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Diario de un cinéfilo (29. Nada personal), por Javier Puig

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Las primeras y mudas imágenes de la holandesa Nada personal (2009), de Urszula Antoniak, describen el demoledor principio de una desolación. Vemos los bienes de la vivienda expuestos en la calle a la miserable codicia de los vecinos y a ella, la joven protagonista, al fondo de un apartamento tan radicalmente vacío como su mirada. En un moroso primer plano, una mano desliza, fuera del dedo de la otra, un anillo de compromiso. Ya no se nos va a decir nada más. Intuimos la decepción, el fracaso. El siguiente plano nos muestra la voracidad con la que un vehículo avanza en la carretera y luego a ella, su ocupante, aturdida frente al imperioso presente. Ha elegido la huida, el viaje que aparentemente la aleje del centro de la nada. Ya solo se tiene a sí misma, aunque en una forma muy despiadada. Ahora, la rodea el paisaje húmedo, verde y agreste de Irlanda.

El retrato de esa dolorida soledad está hecho de un intenso seguimiento de los desesperados de la joven. Su demudado rostro nos habla de obtusas resoluciones generadas por el dolor. Ella quiere proseguirse en una vida que no eluda su franca dureza. Los verdes paisajes son surcados por su ínfima y obnubilada presencia. No hay palabras, solo desamparo, asomos de indigencia. Sus raros encuentros con la humanidad los mancha de zaherido cinismo. Ella no lo es, pero tampoco el mundo es amable. Un conductor, que la recoge, pronto le muestra intenciones perversas. Sigue huyendo. Cada vez está más segura de que ningún hombre puede honestamente acogerla.

En su periplo senderista, encuentra una atractiva casa solitaria. Penetra en ella. Esta vacía. Recorre todo ese escenario hogareño, entorno de una vida que no conoce pero cuyos vestigios la retrotraen a pasajes quizá irrecuperables de su vida. La cocina, el salón, el equipo de música y, finalmente, el dormitorio, la cama desecha contra la que, desnuda, se revuelca frenéticamente, como alcanzando un clímax de borrosa nostalgia.

El habitante de esa casa apartada resulta ser un hombre sesentón, un anacoreta tal vez tan forzoso como voluntario. De su pasado solo sabremos que perdió a su esposa hace pocos años. Se encuentran así dos seres que desconocen mutuamente sus antecedentes. Esa es la condición que pone ella: nada de preguntas personales, solo una relación de trueque, su trabajo en el jardín de la casa por los platos de comida necesarios. Él es un hombre entristecido, educado. Sin embargo, no excluye la contundencia. Ante las impertinencias de ella, reacciona con una medida agresividad. Entonces la ve como la perenne adolescente rebelde a la que ya es hora de ir educando.

Forzada por los imponderables de la supervivencia, admite a ese hombre en los alejados aledaños de su vida, no sin una insobornable suspicacia previa. No admite ningún acercamiento, ninguna clarificadora franqueza. Él admite ese juego de mantener la incógnita sobre sus vidas, aunque no tanto esa radicalidad en la que ella se enroca. Tal vez está demasiado solo, demasiado herido para despreciar una presencia que le haga recuperar mínimamente el habla, el juego de la comunicación, una forma – aunque sea resbaladiza – de convivencia. Esa joven es para él como un extraño e inesperado tránsito hacia la recuperación de la vida, un atisbo de calidez, pese a las inflexibles cortapisas que se le imponen. Mientras que ella piensa de él que es tan solo una inevitable pieza para su supervivencia.

La relación se instala en una distancia que él intenta sutilmente debilitar a través del humor. No hay ser humano inexpugnable, piensa. Pero a ella no le interesan sus palabras, la historia de su vida que tal vez solo pudiera ser un arma de seducción, de fructífera lástima. Lo último que ahora quiere ella es conmoverse por alguien, caer en unas redes que la entreguen indefensa a lo que ella considera un egoísmo disfrazado de conmiseración.

Avanzan los días y lentamente se va resquebrajando el muro impuesto. Por alguna escueta fisura van penetrando contenidos mensajes que invitan a restablecer algunos esbozos de la comprensión. Y de ahí a la ternura solo habría un paso, pero ella aún la ve como trampa. Poco a poco, parecen innecesarios algunos encastillamientos. Ella acepta entrar a dormir en la casa, abandonar esa tienda de campaña símbolo de una libertad que tal vez se rebele ya infructuosa.

Él se siente como alguien que tácitamente le ofreciera a un ser extraviado una solícita oportunidad de resarcirse de sus heridas equivocadamente perpetuas. Ella come fuera. Él se muestra duro. Exige un mínimo de amabilidad, una gratitud que ella no transige. Ella, despectiva, lo llama viejo. Aún no sabe que está muy enfermo del corazón. Aún no ve en él más allá del reflejo de sus propias defensas. Pero ante su irreductible cordialidad, alguna vez se le escapa una sonrisa que reprime con prontitud, una sonrisa que aún no se puede permitir, que siente que la deja indefensa.

Cuando ella escucha ópera (él le ha facilitado un walkman para su consumo individual) es como si ascendiera a otro nivel de humanidad. Un día, por sorpresa, le cocina un plato a quien siempre le ha estado sirviendo la comida. Es un punto de inflexión. Algo espontáneo, que no está en el “contrato”. Se suavizan los gestos, empiezan a encontrarse las miradas, aunque nunca se desprendan de unas últimas capas de reserva.

La relación mejora en cuanto al respeto. Se mantienen las distancias físicas, las de la intimidad, pero tal vez se esté transformando la dirección de los sentimientos. En un momento dado, lo vemos a él, fregando los platos, parándose para posarse sobre unos pensamientos suyos que tal vez incluyan un giro con respecto a ella. Ya no la ve como a una posible hija díscola, sino que va un paso más y la percibe como una mujer capaz de hacerle reencontrar la plenitud de la vida.

Cuando él sufre un amago de infarto, ella lo ve, pero se desentiende. Más tarde, se atreve a decirle: “Me gustaría que me vigilara esta noche. Tengo miedo de morir mientras duermo”. Duermen juntos. Él le acaricia brevemente el pelo, ella se deja hacer. Se ha roto el muro. ¿Cómo se pueden vencer las reticencias, los antagonismos, la acérrima alergia al otro ser? Él presiente la muerte y quien vive así ya no es quien era antes. En un libro que ha pedido prestado ella, él había subrayado: “Nada desaparece realmente. Todo sigue en el mundo de los hombres”.

La disimulada e intensa curiosidad que sienten el uno por el otro no puede refrenarse. Él escudriña en las pertenencias de ella. Descubre su origen. Viaja hasta el apartamento holandés que ella abandonó. Allí, descubre un pequeño objeto que le pertenece. Es un nexo con el pasado. Mientras tanto, ella indaga en los documentos de él. Descubre su nombre, él seguimiento médico de su crónica dolencia. A la vuelta de su viaje, ella lo llama por su nombre. Él reacciona con un inmenso enfado. Ya es prisionero de las reglas de ella, o tal vez solo le duela que no le haya preguntado abiertamente.

Otro día, ella entra en su dormitorio. Se desnuda. Él la acoge en su cama, pero cuando ella intenta una caricia, él la frena: “El talento sabe cuándo debe parar”. Tal vez haya que mantener alguna mínima distancia, como lugar de encuentro no invasor, como posibilidad de percepción más amplia. Su hondo acercamiento no ha nacido del embeleso ni de la atracción de los cuerpos, sino de la primordial necesidad de conectar con la fibra humana más allá de uno mismo.

Los gestos de cercanía son delicados detalles, como unas manos que se enlazan en un primer plano atento. Esas manos que ahora se juntan otra vez, cuando ella llega hasta la cama de él. Pero la de él ya está fría, inerte; la de ella denota una decidida, total y postrera aproximación. Encuentra una nota. La ha nombrado heredera de esa casa en la que se ha sentido renacer. Cubre su rostro con una sábana, y luego su cuerpo. Se desnuda y se ciñe a él. Lo vemos desde una toma cenital que intensifica los lentos movimientos, el amoroso acto que no se arredra ante la fúnebre presencia.

Ahora, la vemos buscando un pequeño hotel. Se instala en una sencilla habitación que tiene mucho de celda monacal, aunque sus ventanales dan a la amplitud de la vida. Está sola, pero de otra manera a como quiso estarlo antes. Tal vez sola como lo estuvo él, herida, pero de una grata convivencia indeleble, presta a reintegrarse al mundo, con mucho cuidado, abriéndose a la humilde verdad.

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Diario de un cinéfilo (28. Two lovers), por Javier Puig

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Me ha impresionado Two lovers (2008), de James Gray, por esa gran sensibilidad en el tratamiento de sus personajes. Empezando por ese Leonard, interpretado magistralmente por un Joaquin Phoenix que no necesita de ningún histrionismo, sino de un pequeño repertorio de sutiles gestos y miradas, para lograrnos convencer de la realidad de un joven sumido en la inestabilidad mental que, bajo el imperio de su carácter bipolar y las graves decepciones, está marcado por varios intentos de suicidio.

La historia nos presenta la situación de ese joven que ha regresado a casa de sus padres después de un dramático desengaño amoroso. Pronto se encontrará ante la doble posibilidad de iniciar una nueva relación. Por una parte, con Sandra (Vinessa Shaw), la candidata a esposa propugnada por su familia. Ella es la hija del socio de su padre, una joven de aspiraciones prudentes y manejables. Por otro lado, está la irrupción de una nueva vecina, Michelle (Gwyneth Paltrow), una joven bastante insensata, que tiene una mala relación con su padre y otra muy conflictiva con el típico amante que vanamente promete abandonar a su esposa.

Si el personaje de Leonard es un gran ejemplo de difícil humanidad, los demás están también muy certeramente construidos. Así, los padres, con esas diferentes maneras de mostrar su preocupación: él, algo más distante, pero no menos sufriente, inmerso en una dolorosa incertidumbre; ella (una magnífica Isabella Rossellini), más acuciada por esa irregular vida emocional, más extremadamente vigilante, aunque respetuosa, comprensiva a costa de perder su paz afectiva. También está muy logrado el personaje del suegro propuesto, que es el típico hombre burgués, absolutamente convencido de la importancia suprema de la seguridad, volcado en la continua búsqueda de la prosperidad económica, de relaciones humanas equilibradas, sin sobresaltos, si acaso con permisibles conflictos, lo más silenciosos y ocultos posibles.

Leonard entra en la vida de esas mujeres de una forma distinta. Por una parte, siguiendo los bienintencionados designios de sus padres, mediante una fluidez involuntaria, intima con Sandra, por la que siente afecto, pero muy lejos de enamorarse. Por otro lado, el progresivo apasionamiento que siente por Michelle se ve frustrado por ella, y enseguida se consolida como una cómplice y, para él, insuficiente amistad. Leonard vive esa doble relación simultánea con una angustia poco aconsejable para una psicología tan frágil. Es acosado por ambas mujeres que lo necesitan con querencias distintas. Por Sandra, desde una educada, casi imperceptible insistencia; por Michelle, desde una visceral necesidad, desde sus inestables emociones, recurrentemente sola, precisada de alguien cercano en quien volcar sus lágrimas. El problema es que la mujer más accesible no es la que se corresponde con su arrebato sentimental.

La película abunda en mostrarnos, transparentes, los rostros de unos personajes en diferentes grados sumidos en amenazantes desasosiegos. James Gray nos sitúa en un lugar en el que podemos comprenderlos a todos. Aunque, en un principio, nuestra empatía podría centrarse exclusivamente en Leonard, el personaje más vulnerable, nunca podemos desprendernos del lacerante sentimiento de precariedad que albergan todos aquellos que lo rodean. Y es que, viendo Two lovers, nos enfrentamos a la evidencia de la problemática de amar; a sus características excluyentes, más que a sus gratas avenencias.

Leonard parece decidido a aceptar a Sandra como opción estabilizadora, pero entonces Michelle, por sorpresa, despechada, le abre las expectativas que le había estado negando. Juntos planean la huida a otra ciudad. Para añadir morbosidad a este hecho, esta ha de producirse en las celebraciones navideñas, con todos los invitados de sus padres en su casa; entre ellos, su aún oficialmente prometida y sus temerosos padres. Los preparativos y la salida de la casa han de ser necesariamente furtivos, pero a su madre no se le escapa nada. Es como si sintiera dentro de sí una réplica de los sentimientos de su hijo. Lo ve salir. Lo despide, sin resistencia, con callado dolor. El también sufre: “Tengo que irme, mamá”. “Soy feliz”, dice, y ella ciegamente quiere creerlo. La vida es indomeñable, el amor es difícil, nos une a la contrariedad con tanta fruición como temor, con tanta felicidad como angustia.

Leonard crece acceder – contra la idea de todos – a su deseo, pero no se ha dado cuenta de que, a quien aspira a ceñirse, es a la mismísima volubilidad. Y Michelle, cuando finalmente baja de su casa, es para decirle que no se va con él, que su amante ha accedido a sus exigencias. Se lo dice llorando. Ella también sufre por el dolor que produce en el otro su supuesta felicidad. Ahora, ante este revés tan brutal, Leonard puede volver a hundirse en la autodestrucción o agarrarse a esas manos tendidas que no le apasionan, que tal vez no le van verdaderamente a salvar, pero sí a mantenerlo tenuemente en el mundo, permitirle alguna broma infantil ocasional, algún destello de placer y una cómoda compañía.

Un ciego impulso lo lleva a la playa donde el oscuro mar de la noche tal vez lo confronte hasta producir en él un germen de luz. Finalmente, sin poder saber por qué, vuelve a la fiesta. Entra en su casa. Su madre lo recibe con una mirada tan discreta como intensa. Arduamente intenta disimular su inmensa alegría, su secreta sorpresa. Está viviendo la frágil postergación del ineludible dolor, la dudosa aparición de la esperanza. Sandra lo recibe desde una espera paciente, desde una fe acertada. Todo en aquella sala transcurre aparentemente sin fisuras, sometido a la tenaz actitud de la cordialidad. Pero, dentro, muy adentro de Leonard, gime un torbellino de confusión, y él no puede dejar de oírlo mientras, afuera, ese mundo benévolo, del que no recibe su vivificante sustancia, apenas puede sostenerlo en sí mismo.

Sobre El fuego del mar, de María Engracia Sigüenza Pacheco, por Javier Puig

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Tenía muchas ganas de sumergirme amplia y detenidamente en la poesía de María Engracia Sigüenza Pacheco, de la que había recibido, primero aislados destellos, y luego una mayor visión en la lectura poética que hace un par de meses compartiera conmigo en Orihuela. Ahora, por fin, disponemos de parte de sus poemas reunidos en un libro extenso, El fuego del mar, editado por Celesta, rico en su elaborada verdad, en la sabiduría de sus dudas certeras, de sus preguntas esenciales, un poemario que logra aunar la diversidad en una dialogante coherencia.

Un poeta debe pretender que de su libro resulte un aporte de genuinas observaciones de la vida, una feliz confluencia desde lo inesperado. En este sustancioso libro, María Engracia lo ha conseguido casi siempre. Con un lenguaje sencillo, ha sabido transmitir a un público relativamente amplio un sentir nada superficial. La autora ha alcanzado en muchos momentos aquello que el lector espera de una obra literaria, que le ponga palabras a sus mudas pero fuertes sensaciones, que construya un universo lingüístico que podamos compartir.

El poemario se divide en tres partes diferenciadas, aunque claramente asignables a una misma voz. Las temáticas o los enfoques son tangencialmente distintos. Así, en la primera, El espíritu de Gea, encontramos ya esa sensibilidad enfrentada, ese amor a una vida tan vulnerable por la amenaza de la desazón y de la muerte. En Deseo, el don del sexo es ejercido con fruición, utilizado como ardiente oposición a la muerte: “Quiero la miel salvaje de tu boca /… / Quiero ahogar el miedo/ en el mar de tu garganta, / incendiarme de vida/ en la llama de tus labios”. He aquí una de las múltiples referencias a ese fuego que – junto al agua – es origen y persistencia de la vida, y es núcleo recurrente en este poemario.

En Todo, se explicita esa resolución de no renunciar a ninguna de las caras de la vida, incluso a las más ominosas y crueles: “El amor sin límite / y el dolor sin medida. Todo”. Lo que se propone es una vida incandescente, una mirada abarcadora. En Fuego, se ahonda en esas contraposiciones: “Contiene el caos del universo / y el orden de la vida”. Aquí no hay fusión con el mundo, alianza apaciguadora con las fuerzas adversarias, sino lucha candente. En el poema Paradojas, se ejemplifican algunas de las ideas transversales en las que insisten estos poemas: “A veces la noche está viva / y el día trae la muerte / con los sables del sol”.

Dolor me ha parecido uno de los mejores poemas de esta primera parte. En sus versos, se expresa una de las más recurrentes ideas con las que nos encontramos: la empatía con el sufrimiento ajeno. Porque no es este poemario una reivindicación de una lucha exclusivamente propia sino que la misma está enlazada con el hermanable sentir de la humanidad; y eso, los lectores lo notamos desde el primer momento: “Duelen los abismos de la humanidad. / Duele la inocencia asesinada/ en los altares de la infamia”. Pero la autora no se conforma con esa constatación, con esa obviedad y, en su línea de profunda indagación de las contradicciones, nos dice. “Pero el dolor nos cura, / el dolor se enfrenta a las heridas, / el dolor siente, sufre, lucha / vive y nos hace vivir”. Y, en esa defensa del sentimiento encendido, se atreve a ir más allá: “La indiferencia es la Muerte”. La reacción ante la adversidad siempre está evocada, las propias fuerzas se extraen de la colisión con el supuesto enemigo: “Con el hilo invisible de la rabia/ tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, / y el dolor alumbrará belleza”.

En la segunda parte, Atenea y las Musas, María Engracia recorre esas figuras del arte que, con su lucidez, también han configurado nuestra compleja visión del mundo. De esta parte destacaría Un Viento salvaje, donde la autora vuelve a preguntarse sobre lo grande. Le inquiere a lo decisivo una respuesta que no llega y que acaba surgiendo, vitalista, en el propio interrogador: “Y solo queda, vivir, vivir/ y escuchar a los muertos. / Mientras, entre las tinieblas, / el francotirador aguarda”.

La última parte, La mirada de Cronos, es la más dramática, en la que está más presente la muerte; y también aquella que alberga los versos más intensos, el enfrentamiento más directo con una verdad a la que se le reconoce su supremacía frente a la gran pequeñez de la condición humana. Y es que, frente al Tiempo, hay una guerra desigual, en la que el ser se alivia con la momentánea satisfacción de la humana voluntad: “Yo lo desafío: / delante de sus ojos / me inyecto la médula de la vida”. El poemario avanza hacia una reconciliación, hacia un reconocimiento mutuo en la vida. El tiempo es de lo que estamos hechos. Nos acoge y alimenta en cada instante de nuestra existencia. Otro de los poemas, Tu recuerdo, es un emocionado ejercicio de conexión con lo ausente, con el padre fallecido que aún habita en los pliegues más ocultos de uno mismo. Es ese reencuentro ansiado la reconstrucción imaginaria de una presencia que reside en lo ignoto.

En La visita hay un recorrido por las imágenes más emotivas de un pasado siempre amado, un retorno a la infancia para recuperar la mirada más pura, aquella que nace exenta de palabras, de cálculos, de construidos deseos, y que es presente continuo, desnuda experiencia que penetra sin filtros en la memoria, que nos detiene y nos invade con una pregunta esencial que no logramos entender.

En Vivir encontramos de nuevo la llamada a la lucha contra la natural adversidad como acción necesaria: “Deja que ardan tus pupilas / para ganar otra batalla perdida, / y prepárate para vivir muriendo”. El bien de la vida es nuestra capacidad de lucha, sin la que estaríamos inmersos en la rendición más aniquiladora. Despedida nos habla de otra presencia de la muerte, esta vez la de un niño, expresada siempre desde un alzamiento de la mirada, desde lo oscuro hacia los atisbos de la luz: “Una pena negra y silenciosa / que eterniza la luz de tu sonrisa”, “un recuerdo que nos une / para siempre / a las flores de la tierra”. La Herida es uno de mis poemas favoritos del libro. Me parece magistral, redondo. Encontramos en él esa asunción de que la vida produce daños que marcan.

Resurrección es otra confirmación de esa vital necesidad de salir de los golpes que nos encierran y nos abruman entre los ecos de la negritud. Y es que estamos ante un poemario que no se arredra ante la contemplación de esas sombras que son avanzadillas de la muerte. En todo momento vuelve a esa convicción que exalta y enaltece: “El arrebato de sentirme viva”.

El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida. Propensos a las recaídas, lo único que procede es levantarnos incansablemente y rescatar esa, a veces, sepultada alegría de estar vivos. Es este libro la descripción de una guerra entre las luces y las sombras. María Engracia Sigüenza no nos ha ocultado ninguna dura verdad pero tampoco nos ha escamoteado el camino de una apasionante pervivencia. Como bien dice en su último verso: “Ha llegado el momento de Vivir”.

GLOSARIO CATORCE (118 – 124), por Javier Puig

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GLOSARIO CATORCE (118 – 124)

118.- “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre” (Simone de Beauvoir, en su primera juventud)

El drama del ser humano es su debilidad, la fatal precariedad de sus certezas, la reincidencia del temor, la dependencia de un número infinito de posibilidades que se clasifican en reveses o espaldarazos al aliento propio. Vivir es estar preso de las vicisitudes que a veces lastiman nuestra sensibilidad desbordada.

Nunca he creído a quienes afirman que es posible adquirir una felicidad sin fisuras. En lo que sí creo es en armarse de fuerza, consistencia, conocimiento, serenidad, para poder reducir, acortar, conllevar los efectos de la esporádica o recurrente adversidad.

119.- Amar es cansarse de estar solo (Fernando Pessoa)
Pessoa era un poeta muy triste, un hombre que no creyó enteramente en las bondades de la vida porque solo alcanzó a adivinarlas. Uno se cansa de estar solo, pero no por ello se ama. O es que ¿cansarse de estar solo es ya empezar a amar? El amor no es indefectible cuando se lo necesita para salir del atolladero de uno mismo. Se puede buscar a otro, pero para huir de uno mismo y – a pesar de las forzadas apariencias – para refugiarse en él, sin verdadero afecto.

120.- Sin abandonar mi casa conozco el mundo entero (Lao Tse)
La casa, es decir la quietud, los estímulos aminorados, la confianza en el propio ser, la totalidad en el ejercicio de la mente, en sus recorridos imaginados. O la pura sensación de vivir, la intensa conciencia de ser reflejado en la intensidad de los contornos que dan al mundo esa fuerza de la realidad que lo es, aunque se manifieste en su simple redundancia, en su escueta densidad. El mundo entero es lo que se ve o lo que se concibe, es esa insatisfactoria respuesta a una pregunta muy nuestra, a veces cansada, otras muy viva.

121.- No hay esperanza sin temor ni temor sin esperanza (Spinoza)
El hombre vive en la perentoriedad de un vaivén. La esperanza es un agarradero incierto, peligroso, si muestra su sarcasmo, si nos espeta su condición de irrealidad, de base ilusoria. El futuro es el lugar al que vamos desde nuestro deslizamiento. No sabemos si seguiremos cayendo con buen pie, con la atenuación que intentan forjar nuestras explicaciones; o si esta vez caeremos descalabrados. En lo que nos acaecerá, apenas disponemos de la creencia en las construcciones erigidas del material de nosotros mismos. Hay azares poderosos, destructivos, que podrían manifestarse, alcanzar su dramática culminación. Y si cuando hay temor sobreviene la esperanza, es porque se confía en el poder de lo frágilmente establecido.

122.- Sigo prefiriendo una lucidez triste que una ilusión feliz (Enmanuelle Cárrere)
La lucidez es claridad que no miente, descubrimiento del grito de lo obvio, desbaratamiento de la ilusión, que es engaño consentido, manipulación emocional a través de ideas autoimpuestas. La ilusión feliz se sostiene invicta hasta que la ostentosa presencia de la realidad la desbarata¸ hasta el contraste con la contundencia de un relato adverso. La licitud de su uso se basa en la teoría de la validez de nuestros sentimientos, en detrimento de las verdades de un supuesto signo infausto. Estar triste no es lo indeseable de por sí; de hecho, es un asentamiento seguro, una pose que no deniega la belleza.

123.- Ligeros como el pájaro, no como la pluma (Paul Valery)
La ligereza es la virtud más humilde. Se basa, no en la jactancia, sino en el hallazgo de un camino fiel a nuestro aliento. Lo que no pesa no es la ausencia de nuestras implicaciones, sino la no necesidad de los sueños, la certeza sucesiva en una facilidad que ha costado y que hay que reponer bastante a menudo. Surquemos las frondas con la jovialidad de la entrega.

124.- La costumbre nos arrebata el verdadero rostro de las cosas (Montaigne)
La redundancia de las cosas nos adormece, nos ciega la reincidencia de una imagen. Nuestro aturullado tránsito cotidiano nos hurta la necesaria detención en cada objeto que se propugna profundo. Soslayamos la llamada de aquello que, en su limitación, alberga una ancha representación de los secretos de la realidad. Con la prisa de quien se siente sabedor de lo preciso, en la reducción de lo previamente designado, rebasamos los rostros, los paisajes, las palabras. Abrir los ojos a la gran interioridad de lo evidente es alcanzar un grado más en el despertar, acceder a los primores de lo espontáneo.

Sobre los pequeños grandes libros de cuatro poetas ilicitanos, por Javier Puig

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Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Recientemente, se han publicado y presentado de forma simultánea cuatro plaquettes de poetas que residen en Elche. La menor amplitud de estos libros, de cuidado diseño pero escuetos en tamaño, podría sugerir, en principio, un aprovechamiento de obra menor, algo así como un cúmulo de salvables excedentes, que se presentaban así, con humildad, en grupo, diluyendo momentáneamente la individual importancia de estos artistas que tienen una valiosa obra aparte. Pero este posible prejuicio no ha podido maniatar mi sorpresa, al ir comprobando en esas páginas una calidad en absoluto lastrada por una desfavorable criba previa. Claro que, de estos cuatro poetas – dos mujeres y dos hombres –, solo conocía la obra de Cebrián y de An Yi Campello. No sé –aún – qué lugar ocupan en la trayectoria de Manuela Maciá y de Pedro Serrano estos intensos libros con los que me he iniciado en su obra.

Vida de poeta me ha supuesto la vuelta a una obra, la de Cebrián (aquí Carlos Javier), que me ha resultado siempre entrañable, por su insobornable autenticidad, y necesaria, por su potencia creadora. Leer a este poeta es siempre avanzar en el conocimiento del hombre que ha compuesto esos versos: “Mis poemas: sangre derramada”. Cada uno de ellos es precisa afirmación de lo que lo constituye, de la configuración personal que, entre el sentimiento y la autorreflexión, va consolidándose en una vida amadamente irresuelta.

Inicia Carlos Javier Cebrián esta plaquette con una primera parte, a la que llama Separata, en la que reúne expresiones poéticas – tangencialmente aforísticas –, aisladas u otras veces agrupadas en forma de breve poema. Aquí aparecen versos aislados, que son promulgaciones de su ser poético, una forma de autorretrato, o de retrato de aquel mundo que lo delata: “Poema: mi confesionario”, “el problema es que la vida no se comprende”, “soy animal herido”.

La segunda parte, Vida de poeta, no alberga poemas menores, sino que añade nuevas piezas capitales a su obra. Aquí prosigue con esas declaraciones personales que dirige – a veces a través de destinatario interpuesto – abiertamente a un público lector del que espera una sensibilidad comprensiva. Aunque no las tenga todas consigo, y mantenga ciertas reservas de rubor, la de aquel que duda de la amplia licitud de su discurso: “Aceptar por fin/ en qué poco estimáis/ esta mi consabida perorata”. Este pequeño libro, el más corto de los cuatro, finaliza con una Coda, unitariamente compuesta por La mirada de Josefina, que es un sentido homenaje a un amado y trascendente paso por la vida.

No conocía la obra de Manuela Maciá, pero estos Brotes que le he leído me han resultado una gratísima sorpresa. Están constituidos por poemas en prosa que me han impactado por su riqueza expresiva. Se componen de una corta, armónica sucesión de frases de ascendencia claramente poética. Su clara densidad está hecha de la captación de preciosas sutilezas que expresan agudas contradicciones. La autora se centra en un tono intimista repleto de imágenes bellamente elocuentes. No hay frase baladí, ni metáfora sin belleza o sin acierto, en estas lúcidas inmersiones en tan perturbadoras vivencias. Cada entrada es una variación sobre el tema del amor – del desamor – y podría ser perfectamente un fragmento de un hermoso diario. Son poemas del desencuentro, de la extinción, de la confrontación sentimental, de la repentina extrañeza del otro. En el desvelamiento de las ocultaciones del sentir, en el aprendizaje del desamor, siempre halla las precisas y rumorosas palabras: “Soy como un párvulo que ha de aprender a no amarte”, “fue hermoso, fue bello, nos amamos con intensidad, con ternura, incorrectamente…”, “estoy en la adolescencia de mi dolor y mi única esperanza es crecer para olvidarte”, “ya no eres tú, hace tiempo que te fuiste y por mucho que lo intento no logro hacerte regresar”.

La expresión del decaimiento está muy lograda: “En los bolsillos de la noche se esconden melancolías que las manos clandestinas oprimen”, “regreso con la tristeza pegada a mis espaldas, a donde mis manos no alcanzan, para poder alcanzarla”, “¿por qué crece el llanto dentro de mí y no quiere desbordarse? Rebusco en los rincones de mi alma y descubro un baúl de razones dormidas que no deseo despertar”. En la parte central, también Manuela Maciá incluye unos registros breves: “Cuando el dolor se haya ido ¿me quedará el consuelo de verte feliz?”, “ternuras muertas me rodean ancladas en mi sombra”. En fin, un gran descubrimiento.

La obra de Pedro Serrano también me era desconocida. Sus versos me han parecido la expresión de un carácter insumiso. Si fueran pronunciados en la calle, sin previa advertencia, el tráfico de los viandantes se detendría bajo el peso del sentimiento de una admonición. Se habría roto el consenso de la mentira, se habría osado argüir lo innombrable. Los poemas que componen su Falta de perspectiva son a menudo aforísticos, o bien telegramas de una suavidad muy frágil, presta a diluirse en las contundencias necesarias. La exigüidad en los versos es aquí altamente beneficiosa, concentra los novísimos mensajes, impide fugas del lector presto a eludir esta poesía incisiva. Hay aquí una continua rebeldía contra el silencio o el disimulo de las palabras, una incansable búsqueda de la invención de la verdad insoslayable. Pedro Serrano ha sabido percutir con tiento, desde la resolución de hablar claro, de no apartar la mirada de lo ingrato, algunas formas secretas de lo sagrado: “No caigas en la tentación de morirte antes de tiempo./ Previamente come de la fruta que otros no quieren./ Bebe el vino que toca la piel, sin decoro, /deja que las manos hurguen en tu sombra./ Sí, y tiembla”. O este verso que es fruto de su sabia ironía: “Practica la tardanza en las costumbres”. Pues eso: un decir imprescindible.

Después de Malasia en el corazón, estos poemas de An Yi Campello, reunidos en El vuelo de la grulla, me han reinsertado en ese ámbito de serenidad que sabe establecer la autora con sus nítidos versos. Sus palabras son una pacífica transcripción de las sensaciones más aquietadas, un homenaje a la beatitud, un manifiesto a favor de las dulces bondades de la paz mental. Pero también “una memoria de la emoción”: “Mi madre no es recuerdo,/ es vida en el milagro”. Lo suyo es la devoción por los nexos intensificadores de la vida, los que se establecen entre sus relevantes estancias y un yo que transcurre incitado dentro de su angosta plenitud. An Yi Campello está muy atenta a los mensajes que nacen en las cosas, a las sinestesias, a todo lo sensorial, a los enlaces que promueve la contemplación y, sobre todo, al silencio, en el que vuelve a insistir en la última parte de este grato poemario, donde se consigna esa calma que regenera la pulcritud en el vivir. En el último poema, El gran silencio, que dedica a su madre, se enlaza esa paradójica riqueza sensitiva, la del silencio, con la emoción de la primera parte, y así todo cobra un sentido integrador, una dirección hacia lo esencial que aquí se palpa desde las luminosas palabras.

Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Diario de un cinéfilo. (27. En la ciudad blanca) por Javier Puig

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Hay películas que no son obras maestras, pero son algo más que eso. Son aquellas que tienen momentos extraordinariamente logrados y ocupan un lugar preeminente en el altar de las que nos han conmocionado. Es, para mí, el caso de En la ciudad blanca (1983), película de Alain Tanner que fui a ver yo solo en el momento de su estreno, y a la que volví la semana siguiente acompañado de un amigo al que le había sabido transmitir un entusiasmo que él luego compartió conmigo sin reservas. Luego, durante muchos años, nos dispuse de esta obra en español; por suerte, hace poco, un buen amigo me la ha proporcionado.

Ver de nuevo, al cabo de tantos años, una película que uno guarda, no solo en el recuerdo de sus experiencias cinéfilas, sino en el apartado de las emociones más intensas, tiene sus riesgos. Revisadas aquellas imágenes, su muy sugerente música, sus escasas pero elocuentes palabras, puedo afirmar que no he sentido apenas menoscabo de aquella primera emoción. Y, ahora, me apetece averiguar por qué esta película me tocó tan fuerte, con tanta hondura.

Uno de sus hallazgos que más me impresionaron fue el de esas tomas en súper 8 que realiza el protagonista, que vienen a ser como un documental muy subjetivo, o un diario visual, acompañado del profundo saxo de Jean-Luc Barbier. Estas musicales imágenes que nos muestran las colinas de Lisboa, con sus pendientes surcadas por los entrañables tranvías, componen unas secuencias intensamente poéticas.

Del argumento de la película me atrajo esa valentía de Paul (Bruno Ganz) para despojarse de cualquier seguridad, para desmembrarse de esa base tan sólida que es su patria, la avanzada y ordenada Suiza; y de esa mujer a la que se resiste a volver, con la que tal vez podría alcanzar una moderada pero consistente felicidad. En la época en la que conocí esta historia, sin llegar a perder pie de los cimientos más protectores, yo gustaba de hacer algunas excursiones solitarias por las mundanidades que me parecían más afines. Aquel en quien me convertía yo entonces, un joven que momentáneamente infringía algunas de las leyes de la más conservadora cordura, realizaba desinhibidas incursiones en un mundo que, entre divertido y admirado, superada una primera perplejidad, reconocía en mí una auténtica frescura. Pero esos experimentos no se pueden llevar hasta los extremos de la intemperie, ni ejercitarse de forma continuada, porque no lo admite el mundo mayoritario, creído de su sensatez.

La experiencia de Paul es así. Se mueve por Lisboa desde la alegría de la naturalidad, desde la espontaneidad del limpio deseo. Avanza sin rigideces, sin mirar a los lados. Se sorprende a sí mismo. Abandona el barco en el que estaba trabajando. Transita por los destartalados suburbios de Lisboa, que están lejos del lujo, del mundo que construye una vistosa y falsaria verdad. Sus libres excursiones a las gentes humildes, entre las que ha recabado, no saben de clasismos culturales. Él es un poeta balbuciente, sin respaldo en las lecturas. Un hombre que abraza la realidad con una intuición tan pura que lo separa de quienes lo acompañan en la vida. Y es que él quiere estar hecho, sobre todo, de aquello que aún no sabe.

Este díscolo hombre suizo quiere explorar los personajes de su vida desde una nueva forma de sí mismo; pero, aunque Rosa (Teresa Madruga), la sencilla joven que conoce en Lisboa, con la que logra compartir mágicos momentos, al final no le hubiera fallado, desvaneciéndose hacia un oculto paradero, Paul hubiera tenido que seguir avanzando en pos de un nuevo estímulo. Pues ya se estaba agotando el de esa joven que empezaba a dudar seriamente de él, de su imperdonable indefinición en su estancia en el mundo. Al fin, impulsado por la frustración y por los chantajes de la vida establecida, deberá cejar en su osadía, volver a esa Suiza, símbolo de todo lo bien atado, y también de lo corrupto, aunque allí no sabrá cómo explicar eso que los demás llaman locura y que él aún se atreve a decirse que es libertad; libertad con todas sus consecuencias, con todas las contradicciones en las que cae quien pretende inventar la vida.

En la soledad cabe todo: la euforia, la paz, la tristeza, la duda. En esos monólogos que son los esbozos de las cartas que enviará a su pareja en Suiza, con más intención expresiva que comunicativa, registra las variantes de sus emociones, los descubrimientos de una vida ya entregada a las sensaciones de lo que vive como nuevo pero que, en realidad, es la esencial persistencia que ignoraba. Al final, sin la presencia del amor, la soledad o la libertad ya no son nada más que el triste desecho del propio recorrido.

Hay en esta película una clara contraposición de mundos: por un lado, el suizo, tan correctamente previsible; y ese otro anárquico, el del puerto y del extrarradio de Lisboa, donde todo es concebible, hasta el que un reloj marque las horas al revés. Paul huye del infernal cuarto de máquinas del barco, pero también del constreñimiento en una sociedad donde todo resulta exigencia y previsión. Necesita la aventura, agarrar la armónica, la cámara, y empezar a investigar la auténtica presencia del mundo. Pero lo que encuentra tampoco es lo perfecto. Ese ámbito más puro también le falla, aunque lo hace desde la legitimidad de lo genuino. Esa libertad aligera la existencia pero también la empuja hacia los recodos de la frustración. No es fácil, tampoco, vivir así, a no ser que uno pueda subirse a la cresta de lo sensual y permanece allí un tiempo, riéndose de todas las bajuras que propone lo prosaico.

En esta película, todo me sugiere una íntima, humilde e irrefutable verdad. Las escenas eróticas son insólitas y sublimes desde esa concepción tan natural, desde su pura belleza. Lo que ocurre no está envuelto en el glamur adulterador sino en la difícil bondad de lo corriente. Los personajes exhalan una descontaminada sencillez; él con esa nueva vertiente temeraria, ellas con esos afanes de certezas; y todos, con esa insatisfacción tan propia de la vida.

La última imagen de la película nos presenta a un Paul que ocupa el tren que lo devuelve a su casa. Lo vemos pensativo, con sus ojos abandonados en el cristal de la ventanilla. Pero luego repara en la joven que tiene enfrente, en ese rostro puro de juventud, de belleza ligeramente barnizada de exotismo, que tal vez le sugiere la posibilidad de una nueva escapatoria. De pronto, vemos su cara llena de inocencia difuminarse a través de la granulada película de esa cámara de súper 8 que él ya no tiene – porque la tuvo que vender – pero que sigue enfocando la vida para él – para nosotros -, con esa mirada única que, con sus sentimientos, con sus anhelos, selecciona la humana imagen del mundo.

Diario de un cinéfilo (26. Madre e hijo), por Javier Puig

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Madre e hijo (1997), de Alexander Sokurov, es una película que busca lo poético como afirmación. Nos muestra un paisaje diluido, los rostros deformados, como si espíritus extensibles. Nos presenta a una madre moribunda cuidada por su hijo paciente y solícito, entregado plenamente a las últimas horas de esa mujer. Ambos viven aislados de la humanidad, rodeados de paisajes pictóricos.

Es un amor también físico, que excluye el erotismo pero contiene la relevancia del tacto, del peso, del aliento. Ella ya es casi solo un cuerpo próximo a lo inerte, con una mínima voluntad de ocupar el mundo. La cámara está viva, es la acompañante de esa mermadísima mujer postrada sobre un banco. Ella ha querido salir al bosque. No se tiene en pie, pero su hijo le concede todos sus vitales deseos. Están rodeados de paisajes pictóricos, de la oscuridad tormentosa, de la humedad que se cierne como una insípida compañía. Hay una extrema lentitud, un palpitante detenimiento.

Hay que salir al aire, al mundo. Pese a la amenaza de tormenta, el hijo la apoya en sí para que ella se reencuentre con su ansiada posición vertical, para que tenga la sensación de recuperar la vida. Carga con su madre, con su casi mortal profundidad.

Son un hijo y una madre habitando los cuadros, las imágenes enmarcadas de una naturaleza rugiente, el mobiliario y las paredes y los suelos de una casa dura de habitar. Reinan aquí los claroscuros hechos de colores concentrados, de espacios tensados en sus delimitaciones, en sus contrastes instaurados por la firmeza de esa artística vocación. Esas imágenes buscadas, quietas, difuminadas por una lámina de espesa luz.

Vemos el rostro de la madre, escuchando el lejano ritmo de la vida desde la paciencia de la lenta disolución. Un primer plano en el que se impone su rostro decrépito, ojeroso, ceniciento. Y esos detalles de la vida: las ramas y las flores sobre el alfeizar interior, en la ventana y paisaje constreñido.

Es la miseria, la disolución, la renuncia del mundo. Solo se tienen el uno al otro. El retiro, el mundo solo. El tornasol de los campos, el ruido de la naturaleza y alguna lejana sirena, o unas voces cantoras que apenas se distinguen de la maquinaria del mundo. Y al fin, la muerte.

Madre hijo no es una película recomendable más que para cinéfilos pacientes que sientan la hermosa licitud de un planteamiento apenas narrativo, premiosamente espiritual, estéticamente pictórico. Quien sepa apreciarla, habrá sumado una nueva obra de arte más a los más preciados archivos de su retina, al acervo de sus emociones más bellas.

(Completo este comentario con un poema que he escrito sobre esta obra tan sugerente que se puede ver – con calidad regular, aunque no por las originales deformaciones de la imagen, que son un recurso del director – en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=AoqfiSQ8pfI)

MADRE E HIJO

Ruge el silencio.

Las variaciones de la luz

son el destino de lo verdadero.

Ved a esa mujer que se recuesta

sobre el principio de un vacío

a esperar la más íntima piedad.

Ved esa mirada hacia dentro

asomándose a la tiniebla.

Y esa palidez: preludio de la disolución.

Ella suplica una nueva forma de amor

que supere las palabras.

Quiere que el hijo la traspase

en su desmoronado ser;

en el precario entramado de los átomos,

que lo acepte como propio.

Muy cerca, el paisaje la acompaña,

comprime sus colores,

intensifica los contrastes,

consiente que la muerte urda

su delicada tarea.

Ella escucha muy adentro

el apagamiento de un murmullo.

Su significado apenas existió…

Mientras, el tiempo avanza rugiendo un silencio

que no todo lo acalla.

Y un cántico de nadie

describe el fin de una pugna mortal.

Ya solo queda el infinito eco

de un vivir impreciso.