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Entrevista a Cleofé Campuzano por Ada Soriano

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Cleofé Campuzano: “Mi poesía es un fuerte compromiso con el yo y con el mundo”

La emancipación del pensamiento en el poema es mi herramienta para acercarme a la realidad e intentar comprenderla”

Cleofé Campuzano nació en Murcia en 1986. Es poeta y educadora de museos. Inició sus estudios universitarios en Filología Hispánica y, posteriormente, se graduó en Educación Social, especializándose en la vertiente sociocultural. Es Máster en Antropología social y cultural por la Universidad de Murcia y también en museos, educación y comunicación por la Universidad de Zaragoza.

Ha colaborado en diversos medios con trabajos científicos y reseñas, además de haber participado en revistas de poesía como La Galla Ciencia, Empireuma y El coloquio de los perros. En la actualidad divide su tiempo entre investigaciones sobre patrimonio y educación, poesía y el comisariado pedagógico del arte.

Cleofé no tiene prisa por publicar, ya que es consciente de que la poesía, al igual que el río, sigue su cauce. Por tanto, creo que ha sabido escoger el momento adecuado para dar a conocer su primer libro de poemas que lleva por título El ocho de las abejas (Devenir, Madrid, 2018) que, con tanto afecto, dedica a sus padres y a su hermano.

Advierte José Luis Zerón en el comienzo del prólogo que este libro: “no admite lecturas superficiales y unívocas, es decir, no resultará fácil a aquellos lectores no avezados que solo captan lo evidente. (…) su estilo definido surge de la emoción y el cálculo, de la sensibilidad y la inteligencia, de la unión de irracionalidad y raciocinio que García Lorca llamaba gracia y esfuerzo.”

Yo, después de haber leído El ocho de las abejas con verdadero interés, suscribo las palabras del prologuista e invito a los lectores a que indaguen en esta lírica lúcida y profunda.

Cleofé, pienso que en un libro el título es fundamental. El que tú has escogido, El ocho de las abejas, es muy sugerente.

Me pareció que encajaba en el recorrido vital que en 29 años había experimentado. Toda su simbología, que más adelante detallo, está impregnada por una diálisis inacabada. Siempre me acerco a la escritura con sumo respeto y humildad. No creo que haga nada extraordinario, considerando que, a día de hoy, todos tenemos un acceso al proceso de escritura sin precedentes con la comunicación tecnológica. Precisamente por este motivo, siendo consciente de lo que tiene de cotidiano en nuestras vidas, intento acercarme a ella con el respeto que merece, escapando de lo banal y haciendo que tenga un valor de profundidad buscada y consciente. Por otro lado, siempre tomo la realidad como aquello que por su complejidad no puedo comprender en totalidad, pero sí puedo aproximarme y en este ejercicio de aproximación y alejamiento, me resitúo.

A pesar de su carácter unitario, el poemario está dividido en tres secciones. ¿Qué te indujo a estructurarlo de esta manera?

Las secciones representan, a modo de símil retórico, las secuencias naturales que experimentamos ante cualquier situación vital. En un primer momento, las cosas nos vienen como algo externo que parece limitar nuestro control y que parece estar siempre presente sea cual sea el tiempo o la época en la que vivamos. Sabemos que hay cosas del entorno sobre las que no tenemos manera de intervenir: La eternidad que vive en los tejados; después, tenemos tendencia a desaparecer, desterritorializarnos para, con pausa y reflexión, volver a la situación planteada: Por fin la rueda encuentra reposo. En última instancia y con carácter elíptico, problematizamos la realidad para buscar su significado y en el mejor de los casos, nos mimetizamos con ella para darle respuesta: ocho, mímesis, abejas…

Desde Tolstói a Celan, las citas encajan perfectamente en tu obra. ¿Preocupación por la muerte o asimilación de la misma?

Las dos cosas. Tengo miedo a la muerte pero también soy consciente de que ella nos conforma. Me preocupa mucho más ver como la muerte afecta mi entorno, cómo las cosas van muriendo con el tiempo hasta desaparecer; pero, sobre todo, a lo que más temo es a la muerte de mis seres queridos. También creo que naturalizar la muerte revierte en una valoración especial de la vida. Lo antagónico es necesario para la existencia. No sería posible la vida sin la muerte. Entonces: ¿cómo entender la vida evitándola? Me gusta la manera en la que Bousoño ha tratado la muerte en toda su obra; para él, la realidad invadida desde la muerte es más realidad consciente. Seguramente hay algo subyacente a esta idea en los poemas de El ocho de las abejas.

¿La esperanza es un difunto más?

Sí, la esperanza siempre se mantiene como algo adormecido, aletargado e inexistente, hasta que en un momento determinado toma forma casi como un milagro. La esperanza es un difunto más / cuando nada de lo que se es / cuando nada de los que se tiene / de lo que se pretende nos ama (“Arbitrio”). Por eso es que, en esta latencia, hay una frustración ante la convención, una sensación de insatisfacción, de no poder alcanzar los objetivos vitales, las metas. Siempre he tenido la percepción de que la esperanza existe en esta extraña condición de presencia ocasional. Tal vez se signifique en el opuesto de su ausencia y sea el motor de fe que nos permite avanzar.

Tu poema, Sitios en nombres propios, al igual que otros, contiene una carga de desasosiego que resulta conmovedora. Dices que llevamos la incertidumbre en la heredad.

Este poema es paradigmático para mí. Refleja la idea de la deriva personal en la deriva del mundo y retroalimentada por ella. Pero al mismo tiempo es también la lucha entre la imposición social de aquello que debes ser y la dimensión no programada que integra todas las otras posibilidades de ser uno mismo, todas las líneas de fuga que se nos presentan veladas. Y su vivencia llega a convertirse en una persecución que persiste a pesar de ser consciente de este diálogo eterno entre imposición y libertad:

Pues yo me he preguntado tantas veces

si existe un sitio para cada uno;

detrás de cada sufrir encanecido

surge esta persecución.

(“Sitios en nombres propios”)

La emancipación del pensamiento en el poema es mi herramienta para acercarme a la realidad e intentar comprenderla.

¿Qué relación estableces entre la vida de las abejas y la de los seres humanos?

Siempre me ha fascinado, cómo en el ámbito de la lingüística y la Antropología se explica el sistema de comunicación de la abeja como antitético completamente al humano. La abeja hace un recorrido perfecto que viene determinado genéticamente y que no ha de aprender (y además lo hace registrando una especie de círculos que vienen a describir lo que sería un ocho o el signo infinito). Se comunican hasta el final de sus vidas de esta manera ya predeterminada. Sin embargo, el ser humano vaga desde el principio teniendo que aprender a comunicarse con su entorno y consigo mismo desde la experiencia y en caída libre a su sino. El libro viene a reunir una serie de poemas que hablan de ese aprendizaje experiencial, trazando un ocho nuevo -no predeterminado- que engarza con la vida y la muerte, en el que éstas transcurren sucesivas en cada momento de caída y remonte de la luz. La complejidad aparente comporta la sencillez de sobrevivir, la necesidad de continuar contra el destino indescifrable y apelando a la voluntad de construir el itinerario propio que nos obliga a estar vivos.

La abeja, como apunta en el prólogo José Luis Zerón, es símbolo de abundancia, lirismo y conocimiento, entre otras virtudes. ¿Cómo se refleja todo esto en tus poemas?

Recogiendo todos estos referentes que Jose Luis Zerón ilustra magníficamente en el prólogo, la abeja representa para mí todo el caudal de aprendizajes vitales que conforman nuestra identidad y generan nuestro relato individual. Haciendo un símil con su vuelo podemos entender como esta realidad supone una diálisis continua entre lo que el mundo nos da y lo que nosotros le ofrecemos a él. La insatisfacción con lo que está creado y con lo que creamos. Ir y volver a la incompletud. Hay un fuerte compromiso con el yo y con el mundo y su rastro está presente en todo el poemario, pero concretamente se hace más visible en Arbitrio y en Deber…

Teniendo en cuenta que se trata de tu primer poemario publicado, ¿qué satisfacciones te ha reportado?

La idea de resignificar con el otro, de ser con los demás, y de contribuir de alguna manera al conocimiento, desde una humilde posición. La autoconsciencia de exposición de una intimidad y cosmovisión personal abierta a la crítica, positiva o negativa. Para mí, la poesía es ruptura con lo establecido, es liberación del pensamiento, es experimentación en un sentido contestatario con la realidad. Y esta poesía del pensamiento ha visto la luz con la publicación de un libro, generando su propio recorrido, un recorrido que nace de mí pero que gana la autonomía de ser una entidad diferente. Es una sensación especial en lo que tiene de extraordinario no haberla tenido anteriormente; es la réplica, supongo, a un vacío que siempre me ha acompañado desde la infancia. Pero no un vacío de amor, éste nunca lo he sentido; tengo la suerte de haber nacido y crecido en una familia que ha dado todo por mí y que me ha procurado bienestar y apoyo. Hablo de otro tipo de vacío de origen desconocido al que solo puedo interpelar y transformar con el pensamiento y la escritura, tal y como expresa el poema De los vacíos indóciles:

Pienso en la orografía de un límite

queriendo terminarse y

no creo que haya nadie que controle

su disolución.

Concluyes el libro con un poema denso titulado Progresión que, por ser tan elíptico, a mí me ofrece diferentes interpretaciones. En cualquier caso, me transmite optimismo.

Efectivamente ofrece diferentes lecturas, pero tu percepción encaja con lo que yo sentí escribiéndolo. El peregrino tiene el bagaje de su experiencia y no conoce el porvenir, aunque sabe que lleva consigo la visión de campo que le permitirá aceptar con dignidad el futuro, a pesar de todo. Por eso, está colocado como cierre, precisamente por su carácter aperturista, es un cierre ficticio porque de él se infiere la idea de direccionalidad inacabada y cuestionante ante lo desconocido.

¿Podríamos hablar de la gestación de un nuevo poemario?

El poemario vital, mi propia narrativa, se va componiendo de forma fragmentada en mi día a día. Ahora mismo, estoy disfrutando de la experiencia de esta primera publicación. La idea de saber que algo que he creado tiene su propio recorrido, al margen de que sea buena o mala esta aportación, no deja de ser una comunicación del yo que se comparte con el mundo y, en este sentido, exige un ejercicio de responsabilidad y de reflexión crítica. No tengo prisa para la publicación, ni prisa para la creación. Todas las cosas van encontrando su lugar en este ocho sincrético, compuesto por el destino y la capacidad de decidir.

Gracias, Ada, por tu generosidad.

Cleofé Campuzano

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

 

 

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PRESENTACIÓN EN ORIHUELA DE EL OCHO DE LAS ABEJAS (editorial Devenir, Madrid, 2018), DE CLEOFÉ CAMPUZANO

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El pasado 26 de febrero se presentó en la librería Códex de Orihuela El Ocho de las abejas, primer libro de poemas de Cleofé Campuzano, editado por Devenir. En el acto intervinieron el editor del libro, Juan Pastor, el prologuista, José Luis Zerón Huguet, y la autora. Poetas, artistas y familiares y amigas de la autora llenaron el salón de actos de la librería.
A continuación reproducimos el prólogo de El ocho de las abejas y dos poemas del libro.

PRÓLOGO
Vaya por delante mi agradecimiento Cleofé Campuzano por haberme confiado la tarea de prologar su primer libro. No es mi intención desentrañar su poesía exigente, tarea futura de críticos especializados; solo pretendo -y me daré por satisfecho si lo consigo- aproximarme de manera cómplice a quien esté dispuesto a leer atentamente este poemario.
Pero debo advertir que El ocho de las abejas no admite lecturas superficiales y unívocas, es decir, no resultará fácil a aquellos lectores no avezados que solo captan lo evidente. La autora no renuncia a la intuición, ni al proceso creativo como prolongación natural del instinto, pero tampoco descarta el método de composición de Poe: “La ejecución del poema es una operación intelectual, no un don de la musa”. Por eso mismo, su estilo definido surge de la emoción y el cálculo, de la sensibilidad y la inteligencia, de la unión de irracionalidad y raciocinio que García Lorca llamaba gracia y esfuerzo. Por otra parte, la poética de Cleofé Campuzano restaña la vieja herida del divorcio entre poesía e idea, pues en ella confluyen pensamiento poético y pensamiento filosófico con una acertada integración de elementos culturalistas no muy abundantes (a la autora le interesan, como demuestra en sus artículos incluidos en revistas especializadas y en su propio blog, el arte contemporáneo en todas sus manifestaciones, así como numerosas disciplinas del conocimiento).
En este libro de sólida arquitectura hay un cruce de voces (la autora combina la primera persona o sujeto explícito con el uso de la segunda persona y el predominio de la invocación y el imperativo), así como una hábil combinación de lo ético y lo estético. La potencia creativa de la poesía corre el peligro hoy día de sucumbir ante los numerosos modos de instrumentalización económica política y mediática. Por eso el poeta ha de tener una disponibilidad de escucha interior y exterior que le permita una relación dolorosa y cordial del yo con los otros. La poesía que nos ocupa no da la espalda a los conflictos que asolan al hombre contemporáneo y encara la realidad y la trasciende en un combate cuerpo a cuerpo entre el ser y la existencia:

Es oscura la posición
de permanecer sentado
y no hacer nada,
no vibrar, sentirme ruin
por mis mezquindades cuando
el mundo entero es el lugar del espanto.
(“No hay día que no huya de mis manos”).

Lejos de la banalidad y la ocurrencia, los poemas de este libro despliegan una densidad imaginativa y simbólica en un espacio abierto, polisémico. Un ejemplo de ello lo encontramos en el título mismo del poemario, sin duda hermoso y sugerente. Según me explicó la propia autora, a ella siempre le ha fascinado cómo en el ámbito de la lingüística y la antropología se explica el sistema de comunicación de la abeja como antitético al humano, ya que esta hace un recorrido perfecto que viene determinado genéticamente y que no ha de aprender, y lo hace registrando vuelos circulares que vienen a describir lo que sería un ocho (en simbología el ocho representa el anudamiento infinito y el equilibrio de las fuerzas antagónicas). La abeja se comunica hasta el final de su vida de esta manera predeterminada, mientras que el ser humano desde su nacimiento está obligado a aprender a comunicarse con su entorno y consigo mismo sabiéndose muriente. La autora contrapone el vuelo perfecto de la abeja en beneficio de la colectividad a la errancia individualista del ser humano, con sus innumerables remontadas y caídas.
Por otra parte, la simbología de la abeja es muy rica. En general se la relaciona con el trabajo bien hecho y la primacía de la organización; para la cultura egipcia representaba el alma y el espíritu; los antiguos cristianos veían en ella el misterio de la muerte y la resurrección, así como la diligencia y la elocuencia; los musulmanes el lirismo y el conocimiento; los hindúes la abundancia y la ampulosidad. Numerosas leyendas de diversas culturas nos hablan de la abeja como sinónimo de salvación y de eternidad. En cualquier caso, el simbolismo de la abeja es ambivalente y dual: por una parte se la relaciona con la vida por su aparición y plena actividad en primavera, y por otro lado está vinculada a la muerte debido a su entumecimiento invernal y a su aguijón venenoso, que solo utiliza cuando percibe una seria amenaza. Es un hecho paradójico conocido que la protección de la abeja obrera es también su condena: cuando entierra su aguijón y trata de extraerlo desesperada, deja parte de su tracto digestivo, músculos y nervios. Este enorme desgarro abdominal es la causa de su muerte.
En relación con el título, me resulta inevitable citar un libro que he releído recientemente: EL mundo de las abejas, del escritor belga Maurice Maeterlinck, quien compara a las abejas con los seres humanos y traza un mapa de similitudes entre la inteligencia humana y lo que él llama “el espíritu de la colmena”, ensalzando el carácter colectivo de estos himenópteros y su noción de “porvenir”. Las abejas se sacrifican defendiendo a la reina, pues si esta muere la colmena está condenada a desaparecer. Maeterlinck va mucho más allá del estudio de las abejas y aborda cuestiones que también preocupan a Cleofé Campuzano: el azar, el anudamiento entre la vida y la muerte, el destino, la providencia y lo ambiguo de conceptos como instinto e inteligencia.
Asimismo me vienen a la memoria los poemas dedicados a las abejas incluidos en Ariel, el último poemario que escribió Sylvia Plath. La escritora norteamericana tenía una colmena y solía asistir a las reuniones de los apicultores locales. Su padre era profesor de biología y una autoridad en el campo de la entomología.
El ocho de las abejas nos habla, sobre todo, del ser humano, del aprendizaje experiencial al que está condenado desde que nace hasta que muere, de su sed de sabiduría e independencia nunca saciada, de su contradictoria presencia en un mundo que lo acoge y lo rechaza, de su capacidad para sobrevivir creando cómodos refugios materiales y metafísicos, cultivando certidumbres y abriendo senderos marcados y seguros contra el destino inescrutable e implacable. También de sus naufragios.
El primer poema del libro, “En un sembrado tierno y feroz”, está reforzado por una cita de Tolstoi muy significativa (todas las citas que aparecen en este libro son importantes no solo para comprender mejor los poemas que encabezan, también para conocer las referencias literarias de la autora) “…Entonces, ¿cómo pueden decir los venerables que después de la muerte hemos de vivir en ese otro mundo?” Este poema-pórtico aparentemente pesimista es, no obstante, un hermoso canto a la vida. La autora se obstina en apelar contra la muerte, pero al mismo tiempo la asume como sino que intensifica la vida. En este poema, y en todo el libro, resuenan los ecos de César vallejo y sus Poemas humanos. Cleofé Campuzano viene a decirnos lo mismo que el poeta peruano: “en suma no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte”.
Ni siquiera el maridaje vida-muerte se atenúa o suspende a través de la fusión amorosa de dos identidades. Al contrario, se potencia en la formidable batalla entre Eros y Tánatos (la carne, la tumba):

Porque prodigioso,
Y mudo siempre,
te adentras en mí con tus tumbas;
y quiero crecerme despierta,
mutarme las yemas
sobre otro sitio que no es este.
(“Prodigioso y mudo siempre”).

Pero la autora no incurre en una idealización de la muerte, atenta al aquí y ahora y sus contingencias.

Cállate, catástrofe consecutiva
liebre escurridiza
que te escapas de nuestra permanencia.
Cállate, que no deseo preguntarme cada día
si quiero vivir.
(“Cállate”).

Ni recurre a una visión trascendente. Ya que no pierde de vista los prodigios y vilezas de nuestra época. En sus poemas hay altos vuelos que parten de lo concreto y cotidiano a la búsqueda de la verdad de nosotros mismos, en una exploración continua del rostro cambiante del mundo.
El ocho de las abejas puede perturbar al lector por su aparente negatividad. En él se escuchan como un ruido de fondo los versos rotundos del poema “Lo fatal”, de Rubén Darío. La autora, desde un agónico escepticismo, atenta continuamente contra la esperanza, una de los motivos cardinales de la poesía:

La esperanza es un difunto más,
cuando nada de lo que se es
cuando nada de lo que se tiene
de lo que se pretende
nos ama.
(“Arbitrio”).

Nos dice que la vida es ante todo intemperie y por eso nunca encontraremos acomodo en ese lugar propio para el que se supone estamos destinados:

Pues yo me he preguntado tantas veces
si existe un sitio para cada uno;
detrás de cada sufrir encanecido
surge esta persecución
(…)
Llevamos la incertidumbre en la heredad
y esta heredad está cansada,
hastiada de recordar que no hay ni hubo
-no habrá- sitios en nombres propios.
(“Sitios en nombres propios”).

También nos habla de la ausencia de Dios o de cualquier inteligencia creadora, del sentimiento de incertidumbre y orfandad del hombre:

Pienso en la orografía de un límite
queriendo terminarse y
no creo que haya nadie que controle
su disolución.
(“De los vacíos indóciles”).
:
Por más que haga
más que me afane con mi edad
no llego a ningún sitio,

y esa sensación de orfandad
no me recupera.
(“Por fin la rueda encuentra reposo” I).

Y de la conciencia como causante de dolor y desolación. Precisamente el conocimiento de la propia existencia y de sus actos, incapacita al ser humano para alcanzar la plena libertad, así que cualquier atenuación de la conciencia mediadora, incluida la suspensión transitoria de la cordura, solo paliará el doloroso desasosiego de vivir condicionado por la autoafirmación:

He podido vivir, ser alguien… con corazón y mortalidad:
pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido,
me impedirá ser alguien libre.
(“A esto se refería una voz del pasado”).

Me olvido de mí si ella viene,
Y no sé qué significa,
la confundo con el caos y la prisión,
pero la dejo entrar
la dejo salvajear y que me afecte.
(“Vesania”).

Cleofé Campuzano no trata de seducir al lector con falsas plenitudes. En sus versos no hay una percepción intensa cercana a la epifanía. No recurre al énfasis emotivo para imantar al lector. Tampoco trata de conquistarlo a través de una técnica depurada y un lenguaje de línea clara. Su relación de con el lenguaje es tensa, pero también misteriosa, casi física. La autora remueve y socava el lenguaje en un proceso de recreación hasta alcanzar un conceptismo expresivo peculiar y reconocible, que revela tanto como oculta. La sintaxis unas veces es sinuosa, otras abrupta y quebrada, y el ritmo, sincopado, elusivo, entre la ligereza y la gravedad, no es el de la medida eurítmica convencional, sino el de la propia respiración agitada. Por otra parte, su ironía, turbulenta, de corteza áspera, está lejos de la ocurrencia amable o graciosa, tan en boga en la corriente neoexperiencial. No obstante, en El Ocho de las abejas hay un trasfondo vitalista, ya que el discurso poético constituye un testimonio de resistencia obstinada ante el destino inapelable e indescifrable que nos aguarda, a la vez que una invitación a vivir, a gozar el instante inmediato ante el aluvión de contradicciones que es la vida. De ahí que casi todos los poemas de este libro estén escritos en presente.
Con una energía libre y una voz propia, abrazándose irremediablemente al principio de supervivencia, Cleofé Campuzano penetra en las dimensiones profundas y complejas de nosotros mismos y de la realidad exterior. Allí donde la abeja no es capaz de llegar.
José Luis Zerón Huguet

 

Hiato

“Partiremos de aquí para siempre”
Arseni Tarkovski, 1938

Asilo, arritmia en los brazos,
me coges tú, frente cálida,
espacio que incluso
da más vida al nacimiento.

Necesitaré la firmeza
que caló el desánimo,
oliendo a bosque carbonizado.

Aliento alrededor del lugar
que es aluvión de contrariedades,
fuente de autenticidad,
olvido de arquetipos.

Con vosotros fui feliz,
asilo, aliento…

vaho del hiato que nos salva.

El viandante de lo absoluto

Nunca fue tan dura la razón
como cuando se estrelló en las formas del aspecto,
en los senos inflamados de la Insaciable sombra,
entre un sabio que llora por una vez de ignorancia
y un amable eterno
arañando cada rutina por un punto de maldad.
Respecto al individuo plegado a los relieves del proseguir,
no tengo nada que señalar…
él sólo se lanza para abrazar lo que no sabe:
hacia los cobijos incoloros de creerse
-hacerse- punto de total.

Cleofé Campuzano

Sobre El ocho de las abejas, de Cleofé Campuzano, por Javier Puig

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un poemario caudaloso y vital

En El ocho de las abejas, editado por Devenir, Cleofé Campuzano nos ofrece una poesía muy consistente, a menudo impetuosa. La autora se siente pletórica de su caudal imaginativo, que sabe contener en el momento justo en el que se precipitaría por los despeñaderos de la desmesura. Sus visiones son sometidas a la fuerza que las distingue de la temida insulsez. Sus versos están hechos de perpetuo descubrimiento, del estrépito de lo inaugural.

Se nota que la autora siente la inmensidad de toda una vida por delante, que se alza esplendente sobre los agravios de la reiteración. Todo lo dice con ritmo que no altera la supremacía de una voz que irrumpe desde la extrema necesidad, una voz que se va conociendo a sí misma a través de sus propios ecos, que se le añaden como espectro coral y se debaten más allá de las citaciones del azar.

Los versos se afanan en vislumbrar rutas inopinadas, las palabras conmutan el infierno de lo desconocido por un ardiente acomodo en los aledaños de la inverosimilitud: “Ven hacia a mí, pensamiento salvaje / congelado entre tiempos de piedra. / Ven a mí antes de crear y crearnos / antes de padecer y resurgir”. Porque se busca el diálogo con las difíciles estribaciones del propio ser: “Cállate, catástrofe consecutiva / liebre escurridiza / que te escapas de nuestra permanencia. / Cállate, que no deseo preguntarme cada día/ si quiero vivir”.

No es el objetivo encontrar lo sapiencial, entendido como dilucidación definitiva sino que se incide en lo manifiestamente originario. La autora se enfrenta a los anhelos, a las emociones, personalizándolas: “La esperanza es un difunto más, / cuando nada de lo que se es / cuando nada de lo que se tiene/ de lo que se pretende / nos ama. / Si nos elige la esperanza…” Es el juego entre la multitud que vive dentro de las propias fronteras: “Yo, a veces, para enfrentarme a la esperanza/ hago como si no fuera yo.” Dentro de ese lugar que ocupamos como asignación de origen irrescatable: “Nada más nacer, nos encomian la tarea/ de encontrar este lugar propio, / de única pertenencia, única potestad, / único nombre y destino”.

La vida ha de ser una búsqueda constante de la elevación: “Es oscura la posición/ de permanecer sentada/ y no hacer nada, / no vibrar, sentirme ruin/ por mis mezquindades cuando/ el mundo entero es el lugar del espanto”. Hay que ir más allá de lo dado, atender a lo está por construir: “Pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido, /me impedirá ser alguien libre.” Es ese deber de ejercer las posibilidades de la existencia “Cada media hora que pasa / mido el deber / que me he creado con el mundo”. Es la vivencia intensísima: “Y cómo decir que / me duelen los segundos”.

Pero el itinerario vital, cuando tanto se espera, emite sus decepciones: “Por más que haga, / más que me afane con mi edad, /no llego a ningún sitio/ y esa sensación de orfandad/ no me recupera”. O cuando vivir atentamente no resuelve nada: “Es falaz la vivencia. / Falaz la creación de la vivencia, / oscura su calma y símil de la libertad”. Esta búsqueda tan precisa da lugar a veces a pasajes herméticos: “Pon la mente en el lugar/ que sabes que nadie entenderá”.

Es esta una poesía que parte del alumbramiento de unos instantes capaces de recibir las indescifradas misivas de lo eterno. Hay en ella una búsqueda de la exaltación vivaz, una atendible insania de las palabras, el irrenunciable afán de un hallazgo vibrante. Los versos prorrumpen desde los exclusivos caladeros de la verdad poética, se acompasan con la intuición y no aspiran a lo diáfano sino a la profunda e inédita incisión en lo más cercano. Cleofé Campuzano tiene mucho que decir y en su primer libro publicado, El ocho de las abejas, ha empezado a consolidarlo.

DE EXILIOS Y MORADAS de José Luis Zerón por Cleofé Campuzano

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“Incendia tu mundo, exiliado,
entierra clamores”
Jose Luis Zerón

Una imagen de la presentación de De exilios y moradas: de izquierda a derecha, Alberto Chessa, J.L. Zerón y Juan José Martín Ramos. Foto: Lorena Aniorte Pagán.

Una imagen de la presentación de De exilios y moradas: de izquierda a derecha, Alberto Chessa, J.L. Zerón y Juan José Martín Ramos. Foto: Lorena Aniorte Pagán.

Si a algo estamos obligados en la vida es a la encrucijada, a la dicotomía de quedar o partir y estos versos, a modo de prolegómenos, son anunciadores. José Luis Zerón se adentra en esta algaba para recordarnos esa reconciliación pendiente. “De exilios y moradas” publicado en 2016 por Polibea en su colección “El levitador” y con prólogo de Alberto Chessa es una suerte de augurio o un tiempo llamado a no perecer; porque todo lo que hay escrito en él, bien remonta al pasado o profetiza y desvela la continuidad de esa encrucijada; ambas evocaciones coexisten remembradas una a la otra, a través de escorzos poéticos imposibles de integridad arrolladora.
El poeta hace uso de su capacidad para crear espacios multivisionarios, luces sugestivas cargadas de cierto misterio y espiritualidad, simultaneadas a la inmediatez de la realidad y su experiencia. En consecuencia, esta profunda y honesta manifestación nos conduce categóricamente a la condición de recuperabilidad/irrecuperabilidad del tiempo; siendo este uno de los aspectos más interesantes que subyace al conjunto poético, ligado al tema de la trascendecia humana, donde el eterno binomio vida/muerte queda supeditado a una fisionomía poética mucho más amplia. Esta preocupación sui generis conmueve y emociona, va de la mano con una llamada a la fe, a un dios al ritmo de su universo; la fe de los antiguos viene dada por una revisión a los clásicos, una clara evocación mítica la encontramos en poemas como “Prometeo encadenado” o “El lamento de la Sibila”, cuyos versos demuestran esa prospección surrealista del futuro arraigada a la tierra:

“Si los dioses dejaran de revelarme el porvenir
yo podría vivir feliz entre los míos
y esperar un cierto futuro, solo eso”

La tradición es influyente pero también la nueva inventiva; ambas son conducidas ágilmente en un desarrollo equidistante a lo largo de todo el libro. Otro rasgo delimitador es la preocupación por el lenguaje, por cómo nos obliga a bosquejarnos en una “ilusión de la realidad sobre la realidad”, entre un simbolismo naturalizado a vueltas con la realidad más inmediata; asimismo, esta impronta queda muy patente en el discurso poético. Estos versos son ilustrativos de esta metaconceptualidad poética que seduce desde el instante primero:
“Déjate nombrar,
Deja que te nombre ,
Palabra no dicha
(…)
Déjate nombrar
Hija del placer y del dolor,
Deja que te nombre”

“De exilios y moradas” redescubre a un poeta de la urgencia, de la integridad y fidelidad protagónica al sentimiento real y a la creación honesta. Perseguir esa visión unitaria donde consciencia y albedrío convergen es, a juicio seguro, tarea poética. Decía Baudelaire en el poema “Correspondencias”:

“Como muy largos ecos de lejos confundidos
en una tenebrosa y profunda unidad…”

CLEOFÉ CAMPUZANO MARCO

Cleofé Campuzano (Murcia, España, 1986). Poeta y educadora de museos. Inició sus estudios universitarios en Filología Hispánica, posteriormente se graduó en Educación Social y se especializó en la vertiente sociocultural. Máster en Antropología social y cultural por la Universidad de Murcia y Máster en museos, educación y comunicación de la Universidad de Zaragoza. 

Participa habitualmente como colaboradora en diversos medios digitales y en papel, a través de trabajos científicos y reseñas. Ha participado en revistas de poesía y espacios literarios (La Galla Ciencia 2014, el número especial de Empireuma 2014, El coloquio de los perros 2015, Opticks Magazine 2015, El Axolote 2016, Círculo de Poesía 2016, digopalabra.txt 2016, entre otros). Divide su labor actual entre sus investigaciones sobre patrimonio y educación, la poesía y el comisariado pedagógico en arte contemporáneo.

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Lleida, julio de 2016