Archivo de la etiqueta: Ignacio Fernández Perandones

Presentación de Banderas dobladas (relatos) de Ignacio Fernández Perandones.

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LOS DÍAS SUSPENDIDOS, Francisco Gómez, Por Ignacio Fernández Perandones

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http://llueveconmigo.blogspot.com.es/2017/05/los-dias-suspendidos-francisco-gomez.html

Francisco Gómez publica en Frutos del tiempo su último libro. Se divide en tres partes: relatos breves, reseñas sobre la actividad “Cada Cual” ( unos encuentros con autores contemporáneos” organizada por el Instituto de Cultura Gil-Albert en Alicante), y una serie de pequeños apuntes sobre la vida cultural  ilicitana, amigos, escritores de “la City”, siempre con su punto de humor y su ironía.

Las reseñas sobre las conferencias-coloquio alicantinas me han producido, sobre todo, envidia sana: ¿por qué a Elche no viene nadie? Me consuelan estas consideraciones de Francisco sobre cada escritor, que he subrayado con avidez, intentando sacar jugo a lo que dicen esos autores con lo que tanto he disfrutado: Landero, Cercas, Caballero Bonald, Vargas Llosa, Lorenzo Silva.

Por su parte, los apuntes ilicitanos incluidos en el libro tienen para nosotros el sabor de la cercanía. Elche es un mundo por sí sólo, un universo que solo entienden los que orbitan en él.

Me han gustado mucho los relatos breves. El señor Gómez se está doctorando en este tipo de tareas. Me gusta su prosa espontánea, coloquial y cuidada al mismo tiempo, su guion muy bien pensado en el que te da cuenta de una vida en cinco páginas. El protagonista suele ser un hombre arrojado a la existencia que trata de sobrevivir y que, al final, encuentra su tabla de salvación en la vida cotidiana, sencilla, familiar, llena de pequeños acontecimientos que tiene delante. Un ejemplo es el relato Hikikomori, que aborda en toda su profundidad el tema de la comunicación, y que contaré (si el autor me da permiso) a mis alumnos en clase. Pero no todos acaban así: algunos optan por el escapismo (Desvío). Con lo que el autor deja artas todas las posibles puertas a esta situación de disolvente individualismo que la sociedad padece (y que en el año 2.250 puede acabar como se describe en el libro).

En resumen, Francisco, has escrito un libro de gran riqueza, con muchos registros y muy cuidado en su forma y en su fondo. Conociéndote, seguro que seguirá la fiesta.

DE EXILIOS Y MORADAS, José Luis Zerón, por Ignacio Fernández Perandones

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http://llueveconmigo.blogspot.com.es/2017/04/de-exilios-y-moradas-jose-luis-zeron.html

Hace tiempo que voy siguiendo la trayectoria de José Luis Zerón. Me recuerda a mí mismo hace algunos años, cuando escribí un libro denominado Mientras siga lloviendo. Me dijeron entonces que ya nadie escribía así. Pero resulta que luego fue valorado por la crítica.

Por eso, cuando me topé con En un lugar seguro, y ahora con De exilios y moradas, pensé (quizá con injusticia) que, a pesar de tanta poesía de la experiencia, de tanto coloquialismo latino, de tanto postureo transgresor, de tanta monserga de amores nocturnos y malditos empapados en alcohol…, a pesar de todo eso, la poesía, la gran poesía, la poesía con mayúscula sigue existiendo.
Zerón se pregunta sobre los grandes temas de la vida, sobre nuestras aristas existenciales. No habla de sus problemas personales, desnuda la condición humana y la coloca justo en la ineludible encrucijada que se le presenta, arrojado como está a una existencia que, en el fondo, no comprende. “Hay una huella de sed en nuestras miradas” (p.44), nos dice con verdad. El poeta coloca al lector al borde del abismo.

Solo tenemos dos maneras de existir: o conformarnos con lo ineludible mientras la vida pasa ante nuestros ojos; o hacernos las preguntas insoslayables aún con el riesgo de no encontrar respuesta. José Luis Zerón ha escogido la segunda. Quizá sea la más osada y peligrosa, pero también la más acorde con nuestra dignidad de seres humanos. “Bienaventurados aquellos que no tienen miedo cuando abren los ojos” (p. 40). Somos como el ciervo que busca las fuentes, no lo olvidemos.

Descubriendo a Zagajewski, por Ignacio Fernández Perandones

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He tenido la oportunidad este verano de leer por vez primera unos versos de Adam Zagajewski, uno de los autores que han llegado recientemente a nuestras letras castellanas, gracias a la Editorial Acantilado, desde las frías tierras de Polonia. He de reconocer que no soy muy aficionado a leer verso extranjero, porque he topado no pocas veces con traducciones deficientes que no comunican la emoción primigenia. Pero tal era la fama que precedía a este autor, que era inevitable su lectura.

Hay que decir que Zagajewski (Luov, actual Ucrania, 1945) tiene bastante que ver con España: desde su admiración a Antonio Machado hasta sus no infrecuentes visitas a nuestro país. Se siente bien en el ámbito latino, y los latinos, pienso, nos sentiremos muy bien con él. Un verso a la vez sencillo y profundo, muy sabio, nunca rebuscado, que busca, con referencias cercanas, hacerse comprender, comunicarnos sus dudas, sus preocupaciones, sus íntimas certezas también.

Ahora, se supone que tengo que glosar algunos de sus poemas y convenceros de por qué me han parecido magníficos. No caerá esa breva. Es lo malo de este “oficio”: tienes que decir que la fruta es buena, pero no mostrarla demasiado, y mucho menos describir su sabor (¡qué horror!). Si te animas a leer “Habla más suave”, “En la belleza ajena”, “El cine Potencia”, o “Autorretrato”, podemos conversar sobre lo que dicen estos versos, enriqueciéndonos mutuamente con nuestras impresiones (no es infrecuente que la lectura de un poema sugiera, a cada uno, matices muy diversos). Podéis buscarlos en internet, poniendo el título y el autor.

Tengo pendiente todavía el libro en prosa “Dos Ciudades” (2006), que, según la crítica, es de lo mejor del autor y una destacada obra de la literatura contemporánea. Cuando acabe esa gustosa faena, volveré a comentaros mis impresiones. Por ahora, lo dicho: animo a los lectores de Frutos del Tiempo a que no se pierdan sus poemas.

Nacho Perandones

“Fuego, agua tierra, aire”, por Ignacio Fernández Perandones

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Microrrelato publicado por la Asociación “Letras con Arte” en su libro “Tierra, agua, fuego, arte”. El concurso previo solo permitía 120 palabras, y las bases decían bien claro que tenían que aprecer en el texto una de esas cuatro palabras. Cuando leí las bases, entendí que tenían que aparecer las cuatro. Aquí tenéis el resultado (tardé varios días en recuperarme).  

http://letrasconarte.es.tl/FALLO–g-FUEGO%2CAIRE-.-AGUA%2CTIERRA-g-.htm

fuego-tierra-aire-aguaMe encuentro enterrado vivo en el desierto del Chad. Soy misionero. Padezco catalepsia. Ayer me he muerto. Los amables lugareños me enterraron, sin esperar las 48 horas ni el rigor mortis. Fuego. Enciendo una cerilla. Los límites actuales de mi existencia son ridículos. Tierra. Utilizo los labios. El sabor no me importa. Me asfixio. Aire. Al fin, puedo respirar. Una bocanada de polvo africano llena mis pulmones.

Cuando voy a resucitar, me topo con la sólida cruz con la que mis piadosas ovejas han querido despedirse del pastor. Dios los bendiga, pero poco. Agua. A las doce horas, llueve torrencialmente. Todo se empantana. Remuevo el madero.

Padre, Tú nunca me abandonas. San Empédocles, ora pro nobis!

A propósito de Chesterton, por Ignacio Fernández Perandones

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chestertonAcabo de terminar una biografía de Chesterton. Es un autor que siempre me ha fascinado. Chesterton era un hombre de mundo, que hablaba y debatía con cualquiera, produciendo un poso de amabilidad y de simpatía, también con los que estaban lejanos a su pensamiento. Chesterton hizo amigos por todos los lados y de todos los colores. Era la típica persona con la que no te puedes llevar mal, por mucho que lo intentes.

Tenía esa capacidad de contradecir las ideas y amar a las personas, comprender el punto de vista de los demás. Sobre todo, tenía una facultad que ahora escasea: el buen humor, la chispa con la que respondía a las objeciones, el talante siempre abierto y nunca afectado.

Se entusiasmaba por las tertulias (si había buena cerveza, claro), por los edificios, por las personas, por los libros, que devoraba sin denuedo. Bullían las ideas en su gran cabeza y en su gran corazón. Muchos libros los dictó a su secretaria Dorothy, y así salieron a imprenta, sin correcciones. Al comenzar sus innumerables conferencias, se olvidaba de las notas, comenzaba hablar con espontaneidad y gracia, con su ingenio particular. Le daba igual el tema: la literatura inglesa victoriana, el imperialismo, la alta edad media, la novela policiaca, etc. Eran un éxito. El público llenaba los locales y aplaudía a rabiar. Chesterton quiso mucho a la gente, y fue muy querido.

Era ciertamente cótico en su vida personal, pero se dejaba guiar, era humilde, se veía como un modesto periodista. Sus libros están llenos de sugerentes paradojas que te hacen pensar, te salpican por dentro. Chesterton no machacaba al contrario: lo único que le interesaba era la verdad. Y la verdad la encontró en Dios, en la fe católica a la que se convirtió, conmovido.

Reivindicó la importancia de la familia, de los juegos, de los niños, de los cuentos infantiles frente a la intromisión del Estado y sus normas impersonales que se empeñan en organizarnos la vida. Condenó la guerra, el fascismo, pero no menos el Imperialismo victoriano. Nunca odió, nunca fue adversario de nadie. Como dijo Borges: “la obra de Chesterton no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad”.

Un cuerpo grande y una alma más grande todavía, que cabe en todo lugar y en todo tiempo. Chesterton es tan del siglo XXI como del XIX: su palabra no tiene tiempo.

Persistencia de Ignacio Fernández Perandones

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Atento a la cerilla

que unos dedos dejaron

al borde del camino

apagada en la piedra.

Varilla diminuta

olvidada y concisa.

Terca raya escondida

en el centro de nada.

Evocación de llamallama-fuego

que pudo iluminar.

Anhelo recortado

hasta llamarse ruina.

Segmento de la vida

que prende y que se inclina

como un mástil caído

en brevísimo lance.

Pero persiste y dura

con su gris “todavía”

en medio de una tarde

asombrada de serlo.

Desierta ya de tiempo,

sólo nos dice: “soy”,

sin nada que añadir

a su pura existencia.