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La Tierra y el cielo de José Manuel Ramón. Presentación por Ada Soriano

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El nuevo libro de José Manuel Ramón, La tierra y el cielo, editado por ARS POETICA, alcanza altos niveles de conceptualización y profundidad

El pasado 26 de abril tuve el placer de presentar el nuevo libro de José Manuel Ramón en la librería Códex, lugar habitual de encuentros culturales. Ante cerca de medio centenar de personas, el autor nos deleitó con sus explicaciones y un recitado hipnótico. Publico, seguidamente, el texto que escribí para la ocasión.

Poeta y cofundador de la revista de creación literaria Empireuma y codirector de la misma hasta 1991, José Manuel Ramón ha colaborado en varias revistas nacionales e internacionales y ha sido incluido en algunas antologías. Es autor de la plaquette Génesis del amanecer, prologada por Jorge Cuña Casasbellas. Tras un largo periodo de silencio vuelve a la escritura con ansias renovadas, y en el 2015 la editorial Devenir publica su poemario La senda honda, con prólogo de José Luis Zerón Huguet.

Quiero resaltar que precisamente ahora se cumplen 30 años de la publicación de Génesis del amanecer. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, mi amigo José Manuel tenía tan solo veintidós años y que, aun siendo tan joven, dejó bien asentadas las bases de su poética, que él mismo resumió hace unos años en un texto publicado en el célebre blog de Agustín Calvo Galán, bajo el nombre Las afinidades electivas : “Siempre la inquietud por el origen y lo venidero: formación de la tierra, el cosmos como ser que se transforma, eras geológicas, evolución de los seres primitivos… y también las fuerzas de la naturaleza, cuestionar la cultura heredada de la muerte, el pensamiento y la vida interior, el alma misma que busca comprenderse”.

Después de leer con mucha atención LA TIERRA Y EL CIELO, tan exquisitamente editado por ARS POETICA, me veo en el deber de felicitar al autor y de comunicar a los futuros lectores que José Manuel nos ofrece unos poemas que nacen de las profundidades y de las alturas, y de que están provistos de una singularidad magnética.

El libro admite dos lecturas, puesto que el autor ha dispuesto los poemas de manera continua a la vez que discontinua, recurriendo a dos voces que convergen a pesar de sus diferencias formales. En este poemario, que bien podría calificarse de elíptico, destaca un lenguaje ancestral en el que abundan vocablos arcaicos y palabras inusuales. Es la voz del poeta la que se despliega, real y auténtica, perfectamente reconocible. A través de ella percibimos pensamientos y sentimientos, sin imposturas: el desasosiego que provoca el hecho de existir, con las dudas e incertidumbres que ello conlleva, así como el deseo de saber, de que le sea revelada una respuesta si no convincente, al menos aproximativa. Y en su inevitable obstinación el poeta indaga sobre lo que todo ser humano se ha planteado a lo largo de la historia. Razonamos, y por ese motivo necesitamos obtener una información lógica sobre qué lugar ocupa el hombre en el mundo, y lo más importante: saber qué lugar ocupará después, cuando deje de pensar y sentir. ¿Qué sucederá en el caso de que haya algo más? Porque no se trata tan solo del cuerpo sino del alma. De ahí el desdoblamiento. De ahí la peculiaridad de estas composiciones elaboradas con maestría.

Como bien expresa en su prólogo Miguel Veyrat bajo el hermoso título Un diálogo infinito: “Nuestra irrefrenable pulsión por conocer, aumentada por la angustiosa orfandad sufrida por los anhelos en el acontecimiento de ser, ha dado lugar en la historia de nuestra evolución a lo que llamamos pensamiento.”

Este poemario, que consta de tres secciones perfectamente ligadas por su temática, abarca tanto lo matérico como lo metafísico en una comunión con la naturaleza y el cosmos. Los ámbitos espaciales del árbol cósmico, presentes en numerosos mitos, religiones y filosofías, como son “El cielo”, “La tierra” e “Inframundo”, llegan a entrelazarse íntimamente: “El árbol de raíces aéreas que beben noche en el sol” (Octavio Paz).

José Manuel, que para bien o para mal, está condicionado por la poesía, y es consciente de que poesía y tiempo son perdurables, ya que son una misma cosa, José Manuel, digo, como poeta que es, está capacitado para integrar el universo en la dimensión humana (Antonio Enrique), y no se queda ahí sino que se adentra en el subsuelo, en el área reservada para la memoria de los muertos. ¿Habrá acaso una morada para las almas? De ser así, ¿qué emplazamiento las acoge? Y todo esto lo consigue a través de un lenguaje sutil, perspicaz y nada pretencioso. Un lenguaje condensado y depurado, como pasado por un alambique. Y cada gota que pasa es una palabra pura, exenta de concesiones. Es muy importante tener en cuenta que el tratamiento del lenguaje es el único vínculo que nos hace ver que estamos ante un poemario contemporáneo, puesto que no aparece ningún otro indicio, nada que nos sitúe en el mundo actual. LA TIERRA Y EL CIELO posee la particularidad de que todo lo que se nos oculta nos es presentado:

(…) lo antes oculto

emerge calmoso y fértil

paciente diagénesis del amor

proceso natural del ser que busca

transformaciones fuera

dentro

de sí”.

Estamos, pues, ante un discurso existencialista que no solo media entre inmanencia y trascendencia, sino que concibe estas dos realidades como un todo indivisible –sublime paradoja- desde una visión atemporal. En LA TIERRA Y EL CIELO todos los tiempos son una misma entidad donde no hay lugar para la anécdota histórica y lo confesional. El autor se vale, en lo que conforma la parte medular del poemario, del verso abierto y exento de puntuación, con ruptura de sintaxis, reduplicaciones, onomatopeyas y palabras quebradas, hasta el punto de crear un verso con un solo fonema.

ploc

ploc ploc

resuena honda voz

para alumbrar trascendencia

sima vital silencio

el silencio entona oráculos

como mantras antiquísimos

invocando el pensa

miento” (…)

Estos poemas se complementan a la vez que contrastan con breves estrofas de versos endecasílabos que adoptan un tono oracular. Esta voz coral establece un orden en contraposición al caos predominante en los poemas que, como anteriormente he mencionado, conforman la base troncal del libro. Y esta voz aleccionadora, con abundancia de exclamaciones, lleva consigo una carga de emotividad, sensibilidad y belleza, que me recuerda a los ritos de los augures y a los coros del teatro clásico griego.

(…) y que el tiempo ni su ceniza ensucien

la impropia luz de la muerte consorte,

porque lo que toque, oscuro silencio,

escuchad bien, ¡pervive para siempre!”.

LA TIERRA Y EL CIELO también puede leerse en un sentido órfico: El alma, al ser esencial, sobrevive al cuerpo hasta el punto de poder reencarnarse y habitar en otro cuerpo:

cuerpos

cuerpos cuerpos

gestos antiquísimos ensaya el alma

transmigrando en la materia

como recuperan los juncos

la verticalidad” (…)

Queda patente, pues, la doble naturaleza humana: el alma es inmortal pero el cuerpo es perecedero. Es así que hallo un paralelismo con la obra de San Juan de la Cruz, poeta místico por excelencia, que no solo bebió en los textos bíblicos sino también en fuentes profanas y heterodoxas. Sucede, cuando leemos los cantos de San Juan de la Cruz y los poemas de José Manuel Ramón que la profundidad de los versos no es alcanzable en un primer acercamiento. Para dar muestra de ello he escogido estos versos del autor de Canto espiritual:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo

toda ciencia trascendiendo”.

A continuación, expongo estos versos de José Manuel:

(…) ni regresando innumerables veces

el ser alcanza a cuanto el ser encierra”.

Asimismo, quiero resaltar un poema que me ha llamado la atención especialmente porque constituye un sincero homenaje a nuestros ancestros. Un poema dinámico y circular ya que, mediante un ritmo de danza vertiginosa, nos remite, desde el fuego, a los rituales sagrados:

(…) y danzaron en círculo

sin descanso danzaron

para que el alma alcanzase

nuevos territorios

(…) alrededor

del fuego

danzaron

sin descanso

danzaron

y danzaron

inmersos

en travesías

y en círculo (…)”

Estos versos me recuerdan, aun con una temática totalmente distinta, al conocido y muy respetado poema Fuga de muerte, de Paul Celan. En el poema de Celan, además de la mirada del maestro alemán, hay danza y fuego. Como es sabido, el poeta rumano habla del fuego de fundición de los hornos en los campos de concentración nazi; y la danza es una danza de muerte atroz:

(…) Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad

empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules

cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía y a la mañana y al atardecer

bebemos y bebemos (…)

Grita sonad más dulcemente la muerte es un maestro venido de Alemania

grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como

humo en el aire (…) En traducción de José Ángel Valente.

En realidad, el poemario de José Manuel Ramón me lleva a toda la obra de Paul Celan. José Manuel, al igual que el autor de Fuga de muerte, descompone el lenguaje, violenta la sintaxis, actualiza arcaísmos y crea un extraño lirismo que suena como un conjuro encantador.

Las citas que aparecen al comienzo, además de esclarecedoras, van muy en consonancia con las imágenes y el mensaje que transmiten los versos de este libro, por lo que considero indispensable que sean leídas con atención. El autor reivindica a la olvidada poeta y abadesa alemana Hildegard Von Bingen, una mujer excepcional por la amplitud de sus conocimientos en diversas materias como la medicina y otras ciencias. Asimismo, el autor ha escogido un breve texto de Jean Clottes, destacado prehistoriador francés que a través de sus investigaciones concluyó que las gentes del Paleolítico Superior eran exactamente como nosotros. Dice José Manuel:

(…) ¡oh humanidad

insepulta memoria

vestigio de un ser anterior

a fango

siembra o rastrojos

desde este zafio mañana

te vemos! (…)”

La tercera cita alude a la figura del chamán, a quien se considera como intermediario entre el mundo natural y el mundo espiritual.

Dicho esto, queda claro que la escritura lírica de José Manuel Ramón está alejada de la poesía banal que hoy tanto abunda bajo el calificativo de fresca y ágil. Sin dejar de ser intensa y fluida, no se atiene a modas ni a escuelas. José Manuel es fiel a sí mismo, a su forma singular de recrear el mundo a través de la palabra poética. Con este segundo libro publicado nos confirma que es un poeta exigente, capaz de transportarnos desde el presente a un tiempo arcaico (cercano al arké, es decir, al origen) pero siempre preocupado por el devenir.

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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Dos libros, por José María Piñeiro. En empireuma.blogpost.

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https://empireuma.blogspot.com.es/2018/03/supone-cierto-lugarcomun-de-la-critica.html?spref=fb

 

Supone cierto lugar común de la crítica más desencantada decir que si no conoces al poeta personalmente, su obra podría pasar desapercibida o ser mal interpretada, ante el hecho de las supuestamente muchas ediciones de poesía que adornan los últimos lustros y que crean un espacio editorial saturado y mimético. Es cierto que tras el prurito de identificar la poesía con movimientos, escuelas, ismos y demás, ahora que todos esos criterios ya no funcionan tan claramente, el hecho azaroso, psicológico de conocer al poeta nuevo que escribe supone cierto elemento probatorio de su valor.

Tengo la suerte de conocer personalmente, a los dos poetas que acaban de publicar en la editorial ovetense Ars Poética, José Luis y Ada, y teniendo en cuenta el cariz de los tiempos, creo que es en el ámbito de la amistad  donde, en muchas ocasiones, el hecho precioso de la poesía puede refugiarse y ser reconocido. Cierta proximidad resulta beneficiosa en un ámbito de fragmentación de nombres anónimos. Es cierto que existe el riesgo del localismo, pero a veces se pregunta uno si buena parte de la poesía que se escribe no es local, incluso la que se escribe en las grandes capitales, teniendo en cuenta que uno de los efectos más notables de la poesía es el de transmutarse de local en universal: es de este modo como cumple con su misión y se trasciende a sí misma. La poesía local ejemplar se convierte en universal y lo que se escribe en un punto preciso de la geografía, aunque esté retirado del centro, puede ser indicio de algo considerable. Con esto quiero decir que los interesados, lectores o profesores, debieran interesarse por lo que se escribe en cualquier parte del país si lo que se quiere es dirimir las coordenadas de lo que ocurre, para comprender el devenir de  lo que sentimos y deseamos o constatar las insistencias de un símbolo.

Todo libro nuevo de poesía me obliga a esta operación de ubicación, digamos, no para entender sus mensajes sino para de algún modo justificarlos.

Con José Luis y Ada la “operación de rastreo y localización” hace mucho tiempo que terminó porque es, precisamente, bastante el tiempo que hace que los conozco. Esta intimidad me libra de la pedantería de definir las figuras retóricas de sus poemas, es decir, analizar sus poemas como si fueran los de un extraño, y por otro lado me otorga la seguridad de  disfrutar de la garantía creativa de tales poemas.

Tal garantía no implica el mero elogio ciego, sino que constata, sobre todo,  la perseverancia de una pasión: el ejercicio gozoso de las palabras.

Precisamente, la recurrencia a la palabra poética como refugio de la máxima luz y como instrumento, consecuentemente, de la lucidez afirmativa, abrigo del desamparo íntimo, atraviesa e informa los poemas en prosa del libro de José Luis, Perplejidades y certezas.

Con el libro de José Luis entramos en el reino de lo sustantivo y de las presencias, en el mundo de las videncias, pero no de unas videncias proféticas ni meramente herméticas sino de las que se desprenden y producen los propios ámbitos experimentados: naturaleza, poesía, contemplación, pensamiento.

El poemario supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas,  captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre. Este es el mensaje más inmediato y mollar del libro, que ajeno a su oportunidad o no, se ofrece al lector.

El poeta habita el cosmos y describe las reverberaciones de sus constelaciones. El poeta no tiene otra misión que la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria.

Retóricamente, imágenes y sentencias son los elementos que se desprenden y conforman el poemario. Sintéticamente, Perplejidades y certezas se reduce a estos componentes prosódicos cuya bella conformación dan un carácter tan unitario al texto.

El pensamiento encuentra en un lenguaje así de ceñido y harmónico su mayor acendramiento; la libertad y la eufonía propia que produce el poema en prosa habilita una expresión lúcida y serena en la que convergen contemplación estética y reflexión.

Me produce cierto apuro, en esta reseña,  mantenerme en lo estrictamente teórico. Casi ejerciendo de psicólogo para confirmar ese complejo grado de implicación con lo que escribe, encuentro una expresión típica del desasosiego del José Luis poeta y del José Luis persona civil que conozco y estimo: nunca estaré al abrigo del tiempo, angustiosa afirmación que grita por esa arcadia en la que el tiempo erosionador dejara de sucederse penosamente. Y dentro del mismo poema, “Fuente sellada”, No hay apego sinsatisfacción y nuestra lengua no me satisface, compleja declaración que implica una sentencia sobre el espíritu propio imposible de evitar o burlar. Glosar este verso nos podría llevar muy lejos, pero lo que hace no es sino reclamar una lengua propia, liberada de los convencionalismos y las servidumbres con que se paraliza su savia, incluso, podríamos ir más allá, y decir que reclama además otro modo de pensar y de comunicación con la sociedad.

 

Otro ejemplo de concreción retorcida y fatal en el que reconozco más al José Luis amigo que al José Luis poeta, aunque ambos sean el mismo: el rumor de la resurrección es la salud que precede a la desesperación. Se trata de una expresión que afirma nuestra imposibilidad de salir del laberinto que hemos hecho, no de la vida, sino del vivir.

O también, por ejemplo: el alba tiene el color de la nada, paradoja que tanto recuerda la definición derridiana del amanecer como una (triste) repetición.

No creo que el libro de José Luis sea hermético, es decir, predeterminadamente cerrado sobre sí: su belleza formal es evidente porque ha atendido con exclusividad a la imagen naciente y a sus emblemas.  En todo caso, es su sentir, su subjetividad lo que reclama un registro en consonancia. Creo que el decir de un realismo poético absoluto se expresaría en los suculentos términos en que José Luis, desde el centro de su luz herida, lo hace. Si la poesía es el mundo de lo posible, no nos tiene que sorprender negativamente que un poeta como José Luis dé curso a estas imágenes que precisan simas y advierten calmos fulgores. Creo que José Luis ve esos fulgores y conoce sus formas. Como él mismo dice: perplejidad y certeza: único y prodigioso argumento de la poesía. Esta elocuencia contiene también una esperanza.

 

El libro de Ada me ha sorprendido. Llevaba tiempo sin leer cosas de ella con detenimiento y tras acabar con este Dondequiera que vague el día, me he quedado con ganas de más, es decir, creo haber captado con placer ese decir que caracteriza a un poeta frente a otro cualquiera.

 

No sé si obedece a una estrategia escritural o es producto del propio impulso del poema, pero los poemas de Ada tienen la virtud de la alusión silenciosa. Al acabar la lectura de uno de sus poemas se hace un silencio que parece acusarnos a cada uno de nosotros, se da una suerte de espera a que lo dicho en el poema, que reclama una solución o un hacerse cargo, sea respondido por los asistentes o por los lectores.

 

El posicionamiento de Ada está claro. En estos poemas encontramos una delicada puesta en escena desde donde la poeta asiste al encuentro de sus propias circunstancias: denuncia estados de decadencia personal y universal, invoca la belleza perdurable a través de motivos naturales, afirma la vida desde la pasión erótica y da cuenta sin estridencia de los condicionamientos existenciales que la vida práctica de todos los días lleva consigo.

Quizá resulte obvio o una tontería, pero me atrevería a decir que en su brevedad, en su eficaz escuetez y precisión, estos poemas expresan la autenticidad de una experiencia que confía en la singularidad expresiva de la palabra, ya que solo de este modo la autora puede lanzar su protesta y su percepción misteriosa. Los poemas ni se enmarañan en imágenes que indicarían otros intereses ni tampoco evitan la complejidad o los atractivos de la vida. Los poetas serán silentes pero ese silencio se motea de elocuencia cuando uno acierta a leer el mensaje de sus poemas.

 

Los poemas de Ada son, pues, como tímidas denuncias, pequeñas epítomes de lo que el alma está sintiendo y de lo que espera del entorno: que cambie  de tesitura o renueve su luz.

Ya decía Bataille que no es necesario defender la poesía, pero teniendo en cuenta la pobreza rampante que se nos quiere imponer en el sentimiento y en la imaginación, acojo estos dos libros como dos claras ofertas de belleza y lectura alternativa, agradeciendo a sus autores y a la editorial, esta apuesta por la poesía.

 

Unas palabras sobre Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano, por José Luis Ferris

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El pasado 23 de febrero se presentó en la librería Códex de Orihuela el nuevo poemario de Ada Soriano Dondequiera que vague el día, editado por Ars poetica, colección Carpe Diem. El acto fue presentado por el prestigioso escritor y poeta José Luis Ferris, autor del texto que reproducimos a continuación.

Lo primero que sugiere la lectura del poemario Dondequiera que vague el día son tres palabras que comparten sufijo: honestidad, sinceridad y verdad; verdad porque resulta imposible separar en uno solo de sus poemas la vida del texto, la experiencia vital, el sufrimiento o la alegría del producto literario. En este caso, más que nunca, y recordando inevitablemente a Miguel Hernández, vida y obra son las dos caras de una misma moneda.
Dicho esto, conviene decir también que el libro sorprende y deslumbra, a pesar de las luces y de las sombras que la autora ha destilado a lo largo de la escritura. Estoy convencido de que estamos ante la mejor producción lírica de Ada Soriano, ante un poemario en el que se lo ha jugado todo, en el que se ha desnudado como nunca y en el que ha impregnado –con esa huella que los cuerpos dejan en la tela de un sudario– su propia envoltura con el dulce y amargo sudor de su piel, con las encarnaduras de su carne, con las heridas aún no cerradas de su alma.
A quienes no tienen un claro conocimiento de la trayectoria poética de Ada, les recuerdo que desde muy niña, como ella misma confiesa, se sintió seducida por la literatura y la música, y muy especialmente por la poesía. Era una lectora impenitente de relatos, poemas y cuentos de hadas. “Yo sentía así que viajaba –dice ella–, que me descubría ubicada en otras épocas, en otros lugares, percibiendo el olor y el sabor de paisajes nuevos, hermanándome con las palabras de escritores a quienes ya comenzaba a admirar”. Sin embargo, su aventura literaria comenzó a mediados de los 80, cuando se involucró en la creación de la revista Empireuma junto a nombres entrañablemente necesarios como el de José Luis Zerón, José María y Fernando Piñeiro, Juan Carlos y Ginés Gras, José Manuel Ramón, Eduardo López Egío, José Antonio Ortuño y Joaquín Peñalver. “Mis colegas y yo éramos muy jóvenes. Teníamos esperanza y una férrea convicción en todo lo que emprendíamos. Para nosotros, la década de los 80 fue una explosión de arte en todas sus manifestaciones.” Después, como escribió Jaime Gil de Biedma, y como suscribiría la propia Ada Soriano: “que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”.
Desde aquella década, nuestra poeta nos ha ido dejando los libros Luna Esplendente o sol que no se oculta (1993), Como abrir una puerta que da al mar (2000), Poemas de amor (2011), Principio y fin de la soledad (2011) y Cruzar el cielo (2016). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés y al rumano. Ha colaborado en numerosas revistas nacionales y algunas internacionales. Actualmente escribe en el periódico digital Mundiario y en el blog literario Frutos del Tiempo.
No obstante, como he anticipado líneas atrás, creo que este libro, publicado por la prestigiosa editorial Ars Poetica, es el mejor de la escritora Ada Soriano.
La cita del poeta portugués António Ramos Rosa, de la que arranca la obra, no es en absoluto baladí y responde al espíritu, sin duda, del conjunto: la naturaleza como sanación, el deseo íntima y fieramente humano de formar parte de ella, de ser átomo del agua, del aire, de la luz, del bosque o de la tierra que nos envuelven; el sueño de fundirnos en el alma y el tejido de sus elementos, de diluirnos con y en la vida misma.
Como si estuviera dentro del agua y ciego,
veo maravillosamente las intensidades, las formas,
las corrientes, los ríos de sombra y luz,
los caminos flotantes, el follaje sombrío que
se disipa, que renace…

Estos versos del poeta portugués nos invitan a pasar, descorriendo el cortinaje de la página 11, al mundo personalísimo de Ada, al espacio de un ser herido, manchado de sombras, que quiere sobrevivir a las regiones devastadas de algo que en ella generó dolor. En este caso nos enfrentamos a un poemario que es toda una confesión y todo un tratado de supervivencia. Incluso más. Con claroscuros de Rembrandt, de lección de anatomía, la autora emplea también en estos versos los aparatos precisos del lenguaje para operarse a sí misma, para aplicarse una cirugía sanadora que extirpe, por la herida, fantasmas y oscuridades.
Entendido esto, a ningún lector le costará comprobar que todo el libro es una búsqueda de la luz, un deseo permanente de desprenderse de aquello que ata y ensombrece. Así lo confiesa el título de la mayor parte de los poemas, que nos remiten a esa imagen: “Alumbramientoo, “Esbozos de luz”, “Cae lento el sol”, “Bajo la luz”, “Promontorios de luz”; pero también hallamos frecuentes guiños a todo lo que inspire altura o claridad, todo lo que remita al cielo y la plenitud del ser: “Donde mi nombre fue eco”, “Nubes”, “Desde la cúpula”, “Punto de vista”…
No cabe duda de que el sol, con su fuerte simbología, es el eje de Dondequiera que vague el día. La autora lo considera el origen positivo de todo; de la vida en primer lugar, al considerarlo incluso la placenta del mundo: “El sol se ha alzado / sobre el horizonte / con una consistencia blanda / y escurridiza, / como dulce gelatina. / Durante unos segundos / ha quedado suspendido / sobre su propio reflejo: / un arco fino y delicado, / la placenta”.
Pero además, el sol es generador de vida porque ilumina lo que carecía de luz y aparta las sombras que ennegrecen o niegan las existencia de las cosas: “las sombras han dejado / de ser bultos, / objetos sin identidad. / Lo que parecía haberse ausentado / se ha vuelto visible”.
Y en esa visión de la vida donde el sol/dios preside el todo, no podía evitar nuestra poeta el referente a Vladimir Kush, el pintor ruso que acostumbra a llenar sus cuadros de surrealismo metafórico y, cómo no, de soles como yemas de luz, como monedas de oro, como llamas de fuego o como labios totales: “He sentido el roce / de la mirada de Helios / y me he adentrado en los designios / de Vladimir Kush: / una moneda de oro / suspendida en el aire, / la llama de una vela / y sus estalactitas, / un aro de luz / contra una manada de nubes, / la eclosión de un huevo / –la yema densa y amarilla– / sobre un plato azul turquesa”.
Todo el poemario es una antítesis, una lucha de contrarios. Pero lo admirable de ese proceso de sanación, de catarsis, de fusión con la claridad y con los elementos luminosos de la naturaleza, es el lenguaje: un lenguaje que gradualmente se puebla de sensualidades y de un erotismo a veces contagioso. Asistimos así al momento en que es el sol derrama su semen de luz sobre la vida: sobre las uvas carnosas, sobre los girasoles o las margaritas que se recrean sobre el lecho mullido o, como escribe la autora –sin escatimar belleza– sobre el mundo: “Una congregación de clítoris / se impregna de savia amarilla, / oro fundido, / caudal que quema. / Cae lento el sol / sobre los pétalos vírgenes…”
Esta imagen de plena unión con la vida se intensifica en otros poemas que se cargan de nuevo de referencias culturalistas. Así, el guiño a la mitología, en este caso, a Danae, fecundada por Zeus con una lluvia de oro –no olvidemos los cuadros de Tiziano, de Klimt o de Conterio–, lo encontramos de modo explícito en el poema “Cae lento el sol”, pero también en composiciones como “Cerezo”, “También yo” o “Flores en el río”. Los momentos del amor son, en este libro, aquellos en los que la naturaleza se comporta como una amante rendida y entregada, o como una mujer que espera empapada en sueño: “Me abandono a esta noche / donde una nube se abre / y parte mi dolor con arma blanca / y deja entrever un brillo de luna, / una perla en su concha”; “Un sudor fálico irrumpe / en mi habitación y corta el silencio. / En las horas oscuras, / cuando todos duermen, solo yo los veo, / solo yo los sueño”.
En el tramo final del libro (“Seis poemas delicados”) se desvelan las querencias y las confesiones. Hay un deseo firme y declarado de arrancar del alma una infelicidad que ha hecho en la escritora sus estragos. Hay una búsqueda de amparo en la madre/luna, ese símbolo que genera en la escritora admiración y ternura. Hay un ansia de reinventarse, de renacer, de reivindicar el derecho a ser feliz: “producirme nuevamente / para ser nuevamente yo / en este presente que camina / lento / –demasiado lento– / bajo la permanencia indisoluble / de la luna…”.
En síntesis, Dondequiera que vague el día, además de un libro de una factura honda y admirable, es un ejercicio de construcción y de reconstrucción. Ada Soriano crea, con el lenguaje, una suerte de fortaleza poética probadamente sólida, pero al mismo tiempo emprende una dolorosa tarea de reconstrucción personal, de unión de partes mutiladas, de renacimiento –desde ese útero de paredes curvas del que ha de salir–, como un ave fénix que no duda en aceptar su condición: “Quiero recomponerme… / Hilo y aguja / para remendar las fisuras / de mi sombra que pasa. / Hilo rojo carmesí. /Las plumas, / el pájaro sagrado”.

José Luis Ferris

Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano: la belleza de la elevación, por Javier Puig

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Con Dondequiera que vague el día, su último poemario, editado por Ars Poética, la oriolana Ada Soriano da un paso más en su consolidación como excelente poeta, capaz de crear universos muy sugestivos, desde unas palabras medidas magistralmente, con un tono de alcanzada serenidad, para regresar siempre, sin repetirse, a la alta aparición de lo bello. Como en su libro anterior, Cruzar el cielo, aquí también tiende a fijarse en los grandes espacios salvíficos, a orientarse hacia unos asideros, que no por impalpables, por lejanos o incomprensibles, dejan de ser reales. Es el rescate de las acalladas expresiones del mundo superior, halladas tras el murmullo acuciante.

En una buena parte de los poemas, lo que acontece, lejos de las inmediatas vicisitudes, es el dinámico marco del día. La poesía es la herramienta que suspende lo excelso sobre la pertinacia de lo plomizo, la certificación de una naturaleza ingente pero asumible, con sus ritmos sosegados, indiferentes a cualquier pensamiento que no sea la remota idea de su inicio. Los versos se instalan en ese tranquilo dominio. Es un devoto ejercicio de observación en el que el foco se demora en el tránsito de la luz, en su cíclico periplo; en esa luz que es anunciada inconstancia: “Luz que se aleja / y me compensa con harapos, / identidad fragmentada. / Luz que me asiste y me vence/ y me deja al amparo/ de una sombra, / mi sombra”.

Es esta una poesía sosegada, que avanza con la puntual templanza de lo que se sabe a salvo, residente en el lugar justo donde precariamente impera la resistencia a la fugacidad. La plenitud es hallada aquí en lo impermanente y se pronuncia en la fusión veraz: “Así, / recostada, / soy parte de la exposición / que brota de la tierra”. Es la mirada alcanzada, desligada ya de la acuciante ansiedad: “Invoqué a la montaña / con la única intención de observarla”. Lo que ha de prevalecer es la belleza: “Admiro la belleza de la nube, / su paso lento y cadencioso…Admiro a la nube iridiscente, / cósmica opacidad de la niebla”. Se invoca la licitud del reposo: “Admiro la belleza de la nube/ y su silencio, / el sagrado silencio/ de las nubes en calma.” Es preciso apartarse del barullo, acceder a la perspectiva comprensora, al atisbo de la utopía de una existencia incólume: “Qué dicha poder contemplar/ el mundo desde arriba: / el nexo que une y desune.” Es la belleza como búsqueda del acogimiento incorruptible, la asunción de la sencillez como verdad revelada: “La manzana está ahí, / desnuda en su rama”. Y es la admiración de lo eterno, con sus indubitables rumbos que se elevan sobre el mundo fortuito; la auscultación de ese gran silencio que alberga los sonidos de las luchas que nacen de nuevos anonimatos.

La naturaleza es invocada aquí como una imposición deseada, una distancia que une, una totalidad que diluye las mezquinas contradicciones: “Bajo su luz, / qué hermoso el mar, / cielo invertido. / Luz que hierve y apacigua, / fulgor, / ligadura de estrellas”. Pero a veces la luz no es suficiente y la naturaleza muestra a sus hijas dispares, sus aviesas pequeñeces: “A pesar de la insistencia / de esta luz que transita/ por donde transito, / todo se ha vuelto oscuro, / inaccesible”. “Oh tierra donde una música/ ceremoniosa tiñe a golpe de tambor/ la exquisita barbarie / de una naturaleza que impone / sus normas”.

Pero no todo es etéreo en este poemario. También se baja a la rotundidad del impulso primario, a esa otra forma enérgica de naturaleza que es el deseo carnal, con sus inquietantes contrastes. Así, en Deseo: “Ese instante / de espejos, / un sudor de fiebre/ que gotea en la curva/ de unos ojos entornados, / líneas, / finas hendiduras. / Este momento en el que sueño/ es una fantasía de tactos, / palabras, / ecos, /palabras, /cuerpos anudados, / desgastados por la fricción”. En Entrega, Ada Soriano vuelve a mostrar su habilidad poética para transmitir lo sensual: “Colisión de caderas/ y dinámica de fluidos/ mientras de sus bocas emergía/ una pulsión de alientos, / la innecesaria vocalización.” Pero, en última instancia, no es un erotismo feliz, plenamente cumplido, sino que siempre acontece la disrupción: “Estaba cerca la puerta. / Tan cerca/ que fue inevitable resistirse/ al volcánico oleaje”. Lo que, en el siguiente poema, Arrebato, se confirma: “Y sucumbieron en una lluvia de besos, pero cada uno portaba una máscara/ con la furia del desconocimiento.”

La autora nos presenta la ciudad como contraposición al ilimitado espacio que alivia de lo laberíntico; la ciudad casi extraña, confusamente antagónica, perturbadora: “Mi ciudad es un animal hambriento. / A la intemperie/ soy presa de sus desvelos.” Y, frente a ella, la naturaleza que diluye la lacerante individualidad: “Pero la niebla del bosque/ es comprensiva. / Me envuelve en su tenue humedad/ y comparte conmigo / un sereno entusiasmo”. Queda el refugio de la casa, aunque a veces es cárcel: “Un lugar sin salida es mi refugio”. Y ahora se dicen estos versos sobrecogedores: “En las horas oscuras, / cuando todos duermen, / solo yo los veo, / solo yo los sueño”.

En el poema Dondequiera que vague el día, la autora hace un recorrido por distintos escenarios del mundo. Lo inicia en la gran ciudad, con su cultura, su mezcla de opulencia y de miseria, y lo contrasta con el mundo natural, no muy lejano, pero escindido irremisiblemente del ámbito urbano. La decantación hacia lo rural, hacia lo intacto, como mundo perdido y deseable, es clara: “Oh vientres maternales/ que danzáis cerca de los arroyos. / No permitid que el hombre/ os arrebate vuestro brillo. / No os rindáis ante la luz/ impostada de las ciudades”. El poema termina con reminiscencias teresianas: “Dondequiera que vague el día/ y la noche desmesurada, / nada os aflija, / nada os turbe”.

En Tus ojos hay una confrontación amorosa, con el deseado afecto y el inevitable dolor, que apenas se separan: “Miro tus ojos y me atormentan/ los miedos que te asaltan, / los miedos que me asaltan.”

La parte final, esas piezas separadas que llevan por título Seis poemas delicados, sin embargo no está desligada del resto del libro, a no ser por algunos registros, como en el poema Punto de vista, que aborda lo humorístico. Ahora, se ahonda más en ese refugio recurrente, que es la casa, y se descubre su insuficiencia: “Luna que exploras el mundo: / ya no me consuela la seguridad / de este escondrijo/ desde el que procuro ir más lejos/ de lo que el ojo ve.” Se sobrevive desistiendo de la plenitud: “Porque me lanzaron a la tierra/ con el oxígeno restringido, / sobrevivo en mi invernadero.” Las elevaciones a las que hacía referencia en la primera parte del libro, ahora no se mantienen: “Me han vuelto a robar/ aquellas elevaciones/ en las que mi levedad, / mi cuerpo etéreo, / se regocijaba y se conformaba”. Pero vuelve a ser la hora de rehabilitarse, de posponer la derrota definitiva: “Quiero recomponerme, /retirar el hielo del páramo/ y recobrar el aliento. / Hilo y aguja/ para remendar las fisuras/ de mi sombra que pasa”.

Dondequiera que vague el día es otra lograda muestra del reconocible mundo poético creado por Ada Soriano, la afirmación de la amplitud de la existencia más allá de la voracidad de los apremios. Son versos que, desde de una profundísima sencillez, nos transmiten una eximente verdad con la que interrumpir la falsa razón del desaliento, una consistente armonía que acoge al lector en la frágil levedad de una incognoscible belleza.

PERPLEJIDADES Y CERTEZAS, por Natalia Garbajosa en El Coloquio de los perros.

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JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. PERPLEJIDADES Y CERTEZAS
(Ars Poetica, Oviedo, 2017)

por NATALIA CARBAJOSA
El estado natural del poeta, lo mismo que el del cazador, es la espera. En lugar de permanecer agazapado al acecho de las palabras que, con un poco de suerte, puedan vibrar y manifestarse desde la quietud y la oscuridad, la diferencia es que su sed de presa sólo parece aliviarse caminando, saliendo al encuentro de lo mucho o poco que le depare el camino. Tanto da el callejón de la ciudad, con sus luces ambiguas, como confrontar el desasosiego a campo abierto: su lucidez y su condena le convierten en un incansable dromomaníaco.
Sigo a José Luis Zerón desde El vuelo en la jaula, libro que publicó en 2004. Desde ese paradójico vuelo, todos sus títulos revelan la obsesión con el espacio que se habita: Ante el umbral (2009), Las llamas de los suburbios (2010), Sin lugar seguro (2013) y De exilios y moradas (2016). En todos ellos, Zerón es fiel a un estilo denso, en ocasiones oscuro, que remite al ritmo interior de quien, sabiéndose perdido de antemano, reduce el paso sin dejar de avanzar/cantar. En todos ellos aflora la naturaleza no como espacio idílico sino como el continuo de una colonización urbana imposible de obviar, que perpetúa sus desechos y su manifiesta caducidad humana en los mismos senderos por los que se difumina. Zerón se convierte así en testigo de que también en la podredumbre, en nuestra aniquilación serenamente anunciada, hay pensamiento, y hay belleza.

Este nuevo libro, Perplejidades y certezas, se aparta en el título de la alusión al lugar, no así de la paradoja. Sin renunciar a su estilo deliberadamente —que no gratuitamente— intrincado, se percibe en estos poemas en prosa, casi aforismos, un desbroce que aligera con oficio la impedimenta del caminante-poeta, acaso con la sabiduría de quien ha aprendido a decir más con menos. La “Salutación” que lo preside certifica cómo el acto de nacer es llegar a una intemperie hostil, cuyas señales habrá que recorrer y descifrar hasta donde el misterio de existir lo conceda. El locus concreto, la sierra de Orihuela, hace emerger también al poeta-naturalista, atento a los mínimos ademanes de los arbustos, las flores, la luz, los insectos. Zerón se detiene a nombrar lo que merece ser nombrado y consigna, desde una actitud contemplativa, tanto su exaltación como los límites de su tarea: «Mi corazón aún late de asombro, pero el lenguaje falla». Sin idílicas esperanzas, comprueba lo que le lleva dictando desde hace años su propio existir, en los pasos y en la poesía: «Persevera el humus de una realidad no elucidada».
El lector puede reconocer así, libro a libro hasta llegar a este último, una voz que huye de la anécdota biográfica para acercarse a una versión de sí misma mimetizada en el espacio y, hasta cierto punto, extraviada de su ser inicial; de ahí la extrañeza, necesaria e inconfundible, del idiolecto en el que se transcribe semejante transformación.
Entrar en la poesía de José Luis Zerón no es una tarea cómoda. Es seguirle hasta confines expresivos y existenciales semejantes a los cambios de rasante de las antiguas carreteras, que ocultaban la secuencia de la curva siguiente, o el siguiente trecho, y que había que seguir recorriendo sin tener nunca la certeza de dónde acababan. Este libro concreto, sin embargo, es un más que recomendable punto de partida para quienes aún no la conozcan. Especialmente reveladora la sección “Apuntes para una poética”: «El poema es como un pájaro atrapado en el deseo de ascender». Perplejidad con alas.