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Vida Cumplida, por Javier Puig

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Vida cumplida

A mi madre

 

Será muy difícil heredar esa dulzura

que últimamente te sobrevivió.

No sé muy bien desde dónde nos mirabas,

tal vez desde el centro de ti misma,

en ese sustrato de indemne amor,

todavía en pie o levitando

tras el turbio derribo

de tus coordenadas.

Nada de ti se ha perdido.

Toda tu bellísima esencia

permanece en el regazo de lo eterno.

Cumpliste con tu vida.

Desde tu pulcritud habías acariciado

el corazón de ese hijo doliente

que albergaste hasta tu raíz.

Sabías mirarlo hasta lo más hondo,

más allá de lo meramente concebible,

hasta su intacta belleza.

Antes, habías tenido que reemprenderte distinta,

arrancarte de aquel primer llanto tuyo

que aún resuena en mis orígenes.

Con humilde coraje,

habías empezado otra forma de ser tú.

Luego, sin mácula de reproche,

callando tu cansancio,

sin ansia de finitud

ni atisbo de recompensa,

te diste entera, hasta aquel final

que no fue el tuyo

pero te dejaba deshabitaba muy adentro.

Habías pretendido ser un estallido benévolo

en la encrucijada de lo imposible.

Quisiste revertir las burdas razones de lo adverso,

desalojar, pero no de ti,

el confuso dolor que seguía estando en él.

Pero nada apenas podías

sino combatir, aun perdiendo, la realidad perversa.

El más grande amor delata

la pequeñez humana en la que estamos presos.

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Sobre Espacio transitorio, la ineludible mirada poética de José Luis Zerón, por Javier Puig

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Con la publicación de Espacio transitorio, en Huerga & Fierro editores, excelentemente prologado por Jordi Doce, José Luis Zerón amplía su ya extensa obra poética; y lo hace, según nos ha aclarado el mismo autor —en la interesantísima entrevista que le ha hecho Ada Soriano—, no con sus más recientes creaciones, sino con poemas que mayoritariamente fueron escritos entre los años 2012 y 2013.

Tanta veteranía en un poeta, podría ser signo de redundancia. Pero no es el caso de Zerón, quien, en cada nuevo libro, nos obliga a resituarnos frente a su obra. Y no es que no apreciemos en ella sus valiosas constantes —sus consolidadas percepciones, la hondura de sus esenciales sentimientos, las palabras clave— sino que estas se ensamblan en un armazón suficientemente novedoso, enriquecido por las nuevas perspectivas que va descubriendo en la atenta escucha, en la escrutadora mirada que dirige a los silencios de la vida. Pues hay que intentar rebatir esa genérica confesión de solipsismo que se expresa en el poema Los otros 2: “Nosotros no escuchamos su silencio, / hace tiempo que no sabemos escuchar”.

Me ha llamado la atención, en este libro, el tono elevado de algunos de sus poemas, el grito que son, el desbordamiento de emociones claras que se expresan a través de unos versos, a menudo extensos, casi siempre exhortativos; y que buscan la revulsión de las actitudes que se resignan a las inherentes trampas de la vida. Por otro lado, me he encontrado con una amplia diversificación de miradas. Hay, en gran parte de este poemario, una más concreta asignación del sufrimiento. Aquí, la expresión del discurrir humano, de su penar indefenso, se personaliza, bien en un singularizado ser, bien en la atención a un anónimo colectivo de hombres y mujeres apartados de los supuestos festines de la vida.

Encontramos poemas que nos revelan diáfanamente su motivo, que parten de las impactantes imágenes de ese mundo que también es el nuestro, aunque estemos a salvo de sus agresiones, indiferentes a su latido. Así los poemas La niña de Srebrenica o Después de ver una fotografía que muestra a los niños asesinos en Hula (Siria). Pero también encontramos un puñado de composiciones que se sumergen en distintos universos pictóricos, así los titulados: El grito, El golpe maestro de Dadd, Paisaje con Orion ciego buscando el sol y Campo de trigo con una alondra.

Como decía, la mirada a los otros está más presente, incluso la que se dirige hacia aquellos con quienes, probablemente, no podríamos compartir sino la más escueta hermandad en el dolor. Son los excluidos, los injuriados por una vida que se desentiende de sus demoledores confinamientos, a los que no osamos mirar, para no arriesgarnos a que su existencia pueda alterar nuestras fortificaciones. Es una mirada que tiende a revertirse, que plasma lo externo en lo interior, y viceversa. Son esos transeúntes que comparten con nosotros el estar caídos en la vida sin saber: “Lo cierto es que ni ellos, / los que han perdido su propio paisaje y habitan en los umbrales, / ni nosotros, los que nos extraviamos en su propio jardín, / sabemos cuál es nuestro papel en este mundo”.

Y, al volvernos hacia nosotros mismos, al escuchar nuestras mal acalladas voces interiores, encontramos las propias variantes de aquella primaria desazón. Lo constatamos en esos poemas dedicados a los oscuros adversarios de la paz interior, a esos ineludibles componentes de la presencia de la vida, esos enemigos íntimos que es preciso combatir sin tregua, pues nunca renuncian a su aleve misión. Así, en ese poema, Soy tu miedo: “Soy el hábito oscuro de tus sueños. / Soy tu miedo”. Un miedo que insiste en la depauperación de la vida: “En esta tierra sin paz no hay paraísos / ni supermercados de la felicidad. / Soy tu miedo, acéptame. / Entrégate a mí / y te enseñaré a vivir sin plegarias”. No se puede pretender la absoluta aniquilación de las inherentes propiedades que desajustan el ser.

En Metástasis, no cabe más que reconocer esa otra presencia recurrente: “Cómo creces, dolor / cómo me rodeas, / cómo me amenazas taciturno”. Un dolor que se trata de reducir con el ansioso acopio de memoria: “Trae todos los instantes / sin horror que he vivido”. O en esa tristemente jocosa Oración a San Orfidal, ansiolítico al que uno se encomienda: “Concédeme la paz / amigo, te lo ruego. / Concédeme la incierta esperanza”.

En No te he llamado, prosiguen esos diálogos con las desavenencias que nos habitan, que nos abruman con esas altas y ominosas barreras alzadas para expulsar la luz de nuestro mundo. Los enemigos de la paz nunca se marchan del todo, permanecen agazapados, esperando que le ofrezcamos nuestros resquicios de debilidad para acapararnos: “No me hables de este mundo / saturado, sacudido, desdichado, no ahora. / Deja que mis gritos sigan tejiendo / la realidad para nombrarla.” Porque la vida es difícil: “No encontraremos asiento / en nuestra infatigable caminata, / escasas certidumbres nos sostienen / en el murmullo vibrátil de esta tarde anodina / con sus desabridos fulgores”. Pero: “Venturosos los que no se instalan en la herida / ni se pierden en los desfiladeros del grito”. Pues ese grito tan repetido, es solo recurso puntual pero no estancia deseable.

El poeta observa el camino sobre el que transitan esos hombres que son diferentes, pero por otra parte iguales en la ignorancia de lo decisivo; aquellos que se dirigen hacia la incierta completud a través de un recorrido tantálico. Se les ve arrastrar los pies por las indefiniciones, someterse a la continua tentación del retroceso, del repliegue urdido por la inmisericorde condición humana. Y ahí están esas miradas sojuzgadas por las amenazas que llevamos dentro, que forman parte del todo; las amenazas que, a pesar de las evidencias, hay que tratar de subvertir: “Se hace necesaria, por inútil, la insurrección”. Para ello hay que armarse de los escasos componentes sólidos, no traicioneros, que también nos conforman.

Y así, el poeta se subleva, inquiere, grita la luz del escuetísimo presente, la convoca frente a la conspiración de las sombras extensas. Y expone esa irrebatible razón de emerger en el desnudo momento, ante las argumentaciones del mal agüero: “Tú que sufres y padeces / tú que has nacido para interrogar al vértigo / y adoleces víctima de arritmias imprevisibles, / pide un espacio de perdón para el presente continuo”.

Espacio transitorio, desde su aquilatada diversificación, es otro profundo, intenso y bello libro de José Luis Zerón, en el que sigue afinando esa nunca saciada visión de lo que verdaderamente nos constituye, esa intrusión de la naturaleza en nuestra mente irredenta; y lo hace, esta vez, con poemas que no eluden la vehemencia; y con una dolorida mirada que dirige a los que se sienten golpeados por la más arbitraria humillación, aquella que proviene del orden ignoto. Somos extraviados transeúntes en un mundo que —a pesar de todo— ansiamos vivir, pues es la indómita correspondencia de nuestro ser más íntimo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”.

Sobre El cielo de Kaunas, la intensa y apasionante novela de Jesús Zomeño. Por Javier Puig

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Después de una larga trayectoria, en la que, en una primera etapa como poeta y en una más reciente como reconocido cuentista, ha publicado numerosos libros, Jesús Zomeño nos presenta ahora El cielo de Kaunas, su primera novela. No se trata de un salto radical, sino que se fundamenta en su contrastada solvencia como narrador. Su contenida longitud, permite al autor mantener, en todo momento, un elevado grado de intensidad. Por otra parte, no se limita a una sola línea argumental, sino que se vale de tres distintas, que conforman otros tantos relatos que se podrían leer de forma independiente, pero que perfectamente convergen de una forma que a mí me parece muy original, compartiendo esenciales rasgos de los protagonistas y un mismo ámbito geográfico y temporal, que confieren a este novela un carácter tan diverso como homogéneo.

La primera historia nos introduce en los pensamientos y en las acciones de un hombre viejo que todavía trabaja de vigilante en el Museo Militar de Kaunas. Viudo, se siente desgraciado en su celosa soledad, en una casa sin calefacción, mientras va experimentando el paulatino declive de su cuerpo y de su mente. Es un nostálgico de los tiempos pasados, de la sociedad soviética, en la que, aunque todo funcionara mal, “existían unos principios y energías comunes”. Eso es lo que echa a faltar en la sociedad actual, a la que considera caótica, confusa, cambiante. Esta contradictoria nostalgia del orden anterior me recuerda a aquel “contra Franco vivíamos mejor”, al que se le añadía un incontestable: “Y éramos más jóvenes”.

Este hombre viejo proyecta su desazón en la sociedad que lo envuelve. Necesitaría erradicar esa dispersión humana que observa, esos rumbos tan disímiles, ese individualismo tan poco abordable. Tiene la terrible ocurrencia de que, si se provocara el dolor general, se desarrollaría, entre sus conciudadanos, el conveniente sentimiento de unión. Ha de producirlo, pues. Como aún se precia de buen francotirador, elige ese camino. Matará al azar para que así se cree la ansiada confraternización contra ese oscuro enemigo.

Así lo hace en varias ocasiones, pero sus crímenes apenas tienen repercusión. Le cuesta elegir a sus víctimas porque no puede odiar a los que pasan por delante de su escrutadora mirada. Sin embargo, cuando acciona el gatillo y comprueba su buena puntería, de lo único que se puede lamentar es de la inoportunidad del objetivo elegido, pero nunca de la muerte de un ser humano. Resulta inútil ese dolor que no parece conmover a nadie. Él no quiere la revolución, pues le teme a los cambios, pero sí lanzar un reproche.

La segunda historia tiene como protagonistas a dos jóvenes delincuentes, Vladik y Yuri, que huyen hacia Kaunas, acompañados de Guitta, una joven de buena familia atraída por los senderos de la perdición. Aquí, no solo no abandonamos la sordidez, lo truculento, sino que nos sumergimos de forma más explícita en esos submundos depravados. Eso sí, si en el anterior relato del francotirador las razones de su asesino comportamiento solo las podíamos intuir en su incipiente decrepitud mental, agravada por su irresoluble desdicha, en estos jóvenes se nos da una explicación más precisa. Vladik proviene de una familia prosoviética, en la que reinaba el alcoholismo, la extrema violencia, las violaciones del padre a su hermana o la indiferencia de una madre, “ese estúpido espejo de amor”; una mujer que los abandonó, llevándose el televisor en color. Yuri sirvió como militar en la guerra de Chechenia. Allí presenció muchas atrocidades e intentó suicidarse. Su amigo Liov torturaba con gesto triste a los prisioneros, “como si el dolor fuera un instrumento que tuviera que afinar”. Ahora Yuri dice depender del lado irracional de su cerebro. Su parte racional está muerta, murió en Chechenia. De momento, piensa que la locura lo mantiene vivo.

En su huida de una mafia argelina, a la que le han robado un kilo de cocaína, cometen todo tipo de necesarias fechorías para su supervivencia. Su actitud es absolutamente indigna, lastrada por el miedo, la inmoralidad y la falta de horizontes, pero la de aquellos con los que tropiezan no es mucho mejor. Aquí, nuevamente, el narrador vuelve a jugar con las relaciones y las contraposiciones en un lenguaje que mezcla lo cotidiano (la vomitiva visión de una comida que les sugiere, en sus formas, lo sangriento) con su periplo brutal, su huida hacia adelante, esta vez hasta Kaunas, ciudad descrita por Guitta como triste, vieja y de edificios pequeños.

La tercera historia es la menos abrupta, aunque también la más melancólica. La violencia está presente, pero ahora en un segundo plano, contemplada desde la lejanía del espacio, del tiempo o de la ausencia de implicación. Un policía español viaja hasta Kaunas para seguir las huellas de la mujer lituana que fue su vecina, de la que estaba enamorado, y que murió asesinada por su marido, al que él posteriormente mató. En el preámbulo de la novela, nos lo explica: “Yo la amé después de que la mataran, es cierto, la he estado amando desde entonces, quizá porque solo después de su muerte perdí el miedo a que me hiciera daño, que era de lo que yo me protegía”.

Parece un hombre acabado: “Lo único digno, a mi edad, es la indiferencia”. Ya solo aspira a completar el pasado. Es alguien fundamentalmente triste, que vive por inercia: “No tengo mucho que hacer en Kaunas. Todo es más bien un viaje interior. No necesito guías turísticas, a veces parece que estoy aburrido y es solo que estoy confuso”.

Este hombre hace tiempo que dejó de creer en la plenitud, y ahora solo espera del presente que le ofrezca una explicación, la versión completa de lo ya sucedido: “Estoy desconcertado ante la evidencia de las cosas, me siento frágil”. Pero apenas dispone de elementos reveladores: “Necesito volver a la realidad, demasiada divagación”. Que ya no espera nada es una certeza que cada suceso lo confirma: “Este accidente es lo único que me queda, un aviso para dar las gracias por la rutina que me espera el resto de mi vida”.

El cielo de Kaunas nos enfrenta a tres historias en las que sus protagonistas malviven sumergidos en una profunda infelicidad hecha del dolor que ha marcado indeleblemente sus vidas, que los ha instalado en la incomunicación y en la locura. Cada una de estos relatos presenta conexiones con los restantes a través de la simultaneidad que vamos descubriendo. De pronto, un hecho, un secundario personaje, que aparece en una de ellas, los reconocemos como elementos importantes de una historia anterior. Esos cruces son a veces anecdóticos, inconscientes, distantes, pero otras veces decisivos, incluso trágicos. El autor tiene la suma habilidad de mostrarnos esas coincidencias solo desde apuntes incompletos que requieren de la participación del lector. Estos encuentros nos permiten ver a estos personajes, que ya conocíamos desde la detallada interioridad que antes se nos había descrito, esta vez desde la somera visión exterior de alguien que no puede penetrarlos. Comprobamos así los errores de percepción en los que incurrimos, las hipótesis erróneas que elaboramos acerca de los otros.

La mayor virtud de El cielo de Kaunas es la honda descripción del mundo interior de unos protagonistas que viven en el lacerante torbellino de su desquiciamiento, poseídos por una oscura visión que han heredado de los golpes recibidos, de esas heridas que han fundado en ellos una irrebatible desesperanza. Recorremos sus pensamientos mediante una prosa que avanza a través de frases cortas que describen los entreverados distintos planos de su íntimo discurso, que se suceden o se contraponen alcanzando efectos sorprendentes y mantienen atento y expectante al lector. Nos hallamos ante una novela muy dura pero a la vez apasionante. Dura, porque nos obliga a acompañar a los protagonistas por los tenebrosos recorridos a los que están condenados, pero también apasionante porque nos invita a conocer de cerca a esos congéneres que están irreparablemente constituidos por unas circunstancias demoledoras. A través de su mundo, de la magnífica prosa que minuciosamente nos muestra sus siempre significativos pensamientos y actos, accedemos a otras amplitudes del concepto de lo humano.

Diario de un cinéfilo (32. Secretos de un matrimonio), por Javier Puig

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Secretos de un matrimonio (1973) es una de las grandes obras maestras de Ingmar Bergman, una de esas películas de inconmensurable riqueza que pueden ser muchas veces revisadas sin dejar de descubrir nuevas sutilezas, detalles que hacen que no decaiga, ni por un instante, su fortísima potencia narrativa. La dirección es tan austera como perfecta, el guion es absolutamente conmovedor, riquísimo, las interpretaciones son sublimes.

La película nos cuenta el proceso de deterioro de una pareja hasta su ruptura, y luego sus posteriores reencuentros, en los que hay fugaces reconciliaciones así como feroces disputas, terminando en un final que apunta a lo feliz. Se inicia con la realización de un reportaje sobre ese matrimonio que ha sido elegido como ejemplar (el sarcasmo de Bergman no podía faltar). Pero, si observamos bien a los dos, podemos detectar entre ellos el desequilibrio, la inseguridad, la impaciencia, la vigilancia mutua (más imperativa la de él, más sumisa la de ella). A continuación, vemos cómo asisten —aparentemente escandalizados, pero secreta, introspectivamente doloridos— al impúdico espectáculo de una pareja amiga que escenifica ante ellos las mezquinas expresiones de su fractura, su recíproco e insaciable odio. Ellos parecen indemnes, a salvo de esas turbulencias, pero en realidad no lo están, como ambos lo reconocerán mucho más adelante, ya lejos de ese simulacro de óptima convivencia.

Ambos cónyuges comparten la debilidad, que es muy distinta en cada uno de ellos, un ego al que quisieran alimentar mejor, pero no saben muy bien cómo hacerlo de forma consistente. Son seres inmaduros pese a su mediana edad. No saben lo que quieren; o, si lo saben, prefieren olvidarlo, porque les parece inalcanzable o contrario a sus primarias apetencias. Su propio fracaso les impulsa a vivir en el capricho que habrá de satisfacer el otro, al que exigen la salvación que les correspondería alcanzar por ellos mismos.

Repentinamente, un día, Johan (Erland Josephson) llega a casa para anunciarle a Marianne (Liv Ullmann) que se va con una joven que ha conocido seis meses atrás. Es un duro golpe, algo brutalmente inesperado. A Marianne se le desmonta una vida que, si no era satisfactoria, si al menos la cobijaba deciblemente, lejos de las intemperies y de los arriesgados experimentos. Hasta ese momento, en esa pareja, se procuraba la omisión de las palabras más conflictivas, de las exposiciones propias más decepcionantes, de los reproches explícitos – que no de los tácitos – más hirientes. A partir de ahora, en sus distanciados encuentros, ya no sabrán permanecer mucho tiempo en las palabras amables, en los gestos acercadores. Se contarán sus vidas separadas y cada mención de una nueva felicidad propia será interpretada por el otro como un reproche totalizador, una descalificación de los fundamentos de su antigua consistencia como pareja; una fulminación de un pasado que antes fue defendido con parciales argumentos.

Bergman nos sitúa como testigos de esas discusiones. Desde afuera, podemos juzgar, pronosticar los vaivenes emocionales de unos personajes extraviados que, con tenaz ofuscamiento, se han labrado sus propias derrotas. Cuando él habla por primera vez de Paula, su amante, al describirla, ya sabemos que esa va a ser una aventura ruinosa, y que solo le va a servir como fugaz escapatoria. Nosotros vemos más que ellos porque no estamos enzarzados en esa cegadora lucha egocéntrica.

Bergman nunca buscó la belleza. Incluso, los preciosos rostros de sus actrices protagonistas, captados en escrutadores primeros planos, están rebatidos por el sufrimiento. Antepone claramente su afán de mostrar, de la forma más dura posible, las hondas heridas humanas. Así es, especialmente, en la escena más turbulenta – y hay muchas – de la película. El escenario que envuelve a los protagonistas no puede estar más desangelado. Un despacho de paredes desnudas, de archivadores insultantemente prosaicos, y una luz extremadamente inhóspita. Allí es donde se han reunido para firmar el divorcio, pero él se resiste a ello. No saben muy bien lo que quieren, pero todo lo quieren para sí mismos, para achicar la permanente pérdida de su autoestima. Beben mucho coñac. La neurosis los constituye. Después de un encuentro sexual alegrado por la emoción de lo inesperado, de lo furtivo, pasan a una conversación muy tensa, cada vez más agresiva. Cada palabra, cada supuesta verdad proferida, eleva la temperatura de su sangre. Y finalmente él, acorralado en su impotencia, pasa a las manos, en una acción en la que Bergman nos demuestra que no persigue el sensacionalismo barato, la pornografía de la violencia, pues no muestra el impacto de los golpes sino solo la incontenible furia del agresor, aquello que verdaderamente interesa. Johan está desatando toda su frustración. No tiene piedad. Está exhibiendo su camino degradador, su rumbo a ninguna parte.

Al principio, parece que Bergman se decanta por una matizada victimización de la mujer. Tal vez, en el personaje masculino se esté ensañando con lo peor de sí mismo, con esa fácil iracundia que parece le afectaba y con el insensible espíritu mujeriego que lo constituía. Pero luego vemos que ella, desde otras estrategias más serenas, desde poses dulces, también es capaz de hacer mucho daño. Marianne utiliza la mesurada palabra como filo que incide en la ya frágil piel del que, en muchos momentos, no puede dejar de considerar como antagonista. Nada más dañino para él que espetarle que, ahora, lejos de su cuerpo, con otro hombre ha alcanzado una plenitud sexual por ambos inimaginable. Eso se lo dice a quien le acaba de confesar que está luchando contra su insignificancia. Claro que el sexo, ya desde mucho antes, ha sido empleado aquí como arma arrojadiza. Su antigua inapetencia, ella la explica como consecuencia de un entorno hostil, de una angustia infligida; y él asevera que ella utilizaba el sexo como forma de poder, como un premio para su docilidad o un castigo para su deficiente comportamiento.

Hacia el final de la película, Marianne llega a la conclusión de que nunca la han amado, pero que tampoco ella ha sabido hacerlo. Probablemente, ello no desdiga sus afirmaciones anteriores, cuando aseguraba que, al principio, había estado enamorada. Ese encandilamiento con un figura humana no es el amor que se necesita más tarde, cuando desaparece el espejismo que miente, que refleja al otro en el propio ser y lo convierte en obligatoria respuesta a nuestro anhelo. Lo que quiere decir que nunca se ha tenido verdaderamente en cuenta al otro, que nunca ninguno de los dos ha pretendido averiguarlo. Y nunca se han mirado íntegramente, hasta esos recovecos que gritan, ahogados, las grandes insuficiencias.

Pasados unos años, casados ambos otra vez, tienen un encuentro clandestino que los excita como a adolescentes. Ya parecen no necesitar la urgencia de los reproches. Se muestran afectuosos. Pero, luego, ella vuelve a incurrir en esa incontinencia verbal que supone poner los dedos en las heridas que Johan aún no tiene definitivamente cerradas. El relato que hacen de ellos mismos es muy desigual: “Ahora yo reconozco mi pequeñez y tú reconoces tu grandeza”, le dice él, entre sarcástico y condescendiente. Y luego: “¿Podrás renunciar a tu autocomplacencia?” Pero, ahora, a pesar de esas ingratas evidencias, no llega a estallar en él el tono violento. Es una verdadera aproximación, un arduo ejercicio en pos de superar lo frustrante y entrar en una comunión magnánima. Y hay un beso plácido que parece conectar verdaderamente ambas almas.

Ella se duerme, pero a medianoche se despierta con una grave pesadilla que desdice toda su reciente proclamación de mujer supuestamente fortalecida. Él la acoge desde su nuevo ser entregado. Sus rostros juntos conforman un último plano que, por fin, los engloba en una misma posición, los cree capaces de vencer sus recalcitrantes egoísmos. Tal vez, ahora empiecen a comprender que, si uno está en la pareja, es para hacer feliz al otro antes que para exigir que lo hagan feliz a él. Y se agradecen mutuamente el esfuerzo de comprensión. Ella accede a sentimientos que la rehacen: “A veces, sé lo que te pasa y casi me olvido de mí. Es una sensación nueva”. Él la abraza, también desde el olvido de sí, de sus egoísmos y de sus endémicas carencias. Ya no la juzga, ni pretende nada de ella. Será que, al fin, los dos están aprendiendo a amar.

GLOSARIO DIECISÉIS (135 – 147) por Javier Puig

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(Citas extraídas del libro de Anthony de Mello Una llamada al amor)

135.- Al fin sabrás lo que significa ver con una visión despejada y no enturbiada por el miedo o por el deseo.

Tendemos a ver a cada cual según la utilidad que le hemos asignado. A cada uno lo clasificamos según su característica preeminente, en función de si nos sitúa en lo grato o en lo hostil. Pero el otro, tal cual es, en su totalidad perceptible, es algo que no osamos alcanzar, por desinterés o muchas veces por la coartada del respeto a la intimidad ajena, por no involucrarnos en una cercanía menos sesgada que la que cautamente atendemos.

136.- Ver es la más ardua tarea que un ser humano puede emprender, porque requiere una mente abierta y disciplinada.

Qué difícil es ver, cómo tendemos a oscurecer, a ignorar todo aquello que no se encuentra en el curso de nuestra obcecación más incuestionada. Cómo preferimos reiterarnos a nosotros mismos, como si temiéramos que otra visión nos modificara radicalmente. Pero este estrechamiento merma nuestro saber y nuestra comprensión; ocluye una gran parte de la generosidad que podríamos recibir del mundo. Ver requiere desautorizar a nuestras rutinas, preguntarnos a cada instante dónde puede estar aquello que nos abrirá verdaderamente los ojos.

137.- No puedes amar lo que no eres capaz de estar constantemente descubriendo.

Si esto se refiere a una persona (el amor a un objeto o a otro ser vivo es otra cosa), pienso que el amor más meritorio es el que sentimos por aquel del que no esperamos que nos ofrezca nada más que lo ya consabido. Este es el amor más meritorio y, a la vez, el más timorato, el más conservador. Difícilmente consentiríamos algunos cambios en el otro, pues los imaginamos peligrosos, creadores de distancias.

138.- No existe el amor defectuoso, incompleto o parcial. El amor, como la sensibilidad, o lo es en plenitud o, simplemente, no es.

Si no nos ponemos absolutos, tendremos que convenir en que hay amores insuficientes pero reales. Existe ese amor inferior que es el cómodo, el ocasional, el espontáneo. O ese único sentimiento capaz de emerger cuando aparecen los obstáculos; o ese otro sentir, que es mera visita, puntual apariencia.

139.- Lejos de hacerte indiferente, ahora puedes disfrutar de todos o de todo como antes disfrutabas del objeto de tu apego.

El objeto del apego comporta tanto placer como sufrimiento. Excluye un ámbito mayor, pero nos salva de una responsabilidad demasiado extensa. Pero dar todo por los demás, por esos seres sucesivos o simultáneos que forman una tangible representación de la humanidad, nos confiere una buena protección contra la pérdida. Ese ser múltiple nunca nos abandonará; siempre, alguno de sus miembros nos regalará gratitud o simpatía. Solo hace falta no atender a quien nos decepcione, ignore o desprecie; soslayar esa ostentación de las pequeñas gotas, diluirlas en el salvador océano.

140.- El día en que seas feliz sin razón alguna, el día en que goces con todo y con nada, ese día sabrás que has descubierto ese país de la alegría interminable que llamamos “el reino”.

Nunca alcanzaré ese “reino”, o no puedo vislumbrar el momento en que pueda levantar la vista más allá de los objetivos que voy construyendo, de las distinciones en que me afano. No me creo capaz de concebir mi fusión con la totalidad, esa que imagino como el doloroso abandono de mi sensible mirada, de mi querida perspectiva.

141.- Mira en derredor tuyo y trata de encontrar a una persona que sea auténticamente feliz: sin temores de ningún tipo, libre de toda clase de inseguridades, ansiedades, tensiones, preocupaciones…

Esa mirada puede cumplir las funciones del consuelo. ¿Quién no se ha regodeado, alguna vez, muy secretamente, del descubrimiento de la fragilidad de los que se creían invulnerables? Cada ser cobija las molestas inquietudes de su propia altura, pero hay quienes saben deshacerse, alguna vez, de la oprimente oscuridad; sentirse más vivos, creadores de sus propios momentos. No, no es bueno generalizar; aunque el grado de felicidad tiene algo de relativo —lo que salva a muchos del abismo—, hay constancias de que una mayor vitalidad actúa como liberador escape de lo plomizo.

142.- Lo que más puede proporcionarte el cumplimiento de un deseo es un instante de placer y de emoción. Y no hay que confundir eso con la felicidad.

Llegar a una meta no nos exime de la necesidad de atender cada instante. Lógicamente, dependerá la duración de la grata sensación del logro alcanzado de la naturaleza de ese deseo cumplido. Los deseos menos traicioneros son aquellos que no se pronuncian, los que no se han de culminar nunca, sino que han de producirnos una paulatina transformación, un aprendizaje que nos acerque a aquello tan hermoso que ni siquiera habíamos sabido desear.

143.- El verdadero amante busca el bien de la persona amada, lo cual requiere especialmente la liberación de esta con respecto a aquel.

Anthony de Mello asume una espiritualidad tremendamente exigente. Sí, estoy de acuerdo con él en que el amor máximo debiera permitir la expansión total de la persona amada; incluso, hasta ese temido desplazamiento hacia quien no somos nosotros. Es, entonces, ¿tan pequeño, tan mezquino nuestro amor que requiere del apresamiento del ser amado? Tal vez esa filosófica perfección no es humana.

144.- Esa persona que tienes ante ti es una persona lisiada, ciega, coja, no la persona terca y malévola que tú, neciamente, creías.

Decía Emmanule Lévinas que “lo sagrado es el rostro del otro y nada más”. Pero hay que saber llegar más allá de su presencia engañosa, adulterada por la herida voluntad de su poseedor. El rostro aún puede ser ocultamiento de un ser dañado, escudo frente a las evidencias temidas, pero solo si no se sabe ver. El “otro” es siempre un arduo defensor de su ego, un experto disimulador de sus deficiencias, alguien que, cuando está inmerso en su pobreza, es incapaz de ofrecer ninguna gratitud, solo de revolverse en su tribulación acuciante. El ser muy vulnerable engendra impiedad.

145.- Para vivir en ese estado que llamamos amor tienes que ser sensible a la belleza y al carácter único de cada una de las cosas y personas que te rodean.

Sí, a la belleza escondida que alberga cada ser, a veces escatimada por una llama demasiado evidente, o por una física fealdad que oculta al ser interior. Pero lo más difícil es traspasar el rostro del ser, el untuoso maquillaje del gesto, penetrar en quien nos desvía de él mismo. En cualquier caso, llegar a la unicidad del ser, a su mostración clarificada, es la mayor y más ardua empresa del amor persistente.

146.- Si te aferras a una idea acerca de alguna persona, entonces ya no amas a esa persona, sino que amas tu idea acerca de ella.

La idea que tengo de ti se antepone a quien eres. Tú estás allí, detrás de lo que espero de ti, y te veo vagamente, tu borroso campo de acción que se acopla en aceptable medida a tu ser propugnado por mí. Rara vez me acerco, de verdad, hasta ti. Rara vez te espero en cada uno de tus distintos momentos.

147.- Y la verdadera felicidad no puede ser experimentada. No pertenece al ámbito de la consciencia, sino al de la espontaneidad.

Uno se siente feliz, no por las circunstancias favorables de su vida —que pueden ser noticias objetivamente maravillosas, pero que no necesariamente alcanzan al sentimiento que nos invade—, sino por experimentar la sensación de licitud de ser, la oportunidad de las expectativas, la firmeza en el disfrute de cada instante.

Diario de un cinéfilo (31. Los comulgantes), por Javier Puig

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Los comulgantes (1963) es una de las más sombrías películas de Ingmar Bergman. Pertenece a esas obras suyas que pretenden trasladar su angustia al espectador, generada siempre a partir de los temas fundamentales que afectan a la existencial condición del hombre. Con esta historia aúna dos de sus temas más recurrentes: por un lado, “el silencio de Dios” – tratado tanto en esta obra como en El silencio y Como un espejo, conformando una trilogía – ; y, por otro, un análisis durísimo del desamor y de la incomunicación como mermas profundas del ser, dolencias que conllevan, a menudo, el ejercicio de crueldad.

Bergman nos presente al hombre en su más lacerante intemperie, desprotegido de las necesarias verdades y de los imprescindibles afectos. El protagonista es un pastor protestante que sufre un doble fracaso: su propia falta de fe en Dios y la incapacidad para atraer y confortar a los pertinentes feligreses. La película se abre con la desangelada ceremonia de una misa que oficia él ante una escasísima concurrencia. Entre esos asistentes está la maestra que inútilmente lo pretende como esposo, y una pareja de campesinos que luego acudirá a la sacristía en busca de consuelo y de perentoria orientación. Él está fuertemente deprimido, pero cuando luego, ya solo, regresa para recibir el aliento del pastor, se encuentra con que este solo es capaz de expresar su propia angustia secreta, impotente de ofrecer a los demás una luz que, desde hace mucho, siente desvanecida en sí mismo.

Cuando ese hombre abandona, despavorido, la presencia de quien debía regresarlo a la vida, se siente autorizado a morir. El suicidio es ya un acto consagrado por el sinsentido de la vida. Pero el pastor siente, más que remordimiento, el trágico reflejo de su persistente desolación. Acude, diligente, circunspecto, al lugar donde ese hombre ha abandonado la vida. Luego cumple con la ineludible visita a la esposa. Le da la noticia sin ostensible emoción, sobriamente contrito, más por la propagación de su propia existencia baldía que por un irreparable acto concreto.

El clima que se respira es muy importante para lo que se pretende transmitir. El blanco y negro, los escenarios absolutamente austeros, un juego de luz en la fotografía que tiende a remarcar la palidez; y también el áspero frío de la época y el resfriado y malestar físico del pastor contribuyendo a esa sensación general de destemplanza. Abundan los primeros planos que indagan en unos personajes paralizados por el terror en el que viven, que infunden a su hieratismo general unos diminutos pero reveladores gestos que nos muestran la textura de sus sufrimientos. Da gusto volver a contemplar escenas sueltas de esta película, repasar la milimétrica maestría, esos mínimos gestos de los actores que implantan el surco indeleble donde se cobijan las exactas palabras.

Hay otro factor que perturba la paz del pastor, y es el amor que siente por él la maestra. Él no la ama, y tampoco lo intenta: sería un esfuerzo vano y torturador. Prefiere insistir en esa gélida soledad que duele pero es verdadera. Ella no comprende como un hombre sumido en ese desasimiento, en la depresión, en la desorientación más absoluta, puede rechazar una oferta de incondicional calidez. Pero su capacidad de amar murió con la extinción de su esposa, cuatro años atrás. En el colegio vacío, hay una escena de extrema crueldad. La incontinencia verbal de él rechazándola sin remisión posible, extinguiendo cualquier futuro intento de aproximación. Es muy duro contemplarla escuchando esas punzantes palabras. Antes, también la habíamos visto exponer sus razones de aproximación. Le había escrito a él, a ese hombre esquivo, una carta, porque no se atrevía a contarle sus más íntimos anhelos. Aquí, una descomunal Ingrid Thulin se inserta en un primer plano al que dota de una enorme profundidad. Genial es también la interpretación de Gunnar Björnstrand, exacto en su papel de hombre atribulado.

Definitivamente, el mundo permanece apagado para ese pastor derruido por una duda absoluta. El ser humano es un problema difícil. La vida no tiene sentido. Al final de la película, nos encontramos ante la inminencia de una misa en la que no aparecerá nadie más que el cínico organista, el contrahecho sacristán y la rechazada maestra. El pastor está enfermo. Pese a todo, suenan las campanas, en una llamada hacia la nada. Esa mujer se arrodilla en la penumbra: “Si pudiéramos sentir seguridad para atrevernos a demostrar cariño. Si pudiéramos creer en una verdad. ¡Si pudiéramos creer…!” Y seguidamente nos encontramos con un primer plano del pastor, su rostro reflejando detalladamente el calvario de no poder salir de su propio personaje, pese a que no encuentra ninguna razón para salvarlo. Una inconmensurable obra maestra, de las que nos maravillan una y otra vez, de principio a fin.