Archivo de la etiqueta: Javier Puig

Diario de un cinéfilo. (27. En la ciudad blanca) por Javier Puig

Estándar

Hay películas que no son obras maestras, pero son algo más que eso. Son aquellas que tienen momentos extraordinariamente logrados y ocupan un lugar preeminente en el altar de las que nos han conmocionado. Es, para mí, el caso de En la ciudad blanca (1983), película de Alain Tanner que fui a ver yo solo en el momento de su estreno, y a la que volví la semana siguiente acompañado de un amigo al que le había sabido transmitir un entusiasmo que él luego compartió conmigo sin reservas. Luego, durante muchos años, nos dispuse de esta obra en español; por suerte, hace poco, un buen amigo me la ha proporcionado.

Ver de nuevo, al cabo de tantos años, una película que uno guarda, no solo en el recuerdo de sus experiencias cinéfilas, sino en el apartado de las emociones más intensas, tiene sus riesgos. Revisadas aquellas imágenes, su muy sugerente música, sus escasas pero elocuentes palabras, puedo afirmar que no he sentido apenas menoscabo de aquella primera emoción. Y, ahora, me apetece averiguar por qué esta película me tocó tan fuerte, con tanta hondura.

Uno de sus hallazgos que más me impresionaron fue el de esas tomas en súper 8 que realiza el protagonista, que vienen a ser como un documental muy subjetivo, o un diario visual, acompañado del profundo saxo de Jean-Luc Barbier. Estas musicales imágenes que nos muestran las colinas de Lisboa, con sus pendientes surcadas por los entrañables tranvías, componen unas secuencias intensamente poéticas.

Del argumento de la película me atrajo esa valentía de Paul (Bruno Ganz) para despojarse de cualquier seguridad, para desmembrarse de esa base tan sólida que es su patria, la avanzada y ordenada Suiza; y de esa mujer a la que se resiste a volver, con la que tal vez podría alcanzar una moderada pero consistente felicidad. En la época en la que conocí esta historia, sin llegar a perder pie de los cimientos más protectores, yo gustaba de hacer algunas excursiones solitarias por las mundanidades que me parecían más afines. Aquel en quien me convertía yo entonces, un joven que momentáneamente infringía algunas de las leyes de la más conservadora cordura, realizaba desinhibidas incursiones en un mundo que, entre divertido y admirado, superada una primera perplejidad, reconocía en mí una auténtica frescura. Pero esos experimentos no se pueden llevar hasta los extremos de la intemperie, ni ejercitarse de forma continuada, porque no lo admite el mundo mayoritario, creído de su sensatez.

La experiencia de Paul es así. Se mueve por Lisboa desde la alegría de la naturalidad, desde la espontaneidad del limpio deseo. Avanza sin rigideces, sin mirar a los lados. Se sorprende a sí mismo. Abandona el barco en el que estaba trabajando. Transita por los destartalados suburbios de Lisboa, que están lejos del lujo, del mundo que construye una vistosa y falsaria verdad. Sus libres excursiones a las gentes humildes, entre las que ha recabado, no saben de clasismos culturales. Él es un poeta balbuciente, sin respaldo en las lecturas. Un hombre que abraza la realidad con una intuición tan pura que lo separa de quienes lo acompañan en la vida. Y es que él quiere estar hecho, sobre todo, de aquello que aún no sabe.

Este díscolo hombre suizo quiere explorar los personajes de su vida desde una nueva forma de sí mismo; pero, aunque Rosa (Teresa Madruga), la sencilla joven que conoce en Lisboa, con la que logra compartir mágicos momentos, al final no le hubiera fallado, desvaneciéndose hacia un oculto paradero, Paul hubiera tenido que seguir avanzando en pos de un nuevo estímulo. Pues ya se estaba agotando el de esa joven que empezaba a dudar seriamente de él, de su imperdonable indefinición en su estancia en el mundo. Al fin, impulsado por la frustración y por los chantajes de la vida establecida, deberá cejar en su osadía, volver a esa Suiza, símbolo de todo lo bien atado, y también de lo corrupto, aunque allí no sabrá cómo explicar eso que los demás llaman locura y que él aún se atreve a decirse que es libertad; libertad con todas sus consecuencias, con todas las contradicciones en las que cae quien pretende inventar la vida.

En la soledad cabe todo: la euforia, la paz, la tristeza, la duda. En esos monólogos que son los esbozos de las cartas que enviará a su pareja en Suiza, con más intención expresiva que comunicativa, registra las variantes de sus emociones, los descubrimientos de una vida ya entregada a las sensaciones de lo que vive como nuevo pero que, en realidad, es la esencial persistencia que ignoraba. Al final, sin la presencia del amor, la soledad o la libertad ya no son nada más que el triste desecho del propio recorrido.

Hay en esta película una clara contraposición de mundos: por un lado, el suizo, tan correctamente previsible; y ese otro anárquico, el del puerto y del extrarradio de Lisboa, donde todo es concebible, hasta el que un reloj marque las horas al revés. Paul huye del infernal cuarto de máquinas del barco, pero también del constreñimiento en una sociedad donde todo resulta exigencia y previsión. Necesita la aventura, agarrar la armónica, la cámara, y empezar a investigar la auténtica presencia del mundo. Pero lo que encuentra tampoco es lo perfecto. Ese ámbito más puro también le falla, aunque lo hace desde la legitimidad de lo genuino. Esa libertad aligera la existencia pero también la empuja hacia los recodos de la frustración. No es fácil, tampoco, vivir así, a no ser que uno pueda subirse a la cresta de lo sensual y permanece allí un tiempo, riéndose de todas las bajuras que propone lo prosaico.

En esta película, todo me sugiere una íntima, humilde e irrefutable verdad. Las escenas eróticas son insólitas y sublimes desde esa concepción tan natural, desde su pura belleza. Lo que ocurre no está envuelto en el glamur adulterador sino en la difícil bondad de lo corriente. Los personajes exhalan una descontaminada sencillez; él con esa nueva vertiente temeraria, ellas con esos afanes de certezas; y todos, con esa insatisfacción tan propia de la vida.

La última imagen de la película nos presenta a un Paul que ocupa el tren que lo devuelve a su casa. Lo vemos pensativo, con sus ojos abandonados en el cristal de la ventanilla. Pero luego repara en la joven que tiene enfrente, en ese rostro puro de juventud, de belleza ligeramente barnizada de exotismo, que tal vez le sugiere la posibilidad de una nueva escapatoria. De pronto, vemos su cara llena de inocencia difuminarse a través de la granulada película de esa cámara de súper 8 que él ya no tiene – porque la tuvo que vender – pero que sigue enfocando la vida para él – para nosotros -, con esa mirada única que, con sus sentimientos, con sus anhelos, selecciona la humana imagen del mundo.

Anuncios

Diario de un cinéfilo (26. Madre e hijo), por Javier Puig

Estándar

Madre e hijo (1997), de Alexander Sokurov, es una película que busca lo poético como afirmación. Nos muestra un paisaje diluido, los rostros deformados, como si espíritus extensibles. Nos presenta a una madre moribunda cuidada por su hijo paciente y solícito, entregado plenamente a las últimas horas de esa mujer. Ambos viven aislados de la humanidad, rodeados de paisajes pictóricos.

Es un amor también físico, que excluye el erotismo pero contiene la relevancia del tacto, del peso, del aliento. Ella ya es casi solo un cuerpo próximo a lo inerte, con una mínima voluntad de ocupar el mundo. La cámara está viva, es la acompañante de esa mermadísima mujer postrada sobre un banco. Ella ha querido salir al bosque. No se tiene en pie, pero su hijo le concede todos sus vitales deseos. Están rodeados de paisajes pictóricos, de la oscuridad tormentosa, de la humedad que se cierne como una insípida compañía. Hay una extrema lentitud, un palpitante detenimiento.

Hay que salir al aire, al mundo. Pese a la amenaza de tormenta, el hijo la apoya en sí para que ella se reencuentre con su ansiada posición vertical, para que tenga la sensación de recuperar la vida. Carga con su madre, con su casi mortal profundidad.

Son un hijo y una madre habitando los cuadros, las imágenes enmarcadas de una naturaleza rugiente, el mobiliario y las paredes y los suelos de una casa dura de habitar. Reinan aquí los claroscuros hechos de colores concentrados, de espacios tensados en sus delimitaciones, en sus contrastes instaurados por la firmeza de esa artística vocación. Esas imágenes buscadas, quietas, difuminadas por una lámina de espesa luz.

Vemos el rostro de la madre, escuchando el lejano ritmo de la vida desde la paciencia de la lenta disolución. Un primer plano en el que se impone su rostro decrépito, ojeroso, ceniciento. Y esos detalles de la vida: las ramas y las flores sobre el alfeizar interior, en la ventana y paisaje constreñido.

Es la miseria, la disolución, la renuncia del mundo. Solo se tienen el uno al otro. El retiro, el mundo solo. El tornasol de los campos, el ruido de la naturaleza y alguna lejana sirena, o unas voces cantoras que apenas se distinguen de la maquinaria del mundo. Y al fin, la muerte.

Madre hijo no es una película recomendable más que para cinéfilos pacientes que sientan la hermosa licitud de un planteamiento apenas narrativo, premiosamente espiritual, estéticamente pictórico. Quien sepa apreciarla, habrá sumado una nueva obra de arte más a los más preciados archivos de su retina, al acervo de sus emociones más bellas.

(Completo este comentario con un poema que he escrito sobre esta obra tan sugerente que se puede ver – con calidad regular, aunque no por las originales deformaciones de la imagen, que son un recurso del director – en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=AoqfiSQ8pfI)

MADRE E HIJO

Ruge el silencio.

Las variaciones de la luz

son el destino de lo verdadero.

Ved a esa mujer que se recuesta

sobre el principio de un vacío

a esperar la más íntima piedad.

Ved esa mirada hacia dentro

asomándose a la tiniebla.

Y esa palidez: preludio de la disolución.

Ella suplica una nueva forma de amor

que supere las palabras.

Quiere que el hijo la traspase

en su desmoronado ser;

en el precario entramado de los átomos,

que lo acepte como propio.

Muy cerca, el paisaje la acompaña,

comprime sus colores,

intensifica los contrastes,

consiente que la muerte urda

su delicada tarea.

Ella escucha muy adentro

el apagamiento de un murmullo.

Su significado apenas existió…

Mientras, el tiempo avanza rugiendo un silencio

que no todo lo acalla.

Y un cántico de nadie

describe el fin de una pugna mortal.

Ya solo queda el infinito eco

de un vivir impreciso.

Sobre Malasia en el corazón, de Ángeles Campello, por Javier Puig

Estándar

Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010.

Malasia en el corazón, de Ángeles Campello, es un poemario que nace de la espiritualidad de la autora, de su afinidad con la filosofía y las técnicas orientales, lo que se aprecia en los diversos epígrafes de los sucesivos capítulos y en su concepción global más que en los propios versos que, desde su desnudez y autenticidad, no aspiran al proselitismo sino a una serena e intensa auscultación de la vida.

Muchas veces, estos poemas abiertos están formados por unos pocos versos que resultan suficientes para expresar una idea, un sentimiento que no es preciso enlazar, sino que se basta como certeza luminosa que ha advenido en el acto creativo; se sabe parte del todo, pero no precisa inmediata explicación, ya que está ya implícita, clara y diáfana en su profunda cadencia.

Los versos se deslizan con una contundente suavidad, avanzan con la alcanzada facilidad de lo sencillo y propugnan una certeza que no es irrefutable porque sea totalitaria sino porque es una verdad aparte, íntima, que no agrede las convenciones ajenas y se dice a sí misma con extrema levedad.

Estos versos pueden ser simples imágenes, la expresión del contenido de la vivencia interior que comporta la corroboración de las amistosas piezas de una vida, los momentos de comunión con el mundo, los sentidos regocijados en la idea deuna fusión del amplio espectro perceptor. Por supuesto que también hay un canto al bien espiritual, a su penetrante beneficio, pero nunca sueña a engaño, a autoinducción de evasivos pensamientos.

Los poemas sugieren una espontaneidad y una conseguida paz que desmoronan cualquier tensión previa en el lector. Lo que no quiere decir que resulten melifluos, que omitan el reverso de lo que instintivamente deseamos, el fracaso de lo querido. Así, en el apartado referido al amor están muy presentes el desamor y otras decepciones.

A veces, estos versos son una pregunta, como esta a la que lleva a la autora el paso del tiempo, su corroboración a través de la imagen que le devuelve el espejo: “Percepción del tiempo, / espejo que acuchilla/ Ya no existo para el juego?” Pues no omite la autora descender hasta las realidades que son las de la contundencia de la propia naturaleza, como la del declive corporal, que supone el disgusto del propio reconocimiento, el nuevo lugar que se ocupa en el mundo, esas distintas miradas que se reciben, ante las que es difícil admitir la necesidad de nuevas respuestas.

Hay poemas mínimos, como si fueran haikus heréticos, que prácticamente son escuetas evocaciones de una sabia voz interior que se reclama: “No hay viento/ No hay dirección /Dónde voy?” Los poemas a veces se hacen vehementes, alcanzan el grito existencial, interrumpen el afán beatífico y consienten las variantes de la transitoriedad: “Rotundidad de mujer/ que eclosiona, / alma femenina/ que reclama, / hastío de tanto silencio, /hartazgo de tanta contención. / Grito! Lloro!/ Me rebelo/ Clamo! Invoco!/Basta!”

En estas páginas tiene cabida toda expresión de sentimiento que se pueda articular en luminosas palabras. Así, la autora no omite la inclusión de unas pequeñas nanas, que son prodigios de simplicidad, atrevimientos de candor, pulsiones afectivas que también nos configuran, todo ello desde la intención de no ocultamiento, de no escatimarle al lector ninguna cara significativa. Estas nanas son evocaciones de la infancia más sensorial, aquella en la que aún no existe la frecuente distorsión de la palabra: “Sábanas limpias / olor a lavanda / tierna infancia”.

En el apartado titulado Viaje interior, se describen las aproximaciones a un sentir que busca aunarse con el mundo, a una actitud de no confrontación en el infierno de las oposiciones. Es la meditación en la palabra, el apaciguamiento de la sed de encontrar destinos irrenunciables, una forma de quedarse en la proximidad, en el centro donde es posible la inherencia. Aunque, a veces, estos poemas sean una consignación de la lucha: “Será siempre necesario / traspasar el umbral del dolor / para alcanzar la paz?”

Miradas se inicia con una preciosa cita del Maestro Dogen: “Sabed que el corazón se comunica con el corazón en secreto”. Y continúa con esa serie de micropoemas – de tres, cuatro o cinco versos – que expresan un sentimiento hondo que admite muchas aproximaciones.

En Versos de amor, se acerca a ese sentir desde diferentes perspectivas; en primer lugar, como algo positivo: “Dos corazones/ aliviados por un/ oasis de amor”; o desde el punto de vista de la alteración del equilibrio propio a través de la pasión: “Donde podré guarecerme/ de este inesperado/ tsunami de pasión/ que ha roto el dique / protector de mi corazón/ devastando toda paz / y equilibrio alcanzados”; o del dolor de la separación: “Tan solo sé / que no te olvidaré / por cómo se abre la herida / cuando la brisa / más allá del océano / me susurra tu nombre”.

No son la mayoría de los que conforman este libro poemas al uso. En algunos, parece como si no hubiera intención de versificar sino de tan solo esparcir palabras, brevemente alienadas, por el blanco de la página, para transmitir la fundamental presencia de lo que importa. La letra ornamentada, los dibujos orientales, los retratos asiáticos, contribuyen a que, con este libro en las manos, recorriendo sus páginas, accedamos, pese a las constataciones de lo triste, a una sensación confortadora. “Pensé que mi espíritu había trascendido la pasión”, nos dice Ángeles Campello describiéndonos una emoción que es reconocida como parte del ser, como necesaria vivencia inusitada. Y hay poemas que denuncian los menoscabos que nos produce la vida: “Mas el tiempo transcurre sin permiso…”

El libro termina con una cita de Thick Nhat Sanh que me parece muy pertinente para acertar en la percepción de este libro tan bello: “El arte es la esencia de la vida. Nuestras palabras y nuestros actos están llenos de arte. Es la plena consciencia.”

Sobre El ocho de las abejas, de Cleofé Campuzano, por Javier Puig

Estándar

un poemario caudaloso y vital

En El ocho de las abejas, editado por Devenir, Cleofé Campuzano nos ofrece una poesía muy consistente, a menudo impetuosa. La autora se siente pletórica de su caudal imaginativo, que sabe contener en el momento justo en el que se precipitaría por los despeñaderos de la desmesura. Sus visiones son sometidas a la fuerza que las distingue de la temida insulsez. Sus versos están hechos de perpetuo descubrimiento, del estrépito de lo inaugural.

Se nota que la autora siente la inmensidad de toda una vida por delante, que se alza esplendente sobre los agravios de la reiteración. Todo lo dice con ritmo que no altera la supremacía de una voz que irrumpe desde la extrema necesidad, una voz que se va conociendo a sí misma a través de sus propios ecos, que se le añaden como espectro coral y se debaten más allá de las citaciones del azar.

Los versos se afanan en vislumbrar rutas inopinadas, las palabras conmutan el infierno de lo desconocido por un ardiente acomodo en los aledaños de la inverosimilitud: “Ven hacia a mí, pensamiento salvaje / congelado entre tiempos de piedra. / Ven a mí antes de crear y crearnos / antes de padecer y resurgir”. Porque se busca el diálogo con las difíciles estribaciones del propio ser: “Cállate, catástrofe consecutiva / liebre escurridiza / que te escapas de nuestra permanencia. / Cállate, que no deseo preguntarme cada día/ si quiero vivir”.

No es el objetivo encontrar lo sapiencial, entendido como dilucidación definitiva sino que se incide en lo manifiestamente originario. La autora se enfrenta a los anhelos, a las emociones, personalizándolas: “La esperanza es un difunto más, / cuando nada de lo que se es / cuando nada de lo que se tiene/ de lo que se pretende / nos ama. / Si nos elige la esperanza…” Es el juego entre la multitud que vive dentro de las propias fronteras: “Yo, a veces, para enfrentarme a la esperanza/ hago como si no fuera yo.” Dentro de ese lugar que ocupamos como asignación de origen irrescatable: “Nada más nacer, nos encomian la tarea/ de encontrar este lugar propio, / de única pertenencia, única potestad, / único nombre y destino”.

La vida ha de ser una búsqueda constante de la elevación: “Es oscura la posición/ de permanecer sentada/ y no hacer nada, / no vibrar, sentirme ruin/ por mis mezquindades cuando/ el mundo entero es el lugar del espanto”. Hay que ir más allá de lo dado, atender a lo está por construir: “Pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido, /me impedirá ser alguien libre.” Es ese deber de ejercer las posibilidades de la existencia “Cada media hora que pasa / mido el deber / que me he creado con el mundo”. Es la vivencia intensísima: “Y cómo decir que / me duelen los segundos”.

Pero el itinerario vital, cuando tanto se espera, emite sus decepciones: “Por más que haga, / más que me afane con mi edad, /no llego a ningún sitio/ y esa sensación de orfandad/ no me recupera”. O cuando vivir atentamente no resuelve nada: “Es falaz la vivencia. / Falaz la creación de la vivencia, / oscura su calma y símil de la libertad”. Esta búsqueda tan precisa da lugar a veces a pasajes herméticos: “Pon la mente en el lugar/ que sabes que nadie entenderá”.

Es esta una poesía que parte del alumbramiento de unos instantes capaces de recibir las indescifradas misivas de lo eterno. Hay en ella una búsqueda de la exaltación vivaz, una atendible insania de las palabras, el irrenunciable afán de un hallazgo vibrante. Los versos prorrumpen desde los exclusivos caladeros de la verdad poética, se acompasan con la intuición y no aspiran a lo diáfano sino a la profunda e inédita incisión en lo más cercano. Cleofé Campuzano tiene mucho que decir y en su primer libro publicado, El ocho de las abejas, ha empezado a consolidarlo.

Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano: la belleza de la elevación, por Javier Puig

Estándar

Con Dondequiera que vague el día, su último poemario, editado por Ars Poética, la oriolana Ada Soriano da un paso más en su consolidación como excelente poeta, capaz de crear universos muy sugestivos, desde unas palabras medidas magistralmente, con un tono de alcanzada serenidad, para regresar siempre, sin repetirse, a la alta aparición de lo bello. Como en su libro anterior, Cruzar el cielo, aquí también tiende a fijarse en los grandes espacios salvíficos, a orientarse hacia unos asideros, que no por impalpables, por lejanos o incomprensibles, dejan de ser reales. Es el rescate de las acalladas expresiones del mundo superior, halladas tras el murmullo acuciante.

En una buena parte de los poemas, lo que acontece, lejos de las inmediatas vicisitudes, es el dinámico marco del día. La poesía es la herramienta que suspende lo excelso sobre la pertinacia de lo plomizo, la certificación de una naturaleza ingente pero asumible, con sus ritmos sosegados, indiferentes a cualquier pensamiento que no sea la remota idea de su inicio. Los versos se instalan en ese tranquilo dominio. Es un devoto ejercicio de observación en el que el foco se demora en el tránsito de la luz, en su cíclico periplo; en esa luz que es anunciada inconstancia: “Luz que se aleja / y me compensa con harapos, / identidad fragmentada. / Luz que me asiste y me vence/ y me deja al amparo/ de una sombra, / mi sombra”.

Es esta una poesía sosegada, que avanza con la puntual templanza de lo que se sabe a salvo, residente en el lugar justo donde precariamente impera la resistencia a la fugacidad. La plenitud es hallada aquí en lo impermanente y se pronuncia en la fusión veraz: “Así, / recostada, / soy parte de la exposición / que brota de la tierra”. Es la mirada alcanzada, desligada ya de la acuciante ansiedad: “Invoqué a la montaña / con la única intención de observarla”. Lo que ha de prevalecer es la belleza: “Admiro la belleza de la nube, / su paso lento y cadencioso…Admiro a la nube iridiscente, / cósmica opacidad de la niebla”. Se invoca la licitud del reposo: “Admiro la belleza de la nube/ y su silencio, / el sagrado silencio/ de las nubes en calma.” Es preciso apartarse del barullo, acceder a la perspectiva comprensora, al atisbo de la utopía de una existencia incólume: “Qué dicha poder contemplar/ el mundo desde arriba: / el nexo que une y desune.” Es la belleza como búsqueda del acogimiento incorruptible, la asunción de la sencillez como verdad revelada: “La manzana está ahí, / desnuda en su rama”. Y es la admiración de lo eterno, con sus indubitables rumbos que se elevan sobre el mundo fortuito; la auscultación de ese gran silencio que alberga los sonidos de las luchas que nacen de nuevos anonimatos.

La naturaleza es invocada aquí como una imposición deseada, una distancia que une, una totalidad que diluye las mezquinas contradicciones: “Bajo su luz, / qué hermoso el mar, / cielo invertido. / Luz que hierve y apacigua, / fulgor, / ligadura de estrellas”. Pero a veces la luz no es suficiente y la naturaleza muestra a sus hijas dispares, sus aviesas pequeñeces: “A pesar de la insistencia / de esta luz que transita/ por donde transito, / todo se ha vuelto oscuro, / inaccesible”. “Oh tierra donde una música/ ceremoniosa tiñe a golpe de tambor/ la exquisita barbarie / de una naturaleza que impone / sus normas”.

Pero no todo es etéreo en este poemario. También se baja a la rotundidad del impulso primario, a esa otra forma enérgica de naturaleza que es el deseo carnal, con sus inquietantes contrastes. Así, en Deseo: “Ese instante / de espejos, / un sudor de fiebre/ que gotea en la curva/ de unos ojos entornados, / líneas, / finas hendiduras. / Este momento en el que sueño/ es una fantasía de tactos, / palabras, / ecos, /palabras, /cuerpos anudados, / desgastados por la fricción”. En Entrega, Ada Soriano vuelve a mostrar su habilidad poética para transmitir lo sensual: “Colisión de caderas/ y dinámica de fluidos/ mientras de sus bocas emergía/ una pulsión de alientos, / la innecesaria vocalización.” Pero, en última instancia, no es un erotismo feliz, plenamente cumplido, sino que siempre acontece la disrupción: “Estaba cerca la puerta. / Tan cerca/ que fue inevitable resistirse/ al volcánico oleaje”. Lo que, en el siguiente poema, Arrebato, se confirma: “Y sucumbieron en una lluvia de besos, pero cada uno portaba una máscara/ con la furia del desconocimiento.”

La autora nos presenta la ciudad como contraposición al ilimitado espacio que alivia de lo laberíntico; la ciudad casi extraña, confusamente antagónica, perturbadora: “Mi ciudad es un animal hambriento. / A la intemperie/ soy presa de sus desvelos.” Y, frente a ella, la naturaleza que diluye la lacerante individualidad: “Pero la niebla del bosque/ es comprensiva. / Me envuelve en su tenue humedad/ y comparte conmigo / un sereno entusiasmo”. Queda el refugio de la casa, aunque a veces es cárcel: “Un lugar sin salida es mi refugio”. Y ahora se dicen estos versos sobrecogedores: “En las horas oscuras, / cuando todos duermen, / solo yo los veo, / solo yo los sueño”.

En el poema Dondequiera que vague el día, la autora hace un recorrido por distintos escenarios del mundo. Lo inicia en la gran ciudad, con su cultura, su mezcla de opulencia y de miseria, y lo contrasta con el mundo natural, no muy lejano, pero escindido irremisiblemente del ámbito urbano. La decantación hacia lo rural, hacia lo intacto, como mundo perdido y deseable, es clara: “Oh vientres maternales/ que danzáis cerca de los arroyos. / No permitid que el hombre/ os arrebate vuestro brillo. / No os rindáis ante la luz/ impostada de las ciudades”. El poema termina con reminiscencias teresianas: “Dondequiera que vague el día/ y la noche desmesurada, / nada os aflija, / nada os turbe”.

En Tus ojos hay una confrontación amorosa, con el deseado afecto y el inevitable dolor, que apenas se separan: “Miro tus ojos y me atormentan/ los miedos que te asaltan, / los miedos que me asaltan.”

La parte final, esas piezas separadas que llevan por título Seis poemas delicados, sin embargo no está desligada del resto del libro, a no ser por algunos registros, como en el poema Punto de vista, que aborda lo humorístico. Ahora, se ahonda más en ese refugio recurrente, que es la casa, y se descubre su insuficiencia: “Luna que exploras el mundo: / ya no me consuela la seguridad / de este escondrijo/ desde el que procuro ir más lejos/ de lo que el ojo ve.” Se sobrevive desistiendo de la plenitud: “Porque me lanzaron a la tierra/ con el oxígeno restringido, / sobrevivo en mi invernadero.” Las elevaciones a las que hacía referencia en la primera parte del libro, ahora no se mantienen: “Me han vuelto a robar/ aquellas elevaciones/ en las que mi levedad, / mi cuerpo etéreo, / se regocijaba y se conformaba”. Pero vuelve a ser la hora de rehabilitarse, de posponer la derrota definitiva: “Quiero recomponerme, /retirar el hielo del páramo/ y recobrar el aliento. / Hilo y aguja/ para remendar las fisuras/ de mi sombra que pasa”.

Dondequiera que vague el día es otra lograda muestra del reconocible mundo poético creado por Ada Soriano, la afirmación de la amplitud de la existencia más allá de la voracidad de los apremios. Son versos que, desde de una profundísima sencillez, nos transmiten una eximente verdad con la que interrumpir la falsa razón del desaliento, una consistente armonía que acoge al lector en la frágil levedad de una incognoscible belleza.

Diario de un cinéfilo (25. Los últimos años del artista. Afterimage) por Javier Puig

Estándar

La última película del director polaco Andrzej Wajda, Los últimos años del artista. Afterimage (2016), es una reivindicación de la libertad total que requiere el arte y un recordatorio de cómo el hombre puede, con su estupidez y su mezquindad, constreñir la intención artística, adaptarla a unos planteamientos políticos o morales que restringen las capacidades humanas, las cúspides que se alcanzan en alguna potente individualidad.

Estamos en la Polonia comunista, satélite del régimen soviético. Pero las primeras imágenes son muy alegres. Un grupo de jóvenes en el campo y en lo alto de la pequeña colina un hombre de cincuenta y cinco años, al que le falta una pierna y un brazo. La nueva estudiante – esos jóvenes están allí para aprender pintura – pregunta que cómo va a bajar ese hombre tullido. La respuesta es inmediata. Se tira a la hierba dejándose rodar por la ladera. Aún es un hombre fuerte, alegre. Es un artista que vive para producir obras insobornables y que, un día a la semana, desde el entusiasmo, transmite a los jóvenes sus conocimientos, su visión de la pintura. Se trata del pintor Wladyslaw Strzeminski, un ciudadano que en su momento apoyó la revolución, que perdió sus dos miembros en la Primera Guerra Mundial, defendiendo a su país.

 

Tras esta idílica entrada, nos situamos en el año 1948. El resto de la película es la narración de un desmoronamiento vital. El estado empieza a ejercer su estrategia invasora, totalitaria. La pintura de Strzeminski no se adapta a los postulados oficiales. Su obra es abstracta, vanguardista, nada afín al realismo socialista que se le prescribe al pueblo. El proceso de cortapisas es creciente. Antes, se le ha dado una oportunidad de enmendarse. El alto funcionario de la cultura le dice: “Por desgracia, ahora tenemos que educar”. Strzeminski es valiente, firme. En una comparecencia del ministro, en la Escuela de Arte, ante sus arengas impositivas de un arte dirigido, monolítico, se atreve a refutarlo: “No se debe buscar la utilidad sino algo más elevado”.

Strzeminski vive solo. De vez en cuando lo visita su hija apenas adolescente. De la madre de ella se separó hace tiempo. Ahora está enferma, en una residencia para enfermos crónicos. La relación con su hija no está exenta de amor, pero contenido, distante. Parece que al pintor le diesen miedo los sentimientos, la decepción. Ella s

 

e siente muy próxima a su madre, pero también hace un esfuerzo de acercamiento al padre. Pese a todas las contrariedades, pisa la vida real con más firmeza que él, atiende con más ilusión las humanas inquietudes. Pero, cuando llega a su casa, a veces tiene que memorizar las consignas comunistas que le imponen en la escuela. Él la mira horrorizado. Siente el inmenso dolor de vivir en un mundo inasumible, enteramente hostil.

Quienes le resultan fieles, mientras pueden, son un pequeño grupo de estudiantes. Cuando a él le van cerrando las puertas, expulsándolo de todos sus ámbitos de acción, estos acuden a su casa. A él le sabe mal que puedan padecer las consecuencias de esa lealtad. Les dice: “Esto es el viento de la historia. Se va a calmar y pasará. No hagan tonterías”. Pero ellos organizan una exposición en la única sala de la ciudad en la que no han sido rechazados. Antes de que se abra, los esbirros del régimen acuden para destrozar los cuadros. Los estudiantes se quedan desolados, pero él ya es un maestro en asumir los imparables golpes del régimen: “Esto era de esperar”. Sin embargo, su rostro, a medida que avanzan esos tiempos funestos, inmisericordes, se va haciendo más sombrío. La interpretación de Boguslaw Linda es perfecta.

 

Cuando lo acorralan los altos funcionarios, le espetan: “¿Usted de qué lado está? En nuestro tiempo solo hay una opción” y él les contesta con una claridad, con una coherencia, con una sinceridad que ellos no quieren comprender: “Del mío”. Strzeminski se ha convertido en un hombre desengañado socialmente. Luchó por la revolución pero esta sociedad es otra cosa muy distinta de la que alentó. Ahora solo pugna por que sobreviva incólume su capacidad creativa. Su posible amor a ciertas presencias humanas, como a su hija o a sus discípulos, se ha convertido en una fuerza que solo en algunos momentos vence su propia resistencia, su posición defensiva ante una vida que, aparte del arte, solo le ha traído decepciones.

“En el arte y el amor solo se puede dar lo que uno tiene”, le dice a su adicto grupo de alumnos. Pero para los gerifaltes comunistas el arte neutral no existe. “Hay que pintar de acuerdo con uno mismo”, alecciona a esos jóvenes. Y él es buen ejemplo de ello, pese a todas las presiones. En su casa, clandestinamente, frenéticamente, inmerso en su mundo, sigue pintando. Fuera, su obra, en los museos, en los centros culturales, es arrancada de las paredes. Se le retiran los carnés de artista. Se queda sin trabajo. Tiene que ser un artista oficial para tener derecho a poder comprar las témporas donde lo ha hecho toda su vida. Ya no puede acceder a la cartilla de racionamiento. En todas las dependencias a las que acude a reclamar sus abolidos derechos, se encuentra con funcionarios insensibles, aplicadores estrictos de una normativa inhumana.

Se va quedando solo. No tiene dinero. La asistenta, a la que le debe ya más de una mensualidad, le vacía el plato que le había servido. El pintor lame los restos de la sopa. Está perdido. Su alumno más osado le echa una mano. Le proporciona un trabajo, pero no dura mucho; las garras del estado llegan a todas partes, es expulsado del mismo. Es un hombre proscrito. Además, está enfermo de una tuberculosis terminal.

La película incide en la sordidez de los distintos ambientes: la austera y destartalada casa del pintor, la inhóspita residencia donde muere su exesposa, el precario hospital donde muere él mismo. Esa visión de la muerte como un vacío en el mundo, con esas camas que visita la hija, en las que aún resiste una última reverberación de la vida irrecuperable.

En varias ocasiones le ofrecen la oportunidad de rehacerse, de tornarse otro, pero él no contempla esa posibilidad ni por un instante. Ni siquiera cuando podría ayudar a una alumna que ha sido detenida, la que al final le confesó que estaba enamorada de él. Ante esas palabras, tomándole la mano, en un acto más de dolorosa ambivalencia, le dice, cruel: “Creía que ya nada podría ir a peor”.

En uno de sus últimos enfrentamientos con el todopoderoso estado, un alto funcionario le espeta: “¿Qué tiene para ofrecerse a sí mismo?” “No lo sé”, responde ese hombre, enfermo, acuciado por una sociedad demoledora, que acaba considerándose a sí mismo un desperdicio en ese ámbito inhumano, que ahora es el único, y del que no puede salir.

Al final, para subsistir, tiene que aceptar cualquier empleo. Su fiel y arriesgado alumno le busca un trabajo en una tienda. En el escaparate, minusválido, enfermo, trata de arreglar unos maniquíes. Es un esfuerzo brutal, una heroica acción que ya va contra sí mismo. Cae. Vemos su perfil inerte desde dentro. Afuera, la calle, los transeúntes con su indiferencia, la oficina del ejército, un mundo que arrasa las verdaderas individualidades, que suprime el gozoso encanto de las imprevisibles diferencias.

La mirada perdida, de Alejandro López Pomares: el interior de una historia. Por Javier Puig

Estándar

La mirada perdida no es una novela convencional, ni una historia fácilmente deducible, sino un relato huidizo, que nos invita a leer de forma microscópica para extraer toda su densa sustancia. Los etéreos personajes se mueven sintiendo el misterio de vivir, centrados en sus sensibles introspecciones que parten de su oculto roce con el mundo. Viven en su forma más espiritual. Son anónimos, están apenas dibujados desde afuera. Hay pocos asideros inequívocos para conectar estas existencias errantes o superadas, nos volcamos en ellos sin un claro mapa de sus movimientos, pero lo que importa es que nunca se pierde el hilo de un sentimiento profundo, enlazado, muy bien descrito en ceñidas palabras.

No, no se puede leer esta novela como cualquier otra. Aceptemos prescindir de las amplias perspectivas, de las ubicaciones claras en el gran espacio de los acontecimientos mundanos. La magnífica prosa se sustenta en la búsqueda de lo poético, retuerce los vislumbres de la realidad hasta encontrar una significación secreta. Se hace necesario que el lector atienda este relato muy despierto. Los personajes transitan los escenarios de la vida desde una especie de sonambulismo que remite a las ensoñaciones que persiguen. Son vagamente reflexivos y se sienten extraños ante esa frágil conjunción de su interior con el mundo. Permanecen perplejos ante el ineluctable orden de la vida, inseguros de sus reafirmaciones.

La narración se desarrolla con atrevimiento, sin renunciar a los pasos inauditos, pero no se embriaga de osadías inútiles. Las descripciones del mundo exterior se limitan a los recovecos del espacio aparentemente común en los que se refleja el alma que los mira. El libro empieza con fragmentos que llevan el título de los anónimos personajes que lo integran: el joven, el niño, la mujer, el hombre, el anciano. En sus reapariciones, no es fácil reconocerlos. No hay necesidad de incidir en las constantes más evidentes. Apenas se abre el foco más allá de sus absorbentes y pequeñas continuaciones, de su intenso presente, y no alcanzamos a ver toda la amplitud de su biografía emocional. Lo importante aquí no es la rigurosa configuración de una personalidad, sino la extendida efusión de una esencia. Estos cortos capítulos podrían ser unos microcuentos muy precisos, escuetamente iluminadores, infinitos en su centro.

Los personajes no pretenden su estricta realidad sino tan solo ser fidedignas representaciones de una peculiar forma de sentir la vida. Hay un vuelco hacia la búsqueda del interior del instante, de indagación del tiempo que se vive, de íntima percepción de la vida, de persecución de una cerrada y mínima relación frente a la mayúscula existencia. Y para ello buscan una posición inédita ante un entorno abrumador, una perspectiva que los salve de la banalidad y los acerque al misterio de aquella parte de la conciencia que atiende la conexión decisiva. Y lo que sienten es siempre enigmático, es lo que se deriva del implacable contacto entre el ser y la frontera que nos sugiere paisajes del más allá habitados por seres inabordablemente ajenos.

La mirada perdida es un relato audaz, hecho de pura literatura, capaz de crear un clima que nos envuelve en los sucesos más recónditos de un mundo apenas abierto al exterior sino a través de sutiles conexiones. Es un libro que requiere de la atenta participación del lector, de su mirada alerta. A través del dominio de una prosa minuciosa, se desarrolla una narración íntima, intensamente apartada de las pautas de la cotidianidad más homologable. La sucesión de los momentos interiores es descrita desde una sólida ingravidez. Es este un libro que, como los buenos de poesía, nos invita a empezarlo de nuevo, a no abandonar esa cadencia que nos ha incluido en un sesgo del mundo que no habíamos hollado pero que en nada nos debe resultar ajeno.