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Presentación de “Heredar la nada” de Pedro Serrano en La Montaña mágica librería por Daniel J. Rodríguez

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Hay un hombre, hay una sala, hay siete puertas

Hay una enorme sala en el puerto de esta ciudad de mar y de montaña mágica. Está cerrada. Llega un alma. Su voz es de sosiego, tiene el tono de un hombre recordando el abrazo de su abuela cuando la abuela está muerta: huele a natillas tibias en la encimera, a un perfume antiguo, a lugar del que no te quieres ir aunque ya te has ido. La sala es suya: una herencia vieja ha puesto la llave en sus manos, a centímetros escasos de la punta de sus dedos.

La habitación es diáfana, en el centro siete puertas que no van a ningún lado, pero que son un viaje: invitan al error de cálculo, son lugar aséptico, improvisaciones escritas al pie, un cuaderno de sombras, la posibilidad de la migración (-él no solo sabe, pero no hay otro lugar en su ahora-), rutinas rutinarias… Las puertas suman siete y son como heredar la nada.

El hombre piel natillas accede al espacio; sabemos, por su aspecto, que se trata de un poeta: ese sombrero, su ala corta, la textura amable de algo parecido a la pana…; los ojos no reciben luz: la emiten, son faros, proyectores que apuntan a rincones, que fertilizan espacios para que nazcan uno, dos, tres poemas,… un libro, tal vez. Dos manos delicadas. Un andar sereno, cauto.

El hombre poeta, el hombre piel natillas lleva el libro: lo abren siete puertas y el pórtico graba la ley: Que sea ley, dice, que lo diga le ley, / id a casa, emborrachaos, / besad una boca. De par en par, torrentes de versos que habla de la luz y de su ausencia, de un tacto que toca las ciudades

En el suelo, ante el calendario judío de las puertas, sentado escribe “de manera intuitiva, ignorando la altura, esquivando la verticalidad”, abrazando la raíz de un árbol, sin conciencia del tiempo porque el tiempo es eterno. Mira al fondo y no ve fondo, y llora como lloran los hombres tramposos, debajo de la ducha, con las gotas enfrentando las cuencas de sus débiles ojos. Pero no hay ducha en esa sala, en el espacio diáfano, en los ecos de una herencia que es la nada: el poeta confunde la ducha con la lluvia.

De pronto una pregunta: ¿Y si todo fuese fábula? ¿Y si no hubiera abuela piel natillas ni herencia ni nada? ¿Y si las puertas, las siete, carecieran de marco y, desmoldadas, cayeran continuamente al suelo una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra y otra vez? ¿Si las “lágrimas, los versos, la lluvia, las manos”, la piel que dibuja con las manos, con esas manos que escriben poemas y que sostienen un libro, no son más que un sueño de un hombre dormitando en el muro de una sala diáfana, bañado por el sol ante el que cada día se inclina?

Pero no: está dentro de la sala, las puertas siguen regias en el centro y el hombre ha vencido las ocupaciones que le alejan de los textos y ha escrito un libro, este libro que es su herencia. Lo ha escrito para saber quién es, para atesorar el cielo y las ciudades, para observar el corazón, su latido lento, el sol roto y los luminosos de los comercios que, temprano, levantan la persiana. Entonces lo sabe: él es el fuego, “un bosque gigante de eucaliptos” artificiales convertidos en un cuadro.

Acaba el día. Los ecos de la tarde se cuelan en la sala de la ciudad de mar y de montaña. El poeta asume que el espacio no es su casa: su centro está en otro lugar, palpita. Sale. Cierra las puertas y “desilumina” la estancia: emprende el camino de la verdad y busca ser mortal feliz y difuminarse con la prisa de una sombra, ser corazón del mundo y atrapar el fuego con las manos.

El papel se acaba. Cierra el libro y sus puertas. El poeta hombre piel natillas camina bajo la luz de los astros. La sala sigue cerrada, ya no se abre más hasta que llega a otras manos, manos de lectores que escalan la montaña para robarse la magia. La bandera que corona el pico tiene forma de libro. La patria es heredar la nada. La fundó Pedro Serrano y tú, lector, y yo y aquel que llega tarde y presuroso somos ciudadanos de este libro, o quizá riqueza de este legado.

Adiós, poeta. Adiós, hombre bueno. Adiós, piel natillas. Chao, sombrero de pana, ala corta, casco blando que protege la cabeza de los versos. Y gracias por el libro y la sala y las puertas.

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Heredar la nada, de Pedro Serrano

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Sobre Heredar la nada, de Pedro Serrano, por Javier Puig

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Heredar la nada es mi segundo contacto con la poesía de Pedro Serrano, y ha sido la confirmación de aquella orientación insumisa que percibí tras leer la pequeña colección de poemas nada banales que era Falta de perspectiva. Este libro me habla también desde un tono casi ardido, desde una extraña benevolencia. No son estos versos precisamente inequívocos, sino que alcanzan cercanas imágenes oscuras, apuntados secretos que el poeta ha logrado traducir hasta los aledaños de lo presentido. Su poesía se mueve en lo etéreo, pero a la incompleta descripción de lo oculto añade lo palpable, y también los vacíos o la indomable plenitud; siempre desde una vibrante sequedad, desde una elegante vehemencia.

Con sus versos, alcanza un más allá, accede a paisajes en los que se trastocan los antiguos postulados, a una libertad que es signo de lo verdadero más indemostrable. Pues son grandes acontecimientos los que le ocurren silenciosamente al poeta, son potentes epifanías. Y, para ello, se desplaza lo suficiente de sí mismo, para poder vislumbrar otra dimensión. Baraja los distintos planos de la vida, incluso aquellos que están por debajo y por encima de ella. Busca estar en el misterio, llegar a un desorden nuevo – pero siempre provisional – de constancias, establecerse en una incisión que describa el revés de lo vanamente explicable.

Lo suyo es una afirmación constante, extraña, porque no ve la posesión en lo firme, sino en las diferentes densidades que se expanden y que él reconoce desde una oscuridad reveladora. A lo que aspira no es a la gran luz, sino a la relevancia de los pequeños y concentrados destellos de lo oscuro. Los poemas manifiestan la seguridad con la que se pronuncia una austera verdad que recorre lo cotidiano por su trastienda misteriosa, sin desdeñar la aproximación a lo cósmico.

Su mirada va más allá de lo que es visible, se añade a la confusa nitidez que dan los ojos y trasciende lo obvio hasta alcanzar aquello imaginario que realmente nos muestra lo que importa de nuestro mundo. Es cierto que sus versos a menudo se mueven en el terreno de lo inaprensible, en esa libertad que promueve la elevación sobre las percepciones consabidas. Son vislumbres de una realidad ocultada por una omnipotente luz que pretende fijar las verdades.

He aquí un magnífico poema que describe esas paradojas, esos atrevimientos a lo arduo, a lo ingrato, a lo oscuramente sutil: “El café sin azúcar / para desterrar la tristeza, / todo para no sepultar la voz, / para no destilar las sombras. / El café, como maravillosa muerte / para nada. / La muerte, como una obra sutil, / individual, / que nos quiere sorprender. / La muerte, / como un lugar al que le hemos robado las oraciones. / La nada, como otra forma de percibir la oscuridad”.

Y es que Pedro Serrano habla mucho de la oscuridad, de esa carencia de luz, a la que, físicamente, está limitado: “Dejad al poeta en el tacto / pues de nada le sirve vuestra contemplación de la luz”. O: “La noche, es la sabiduría / en la que se mueve el poeta”. “La oscuridad, es también un espacio que hace pensar / en la luz. Miento. / La luz, definitivamente, es heredar la nada”. “Hoy, veo mucho menos que antes. / Y no me aterra… No me aterra agotar la superficie, / si puedo entrar en el paisaje con el derecho de mis sombras”.

Hay en este poemario diversas meditaciones sobre la muerte: “La muerte, no es un engaño / es otra forma de jugar al peligro, / y un método diferente de regresar a la vida”. Siempre esos giros imprevisibles, esas sorprendentes imágenes a la vuelta de la esquina de unos versos libérrimos dentro de la asunción de lo indubitablemente propio.

Sugieren estos poemas el ejercicio de una temeridad, de una aventura hacia el centro de las tinieblas, en las que ni siquiera está asegurado el advenimiento de otra luz. Pero sí hay que amar incluso lo que destaca en lo oscuro: “Dignifica siempre con palabras / lo que amas, hereda el calor de los que se / encienden otra vez en el deseo, / sé un poeta de la quietud y del cuerpo / y acoge / el placer íntimo de rodear con las manos la ternura. / Dignifica las palabras con la belleza. / Arde si es preciso en el ocaso. / Puedes incluso imaginar lo que supone / la noche prendiendo sin sus lámparas”.

Pedro Serrano está siempre cerca de lo inmaterial, de lo improbado, de lo invisible, de lo abruptamente sustancioso. Por eso., convencido, dice: “Heredar la nada / la materia que quizá aún no exista”.