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Este sol que ya no es el mismo, por Francisco Gómez

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A mis padres
A mis tíos
A mis amigos y vecinos
Dicen que no pero sí están

El otro día fui a ver a una prima que sufrió un arrechucho delicado a la arquitectura más hambrienta de esperanza de la “city”. Durante esta caminata circundé el que fue mi instituto cuatro años, el periodo más importante de mi vida como estudiante después del colegio San Fernando cuyos recuerdos de infancia, profesores y amigos me acompañan siempre.
Una sombra de nostalgia y temor cruzó la mirada mientras veía el patio donde en COU participé en el campeonato de lanzamiento de aviones de papel y casi quedé campeón ante la sorpresa del profesor de Filosofía y mis amigos de entonces. El mismo patio donde el cabrón del profesor de gimnasia me suspendió esta asignatura en tercero de BUP para septiembre. Todo el verano obligado a preparar pases de baloncesto, pivotar y pases de bandeja. Lo bueno; cogí afición a este deporte. En aquellos días de clase a jornada partida, jugaba con mis amigos, compartíamos confidencias o nos comíamos los apetitosos bocadillos de tortilla de patatas. Las clases de Bernardino que me enseñó a amar por siempre a mi fiel amante; la Literatura. El primer recital con Ramón Alarcón Crespo que enganchó mi ánimo y espíritu para siempre a la poesía. Las tranquilas e inolvidables clases de Griego con Blanca cuando éramos jóvenes e inmortales y queríamos comernos el mundo con nuestros sueños. Las primeras mujeres que no me hicieron caso entre aulas, pasillos y descansos. Los amigos que no fueron para siempre con sus nombres y apellidos completos. Cada uno trazó su vereda cuando se nos abrió la veda y el “The end” en la enseñanza media. El otro día saludé en la Avenida a uno de ellos que hace años no veía e iba a estudiar conmigo Periodismo en la capital del imperio. No se apuntó a la aventura y marché solo lleno de proyectos e inquietudes a cursar destierro de la mar por años.
Miro y recuerdo tantas cosas, tantas vivencias, tantos momentos, tantos amigos en el instituto Pedro Ibarra Ruiz y una niebla atraviesa mis ojos. Han pasado ya 34 años de mi vida que sigue tan incierta y plena de incógnitas como antes. Mi barco continúa a la deriva más que antes incluso y ya no sé a qué puerto dirigirme. No me espera ninguna Ítaca segura, ningunos ojos, ningunos besos, ningunos abrazos que sean mi patria. Sólo soy un huérfano de 52 años que camina entre la incertidumbre y la niebla.
Mi querido sobrino ha empezado este año el instituto. Saltará dentro de poco de la única patria que tenemos: la infancia para pisar las primeras estancias de la adolescencia. Esta senda tan complicada, tan repleta de sugerencias y posibilidades y no pocas dificultades. Deseo de verdad, de corazón que le vaya bien la ruta de la infancia a su nueva época, esta transición que le llevará a ser un joven espero que bueno, hospitalario y con sus propios criterios y valores para recorrer como él desee los caminos de su vida. Nadie podrá evitarle los mordiscos del amor y su reverso, la soledad que sentirá como un aliento (espero que su estancia en ella sea lo más grata posible), la incomprensión y la indiferencia de este mundo de adultos áspero donde vivimos. Mientras tanto, le acosan y asedian con deberes, exámenes, lecturas y demás tareas que apenas le dejan tiempo para apurar sus últimos días de niño y disfrutar de su tiempo libre como me ocurrió hace ya más de tres décadas. La historia se repite, la noria gira monótona e inmisericorde a los cambios. Los mismos paréntesis, los mismos signos que cambian al contacto con otros, el método científico… Seguimos siendo víctimas del mismo sistema educativo que se alimenta de nuevos inquilinos que han de padecer las mismas asignaturas con nuevos lavados de cara. Similares exámenes para conducirlos a la so(u)ciedad adocenada, aburrida, repetitiva de patrones y conductas cuyo fin es hacernos productores y consumidores con el yugo de la hipoteca sobre nuestras frentes. El hombre del siglo XX y principios del XXI es más esclavo y depositario de menos certezas y seguridades que nuestro homólogo medieval.
Camino hasta la Residencia a la que han dado un lavado de cara en casi todas sus plantas. El vestíbulo parece el receptáculo de una aséptica nave espacial, inmaculada, dañiña para los ojos donde cada cual arrastra sus afanes, cada paisano sus monólogos y cuitas. Veo a mi prima. Más de 60 años la contemplan y el corazón le ha ha dado un aviso serio. El otro día también vi a mi tío, hermano de mi padre, que tenía problemas para respirar por el maldito tabaco. Veo tantas tinieblas, tanto telón caído, tanta vejez en los que no hace tanto eran mis referentes. El cuerpo tiembla, las certezas decaen.
Tantos se han ido ya al otro lado de la orilla incógnita. Ahora voy a más entierros que a BBCs. Contemplo las fotos en blanco y negro de otro tiempo. Antigüedad de un pasado que enmarca la derrota de los días presentes. Ilusión de un ayer caído. Las fotos en la playa, rodeado de tíos, de primos, cuando sonreías a la cámara. Y el tiempo, este tiempo, el mismo sol dorado de la tarde que desgasta como las olas nuestra piel, nuestros huesos, nuestro pelo. Ha marcado con estrías interiores nuestros sueños. Ha mentido con descaro al niño que fuimos, que aún guardamos, al joven lleno de ilusiones y probabilidades. Nos ha marcado, guste o no, con los señas de la soledad y la ausencia. Quizás y sin quizás para siempre.

Francisco Gómez

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CHARLA SOBRE EL ABISMO, por Francisco Gómez

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    El otro día andaba uno por su espacio mítico en uno de esos via crucis sentimentales que a veces acostumbro a caminar, arrastrando los pies por las cosas de la vida que te devuelve cheques vacíos plenos de ausencias y preguntas de difícil respuesta, cuando vi a mi amiga Josefa.
En estas que nos ponemos a charlar, ella con los ojos arrasados y la mirada baja que apenas tenía fuerzas para dirigir a mis ojos silenciosos y me dice:
-No es justo, Francisco. No es justo. Mi Pepe hacía mucha falta en la casa. Era el pilar principal. No sé qué vamos a hacer sin él. Mis padres tenían que haberse ido antes.
Ella estaba delante del columbario de su amado hermano mayor, que tanto aprecia, que tanto ha querido a sus escritores. Me cuenta entre susurros y lágrimas que su Pepe tenía la habitación llena de libros, que junto al ajedrez y la música de Mark Knopfler era lo que más amaba en este duro y difícil mundo.
-¿Quieres que te diga una cosa? A mi hermano lo enterramos con un libro del Quijote, el libro que más quería, por expreso deseo suyo. ¿Sabes que tenía un club de amigos que leían el Quijote y lo comentaban entre ellos…? Se partía leyendo cosas de este libro. Se lo sabía de memoria. Lo había leído muchas veces.
Quedé anonadado cuando me comentaste esta nueva que desconocía. No sabía qué decir mientras miraba tus ojos, ríos-mar del desconsuelo.
-Mi Pepe era muy inteligente. Tenía una inteligencia natural que no pudo desarrollar porque de joven se puso a trabajar pronto. Tanto trabajar para qué. Mira… No hay Dios, Francisco, no hay Dios. Si lo hubiera no habría permitido esto y se hubiera llevado a mis padres antes. ¿Tú de verdad crees…?
-Le dije que sí, a pesar de todo, de los palos de la vida que todos recibimos sin entender bien por qué. Un creyente de tercera división con tendencia a bajar de categoría con más defectos que pelos tengo en la cabeza pero no por méritos propios, aún mantengo una mínima parte del grano de mostaza.  Ella sabía bien por qué lo comentaba.
-¿Y ahora, qué, ahora, qué…?, me interrogabas buscando respuestas que uno sabes que no tiene, que no tengo del todo, o casi nada hace tiempo. La vida es un barquito inmanejable, incluso para nuestras velas. Nuestros caminos, a veces, muchas veces, ni siquiera son de propiedad particular.
Te comenté que tienes que levantar el ánimo, poco a poco, sea como sea. Con tus amigas, volviendo a trabajar. No encerrarte porque si te quedas en un rincón no te recogerá nadie. El mundo bastante tiene con sus cuitas y casi nadie dirigirá la mirada a la esquina donde te derrumbes, si lo haces.
Hablamos de tu padre que debéis meter en una residencia pronto para que la carga que lleváis sobre vuestros hombros y conciencia tú y mi amigo Emilio sea más llevadera. Y te pedí que no te hundas.Te dije que aplico el cuento por la cuenta que me trae.
Nos abrazamos, nos besamos en las mejillas, nos animamos. Te animé.
Marché con un no sé qué en el alma.

Francisco Gómez

Los días raros, por Francisco Gómez

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Sí, my friend
Tú lo sabes como yo
La has probado en tus carnes…
No hay nada definitivo, todo se mueve
Las historias tienen fecha de caducidad
como los yogures rotos de la derrota
Y caminas en medio de la nada
de los días raros
mientras la gente se mueve como bultos extraños
los coches pasan omnipresentes e indiferentes
La luces entonan la canción perdida de Elche street
Y tú, como yo, sabes perfectamente que no llegarás a nada
que no importas a quien te importa
Que tienes que firmar las capitulaciones de la desesperanza
sin saber bien por qué, como una negra amenaza
que ondea risueña y despectiva sobre tu cabeza
Sólo permanece el amor de los padres buenos
Lo demás incerteza, indiferencia, soledad, silencio
El canto de la derrota de la no permanencia
Y tú, como yo, no sabes qué decir, qué pensar
Has luchado y has perdido, that´s all, my dear friend
Y no ves nada, no entiendes nada
Perder sin comprender, sin entender casi nada
es el signo en estos días raros
con niebla en el camino y la mirada

 

Francisco Gómez, antipoeta

LA EDAD IMPRECISA, por Francisco Gómez

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Uno camina por la mitad de la vida entre veredas que se bifurcan y dividen sin atisbar bien un horizonte claro al que dirigirse. Lo que ayer estaba claro, hoy es incierto y mañana puede ser un despropósito o no.
Te sientes en mitad de ninguna parte pero al mundo ya les has visto con claridad y escepticismo sus perfiles más abiertos. Sabes que ya no llegarás a casi nada, que tus sueños de juventud ya quedaron atrás y nunca serás el tipo importante y reverencial que soñaste ser. Eres uno más que se mueve entre la masa de esta so(u)ciedad de la indiferencia a quien su suerte apenas importa y cada vez a menos gente. Tu vida es perfectamente prescindible y si desaparecieses muy pocos advertirían tu falta, tu ausencia. Demasiados son los que anhelan sobresalir en este océano tecnificado, internáutico y logarítmico de las ventanas cerradas. Pocos son y serán los que disfrutarán de su minuto de gloria para luego ser deglutidos por la masa devoradora individualizada.
Ya no eres el niño que fuiste aunque anhelas que él no te haya abandonado completamente; que aún puedas creer en la inocencia de algunas personas verdaderamente buenas. Hombres y mujeres que aún hacen bello este mundo que un día fue inocente. No puedo dejar de comentarlo: el otro día fui a unas instalaciones deportivas y asistí maravillado a la celebración infantil de un cumpleaños. Quedé absorto. Aún preguntáis ¿que dónde está el paraíso? Yo lo vi con estos ojos de pobre hombre en llamas y tuve que esconder la cara para no llorar ante la contemplación de tanta maravilla. Las palabras no me acuden para explicar lo que sentí, vi, viví, recordé. Sí, yo vi el otro día el paraíso. Es. Está entre nosotros y hay ciegos que ya no observan nada…
En esta edad incierta que camina más a la mal llamada madurez que a la niñez que resisto al abandono por completo y a la juventud que ya no despierta el fuego de las esperanzas, las ilusiones fatuas, las posibilidades y sueños de antaño, contemplo las dos edades que me dividen por el medio. A los niños y su asombro, su verdad, su inocencia nada fingida y a los viejitos que caminan con muchas dudas, que buscan entre sus bolsillos alguna luz que les devuelva certezas. Los besos de amor y de cariño que reciben los niños que son amados. He visitado residencias en esta mediana edad y he temblado como nunca lo he hecho al ver ciertas cosas que me abrían los adentros. La terrible soledad de muchos abuelos, la indiferencia de la so(u)ciedad hacia ellos, el agradecimiento muchas veces sin palabras que manifiestan de verdad ante muestras de amor y de cariño. Tampoco puedo explicarlo bien con palabras. Se ve que soy un pésimo escritor. Ya no sé tantas cosas…
En este tiempo incierto abrigo menos seguridades que antes, más dudas que me pesan como espadas en el tiempo de mis días derrotados. Sólo sé que las personas más importantes de mi vida, las que me amaron con la moneda del beso y el abrazo ya no están físicamente pero sí están. Siguen. Permanecen con nosotros en esta extraña, desconcertante y ausente presencia de la comunión de los vivos con los muertos. Diréis que estoy loco (a uno ya le han llamado tantas cosas…) pero advierto su presencia, escucho sus voces. Son ángeles guardianes. Lo noto perfectamente. No lo digo como un acto de fe teológico sino como una certeza íntima que atraviesa las vías interiores.
En esta edad intermedia ya sé que me queda menos tiempo, que se cumplirán pocas promesas y menos sueños, que no llegaré a nada y no seré importante en este mundo del instante mediático. Sólo espero tu presencia de besos y abrazos nuevos para echarle leños a este corazón de hombre en llamas que no deja de amar, pasen los vientos que pasen. Ítaca sabe cuál es su destino.
Y al final espero que esta intuición interior sea cierta y entonces los ojos rompan en mares, no de tristeza, no de pesar, no de dolor, no de pena y mi gran pequeño sueño se cumpla y no se rompa en dos la esperanza.

Francisco Gómez

EL LADRÓN DE LAS PALABRAS, por Francisco Gómez

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Albanta era la maravilla de la creación hecha tierra prometida. El sueño de todo hombre que busca la felicidad en un paraíso terrenal. Ésta era la mejor definición de Albanta y todos suscribían esta afirmación sustentada en los observables datos de la realidad.
El dinero, invento artificial de los albantianos, fue desterrado del mundo del comercio para sustituirlo por el trueque, de acuerdo a las necesidades de cada cual. El papel moneda, que tantas envidias y malos humores había provocado entre los habitantes de aquel mundo tiempo ha, desapareció de la memoria. La economía funcionaba según la regla del intercambio de necesidades. Yo necesito esto y tú lo tienes y lo intercambiamos. Satisfacemos nuestras mutuas necesidades y aquí todos contentos
Los mercadillos eran los centros de intercambio en plazas públicas vistosas, coloristas, multirraciales donde las gentes de infinidad de pueblos se reunían para celebrar la ceremonia del intercambio necesario. No había diferencias extremas entre ricos y pobres aunque la acumulación material persistía en clases más acomodadas y otras más modestas que contaban con suficientes medios para vivir.
También podían intercambiarse productos a través de los “hakers”, máquinas ideadas para comunicar las necesidades de los albantianos de un punto a otro del planeta. Con diligencia los servicios de transporte remitían el pedido a través del trueque.
Los hombres y mujeres de Albanta trabajaban sólo tres de los diez días de la semana en horario de mañana y disfrutaban de mucho tiempo libre para vivir con sus familiares y amigos y emplearlo en el ocio que llenase sus almas de buenos sentimientos y esperanzas en la generalizada creencia de que cada día sería un poco mejor en Albanta.
Hombres, mujeres, niños y ancianos se reunían en las ágoras públicas para escuchar los textos literarios y filosóficos que escribían los personajes dedicados a la República de las Letras. Los escritos primero se escuchaban y luego el público argumentaba su validez o disconformidad con las ideas expuestas. El teatro se erigía en centro de atención de sus vecinos. Sus ávidos ojos expectantes de cultura contemplaban las comedias y tragedias que las obras representaban, todas con una enseñanza moral positiva, con reglas prácticas para caminar por los entresijos de la vida.
Los cafelibros eran puntos de atracción constante donde los naturales de cada aldea, pueblo o ciudad acudían a primeras horas de la tarde para leer libros de poesía, novela, ensayo, tratados científicos, biográficos, viajeros y ensanchar sus ansias de conocimiento para colmar los vasos de su curiosidad. Degustaban el clásico té rojo con esencias de menta y fresa mientras leían tranquilos la última novela de Máuser o el recién publicado estudio de Narima sobre arte y buenas costumbres.
Las familias estaban unidas por los lazos del amor bueno y sincero. No había padres que renegaran de sus hijos, ni hijos que olvidaran la memoria de sus progenitores y los abandonaran a su suerte en la ancianidad. Las distintas generaciones de cada clan se reunían a la luz de las hogueras mientras degustaban complacidos los manjares de Albanta.
Las tardes de verano a la caída del sol eran esperadas con ansiedad por los albantiano cuando bajaban a las esquinas de sus casas para comentar los episodios del día, compartir los efectos mitigadores del calor y conocerse sin reservas unos a otros.
Ninguna puerta de ninguna casa permanecía cerrada porque hacía muchas de las tres lunas de Albanta -Losa, Cocisfran y Guitar-, los amigos de lo ajeno habían desaparecido de la faz del planeta verde. Compartían sus abundancias y carencias para que nadie pasara necesidad y las familias y vecinos se querían.
Todos los habitantes de Albanta trabajaban en las profesiones y oficios que en realidad les gustaban sin importar que algunos se equivocaran en la elección de oficio o profesión pues siempre estaban a tiempo de rectificar y cambiar sus aires laborales. Probaban en un trabajo que podría ser de su agrado y una vez transcurrido un tiempo prudencial o bien se quedaban en ese puesto o bien cambiaban a otra actividad laboral, profesional, intelectual.
Albanta era la Arcadia feliz ideada por los poetas e historiadores. Un mundo venturoso para sus habitantes. Pero en toda época de felicidad rumia la inquietud del peligro.
Así era. Parece que en toda situación real o imaginada de felicidad, de bienestar espiritual siempre hay almas envidiosas que no pueden soportar la paz y la calma del prójimo, quizás porque sus adentros están en movimiento impulsivo y desasosegante. Como si los estados de alegría nunca pudieran ser permanentes y la condición de quienes pisan la tierra fuese el perenne cambio de ánimo; de la felicidad a la desgracia, en un ciclo continuo y sin fin hasta que cada ser emprendía su último y definitivo viaje.
“No puede ser. No lo soporto. Me irrita tanta dicha. Tengo que acabar con esa perpetua sonrisa en los labios. Nuestro mundo no es así no puedo permitir que mis súbditos puedan ver un espejo de tanta felicidad en el que deseen reflejarse”.
-Señor, tú que eres sabio, poderoso y maquiavélico. Debes hacer algo para acabar con esa vida feliz de Albanta.
-Sí, pero tú, ¿qué me aconsejarías, augur de la noche?
-Róbales las palabras más sagradas.
-¿Robarles sus palabras? ¿Qué me quieres decir?
-Si desaparecen los vocablos más importantes de Albanta, ninguno de sus miserables ciudadanos podrá vivir su significado y un mar de confusión se cernirá sobre ellos. Las tinieblas llenarán sus vidas, como tú deseas.
Quienes así hablaban en un espacio silencioso y sepulcral, carente de luz, austero por todos los rincones, era el señor Berliot, máxima autoridad de Sildavia y su fiel consejero Antonidis, atento vigilante de las desgracias ajenas y degustador de los fracasos del vecino.
Sildavia era la antítesis viva y palpable de Albanta. El día y la noche. El frío y el calor. La alegría y la tristeza. El sol apenas iluminaba este planeta un par de horas cada día. Sus habitantes eran hoscos, silenciosos, desconfiados. El dinero era la base de su economía y relaciones comerciales. Tantos “rules” tenías tanto valías y si no, condenado al ostracismo más oscuro. Las relaciones de los sildavianos se antojaban cerradas y mínimas. Primaba el principio de ir cada uno a lo suyo, a su bola. Utilizar al otro todo lo que se pudiera. Así no eran infrecuentes las guerras entre pueblos por la tierra, por símbolos caducos, por la tenencia de plantas, escasas a causa de la mínima porción de luz que llegaba al planeta, por disfrutar de los balnearios de aguas tranquilas y descanso de los aguerridos hombres y mujeres de Sildavia. La vida se definía por su aspereza, dureza y desconfianza y sobre todo por la falta de amor de unos con otros.
Berliot se sentía feliz al contemplar la desdicha de sus súbditos, que debían trabajar todos los días de la semana para ganar los ansiados rules con los que llenar sus despensa y sus casas, cerradas a cal y canto de las miradas envidiosas de los vecinos. La envidia de las posesiones ajenas provocaba largas e interminables guerras entre ciudades y pueblos de Sildavia, que encarecían el precio del agua pero creaban un progresivo florecimiento del negocio de las armas. Berliot estaba cada vez más dichoso, excepto aquel grano que tanto le molestaba y debía extirpar: Albanta.
-¿Qué plan me propones, Antonidis?
-Ir a su capital, Losantacruz, robarles el libro sagrado para condenar al olvido a las palabras principales.
Dicho y hecho. Una oscura matinada del mes de Ergón, disfrazados con ropajes claros y sonrisas postizas, el mago Berliot y su ayo Antonidis cogieron una hidronave galáctica para recorrer la distancia que separaba ambos planetas. A medida que llegaban a la atmósfera verdiceleste de Albanta, las encías le dolían cada vez más a Berliot de la tensión que sufría al tener que aguantar la impostura de los fingidos dientes sonrientes y su ánimo se ensombrecía cuando contemplaba la capital de aquel mundo dichoso. Losantacruz, con sus torres altivas y luminosas, sus calles anchas y abiertas, sus gentes risueñas y la franca sonrisa en la boca. Un mundo sin prisas, envidias, discordias ni malos rollos.
-Me desespera tanta felicidad…
-Tranquilo, Señor. Estamos aquí para que empiecen a conocer el reino de las sombras.
El hidroavión se transmutó en un aerotaxi forma de paloma torcal y posó el tren de aterrizaje en una de las avenidas próximas al Museo Bienvenidos. Con sendos ropajes de albantianos, los habitantes de la noche se dirigieron a la entrada del recinto, cuyas puertas estaban abiertas de par en par y sin vigilancia.
-Esto va a ser coser y cantar, jefe.
-Lo creeré cuando esté lejos de este horrible mundo.
Cruzaban los pasillos solitarios a esas primeras horas de la soleada mañana hasta que llegaron al objetivo de su destino. Expuesto en una vitrina, sin más vigilancia que una desenfocada cámara de seguridad y un cristal se encontraba el Sumo Diccionario de Palabras de Albanta. El texto iniciático que daba significado y vida al universo de los sentimientos y emociones de quienes vivían en aquella verde tierra..
Engañaron al objetivo de la cámara, abrieron sin fisuras el cristal y tomaron precipitadamente el compendio léxico para emprender la fuga con avidez.
-Ahora probaréis el dolor de la noche, pobres ingenuos.
-Así, Señor. Que sientan en su piel tu aliento oscuro.
Regresaron a la hidronave y surcaron precipitadamente el cielo hasta llegar al espacio silencioso. Berliot comenzó a buscar en el diccionario las palabras que deseaba desterrar. Empezó a hojear por la “A”.
-Amor. Ésta es la primera que quiero eliminar.
Quitose rápidamente la dentadura y engulló en las tinieblas de su cuerpo esta santa palabra.
-Veamos por la “E”. Educación. Ésta tampoco me gusta. Por la “P”. Paz. Tampoco la quiero ni en negra pintura. La “S” de solidaridad al carajo. ¡Qué feliz soy! ¡Cuánta desdicha caerá sobre este absurdo mundo!
En efecto. Algo extraño comenzaba a suceder sobre los naturales de Albanta. Sus habitantes empezaban a cerrar las puertas de sus casas, sol brillaba con menos fuerza, los intercambios de necesidades por el trueque eran menos operativos y los vecinos empezaban a envidiar las posesiones de los otros. Albanta se volvía sombría y sus gentes empezaban a padecer el terrible signo de la insolidaridad y la falta de amor, palabras que cobraban menos fuerza y voluntad en sus almas.
Lo más terrible sucedió con la desaparición del amor. Las miradas se volvían hostiles, las caras contraídas, los gestos sonrientes escasos. Las madres no cuidaban con tanto mimo y cariño a los hijos, los abuelos quedaban olvidados en los rincones. Surgían las disputas por herencias y particiones. Los albantianos iniciaron motines y rebeliones pues perseguían diferenciarse de sus compatriotas con muestras materiales de riqueza y el trueque no parecía el mejor sistema para lograr este propósito. Los ciudadanos exigían en manifestaciones la creación de un banco que emitiese papel moneda y así se hizo. Para ganar más dinero debían trabajar más y más duro y más tiempo. Comenzó a laborarse todos los días y las gentes empezaron a tener menos tiempo libre para leer y disfrutar de las obra de teatro y debatir sus ideas en las ágoras públicas.
Los habitantes del otrora mundo idílico se volvían oscuros y desarraigados de lazos familiares y vecinales. Berliot disfrutaba del espectáculo con estruendosas carcajadas mientras Antonidis le rascaba la espalda.
Aterrizaron en Sildavia. Un paje corrió apresuradamente en dirección a la hidronave. Cuando bajaba Berliot de la escalinata de la aeronave, el lacayo le comunicó las nuevas malas noticias.
-Señor, los súbditos de su Alteza se han rebelado contra su augusta autoridad. Todo el planeta clama contra su persona. Derriban de las plazas sus monumentos y fotografías y desobedecen sistemáticamente su poder. Reniegan de su alto mandato. Todos los pueblos han firmado la paz y nadie ansía más posesiones materiales que nadie. Han renegado de los rules y los han quemado en enormes piras públicas. Reniegan de trabajar todos los días de la semana y para sorpresa de todos, el sol ha comenzado a alumbrar con más fuerza. Las plantas crecen por todos los sitios y el agua brota en múltiples manantiales. Sus súbditos que ahora quieren llamarse ciudadanos libres, abominan de su vida anterior y desean disfrutar de más tiempo libre.
-¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?
-Señor, un grupo de insurrectos, llamados a sí mismos, los libertadores, empezaron a recorrer las calles, plazas y pueblos y ciudades, animando a los sildavianos a escribir un diccionario con las palabras que más añoran, desterradas de sus vidas. Todos proclamaban las palabras “amor”, “paz”, “solidaridad”, “amistad”, “vecindad”. Confeccionaron un diccionario y lo han llevado a la práctica en sus vidas. La rebelión se propagó como llama imparable y nadie os quiera ya aquí, Alteza.
Berliot y Antonidis aspiraron con resignación los últimos aromas de Sildavia antes que llegaran esencias de jazmines y rosas junto al té rojo con menta que comenzaba a tomarse en todas las casas.
-Está visto que nada dura eternamente. Las fuerzas contrarias están en perpetuo movimiento. Bien y mal. Alegría y tristeza. Felicidad y desgracia. Las palabras siempre pugnan por salir a la superficie y romper los maleficios de los mundos donde son ignoradas. Ahora Sildavia es Albanta y Albanta Sidavia. Mañana quién sabe si será al revés y así continuamente en perpetuo movimiento. Nadie es feliz siempre ni desgraciado continuamente. Las palabras lo llevan escrito en la piel de su esencia.
Parte II
Berliot vagaba de una parte a otra del universo conocido sin saber dónde podría posar sus reales y siniestras posaderas, acompañado en la soledad de su destierro de su fiel lacayo Antonidis.
Veía desde su periscopio los mundos objeto de su posible asentamiento pero descartaba el intento de arrebatarles sus preciadas palabras. Quizás te preguntes, querido lector, por qué no intentaba su asalto a otro mundo como ocurrió en Albanta. En ellos conviven el bien y el mal, la alegría y la tristeza, la bondad y la insolidaridad. Sus habitantes viven una amplia variedad de tonos, de diversa intensidad de luces y nunca dominaría plenamente sus conciencias.
El pobre Berliot, señor de las soledades y la melancolía, deambulaba de aquí para allá. Nunca sabremos si para siempre a la búsqueda de mundos planos sin tanta amplitud de grises. Pero qué sabemos si esta aventura forma parte de otra historia…

Francisco Gómez

EL CORRO, por Francisco Gómez

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A mis padres Siempre
A Luis Landero

Las veo. Ahí están una tarde tras otra, como un conciliábulo sin códigos escritos que determina que a una hora determinada, apenas raya el crepúsculo sus primeras líneas y la calor deja de lanzar sus narcotizantes dardos sobre el asfalto, sobre las ventanas, sobre las conciencias, ellas se reúnen en los bancos centrales del parque para proseguir las conversaciones que dejaron en la madrugada de anoche cuando el sueño les vencía y convocaba al descanso limpio, verdadero.
Las observo. Una y otra vez. Parece que el tiempo no pasa por ellas. Esta medida inmaterial de las cosas y las personas que parece estar dormido, que nunca avanza tras la luz que se entrevé entre los visillos, en la brisa del viento sobre las ramas de las lanzas. Pero se mueve y no se detiene y ellas lo saben bien, muy bien. Ellas, que primero fueron hijas y marcharon al colegio y regalaron su amor a sus padres. Aprendieron las primeras letras y las reglas de ortografía y la dichosa gramática. Y se enamoraron de buenos mozos en los difíciles tiempos cuando comer era un ejercicio de dificultad y hablar se podía hacer bajito y con cuidado de los oídos que escucharan. Y se casaron. Recuerdan aquel día como uno de los principales de sus vidas si el marido no salió rana y las trató con amor y decencia. Y tuvieron hijos. Y ya tuvieron una nueva etiqueta. Dejaron de ser hijas para ser madres. Vuelta a empezar. El colegio, los cuadernos, los libros, las cuatro reglas, la sintaxis, los ríos, los mapas mudos…
Y luego los hijos se hicieron mayores y se enamoraron, como un día legendario lo hicieron ellas. Y volaron para crear su propio hogar. Y las dejaron a solas pero siempre con las ocupaciones del hogar y cuidar al marido, cada vez más mayor, cada vez más quejica, más cascarrabias. La sombra de la edad adulta entró un día por la puerta para quedarse entre sus frentes ya arrugadas. Y se convirtieron en abuelas. De hijas a madres y ahora abuelas. Y otra vez el colegio para llevar a los nietos y de nuevo estar pendientes de los infantes con el bocadillo y los cuadernos y los deberes. Correr penosamente tras ellos para que no se escaparan con sus diabluras por las calles, en las plazas.
La plaza donde están ellas ahora sentadas, contándose las últimas incidencias del día; que si la vecina tal ha hecho o dejado de hacer cual cosa, que si la famosa de la tele mira cómo se porta. Que si su hija, tan lista, tan educada, tan inteligente ha logrado ese trabajo tan admirable y mira cómo ha ascendido en el escaparate social. Y ella tan orgullosa de su prole aunque sólo se acuerden de su madre el día de su cumpleaños un ratito con una llamada fugaz de teléfono.
Las miro. Hablan de sus logros, de sus tareas, de sus afanes diarios que no constarán en el libro de las grandes cosas del mundo, de los grandes personajes, de las grandes hazañas pero ellas laboran para crear, construir el andamiaje de los días que parece que no pasan pero sí… De hijas a madres y ahora abuelas. Un largo camino recorrido con amor callado que no saldrá nunca en los papeles ni se convertirá en la noticia o la portada del día.
Recuerdo con agrado y dolor aquellos días de mi infancia cuando mis padres bajaban a la esquina frente a mi casa. A esa hora del día, cuando las sombras se apoderaban de las calles y el sol entonaba su rendición, salían los vecinos de sus casas para empezar la charla amena, tranquila, sin prisa y contarse sus cosas, sus deseos, sus preocupaciones, sus ambiciones pequeñas, los éxitos de sus vástagos. Bajaban sillas y mesas y compartían la cena, las charlas a la luz de las farolas y los sueños de hoy y mañana. Estas escenas de vecindad bien avenida que hoy no veo en las noches de verano, cuando cada cual está amurallado tras su ventana abierta o cerrada con su aire acondicionado, la televisión (dice Juan Ángel Castaño que desde que encendimos la tele todos estamos durmiendo) o internete o el móvil que nos tiene a casi todos drogados con su rapidez y fugacidad. Ya no veo estas escenas en Altabix ni en el Raval mágico. Sólo en alguna zona de Carrús y sí en el Camp d´Elx (y no en todos los sitios). El campo conserva su esencia, su identidad entre los más viejos del lugar.
Recuerdo la novela coral “Caballeros de fortuna” de uno de mis escritores predilectos, Luis Landero, donde los más antiguos del lugar se reunían en la plaza del pueblo para observar, contemplar los andanzas de los protagonistas. Ellos, que ya habían dejado de ser los actores para convertirse en el público que comentaba las asechanzas de cuanto veían o creían intuir.
Como estas buenas mujeres que ven desplegarse los días y las noches sin solución de permanencia, en este río del tiempo que no se detiene y hace estragos silencioso y nos causa en el cuerpo heridas y ausencias en alma. Y parece que no pasa nada, que todo se repite, que no hay nada nuevo aunque ellas comentan las incidencias con mil detalles y requiebros. Como si cada cuento fuera nuevo, recién descubierto y vestido de ropajes vistosos tras el día de ayer, que ha dado paso al hoy y corre hacia mañana…
A ellas, que han construido y crean con su amor de hijas, madres, esposas, tías, primas, vecinas, abuelas, bisabuelas, el tapiz del amor cotidiano que nadie observa, que parece diluirse y cuando se marchan un día de tantos en silencio, parece que nadie recuerda. Parece, sólo parece…
Las almas inquietas no cesan de recordar y revivir la ausencia.

Francisco Gómez

LA CULTURA COMPARTIMENTADA, por Francisco Gómez

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Algunos amigos han afirmado hace un tiempo categórica y contundentemente que la cultura en la “ciudad” ha muerto. Así lo pontificó desde su tribuna el actor, director teatral y escritor, Juan León, según el espectáculo literario musical y algunas cosas más que no están bien definidos como “Videopoemas y otras cagadas”, realizado y diseñado por mis buenos amigos Carlos Javier Cebrián y Pedro Serrano.

Esta afirmación no la suscribo enteramente. Al igual que tampoco estoy de acuerdo en ponerle apellidos a la cultura. Cada cual, según su pensamiento, estilo, tendencias, vivencias o lo que sea, desarrolla una forma de entender el hecho cultural que a todos no siempre agrada o comparten. Pueden agradarnos o no las manifestaciones que en un momento u otro dominen pero forman parte del paisaje de la creación humana, más culta, popular o incluso populachera.

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Estoy más de acuerdo en decir que hay crisis en el público que disfruta de la cultura en todas sus manifestaciones; bien por problemas de educación, desidia, indiferencia u otras barreras. En la city de nuestras entretelas, por ejemplo, hay un amplio abanico de escritores, poetas, narradores, dramaturgos en el campo de la literatura que escriben su obra, pero ¿tienen suficiente público para leer sus creaciones…? Más de una vez he escrito con ironía que si de cada autor que publica obra, el resto de los compañeros de la city compraran su libro, agotaría sólo con los amanuenses locales una primera edición de 500 ejemplares. Quimérica aventura, of course. Las bibliotecas públicas realizan una más que meritoria labor para promocionarlos, lo tengo claro. El historiador y amigo, Miguel Ors, me comentó en cierta ocasión que el público lector en Elche no sobrepasa las 1.500 personas en una población con más de 230.000 almas, tres universidades, otras tres escuelas de adultos, quince institutos y más de 60 colegios de primaria. La desproporción es evidente.

Otra cuestión bastante difícil de solucionar, en mi opinión, es la desconexión y el poco contacto que observo entre unos agentes culturales y otros. Este no es un problema solo de la city pues también se reproduce en muchas esquinas de las Españas. Los escritores cuando desarrollan actividades del ramo sólo tienen muchas veces entre su público compañeros de fatigas en la pluma. Tres cuartos de lo mismo se produce cuando se congregan los cómicos ante una nueva obra teatral. No todos acuden a la llamada. Igual sucede con los artistas plásticos. Los amantes de la música atraen a los músicos y su público y los del cine club Luis Buñuel a los cinéfilos aunque aquí sí observo puntos de atracción con la literatura y la música.

Con anterioridad, hermosos y locos amigos han tratado de buscar espacios comunes para las diversas corrientes artísticas. Frutos del Tiempo con la Asociación de Bellas Artes de Elche en el Molí Real en la presentación de libros de poesía y revistas como la Galla Ciencia. La asociación cultural Tres Estaciones de Juan Ángel Castaño que quiso aunar música, literatura y gastronomía. Esta antorcha la ha recogido ahora la librería Ali i Truc que junto a diversas firmas patrocina la venida a la city de escritores conocidos y el maridaje literatura-comica en renombrados restaurantes. Juan León, cuando actuaba de gestor cultural, quiso poner en marcha actividades culturales en museos de la “city” que congregaran música, literatura, teatro… Intentos que cuesta fructificar. Parece que los creadores somos aves solitarias que sólo somos gregarios con nuestras tribus. Pero olvidamos consciente o inconscientemente al resto que también contribuyen al “potaje” que se cuece en el guiso cultural.

Desde aquí también quiero enviar una lanza de agradecimiento al gestor cultural, Julián Sáez, que con medios cada vez más escasos, ha planteado y teje una programación que ha reunido y concierta en el Gran Teatro espectáculos de calidad para un amplio espectro de público de teatro, música, danza, ópera y literatura con el propósito de llegar a cada vez más gustos y más exigentes. Además de abrir la manzana de la cultura en la Llotja de Altabix y en barrios y pedanías para niños y adultos.

¿Está muerta la cultura en Elche…? Cuestión controvertida pero lo dudo aunque uno sí observa una crisis de público al que cuesta acercar a los reclamos culturales y una desconexión entre los distintos agentes para plantear actuaciones que reúnen distintas disciplinas. Pero ésta, ¡ay!, quizás sea batalla perdida pues cada pájaro busca sombra en su árbol y no admite que los de bandadas próximas se arrimen.

P.D: Escuché con estupor la muerte del escritor Vicente Verdú, uno de los pocos iconos culturales que tenemos fuera de nuestras fronteras del Vinalopó. Me comunicó la triste noticia mi amigo Pepe Jurado y no acababa de creérmela… No lo traté en persona y es una pena pero amigos suyos me comentan que era un gran cinéfilo, un renacentista de la cultura y agudo observador y proyector de la realidad en sus ensayos que sí he leído y un pintor que quizás se quería descifrar y encontrar a través de su obra plástica. Hemos perdido un referente fuera de nuestros límites geográficos. Queda el otro Vicente, algunas actrices, una periodista que escribe novelas y poco más, que uno sepa. Siempre recordaré sus columnas lúcidas e iluminadoras columnas de opinión en El País y en El País Semanal. Siempre recordaré aquel artículo en la última página en El País Semanal titulado “El Elche C.F.” que me puso el corazón en trance cuando atravesaba aquellos tiempos de estudio en Madrid. Corrí a la calle a enseñar la revista y el artículo a mis supuestos amigos, hoy todos desaparecidos, ignorados, y ninguno me hizo caso. Verdú vinculaba su suerte anímica e incluso sentimental al devenir de su Elche en la Liga. Desde la lectura de aquel texto me ganó para su causa y empecé a leer libros con el sello de su calidad como periodista y escritor.

Francisco Gómez