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Tres poemas de mujer, o el rescate de tres almas bellas, por Javier Puig

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Los muchos afortunados que el pasado domingo, en el Teatro Circo Atanasio Díe Marín de Orihuela, asistimos a la representación de Tres poemas de mujer, no salimos en absoluto decepcionados de una obra de la que, por sustentarse en las hondas heridas y en la fértil sensibilidad de tres importantes mujeres poetas, tanto se podía esperar. Allí comprobamos cómo el autor ha sabido trasladar al escenario ese diverso sentir que ha quedado unido por lo trágico; y cómo también ha aprovechado esas historias para explorar la incidencia – tanto en el propio creador como en la sociedad que le atañe -de esa otra dimensión vital que es la poesía.

El texto de Fernando Alonso Barahona resulta lo suficientemente rico para trazar unos diálogos de contenido dramatismo y de gran elocuencia. La dirección de Emilio Zaplana es impecable, y las excelentes interpretaciones lograron que intimáramos con al alma de esas tres audaces mujeres. La obra nos presenta su ardua lucha, su necesidad de algo tan sutil, tan difícilmente comunicable, que no es nada fácil que se lo proporcione el mundo. Y las observamos y vemos que se reconocen más veraces cuando adaptadas al ritmo de las palabras que crean; con ellas, autentifican sus sentimientos, erigen una casa propia hecha de materiales inabordables.

El texto se construye desde la división en tres situaciones independientes que se corresponden con los momentos finales de la vida de cada una de las tres protagonistas que, en sus diálogos y en sus monólogos, expresan su lamento ante el mundo, su grito de rebelión contra lo que las consume lejos de una vida lograda. Esas tres mujeres solo entrecruzan sus caminos al principio y al final de la obra, cuando, desde una apariencia espiritual parecen fundirse sus hermanables destinos.

Contemplamos a tres poetas que representan a mujeres dispuestas a liberarse del secundario papel que les asigna una sociedad que es machista y, a la vez, insensible a la magia poética de las palabras. Esto lo vemos muy especialmente en la relación entre Delmira Agustini y su exmarido. Este no comprende y no admite el refugio interior de esa mujer irrespetuosamente deseada, su necesidad de volcarse en lo hondo de un mundo propio desde el que extraer las expresiones más vitales de su sentimiento, esos poemas plenos de erotismo que él no puede consentir, esa libertad inadmisible. “La palabra ha suplantado la realidad”, dictamina él en tono claudicante y hostil. Luego viene la violencia definitiva, fruto de la impotencia para doblegar el indomeñable espíritu de esa mujer.

Alfonsina Storni es la poeta que añora al hombre que se fue, el padre de un hijo que ahora, pese a sus esfuerzos, no puede ser suficiente sostén para una vida agredida por la enfermedad. Alfonsina es a la vez una mujer fuerte y derrotada, la indubitable muestra de la fuerza que traspira en cada fragilidad humana, una poeta que ya no puede seguir escribiendo la pena absoluta del acabamiento invasor.

Alejandra Pizarnik es la mujer encerrada en su laberinto mental, en el que de nada sirven los intentos de esperanza. Una mujer lúgubre en sus escritos que aquí es capaz de ciertos simulacros de alegría, de fugaz jovialidad cuya consistencia deja siempre paso a la atrayente presencia del abismo. Los contactos humanos que implora son insuficientes porque ella siempre vuelve al torbellino de su poesía, a esas palabras que solo le sirven para revolverse y retroceder en el camino de la imposible luz. Nadie puede rescatarla, ni su amiga Olga que se siente impotente para ayudar a un ser tan encerrado en la imperiosa creación de sus oscuridades.

Las tres mujeres mueren trágicamente. Alfonsina y Alejandra se suicidan. Delmira es asesinada. Las tres, antes de morir, dejan en el borde del escenario, una pequeña pila de libros atados, legado de vidas muy intensas, trasposición insuficiente de sus zozobras, de sus búsquedas pertinaces, de las abruptas incomprensiones padecidas. Las tres son mujeres valiosas, singulares, independientes, que tratan de enaltecer y fijar sus extremos sentimientos en unos versos insobornables. Al final, sobreviven sus espíritus, la esencia de su ser traspasado a los dominios de lo posible en el ámbito de lo sobrehumano. Y al espectador de esta magnífica obra le queda la sensación de que esas vidas dolorosas han sido bellamente rescatadas del silencio.

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GLOSARIO DOCE (100 – 105) por Javier Puig

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100.- Obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda ser en todo tiempo principio de una ley general. (Kant)
Si se generalizase el cumplimiento de este imperativo categórico, ¿con qué mundo nos encontraríamos? ¿Un mundo más habitable? ¿O más riguroso? ¿Más respirable o más coercitivo? Aquí la clave está en la palabra “máxima”, entendida como regla del vivir. Kant tal vez soñara con un mundo a su medida (yo también, y tú) pero el mundo es, y debe ser, complejo, contradictorio hasta donde lo percibimos. Otro más ajustado, ¿no sería mortalmente aburrido? La vida, tan ingente, tan profusa, nos resulta imprevisible. Yo me esfuerzo… Vale. Tengo en cuenta la generalidad de lo que me rodea, ¿cómo? Intento ser cívico, correcto, moderar o anular las expansiones que me molestaría se generalizasen en el entorno que me atañe. Pero, ¿puede una mente sobrevivir siempre así, detenida de sus desmanes, rescindida en sus espontáneas liberaciones? ¿Son todas las mentes iguales, necesitan lo mismo? El marco de convivencia ha de fundarse sobre mínimos, aunque nuestra apetencia personal, apoyada en la bella coartada de la ética, exija razones máximas.
101.- La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar. (Thomas Chalmers)
Sí, lo que necesitamos es hambre de vivir, dejar de ser tenues ante la existencia. Tener algo que hacer, es decir, sentir que tenemos marcados los siguientes pasos del rumbo que queremos, saber que nos derivamos por territorios queridos.
Tener a alguien a quien amar, sentir que alguien nos espera, que se beneficiará de nuestra ansia bondadosa, lo que requiere una acción nuestra, origen de recíproca confortación.
Y tener algo que esperar, algo inconcreto tal vez, pero fruto de las incursiones de nuestra inteligencia.
102.- Más vale encender una vela, que maldecir la oscuridad. (Confucio)
Quien vence es aquel que sabe despegarse de la frustración, el que renuncia al fútil alivio de las imprecaciones y a la excusa de la adversidad, recuperando el sosiego y la lucidez, siendo ya capaz de visualizar sus opciones. Porque quien respira la nítida acogida de la paz, se desnuda de las opresiones de la recíproca hostilidad, y aporta al camino preciso las más decididas ponderaciones.
103.- Buscad la belleza. Es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo.
Ramón Trecet, al final de su programa de música Diálogos 3, pronunciaba esta frase con vehemencia, con un especialísimo énfasis en la palabra “asqueroso”. Yo lo aplaudía, porque, con pasión, por igual, creía en esos dos polos opuestos: en la belleza, tan minoritaria pero tan esplendente, tan cierta; en lo asqueroso de este mundo, tan permanente, aunque a veces nuestra conciencia se relaje, librándonos de su presión malévola. Y es que – ¿por suerte, para sobrevivir, para avanzar, para aplicarme en lo que es susceptible de ser potenciado, o por indiferencia? – por momentos me olvido de la insistencia del mal, de las injusticias. Luego, veo los telediarios y me reconozco encapsulado en mi mundo. Si miro a mi alrededor, siento más tristeza que indignación por la composición del ser; tan defectuosa, al menos, desde esa exigencia ética en la que algunos humanos nos empeñamos. Si me miro a mí mismo, constato esa oscilación interior que me lleva de la confraternización a la náusea. Aunque, tal vez, recientemente, he sentido que había que desequilibrar la frase, pues creo más potente, más atendible, la belleza que la indudable abyección con la que tan frecuentemente se nos presenta el mundo. Me arrogo la belleza interior de las cosas y no me olvido de lo asqueroso, que siempre estoy dispuesto a derrotar, con mi mirada, con mi convencida persistencia.
104.- Las personas no nos quieren por lo que somos, sino por cómo las hacemos sentir. (Irwin Federman)
Si la pretensión ha de ser sentirse amados, la estrategia de ser simplemente éticos, cívicos, no es una apuesta segura. La bondad sobria, fría, discreta, humilde en su nobleza, no favorece cálidas cercanías. A lo sumo, algún reconocimiento. Por el contrario, bajo lo arbitrario, con alguna pequeña traición, desde cierta insolidaridad, se pueden crear emotivos lazos con quien se acierta a compartir una alegría, aunque esta sea estúpida, precaria. Porque lo importante es ese alivio que se produce, el de – momentáneamente – no tener que afrontar la realidad con una honestidad para la que no se está preparado.
105.- Sé comprensivo, porque cada persona que encuentres en tu camino está librando una dura batalla. (Platón)
Varias veces he tenido la experiencia de conocer en alguien alguna desgracia que explicaba su despectiva actitud. Eso podría corroborar la teoría de que la maldad – grande o pequeña – tendría una explicación en un sufrimiento personal no declarado. Sin embargo, no todo el que sufre repele su dolor con aguijones hacia el mundo. Quien, padeciendo duros sinsabores, es injusto con lo que le rodea, no ha aprendido lo importante: la forma de salir, que no es tampoco la actitud de aferrarse neuróticamente a la actitud contraria, aprobatoria, sino la de una cierta ecuanimidad que no es servidumbre pero sí respeto a la circunstancia ajena.

GLOSARIO ONCE (90 – 99), por Javier Puig

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Clarice thuis in Leme.

Las citas que a continuación comento están extraídas del excelente libro Un soplo de vida, última obra de la brasileña Clarice Lispector.

90.- Vivir es una especie de locura que la muerte comete

¿Es necesaria la existencia? ¿O es tan solo una compleja temeridad, una exposición a las inclemencias que a menudo la configuran o la amenazan? No queda más remedio que buscarle un propósito a la vida, una meta que allane, justifique, cure, tanta pugna que nos alza o en la que sucumbimos, aún lejos de la intuida plenitud. Vivir es una obligación severa, una promesa que solo se cumple cuando consideramos que ha sido así, un juego trágico que nos engaña con presentes sucesivos que parecen imperecederos y que nos alientan desde victorias efímeras; y mediante cercanías a lo sublime, en un plano que sentimos inclinado y que creemos ascender.

91.- Me satisfago en ser

La he oído mucho, esa idea de desprenderse de toda voluntad, de toda preocupación, de todo recuerdo, de todo proyecto, y rendirse a la sensación primaria, a la mera inmersión en el propio aliento, a nuestra naturaleza preservada de la comparación, entregada a la fusión con el universo.

He oído mucho sobre esa sensación… Llegar a ella sería saber recibir sin tensión al mundo que nos entra, hacer coincidir nuestro deseo – aminorándolo – con el vigor ofrecido. Qué cuestionable descanso desligarse de nuestros pendientes trámites vitales, de las incesantes incertidumbres, a cambio de renunciar a las vanas victorias.

92.- Tengo miedo de escribir

La escritura sincera significa la iluminación de los recodos de un camino que no podemos prever porque aún no existe. Cada palabra deriva hacia lo recóndito, hacia allí donde nos estamos esperando con un conocimiento irresuelto que vamos deseando. Las palabras dibujan una ruta que hiende un territorio siempre ignoto. Como dirá más adelante este “Autor”, en el libro: “Mi fuente es oscura”. Lo que nace de nosotros y pertenece a lo libre es una incógnita que se perpetúa en construidos asombros.

93.- Pero ocurre que… ¿Qué soy yo sin mi lucha? No, no sé tener paz.

La paz sería el descanso, la dejación de la actividad, entendida esta siempre como la búsqueda del propio ser o como la defensa ante las inoportunas urgencias. Saber y aceptar que estamos puestos en la vida para batallar por nuestro lugar, siempre cambiante, progresivo y complejo. Movernos en nuestra quietud o distendernos en la acción. Siempre hay algo pendiente que debemos acometer, un deseo inmarcesible, un deber que nos secunda, una búsqueda que nos promete una culminación.

94.- La soledad es un lujo.

Oh, soledad, cómo te necesito algunas veces; cómo te inquiero. Eres la mitad de mi ser, el refugio de mi intensidad, el recogimiento que – si es limitado, si se afirma entre consolidadas compañías – es plenitud concebida. No necesitar a nadie sabiendo que, en otros momentos, los tendrás, te tendrán. Buscar el equilibrio, siempre. Rehusar los extremos. Adentrarse en esa forma de estar con el mundo que solo te invade con acogida suavidad. Extraer ese diálogo que no precisa de respuesta improvisada, nacida de otra voz, sino de la larga apropiación a que has sometido a lo foráneo.

95.- ¿Por qué las personas cuando hablan no me miran? Miran siempre a otra persona.

¿Quién soy para los demás? ¿Soy quien procuro ser, aquel que se reafirma frente a todas mis momentáneas desviaciones? ¿Soy mi intención, mi idea, o el recalcitrante lastre que me acompaña? Si no engañas un poco te lo reprochan con un silencio que pronuncian con profusa locuacidad. Si te ajustas a los parámetros pertinentes sufres la pérdida íntima de tu credibilidad. Lo que ocurre fuera de ti se corresponde con buena parte de lo que estás siendo pero no sabe de aquel que eres en la marejada de tu profundidad.

96.- Ella coexiste con el tiempo

El tiempo es materia del ser. Se puede perder momentáneamente su noción pero nunca desprenderse de su sigilosa influencia. El tiempo es menos eludible que el respirar. Un instante sin tiempo no es concebible.

97.- Cuando digo te amo, me estoy amando en ti

Creo que muchas veces amo con menoscabo de mí, pero tal vez esté equivocado, ciego, en mi terco egocentrismo. Muchas veces, amar es descubrir un punto de la diáspora de nuestro ser. Entonces, el otro es una insegura confirmación de que no somos tan extraños, el lugar en el que también sucedemos nosotros mismos. Amar implica preocupación por el otro, por quien es en ti, sin tu dominio, por quien puede hacerte saber sus efectos. Amar es un sentimiento que nos ensalza o nos empequeñece. Amamos hacia arriba o hacia abajo, rara vez en un mismo plano. Hacia arriba, no porque sea superior el objeto sino porque imploramos su atención en nosotros; hacia abajo, porque nos sentimos impotentes para entrar en ese ser y rehabilitarlo.

98.- Me gusta tanto lo que no entiendo: cuando leo algo que no entiendo siento un vértigo dulce y abismal.

No entiendo el mar, ni el cielo, ni los árboles. Y lo mejor es que no tengo por qué. Los miro y siento que, a través de ellos, he ampliado mi casa. Lo que no entiendo y no me hace sentirme frustrado, es aquello que no me interpela sino con la petición más factible; lo que es desconocido y no me amenaza, lo que apenas siendo nada de mí puede serlo todo, lo que me atañe no sé cómo, lo que me habilita como ser espontáneo.

99.- Me llevo mejor conmigo misma cuando soy infeliz: hay un encuentro, cuando me siento infeliz, me parece que soy otra.

Sí, como mínimo, somos dos: el ser feliz y el infeliz. Pero también una larga gradación que subsiste porque está infectada de conformidad o de indiferencia. Ser infeliz no es tan grave si queda en nosotros, si no supone una vejación, si no nos sentimos urgidos a repararlo, si tiene una razón de ser, un motivo que – sin ironía, sin realidad – nos embellece. El infeliz – cuando no lo es por mezquindad sino por grandeza del puro existir – vive acorde con lo probable.

Diario de un cinéfilo (21. John Cassavetes) por Javier Puig

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De John Cassavetes solo conocía su película, muy bien valorada – premiada en el Festival de San Sebastián y en los Globos de Oro -, Una mujer bajo la influencia (1974). La vi hace un par de años con mucha expectación y debo confesar que me decepcionó hasta las proximidades de la irritación. Apreciaba sus valores – especialmente la grandísima interpretación de Gena Rowlands, la composición de unas escenas que contenían altas dosis de atosigadora realidad – pero me importunaba demasiado esa insistencia en invadir al espectador con aquellas imágenes de soberana inquietud, de nerviosa existencia. El pormenorizado retrato de esa desquiciadora mujer, sumida en una neurosis extrema, me parecía demasiado hiriente en su abusiva prolijidad.

Ahora he vuelto a este director de cine independiente norteamericano a través de un pack de películas que incluye un documental, Íntimo Cassavetes, que me ha ayudado a apreciar y a comprender su obra. En él se habla de la aversión que este cineasta sentía por el disfrute del público cuando veía sus películas. En los pases privados, previos al definitivo estreno, si observaba satisfacción en el público, pensaba que había fallado y que inmediatamente debía cambiar algo. Su cine no estaba hecho para gustar sino para suscitar incómodas reacciones. Pretendía que fuera un espejo de la realidad, y en ella encontraba él innúmeras deficiencias humanas.

Así pues, yo bien pudiera ser para él un espectador ideal, pues, ante sus películas, no me siento reconfortado, sino que experimento la alteración de quien se ve sometido a la reiterada visión de una realidad desasosegante. Me volvió a pasar con la siguiente película que vi de él, Faces (1968), un implacable retrato de unos personajes vacíos, reducidos por el alcohol a una inercia deleznable. Volví a sentir la encerrona de la realidad de esos ejemplares humanos a los que, sin consideración de mi placer, había sido invitado. Y todo ello con esas interpretaciones que conseguía Cassavetes, especialmente vívidas, conteniendo un intenso elemento de verdad.

Opening Night (1977) fue la siguiente película que vi. Puedo decir de ella que es mi favorita. Quizás porque en su concepción se atenúa el carácter opresivo y la historia – el retrato de un personaje femenino gravemente desolado, interpretado otra vez genialmente por Gena Rowlands – es tratado con alguna distancia que, sin embargo, no implica frialdad, y en nada desmerece del tratamiento hipersensible de Cassavetes.

The killing of a chinese bookie (1976), por su temática negra, parece, en principio, una película menor pero no se pueden obviar sus hechuras excepcionales. Es también una discreta película grande, de austero dramatismo. Podría haber sido un telefilm pero es un acercamiento impresionante a unas almas criminales, al mundo del cabaré, a los sueños desligados de su posibilidad. Su caligrafía cinematográfica es perfecta, como incuestionable es su tempo, la inquisitiva ubicación de la cámara con respecto a sus personajes. Ningún plano resulta indiferente.

En las películas de Cassavetes, Ben Gazzara se revela como un actor capaz de albergar un buen número de rostros que expresan las diferentes perplejidades, ante la vida propia primero, ante la de los demás, también; y lo hace, si puede, con un sobreviviente punto de ternura. Ben busca la liviandad en medio de la catástrofe. Y lo hace con una elegancia irreverente.

La primera película que dirigió, Shadows (1959), podría haber inaugurado un neorrealismo americano. Con poquísimos medios construye un drama que resulta ser el acerado retrato de su tiempo, de una sociedad de afán alegre pero enzarzada en sus prejuicios.

Para, Cassavetes, la limitación era un revulsivo, una inspiración para su arte. Decía: “El dinero es el último refugio para la gente con miedo. Cuanto más tienes más difícil es encontrar lo esencial.” Siempre luchó por su independencia. Tuvo una experiencia muy negativa con Stanley Kramer como productor, quien hizo el montaje de una de sus películas a sus espaldas. En esa historia, John quería mostrar a los niños enfermos contando chistes, llenos de vida; Kramer quería hacer una película sobre la enfermedad. El resultado de esa disputa fue que el teléfono de Cassavetes no sonó durante dos años. Pero lo tenía muy claro: “Prefiero trabajar en una cloaca que hacer una película que no me guste.”

En el citado documental, Cassavetes íntimo, el también director Peter Bogdanovich hablaba de su amigo: “El entusiasmo de John era contagioso. Sus películas siempre son necesarias como espejo que son de la realidad.” Consideraba que una buena película es la que te enseña algo de ti mismo que no habías visto antes: “John miraba alrededor y veía mucha infelicidad.” “Sus personajes se descubren vacíos, autómatas. Siempre están buscando, nunca se cierran en una identidad.”

Cassavetes era un inconformista, un vividor, en el mejor sentido de la palabra: “Nos han vendido el bienestar como el sustituto de la vida.” Le apasionaba el ser humano, su individualidad, su ser primordial: “La gente es muy estirada, muy gallina. Se pone nerviosa por cosas sin importancia, como la política o la religión.”

Su cine, con esa maestría para el primer plano, para entrar en la mente convulsa de sus personajes – especialmente los femeninos – me recuerda al de Bergman, aunque con otra temperatura, con otra verdad. Sus películas no son fáciles de ver. Como dice Gena Rowlands, la que fuera su mujer y actriz casi omnipresente en su cine: “Uno no sentiría simpatía por los personajes, pero al final se identifica con ellos.” Y: “Los personajes están muy bien delimitados, muy suyos, nada intercambiables sus palabras, sus gestos. “ Y es que Cassavetes lo veía así: “El cine para mí no tiene importancia sino el factor humano.” El cine como comprensivo acorralamiento de la más esquiva fragilidad de cada mujer y de cada hombre.

Visiones de París, por Javier Puig

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No se puede mirar París con ojos virginales. Todas esas calles que pisamos, sin apenas tiempo de remedar al desnortado flâneur, las hemos leído antes, escritas por quienes se movieron por ellas en busca de un revelador reflejo de sí mismos; por hombres y mujeres que viajaron y se instalaron allí con la clara expectativa de quien ingresa en una concentración de universo que le puede ser propicia.

París es una ciudad grandiosa, una interminable sucesión de construcciones, nutridas de una incesante alma urbana. Las alegres terrazas de sus bares tienen dispuestas sus apretadas sillas con intención espectadora. Y el espectáculo es la gente de allí: la que ves en el metro, la que pasa por las calles; o, también, cuando caminamos, esos mismos espectadores que ocupan el lugar en el que tú estarás en otro momento. A París le gusta mirar y ser mirada.

Los monumentos quedan aparte, como el reclamo turístico de una postal inhabitada, pero la verdadera sensación parisina está en sus concurridas calles, en los rostros y en las siluetas de unos ciudadanos que parecen orgullosos de habitar y de pertenecer a ese espacio del mundo, siempre prestos a interpretar sus consolidados personajes en ese escenario que tanto aman. (O al menos esos seres joviales que se suman, activos, a las corrientes humanas, los que no se consideran víctimas de un gigantismo ineludible sino beneficiarios de su profusa oportunidad.)

Hacía 40 años de mi anterior y única visita a esa ciudad. Antes de nuestro viaje, la mayoría de la gente con la que hablábamos decía haber estado allí, y no solo una vez, sino casi siempre en dos o más ocasiones. Indudablemente, mis circunstancias personales actuales, tan distintas, habían de indicarme también algunas nuevas búsquedas. Me gustó ver en París tantos cines urbanos, como si allí aún fueran capaces de resistir los embates de la modernidad que, en otras ciudades, los han ido desplazando hasta los impersonales templos del consumismo. A escasos cien metros de nuestro hotel, me llamó la atención el que se exhibiera una película española – allí titulada Été 93 – de la que he leído excelentes críticas y que en España se ha distribuido con esa timorata limitación inducida por el poco aprecio al espectador exigente y por la sumisión a los obligatorios cupos que abarca el casi siempre pueril cine americano de hoy. Aunque tal vez esta generosa oferta cultural no sea solo mérito inherente a la condición parisina sino fruto de la multiplicidad de habitantes que hacen que un ofrecimiento minoritario pueda disponer de suficiente audiencia.

Del esplendor cultural de otros tiempos, tal vez ya queden muy pocas relevancias, aunque en muchos ciudadanos quise adivinar una fina disposición receptiva. En el Café de Flore o en Les Deux Magots, no vi ningún grupúsculo que me sugiriese un incipiente, entusiasta, movimiento cultural. Sí queda el acogedor encanto de la Shakespeare and Company, esa antigua librería del Barrio Latino que ofrece una gozosa inmersión en el mundo del libro y un recordatorio de lo sublime de la escritura, con esas viejas máquinas de escribir frente a unas ventanas que dan al París esencial. Se trata de un verdadero hogar para esos bellos objetos legibles, en el que hay sillones casi confundidos con los lomos de unos libros que responden, no a los títulos de la urgencia industrial, sino a los consolidados por miles de lectores que han encontrado en sus páginas una maravillosa y real extensión de sus anhelos.

Sí, lo mejor de una gran ciudad, aparte de su prodigalidad en ambientes, en ofertas, en servicios, es su galería de rostros, formada por una infinita diversidad. De algunos, uno se queda impregnado enseguida. El cuarto día de nuestra estancia, asistimos a un concierto de música clásica en La Madeleine. Consistía en la interpretación de piezas fundamentales, geniales, de las que emocionan hasta al más rudo de oído. Una solista se crecía con su violín de forma impecable. La música me entraba sin injerencias, pero, a la hora de los aplausos, reparé, tres filas más adelante, a nuestra derecha, en una pareja: un hombre alto, de pelo absolutamente cano, de setenta y cinco años o más, y a su lado una mujer menos estilizada, con un turbante en la cabeza. No se parecían a Emmanuelle Riva ni a Trintignant, los protagonistas de Amor, la película de Haneke, salvo en el detonante de su aparente sensibilidad; pero me remitían claramente a aquellos personajes, a esa pareja culta, educada, que está padeciendo las postrimerías de la vida, de su historia de amor, aunque en irrenunciable búsqueda de lo bello. A la finalización de cada movimiento, los observaba y comprobaba las últimas vibraciones de su inmersión en aquellas obras; él sentado hacia delante, concentrado en el eco del sutil producto de aquellas notas; ella, inclinada hacia atrás, plácida, acogedora, generosa en sus aplausos.

En estancias como esta, vuelvo a disfrutar de la observación y a encontrar los personajes fuera de las ficciones – en la extensa realidad, en la calle, en la plaza -, allí donde la humanidad se muestra auténticamente heterogénea. Y vuelvo a reparar en esa confluencia de vidas, en su inextricable riqueza, en cuya sugerente superficie pretendo encontrar lo afín sin desprecio de lo extraño.

GLOSARIO DIEZ (77 –89), por Javier Puig

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(Todas las frases que comento pertenecen a las entradas del libro El monstruo ama su laberinto, del poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic)

77.- El poeta ve lo que el filósofo piensa.
El poeta extrema su mirada, establece lo que ve y mucho más tarde, atónito, lo piensa. Se sorprende de lo que su visión le revela, eso apenas concebible, eso que no intenta ordenar lo absoluto sino respirar la imagen absorbente, en una tensión recíproca, en una fusión de proyecciones. El poeta procura no mentirse con una explicación convincente, ahonda en lo real con la honestidad del fracaso.
78.- Mi ambición es arrinconar al lector y hacerle imaginar y pensar de otra manera.
Sí, el sueño de un escritor – y más en estos tiempos – es encontrar al lector entregado, por unos momentos ausente de la futilidad de sus búsquedas compulsivas, atento como un ser antiguo. Una vez allí, expectante, mantenerlo en esa posición que excluye la creencia pero comprende el afán alimenticio. Y que él mire el escenario que el escritor ha creado, que piense que esa imagen que le es ofrecida es suya, aunque alguien se haya adelantado a mostrársela.
79.- Entre la verdad de lo oído y la verdad de lo visto, prefiero la silenciosa verdad de lo visto.
Lo que se oye suena a la perversión de las ideas, al emplazamiento de la verdad en la desvirtuada cárcel de las intenciones. Lo que se oye, en lo que reparamos, es en el trajín de las palabras, en su ostentosa organización en pos de un espejismo indubitable. ¡Qué ligereza la de la muda visión de un detalle o la aún más callada sugerencia sonora de un pacificado paisaje!
80.- Esta es la definición de “lo bello” que da el moralista: no la vida como es, sino la vida como debería der.
Hay que saber encontrar lo bello en lo que es. Restituir a la belleza su condición diversa. Alcanzarla a través de capas disuasorias. Reconocerla en la verdad de las asimetrías. Despertarla de su sueño sumiso. Desvelar la valía de su imprecisión. Acoger su sentido expectante. Afrontar un alcance que desdiga las convicciones escuetas.
81.-Mi alumno Jeff McRae dice: “La vida en el mejor de los casos es una hermosa tristeza”
Jeff es un ser melancólico, un ser sensible que ha sabido conferir una hermosa paz a la reincidente derrota. La vida, en el mejor de los casos, para cada uno, es distinta. No todos alcanzan la misma altitud, aunque hay plataformas intermedias en las que es factible un indudable placer de vivir.
82.- Hasta cuando tenía ochenta y ocho años y se alojaba en una residencia de ancianos de Dover, Nex Hamphsire, mi madre seguía perpleja. ¿Qué sentido tiene todo? Lo que la aterrorizaba era la probabilidad de que no tuviera ninguno.
Craso error en las postrimerías. La muerte es una pared que se interpone en el camino, un final abrupto que no por retrasarse deja de haber existido antes. Cada minuto de nuestro recorrido contiene un final que, menos una sola vez, se desborda. Avanzamos impelidos por un señuelo oscuro. Perseguimos una sucesión apasionada. No hay meta sino la voluntariosa perfección de los esfuerzos.
83.- El propósito de las ideologías étnicas, nacionalistas, religiosas o de género es extirpar la sensación de fracaso asociada a nuestras propias limitaciones individuales y reemplazar el “yo” por un “nosotros”.
Siempre he pertenecido a un colectivo a regañadientes. Bastante difícil me resulta ya identificarme conmigo mismo, que soy muchos resumidos en una cauta presencia. Ser considerado perteneciente a lo que otros pretender ser, más allá de sí mismos, de su agotada distinción, me causa una inquietante alergia. Sé que fundido en otros grupos humanos me ahogaría de incomprensión mutua, de soledad llegada de esa inoperante confluencia, y entonces “los míos” – esos que, después de atraerme, me repelerían con alevosía – intentarían darme una lección de humildad, a mí que habría querido ser aparte, suficiente. Y yo respondería entonces con mi propuesta de pertenecer a un grupo altamente contradictorio, que se formulase en lenguajes; si no precisos, al menos, inteligibles.
84.- A fuerza de rozarte con tantos extraños en tantos sitios y de remedar sus costumbres haciéndote pasar por un lugareño, te has vuelto incomprensible hasta para ti mismo.
Uno no siempre va siendo lo que había imaginado. Las servidumbres son muchas. A veces se disfrazan de amabilidad, de lealtad, de condescendencia. A veces, ha sido más inteligente imitar, no denunciarse a uno mismo o a los demás con una supuesta genuina presencia. Uno va siendo otro y acaba por despreciar al que fue. Pero nada asegura que quien fuimos primero fuera el más puro. A menudo es al revés. El ser original camina por un camino que es el de todos. Inquiere con su panorámica mirada todos sus pasos. Al final, hay que ser un lugareño trazado por la criba de tantos resortes que contribuyen a una insípida unanimidad. De lo que se trata es de preservarse haciéndose mínimamente compatible.
85.- La intimidad de dos personas que escuchan juntas la música que aman. No hay unión más perfecta.
Entonces, la música ocupa su lugar sin reticencias, llena el espacio sin posibles resquicios a la digresión, se enlaza en infinita anuencia. Dos que escuchan lo común miran a un mismo infinito, regresan a las mismas confluencias, se reinventan en lo próximo, débilmente conscientes, se sumen en el distante atardecer que se prodiga por la ventana.
86.- La esperanza es que el poema termine siendo mejor que el poeta.
El poeta es siempre defectuoso, no persigue lo perfecto en él porque no le interesa tal mentira. Se sale de sí para instalar un hálito propio en la ordenación de unas palabras. En ellas, sí sueña la posibilidad de un resultado excelso, de una verdad que no sirva para nada más que para desmentir su impronta imposible. El poeta es siempre decepcionante, el poema puede que no, puede que se aposente en lo cerrado dentro de lo cual perviva un escueto e intenso ámbito de iluminación. El poema debe alejarse del poeta, atreverse a avanzar, hasta preceder inalcanzablemente al ser provisional y dubitativo que está condenado a ser el hombre.
87.- Históricamente, solo la poesía es capaz de hacer audible la soledad humana.
La soledad dice mucho porque es diálogo inextinguible entre el desdoblamiento del ser. La soledad nos recluye en la voz que transcribe las variantes de nuestro latido. La soledad descarta las respuestas y se agarra a las afirmaciones preguntadas.
88.- La ambición secreta de cualquier obra literaria es que los dioses y los demonios le presten atención.
Escribir es un acto temerario. Nuestras palabras, fuera del secreto de nuestra mente, campan hacia las distintas miradas. Si me leyese un dios, tal vez me recriminaría mi pérdida de tiempo en rebuscar lejos de lo sencillo, de lo eterno. Si me leyese un demonio, consideraría insuficientes estas digresiones de mi vida sentimental, estas pretensiones de ampliarme lejos de mis comparecencias en lo que nos afecta. Pero me daría unas palmaditas en la espalda y me diría: “Sé oculto, Javier. Sé otro.”
89.- Hasta donde me alcanza, no es una contradicción decir al mismo tiempo que Dios existe y no existe.
Dios es un personaje muy interesante – hasta necesario, tal vez -, como modo de confrontarnos con algo notoriamente disímil. Creer en Dios depende de una lograda limitación de nuestro pensamiento. Tal vez existió y existe algo capaz de programar bastante bien esta concatenación de causas. O solo es fruto de nuestra exigida imaginación, que lo quisiera revivir para, con rezos, intentar ablandarlo.

Diario de un cinéfilo. (21.Paterson), por Javier Puig

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En Paterson (2016), su última película, Jim Jarmusch abandona su lobreguez habitual pero no su fijación en las singularidades, en las rarezas; aunque ahora también estas son menos ostentosas, más integrables en un mundo aparentemente luminoso. Así, lo que serían los diferentes capítulos de esta historia, se inician con el madrugador despertar de la pareja protagonista, marcado por el día de la semana, y se terminan con el deambular ya nocturno de Paterson, paseando a su perro, recalando en un mismo pub, que es el lugar de confluencia con el mundo, en el que es posible una somera pero persistente amistad, después de una tediosa jornada de trabajo al volante de un autobús desde el que oye conversaciones que le hacen gracia, de hombres y mujeres, de chicos y niños con los que simpatiza en silencio.

La película es una descripción de una rutina que ocupa buena parte de un lugar que no es desolador – porque en él hay paz, hay afectos -, pero que no alcanza a llenar a Paterson, que exige de su vida un cotidiano aliento poético, una sutil captación de su encanto secreto. Lo mayoritario es ese remiso paso del tiempo, en esas casi detenidas horas laborables, antes del reencuentro con su compañera que lo está esperando en casa, descansada pero no negligente de su papel hospitalario. Ella es una joven soñadora que se vuelca en su dispersa vena creativa, que lo mismo es plástica, culinaria o afectiva. Y es que esa joven está pugnando por reconducirse rentablemente desde un amplio ámbito al que acude plena de imaginación y de sueños. Cada tarde le cuenta a él sus inquietudes, sus proyectos pocas veces alcanzables. Paterson transige con eso que silentemente tiende a pensar que son caprichos temerarios. No discute su osada imaginación que él solo aplica a sus versos escritos contra su existir apagado, prisionero del puesto de mando del autobús en el que sobrevive diariamente.

Ante ese vacío, esa expropiación del ser íntimo, esa opresión que le inflige lo prosaico, Paterson, en su interior, alberga el minucioso trabajo poético que debería rehabilitarlo. Durante la película, somos testigos de su esfuerzo de poetización, de cómo reescribe la realidad envolvente con tiento inamovible. Aprovecha cualquier momento para refugiarse en su propio interior y acometer desde allí los versos que lo eleven sobre sus días estériles. Lo vemos con su libreta, por las mañanas, antes de tener que arrancar el autobús; o en el descanso de la comida, y en la soledad del sótano de su casa.

Su mujer aprecia esa obra que, como un vulgar adolescente, va escribiendo en una libreta casi secreta, y le anima a que la dé a conocer. Le exige la promesa de que hará fotocopias de sus poemas. Él lo hará, si acaso, por ella, pero no está convencido del valor de su poesía, tan tenaz y arduamente escrita. No sabe si cabe pretender algo más allá de haberla logrado, de su poder intrínseco. Es como si esos versos que habitualmente compone no necesitasen de su aireación, como si ya hubiesen cumplido su cometido erigiéndose firmes dentro de una privacidad incomunicada. Paterson representa la íntima resistencia poética frente al burdo transcurso de la vida, frente al día que intenta, una y otra vez, repetirse con su pesadez implacable. Lo que busca es una pequeña victoria ante el tiempo, esa cuarta dimensión que le resulta mayoritariamente adversa.

Paterson es hombre callado, observador, que rehúsa las modernidades. No lleva móvil, no utiliza el ordenador. Está atento a la realidad, alerta ante cualquier manifestación artística anónima. Se queda admirado del poema de una niña, del canto de un rapero en la soledad de una lavandería. El dueño del pub al que acude también es un resistente. Se niega a instalar un televisor, pone música de jazz, alimenta un mural en el que se describe lo más valioso de la historia de su ciudad.

Al final de la película, el perro de la pareja destroza la libreta donde Paterson ha ido reflejando la construcción de sus poemas. Él no se indigna. Es un hombre aparentemente inmutable, (aunque una vez sí actúa con contundencia, en el pub, en defensa de una joven). Apenas expresa sus sentimientos, pero ahora se le nota que está de duelo, que le resulta muy duro haber perdido sus preciosos poemas, la parte de sí mismo que lo emerge sobre la obediencia a lo anodino.

Amanece. Es domingo y, más allá, no hay nada en lo que pueda reenganchar su pasión callada. No tiene bastante con su dulce mujer. Tiene que buscar su soledad, acudir a ver las cascadas amadas. Allí se encuentra con un poeta japonés que ha venido a conocer la ciudad de su admirado William Carlos Williams. Le pregunta a Paterson si escribe poesía: “No”, le contesta. “Soy solo un conductor de autobús”, afirma. No está seguro de ser algo más. Y es que es tan fácil renunciar a ser poeta, a algo tan poco necesario para el mundo que conoce; y, por otro lado, resulta tan poco cuestionable volver a ser alguien normal, despojado de cualquier arrogante pretensión de percibir la realidad más allá de lo obvio, de su vano juego.

Algunos espectadores han dicho que esta película es aburrida, que en ella no pasa nada. Me parece que no tienen el tipo de sensibilidad necesaria para captar y apreciar ese lento y meticuloso despliegue de una realidad compleja, de un vacío insaciable. Paterson, desde su humildad, desde su ser magnánimo, parece proponernos una renovada mirada al mundo, una indulgencia que no es pasividad sino implicado asentimiento. Lo suyo es una actitud atenta a la máxima humanidad, entendida esta como la más radical oposición al infatigable intento alienante.

Las imágenes, los sonidos, las vibraciones de Paterson me han ido penetrando desde su sobria lentitud, con sus círculos sucesivos, con su aparentemente nimiedad que es, sin embargo, relevancia del alma. Al final de la película he salido reconfortado por ese aporte de frescura que desprende, por ese exquisito alegato a favor de lo sensible frente a la vastedad del tiempo y su propensión aniquiladora.