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Visiones de París, por Javier Puig

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No se puede mirar París con ojos virginales. Todas esas calles que pisamos, sin apenas tiempo de remedar al desnortado flâneur, las hemos leído antes, escritas por quienes se movieron por ellas en busca de un revelador reflejo de sí mismos; por hombres y mujeres que viajaron y se instalaron allí con la clara expectativa de quien ingresa en una concentración de universo que le puede ser propicia.

París es una ciudad grandiosa, una interminable sucesión de construcciones, nutridas de una incesante alma urbana. Las alegres terrazas de sus bares tienen dispuestas sus apretadas sillas con intención espectadora. Y el espectáculo es la gente de allí: la que ves en el metro, la que pasa por las calles; o, también, cuando caminamos, esos mismos espectadores que ocupan el lugar en el que tú estarás en otro momento. A París le gusta mirar y ser mirada.

Los monumentos quedan aparte, como el reclamo turístico de una postal inhabitada, pero la verdadera sensación parisina está en sus concurridas calles, en los rostros y en las siluetas de unos ciudadanos que parecen orgullosos de habitar y de pertenecer a ese espacio del mundo, siempre prestos a interpretar sus consolidados personajes en ese escenario que tanto aman. (O al menos esos seres joviales que se suman, activos, a las corrientes humanas, los que no se consideran víctimas de un gigantismo ineludible sino beneficiarios de su profusa oportunidad.)

Hacía 40 años de mi anterior y única visita a esa ciudad. Antes de nuestro viaje, la mayoría de la gente con la que hablábamos decía haber estado allí, y no solo una vez, sino casi siempre en dos o más ocasiones. Indudablemente, mis circunstancias personales actuales, tan distintas, habían de indicarme también algunas nuevas búsquedas. Me gustó ver en París tantos cines urbanos, como si allí aún fueran capaces de resistir los embates de la modernidad que, en otras ciudades, los han ido desplazando hasta los impersonales templos del consumismo. A escasos cien metros de nuestro hotel, me llamó la atención el que se exhibiera una película española – allí titulada Été 93 – de la que he leído excelentes críticas y que en España se ha distribuido con esa timorata limitación inducida por el poco aprecio al espectador exigente y por la sumisión a los obligatorios cupos que abarca el casi siempre pueril cine americano de hoy. Aunque tal vez esta generosa oferta cultural no sea solo mérito inherente a la condición parisina sino fruto de la multiplicidad de habitantes que hacen que un ofrecimiento minoritario pueda disponer de suficiente audiencia.

Del esplendor cultural de otros tiempos, tal vez ya queden muy pocas relevancias, aunque en muchos ciudadanos quise adivinar una fina disposición receptiva. En el Café de Flore o en Les Deux Magots, no vi ningún grupúsculo que me sugiriese un incipiente, entusiasta, movimiento cultural. Sí queda el acogedor encanto de la Shakespeare and Company, esa antigua librería del Barrio Latino que ofrece una gozosa inmersión en el mundo del libro y un recordatorio de lo sublime de la escritura, con esas viejas máquinas de escribir frente a unas ventanas que dan al París esencial. Se trata de un verdadero hogar para esos bellos objetos legibles, en el que hay sillones casi confundidos con los lomos de unos libros que responden, no a los títulos de la urgencia industrial, sino a los consolidados por miles de lectores que han encontrado en sus páginas una maravillosa y real extensión de sus anhelos.

Sí, lo mejor de una gran ciudad, aparte de su prodigalidad en ambientes, en ofertas, en servicios, es su galería de rostros, formada por una infinita diversidad. De algunos, uno se queda impregnado enseguida. El cuarto día de nuestra estancia, asistimos a un concierto de música clásica en La Madeleine. Consistía en la interpretación de piezas fundamentales, geniales, de las que emocionan hasta al más rudo de oído. Una solista se crecía con su violín de forma impecable. La música me entraba sin injerencias, pero, a la hora de los aplausos, reparé, tres filas más adelante, a nuestra derecha, en una pareja: un hombre alto, de pelo absolutamente cano, de setenta y cinco años o más, y a su lado una mujer menos estilizada, con un turbante en la cabeza. No se parecían a Emmanuelle Riva ni a Trintignant, los protagonistas de Amor, la película de Haneke, salvo en el detonante de su aparente sensibilidad; pero me remitían claramente a aquellos personajes, a esa pareja culta, educada, que está padeciendo las postrimerías de la vida, de su historia de amor, aunque en irrenunciable búsqueda de lo bello. A la finalización de cada movimiento, los observaba y comprobaba las últimas vibraciones de su inmersión en aquellas obras; él sentado hacia delante, concentrado en el eco del sutil producto de aquellas notas; ella, inclinada hacia atrás, plácida, acogedora, generosa en sus aplausos.

En estancias como esta, vuelvo a disfrutar de la observación y a encontrar los personajes fuera de las ficciones – en la extensa realidad, en la calle, en la plaza -, allí donde la humanidad se muestra auténticamente heterogénea. Y vuelvo a reparar en esa confluencia de vidas, en su inextricable riqueza, en cuya sugerente superficie pretendo encontrar lo afín sin desprecio de lo extraño.

GLOSARIO DIEZ (77 –89), por Javier Puig

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(Todas las frases que comento pertenecen a las entradas del libro El monstruo ama su laberinto, del poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic)

77.- El poeta ve lo que el filósofo piensa.
El poeta extrema su mirada, establece lo que ve y mucho más tarde, atónito, lo piensa. Se sorprende de lo que su visión le revela, eso apenas concebible, eso que no intenta ordenar lo absoluto sino respirar la imagen absorbente, en una tensión recíproca, en una fusión de proyecciones. El poeta procura no mentirse con una explicación convincente, ahonda en lo real con la honestidad del fracaso.
78.- Mi ambición es arrinconar al lector y hacerle imaginar y pensar de otra manera.
Sí, el sueño de un escritor – y más en estos tiempos – es encontrar al lector entregado, por unos momentos ausente de la futilidad de sus búsquedas compulsivas, atento como un ser antiguo. Una vez allí, expectante, mantenerlo en esa posición que excluye la creencia pero comprende el afán alimenticio. Y que él mire el escenario que el escritor ha creado, que piense que esa imagen que le es ofrecida es suya, aunque alguien se haya adelantado a mostrársela.
79.- Entre la verdad de lo oído y la verdad de lo visto, prefiero la silenciosa verdad de lo visto.
Lo que se oye suena a la perversión de las ideas, al emplazamiento de la verdad en la desvirtuada cárcel de las intenciones. Lo que se oye, en lo que reparamos, es en el trajín de las palabras, en su ostentosa organización en pos de un espejismo indubitable. ¡Qué ligereza la de la muda visión de un detalle o la aún más callada sugerencia sonora de un pacificado paisaje!
80.- Esta es la definición de “lo bello” que da el moralista: no la vida como es, sino la vida como debería der.
Hay que saber encontrar lo bello en lo que es. Restituir a la belleza su condición diversa. Alcanzarla a través de capas disuasorias. Reconocerla en la verdad de las asimetrías. Despertarla de su sueño sumiso. Desvelar la valía de su imprecisión. Acoger su sentido expectante. Afrontar un alcance que desdiga las convicciones escuetas.
81.-Mi alumno Jeff McRae dice: “La vida en el mejor de los casos es una hermosa tristeza”
Jeff es un ser melancólico, un ser sensible que ha sabido conferir una hermosa paz a la reincidente derrota. La vida, en el mejor de los casos, para cada uno, es distinta. No todos alcanzan la misma altitud, aunque hay plataformas intermedias en las que es factible un indudable placer de vivir.
82.- Hasta cuando tenía ochenta y ocho años y se alojaba en una residencia de ancianos de Dover, Nex Hamphsire, mi madre seguía perpleja. ¿Qué sentido tiene todo? Lo que la aterrorizaba era la probabilidad de que no tuviera ninguno.
Craso error en las postrimerías. La muerte es una pared que se interpone en el camino, un final abrupto que no por retrasarse deja de haber existido antes. Cada minuto de nuestro recorrido contiene un final que, menos una sola vez, se desborda. Avanzamos impelidos por un señuelo oscuro. Perseguimos una sucesión apasionada. No hay meta sino la voluntariosa perfección de los esfuerzos.
83.- El propósito de las ideologías étnicas, nacionalistas, religiosas o de género es extirpar la sensación de fracaso asociada a nuestras propias limitaciones individuales y reemplazar el “yo” por un “nosotros”.
Siempre he pertenecido a un colectivo a regañadientes. Bastante difícil me resulta ya identificarme conmigo mismo, que soy muchos resumidos en una cauta presencia. Ser considerado perteneciente a lo que otros pretender ser, más allá de sí mismos, de su agotada distinción, me causa una inquietante alergia. Sé que fundido en otros grupos humanos me ahogaría de incomprensión mutua, de soledad llegada de esa inoperante confluencia, y entonces “los míos” – esos que, después de atraerme, me repelerían con alevosía – intentarían darme una lección de humildad, a mí que habría querido ser aparte, suficiente. Y yo respondería entonces con mi propuesta de pertenecer a un grupo altamente contradictorio, que se formulase en lenguajes; si no precisos, al menos, inteligibles.
84.- A fuerza de rozarte con tantos extraños en tantos sitios y de remedar sus costumbres haciéndote pasar por un lugareño, te has vuelto incomprensible hasta para ti mismo.
Uno no siempre va siendo lo que había imaginado. Las servidumbres son muchas. A veces se disfrazan de amabilidad, de lealtad, de condescendencia. A veces, ha sido más inteligente imitar, no denunciarse a uno mismo o a los demás con una supuesta genuina presencia. Uno va siendo otro y acaba por despreciar al que fue. Pero nada asegura que quien fuimos primero fuera el más puro. A menudo es al revés. El ser original camina por un camino que es el de todos. Inquiere con su panorámica mirada todos sus pasos. Al final, hay que ser un lugareño trazado por la criba de tantos resortes que contribuyen a una insípida unanimidad. De lo que se trata es de preservarse haciéndose mínimamente compatible.
85.- La intimidad de dos personas que escuchan juntas la música que aman. No hay unión más perfecta.
Entonces, la música ocupa su lugar sin reticencias, llena el espacio sin posibles resquicios a la digresión, se enlaza en infinita anuencia. Dos que escuchan lo común miran a un mismo infinito, regresan a las mismas confluencias, se reinventan en lo próximo, débilmente conscientes, se sumen en el distante atardecer que se prodiga por la ventana.
86.- La esperanza es que el poema termine siendo mejor que el poeta.
El poeta es siempre defectuoso, no persigue lo perfecto en él porque no le interesa tal mentira. Se sale de sí para instalar un hálito propio en la ordenación de unas palabras. En ellas, sí sueña la posibilidad de un resultado excelso, de una verdad que no sirva para nada más que para desmentir su impronta imposible. El poeta es siempre decepcionante, el poema puede que no, puede que se aposente en lo cerrado dentro de lo cual perviva un escueto e intenso ámbito de iluminación. El poema debe alejarse del poeta, atreverse a avanzar, hasta preceder inalcanzablemente al ser provisional y dubitativo que está condenado a ser el hombre.
87.- Históricamente, solo la poesía es capaz de hacer audible la soledad humana.
La soledad dice mucho porque es diálogo inextinguible entre el desdoblamiento del ser. La soledad nos recluye en la voz que transcribe las variantes de nuestro latido. La soledad descarta las respuestas y se agarra a las afirmaciones preguntadas.
88.- La ambición secreta de cualquier obra literaria es que los dioses y los demonios le presten atención.
Escribir es un acto temerario. Nuestras palabras, fuera del secreto de nuestra mente, campan hacia las distintas miradas. Si me leyese un dios, tal vez me recriminaría mi pérdida de tiempo en rebuscar lejos de lo sencillo, de lo eterno. Si me leyese un demonio, consideraría insuficientes estas digresiones de mi vida sentimental, estas pretensiones de ampliarme lejos de mis comparecencias en lo que nos afecta. Pero me daría unas palmaditas en la espalda y me diría: “Sé oculto, Javier. Sé otro.”
89.- Hasta donde me alcanza, no es una contradicción decir al mismo tiempo que Dios existe y no existe.
Dios es un personaje muy interesante – hasta necesario, tal vez -, como modo de confrontarnos con algo notoriamente disímil. Creer en Dios depende de una lograda limitación de nuestro pensamiento. Tal vez existió y existe algo capaz de programar bastante bien esta concatenación de causas. O solo es fruto de nuestra exigida imaginación, que lo quisiera revivir para, con rezos, intentar ablandarlo.

Diario de un cinéfilo. (21.Paterson), por Javier Puig

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En Paterson (2016), su última película, Jim Jarmusch abandona su lobreguez habitual pero no su fijación en las singularidades, en las rarezas; aunque ahora también estas son menos ostentosas, más integrables en un mundo aparentemente luminoso. Así, lo que serían los diferentes capítulos de esta historia, se inician con el madrugador despertar de la pareja protagonista, marcado por el día de la semana, y se terminan con el deambular ya nocturno de Paterson, paseando a su perro, recalando en un mismo pub, que es el lugar de confluencia con el mundo, en el que es posible una somera pero persistente amistad, después de una tediosa jornada de trabajo al volante de un autobús desde el que oye conversaciones que le hacen gracia, de hombres y mujeres, de chicos y niños con los que simpatiza en silencio.

La película es una descripción de una rutina que ocupa buena parte de un lugar que no es desolador – porque en él hay paz, hay afectos -, pero que no alcanza a llenar a Paterson, que exige de su vida un cotidiano aliento poético, una sutil captación de su encanto secreto. Lo mayoritario es ese remiso paso del tiempo, en esas casi detenidas horas laborables, antes del reencuentro con su compañera que lo está esperando en casa, descansada pero no negligente de su papel hospitalario. Ella es una joven soñadora que se vuelca en su dispersa vena creativa, que lo mismo es plástica, culinaria o afectiva. Y es que esa joven está pugnando por reconducirse rentablemente desde un amplio ámbito al que acude plena de imaginación y de sueños. Cada tarde le cuenta a él sus inquietudes, sus proyectos pocas veces alcanzables. Paterson transige con eso que silentemente tiende a pensar que son caprichos temerarios. No discute su osada imaginación que él solo aplica a sus versos escritos contra su existir apagado, prisionero del puesto de mando del autobús en el que sobrevive diariamente.

Ante ese vacío, esa expropiación del ser íntimo, esa opresión que le inflige lo prosaico, Paterson, en su interior, alberga el minucioso trabajo poético que debería rehabilitarlo. Durante la película, somos testigos de su esfuerzo de poetización, de cómo reescribe la realidad envolvente con tiento inamovible. Aprovecha cualquier momento para refugiarse en su propio interior y acometer desde allí los versos que lo eleven sobre sus días estériles. Lo vemos con su libreta, por las mañanas, antes de tener que arrancar el autobús; o en el descanso de la comida, y en la soledad del sótano de su casa.

Su mujer aprecia esa obra que, como un vulgar adolescente, va escribiendo en una libreta casi secreta, y le anima a que la dé a conocer. Le exige la promesa de que hará fotocopias de sus poemas. Él lo hará, si acaso, por ella, pero no está convencido del valor de su poesía, tan tenaz y arduamente escrita. No sabe si cabe pretender algo más allá de haberla logrado, de su poder intrínseco. Es como si esos versos que habitualmente compone no necesitasen de su aireación, como si ya hubiesen cumplido su cometido erigiéndose firmes dentro de una privacidad incomunicada. Paterson representa la íntima resistencia poética frente al burdo transcurso de la vida, frente al día que intenta, una y otra vez, repetirse con su pesadez implacable. Lo que busca es una pequeña victoria ante el tiempo, esa cuarta dimensión que le resulta mayoritariamente adversa.

Paterson es hombre callado, observador, que rehúsa las modernidades. No lleva móvil, no utiliza el ordenador. Está atento a la realidad, alerta ante cualquier manifestación artística anónima. Se queda admirado del poema de una niña, del canto de un rapero en la soledad de una lavandería. El dueño del pub al que acude también es un resistente. Se niega a instalar un televisor, pone música de jazz, alimenta un mural en el que se describe lo más valioso de la historia de su ciudad.

Al final de la película, el perro de la pareja destroza la libreta donde Paterson ha ido reflejando la construcción de sus poemas. Él no se indigna. Es un hombre aparentemente inmutable, (aunque una vez sí actúa con contundencia, en el pub, en defensa de una joven). Apenas expresa sus sentimientos, pero ahora se le nota que está de duelo, que le resulta muy duro haber perdido sus preciosos poemas, la parte de sí mismo que lo emerge sobre la obediencia a lo anodino.

Amanece. Es domingo y, más allá, no hay nada en lo que pueda reenganchar su pasión callada. No tiene bastante con su dulce mujer. Tiene que buscar su soledad, acudir a ver las cascadas amadas. Allí se encuentra con un poeta japonés que ha venido a conocer la ciudad de su admirado William Carlos Williams. Le pregunta a Paterson si escribe poesía: “No”, le contesta. “Soy solo un conductor de autobús”, afirma. No está seguro de ser algo más. Y es que es tan fácil renunciar a ser poeta, a algo tan poco necesario para el mundo que conoce; y, por otro lado, resulta tan poco cuestionable volver a ser alguien normal, despojado de cualquier arrogante pretensión de percibir la realidad más allá de lo obvio, de su vano juego.

Algunos espectadores han dicho que esta película es aburrida, que en ella no pasa nada. Me parece que no tienen el tipo de sensibilidad necesaria para captar y apreciar ese lento y meticuloso despliegue de una realidad compleja, de un vacío insaciable. Paterson, desde su humildad, desde su ser magnánimo, parece proponernos una renovada mirada al mundo, una indulgencia que no es pasividad sino implicado asentimiento. Lo suyo es una actitud atenta a la máxima humanidad, entendida esta como la más radical oposición al infatigable intento alienante.

Las imágenes, los sonidos, las vibraciones de Paterson me han ido penetrando desde su sobria lentitud, con sus círculos sucesivos, con su aparentemente nimiedad que es, sin embargo, relevancia del alma. Al final de la película he salido reconfortado por ese aporte de frescura que desprende, por ese exquisito alegato a favor de lo sensible frente a la vastedad del tiempo y su propensión aniquiladora.

Acerca de los diarios de Paul Léautaud, por Javier Puig

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En una primera aproximación al Diario literario de Paul Léautaud, no llegué a interesarme lo esperado; pero, a medida que iba avanzando por buena parte de las novecientas veinte páginas que componen la selección de los diarios de este escritor francés, iba encontrando mayor enjundia y significación en esas anotaciones que fueron iniciadas a los veintiún años y tuvieron una frecuente continuidad, hasta cuatro días antes de morir su autor, a los ochenta y cuatro.

Alguna vez he pensado que los diarios que menos me gustan son los de aquellos autores que me resultan antipáticos o nada aceptables moralmente. Pero me doy cuenta de que eso no es siempre así, pues he acabado entusiasmándome con este de Léautaud, persona, a priori, nada ejemplar ética o espiritualmente.

En las autobiografías encontramos a menudo una visión propia del autor bastante estimable desde su punto de vista. Pero, en los diarios – salvo que se aplique mucho la autocensura y entonces se devalúa en mucho la obra – siempre aparecen las inmundicias, las flaquezas que todo ser humano, en mayor o menor medida, alberga. Lo que tiene de extraordinario Léautaud es que no oculta su forma de ser condenable: “Nunca he tenido, ni siquiera de niño, el amor al prójimo. Estoy incluso un tanto cerrado a la amistad. He tenido dos grandes pasiones, puramente carnales. Ningún sentimiento. Solo el placer. Mi pareja habría podido morirse en el transcurso del ejercicio, indiferencia completa.” Con los años, parece que empeora: “Soy cada vez más impaciente, desagradable, hostil, agresivo, insociable, y lo que es más, con una especie de gozo.” Sabe lo que opinan de él pero no le importa: “Otra cosa que me han contado: tengo fama de egoísta empedernido, que no quiere nada ni a nadie, poco inclinado a la amistad, indiferente ante la muerte de quien sea, nada amable, nada generoso, nada compasivo, en absoluto bueno, y que todo esto junto, esta es la maravilla, crea un gran atractivo con respecto a mí, hace que interese e inspire simpatía.” Quizá es esto último lo que lo mantiene en su postura. Busca la soledad pero conoce a bastante gente como para distraerlo cuando está necesitado de ello.

Aparte de sus artículos en el Mercure de France, la única obra de Léautaud que tuvo cierto reconocimiento fue El pequeño amigo, narración también autobiográfica que describe su infancia y primera juventud. “La literatura ajena a su autor no tiene interés”, decía. No estaba hecho para la ficción: “No sé dar con los temas o encontrar, como Van Bever, ideas para libros que se vendan.” Y se convencía a sí mismo: “No debo tener recelos en escribir mis historias personales.” Además, decía escribir no para los lectores sino solo para él mismo. Era su idea de la pureza literaria: “Nunca he escrito por obligación. Considero la literatura alimentaria despreciable. Es por lo que toda mi vida he sido un empleado. Para asegurar mi libertad y no escribir más que cuando me apetecía.”

Sus temas más recurrentes son la literatura que le gusta, la de los demás o sus relaciones con tantos autores importantes de su época. Admira a Baudelaire, a Stendhal, pero, de este último, más que sus famosas novelas, le seducen sus textos autobiográficos – como sus Recuerdos de egotismo o su Vida de Henry Brulard – , de los que, a lo largo de los años, no se cansa de hablar admirativamente. Y le gustan los autores de máximas: La Rochefoucauld, Chamfort, Litchtenberg. “El sentimiento ha llegado a irritarme”, llega a decir.

Otro de sus temas favoritos es de las mujeres. Durante toda su vida las persigue, aun a costa a veces de hacer el ridículo; las aborda con ímpetu sexual que neutraliza sus problemas de timidez. Pero no ama a las mujeres que incorpora a su vida desde un deseable mantenimiento de las distancias. “¿Para qué cinco años y medio de relación, de ellos tres años y medio viviendo juntos?” Dice de una tal Bl, que es una de sus amantes más constantes. A otra la llama “el azote”. Su relación con ellas es básicamente de dependencia sexual. Su aspiración es: “Pensar en las mujeres del modo en que se debe pensar para obtener de ellas solo placer y ningún pesar, o al menos el mínimo posible.” “Quiero anotarlo siempre. No he hecho el amor desde 1939. Ochos años ya…” dice cuando ya tiene setenta y cinco años. “Tuve ante mí una sola mujer que me amaba, de corazón, con toda el alma, y seriamente: Georgette. Jeanne es una cuestión de piel por ambas partes y Bl es más bien una gran amistad.” Pero Léautaud en estos diarios parece siempre sincero: “Pienso que tengo un gran defecto, y grave, para esta clase de cosas: no les doy placer a las mujeres, al terminar en cinco minutos, y nunca puedo recomenzar“, dice en 1904, cuando aún tiene treinta y dos años.

Pero la base de sus escritos es la atención a su propia vida, su micromundo: “Me he contemplado siempre vivir, o mejor dicho, siempre he sido consciente de mi manera de vivir. En los menores detalles, circunstancias, hechos, siempre he vivido literariamente.” “La política no me interesa, no comprendo nada de las competiciones entre los partidos. Los robos, los asesinatos, los suicidios me resultan completamente indiferentes. En una palabra, como ha sido siempre en mi vida de hombre solo, con lo que pasa en mi mente me basta.”

Cuando la invasión de los alemanes en 1940, la mayoría de sus conciudadanos abandona París, pero él: “Me quedo. Siempre he estado decidido a quedarme. No quiero sacrificar la compañía de los animales. No sabría dónde ir. Tengo mal carácter: no quiero ir a vivir a cualquier sitio, hacinado, con qué sé yo qué gente.” De hecho, la guerra le viene bien para sus intereses egoístas: “La mayoría de mis vecinos han partido. Los berridos de los niños Guillon, también. Las calles, tranquilas. Pero todo esto pronto pasará. Adiós, tranquilidad ¡Qué corta habrá sido la guerra!” Y en otro momento añade: “Me gustan las catástrofes. Gozo más con las desgracias que con los sucesos felices. La guerra me ha dado siempre una excelente moral: ningún miedo, una gran curiosidad.” Aunque las reacciones de su pueblo no le gusten. Dice en 1940: “Una ceremonia para rezar por Francia… No he podido reprimir un estallido de cólera, considerar que es una vergüenza. El rezo es una debilidad, un desfallecimiento, una desesperación, una renuncia. Se trata de una manifestación lamentable. Ante un peligro, uno no se arrodilla, se yergue. “

Pero acaba la guerra y vuelven los odiosos ruidos a su barrio, la odiosa radio sonando (aunque este medio de comunicación lo hiciera definitivamente famoso a través de unas “Entrevistas” que concediera). Un día, después de oír los jaleos y las broncas de sus vecinos, escribe: “He vuelto a mi casa sin preguntar nada y canturreando sobre los atractivos, comparados con estos, de mi tipo de vida: soltero, solo, sin nadie, paz, tranquilidad, independencia. No hay existencia que pueda rivalizar con esta. Venus en persona no me haría cambiar.” Nunca dimite de su misantropía: “Decididamente, soy incapaz de sentir agradecimiento, verdadero aprecio. En el fondo, no siento apego por nada y por nadie. Creo que a quien más he querido hasta ahora, y verdaderamente, es decir, con enorme afecto, es a mi gato Boule, y a Bl…cuando no me importuna, cosa bastante rara.”

Al inicio del año 1956, el que sería el último de su vida, decía: “Me encuentro en un estado moral espantoso, la sensación de que me voy a morir, de que estoy al final de todo. Al responder a las cartas no he podido evitar el escribir palabras sobre mi desapego de todas las cosas, mi desinterés hacia todas las cosas, mi indiferencia ante la muerte. “Es vital para él llegar al final sabiendo que ya no se le va a arrebatar nada necesario. Ya no siente, ya no hay placer, y para él: “La palabra placer representa para mí el motor de todas las acciones humanas.”

Diario de un cinéfilo. (20. Lilya forever), por Javier Puig

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Lilya forever (2002), del director sueco Lukas Moodysson, es uno de los más fuertes alegatos contra la prostitución, contra la indiferencia y los egoísmos que arrumban vidas en la más absoluta desgracia y obligan a concebir la existencia como una irresoluble adversidad. Es una película brutal, de la que uno quisiera salir pero sabe que no puede hacerlo, que debe quedarse, aunque eso suponga someterse al dolor de una certidumbre que se presenta ominosa, por mucho que, en cierta parte de su recorrido, se disfrace de balsámicas salidas.

Lilya forever, sí, porque Lilya es para siempre. Parece que uno nunca se va a deshacer de esta película, que no podrá volver a la realidad con la misma mirada que antes. Esta demoledora y bien narrada historia debería de ser de obligada visión para todos aquellos a los que no les importa – o no les importaría – participar en el embrutecimiento de la sociedad, en la satisfacción indiferente o despiadada.

No podemos dejar de sufrir por esa adolescente que, a pesar de las acuciantes agresiones, nos gana el sentimiento con su nunca, del todo, desbaratada ternura. La jovencísima Oksana Akinshina realiza una interpretación memorable. Acierta a expresar los matices de su personaje con una minuciosidad que nos desarma. Leemos en su rostro cada pequeño o gran movimiento de su alma convulsa.

No se sabe en qué ciudad de la antigua Unión Soviética transcurre la mayor parte de la acción. Tal vez, se pretende que sea una innominada representación de un submundo en el que impera el egoísmo, la desidia moral, la decadencia, la degradación de una sociedad en la que ha reinado el materialismo más absoluto. Es un infierno gris, húmedo, en el que prevalece la incuria; el olor de la miseria, que casi llega a percibirse a través de las imágenes; los gestos nacidos de la desolación, dirigidos por una carencia absoluta de empatía. Para Lilya, Suecia es la gran promesa de superación, pero, cuando la historia se instala en sus calles, en sus hogares, lo que seguimos viendo es la niebla, la oscuridad, lo gélido, el gesto insolidario; sí, otra vez lo inhóspito. Y el aprovechamiento de los seres desgraciados de ese mundo aún más inferior para el disfrute de burgueses nunca satisfechos.

La introducción del personaje de Volodya, el niño que tiene que dormir en edificios abandonados cuando lo echa su padre, y que finalmente acoge Lilya en su destartalado apartamento, es uno de los grandes aciertos de la película, un contraste necesario, un pequeño bálsamo de inocencia. La joven adolescente ha sido abandonada por su madre que se ha trasladado a vivir a los Estados Unidos con un amante bien situado económicamente. Se queda en manos de la inmisericordia de su tía, una mujer profundamente deprimida de egoísmo. Todos van a la suya, pero también ella – más tarde -, en busca de ese mundo mejor prometido, abandona a su amigo. Su acción es la misma, el imperiosos ejercicio de ese “sálvese quien pueda” que requiere no dejar pasar una oportunidad que se presenta como única; pero el sentimiento es bien distinto. A ella le duele tener que dejar a ese compañero de miserias. Desde su ingenuidad, ha intentado que pudiera acompañarla, pero no lo ha conseguido.

Y es que Lilya ha caído en las redes del taimado joven del que se enamora, aquel que le ofrece un rarísimo respeto a su cuerpo, a su persona, y que finalmente se convertirá – se ve venir, no se cree uno del todo esos atisbos de esperanza en esta implacable película – en su total perdición. Volodya se lo había advertido: no se recogen verduras en invierno. Pero Lilya se deja atrapar por ese espejismo. Hay que huir de ese terrible país, buscar una digna supervivencia. Pocas veces en el cine se ha visto un ámbito urbano más deprimente. Allí, ella no tiene para comer, salvo que incurra en la prostitución. La primera vez, ha acudido a un local donde se encuentran clientes. Su amiga ha hecho tratos con uno, ella se ha negado con otro. Pero es la primera vez. Ya no podrá hacerlo más, su situación es de indigencia y la solución que tiene a mano es muy sencilla. Obtiene el primer dinero, la felicidad de disponerlo en el supermercado, de poder hacerle un regalo a su amigo Volodya. Tiene que vomitar el trance por el que ha pasado, pero aún es libre. Luego ya no, luego el deseo de mejorar, debidamente manipulado por hombres infames, acabará con cualquier resquicio de poder sobre su propia vida.

La película es durísima en sus imágenes a pesar de que se omiten todas las que un menos comprometido director, más laxo en su vigilancia ética, habría consentido, hubiera mostrado para alimentar el morbo del espectador. Las escenas de sexo no muestran centímetros de piel, la completud o el detalle ostentoso de sus movimientos; sino, primero, el esquinado rostro de ella, esa adolescente de dieciséis años sometida a los frenéticos embates de un hombre sucesivo al que no quiere mirar. A cambio de dinero, ella consiente ser usada en su cuerpo, ser vejada en su mente. Y luego, ya en Suecia, en régimen de esclavitud, es entregada al deseo de unos hombres a los que vemos en un primerísimo plano de su rostro agitado, de su libidinoso esfuerzo, ajenos a esa joven tan fugaz, cuya historia no importa en absoluto. El efecto de esta turbadora contemplación podría conducir al espectador, por extensión, a una temporal misandria o a la aversión al sexo. De esta película hay que recuperarse.

La historia se va agravando hasta lo trágico. Moodysson aprieta mucho, casi ahoga, pero, finalmente, nos ofrece un alivio sobrenatural. Lilya y Volodya se convierten en los seres espirituales que fervientemente deseamos que sean. Es su única solución, más allá de una vida asfixiante. Ver o no ver esta película supone una decisión ética que importa. Me ha parecido que Lilya forever – que es excelente arte, un certero ahondamiento en la bajeza humana, una denuncia de algunos desvíos demoníacos – bien vale el sufrimiento que nos propone.

Poemas para una exposición, por Javier Puig

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El pasado viernes, 12 de mayo, se inauguró la magnífica exposición del pintor Goyo Pérez, Arte en dos facetas, en la sala de la Fundación Caja Mediterráneo, en Orihuela. En la misma, con nuestros poemas, participamos José Luis Zerón, Luisa Pastor, Ramón Bascuñana, Ada Soriano, Manuel García, José Manuel Ramón, Pepe Vegara Durá, Mateo Marco Amorós, Mª Engracia Sigüenza, Alejandro López Pomares, Francisco J. Blas, Elías Cortés, Álvaro Giménez y yo, que escribí, inspirándome en los dos cuadros cuya reproducción se acompaña, estos versos:


TODO UNE

Todo une. El abrazo,
y estirar el ser, y la mirada.
Todo forma parte
de una múltiple imagen que busca aunarse.
Son figuras volubles que advienen
y se decantan en una salvífica disolución.
Sus contornos se funden
en el transcurso de los vértigos.
Todo gira, todo vuelve
a su más reciente origen.
Todo se centra y se engrana
en círculos de alegría
o de gozosa desesperación.

Más allá, surcando el margen,
sinuosa, se expande
una figura incierta.
Quiérase que eluda inquirir el miedo
de esas fortificadas danzas,
que esquive esas formas que la mirada habita
y son vislumbre de los anhelos
entre los trémulos presagios.

 

ETERNIDAD Y TIEMPO

Allí, ha desaparecido, el tiempo.
Un estallido quieto
aprisiona mis ojos,
un brote de absoluto
que inunda el espacio invivible.
De este lado, solo queda mi latido
atenazado por el silencio,
la amenaza de una verdad
mayor que mis imaginaciones.

Este mundo que veo ya no me acompaña.
Hay una constante finitud
en esa imagen que linda con mi mirada,
en esa luz que fija intransitables distancias
y es la forma de una nueva tibieza que no alivia,
que pugna desde la ausencia de lo tangible
y delata mi inútil necesidad.

Presiento que esta será mi última estancia,
la cárcel donde se recluya mi ser
detrás de la ceñida transparencia que lo separa.
Rebasados los paisajes pretéritos,
he alcanzado un futuro sin raíces.
Me ahogo en la enormidad de esa visión
y no comprendo esos rugosos relieves
que me vencen y me desamparan.

He surgido en el lugar de lo ignoto.
Miro este claro paisaje
y ya no sé quién soy.
Sospecho de mí como de un extraño.
Quisiera un espejo para mirar algo humano
pero intuyo que solo encontraría
esa ajenidad que me soslaya.
Quisiera ser un sueño
pero se ha ceñido a mis límites
esa poderosa eternidad,
ese inaprensible mundo que me condena
a este tiempo que solo será mío.

Sobre El bosque de la noche, de Djuna Barnes, por Javier Puig

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Dice T.S. Eliot, en el prólogo de esta novela de la estadounidense Djuna Barnes, El bosque de la noche (1936), que este libro “atraerá especialmente a los lectores de poesía”. Es una advertencia de su carácter extremadamente literario, de que, en esta obra, lo que más importa no es el seguimiento de la trama, su dilucidación, sino el valor intrínseco de cada momento, la descripción que toma la osada forma de una coherente – aunque poliédrica – imaginación.También señala el poeta que los personajes de esta novela son muy reales, aunque a mí me parece que, si es así, lo son a la manera de quienes concitan en sí mismos numerosos matices del sentir humano, más que como representantes de seres encerrados en una ubicable y apenas voluble personalidad. Son personajes que a menudo son trazados desde lo paradójico, desde la contradicción. Su complejidad psicológica es ostensible, su rumbo vital resulta de una procedencia apenas enlazable a una básica irrupción en el mundo.
El personaje más constante en esta novela, el que tiene una visión más amplia de la interrelación que se produce entre todos, es el del doctor, un hombre construido – más que de una historia discernible – de un discurso, de una verborrea alcoholizada, hecha de precisiones arriesgadas y sorprendentes, que lo van configurando como un ser de atribuible y dudosa omnisciencia.
El bosque de la noche es un prodigio de literatura de alto nivel, de una prosa verdaderamente genuina que contiene una densidad expresiva que no admite la más mínima distracción, que repele al lector perezoso y rutinario. Y es de ahí de donde podría provenir su equiparación a la poesía, de esa composición que, en cada frase, nunca es un recurso de engranaje sino un destello que, en sí mismo, ilumina al lector de una fresca, íntima y extinguible plenitud. Esta literatura es pues bastante “inútil”, no nos ayuda a pertrecharnos de armas argumentales, sino que tan “solo” nos sitúa momentáneamente en un plano de superioridad que revoca toda la simplicidad de la visión más atenazada del mundo.
La narración está provista de numerosísimas frases que requerirían un detenimiento por parte del lector, y que le provocarían una amplia reflexión, un profuso cuestionamiento de sus afirmaciones. Se fundamenta principalmente en su vocación estética, sin dejar por ello de imbricarse esta actitud con la percepción psicológica. Sus mejores momentos son los de la descripción de los diferentes cuadros en que se van viendo inmersos los personajes. Y sí, nos habla de unos seres doloridos, atribulados, casi detenidos en su desorientación, que viven devanándose en sus posibilidades menos prosaicas, en las experimentaciones, atendiendo solo la destacable sutileza de sus vivencias. Esas descripciones, ya hechas desde afuera o desde sus propias reveladoras palabras, son las que precariamente establecen las perspectivas de una plural visión. Y no están exentas de abundantes elementos paradójicos, de frases que se retuercen sobre sí mismas, como queriendo acceder a un estadio superior que al de su instantánea obviedad. Estas personalidades nos resultan muy poéticas, constituidas en buena parte por la especulación de sus resortes intelectuales y emocionales, y nunca dejan de ser originales en su impalpable presencia. Hay sentimiento en estas profundizaciones que desvelan el más sutil carácter de esos seres, pero no uno simple, complaciente, sino complejo, casi inaprensible.
El bosque de la noche es uno de esos libros en los que su extensión en páginas (157) no se corresponde con el mayor tiempo que felizmente se le puede dedicar. Como los buenos libros de poesía, esta novela nos invita a recomenzarla una vez terminada, para darnos cuenta de que, en esa segunda lectura, aún la podemos apreciar mejor. Nos encontramos ante una de esas escasas obras de la literatura que, a través de la belleza, nos transportan hacia una grave y a la vez suspensiva, embriagadora levedad.