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Entrevista a María Engracia Sigüenza por Ada Soriano

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María Engracia Sigüenza:

Cuando regresan las musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego

Una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse.

Llega a mis manos El fuego del mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas muy logradas.

María Engracia Sigüenza nació en Orihuela en 1963. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología por la Universidad de Murcia. Ha trabajado en psicología clínica y como profesora de filosofía. Actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en libros colectivos como El libro de Plomo (Ediciones Empireuma, Orihuela, 2013) También en antologías y exposiciones. Asimismo, ha publicado artículos y poemas en diversos medios como Cuadernos del Matemático, Opticks Magazine, Las afinidades electivas, Frutos del tiempo y Empireuma.

Hay llamas que ni con el mar”, escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por título El 7 de septiembre.

María Engracia, observo en tu poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.

Soy totalmente consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói, Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire, Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield, Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso, y caí tan rendida a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más fácil.

Las que aparecen en mi libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran rebelarse de un destino marcado por los hombres.

Aunque El fuego del mar es un libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.

Siempre he sido una persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la Muerte.

Y efectivamente del amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte, brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.

Dos rasgos que definen mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida.

Cuando pienso en la muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte: La mirada de Cronos, pero también en las otras dos: El espíritu de Gea y Atenea y las Musas.

La mitología está muy presente en tu obra. En mi opinión, supone una enriquecedora aportación metafórica.

Me atrae desde siempre. No sé cuándo empezó en mí ese interés, pero fue muy tempranamente. Primero, leyendo La Ilíada y La Odisea, La Eneida, La metamorfosis de Ovidio, etc.; después, las tragedias de Sófocles y Eurípides y a los poetas latinos. Por supuesto, aprendí a amar el mundo griego estudiando filosofía.

Lo cierto es que pronto descubrí que la mitología está presente en todas las artes y disciplinas. Cuando viajas te das cuenta, cada vez que visitas un monumento arqueológico, un museo o a una galería de arte, que todos los artistas se han inspirado y se siguen inspirando en ella.

Creo que la mitología es un mundo fascinante e infinito, creatividad en estado puro; la muestra más clara de que la humanidad siempre ha necesitado la imaginación para sobrevivir.

Aunque obviamente he profundizado mucho más en la grecolatina, que es la que ha conformado nuestra civilización, la que está en nuestros orígenes y la que me ayuda a expresar multitud de inquietudes y sentimientos, lo cierto es que me interesa la mitología en general. Creo que, además de fuente de inspiración, nos ayuda a conocernos y a unirnos como especie.

En el poema titulado El mundo, que dedicas a Emily Dickinson, es la poeta la que habla. ¿Cómo surgió este acontecimiento, tan intenso en su brevedad?

Surgió un verano que dediqué, entre otras cosas, a releer a Emily Dickinson, una de mis poetas de cabecera. Tenía la mente llena de sus imágenes, de su compleja sencillez, de su hermética transparencia, de su profundo amor por la naturaleza y por el mundo (sobre el que reflexionó con una gran penetración sin apenas salir de su habitación). Y me pareció que ella me instaba a escuchar la voz de lo auténtico, de lo que nos rodea con humildad y contiene la esencia de la vida, de todo lo realmente importante que nos pasa desapercibido, enredados como estamos en absurdos y alienantes quehaceres. Me sentía impregnada de ella y por eso decidí dedicarle el poema.

¿Añadirías algún nombre más a esa lista de escritores y escritoras que te acompañan?

A los clásicos que he mencionado antes vuelvo con asiduidad pero, como ya he dicho, siempre estoy buscando. Mi curiosidad intelectual crece con los años, quizá por ser consciente de esa finitud, de esa fecha de caducidad que nos atormenta, como atormentaba a los replicantes de la maravillosa película Blade Runner. Necesito encontrar nuevos tesoros y siempre los encuentro, de hecho, abundan por todas partes, solo hay que saber mirar, buscar en los lugares adecuados y estar alerta. A veces una lectura me lleva a otra, o sigo las recomendaciones de mis amigas y amigos. Como dije en una entrevista anterior, leo a escritores y escritoras de mi entorno, sobre todo de Orihuela y de Murcia. Sigo sus publicaciones, nos vemos a menudo e intercambiamos conocimientos y amistad, por lo que no faltan las ocasiones de aprender, de retroalimentarnos mutuamente.

En poesía releo a menudo a Sylvia Plath, a Ted Hughes (la mítica pareja) y a Anne Sexton, y últimamente he leído con entusiasmo a Sharon Olds, Louise Glück y algo de Mary Oliver (hay poco traducido), a las que llegué a través de los Pulitzer de poesía. También me emocionó descubrir a Alice Munro –creo que fue a raíz de un artículo de Elvira Lindo-, unos años antes de que le fuese concedido el Nobel. Escribí varias reseñas apasionadas sobre ella cuando aún no era muy conocida y lo mismo me sucedió con Flannery O´Connor, Medardo Fraile, Richard Ford o Lucía Berlín, grandes cuentistas que he ido descubriendo gracias a mi predilección por el género del relato.

Another Earth es un poema extremadamente cósmico. ¿En qué instante sentiste dentro de ti la explosión de una supernova de sangre?

Ese poema está inspirado en la película Another Earth (Mike Cahill, 2011),  igual que Un viento salvaje lo está en la canción Salvaje es el viento versionada magníficamente por Nina Simone y David Bowie, artistas homenajeados en ese poema.

Y si la canción me interesa porque habla del poder regenerador del amor, la película me inspiró porque reflexiona sobre el dolor y la muerte, también como potencias que impulsan la vida.

Es una película ambientada en el futuro y la protagonista es una chica recién graduada en astrofísica que, al inicio de la película, comete un error fatal que arruinará su vida; una tragedia que la hunde pero no la vence y que la llevará a luchar sin descanso buscando el modo de reparar lo irreparable. Como soy una apasionada del cine, entendido como séptimo arte y en todos sus géneros, descubrí esta obra de cine independiente y bajo presupuesto y me impresionó por su profundo humanismo y por su interesante reflexión sobre nuestra conexión con el Tiempo y el Universo. Temas que también forman parte de mi poética.

De todo eso y de la identificación con la protagonista nació un poema que habla de una persona en crisis, una mujer que siente que su vida está rota, pero que no se da por vencida. Su sufrimiento la impulsa a luchar para alcanzar la expiación.

Las metáforas cósmicas me llegaron enseguida a través de la película y además eran las que más se acercaban a lo que quería transmitir. Porque cuando sufres una pérdida terrible, el dolor es tan fuerte que sientes que algo explota dentro de ti y llega hasta el universo.

¿Cualquier manifestación puede conducir a un acto creativo?

Sí, absolutamente todo. Todo lo que me rodea, todo lo que forma parte de mí me resulta inspirador. La vida, las personas, el arte, la cultura, la mitología en general y, especialmente, la grecolatina. Y por supuesto la Naturaleza. Porque somos naturaleza, y también seres cósmicos y misteriosos.

Como dice Annie Dillard, una escritora que acabo de descubrir gracias a José Luis Zerón, gran amigo y poeta: “Nuestra vida es una tenue traza sobre la superficie del misterio”. Y de ese misterio nace la poesía, que yo identifico con la fuente ignota de la vida en el poema Escucha y con un universo en expansión al inicio de Another Earth.

Y es que una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse. Creas en él un universo que nunca está terminado y que otros al leerlo, al imaginarlo y recrearlo, se encargan de expandir.

¿Qué sientes al concluir un poema?

En primer lugar, una paz interior, un estado de bienestar y sosiego, una alegría que es el eco del chute de adrenalina, de la dopamina que se libera durante y después del proceso creativo. Pero este estado dura poco. Enseguida retorna la incertidumbre de no saber si la poesía volverá a llamarte; y cuando regresan las Musas traen con ellas la alegría, pero también el desasosiego, la duda de si serás capaz de crear algo bello, algo que se acerque a lo que sientes y quieres transmitir, algo de lo que puedas estar honestamente orgullosa.

A mí me cuesta mucho sentirme satisfecha, por eso no tenía prisa por publicar, más bien sentía y sigo sintiendo el apremio de continuar aprendiendo. Aunque también he comprendido que los poemas pertenecen al mundo, y que no sirven de nada escondidos en un cajón. Por eso he decidido compartir, desprenderme –como dicen los versos del poema que cierra el libro- y el año próximo publicaré Huellas en el paraíso, un poemario que tengo terminado, y quizá me anime después a sacar un libro de relatos que también guardo en el cajón.

¿Ha llegado el momento de vivir?

Quise terminar el poemario con unos versos que son un recordatorio, con un poema que me recuerda lo que no quiero ni debo olvidar. Creo que siempre es el momento de vivir, de abrir los ojos a todo lo que nos rodea y de exprimirnos, como decía Alberti.

La vida se renueva constantemente y nosotros no podemos quedarnos estancados. Tenemos que aprender a vivir continuamente, adaptándonos a las nuevas situaciones, celebrando los dones que nos vamos encontrando en el camino y entregando lo que tenemos, nuestros frutos. No concibo otra forma de estar viva.

Acabo de terminar de leer el maravilloso ensayo Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, la autora antes mencionada, y al acabar la lectura, además de quedarme totalmente fascinada por una autora en estado de gracia, capaz de asombrarte en cada una de las páginas que escribe, me ha quedado claro que en nuestro mundo: “(…) la libertad cultiva la belleza y el horror en la misma rama viva.” Y: “(…) es la muerte quien hace girar el globo”, utilizando sus palabras.

Un libro inolvidable que me ha hecho más consciente, si cabe, del milagro, del regalo que supone la Vida.

Y termino con unos versos del poema Heridas, que dedico a Frida Khalo y Ada Soriano y que creo que recogen casi todo lo que hemos hablado.

(…)

Ante la mirada conmovida de los dioses

la Moira corta los hilos.

Pero nada termina.

La fuente nunca se agota.

Ofelia resplandece de vida

en un río que no cesa.

Ada Soriano, julio 2018.

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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Sobre El fuego del mar, de María Engracia Sigüenza Pacheco, por Javier Puig

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Tenía muchas ganas de sumergirme amplia y detenidamente en la poesía de María Engracia Sigüenza Pacheco, de la que había recibido, primero aislados destellos, y luego una mayor visión en la lectura poética que hace un par de meses compartiera conmigo en Orihuela. Ahora, por fin, disponemos de parte de sus poemas reunidos en un libro extenso, El fuego del mar, editado por Celesta, rico en su elaborada verdad, en la sabiduría de sus dudas certeras, de sus preguntas esenciales, un poemario que logra aunar la diversidad en una dialogante coherencia.

Un poeta debe pretender que de su libro resulte un aporte de genuinas observaciones de la vida, una feliz confluencia desde lo inesperado. En este sustancioso libro, María Engracia lo ha conseguido casi siempre. Con un lenguaje sencillo, ha sabido transmitir a un público relativamente amplio un sentir nada superficial. La autora ha alcanzado en muchos momentos aquello que el lector espera de una obra literaria, que le ponga palabras a sus mudas pero fuertes sensaciones, que construya un universo lingüístico que podamos compartir.

El poemario se divide en tres partes diferenciadas, aunque claramente asignables a una misma voz. Las temáticas o los enfoques son tangencialmente distintos. Así, en la primera, El espíritu de Gea, encontramos ya esa sensibilidad enfrentada, ese amor a una vida tan vulnerable por la amenaza de la desazón y de la muerte. En Deseo, el don del sexo es ejercido con fruición, utilizado como ardiente oposición a la muerte: “Quiero la miel salvaje de tu boca /… / Quiero ahogar el miedo/ en el mar de tu garganta, / incendiarme de vida/ en la llama de tus labios”. He aquí una de las múltiples referencias a ese fuego que – junto al agua – es origen y persistencia de la vida, y es núcleo recurrente en este poemario.

En Todo, se explicita esa resolución de no renunciar a ninguna de las caras de la vida, incluso a las más ominosas y crueles: “El amor sin límite / y el dolor sin medida. Todo”. Lo que se propone es una vida incandescente, una mirada abarcadora. En Fuego, se ahonda en esas contraposiciones: “Contiene el caos del universo / y el orden de la vida”. Aquí no hay fusión con el mundo, alianza apaciguadora con las fuerzas adversarias, sino lucha candente. En el poema Paradojas, se ejemplifican algunas de las ideas transversales en las que insisten estos poemas: “A veces la noche está viva / y el día trae la muerte / con los sables del sol”.

Dolor me ha parecido uno de los mejores poemas de esta primera parte. En sus versos, se expresa una de las más recurrentes ideas con las que nos encontramos: la empatía con el sufrimiento ajeno. Porque no es este poemario una reivindicación de una lucha exclusivamente propia sino que la misma está enlazada con el hermanable sentir de la humanidad; y eso, los lectores lo notamos desde el primer momento: “Duelen los abismos de la humanidad. / Duele la inocencia asesinada/ en los altares de la infamia”. Pero la autora no se conforma con esa constatación, con esa obviedad y, en su línea de profunda indagación de las contradicciones, nos dice. “Pero el dolor nos cura, / el dolor se enfrenta a las heridas, / el dolor siente, sufre, lucha / vive y nos hace vivir”. Y, en esa defensa del sentimiento encendido, se atreve a ir más allá: “La indiferencia es la Muerte”. La reacción ante la adversidad siempre está evocada, las propias fuerzas se extraen de la colisión con el supuesto enemigo: “Con el hilo invisible de la rabia/ tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, / y el dolor alumbrará belleza”.

En la segunda parte, Atenea y las Musas, María Engracia recorre esas figuras del arte que, con su lucidez, también han configurado nuestra compleja visión del mundo. De esta parte destacaría Un Viento salvaje, donde la autora vuelve a preguntarse sobre lo grande. Le inquiere a lo decisivo una respuesta que no llega y que acaba surgiendo, vitalista, en el propio interrogador: “Y solo queda, vivir, vivir/ y escuchar a los muertos. / Mientras, entre las tinieblas, / el francotirador aguarda”.

La última parte, La mirada de Cronos, es la más dramática, en la que está más presente la muerte; y también aquella que alberga los versos más intensos, el enfrentamiento más directo con una verdad a la que se le reconoce su supremacía frente a la gran pequeñez de la condición humana. Y es que, frente al Tiempo, hay una guerra desigual, en la que el ser se alivia con la momentánea satisfacción de la humana voluntad: “Yo lo desafío: / delante de sus ojos / me inyecto la médula de la vida”. El poemario avanza hacia una reconciliación, hacia un reconocimiento mutuo en la vida. El tiempo es de lo que estamos hechos. Nos acoge y alimenta en cada instante de nuestra existencia. Otro de los poemas, Tu recuerdo, es un emocionado ejercicio de conexión con lo ausente, con el padre fallecido que aún habita en los pliegues más ocultos de uno mismo. Es ese reencuentro ansiado la reconstrucción imaginaria de una presencia que reside en lo ignoto.

En La visita hay un recorrido por las imágenes más emotivas de un pasado siempre amado, un retorno a la infancia para recuperar la mirada más pura, aquella que nace exenta de palabras, de cálculos, de construidos deseos, y que es presente continuo, desnuda experiencia que penetra sin filtros en la memoria, que nos detiene y nos invade con una pregunta esencial que no logramos entender.

En Vivir encontramos de nuevo la llamada a la lucha contra la natural adversidad como acción necesaria: “Deja que ardan tus pupilas / para ganar otra batalla perdida, / y prepárate para vivir muriendo”. El bien de la vida es nuestra capacidad de lucha, sin la que estaríamos inmersos en la rendición más aniquiladora. Despedida nos habla de otra presencia de la muerte, esta vez la de un niño, expresada siempre desde un alzamiento de la mirada, desde lo oscuro hacia los atisbos de la luz: “Una pena negra y silenciosa / que eterniza la luz de tu sonrisa”, “un recuerdo que nos une / para siempre / a las flores de la tierra”. La Herida es uno de mis poemas favoritos del libro. Me parece magistral, redondo. Encontramos en él esa asunción de que la vida produce daños que marcan.

Resurrección es otra confirmación de esa vital necesidad de salir de los golpes que nos encierran y nos abruman entre los ecos de la negritud. Y es que estamos ante un poemario que no se arredra ante la contemplación de esas sombras que son avanzadillas de la muerte. En todo momento vuelve a esa convicción que exalta y enaltece: “El arrebato de sentirme viva”.

El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida. Propensos a las recaídas, lo único que procede es levantarnos incansablemente y rescatar esa, a veces, sepultada alegría de estar vivos. Es este libro la descripción de una guerra entre las luces y las sombras. María Engracia Sigüenza no nos ha ocultado ninguna dura verdad pero tampoco nos ha escamoteado el camino de una apasionante pervivencia. Como bien dice en su último verso: “Ha llegado el momento de Vivir”.

Cuando como polen caen los versos (Presentación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza Pacheco) Por Mateo Marco

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 EL FUEGO DEL MAR, De Mª ENGRACIA SIGÜENZA PACHECO

El jueves 14 de junio se presentó en la Biblioteca María Moliner de Orihuela el libro El fuego del mar de Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Editorial Celesta, Madrid). El acto comenzó a las 20 horas y contó con una gran afluencia de público que llenó totalmente el salón de actos de la Biblioteca.

María Engracia Sigüenza Pacheco ha participado en bastantes antologías, libros colectivos y exposiciones y ha publicado en revistas y periódicos como Cuadernos del matemático, Empireuma Opticks magazineLas afinidades electivasFrutos del tiempo o minutocero.es.

En 2015 ganó el concurso de microrrelatos de la editorial Acen y quedó finalista en el I Premio Nacional de Poesía Villa de Madrid. 

La presentación, que reproducimos a continuación, corrió a cargo del historiador, escritor y poeta Mateo Marco Amorós e intervinieron Mª Engracia Sigüenza y el autor del prólogo, José Luis Zerón Huguet.

Cuando como polen caen los versos

(Presentación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza Pacheco)

Por Mateo Marco

Caen los versos / como polen / sobre el estruendo del mundo. Son versos que cierran el sólido poemario de María Engracia Sigüenza Pacheco que presentamos, titulado El fuego del mar, editado por Celesta, prologado con acierto por José Luis Zerón Huguet.

Sobre el estruendo del mundo se precipitan los versos.

Afortunadamente, tenemos que añadir. Y caen como polen. Un polen terapéutico por impregnarnos de poesía en este mundo excesivo de ruidos. Curándonos. Y como poesía fiel a la poesía, las palabras nos sanan y salvan por preciosas y precisas. Palabras especialmente necesarias en estos días en los que se consume una primavera húmeda y rara. Primavera al cabo. Pero versos que también servirán para toda estación de la vida con sus veranos cálidos y pesados. Con sus otoños de soledades y desnudeces. Con sus inviernos fríos.

Los que somos y nos sentimos del otoño nos veremos muy reflejados en un poema de El fuego del mar titulado “Otoño”. Un magnífico poema, para no obstante, como hemos dicho del poemario en general, para toda estación de la vida.

Uno agradece esta polinización poética –decíamos– que nos concilia con las palabras oportunas, explicativas de los momentos eternos. Palabras preciosas y precisas –también hemos dicho–, necesarias para decirnos lo esencial.

Esto es lo que uno, más lector que poeta, humildemente pide a los versos. Precisión frente a nuestro hablar cotidiano. Utilidad y tino frente al decir usual excesivamente tópico, decir usual excesivamente convencional. Decir usual que por tópico y convencional, resulta inútil para explicarnos lo fundamental, inservible para explicarnos a nosotros mismos. Defectuoso para conocernos, para saber qué somos. No así las palabras transformadas en poesía que nos trae María Engracia Sigüenza en su libro.

El fuego del mar se nos presenta en tres fracciones: “El espíritu de Gea”, “Atenea y las Musas” y “La mirada de Cronos”.

En la primera fracción –así lo confiesa la autora– la naturaleza, la vida y el amor sugieren las composiciones.

En la segunda, manda la inspiración inducida por el arte, por las artes: la música, la literatura, la pintura… Es esta sección, en gran parte, un honrado homenaje a los creadores. Leyéndola, nos ha traído a la memoria –y salvemos las distancias que haya que salvar– la magnífica obra de Daniel J. Boorstin titulada, precisamente, Los creadores. Al cabo somos herederos de todo lo precedente. Y lo precedente legatario de una eternidad. Pero para llegar a este homenaje que rinde la poeta en “Atenea y las Musas” es preciso desprenderse de vanidades y ver en el legado de los demás, en lo que nos sugieren las sabidurías de los otros, las respuestas que buscamos. Así, en esta segunda parte María Engracia se desprende agradecida a sus “musas”, en cada poema, en cada verso.

El tercer apartado, aun teniendo presente la inquisitiva e inevitable mirada de Cronos –del Tiempo y la muerte– resulta balsámico. Tiempo escrito con mayúscula como en el poema “Crepúsculos”. Escrito con mayúscula como de pequeños nos enseñaron a escribir la palabra Dios. Dice la autora con una ternura brutal, insisto con una ternura brutal, que son reflexiones sobre el tiempo y la necesidad de reconciliarme con la muerte mirándola sin miedo en los ojos de la vida.

Hemos dicho conscientemente ternura brutal y lo hemos repetido y lo repetimos –ternura brutal– para jugar como juega con sagacidad Sigüenza Pacheco, en todo el libro, con conceptos opuestos. En ocasiones aparentemente opuestos. Conceptos opuestos –oxímoron dicen los analistas del lenguaje figurado– y también paradojas, que más que contrariar reafirman la idea que pretenden transmitir:

Aurora y ocaso.

Vivir muriendo.

Perdedores invictos.

Caos del universo versus orden de la vida.

Fragilidad de los mortales versus poder de los dioses.

grito mudo

Realidad o sueño, / certeza o anhelo.

Bálsamo o revulsivo / (…) huracán que sosiega.

la salud de los enfermos.

“Los recuerdos del porvenir”.

Heridas que curan.

O esa paradoja que cierra el poema magistral y misterioso titulado “La visita”, dedicado a su hermana. Poema magistral y misterioso, insisto:

y regreso al mañana.

O el vivir muriendo. En “Vivir”.

Como en otro titulado “Tú y yo” se enfrentan:

vida y muerte

dicha y pena

sombra y luz.

Oxímoron y paradojas y más paradojas, especialmente, en el titulado… “Paradojas”:

(…) corazones de fuego / creciendo en una tierra polar, / (…) palpitar de las flores / en los jardines de hielo. // (…) crepúsculos

Conceptos aparentemente opuestos pero que reafirman la idea que pretenden transmitir. Y concilian la diversidad. Y la embellecen. Versos –recordamos– que caen como polen / sobre el estruendo del mundo.

Afortunadamente.

Versos plenos de hermosuras.

Sirvan de ejemplo los escritos en “Amor”:

y el faro de la luna / iluminó sus vidas.

O el que se escribe en “Todo”:

la explosión de sol de los girasoles.

O…

tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, que se dice al final del titulado “Luchas”.

O… el gran piano del mar. Ésto en el titulado “Euterpe”.

O ese magnífico verso abierto con el que termina “La Medusa”:

Pero algunos días eran luminosos…

Y qué decir de esos versos finales del poema “Tu recuerdo” dedicado –como todo el libro– al padre–:

Ahora debes alejarte, / debes regresar / al fondo de mi alma.

Escribía Muñoz Molina en El viento de la luna:

Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre.

El poema de Maria Engracia es precioso homenaje al padre. Y todo el libro un caminar de la mano de un padre-origen.

Caen los versos / como polen / sobre el estruendo del mundo. Decimos y repetimos aprovechando versos finales del libro que presentamos. Y es que resulta que al tiempo que preparamos algunas palabras para presentar el libro de María Engracia Sigüenza nos ha llegado otra obra de un amigo también poeta. Un libro que por estar pendiente de concurso hemos de guardar la pertinente discreción. Todo esto cuando en el tintero y sobre una pila de libros aún queda por atender, vibrando de intensidades, el Dondequiera que vague el día de Ada Soriano.

Versos y más versos. Que nos llegan –bendita sea– como bebedizo curativo. Purgante contra la realidad. No porque la solucionen, es más, a veces los versos redundan como sal sobre las heridas de la vida; pero nos salvan porque nos la explican.

El veintitrés de enero de 2009, el nobel José Saramago bajo la pregunta-título “¿QUÉ?” escribía en su blog:

Las preguntas “¿Quién es?” o “¿Quién soy?” tienen respuestas fáciles: uno cuenta su vida y así se presenta a los otros. La pregunta que no tiene respuesta se formula de otra manera: ¿Qué soy yo? No “quién”, sino “qué”. La persona que se haga esta pregunta se enfrentará a una página en blanco y lo peor es que no será capaz de escribir una sola palabra.1

La reflexión de Saramago parece una reflexión contra escritores desde la derrota de quien precisamente escribiendo nos ha explicado y descubierto tanto el quiénes somos. María Engracia Sigüenza, ejerciendo de poeta, supera el reto que nos plantea el nobel, respondiendo no solo al qué soy sino también –nos lo advierte Zerón en el prólogo– respondiendo a esos interrogantes eternos que aparecen en el poema titulado… “Eternidad”:

¿De dónde venimos?

¿Hacia dónde vamos?

¿Quiénes somos en realidad?

La respuesta a estas preguntas que nos ofrece la poeta es tan genial como hermosa. Pero no considerando oportuno hacerles de spoiler, destripándoles o arruinándoles la respuesta genial y hermosa, habrán de conocerla y disfrutarla ustedes leyendo el poema.

Leyendo el poema y el libro. Pues contra el pesimismo o maldición de Saramago, en El fuego del mar se nos aclaran muchas incertidumbres. O al menos se nos consuela asumiéndolas humanas. Sirva de ejemplo el poema titulado “Dolor” que contradice el célebre poema “Lo fatal” de Rubén Darío. El de: Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque esa ya no siente(…)

Los versos de El fuego del mar si no responden las incertidumbres con certezas, sí asumen la realidad humana. No la esquivan. Ofreciéndonos estrategias de búsqueda. Una aceptación de la realidad no resignada, sino asentida como irremediable y hasta transmutándola en hermosa realidad vital. Incluida la muerte. No tengo miedo a la muerte –vendría a decirnos Unamuno–. Tengo miedo a morirme.

En El fuego del mar las incertidumbres en muchos casos se clarifican o asumen recurriendo –también lo advierte Zerón– a la mitología griega.

En Así vivían en la Grecia Antigua cuenta Raquel López Melero que en la formación de los griegos, una vez que el escolar sabía leer y escribir con corrección, se iniciaba en el aprendizaje memorístico de grandes fragmentos de los principales poetas. El preferido era Homero, ya que en los dos poemas que se le atribuían, la Ilíada y la Odisea, creían encontrar los griegos todo tipo de enseñanzas. Hesíodo, Solón y los autores dramáticos aportaban asimismo (…) unas enseñanzas que incluían principios de moralidad pública y privada, estímulos respecto a la actitud frente a los dioses y frente a la patria, (…).2

Principios de moralidad pública, estímulos… Al cabo valores. Discutibles, los clásicos, si queremos, algunos, como valores. Pero materia para discernir. Es de agradecer que María Engracia nos devuelva y nos vuelva con El fuego del mar a lo clásico en una labor que podemos definir, si se nos permite, como de arqueología poética.

Los que nos dedicamos a la Enseñanza vemos con cierta preocupación cómo se derrumban con una rapidez irremediable los referentes culturales compartidos –antes– entre generaciones. Y ahora es como si todo se hubiera convertido en cosa de usar y tirar. En azucarillo que se disuelve ante el líquido de la inmediatez.

Por ejemplo, las películas que se estrenarán mañana, que algunas hace años darían para cineforum, charlas de café, referencias durante años, pasado mañana serán viejas. Y olvidadas. Acaso, no lo digo en broma, algunos nexos nos los salven los Simpson. Lo digo con conocimiento de causa porque cuando he querido recurrir a algunas de esas herencias y referencias culturales compartidas entre generaciones pasadas, algún alumno me dice que lo ha visto en los Simpson. Lo que ya no sé si alguien evitará, como ya años me pasa, el que mis alumnos me corrijan cuando digo, refiriéndome a la diosa alada de la victoria, Niké o Nike. Ellos me dicen que se dice naik.

Por todo lo dicho, bienvenida sea esta presencia de lo griego –esta arqueología poética– en El fuego del mar. Por recordarnos al cabo en todo el libro el verso de Horacio:

Graecia capta ferum victorem cepit et artis intulit in agresti Latio.

(La Grecia conquistada introdujo en la agreste Roma, el reguero de dioses de la cultura y de la ciencia).

Habitantes, nosotros, en este contemporáneo y agreste Lacio que estamos haciendo del mundo, cada vez más agreste, cada vez más rudo, bienaventurada sea la recuperación de las sensibilidades del clasicismo. Es el Graecia capta ferum victoriem cepit… –la Grecia conquistada conquistó al bárbaro conquistador– que nos recuerda Indro Montanelli, al tiempo que nos trae la siguiente reflexión:

El historiador inglés Maine ha dicho que todos nosotros somos aún colonia de ella [Grecia] porque, salvo las ciegas fuerzas de la naturaleza, todo lo que en la vida de la Humanidad evoluciona es de origen griego. Tal vez exista una “retórica de Grecia”, como existe una de Roma, que altera un poco las proporciones de su contribución. Mas nadie podrá negar que haya sido inmensa y, sobre todo, que hayan sido varios, vivaces y fascinadores sus protagonistas.

Hace unos años, estando en expectativa de destino trabajé en el Instituto de El Campello. Fue cuando el boom urbanístico que sí que había afectado ya a gran parte de nuestro litoral todavía no había llegado a la población marinera. El boom urbanístico empezaba pero todavía El Campello era El Campello. Pronto y rápidamente dejó de serlo.

Providencialmente aquel curso, además de impartir asignaturas de mi especialidad en Geografía e Historia tuve que completar horario con un grupo de Lengua y Literatura. Entonces me puse en manos del Departamento que dirigido por el catedrático Juan Luis Tato venía desarrollando para el nivel de primero de BUP un proyecto innovador para la enseñanza de la lengua castellana. Un proyecto que consistía en la lectura y el análisis, con actividades muy creativas y verdaderamente instructivas, de la Eneida de Virgilio. No es menester señalar la valía de este texto latino heredero de la tradición clásica que venimos diciendo. Por esto apreciamos que en El fuego del mar se nos devuelva esta tradición, se nos retorne al clasicismo.

Muchos mitos nos refuerzan contra nuestros miedos. Porque nos traen, aun arriesgando consecuencias, valores: Artemisa, la destreza. Pandora, la curiosidad… Lilith –tan tildada de maldades– no deja de sugerirnos la libertad… Somos “Grecia” pero… pero… Y también nos lo recuerda María Engracia somos “naturaleza”. Y entre la naturaleza, lo enigmático del mar. Donde el origen, pero también el destino donde volvemos a nacer. Por lo que sabemos del mar, pero más –siendo origen del origen– por lo que desconocemos. Una naturaleza de la que somos fusión porque somos agua y, desde un grito con exquisitez femenina, mujer, raíz y fruto. Una naturaleza que sabiéndola escuchar, sabiéndonos de ella, nos dicta poesía: Así la música de la tierra. Así el viento que susurra.

La respuesta, mi amigo, / está flotando en el viento. La respuesta está flotando en el viento —canta Bob Dylan.

Somos “Grecia”, somos “naturaleza” y somos “Cosmos”. Y la salvación acaso esté en sentirnos parte, aun insignificante, del Cosmos. Así, fuimos antes de ser, somos siendo y seguiremos siendo después de ser.

Perdón si estas palabras mías de ahora les parecen un juego propio de trilero. Pero si nos fundimos en el Cosmos, resulta así.

Somos “Grecia”, somos “naturaleza”, somos “Cosmos” y… Y también recuerdo.

En Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi naturaleza y recuerdo se funden en una escena bellísima. Es cuando el periodista Pereira interrumpe de forma repentina su viaje, en tren hacia Parede, para bañarse en la playa de Santo Amaro. El médico Cardoso apreciará que lo que atrajo a Pereira fue la naturaleza, mas Pereira considera que posiblemente lo que provocó su decisión de interrumpir el viaje fueron los recuerdos.

En el poema “Crepúsculos” destaca María Engracia la importancia del recuerdo. La memoria nos salva. Nos salva o, también, nos atosiga. En este sentido resulta precioso el poema titulado “Madre” donde el pasado, el recuerdo, se intuye amenazante. Contra él, contra el presente que recuerda o acaso contra la muerte, se escribe:

No cierres los ojos madre, / ¡mírame!

Y termino.

Decíamos al principio de nuestra presentación que estos días de primavera rara nos llegan –bendita sea– versos como bebedizo curativo. Purgante contra la realidad. No porque la solucione sino porque nos concilian con el mundo y con nuestros semejantes. Y yo lo agradezco.

El presidente Kennedy apenas un mes antes de ser asesinado pronunció un discurso en la universidad de Amherst. En él, homenajeando al poeta Robert Frost, dijo:

Frost consideró a la poesía como el medio para salvar al poder de sí mismo. Cuando el poder lleva al hombre a ser arrogante, la poesía le recuerda sus limitaciones. Cuando el poder restringe las áreas de preocupación del hombre, la poesía le recuerda la riqueza y la diversidad de su existencia. Cuando el poder corrompe, la poesía limpia, puesto que el arte establece la verdad humana básica que actúa como punto de referencia de nuestro juicio.

Poesía frente a la arrogancia. Poesía para enriquecer nuestra existencia. Poesía purificadora.

Es por esto por lo que agradezco versos como los de El fuego del mar. Versos que caen como polen / sobre el estruendo del mundo.

Muchas gracias.

1 José SARAMAGO (2009), El cuaderno, Alfaguara, Madrid, pp. 180-181.

2 Raquel LÓPEZ MELERO (1990), Así vivían en la Grecia Antigua, Anaya, Madrid. Colección Biblioteca Básica de Historia. Vida cotidiana, pp. 47-48.

La Mirada perdida de Alejandro López Pomares por José Luis Zerón

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ju unLa editorial Celesta edita la opera prima de Alejandro López Pomares

MI NOVELA DE TRAMA FRAGMENTADA, O MÁS TODAVÍA, DILUIDA, PERSIGUE DESESPERADAMENTE LA IMPLICACIÓN DEL LECTOR EN LA CREACIÓN DE LA OBRA

José Luis Zerón Huguet

 

La madrileña editorial Celesta ha publicado en su colección letra Alef La mirada perdida, opera prima de Alejandro López Pomares (Orihuela, 1983), novela hermosa y arriesgada por su complejidad estructural y la ausencia de un argumento definido, sujeta a una multiplicidad de contextos y personajes que se cruzan y al uso de planos superpuestos y yuxtapuestos en texturas poéticas fragmentadas. Se hace difícil (diría imposible) apreciar esta novela si se trata de leerla como un texto lineal con su presentación, nudo y desenlace. No tiene nada que ver con las novelas más premiadas y reconocidas que exploran el terreno del realismo más estricto, la temática histórica o el paisaje fantástico próximo al boom del realismo mágico.

La mirada perdida es una nouvelle de poco más de cien páginas vinculada a la narrativa vanguardista. La deflagración de la estructura novelística no es un recurso nuevo. El uso del perspectivismo a través de soliloquios, flujos de conciencia, digresiones, diversos planos narrativos y de tramas, atemporalidad ficcional, etc., causará estupor y hasta rechazo en el novelista convencional o en el mero lector aficionado a la narrativa de ficción; pero no le resultará extraño a quien esté iniciado en la mecánica de la narración experimental. La mirada perdida está próxima a la escritura intrincada y especular de Borges y a la narrativa lírica y preconsciente de Las olas, de Virginia Woolf, y es igualmente cercana a la innovación cortazariana de Rayuela o El libro de Manuel, a la escritura introspectiva y metalingüística del Nouveau Roman (Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Claude Simón, Michel Butor, etc,), al fragmentarismo lírico de Agustín Fernández Mallo, al experimentalismo radical de Thomas Pynchon y al lenguaje cinematográfico onírico de David Lynch, o el de las tramas paralelas de Paul Thomas Anderson. Entronca asimismo con las características del constructivismo: dejar abierto el texto para que el lector lo rescriba con sus interpretaciones, ya que el argumento como tal no existe. El protagonista sería el discurso mismo. En este caso la lectura es una actividad constructiva compleja que se realiza al mismo tiempo en diferentes niveles de captación y percepción.

El pasado jueves 1 de febrero el autor y quien esto escribe, presentamos La mirada perdida en la librería Códex de Orihuela. Con la intención de reproducir lo que ambos dijimos en el acto de presentación nace esta entrevista.

Alejandro, has escrito una primera novela arriesgada y difícil de explicar a quien quiera saber de qué trata. Una lectura poco atenta de tu libro puede hacer creer al lector que hay dos historias inconexas: la primera una serie de fragmentos escritos en tercera persona protagonizados por personajes misteriosos, arquetípicos, que carecen de nombre propio (el hombre, la mujer, el niño, el anciano…) y la segunda unas memorias narradas en primea persona: pero si leemos con atención descubrimos que hay pasadizos ocultos que conectan una y otra. ¿Cuál es el argumento de la novela? ¿Incluye algún misterio o razón oculta?

La mirada perdida es una novela de trama fragmentada, o más todavía, diluida, que persigue desesperadamente la implicación del lector en la creación de la obra. Es una necesidad que se hace patente ante la ausencia aparente de referentes a lo largo de los capítulos. Los personajes viven su propio tiempo quedando ligados a las sensaciones y al recuerdo, por el cruce entre sus vidas, por el esplendor del instante. Reescribiendo así los espacios en blanco que, incluso, ellos mismos tienen.

Un anciano en su mecedora, un niño huyendo de sus miedos, la sorpresa, una chica y su mirada, un hombre autoexculpado, una mujer y el abandono de recorrer diariamente sus propios pasos. El paisaje. Y más allá el lenguaje, la estética, los sonidos y el silencio, la nostalgia en la piel, la rabia contenida, la soledad, el pulso de la lírica y una percepción del tiempo que nos rodea y nos devuelve antiguas miradas a los ojos. Los nervios anclados a la tierra, el agua como símbolo, un banco en el que todo se detiene, y un recuerdo que proviene de otro recuerdo y que, en cierto modo, ha perdido su origen, pero que todavía nos permite soportar este ritmo frenético que discurre por encima y nos diluye.

Dos espacios, una laguna y una ciudad, allá a lo lejos, a la que siempre volvemos y entonces invade nuestros costados y nos hace lo que somos y deshace lo que dejamos de ser. La mirada perdida es todo esto, y todo aquello, y un libro apoyado en la repisa con páginas en blanco que todavía está por escribir. Una trama fragmentada, más que eso, líquida, que persigue deliberadamente la implicación del lector, desbordado, en la creación de la obra.

Toda la obra en realidad forma una extensa red de caminos difusos, ambiguos o, incluso, líquidos, he dicho antes, que sujetan con hilos muy finos todos los elementos, cada fragmento. Con mucha atención se accede a una siguiente capa de profundidad donde la trama se evidencia en cierta medida y nos vela razones para acompañar a los personajes y sentirlos más cercanos.

¿Calificarías tu novela como un conjunto de poemas en prosa? En mi opinión, la lógica de la poesía se siente en cada una de las páginas del libro a través de recursos como la metáfora, la imagen, la sinestesia, el oxímoron… ¿Puede haber influido en la concepción de la tu novela el hecho de que también escribas poesía? Creo que hay en tu narrativa y en tu escritura poética un discurso lírico muy coherente

El lenguaje es a la vez vehículo de la experiencia y delator de la misma. La concepción de la vida se encuentra en lo que puedo decir de ella. Si quisiera haber contado unos hechos habría bastado con el uso de las palabras en su faceta más descriptiva, pero las sensaciones, que permanecen por los siglos indefinidas, requieren del lenguaje creativo y poético.

Me ha llamado mucho la atención el uso que haces del tiempo: un tiempo sincrónico, acrónico y paracrónico. No hay nada más que leer el título de cada una de las partes en que se divide la novela. En mi opinión está presente la filosofía de Bergson sobre el tiempo y los descubrimientos de la Teoría de la relatividad y la física cuántica. Por tanto, experimentas unas veces desde la atemporalidad, o desde la simultaneidad temporal y otras contemplando el tiempo como un bucle o laberinto, de manera que no hay distinción entre certidumbre e incertidumbre. 

“El tiempo es, de los inventos del hombre, el que más daño le ha hecho”, se dice en un momento concreto de la novela. Es decir, creer que hemos descubierto el misterio de la vida controlando el paso de los segundos, no es tan diferente a pensar que por esconder la basura debajo de la alfombra todo está más limpio. Seguimos dando a la casualidad ese papel tan relegado y, entonces, la incertidumbre nos sigue pesando tanto, y la nostalgia y el pasado nos piden paso continuamente, y el presente se ahoga.

Hay una alternancia del espacio natural y el escenario urbano, un tanto espectral. Aunque la naturaleza está mucho más presente. Por otra parte, hay un amplio contenido sensorial y destaca especialmente una mirada atenta, escrutadora. ¿Tiene que ver la presencia de la naturaleza y la agudeza visual con tus estudios (eres licenciado en Biología por la Universidad de Alicante y en Antropología social y Cultural por la UNED) y por tu afición a la fotografía? De hecho, la sugerente imagen de la portada del libro es de tu autoría. Por otra parte, eres un lector curioso y voraz que abarca, además de la literatura otras ramas de las artes y del saber.

Los primeros textos de la novela fueron escritos en un periodo en el que realizaba estudios de investigación en humedales de la provincia de Alicante. Lagunas inmensas que albergaban poblaciones de miles de aves. Con el tiempo tocaría otros temas como el conocimiento tradicional en las poblaciones rurales y la percepción del paisaje, que también tendrían su influencia. Pero antes, durante meses tuve que mostrarme a las 5 de la mañana, previo al amanecer, ante aquel escenario tan sobrecogedor. En cuestión de minutos se abría la mañana acompañada por el estruendo del graznido multitudinario. Pero no fue tal experiencia, sino la espera previa, la tensión del silencio, largo y extraño, la que me abrió una brecha. Y la mirada, la de ese ánade que se queda ante tus ojos y te hace sentir que estás viendo algo muy antiguo, algo que lleva repitiéndose miles o millones de años. Y entonces tú eres tan pequeño. No sé, esa sensación de extrañamiento, de “choque cultural” tiene algo de pulso interno, de renovación. Y entonces me vi forzado a escribir, a escribir lo que sentía. Pero de algún modo, me llevó a experimentar con distintas voces, es decir, tomar esas sensaciones desde la piel de un niño, de un anciano, de una mujer. Lo que no sabía es que estaba construyendo una novela.

Pasados unos meses lo releí todo seguido, y aunque al principio no eran más que relatos dispersos e independientes, los fui vinculando, y ella misma me fue revelando la conexión profunda que existía entre todas las partes. Se fue tejiendo y recolocando y evidenciando de forma, digamos, natural. Respeté la estructura original, pero entonces desplegué sobre el texto referencias e imágenes veladas bajo el ruido de las palabras, y una teoría en torno a la ambigüedad, a la acumulación de confusión por exceso de imágenes, por desborde, y la preeminencia de la percepción de las sensaciones a la comprensión del hilo argumental.

Por último, cuéntanos en que proyectos literarios estrás trabajando.

Bueno, pues actualmente tengo otras dos obras concluidas. Un poemario en el que de algún modo penetro en mi alter ego tratando de recorrer el camino titubeante que abre la duda; y una obra teatral, breve, de tinte experimental que desarrolla el drama mediante la sucesión de acciones, diálogos fallidos, y silencios sometidos al paso del tempo.

Aparte de estos proyectos, estoy trabajando en un libro de textos en prosa poética que abarca ya varias etapas de producción y debo de ir dando forma definitiva; y estoy también completando el guión de una adaptación cinematográfica de La mirada perdida, bajo la envuelta de un complejo proyecto musical, en colaboración con el músico Daniel Bascuñana García, intentando sobre todo respetar la esencia e incertidumbre propias de la novela y persiguiendo, una vez más, la implicación del “espectador” en la creación de la obra.