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Entrevista a José Manuel Ramón, por Ada Soriano

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Rocío Calderón Muñoz

 

La vida es apasionante y cambiante en su crudeza” dice el poeta José Manuel Ramón

(…) el ser/ transita la tierra/ ajeno a su estado de héroe renacido/ e ignora el decurso de la sangre/ que fluye fluye/ y serpentea/ infinitos (…)”. Estos versos pertenecen al primer poema de La tierra y el cielo (Ars poética), de José Manuel Ramón. Complejo, sutil y profundo, este autor demuestra con creces que hay en su obra un rango peculiar y distintivo, una voz perfectamente reconocible.

Es una constante en su poesía la ruptura de sintaxis, las palabras quebradas, las preguntas sin respuestas, es decir, la duda, y el verso siempre abierto. Y con estas cualidades, que caracterizan toda su obra, es capaz de mantener el pulso y conseguir una musicalidad impecable. Además, escucharlo recitar es todo un placer.

José Manuel Ramón (Orihuela, 1966). Cofundador de la revista de creación Empireuma (1985) y codirector de la misma hasta 1991. Incluido en las antologías Escrito en Alicante (1985), Muestra de joven poesía hispánica de la revista Ventanal (Universidad de Perpiñán, 1986) y El libro de plomo (2013). Colaboraciones recientes en las revistas Acantilados de papel (Murcia), Ágora-Digital (Murcia), Excodra (Barcelona), Tinta China (Sevilla) y Cuadernos de Humo (Nueva York). Ha publicado la plaquette Génesis del amanecer (1988) y los libros: La senda honda (Devenir, 2015) y La tierra y el cielo (Ars Poetica, 2018).

-José Manuel, tú empezaste a escribir siendo muy joven. Sin embargo, estuviste alejado de la poesía y la literatura durante muchos años.

Cierto. Éramos un grupo de amigos con inquietudes compartidas que nos llevó a escribir desde la adolescencia y que germinó en la creación de la revista Empireuma, en 1985 (por cierto, salvo algún poema rescatado para mi primer libro, la mayoría de poemas dispersos por aquella época me horrorizan). Después, por motivos laborales empecé a vivir fuera de Orihuela y a tener menos tiempo personal, y prioricé por “ganar el pan”, al decir del cubano José Martí. Los años pasaron sin darme cuenta, seducido por esa especie de “secta laboral” en que había caído: una abducción en toda regla que me ocupó media vida (la misma que me dio un par de empujoncitos para despertar a tiempo y marcharme, antes de que fuese irreversible).

-La editorial Ars Poetica ha publicado recientemente tu poemario La tierra y el cielo, obra que lleva consigo una intensa carga espiritual. ¿Qué luz/ nos desvela?

Las experiencias que me llevaran a cuestionar y replantear ciertas realidades y convicciones, me posibilitaron otras con generosidad. La vida es apasionante y cambiante en su crudeza; por eso en La tierra y el cielo gusto de ubicarme en otro tiempo para saborear y reinterpretar ciertos símbolos, cantos y danzas culturales, a la luz de esa nueva luz desvelada. Obviamente ha cambiado el atrezo, pero pienso que el fondo sigue siendo el mismo. ¿Y si nuestros ancestros, entonces, no fueron tan desencaminados?

-De La tierra el cielo me atrae, entre otras cosas, su ritmo intenso e hipnótico. Me recuerda, curiosamente, a tu primera publicación. Me refiero, como sabes, a la plaquette Génesis del amanecer. ¿Estás de acuerdo?

Génesis del amanecer fue un preámbulo a lo que vendría después en La tierra y el cielo. De hecho pensé en volver a publicar aquel canto dentro de este libro, a modo introductorio ya que, grosso modo, comparten ritmo y temática. Al final preferí dejar cada cosa en su sitio, en su natural discurrir. Génesis del amanecer es más matérico, más apegado a la tierra; y certifica una evolución. En cambio, La tierra y el cielo está concebido más como canto atávico invocador del ser, con ritmos tribales, podría decirse, cuasi icaros amazónicos, que resuenan de fondo mientras van recibiéndose diferentes oráculos, alternados con algunas situaciones o escenarios pretéritos.

-¿Y qué conexiones podemos hallar entre La tierra y el cielo y el libro que le precede, La senda honda?

La senda honda es un híbrido, un tomar aire “antes de”. La mayoría son poemas antiguos (anteriores al alejamiento comentado) que contienen todos los elementos de mi poesía, lo matérico y lo espiritual en ciernes, y que comienzan a dar pasos en esa dirección. De regreso, la última sección del libro, es un poema largo, posterior, que abandera este cambio del que hablamos, como puente entre ambos.

-¿Cuál es tu visión acerca de la muerte? ¿De qué manera se refleja en tu obra? ¿Y la de la vida?

La tierra y el cielo testimonia esta etapa más espiritual, de mayor calado místico, en donde asoman la reencarnación e ideas adyacentes. He vivido de cerca mediumnidad y comunicaciones espirituales, y mi visión de la vida y de la muerte es otra, se ha ampliado el horizonte de la pecera; y claro, el de las preguntas, también exponencialmente. Si la muerte no conduce a vacío alguno (salvo el heredado del imaginario colectivo desde tiempo inmemorial), si posibilita más vida, llegará el día en que de sí muera, por sí misma, comprendida: ¡Sí, morirá la muerte en otros huesos/ hasta que a sí misma se defenestre! (La tierra y el cielo, p. 66).

-En las etapas de sequía, ¿sientes extravío y desolación o concibes ese tiempo como un estado necesario de latencia?

Siento esa calma inquieta de no tener más que decir, pero sin excesivo dramatismo. Sé que cuando menos lo esperas surge una idea, una palabra o un verso redentor, en el mejor de los casos, que te convoca a la escritura. Es como estar en sintonía permanente, en atenta espera.

-¿No crees que se está publicando en exceso? Da la sensación de que tanto editores como autores carecen de pudor, o quizá tienen demasiada prisa.

Con la revolución digital los costes de producción de un libro han bajado muchísimo, las ediciones en papel hacen tiradas pequeñas o bajo demanda, o se publican directamente en archivo digital. Esto abre un abanico de posibilidades a nuevos editores y a más autores que legítimamente buscan mostrar sus obras, y lo publicitan con eficacia en redes sociales. La oferta es ingente, tienes razón. Pero también sabemos que las prisas no son buenas, ni para comer. No recuerdo dónde lo leí pero me llamó la atención, creo que a propósito de la deforestación y el ecologismo (permítaseme esta pequeña maldad). Era aquello de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro: ¡a ver si se respeta el orden secuencial!

-¿Qué poesía te obliga a frotarte los ojos?

La que huye del convencionalismo y del prosaísmo. Me encanta encontrar la belleza vía desconcierto o singularidad, aunque en pasajes monocromos y más previsibles, a veces, también destella un verso, una emoción desubicada. Y no siempre han de ser versos redondos y memorables, sino un acento, una atmósfera extrañamente cautivadora. Leo todo tipo de poesía, es enriquecedor y saludable; pero no toda necesita relectura, ese volver la mirada atrás para aprehenderla, y aprender de ella.

-Quisiera conocer tu opinión acerca de esta contundente declaración que hizo en su día Pedro Casariego: “Un libro es un hijo ilegítimo, el hijo bastardo de la vida”.

Casariego tenía poderosas razones para hablar así, si no encadenadas, y un universo personal consecuente con sus palabras. Como prueba de vida, todo libro se legitima por sí mismo, más allá de cualquier maternidad/paternidad al uso. Los libros no nos pertenecen, obran su libertad al margen y semejanza nuestra, como seres autosuficientes.

-¿Leeremos pronto un nuevo poemario tuyo?

Sí, tengo uno terminado, a la espera de encontrar su momento oportuno; sin prisas, como dijimos antes. Y algún otro en proceso abierto, retroalimentándose todavía. Tiempo habrá.

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

La Tierra y el cielo de José Manuel Ramón. Presentación por Ada Soriano

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El nuevo libro de José Manuel Ramón, La tierra y el cielo, editado por ARS POETICA, alcanza altos niveles de conceptualización y profundidad

El pasado 26 de abril tuve el placer de presentar el nuevo libro de José Manuel Ramón en la librería Códex, lugar habitual de encuentros culturales. Ante cerca de medio centenar de personas, el autor nos deleitó con sus explicaciones y un recitado hipnótico. Publico, seguidamente, el texto que escribí para la ocasión.

Poeta y cofundador de la revista de creación literaria Empireuma y codirector de la misma hasta 1991, José Manuel Ramón ha colaborado en varias revistas nacionales e internacionales y ha sido incluido en algunas antologías. Es autor de la plaquette Génesis del amanecer, prologada por Jorge Cuña Casasbellas. Tras un largo periodo de silencio vuelve a la escritura con ansias renovadas, y en el 2015 la editorial Devenir publica su poemario La senda honda, con prólogo de José Luis Zerón Huguet.

Quiero resaltar que precisamente ahora se cumplen 30 años de la publicación de Génesis del amanecer. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, mi amigo José Manuel tenía tan solo veintidós años y que, aun siendo tan joven, dejó bien asentadas las bases de su poética, que él mismo resumió hace unos años en un texto publicado en el célebre blog de Agustín Calvo Galán, bajo el nombre Las afinidades electivas : “Siempre la inquietud por el origen y lo venidero: formación de la tierra, el cosmos como ser que se transforma, eras geológicas, evolución de los seres primitivos… y también las fuerzas de la naturaleza, cuestionar la cultura heredada de la muerte, el pensamiento y la vida interior, el alma misma que busca comprenderse”.

Después de leer con mucha atención LA TIERRA Y EL CIELO, tan exquisitamente editado por ARS POETICA, me veo en el deber de felicitar al autor y de comunicar a los futuros lectores que José Manuel nos ofrece unos poemas que nacen de las profundidades y de las alturas, y de que están provistos de una singularidad magnética.

El libro admite dos lecturas, puesto que el autor ha dispuesto los poemas de manera continua a la vez que discontinua, recurriendo a dos voces que convergen a pesar de sus diferencias formales. En este poemario, que bien podría calificarse de elíptico, destaca un lenguaje ancestral en el que abundan vocablos arcaicos y palabras inusuales. Es la voz del poeta la que se despliega, real y auténtica, perfectamente reconocible. A través de ella percibimos pensamientos y sentimientos, sin imposturas: el desasosiego que provoca el hecho de existir, con las dudas e incertidumbres que ello conlleva, así como el deseo de saber, de que le sea revelada una respuesta si no convincente, al menos aproximativa. Y en su inevitable obstinación el poeta indaga sobre lo que todo ser humano se ha planteado a lo largo de la historia. Razonamos, y por ese motivo necesitamos obtener una información lógica sobre qué lugar ocupa el hombre en el mundo, y lo más importante: saber qué lugar ocupará después, cuando deje de pensar y sentir. ¿Qué sucederá en el caso de que haya algo más? Porque no se trata tan solo del cuerpo sino del alma. De ahí el desdoblamiento. De ahí la peculiaridad de estas composiciones elaboradas con maestría.

Como bien expresa en su prólogo Miguel Veyrat bajo el hermoso título Un diálogo infinito: “Nuestra irrefrenable pulsión por conocer, aumentada por la angustiosa orfandad sufrida por los anhelos en el acontecimiento de ser, ha dado lugar en la historia de nuestra evolución a lo que llamamos pensamiento.”

Este poemario, que consta de tres secciones perfectamente ligadas por su temática, abarca tanto lo matérico como lo metafísico en una comunión con la naturaleza y el cosmos. Los ámbitos espaciales del árbol cósmico, presentes en numerosos mitos, religiones y filosofías, como son “El cielo”, “La tierra” e “Inframundo”, llegan a entrelazarse íntimamente: “El árbol de raíces aéreas que beben noche en el sol” (Octavio Paz).

José Manuel, que para bien o para mal, está condicionado por la poesía, y es consciente de que poesía y tiempo son perdurables, ya que son una misma cosa, José Manuel, digo, como poeta que es, está capacitado para integrar el universo en la dimensión humana (Antonio Enrique), y no se queda ahí sino que se adentra en el subsuelo, en el área reservada para la memoria de los muertos. ¿Habrá acaso una morada para las almas? De ser así, ¿qué emplazamiento las acoge? Y todo esto lo consigue a través de un lenguaje sutil, perspicaz y nada pretencioso. Un lenguaje condensado y depurado, como pasado por un alambique. Y cada gota que pasa es una palabra pura, exenta de concesiones. Es muy importante tener en cuenta que el tratamiento del lenguaje es el único vínculo que nos hace ver que estamos ante un poemario contemporáneo, puesto que no aparece ningún otro indicio, nada que nos sitúe en el mundo actual. LA TIERRA Y EL CIELO posee la particularidad de que todo lo que se nos oculta nos es presentado:

(…) lo antes oculto

emerge calmoso y fértil

paciente diagénesis del amor

proceso natural del ser que busca

transformaciones fuera

dentro

de sí”.

Estamos, pues, ante un discurso existencialista que no solo media entre inmanencia y trascendencia, sino que concibe estas dos realidades como un todo indivisible –sublime paradoja- desde una visión atemporal. En LA TIERRA Y EL CIELO todos los tiempos son una misma entidad donde no hay lugar para la anécdota histórica y lo confesional. El autor se vale, en lo que conforma la parte medular del poemario, del verso abierto y exento de puntuación, con ruptura de sintaxis, reduplicaciones, onomatopeyas y palabras quebradas, hasta el punto de crear un verso con un solo fonema.

ploc

ploc ploc

resuena honda voz

para alumbrar trascendencia

sima vital silencio

el silencio entona oráculos

como mantras antiquísimos

invocando el pensa

miento” (…)

Estos poemas se complementan a la vez que contrastan con breves estrofas de versos endecasílabos que adoptan un tono oracular. Esta voz coral establece un orden en contraposición al caos predominante en los poemas que, como anteriormente he mencionado, conforman la base troncal del libro. Y esta voz aleccionadora, con abundancia de exclamaciones, lleva consigo una carga de emotividad, sensibilidad y belleza, que me recuerda a los ritos de los augures y a los coros del teatro clásico griego.

(…) y que el tiempo ni su ceniza ensucien

la impropia luz de la muerte consorte,

porque lo que toque, oscuro silencio,

escuchad bien, ¡pervive para siempre!”.

LA TIERRA Y EL CIELO también puede leerse en un sentido órfico: El alma, al ser esencial, sobrevive al cuerpo hasta el punto de poder reencarnarse y habitar en otro cuerpo:

cuerpos

cuerpos cuerpos

gestos antiquísimos ensaya el alma

transmigrando en la materia

como recuperan los juncos

la verticalidad” (…)

Queda patente, pues, la doble naturaleza humana: el alma es inmortal pero el cuerpo es perecedero. Es así que hallo un paralelismo con la obra de San Juan de la Cruz, poeta místico por excelencia, que no solo bebió en los textos bíblicos sino también en fuentes profanas y heterodoxas. Sucede, cuando leemos los cantos de San Juan de la Cruz y los poemas de José Manuel Ramón que la profundidad de los versos no es alcanzable en un primer acercamiento. Para dar muestra de ello he escogido estos versos del autor de Canto espiritual:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo

toda ciencia trascendiendo”.

A continuación, expongo estos versos de José Manuel:

(…) ni regresando innumerables veces

el ser alcanza a cuanto el ser encierra”.

Asimismo, quiero resaltar un poema que me ha llamado la atención especialmente porque constituye un sincero homenaje a nuestros ancestros. Un poema dinámico y circular ya que, mediante un ritmo de danza vertiginosa, nos remite, desde el fuego, a los rituales sagrados:

(…) y danzaron en círculo

sin descanso danzaron

para que el alma alcanzase

nuevos territorios

(…) alrededor

del fuego

danzaron

sin descanso

danzaron

y danzaron

inmersos

en travesías

y en círculo (…)”

Estos versos me recuerdan, aun con una temática totalmente distinta, al conocido y muy respetado poema Fuga de muerte, de Paul Celan. En el poema de Celan, además de la mirada del maestro alemán, hay danza y fuego. Como es sabido, el poeta rumano habla del fuego de fundición de los hornos en los campos de concentración nazi; y la danza es una danza de muerte atroz:

(…) Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad

empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules

cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía y a la mañana y al atardecer

bebemos y bebemos (…)

Grita sonad más dulcemente la muerte es un maestro venido de Alemania

grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como

humo en el aire (…) En traducción de José Ángel Valente.

En realidad, el poemario de José Manuel Ramón me lleva a toda la obra de Paul Celan. José Manuel, al igual que el autor de Fuga de muerte, descompone el lenguaje, violenta la sintaxis, actualiza arcaísmos y crea un extraño lirismo que suena como un conjuro encantador.

Las citas que aparecen al comienzo, además de esclarecedoras, van muy en consonancia con las imágenes y el mensaje que transmiten los versos de este libro, por lo que considero indispensable que sean leídas con atención. El autor reivindica a la olvidada poeta y abadesa alemana Hildegard Von Bingen, una mujer excepcional por la amplitud de sus conocimientos en diversas materias como la medicina y otras ciencias. Asimismo, el autor ha escogido un breve texto de Jean Clottes, destacado prehistoriador francés que a través de sus investigaciones concluyó que las gentes del Paleolítico Superior eran exactamente como nosotros. Dice José Manuel:

(…) ¡oh humanidad

insepulta memoria

vestigio de un ser anterior

a fango

siembra o rastrojos

desde este zafio mañana

te vemos! (…)”

La tercera cita alude a la figura del chamán, a quien se considera como intermediario entre el mundo natural y el mundo espiritual.

Dicho esto, queda claro que la escritura lírica de José Manuel Ramón está alejada de la poesía banal que hoy tanto abunda bajo el calificativo de fresca y ágil. Sin dejar de ser intensa y fluida, no se atiene a modas ni a escuelas. José Manuel es fiel a sí mismo, a su forma singular de recrear el mundo a través de la palabra poética. Con este segundo libro publicado nos confirma que es un poeta exigente, capaz de transportarnos desde el presente a un tiempo arcaico (cercano al arké, es decir, al origen) pero siempre preocupado por el devenir.

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Dos libros, por José María Piñeiro. En empireuma.blogpost.

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https://empireuma.blogspot.com.es/2018/03/supone-cierto-lugarcomun-de-la-critica.html?spref=fb

 

Supone cierto lugar común de la crítica más desencantada decir que si no conoces al poeta personalmente, su obra podría pasar desapercibida o ser mal interpretada, ante el hecho de las supuestamente muchas ediciones de poesía que adornan los últimos lustros y que crean un espacio editorial saturado y mimético. Es cierto que tras el prurito de identificar la poesía con movimientos, escuelas, ismos y demás, ahora que todos esos criterios ya no funcionan tan claramente, el hecho azaroso, psicológico de conocer al poeta nuevo que escribe supone cierto elemento probatorio de su valor.

Tengo la suerte de conocer personalmente, a los dos poetas que acaban de publicar en la editorial ovetense Ars Poética, José Luis y Ada, y teniendo en cuenta el cariz de los tiempos, creo que es en el ámbito de la amistad  donde, en muchas ocasiones, el hecho precioso de la poesía puede refugiarse y ser reconocido. Cierta proximidad resulta beneficiosa en un ámbito de fragmentación de nombres anónimos. Es cierto que existe el riesgo del localismo, pero a veces se pregunta uno si buena parte de la poesía que se escribe no es local, incluso la que se escribe en las grandes capitales, teniendo en cuenta que uno de los efectos más notables de la poesía es el de transmutarse de local en universal: es de este modo como cumple con su misión y se trasciende a sí misma. La poesía local ejemplar se convierte en universal y lo que se escribe en un punto preciso de la geografía, aunque esté retirado del centro, puede ser indicio de algo considerable. Con esto quiero decir que los interesados, lectores o profesores, debieran interesarse por lo que se escribe en cualquier parte del país si lo que se quiere es dirimir las coordenadas de lo que ocurre, para comprender el devenir de  lo que sentimos y deseamos o constatar las insistencias de un símbolo.

Todo libro nuevo de poesía me obliga a esta operación de ubicación, digamos, no para entender sus mensajes sino para de algún modo justificarlos.

Con José Luis y Ada la “operación de rastreo y localización” hace mucho tiempo que terminó porque es, precisamente, bastante el tiempo que hace que los conozco. Esta intimidad me libra de la pedantería de definir las figuras retóricas de sus poemas, es decir, analizar sus poemas como si fueran los de un extraño, y por otro lado me otorga la seguridad de  disfrutar de la garantía creativa de tales poemas.

Tal garantía no implica el mero elogio ciego, sino que constata, sobre todo,  la perseverancia de una pasión: el ejercicio gozoso de las palabras.

Precisamente, la recurrencia a la palabra poética como refugio de la máxima luz y como instrumento, consecuentemente, de la lucidez afirmativa, abrigo del desamparo íntimo, atraviesa e informa los poemas en prosa del libro de José Luis, Perplejidades y certezas.

Con el libro de José Luis entramos en el reino de lo sustantivo y de las presencias, en el mundo de las videncias, pero no de unas videncias proféticas ni meramente herméticas sino de las que se desprenden y producen los propios ámbitos experimentados: naturaleza, poesía, contemplación, pensamiento.

El poemario supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas,  captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre. Este es el mensaje más inmediato y mollar del libro, que ajeno a su oportunidad o no, se ofrece al lector.

El poeta habita el cosmos y describe las reverberaciones de sus constelaciones. El poeta no tiene otra misión que la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria.

Retóricamente, imágenes y sentencias son los elementos que se desprenden y conforman el poemario. Sintéticamente, Perplejidades y certezas se reduce a estos componentes prosódicos cuya bella conformación dan un carácter tan unitario al texto.

El pensamiento encuentra en un lenguaje así de ceñido y harmónico su mayor acendramiento; la libertad y la eufonía propia que produce el poema en prosa habilita una expresión lúcida y serena en la que convergen contemplación estética y reflexión.

Me produce cierto apuro, en esta reseña,  mantenerme en lo estrictamente teórico. Casi ejerciendo de psicólogo para confirmar ese complejo grado de implicación con lo que escribe, encuentro una expresión típica del desasosiego del José Luis poeta y del José Luis persona civil que conozco y estimo: nunca estaré al abrigo del tiempo, angustiosa afirmación que grita por esa arcadia en la que el tiempo erosionador dejara de sucederse penosamente. Y dentro del mismo poema, “Fuente sellada”, No hay apego sinsatisfacción y nuestra lengua no me satisface, compleja declaración que implica una sentencia sobre el espíritu propio imposible de evitar o burlar. Glosar este verso nos podría llevar muy lejos, pero lo que hace no es sino reclamar una lengua propia, liberada de los convencionalismos y las servidumbres con que se paraliza su savia, incluso, podríamos ir más allá, y decir que reclama además otro modo de pensar y de comunicación con la sociedad.

 

Otro ejemplo de concreción retorcida y fatal en el que reconozco más al José Luis amigo que al José Luis poeta, aunque ambos sean el mismo: el rumor de la resurrección es la salud que precede a la desesperación. Se trata de una expresión que afirma nuestra imposibilidad de salir del laberinto que hemos hecho, no de la vida, sino del vivir.

O también, por ejemplo: el alba tiene el color de la nada, paradoja que tanto recuerda la definición derridiana del amanecer como una (triste) repetición.

No creo que el libro de José Luis sea hermético, es decir, predeterminadamente cerrado sobre sí: su belleza formal es evidente porque ha atendido con exclusividad a la imagen naciente y a sus emblemas.  En todo caso, es su sentir, su subjetividad lo que reclama un registro en consonancia. Creo que el decir de un realismo poético absoluto se expresaría en los suculentos términos en que José Luis, desde el centro de su luz herida, lo hace. Si la poesía es el mundo de lo posible, no nos tiene que sorprender negativamente que un poeta como José Luis dé curso a estas imágenes que precisan simas y advierten calmos fulgores. Creo que José Luis ve esos fulgores y conoce sus formas. Como él mismo dice: perplejidad y certeza: único y prodigioso argumento de la poesía. Esta elocuencia contiene también una esperanza.

 

El libro de Ada me ha sorprendido. Llevaba tiempo sin leer cosas de ella con detenimiento y tras acabar con este Dondequiera que vague el día, me he quedado con ganas de más, es decir, creo haber captado con placer ese decir que caracteriza a un poeta frente a otro cualquiera.

 

No sé si obedece a una estrategia escritural o es producto del propio impulso del poema, pero los poemas de Ada tienen la virtud de la alusión silenciosa. Al acabar la lectura de uno de sus poemas se hace un silencio que parece acusarnos a cada uno de nosotros, se da una suerte de espera a que lo dicho en el poema, que reclama una solución o un hacerse cargo, sea respondido por los asistentes o por los lectores.

 

El posicionamiento de Ada está claro. En estos poemas encontramos una delicada puesta en escena desde donde la poeta asiste al encuentro de sus propias circunstancias: denuncia estados de decadencia personal y universal, invoca la belleza perdurable a través de motivos naturales, afirma la vida desde la pasión erótica y da cuenta sin estridencia de los condicionamientos existenciales que la vida práctica de todos los días lleva consigo.

Quizá resulte obvio o una tontería, pero me atrevería a decir que en su brevedad, en su eficaz escuetez y precisión, estos poemas expresan la autenticidad de una experiencia que confía en la singularidad expresiva de la palabra, ya que solo de este modo la autora puede lanzar su protesta y su percepción misteriosa. Los poemas ni se enmarañan en imágenes que indicarían otros intereses ni tampoco evitan la complejidad o los atractivos de la vida. Los poetas serán silentes pero ese silencio se motea de elocuencia cuando uno acierta a leer el mensaje de sus poemas.

 

Los poemas de Ada son, pues, como tímidas denuncias, pequeñas epítomes de lo que el alma está sintiendo y de lo que espera del entorno: que cambie  de tesitura o renueve su luz.

Ya decía Bataille que no es necesario defender la poesía, pero teniendo en cuenta la pobreza rampante que se nos quiere imponer en el sentimiento y en la imaginación, acojo estos dos libros como dos claras ofertas de belleza y lectura alternativa, agradeciendo a sus autores y a la editorial, esta apuesta por la poesía.

 

Unas palabras sobre Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano, por José Luis Ferris

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El pasado 23 de febrero se presentó en la librería Códex de Orihuela el nuevo poemario de Ada Soriano Dondequiera que vague el día, editado por Ars poetica, colección Carpe Diem. El acto fue presentado por el prestigioso escritor y poeta José Luis Ferris, autor del texto que reproducimos a continuación.

Lo primero que sugiere la lectura del poemario Dondequiera que vague el día son tres palabras que comparten sufijo: honestidad, sinceridad y verdad; verdad porque resulta imposible separar en uno solo de sus poemas la vida del texto, la experiencia vital, el sufrimiento o la alegría del producto literario. En este caso, más que nunca, y recordando inevitablemente a Miguel Hernández, vida y obra son las dos caras de una misma moneda.
Dicho esto, conviene decir también que el libro sorprende y deslumbra, a pesar de las luces y de las sombras que la autora ha destilado a lo largo de la escritura. Estoy convencido de que estamos ante la mejor producción lírica de Ada Soriano, ante un poemario en el que se lo ha jugado todo, en el que se ha desnudado como nunca y en el que ha impregnado –con esa huella que los cuerpos dejan en la tela de un sudario– su propia envoltura con el dulce y amargo sudor de su piel, con las encarnaduras de su carne, con las heridas aún no cerradas de su alma.
A quienes no tienen un claro conocimiento de la trayectoria poética de Ada, les recuerdo que desde muy niña, como ella misma confiesa, se sintió seducida por la literatura y la música, y muy especialmente por la poesía. Era una lectora impenitente de relatos, poemas y cuentos de hadas. “Yo sentía así que viajaba –dice ella–, que me descubría ubicada en otras épocas, en otros lugares, percibiendo el olor y el sabor de paisajes nuevos, hermanándome con las palabras de escritores a quienes ya comenzaba a admirar”. Sin embargo, su aventura literaria comenzó a mediados de los 80, cuando se involucró en la creación de la revista Empireuma junto a nombres entrañablemente necesarios como el de José Luis Zerón, José María y Fernando Piñeiro, Juan Carlos y Ginés Gras, José Manuel Ramón, Eduardo López Egío, José Antonio Ortuño y Joaquín Peñalver. “Mis colegas y yo éramos muy jóvenes. Teníamos esperanza y una férrea convicción en todo lo que emprendíamos. Para nosotros, la década de los 80 fue una explosión de arte en todas sus manifestaciones.” Después, como escribió Jaime Gil de Biedma, y como suscribiría la propia Ada Soriano: “que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”.
Desde aquella década, nuestra poeta nos ha ido dejando los libros Luna Esplendente o sol que no se oculta (1993), Como abrir una puerta que da al mar (2000), Poemas de amor (2011), Principio y fin de la soledad (2011) y Cruzar el cielo (2016). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés y al rumano. Ha colaborado en numerosas revistas nacionales y algunas internacionales. Actualmente escribe en el periódico digital Mundiario y en el blog literario Frutos del Tiempo.
No obstante, como he anticipado líneas atrás, creo que este libro, publicado por la prestigiosa editorial Ars Poetica, es el mejor de la escritora Ada Soriano.
La cita del poeta portugués António Ramos Rosa, de la que arranca la obra, no es en absoluto baladí y responde al espíritu, sin duda, del conjunto: la naturaleza como sanación, el deseo íntima y fieramente humano de formar parte de ella, de ser átomo del agua, del aire, de la luz, del bosque o de la tierra que nos envuelven; el sueño de fundirnos en el alma y el tejido de sus elementos, de diluirnos con y en la vida misma.
Como si estuviera dentro del agua y ciego,
veo maravillosamente las intensidades, las formas,
las corrientes, los ríos de sombra y luz,
los caminos flotantes, el follaje sombrío que
se disipa, que renace…

Estos versos del poeta portugués nos invitan a pasar, descorriendo el cortinaje de la página 11, al mundo personalísimo de Ada, al espacio de un ser herido, manchado de sombras, que quiere sobrevivir a las regiones devastadas de algo que en ella generó dolor. En este caso nos enfrentamos a un poemario que es toda una confesión y todo un tratado de supervivencia. Incluso más. Con claroscuros de Rembrandt, de lección de anatomía, la autora emplea también en estos versos los aparatos precisos del lenguaje para operarse a sí misma, para aplicarse una cirugía sanadora que extirpe, por la herida, fantasmas y oscuridades.
Entendido esto, a ningún lector le costará comprobar que todo el libro es una búsqueda de la luz, un deseo permanente de desprenderse de aquello que ata y ensombrece. Así lo confiesa el título de la mayor parte de los poemas, que nos remiten a esa imagen: “Alumbramientoo, “Esbozos de luz”, “Cae lento el sol”, “Bajo la luz”, “Promontorios de luz”; pero también hallamos frecuentes guiños a todo lo que inspire altura o claridad, todo lo que remita al cielo y la plenitud del ser: “Donde mi nombre fue eco”, “Nubes”, “Desde la cúpula”, “Punto de vista”…
No cabe duda de que el sol, con su fuerte simbología, es el eje de Dondequiera que vague el día. La autora lo considera el origen positivo de todo; de la vida en primer lugar, al considerarlo incluso la placenta del mundo: “El sol se ha alzado / sobre el horizonte / con una consistencia blanda / y escurridiza, / como dulce gelatina. / Durante unos segundos / ha quedado suspendido / sobre su propio reflejo: / un arco fino y delicado, / la placenta”.
Pero además, el sol es generador de vida porque ilumina lo que carecía de luz y aparta las sombras que ennegrecen o niegan las existencia de las cosas: “las sombras han dejado / de ser bultos, / objetos sin identidad. / Lo que parecía haberse ausentado / se ha vuelto visible”.
Y en esa visión de la vida donde el sol/dios preside el todo, no podía evitar nuestra poeta el referente a Vladimir Kush, el pintor ruso que acostumbra a llenar sus cuadros de surrealismo metafórico y, cómo no, de soles como yemas de luz, como monedas de oro, como llamas de fuego o como labios totales: “He sentido el roce / de la mirada de Helios / y me he adentrado en los designios / de Vladimir Kush: / una moneda de oro / suspendida en el aire, / la llama de una vela / y sus estalactitas, / un aro de luz / contra una manada de nubes, / la eclosión de un huevo / –la yema densa y amarilla– / sobre un plato azul turquesa”.
Todo el poemario es una antítesis, una lucha de contrarios. Pero lo admirable de ese proceso de sanación, de catarsis, de fusión con la claridad y con los elementos luminosos de la naturaleza, es el lenguaje: un lenguaje que gradualmente se puebla de sensualidades y de un erotismo a veces contagioso. Asistimos así al momento en que es el sol derrama su semen de luz sobre la vida: sobre las uvas carnosas, sobre los girasoles o las margaritas que se recrean sobre el lecho mullido o, como escribe la autora –sin escatimar belleza– sobre el mundo: “Una congregación de clítoris / se impregna de savia amarilla, / oro fundido, / caudal que quema. / Cae lento el sol / sobre los pétalos vírgenes…”
Esta imagen de plena unión con la vida se intensifica en otros poemas que se cargan de nuevo de referencias culturalistas. Así, el guiño a la mitología, en este caso, a Danae, fecundada por Zeus con una lluvia de oro –no olvidemos los cuadros de Tiziano, de Klimt o de Conterio–, lo encontramos de modo explícito en el poema “Cae lento el sol”, pero también en composiciones como “Cerezo”, “También yo” o “Flores en el río”. Los momentos del amor son, en este libro, aquellos en los que la naturaleza se comporta como una amante rendida y entregada, o como una mujer que espera empapada en sueño: “Me abandono a esta noche / donde una nube se abre / y parte mi dolor con arma blanca / y deja entrever un brillo de luna, / una perla en su concha”; “Un sudor fálico irrumpe / en mi habitación y corta el silencio. / En las horas oscuras, / cuando todos duermen, solo yo los veo, / solo yo los sueño”.
En el tramo final del libro (“Seis poemas delicados”) se desvelan las querencias y las confesiones. Hay un deseo firme y declarado de arrancar del alma una infelicidad que ha hecho en la escritora sus estragos. Hay una búsqueda de amparo en la madre/luna, ese símbolo que genera en la escritora admiración y ternura. Hay un ansia de reinventarse, de renacer, de reivindicar el derecho a ser feliz: “producirme nuevamente / para ser nuevamente yo / en este presente que camina / lento / –demasiado lento– / bajo la permanencia indisoluble / de la luna…”.
En síntesis, Dondequiera que vague el día, además de un libro de una factura honda y admirable, es un ejercicio de construcción y de reconstrucción. Ada Soriano crea, con el lenguaje, una suerte de fortaleza poética probadamente sólida, pero al mismo tiempo emprende una dolorosa tarea de reconstrucción personal, de unión de partes mutiladas, de renacimiento –desde ese útero de paredes curvas del que ha de salir–, como un ave fénix que no duda en aceptar su condición: “Quiero recomponerme… / Hilo y aguja / para remendar las fisuras / de mi sombra que pasa. / Hilo rojo carmesí. /Las plumas, / el pájaro sagrado”.

José Luis Ferris