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Acerca de los diarios de Paul Léautaud, por Javier Puig

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En una primera aproximación al Diario literario de Paul Léautaud, no llegué a interesarme lo esperado; pero, a medida que iba avanzando por buena parte de las novecientas veinte páginas que componen la selección de los diarios de este escritor francés, iba encontrando mayor enjundia y significación en esas anotaciones que fueron iniciadas a los veintiún años y tuvieron una frecuente continuidad, hasta cuatro días antes de morir su autor, a los ochenta y cuatro.

Alguna vez he pensado que los diarios que menos me gustan son los de aquellos autores que me resultan antipáticos o nada aceptables moralmente. Pero me doy cuenta de que eso no es siempre así, pues he acabado entusiasmándome con este de Léautaud, persona, a priori, nada ejemplar ética o espiritualmente.

En las autobiografías encontramos a menudo una visión propia del autor bastante estimable desde su punto de vista. Pero, en los diarios – salvo que se aplique mucho la autocensura y entonces se devalúa en mucho la obra – siempre aparecen las inmundicias, las flaquezas que todo ser humano, en mayor o menor medida, alberga. Lo que tiene de extraordinario Léautaud es que no oculta su forma de ser condenable: “Nunca he tenido, ni siquiera de niño, el amor al prójimo. Estoy incluso un tanto cerrado a la amistad. He tenido dos grandes pasiones, puramente carnales. Ningún sentimiento. Solo el placer. Mi pareja habría podido morirse en el transcurso del ejercicio, indiferencia completa.” Con los años, parece que empeora: “Soy cada vez más impaciente, desagradable, hostil, agresivo, insociable, y lo que es más, con una especie de gozo.” Sabe lo que opinan de él pero no le importa: “Otra cosa que me han contado: tengo fama de egoísta empedernido, que no quiere nada ni a nadie, poco inclinado a la amistad, indiferente ante la muerte de quien sea, nada amable, nada generoso, nada compasivo, en absoluto bueno, y que todo esto junto, esta es la maravilla, crea un gran atractivo con respecto a mí, hace que interese e inspire simpatía.” Quizá es esto último lo que lo mantiene en su postura. Busca la soledad pero conoce a bastante gente como para distraerlo cuando está necesitado de ello.

Aparte de sus artículos en el Mercure de France, la única obra de Léautaud que tuvo cierto reconocimiento fue El pequeño amigo, narración también autobiográfica que describe su infancia y primera juventud. “La literatura ajena a su autor no tiene interés”, decía. No estaba hecho para la ficción: “No sé dar con los temas o encontrar, como Van Bever, ideas para libros que se vendan.” Y se convencía a sí mismo: “No debo tener recelos en escribir mis historias personales.” Además, decía escribir no para los lectores sino solo para él mismo. Era su idea de la pureza literaria: “Nunca he escrito por obligación. Considero la literatura alimentaria despreciable. Es por lo que toda mi vida he sido un empleado. Para asegurar mi libertad y no escribir más que cuando me apetecía.”

Sus temas más recurrentes son la literatura que le gusta, la de los demás o sus relaciones con tantos autores importantes de su época. Admira a Baudelaire, a Stendhal, pero, de este último, más que sus famosas novelas, le seducen sus textos autobiográficos – como sus Recuerdos de egotismo o su Vida de Henry Brulard – , de los que, a lo largo de los años, no se cansa de hablar admirativamente. Y le gustan los autores de máximas: La Rochefoucauld, Chamfort, Litchtenberg. “El sentimiento ha llegado a irritarme”, llega a decir.

Otro de sus temas favoritos es de las mujeres. Durante toda su vida las persigue, aun a costa a veces de hacer el ridículo; las aborda con ímpetu sexual que neutraliza sus problemas de timidez. Pero no ama a las mujeres que incorpora a su vida desde un deseable mantenimiento de las distancias. “¿Para qué cinco años y medio de relación, de ellos tres años y medio viviendo juntos?” Dice de una tal Bl, que es una de sus amantes más constantes. A otra la llama “el azote”. Su relación con ellas es básicamente de dependencia sexual. Su aspiración es: “Pensar en las mujeres del modo en que se debe pensar para obtener de ellas solo placer y ningún pesar, o al menos el mínimo posible.” “Quiero anotarlo siempre. No he hecho el amor desde 1939. Ochos años ya…” dice cuando ya tiene setenta y cinco años. “Tuve ante mí una sola mujer que me amaba, de corazón, con toda el alma, y seriamente: Georgette. Jeanne es una cuestión de piel por ambas partes y Bl es más bien una gran amistad.” Pero Léautaud en estos diarios parece siempre sincero: “Pienso que tengo un gran defecto, y grave, para esta clase de cosas: no les doy placer a las mujeres, al terminar en cinco minutos, y nunca puedo recomenzar“, dice en 1904, cuando aún tiene treinta y dos años.

Pero la base de sus escritos es la atención a su propia vida, su micromundo: “Me he contemplado siempre vivir, o mejor dicho, siempre he sido consciente de mi manera de vivir. En los menores detalles, circunstancias, hechos, siempre he vivido literariamente.” “La política no me interesa, no comprendo nada de las competiciones entre los partidos. Los robos, los asesinatos, los suicidios me resultan completamente indiferentes. En una palabra, como ha sido siempre en mi vida de hombre solo, con lo que pasa en mi mente me basta.”

Cuando la invasión de los alemanes en 1940, la mayoría de sus conciudadanos abandona París, pero él: “Me quedo. Siempre he estado decidido a quedarme. No quiero sacrificar la compañía de los animales. No sabría dónde ir. Tengo mal carácter: no quiero ir a vivir a cualquier sitio, hacinado, con qué sé yo qué gente.” De hecho, la guerra le viene bien para sus intereses egoístas: “La mayoría de mis vecinos han partido. Los berridos de los niños Guillon, también. Las calles, tranquilas. Pero todo esto pronto pasará. Adiós, tranquilidad ¡Qué corta habrá sido la guerra!” Y en otro momento añade: “Me gustan las catástrofes. Gozo más con las desgracias que con los sucesos felices. La guerra me ha dado siempre una excelente moral: ningún miedo, una gran curiosidad.” Aunque las reacciones de su pueblo no le gusten. Dice en 1940: “Una ceremonia para rezar por Francia… No he podido reprimir un estallido de cólera, considerar que es una vergüenza. El rezo es una debilidad, un desfallecimiento, una desesperación, una renuncia. Se trata de una manifestación lamentable. Ante un peligro, uno no se arrodilla, se yergue. “

Pero acaba la guerra y vuelven los odiosos ruidos a su barrio, la odiosa radio sonando (aunque este medio de comunicación lo hiciera definitivamente famoso a través de unas “Entrevistas” que concediera). Un día, después de oír los jaleos y las broncas de sus vecinos, escribe: “He vuelto a mi casa sin preguntar nada y canturreando sobre los atractivos, comparados con estos, de mi tipo de vida: soltero, solo, sin nadie, paz, tranquilidad, independencia. No hay existencia que pueda rivalizar con esta. Venus en persona no me haría cambiar.” Nunca dimite de su misantropía: “Decididamente, soy incapaz de sentir agradecimiento, verdadero aprecio. En el fondo, no siento apego por nada y por nadie. Creo que a quien más he querido hasta ahora, y verdaderamente, es decir, con enorme afecto, es a mi gato Boule, y a Bl…cuando no me importuna, cosa bastante rara.”

Al inicio del año 1956, el que sería el último de su vida, decía: “Me encuentro en un estado moral espantoso, la sensación de que me voy a morir, de que estoy al final de todo. Al responder a las cartas no he podido evitar el escribir palabras sobre mi desapego de todas las cosas, mi desinterés hacia todas las cosas, mi indiferencia ante la muerte. “Es vital para él llegar al final sabiendo que ya no se le va a arrebatar nada necesario. Ya no siente, ya no hay placer, y para él: “La palabra placer representa para mí el motor de todas las acciones humanas.”

Diario de un cinéfilo. (20. Lilya forever), por Javier Puig

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Lilya forever (2002), del director sueco Lukas Moodysson, es uno de los más fuertes alegatos contra la prostitución, contra la indiferencia y los egoísmos que arrumban vidas en la más absoluta desgracia y obligan a concebir la existencia como una irresoluble adversidad. Es una película brutal, de la que uno quisiera salir pero sabe que no puede hacerlo, que debe quedarse, aunque eso suponga someterse al dolor de una certidumbre que se presenta ominosa, por mucho que, en cierta parte de su recorrido, se disfrace de balsámicas salidas.

Lilya forever, sí, porque Lilya es para siempre. Parece que uno nunca se va a deshacer de esta película, que no podrá volver a la realidad con la misma mirada que antes. Esta demoledora y bien narrada historia debería de ser de obligada visión para todos aquellos a los que no les importa – o no les importaría – participar en el embrutecimiento de la sociedad, en la satisfacción indiferente o despiadada.

No podemos dejar de sufrir por esa adolescente que, a pesar de las acuciantes agresiones, nos gana el sentimiento con su nunca, del todo, desbaratada ternura. La jovencísima Oksana Akinshina realiza una interpretación memorable. Acierta a expresar los matices de su personaje con una minuciosidad que nos desarma. Leemos en su rostro cada pequeño o gran movimiento de su alma convulsa.

No se sabe en qué ciudad de la antigua Unión Soviética transcurre la mayor parte de la acción. Tal vez, se pretende que sea una innominada representación de un submundo en el que impera el egoísmo, la desidia moral, la decadencia, la degradación de una sociedad en la que ha reinado el materialismo más absoluto. Es un infierno gris, húmedo, en el que prevalece la incuria; el olor de la miseria, que casi llega a percibirse a través de las imágenes; los gestos nacidos de la desolación, dirigidos por una carencia absoluta de empatía. Para Lilya, Suecia es la gran promesa de superación, pero, cuando la historia se instala en sus calles, en sus hogares, lo que seguimos viendo es la niebla, la oscuridad, lo gélido, el gesto insolidario; sí, otra vez lo inhóspito. Y el aprovechamiento de los seres desgraciados de ese mundo aún más inferior para el disfrute de burgueses nunca satisfechos.

La introducción del personaje de Volodya, el niño que tiene que dormir en edificios abandonados cuando lo echa su padre, y que finalmente acoge Lilya en su destartalado apartamento, es uno de los grandes aciertos de la película, un contraste necesario, un pequeño bálsamo de inocencia. La joven adolescente ha sido abandonada por su madre que se ha trasladado a vivir a los Estados Unidos con un amante bien situado económicamente. Se queda en manos de la inmisericordia de su tía, una mujer profundamente deprimida de egoísmo. Todos van a la suya, pero también ella – más tarde -, en busca de ese mundo mejor prometido, abandona a su amigo. Su acción es la misma, el imperiosos ejercicio de ese “sálvese quien pueda” que requiere no dejar pasar una oportunidad que se presenta como única; pero el sentimiento es bien distinto. A ella le duele tener que dejar a ese compañero de miserias. Desde su ingenuidad, ha intentado que pudiera acompañarla, pero no lo ha conseguido.

Y es que Lilya ha caído en las redes del taimado joven del que se enamora, aquel que le ofrece un rarísimo respeto a su cuerpo, a su persona, y que finalmente se convertirá – se ve venir, no se cree uno del todo esos atisbos de esperanza en esta implacable película – en su total perdición. Volodya se lo había advertido: no se recogen verduras en invierno. Pero Lilya se deja atrapar por ese espejismo. Hay que huir de ese terrible país, buscar una digna supervivencia. Pocas veces en el cine se ha visto un ámbito urbano más deprimente. Allí, ella no tiene para comer, salvo que incurra en la prostitución. La primera vez, ha acudido a un local donde se encuentran clientes. Su amiga ha hecho tratos con uno, ella se ha negado con otro. Pero es la primera vez. Ya no podrá hacerlo más, su situación es de indigencia y la solución que tiene a mano es muy sencilla. Obtiene el primer dinero, la felicidad de disponerlo en el supermercado, de poder hacerle un regalo a su amigo Volodya. Tiene que vomitar el trance por el que ha pasado, pero aún es libre. Luego ya no, luego el deseo de mejorar, debidamente manipulado por hombres infames, acabará con cualquier resquicio de poder sobre su propia vida.

La película es durísima en sus imágenes a pesar de que se omiten todas las que un menos comprometido director, más laxo en su vigilancia ética, habría consentido, hubiera mostrado para alimentar el morbo del espectador. Las escenas de sexo no muestran centímetros de piel, la completud o el detalle ostentoso de sus movimientos; sino, primero, el esquinado rostro de ella, esa adolescente de dieciséis años sometida a los frenéticos embates de un hombre sucesivo al que no quiere mirar. A cambio de dinero, ella consiente ser usada en su cuerpo, ser vejada en su mente. Y luego, ya en Suecia, en régimen de esclavitud, es entregada al deseo de unos hombres a los que vemos en un primerísimo plano de su rostro agitado, de su libidinoso esfuerzo, ajenos a esa joven tan fugaz, cuya historia no importa en absoluto. El efecto de esta turbadora contemplación podría conducir al espectador, por extensión, a una temporal misandria o a la aversión al sexo. De esta película hay que recuperarse.

La historia se va agravando hasta lo trágico. Moodysson aprieta mucho, casi ahoga, pero, finalmente, nos ofrece un alivio sobrenatural. Lilya y Volodya se convierten en los seres espirituales que fervientemente deseamos que sean. Es su única solución, más allá de una vida asfixiante. Ver o no ver esta película supone una decisión ética que importa. Me ha parecido que Lilya forever – que es excelente arte, un certero ahondamiento en la bajeza humana, una denuncia de algunos desvíos demoníacos – bien vale el sufrimiento que nos propone.

Poemas para una exposición, por Javier Puig

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El pasado viernes, 12 de mayo, se inauguró la magnífica exposición del pintor Goyo Pérez, Arte en dos facetas, en la sala de la Fundación Caja Mediterráneo, en Orihuela. En la misma, con nuestros poemas, participamos José Luis Zerón, Luisa Pastor, Ramón Bascuñana, Ada Soriano, Manuel García, José Manuel Ramón, Pepe Vegara Durá, Mateo Marco Amorós, Mª Engracia Sigüenza, Alejandro López Pomares, Francisco J. Blas, Elías Cortés, Álvaro Giménez y yo, que escribí, inspirándome en los dos cuadros cuya reproducción se acompaña, estos versos:


TODO UNE

Todo une. El abrazo,
y estirar el ser, y la mirada.
Todo forma parte
de una múltiple imagen que busca aunarse.
Son figuras volubles que advienen
y se decantan en una salvífica disolución.
Sus contornos se funden
en el transcurso de los vértigos.
Todo gira, todo vuelve
a su más reciente origen.
Todo se centra y se engrana
en círculos de alegría
o de gozosa desesperación.

Más allá, surcando el margen,
sinuosa, se expande
una figura incierta.
Quiérase que eluda inquirir el miedo
de esas fortificadas danzas,
que esquive esas formas que la mirada habita
y son vislumbre de los anhelos
entre los trémulos presagios.

 

ETERNIDAD Y TIEMPO

Allí, ha desaparecido, el tiempo.
Un estallido quieto
aprisiona mis ojos,
un brote de absoluto
que inunda el espacio invivible.
De este lado, solo queda mi latido
atenazado por el silencio,
la amenaza de una verdad
mayor que mis imaginaciones.

Este mundo que veo ya no me acompaña.
Hay una constante finitud
en esa imagen que linda con mi mirada,
en esa luz que fija intransitables distancias
y es la forma de una nueva tibieza que no alivia,
que pugna desde la ausencia de lo tangible
y delata mi inútil necesidad.

Presiento que esta será mi última estancia,
la cárcel donde se recluya mi ser
detrás de la ceñida transparencia que lo separa.
Rebasados los paisajes pretéritos,
he alcanzado un futuro sin raíces.
Me ahogo en la enormidad de esa visión
y no comprendo esos rugosos relieves
que me vencen y me desamparan.

He surgido en el lugar de lo ignoto.
Miro este claro paisaje
y ya no sé quién soy.
Sospecho de mí como de un extraño.
Quisiera un espejo para mirar algo humano
pero intuyo que solo encontraría
esa ajenidad que me soslaya.
Quisiera ser un sueño
pero se ha ceñido a mis límites
esa poderosa eternidad,
ese inaprensible mundo que me condena
a este tiempo que solo será mío.

Sobre El bosque de la noche, de Djuna Barnes, por Javier Puig

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Dice T.S. Eliot, en el prólogo de esta novela de la estadounidense Djuna Barnes, El bosque de la noche (1936), que este libro “atraerá especialmente a los lectores de poesía”. Es una advertencia de su carácter extremadamente literario, de que, en esta obra, lo que más importa no es el seguimiento de la trama, su dilucidación, sino el valor intrínseco de cada momento, la descripción que toma la osada forma de una coherente – aunque poliédrica – imaginación.También señala el poeta que los personajes de esta novela son muy reales, aunque a mí me parece que, si es así, lo son a la manera de quienes concitan en sí mismos numerosos matices del sentir humano, más que como representantes de seres encerrados en una ubicable y apenas voluble personalidad. Son personajes que a menudo son trazados desde lo paradójico, desde la contradicción. Su complejidad psicológica es ostensible, su rumbo vital resulta de una procedencia apenas enlazable a una básica irrupción en el mundo.
El personaje más constante en esta novela, el que tiene una visión más amplia de la interrelación que se produce entre todos, es el del doctor, un hombre construido – más que de una historia discernible – de un discurso, de una verborrea alcoholizada, hecha de precisiones arriesgadas y sorprendentes, que lo van configurando como un ser de atribuible y dudosa omnisciencia.
El bosque de la noche es un prodigio de literatura de alto nivel, de una prosa verdaderamente genuina que contiene una densidad expresiva que no admite la más mínima distracción, que repele al lector perezoso y rutinario. Y es de ahí de donde podría provenir su equiparación a la poesía, de esa composición que, en cada frase, nunca es un recurso de engranaje sino un destello que, en sí mismo, ilumina al lector de una fresca, íntima y extinguible plenitud. Esta literatura es pues bastante “inútil”, no nos ayuda a pertrecharnos de armas argumentales, sino que tan “solo” nos sitúa momentáneamente en un plano de superioridad que revoca toda la simplicidad de la visión más atenazada del mundo.
La narración está provista de numerosísimas frases que requerirían un detenimiento por parte del lector, y que le provocarían una amplia reflexión, un profuso cuestionamiento de sus afirmaciones. Se fundamenta principalmente en su vocación estética, sin dejar por ello de imbricarse esta actitud con la percepción psicológica. Sus mejores momentos son los de la descripción de los diferentes cuadros en que se van viendo inmersos los personajes. Y sí, nos habla de unos seres doloridos, atribulados, casi detenidos en su desorientación, que viven devanándose en sus posibilidades menos prosaicas, en las experimentaciones, atendiendo solo la destacable sutileza de sus vivencias. Esas descripciones, ya hechas desde afuera o desde sus propias reveladoras palabras, son las que precariamente establecen las perspectivas de una plural visión. Y no están exentas de abundantes elementos paradójicos, de frases que se retuercen sobre sí mismas, como queriendo acceder a un estadio superior que al de su instantánea obviedad. Estas personalidades nos resultan muy poéticas, constituidas en buena parte por la especulación de sus resortes intelectuales y emocionales, y nunca dejan de ser originales en su impalpable presencia. Hay sentimiento en estas profundizaciones que desvelan el más sutil carácter de esos seres, pero no uno simple, complaciente, sino complejo, casi inaprensible.
El bosque de la noche es uno de esos libros en los que su extensión en páginas (157) no se corresponde con el mayor tiempo que felizmente se le puede dedicar. Como los buenos libros de poesía, esta novela nos invita a recomenzarla una vez terminada, para darnos cuenta de que, en esa segunda lectura, aún la podemos apreciar mejor. Nos encontramos ante una de esas escasas obras de la literatura que, a través de la belleza, nos transportan hacia una grave y a la vez suspensiva, embriagadora levedad.

DIARIO DE 2007 (XXII), por Javier Puig.

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15 de diciembre

Día inusualmente solitario que he aprovechado para escuchar en mi equipo de música, en su volumen preciso, buena parte de los discos que le he grabado a Carlos. Me parece una nueva buena colección de música. Esto me ayuda a no perder la fe en prolongar los años felices de descubrimiento de intérpretes que consiguen hacerme pasar ratos próximos a la euforia. Ahora mismo suena de fondo un buen disco que ya corresponderá a la próxima remesa y, unos minutos antes, he estado en el e-mule pinchando promesas de buena música que se irán cumpliendo – o no – en los próximos días. Lo bueno de este medio es que uno se puede arriesgar y – lo mejor – es que descubre verdaderas maravillas. Ante la eventualidad de que este chollo desaparezca, a veces pienso que debería hacer acopio de nuevos discos, aunque no me diese tiempo a escucharlos ahora.

Alguien me dirá que no es muy ético este pirateo que es íntimo, y luego fraternal, al compartirlo con algún amigo melómano. Si supiera que mi acción condena a la indigencia o a la precariedad a esos músicos, no me importaría en absoluto recompensarlos, ya que mi gratitud me permitiría hacerlo con gusto. Eso sí, a los que de verdad me hubieran satisfecho. A aquellos que me habrían disgustado –una minoría, porque no he arriesgado demasiado- no les daría nada más que la ¿satisfacción? de destruir el soporte en el que inútilmente conservo su música. Si no fuera porque ahora puedo acceder a estos medios de conseguir grabaciones, tampoco habría comprado el noventa por ciento de los discos que he adquirido. Alégrense pues esos músicos de que –gracias a todo esto- ahora tienen a un devoto más. Tal vez un método legal y justo pudiera ser el de poder escuchar algunos temas del disco durante unos pocos días limitados y, a partir de ahí, tomar la decisión de comprarlo por un precio que, habida cuenta del ahorro de las discográficas y demás intermediarios, en plásticos, papeles, distribución y márgenes comerciales a las tiendas, no debería superar los cinco o los seis euros. Aunque también me sabría mal por esos pocos empleados que quedan – casi todos de las grandes superficies – y que iban a quedarse sin trabajo.

Vivimos en la época de la abundancia. La ha traído Internet. Ahora, en música, películas, información, comunicación, lo tenemos casi todo. Aún queda el reducto del libro, donde todo sigue casi como antes. Ahora nos atrae la fuerza de la novedad. Aunque se pueda decir que uno debiera preferir volver una y otra vez, en cada nueva ocasión más atentamente, a las obras consolidadas, la realidad es que, en algunos campos, apetece alternar esos reencuentros con la emoción de esas nuevas experiencias, cuya “buena nueva” está uno deseoso de compartir.

Ya no me acuerdo muy bien de aquellos tiempos en que los discos que tenía eran escasos y los escuchaba repetidamente, aunque no me apeteciera demasiado. No digamos nada de los libros, en mi época de casi exclusividad a la poesía, en la que las relecturas acababan resultando insustanciales. Ese, el de la poesía, es el campo de mis aficiones en el que he encontrado menos abundancia de novedades considerables. Aunque uno no sabe nunca si ello es debido a la propia evolución como lector o a que la buena producción ha mermado fuertemente. A veces, para hacer una prueba -no sé si válida- tomo un libro de uno de mis adorados poetas antiguos, y lo releo, y ocurre que generalmente me vuelve a gustar, y entonces quiero llegar a la conclusión de que son los nuevos poetas los que están fallando y no yo el que los está despreciando con mis reticencias. En la prosa, en sus distintos géneros -tal vez también porque el nivel de exigencia que se aplica sea algo inferior, y porque a veces la leemos como quien escucha a alguien que conversa con nosotros-, el número de libros aparecido en los últimos años, cuya lectura no me ha resultado una pérdida de tiempo, ha sido suficiente como para amenizar y hacer más interesantes muchos de los minutos de mi vida.

Lo tenemos casi todo – y tememos tenerlo ya todo – y eso contribuye a que nos aburramos menos, pero no sé si también a que seamos un poco más superficiales, a que tanto como recibimos se nos confunda en nuestra escasa adherencia y no sepamos cómo encajarlo en nuestra apreciación y luego en la memoria. Y nuestra experiencia quizá haya bajado algún grado en intensidad, porque antes, los primeros contactos con aquellas obras de arte, se nos revelaban muchos más importantes en nuestras vidas.

30 de diciembre

Ayer, movido por el contagioso afán recopilador de estas fechas, quise pensar qué podía quedar finalmente de este año 2007, pero apenas recordaba hechos destacadamente definitorios. Creo que, en este año, no se ha producido ningún cambio de importancia sino solo más o menos previsibles evoluciones de las personas y de las circunstancias que me rodean.

Yo no me siento apenas cambiado, no he descubierto en mí facetas o expresiones distintas. Creo que, a estas alturas de la vida, uno ya está cercano a un posible punto de inflexión, a partir del cual, se puede caer en picado y convertirse en un ser frustrado y gruñón. O bien –más difícil, más inusual- en un ser realizado, fino, sereno y generoso degustador de las sutiles emociones de la vida. Bastante es que uno se mantenga, que conserve intactos sus gustos por la vida, que física y anímicamente se encuentre bien, que no se hayan producido cambios externos preocupantes. Lo importante es no ceder ni un centímetro de terreno a la derrota, a la desidia, a la triste resignación.

Para este año 2008, mi prioridad es seguir resistiendo las adversidades mediante desdeñosas indiferencias frecuentemente alternadas con pasiones bien alimentadas; tal vez no cambiar en nada, pero ser mejor en todo, darme más en todos los papeles que me tocan: como padre, marido, hijo, yerno, amigo, compañero, solitario.

Para recordar este año, me dispuse a leer este diario. Aunque no esté todo aquí, pues me resisto a plasmar en este lugar algunas burdas concreciones, sí que está consignada buena parte de mis degustaciones del mundo así como de mis enfrentamientos. Leyendo esos tres primeros meses, me alegré mucho de haber escrito esas páginas, pues encontré en ellas muchas reflexiones, citas, películas que me han gustado, libros, que mi pésima memoria, de otro modo, no podría rescatar espontáneamente. Repasando mi diario tengo la sensación de que mi vida es más interesante, pues –salvo algunas rápidas menciones- me salto en él tantísimos días y horas de estar poseído por exigentes y estériles servidumbres. Leyendo estas páginas puedo decir, remedando a Neruda: “Confieso que he vivido”, pues hay noticia aquí de que no he sido solamente un mero superviviente, sino que he dedicado ratos intensos y despiertos a sacarle exquisitos jugos a la vida.

DIARIO DE 2007 (XXI) 8 de diciembre, por Javier Puig

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  • ¿Qué pasaría si tuviéramos acceso a los pensamientos de los demás? Me lo preguntaba nuevamente el otro día leyendo un cuento de Quim Monzó en el que el protagonista goza de ese don y obtiene numerosos ascensos hasta toparse con un mundo cuyo poder mental, todavía más fuerte, lo neutraliza y revierte su inicial ventaja en su contra. Y es que no sería en absoluto lo mismo si ese poder lo tuviéramos solo nosotros o, por el contrario, todo el mundo.
    Seguramente no sabemos muy bien en qué consiste todo ese flujo mental que percibimos en nuestro interior y nos identifica frente a nosotros mismos. Solo cuando hablamos, cuando escribimos, cuando imaginamos conversaciones o discursos, o nos aplicamos en algún trabajo, sabemos realmente en qué está ocupada nuestra mente. El resto debe consistir en balbuceos, frases sueltas, inconexas, palabras aisladas, puntos suspensivos, vagos intentos de fijar la atención en algo, imágenes, aparentes silencios. Algunas situaciones contribuyen a que se nos quede la mente en blanco, apaciguada, aunque muchas veces, entonces, la queramos agitar, porque no soportamos ese detenimiento. Yo creo que hay momentos –pocos y cortos- en que no nos acuden los pensamientos, o tal vez el único pensamiento que tenemos es ese: el de que no podemos pensar. Así pues, siempre, más activa o más pasivamente, se piensa. Otra cosa es lo rudimentario de esas espontáneas construcciones verbales y que nos podamos acordar de lo que hemos pensado, ya que esto es harto difícil habida cuenta del poco énfasis que ponemos en la mayoría de ellas. Una cosa es el pensamiento autónomo, creativo, y otra ese rumor automático, esas repeticiones insulsas.
    Yo no sé cuántas veces podría herir si los demás pudiesen leer mis pensamientos. Desde luego, si no pudiéramos ejercer la mentira piadosa, por muy amables que quisiéramos ser, dañaríamos a los demás; y en ese caso también, indirectamente, a nosotros mismos, pues casi nadie soporta la verdad, o esa subjetiva verdad que pretendemos, y ello conlleva irremisiblemente algún grado de resentimiento. Casi nadie se espera una crítica. Todos somos personas cándidas, temerosas de que nos desmonten la imagen que defendemos desde nuestro impreciso interior. Quizá pensamientos que yo no considero ofensivos, sino críticas perfectamente digeribles, bienintencionadas, sí lo sean para personas que psicológicamente deambulan por zonas desamparadas en las que nada es predecible (y a la inversa). Por otra parte, sería una desgracia no poder llamar –ni en el reducto de nuestra mente – a algunos impresentables por su nombre. Nos pueden quitar hasta nuestra casa, pero nuestro decir interior por ahora no puede ser descubierto, solo intuido – a veces erróneamente – , y ahí mantendremos siempre un ámbito protegido de servidumbres.
    A veces, conocemos los pensamientos de los demás porque los dirigimos desde nuestro afán manipulador. Sin necesidad de hablar de las sectas, podríamos hablar de casos cotidianos en que algunos se dedican a infectar la opinión de otros, de encenderlos para predisponerlos contra alguien determinado. Ocurre que, hasta los más chulos, los que se creen más capaces de irreductibles ideas propias, sucumben a estas incansables labores de intoxicación.
    Uno debe aspirar a tener el menor número de pensamientos ofensivos hacia los demás –y hacia sí mismo- , como también a tener el mayor número de pensamientos indulgentes. Se puede considerar una aspiración egoísta, la de querernos procurar la paz. Pero, cuando alguien arremeta contra nosotros –o lo consideremos así- mejor será que intentemos estar el menor tiempo posible en la actitud de odio y que restituyamos nuestro más amplio panorama vital.
    Una cosa es que pudiéramos conocer los pensamientos de todo el mundo y otra muy distinta el que tan solo uno de nosotros supiera los de los demás. En este último caso, creo que sería más resistible. Al menos, yo me creo capaz de soportar las secretas hostilidades de la gente, especialmente si pudiese estar seguro de que los demás no saben que yo las sé, pues así no me expondría a la humillación de no actuar contra ellos. No me llevaría demasiadas sorpresas. Creo que adivino bastante bien muchos pensamientos de las personas con las que he mantenido un trato frecuente.
    Y se me ocurre otra variante de estas amplias omnisciencias: que pudiéramos escuchar las conversaciones en las que no estamos y se habla de nosotros. Yo intuyo –conociendo el gusto de algunos por solazarse haciendo bromas o criticando a los demás- que, al menos, de vez en cuando, mi existencia, como la de casi todos, puede servir para amenizar algunas veladas. Se antepone el malévolo placer a la ética. Pero, hablar mal de los demás en un grupo requiere saber medir perfectamente el registro en que debe hacerse. Hay que sopesar primero el grado de amistad, simpatía o lealtad que los asistentes puedan tener con el ausente. Una vez asegurados de que no hay nadie que pueda ir a denunciarnos ante la víctima, tendremos que valorar también el posible grado de repulsa ética de quienes nos escuchen. Si este riesgo es considerable, tendremos que verter nuestras descalificaciones con fingida compasión, con melifluo paternalismo. Como si los oyera…
    Lo que exigimos a los demás es, en el fondo, que se contengan, que no tengan la osadía de pronunciar aquello que piensan y que ya creemos saber sin necesidad de que pase por nuestros oídos. Perdonamos a quien calla sus descalificaciones y se nos dirige con mucho tacto, ya sea porque nuestra posición o nuestra solvencia le inspiren la necesidad de respetarnos, o bien porque no sabría vivir con nuestra intensa frialdad. Y, sin embargo, condenamos a quien actúa coherentemente con sus principios y nos grita su verdad, interponiéndose en nuestro camino. En cualquier relación, basta con que alguien rompa las reglas del juego –a veces sólo un momento, pero eterno- para que las cañas se vuelvan lanzas, las bendiciones reproches, los perdones condenas.
    En definitiva, si ahora se me ofreciese la capacidad de ser el único que pudiera leer los pensamientos de los demás, creo que correría el riesgo y aceptaría. Como condición – aunque no haría falta – , se me podría poner el que no utilizara ese poder para hacerle daño a nadie. Procuraría que ese conocimiento me sirviese a mí y a los demás para solucionar malentendidos. Si yo supiera más exactamente lo que se espera de mí, actuaría en consecuencia, haciéndolo o dejando de hacerlo, según lo considerase oportuno.

Sobre Delphine de Vigan y su gran capacidad narrativa, por Javier Puig

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Nada se opone a la noche, la penúltima novela de la francesa Delphine de Vigan – la primera que le he leído –, es una autobiografía centrada en los personajes que componen la familia de la que proviene. Sus protagonistas son sus abuelos, sus tíos, y, sobre todo, su madre, que es el detonante de esta historia dramática, una mujer que acabó suicidándose a sus sesenta y un años y que sufrió durante su vida numerosos episodios de locura.

Al afrontar este libro, esperamos una indagación en el personaje de la madre, pero, a medida que nos vamos internando en el relato, nos encontramos con una presencia coral, con un ámbito extensivo, y la sucesiva sorpresa se torna creciente, las trágicas y convulsas noticias sobre los miembros de una familia verdaderamente calamitosa. No es de extrañar que, a menudo, la autora tenga que interrumpir su relato, y hablarnos, en directo, de las dificultades que tiene a la hora de pergeñar esta historia, de su angustia; de su perturbación, de la posibilidad de enemistarse con algún miembro de la familia cuando sea publicada.

“En el fondo ignoro cuál es el sentido de esta búsqueda”. “Pero cuanto más avanzo, más tengo la íntima convicción de que tenía que hacerlo, no para rehabilitar, honrar, probar, restablecer, revelar o reparar lo que sea, solo para acercarme. Tanto por mí misma como por mis hijos – sobre los que se abate, a mi pesar, el eco de los miedos y los remordimientos- quería volver al origen de las cosas”. De Vigan lo pasa mal escribiendo esta historia, indagando entre sus familiares, y así lo cuenta en el libro. Se pregunta si tiene derecho a ello. “A veces sueño con el libro que escribiré después, liberada de este”, llega a decir. El dramatismo es constante, las vergüenzas de la familia, sus penas, son destapadas. Un abuelo acosador de adolescentes, una abuela pasota, un tío que se muere a los nueve años, cayéndose en un pozo; su sustituto, un niño al que adoptan, de la misma edad que el fallecido, muere pocos años después, asfixiado por una bolsa de plástico, mientras practicaba extraordinarios orgasmos en sus masturbaciones. Otro tío se suicida en su juventud. Luego hay un último tío, nacido tardíamente y con síndrome de Down. Y después los ataques de la madre, las tremendas escenas que la hija tiene que padecer. Y todo ello en un tono apasionado, que cautiva, que no suelta a un lector siempre perplejo ante las continuas adiciones de dramatismo. A veces, nos avanza graves sucesos – que no hubiéramos podido imaginar, pues ya pensábamos que había habido bastantes – y nos quedamos a la espera de poderlos conocer en profundidad, después de un buen puñado de páginas. No hay reproches, o un ajuste de cuentas, sino una visión a veces asustada. Delphine tiene una prosa enérgica, concisa y a la vez creciente. Mantiene muy despierto al lector, lo arrastra sin engaños, lo atrae hacia el futuro de su narración. Es un lenguaje moderno, pero no baldío. No es posible distraerse de una narración siempre prometedora. Nada se opone a la noche es una novela intensa, veraz, y muy bien y muy ágilmente escrita.

En su libro posterior – el último hasta ahora – , Basada en hechos reales, se plantea la expectativa de que la autora prosiga por esa senda tan exitosa de la narración de la realidad. (Y es que Delphine de Vigan vendió de su libro anterior nada menos que 800.000 ejemplares en Francia.) Aquí la narradora coincide en muchas de las señas de identidad que conocemos de la autora. Su mismo nombre, ha escrito un libro aclamado que – por lo que se explica – no puede ser otro que su Nada se opone a la noche, vive en París y tiene una pareja de – al parecer – igual nombre y actividad profesional que la que tiene la escritora en la vida real.

A partir de ahí, hay un juego con el lector al que –con posibles despistes – se le invita a adivinar si los pasajes de la historia que se cuenta responden a la realidad biográfica de la autora. En principio, parece ser que sí, al menos en su base. Los sentimientos de la protagonista, la parálisis creadora después de haber escrito un libro en el que se ha vaciado, su inseguridad ante las consecuencias de esa explícita narración sobra su familia, parecen coincidir plenamente con las vivencias que cabría imaginar en la autora. Después, la narración se modifica por la incorporación de su elemento principal, la misteriosa L., una mejor llegada no se sabe muy bien de dónde, desligada de los elementos necesarios para verificar su concreta ubicación en la sociedad. Esta mujer, con el artero propósito de apropiarse de su voluntad, de influir en su dirección creativa, establece una relación hermética con la protagonista, imponiéndole un ansia de escritura biográfica frente a sus intenciones de retornar a la pura ficción.

La novela se convierte entonces en un thriller. La continua reaparición de esa mujer hábilmente manipuladora, cada vez más atrevida, llegando incluso a la usurpación de la personalidad de Delphine, se torna una incierta amenaza, un mal compensado con supuestos socorros. La protagonista está cada vez más debilitada por su propio – y al mismo tiempo inducido – sentimiento de impotencia. El relato se convierte así en aquello que normalmente suele ser: un estiramiento imaginativo de algunos atisbos reales, un qué pasaría si esto que la realidad me apunta de forma débil, controlable, ahora avanzase y creciese por caminos indómitos.

Cuando penetré en esta nueva novela, volví a sentir el entusiasmo del contacto con una prosa inteligente y vigorosa, por la riquísima capacidad de matización, de intrusión psicológica en sus personajes. Más adelante, sentí el desaire de la reiteración, que no estaba en la palabra, siempre renovada, sino en una acción que se conformaba con remansos excesivos, que avanzaba por inflexiones demasiado distantes. En algunos momentos pensé que Delphine de Vigan era una excepcional escritora pero solo una buena novelista. Pero, superada esa fase central, cuando la acción se afianza y finalmente se precipita, la novela refuerza su poder de seducción, nos atrapa definitivamente, no sin dejarnos alguna incógnita final, alguna incertidumbre que resalta esa extraña conjunción entre la realidad y la ficción, entre los pensamientos obtenidos y la disparidad con la que nos recibe la vida.