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Sobre La semilla de óxido, de José Luis García Herrera, por Javier Puig

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La semilla del óxido, de José Luis García Herrera, Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017, y publicado por Devenir, nos ofrece una poesía torrencial, profusa en imágenes que, sin espacios vacíos, con apenas pequeños detenimientos, sostienen lo inexplicable, barruntan lo que no se puede postergar, la incidencia del yo, el pronunciamiento biográfico. Sus poemas están concebidos desde la irrupción en “el tiempo lento de las confesiones.” O no tan lento, porque los poemas avanzan con fluidez, pletóricos de palabras, desde una aparente facilidad que no es precipitación sino la honestidad de atender el sentimiento más acuciante y consolidado. Transitan a través de sus versos palabras clave como: óxido, cristal, hielo, memoria, muerte, lluvia, olvido, fracaso, agua…
Estamos ante un viaje que da como resultado la composición de amplias representaciones de lo que aún se ha sido, mapas que no nos indican los espacios sino las solicitudes del tiempo: “En esos momentos de luz interior/ escribo varias notas desordenadas:/ mínimos apuntes/ surgidos de la emoción del instante.” Es el recorrido largamente introspectivo: “Conozco mis limitaciones, mis heridas, mis derrotas.” Y es que hay una preponderancia absoluta del yo que busca el nítido reflejo en la sucesión de unos versos obstinados, un continuo juego en torno a la propia identidad, un enfrentamiento con los sucesivos motores del ser, a veces confusos para el hombre vehemente: “Perdí la vida buscando a aquel que no fui.”
Nos encontramos ante una poesía testimonial, el autorretrato de unos precedentes que se arrastran. Se trata de consignar los acumulativos resultados del ser a través del repaso de actos que a veces fueron fundacionales. ”Solo sé que anhelo conocerme a mí mismo”, y todo este poemario es un ejercicio de acercamiento a la consecución de esa meta. Aunque pueden ser muy duras las miradas hacia las imágenes retrospectivas y su postrera valoración: “Me he equivocado demasiadas veces”. La vuelta al suceso interior a veces es amarga: “Regresar a la noche de ayer es tributo al fracaso”. El poeta vive “ebrio de temor y dudas”, “con los pies en los gélidos eriales de la nada/ al borde las oscuras aguas del fracaso”. La idea es asumir la tal vez necesaria existencia de la derrota: “Construyo mi derrota, con esfuerzo,/ y copio mi soledad en todas las horas que perdí.”
Esta poesía no está exenta de la contradicción resultante de estar muy viva. Así, cuando habla de sí misma, de su propia pertinencia. A veces, el logro de los versos es insuficiente agarradero: “En el naufragio me sujeté al mástil roto de la poesía”. Pero, en Contra el olvido se dice: “El tiempo nos vencerá, sí; pero este poema/ quizá nos reviva en la llama de otros labios.” Pero ese instante supremo es fugaz: “…Las falsas/ ilusiones de un poema que explicará la vida…Pero las palabras no me salvarán. Nadie me salvará.”
Y es que: “Escribir – en cierto modo, /es esa necesidad de acercarnos al dolor-/ abre heridas invisibles / que intentamos cerrar con esas palabras / que jamás dan la exacta medida / de lo que deseamos expresar.” Alguna rara vez uno puede descansar en la conclusión, aunque esta sea tan ambivalente: “Al fin, soy nada más que alma en pena/ con tiempo hipotecado, deudor/ de un amor de mujer que no merezco,/ afortunado aprendiz de poeta/ que halló la felicidad haciendo lo que más quería: / amar, ser amado y escribir.” Pero lo habitual es poder alcanzar tan solo piezas aisladas, esparcidas por la inmensidad mayoritariamente cerrada a una comprensión definitiva. Y, mientras tanto, auparse un poco, aunque sea desde la digna reclinación de una “voz quebrada / por los días lejanos del óxido y la escarcha.” Porque: “La vida no es un refugio para la subsistencia; que el tiempo / no es la suma de vacíos, perdones y derrotas.”
La semilla del óxido es poesía intensa, rica en imágenes de una contundencia y una belleza muy logradas: “Fui fragmento del sol /sobre el hielo de los anocheceres”. Nunca se acerca a lo prosaico sino que se mantiene en un lenguaje claramente ceñido a un lirismo lúcidamente propiciado. Estamos ante una valiente indagación del propio ser a través de la tenaz búsqueda de la palabra que marca las sendas tenues donde cabe la ardiente evidencia, la íntima extrañeza y los finos sesgos de la claridad: “Sabré que estuve ahí, que ahí me detuve/ que un poema dio sentido a mi vida, que aprendí / el lenguaje de los océanos y la razón oscura / que viste de azul el horizonte de la brújula.” José Luis García Herrera demuestra oficio e inspiración, lo que deviene en un poemario en el que menudean excelentes destellos poéticos.

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La senda honda de José manuel Ramón, prólogo de José Luis Zerón Huguet

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86ee2b6e-9560-4203-b4d2-6d51cd1dc054La madrileña editorial Devenir editó el pasado mes de diciembre el poemario La senda honda, del oriolano José Manuel Ramón Gutiérrez. José Manuel Ramón, nació en 1966 y reside actualmente en Fuengirola (Málaga). Fue cofundador de la revista de creación Empireuma junto con José Luis Zerón, José María Piñeiro y Ada Soriano y codirector de la misma hasta 1991. Incluido en varias antologías y colaborador en numerosas revistas literarias. Es autor de la plaquette Génesis del amanecer (1988), con prólogo del poeta Jorge Cuña Casasbellas.

Publicamos a continuación el prólogo de La senda honda escrito por nuestro colaborador José Luis Zerón Huguet.

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El autor, José Manuel Ramón

PRÓLOGO

Conviene aclarar, desde el principio, que La senda honda es el primer libro que publica José Manuel Ramón, y también es su primer poemario. Concebido en 1988 y concluido en 1991, sale ahora a la luz. Conviene, además, hacer un poco de historia, dado lo inusual del caso.

José Manuel Ramón formó parte del grupo de amigos que fundamos la revista literaria Empireuma en 1985. En dicha publicación dio a conocer sus primeros versos. Por aquella época también publicó poemas en otras revistas literarias de ámbito nacional, y en un par de antologías. En 1988 dio a conocer, en edición de autor, la plaqueta Génesis del amanecer, escrita en 1984, que además de ser un hermoso canto fragmentado dedicado a las edades primigenias de la tierra, antes de la llegada del hombre, constituye el germen de la poética singular del autor. Le siguió el libro que hoy tengo el honor de prologar y de cuya gestación fui testigo. Acabado este poemario, José Manuel dejó de escribir sin explicaciones ni justificaciones, sin más, como una llama que súbitamente se apaga golpeada por una corriente de aire. La fraternidad empireumática se sintió huérfana sin José Manuel, si bien todos esperábamos que nuestro amigo volviera a encontrarse pronto con la poesía, pues le augurábamos una prolífica trayectoria como poeta. Pero pasaba el tiempo y el reencuentro no se producía. Hace dos años —quizá tres, no sabría precisarlo— la llama creativa renació hasta convertirse en un incendio. José Manuel ha vuelto a la poesía, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Que yo conozca, son cuatro los poemarios que ha escrito en los últimos años, compuestos con un verso estilizado pero poderoso, un ritmo intenso, una sintaxis peculiar, a veces disruptiva, y un tono discursivo oracular.

Con buen criterio José Manuel Ramón ha decidido respetar la cronología de su trayectoria poética, de modo que su primer libro publicado coindice que es su ópera prima. Y digo con buen criterio porque La senda honda es un poemario sorprendentemente maduro, pese a que cuando fue escrito, su autor aún no había cumplido los 25 años. Además, sienta las bases de una poética sólida, con raíces profundas en una tradición que alimenta y renueva. El poemario ha sido actualizado con el extenso y bellísimo poema final titulado “De regreso”. El autor, según me confesó en un correo, sentía cierta frialdad y desconexión al volver a leer su primer poemario, y como era consciente de que debía darlo a la imprenta, decidió incluir el poema añadido, estableciendo así un puente entre el pasado y el presente de su escritura poética.

Aclarados estos pormenores, diré que La senda honda no encaja en las corrientes dominantes de la poesía actual, sin llegar a ser realmente un poemario experimental ni rupturista (a pesar de cierto utillaje vanguardista en la forma). Su condición lateral no implica anacronismo, nada de eso: nos encontramos ante una poesía intemporal, despojada de sucesos anecdóticos o adventicios, plena de grandes y luminosas propuestas, pero también de oscuros presagios e incertidumbres —muy pertinentes en estos tiempos de penuria—, y escrita con las clarividentes dudas que tratan de desvelar la dimensión órfica del lenguaje y de la existencia del ser humano, en un afán por hallar la palabra nueva —no novedosa— que huye del prosaísmo, la trivialidad y la grisalla. Cuando fue concebido, este poemario nada tenía que ver con el verismo irónico-sentimental de la Poesía de la experiencia, tan en boga entonces; y ahora queda lejos de las propuestas posmodernas en las que prima la ligereza, la ironía, el eclecticismo cultural y, si acaso, cierta conciencia cívica. Por tanto, el canon dominante, me temo, será muy poco hospitalario con esta poesía poderosa y exigente, no exenta de referentes metafísicos, que aporta un discurso plagado de numerosos interrogantes. El hombre de hoy —y los poetas no iban a ser menos— encuentra en su interior un vacío oscuro que prefiere ignorar porque siente auténtico horror ante la posibilidad de quedarse a solas con sus pensamientos. No es el caso de José Manuel Ramón.

La Senda honda es un libro bien construido, complejo, obsesivo, intenso, condensado, fruto de una disciplinada labor introspectiva y un impulso ascensional, muy alejado de la utilidad de la palabra que nos impone la sociedad contemporánea. Sus poemas, desde el primero hasta el último, emprenden la búsqueda del verdadero sentido de las palabras y del ser humano en el mundo. Está fragmentado en tres partes cuyo carácter unitario no se contradice con su independiente desarrollo. El propio título es una acertada metáfora del contenido. El autor huye de la planicie, de los caminos seguros por trillados, se adentra en hendiduras, hondonadas, vaguadas, barrancos, tajos y gargantas sin brújulas ni mapas, moviéndose por caminos profundos poco hollados para dar cuenta de su voluntad permanente de trascender el lenguaje y de su creencia en el mundo físico como ámbito de religación del ser con el cosmos. De esta forma, los poemas de La senda honda se caracterizan por la tensión de contrarios propia del talante barroco. Aquí encontramos fusionados himno y elegía, oscuridad y luz, pudrición y floración, paso del tiempo y celebración del aquí y ahora, horizontalidad y verticalidad. El poemario acontece en un paisaje natural, unas veces inhóspito, otras acogedor, pero casi siempre escarpado: La naturaleza es hermosa y a la vez cruel con el hombre que la mira con añoranza, tratando de hallar en ella el paraíso perdido o el útero del que fue arrancado. El hombre solo ante el espectáculo de la naturaleza que nos huye y nos llama desde su órbita de plenitud y decadencia, mirando con fascinación no exenta de angustia, al filo de la nada y de lo inmenso. Ya en el primer poema, “Exordio”, leemos:

Cada sombra anuncia/ una claridad devastadora/ que tras hendir la tierra destrozar el alba/ o desgarrar un cuerpo apenas duro/ como lo pueda ser el de un hombre/ continúa no siendo nada/ e irremisiblemente siéndolo todo// Es por esto que lloramos/ y si también escribo/ es porque temo igualmente/ a la muerte.

Y es que el tiempo es el motivo axial de este libro; el tiempo entendido como un ouroboros maravilloso y terrible: la inmensidad instantánea y eterna de lo ya vivido y de lo que está por vivir. Esta conciencia de la unidad de todo, o esta aspiración a la unidad de todo, incluso de lo fluyente e inaprehensible, requiere un territorio expresivo esquivo que no deja de tener algo en común con la indescifrable naturaleza de la experiencia mística. ¿Qué puede haber más ingenuo/ que el hombre? se pregunta el autor en “Debilitas hominis”, y, en efecto, ingenua resulta la pretensión del ser humano de atrapar la distancia con el lenguaje, pues congénita es su incapacidad de entender el mundo y la génesis del universo.

Pero el poeta no acepta la imposibilidad del conocimiento y da testimonio de ello a través de unas preguntas que, no por haber sido muchas veces formuladas, dejan de ser necesarias. Leemos en “Soledad afuera”:

¿A qué mi corazón bramante repica/ y repica con desacostumbrada angustia/ y a qué este desasosiego/ por lo que no ha de cambiar/ ni permanecer?

Y en “Fidelidad del aire”:

¿Y qué será de la memoria/ cuando el cuerpo se desploma?

La senda honda es un libro turbadoramente hermoso, heredero del desengaño metafísico barroco, pero también de la exaltación prometeica romántica y el desolado contacto onírico, casi místico, con la naturaleza de algunas poéticas visionarias del siglo XX. Este poemario —no hay más que leer la lista de títulos del índice— transmite pesimismo y angustia, pero no es una apología del sufrimiento, o al menos el tejido metafórico del dolor es sobrio, elegante, solemne, no excéntrico ni desgarrado. Ya decía Claudio Rodríguez “que el dolor verdadero no hace ruido”.

En esta deflagración ontológica asistimos a un entrelazamiento nuclear de la vida, la muerte, el amor, la naturaleza y, sobre todo, como decía, el tiempo. Leemos en “Ímpetu del agua”:

También nosotros seguimos siendo/ por nosotros mismos/ aunque el agua haya arrugado nuestra piel/ y deshecho cruelmente el débil sendero/ que con tanta seguridad/ seguíamos.

Y en “Paseo interior”:

Como la vida de cualquiera/ cada trecho tiene su particular historia/ a cada uno asociamos un estado de ánimo/ y no siempre es la costumbre/ la que dicta nuestros pasos.

Entre tantas metáforas de muerte en torno al desengaño hay un lugar de la memoria en el cual el autor —también el lector— se refugia frente a la aniquilación; ese “nido” de esperanza al que retorna lleno de sueños imposibles. Por todo ello este es un libro de claroscuros, cuyos colores predominantes son el gris y el verde: la verdura vital de lo que nace y se desarrolla y la grisura de la devastación y la ceniza. En el imponente poema “De regreso” —un canto a la naturaleza primordial que representa el bosque— de vuelta a la semilla, el poeta se reconoce en la luz y umbría de la espesura:

Mi verde es el del musgo/ hecho piel en la umbría/ a ambos lados de esta senda/ que sortea árboles como piedras/ izadas de húmedo verdor// plántulas que amaron/ desde la soledad/ de la semilla

(…)

Mi verde es el de la hiedra/ que escala arbustos o palabras/ buscando un punto de luz/ que encumbre su medianía/ sin más horizonte/ que la certeza de esta selva/ que trasvasa experiencia/ gota/ a/ gota// como el agua hendida por raíces/ que abrazan la tierra tejiendo/ su amerada urdimbre bajo/ la espesura que tiembla/ por dentro

El poema que cierra el libro promueve un regreso hacia lo que somos verdaderamente en consonancia con la naturaleza. El poeta siente una nostalgia de lo no-humano cuando por un momento recupera sus poderes primordiales en contacto con el bosque:

He regresado/ la raíz aflora y se muestra/ como una antigua visión/ que invoca presencias// este es el lugar del encuentro/ de la palabra anhelada/ de la emoción inmersa/ en humedales brumosos/ sobre tierras dúctiles/ erosionadas

Pero ese estado de receptividad no implica una pérdida del ser, sino, precisamente, su reconocimiento. El poeta quiere ser árbol, piedra, arbusto, leño, légamo, hojarasca… y en el instante del desapego —lo que dura un largo paseo— puede serlo, puede reencontrar la identidad primordial sin renunciar a la identidad individual y su conciencia de finitud. Tras una lectura apresurada de este extenso poema se podría deducir que el poeta posee un concepción del mundo cercana al Panteísmo, pero creo que incurriríamos en una simplificación; pues si es verdad que los versos fluyen en armonía con las imágenes de esa formidable maquinaria de vida y muerte, de belleza y fealdad, que es la naturaleza, no es menos cierto que esta no deja de ser hostil. Los momentos de dicha, plenitud y desapego conviven con las imágenes de obstrucción, inquietud y frustración. Nadie abre la espesura y la luz del sol es incapaz de disolver/ la naturaleza brumosa/ que somos.

La senda honda es un libro que penetra en los intersticios más profundos y sinuosos de la naturaleza y el ser humano, pleno de posibilidades desarrolladas en los poemas posteriores escritos por el autor, todavía inéditos y espero que no por mucho tiempo.

José Luis Zerón Huguet