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Diario de un cinéfilo (31. Los comulgantes), por Javier Puig

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Los comulgantes (1963) es una de las más sombrías películas de Ingmar Bergman. Pertenece a esas obras suyas que pretenden trasladar su angustia al espectador, generada siempre a partir de los temas fundamentales que afectan a la existencial condición del hombre. Con esta historia aúna dos de sus temas más recurrentes: por un lado, “el silencio de Dios” – tratado tanto en esta obra como en El silencio y Como un espejo, conformando una trilogía – ; y, por otro, un análisis durísimo del desamor y de la incomunicación como mermas profundas del ser, dolencias que conllevan, a menudo, el ejercicio de crueldad.

Bergman nos presente al hombre en su más lacerante intemperie, desprotegido de las necesarias verdades y de los imprescindibles afectos. El protagonista es un pastor protestante que sufre un doble fracaso: su propia falta de fe en Dios y la incapacidad para atraer y confortar a los pertinentes feligreses. La película se abre con la desangelada ceremonia de una misa que oficia él ante una escasísima concurrencia. Entre esos asistentes está la maestra que inútilmente lo pretende como esposo, y una pareja de campesinos que luego acudirá a la sacristía en busca de consuelo y de perentoria orientación. Él está fuertemente deprimido, pero cuando luego, ya solo, regresa para recibir el aliento del pastor, se encuentra con que este solo es capaz de expresar su propia angustia secreta, impotente de ofrecer a los demás una luz que, desde hace mucho, siente desvanecida en sí mismo.

Cuando ese hombre abandona, despavorido, la presencia de quien debía regresarlo a la vida, se siente autorizado a morir. El suicidio es ya un acto consagrado por el sinsentido de la vida. Pero el pastor siente, más que remordimiento, el trágico reflejo de su persistente desolación. Acude, diligente, circunspecto, al lugar donde ese hombre ha abandonado la vida. Luego cumple con la ineludible visita a la esposa. Le da la noticia sin ostensible emoción, sobriamente contrito, más por la propagación de su propia existencia baldía que por un irreparable acto concreto.

El clima que se respira es muy importante para lo que se pretende transmitir. El blanco y negro, los escenarios absolutamente austeros, un juego de luz en la fotografía que tiende a remarcar la palidez; y también el áspero frío de la época y el resfriado y malestar físico del pastor contribuyendo a esa sensación general de destemplanza. Abundan los primeros planos que indagan en unos personajes paralizados por el terror en el que viven, que infunden a su hieratismo general unos diminutos pero reveladores gestos que nos muestran la textura de sus sufrimientos. Da gusto volver a contemplar escenas sueltas de esta película, repasar la milimétrica maestría, esos mínimos gestos de los actores que implantan el surco indeleble donde se cobijan las exactas palabras.

Hay otro factor que perturba la paz del pastor, y es el amor que siente por él la maestra. Él no la ama, y tampoco lo intenta: sería un esfuerzo vano y torturador. Prefiere insistir en esa gélida soledad que duele pero es verdadera. Ella no comprende como un hombre sumido en ese desasimiento, en la depresión, en la desorientación más absoluta, puede rechazar una oferta de incondicional calidez. Pero su capacidad de amar murió con la extinción de su esposa, cuatro años atrás. En el colegio vacío, hay una escena de extrema crueldad. La incontinencia verbal de él rechazándola sin remisión posible, extinguiendo cualquier futuro intento de aproximación. Es muy duro contemplarla escuchando esas punzantes palabras. Antes, también la habíamos visto exponer sus razones de aproximación. Le había escrito a él, a ese hombre esquivo, una carta, porque no se atrevía a contarle sus más íntimos anhelos. Aquí, una descomunal Ingrid Thulin se inserta en un primer plano al que dota de una enorme profundidad. Genial es también la interpretación de Gunnar Björnstrand, exacto en su papel de hombre atribulado.

Definitivamente, el mundo permanece apagado para ese pastor derruido por una duda absoluta. El ser humano es un problema difícil. La vida no tiene sentido. Al final de la película, nos encontramos ante la inminencia de una misa en la que no aparecerá nadie más que el cínico organista, el contrahecho sacristán y la rechazada maestra. El pastor está enfermo. Pese a todo, suenan las campanas, en una llamada hacia la nada. Esa mujer se arrodilla en la penumbra: “Si pudiéramos sentir seguridad para atrevernos a demostrar cariño. Si pudiéramos creer en una verdad. ¡Si pudiéramos creer…!” Y seguidamente nos encontramos con un primer plano del pastor, su rostro reflejando detalladamente el calvario de no poder salir de su propio personaje, pese a que no encuentra ninguna razón para salvarlo. Una inconmensurable obra maestra, de las que nos maravillan una y otra vez, de principio a fin.

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Diario de un cinéfilo (30. Lucky), por Javier Puig

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Lucky (2017), de John Carroll Lynch, es una de las más atrevidas y hermosas reflexiones sobre la vejez, la soledad y la muerte, que he visto en los últimos años. Y todo ello está conseguido desde una cercanísima sencillez. Su director nos enseña a ver la sutil belleza de la decrepitud, a la que hay que acceder venciendo todas las embaucadoras aversiones. El máximo valor de la película es la portentosa creación que hace Harry Dean Stanton de su personaje. El actor norteamericano, que fuera el protagonista de París Texas, añade a su ajado rostro, ya de por sí profundo y sugerente, una impronta vital genuinamente desconcertante. Pero, además, la entrañable historia que se nos cuenta está apoyada en un excelente guion rico en coloquiales disquisiciones filosóficas, y está nutrida de unos personajes secundarios que superan su naíf bondad para convertirse en importantes referentes.

Las primeras imágenes nos introducen en el árido paisaje del sur de Estados Unidos. Es una tierra fronteriza, un lugar inhóspito, de difícil belleza. A continuación, los sucesivos planos parciales nos muestran los matutinos movimientos de un cuerpo extenuado, de su ruinosa flacidez, pese a los ejercicios de yoga a los que su dueño, ese ya nonagenario Lucky, se obliga. Es un hombre que vive en una soledad que no detesta (“no es lo mismo la soledad que estar solo”, dice), que se deja acompañar por los concursos de la televisión, por los crucigramas que mantienen la agilidad de su mente, y por un aparato de teléfono que le sirve para simular conversaciones ante un imaginario receptor, sumiso oyente de sus inconcebibles y fútiles preocupaciones.

Pero también está ese pub en el que se reúnen unos personajes pintorescos, vividos, fundamentalmente solitarios. Unos hombres – y la dueña del local – que a veces se abren y, aunque disimuladas de ironía, vierten algunas confidencias, alguna escueta sabiduría o cierta irremisible perplejidad. Uno se siente tentado de criticar ese buenismo de los personajes, esa afectuosa cercanía y la sonrisa con las que a menudo encajan las ocasionales burlas y los exabruptos, pero acaba por admitir la necesidad de ese humanitario contrapeso ante la gravedad del asunto que, con funambulesca benevolencia, está destellando en la pantalla. Y es que muy pronto empiezan a surgir las preguntas esenciales.

Al principio de la película, Lucky se pregunta qué es el realismo y llega a una conclusión: “Creía que todos veíamos lo mismo, pero es una mentira. Lo que yo veo no tiene por qué ser lo que ves tú”. Pero después, las distintas conversaciones y encuentros que va teniendo, lo van iluminando en su viaje interior. Y es que Lucky es un hombre ateo, una mente construida con prejuicios, un corazón agazapado.

La vejez va limitando, aminorando la libertad, pero tal vez va creando una nueva, aquella de poder hablar claro, sin futuras consecuencias, de ejercer cierta pendencia, sabedores de una improbable respuesta desmedida. Lucky se permite el lujo de hablar claro, sin importarle resultar impertinente. No está para hipocresías, para aceptar la mentira o esas pequeñas servidumbres cotidianas que, de más jóvenes, aceptamos, como largo retardador de la última y absoluta contrariedad.

Resulta impagable el personaje que interpreta David Lynch, el de un solitario deprimido por el abandono de su queridísimo galápago; como magnífico es ese parroquiano del bar, pareja de la dueña, un hombre mayor que se resiste a serlo, que se protege de las sombras con la cosmética y con una filosofía personal fundada en la cordialidad; o el abogado, al que se enfrenta Lucky, por verlo como aprovechado buitre de la condición mortal de su congéneres; o el militar, un colega que participó como él en la Segunda Guerra Mundial, que le narra cómo encontró a una niña asiática de siete años, feliz en medio de los cadáveres despedazados, aceptando la muerte con budista entusiasmo.

Lucky de todos aprende. Y, entre esos encuentros, vemos los magníficos retratos de su soledad, su imagen de hombre silencioso, vagamente pensativo, en la cama, solo acompañado por los insectos del otro lado de la ventana. Vemos sus paseos, con esa grotesca manera de andar. Recorre el desolado pueblo en el que vive, y, a veces, pasa por un misterioso lugar que no se nos muestra. Es como un arco, como una puerta abierta a algo que él ve y que le solivianta, que le hace gritar, cada vez que pasa y se detiene para mirar su fondo y gritar: “¡Capullos!” Hacia el final de la película, cuando Lucky ha completado su liberador periplo espiritual, por fin se nos da la posibilidad de comprender. Aquello que miraba era una representación escultórica, un micromundo natural contradiciendo al áspero entorno, una especie de oasis, de paraíso, de jardín zen, un memorial de vida plena, infantil, que él, desde su inveterada causticidad, se resistía a bendecir.

Pero ahora ha accedido a una magnanimidad que está por encima de su anterior resentimiento hacia la vida. Ahora acepta la realidad, la única verdad: “Todo va a desaparecer, en la oscuridad, en el vacío. Y no hay nadie al mando”. Y, ante la pregunta de sus amigos: “¿Y cómo te tomas eso?”, responde con una sonrisa, amplia, sabia, definitiva. Pocos días antes había confesado: “Tengo miedo”; pero, en el último plano, lo vemos alejarse por el sendero, enérgico en sus pintorescos pasos. Mientras, contemplamos como un galápago se esfuerza en su avance, quién sabe si para regresar a la casa de su compungido dueño.

Harry Dean Stanton murió dos semanas antes del estreno de la película. La vida – ¿o fue la muerte? – le permitió despedirse con dignidad, dejándonos una gran actuación, elevando su testamento fílmico.

GLOSARIO QUINCE (125- 134), por Javier Puig

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(Todos los aforismos comentados corresponden al libro Ars fragminis, de José María Piñeiro)

125.- Hay que construir, idear, remontar la incesante inercia.

La inercia nos conduce a la confusión, a la derogación de las voluntades. Simplemente vivir parece una apetencia escasa, una suspensión del camino, una insuficiencia propia. Pugnar por la creatividad es una forma de reparar la inconsistencia del ser. Sí, hay que construir, idear, aunque eso no produzca más que bienes intangibles. Y si fueran tangibles, mejor, pero eso también es privilegio de unos pocos.

126.-Hoy eres indefinidamente tú.

Hoy eres algo que se me escapa, alguien que sobrevive a mi injerencia. Hoy no te ajustas a mis clasificaciones sino que te manifiestas preeminente en tu propia realidad. Lo que hoy eres lo sitúo claramente en ti y lo pienso sin determinarte. Dudo de la promesa que me hice, la de tu cerrada continuidad. Ya no sé apenas nada de ti. Ahora quiero insistir en lo extraño, en lo que eres, en ese tiempo distante que ahora sucede, que pretende ser solo para ti.

127.- Mientras vemos una película, ¿qué sucede con el resto del universo?

¿Ver una película es salir de la vida que nos requiere? Mirar una pantalla es penetrar en un ámbito engañosamente diminuto, desechar temporalmente los discretos signos que nos acompañan, el argumento de nuestra autobiografía que se refiere a la pureza de nuestros contactos con la realidad. Una buena película nos engulle, nos cambia el paisaje, nos habla de algo que nunca ha sucedido; o quizá sí, porque, cuando nos interpela, es que ya ha tenido lugar en nosotros de alguna manera, aunque de forma olvidada, allí, en la dimensión cerrada donde fuimos así, una inmensurable vez.

128.- Algunas tardes, las cosas adoptan un plácido aspecto milenario.

Observando los árboles añejos, la naturaleza más intacta, siempre he sentido que podía entonces asimilar la mirada de hombres antiguos que hubieran podido ver casi lo mismo que estoy viendo en ese instante, con una casi idéntica luz, desde el mismo irreductible punto del planeta, aunque si bien con una mentalidad distinta, tal vez ahora retirada de la pura contemplación. Cuando veo las películas de otra época, casi siempre, inoportunamente, siento que se antepone a sus imágenes un resistente barniz de la actualidad. Hay alguna excepción. Entonces, me emociona ver esa imagen que parece morar más allá del túnel del tiempo. Cuando oigo una vieja grabación, no sé si esa tonalidad extraña de las voces responde a los modos antiguos, o es un efecto de la técnica deficiente, la desilusión del sonido que nos llega mal registrado o mermado por el tiempo.

129.- Me encuentro bien estando mal. Es un modo perezoso de acomodarse.

La seguridad de un ligero malestar, la aceptación de una nimia derrota que nos absuelve del miedo a padecerla. El transcurso de lo terminado, el ámbito de lo posible.

130.- Escribo con placer la ruta de mis desazones.

Si las desazones propias están en la ruta que uno mismo propicia, desplegada en amadas palabras, es que ya están sometidas y, al menos, parcialmente desactivadas, integradas en el mirar que acontece despacio, aprovechadas como ineludible cupo de lo indeseable, establecidas como soporte de nuestra probable elevación.

131.- Comprender lo elemental de una cosa produce el efecto de una revelación.

Lo elemental es lo que está detrás de nuestras proyecciones. Encontrarlo es un acto de humildad que nos restituye, un desistir de nuestra pretensión de ser coautores de lo externo. Llegar a ello es una sorpresa porque nos habíamos olvidado de la clara percepción, aquella que penetra las capas de sumisa mundanidad que desvirtúan el núcleo del existir.

132.- ¿Qué hará Dios conmigo?

Solo somos conscientes de nuestra característica de seres contingentes cuando nuestra inaccesible evolución nos conduce a alguna merma importante. La peor de todas es la física, que es escasamente rebatible con nuestras estrategias. Pero, ¿es esto algo que decide Dios? ¿Es castigo, enseñanza divina? ¿O más bien demostración de que la naturaleza de las cosas discurre en nosotros ajena a nuestras ideaciones?

133.- Si la fugacidad es hermosa, quizás no haya una segunda parte de esta vida.

La fugacidad nos salva de lo acabado pero no sacia la sed de propia pertenencia. La fugacidad es la sensación de quien no ha comprendido que nada es estable, que vamos caminando en dirección opuesta a la que siguen las cosas, que buscan diluirse en un pasado cada vez más remoto. Una segunda parte de esta vida sería una oportunidad o un riesgo. Una oportunidad para quien cree en la posibilidad de crecimiento espiritual, un riesgo para quien ya respiraba aliviado de palidecer ante tantas conjeturas.

134.- El mundo es la versión que hagamos de él.

Podemos modificar nuestra percepción del mundo variando nuestro sentimiento de seguridad, el nivel de indulgencia, la sensación de implicación, la tenacidad en la búsqueda de la belleza, el grado de soledad o de compañía, de paz o de intrusión, el nivel de comodidad o de salud. Luego está ese pretendido mundo común, el promedio de los deseos, las satisfacciones y la decepción, el mundo contumaz de los telediarios insistiendo en demostrar una realidad en todos validable. Y esos mundos que hemos ido venciendo con nuestras progresiones, pero que amenazan con reaparecer ante cualquier improvisado atentado que aflore nuestra remanente debilidad.

Colección Lunara plaquette, por Javier Puig

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Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Recientemente, se han publicado y presentado de forma simultánea cuatro plaquettes de poetas que residen en Elche. La menor amplitud de estos libros, de cuidado diseño pero escuetos en tamaño, podría sugerir, en principio, un aprovechamiento de obra menor, algo así como un cúmulo de salvables excedentes, que se presentaban así, con humildad, en grupo, diluyendo momentáneamente la individual importancia de estos artistas que tienen una valiosa obra aparte. Pero este posible prejuicio no ha podido maniatar mi sorpresa, al ir comprobando en esas páginas una calidad en absoluto lastrada por una desfavorable criba previa. Claro que, de estos cuatro poetas – dos mujeres y dos hombres –, solo conocía la obra de Cebrián y de An Yi Campello. No sé –aún – qué lugar ocupan en la trayectoria de Manuela Maciá y de Pedro Serrano estos intensos libros con los que me he iniciado en su obra.

Vida de poeta me ha supuesto la vuelta a una obra, la de Cebrián (aquí Carlos Javier), que me ha resultado siempre entrañable, por su insobornable autenticidad, y necesaria, por su potencia creadora. Leer a este poeta es siempre avanzar en el conocimiento del hombre que ha compuesto esos versos: “Mis poemas: sangre derramada”. Cada uno de ellos es precisa afirmación de lo que lo constituye, de la configuración personal que, entre el sentimiento y la autorreflexión, va consolidándose en una vida amadamente irresuelta.

Inicia Carlos Javier Cebrián esta plaquette con una primera parte, a la que llama Separata, en la que reúne expresiones poéticas – tangencialmente aforísticas –, aisladas u otras veces agrupadas en forma de breve poema. Aquí aparecen versos aislados, que son promulgaciones de su ser poético, una forma de autorretrato, o de retrato de aquel mundo que lo delata: “Poema: mi confesionario”, “el problema es que la vida no se comprende”, “soy animal herido”.

La segunda parte, Vida de poeta, no alberga poemas menores, sino que añade nuevas piezas capitales a su obra. Aquí prosigue con esas declaraciones personales que dirige – a veces a través de destinatario interpuesto – abiertamente a un público lector del que espera una sensibilidad comprensiva. Aunque no las tenga todas consigo, y mantenga ciertas reservas de rubor, la de aquel que duda de la amplia licitud de su discurso: “Aceptar por fin/ en qué poco estimáis/ esta mi consabida perorata”. Este pequeño libro, el más corto de los cuatro, finaliza con una Coda, unitariamente compuesta por La mirada de Josefina, que es un sentido homenaje a un amado y trascendente paso por la vida.

No conocía la obra de Manuela Maciá, pero estos Brotes que le he leído me han resultado una gratísima sorpresa. Están constituidos por poemas en prosa que me han impactado por su riqueza expresiva. Se componen de una corta, armónica sucesión de frases de ascendencia claramente poética. Su clara densidad está hecha de la captación de preciosas sutilezas que expresan agudas contradicciones. La autora se centra en un tono intimista repleto de imágenes bellamente elocuentes. No hay frase baladí, ni metáfora sin belleza o sin acierto, en estas lúcidas inmersiones en tan perturbadoras vivencias. Cada entrada es una variación sobre el tema del amor – del desamor – y podría ser perfectamente un fragmento de un hermoso diario. Son poemas del desencuentro, de la extinción, de la confrontación sentimental, de la repentina extrañeza del otro. En el desvelamiento de las ocultaciones del sentir, en el aprendizaje del desamor, siempre halla las precisas y rumorosas palabras: “Soy como un párvulo que ha de aprender a no amarte”, “fue hermoso, fue bello, nos amamos con intensidad, con ternura, incorrectamente…”, “estoy en la adolescencia de mi dolor y mi única esperanza es crecer para olvidarte”, “ya no eres tú, hace tiempo que te fuiste y por mucho que lo intento no logro hacerte regresar”.

La expresión del decaimiento está muy lograda: “En los bolsillos de la noche se esconden melancolías que las manos clandestinas oprimen”, “regreso con la tristeza pegada a mis espaldas, a donde mis manos no alcanzan, para poder alcanzarla”, “¿por qué crece el llanto dentro de mí y no quiere desbordarse? Rebusco en los rincones de mi alma y descubro un baúl de razones dormidas que no deseo despertar”. En la parte central, también Manuela Maciá incluye unos registros breves: “Cuando el dolor se haya ido ¿me quedará el consuelo de verte feliz?”, “ternuras muertas me rodean ancladas en mi sombra”. En fin, un gran descubrimiento.

La obra de Pedro Serrano también me era desconocida. Sus versos me han parecido la expresión de un carácter insumiso. Si fueran pronunciados en la calle, sin previa advertencia, el tráfico de los viandantes se detendría bajo el peso del sentimiento de una admonición. Se habría roto el consenso de la mentira, se habría osado argüir lo innombrable. Los poemas que componen su Falta de perspectiva son a menudo aforísticos, o bien telegramas de una suavidad muy frágil, presta a diluirse en las contundencias necesarias. La exigüidad en los versos es aquí altamente beneficiosa, concentra los novísimos mensajes, impide fugas del lector presto a eludir esta poesía incisiva. Hay aquí una continua rebeldía contra el silencio o el disimulo de las palabras, una incansable búsqueda de la invención de la verdad insoslayable. Pedro Serrano ha sabido percutir con tiento, desde la resolución de hablar claro, de no apartar la mirada de lo ingrato, algunas formas secretas de lo sagrado: “No caigas en la tentación de morirte antes de tiempo./ Previamente come de la fruta que otros no quieren./ Bebe el vino que toca la piel, sin decoro, /deja que las manos hurguen en tu sombra./ Sí, y tiembla”. O este verso que es fruto de su sabia ironía: “Practica la tardanza en las costumbres”. Pues eso: un decir imprescindible.

Después de Malasia en el corazón, estos poemas de An Yi Campello, reunidos en El vuelo de la grulla, me han reinsertado en ese ámbito de serenidad que sabe establecer la autora con sus nítidos versos. Sus palabras son una pacífica transcripción de las sensaciones más aquietadas, un homenaje a la beatitud, un manifiesto a favor de las dulces bondades de la paz mental. Pero también “una memoria de la emoción”: “Mi madre no es recuerdo,/ es vida en el milagro”. Lo suyo es la devoción por los nexos intensificadores de la vida, los que se establecen entre sus relevantes estancias y un yo que transcurre incitado dentro de su angosta plenitud. An Yi Campello está muy atenta a los mensajes que nacen en las cosas, a las sinestesias, a todo lo sensorial, a los enlaces que promueve la contemplación y, sobre todo, al silencio, en el que vuelve a insistir en la última parte de este grato poemario, donde se consigna esa calma que regenera la pulcritud en el vivir. En el último poema, El gran silencio, que dedica a su madre, se enlaza esa paradójica riqueza sensitiva, la del silencio, con la emoción de la primera parte, y así todo cobra un sentido integrador, una dirección hacia lo esencial que aquí se palpa desde las luminosas palabras.

Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Diario de un cinéfilo (29. Nada personal), por Javier Puig

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Las primeras y mudas imágenes de la holandesa Nada personal (2009), de Urszula Antoniak, describen el demoledor principio de una desolación. Vemos los bienes de la vivienda expuestos en la calle a la miserable codicia de los vecinos y a ella, la joven protagonista, al fondo de un apartamento tan radicalmente vacío como su mirada. En un moroso primer plano, una mano desliza, fuera del dedo de la otra, un anillo de compromiso. Ya no se nos va a decir nada más. Intuimos la decepción, el fracaso. El siguiente plano nos muestra la voracidad con la que un vehículo avanza en la carretera y luego a ella, su ocupante, aturdida frente al imperioso presente. Ha elegido la huida, el viaje que aparentemente la aleje del centro de la nada. Ya solo se tiene a sí misma, aunque en una forma muy despiadada. Ahora, la rodea el paisaje húmedo, verde y agreste de Irlanda.

El retrato de esa dolorida soledad está hecho de un intenso seguimiento de los desesperados de la joven. Su demudado rostro nos habla de obtusas resoluciones generadas por el dolor. Ella quiere proseguirse en una vida que no eluda su franca dureza. Los verdes paisajes son surcados por su ínfima y obnubilada presencia. No hay palabras, solo desamparo, asomos de indigencia. Sus raros encuentros con la humanidad los mancha de zaherido cinismo. Ella no lo es, pero tampoco el mundo es amable. Un conductor, que la recoge, pronto le muestra intenciones perversas. Sigue huyendo. Cada vez está más segura de que ningún hombre puede honestamente acogerla.

En su periplo senderista, encuentra una atractiva casa solitaria. Penetra en ella. Esta vacía. Recorre todo ese escenario hogareño, entorno de una vida que no conoce pero cuyos vestigios la retrotraen a pasajes quizá irrecuperables de su vida. La cocina, el salón, el equipo de música y, finalmente, el dormitorio, la cama desecha contra la que, desnuda, se revuelca frenéticamente, como alcanzando un clímax de borrosa nostalgia.

El habitante de esa casa apartada resulta ser un hombre sesentón, un anacoreta tal vez tan forzoso como voluntario. De su pasado solo sabremos que perdió a su esposa hace pocos años. Se encuentran así dos seres que desconocen mutuamente sus antecedentes. Esa es la condición que pone ella: nada de preguntas personales, solo una relación de trueque, su trabajo en el jardín de la casa por los platos de comida necesarios. Él es un hombre entristecido, educado. Sin embargo, no excluye la contundencia. Ante las impertinencias de ella, reacciona con una medida agresividad. Entonces la ve como la perenne adolescente rebelde a la que ya es hora de ir educando.

Forzada por los imponderables de la supervivencia, admite a ese hombre en los alejados aledaños de su vida, no sin una insobornable suspicacia previa. No admite ningún acercamiento, ninguna clarificadora franqueza. Él admite ese juego de mantener la incógnita sobre sus vidas, aunque no tanto esa radicalidad en la que ella se enroca. Tal vez está demasiado solo, demasiado herido para despreciar una presencia que le haga recuperar mínimamente el habla, el juego de la comunicación, una forma – aunque sea resbaladiza – de convivencia. Esa joven es para él como un extraño e inesperado tránsito hacia la recuperación de la vida, un atisbo de calidez, pese a las inflexibles cortapisas que se le imponen. Mientras que ella piensa de él que es tan solo una inevitable pieza para su supervivencia.

La relación se instala en una distancia que él intenta sutilmente debilitar a través del humor. No hay ser humano inexpugnable, piensa. Pero a ella no le interesan sus palabras, la historia de su vida que tal vez solo pudiera ser un arma de seducción, de fructífera lástima. Lo último que ahora quiere ella es conmoverse por alguien, caer en unas redes que la entreguen indefensa a lo que ella considera un egoísmo disfrazado de conmiseración.

Avanzan los días y lentamente se va resquebrajando el muro impuesto. Por alguna escueta fisura van penetrando contenidos mensajes que invitan a restablecer algunos esbozos de la comprensión. Y de ahí a la ternura solo habría un paso, pero ella aún la ve como trampa. Poco a poco, parecen innecesarios algunos encastillamientos. Ella acepta entrar a dormir en la casa, abandonar esa tienda de campaña símbolo de una libertad que tal vez se rebele ya infructuosa.

Él se siente como alguien que tácitamente le ofreciera a un ser extraviado una solícita oportunidad de resarcirse de sus heridas equivocadamente perpetuas. Ella come fuera. Él se muestra duro. Exige un mínimo de amabilidad, una gratitud que ella no transige. Ella, despectiva, lo llama viejo. Aún no sabe que está muy enfermo del corazón. Aún no ve en él más allá del reflejo de sus propias defensas. Pero ante su irreductible cordialidad, alguna vez se le escapa una sonrisa que reprime con prontitud, una sonrisa que aún no se puede permitir, que siente que la deja indefensa.

Cuando ella escucha ópera (él le ha facilitado un walkman para su consumo individual) es como si ascendiera a otro nivel de humanidad. Un día, por sorpresa, le cocina un plato a quien siempre le ha estado sirviendo la comida. Es un punto de inflexión. Algo espontáneo, que no está en el “contrato”. Se suavizan los gestos, empiezan a encontrarse las miradas, aunque nunca se desprendan de unas últimas capas de reserva.

La relación mejora en cuanto al respeto. Se mantienen las distancias físicas, las de la intimidad, pero tal vez se esté transformando la dirección de los sentimientos. En un momento dado, lo vemos a él, fregando los platos, parándose para posarse sobre unos pensamientos suyos que tal vez incluyan un giro con respecto a ella. Ya no la ve como a una posible hija díscola, sino que va un paso más y la percibe como una mujer capaz de hacerle reencontrar la plenitud de la vida.

Cuando él sufre un amago de infarto, ella lo ve, pero se desentiende. Más tarde, se atreve a decirle: “Me gustaría que me vigilara esta noche. Tengo miedo de morir mientras duermo”. Duermen juntos. Él le acaricia brevemente el pelo, ella se deja hacer. Se ha roto el muro. ¿Cómo se pueden vencer las reticencias, los antagonismos, la acérrima alergia al otro ser? Él presiente la muerte y quien vive así ya no es quien era antes. En un libro que ha pedido prestado ella, él había subrayado: “Nada desaparece realmente. Todo sigue en el mundo de los hombres”.

La disimulada e intensa curiosidad que sienten el uno por el otro no puede refrenarse. Él escudriña en las pertenencias de ella. Descubre su origen. Viaja hasta el apartamento holandés que ella abandonó. Allí, descubre un pequeño objeto que le pertenece. Es un nexo con el pasado. Mientras tanto, ella indaga en los documentos de él. Descubre su nombre, él seguimiento médico de su crónica dolencia. A la vuelta de su viaje, ella lo llama por su nombre. Él reacciona con un inmenso enfado. Ya es prisionero de las reglas de ella, o tal vez solo le duela que no le haya preguntado abiertamente.

Otro día, ella entra en su dormitorio. Se desnuda. Él la acoge en su cama, pero cuando ella intenta una caricia, él la frena: “El talento sabe cuándo debe parar”. Tal vez haya que mantener alguna mínima distancia, como lugar de encuentro no invasor, como posibilidad de percepción más amplia. Su hondo acercamiento no ha nacido del embeleso ni de la atracción de los cuerpos, sino de la primordial necesidad de conectar con la fibra humana más allá de uno mismo.

Los gestos de cercanía son delicados detalles, como unas manos que se enlazan en un primer plano atento. Esas manos que ahora se juntan otra vez, cuando ella llega hasta la cama de él. Pero la de él ya está fría, inerte; la de ella denota una decidida, total y postrera aproximación. Encuentra una nota. La ha nombrado heredera de esa casa en la que se ha sentido renacer. Cubre su rostro con una sábana, y luego su cuerpo. Se desnuda y se ciñe a él. Lo vemos desde una toma cenital que intensifica los lentos movimientos, el amoroso acto que no se arredra ante la fúnebre presencia.

Ahora, la vemos buscando un pequeño hotel. Se instala en una sencilla habitación que tiene mucho de celda monacal, aunque sus ventanales dan a la amplitud de la vida. Está sola, pero de otra manera a como quiso estarlo antes. Tal vez sola como lo estuvo él, herida, pero de una grata convivencia indeleble, presta a reintegrarse al mundo, con mucho cuidado, abriéndose a la humilde verdad.

Diario de un cinéfilo (28. Two lovers), por Javier Puig

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Me ha impresionado Two lovers (2008), de James Gray, por esa gran sensibilidad en el tratamiento de sus personajes. Empezando por ese Leonard, interpretado magistralmente por un Joaquin Phoenix que no necesita de ningún histrionismo, sino de un pequeño repertorio de sutiles gestos y miradas, para lograrnos convencer de la realidad de un joven sumido en la inestabilidad mental que, bajo el imperio de su carácter bipolar y las graves decepciones, está marcado por varios intentos de suicidio.

La historia nos presenta la situación de ese joven que ha regresado a casa de sus padres después de un dramático desengaño amoroso. Pronto se encontrará ante la doble posibilidad de iniciar una nueva relación. Por una parte, con Sandra (Vinessa Shaw), la candidata a esposa propugnada por su familia. Ella es la hija del socio de su padre, una joven de aspiraciones prudentes y manejables. Por otro lado, está la irrupción de una nueva vecina, Michelle (Gwyneth Paltrow), una joven bastante insensata, que tiene una mala relación con su padre y otra muy conflictiva con el típico amante que vanamente promete abandonar a su esposa.

Si el personaje de Leonard es un gran ejemplo de difícil humanidad, los demás están también muy certeramente construidos. Así, los padres, con esas diferentes maneras de mostrar su preocupación: él, algo más distante, pero no menos sufriente, inmerso en una dolorosa incertidumbre; ella (una magnífica Isabella Rossellini), más acuciada por esa irregular vida emocional, más extremadamente vigilante, aunque respetuosa, comprensiva a costa de perder su paz afectiva. También está muy logrado el personaje del suegro propuesto, que es el típico hombre burgués, absolutamente convencido de la importancia suprema de la seguridad, volcado en la continua búsqueda de la prosperidad económica, de relaciones humanas equilibradas, sin sobresaltos, si acaso con permisibles conflictos, lo más silenciosos y ocultos posibles.

Leonard entra en la vida de esas mujeres de una forma distinta. Por una parte, siguiendo los bienintencionados designios de sus padres, mediante una fluidez involuntaria, intima con Sandra, por la que siente afecto, pero muy lejos de enamorarse. Por otro lado, el progresivo apasionamiento que siente por Michelle se ve frustrado por ella, y enseguida se consolida como una cómplice y, para él, insuficiente amistad. Leonard vive esa doble relación simultánea con una angustia poco aconsejable para una psicología tan frágil. Es acosado por ambas mujeres que lo necesitan con querencias distintas. Por Sandra, desde una educada, casi imperceptible insistencia; por Michelle, desde una visceral necesidad, desde sus inestables emociones, recurrentemente sola, precisada de alguien cercano en quien volcar sus lágrimas. El problema es que la mujer más accesible no es la que se corresponde con su arrebato sentimental.

La película abunda en mostrarnos, transparentes, los rostros de unos personajes en diferentes grados sumidos en amenazantes desasosiegos. James Gray nos sitúa en un lugar en el que podemos comprenderlos a todos. Aunque, en un principio, nuestra empatía podría centrarse exclusivamente en Leonard, el personaje más vulnerable, nunca podemos desprendernos del lacerante sentimiento de precariedad que albergan todos aquellos que lo rodean. Y es que, viendo Two lovers, nos enfrentamos a la evidencia de la problemática de amar; a sus características excluyentes, más que a sus gratas avenencias.

Leonard parece decidido a aceptar a Sandra como opción estabilizadora, pero entonces Michelle, por sorpresa, despechada, le abre las expectativas que le había estado negando. Juntos planean la huida a otra ciudad. Para añadir morbosidad a este hecho, esta ha de producirse en las celebraciones navideñas, con todos los invitados de sus padres en su casa; entre ellos, su aún oficialmente prometida y sus temerosos padres. Los preparativos y la salida de la casa han de ser necesariamente furtivos, pero a su madre no se le escapa nada. Es como si sintiera dentro de sí una réplica de los sentimientos de su hijo. Lo ve salir. Lo despide, sin resistencia, con callado dolor. El también sufre: “Tengo que irme, mamá”. “Soy feliz”, dice, y ella ciegamente quiere creerlo. La vida es indomeñable, el amor es difícil, nos une a la contrariedad con tanta fruición como temor, con tanta felicidad como angustia.

Leonard crece acceder – contra la idea de todos – a su deseo, pero no se ha dado cuenta de que, a quien aspira a ceñirse, es a la mismísima volubilidad. Y Michelle, cuando finalmente baja de su casa, es para decirle que no se va con él, que su amante ha accedido a sus exigencias. Se lo dice llorando. Ella también sufre por el dolor que produce en el otro su supuesta felicidad. Ahora, ante este revés tan brutal, Leonard puede volver a hundirse en la autodestrucción o agarrarse a esas manos tendidas que no le apasionan, que tal vez no le van verdaderamente a salvar, pero sí a mantenerlo tenuemente en el mundo, permitirle alguna broma infantil ocasional, algún destello de placer y una cómoda compañía.

Un ciego impulso lo lleva a la playa donde el oscuro mar de la noche tal vez lo confronte hasta producir en él un germen de luz. Finalmente, sin poder saber por qué, vuelve a la fiesta. Entra en su casa. Su madre lo recibe con una mirada tan discreta como intensa. Arduamente intenta disimular su inmensa alegría, su secreta sorpresa. Está viviendo la frágil postergación del ineludible dolor, la dudosa aparición de la esperanza. Sandra lo recibe desde una espera paciente, desde una fe acertada. Todo en aquella sala transcurre aparentemente sin fisuras, sometido a la tenaz actitud de la cordialidad. Pero, dentro, muy adentro de Leonard, gime un torbellino de confusión, y él no puede dejar de oírlo mientras, afuera, ese mundo benévolo, del que no recibe su vivificante sustancia, apenas puede sostenerlo en sí mismo.

Sobre El fuego del mar, de María Engracia Sigüenza Pacheco, por Javier Puig

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Tenía muchas ganas de sumergirme amplia y detenidamente en la poesía de María Engracia Sigüenza Pacheco, de la que había recibido, primero aislados destellos, y luego una mayor visión en la lectura poética que hace un par de meses compartiera conmigo en Orihuela. Ahora, por fin, disponemos de parte de sus poemas reunidos en un libro extenso, El fuego del mar, editado por Celesta, rico en su elaborada verdad, en la sabiduría de sus dudas certeras, de sus preguntas esenciales, un poemario que logra aunar la diversidad en una dialogante coherencia.

Un poeta debe pretender que de su libro resulte un aporte de genuinas observaciones de la vida, una feliz confluencia desde lo inesperado. En este sustancioso libro, María Engracia lo ha conseguido casi siempre. Con un lenguaje sencillo, ha sabido transmitir a un público relativamente amplio un sentir nada superficial. La autora ha alcanzado en muchos momentos aquello que el lector espera de una obra literaria, que le ponga palabras a sus mudas pero fuertes sensaciones, que construya un universo lingüístico que podamos compartir.

El poemario se divide en tres partes diferenciadas, aunque claramente asignables a una misma voz. Las temáticas o los enfoques son tangencialmente distintos. Así, en la primera, El espíritu de Gea, encontramos ya esa sensibilidad enfrentada, ese amor a una vida tan vulnerable por la amenaza de la desazón y de la muerte. En Deseo, el don del sexo es ejercido con fruición, utilizado como ardiente oposición a la muerte: “Quiero la miel salvaje de tu boca /… / Quiero ahogar el miedo/ en el mar de tu garganta, / incendiarme de vida/ en la llama de tus labios”. He aquí una de las múltiples referencias a ese fuego que – junto al agua – es origen y persistencia de la vida, y es núcleo recurrente en este poemario.

En Todo, se explicita esa resolución de no renunciar a ninguna de las caras de la vida, incluso a las más ominosas y crueles: “El amor sin límite / y el dolor sin medida. Todo”. Lo que se propone es una vida incandescente, una mirada abarcadora. En Fuego, se ahonda en esas contraposiciones: “Contiene el caos del universo / y el orden de la vida”. Aquí no hay fusión con el mundo, alianza apaciguadora con las fuerzas adversarias, sino lucha candente. En el poema Paradojas, se ejemplifican algunas de las ideas transversales en las que insisten estos poemas: “A veces la noche está viva / y el día trae la muerte / con los sables del sol”.

Dolor me ha parecido uno de los mejores poemas de esta primera parte. En sus versos, se expresa una de las más recurrentes ideas con las que nos encontramos: la empatía con el sufrimiento ajeno. Porque no es este poemario una reivindicación de una lucha exclusivamente propia sino que la misma está enlazada con el hermanable sentir de la humanidad; y eso, los lectores lo notamos desde el primer momento: “Duelen los abismos de la humanidad. / Duele la inocencia asesinada/ en los altares de la infamia”. Pero la autora no se conforma con esa constatación, con esa obviedad y, en su línea de profunda indagación de las contradicciones, nos dice. “Pero el dolor nos cura, / el dolor se enfrenta a las heridas, / el dolor siente, sufre, lucha / vive y nos hace vivir”. Y, en esa defensa del sentimiento encendido, se atreve a ir más allá: “La indiferencia es la Muerte”. La reacción ante la adversidad siempre está evocada, las propias fuerzas se extraen de la colisión con el supuesto enemigo: “Con el hilo invisible de la rabia/ tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, / y el dolor alumbrará belleza”.

En la segunda parte, Atenea y las Musas, María Engracia recorre esas figuras del arte que, con su lucidez, también han configurado nuestra compleja visión del mundo. De esta parte destacaría Un Viento salvaje, donde la autora vuelve a preguntarse sobre lo grande. Le inquiere a lo decisivo una respuesta que no llega y que acaba surgiendo, vitalista, en el propio interrogador: “Y solo queda, vivir, vivir/ y escuchar a los muertos. / Mientras, entre las tinieblas, / el francotirador aguarda”.

La última parte, La mirada de Cronos, es la más dramática, en la que está más presente la muerte; y también aquella que alberga los versos más intensos, el enfrentamiento más directo con una verdad a la que se le reconoce su supremacía frente a la gran pequeñez de la condición humana. Y es que, frente al Tiempo, hay una guerra desigual, en la que el ser se alivia con la momentánea satisfacción de la humana voluntad: “Yo lo desafío: / delante de sus ojos / me inyecto la médula de la vida”. El poemario avanza hacia una reconciliación, hacia un reconocimiento mutuo en la vida. El tiempo es de lo que estamos hechos. Nos acoge y alimenta en cada instante de nuestra existencia. Otro de los poemas, Tu recuerdo, es un emocionado ejercicio de conexión con lo ausente, con el padre fallecido que aún habita en los pliegues más ocultos de uno mismo. Es ese reencuentro ansiado la reconstrucción imaginaria de una presencia que reside en lo ignoto.

En La visita hay un recorrido por las imágenes más emotivas de un pasado siempre amado, un retorno a la infancia para recuperar la mirada más pura, aquella que nace exenta de palabras, de cálculos, de construidos deseos, y que es presente continuo, desnuda experiencia que penetra sin filtros en la memoria, que nos detiene y nos invade con una pregunta esencial que no logramos entender.

En Vivir encontramos de nuevo la llamada a la lucha contra la natural adversidad como acción necesaria: “Deja que ardan tus pupilas / para ganar otra batalla perdida, / y prepárate para vivir muriendo”. El bien de la vida es nuestra capacidad de lucha, sin la que estaríamos inmersos en la rendición más aniquiladora. Despedida nos habla de otra presencia de la muerte, esta vez la de un niño, expresada siempre desde un alzamiento de la mirada, desde lo oscuro hacia los atisbos de la luz: “Una pena negra y silenciosa / que eterniza la luz de tu sonrisa”, “un recuerdo que nos une / para siempre / a las flores de la tierra”. La Herida es uno de mis poemas favoritos del libro. Me parece magistral, redondo. Encontramos en él esa asunción de que la vida produce daños que marcan.

Resurrección es otra confirmación de esa vital necesidad de salir de los golpes que nos encierran y nos abruman entre los ecos de la negritud. Y es que estamos ante un poemario que no se arredra ante la contemplación de esas sombras que son avanzadillas de la muerte. En todo momento vuelve a esa convicción que exalta y enaltece: “El arrebato de sentirme viva”.

El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida. Propensos a las recaídas, lo único que procede es levantarnos incansablemente y rescatar esa, a veces, sepultada alegría de estar vivos. Es este libro la descripción de una guerra entre las luces y las sombras. María Engracia Sigüenza no nos ha ocultado ninguna dura verdad pero tampoco nos ha escamoteado el camino de una apasionante pervivencia. Como bien dice en su último verso: “Ha llegado el momento de Vivir”.