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El jueves que viene. Luis Landero, La Dignidad de la palabra 4

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Luis Landero, 26 de abril. La Dignidad de la palabra 4.

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Luis Landero: “Yo empecé a enfermar de literatura a los catorce años”

“Mientras haya una minoría que lea, escribiremos”, asegura el extremeño ante la baja perspectiva lectora

http://www.laopiniondemurcia.es/cultura-sociedad/2018/02/22/empece-enfermar-literatura-catorce-anos/900020.html

 

Los libros de la memoria: El balcón en invierno, por Javier Puig

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El balcón en inviernoLuis Landero, ahíto de sí mismo, de su literatura, encuentra la salida de la memoria. De ahí nace su último libro: El balcón en invierno. Se pone a indagar en sus recuerdos, no solo en los suyos propios, los de sus orígenes, su evolución en los tiempos decisivos, sino también sobre todos los hombres y mujeres entre los que creció, esos habitantes de su vida incipiente que tienen madera de personajes. Pero aquí debe contenerse. No quiere ir más allá de lo que sabe. No se permite mentir, lo que tanto le gustaba hacer en su infancia.

Hurgar en la primera parte de la vida es una tarea apasionante, siempre misteriosa, ya que la mayoría de los hechos que sobreviven en nuestra memoria están huérfanos de la casuística que los promovió. Uno se enfrenta a su propia otredad. Temerariamente fiados de la memoria repasamos nuestros actos antiguos, a menudo sin comprenderlos, como si entonces nuestro ser en el mundo no hubiera estado habitado por quienes somos hoy sino por alguien muy distinto, a menudo de actitudes y reacciones despreciables para nuestra sensibilidad actual. Landero, al ponerse a explorar su pasado, encuentra frustrantes insuficiencias en los datos de que dispone. Las preguntas que se hace son muy distintas de las que se hacía entonces. Conversando con su madre de noventa y siete años, intenta solucionar esas lagunas, pero apenas lo consigue. Ella no recuerda, o prefiere no recordar, o no se interesó por aquello que, con mucho retraso, para su hijo ha devenido importante. De todos modos, la mirada de los demás no nos aporta sino una visión complementaria que, si no queremos ir más allá de nosotros mismos, recomponiendo nuestro extinguido mundo, la desechamos por extraña.

Para Landero, el personaje más misterioso, más importante, es su padre. Un hombre autoritario, reservado, poco trabajador, que murió a los cincuenta años. Un hombre sombrío, “entregado a lúgubres silencios, fumando amargamente, como un titán de la tristeza”, cuya sola presencia mediatiza a los miembros de su casa. Cuando sale, los hijos se entregan al bullicio de la libertad. El ruido de la garrota colgada nuevamente en la percha de la entrada significa el apagamiento de la vida. Pero la distancia suele favorecer el ejercicio comprensivo: “Mi padre hubiera querido ser un padre cariñoso y comunicativo, pero no sabía cómo y, sin quererlo, lo que inspiraba era miedo.”

Cuando leemos un relato como este, autobiográfico, ineludiblemente se activa nuestra propia memoria y con ella reaparecen las sombras y las luces del pasado, las difíciles luchas para llegar a ese asentamiento de la personalidad en el que creemos ser al fin nosotros mismos, en el que alcanzamos la mirada singular y trabajada, casi siempre más capaz de la benevolencia con los personajes que fueron mal admitidos en su momento. Pero la relación con los padres siempre es la más crucial. De cuando éramos niños nos queda la vaguedad de su imagen, como personajes incompletos, seres secretamente sufrientes y a la vez pletóricos de su aparente superioridad. Cuando alcanzamos la paternidad que observábamos en ellos, nuestra nueva posición nos empuja a preguntas insoslayables. ¿Cómo nos verán nuestros hijos con el tiempo, cómo nos juzgarán? ¿Se compadecerán de nosotros? ¿Nos reprocharán sus fracasos, sus titubeos? ¿Percibirán, al fin, los pocos puntos de conexión, de afinidad, que las edades distantes ocultan? ¿Serán capaces de la hermosa gratitud, de la preciosa comprensión?

Su padre quería hacer de Luis un hombre de provecho, un triunfador a su manera de entenderlo. Lo quería abogado, casado con la mujer más rica del lugar. Desde muy pronto, compartió diversos trabajos con los estudios, de mecánico, en las oficinas de una Central lechera. Pero le resultaba imposible cumplir pues obedecía a un imperioso sentimiento de ajenidad. A los quince años ya había escrito sus primeros poemas. “La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo. Yo personificaba para él el gran fracaso de su vida”. Ni en su casa, ni en la de sus familiares, había libros. Ningún miembro de su extensa familia tenía estudios. Solo su padre – en la guerra – había visto el mar. Su decantación hacia la literatura, en un entorno en el que se la ignoraba, es un absoluto misterio tal vez revelable por aquel programa de radio que escuchaba poco después de la medianoche, en el que la cálida voz del locutor recitaba “versos de una belleza abrumadora”.

Su vocación literaria se fortaleció por el encuentro con el que fue su “mejor profesor, no tanto por sus conocimientos extensos, como por su persona, por su ejemplo viviente”. Le daba clases en una academia nocturna. De él obtuvo las primeras – aunque matizadas – valoraciones positivas de sus escritos. Lo guió en sus lecturas y así, por camino firme, pudo ampliar aquella biblioteca suya que, en un largo principio, solo constaba de un tomo de Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Landero nos refiere uno de los que considera mayores hitos de su vida: el día en que compró El criterio, de Jaime Balmes, y se lo llevó a la academia, dispuesto a que lo viera su profesor, en un guiño que buscaba una complicidad que obtuvo sobrada y fecundamente.

Los libros de memorias, a lo largo de la historia, se han utilizado como un ejercicio de reivindicación personal, de defensa frente al mundo, de ajuste de cuentas, de acopio de jactancias. Pero Luis Landero escribe un libro no para reafirmarse sino para preguntarse, no para ser visto sino para mirar. Lo que quiere es comprender, penetrar en lo que queda de unas vivencias parcialmente desaprovechadas. La escritura se hace cadencia de una vida apenas recuperada, acompasado sentimiento de una otredad que ya es propia, resurgida para atender una deuda con la riqueza de lo vivido. Los pintorescos personajes que recorre, en los que emocionadamente se detiene, están tratados con el sumo respeto, con la debida indulgencia de quien los considera comprensibles en su pertenencia a un mundo trasnochado, a un tiempo que los concierne, a unas limitaciones que los configuran. El balcón en invierno permite a su autor detenerse, mirar hacia atrás, encontrar el valioso momento para escribir un libro intenso, bello, honesto y necesario.

LA VIDA VIVIDA DE LUIS LANDERO, por Francisco Gómez

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landero“Esos momentos creadores, fundacionales, capaces de torcer el destino, de cambiar o corregir en un instante el curso de una vida, como me ocurrió a mí al descubrir que mi pueblo no era el centro del mundo, o cuando me vi vestido con el mono y las alpargatas de mecánico, o cuando me compré El criterio de Balmes, sin sospechar que allí comenzaba para mí una vida nueva. Y eso por no hablar de la muerte de mi padre, fuente de todo afán. En casi todas las novelas aparece alguno de esos momentos estelares, y a veces en ellos está la clave para acceder al sentido profundo de la historia”.

Estas son las claves que el escritor español Luis Landero (Alburquerque-Badajoz-1948)2014_9_17_FIrlZXA3ycEQzvxhATsLD7
nos revela en su último libro “El balcón en invierno”, una biografía novelada sobre su vida y la historia de su familia desde un pueblo de Extremadura hasta que emigró con su familia al barrio de Prosperidad en Madrid. Un libro sencillamente hermoso. Un texto que me ha emocionado hondamente. No suelen gustarme las biografías o autobiografías de los escritores que sigo. Así me ocurrió con “Diario de invierno” de Paul Auster, que me decepcionó. Prefiero leer las historias que desean contarme los autores que me gustan antes que conocer su peripecia personal. Pero con esta novela no ha sido así. Landero trata en el primer capítulo de comenzar un nuevo relato, la historia de un jubilado. No está convencido con los primeros compases de la historia y decide cambiar e interrogarse sobre el acto de escribir, la historia de su casa donde no había libros. Sin embargo, su familia era amante de contar historias a la luz de la lumbre: “Casi todos eran soñadores y fantasiosos, urdidores de proyectos irrealizables, apasionados e infantiles…Casi todos estaban dotados para la oratoria, y les gustaba hablar en alto y gesticular con energía y en general preferían soñar la vida que vivirla”.

El balcón en invierno” es, a mi entender, es un gran ejercicio de vida después de ser vivida, es decir, de Literatura con mayúsculas. La historia de su familia, su abuela Frasca, el abuelo Luis, el primo Paco y sus andanzas con Landero como guitarrista, la severidad y las ínfulas de su padre que anhelaba que el hijo fuese un hombre de provecho para restregárselo a la “gente gorda” del pueblo, abogado por lo menos. Todo este maremágnum de vivencias, ideas, andanzas que han cristalizado algunas de las líneas maestras de las siete novelas y “El balcón en invierno” la octava, que me han convertido en uno de sus devotos lectores.

“A veces me pregunto por qué caminos, por qué atajos, por qué oscuros designios del azar he llegado yo a ser escritor. ¿Por qué? Tantos miles de duros gastados en vano, porque para ser escritor no hacen falta grandes estudios académicos y eso sin olvidar que los escritores no se casan con las mujeres más ricas y guapas del lugar, ni participan en cacerías, ni alternan con la gente gorda, ni llegan a ser alcaldes, gobernadores o ministros”.

Este no es un sesudo estudio sobre la obra ni esta novela de Luis Landero. Es un libro que me ha llegado adentro porque es un homenaje a la gente sencilla, a la buena gente que nunca sale en ningún sitio y construye este lugar donde vivimos. También narra los primeros estadios de aprendizaje como escritor y el canon literario que aprendió de su profesor Gregorio Manuel Guerrero cuando su vida se movía a ritmo de impulsos sin un norte claro al que dirigirse, como les ocurre a muchos de sus personajes.

Tantos datos como atesoramos de políticos, militares, escritores, filósofos, científicos, profetas y magnates, y a veces apenas sabemos nada, ni nos preocupamos por saberlo, quizá porque las damos por sabidas, de las personas que tenemos cerca, y a las que queremos, y que un día, cuando mueren y transcurren los años y cuando ya es tarde para remendar los rotos del olvido, descubrimos con pena y estupor que no conocemos casi nada de ellas…”.

“Mi madre ha ido aceptando todas esas muertes sin protestas, casi sin lágrimas. Así es la vida, es todo cuanto dice, y los dos nos quedamos con los ojos perdidos en el aire, viendo apenados ese lento desfile de espectros desvaneciéndose en la distancia” “Le dije que estaba escribiendo un libro sobre la vida de todos nosotros.

Con lo mentiroso que has sido siempre, habrá que ver lo que cuentas ahí.

No, esta vez no hay mentiras”.

Lean “El balcón en invierno”. Sentirán latir una honda verdad humana y es muy posible que su espíritu palpite. Así lo ha sentido uno.