precisamente, la recurrencia a la palabra poética como refugio de la máxima luz y como instrumento, consecuentemente, de la lucidez afirmativa, abrigo del desamparo íntimo, atraviesa e informa los poemas en prosa del libro de José Luis, Perplejidades y certezas.

Con el libro de José Luis entramos en el reino de lo sustantivo y de las presencias, en el mundo de las videncias, pero no de unas videncias proféticas ni meramente herméticas sino de las que se desprenden y producen los propios ámbitos experimentados: naturaleza, poesía, contemplación, pensamiento.

El poemario supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas,  captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre. Este es el mensaje más inmediato y mollar del libro, que ajeno a su oportunidad o no, se ofrece al lector.

El poeta habita el cosmos y describe las reverberaciones de sus constelaciones. El poeta no tiene otra misión que la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria.

Retóricamente, imágenes y sentencias son los elementos que se desprenden y conforman el poemario. Sintéticamente, Perplejidades y certezas se reduce a estos componentes prosódicos cuya bella conformación dan un carácter tan unitario al texto.

El pensamiento encuentra en un lenguaje así de ceñido y harmónico su mayor acendramiento; la libertad y la eufonía propia que produce el poema en prosa habilita una expresión lúcida y serena en la que convergen contemplación estética y reflexión.

Me produce cierto apuro, en esta reseña,  mantenerme en lo estrictamente teórico. Casi ejerciendo de psicólogo para confirmar ese complejo grado de implicación con lo que escribe, encuentro una expresión típica del desasosiego del José Luis poeta y del José Luis persona civil que conozco y estimo: nunca estaré al abrigo del tiempo, angustiosa afirmación que grita por esa arcadia en la que el tiempo erosionador dejara de sucederse penosamente. Y dentro del mismo poema, “Fuente sellada”, No hay apego sinsatisfacción y nuestra lengua no me satisface, compleja declaración que implica una sentencia sobre el espíritu propio imposible de evitar o burlar. Glosar este verso nos podría llevar muy lejos, pero lo que hace no es sino reclamar una lengua propia, liberada de los convencionalismos y las servidumbres con que se paraliza su savia, incluso, podríamos ir más allá, y decir que reclama además otro modo de pensar y de comunicación con la sociedad.

 

Otro ejemplo de concreción retorcida y fatal en el que reconozco más al José Luis amigo que al José Luis poeta, aunque ambos sean el mismo: el rumor de la resurrección es la salud que precede a la desesperación. Se trata de una expresión que afirma nuestra imposibilidad de salir del laberinto que hemos hecho, no de la vida, sino del vivir.

O también, por ejemplo: el alba tiene el color de la nada, paradoja que tanto recuerda la definición derridiana del amanecer como una (triste) repetición.

No creo que el libro de José Luis sea hermético, es decir, predeterminadamente cerrado sobre sí: su belleza formal es evidente porque ha atendido con exclusividad a la imagen naciente y a sus emblemas.  En todo caso, es su sentir, su subjetividad lo que reclama un registro en consonancia. Creo que el decir de un realismo poético absoluto se expresaría en los suculentos términos en que José Luis, desde el centro de su luz herida, lo hace. Si la poesía es el mundo de lo posible, no nos tiene que sorprender negativamente que un poeta como José Luis dé curso a estas imágenes que precisan simas y advierten calmos fulgores. Creo que José Luis ve esos fulgores y conoce sus formas. Como él mismo dice: perplejidad y certeza: único y prodigioso argumento de la poesía. Esta elocuencia contiene también una esperanza.

 

El libro de Ada me ha sorprendido. Llevaba tiempo sin leer cosas de ella con detenimiento y tras acabar con este Dondequiera que vague el día, me he quedado con ganas de más, es decir, creo haber captado con placer ese decir que caracteriza a un poeta frente a otro cualquiera.

 

No sé si obedece a una estrategia escritural o es producto del propio impulso del poema, pero los poemas de Ada tienen la virtud de la alusión silenciosa. Al acabar la lectura de uno de sus poemas se hace un silencio que parece acusarnos a cada uno de nosotros, se da una suerte de espera a que lo dicho en el poema, que reclama una solución o un hacerse cargo, sea respondido por los asistentes o por los lectores.

 

El posicionamiento de Ada está claro. En estos poemas encontramos una delicada puesta en escena desde donde la poeta asiste al encuentro de sus propias circunstancias: denuncia estados de decadencia personal y universal, invoca la belleza perdurable a través de motivos naturales, afirma la vida desde la pasión erótica y da cuenta sin estridencia de los condicionamientos existenciales que la vida práctica de todos los días lleva consigo.

Quizá resulte obvio o una tontería, pero me atrevería a decir que en su brevedad, en su eficaz escuetez y precisión, estos poemas expresan la autenticidad de una experiencia que confía en la singularidad expresiva de la palabra, ya que solo de este modo la autora puede lanzar su protesta y su percepción misteriosa. Los poemas ni se enmarañan en imágenes que indicarían otros intereses ni tampoco evitan la complejidad o los atractivos de la vida. Los poetas serán silentes pero ese silencio se motea de elocuencia cuando uno acierta a leer el mensaje de sus poemas.

 

Los poemas de Ada son, pues, como tímidas denuncias, pequeñas epítomes de lo que el alma está sintiendo y de lo que espera del entorno: que cambie  de tesitura o renueve su luz.

Ya decía Bataille que no es necesario defender la poesía, pero teniendo en cuenta la pobreza rampante que se nos quiere imponer en el sentimiento y en la imaginación, acojo estos dos libros como dos claras ofertas de belleza y lectura alternativa, agradeciendo a sus autores y a la editorial, esta apuesta por la poesía.