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Presentación del libro, El fuego del mar de María Engracia Sigüenza

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La Mirada perdida de Alejandro López Pomares por José Luis Zerón

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ju unLa editorial Celesta edita la opera prima de Alejandro López Pomares

MI NOVELA DE TRAMA FRAGMENTADA, O MÁS TODAVÍA, DILUIDA, PERSIGUE DESESPERADAMENTE LA IMPLICACIÓN DEL LECTOR EN LA CREACIÓN DE LA OBRA

José Luis Zerón Huguet

 

La madrileña editorial Celesta ha publicado en su colección letra Alef La mirada perdida, opera prima de Alejandro López Pomares (Orihuela, 1983), novela hermosa y arriesgada por su complejidad estructural y la ausencia de un argumento definido, sujeta a una multiplicidad de contextos y personajes que se cruzan y al uso de planos superpuestos y yuxtapuestos en texturas poéticas fragmentadas. Se hace difícil (diría imposible) apreciar esta novela si se trata de leerla como un texto lineal con su presentación, nudo y desenlace. No tiene nada que ver con las novelas más premiadas y reconocidas que exploran el terreno del realismo más estricto, la temática histórica o el paisaje fantástico próximo al boom del realismo mágico.

La mirada perdida es una nouvelle de poco más de cien páginas vinculada a la narrativa vanguardista. La deflagración de la estructura novelística no es un recurso nuevo. El uso del perspectivismo a través de soliloquios, flujos de conciencia, digresiones, diversos planos narrativos y de tramas, atemporalidad ficcional, etc., causará estupor y hasta rechazo en el novelista convencional o en el mero lector aficionado a la narrativa de ficción; pero no le resultará extraño a quien esté iniciado en la mecánica de la narración experimental. La mirada perdida está próxima a la escritura intrincada y especular de Borges y a la narrativa lírica y preconsciente de Las olas, de Virginia Woolf, y es igualmente cercana a la innovación cortazariana de Rayuela o El libro de Manuel, a la escritura introspectiva y metalingüística del Nouveau Roman (Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Claude Simón, Michel Butor, etc,), al fragmentarismo lírico de Agustín Fernández Mallo, al experimentalismo radical de Thomas Pynchon y al lenguaje cinematográfico onírico de David Lynch, o el de las tramas paralelas de Paul Thomas Anderson. Entronca asimismo con las características del constructivismo: dejar abierto el texto para que el lector lo rescriba con sus interpretaciones, ya que el argumento como tal no existe. El protagonista sería el discurso mismo. En este caso la lectura es una actividad constructiva compleja que se realiza al mismo tiempo en diferentes niveles de captación y percepción.

El pasado jueves 1 de febrero el autor y quien esto escribe, presentamos La mirada perdida en la librería Códex de Orihuela. Con la intención de reproducir lo que ambos dijimos en el acto de presentación nace esta entrevista.

Alejandro, has escrito una primera novela arriesgada y difícil de explicar a quien quiera saber de qué trata. Una lectura poco atenta de tu libro puede hacer creer al lector que hay dos historias inconexas: la primera una serie de fragmentos escritos en tercera persona protagonizados por personajes misteriosos, arquetípicos, que carecen de nombre propio (el hombre, la mujer, el niño, el anciano…) y la segunda unas memorias narradas en primea persona: pero si leemos con atención descubrimos que hay pasadizos ocultos que conectan una y otra. ¿Cuál es el argumento de la novela? ¿Incluye algún misterio o razón oculta?

La mirada perdida es una novela de trama fragmentada, o más todavía, diluida, que persigue desesperadamente la implicación del lector en la creación de la obra. Es una necesidad que se hace patente ante la ausencia aparente de referentes a lo largo de los capítulos. Los personajes viven su propio tiempo quedando ligados a las sensaciones y al recuerdo, por el cruce entre sus vidas, por el esplendor del instante. Reescribiendo así los espacios en blanco que, incluso, ellos mismos tienen.

Un anciano en su mecedora, un niño huyendo de sus miedos, la sorpresa, una chica y su mirada, un hombre autoexculpado, una mujer y el abandono de recorrer diariamente sus propios pasos. El paisaje. Y más allá el lenguaje, la estética, los sonidos y el silencio, la nostalgia en la piel, la rabia contenida, la soledad, el pulso de la lírica y una percepción del tiempo que nos rodea y nos devuelve antiguas miradas a los ojos. Los nervios anclados a la tierra, el agua como símbolo, un banco en el que todo se detiene, y un recuerdo que proviene de otro recuerdo y que, en cierto modo, ha perdido su origen, pero que todavía nos permite soportar este ritmo frenético que discurre por encima y nos diluye.

Dos espacios, una laguna y una ciudad, allá a lo lejos, a la que siempre volvemos y entonces invade nuestros costados y nos hace lo que somos y deshace lo que dejamos de ser. La mirada perdida es todo esto, y todo aquello, y un libro apoyado en la repisa con páginas en blanco que todavía está por escribir. Una trama fragmentada, más que eso, líquida, que persigue deliberadamente la implicación del lector, desbordado, en la creación de la obra.

Toda la obra en realidad forma una extensa red de caminos difusos, ambiguos o, incluso, líquidos, he dicho antes, que sujetan con hilos muy finos todos los elementos, cada fragmento. Con mucha atención se accede a una siguiente capa de profundidad donde la trama se evidencia en cierta medida y nos vela razones para acompañar a los personajes y sentirlos más cercanos.

¿Calificarías tu novela como un conjunto de poemas en prosa? En mi opinión, la lógica de la poesía se siente en cada una de las páginas del libro a través de recursos como la metáfora, la imagen, la sinestesia, el oxímoron… ¿Puede haber influido en la concepción de la tu novela el hecho de que también escribas poesía? Creo que hay en tu narrativa y en tu escritura poética un discurso lírico muy coherente

El lenguaje es a la vez vehículo de la experiencia y delator de la misma. La concepción de la vida se encuentra en lo que puedo decir de ella. Si quisiera haber contado unos hechos habría bastado con el uso de las palabras en su faceta más descriptiva, pero las sensaciones, que permanecen por los siglos indefinidas, requieren del lenguaje creativo y poético.

Me ha llamado mucho la atención el uso que haces del tiempo: un tiempo sincrónico, acrónico y paracrónico. No hay nada más que leer el título de cada una de las partes en que se divide la novela. En mi opinión está presente la filosofía de Bergson sobre el tiempo y los descubrimientos de la Teoría de la relatividad y la física cuántica. Por tanto, experimentas unas veces desde la atemporalidad, o desde la simultaneidad temporal y otras contemplando el tiempo como un bucle o laberinto, de manera que no hay distinción entre certidumbre e incertidumbre. 

“El tiempo es, de los inventos del hombre, el que más daño le ha hecho”, se dice en un momento concreto de la novela. Es decir, creer que hemos descubierto el misterio de la vida controlando el paso de los segundos, no es tan diferente a pensar que por esconder la basura debajo de la alfombra todo está más limpio. Seguimos dando a la casualidad ese papel tan relegado y, entonces, la incertidumbre nos sigue pesando tanto, y la nostalgia y el pasado nos piden paso continuamente, y el presente se ahoga.

Hay una alternancia del espacio natural y el escenario urbano, un tanto espectral. Aunque la naturaleza está mucho más presente. Por otra parte, hay un amplio contenido sensorial y destaca especialmente una mirada atenta, escrutadora. ¿Tiene que ver la presencia de la naturaleza y la agudeza visual con tus estudios (eres licenciado en Biología por la Universidad de Alicante y en Antropología social y Cultural por la UNED) y por tu afición a la fotografía? De hecho, la sugerente imagen de la portada del libro es de tu autoría. Por otra parte, eres un lector curioso y voraz que abarca, además de la literatura otras ramas de las artes y del saber.

Los primeros textos de la novela fueron escritos en un periodo en el que realizaba estudios de investigación en humedales de la provincia de Alicante. Lagunas inmensas que albergaban poblaciones de miles de aves. Con el tiempo tocaría otros temas como el conocimiento tradicional en las poblaciones rurales y la percepción del paisaje, que también tendrían su influencia. Pero antes, durante meses tuve que mostrarme a las 5 de la mañana, previo al amanecer, ante aquel escenario tan sobrecogedor. En cuestión de minutos se abría la mañana acompañada por el estruendo del graznido multitudinario. Pero no fue tal experiencia, sino la espera previa, la tensión del silencio, largo y extraño, la que me abrió una brecha. Y la mirada, la de ese ánade que se queda ante tus ojos y te hace sentir que estás viendo algo muy antiguo, algo que lleva repitiéndose miles o millones de años. Y entonces tú eres tan pequeño. No sé, esa sensación de extrañamiento, de “choque cultural” tiene algo de pulso interno, de renovación. Y entonces me vi forzado a escribir, a escribir lo que sentía. Pero de algún modo, me llevó a experimentar con distintas voces, es decir, tomar esas sensaciones desde la piel de un niño, de un anciano, de una mujer. Lo que no sabía es que estaba construyendo una novela.

Pasados unos meses lo releí todo seguido, y aunque al principio no eran más que relatos dispersos e independientes, los fui vinculando, y ella misma me fue revelando la conexión profunda que existía entre todas las partes. Se fue tejiendo y recolocando y evidenciando de forma, digamos, natural. Respeté la estructura original, pero entonces desplegué sobre el texto referencias e imágenes veladas bajo el ruido de las palabras, y una teoría en torno a la ambigüedad, a la acumulación de confusión por exceso de imágenes, por desborde, y la preeminencia de la percepción de las sensaciones a la comprensión del hilo argumental.

Por último, cuéntanos en que proyectos literarios estrás trabajando.

Bueno, pues actualmente tengo otras dos obras concluidas. Un poemario en el que de algún modo penetro en mi alter ego tratando de recorrer el camino titubeante que abre la duda; y una obra teatral, breve, de tinte experimental que desarrolla el drama mediante la sucesión de acciones, diálogos fallidos, y silencios sometidos al paso del tempo.

Aparte de estos proyectos, estoy trabajando en un libro de textos en prosa poética que abarca ya varias etapas de producción y debo de ir dando forma definitiva; y estoy también completando el guión de una adaptación cinematográfica de La mirada perdida, bajo la envuelta de un complejo proyecto musical, en colaboración con el músico Daniel Bascuñana García, intentando sobre todo respetar la esencia e incertidumbre propias de la novela y persiguiendo, una vez más, la implicación del “espectador” en la creación de la obra.

CRUZAR EL CIELO de ADA SORIANO (por Rosario Troncoso) en La Galla Ciencia

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CRUZAR EL CIELO 

ADA SORIANO

POESÍA Y SORTILEGIO (Celesta, 2016)
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Me quedé dormida y al despertar asistí al alumbramiento.

Este poemario llega a mis manos a través de un poeta magnífico, José Manuel Ramón, cuyo poemario La Senda Honda, también tuve la oportunidad de reseñar. Y Ada Soriano, poeta de Orihuela, ha sido para mí otro descubrimiento muy grato.

Cruzar el cielo, es uno de esos libros distintos, que se recuerdan siempre, no por la calidad de sus poemas, que también, sino porque algunos son verdaderos hallazgos, como el que da nombre al libro, y otros, como De Vuelta, Viaje o Mariposas.

El latido de Sylvia Plath está presente en la forma de escribir de Ada Soriano, y convierten este puñado de bien hilados poemas, en una suerte de conjuro oportuno bien cocinado. Una poética forma de acercarse a una realidad propia, un universo personal, a través de los ojos de la poeta, a cuya poesía me he acercado precisamente por este libro, y a la que procuraré no perder de vista, para asistir a la evolución de su poética.

Construyen Cruzar el cielo, diecinueve poemas mágicos, cosidos a mano. Y aunque no suelen ser de mi agrado personal los poemas excesivamente largos, sí que me ha llamado la atención la coherencia interna, incluso la voluntad narrativa de alguno de ellos. Uno de mis favoritos, El despertar de la memoria, es una evocación onírica del recuerdo. Emocionantes y poderosas imágenes:

Y me hallé de nuevo en aquella casa 

con su escalón de siete pulgadas. (…) 

Recuerdo la vieja escalera, 

la que conducía al altillo, donde yacía 

la pizarra con una ecuación ya resuelta. 

Nosotros, vamos resolviendo ecuaciones, resolviendo la vida, avanzando, quizás, huyendo de ella. Es este el enfoque. Es posible. La búsqueda de un asidero, en la corriente del tiempo. Es justo lo que ofrece Ada Soriano. La invocación de los elementos, de las estaciones, de los ángeles, de la luz y la sombra, el amor, la locura, el miedo en la incertidumbre. Del posible refugio al desvalimiento.

La lectura de este poemario sin duda, provoca en el lector cierto desasosiego. A pesar de no ser precisamente vitalistas, irradian luz desde el interior, y esta claridad aleja a esta autora, radicalmente, de la voz de Sylvia Plath, o Anne Sexton,  aunque se rinda a las poetas suicidas un sincero homenaje en poemas como Te amo, en el que no se esconde una apasionada fascinación por la desesperación, por el anhelo de abandonar un mundo demasiado complicado. Ada, sin embargo, ofrece en sus versos fórmulas para sobrevivir, a la agorafobia, al peso de lo cotidiano, y se me antoja que a la asfixia en el mundillo literario, también.

Lo vemos en el poema Hacia la concreción:

No se ama cuando se hurga en los contenedores de la fama 

para sentir el roce del halago y el sabor de la popularidad.

Desconozco el bagaje de Ada Soriano, sus lecturas de base, pero posee un lenguaje, una voz propia, bien definida, distinguible en el ruido, en la multitud. Y siempre es de agradecer que sea posible encontrar, en una autora, precisamente lo que se busca. Lo que se espera. La imagen de vuelta como en un espejo. La empatía, solícita, que reconforta la existencia.

Cruzar el cielo, es un libro digno. Un buen poemario para degustar con tranquilidad, pues agita los mecanismos internos. Poesía bien estructurada. Formas, bien acabadas, desde el punto de vista de la técnica de una autora que sabe lo que hace y lo que escribe, y ha trazado bien el camino para llegar al momento justo, al lugar deseado. Esos recovecos del alma, donde aún, es posible sentir el calambre, el temblor de la más pura emoción.

Entrevista a Rafael González por Ada Soriano

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Rafael González: ‘Se escribe para saciar un ingenuo afán de demiurgos, para exorcizar la soledad’

Rafael González reivindica, a través de su editorial, la no dependencia de criterios ajenos, asegurando además que “se sobrevive con bastante trabajo y mucha fuerza de voluntad”2016120922312924468

Portada Siempre la feria.
Portada de Siempre la feria.

 

Detallo a continuación las últimas publicaciones correspondientes a las  tres colecciones que componen la editorial Celesta:

Colección Piel de sal (Poesía): Arturo Rodríguez-Segade, Farolas. Rafael González Serrano, Leves alas al vuelo. Ada Soriano, Cruzar el cielo.

Colección Hidra azul (Traducción): Francisco de Quevedo, Medulas y ceniza. Fernando Pessoa, Las voces que me dicen.Thomas Stearns Eliot, La tierra baldía.

Colección Letra alef (Narrativa): Manuel A. Martínez, Olaf el blanco. José María Piñeiro, Pasajes escritos.

 

— Rafael, ¿qué te motivó a crear una editorial?

— La idea llevaba rondándome la cabeza desde antiguo, y tras mis primeras experiencias de publicación, poco satisfactorias, me decidí. La independencia, la formalidad y la estética serían mis pautas de actuación. O sea, no depender de criterios ajenos; que los plazos de edición se cumplan (mi primera publicación estaba prevista salir en un año y lo hizo al siguiente); que las medidas, tipo de letra, gramaje, colores, diseño, etc. del libro sean formalmente de mi agrado. Pensé así en editarme adecuadamente, mas también en publicar autores cuyas obras me gustasen (actuales y, sobre todo, clásicos) bajo los mismos supuestos ya indicados.

— ¿Cómo crees que es posible la supervivencia de Celesta en un mundo editorial tan competitivo y, por qué el nombre de Celesta?

— Aunque tengo claras las exigencias en cuanto a la selección de los textos y a la forma de ser editados (lo más perfecta posible), puede decirse que Celesta es una editorial “no profesional” (lo que no implica en absoluto prescindir de la calidad), en el sentido de no vivir de ella y de que es ajena a la competitividad del mundo editorial. Lo que no aceptaría para ella es la definición de “marginal”, pues quiero que mis libros tengan la mayor difusión posible, si bien sé que el circuito por el que se pueden mover los mismos, por su propia condición, es limitado: al no ser “comerciales” no pretendo que se vendan masivamente. Y se sobrevive con bastante trabajo y mucha fuerza de voluntad.

El primer nombre iba a ser otro, pero me topé con la oposición de una poderosísima editorial que, a fin de cuentas, sólo tenía una colección de nombre parecido. Por no pleitear, y acordándome de Béla Bartók, se me ocurrió el término “celesta”, de obvias resonancias musicales (y la poesía en buena medida es música del lenguaje). Así que en esta ocasión la Oficina Española de Patentes y Marcas no puso impedimento a que la registrase como Celesta.

— ¿Qué ofrece tu editorial?

— Creo que un trato bastante personalizado –y paciente– con los autores, obras bastante dignas en cuanto a la calidad (esto es indiscutible referido a los autores clásicos), el máximo de perfección formal para tratarse de pequeñas tiradas. En cuanto a lo editado: la oportunidad ofrecida a autores noveles de valía, la confianza en los más experimentados y la indiscutible apuesta por los clásicos consagrados.

— ¿Qué proyectos tienes de cara al futuro?

— Si jugamos un poco con la superstición esa de que más vale no decir algo no vaya a ser que se tuerza, tendría que callarme; pero diré muy vagamente que sí, que hay varios proyectos: un poeta brasileño, clásicos de los siglos XIX y XX, etc.

— En tu blog De turbio en claro das noticia de poetas poco conocidos a través de reseñas muy elaboradas. ¿Qué satisfacciones te reporta esta labor?

— Empecé hace siete u ocho años reseñando libros de poesía. Me impuse una norma: que fuesen extranjeros (no de lengua española), del siglo XX y ya fallecidos. Han sido autores que había leído –algunos incluso hace veinte o treinta años– pero también hay otros que he ido descubriendo al hilo de esta tarea. Y sí, los ha habido muy prestigiosos (premios Nobel incluidos), u otros minoritarios (pienso en Ponge o Larbaud, por ejemplo). La actividad ha sido enriquecedora por un lado, pero también un tanto laboriosa, pues me obliga a dedicarle bastantes horas todos los meses: la lectura, la búsqueda de estudios (a veces, difícilmente localizables), la propia escritura del artículo. No sé hasta cuándo llevaré a cabo esta ocupación pero, en cualquier caso, me ha servido para tener una visión más amplia y profunda de la producción poética de la cultura occidental.

— ¿Qué opinas de la poesía actual?

— Supongo que te referirás a la española. Pues no tengo una opinión clara: me da igual lo de las capillitas y los grupos, no sé si es un periodo yermo o plagado de genios, lo de las ayudas oficiales me da grima, lo de ciertas promociones asco, lo de los premios… Sólo sé que hay poetas que me gustan y otros que no tanto (o nada). Poetas se llaman –o nos llamamos– cientos (o miles), pero no creo que se estén alcanzando los niveles creativos de los siglos XVI o XVII.

— ¿Cuáles son tus referentes?

— Por mis estudios académicos, primero leí los clásicos españoles con cierta metodología. Luego he leído a bastantes autores de manera mucho menos sistemática (españoles o extranjeros). De mi primer libro –terminado en 1985, y publicado muchísimo después– diría que tiene ciertas resonancias de Salinas y Cernuda; luego he procurado irme apartando de influencias evidentes, aunque seguro que voces ajenas resuenan en mi interior.

— Eres autor de una novela que lleva por título Siempre la feria, que se puede leer igualmente como crítica satírica y mordaz o un ensayo disfrazado de ficción, cuyo protagonista es un escritor que reflexiona sobre su propia obra y el mundillo literario. ¿Qué hay de Rafael González Serrano en esta novela?

— Aun a sabiendas de que el “Madame Bovary c’est moi” sea apócrifo, a la par que un tanto hiperbólico (mas “se non è vero, è ben trovato”), no puedo negar que hay parte “de mí” y de mis opiniones en esa voz literaria. Pero también hay un homenaje a un autor con quien he disfrutado bastante, un proyecto textual elaborado (estructura, referentes, estilo), una práctica de escritura tan laboriosa como lúdica, etc.

— Concretamente, en la página noventa y ocho, el personaje se plantea cuatro preguntas sobre el proceso de escritura. Yo he seleccionado dos de ellas: por qué se escribe, y para qué se escribe.

— El propio personaje habla de necesidad, vocación o, incluso, vanidad. Pero obviamente lo hace con ironía, pues los califica de tópicos. Y sí, se escribe para expresarnos, para darnos a conocer aún dentro de un reducido círculo (afirmarnos y así refutar la uniformidad), para saciar un ingenuo afán de demiurgos (al tenernos por creadores), para exorcizar la soledad; y, en definitiva, para entender la realidad y conocernos a nosotros mismos, aunque suene demasiado pretencioso.

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Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela en 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Autora de dos plaquetas y cinco libros. El último, Cruzar el cielo, ha sido editado recientemente por la editorial Celesta. Colabora en MUNDIARIO

CUANDO CRUCÉ EL CIELO CON ADA SORIANO, por Fernando Pastor Pons

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http://politicea.blogspot.com.es/2016/07/cuando-cruce-el-cielo-con-ada-soriano.html

 

Cruzar el cielo

En ocasiones, se tiene la suerte de conocer personalmente a poetas cuya sensibilidad nos toca en nuestro más profundo interior; poetas que unen, a una obra ya sobradamente asentada y reconocida entre la crítica, una forma tan hermosa de ser, que hace palidecer a esos otros tan pagados de sí mismos y de su propia egolatría y vanidad que muestran una disidencia absoluta con su obra y de los que, lo mejor que puede uno hacer, es olvidar a la persona y centrarse en lo escrito porque, la persona, apesta por sus bajos valores personales.

Pero, como digo, hay esas maravillosas excepciones y, sin dudarlo, la poeta Ada Soriano (Orihuela, 1963), que fue Premio Nacional de Poesía “Montesinos 2000”, codirectora de la revista de creación “Empireuma” y autora de poemarios como ‘Anúteba’ (Ed. Autor, Orihuela 1987); ‘Luna esplendente o sol que no se oculta’ (Ed. Empireuma, Orihuela 1993); ‘Como abrir una puerta que da al mar’ (BB.PP. Fernando de Loazes, Generalitat Valenciana, Orihuela 2000); ‘Poemas de amor’ (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010); ‘Principio y fin de la soledad’ (Cátedra Arzobispo de Loazes, UA, 2011) une al hecho de ser una excelente poeta la feliz coincidencia de una personalidad y carácter acorde con su poesía.

Es por ello que, al llegar a mis manos su último poemario ‘Cruzar el Cielo’ (Ed. Celesta 2016 – ISBN 9788494391033) me he regodeado en el poemario. Como el oso glotón con un panal, así he disfrutado ‘Cruzar el Cielo’. No sólo lo he leído repetidas veces sino que, además, gracias a una grabación que me enviaron de Ada recitando varios de los poemas en la presentación que hicieron de su libro en Orihuela, he podido releer aquellos textos a la par que escuchaba el recitativo lo que me ha permitido entrar un poco más en los recovecos de la autora y captar sus inflexiones, sus silencios, su respirar con cada palabra. Como digo, miel a mis labios adustos. Así que compartiré contigo, que has dado en tener el detalle de leer estas mis insípidas palabras, mi experiencia, mi sentimiento del poemario; no un análisis sesudo e intelectual que dejo a los críticos sino la visceral, la sanguínea que refleja lo que he sentido como lector y poeta; así que perdona de antemano la extensión, porque comentaré muchos poemas y, de los que no comento, no es porque no me atraigan sino porque reiteraría lo ya dicho en otros y por contenerme un poco (eso sí, poquito…)

No se cómo lo ven los críticos u otros poetas pero, para mí, el primer poema del libro me parece que debe ser como el primer párrafo de un relato, debe ser la trampa, el anzuelo, que enganche al lector. En ‘Luna de Invierno’ cuando arranca Ada con:

“Aquella vez estabas tan cerca que pude sentir
tu aliento gélido y contemplar la mirada irónica
de tus cicatrices”

inicia con tan buen oficio el poemario que uno se relame con epicúreo placer; y luego:

“Quedaste atrapada entre los brazos de un árbol
y lo nombraste rey ante los desolados cañaverales
Así, encajada, parecías distinta.”

Esa figura, esa imagen poética y fotográfica, de la luna brillando entre las desnudas ramas del árbol, es bellísima y me conmueve; y el “encajada” que tan bien refleja y fortalece la figura del primer verso completa un inicio exquisito que se completa con esa referencia a la mítica Avalón celta que nos traslada a tiempos y lugares indefinidos, oníricos, épicos y dice: “querrían para ellos el aroma / de tu cuerpo afrutado”, lo que me devuelve a otra imagen bellísima del amor cortesano y a la ligereza de un verso lleno de sensualismo y erótica (¡eso también!) Un poema bellísimo.

No menos bello me parece ‘Rocío del Mar’ con esos paralelismos entre el mar, las olas y la espuma y el amor “vertiendo en su extensión rocío” que menciona en I; o cuando en II hace ese paralelismo tan hermoso y sensual con la espuma, las algas, el caballito de mar y, finalmente, ese alumbramiento del sol, hermoso retoño de un amor prohibido; en III me parece muy bella la imagen de la mariposa sosteniéndose en su agitada fragilidad; y en IV, por fin, esa ceremonia, esa procesión de los animales, a modo de corolario, podría confundirte y parecer el final de ‘Rocío del Mar’ error que no ayuda a evitar el que V y VI estén en la contra página pero, entonces te encuentras con:

“Hay un momento en que la luz comienza
a desvestirse, al igual que la llama no sobrevive a la vela”

que me vuelve a extasiar y lo leo y lo releo y lo subrayo con el lápiz y lo vuelvo a leer y pienso “¡qué imagen más bella!” y acabo “en la melancolía que destilan los ojos de la luna” y mi corazón se llena de esa melancolía que tantas veces he vivido como vive la casa que menciona la poeta; y ¡qué decirte de VI! con:

“…esa nube que se arrastra con cautela imitando el paso de la /culebra,
y se acerca a la luna y la rodea con su forma de cinta.
En su aparente quietud acaricia el cuerpo desnudo…”

donde se crea una tensión lírica tan penetrante, es una imagen tan expresiva y tan bella que resulta ¡de nuevo! sensual e intensa y me hace percibir mi epidermis y expande un sentimiento de placer y gozo en mi pecho. Ya sé que suena exagerado, pero es lo que hay; es lo que siento con su lectura cada vez que lo retomo.

En ‘El Beso’ ese “Tus labios y mis labios desnudos encontrándose” del inicio siguen marcando, a mi modo de ver, una línea conductiva del poemario. Es un verso bellísimo que me retrae a nuestro barroco por su construcción y me vuelve a hacer suspirar con emoción. “Mi boca bebe de tu boca o Mis labios y tus labios inmersos en su creación, / se alejan del mundo” son versos que me producen iguales sensaciones por su belleza y porque no sigue caminos trillados de la poesía amatoria.

De ‘Venus Cabalga Sobre el Arco de la Luna’ no hablaré mucho porque me magnetiza demasiado y esa sensualidad, usada para expresar tres cosas diferentes, desde la propia figura poética de Venus y la luna, la de la labor creativa del artista o la del amor físico y animal, me parecen de un nivel creativo altísimo y de una tensión sensual tremenda. Me encanta.

En ‘Ceremonia Interior’ me hechiza esa imagen del colibrí como violentador (digo bien al usar una palabra no aceptada por la RAE), consentido o no, de la fragilidad de las corolas de la flor y esa declaración de individualidad del “Sólo yo soy dueña de mis cataclismos.” que es un grito de esta excepcional poeta revelándose contra el mundo, contra la sociedad que la oprime y que la encorseta y juzga por ser eso que nos hace únicos, que es la humanidad y que implica el ser contradictorios, el ir contra nosotros mismos, el cometer acciones que no queremos que sean conocidas por los demás, etc.

En ‘Mariposas’ me embruja toda esa descripción del proceso. No sé si se trata de un paralelismo o es meramente descriptivo porque cuando dice “La princesa, recluida, crece dentro de su torre…” a mí me trae a la mente el propio yo de la poeta, recluida en sus propias maldiciones, en sus monstruos. No se si es así o me equivoco pero, sea o no sea, me encanta su “Rozar el cielo es su ambición. / Conseguirlo, un desafío” y me suena muy personal. ¡Ah! ¡Y ese sol ayudando como comadrona, bella y acertada imagen de la que congratularle!.

En ‘Una Tarde de Primavera’ me ha atraído el juego de palabras con amor, Omar, Mario, mar y río y ese bello:

“Morir en ti bajo los pilares de tu cuerpo
morir en mi ocupando mis espacios”

En ‘Te Amo’ que me parece una Declaración formal de sus amores, disfruté con ese argumentario de porqués y cómos de sus filias.

De ‘La Espada del Arcángel’ me atrajo esa “satanidad” que nos atribuye Ada al hacernos hijos del “deslenguado, el lascivo, el lujurioso” aunque no es mi poema favorito por sintonía personal, por temática, no por ninguna otra razón, no deja de parecerme excelente.

En ‘Agorafobia’ me gusta ese arranque con “Cuando el viento arrecia con aullidos de lobo / el viento se apelmaza” me parece una expresión muy agraciada y muy acertada; al leerlo, te parece escuchar esos lobos aullando en la lejanía y la imagen se ha fijado en la mente ya de forma definitiva.

De las descripciones de ‘Viaje’ me atrae especialmente la de esa roca que, “saciada, le devuelve el agua espumosa” y me queda la pregunta en cuanto a qué ciudad se trata; me magnetiza la descripción.

Otro hermosísimo ‘Carpas en el Río’ donde la prosopopeya de “El río se ha resignado a vivir entre paredes de cemento” o las metáforas de “Reptil que arrastra una capa de fango, / lazo que cruza la ciudad con ritmo pausado” me parecieron muy sugestivas y volvieron a hacerme parar y releerlas varias veces. Y luego ese:

“Hay restos de naranja flotando en la superficie.
Toman el sol, aun sabiendo que perdieron su virginidad.
Ya no recobrarán su tersura.
No alumbrarán los cestos de mimbre.
Ahora son un festín para las carpas hambrientas…”

Ese paralelismo con la virginidad me empuja a entender que las naranjas flotando son las personas que, perdida la inocencia, caen en manos de los devoradores, las sanguijuelas sociales y emocionales que nos absorben. Seguramente, uno de mis favoritos.

De ‘Hacia la Concreción’ además de ese ubi sunt que revuela por el poema (tema que siempre amo y al que soy adicto) llegados a versos como:

“Quedaron lejos las diosas, en sus altares,
sin celebrar la dignidad de lo cotidiano”

y ese “No se ama cuando se hurga en los contenedores de la fama” me hicieron meditar sobre lo que refleja el poema y las preocupaciones que plantea.

De ‘Una Ciudad del Sur’ me encanta ese “Piedras blancas como ovejas dormían / sobre la aspereza de las montañas” y uno se pregunta si habla de Sierra Nevada, si habla de El Albaicín o de otro onírico paralelo; o esos autobuses “dejando una estela de rojo londinense” o cuando afirma “La puerta del paraíso está abierta: una ciudad sometida a otra ciudad” son imágenes e ideas que me hacen especular; releo los versos y me embeleso con la descripción de esos micros granadinos o, me pregunto, si esa puerta del paraíso que está abierta es la que conozco de acceso a la Alhambra, cerca de Plaza Nueva; o esos “leones estáticos durante siglos” que te miran o te rehúyen la mirada, beodos, hastiados de beber y llenos de odio; o la visita a la casa de Federico, parada obligada para los que amamos la poesía; y por fin, ese volver a “aquellas piedras blancas, con su disposición de ovejas” que son el corolario del poema y de las que, cuando dice:

“Conservaban la pureza de no haber sido
manipuladas ni estudiadas”

no podía evitar al recordar que en ‘Carpas en el Rio’ Ada nos habla de otra pureza, virginidad, en ese caso perdida, que es la de las cáscaras de naranja, esas mondas que flotan en las aguas.

En ‘Atardecer en una Plaza’ me llamó enseguida la atención dos versos:

“Farolas de luto la escoltaban.
Soldados de la guardia real al servicio de los viandantes”

Agraciada metáfora con esas filas perfectamente alineadas como militares de gala en día de desfiles. “El tiempo es un ogro que peca de gula” para expresar la brevedad de la vida y la rápida transición de las eras y que “se va devorando a sí mismo” y ese “pisando a la inversa” que expresa el regreso sobre tus propios pasos de forma tan acertada.

Me imagino que ‘Cruzar el Cielo’ es un poema importante para Ada pero no está entre mis favoritos; aun cuando me llaman la atención algunos versos, como los que dicen:

“Comenzaste temprano la tarea de asomarte al vacío
y a la blanca condición del folio ”

Y ello porque, en mi propia poesía, siempre hablo de ‘el papel virgen’ al referirme a esa sensación de vértigo del creador. Me gusta mucha la imagen porque es poderosa y retrotrae a esa sensación de vértigo, de mariposas en el estómago. También, “…tu orfandad fue el principio de tu nueva ideología” o cuando dice “…el dolor es un espacio sin contornos” que me obliga a detenerme y a releerlo, a masticarlo y decirme: “Si. Es eso; es así”; o cuando dice “…El mar es el aliado perfecto para quien sabe de temores” porque a los que somos costeros, ese verso no nos resulta descubridor sino cotidiano, imbricado en nuestro ADN.

De ‘Nonagenaria’ me encantan versos como “Ha decidido prescindir del futuro y vivir con su pasado” que refleja esa condición, no sólo de los ancianos sino, en casos como el mío particular, un locus amoenus del propio ubi sunt. Así cuando dice “toda una memoria guardada y precintada” me parece una pulcrísima manera de expresar esa condición de embeleso en que nos refugiamos; además, me crea una cierta tristeza cuando dice:

“Todavía es consciente
todavía hay belleza en ella.”

y me hace preguntarme si la belleza es algo emanado de la mente, de los recuerdos y de la conciencia. En fin, bello; muy bello.

En ‘El Despertar de la Memoria’ ese desdoblamiento que hace Ada o, como he expresado yo mismo en mis poemarios, esa consciencia superior, lo o la consigue cuando vuelve a usar para sus metáforas las acequias y los cañaverales que forman parte, también, de mis recuerdos de infancia y juventud (soy más almeriense que madrileño pese a haber nacido capitalino) y las menciones a las acequias y los cañaverales, mecidos a la brisa, contoneándose, vibrando, engrandecen mi corazón y me traen muchas nostalgias del mi pasado. Dice Ada:

“Y me hallé de nuevo en aquella casa
con su escalón de siete pulgadas”

Mientras que yo digo:

“El viejo caserón sigue allí tenso,
pero no dice nada: nunca lo dijo.
Siempre fue un silencio profundo en mi interior.
Un galimatías de esperas muertas
entre un viaje y otro”

O, en otra ocasión:

“Pervive aún la vieja pensión cutre
en la que un día durmiera,
por vez primera, en tu regazo:
La puerta carcomida y repintada,
la empinada escalera,
la negrura interior y el vapor del olvido;”

Y entonces creo entender ese sentimiento de la casa con su escalón de siete pulgadas porque Ada recrea mis propios recuerdos y retrae dulzuras olvidadas hace muchos años. Así nos cuenta que:

“Recuerdo la vieja escalera
la que conducía al altillo, donde yacía”

¡Cuántas soledades me traen esos versos!¡cuánta nostalgia y cuánto daño por la pérdida de esa aetate aurea!

Llegando a ‘Vuelta’ debo decir que me parece un hermosísimo homenaje. No tengo memorias de mi padre que murió siendo yo un recién nacido pero me gustaría que así fuesen los recuerdos que mis hijos tuvieran de mí.

“Vuelve a cantar la de El Bardo, papá,
la de El Bardo”

Es como un acorde de viola o chelo, largo, majestuoso, nostálgico y doliente.

En fin, espero no haberme pasado con la extensión. Si es así, querida lectora o lector, disculpa mi entusiasmo pero la culpa es suya, sólo suya, por crear este poemario tan pulcro, tan acertado, tan bello, que destila tantísima lírica. Podría seguir dándote pinceladas de cómo lo he sentido pero creo que ya he dado pinceladas de más; sólo decir que “Cruzar el Cielo” estará en un lugar especial de mi biblioteca y de mi corazón y que recomiendo seriamente que lo busques (te he puesto hasta el ISBN al inicio del tercer párrafo) lo consigas y disfrutes de esta voz privilegiada de la poesía levantina y española. No debes perdértelo.

@Fernando Pastor Pons 2016Pastor Pons, Fernando 006

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EL CIELO DE ADA SORIANO, por Elías Cortés

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©Lorena Aniorte Pagán

© Lorena Aniorte Pagán

Hace algún tiempo leí un poema inédito de Ada Soriano titulado “La espada del Arcángel”, que me envió José Luis Zerón y al que, todavía masticando el desconcertante sabor acerado de los versos y con mi alma de inocente dragón a la defensiva, le comenté lo siguiente: “Ada tose una soledad de palabras que refulgen como espadas de arcángeles mientras hieren nuestro asombro”. Dichas sean estas intimidades con perdón de la mesa.

Hoy, tras beberme el libro “Cruzar el cielo” –donde aparece en toda su gloria el inquietante poema arriba aludido-, sigo pensando que las incisorias palabras de Ada, las tantas veces perturbadores versos de Ada nos abren el pecho en canal, en tanto cauterizan oscuros rincones del alma para hacer sitio a preguntas insomnes, sólo aliviadas por una desesperada certidumbre de que tienes ante ti lo bello:

“Oh, San Miguel, Arcángel de las cohortes celestiales,Cruzar el cielo

Siempre con la espada desenvainada,

Dispuesta para el duro combate.

Querías la gloria a cambio de eliminar a Satanás,

El deslenguado, el lascivo, el lujurioso.

Dicen que lo derrotaste, que lo arrojaste a la tierra.

¿Somos acaso sus descendientes?”

Aunque suene a pedantería muy lejos de mi ánimo, me apetece manifestar, mejorando lo presente, que si esto no trasciende el famoso diálogo platoniano del “Hipias Mayor” entre el sofista Hipias y el gran Sócrates acerca de la belleza (no resuelto acertadamente por ninguno de los dos, creo), que venga San Miguel y lo vea. Pero sin espada.

Lo cierto es que estas páginas que acabo de leer, estos poemas que he podido ver, tocar, oler, oír y saborear en toda su intensidad y calidez no sólo han despertado las mariposas que llevo dentro, sino que también me han dejado un amargo regusto de felicidad contenida ante la certeza de las dudas que plantea la autora: Esa aparente fragilidad que intenta encubrir a una mujer de armas tomar. Y no me refiero a nada bélico, sino a esas palabras suyas que acometen el espíritu de uno con el sabor a manzanas melancólicas y a rocío de mar de sus lunas irrepetibles; que nos movilizan ante la soledad, las ocasiones perdidas, las fobias sensualmente sublimadas:

“Nada que temer.

Pasará el vendaval por encima de nosotros,

Y el cielo, desinfectado y preparado,

Abrirá su vagina azul sobre el horizonte.

Expulsará la primera luz y mostrará su parto cósmico”.

A esto hay que añadir que siempre nos quedará el sol y esa canónica concupiscencia que nos acercan a la tierra, a los miedos refrenados por la eterna esperanza: Ese viaje al colosal cemento de Benidorm, a la geometría quebrantada por la leyenda sobre el caballero que ofrece, dando un tajo al pico de la montaña, un cacho más del astro rey para que arrope la agonía de la amada, y que concluye en una roca herida de espuma y azul:

“La roca, en la singularidad de su forma,

Alzó sobre el horizonte un ángulo.

División de azules”.

En la llamémosle metaempatía que, como tantos otros intento cultivar, junto a mi interés por identificarme con la autora, no puedo evitar dejarme arrastrar hacia las estrofas, introducirme en los versos de sus poemas y, aparte de lo ya dicho, me fijo en el tiempo, en las horas que pasan, en la vida que transcurre tras ellos a pesar de todo:

La suerte estaba echada.

El tiempo es un ogro que peca de gula”.

Porque si para algunos el tiempo es oro, para los poetas es una lenta tortura que conduce desde la profundidad insufrible del folio en blanco, hasta la laxitud pecaminosa y triunfal de haber concluido victoriosamente la búsqueda de sueños fantasmagóricos, pero cotidianamente pertinaces y tentadores: Ese amor a las cumbres, al verano, al mar, al hombre, a tantos poetas, especialmente a los suicidas con Sylvia Plath a la cabeza… A esto Ada Soriano, mientras nos invita “a respirar el sol de la tarde”, nos desplaza hasta los juncos y cañaverales perdidos, pero que están siempre ahí para trasladarnos al comienzo del mundo; a la “triste historia de un payaso y su chica de alto rango”, a “los tangos y boleros que disuelven el frío/ de las crudas noches de invierno” y a la Casablanca de “tócala otra vez, Sam”. Perdón, quiero decir a ese maravilloso final de “Vuelta”:

“Vuelve a cantar la de El Bardo, Papá,

La de El Bardo”.

Entremedias, la insistente memoria cuajada de humanidad filial, de ternura, de susurros:

Yo era Blancanieves sin madrastra (…)

Y mi padre era el héroe. Mi padre era una torre

De enanos superpuestos, un hombre alto”.

¡Ay!, ese anhelo de padre y de infancia. ¡Ay!, el regreso. Siempre el regreso –eternamente Íthaca- al tiempo de mecedora y canciones a través del camino de las palabras calientes, de la íntima y firme impresión de la autora de ser sólo ella dueña de sus cataclismos cuando, en una relación mágica, el que más y el que menos también los hace suyos, y de la misma manera naufraga sin remedio en sus sueños.

Finalmente necesito decir que esta mujer ya me hirió de muerte con sus obras “Poemas” de amor” y “Principio y fin de la soledad”, pero tengo que resistir; quiero seguir visitando esas lunas suyas tan ardientes, y bañarme en sus mares y en sus lluvias, pues, al leer este libro observamos que Ada nos agita ocasionalmente en la ambivalencia de enfrentarnos a un amor intenso hacia la vida, por una parte; y por otra, con un mínimo equipaje, a la muerte adelantada: “un cepillo de dientes sin usar/ ropa bien doblada y ordenada”. Sin embargo yo me inclino con rapidez por negarme a cruzar el incógnito cielo de Sylvía Plath. Que espere Sivvy tranquila en sus galaxias de esplendor y angustia ya reparada. Prefiero el cielo de Ada Soriano y sentarme al acecho de los próximos libros con que ella me endulzará ácidamente el alma. Al mismo tiempo aguardaré resignadamente, confiando que se retrase mucho, a que llegue el cartero “con su irremediable sorpresa”.

Cruzar el cielo. Editorial Celesta, Madrid, 2016

Elías CORTÉS

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