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Diario de un cinéfilo (19. Poesía) por Javier Puig

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Poesía (2010), del coreano Lee Chang-Dong, es una película plural, una obra compleja hecha con la sencillez de sus personajes. La abuela protagonista – una mujer de 66 años, declinante en su salud mental, ascendente en la porfía de la búsqueda de la belleza -, apremiada por los acontecimientos de una naturaleza humana obtusa, está interpretada por un actriz magistral que da precisa forma a esa poquedad voluntariosa, a esa forma de amar desnuda, sin amparo posible.

Las clases de poesía a las que asiste esa mujer la orientan hacia la atención de lo ínfimo, hacia la búsqueda de la chispa que surja del contacto entre una mínima y valiosa realidad y la eclosión de sus sentimientos. Pasan semanas sin que pueda escribir un verso. No es nada fácil arrancar una frase de una presencia silente, encauzar su derroche de matices contradictorios. Tal vez su error está en suponer que la poesía debe plegarse a una exigencia de belleza, entendida esta como algo aislable de la contienda vital.

La abuela tiene que lidiar con un adolescente problemático al que, sin ruptura, ha abandonado su madre. Además, acude al médico para relatarle algunas molestias en el brazo y, de pasada, le menciona, sus problemas de memoria. Pronto será diagnosticado su Alzheimer incipiente. Por otro lado, la vemos trabajar de asistenta en la casa de un viejo impedido, desplegar su generosa delicadeza ante un hombre no precisamente amable y apenas receptivo. Pero el acontecimiento principal es la violación que su nieto ha propinado, junto a cinco amigos, a una compañera de clase que finalmente ha terminado suicidándose. ¿Cómo vivir así, cómo hacer convivir el amor por su nieto y la repulsa por un acto tan asesinamente depravado? ¿Cómo seguir viviendo con coherencia? ¿Cómo amar y despreciar a un mismo tiempo?

La película plantea diversas problemáticas. No es solo la cuestión sentimental sino también la social. Nos habla de la responsabilidad subsidiaria, de la mentira consensuada, del olvido comprado, en detrimento de la necesidad del castigo. Son muchas las cuestiones que se superponen, que se imbrican, en esta película diáfana y sin embargo profusa en su riquísima propuesta temática.

Desde que leí un artículo de Muñoz Molina en el que mencionaba muy persuasivamente esta película, me la anoté entre las deseables expectativas cinéfilas. Sin embargo, no he dado con ella hasta cinco años después. Y ahora he descubierto los motivos de ese entusiasmo. Poesía es una de esas películas en las que es necesario ahondar mucho, porque de ella se pueden extraer observaciones que nos pueden ayudar a comprender un poco más la oscuridad, esa presencia tal vez irrevocable.

La candidez de la protagonista, propia de cierta ancianidad bondadosa, choca con un mundo pragmático, con unas decisiones inapelables, con la idoneidad de mentir para salvar la propia paz externa. La abuela es una mujer dulce, sensible, frágil, que, desde su escueta incomprensión, desde la dulce resistencia, está en contacto con la cara dramática de la vida, con su propia enfermedad, con el hombre impedido al que cuida, con la aberración cometida por su nieto. Frente a estas realidades, insiste en la búsqueda de la belleza, a través de la poesía, que se le antoja como algo elevado, ante lo que hay que estar preparado, de lo que hay que ser capaz para compensar la suciedad que la rodea.

Esta abuela es una mujer agradecida, triste; pero también alegre, más que por espontáneo convencimiento, por su indesmayable bondad. Se mueve por ese filo peligroso de la vida, por ese oscurecimiento que – por su reciente y abrumadora experiencia – ya sabe que la puede aguardar en muchas de las venideras esquinas de su existencia. Es una mujer acongojada por la contradicción a que se ve sometido su humilde amor; una mujer que, liviana, se desliza por el mundo desde su menudo cuerpo, desde la delicadeza de sus ademanes.

Le dice el profesor que, para escribir la poesía, lo importante es saber ver. Hay que poner la atención en lo minúsculo, en la gracia que posee la naturaleza. Y ella no sabe que ella misma, que su delicado ser, también es poesía. Ingenua, cándida, realiza ejercicios de mirada que ahora, además, le sirven para desviar su atención de la inabordable realidad de su nieto, de la irreversibilidad de su acción, de la larguísima sombra de sus posibles consecuencias. Quisiera que su Alzheimer incipiente fuera selectivo y le ayudara a olvidar el invasivo horror de la vida. Ella mira la manzana que el profesor de poesía le ha puesto como ejemplo y dice: “Me gusta más comer una manzana que mirarla”. También le dice ese profesor: “Cada uno de nosotros lleva la poesía en el corazón pero está presa y es hora de liberarla”. Ella sufre porque no le sale el poema que ahora podría ser su salvación, la contundente refutación de una durísima realidad que apenas se puede mitigar desde la pureza.

La sensibilidad que desprende esta película es extrema. Lee Chang Dong es un maestro del contraste. Qué maravilloso tramo de la película – entre tantos – en el que la abuela, estando en casa del viejo impedido, se ducha como para enjuagar su dolor, y el plano mudo posterior del viejo recostado en el sueño, mostrando el contundente rostro estúpido, tal vez equívoco, que, de todos modos, manifiesta la impotencia; y la imagen inmediata , la del nieto violador, recostado en el suelo de su casa, siempre despreocupado en la mentira de la televisión, en sus juegos, en la antipoesía ejercida como intrínseca ignorancia.

Si bien, la abuela intenta captar el detalle de las manifestaciones vitales más bellas, exentas de ese conflicto humano en el que se ve inmersa – que la interpela, la acosa, la acorrala -, también acude al laboratorio, como lugar de la infamia; al puente, como lugar de lo trágico; a la iglesia donde se celebra una misa por la chica muerta, como concentración de la pena infinita. Rehúye y persigue a la vez esos lugares de la violencia: de la violación, del suicidio, del truncamiento de una posible felicidad. Apenas se enfrenta a su nieto porque se da cuenta de que es imposible, de que ella no tiene recursos para poder hacerlo recapacitar. Su nieto es un ser extraño y querido a la vez, un producto del contaminado azar del mundo.

La abuela se lamenta: “Tengo sentimientos. Siento, pero no me sale un poema.” Además, tiene que atender la urgencia, la gravedad de la vida. Tiene que ceder a las presiones y acometer actos que no son hermosos, que van contra sí misma, pero que espera que estén a favor de los demás, a favor de su nieto. Se ve implicada en una trama que le resulta ajena pero en la que intuye que tiene que participar. La película finaliza con un poema que supuestamente ha escrito ella, pero que, a mitad del mismo, cambia la voz, para convertirse en la de la chica muerta. Es un poema inverosímil en ella, unas palabras cedidas por alguien que sabe lo que siente esa mujer. Es un poema que tal vez se refiera a la belleza, pero cuyas palabras únicamente narran el dolor de la existencia.

Canadá, crítica y devoción de una gran novela de Richard Ford, por Javier Puig

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canadaSi hubiera llevado un diario sobre la lectura de Canadá, de Richard Ford, habría reflejado en él mis momentos de duda sobre esta novela, mis humildes críticas, la dificultad de gustar de algunos remansos de su decurso, los momentos en que he estado a punto de abandonarla, pese a la certeza de que había mucho de excepcional en ella. Y, finalmente, la total seducción en la que caí en su última parte, y el posterior refrendo que obtuve con la relectura de numerosos tramos que antes no me habían llenado plenamente.

Como decía, al terminar esa arrolladora parte final, esa densa corriente de minuciosas emociones, fue tal mi satisfacción, que me apeteció volver a pasajes anteriores que antes me habían parecido muy bien escritos, aunque sin que yo pudiera abrirme a la fuerza que sugerían, y con la consiguiente frialdad por mi parte. El resultado fue un redescubrimiento. Tal vez me había familiarizado con los personajes de tal modo, que ahora podía apreciar con la máxima intensidad todos los detalles que ya me parecían mucho más relevantes y, sobre todo, más emotivos. Lo que en un principio aprecié como un exceso de descripciones biográficas – defecto que siempre estoy dispuesto a denunciar, tal vez por resultarme esas rápidas construcciones humanas demasiado ajenas – ahora las leía como significativos retazos de unas vidas que se erigían ante mí como únicas y cercanas a la vez, y me hacían sentir la fragilidad de esas irreemplazables derivas desafortunadas.

Canadá, la última novela de Richard Ford, el reciente premio Príncipe de Asturias, se desarrolla a lo largo de quinientas páginas. En ellas, el autor nos cuenta la historia de dos gemelos, Dell y Berner Parsons, cuya vida cambia radicalmente a los quince años, cuando su padre, para hacer frente a una deuda que ha adquirido ante una mafia, decide implicar a su mujer en el ingenuo atraco a un banco. Con toda facilidad, son descubiertos y detenidos. Presos sus padres en la cárcel, ante la posibilidad de ser recluidos en un orfanato, la chica, Berner, emprende una aventurera huida por su cuenta, mientras que Dell, el chico, a instancias de su madre, es conducido por una amiga de ella, Milred, más allá de la frontera, hasta Canadá, para ser acogido por el hermano de esta. Todo ello está contado por Dell, quien a la edad de 66 años, ya completamente madurada su existencia, recién jubilado, construye una narración que finalmente tiene mucho de asunción y de comprensión de su accidentada vida.

La novela está dividida en dos partes muy claramente delimitadas. En la primera mitad se desarrolla la angustiosa situación que crece a medida que van sumándose los signos que indican el desmoronamiento de la estabilidad de ese hogar. Finalmente, su padre, angustiado por los irrefrenables acontecimientos, resuelve atracar un banco. La atmósfera está descrita de una manera extenuantemente pormenorizada. No le importa al narrador adelantarnos acontecimientos, pero luego tarda mucho en llegar a ellos. Se demora en cada detalle y va configurando una creciente angustia. La perspectiva es la que corresponde a un adolescente de quince años que cuenta solo lo que vio, lo que dejaba de saber, lo que pretendía adivinar. Pese a que, cuando lo escribe, ya dispone de otras informaciones que ha ido adquiriendo y que podrían completar bastante las perspectivas de la historia, no se vale de ellas, y las conclusiones que a veces pronuncia son las de un joven inmaduro, incapaz de tener una visión más amplia.

La segunda parte podría haberse subdivido en otra más, que hubiera sido la concluyente. Aquí Dell nos relata la primera época que pasa en Canadá, acogido por Arthur Remlinger, el hermano de la amiga de su madre. Un hombre con misterio: “Arthur Remlinger me mira como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era solo suya y que no se parecía en absoluto a la mía, para él, sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya finalidad primera encarnaba una carencia, una carencia que deseaba con todas su fuerzas llenar”. La atmósfera de esta parte me recuerda a la de El gran Gatsby, lo que no es mala relación.

El tema de la novela es la de la bifurcación de las vidas, los destinos alterados, la aceptación de lo funesto, la posibilidad de remontar las tentaciones paralizantes, la coexistencia con lo violento, la asunción de las deficiencias, la comprensión de lo extraño.

Cuando Milred abandona a Dell en el nuevo e inhóspito escenario de su vida, con un capataz extraño, nada fiable, con su hermano, Arthur, un ser misterioso, amable pero distante, intenta con sus palabras mitigar su terror a una nueva vida sin asimientos: “No pierdas el tiempo en pensar en cosas pasadas y deprimentes. Tu vida va a ser variada y emocionante antes de que te mueras. Así que procura centrarte en el presente. No te niegues a las cosas, y asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder. Eso es importante.”

Dell abandona Estados Unidos y a sus padres, que aún están en la cárcel. Su madre se suicida al poco tiempo. A su padre no lo ve más. Muchos años más tarde intuye una posibilidad de reencontrarse con él, pero su mente no la acepta. Se imagina a su hermana, a la que solo ha visto tres veces y que ahora está punto de morir, junto a su padre, y no soporta ese retorno, ese enlace con su vida primera, después de todo el esfuerzo que ha hecho por dejarla atrás, para hacerse a sí mismo un hombre independiente de aquel truncado proyecto de vida: “Mi vida entera estaba no solo amenazada sino en peligro de no haber sido vivida nunca… Todos estaban allí esperándome….Aquello me hizo caer en la cuenta de lo mucho que había querido borrarlos de mi vida, lo mucho que mi felicidad se hallaba condicionada por el hecho de que desaparecieran”.

Cuando se encuentra con Berner, poco antes de morir, ella le dice: “Has renunciado a mucho, espero que lo sepas”. Ella ha vivido una vida mucho menos estable, menos feliz, con matrimonios fracasados, con episodios de violencia. Dell se reafirma a sí mismo en la vida que ha llevado: “Había renunciado a muchas cosas, como Milred me dijo que tendría que hacer. Y estaba satisfecho de haberlo hecho y de lo que había recibido a cambio”. No acepta la idea de que, de alguna manera, haya podido vivir la amargura de una vida sucedánea. Ha seguido el consejo de Milred, esa sabia insospechada: “Recuerda lo que te he dicho de no cerrarte a nada” y: “Porque ellos hayan arruinado tu vida tú no tienes por qué arruinar la tuya. Este será un comienzo para ti. No siempre podemos elegir nuestros comienzos”. Es lo que piensa él: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte”.

Su visión de la vida, al final, es el reconocimiento de la dificultad de vivir pero la resolución de intentar no dejarse vencer por la negatividad de las adversidades: “Lo que sé es que tendrás una oportunidad en la vida – de sobrevivirla – si toleras bien la pérdida, si te supeditas al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos.”

Canadá es una novela profunda sin precipitaciones. Con un ritmo lento, envolvente, nos va introduciendo en los sentimientos que se cruzan en un mundo áspero, en el que los encuentros son gélidos, en los que los asesinatos se ocultan y los suicidios se olvidan. Richard Ford se centra en unos personajes, y deja de lado los aledaños que no sirven para explicar la vida privadísima de unos seres cohibidos por los tránsitos a los que se ven sometidos. Canadá es un retrato melancólico, una madura visión de la lucha entre nuestros anhelos y una vida que intenta imponerse con sus potentes sucesos.

Diario de un cinéfilo. (18. Decálogo), por Javier Puig

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el-decalogoEl Decálogo (1989-1990), del director polaco Krzysztof Kieslowski, es una obra magna. Pensada para ser exhibida en televisión y dividida en diez episodios que no llegan a la hora, forma una gran unidad apoyada en argumentos muy diversos. Los relatos están basados en cada uno de los Diez Mandamientos. La historia que nos presenta para ilustrarlos siempre es sorprendente, nunca la manida, la esperada. Las situaciones siempre resultan originales y nos sitúan ante dilemas éticos expuestos a dirimirse en situaciones muy complejas. Kieslowski, desde el primer fotograma, nos adentra en la impresionante personalidad de un ser angustiado. La gran mayoría de las interpretaciones es convincente de una manera que agarrota la mirada de un espectador sobrecogido por los graves dilemas que presencia.

Cada capítulo empieza subrayándose con una música ominosa que nos introduce, sin previsible salvación, en el difícil tránsito de unos personajes hundidos en una situación extremadamente pesarosa. El tratamiento del tema propuesto, inspirado en el correspondiente Mandamiento, no es el aleccionador, el moralmente ejemplarizante. Es verdad que los protagonistas encuentran la infelicidad en el ejercicio de esos actos punibles por el mandato religioso, pero también lo es que se han visto envueltos en esa situación y que sus acciones muchas veces responden al intento de crear un mal menor. A veces, incluso, como en el episodio No mentirás, la sumisión al Mandamiento puede tener efectos contradictorios.

En su Decálogo, Kieslowski expone cada precepto moral, se rompe con las simplificaciones y se presenta en una complejidad necesaria para no caer en errores inducidos por la voz de la inexperiencia personal. Se plantean problemas éticos, se hacen preguntas y las respuestas quedan en el aire, para que las recojamos, pero nunca de forma aleccionadora sino a través de la libre contemplación de casos concretos, de situaciones muy humanas.

Sí, el Decálogo de Kieslowski es una obra magna, y no solo por su duración, sino también por su indiscutible y sobria calidad, por la exposición de los extravíos humanos que contiene. El visionado de estos diez capítulos puede hacerse de una forma totalmente independiente, aunque entre ellos se trencen ciertos elementos que les confieren algunos grados de unidad, como ese mismo barrio impersonal de la Varsovia comunista, del que parten los protagonistas, hombres y mujeres siempre corrientes, verosímiles vecinos nuestros; o la importancia de los aledaños de esos edificios, vislumbrados desde las ventanas, esos escuetos jardines, esos caminos hacia el probable adiós en los que se producen importantes encuentros entre los distintos personajes de cada historia.

El mundo al que accedemos es frío, triste. Las imágenes son de un color tan apagado que se nos confunde en nuestro recuerdo con un casi tétrico blanco y negro. Los hombres y las mujeres que se nos presentan viven alterados por un rumbo forzado, temerario. Se sienten oprimidos por una problemática que ha secuestrado su paz, una situación sobrevenida que les obliga a persistir en decisiones que sienten de más que dudoso acierto.

Los capítulos son magistrales desde sus mismos inicios, en los que bastan unos escuetos planos de incisiva fotografía, una sucinta y silente presentación del protagonista, subrayada por una música sutilmente desasosegante, para introducirnos en esa historia de manera irreversible, para respirar una atmósfera tensa, hermética, opresora. A partir de esos primeros compases, todo se desarrolla de forma precisa. Aún en las fugaces y cotidianas alegrías planea una tristeza que nunca se ausenta plenamente, unas sombras que se ciernen sobre cualquier atisbo de iluminación.

La acción se desarrolla gravemente. En torno a los personajes hay una gran soledad que les proscribe cualquier esperanza. Los argumentos cautivan. Las situaciones son extremas pero al mismo tiempo nos parecen cercanas. Penetramos íntimamente en el sufrimiento de unos personajes permanentemente apesadumbrados. No hay juicios. Es el destino el que empuja a acciones desesperadas, a indecisiones insistentes, a no saber apenas cómo vivir en laberintos tan poco esclarecedores. Los pequeños y leves sucesos de la cotidianidad cuya levedad ha quedado reducida no eximen del inmediato retorno a la confrontación con los problemas. Cada historia nos revela un conflicto que lastra los pasos de quien indeseadamente se ve abocado a él.

Todos los encuadres están minuciosamente estudiados, y aciertan en una expresión que ofrece potentes relevancias. La cámara se acerca a los personajes con profunda intromisión. La composición de cada plano es altamente elocuente. Son películas sencillas, que no precisaron de un gran presupuesto, pero tenían algo mejor: el enorme talento artístico de Krzysztof Kieslowski, una poética que nos concierne. Como buen documentalista que fue, sabía transmitir la importante realidad, pero luego también fue capaz de transformarla en arte. Los diez capítulos de este Decálogo están disponibles en Internet, para quien seriamente quiera disfrutarlos.

Semana Bagatelas 1. Acerca de Bagatelas por Javier Puig

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presentación bagatelas6En su último libro publicado, Bagatelas, editado por Babilonia Asociación Cultural de Valencia, Carlos Javier Cebrián escribe en esa línea fronteriza entre la poesía y la prosa, entre los conatos del poema y del diario. En cualquier caso, es esta una literatura íntima, meditativa; es observación que se nutre del sentimiento elaborado, largamente sucedido; son imágenes que dimanan del resorte interior y de los roces con el mundo.

Con prudencia, con humildad, el autor llama a estos textos cortos, a esta coherente reunión de poemas en prosa, “bagatelas”, aun sabiendo que, en el fondo, no lo son, porque ha puesto buen empeño en ello, ha extraído de esas incursiones en lo minúsculo o en lo reiterado un buen atisbo de su significancia secreta: “En la contemplación de lo considerado nimio se halla el misterio de las cosas…en el análisis de cada objeto, de los adornos superfluos, hermosos; nos aguarda la belleza”. Los elementos que originan estas palabras son el rasgo cotidiano, el asombro ante lo inacabable, la honda huella sentimental que a veces deja la vivencia aparentemente más prosaica. Es prosa, pero no por ello es ilación sin cadencia, composición rutinaria, sino experimentación con el lenguaje, búsqueda de la insólita, inédita unión de las palabras, que se propone sortear la tentación de la autocomplacencia, del consentimiento a la expresión vana, de la adicción al mantra propio. Todo este libro es un victorioso forcejeo con esas inercias, un rebosarse a sí mismo para alentar la creación verdadera y aferrarse al filo de lo innombrado.001

En El oficio, el autor se despacha a gusto contra quienes quieren constreñir el acto de poetizar la realidad. Hay que evitar que “las anotaciones prosaicas de la minúscula existencia” sean tan solo eso: una autoauscultación obsesiva y superficial. Por eso, es necesario captar las principales propiedades de lo próximo, su reticente profundidad; y así, ahora, al mirar atrás, al menos: “Sabes cuánta verdad encerraron y encierran, todo el sinsentido que abarcan”. Aunque, a veces – hay que reconocerlo, sin desmerecer nada –: “Decir es solo redundar. Como lo es vivir… Repetirnos en los tópicos. Ese espléndido homenaje de vivir”.

Cebrián aborda los diversos temas que describen la cercanía impregnada de sí mismo, no con la pretensión de una filosófica exhaustividad, de una claridad irrevocable, sino desde el afán de una permeable y emotiva forma de conocimiento. Así, se abunda en la fresca evocación cono fehaciente examen de lo vivido, de aquello que ya es parte definitiva del ser. Uno de estos temas es el amor que mayoritariamente se percibe como una felicidad temporal, un cálido sentimiento que oscila en su intensidad, y que, en los periodos en que remite su intensa fuerza momentánea, se lo considera desde una respetuosa y cauta indagación en sus misterios. Como nada es permanente, a veces sobreviene el repentino silencio, la furtiva mirada, el recogimiento hacia fuera, hacia la lejanía; y crece el dolor de esa distancia imprevista, de esa visión del otro demasiado amplia, en la que cabe el frío proyectado.

El tema de la casa está tratado exultantemente en La victoria: “Al término de la jornada, entrar en casa es un triunfo… Aquí se expresa la juridiscción de la potestad… Las huellas reconocibles que se rastrean sin impedimento. Tus pisadas y sus cicatrices.” El domicilio donde, en la soledad, en la semipenumbra, en el silencio, se puede esperar el cotidiano milagro de la aparición de la amada; el hogar en el que suceden las placenteras intimidades. Pero existe el riesgo de quedarse encerrado en uno mismo: “Vuelves la vista atrás y sabes que sigues mirándote al ombligo, pero ahora tu perspectiva es otra, más exacta, más madura.” Por eso tal vez sea bueno atender el pulso del vecindario, de la ciudad, para resituarse. Entonces, las palabras van más allá de los silencios salpicados de anónimas voces inconexas, van en pos del sentido más sutil y se asientan en la extraña conclusión de un relato que se omite, porque lo que importa aquí es la abierta traducción de esas crípticas sugerencias que se avienen a nuestro reincidente vivir.

Los temas son variados: el ombligo del ser, pero también la perturbadora presencia de un edificio abandonado, o el gato. El paso del tiempo, la abrupta construcción de una biografía íntima. Las hormigas le sirven al autor para reflexionar sobre su lugar en el mundo…Todo es susceptible de ser acercado a la lupa de lo poético. Aquí se habla de lo próximo, se extrae la relevancia de lo pequeño, su decisiva conexión con lo inmenso, el secreto entramado que compone una nueva y poderosa figuración. Como dice Borges: “La literatura no es el espejo del mundo, es algo más, agregado al mundo”. Así pues, estos textos poéticos quieren noticiar una muy particular realidad pero lo que hacen es enriquecerla.

Aunque no versificadas, es indudable que estas prosas cortas son poesía, lenguaje del detenimiento, una mirada que abarca el pasado menos desprendido del presente. En estos textos hay introspección, severa constatación de los transcursos, reproducción de la quebrada línea del ser. La elección de los temas es asunto preeminente en el quehacer poético. Leyendo estas Bagatelas me he sentido muy próximo al autor, y no tanto por algunas coincidencias sino porque en ellas rezuma una humanidad auténtica, una mirada que no se aparta de su deber de consignar el mundo desde la honestidad de saberse limitada por su condición insuficiente, un esfuerzo en acrecentar los vínculos con lo escondido, con lo que hay que ser capaz de decir tan bien para saberlo, para transmitirlo en forma verdadera.

Hace bien el poeta en su ambiciosa humildad: “Yo solo intento explicarme mi propia humanidad, ingente labor desmesurada. Inútil.” La literatura es un imposible que hay que contemplar de cerca, recelando de todos sus deslumbrantes predicamentos. Carlos Javier Cebrián se ha asomado muy terco, muy valiente, a ese fondo que nos conmueve, a esas preguntas que respondemos con nuestras intermitencias. Con trazo certero, con denodado discurso, lo ha dejado bien dicho en estas nada despreciables Bagatelas.

JAVIER PUIG

Diario de un cinéfilo. (17. Corazón gigante), por Javier Puig

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corazon-giganteCorazón gigante (2015), de Dagur Kári, es una nueva muestra del interesantísimo cine islandés que nos está llegando en los últimos tiempos. Tras las duras y preciosas, El valle de los carneros y De caballos y hombres, ahora accedo a esta película de otro director que, al parecer, tiene buenos antecedentes que – aunque no es fácil o seguramente imposible – me gustaría encontrar. Todas estas películas tienen en común el que saben acercarse al ser humano más recóndito. Pero si, en las dos primeras, el factor humano se impregnaba de la imponente naturaleza de la isla, en esta última nos encontramos con que el contexto es el de una pequeña ciudad y los personajes resultan más asimilables a nuestros convecinos.

La historia es un sensible intento de comprensión de un ser humano encerrado en su infelicidad, emocionalmente separado del mundo. El personaje que vamos a conocer es Fusi, un ya cuarentón que ocupa tristemente su enorme obesidad y que aún no ha alcanzado la madurez que le corresponde. Nunca ha tenido una relación con una mujer y su principal hobby es el de guerrear con los soldados que pueblan las inmensas maquetas que tiene instaladas en su casa o hacer circular coches teledirigidos ante la asombrada mirada de sus vecinos. Vive con su madre, una mujer egoísta que aspira a retener al amante que alberga en su casa. Fusi lo consiente todo, sin parpadear, sin revolverse siquiera internamente contra un mundo del que no participa, inaccesible, que se desenvuelve indiferente contiguo, normalizado. Fusi consiente el acoso brutal de sus compañeros de trabajo. No reacciona. Su comportamiento no es achacable a una santa bondad, a una actitud espiritual preconcebida, sino a un espíritu bonachón no exento de cierta apatía.

Fusi podría vivir en ese aislamiento el resto de sus días, sin traspasar la línea que convierte las relaciones con los demás en algo más que un roce inevitable. Podría sobrevivir con la pena – mitigada por la costumbre – de no vivir con una mujer, de no poder cumplir con su sed de enamoramiento. Pero el amante de su madre fuerza la situación. Tal vez, no por verdadera empatía sino porque le interesa alejarlo de su terreno, lo invita a salir de su cáscara protectora, le regala la asistencia a unas clases de baile. Como Fusi no sabe decir que no, no es capaz de oponerse a nada, el primer día se acerca hasta el local. Se asoma a la sala, pero no se atreve a integrarse. Se queda fuera, en el coche, esperando que transcurra el tiempo, que pueda llegar a su casa sin despertar la sospecha de que no ha acudido a la clase. Este hecho da pie a que conozca a una joven con la que entabla una voluble relación y a que se salga de los limitados cauces de su vida.

Corazón gigante, en su sencillez, es una película mucho más grande que muchas ampulosas que se nos recetan como lo más sublime. Por algunas coincidencias en su temática, me ha recordado a Marti, la excelente película de Delbert Mann, con un genial Ernst Borgine. Aquí Gunar Jónsson también hace una excelente interpretación, aunque con menos registros. Todos los personajes tienen un ajustado, eficaz y necesario cometido – y es esa una de las más importantes características del buen cine –, una relevante influencia, una desveladora interacción. Todos confluyen para hacer resaltar la anómala vida de ese grandullón aquejado de soledad y de infantilismo. Por ejemplo, ese hombre y su hija pequeña que se mudan a su edificio. Esa niña ociosa que contacta con él y se asombra, desde su inocencia, de que no oculte hábitos que le corresponderían más a sus compañeros de clase, de que su vida no se haya ejercitado en las relaciones más esperables en ese avanzado punto de su vida. Hacen amistad. O la promueve ella, porque él actúa como siempre, sin imponer ni un solo matiz de su vida, sin iniciativa, consintiendo la invasión, atendiéndola con sensible y pasmada deferencia. Esta relación luego le traerá conflictos. Y es que su ser resulta incomprensible, está por descubrir, por evaluar desde nuevos criterios que contengan las concretas evidencias, lo que de inofensivo puede haber en lo extraño, en la falta de logros.

Una vez, él se lleva a la niña en su coche. Cuando no aparece su hija en casa, lo primero que piensa su atribulado padre es que Fusi es un pederasta. La chica de la escuela de baile también le había preguntado si no era un pervertido. Nadie sabe qué pensar de un ser descolgado del desenvolvimiento que le corresponde. Nadie se puede imaginar cómo se puede aguantar una vida así, sin apenas gratificaciones.

El personaje más ambivalente es el de la chica. La ha conocido en la clase de baile. Acercarse, relacionarse con ella, es ya para Fusi un milagro. Es la primera vez que rebasa una frontera que le estaba cerrada. Intuimos – porque él no lo demuestra – su emoción en esos encuentros, la sensación de estar hollando un terreno extraño, como un astronauta que pisa la Luna, como alguien que cuando explora su alrededor recibe el casi inasumible impacto de una nueva imagen de sí mismo. Ella se acerca a él como si fuera una mujer preservada, surgida de alguna soledad que la ha apartado de otras posibilidades en el mundo. Milagrosamente se fija en ese hombre débil, establecen una relación precaria. A ella no parece importarle la dificultad de asumir su llamativa imagen corpórea, su personalidad inhibida, en definitiva, esa voluminosa pequeñez en el mundo. Pero pronto vamos averiguando el secreto de la disponibilidad en la que se presenta. Algo extraño había en ella: una personalidad inestable, tendente a la depresión.

Se inicia entonces otra relación que la esperada. Ella ya no puede ser la mujer que tire de él hacia la normalización de su vida. Pero el lazo de su relación no se ha roto; al menos, por parte de él. Fusi ya no va a recibir nada de ella pero sí que puede ser de su ayuda. Acude a su casa, donde ella se ha atrincherado en lo más hondo de su depresión. Le aporta alimento, paciencia, bondad. Ha dejado de ir a su trabajo y él se ofrece a sustituirla para que no pierda su puesto. A partir de ahí él es su cuidador, aunque apenas pueda esperar un resurgimiento de ella. Es una tarea verdaderamente filantrópica, o una actitud ética, porque él es un hombre íntegro, fatalmente sincero, tal vez sin llegar a ser consciente de ello. Fusi tiene un corazón gigante que no se mancilla con las muchas adversidades que le impone la vida.

Ella llega a pedirle que se vaya a vivir a su casa. Él, en un primer momento se resiste, pero porque piensa en su madre, que le ha pedido – una vez abandonada por su amante – que no la deje sola. Pero finalmente acepta. Es uno de esos primeros pasos valientes que da en su vida. Por un momento, cree que va a ser posible llevar una vida de pareja. Su único y leal amigo le ayuda a hacer la mudanza, pero, cuando todas sus pertenencias están ya en su casa, ella se muestra en uno de sus momentos más bajos. Se declara incapaz de esa empresa de convivencia. Él, en su discreta tristeza, sin alteración visible, se vuelve a casa con los trastos.

Habían planeado un viaje Egipto. Las últimas imágenes nos muestran a Fusi en el avión que está despegando. Solo, pero ya lejos de sus opresiones, de sus limitaciones. Apenas, en el último instante, la película nos da tiempo a gozar de la felicidad de contemplar cómo ese personaje que, durante hora y media tan atentamente hemos amado, al fin es capaz de esbozar una sonrisa.

Diario de un cinéfilo 16. (La danza de la realidad), por Javier Puig

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la-danza-de-la-realidadLa danza de la realidad (2013) ha sido mi primer contacto con el cine de este chileno, Alejandro Jodorovsky, más conocido aquí por sus apariciones televisivas como apóstol de la psicomagia, y menos como cineasta, poeta, escritor y creador de cómics. Estaba advertido de la característica rareza de su obra cinematográfica. Tal vez, esa preparación previa ha hecho que me asustase menos de las expresiones exageradas que abundan en esta película, pues nada en ella está contenido sino que todo está estallando, como si fuera un acto de liberación que curase del complejo del pasado, reescribiera la vida sucedida, su exultante irreverencia.

Últimamente, había sufrido alguna muestra de cine donde lo raro conducía solo a lo vomitivamente grotesco, pero las salidas de lo previsible, de lo mezquinamente correcto, me han parecido aquí inserciones pertinentes de una manera que no había supuesto. Sus delirios están controlados, son coherentes con una historia que, desde su singularidad y su aparente disparate, se mantiene enraizada en unas emociones contundentes que describen muy bien la frustración, el dolor ante el descubrimiento de las fuerzas que hacen de la vida un gigante contra el que hay que mantener una lucha casi siempre desfavorable.
Llevaba Jodorovsky veintitrés años sin poder hacer una nueva película. Al fin, pudo rodarla. Se basó en una novela suya autobiográfica. Tuvo que ahorrar dinero durante todos esos años para poder financiarla. Su idea es la del naufragio del arte cinematográfico en la industria: “El cine es una industria, los productores no quieren producir lo que ellos creen que es cine de arte, son unos cobardes que están aterrados, al igual que los distribuidores y los dueños de cines. Todo el mundo se aterra y evitan que hagas el cine que quieres”, denuncia en una entrevista. Y esto no es algo desligado de lo demás: “Hay una lucha en la industria y la economía mundial para que seamos una humanidad pueril, porque no les conviene que desarrollemos valores de la conciencia, valores espirituales, porque así nos daremos cuenta de que estamos presos, somos esclavos sin libertad de creación. Nos daremos cuenta de que el ser humano es sublime y no una bazofia como ellos nos muestran. Lo que llaman patria es un negocio, lo que llaman guerras es un negocio, lo que llaman religión es un negocio y lo que llaman política también es un negocio”.
De una forma muy imaginativa, libérrima, La danza de la realidad narra las vivencias del propio autor cuando era niño. Para rodarla, se trasladó al pueblo chileno de su infancia, Tocopilla. (Tuvo que ser curiosa la reacción de los habitantes de ese pueblo perdido cuando vieran esta película nada convencional, con toques surrealistas, con personajes insólitos). Aunque el tema principal sea la visión del mundo que tenía el Jodorovsky niño, en ese pueblo en el que se sintió despreciado, es su padre quien adquiere el papel más preponderante; ese hombre contradictorio, autoritario, comunista, machista, bravucón, y al fin débil, vencido por los malentendidos de la demente sociedad y por fuerzas etéreas. El relato adquiere la forma de una sucesión de cuentos aparentemente infantiles pero que están destinados a adultos verdaderos y no a los que desde su puerilidad creen serlo.
Hay en la película escenas geniales y otras menos inspiradas, pero el tono es muy provocador y a la vez muy emotivo. Se suceden diversos personajes excéntricos: tullidos, seres fantasmagóricos, la madre que habla cantando como si fuera el personaje de una ópera, o las amistades comunistas del padre rodeadas de putas de indescriptible desmesura. El relato avanza a golpes de imaginación y de atrevimiento, de irreverencia inteligente, sensible, coherente con las complejidades, con las contradicciones olvidadas. Es una obra liberatoria, catártica. Para Jodorovsky, el rodaje lo fue así. Al espectador, La danza de la realidad lo desatasca de algunos anquilosamientos morales.
“En esa realidad, en la que yo me sentía extranjero, todo estaba comunicado con todo por una trama hecha de sufrimiento y placer”, nos dice el Jodorovsky actual, que aparece en unas pocas ocasiones en pantalla, como narrador, o, en los momentos difíciles del niño, como un ángel de la guarda, como un sabio de sí mismo: “Alégrate de tus sufrimientos, gracias a ellos llegarás a mí”, le dice ese hombre adulto, desde su perspectiva larga, desde su asentamiento, a ese perplejo y asustado ser incipiente. Y lo abraza contra su suicidio, a ese niño que también es él. Le habla sin que le pueda oír, porque el tiempo es una barrera: “Para ti no existo aún. Para mí, ya no existes. En el fin del tiempo, cuando la materia emprende el camino de regreso hacia su punto de origen, tú y yo solo habremos sido recuerdos, nunca realidades. Algo nos está soñando. Entrégate a la ilusión. Vive”
En la película hay varias escenas que se adentrarían en lo escandaloso, en la obscenidad, si ese concepto fuera aplicable a quien no busca un público asustadizo y reprimido. Así, la escena en la que el padre escucha en la radio que pronto habrá trabajo para todos y la coloca sobre el inodoro para mear sobre ella hasta que deja de funcionar. O la secuencia en que la madre, sin tapujos, diáfanamente, orina sobre el cuerpo convulso de su derrotado marido. Son escenas que nos remueven en nuestras cobardes delicadezas, como las que nos acercan a personajes difíciles de mirar por su indeseada extravagancia, o a otros, como Teósofo, el mendigo, o como José, el carpintero, que nos llevan hasta ese mundo de la espiritualidad que, en un principio, rechaza contundentemente el padre. Pero también resultan impactantes las hordas de pobres sombríos, amenazantes, los hombres narcotizados, los fascistas, los torturadores…Un totum revolutum que describe la vida sin inhibiciones. La película es satírica sin renunciar a ninguna dirección en donde valerse.
Hay mucha ternura en esta historia que aquí es exactamente lo opuesto a lo cursi. Hay mucho surrealismo que nos produce un efecto muy vivible. La danza de la realidad es un canto a la niñez – pese a todas sus vívidas amenazas -, pero también un canto a la difícil evolución del hombre adulto, a su fuerza para emerger de la decepción, a su disponibilidad para inocentemente entrar en las nuevas luces: “Sentir el despegue del pasado. Aterrizar en un cuerpo de adulto. Soportar el peso de dolorosos años pero en el corazón conservar al niño como una hostia viva”.

José Ruiz Cases, Sesca, ha escrito una muy interesante biografía de un hombre mediocre, por Javier puig

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sesca-650Un oriolano inédito. El poeta Eugenio de Pinumbrío (Biografía de J.Mª. Pina Brotóns) es el séptimo libro que ha escrito José Ruiz Cases, Sesca. Su originalidad está en que no ha elegido para escribir su biografía a un personaje muy notorio, ampliamente seguido y comentado, sino a un hombre gris, alguien, cuyo único soporte para progresar en la memoria de los tiempos, es su escasa y parcamente difundida producción literaria. Como muy bien dijera Pepe Aledo, en su amena presentación del libro, Sesca, como ya ha demostrado en varios de sus libros, es un defensor de los segundones. Prefiere dar mayor relevancia al personaje que ha permanecido semioculto en la vida que a aquel que ya se labró una considerable fama. En este caso, podría haber dedicado su libro a Francisco Pina, en lugar de a su hermano José María. El primero sí gozó de un importante prestigio en su exilio en Méjico, especialmente en su actividad de crítico cinematográfico, y en este mismo libro se reproducen algunos de sus textos. El segundo, siendo joven publicó unos pocos escritos en algunas revistas, a la sombra de otros escritores más importantes; y, en una fase muy posterior, distribuyó sus poemas individualmente entre el círculo de sus conocidos.

A Sesca le apasiona indagar en los recovecos históricos de la Orihuela del siglo pasado. Le interesan mucho sus personajes. Elige esta vez a José María Pina, o Eugenio de Pinumbrío, como se da a conocer en sus publicaciones literarias. Su interés se acrecienta considerablemente por pertenecer a la generación de Miguel Hernández y por haber tenido que cruzar el decisivo y revelador periodo de la Guerra Civil. Ya se sabe que muchas biografías valen tanto por el acercamiento al personaje protagonista, como por la descripción de su entorno, de adyacentes hombres y mujeres destacados, por la confluyente descripción de un periodo de la sociedad.

No hay mujeres en este relato. El aire que se respira es el de una sociedad encerrada en un clasismo y un machismo irreductibles. No sabemos si la posición primera de José María Pina, de inequívoco hombre de izquierdas, está forjada en lo meramente coyuntural y recomendable en el mundo que lo envuelve o en arraigadas y meditadas creencias. Aparentemente, sufre una transformación después del triunfo de Franco, en esa implantación de una nueva sociedad opresora y vengativa, de un régimen cuyo temor a una involución se manifestaba en una nerviosa y despiadada violencia.

Los testimonios que valoran la personalidad del biografiado coinciden en resaltar su virtudes de hombre modesto, su introversión; características que otros considerarían defectos, signos de un hombre débil, propenso a desdibujarse en situaciones adversas para rehacerse en adaptaciones sumisas. Y así se muestra en su periplo de salvación y subsistencia que le tocaría acometer después de la guerra. Todos los gestos que conocemos de él son de adulación a los miembros de la nueva sociedad que lo sostienen en su desesperado intento de supresión de un pasado inconveniente. Sus antiguas manifestaciones a favor de una izquierda política que luchaba por su preeminencia en el seno del régimen republicano se tornan pesados lastres que requieren, en la nueva situación, el fuerte contrapeso de una afección ostentosa y sin fisuras al nuevo régimen. La poesía que escribe, las dedicatorias en las que se deshace (en su mayoría, a los abogados de su círculo profesional, y en las que la palabra más usual es la de “ilustre”), se ciñen al ámbito asfixiante de una sociedad excluyente, protectora de privilegios, de hueros prestigios y miméticas poses. Tras esas palabras amistosas, se trasluce una angustiosa súplica de reconocimiento, de salvífica integración.

Como corresponde a un hombre apenas relevante socialmente y fallecido en el lejano 1973, los datos sobre su vida privada son pocos. El intento de una más amplia reconstrucción de su ámbito personal resulta fallido. La tenemos que completar con nuestra imaginación, hemos de añadir, a esas escasas referencias, a lo que se desprende de su palabra escrita, a los contados testimonios, nuestra intuición. Podemos basarnos también en las fotografías que ilustran la portada del libro, en esa juvenil, en la que su mirada parece apuntar a escondidos territorios que él solo tiene la capacidad de descubrir; o a esa foto de hombre maduro, de amplia frente, de mirada ya prisionera de lo que ha tenido que ver, de luz sombría que me recuerda al más angustiado Henry Fonda. Parece que haya dos hombres, pues: uno primero, de más altos ideales, que murió con la derrota del bando republicano, y otro más pragmático, más mezquino, devoto obligado de lo imperante, recompuesto con ahínco a partir de esa drástica inflexión en la sociedad que lo concierne. Es la transformación reaccionaria bastante común en el hombre, elevada en este caso a su exacerbación, alimentada por el miedo a perder un acogimiento muy trabajado. Hay que tener en cuenta que no parece que José María Pina hubiera vivido en el calor de una familia. Su matrimonio duró poco, no tuvo hijos, no se le conocen trascendentes amoríos. Su vida podría haber sido la triste de un solitario poco convencido. Vivió sus últimos años humildemente. Dijeron de él: “Era un hombre bueno, introvertido, de psicología un tanto extraña, con una gran dignidad y un excesivo orgullo… Fue un idealista que por su espíritu retraído, prefirió vivir en el anonimato y en la mediocridad.”

En la presentación del libro, insistían Sesca y Pepe Aledo en que no se consideraban críticos para valorar la calidad de la poesía -ampliamente recogida en este libro – que escribió Eugenio de Pinumbrío. Yo tampoco lo soy, sino un aficionado que procuro pensar y sentir lo que leo y luego, muchas veces, lo escribo. En principio, el soneto, que es el formato que emplea, no es el que más simpatía me produce. Por otra parte, la temática de sus poesías no es la que más me llega. Abunda – más que en lo religioso – en lo católico más recalcitrante, en localismos que poco conectan con el universo. Como dice Sesca, la poesía de Eugenio de Pinumbrío: “Es más bien fiel a lo que pudiéramos llamar estilo oriolano, señalado acertadamente por Vicente Ramos, que lo llamó estilo olecense, y está caracterizado por un barroquismo que refleja el del ambiente condicionador.” Y estoy de acuerdo con él cuando reflexiona: “Me queda la duda de si (sus poemas) no quedan un tanto castrados de espontánea e íntima sinceridad; si no son más poemas de exposición y convención que de convicción.”

Sin embargo – ¡oh ulterior sorpresa! – me encuentro, en la sección dedicada a su prosa, un relato, Simonete, en el que aprecio una brillante frescura, una muy digna sentimentalización, una descripción intensa, con gracia, con sensibilidad bondadosa que no empalaga. Miro la fecha del mismo y… – en efecto – es de 1930. De su juventud, de antes del traspaso de su precipitante frontera. Aunque también – es cierto que bastante afectado por el tamiz ideológico – encuentro otro relato de factura considerable: Dulce amargura. Esta vez publicado en 1962.

Sesca realiza el exhaustivo y generoso homenaje a un hombre sensible que se zambulló en la corriente de la mediocre anuencia: “Superados los momentos amargos de la persecución, me da la impresión que fue incapaz de apostar por un proyecto vital optimista. Y se limita a sobrevivir, a vegetar, a masticar sin hacer ruido. Al contrario que su hermano Paco, se oculta de los demás y hasta de sí. Su poesía – al margen de afición y entretenimiento íntimo – es un recurso de agradecimiento para los benefactores. Los benefactores pasan por ser todos de derechas.” Conocer a este hombre nos alecciona sobre los débiles resortes de la humanidad. No es esta biografía, pues, una mera rehabilitación de un miembro a añadir a la galería de ilustres personajes oriolanos, sino que también nos habla de un tiempo, de una sociedad, en la que, de nuevo, comprobamos las inhabilitaciones a que nos somete el miedo y la búsqueda de la seguridad. Esta interesante historia nos sugiere, a la vez, la censura y la comprensión; en definitiva, el humano acercamiento.