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Entrevista a José Luis Zerón, por Ada Soriano

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El poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha

La editorial Huerga & Fierro publica el poemario Espacio transitorio, de José Luis Zerón, con prólogo de Jordi Doce e ilustración de Ana Leonís

Al igual que la fragata permanece en su vuelo durante días y aterriza tan solo para alimentarse, así José Luis Zerón, tras una sobrada capacidad para la observación y la meditación, baja de su torre para recoger las palabras precisas. No olvidemos que también la iguana tiene sus artimañas. Hace rodar el fruto espinado para desprenderse de lo innecesario y quedarse con lo sustancioso.

Dice Jordi Doce en su prólogo para Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018), el nuevo libro de José Luis Zerón, que “el poeta nos habla con palabras necesarias y perentorias que van creando un círculo mágico de oyentes allí donde suenan”.

Muy de acuerdo con las declaraciones de Jordi Doce, y puesto que conozco a fondo la obra de José Luis, puedo afirmar que hablo de un poeta dotado de un talento innato para establecer analogías; un escritor que abarca un léxico intenso e inagotable. Discrepo de quienes ocasionalmente lo han tachado de poeta hermético o poco emotivo. Creo que no han leído sus poemas con la debida atención. José Luis Zerón, a mi entender, siempre logra mantener el equilibrio entre pensamiento y sentimiento, y posee una voz completamente identificable.

José Luis Zerón Nació en Orihuela el 28 de octubre de 1965. Fue cofundador y codirector de la revista Empireuma. Desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Ha sido incluido en varias antologías y ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado.

En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

-José Luis, en una ocasión declaraste que “el poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha, siempre atento a la prosodia del murmullo”.

Siempre me ha fascinado la figura del centinela, especialmente en lo que concierne a la segunda acepción del diccionario RAE: persona que observa o vigila. La palabra centinela podría tener su origen en la voz italiana sentinella, basada en el verbo sentire, que significa escuchar. En francés, sentinelle se ha formado como un diminutivo de sentier, sendero. Y en latín me resulta muy sugerente excubiae, formado por la preposición o prefijo ex (salida, fuera) y cubiculum (habitación, dormitorio), es decir, estar fuera del dormitorio. Un centinela sería aquel que vigila a la intemperie mientras todos duermen.

Yo relaciono al poeta con el centinela quitándole la carga bélica o religiosa (en el Nuevo Testamento se habla constantemente de la vigilancia y el estado de vela de quien espera la llegada de Cristo) que contiene el símil. El poeta ha de estar siempre atento, a la espera de que surja el poema, que puede manifestarse de muchas maneras en su primer brote. En mi caso yo lo asocio a un murmullo o balbuceo del que irá surgiendo el lenguaje poético. Y esa actitud de escucha y de observación acontece siempre fuera de la complacencia, la rutina, el lugar común, el refugio de los hábitos cotidianos, es decir, fuera de la habitación, a la intemperie (palabra muy frecuente en mis poemas), en el sendero (sentier), caminando. Como soy andariego la poesía suele manifestárseme mientras camino.

-¿Cómo surge Espacio transitorio? ¿En qué momento?

He de aclarar que este libro no es el último que he escrito. Tiene unos años. Lo escribí entre 2012 y 2013, excepto dos poemas, “Palabras para el hijo”, concebido en 2002, y “Visita al cementerio judío de Suceava”, que surgió en 2006 después de una visita a esta ciudad rumana. Los meses en que inicié el poemario desde una experiencia personal muy dura, sentí la tentación de aferrarme a la nostalgia o a la ilusión de un futuro halagüeño que yo no divisaba, así que opté por encarar el tiempo presente y vivirlo con coraje haciendo frente a las adversidades y tratando de disfrutar el aquí y ahora con sus transiciones, contingencias, cambios de paradigma y certezas que saltaban por los aires.

-Afirma Jordi Doce, autor del prólogo, que “este libro ocupa un lugar aparte en tu obra” ya que “estos poemas configuran una especie de libro negro”. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo con el prólogo de Jordi y además es excelente. Le estoy muy agradecido por la lectura atenta y perspicaz de mi libro. Sí creo que ocupa un lugar aparte. Me parece mi libro más desaforado y quizá el que ofrece una mayor eficacia expresiva. Siempre he defendido las poéticas sólidas y he tratado de lograr un sentido unitario en mi corpus poético, pero no monolítico. La fidelidad absoluta a una poética puede llevar a la monotonía, sobre todo cuando uno ha dicho, mejor o peor, lo que tenía que decir. Por eso a veces hay que dar un giro de tuerca. En cualquier caso, creo que en Espacio transitorio se reconocen muchas de mis preocupaciones y obsesiones presentes en mis libros anteriores.

Por entonces una parte de mi vida (tú lo sabes bien) se derrumbaba y yo no sabía si hacer frente a lo que estaba sucediendo o huir; si correr en pos de mi salvación o de mi perdición. Quizá me estoy poniendo muy trágico, pero así me sentía.

-¿Te identificas con Lot en Me llamo Lot, poema que inicia Espacio transitorio?

Como te decía, la depresión me acechaba y empecé a dudar de la escritura poética. Afortunadamente las palabras no se fugaron y llegaron a ser mi verdadero apoyo en momentos de angustia irrefrenable y una falta total de asideros; con ellas decidí abordar lo extremo de mi experiencia. Cuento mi naufragio, pero también mi lucha contra el hundimiento y mi reconocimiento en el sufrimiento de otros. En este poemario (como en casi toda mi obra poética, pero en este libro más), lo feo está a la misma altura de lo hermoso, lo pequeño e insignificante se mezcla con lo grandioso, y hay un vínculo entre lo inocente y lo perverso. Por otra parte, tampoco quería que el libro fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones. No quería vender catástrofes personales, así que, no tanto por cálculo como por necesidad, salí de mí para mirar el exterior, lo que sucedía ahí fuera con todas sus grandezas y miserias. Me vi haciendo equilibrios para evitar realismos anecdóticos y representar el ahora sin incurrir en un sentimentalismo periodístico de la realidad. Es decir, quería ser fiel a mi lenguaje reflejando los problemas de mi tiempo y sin renunciar a los fundamentos íntimos de mi existencia. Sobre todo, no quería mirar atrás para que la potencia de la nostalgia no me petrificara, de ahí que el primer poema del libro se titule “Me llamo Lot”. Este poema, como todo el libro, está escrito con imperativos. Es una motivación (casi una arenga) para seguir adelante aceptando el tiempo presente a pesar de las dudas y los miedos que pueda generarnos.

-¿No hay demasiado dolor? Dividido en tres partes, tal vez la última, Adhesiones, pone fin a la crudeza de las dos anteriores. Hallo aquí luz y esperanza, como si todo no estuviera perdido.

Hay dolor, claro que sí; pero también luz y esperanza, sobre todo en la última parte. En Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno decía algo así como que el dolor nos hace sentir la carne de la realidad y que no cabe poder gozar sin poder sufrir. Decía igualmente que por el dolor los seres vivos llegan a tener conciencia de sí, y tener conciencia de sí es saberse distinto a los demás. Y la distinción se alcanza a través del choque, pero también a través de la compasión.

En mi libro hay dolor por mis circunstancias adversas, por la muerte de un amigo, por el sufrimiento de los desposeídos… Hay también un dolor metafísico y un dolor en la percepción de uno mismo en cuanto pérdida. Pero también hay momentos de celebración y una invitación a no estancarse en la queja o el lamento. A veces increpo a la muerte sin olvidar que ella también funda la vida. También hablo del miedo sin tapujos, sin vergüenza. Nos cuesta mucho reconocer que tenemos miedo; y si no reconocemos nuestro miedo no podremos afrontarlo. Hablo sobre todo del poema “Soy tu miedo”, que, por cierto, está encabezado con una cita muy apropiada de dos versos tuyos que me fascinan: “Por la escalera del miedo/ subimos y bajamos”. Creo que en Espacio transitorio hay una intensidad por momentos gozosa, aunque esté atravesada por el dolor. Mi percepción en el momento de escribir este libro resultaba dolorosa y consoladora a la vez. Por ejemplo, en el poema “Imago mundi I” digo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”

-¿Calificarías este poemario como el más discursivo de tu obra editada hasta ahora?

Quizá sí lo sea junto con La sed del náufrago (anterior en un par de años a Espacio transitorio), que todavía permanece inédito. Creo que hay una presencia lírica en muchos de los 33 poemas que lo conforman, pero este libro tiene una médula narrativa que no aparece en la mayoría de mis poemarios. En este he abierto más los ojos a la realidad poliédrica, dinámica, con toda su riqueza, su magia, su misterio, y también sus miserias y perversiones. Para nada la realidad unidimensional, inmutable, medible, sometida por el lenguaje distorsionado de la consigna, la premisa y la ideología; ese miserable lenguaje de los financieros, mercaderes, opinadores fraudulentos, especialistas en candados y políticos vendedores de humo que tratan de reducir el mundo a sus mezquinos intereses.

¿Abrazan las contradicciones, los opuestos?

Sí lo creo. La poesía acerca fuerzas opuestas y contrarias. El abrazo de los contrarios siempre ha estado muy presente en mi poética. Cuando escribo poesía me gusta experimentar con la brusca aproximación de términos disímiles generadores de la sorpresa. Esto se nota también en Espacio transitorio. Para ello me sirvo, sobre todo, del oxímoron, la antítesis, la paradoja y la contradicción. Un ejemplo claro de ese abrazo de los opuestos, que a mí me fascina, es el soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo, y en especial el tercer verso del segundo cuarteto: “Nadar sabe mi llama el agua fría”. Quevedo habla de la superación de la muerte a través del amor, pero también podemos hacer una lectura de ese verso como los retos que vamos afrontando día a día, así como nuestra capacidad de regeneración ante los golpes que nos da la vida. O una lectura en clave metapoética: ¿no podría ser esa llama que nada el agua fría la excepcionalidad del pensamiento poético, capaz de dar un nombre nuevo a las cosas, de subvertir el frío y miserable orden dominante, de combatir prejuicios y crear nexos tenidos por imposibles?

-Veo que el libro está dedicado a nuestro amigo Pepe Rayos…

En efecto. Nuestro común amigo hizo posible la existencia de este libro. Cuando ya tenía los primeros poemas caí en un pozo de incredulidad absoluta respecto a mi poesía y empecé a sentir despreciable todo lo que estaba escribiendo entonces y lo que había escrito anteriormente. Sentí el impulso de destruirlos y olvidarme de la poesía, al menos por una temporada. Lo cierto es que Pepe Rayos, que conocía aquellos primeros poemas y observó mi desencanto que yo trataba de ocultar sin conseguirlo, me animó a seguir escribiendo. Creyó en mí y en la posibilidad de que el libro llegara a ser una realidad. Tengo muy buenos amigos y amigas poetas, pero en aquella ocasión un artista plástico, piloto de Iberia en la reserva y estudiante de Historia del Arte (hoy tiene un doctorado en esta disciplina) fue determinante para que yo recuperara la fe perdida en la poesía durante unos meses. Pero no es extraño porque Pepe es un ejemplo de cómo se puede ser poeta sin escribir poemas. Basta con percibir la realidad de una forma especial, desde una experiencia estética y vital transgresora, abarcadora, iluminadora. Pepe tiene un pensamiento poético. Es una naturaleza poética, aunque no se le considere poeta.

Dicho esto, quiero añadir más agradecimientos. A nuestro común amigo y excelente poeta Alberto Chessa porque él recomendó mi libro a los editores y facilitó mi contacto con ellos. El apoyo de Alberto fue fundamental para que este libro dejara de ser inédito. Por supuesto, a Antonio Huerga y Charo Fierro por incorporarme al formidable catálogo de su prestigiosa editorial y por el buen trato que me han dispensado. Y no olvido a la ilustradora de la portada, nuestra común amiga Ana Leonís Terol, que ha sabido sintetizar en una sola imagen el contenido del libro.

-¿Crees que un poema requiere explicaciones o se defiende por sí mismo?

Un poema o un libro de poemas pueden llegar al lector sin explicaciones o referencias; pero no están de más las pistas que nos proporcionan el autor o los críticos especializados sin otorgarles el valor dogmático de la infalibilidad. A mí sí me gusta explicar mis poemas cuando la ocasión lo requiere. En justa correspondencia me gusta escuchar a los poetas cuando hablan del hecho creador e interpretan sus poemas. Y también disfruto leyendo poéticas.

-¿Piensas que el poeta es lo que él escribe?

Creo que sí. Yo al menos sí me reconozco en lo que escribo. El poema surge de un encuentro del poeta consigo mismo y con los otros. El poeta tiene sus obsesiones, sus visiones, sus vicisitudes particulares y su manera de enfrentarse a la escritura. Las influencias, conscientes o heredadas, enriquecen su lenguaje y agudizan sus reflexiones. Yo soy yo con mis conflictos interiores, con mi capacidad de percepción y de asombro, pero hay detrás una tradición cultural que ha influido en mi forma de concebir el mundo y en mi escritura de la que no puedo sustraerme. También heredamos la poesía. No existe el adanismo. No pretendo formar parte del catastro lírico y no frecuento capillas y cenáculos poéticos, pero tampoco estoy aislado. Trato de conocer lo que hacen los nuevos poetas. Mi poesía se nutre de mis experiencias vitales e intelectuales.

Desde que Barthes escribiera su célebre ensayo estructuralista La muerte del autor, se extendió una fiebre autoricida que ha llegado hasta nuestros días. Se mira con recelo al poeta introspectivo que se atreve a escribir en primera persona, Por eso en el poema “Sigo, mundo”, escribo: “boca que se afirma en este soy/ ahora que nadie dice soy”. Por otra parte, estoy harto de escuchar que los poetas somos unos impostores, afirmación frívola basada, sobre todo, en el célebre primer verso de “Autopsicografía”, de Fernando Pessoa: “el poeta es un fingidor”. Pero olvidan quienes así opinan que el poema de Pessoa continúa con esta genial paradoja: “Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”. También se ha abusado ad nauseam de la frase de Rimbaud que aparece en las Cartas del vidente: “yo es otro”, interpretada no como una afirmación subjetiva, sino como una sentencia incuestionable sobre la identidad fugitiva y enmascarada del poeta.

Pese a todo, creo que el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente. Como bien dice Jordi en el prólogo, “la conciencia de la fraternidad humana permite controlar las proyecciones no siempre fiables de la subjetividad”. Creo además que el poeta escribe con muchas dudas y escasas certezas acerca de sí y del mundo que habita, y por eso mismo se siente asombrado, extrañado, fascinado y diferente; siente que su identidad se fortalece no en lo que le hace igual a los demás, sino en lo que tiene de diverso. Y en ese principio de diversidad también cabe la contradicción, y entiendo por contradicción no el extravío ocasional, o la falta de coherencia o capacidad intelectiva, sino la aptitud para abarcar fuerzas opuestas y contrarias y acoger seres distintos. Whitman escribió en “Canto a mí mismo”: “¿Qué yo me contradigo? /Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? /Soy inmenso… /y contengo multitudes”. Y J. V. Foix resolvió de esta manera la paradoja de la propia contradicción como poeta que reivindica su diferencia, su vocación de soledad y a la vez está integrado en el mundo en una continua conexión con sus semejantes: “Dejadme solo que soy muchos”.

-¿El poeta que nunca haya escrito un ensayo o una novela se queda a medias?

No lo creo. A menudo el poeta tiene que lidiar con este, digamos, complejo de inferioridad respecto al novelista y se siente algo así como un desclasado en la República de las Letras. He llegado a leer y a escuchar muchos tópicos disparatados que comparan al poeta con el novelista, por ejemplo, que aquel suele ser perezoso y poco comprometido y le basta con las emociones y la facilidad de palabra y este es tenaz y debe tener conocimiento, disciplina y sensibilidad. Es cierto que está muy extendida la creencia de que un escritor no lo es del todo si no ha escrito una novela, y muchas veces los poetas que no hemos publicado novela (y somos muchos), escuchamos la típica pregunta “¿Para cuándo una novela?” Yo he escrito cuentos –algunos he publicado- y estoy trabajando una novela desde hace años, pero nunca la acabo (creo que por inseguridad y no por pereza o falta de compromiso), quizá porque la narrativa no es mi hábitat natural. Y el caso es que, en contra del tópico que asevera que a la literatura se llega a través de la poesía, yo empecé escribiendo cuentos.

Por otra parte, creo que la poesía, debido a su carácter polisémico y su querencia por lo sustancial, es un espacio abierto y a la vez cerrado, un campo uliginoso donde la estética y la ética conviven, y no siempre en armonía. Es ahí, en ese conflicto entre la belleza y el compromiso, donde el poeta corre el peligro de perder pie y alejarse del lector, y también de traicionar su propio lenguaje. El novelista, con todas sus dudas y temores iniciales, suele pisar un terreno más firme y, digamos, más acogedor; por eso cuenta con más lectores y apoyos. El poeta también ha de lidiar con el tópico eterno de la inutilidad de la poesía. Es cierto que a lo largo de la historia la poesía ha vivido momentos de un auge relativo, pero también etapas de absoluto rechazo. Parece que ahora hay más interés por ella, o al menos se la respeta más. Borges escribió: “la poesía/ vuelve como la aurora y el ocaso”.

¿No crees que cada vez son más borrosas las fronteras entre estos dos géneros?

Si miramos hacia atrás no es fácil encontrar grandes poetas que sean a la vez buenos novelistas. Se me ocurren algunos casos: Quevedo, Oscar Wilde, Pasolini, Sylvia Plath, Lezama Lima, Caballero Bonald. En cambio, abundan novelistas que sí tienen, digamos, una impronta lírica, cuyas novelas se sostienen con un estilo de ambición poética: Gabriel Miró, Proust (por cierto, escribió medio centenar de poemas casi desconocidos), Virginia Woolf, García Márquez, Thomas Wolfe, Ana María Matute…Creo que el poeta, cuando entra en el terreno de la narrativa, se mueve mejor en el cuento, el teatro la semblanza, la reflexión o la autobiografía. Ahí están, por poner varios ejemplos, Bécquer, Borges, Pessoa, T.S Eliot, Artaud, Juan Ramón, Aleixandre, Lorca, Brecht, Dylan Thomas, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Cortázar… En la actualidad es distinto. Numerosos escritores saltan de género. Hay poetas estimables que hacen incursiones en la novela y viceversa. Lo cierto es que la confrontación entre poesía y novela es más ficticia que real. Y se está demostrando que pueden llegar a ser géneros complementarios.

Termino de contestar a tus preguntas (me he extendido demasiado) manifestando que me ha alegrado leer últimamente en los medios de comunicación los continuos elogios que Mircea Cartarescu dedica a la poesía. Cartarescu es un autor rumano que empezó escribiendo poemas y dejó de hacerlo hace más de veinte años, aunque muchos de sus textos narrativos tienen una gran carga lírica. A pesar de que sus novelas fascinantes le han dado la fama (hasta el punto de ser un firme candidato al Nobel) se declara incondicional de la poesía: “Amo la poesía. Es lo que más amo del mundo”, ha llegado a afirmar.

Orihuela, 6 de diciembre de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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Entrevista a José Manuel Ramón, por Ada Soriano

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Rocío Calderón Muñoz

 

La vida es apasionante y cambiante en su crudeza” dice el poeta José Manuel Ramón

(…) el ser/ transita la tierra/ ajeno a su estado de héroe renacido/ e ignora el decurso de la sangre/ que fluye fluye/ y serpentea/ infinitos (…)”. Estos versos pertenecen al primer poema de La tierra y el cielo (Ars poética), de José Manuel Ramón. Complejo, sutil y profundo, este autor demuestra con creces que hay en su obra un rango peculiar y distintivo, una voz perfectamente reconocible.

Es una constante en su poesía la ruptura de sintaxis, las palabras quebradas, las preguntas sin respuestas, es decir, la duda, y el verso siempre abierto. Y con estas cualidades, que caracterizan toda su obra, es capaz de mantener el pulso y conseguir una musicalidad impecable. Además, escucharlo recitar es todo un placer.

José Manuel Ramón (Orihuela, 1966). Cofundador de la revista de creación Empireuma (1985) y codirector de la misma hasta 1991. Incluido en las antologías Escrito en Alicante (1985), Muestra de joven poesía hispánica de la revista Ventanal (Universidad de Perpiñán, 1986) y El libro de plomo (2013). Colaboraciones recientes en las revistas Acantilados de papel (Murcia), Ágora-Digital (Murcia), Excodra (Barcelona), Tinta China (Sevilla) y Cuadernos de Humo (Nueva York). Ha publicado la plaquette Génesis del amanecer (1988) y los libros: La senda honda (Devenir, 2015) y La tierra y el cielo (Ars Poetica, 2018).

-José Manuel, tú empezaste a escribir siendo muy joven. Sin embargo, estuviste alejado de la poesía y la literatura durante muchos años.

Cierto. Éramos un grupo de amigos con inquietudes compartidas que nos llevó a escribir desde la adolescencia y que germinó en la creación de la revista Empireuma, en 1985 (por cierto, salvo algún poema rescatado para mi primer libro, la mayoría de poemas dispersos por aquella época me horrorizan). Después, por motivos laborales empecé a vivir fuera de Orihuela y a tener menos tiempo personal, y prioricé por “ganar el pan”, al decir del cubano José Martí. Los años pasaron sin darme cuenta, seducido por esa especie de “secta laboral” en que había caído: una abducción en toda regla que me ocupó media vida (la misma que me dio un par de empujoncitos para despertar a tiempo y marcharme, antes de que fuese irreversible).

-La editorial Ars Poetica ha publicado recientemente tu poemario La tierra y el cielo, obra que lleva consigo una intensa carga espiritual. ¿Qué luz/ nos desvela?

Las experiencias que me llevaran a cuestionar y replantear ciertas realidades y convicciones, me posibilitaron otras con generosidad. La vida es apasionante y cambiante en su crudeza; por eso en La tierra y el cielo gusto de ubicarme en otro tiempo para saborear y reinterpretar ciertos símbolos, cantos y danzas culturales, a la luz de esa nueva luz desvelada. Obviamente ha cambiado el atrezo, pero pienso que el fondo sigue siendo el mismo. ¿Y si nuestros ancestros, entonces, no fueron tan desencaminados?

-De La tierra el cielo me atrae, entre otras cosas, su ritmo intenso e hipnótico. Me recuerda, curiosamente, a tu primera publicación. Me refiero, como sabes, a la plaquette Génesis del amanecer. ¿Estás de acuerdo?

Génesis del amanecer fue un preámbulo a lo que vendría después en La tierra y el cielo. De hecho pensé en volver a publicar aquel canto dentro de este libro, a modo introductorio ya que, grosso modo, comparten ritmo y temática. Al final preferí dejar cada cosa en su sitio, en su natural discurrir. Génesis del amanecer es más matérico, más apegado a la tierra; y certifica una evolución. En cambio, La tierra y el cielo está concebido más como canto atávico invocador del ser, con ritmos tribales, podría decirse, cuasi icaros amazónicos, que resuenan de fondo mientras van recibiéndose diferentes oráculos, alternados con algunas situaciones o escenarios pretéritos.

-¿Y qué conexiones podemos hallar entre La tierra y el cielo y el libro que le precede, La senda honda?

La senda honda es un híbrido, un tomar aire “antes de”. La mayoría son poemas antiguos (anteriores al alejamiento comentado) que contienen todos los elementos de mi poesía, lo matérico y lo espiritual en ciernes, y que comienzan a dar pasos en esa dirección. De regreso, la última sección del libro, es un poema largo, posterior, que abandera este cambio del que hablamos, como puente entre ambos.

-¿Cuál es tu visión acerca de la muerte? ¿De qué manera se refleja en tu obra? ¿Y la de la vida?

La tierra y el cielo testimonia esta etapa más espiritual, de mayor calado místico, en donde asoman la reencarnación e ideas adyacentes. He vivido de cerca mediumnidad y comunicaciones espirituales, y mi visión de la vida y de la muerte es otra, se ha ampliado el horizonte de la pecera; y claro, el de las preguntas, también exponencialmente. Si la muerte no conduce a vacío alguno (salvo el heredado del imaginario colectivo desde tiempo inmemorial), si posibilita más vida, llegará el día en que de sí muera, por sí misma, comprendida: ¡Sí, morirá la muerte en otros huesos/ hasta que a sí misma se defenestre! (La tierra y el cielo, p. 66).

-En las etapas de sequía, ¿sientes extravío y desolación o concibes ese tiempo como un estado necesario de latencia?

Siento esa calma inquieta de no tener más que decir, pero sin excesivo dramatismo. Sé que cuando menos lo esperas surge una idea, una palabra o un verso redentor, en el mejor de los casos, que te convoca a la escritura. Es como estar en sintonía permanente, en atenta espera.

-¿No crees que se está publicando en exceso? Da la sensación de que tanto editores como autores carecen de pudor, o quizá tienen demasiada prisa.

Con la revolución digital los costes de producción de un libro han bajado muchísimo, las ediciones en papel hacen tiradas pequeñas o bajo demanda, o se publican directamente en archivo digital. Esto abre un abanico de posibilidades a nuevos editores y a más autores que legítimamente buscan mostrar sus obras, y lo publicitan con eficacia en redes sociales. La oferta es ingente, tienes razón. Pero también sabemos que las prisas no son buenas, ni para comer. No recuerdo dónde lo leí pero me llamó la atención, creo que a propósito de la deforestación y el ecologismo (permítaseme esta pequeña maldad). Era aquello de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro: ¡a ver si se respeta el orden secuencial!

-¿Qué poesía te obliga a frotarte los ojos?

La que huye del convencionalismo y del prosaísmo. Me encanta encontrar la belleza vía desconcierto o singularidad, aunque en pasajes monocromos y más previsibles, a veces, también destella un verso, una emoción desubicada. Y no siempre han de ser versos redondos y memorables, sino un acento, una atmósfera extrañamente cautivadora. Leo todo tipo de poesía, es enriquecedor y saludable; pero no toda necesita relectura, ese volver la mirada atrás para aprehenderla, y aprender de ella.

-Quisiera conocer tu opinión acerca de esta contundente declaración que hizo en su día Pedro Casariego: “Un libro es un hijo ilegítimo, el hijo bastardo de la vida”.

Casariego tenía poderosas razones para hablar así, si no encadenadas, y un universo personal consecuente con sus palabras. Como prueba de vida, todo libro se legitima por sí mismo, más allá de cualquier maternidad/paternidad al uso. Los libros no nos pertenecen, obran su libertad al margen y semejanza nuestra, como seres autosuficientes.

-¿Leeremos pronto un nuevo poemario tuyo?

Sí, tengo uno terminado, a la espera de encontrar su momento oportuno; sin prisas, como dijimos antes. Y algún otro en proceso abierto, retroalimentándose todavía. Tiempo habrá.

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Entrevista a Marisol Sánchez Gómez, por Ada Soriano

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Toda antología implica una elección subjetiva y esto es innegable”

Marisol Sánchez Gómez afirma: Madrid ha tenido siempre una cierta falta de identidad por sí misma, al ser casi tierra de aluvión”.

Llega a mis manos “Una sonrisa que va a ser esperanzada / desde el principio del alma a la boca (…)” , porque lo que realmente se percibe en el alma a la boca, 13 poetas madrileñas ( Huerga y Fierro , Madrid, 2018) es un Sobre la calidad de la capacidad poética.

Las escritoras incluidas son Carmen Pallarés, María Antonia Ortega, Almudena Guzmán, Cristina Morano, Esther Ramón, Marta Agudo, Julieta Valero, Ana Merino, Esther Muntañola, Marta López Vilar, Sandra Santana, Bárbara Butragueño y Martha Asunción Alonso. Cada poeta está avalada por una introducción crítica o ensayo breve que hace hincapié, especialmente, en los poemas seleccionados. Esta es la lista de 13 colaboradores. Compuestos por Israel, Luis Alberto de Cuenca, Alberto García Teresa, Rosa Benéitez Andrés, Jenaro Talens, María Ángeles Pérez López, Josefa Álvarez Valadés, Xosé Bolado, Aurora Luque, Ignacio Vleming, Juan Antonio Marín, Pablo Romero Velasco y yo misma, que ha tenido la fortuna de ser parte integrante de la lista, que he sido invitada Por María Antonia Ortega para referir a su obra.

Las responsables de esta antología son Rosa García Rayego (ensayista, investigadora y poeta) y Marisol Sánchez Gómez. Ambas han vuelto a demostrar, tras la publicación “20 con 20, diálogos con poetas españolas actuales” (Huerga y Fierro, 2016), su talento crítico y su dedicación a la poesía escrita por mujeres. Como dicen en el prólogo que han elaborado a modo de presentación: Nuestro deseo es que quien lea esta antología, la disfrute. Y, mientras tanto, permitidnos la máxima con la que Voltaire concluía su Cándido: “Tenemos que cultivar nuestro jardín”.

Marisol Sánchez Gómez, con quien hoy tengo el placer de conversar, es doctora en Filología Inglesa y catedrática de Enseñanza Secundaria. Ha ejercido como profesora en la UPM y es miembro del Instituto de Investigaciones Feministas de la UCM, además de ensayista y traductora. Su libro Box8: contra el silencio, obstinadamente, (Editorial Fundamentos, 2014) recoge su pensamiento crítico sobre literatura, política y psicoanálisis.

-Marisol, en el 2016 elaboraste junto a Rosa García Rayego la antología 20 con 20, diálogos con poetas españolas actuales (Huerga & Fierro editores). En lo que respecta a la poesía, ¿crees que ya está claro que la mujer está a la misma altura que el hombre o, por el contrario, sigue infravalorada?

En calidad es absolutamente igual. Hay poetas hombres excelentes y malos y mujeres poetas excelentes y malas. La poesía de mujeres lo que sí está es infrarrepresentada o infrapublicada. Y si no se lee, si la gente no tiene acceso fácil a la obra de estas mujeres, ¿cómo la van a valorar correctamente? En ese caso se puede hablar de infravaloración pero sólo por falta de visibilidad.

-¿En qué instante se concibió y se fue formando Del alma a la boca?

Esta antología se publicó en junio de 2018 y surgió como idea un año antes. Habíamos solicitado una ayuda al Ayuntamiento de Madrid para realizar dos mesas redondas y publicar un libro sobre poetas de Madrid. El tema era poesía escrita por poetas madrileñas contemporáneas. La subvención se concedió pero, repentinamente, se denegó por falta de presupuesto y tuvimos que buscar editorial rápidamente. Huerga y Fierro nos acogió generosamente y publicamos con ellos este libro, que espero guste a quienes leen poesía.

-¿Qué novedades aporta esta nueva antología?

Intentamos que aporte la visibilización de una poesía escrita por mujeres nacidas en esta ciudad de mil caras y posibilidades. Madrid ha tenido siempre una cierta falta de identidad por sí misma, al ser casi tierra de aluvión. Y esta característica, vista desde su lado más positivo, es un plus, una originalidad, frente a los poetas andaluces, a los escritores gallegos o castellanos, por ejemplo, que son grupos más literariamente establecidos.

-¿Qué criterio seguisteis a la hora de elegir a las autoras? ¿Se ensancha el canon o se reduce?

Nos dejamos llevar por nuestro gusto porque toda antología implica una elección subjetiva y esto es innegable. Buscamos variedad, calidad y madrileñismo para un libro que sirviera para “abrir boca”, para que los lectores y lectoras descubrieran poetas y se animaran a seguir leyéndolas. O para que leyeran a las que ya conocen acompañadas de otras, ya que en ese nuevo contexto se crean sinergías enriquecedoras. Y el hecho de que cada selección de poemas vaya precedida por un pequeño (e intenso) artículo de presentación crítica, establece un nuevo código de lectura, más completo.

-¿Alguna vez os habéis encontrado con alguna negativa, es decir, con poetas que no deseen figurar en una antología en la que solo aparezcan mujeres?

Si. Algunas escritores tienen todavía la idea de que se ha publicado en una antología de mujeres que han bajado. Imagínese que la verdad es la razón porque la verdad es que nos dieron explicaciones vagas y generales. Afortunadamente las negativas fueron muy pocas.

-En Del alma a la boca , ¿cómo surgió la idea de establecer conexiones literarias? Me refiero a los textos críticos que introducen cada poeta que, a mi parecer, son muy esclarecedores.

Como bien dices, esos textos son fundamentales para centrar, aclarar y enriquecer los poemas a que preceden. Se ha dado la libertad para que cada autora se convierta en un crítico y se asegure una buena conexión entre ambos textos.

“Una sonrisa que va a ser esperanzada / desde el principio del alma a la boca, (…)” . ¿Por qué miguel hernández?

Porque es un poeta excelente que nos encantó a las dos editoras, porque este poema está dedicado a la ciudad de Madrid y porque este verso en concreto se relaciona perfectamente con la intención del libro: mostrar unos versos que transmiten las ideas de una manera directa que Va del alma a la forma de expresarlas.

-También eres una traductora destacable. De hecho, se ha convertido en la mayor parte de la obra poética de la estadounidense Adrienne Cecile Rich.

Si. Se convirtió en poesía norteamericana pero Adrienne Rich ha sido siempre para mí una referencia. De ella se traducido dos libros de Ensayos ( Artes de lo Posible y Sangre, pan y poesía ) y Una antología ( Poemas: 1963-2000 ). Fue una labor difícil pero apasionante. Y aprendí muchísimo. Creo que la traducción es más profunda que hay.

-Recientemente, leyó su libro Box8: contra el silencio, obstinadamente , además de emocionarme, me ha sorprendido por la mezcla de género, y que va desde el apunte biográfico hasta el ensayo breve, pasando por la traducción. ¿Cómo se gestó este libro, tan difícil de clasificar?

Creo que Box8 es mi libro más interesante y personal y te agradezco mucho tus palabras. Recuadro8 Representa de alguna manera un resumen de mis ideas sobre poesía, política, feminismo y psicoanálisis, los temas que realmente me interesan y sobre los que más trabajo. Inicialmente fueron entradas para un blog en un momento especialmente convulso (inicio de la revolución en la calle en Grecia, origen de nuestro 15M, años más tarde) y poco a poco fueron ampliándose. Lo cierto es que tengo más textos que este tipo de entrada en la primera selección.

-¿Tienes nuevos proyectos?

Quisiera seguir traduciendo que es algo que me encanta. Tengo un arsenal de poetas americanos que no han sido publicados en español todavía y son maravillosos. Debes empezar a buscar editorial interesada para libro y que momento es traductor poemas sueltos en revistas y creo que es el momento de algo más grande.

Madrid, octubre 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Entrevista a Marina Oroza, por Ada Soriano

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La oralidad aporta la capacidad de convocar a la voz que generó el poema en su origen”

La poesía de Marina Oroza es transgresora, inquietante y magnética. Utiliza un lenguaje sinuoso y elíptico, por lo que sus poemas oscilan entre la calma y el vértigo.

Algunos de mis libros ocupan un lugar privilegiado en mi biblioteca. Recurro a ellos con frecuencia y en cada lectura encuentro imágenes que me sorprenden nuevamente. Así me ha ocurrido con Pulso de vientos y Esto es real, de Marina Oroza. Y es que la poesía de Marina es realmente seductora.

La autora nació en Madrid. Desde muy niña, reside en Barcelona, ciudad en la que se licenció en Magisterio en 1982. Ha publicado los libros de poesía Pulso de vientos (Ketres Editora, 1997) con ilustraciones de Juan Genovés y prólogo de Jesús Ferrero, Así quiero morir un día (Huerga & Fierro, 2005), La chimenea de Duchamp (Editorial Ardora, 2013) y Esto es real (Amargord Ediciones, 2016).

Destaca especialmente en las artes performativas y ha trabajado como actriz profesional con directores de la talla de Bigas Luna, Juan Antonio Bardem y Jaime de Armiñán, entre otros.

Imparte, además, cursos de su método personal para expresarse en público: Pánico Escénico. El Arte de hablar en Público. Ha participado con su obra en festivales de teatro, universidades, fundaciones y museos a nivel internacional. Parte de sus textos se encuentran en antologías, diarios, revistas y prensa escrita. Algunos de sus poemas han sido traducidos al catalán y al inglés.

Me tomo la licencia de reproducir dos párrafos de la bellísima introducción que Jesús Ferrero elaboró en su día para Pulso de vientos: “Hay en la poesía de Marina Oroza una intimidad sofocante y un deseo de palpar las raíces más elementales de la memoria”. (…) “Temblor, oscuridad del ser reducido a su latencia, gotas que caen a ninguna parte. Y el aire sabe a metal”.

-Marina, ¿qué añade la poesía oral a la poesía escrita?

La oralidad aporta la capacidad de convocar a la voz que generó el poema en su origen.

-¿Es necesario que la poesía oral vaya acompañada de otras artes?

No es imprescindible. Solo es necesario un emisor y un público. Es decir, la presencia con la voz y la palabra viva, y la escucha. Así de cruda y desnuda. Y como es una esencia, combina muy bien con otras disciplinas artísticas.

-El performance, ¿mejor en plena calle o entre las paredes de una sala?

Depende de muchos factores, según las necesidades del artista y también según las necesidades que de alguna manera pida el espacio. Después de un diálogo entre el performer, el espacio y los espectadores imaginarios, se puede tomar esta decisión.

-¿Alguna vez has sentido miedo escénico?

Trabajo con el miedo escénico, es un motor de transformación. Lo siento desde niña y he tenido que hacerme amiga de él porque no desaparece. Es un miedo apasionado.

-¿Se pone más el corazón cuando se recitan los poemas de memoria?

Sin duda, se pone el cuerpo y en el cuerpo está la emoción.

-¿Te condiciona el hecho de ser hija del poeta Carlos Oroza?

Me sorprende, no me condiciona.

-¿Cómo surgió la idea de titular tu tercer poemario con el nombre de una obra artística? Me refiero, como sabes, a La chimenea de Duchamp.

El verano en que estaba trabajando en una elegía que hablaba de cenizas, de memoria y de fuego, descubrieron que la chimenea frente a la que escribía la había construido Duchamp. El libro se impregnó de esta historia y mereció este título.

-¿El poeta es un vagabundo que sigue su camino en solitario?

Un ser solitario creo que sí es, pero no necesariamente vagabundo. Cualquiera que se atreva a vaciarse para que le pueda atravesar la poesía, si finalmente sucede, puede serlo en ese momento y, entonces, detectar lo extraordinario. ¿Hacia dónde se dirige? Se interroga y una de las preguntas que se hace podría ser ésta.

-¿En qué andas ahora, tú que eres una perdida con suerte?

Estoy escribiendo un diario en Buenos Aires.

Orihuela, 27 de octubre de 2018

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de las plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Entrevista a Esther Peñas, por Ada Soriano

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Sólo desde la fragilidad absoluta se cumple el designio y acontece la maravilla”

Para Esther Peñas, la poesía es un acontecimiento sagrado, y resalta que lo sagrado es la respuesta, el asombro, nunca la pregunta. Tampoco el centro.

La poesía de Esther Peñas es absolutamente torrencial y, además, tiene sus propios hitos y tensiones. Al menos así la he percibido yo leyendo El paso que se habita (Chamán Ediciones, Albacete, 2018). Me he acoplado a su paso apresurado, como quien se desliza por altos toboganes, dejándome llevar por una inmensidad de imágenes turbadoras e intensas que conforman una pulsión extrema, como si cada poema quisiera encontrar su final en el siguiente o, sencillamente, no finalizar nunca. Porque aquí cada palabra es una piedra lanzada al agua que, al tocar fondo, produce una catarsis. Así es su poética. Ahí reside su creatividad. ¿No es la poesía un río inagotable, una sucesión de ondas expansivas?

Esther Peñas nació en Madrid en 1975. Es Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y Doctora por el Departamento de Literatura. Realizó un Máster de Teología en la Universidad de San Pablo CEU. Ha publicado los libros de poemas De este ungido modo (Premio Cervantes, 2002) y Penumbra, ambos en la editorial Devenir. Fue incluida en una recopilación de jóvenes poetas, Los jueves poéticos (Editorial Hiperión) Publicó, asimismo, Hazversidades poéticas (Editorial Cuadernos del Laberinto). Colabora en una compilación de textos solidarios, Desde otro punto de vista, publicado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Ha coordinado la edición Trovadores del silencio (Calambur). Además, es autora de varios libros de entrevistas, tres novelas y una novela corta.

En la actualidad, dirige el departamento Digital de FSC Inserta, la consultoría de Recursos Humanos de Fundación ONCE e imparte talleres de escritura creativa.

Esther, llama la atención que este nuevo poemario tuyo no vaya introducido por un prólogo o una nota de edición al uso sino por un poema de María Negroni: Saluda.

Contemplo los prólogos como una manera de convocar a alguien a un territorio concreto (el poemario) porque guarda vínculos, íntimos o manifiestos, con los versos que lo componen. Una manera de compartir (lo) de manera física. La fórmula del Saluda, que se empleaba antiguamente, siempre me resultó hermosa; cuando la Negroni me envió algunos poemas inéditos, el que sirve de pórtico a este paso que se habita me pareció que abrigaba una clarísima conexión con el poemario, al tiempo que me permitía hacer explícita mi admiración para con esta inmensa poeta argentina, María Negroni.

Escribes una poesía chamánica, hipnótica. Me trae recuerdos de Carlos Oroza, por ejemplo. ¿Alguna vez has leído a este poeta oral? ¿Qué fuentes te abastecen?

Gracias por lo que dices, ambos adjetivos me son queridos. Este paso que se habita está escrito en condiciones físicas un tanto extremas, con un nivel de conciencia bastante rebajado y, por supuesto, sin intención alguna de estar haciendo algo útil. De ahí, me parece, el carácter hipnótico, un tanto alucinado.

¿Cómo no conocer al único español miembro oficial de la generación beat? Oroza, un delicioso raro, al modo en que clasificaba Darío a los raros, es fascinante. He leído sus poemas, desperdigados, insolentes, dandis… y comparto con él la idea de que la poesía adquiere plenitud leída, y desde luego conduce a otras latitudes anímicas diferentes que si se lee.

Respecto a mis fuentes… aparte de la mencionada Negroni, Menchu Gutiérrez, Chantal Maillard, Rafael Soler, Gamoneda, Isabel González, Julio Monteverde, Valente, Llansol, Juarroz, Larrea, Cortázar, Inés Mendoza, Olga Orozco, Blanca Varela…

¿“Han de ser las manos” en “este pequeño reino de la fiebre”?

Las manos han de trabajar el dolor, el dolor ha de cobrar fisicidad para poder ser sanado. Hay que tocar el dolor, no queda otra, entregarse a él, para que este pequeño reino de la fiebre vuelva a ser fecundo y no nos atrape en su melancolía.

La figura de dios, un dios con minúscula, demasiado humano, está muy presente en El paso que se habita. He subrayado estos dos versos: “Cuando despierta/ el dios parece otro hombre”.

El poemario no deja de ser también una reflexión sobre lo sagrado; desde ahí, es un poemario que no cree, sabe. Para mí lo sagrado es la respuesta, el asombro, nunca la pregunta. Tampoco el centro.

Igualmente destaco la paradoja de estos dos versos que, a mi parecer, constituyen una poética: “No sucede nada distinto/ pero acontece el prodigio”.

El prodigio está ahí mismo, esperando ser hallado. El prodigio es un vaso comunicante, el fulgor de una analogía, la ferocidad de afinidades electivas en las que nos reconocemos, un azar que, siquiera por un instante, hace que el mundo se complete. Hay que tener una predisposición de ánimo para el encuentro con el prodigio, y no ir en su busca, mucho menos disponerle de un perímetro previo. Hay que dejar que se manifieste, estar atento, permitir que nos traspase. Desde ahí surge esa poética: una convencida voluntad del estar en el mundo del lado del prodigio.

Mediante la piedra, “pulmón seguro”, se construyen puentes y se alzan torres. ¿Se forja así, como diría Sylvia Plath, “un alma entre los intensos dolores de parto”?

El dolor es parte de la vida, no un enemigo de ella, del mismo modo que la luz y la oscuridad o la bondad y la maldad son dos momentos de la misma cosa, y que nos situemos en uno u otro lado es cuestión de ángulo. Aceptar eso hace más sencillo todo. Pero hay una cualidad volitiva, la alegría, que no la felicidad, que reivindico una y otra vez como compañía y fuego indispensable.

Con la rotundidad y la avenencia de los versos que cierran El paso que se habita, dejas espacios abiertos para la reflexión…

Bueno, eso es fantástico, al fin y al cabo, el poema no es más que una hendidura. Lo que cada cual encuentre al otro lado espero que resuene, que le vibre de por dentro, que se le incorpore en piel. Más una intuición que una reflexión se persigue.

En Periodista Digital, declaraste hace unos años que “vivimos en un tiempo en que las prisas marcan todo”. ¿La poesía también está siendo afectada por la urgencia y la inmediatez?

La prisa, hija bastarda de la sociedad de consumo, desacraliza lo importante. Me pregunto qué hace con el tiempo esa gente que tiene tanta prisa. Perder el tiempo resulta una manera imprescindible de estar en el mundo, entregarse a la épica de lo inútil, de lo improductivo. Hasta del ocio han hecho mercancía. Por eso me resulta ineludible reivindicar lo lúdico, que no tiene otro propósito que el juego en sí mismo. La prisa nos impide estar en la celebración. Y si uno no celebra, si uno no está presente en lo que está viviendo, ¿para qué vivir? El sistema capitalista también trata de vampirizar la poesía, y desde ahí intenta de imponer el consumo de cierta clase de poesía: la de cadáveres de versos sistematizados. Esto lo explica de un modo hermosísimo Lurdes Martínez en ‘Los inspirados al borde mar’.

¿Cómo seguir “buscando abrigo en lo inhóspito”?

Colocándose en el claro del bosque, allí donde el urogallo, sabiendo que uno ha de exponerse hasta el extremo. Sólo desde la fragilidad absoluta se cumple el designio y acontece la maravilla. Sólo así es posible estar celebrando.

24 de Agosto de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Amor y piedad en la barbarie, por Ada Soriano (La palabra muda de Antonio Enrique)

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En su nuevo libro, el poeta y escritor granadino Antonio Enrique, rinde homenaje a las víctimas del Holocausto.

La Palabra Muda, poemario exquisitamente editado por Ediciones El Gallo de Oro (Bilbao, 2018), nos remite, con mucha delicadeza, a la realidad de una tragedia acontecida en plena mitad del siglo XX: el Holocausto perpetrado por la Alemania nazi contra los judíos. Una tragedia que, como sabemos, afectó a millones de personas, y es por eso que el dolor sigue latiendo por dentro. En este caso, en el corazón de Antonio Enrique, que escribe y describe con crudeza, sí, y también con ternura.

Fotografía: Encarni Pérez

Es muy destacable la profunda espiritualidad que destilan estos poemas. Considero, por tanto, que La Palabra Muda es un libro espiritual, y también arriesgado, no solo por la carga social y emocional que conlleva sino por la manera en que está escrito, ya que el poeta se involucra, se mete de lleno, Adentro y más adentro. Es consciente de que tan terrible acontecimiento no es un hecho aislado, ya que el horror continúa, y el propósito es el mismo: dañar la vida. ¿Se aprende de lo sucedido? ¿Se aprende de lo que sucede?

Me parece interesante aludir a las dos citas que encabezan el poemario. La primera de ellas, extraída de La cabellera de la Shoá, del célebre poeta Félix Grande, con quien Antonio Enrique mantuvo una entrañable amistad, dice así: “¿Qué te creías tú, contemporáneo, / qué te has creído que era el siglo veinte? (…)”. La segunda cita se nutre de unos versos hermosísimos pertenecientes a La historia de los descreados, del poeta Carlos Aurtenetxe: “lágrima/ que al caer a la mar rebasa/ a la mar/ al ser más grande que ella”.

La nota a la edición, elaborada por el propio autor, aclara la temática y la disposición de los poemas: “(…) aunque el asunto de que trata pueda parecer superado por la Historia, sumido ya en el anecdotario del Terror, una vista a nuestro alrededor nos confirma que las raíces hoy perduran (…)”. Explica asimismo que “La palabra muda se articula en 22 poemas, numerados por cada una de las letras del alfabeto hebreo”, y que “no es casual esta determinación”.

Antonio Enrique nos transporta a un pasado no muy lejano y logra, en este tiempo presente, dejar constancia de una atrocidad que nunca deberíamos borrar de nuestra memoria. Lean estos versos del primer poema, el que lleva por título El Horror, en el que hallamos estas imágenes visionarias:

(…) Lo que el horror dice

es: hay que dividir.

Lo que el horror hace es

restar, multiplicando.

Eso es, y un ojo desprendido de gallo,

y siete por insecto

que acechan en la oscuridad (…)”.

Y estos versos están en plena concordancia con un pasaje perteneciente al ensayo El Espejo de los Vivos (Editorial Alhulia, Granada, 2017); un libro muy recomendable mediante el cual Antonio Enrique transmite sus pensamientos y sentimientos respecto al lugar que ocupa el hombre en el mundo, y el que ocupa Dios, como él mismo me comentó en un correo. En el capítulo 20 de dicho ensayo, titulado Dividir, éste es el afán, éste es el impulso, aparecen estas declaraciones que pongo como ejemplo para atestiguar el paralelismo del que hablo: “Dividir y no sumar; dividir como una resta elevada a coeficiente infinito”.

El libro que nos ocupa goza de un lenguaje discursivo, descarnado y directo, y está dotado de un carácter unitario en el que el poema clave es, a mi juicio, el número 12, Más allá del humo, del mundo y de la nada, porque es el amor la única vía posible; el amor de un hombre hacia su amada: el amor oceánico.

El poeta habla a través de otra voz: la voz de un hombre a quien le cambiaron el nombre por un número; un hombre a quien le arrebataron la vida. Por tanto, fluye por estos versos un deseo de renacimiento que se logra, diría, mediante la reencarnación, como bien puede apreciarse (al igual que en el poema anteriormente mencionado), en El limbo de los inocentes (13) y, si avanzamos en la lectura, en los poemas (20) y (21):

(…) Te amo porque nos hemos amado

mucho antes de saberlo.

Nos hemos amado aquí y allí.

Antes y después del primer

y del último beso. (…)” (13)

(…) La carne transformándose en espigas

de las praderas celestiales

y en sangre de las viñas del firmamento. (…) (21)

Antonio Enrique posee una gran potencia verbal y un excelente dominio del lenguaje, y hay en toda su obra una preocupación por la estética. Así, en La Palabra Muda, utiliza recursos estilísticos como la anáfora, el hipérbaton, la aliteración, la comparación, la metáfora y la paronomasia. Quiero resaltar una comparación en la que apreciamos en partes iguales crueldad y belleza:

(…) Igual que los atunes

en la almadraba:

un crepúsculo de sangre

a la puesta de sol (…)”

También unos versos en los que la onomatopeya es muy evidente y va acompañada de una paronomasia en la que advertimos, mediante la letra “r”, la impiedad:

(…) Y son unos tristes zapatos,

reventados y desventrados,

en la orilla de un río

más frío que la muerte. (…)

No he podido evitar recordar a los poetas Paul Celan y Nelly Sachs, a quienes leo con frecuencia. De hecho, me conmovió el libro que lleva por título Paul Celan, Nelly Sachs, Correspondencia, en edición de Barbara Wiedemann y traducido por Antonio Bueno Tubía (Editorial Trotta, Madrid, 2007). Expongo aquí el primer párrafo que corresponde a la primera carta de Nelly Sachs dirigida a Paul Celan, fechada el 10 de mayo de 1954: “Querido poeta Paul Celan, ahora que a través de la editorial he conseguido su dirección, puedo agradecerle personalmente la profunda experiencia que me proporcionaron sus poemas. Ve usted mucho de ese paisaje espiritual que se esconde tras todo lo de aquí, y tiene usted la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”.

Del mismo modo, he recordado la intensa correspondencia que mantuve con Antonio Enrique hace unos años. Entre otros temas, salieron a relucir los horrores de la barbarie nazi y, consecuentemente, los nombres de algunos poetas que dejaron constancia del genocidio a través de sus escritos. Me habló también de su interés por la cultura judía y de sus numerosas lecturas acerca de los Lager. Me dijo que, al igual que yo, suele ver los documentales sobre el Holocausto que transmiten por televisión. Me comentó que los hombres y mujeres que aparecen tras la pantalla son ya espectros, con sus gestos mecánicos y sus caras blanquecinas. Yo también los veo así: desprovistos de sus posesiones y, lo que es peor, de sus identidades; igual que maniquíes sin ropa, expuestos a las miradas ajenas y frías, ¡las miradas de sus semejantes! De ahí la mayor humillación. De ahí la idea que probablemente indujo al poeta a escribir este libro.

Lean de nuevo con atención estas palabras que he mencionado anteriormente: “(…) la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”. Y esto es, en definitiva, lo que La Palabra Muda viene a representar porque encontraremos aquí el peso de los que fueron condenados al silencio y la dificultad de expresar con palabras tal horror.

Finalizo con los últimos versos del epílogo: Adentro y más adentro. Vemos aquí con qué precisión Antonio Enrique introduce el amor y la piedad en la barbarie, porque sabe que el sol sigue brillando sobre el horizonte, y que durante la noche la luna hace su ronda, y que el poeta, mediante la palabra, que es su arma, está capacitado para plasmar los rastros del pasado y rescatar esa eternidad que quedó sumergida:

(…) por donde navegan las caricias nunca dadas,

los besos imposibles, los abrazos que se desvanecen

en la ilusión de haber vivido y sentido

lo que estaba lejos de ti, adentro y más adentro:

un sueño de oro, una pasión de diamante,

la insigne libertad del águila y la armonía

vertical, cadenciosa y blanca del clamoroso cisne.

14 de Julio de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

 

Entrevista a María Engracia Sigüenza por Ada Soriano

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María Engracia Sigüenza:

Cuando regresan las musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego

Una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse.

Llega a mis manos El fuego del mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas muy logradas.

María Engracia Sigüenza nació en Orihuela en 1963. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología por la Universidad de Murcia. Ha trabajado en psicología clínica y como profesora de filosofía. Actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en libros colectivos como El libro de Plomo (Ediciones Empireuma, Orihuela, 2013) También en antologías y exposiciones. Asimismo, ha publicado artículos y poemas en diversos medios como Cuadernos del Matemático, Opticks Magazine, Las afinidades electivas, Frutos del tiempo y Empireuma.

Hay llamas que ni con el mar”, escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por título El 7 de septiembre.

María Engracia, observo en tu poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.

Soy totalmente consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói, Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire, Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield, Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso, y caí tan rendida a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más fácil.

Las que aparecen en mi libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran rebelarse de un destino marcado por los hombres.

Aunque El fuego del mar es un libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.

Siempre he sido una persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la Muerte.

Y efectivamente del amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte, brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.

Dos rasgos que definen mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida.

Cuando pienso en la muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte: La mirada de Cronos, pero también en las otras dos: El espíritu de Gea y Atenea y las Musas.

La mitología está muy presente en tu obra. En mi opinión, supone una enriquecedora aportación metafórica.

Me atrae desde siempre. No sé cuándo empezó en mí ese interés, pero fue muy tempranamente. Primero, leyendo La Ilíada y La Odisea, La Eneida, La metamorfosis de Ovidio, etc.; después, las tragedias de Sófocles y Eurípides y a los poetas latinos. Por supuesto, aprendí a amar el mundo griego estudiando filosofía.

Lo cierto es que pronto descubrí que la mitología está presente en todas las artes y disciplinas. Cuando viajas te das cuenta, cada vez que visitas un monumento arqueológico, un museo o a una galería de arte, que todos los artistas se han inspirado y se siguen inspirando en ella.

Creo que la mitología es un mundo fascinante e infinito, creatividad en estado puro; la muestra más clara de que la humanidad siempre ha necesitado la imaginación para sobrevivir.

Aunque obviamente he profundizado mucho más en la grecolatina, que es la que ha conformado nuestra civilización, la que está en nuestros orígenes y la que me ayuda a expresar multitud de inquietudes y sentimientos, lo cierto es que me interesa la mitología en general. Creo que, además de fuente de inspiración, nos ayuda a conocernos y a unirnos como especie.

En el poema titulado El mundo, que dedicas a Emily Dickinson, es la poeta la que habla. ¿Cómo surgió este acontecimiento, tan intenso en su brevedad?

Surgió un verano que dediqué, entre otras cosas, a releer a Emily Dickinson, una de mis poetas de cabecera. Tenía la mente llena de sus imágenes, de su compleja sencillez, de su hermética transparencia, de su profundo amor por la naturaleza y por el mundo (sobre el que reflexionó con una gran penetración sin apenas salir de su habitación). Y me pareció que ella me instaba a escuchar la voz de lo auténtico, de lo que nos rodea con humildad y contiene la esencia de la vida, de todo lo realmente importante que nos pasa desapercibido, enredados como estamos en absurdos y alienantes quehaceres. Me sentía impregnada de ella y por eso decidí dedicarle el poema.

¿Añadirías algún nombre más a esa lista de escritores y escritoras que te acompañan?

A los clásicos que he mencionado antes vuelvo con asiduidad pero, como ya he dicho, siempre estoy buscando. Mi curiosidad intelectual crece con los años, quizá por ser consciente de esa finitud, de esa fecha de caducidad que nos atormenta, como atormentaba a los replicantes de la maravillosa película Blade Runner. Necesito encontrar nuevos tesoros y siempre los encuentro, de hecho, abundan por todas partes, solo hay que saber mirar, buscar en los lugares adecuados y estar alerta. A veces una lectura me lleva a otra, o sigo las recomendaciones de mis amigas y amigos. Como dije en una entrevista anterior, leo a escritores y escritoras de mi entorno, sobre todo de Orihuela y de Murcia. Sigo sus publicaciones, nos vemos a menudo e intercambiamos conocimientos y amistad, por lo que no faltan las ocasiones de aprender, de retroalimentarnos mutuamente.

En poesía releo a menudo a Sylvia Plath, a Ted Hughes (la mítica pareja) y a Anne Sexton, y últimamente he leído con entusiasmo a Sharon Olds, Louise Glück y algo de Mary Oliver (hay poco traducido), a las que llegué a través de los Pulitzer de poesía. También me emocionó descubrir a Alice Munro –creo que fue a raíz de un artículo de Elvira Lindo-, unos años antes de que le fuese concedido el Nobel. Escribí varias reseñas apasionadas sobre ella cuando aún no era muy conocida y lo mismo me sucedió con Flannery O´Connor, Medardo Fraile, Richard Ford o Lucía Berlín, grandes cuentistas que he ido descubriendo gracias a mi predilección por el género del relato.

Another Earth es un poema extremadamente cósmico. ¿En qué instante sentiste dentro de ti la explosión de una supernova de sangre?

Ese poema está inspirado en la película Another Earth (Mike Cahill, 2011),  igual que Un viento salvaje lo está en la canción Salvaje es el viento versionada magníficamente por Nina Simone y David Bowie, artistas homenajeados en ese poema.

Y si la canción me interesa porque habla del poder regenerador del amor, la película me inspiró porque reflexiona sobre el dolor y la muerte, también como potencias que impulsan la vida.

Es una película ambientada en el futuro y la protagonista es una chica recién graduada en astrofísica que, al inicio de la película, comete un error fatal que arruinará su vida; una tragedia que la hunde pero no la vence y que la llevará a luchar sin descanso buscando el modo de reparar lo irreparable. Como soy una apasionada del cine, entendido como séptimo arte y en todos sus géneros, descubrí esta obra de cine independiente y bajo presupuesto y me impresionó por su profundo humanismo y por su interesante reflexión sobre nuestra conexión con el Tiempo y el Universo. Temas que también forman parte de mi poética.

De todo eso y de la identificación con la protagonista nació un poema que habla de una persona en crisis, una mujer que siente que su vida está rota, pero que no se da por vencida. Su sufrimiento la impulsa a luchar para alcanzar la expiación.

Las metáforas cósmicas me llegaron enseguida a través de la película y además eran las que más se acercaban a lo que quería transmitir. Porque cuando sufres una pérdida terrible, el dolor es tan fuerte que sientes que algo explota dentro de ti y llega hasta el universo.

¿Cualquier manifestación puede conducir a un acto creativo?

Sí, absolutamente todo. Todo lo que me rodea, todo lo que forma parte de mí me resulta inspirador. La vida, las personas, el arte, la cultura, la mitología en general y, especialmente, la grecolatina. Y por supuesto la Naturaleza. Porque somos naturaleza, y también seres cósmicos y misteriosos.

Como dice Annie Dillard, una escritora que acabo de descubrir gracias a José Luis Zerón, gran amigo y poeta: “Nuestra vida es una tenue traza sobre la superficie del misterio”. Y de ese misterio nace la poesía, que yo identifico con la fuente ignota de la vida en el poema Escucha y con un universo en expansión al inicio de Another Earth.

Y es que una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse. Creas en él un universo que nunca está terminado y que otros al leerlo, al imaginarlo y recrearlo, se encargan de expandir.

¿Qué sientes al concluir un poema?

En primer lugar, una paz interior, un estado de bienestar y sosiego, una alegría que es el eco del chute de adrenalina, de la dopamina que se libera durante y después del proceso creativo. Pero este estado dura poco. Enseguida retorna la incertidumbre de no saber si la poesía volverá a llamarte; y cuando regresan las Musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego, la duda de si serás capaz de crear algo bello, algo que se acerque a lo que sientes y quieres transmitir, algo de lo que puedas estar honestamente orgullosa.

A mí me cuesta mucho sentirme satisfecha, por eso no tenía prisa por publicar, más bien sentía y sigo sintiendo el apremio de continuar aprendiendo. Aunque también he comprendido que los poemas pertenecen al mundo, y que no sirven de nada escondidos en un cajón. Por eso he decidido compartir, desprenderme –como dicen los versos del poema que cierra el libro- y el año próximo publicaré Huellas en el paraíso, un poemario que tengo terminado, y quizá me anime después a sacar un libro de relatos que también guardo en el cajón.

¿Ha llegado el momento de vivir?

Quise terminar el poemario con unos versos que son un recordatorio, con un poema que me recuerda lo que no quiero ni debo olvidar. Creo que siempre es el momento de vivir, de abrir los ojos a todo lo que nos rodea y de exprimirnos, como decía Alberti.

La vida se renueva constantemente y nosotros no podemos quedarnos estancados. Tenemos que aprender a vivir continuamente, adaptándonos a las nuevas situaciones, celebrando los dones que nos vamos encontrando en el camino y entregando lo que tenemos, nuestros frutos. No concibo otra forma de estar viva.

Acabo de terminar de leer el maravilloso ensayo Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, la autora antes mencionada, y al acabar la lectura, además de quedarme totalmente fascinada por una autora en estado de gracia, capaz de asombrarte en cada una de las páginas que escribe, me ha quedado claro que en nuestro mundo: “(…) la libertad cultiva la belleza y el horror en la misma rama viva.” Y: “(…) es la muerte quien hace girar el globo”, utilizando sus palabras.

Un libro inolvidable que me ha hecho más consciente, si cabe, del milagro, del regalo que supone la Vida.

Y termino con unos versos del poema Heridas, que dedico a Frida Khalo y Ada Soriano y que creo que recogen casi todo lo que hemos hablado.

(…)

Ante la mirada conmovida de los dioses

la Moira corta los hilos.

Pero nada termina.

La fuente nunca se agota.

Ofelia resplandece de vida

en un río que no cesa.

Ada Soriano, julio 2018.

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.