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La Tierra y el cielo de José Manuel Ramón. Presentación por Ada Soriano

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El nuevo libro de José Manuel Ramón, La tierra y el cielo, editado por ARS POETICA, alcanza altos niveles de conceptualización y profundidad

El pasado 26 de abril tuve el placer de presentar el nuevo libro de José Manuel Ramón en la librería Códex, lugar habitual de encuentros culturales. Ante cerca de medio centenar de personas, el autor nos deleitó con sus explicaciones y un recitado hipnótico. Publico, seguidamente, el texto que escribí para la ocasión.

Poeta y cofundador de la revista de creación literaria Empireuma y codirector de la misma hasta 1991, José Manuel Ramón ha colaborado en varias revistas nacionales e internacionales y ha sido incluido en algunas antologías. Es autor de la plaquette Génesis del amanecer, prologada por Jorge Cuña Casasbellas. Tras un largo periodo de silencio vuelve a la escritura con ansias renovadas, y en el 2015 la editorial Devenir publica su poemario La senda honda, con prólogo de José Luis Zerón Huguet.

Quiero resaltar que precisamente ahora se cumplen 30 años de la publicación de Génesis del amanecer. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, mi amigo José Manuel tenía tan solo veintidós años y que, aun siendo tan joven, dejó bien asentadas las bases de su poética, que él mismo resumió hace unos años en un texto publicado en el célebre blog de Agustín Calvo Galán, bajo el nombre Las afinidades electivas : “Siempre la inquietud por el origen y lo venidero: formación de la tierra, el cosmos como ser que se transforma, eras geológicas, evolución de los seres primitivos… y también las fuerzas de la naturaleza, cuestionar la cultura heredada de la muerte, el pensamiento y la vida interior, el alma misma que busca comprenderse”.

Después de leer con mucha atención LA TIERRA Y EL CIELO, tan exquisitamente editado por ARS POETICA, me veo en el deber de felicitar al autor y de comunicar a los futuros lectores que José Manuel nos ofrece unos poemas que nacen de las profundidades y de las alturas, y de que están provistos de una singularidad magnética.

El libro admite dos lecturas, puesto que el autor ha dispuesto los poemas de manera continua a la vez que discontinua, recurriendo a dos voces que convergen a pesar de sus diferencias formales. En este poemario, que bien podría calificarse de elíptico, destaca un lenguaje ancestral en el que abundan vocablos arcaicos y palabras inusuales. Es la voz del poeta la que se despliega, real y auténtica, perfectamente reconocible. A través de ella percibimos pensamientos y sentimientos, sin imposturas: el desasosiego que provoca el hecho de existir, con las dudas e incertidumbres que ello conlleva, así como el deseo de saber, de que le sea revelada una respuesta si no convincente, al menos aproximativa. Y en su inevitable obstinación el poeta indaga sobre lo que todo ser humano se ha planteado a lo largo de la historia. Razonamos, y por ese motivo necesitamos obtener una información lógica sobre qué lugar ocupa el hombre en el mundo, y lo más importante: saber qué lugar ocupará después, cuando deje de pensar y sentir. ¿Qué sucederá en el caso de que haya algo más? Porque no se trata tan solo del cuerpo sino del alma. De ahí el desdoblamiento. De ahí la peculiaridad de estas composiciones elaboradas con maestría.

Como bien expresa en su prólogo Miguel Veyrat bajo el hermoso título Un diálogo infinito: “Nuestra irrefrenable pulsión por conocer, aumentada por la angustiosa orfandad sufrida por los anhelos en el acontecimiento de ser, ha dado lugar en la historia de nuestra evolución a lo que llamamos pensamiento.”

Este poemario, que consta de tres secciones perfectamente ligadas por su temática, abarca tanto lo matérico como lo metafísico en una comunión con la naturaleza y el cosmos. Los ámbitos espaciales del árbol cósmico, presentes en numerosos mitos, religiones y filosofías, como son “El cielo”, “La tierra” e “Inframundo”, llegan a entrelazarse íntimamente: “El árbol de raíces aéreas que beben noche en el sol” (Octavio Paz).

José Manuel, que para bien o para mal, está condicionado por la poesía, y es consciente de que poesía y tiempo son perdurables, ya que son una misma cosa, José Manuel, digo, como poeta que es, está capacitado para integrar el universo en la dimensión humana (Antonio Enrique), y no se queda ahí sino que se adentra en el subsuelo, en el área reservada para la memoria de los muertos. ¿Habrá acaso una morada para las almas? De ser así, ¿qué emplazamiento las acoge? Y todo esto lo consigue a través de un lenguaje sutil, perspicaz y nada pretencioso. Un lenguaje condensado y depurado, como pasado por un alambique. Y cada gota que pasa es una palabra pura, exenta de concesiones. Es muy importante tener en cuenta que el tratamiento del lenguaje es el único vínculo que nos hace ver que estamos ante un poemario contemporáneo, puesto que no aparece ningún otro indicio, nada que nos sitúe en el mundo actual. LA TIERRA Y EL CIELO posee la particularidad de que todo lo que se nos oculta nos es presentado:

(…) lo antes oculto

emerge calmoso y fértil

paciente diagénesis del amor

proceso natural del ser que busca

transformaciones fuera

dentro

de sí”.

Estamos, pues, ante un discurso existencialista que no solo media entre inmanencia y trascendencia, sino que concibe estas dos realidades como un todo indivisible –sublime paradoja- desde una visión atemporal. En LA TIERRA Y EL CIELO todos los tiempos son una misma entidad donde no hay lugar para la anécdota histórica y lo confesional. El autor se vale, en lo que conforma la parte medular del poemario, del verso abierto y exento de puntuación, con ruptura de sintaxis, reduplicaciones, onomatopeyas y palabras quebradas, hasta el punto de crear un verso con un solo fonema.

ploc

ploc ploc

resuena honda voz

para alumbrar trascendencia

sima vital silencio

el silencio entona oráculos

como mantras antiquísimos

invocando el pensa

miento” (…)

Estos poemas se complementan a la vez que contrastan con breves estrofas de versos endecasílabos que adoptan un tono oracular. Esta voz coral establece un orden en contraposición al caos predominante en los poemas que, como anteriormente he mencionado, conforman la base troncal del libro. Y esta voz aleccionadora, con abundancia de exclamaciones, lleva consigo una carga de emotividad, sensibilidad y belleza, que me recuerda a los ritos de los augures y a los coros del teatro clásico griego.

(…) y que el tiempo ni su ceniza ensucien

la impropia luz de la muerte consorte,

porque lo que toque, oscuro silencio,

escuchad bien, ¡pervive para siempre!”.

LA TIERRA Y EL CIELO también puede leerse en un sentido órfico: El alma, al ser esencial, sobrevive al cuerpo hasta el punto de poder reencarnarse y habitar en otro cuerpo:

cuerpos

cuerpos cuerpos

gestos antiquísimos ensaya el alma

transmigrando en la materia

como recuperan los juncos

la verticalidad” (…)

Queda patente, pues, la doble naturaleza humana: el alma es inmortal pero el cuerpo es perecedero. Es así que hallo un paralelismo con la obra de San Juan de la Cruz, poeta místico por excelencia, que no solo bebió en los textos bíblicos sino también en fuentes profanas y heterodoxas. Sucede, cuando leemos los cantos de San Juan de la Cruz y los poemas de José Manuel Ramón que la profundidad de los versos no es alcanzable en un primer acercamiento. Para dar muestra de ello he escogido estos versos del autor de Canto espiritual:

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo

toda ciencia trascendiendo”.

A continuación, expongo estos versos de José Manuel:

(…) ni regresando innumerables veces

el ser alcanza a cuanto el ser encierra”.

Asimismo, quiero resaltar un poema que me ha llamado la atención especialmente porque constituye un sincero homenaje a nuestros ancestros. Un poema dinámico y circular ya que, mediante un ritmo de danza vertiginosa, nos remite, desde el fuego, a los rituales sagrados:

(…) y danzaron en círculo

sin descanso danzaron

para que el alma alcanzase

nuevos territorios

(…) alrededor

del fuego

danzaron

sin descanso

danzaron

y danzaron

inmersos

en travesías

y en círculo (…)”

Estos versos me recuerdan, aun con una temática totalmente distinta, al conocido y muy respetado poema Fuga de muerte, de Paul Celan. En el poema de Celan, además de la mirada del maestro alemán, hay danza y fuego. Como es sabido, el poeta rumano habla del fuego de fundición de los hornos en los campos de concentración nazi; y la danza es una danza de muerte atroz:

(…) Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad

empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules

cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía y a la mañana y al atardecer

bebemos y bebemos (…)

Grita sonad más dulcemente la muerte es un maestro venido de Alemania

grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como

humo en el aire (…) En traducción de José Ángel Valente.

En realidad, el poemario de José Manuel Ramón me lleva a toda la obra de Paul Celan. José Manuel, al igual que el autor de Fuga de muerte, descompone el lenguaje, violenta la sintaxis, actualiza arcaísmos y crea un extraño lirismo que suena como un conjuro encantador.

Las citas que aparecen al comienzo, además de esclarecedoras, van muy en consonancia con las imágenes y el mensaje que transmiten los versos de este libro, por lo que considero indispensable que sean leídas con atención. El autor reivindica a la olvidada poeta y abadesa alemana Hildegard Von Bingen, una mujer excepcional por la amplitud de sus conocimientos en diversas materias como la medicina y otras ciencias. Asimismo, el autor ha escogido un breve texto de Jean Clottes, destacado prehistoriador francés que a través de sus investigaciones concluyó que las gentes del Paleolítico Superior eran exactamente como nosotros. Dice José Manuel:

(…) ¡oh humanidad

insepulta memoria

vestigio de un ser anterior

a fango

siembra o rastrojos

desde este zafio mañana

te vemos! (…)”

La tercera cita alude a la figura del chamán, a quien se considera como intermediario entre el mundo natural y el mundo espiritual.

Dicho esto, queda claro que la escritura lírica de José Manuel Ramón está alejada de la poesía banal que hoy tanto abunda bajo el calificativo de fresca y ágil. Sin dejar de ser intensa y fluida, no se atiene a modas ni a escuelas. José Manuel es fiel a sí mismo, a su forma singular de recrear el mundo a través de la palabra poética. Con este segundo libro publicado nos confirma que es un poeta exigente, capaz de transportarnos desde el presente a un tiempo arcaico (cercano al arké, es decir, al origen) pero siempre preocupado por el devenir.

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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LA SENDA HONDA de JOSÉ MANUEL RAMÓN (por Juan Lozano Felices) en La Galla Ciencia

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http://www.lagallaciencia.com/2016/02/la-senda-honda-de-jose-manuel-ramon-por.html

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LA SENDA HONDA

de JOSÉ MANUEL RAMÓN:

UNA POÉTICA DE LO ORIGINAL.

No hay mejor manera de acabar el año (o  de empezarlo, según se mire) que con un buen libro de poemas, en el caso que nos ocupa un libro de poemas extraordinario, entiéndase el adjetivo en su acepción de poco común y fuera del orden o regla general. La pasada Nochevieja por la mañana, al abrir el buzón,  me encuentro con “La senda honda” de José Manuel Ramón, acompañado de una generosa dedicatoria de su autor. Esta circunstancia hizo más soportable el atasco en el desagüe del fregadero que sufrimos en casa durante un par de días y que precisamente mostró su aciaga cara esa misma tarde, con gente invitada a cenar. Pero esa es otra historia. Me llega el libro a través de la intercesión de un querido camarada, el poeta José Luis Zerón, prologuista del poemario.  No conozco personalmente a José Manuel,  aparte de haber cruzado comentarios en FB como floretes bajo la luz de la luna,  pero sé que en algún momento su senda y la mía se han de cruzar en una encrucijada poética enriquecedora para ambos.

 

Comenzando por el principio, el magnífico prólogo de José Luis Zerón posee todas las cualidades que debe contener  un texto de este tipo, invitándonos a adentrarnos en el sentido profundo de la obra  que precede, y poco ni mejor se puede añadir a lo dicho por el vate oriolano. Sin embargo, en esta como en otras ocasiones, uno siente la necesidad de expresar, aunque sea sucintamente, las impresiones de su lectura. José Luis Zerón es amigo y compañero generacional de José Manuel Ramón en la Orihuela de los míticos ochenta y según él mismo cuenta, ambos, con otros amigos, fundarán en 1985  la revista de creación y de pensamiento, Empireuma. El autor, según nos revela Zerón, colabora en ésta y otras publicaciones culturales de la época. La edición de la plaquette “Génesis del amanecer”  marca en 1988 el kilómetro cero de una promisoria trayectoria poética,  al tiempo que va gestando la versión primigenia del poemario “La senda honda”. Sin embargo, esta trayectoria queda abruptamente interrumpida y este libro quedará inédito hasta su recuperación editorial de finales de 2015.

Lo primero que me llama la atención al leer el prólogo de Zerón es el paralelismo que yo veo entre la trayectoria poética de José Manuel y la mía propia. En la mía también hay un agujero negro que coincide en el tiempo con el de José Manuel, retomando luego la poesía con más ímpetu. Volviendo la poesía, por utilizar versos del propio poeta,  “con su antigua dicha de frutos/renovados”. Y de ese empuje nace este libro, ya en papel,  que enlaza con el pasado y mira hacia el futuro.

Felizmente la editorial Devenir lo publica ahora, sacándolo del olvido y dándonos  a conocer a un poeta de  voz personal y honda. Creo que esta de Devenir es una apuesta arriesgada y por ello, la publicación es aún más encomiable. El poemario de José Manuel  no es fácilmente acomodable al canon. No precisa la poética de José Manuel Ramón de la coartada maniquea de la renovación del lenguaje ni de estar encuadrada en las modas.  No es una poesía para todos los paladares, pero los auténticos degustadores sabrán reconocer el sello de la auténtica poesía, porque José Manuel sirve a la poesía, no se sirve de ella.  La poesía que hoy se escribe y publica en este país va por otros caminos,  asfaltados o pavimentados. La senda que transita José Ramón es de otra naturaleza, es la suya una senda que va abriéndose en la tierra y en el hombre a medida que avanza.

Más parido que escrito, más dado a luz que compuesto,  esta “senda honda” funciona también a modo de poética y prueba vital y nos da las claves del particular universo del poeta.  La poesía de José Manuel tiene algo de torrencial, de arrebato, de creación continua. Poesía irreductible, donde forma y fondo confluyen. A esta idea quizás coadyuva  el hecho de no contener signos de puntuación salvo el punto final de cada poema. El ritmo es así un ritmo natural que el mismo lector imprime a través de la versificación.  Poesía intimista y profundamente humana, emparentada con lo telúrico, lo magmático y lo metamórfico; poesia  como corriente subterránea, poesía que parece surgir sin esfuerzo aparente, como un géiser, desde no se sabe bien qué profundidades.  Poesía que da forma al caos. Poesía que nombra y al nombrar, crea y ordena el mundo.

No obstante lo dicho, siendo una poesía cuya sustancia temática  se haya estrechamente vinculada al estado natural,  entiendo que no debe ser leída en clave ecológica. Creo que ponerle este sello tan manido  sería devaluarla. Se trata de algo mucho más profundo, más imbuido en una concepción metafísica de la poesía, y en este sentido entronca con los románticos ingleses, en particular con Wordsworth, pero también con nuestro Claudio Rodríguez.  Y por citar al coautor de las Lyrical Ballads, creo que esta definición de poesía es quizás la que más cuadra a la poética de José Manuel: “La poesía es el desbordamiento espontaneo de poderosos sentimientos”. Sí, eso es la poesía de José Manuel y además, una poesía sin fecha de caducidad.

Juan Lozano Felices

*Pincha aquí para leer el artículo de Juan Lozano 

sobre Kavafis, Cartografía poética de Kavafis en España. 

La senda honda de José manuel Ramón, prólogo de José Luis Zerón Huguet

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86ee2b6e-9560-4203-b4d2-6d51cd1dc054La madrileña editorial Devenir editó el pasado mes de diciembre el poemario La senda honda, del oriolano José Manuel Ramón Gutiérrez. José Manuel Ramón, nació en 1966 y reside actualmente en Fuengirola (Málaga). Fue cofundador de la revista de creación Empireuma junto con José Luis Zerón, José María Piñeiro y Ada Soriano y codirector de la misma hasta 1991. Incluido en varias antologías y colaborador en numerosas revistas literarias. Es autor de la plaquette Génesis del amanecer (1988), con prólogo del poeta Jorge Cuña Casasbellas.

Publicamos a continuación el prólogo de La senda honda escrito por nuestro colaborador José Luis Zerón Huguet.

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El autor, José Manuel Ramón

PRÓLOGO

Conviene aclarar, desde el principio, que La senda honda es el primer libro que publica José Manuel Ramón, y también es su primer poemario. Concebido en 1988 y concluido en 1991, sale ahora a la luz. Conviene, además, hacer un poco de historia, dado lo inusual del caso.

José Manuel Ramón formó parte del grupo de amigos que fundamos la revista literaria Empireuma en 1985. En dicha publicación dio a conocer sus primeros versos. Por aquella época también publicó poemas en otras revistas literarias de ámbito nacional, y en un par de antologías. En 1988 dio a conocer, en edición de autor, la plaqueta Génesis del amanecer, escrita en 1984, que además de ser un hermoso canto fragmentado dedicado a las edades primigenias de la tierra, antes de la llegada del hombre, constituye el germen de la poética singular del autor. Le siguió el libro que hoy tengo el honor de prologar y de cuya gestación fui testigo. Acabado este poemario, José Manuel dejó de escribir sin explicaciones ni justificaciones, sin más, como una llama que súbitamente se apaga golpeada por una corriente de aire. La fraternidad empireumática se sintió huérfana sin José Manuel, si bien todos esperábamos que nuestro amigo volviera a encontrarse pronto con la poesía, pues le augurábamos una prolífica trayectoria como poeta. Pero pasaba el tiempo y el reencuentro no se producía. Hace dos años —quizá tres, no sabría precisarlo— la llama creativa renació hasta convertirse en un incendio. José Manuel ha vuelto a la poesía, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Que yo conozca, son cuatro los poemarios que ha escrito en los últimos años, compuestos con un verso estilizado pero poderoso, un ritmo intenso, una sintaxis peculiar, a veces disruptiva, y un tono discursivo oracular.

Con buen criterio José Manuel Ramón ha decidido respetar la cronología de su trayectoria poética, de modo que su primer libro publicado coindice que es su ópera prima. Y digo con buen criterio porque La senda honda es un poemario sorprendentemente maduro, pese a que cuando fue escrito, su autor aún no había cumplido los 25 años. Además, sienta las bases de una poética sólida, con raíces profundas en una tradición que alimenta y renueva. El poemario ha sido actualizado con el extenso y bellísimo poema final titulado “De regreso”. El autor, según me confesó en un correo, sentía cierta frialdad y desconexión al volver a leer su primer poemario, y como era consciente de que debía darlo a la imprenta, decidió incluir el poema añadido, estableciendo así un puente entre el pasado y el presente de su escritura poética.

Aclarados estos pormenores, diré que La senda honda no encaja en las corrientes dominantes de la poesía actual, sin llegar a ser realmente un poemario experimental ni rupturista (a pesar de cierto utillaje vanguardista en la forma). Su condición lateral no implica anacronismo, nada de eso: nos encontramos ante una poesía intemporal, despojada de sucesos anecdóticos o adventicios, plena de grandes y luminosas propuestas, pero también de oscuros presagios e incertidumbres —muy pertinentes en estos tiempos de penuria—, y escrita con las clarividentes dudas que tratan de desvelar la dimensión órfica del lenguaje y de la existencia del ser humano, en un afán por hallar la palabra nueva —no novedosa— que huye del prosaísmo, la trivialidad y la grisalla. Cuando fue concebido, este poemario nada tenía que ver con el verismo irónico-sentimental de la Poesía de la experiencia, tan en boga entonces; y ahora queda lejos de las propuestas posmodernas en las que prima la ligereza, la ironía, el eclecticismo cultural y, si acaso, cierta conciencia cívica. Por tanto, el canon dominante, me temo, será muy poco hospitalario con esta poesía poderosa y exigente, no exenta de referentes metafísicos, que aporta un discurso plagado de numerosos interrogantes. El hombre de hoy —y los poetas no iban a ser menos— encuentra en su interior un vacío oscuro que prefiere ignorar porque siente auténtico horror ante la posibilidad de quedarse a solas con sus pensamientos. No es el caso de José Manuel Ramón.

La Senda honda es un libro bien construido, complejo, obsesivo, intenso, condensado, fruto de una disciplinada labor introspectiva y un impulso ascensional, muy alejado de la utilidad de la palabra que nos impone la sociedad contemporánea. Sus poemas, desde el primero hasta el último, emprenden la búsqueda del verdadero sentido de las palabras y del ser humano en el mundo. Está fragmentado en tres partes cuyo carácter unitario no se contradice con su independiente desarrollo. El propio título es una acertada metáfora del contenido. El autor huye de la planicie, de los caminos seguros por trillados, se adentra en hendiduras, hondonadas, vaguadas, barrancos, tajos y gargantas sin brújulas ni mapas, moviéndose por caminos profundos poco hollados para dar cuenta de su voluntad permanente de trascender el lenguaje y de su creencia en el mundo físico como ámbito de religación del ser con el cosmos. De esta forma, los poemas de La senda honda se caracterizan por la tensión de contrarios propia del talante barroco. Aquí encontramos fusionados himno y elegía, oscuridad y luz, pudrición y floración, paso del tiempo y celebración del aquí y ahora, horizontalidad y verticalidad. El poemario acontece en un paisaje natural, unas veces inhóspito, otras acogedor, pero casi siempre escarpado: La naturaleza es hermosa y a la vez cruel con el hombre que la mira con añoranza, tratando de hallar en ella el paraíso perdido o el útero del que fue arrancado. El hombre solo ante el espectáculo de la naturaleza que nos huye y nos llama desde su órbita de plenitud y decadencia, mirando con fascinación no exenta de angustia, al filo de la nada y de lo inmenso. Ya en el primer poema, “Exordio”, leemos:

Cada sombra anuncia/ una claridad devastadora/ que tras hendir la tierra destrozar el alba/ o desgarrar un cuerpo apenas duro/ como lo pueda ser el de un hombre/ continúa no siendo nada/ e irremisiblemente siéndolo todo// Es por esto que lloramos/ y si también escribo/ es porque temo igualmente/ a la muerte.

Y es que el tiempo es el motivo axial de este libro; el tiempo entendido como un ouroboros maravilloso y terrible: la inmensidad instantánea y eterna de lo ya vivido y de lo que está por vivir. Esta conciencia de la unidad de todo, o esta aspiración a la unidad de todo, incluso de lo fluyente e inaprehensible, requiere un territorio expresivo esquivo que no deja de tener algo en común con la indescifrable naturaleza de la experiencia mística. ¿Qué puede haber más ingenuo/ que el hombre? se pregunta el autor en “Debilitas hominis”, y, en efecto, ingenua resulta la pretensión del ser humano de atrapar la distancia con el lenguaje, pues congénita es su incapacidad de entender el mundo y la génesis del universo.

Pero el poeta no acepta la imposibilidad del conocimiento y da testimonio de ello a través de unas preguntas que, no por haber sido muchas veces formuladas, dejan de ser necesarias. Leemos en “Soledad afuera”:

¿A qué mi corazón bramante repica/ y repica con desacostumbrada angustia/ y a qué este desasosiego/ por lo que no ha de cambiar/ ni permanecer?

Y en “Fidelidad del aire”:

¿Y qué será de la memoria/ cuando el cuerpo se desploma?

La senda honda es un libro turbadoramente hermoso, heredero del desengaño metafísico barroco, pero también de la exaltación prometeica romántica y el desolado contacto onírico, casi místico, con la naturaleza de algunas poéticas visionarias del siglo XX. Este poemario —no hay más que leer la lista de títulos del índice— transmite pesimismo y angustia, pero no es una apología del sufrimiento, o al menos el tejido metafórico del dolor es sobrio, elegante, solemne, no excéntrico ni desgarrado. Ya decía Claudio Rodríguez “que el dolor verdadero no hace ruido”.

En esta deflagración ontológica asistimos a un entrelazamiento nuclear de la vida, la muerte, el amor, la naturaleza y, sobre todo, como decía, el tiempo. Leemos en “Ímpetu del agua”:

También nosotros seguimos siendo/ por nosotros mismos/ aunque el agua haya arrugado nuestra piel/ y deshecho cruelmente el débil sendero/ que con tanta seguridad/ seguíamos.

Y en “Paseo interior”:

Como la vida de cualquiera/ cada trecho tiene su particular historia/ a cada uno asociamos un estado de ánimo/ y no siempre es la costumbre/ la que dicta nuestros pasos.

Entre tantas metáforas de muerte en torno al desengaño hay un lugar de la memoria en el cual el autor —también el lector— se refugia frente a la aniquilación; ese “nido” de esperanza al que retorna lleno de sueños imposibles. Por todo ello este es un libro de claroscuros, cuyos colores predominantes son el gris y el verde: la verdura vital de lo que nace y se desarrolla y la grisura de la devastación y la ceniza. En el imponente poema “De regreso” —un canto a la naturaleza primordial que representa el bosque— de vuelta a la semilla, el poeta se reconoce en la luz y umbría de la espesura:

Mi verde es el del musgo/ hecho piel en la umbría/ a ambos lados de esta senda/ que sortea árboles como piedras/ izadas de húmedo verdor// plántulas que amaron/ desde la soledad/ de la semilla

(…)

Mi verde es el de la hiedra/ que escala arbustos o palabras/ buscando un punto de luz/ que encumbre su medianía/ sin más horizonte/ que la certeza de esta selva/ que trasvasa experiencia/ gota/ a/ gota// como el agua hendida por raíces/ que abrazan la tierra tejiendo/ su amerada urdimbre bajo/ la espesura que tiembla/ por dentro

El poema que cierra el libro promueve un regreso hacia lo que somos verdaderamente en consonancia con la naturaleza. El poeta siente una nostalgia de lo no-humano cuando por un momento recupera sus poderes primordiales en contacto con el bosque:

He regresado/ la raíz aflora y se muestra/ como una antigua visión/ que invoca presencias// este es el lugar del encuentro/ de la palabra anhelada/ de la emoción inmersa/ en humedales brumosos/ sobre tierras dúctiles/ erosionadas

Pero ese estado de receptividad no implica una pérdida del ser, sino, precisamente, su reconocimiento. El poeta quiere ser árbol, piedra, arbusto, leño, légamo, hojarasca… y en el instante del desapego —lo que dura un largo paseo— puede serlo, puede reencontrar la identidad primordial sin renunciar a la identidad individual y su conciencia de finitud. Tras una lectura apresurada de este extenso poema se podría deducir que el poeta posee un concepción del mundo cercana al Panteísmo, pero creo que incurriríamos en una simplificación; pues si es verdad que los versos fluyen en armonía con las imágenes de esa formidable maquinaria de vida y muerte, de belleza y fealdad, que es la naturaleza, no es menos cierto que esta no deja de ser hostil. Los momentos de dicha, plenitud y desapego conviven con las imágenes de obstrucción, inquietud y frustración. Nadie abre la espesura y la luz del sol es incapaz de disolver/ la naturaleza brumosa/ que somos.

La senda honda es un libro que penetra en los intersticios más profundos y sinuosos de la naturaleza y el ser humano, pleno de posibilidades desarrolladas en los poemas posteriores escritos por el autor, todavía inéditos y espero que no por mucho tiempo.

José Luis Zerón Huguet