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DIARIO DE 2007 (XXII), por Javier Puig.

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15 de diciembre

Día inusualmente solitario que he aprovechado para escuchar en mi equipo de música, en su volumen preciso, buena parte de los discos que le he grabado a Carlos. Me parece una nueva buena colección de música. Esto me ayuda a no perder la fe en prolongar los años felices de descubrimiento de intérpretes que consiguen hacerme pasar ratos próximos a la euforia. Ahora mismo suena de fondo un buen disco que ya corresponderá a la próxima remesa y, unos minutos antes, he estado en el e-mule pinchando promesas de buena música que se irán cumpliendo – o no – en los próximos días. Lo bueno de este medio es que uno se puede arriesgar y – lo mejor – es que descubre verdaderas maravillas. Ante la eventualidad de que este chollo desaparezca, a veces pienso que debería hacer acopio de nuevos discos, aunque no me diese tiempo a escucharlos ahora.

Alguien me dirá que no es muy ético este pirateo que es íntimo, y luego fraternal, al compartirlo con algún amigo melómano. Si supiera que mi acción condena a la indigencia o a la precariedad a esos músicos, no me importaría en absoluto recompensarlos, ya que mi gratitud me permitiría hacerlo con gusto. Eso sí, a los que de verdad me hubieran satisfecho. A aquellos que me habrían disgustado –una minoría, porque no he arriesgado demasiado- no les daría nada más que la ¿satisfacción? de destruir el soporte en el que inútilmente conservo su música. Si no fuera porque ahora puedo acceder a estos medios de conseguir grabaciones, tampoco habría comprado el noventa por ciento de los discos que he adquirido. Alégrense pues esos músicos de que –gracias a todo esto- ahora tienen a un devoto más. Tal vez un método legal y justo pudiera ser el de poder escuchar algunos temas del disco durante unos pocos días limitados y, a partir de ahí, tomar la decisión de comprarlo por un precio que, habida cuenta del ahorro de las discográficas y demás intermediarios, en plásticos, papeles, distribución y márgenes comerciales a las tiendas, no debería superar los cinco o los seis euros. Aunque también me sabría mal por esos pocos empleados que quedan – casi todos de las grandes superficies – y que iban a quedarse sin trabajo.

Vivimos en la época de la abundancia. La ha traído Internet. Ahora, en música, películas, información, comunicación, lo tenemos casi todo. Aún queda el reducto del libro, donde todo sigue casi como antes. Ahora nos atrae la fuerza de la novedad. Aunque se pueda decir que uno debiera preferir volver una y otra vez, en cada nueva ocasión más atentamente, a las obras consolidadas, la realidad es que, en algunos campos, apetece alternar esos reencuentros con la emoción de esas nuevas experiencias, cuya “buena nueva” está uno deseoso de compartir.

Ya no me acuerdo muy bien de aquellos tiempos en que los discos que tenía eran escasos y los escuchaba repetidamente, aunque no me apeteciera demasiado. No digamos nada de los libros, en mi época de casi exclusividad a la poesía, en la que las relecturas acababan resultando insustanciales. Ese, el de la poesía, es el campo de mis aficiones en el que he encontrado menos abundancia de novedades considerables. Aunque uno no sabe nunca si ello es debido a la propia evolución como lector o a que la buena producción ha mermado fuertemente. A veces, para hacer una prueba -no sé si válida- tomo un libro de uno de mis adorados poetas antiguos, y lo releo, y ocurre que generalmente me vuelve a gustar, y entonces quiero llegar a la conclusión de que son los nuevos poetas los que están fallando y no yo el que los está despreciando con mis reticencias. En la prosa, en sus distintos géneros -tal vez también porque el nivel de exigencia que se aplica sea algo inferior, y porque a veces la leemos como quien escucha a alguien que conversa con nosotros-, el número de libros aparecido en los últimos años, cuya lectura no me ha resultado una pérdida de tiempo, ha sido suficiente como para amenizar y hacer más interesantes muchos de los minutos de mi vida.

Lo tenemos casi todo – y tememos tenerlo ya todo – y eso contribuye a que nos aburramos menos, pero no sé si también a que seamos un poco más superficiales, a que tanto como recibimos se nos confunda en nuestra escasa adherencia y no sepamos cómo encajarlo en nuestra apreciación y luego en la memoria. Y nuestra experiencia quizá haya bajado algún grado en intensidad, porque antes, los primeros contactos con aquellas obras de arte, se nos revelaban muchos más importantes en nuestras vidas.

30 de diciembre

Ayer, movido por el contagioso afán recopilador de estas fechas, quise pensar qué podía quedar finalmente de este año 2007, pero apenas recordaba hechos destacadamente definitorios. Creo que, en este año, no se ha producido ningún cambio de importancia sino solo más o menos previsibles evoluciones de las personas y de las circunstancias que me rodean.

Yo no me siento apenas cambiado, no he descubierto en mí facetas o expresiones distintas. Creo que, a estas alturas de la vida, uno ya está cercano a un posible punto de inflexión, a partir del cual, se puede caer en picado y convertirse en un ser frustrado y gruñón. O bien –más difícil, más inusual- en un ser realizado, fino, sereno y generoso degustador de las sutiles emociones de la vida. Bastante es que uno se mantenga, que conserve intactos sus gustos por la vida, que física y anímicamente se encuentre bien, que no se hayan producido cambios externos preocupantes. Lo importante es no ceder ni un centímetro de terreno a la derrota, a la desidia, a la triste resignación.

Para este año 2008, mi prioridad es seguir resistiendo las adversidades mediante desdeñosas indiferencias frecuentemente alternadas con pasiones bien alimentadas; tal vez no cambiar en nada, pero ser mejor en todo, darme más en todos los papeles que me tocan: como padre, marido, hijo, yerno, amigo, compañero, solitario.

Para recordar este año, me dispuse a leer este diario. Aunque no esté todo aquí, pues me resisto a plasmar en este lugar algunas burdas concreciones, sí que está consignada buena parte de mis degustaciones del mundo así como de mis enfrentamientos. Leyendo esos tres primeros meses, me alegré mucho de haber escrito esas páginas, pues encontré en ellas muchas reflexiones, citas, películas que me han gustado, libros, que mi pésima memoria, de otro modo, no podría rescatar espontáneamente. Repasando mi diario tengo la sensación de que mi vida es más interesante, pues –salvo algunas rápidas menciones- me salto en él tantísimos días y horas de estar poseído por exigentes y estériles servidumbres. Leyendo estas páginas puedo decir, remedando a Neruda: “Confieso que he vivido”, pues hay noticia aquí de que no he sido solamente un mero superviviente, sino que he dedicado ratos intensos y despiertos a sacarle exquisitos jugos a la vida.

DIARIO DE 2007 (XXI) 8 de diciembre, por Javier Puig

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  • ¿Qué pasaría si tuviéramos acceso a los pensamientos de los demás? Me lo preguntaba nuevamente el otro día leyendo un cuento de Quim Monzó en el que el protagonista goza de ese don y obtiene numerosos ascensos hasta toparse con un mundo cuyo poder mental, todavía más fuerte, lo neutraliza y revierte su inicial ventaja en su contra. Y es que no sería en absoluto lo mismo si ese poder lo tuviéramos solo nosotros o, por el contrario, todo el mundo.
    Seguramente no sabemos muy bien en qué consiste todo ese flujo mental que percibimos en nuestro interior y nos identifica frente a nosotros mismos. Solo cuando hablamos, cuando escribimos, cuando imaginamos conversaciones o discursos, o nos aplicamos en algún trabajo, sabemos realmente en qué está ocupada nuestra mente. El resto debe consistir en balbuceos, frases sueltas, inconexas, palabras aisladas, puntos suspensivos, vagos intentos de fijar la atención en algo, imágenes, aparentes silencios. Algunas situaciones contribuyen a que se nos quede la mente en blanco, apaciguada, aunque muchas veces, entonces, la queramos agitar, porque no soportamos ese detenimiento. Yo creo que hay momentos –pocos y cortos- en que no nos acuden los pensamientos, o tal vez el único pensamiento que tenemos es ese: el de que no podemos pensar. Así pues, siempre, más activa o más pasivamente, se piensa. Otra cosa es lo rudimentario de esas espontáneas construcciones verbales y que nos podamos acordar de lo que hemos pensado, ya que esto es harto difícil habida cuenta del poco énfasis que ponemos en la mayoría de ellas. Una cosa es el pensamiento autónomo, creativo, y otra ese rumor automático, esas repeticiones insulsas.
    Yo no sé cuántas veces podría herir si los demás pudiesen leer mis pensamientos. Desde luego, si no pudiéramos ejercer la mentira piadosa, por muy amables que quisiéramos ser, dañaríamos a los demás; y en ese caso también, indirectamente, a nosotros mismos, pues casi nadie soporta la verdad, o esa subjetiva verdad que pretendemos, y ello conlleva irremisiblemente algún grado de resentimiento. Casi nadie se espera una crítica. Todos somos personas cándidas, temerosas de que nos desmonten la imagen que defendemos desde nuestro impreciso interior. Quizá pensamientos que yo no considero ofensivos, sino críticas perfectamente digeribles, bienintencionadas, sí lo sean para personas que psicológicamente deambulan por zonas desamparadas en las que nada es predecible (y a la inversa). Por otra parte, sería una desgracia no poder llamar –ni en el reducto de nuestra mente – a algunos impresentables por su nombre. Nos pueden quitar hasta nuestra casa, pero nuestro decir interior por ahora no puede ser descubierto, solo intuido – a veces erróneamente – , y ahí mantendremos siempre un ámbito protegido de servidumbres.
    A veces, conocemos los pensamientos de los demás porque los dirigimos desde nuestro afán manipulador. Sin necesidad de hablar de las sectas, podríamos hablar de casos cotidianos en que algunos se dedican a infectar la opinión de otros, de encenderlos para predisponerlos contra alguien determinado. Ocurre que, hasta los más chulos, los que se creen más capaces de irreductibles ideas propias, sucumben a estas incansables labores de intoxicación.
    Uno debe aspirar a tener el menor número de pensamientos ofensivos hacia los demás –y hacia sí mismo- , como también a tener el mayor número de pensamientos indulgentes. Se puede considerar una aspiración egoísta, la de querernos procurar la paz. Pero, cuando alguien arremeta contra nosotros –o lo consideremos así- mejor será que intentemos estar el menor tiempo posible en la actitud de odio y que restituyamos nuestro más amplio panorama vital.
    Una cosa es que pudiéramos conocer los pensamientos de todo el mundo y otra muy distinta el que tan solo uno de nosotros supiera los de los demás. En este último caso, creo que sería más resistible. Al menos, yo me creo capaz de soportar las secretas hostilidades de la gente, especialmente si pudiese estar seguro de que los demás no saben que yo las sé, pues así no me expondría a la humillación de no actuar contra ellos. No me llevaría demasiadas sorpresas. Creo que adivino bastante bien muchos pensamientos de las personas con las que he mantenido un trato frecuente.
    Y se me ocurre otra variante de estas amplias omnisciencias: que pudiéramos escuchar las conversaciones en las que no estamos y se habla de nosotros. Yo intuyo –conociendo el gusto de algunos por solazarse haciendo bromas o criticando a los demás- que, al menos, de vez en cuando, mi existencia, como la de casi todos, puede servir para amenizar algunas veladas. Se antepone el malévolo placer a la ética. Pero, hablar mal de los demás en un grupo requiere saber medir perfectamente el registro en que debe hacerse. Hay que sopesar primero el grado de amistad, simpatía o lealtad que los asistentes puedan tener con el ausente. Una vez asegurados de que no hay nadie que pueda ir a denunciarnos ante la víctima, tendremos que valorar también el posible grado de repulsa ética de quienes nos escuchen. Si este riesgo es considerable, tendremos que verter nuestras descalificaciones con fingida compasión, con melifluo paternalismo. Como si los oyera…
    Lo que exigimos a los demás es, en el fondo, que se contengan, que no tengan la osadía de pronunciar aquello que piensan y que ya creemos saber sin necesidad de que pase por nuestros oídos. Perdonamos a quien calla sus descalificaciones y se nos dirige con mucho tacto, ya sea porque nuestra posición o nuestra solvencia le inspiren la necesidad de respetarnos, o bien porque no sabría vivir con nuestra intensa frialdad. Y, sin embargo, condenamos a quien actúa coherentemente con sus principios y nos grita su verdad, interponiéndose en nuestro camino. En cualquier relación, basta con que alguien rompa las reglas del juego –a veces sólo un momento, pero eterno- para que las cañas se vuelvan lanzas, las bendiciones reproches, los perdones condenas.
    En definitiva, si ahora se me ofreciese la capacidad de ser el único que pudiera leer los pensamientos de los demás, creo que correría el riesgo y aceptaría. Como condición – aunque no haría falta – , se me podría poner el que no utilizara ese poder para hacerle daño a nadie. Procuraría que ese conocimiento me sirviese a mí y a los demás para solucionar malentendidos. Si yo supiera más exactamente lo que se espera de mí, actuaría en consecuencia, haciéndolo o dejando de hacerlo, según lo considerase oportuno.

Sobre Delphine de Vigan y su gran capacidad narrativa, por Javier Puig

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Nada se opone a la noche, la penúltima novela de la francesa Delphine de Vigan – la primera que le he leído –, es una autobiografía centrada en los personajes que componen la familia de la que proviene. Sus protagonistas son sus abuelos, sus tíos, y, sobre todo, su madre, que es el detonante de esta historia dramática, una mujer que acabó suicidándose a sus sesenta y un años y que sufrió durante su vida numerosos episodios de locura.

Al afrontar este libro, esperamos una indagación en el personaje de la madre, pero, a medida que nos vamos internando en el relato, nos encontramos con una presencia coral, con un ámbito extensivo, y la sucesiva sorpresa se torna creciente, las trágicas y convulsas noticias sobre los miembros de una familia verdaderamente calamitosa. No es de extrañar que, a menudo, la autora tenga que interrumpir su relato, y hablarnos, en directo, de las dificultades que tiene a la hora de pergeñar esta historia, de su angustia; de su perturbación, de la posibilidad de enemistarse con algún miembro de la familia cuando sea publicada.

“En el fondo ignoro cuál es el sentido de esta búsqueda”. “Pero cuanto más avanzo, más tengo la íntima convicción de que tenía que hacerlo, no para rehabilitar, honrar, probar, restablecer, revelar o reparar lo que sea, solo para acercarme. Tanto por mí misma como por mis hijos – sobre los que se abate, a mi pesar, el eco de los miedos y los remordimientos- quería volver al origen de las cosas”. De Vigan lo pasa mal escribiendo esta historia, indagando entre sus familiares, y así lo cuenta en el libro. Se pregunta si tiene derecho a ello. “A veces sueño con el libro que escribiré después, liberada de este”, llega a decir. El dramatismo es constante, las vergüenzas de la familia, sus penas, son destapadas. Un abuelo acosador de adolescentes, una abuela pasota, un tío que se muere a los nueve años, cayéndose en un pozo; su sustituto, un niño al que adoptan, de la misma edad que el fallecido, muere pocos años después, asfixiado por una bolsa de plástico, mientras practicaba extraordinarios orgasmos en sus masturbaciones. Otro tío se suicida en su juventud. Luego hay un último tío, nacido tardíamente y con síndrome de Down. Y después los ataques de la madre, las tremendas escenas que la hija tiene que padecer. Y todo ello en un tono apasionado, que cautiva, que no suelta a un lector siempre perplejo ante las continuas adiciones de dramatismo. A veces, nos avanza graves sucesos – que no hubiéramos podido imaginar, pues ya pensábamos que había habido bastantes – y nos quedamos a la espera de poderlos conocer en profundidad, después de un buen puñado de páginas. No hay reproches, o un ajuste de cuentas, sino una visión a veces asustada. Delphine tiene una prosa enérgica, concisa y a la vez creciente. Mantiene muy despierto al lector, lo arrastra sin engaños, lo atrae hacia el futuro de su narración. Es un lenguaje moderno, pero no baldío. No es posible distraerse de una narración siempre prometedora. Nada se opone a la noche es una novela intensa, veraz, y muy bien y muy ágilmente escrita.

En su libro posterior – el último hasta ahora – , Basada en hechos reales, se plantea la expectativa de que la autora prosiga por esa senda tan exitosa de la narración de la realidad. (Y es que Delphine de Vigan vendió de su libro anterior nada menos que 800.000 ejemplares en Francia.) Aquí la narradora coincide en muchas de las señas de identidad que conocemos de la autora. Su mismo nombre, ha escrito un libro aclamado que – por lo que se explica – no puede ser otro que su Nada se opone a la noche, vive en París y tiene una pareja de – al parecer – igual nombre y actividad profesional que la que tiene la escritora en la vida real.

A partir de ahí, hay un juego con el lector al que –con posibles despistes – se le invita a adivinar si los pasajes de la historia que se cuenta responden a la realidad biográfica de la autora. En principio, parece ser que sí, al menos en su base. Los sentimientos de la protagonista, la parálisis creadora después de haber escrito un libro en el que se ha vaciado, su inseguridad ante las consecuencias de esa explícita narración sobra su familia, parecen coincidir plenamente con las vivencias que cabría imaginar en la autora. Después, la narración se modifica por la incorporación de su elemento principal, la misteriosa L., una mejor llegada no se sabe muy bien de dónde, desligada de los elementos necesarios para verificar su concreta ubicación en la sociedad. Esta mujer, con el artero propósito de apropiarse de su voluntad, de influir en su dirección creativa, establece una relación hermética con la protagonista, imponiéndole un ansia de escritura biográfica frente a sus intenciones de retornar a la pura ficción.

La novela se convierte entonces en un thriller. La continua reaparición de esa mujer hábilmente manipuladora, cada vez más atrevida, llegando incluso a la usurpación de la personalidad de Delphine, se torna una incierta amenaza, un mal compensado con supuestos socorros. La protagonista está cada vez más debilitada por su propio – y al mismo tiempo inducido – sentimiento de impotencia. El relato se convierte así en aquello que normalmente suele ser: un estiramiento imaginativo de algunos atisbos reales, un qué pasaría si esto que la realidad me apunta de forma débil, controlable, ahora avanzase y creciese por caminos indómitos.

Cuando penetré en esta nueva novela, volví a sentir el entusiasmo del contacto con una prosa inteligente y vigorosa, por la riquísima capacidad de matización, de intrusión psicológica en sus personajes. Más adelante, sentí el desaire de la reiteración, que no estaba en la palabra, siempre renovada, sino en una acción que se conformaba con remansos excesivos, que avanzaba por inflexiones demasiado distantes. En algunos momentos pensé que Delphine de Vigan era una excepcional escritora pero solo una buena novelista. Pero, superada esa fase central, cuando la acción se afianza y finalmente se precipita, la novela refuerza su poder de seducción, nos atrapa definitivamente, no sin dejarnos alguna incógnita final, alguna incertidumbre que resalta esa extraña conjunción entre la realidad y la ficción, entre los pensamientos obtenidos y la disparidad con la que nos recibe la vida.

Diario de un cinéfilo (19. Poesía) por Javier Puig

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Poesía (2010), del coreano Lee Chang-Dong, es una película plural, una obra compleja hecha con la sencillez de sus personajes. La abuela protagonista – una mujer de 66 años, declinante en su salud mental, ascendente en la porfía de la búsqueda de la belleza -, apremiada por los acontecimientos de una naturaleza humana obtusa, está interpretada por un actriz magistral que da precisa forma a esa poquedad voluntariosa, a esa forma de amar desnuda, sin amparo posible.

Las clases de poesía a las que asiste esa mujer la orientan hacia la atención de lo ínfimo, hacia la búsqueda de la chispa que surja del contacto entre una mínima y valiosa realidad y la eclosión de sus sentimientos. Pasan semanas sin que pueda escribir un verso. No es nada fácil arrancar una frase de una presencia silente, encauzar su derroche de matices contradictorios. Tal vez su error está en suponer que la poesía debe plegarse a una exigencia de belleza, entendida esta como algo aislable de la contienda vital.

La abuela tiene que lidiar con un adolescente problemático al que, sin ruptura, ha abandonado su madre. Además, acude al médico para relatarle algunas molestias en el brazo y, de pasada, le menciona, sus problemas de memoria. Pronto será diagnosticado su Alzheimer incipiente. Por otro lado, la vemos trabajar de asistenta en la casa de un viejo impedido, desplegar su generosa delicadeza ante un hombre no precisamente amable y apenas receptivo. Pero el acontecimiento principal es la violación que su nieto ha propinado, junto a cinco amigos, a una compañera de clase que finalmente ha terminado suicidándose. ¿Cómo vivir así, cómo hacer convivir el amor por su nieto y la repulsa por un acto tan asesinamente depravado? ¿Cómo seguir viviendo con coherencia? ¿Cómo amar y despreciar a un mismo tiempo?

La película plantea diversas problemáticas. No es solo la cuestión sentimental sino también la social. Nos habla de la responsabilidad subsidiaria, de la mentira consensuada, del olvido comprado, en detrimento de la necesidad del castigo. Son muchas las cuestiones que se superponen, que se imbrican, en esta película diáfana y sin embargo profusa en su riquísima propuesta temática.

Desde que leí un artículo de Muñoz Molina en el que mencionaba muy persuasivamente esta película, me la anoté entre las deseables expectativas cinéfilas. Sin embargo, no he dado con ella hasta cinco años después. Y ahora he descubierto los motivos de ese entusiasmo. Poesía es una de esas películas en las que es necesario ahondar mucho, porque de ella se pueden extraer observaciones que nos pueden ayudar a comprender un poco más la oscuridad, esa presencia tal vez irrevocable.

La candidez de la protagonista, propia de cierta ancianidad bondadosa, choca con un mundo pragmático, con unas decisiones inapelables, con la idoneidad de mentir para salvar la propia paz externa. La abuela es una mujer dulce, sensible, frágil, que, desde su escueta incomprensión, desde la dulce resistencia, está en contacto con la cara dramática de la vida, con su propia enfermedad, con el hombre impedido al que cuida, con la aberración cometida por su nieto. Frente a estas realidades, insiste en la búsqueda de la belleza, a través de la poesía, que se le antoja como algo elevado, ante lo que hay que estar preparado, de lo que hay que ser capaz para compensar la suciedad que la rodea.

Esta abuela es una mujer agradecida, triste; pero también alegre, más que por espontáneo convencimiento, por su indesmayable bondad. Se mueve por ese filo peligroso de la vida, por ese oscurecimiento que – por su reciente y abrumadora experiencia – ya sabe que la puede aguardar en muchas de las venideras esquinas de su existencia. Es una mujer acongojada por la contradicción a que se ve sometido su humilde amor; una mujer que, liviana, se desliza por el mundo desde su menudo cuerpo, desde la delicadeza de sus ademanes.

Le dice el profesor que, para escribir la poesía, lo importante es saber ver. Hay que poner la atención en lo minúsculo, en la gracia que posee la naturaleza. Y ella no sabe que ella misma, que su delicado ser, también es poesía. Ingenua, cándida, realiza ejercicios de mirada que ahora, además, le sirven para desviar su atención de la inabordable realidad de su nieto, de la irreversibilidad de su acción, de la larguísima sombra de sus posibles consecuencias. Quisiera que su Alzheimer incipiente fuera selectivo y le ayudara a olvidar el invasivo horror de la vida. Ella mira la manzana que el profesor de poesía le ha puesto como ejemplo y dice: “Me gusta más comer una manzana que mirarla”. También le dice ese profesor: “Cada uno de nosotros lleva la poesía en el corazón pero está presa y es hora de liberarla”. Ella sufre porque no le sale el poema que ahora podría ser su salvación, la contundente refutación de una durísima realidad que apenas se puede mitigar desde la pureza.

La sensibilidad que desprende esta película es extrema. Lee Chang Dong es un maestro del contraste. Qué maravilloso tramo de la película – entre tantos – en el que la abuela, estando en casa del viejo impedido, se ducha como para enjuagar su dolor, y el plano mudo posterior del viejo recostado en el sueño, mostrando el contundente rostro estúpido, tal vez equívoco, que, de todos modos, manifiesta la impotencia; y la imagen inmediata , la del nieto violador, recostado en el suelo de su casa, siempre despreocupado en la mentira de la televisión, en sus juegos, en la antipoesía ejercida como intrínseca ignorancia.

Si bien, la abuela intenta captar el detalle de las manifestaciones vitales más bellas, exentas de ese conflicto humano en el que se ve inmersa – que la interpela, la acosa, la acorrala -, también acude al laboratorio, como lugar de la infamia; al puente, como lugar de lo trágico; a la iglesia donde se celebra una misa por la chica muerta, como concentración de la pena infinita. Rehúye y persigue a la vez esos lugares de la violencia: de la violación, del suicidio, del truncamiento de una posible felicidad. Apenas se enfrenta a su nieto porque se da cuenta de que es imposible, de que ella no tiene recursos para poder hacerlo recapacitar. Su nieto es un ser extraño y querido a la vez, un producto del contaminado azar del mundo.

La abuela se lamenta: “Tengo sentimientos. Siento, pero no me sale un poema.” Además, tiene que atender la urgencia, la gravedad de la vida. Tiene que ceder a las presiones y acometer actos que no son hermosos, que van contra sí misma, pero que espera que estén a favor de los demás, a favor de su nieto. Se ve implicada en una trama que le resulta ajena pero en la que intuye que tiene que participar. La película finaliza con un poema que supuestamente ha escrito ella, pero que, a mitad del mismo, cambia la voz, para convertirse en la de la chica muerta. Es un poema inverosímil en ella, unas palabras cedidas por alguien que sabe lo que siente esa mujer. Es un poema que tal vez se refiera a la belleza, pero cuyas palabras únicamente narran el dolor de la existencia.

Canadá, crítica y devoción de una gran novela de Richard Ford, por Javier Puig

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canadaSi hubiera llevado un diario sobre la lectura de Canadá, de Richard Ford, habría reflejado en él mis momentos de duda sobre esta novela, mis humildes críticas, la dificultad de gustar de algunos remansos de su decurso, los momentos en que he estado a punto de abandonarla, pese a la certeza de que había mucho de excepcional en ella. Y, finalmente, la total seducción en la que caí en su última parte, y el posterior refrendo que obtuve con la relectura de numerosos tramos que antes no me habían llenado plenamente.

Como decía, al terminar esa arrolladora parte final, esa densa corriente de minuciosas emociones, fue tal mi satisfacción, que me apeteció volver a pasajes anteriores que antes me habían parecido muy bien escritos, aunque sin que yo pudiera abrirme a la fuerza que sugerían, y con la consiguiente frialdad por mi parte. El resultado fue un redescubrimiento. Tal vez me había familiarizado con los personajes de tal modo, que ahora podía apreciar con la máxima intensidad todos los detalles que ya me parecían mucho más relevantes y, sobre todo, más emotivos. Lo que en un principio aprecié como un exceso de descripciones biográficas – defecto que siempre estoy dispuesto a denunciar, tal vez por resultarme esas rápidas construcciones humanas demasiado ajenas – ahora las leía como significativos retazos de unas vidas que se erigían ante mí como únicas y cercanas a la vez, y me hacían sentir la fragilidad de esas irreemplazables derivas desafortunadas.

Canadá, la última novela de Richard Ford, el reciente premio Príncipe de Asturias, se desarrolla a lo largo de quinientas páginas. En ellas, el autor nos cuenta la historia de dos gemelos, Dell y Berner Parsons, cuya vida cambia radicalmente a los quince años, cuando su padre, para hacer frente a una deuda que ha adquirido ante una mafia, decide implicar a su mujer en el ingenuo atraco a un banco. Con toda facilidad, son descubiertos y detenidos. Presos sus padres en la cárcel, ante la posibilidad de ser recluidos en un orfanato, la chica, Berner, emprende una aventurera huida por su cuenta, mientras que Dell, el chico, a instancias de su madre, es conducido por una amiga de ella, Milred, más allá de la frontera, hasta Canadá, para ser acogido por el hermano de esta. Todo ello está contado por Dell, quien a la edad de 66 años, ya completamente madurada su existencia, recién jubilado, construye una narración que finalmente tiene mucho de asunción y de comprensión de su accidentada vida.

La novela está dividida en dos partes muy claramente delimitadas. En la primera mitad se desarrolla la angustiosa situación que crece a medida que van sumándose los signos que indican el desmoronamiento de la estabilidad de ese hogar. Finalmente, su padre, angustiado por los irrefrenables acontecimientos, resuelve atracar un banco. La atmósfera está descrita de una manera extenuantemente pormenorizada. No le importa al narrador adelantarnos acontecimientos, pero luego tarda mucho en llegar a ellos. Se demora en cada detalle y va configurando una creciente angustia. La perspectiva es la que corresponde a un adolescente de quince años que cuenta solo lo que vio, lo que dejaba de saber, lo que pretendía adivinar. Pese a que, cuando lo escribe, ya dispone de otras informaciones que ha ido adquiriendo y que podrían completar bastante las perspectivas de la historia, no se vale de ellas, y las conclusiones que a veces pronuncia son las de un joven inmaduro, incapaz de tener una visión más amplia.

La segunda parte podría haberse subdivido en otra más, que hubiera sido la concluyente. Aquí Dell nos relata la primera época que pasa en Canadá, acogido por Arthur Remlinger, el hermano de la amiga de su madre. Un hombre con misterio: “Arthur Remlinger me mira como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era solo suya y que no se parecía en absoluto a la mía, para él, sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya finalidad primera encarnaba una carencia, una carencia que deseaba con todas su fuerzas llenar”. La atmósfera de esta parte me recuerda a la de El gran Gatsby, lo que no es mala relación.

El tema de la novela es la de la bifurcación de las vidas, los destinos alterados, la aceptación de lo funesto, la posibilidad de remontar las tentaciones paralizantes, la coexistencia con lo violento, la asunción de las deficiencias, la comprensión de lo extraño.

Cuando Milred abandona a Dell en el nuevo e inhóspito escenario de su vida, con un capataz extraño, nada fiable, con su hermano, Arthur, un ser misterioso, amable pero distante, intenta con sus palabras mitigar su terror a una nueva vida sin asimientos: “No pierdas el tiempo en pensar en cosas pasadas y deprimentes. Tu vida va a ser variada y emocionante antes de que te mueras. Así que procura centrarte en el presente. No te niegues a las cosas, y asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder. Eso es importante.”

Dell abandona Estados Unidos y a sus padres, que aún están en la cárcel. Su madre se suicida al poco tiempo. A su padre no lo ve más. Muchos años más tarde intuye una posibilidad de reencontrarse con él, pero su mente no la acepta. Se imagina a su hermana, a la que solo ha visto tres veces y que ahora está punto de morir, junto a su padre, y no soporta ese retorno, ese enlace con su vida primera, después de todo el esfuerzo que ha hecho por dejarla atrás, para hacerse a sí mismo un hombre independiente de aquel truncado proyecto de vida: “Mi vida entera estaba no solo amenazada sino en peligro de no haber sido vivida nunca… Todos estaban allí esperándome….Aquello me hizo caer en la cuenta de lo mucho que había querido borrarlos de mi vida, lo mucho que mi felicidad se hallaba condicionada por el hecho de que desaparecieran”.

Cuando se encuentra con Berner, poco antes de morir, ella le dice: “Has renunciado a mucho, espero que lo sepas”. Ella ha vivido una vida mucho menos estable, menos feliz, con matrimonios fracasados, con episodios de violencia. Dell se reafirma a sí mismo en la vida que ha llevado: “Había renunciado a muchas cosas, como Milred me dijo que tendría que hacer. Y estaba satisfecho de haberlo hecho y de lo que había recibido a cambio”. No acepta la idea de que, de alguna manera, haya podido vivir la amargura de una vida sucedánea. Ha seguido el consejo de Milred, esa sabia insospechada: “Recuerda lo que te he dicho de no cerrarte a nada” y: “Porque ellos hayan arruinado tu vida tú no tienes por qué arruinar la tuya. Este será un comienzo para ti. No siempre podemos elegir nuestros comienzos”. Es lo que piensa él: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte”.

Su visión de la vida, al final, es el reconocimiento de la dificultad de vivir pero la resolución de intentar no dejarse vencer por la negatividad de las adversidades: “Lo que sé es que tendrás una oportunidad en la vida – de sobrevivirla – si toleras bien la pérdida, si te supeditas al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos.”

Canadá es una novela profunda sin precipitaciones. Con un ritmo lento, envolvente, nos va introduciendo en los sentimientos que se cruzan en un mundo áspero, en el que los encuentros son gélidos, en los que los asesinatos se ocultan y los suicidios se olvidan. Richard Ford se centra en unos personajes, y deja de lado los aledaños que no sirven para explicar la vida privadísima de unos seres cohibidos por los tránsitos a los que se ven sometidos. Canadá es un retrato melancólico, una madura visión de la lucha entre nuestros anhelos y una vida que intenta imponerse con sus potentes sucesos.

Diario de un cinéfilo. (18. Decálogo), por Javier Puig

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el-decalogoEl Decálogo (1989-1990), del director polaco Krzysztof Kieslowski, es una obra magna. Pensada para ser exhibida en televisión y dividida en diez episodios que no llegan a la hora, forma una gran unidad apoyada en argumentos muy diversos. Los relatos están basados en cada uno de los Diez Mandamientos. La historia que nos presenta para ilustrarlos siempre es sorprendente, nunca la manida, la esperada. Las situaciones siempre resultan originales y nos sitúan ante dilemas éticos expuestos a dirimirse en situaciones muy complejas. Kieslowski, desde el primer fotograma, nos adentra en la impresionante personalidad de un ser angustiado. La gran mayoría de las interpretaciones es convincente de una manera que agarrota la mirada de un espectador sobrecogido por los graves dilemas que presencia.

Cada capítulo empieza subrayándose con una música ominosa que nos introduce, sin previsible salvación, en el difícil tránsito de unos personajes hundidos en una situación extremadamente pesarosa. El tratamiento del tema propuesto, inspirado en el correspondiente Mandamiento, no es el aleccionador, el moralmente ejemplarizante. Es verdad que los protagonistas encuentran la infelicidad en el ejercicio de esos actos punibles por el mandato religioso, pero también lo es que se han visto envueltos en esa situación y que sus acciones muchas veces responden al intento de crear un mal menor. A veces, incluso, como en el episodio No mentirás, la sumisión al Mandamiento puede tener efectos contradictorios.

En su Decálogo, Kieslowski expone cada precepto moral, se rompe con las simplificaciones y se presenta en una complejidad necesaria para no caer en errores inducidos por la voz de la inexperiencia personal. Se plantean problemas éticos, se hacen preguntas y las respuestas quedan en el aire, para que las recojamos, pero nunca de forma aleccionadora sino a través de la libre contemplación de casos concretos, de situaciones muy humanas.

Sí, el Decálogo de Kieslowski es una obra magna, y no solo por su duración, sino también por su indiscutible y sobria calidad, por la exposición de los extravíos humanos que contiene. El visionado de estos diez capítulos puede hacerse de una forma totalmente independiente, aunque entre ellos se trencen ciertos elementos que les confieren algunos grados de unidad, como ese mismo barrio impersonal de la Varsovia comunista, del que parten los protagonistas, hombres y mujeres siempre corrientes, verosímiles vecinos nuestros; o la importancia de los aledaños de esos edificios, vislumbrados desde las ventanas, esos escuetos jardines, esos caminos hacia el probable adiós en los que se producen importantes encuentros entre los distintos personajes de cada historia.

El mundo al que accedemos es frío, triste. Las imágenes son de un color tan apagado que se nos confunde en nuestro recuerdo con un casi tétrico blanco y negro. Los hombres y las mujeres que se nos presentan viven alterados por un rumbo forzado, temerario. Se sienten oprimidos por una problemática que ha secuestrado su paz, una situación sobrevenida que les obliga a persistir en decisiones que sienten de más que dudoso acierto.

Los capítulos son magistrales desde sus mismos inicios, en los que bastan unos escuetos planos de incisiva fotografía, una sucinta y silente presentación del protagonista, subrayada por una música sutilmente desasosegante, para introducirnos en esa historia de manera irreversible, para respirar una atmósfera tensa, hermética, opresora. A partir de esos primeros compases, todo se desarrolla de forma precisa. Aún en las fugaces y cotidianas alegrías planea una tristeza que nunca se ausenta plenamente, unas sombras que se ciernen sobre cualquier atisbo de iluminación.

La acción se desarrolla gravemente. En torno a los personajes hay una gran soledad que les proscribe cualquier esperanza. Los argumentos cautivan. Las situaciones son extremas pero al mismo tiempo nos parecen cercanas. Penetramos íntimamente en el sufrimiento de unos personajes permanentemente apesadumbrados. No hay juicios. Es el destino el que empuja a acciones desesperadas, a indecisiones insistentes, a no saber apenas cómo vivir en laberintos tan poco esclarecedores. Los pequeños y leves sucesos de la cotidianidad cuya levedad ha quedado reducida no eximen del inmediato retorno a la confrontación con los problemas. Cada historia nos revela un conflicto que lastra los pasos de quien indeseadamente se ve abocado a él.

Todos los encuadres están minuciosamente estudiados, y aciertan en una expresión que ofrece potentes relevancias. La cámara se acerca a los personajes con profunda intromisión. La composición de cada plano es altamente elocuente. Son películas sencillas, que no precisaron de un gran presupuesto, pero tenían algo mejor: el enorme talento artístico de Krzysztof Kieslowski, una poética que nos concierne. Como buen documentalista que fue, sabía transmitir la importante realidad, pero luego también fue capaz de transformarla en arte. Los diez capítulos de este Decálogo están disponibles en Internet, para quien seriamente quiera disfrutarlos.

Semana Bagatelas 1. Acerca de Bagatelas por Javier Puig

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presentación bagatelas6En su último libro publicado, Bagatelas, editado por Babilonia Asociación Cultural de Valencia, Carlos Javier Cebrián escribe en esa línea fronteriza entre la poesía y la prosa, entre los conatos del poema y del diario. En cualquier caso, es esta una literatura íntima, meditativa; es observación que se nutre del sentimiento elaborado, largamente sucedido; son imágenes que dimanan del resorte interior y de los roces con el mundo.

Con prudencia, con humildad, el autor llama a estos textos cortos, a esta coherente reunión de poemas en prosa, “bagatelas”, aun sabiendo que, en el fondo, no lo son, porque ha puesto buen empeño en ello, ha extraído de esas incursiones en lo minúsculo o en lo reiterado un buen atisbo de su significancia secreta: “En la contemplación de lo considerado nimio se halla el misterio de las cosas…en el análisis de cada objeto, de los adornos superfluos, hermosos; nos aguarda la belleza”. Los elementos que originan estas palabras son el rasgo cotidiano, el asombro ante lo inacabable, la honda huella sentimental que a veces deja la vivencia aparentemente más prosaica. Es prosa, pero no por ello es ilación sin cadencia, composición rutinaria, sino experimentación con el lenguaje, búsqueda de la insólita, inédita unión de las palabras, que se propone sortear la tentación de la autocomplacencia, del consentimiento a la expresión vana, de la adicción al mantra propio. Todo este libro es un victorioso forcejeo con esas inercias, un rebosarse a sí mismo para alentar la creación verdadera y aferrarse al filo de lo innombrado.001

En El oficio, el autor se despacha a gusto contra quienes quieren constreñir el acto de poetizar la realidad. Hay que evitar que “las anotaciones prosaicas de la minúscula existencia” sean tan solo eso: una autoauscultación obsesiva y superficial. Por eso, es necesario captar las principales propiedades de lo próximo, su reticente profundidad; y así, ahora, al mirar atrás, al menos: “Sabes cuánta verdad encerraron y encierran, todo el sinsentido que abarcan”. Aunque, a veces – hay que reconocerlo, sin desmerecer nada –: “Decir es solo redundar. Como lo es vivir… Repetirnos en los tópicos. Ese espléndido homenaje de vivir”.

Cebrián aborda los diversos temas que describen la cercanía impregnada de sí mismo, no con la pretensión de una filosófica exhaustividad, de una claridad irrevocable, sino desde el afán de una permeable y emotiva forma de conocimiento. Así, se abunda en la fresca evocación cono fehaciente examen de lo vivido, de aquello que ya es parte definitiva del ser. Uno de estos temas es el amor que mayoritariamente se percibe como una felicidad temporal, un cálido sentimiento que oscila en su intensidad, y que, en los periodos en que remite su intensa fuerza momentánea, se lo considera desde una respetuosa y cauta indagación en sus misterios. Como nada es permanente, a veces sobreviene el repentino silencio, la furtiva mirada, el recogimiento hacia fuera, hacia la lejanía; y crece el dolor de esa distancia imprevista, de esa visión del otro demasiado amplia, en la que cabe el frío proyectado.

El tema de la casa está tratado exultantemente en La victoria: “Al término de la jornada, entrar en casa es un triunfo… Aquí se expresa la juridiscción de la potestad… Las huellas reconocibles que se rastrean sin impedimento. Tus pisadas y sus cicatrices.” El domicilio donde, en la soledad, en la semipenumbra, en el silencio, se puede esperar el cotidiano milagro de la aparición de la amada; el hogar en el que suceden las placenteras intimidades. Pero existe el riesgo de quedarse encerrado en uno mismo: “Vuelves la vista atrás y sabes que sigues mirándote al ombligo, pero ahora tu perspectiva es otra, más exacta, más madura.” Por eso tal vez sea bueno atender el pulso del vecindario, de la ciudad, para resituarse. Entonces, las palabras van más allá de los silencios salpicados de anónimas voces inconexas, van en pos del sentido más sutil y se asientan en la extraña conclusión de un relato que se omite, porque lo que importa aquí es la abierta traducción de esas crípticas sugerencias que se avienen a nuestro reincidente vivir.

Los temas son variados: el ombligo del ser, pero también la perturbadora presencia de un edificio abandonado, o el gato. El paso del tiempo, la abrupta construcción de una biografía íntima. Las hormigas le sirven al autor para reflexionar sobre su lugar en el mundo…Todo es susceptible de ser acercado a la lupa de lo poético. Aquí se habla de lo próximo, se extrae la relevancia de lo pequeño, su decisiva conexión con lo inmenso, el secreto entramado que compone una nueva y poderosa figuración. Como dice Borges: “La literatura no es el espejo del mundo, es algo más, agregado al mundo”. Así pues, estos textos poéticos quieren noticiar una muy particular realidad pero lo que hacen es enriquecerla.

Aunque no versificadas, es indudable que estas prosas cortas son poesía, lenguaje del detenimiento, una mirada que abarca el pasado menos desprendido del presente. En estos textos hay introspección, severa constatación de los transcursos, reproducción de la quebrada línea del ser. La elección de los temas es asunto preeminente en el quehacer poético. Leyendo estas Bagatelas me he sentido muy próximo al autor, y no tanto por algunas coincidencias sino porque en ellas rezuma una humanidad auténtica, una mirada que no se aparta de su deber de consignar el mundo desde la honestidad de saberse limitada por su condición insuficiente, un esfuerzo en acrecentar los vínculos con lo escondido, con lo que hay que ser capaz de decir tan bien para saberlo, para transmitirlo en forma verdadera.

Hace bien el poeta en su ambiciosa humildad: “Yo solo intento explicarme mi propia humanidad, ingente labor desmesurada. Inútil.” La literatura es un imposible que hay que contemplar de cerca, recelando de todos sus deslumbrantes predicamentos. Carlos Javier Cebrián se ha asomado muy terco, muy valiente, a ese fondo que nos conmueve, a esas preguntas que respondemos con nuestras intermitencias. Con trazo certero, con denodado discurso, lo ha dejado bien dicho en estas nada despreciables Bagatelas.

JAVIER PUIG