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La gravedad de la poesía de Juan C. Lozano en Naturalmente, amarte, por Javier Puig

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Ya tenía ganas de reencontrarme con la poesía de Juan. C. Lozano, del que en su día dejé registrada mi admiración por su Soliloquio del auriga. Ahora, en la bella colección de plaquettes, Lunara Poesía, de Ediciones Frutos del Tiempo, he podido disfrutar de su reaparición con veintidós nuevos poemas, agrupados bajo el título de Naturalmente, amarte.

Por las características de la colección, nos encontramos ante un libro menos extenso de lo que es habitual en poesía, pero no por ello se trata de una obra menor. Estamos ante la coherente y vivida evolución de su obra. Aquí reconocemos algunas constantes del autor, como la nostalgia de la juventud o el gusto por cierto culturalismo, su amor por las citas en sus lenguas originales, por los escenarios y los personajes míticos, sin mostrar reparo con lo más actual; así tienen también cabida las conexiones sentimentales con el cine, la música o alguna concreta actriz. Todo ello como puntuales elementos que encontramos en unos poemas que parten de los temas fundamentales, que son: el amor —como misterio y posible salvación— y el paso del tiempo —que inflige la dura nostalgia de lo efímero—. Pero ahora, este tiempo, a la vista de su exhibición devastadora, también se revela como irremisible avance hacia el declive anunciado, hacia la posibilidad de la apenas defendible vulneración. Y es que este poemario añade la incidencia de las circunstancias concretas sobrevenidas, como son la transitoria enfermedad del autor y el fatal envejecimiento de los padres. Son los demasiado constatables asomos de una demorada verdad, que no por prevista, puede resultar manejable, y que se convierte, de momento al menos, tan solo en una inútil extrañeza.

Sobre el amor, el autor nos habla de la dificultad de conocerlo: “Todo lo amado es enigma / que nos preserva”. Parece que el amor es promesa de salvación, que su motivo es la huida de nuestra zozobra: “Amamos porque siempre / llegamos tarde a casi a todo. / Porque hemos apagado / la luz antes de tiempo. / Porque hemos aprendido / a mantenernos donde cubre. / Porque hay puertas dolorosas / que se abren hacia dentro”… “Si amamos / es porque seguimos pidiendo / una señal para perdernos”. Y una de las manifestaciones del amor es la ternura, que aquí se reclama como último bastión contra los embates de la vida: “Solo la ternura permanece / como una bala en la recámara. / Solo la ternura reside / como fortificada razón… Basta la ternura, / tan poderosa como el dolor, / tan frágil como el tallo joven, / para resistir, / para comenzar / un día más / sobre la tierra“. Aunque: “Amar nos enfrenta al misterio / en luz erguida de destierros, / en tiniebla vertical / de abismos y de espejos”. No obstante, ese aparente equilibrio entre la dureza de la vida y su posible paliativo, el amor, se desvanece en el desolador poema que es Tierra quemada: “Sabes que la poesía / no se proyecta, / se hereda. / Sabes que el amor / ya no es salvoconducto /contra la muerte”.

Ya estamos inmersos en una vida que acaba tornándose enemigo implacable, poderoso, al que hay que combatir desde el refugio del momento presente. En Oración, se dice: “Crea para mí un mundo / levantado desde el dolor”… “Crea un mundo para mí / desde la balanza de la pérdida / desde la raíz llameante del miedo, / desde la voluntad de los esclavos”. Ya que el mundo nos oprime, al menos encontrar una percepción propia, una alcanzada concepción donde el dolor y la limitación puedan dignificar y embellecer los últimos tramos de nuestra existencia.

Pero aún hay más. Está esa sensación de la vida como fracaso: “El fracaso ha sido / nuestro más sublime agravio. / Abrillantar el sable de la aflicción, / nuestra estrategia más elegante / mientras el tiempo nos pasa por encima”. Un fracaso que se constata al mirar hacia atrás: “Era cuando queríamos / cambiar el mundo / antes de que el mundo / nos cambiase. / Era cuando queríamos / apurar la vida / sin pensar que la vida / acabaría por apurarnos”. Es ese mirar hacia el amenazador adelante desde la contemplación de un presente al que uno se agarra muy fuerte con las armas disponibles: “Y siento un algo desordenado / al ver envejecer a mis padres, / cuando los veo alejarse de la vida / y de los recuerdos. / Me siento protegido / cuando aprieto a mis hijos / y ocupamos los tres / un lugar / en el mundo”. Y esa última y nueva bondad, cuando la vida nos conduce a un punto en el que hay que reinventarse para saber cómo han de mirarse los ojos de la madre arrasada por el Alzheimer: “Me pregunto que la poesía, / esa delgada línea que separa / la atracción y el abismo, / no estará en esos ojos / que ya no me reconocen / como hijo”. “Cuando te duermes / cogiéndome la mano / como si quisieras / encontrar / el camino de vuelta”.

Al leer por primera vez este poemario, sentí el placer estético de encontrarme con unos versos excelentes, llenos de imágenes poderosas y deslizamientos bien conseguidos, pero una segunda lectura y el ejercicio de profundización que supone la pretensión del comentario, me dejaron bastante tocado, tal vez porque me resultan muy afines esas crepusculares visiones a las que hoy, también a mí, me invita la vida, propias de una edad nuestra que conlleva ciertas cercanías. Hoy no podemos permanecer incólumes ante los versos que constatan el ya muy visible descendimiento. Para reponerme, me agarro a esta afirmación que Juan Lozano hacía en el blog de Frutos del tiempo: “La poesía, para mí, es un intento de detener el tiempo mediante la reflexión y la evocación. En saber, de antemano, que tenemos la batalla perdida está la grandeza, el esplendor trágico que nos anima”.

 

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Consonante materia, la poesía contemplativa de Juan Ramón Torregrosa, por Javier Puig

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Consonante materia (Editorial Balduque, 2019) ha sido mi primera y feliz aproximación a la obra poética del guardamarenco Juan Ramón Torregrosa. Y me he encontrado con una poesía minimalista, cercana al haiku, de una gran intensidad contenida en la dicción escueta. Se divide este poemario en cuatro apartados con el nombre de cada una de las estaciones del año. Cómo no, el primero es el de la Primavera y encontramos en él los versos más sensoriales, la mirada más ceñida al continuo acontecimiento de lo natural. Junto al poeta miramos y sacralizamos el detalle amigo de la perpetua existencia: “Mira cómo ese lirio se ilumina. / Parece que nos sonríe”. En una personificación que se repite: “El viento que no para, / travieso como un niño”.

Porque la naturaleza nos ilumina y nosotros le correspondemos con esa extrema empatía y compasión oriental ante todo lo que vive, como en ese poema dedicado a la hormiga: “Ten más cuidado. / ¿No ves cómo se afana, / retrocede, / regresa, / lucha con los obstáculos? ”. Es la idea de la contemplación de lo bello, de la no injerencia en las cosas, desde el total descarte de su posesión, eximidos de la perturbación del apego: “¿Para qué nuestro anhelo / de ascender a la luna / si ya su luz / desciende hacia nosotros, / ilumina la noche?”. Es un canto a los inagotables prodigios de lo natural, a la versátil consumación de los ciclos, a sus humildes y portentosos trabajos. Es maravillarse ante lo obvio y escribirlo sin añadida complejidad, midiendo la escueta exactitud que da luz al lenguaje.

Aquí asistimos a un insistente canto a la potencia de la vida, un canto que, desde la sencillez, quiere ser digno de ella: “Si la vida tenaz, / inquebrantable, / habita los desiertos, / trepa montañas, / se oculta en los abismos, / qué no hará / el poema”. Estas cortas composiciones no tienen título (alguna vez, entre paréntesis, el nombre de un pintor o del lugar al que se homenajea), un título que podría propender al encierro de unas palabras concisas que debieran fulgir en el centro de lo ilimitado.

El poeta abunda en la búsqueda de la pureza, en la mirada antigua, anterior a todas las clasificaciones: “Antes de los relojes / el tiempo lo era todo / y era nada: / el latir / de un corazón, / el trino de las aves, / el aire respirado. / El mundo y tú, / antes de los relojes”. Los versos, como los poemas, son cortos. No pretenden desarrollar una idea sino describir la captación instantánea, la visión de la eternidad alcanzada en la abierta confluencia entre la realidad y el hombre. Se declara aquí la aquiescencia con la sustancia de la vida que se despliega ajena a nuestras insistencias egoicas. Es la gran modestia de lo necesario, la recepción de la existencia como verdad que supera al deseo.

Si la poesía es detenimiento, estos versos nos descienden del tren de los vanos anhelos, y nos presentan, en su plenitud, el paisaje que nos redime de nuestra ansiosa mirada. Nos alzan el mirar y entonces vemos: “El universo, / que nunca se detiene”. Lo que nos circunda y no advertimos apenas, tapados por el irrestañable afán. Todo es aquí enunciación de lo que llamamos obvio y que, sin embargo, precisa, de la depuración de la invisibilidad que nos persigue. Se trata de crear la cadencia que enaltece, que torna el objeto vivo en sagrada encrucijada.

Y, leyendo estos sucintos poemas, podríamos preguntamos, desde nuestra utilitaria impronta, ¿es esto suficiente? ¿Qué diferencias hay entre la mera anotación de lo perceptible y sus trascendente ser? La respuesta la tenemos al comprobar cómo la palabra revive la imagen y la emplaza en lugares inopinados a través de los escasos signos que se posan en una página. Se avanza desde el funambulismo que, desde la altura, se opone a la caída en la nada: “Instante efímero que el arte / retiene más acá del tiempo, /más allá del olvido. / Imagen detenida / de una y de todas las rosas”. Porque a veces es la escueta consignación, el nombramiento de una sensación acaecida no sin trascendencia, el pálpito de una oración que se pronuncia en silencio.

En Otoño encontramos algunas perlas de una sabiduría tan clara en principio como ulteriormente enigmática: “Tan lento / el caracol. / Su andar / tan leve. / Y siempre llega”. O: “¿A dónde vamos? / ¿Falta / mucho para la meta? / pregunta el joven monje / al Maestro. / Ya estamos. / Aquí, ahora”. Poco a poco, en esta parte, se va incorporando la presencia humana, por delante de la mirada, no ya solo detrás: “Sueñas labios gozados, / emociones vividas, / despierto, en duermevela, / qué irreal la penumbra / que te envuelve, / el día que comienza”. Es el hombre que acepta: “Resígnate. / No pidas / imposibles. / Nada ganas y pierdes / lo mucho que te queda / por gozar”.

Esa observación desde fuera, ese Testigo que somos y no somos nosotros mismos. La incorporación del yo, ese yo esencial, que se desvela en lo quieto, ese yo que está cerca del misterio, que acata los tránsitos oscuros: “Sin noche, / cómo gozar del día. / Sin sombras, / de la luz. / La mirada lo dice, / los cuerpos lo proclaman”.

Escribir es penetrar la vida: “Días, meses sin escribir / sin ver la vida”. Con el otoño, con el invierno, se mira más hacia adentro, se descubren otros recogimientos más estériles: “Alicaído, / el canario no canta. / El día, gris. / La casa, / muda y ausente. / Es otra jaula”. Pero también lo contrario: “El mundo / es ancho y diverso. / Misterioso, / fascinante. / También tu jardín”. El ciclo se completa. La bella palabra se acompasa al pausado tránsito de lo primordial.

Para Helena, por Javier Puig

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PARA HELENA

“¡A bailar!”, me dice Helena con su voz dulce,
con su palabra haciéndose,
mientras une su tierna mano a la mía.
Su mirada crea entre nosotros
un espacio de hermosa súplica,
de sencillo entendimiento.
Ya sabe quién soy
y yo siento un gozo profundo
al reconocerme en ella.
Ahora confía en que me levante del sofá
para ensayar unos movimientos,
un suficiente intento de danza.
Frente al televisor, su mirada se adentra
entre las figuras que cantan y bailan.
Pero, cada poco, mira hacia atrás.
Así comprueba que la sigo secundando,
que ofrecido permanezco
en el círculo de su deseo.
Emocionado, pienso
en el íntimo privilegio
de ser buscado por un ser tan bello,
y en que yo, en esos momentos,
pueda representar la armonía
que suspenda su incipiente inquietud,
ese confuso temor
que levemente a su mirada asoma
hasta disolverse en el júbilo
de un nuevo afianzamiento.
Yo quisiera elevarla
sobre las arduas cimas
que preceden al sucesivo horizonte.
Pero ella, valiente, soltándose,
me diría: “¡yo sola, yo sola!”.
Cada vez que la miro
veo sus ojos esperando la dicha;
sus ojos, que me llenan de límpida luz.

Sobre Las raíces del velo, la última poesía de José María Piñeiro, por Javier Puig

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Desde su versátil capacidad literaria, y después de seis años, José María Piñeiro vuelve a ofrecernos una amplia muestra de su poesía en Las raíces del velo, editado por Celesta. El poemario está dividido en tres partes, cada una de las cuales, como se dijo en la presentación que tuvo lugar en Orihuela, podría constituir una obra independiente. Esto es así porque hay una suficiente diferenciación, y, dentro de cada una de ellas, una coherencia propia; lo que no obsta para reconocer un nexo común, el que se deriva de la marcada personalidad del autor, y que se manifiesta en esa sensible percepción de “el espectáculo de la vida”, del que exprime su intensidad, aunando, en variables proporciones, lo sensorial y lo intelectual.

En la primera parte, Biografemas, hallamos la rememoración de esos contactos con el mundo que resultan significativos, que se imprimen en el ser desde el impacto emocional, desde el descubrimiento que nunca se deja de repasar para continuar afinándolo con nuevas sutilezas. Se habla aquí del espíritu aventurero de la primera juventud, de las atrevidas incursiones en los parajes prometedores, en los espacios ocultados por el mundo impuesto. Es la intrínseca validez de la experimentación, el alegre juego de avanzar para alcanzarse más allá del previsible uno mismo. Pero también hay poemas intemporales, que reflejan una constante vital, esa arraigada posición que indaga desde el austero hedonismo, la creencia en que lo más contiguo al propio ser, el más adherido límite con lo ajeno, ya revela la inconclusa paradoja de la existencia.

En la segunda parte, Confieso que no he vivido, el poeta se somete a un autoanálisis, revisa su trayectoria vital y echa a faltar una mayor exterioridad, una más completa vivencia de las posibilidades del trayecto humano. Si antes, la retrospección era meramente contemplativa, si la mirada se situaba apartada de un responsable protagonismo, ahora la encontramos atrapada en una valoración severa, implacable, sometida a una estricta regla que no perdona la visión de las carencias, sino que las amplifica; sobre todo, la de un indefinible ser íntimo capaz de acompañar, de compartir, de mullir los propios pasos.

Ahora, ese paraíso concentrado, poco más que casero, se ve como baldío. Ese ámbito querido que tantos momentos de plenitud ofrece, pero al que se le achaca su incapacidad integradora: “… Y los libros inertes que sustituyen a los amigos”. Allí es rara la afectuosa conversación, la viva reciprocidad: “A mí me ha vencido la pereza y la belleza”. Es la mala conciencia por el gozo interior, enclaustrado, pertrechado de exquisiteces: “Tú no puedes saber/ qué laboriosamente me entregué / a no hacer nada y soñar furibundamente”.

Es esa trampa psicológica, la idea de la seria negligencia en la que incurrimos cuando vivimos, casi para nosotros solos, una vasta extensión de tiempo que se nos ha regalado. Hay maneras de calmar esa desazón, la mayoría falsas, y alguna más difícil, que exigiría una actitud extraordinariamente generosa. Pero a veces se vive así porque lo próximo no nos satisface y no sabemos encontrar en nosotros una magnánima anuencia. Tal vez el listón se pone demasiado alto cuando se frecuentan las intensidades, las excelsitudes del arte. Por eso el lamento ante la imposibilidad de encontrar a la mujer vecina, palpable; pero, sobre todo, exacta: “La mujer atractiva de mi época / no habla mi lenguaje o vive en paradero desconocido”. Como cuando se refiere a las actrices que lo han fascinado: “Y yo he ido anotando / todas estas apariciones de bellos espectros / en la lista violeta de mis desolaciones perpetuas”.

Es la sensación de llevar una vida muy intensa en sus entusiastas recurrencias, pero siempre sustitutiva, demasiado protegida, ya lejos de la osadía juvenil: “Esta tarde me he comprado un libro: / el acto erótico supremo del día”. Es la habitación como refugio frente a un mundo que no puede ofrecer sino la decepción ante tan altas expectativas de quien está acostumbrado a relacionarse con lo más exquisito: “Es la dulzura incontaminada de la habitación/…./ y soy melancólicamente feliz / imaginando esa poesía de la redención furtiva”. Afuera está ese: “Confín vertiginoso de rostros y cuerpos / que no se conocen”. Quizá la salida sería alcanzarnos en nuestro ser extendido: “Definir un espacio soberano en el que encarnarnos / y pulverizar los miedos y los dilemas, / y olvidar el olvido/ e intentar, en el otro, rescatarnos”.

En la tercera parte, El flaneur enardecido, el poeta recoge la expresión de su nutritiva confluencia con el mundo del arte, cuando, desde la ajustada soledad se alcanza una sensación de no chirriante pertenencia al mundo, de unidad, aunque siempre sea desde una denodada salvaguarda de lo propio. Aquí se trata de encontrar, entre el barullo del mundo, esas “gemas” salvadoras: “El claror del día concita a los vivientes / bajo la gema de su luz”. ”Examinando las gemas que hace el agua de la fuente / al brotar”, “la gema quieta de la tarde toda”, “mi acopio de gemas y perlas imaginadas / se traduce en esta posibilidad narrativa: / escribir poesía / para hacer rica mi pobreza”, “la fronda te devuelve gemas ovales y susurros convocadores”. En todos estos poemas, José María Piñeiro realiza un recorrido por algunos de los puntos cruciales de su vocación, que es la de apreciar el arte que lo incumbe, el de algunos escritores o músicos reconcentrados en vibrantes atisbos. Pero, junta a esas manifestaciones esforzadas, también está la espontánea realidad que se le ofrece, que él penetra con su actitud deambulatoria. Todo eso que hay que digerir y hacerlo propio, creativamente: “Y nuestro placer y privilegio renovados/ es dar nombre a las cosas, / descifrar lo que acontece, / no cesar de interpretar”. Y eso es algo que no se reduce al juego intelectual sino que trasciende hasta lo emotivo: “Una tarde la belleza me hizo llorar / al convertirse en esperanza”.

La obra de un autor no es la permanencia en una fotografía única, en un momento absoluto. En este poemario se exponen la intuición, la tentación, la duda, la posición humana zarandeada por los vaivenes que impone el tiempo. En Poéticas, esa pieza final, fragmentaria, próxima al aforismo, del que es devoto y maestro el autor, se plasma una de esas pequeñas sabidurías que todos nosotros, de vez en cuando, alcanzamos, pero que no sabemos cómo retener frente a la resbaladiza sucesión de los momentos que nos configuran: “Asegura tu partícula luminosa, / cede a lo que te penetra. / Di tu alucinación, /no juzgues lo que te pasa. / Di lo que te pasa”. Pero José María Piñeiro, en un acto de honestidad, de intento de completud de sí mismo, a veces no se obedece; entonces, se juzga, y se dice a sí mismo que no ha vivido; afirmación con la que no podemos estar de acuerdo quienes apreciamos su obra, pues sentimos que está hecha de una vivencia lúcida, sostenida sobre las intermitencias. En Las raíces del velo encontramos sinceridad, belleza, y un buen puñado de poemas que albergan una preciosa “harmonía”.

Diario de un cinéfilo (35. El precio de un deseo) por Javier Puig

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El precio de un deseo (2017), dirigida por Paolo Genovese, el director de Perfectos desconocidos, la película que versionó Alex de la Iglesia, plantea un argumento muy singular. Toda la hstoria se desarrolla en un bar, lo que obliga al director a recurrir a una gran panoplia de planos para eludir un peligroso estatismo visual. El protagonista está sentado siempre a la misma mesa y nunca lo veremos de pie. Se trata de un hombre misterioso, con algún poder sobrenatural, aunque él se siente limitado ante algunas demandas, como si fuera solo un instrumento de Alguien o de algún Orden superior. Es una especie de curandero de las zozobras en las que se sumen algunos, aquellas que derivan en acuciantes deseos. Hombres y mujeres acceden a él porque han oído de su poder. El problema es que para satisfacerlos tendrán que obedecer el mandato de ese hombre enigmático –al que de ahora en adelante llamaré X-, mediante una contrapartida que este lee en una misteriosa agenda y que casi siempre supondrá un pago muy alto, como perpetrar un crimen o ir contra los propios principios.

Esos hombres y mujeres acuden a ese bar, movidos por deseos fortísimos que, sin embargo, apreciados desde fuera, se pueden valorar como de muy distinta trascendencia. Una mujer quiere que su marido se cure del Alzheimer, un hombre necesita que desaparezca el cáncer que está acabando con su hijo, un joven ansía la recuperación de la vista; pero también hay una joven tonta que necesita ser más guapa o un hombre simple que piensa que sería inmensamente feliz pasando una noche con la chica del calendario que ve todos los días en su taller. Todos necesitan, en algún aspecto, al menos, cambiar milagrosamente el curso de su existencia, que viene marcado por una disposición inabordable. Y, para ello, están dispuestos a cometer las mayores atrocidades. (Aunque una vez, eso tan difícil de acometer, es lo contrario; es decirle “te quiero”, sintiéndolo, a un padre que no se ha portado bien). Es verdad que en principio dudan, parecen resistirse, que incluso, después, en mitad del proceso abandonan, pero luego casi siempre regresan para terminar de lograr aquello imposible y que ahora, por medios inconcebibles, se les pone al alcance.

X es un hombre triste, circunspecto. Parece estar realizando esa labor como un penoso y agotador deber. Recibe insultos. Le dicen: “Eres un monstruo”. A lo que él responde, sin inmutarse: “Digamos que doy de comer a los monstruos”. Y en otro momento, ya sabio él de los procederes humanos, dice: “La gente es capaz de hacer mucho más de lo que cree”. Otro le espeta: “Casi mato a una persona por ti”, a lo que él responde: “Vamos a dejarlo claro. Casi matas a una persona por ti, no por mí”. Y cuando le preguntan: “¿Por qué pides cosas tan mezquinas?”, responde: “Porque hay gente que las hace”.

Pero, ¿quién es X? Es lo que se pegunta uno de los que acuden a él: “¿Quién eres? Tienes una voz amable, ¿por qué me pides algo tan horrible?” Pero él no sabe quién es. Le preguntan: “¿Cómo sé que usted no es el diablo?” A lo que contesta, sincero: “No puedo saberlo”. Y es que, consecuente con algo que no se sabe si es autoprotección, secretismo pasivo, u honestidad, no suele ser muy explicativo. “¿Usted cree en Dios?”: “Yo creo en los detalles”. O le insisten: “¿Usted tiene un dios?” “Todos tenemos uno”. Y aún más: “¿Entonces tú solo eres un intermediario? ¿Y quién está al otro lado?” Sus poderes solo funcionan cuando prescribe aquellas instrucciones que encuentra en la agenda. Consultándola, sabe qué debe decir, esas dos fases opuestas, ante las peticiones. Unas veces: “Es factible”, y otras: “No depende de mí”.

Ante la resistencia de esos hombres y mujeres a cumplir con el durísimo pago por obtener sus deseos, él les dice que hay múltiples soluciones para un mismo problema, pero que él solo les puede indicar una. Ellos dudan “No sé si podré hacerlo”. El ciego dice: “No violaré. No soy así”. Y es que ahí está la cuestión. Salvo mandatos más leves, se les obliga a esos hombres y mujeres a que cometan un acto con el que no solo no están de acuerdo, sino que contradice brutalmente sus principios morales; un acto para el que no se no se sienten capacitados, como si no pudiese encajar en su ser, produciéndose un rechazo como el de un órgano ajeno trasplantado. Finalmente, unos lo acometen, pero otros no.

Luchan contra su deseo, casi siempre perdiendo. La anciana que anhela la desaparición del Alzheimer de su marido, deberá poner una bomba. La construye. Está a punto de explosionarla varias veces. Se frena. Recapacita sobre lo que está dispuesta hacer, sobre ese carísimo precio para su deseo. Y, poco a poco, se acerca hacia la certeza de que no deberá cometer esa equivocación: “Todos guardamos algo horrible en nuestro interior y quien no se ve forzado a descubrirlo es muy afortunado”. Al final, encuentra la razón capital para no dar el paso: “¿Cómo le miraré a los ojos? Él será otra vez él, pero yo ya no seré yo. Seré como usted y usted me da pánico”. X la mira desde su infinita pena, prisionero de ese mandato, de esa ubicación en la densa red moral del mundo. No puede sonreír aunque lo obligue la fascinada camarera del bar, cuando se quedan solos e intenta indagar, sin éxito, en su misterio. Tal vez ese sea el precio que esté pagando para que se cumpla su deseo, tal vez uno absoluto, radical, que desconocemos.

Diario de un cinéfilo (34. Cosecha española 2018) por Javier Puig

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Los días lluviosos de la última Semana Santa me confinaron en mi hogar, y ello fue felizmente, entre otras cosas, por las cuatro magníficas películas que vi. Tres de ellas eran españolas (la otra, maravillosa, japonesa, fue la revisión de Primavera tardía, de Ozu).

Estas tres películas (La enfermedad del domingo, Petra y Quién te cantará), cosecha de 2018, curiosamente, tienen bastantes puntos en común. Son penetrantemente tristes, hasta llegar a la tragedia. Las protagonistas principales de la primera y la tercera películas son mujeres.  Bárbara Lennie actúa en las dos primeras y en ambas su objetivo es recuperar a la madre o al padre tras una vida de separación. En los tres casos, los personajes se han evadido de la gran ciudad y se recluyen en la montaña o en la costa para vivir su verdad. La realización está muy medida, hay una excelente fotografía, unos planos afinados y contundentes, todo ello muy pertinente para crear una atmósfera dramática envolvente, también con una música minimalista que subraya la vivencia más personal frente a las ráfagas de pop que expresan una realidad más externa. En las tres historias el mal ha actuado con gran fuerza, pero, en algunos casos, este admite la redención de sus ejecutores o de sus víctimas.

Empecé por la que muy probablemente sea mi favorita, La enfermedad del domingo, de Ramón Salazar. Una película perfecta en la continua sucesión de planos serenos, desveladores, extraordinarios; en las grandes interpretaciones: genial la de Susi Sánchez; magnífica, como siempre, la de Bárbara Lennie. Las primeras imágenes transcurren por un bosque y se detienen en dos árboles centenarios, tan irremisiblemente cercanos como separados. Lo que viene después es un sutil adentramiento del espectador en una relación que empezará por ser violenta, incómoda, formalista, arriesgada, y que, separada de la sociedad, en su pureza, acabará siendo sagrada.

Una hija va en busca de la madre que la abandonó a los ocho años. Es una mujer burguesa, mientras que la hija es una joven desesperada que, en principio, oculta sus cartas. Pronto se verá que tiende al gesto espontáneo del reproche, al pequeño ejercicio de la venganza. Ha invitado a esa madre perpleja a pasar unos días con ella, lo que ha desatado todas las alarmas, ha puesto en acción a los abogados. Lo que ella le ha propuesto es algo inconcebible para quienes se mueven en el mundo de lo material, de la desconfianza, de lo utilitario.

Susi Sánchez compone un impresionante rostro de piedra transparente hasta el alma. Bárbara Lennie se mueve en su ser desastrado, ajena a cualquier deseo de imagen que no sea la de una rotunda verdad. Las dos son profundamente infelices de maneras distintas. La madre, desde el agotamiento de un querer más infinito y la insatisfacción perpetua; la hija, porque achaca su vacío a la espera de lo esencial, de lo perdido, del amor maternal. Una ansiosamente buscaba más allá de todo lo mucho que había encontrado; la otra, vivía desnortada, a la espera de recuperar el calor su inicial vida.  

Pasan las horas, los días, en esa casa aislada, que es refugio frente a todo lo superfluo, un lugar en el que no es posible esquivar lo esencial. La madre empieza a ejercer ese papel que abandonó. Paulatinamente, ambas van venciendo las propias y las contrarias resistencias. Pero no es fácil, sobre todo para la hija, que si luego le dirá a su madre que hacía años que la había perdonado, ahora aún brotan de ella reproches, pequeñas malignidades con las que pretende escenificar un espejo en el que su madre se vea como una mujer que no merece la impunidad, sino saber hasta el fondo su culpa.

Todo ello lo seguimos a través de una sucesión de bellos y profundos planos, imágenes nítidas de sobria originalidad. Fotografía que capta la escueta concentración de la luz. Película sobre el amor y sobre la muerte, historia extremada pero sin excesos. La recuperación de un amor, su reconstrucción, partiendo de un tiempo equivocado; su reparación urgente, agolpada en la intensidad, en la nueva atención.

En uno de esos momentos de mirarse inquisitivas, la hija estalla, le lanza a su madre un objeto que da en su frente y le produce una escandalosa herida. Inmediatamente se arrepiente, se asusta, pide perdón. Pero la madre no se indigna, no se inmuta sino en entregada conmoción. Tal vez siente esa agresión como merecida, como necesaria para alcanzar, desde esa nueva serenidad, un alivio, el ligero vislumbre de su redención. Esta le llega en la durísima pero bella escena final, en la que se funden el amor y la muerte.

Petra, de Jaime Rosales, es una historia que nos va calando lentamente. En los diálogos prevalece la naturalidad, lo sobrio en los gestos. La cámara se desplaza continuamente recorriendo las estancias, cruzándose con los rostros. La historia va adentrándose en episodios cada vez más oscuros. Aunque ya, desde el principio, sabemos que Petra (Bárbara Lennie) no ha llegado a un lugar acogedor. La recibe la esposa del escultor (Marisa Paredes), una mujer que reconoce lo deslavazado de las relaciones que tiene esa familia. A su marido pronto lo conocemos como a un hombre sin escrúpulos, inmisericorde, que se jacta de una moral de señores, que justifica el vil ejercicio de la superioridad. El drama que se desarrolla en torno a él es, sin embargo, el de quienes no se atreven a enfrentarse a esa impiedad. Así el de ese hijo que lo odia, que lo mataría, pero que —como le espeta su padre, desde la arrogancia de su maldad— “no tiene cojones para hacerlo”.

Lo más original de la película es —junto a los sutiles movimientos de la cámara— ese trastrocamiento del orden de los capítulos. Vamos sabiendo cosas importantes, muy graves, pero, de pronto, el siguiente capítulo nos muestra un momento anterior, y contemplamos a esos personajes desde la inminencia de su drama, sintiendo que no les podamos advertir. La película juega con varias elipsis que postergan momentos decisivos hasta su posterior deducción. La trama nos seduce con ese sesgo de tranquilo y penetrante terror.

Se ha dicho que Quién te cantará, de Carlos Vermut, es una película de visos almodovarianos, y me parece que así es, con esa estética que mezcla lo moderno y lo frío con lo plenamente popular. Su historia es tan triste como la de las otras dos, como el rostro de Najwa Nimri en su inerme expresión, como el sufriente de Eva Llorach, como el de la contrariada Carme Elías. Es una tristeza plenamente melancólica, no como el de Natalia de Molina que está hecha de una sombría agresividad.

La película se mueve entre la gélida suntuosidad y ese contrapunto que es el violento domicilio donde esa madre soltera y su tirana hija malviven. En ese vulgar apartamento, se desarrolla la mejor, la más ardiente escena, en la que la intensísima y reconcentrada expresión de Eva Llorach rompe moldes de interpretación y avanza hacia lo sublime. La trama es compleja porque hay un continuo juego de espejos y de identidades. Pero lo que irrumpe aquí, como en las otras dos películas, el origen de todo es una conflictiva doble relación entre madres e hijas.

 

Sobre los artículos de En primera persona, de Francisco Gómez: un diario a voces, por Javier Puig

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Leer En primera persona, la recopilación de artículos de Francisco Gómez, es como introducirse en las páginas de un diario a voces, una sucesión de momentos aislados que han dado lugar en el autor a la necesidad de exponer algún hecho clamoroso, alguna ofensa de la vida que hay que denunciar con palabras despojadas de inútil contención, de opiniones emitidas sin mirar de reojo a aquellos afines que las pudieran rebatir. En muchos de los casos, el tema es muy personal, a veces plenamente íntimo, autobiográfico; es una reflexión diarística lanzada al mundo, sin apenas pudor, un ofrecimiento de transparencia que el lector recibe con gratitud, pero también desde cierta tristeza, porque lo que se cuenta aquí, muchas veces, es lo que precisa repararse, lo inconcebible en una vida que siempre tiende a la dureza pero en la que uno siempre cree merecer ciertos respiros, una mínima calidez, un retorno que no sea siempre al monólogo interior, a la penosa y forzada autosuficiencia.

En sus artículos abunda el tono coloquial, de proximidad, el sentido del humor junto al sentido de la pena. Pues no está exenta una ironía que procura alejarse de lo amargo a través de la fuerza de sus proclamaciones. Pero, entre sus textos más lúdicamente exaltados, introduce otros que son prosas poéticas de grave envergadura, en los que se puede llegar a desbrozar bastante impúdicamente la carencia de la amada: “Acabo de despertar de un sueño armónico. Estaba con la mujer amada, con la mujer perdida. Mis sueños han vuelto a traicionarme. La realidad vuelve a romper sus olas contra el deseo. Los recuerdos me hacen feliz en un tiempo incierto cuando no hay nada y la incertidumbre es la reina de mi vida. Observo la felicidad de los demás pero ya no es suficiente”.

Su decir es una literatura que, a veces, el autor siente como una cierta limitación: “Sin ti mi corazón llora de ausencias (y esto no son frases lanzadas al papel sino carne hecha palabras)”. Escribir es mucho, pero a veces no puede desalojar la ansiedad, atenuar el hambre de efectiva intervención en la vida. Son los textos de un hombre honesto, consciente de que la literatura no puede ser una coartada para aceptar ninguna excesiva derrota: “Debo deciros que antes que la literatura amo la vida. Derramar páginas sobre el papel no es más que una pobre excusa para justificar las derrotas que asolan mi caminar por esta dura tierra”.

En su variedad, esta recopilación también incluye temas más prosaicos o más cotidianos, pero siempre desde la búsqueda de su más sensible significancia. Habla Francisco Gómez de las esclavitudes económicas, de las posibles servidumbres de la familia —aun así soñada—, pero también de esos destellos que uno necesita recibir de vez en cuando en la vida, como esa mágica noche de fados que comenta o el irresistible encanto de un sobrinito.

Sin embargo, Francisco Gómez no se ensimisma en sus problemas, sino que demuestra una gran compasión ante las trágicas noticias y una enorme empatía ante quienes viven desfavorablemente, como las que despliega en ese conmovido artículo que titula Feliz Navidad. Y es que no descree de la fuerza de lo bondadoso: “Quizás, no todo esté perdido porque el bien es ultrasilencioso y no se hace notar”.

Hay artículos muy logrados, de una fuerza y una honestidad muy estimables. En ellos nos cuenta sus hábitos, sus rarezas, su idiosincrasia. Porque lo que más le importa es ser auténtico, entendido este afán de lo genuino como permanencia en la pureza que se supone es anterior a todo crecimiento susceptible de corrupción: “No me digáis que sea maduro para hacerme un cabrón de ésos que tanto se estilan, un indiferente a lo humano, porque os mandaré a hacer vientos y condenaré vuestras palabras al olvido. Un maduro insensible a cuanto le rodea si no le afecta, un perfecto impasible sentimental si no acontece en su entorno más primario”. Su actitud es la de una insobornable humildad: “¿Tú eres un intelectual, verdad? Y yo: Noooooooooo. Soy un hombre mundano como cualquier otro que pisa la calle y tiene más fallos que pelos adornan su cabeza”. Pero, por otro lado, no hay que bajar hasta la insignificancia: “Queremos pintar pero pintamos bien poco. En este tiempo donde muchos quieren despuntar, uno se conforma con que pinte un poquito para unos pocos y nada más. Pintar para la mujer de la que te has enamorado y no te hace caso, pintar en tu casa, en el reducido círculo de amigos y poco más. Quizás, lo más terrible del ser humano es sentir que no pintas nada para nadie, que nadie echará en falta tu adiós”.

Otra de sus guías a la hora de escribir es la búsqueda de la contundencia, de las tintas plenas, de los pronunciamientos casi enteramente desatados. Un buen ejemplo, ya desde el título, sería ese artículo, La cofradía de los tontos del culo, que es una apología de una supuesta ingenuidad, porque se prefiere ser considerado un iluso que un listillo. El lema de estos cofrades sería: “Amar hasta reventar. Es corazón. Es la vida. Amamos de forma silenciosa. Procuramos hacer pequeños bienes que no molesten ni sobresalten. Huimos del mal como de la peste y si incurrimos en daño a quien nos acompaña en el prado de la vida, no nos duele pedir disculpas.” Por otra parte, en varios artículos hay una defensa a ultranza de la amistad, de aquellos que, desde lo diverso, lo acompañan y conforman en él un espíritu social identitario.

Los artículos de En primera persona son literatura urgente pero no caduca, hecha de gritos templados por la armonía de las palabras. Es un libro que se escucha más que se lee, que se siente más que se piensa, porque en él se nos hace presente su autor, un hombre sin ambages.

(En primera persona se puede descargar en este enlace del blog Frutos del Tiempo: https://frutosdeltiempo.wordpress.com/en-primera-persona-francisco-gomez-rodriguez/)