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El don de la armonía, por José Luis Zerón

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Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010.

Quisiera empezar con una observación que quizá pueda parecer baladí para quienes creen que no hay -o no debe haber- una correlación entre el poeta y su obra poética, pues estos consideran que lo que escribe el sujeto poético es solo una mixtificación. Pues bien, la escritura poética de Ángeles Campello es de una asombrosa autenticidad y refleja el carácter de la autora. En el caso de Ángeles, vida y creación poética están fusionadas en una honesta y coherente manifestación de saber estar en el mundo.

He ido leyendo y releyendo Malasia en el corazón y sus versos me han hecho más habitable la realidad. No en balde la autora concibió este libro durante un viaje que realizó a Malasia en 2005 para realizar un curso especial de Chi Kung, una serie de técnicas terapéuticas que proceden del budismo y del taoísmo, a través de las cuales también se alcanzan grados de espiritualidad comparables con el neuma griego o el prana hinduista. Básicamente es el arte de hacer circular la energía vital de la forma más adecuada, es decir, de alcanzar esa armonía que tiene diversos nombres según cada cultura, pero que es solo una y que en Occidente podemos encontrarla en Hildegard von Bingen, en el maestro Ekhard, en Paracelso, en los grandes místicos, en Emerson, Thoreau, María Zambrano, y ya en la actualidad, en poetas como Antonio Colinas o Clara Janés, por poner un par de ejemplos significativos.

En los títulos de las partes en que se divide Malasia en el corazón, están patentes la reflexión espiritual y la capacidad sensorial de la autora: MeditacionesNaturaleza sensitivaAlma fraternalYinnanasviaje interiormiradas y versos de amor. En realidad podríamos hablar de un solo poema fragmentado, compuesto especialmente por haikus y otros poemas algo más extensos con una medición libre.

Una de las particularidades de este libro es su desfase con la poesía feroz, desquiciada y descreída -en muchas ocasiones con un exceso de pose- que predomina en el panorama poético actual, donde conceptos como armonía, belleza, amor, son vistos con reservas cuando no con absoluta aversión. Ángeles Campello, fiel a sí misma, escribe un libro que es a la vez poético, filosófico y terapéutico, y que, como la autora misma, irradia confianza, optimismo y también una serena bondad, unas veces explícita, otras secreta; el stimmung o temple, estado de ánimo afectivo mediante el cual quien lo vive se abre al mundo y permite que el mundo se le revele. Como escribió el filósofo alemán Heidegger,“stimmnung es un mundo existencial fundamental”.

Los poemas que comentamos surgen de una sensibilidad especial: la de quien habiendo mirado el abismo, sabe cómo abrazar la plenitud. Porque la autora, como buena conocedora de las enseñanzas budistas y taoístas, no es un alma cándida y sabe que el mal y la oscuridad no son erradicables, pero sí pueden ser neutralizados cuando se les somete a la iluminación:

La luz debe venir de dentro

no podéis pedir que la luz se vaya,

tenéis que encender la luz.

Eso leemos en una cita del maestro y escritor budista Sogyal Rinpoche, y dice la autora como ejemplo de la armonía integradora de los contrarios:

La oscuridad y el silencio

temidos y esquivados

antaño, son buscados

deliberadamente ahora,

por una necesidad imperiosa

de vacío.

Se convierten en luz y

estruendo sonoro

en la calmada quietud

de la meditación,

siendo preludio y

antesala del despertar

La brevedad, la concentración y una depuración exquisita predominan en la poesía de Ángeles Campello. Apenas hay discurso, solo sentencias, fulgores reflexivos, versos aforísticos y hallazgos de intenso lirismo donde, como decíamos, también hay lugar para la pasión y los sentidos, porque en contra de lo que el lector pudiera pensar de una poesía de corte espiritual, no estamos ante un presupuesto ascético y árido en su austeridad; los poemas son respirables y dotados de energía:

Dónde podré guarecerme

de este inesperado

tsunami de pasión

que ha roto el dique

protector de mi corazón

devastando toda paz

y equilibrios alcanzados

La base de la poética de Ángeles Campello es clara y muy directa, y la naturaleza está muy presente y en permanente flujo en su pensamiento. Hay en estos poemas aforísticos condensación, claridad y sonido. Hay también un exceso de detalles nimios y cotidianos, sin apenas conectores, que resultan eficaces por su precisión y sutil contundencia, si vale el oxímoron para explicar la fuerza expresiva, la energía fluyente con que la autora revaloriza las imágenes previsibles y las expresiones demasiado explícitas. La voluntad de condensar de la autora, tan propensa al esencialismo, además de asumir el magisterio de autores budistas y taoístas, está próxima a poetas emocionales como Eloy Sánchez Rosillo, José Corredor Matheos o Vicente Gallego, grandes cultivadores del poema breve, pero se aleja de la generación de modernistas norteamericanos como Louis Zukofsky, Gerorge Oppen o Lorine Noedecker, que también cultivan el esencialismo pero desde una postura antirromántica.

Otra particularidad de la poesía de Ángeles Campello, al menos en el libro que comentamos, es la convivencia de un tono monocorde, meditativo, muy oriental, con una musicalidad ritmada y enérgica más propia de Occidente. Pero Malasia en el corazón no es un libro New Age, al uso, pues el talento de la autora lo sitúa por encima de modas remotas y filosofías exóticas. Hay una armónica fusión entre las reflexiones y las imágenes de este libro que rechaza el ser perverso sin negar la negatividad, porque ello significaría situarse de espaldas al mundo real. Se trata de un verdadero ejemplo de ingeniería armónica, de bienestar trabajado, de equilibrio entre el método programático de los maestros orientales y las expansiones sentimentales e intuitivas de la autora. También nos enseña Ángeles en este delicioso libro que la belleza lírica y los caprichos de la razón poética, no son incompatibles con el servicio al prójimo, y que la poesía alcanza grandes beneficios morales cuando quien la escribe es consecuente consigo mismo y sus sentimientos elevados derivan de la serenidad, de la seguridad, del amor fraternal y de la capacidad de dar a su ser una expansión universal para mejor sentir/la unicidad /de la naturaleza.

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Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

PRESENTACIÓN EN ORIHUELA DE EL OCHO DE LAS ABEJAS (editorial Devenir, Madrid, 2018), DE CLEOFÉ CAMPUZANO

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El pasado 26 de febrero se presentó en la librería Códex de Orihuela El Ocho de las abejas, primer libro de poemas de Cleofé Campuzano, editado por Devenir. En el acto intervinieron el editor del libro, Juan Pastor, el prologuista, José Luis Zerón Huguet, y la autora. Poetas, artistas y familiares y amigas de la autora llenaron el salón de actos de la librería.
A continuación reproducimos el prólogo de El ocho de las abejas y dos poemas del libro.

PRÓLOGO
Vaya por delante mi agradecimiento Cleofé Campuzano por haberme confiado la tarea de prologar su primer libro. No es mi intención desentrañar su poesía exigente, tarea futura de críticos especializados; solo pretendo -y me daré por satisfecho si lo consigo- aproximarme de manera cómplice a quien esté dispuesto a leer atentamente este poemario.
Pero debo advertir que El ocho de las abejas no admite lecturas superficiales y unívocas, es decir, no resultará fácil a aquellos lectores no avezados que solo captan lo evidente. La autora no renuncia a la intuición, ni al proceso creativo como prolongación natural del instinto, pero tampoco descarta el método de composición de Poe: “La ejecución del poema es una operación intelectual, no un don de la musa”. Por eso mismo, su estilo definido surge de la emoción y el cálculo, de la sensibilidad y la inteligencia, de la unión de irracionalidad y raciocinio que García Lorca llamaba gracia y esfuerzo. Por otra parte, la poética de Cleofé Campuzano restaña la vieja herida del divorcio entre poesía e idea, pues en ella confluyen pensamiento poético y pensamiento filosófico con una acertada integración de elementos culturalistas no muy abundantes (a la autora le interesan, como demuestra en sus artículos incluidos en revistas especializadas y en su propio blog, el arte contemporáneo en todas sus manifestaciones, así como numerosas disciplinas del conocimiento).
En este libro de sólida arquitectura hay un cruce de voces (la autora combina la primera persona o sujeto explícito con el uso de la segunda persona y el predominio de la invocación y el imperativo), así como una hábil combinación de lo ético y lo estético. La potencia creativa de la poesía corre el peligro hoy día de sucumbir ante los numerosos modos de instrumentalización económica política y mediática. Por eso el poeta ha de tener una disponibilidad de escucha interior y exterior que le permita una relación dolorosa y cordial del yo con los otros. La poesía que nos ocupa no da la espalda a los conflictos que asolan al hombre contemporáneo y encara la realidad y la trasciende en un combate cuerpo a cuerpo entre el ser y la existencia:

Es oscura la posición
de permanecer sentado
y no hacer nada,
no vibrar, sentirme ruin
por mis mezquindades cuando
el mundo entero es el lugar del espanto.
(“No hay día que no huya de mis manos”).

Lejos de la banalidad y la ocurrencia, los poemas de este libro despliegan una densidad imaginativa y simbólica en un espacio abierto, polisémico. Un ejemplo de ello lo encontramos en el título mismo del poemario, sin duda hermoso y sugerente. Según me explicó la propia autora, a ella siempre le ha fascinado cómo en el ámbito de la lingüística y la antropología se explica el sistema de comunicación de la abeja como antitético al humano, ya que esta hace un recorrido perfecto que viene determinado genéticamente y que no ha de aprender, y lo hace registrando vuelos circulares que vienen a describir lo que sería un ocho (en simbología el ocho representa el anudamiento infinito y el equilibrio de las fuerzas antagónicas). La abeja se comunica hasta el final de su vida de esta manera predeterminada, mientras que el ser humano desde su nacimiento está obligado a aprender a comunicarse con su entorno y consigo mismo sabiéndose muriente. La autora contrapone el vuelo perfecto de la abeja en beneficio de la colectividad a la errancia individualista del ser humano, con sus innumerables remontadas y caídas.
Por otra parte, la simbología de la abeja es muy rica. En general se la relaciona con el trabajo bien hecho y la primacía de la organización; para la cultura egipcia representaba el alma y el espíritu; los antiguos cristianos veían en ella el misterio de la muerte y la resurrección, así como la diligencia y la elocuencia; los musulmanes el lirismo y el conocimiento; los hindúes la abundancia y la ampulosidad. Numerosas leyendas de diversas culturas nos hablan de la abeja como sinónimo de salvación y de eternidad. En cualquier caso, el simbolismo de la abeja es ambivalente y dual: por una parte se la relaciona con la vida por su aparición y plena actividad en primavera, y por otro lado está vinculada a la muerte debido a su entumecimiento invernal y a su aguijón venenoso, que solo utiliza cuando percibe una seria amenaza. Es un hecho paradójico conocido que la protección de la abeja obrera es también su condena: cuando entierra su aguijón y trata de extraerlo desesperada, deja parte de su tracto digestivo, músculos y nervios. Este enorme desgarro abdominal es la causa de su muerte.
En relación con el título, me resulta inevitable citar un libro que he releído recientemente: EL mundo de las abejas, del escritor belga Maurice Maeterlinck, quien compara a las abejas con los seres humanos y traza un mapa de similitudes entre la inteligencia humana y lo que él llama “el espíritu de la colmena”, ensalzando el carácter colectivo de estos himenópteros y su noción de “porvenir”. Las abejas se sacrifican defendiendo a la reina, pues si esta muere la colmena está condenada a desaparecer. Maeterlinck va mucho más allá del estudio de las abejas y aborda cuestiones que también preocupan a Cleofé Campuzano: el azar, el anudamiento entre la vida y la muerte, el destino, la providencia y lo ambiguo de conceptos como instinto e inteligencia.
Asimismo me vienen a la memoria los poemas dedicados a las abejas incluidos en Ariel, el último poemario que escribió Sylvia Plath. La escritora norteamericana tenía una colmena y solía asistir a las reuniones de los apicultores locales. Su padre era profesor de biología y una autoridad en el campo de la entomología.
El ocho de las abejas nos habla, sobre todo, del ser humano, del aprendizaje experiencial al que está condenado desde que nace hasta que muere, de su sed de sabiduría e independencia nunca saciada, de su contradictoria presencia en un mundo que lo acoge y lo rechaza, de su capacidad para sobrevivir creando cómodos refugios materiales y metafísicos, cultivando certidumbres y abriendo senderos marcados y seguros contra el destino inescrutable e implacable. También de sus naufragios.
El primer poema del libro, “En un sembrado tierno y feroz”, está reforzado por una cita de Tolstoi muy significativa (todas las citas que aparecen en este libro son importantes no solo para comprender mejor los poemas que encabezan, también para conocer las referencias literarias de la autora) “…Entonces, ¿cómo pueden decir los venerables que después de la muerte hemos de vivir en ese otro mundo?” Este poema-pórtico aparentemente pesimista es, no obstante, un hermoso canto a la vida. La autora se obstina en apelar contra la muerte, pero al mismo tiempo la asume como sino que intensifica la vida. En este poema, y en todo el libro, resuenan los ecos de César vallejo y sus Poemas humanos. Cleofé Campuzano viene a decirnos lo mismo que el poeta peruano: “en suma no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte”.
Ni siquiera el maridaje vida-muerte se atenúa o suspende a través de la fusión amorosa de dos identidades. Al contrario, se potencia en la formidable batalla entre Eros y Tánatos (la carne, la tumba):

Porque prodigioso,
Y mudo siempre,
te adentras en mí con tus tumbas;
y quiero crecerme despierta,
mutarme las yemas
sobre otro sitio que no es este.
(“Prodigioso y mudo siempre”).

Pero la autora no incurre en una idealización de la muerte, atenta al aquí y ahora y sus contingencias.

Cállate, catástrofe consecutiva
liebre escurridiza
que te escapas de nuestra permanencia.
Cállate, que no deseo preguntarme cada día
si quiero vivir.
(“Cállate”).

Ni recurre a una visión trascendente. Ya que no pierde de vista los prodigios y vilezas de nuestra época. En sus poemas hay altos vuelos que parten de lo concreto y cotidiano a la búsqueda de la verdad de nosotros mismos, en una exploración continua del rostro cambiante del mundo.
El ocho de las abejas puede perturbar al lector por su aparente negatividad. En él se escuchan como un ruido de fondo los versos rotundos del poema “Lo fatal”, de Rubén Darío. La autora, desde un agónico escepticismo, atenta continuamente contra la esperanza, una de los motivos cardinales de la poesía:

La esperanza es un difunto más,
cuando nada de lo que se es
cuando nada de lo que se tiene
de lo que se pretende
nos ama.
(“Arbitrio”).

Nos dice que la vida es ante todo intemperie y por eso nunca encontraremos acomodo en ese lugar propio para el que se supone estamos destinados:

Pues yo me he preguntado tantas veces
si existe un sitio para cada uno;
detrás de cada sufrir encanecido
surge esta persecución
(…)
Llevamos la incertidumbre en la heredad
y esta heredad está cansada,
hastiada de recordar que no hay ni hubo
-no habrá- sitios en nombres propios.
(“Sitios en nombres propios”).

También nos habla de la ausencia de Dios o de cualquier inteligencia creadora, del sentimiento de incertidumbre y orfandad del hombre:

Pienso en la orografía de un límite
queriendo terminarse y
no creo que haya nadie que controle
su disolución.
(“De los vacíos indóciles”).
:
Por más que haga
más que me afane con mi edad
no llego a ningún sitio,

y esa sensación de orfandad
no me recupera.
(“Por fin la rueda encuentra reposo” I).

Y de la conciencia como causante de dolor y desolación. Precisamente el conocimiento de la propia existencia y de sus actos, incapacita al ser humano para alcanzar la plena libertad, así que cualquier atenuación de la conciencia mediadora, incluida la suspensión transitoria de la cordura, solo paliará el doloroso desasosiego de vivir condicionado por la autoafirmación:

He podido vivir, ser alguien… con corazón y mortalidad:
pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido,
me impedirá ser alguien libre.
(“A esto se refería una voz del pasado”).

Me olvido de mí si ella viene,
Y no sé qué significa,
la confundo con el caos y la prisión,
pero la dejo entrar
la dejo salvajear y que me afecte.
(“Vesania”).

Cleofé Campuzano no trata de seducir al lector con falsas plenitudes. En sus versos no hay una percepción intensa cercana a la epifanía. No recurre al énfasis emotivo para imantar al lector. Tampoco trata de conquistarlo a través de una técnica depurada y un lenguaje de línea clara. Su relación de con el lenguaje es tensa, pero también misteriosa, casi física. La autora remueve y socava el lenguaje en un proceso de recreación hasta alcanzar un conceptismo expresivo peculiar y reconocible, que revela tanto como oculta. La sintaxis unas veces es sinuosa, otras abrupta y quebrada, y el ritmo, sincopado, elusivo, entre la ligereza y la gravedad, no es el de la medida eurítmica convencional, sino el de la propia respiración agitada. Por otra parte, su ironía, turbulenta, de corteza áspera, está lejos de la ocurrencia amable o graciosa, tan en boga en la corriente neoexperiencial. No obstante, en El Ocho de las abejas hay un trasfondo vitalista, ya que el discurso poético constituye un testimonio de resistencia obstinada ante el destino inapelable e indescifrable que nos aguarda, a la vez que una invitación a vivir, a gozar el instante inmediato ante el aluvión de contradicciones que es la vida. De ahí que casi todos los poemas de este libro estén escritos en presente.
Con una energía libre y una voz propia, abrazándose irremediablemente al principio de supervivencia, Cleofé Campuzano penetra en las dimensiones profundas y complejas de nosotros mismos y de la realidad exterior. Allí donde la abeja no es capaz de llegar.
José Luis Zerón Huguet

 

Hiato

“Partiremos de aquí para siempre”
Arseni Tarkovski, 1938

Asilo, arritmia en los brazos,
me coges tú, frente cálida,
espacio que incluso
da más vida al nacimiento.

Necesitaré la firmeza
que caló el desánimo,
oliendo a bosque carbonizado.

Aliento alrededor del lugar
que es aluvión de contrariedades,
fuente de autenticidad,
olvido de arquetipos.

Con vosotros fui feliz,
asilo, aliento…

vaho del hiato que nos salva.

El viandante de lo absoluto

Nunca fue tan dura la razón
como cuando se estrelló en las formas del aspecto,
en los senos inflamados de la Insaciable sombra,
entre un sabio que llora por una vez de ignorancia
y un amable eterno
arañando cada rutina por un punto de maldad.
Respecto al individuo plegado a los relieves del proseguir,
no tengo nada que señalar…
él sólo se lanza para abrazar lo que no sabe:
hacia los cobijos incoloros de creerse
-hacerse- punto de total.

Cleofé Campuzano

Dos libros, por José María Piñeiro. En empireuma.blogpost.

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https://empireuma.blogspot.com.es/2018/03/supone-cierto-lugarcomun-de-la-critica.html?spref=fb

 

Supone cierto lugar común de la crítica más desencantada decir que si no conoces al poeta personalmente, su obra podría pasar desapercibida o ser mal interpretada, ante el hecho de las supuestamente muchas ediciones de poesía que adornan los últimos lustros y que crean un espacio editorial saturado y mimético. Es cierto que tras el prurito de identificar la poesía con movimientos, escuelas, ismos y demás, ahora que todos esos criterios ya no funcionan tan claramente, el hecho azaroso, psicológico de conocer al poeta nuevo que escribe supone cierto elemento probatorio de su valor.

Tengo la suerte de conocer personalmente, a los dos poetas que acaban de publicar en la editorial ovetense Ars Poética, José Luis y Ada, y teniendo en cuenta el cariz de los tiempos, creo que es en el ámbito de la amistad  donde, en muchas ocasiones, el hecho precioso de la poesía puede refugiarse y ser reconocido. Cierta proximidad resulta beneficiosa en un ámbito de fragmentación de nombres anónimos. Es cierto que existe el riesgo del localismo, pero a veces se pregunta uno si buena parte de la poesía que se escribe no es local, incluso la que se escribe en las grandes capitales, teniendo en cuenta que uno de los efectos más notables de la poesía es el de transmutarse de local en universal: es de este modo como cumple con su misión y se trasciende a sí misma. La poesía local ejemplar se convierte en universal y lo que se escribe en un punto preciso de la geografía, aunque esté retirado del centro, puede ser indicio de algo considerable. Con esto quiero decir que los interesados, lectores o profesores, debieran interesarse por lo que se escribe en cualquier parte del país si lo que se quiere es dirimir las coordenadas de lo que ocurre, para comprender el devenir de  lo que sentimos y deseamos o constatar las insistencias de un símbolo.

Todo libro nuevo de poesía me obliga a esta operación de ubicación, digamos, no para entender sus mensajes sino para de algún modo justificarlos.

Con José Luis y Ada la “operación de rastreo y localización” hace mucho tiempo que terminó porque es, precisamente, bastante el tiempo que hace que los conozco. Esta intimidad me libra de la pedantería de definir las figuras retóricas de sus poemas, es decir, analizar sus poemas como si fueran los de un extraño, y por otro lado me otorga la seguridad de  disfrutar de la garantía creativa de tales poemas.

Tal garantía no implica el mero elogio ciego, sino que constata, sobre todo,  la perseverancia de una pasión: el ejercicio gozoso de las palabras.

Precisamente, la recurrencia a la palabra poética como refugio de la máxima luz y como instrumento, consecuentemente, de la lucidez afirmativa, abrigo del desamparo íntimo, atraviesa e informa los poemas en prosa del libro de José Luis, Perplejidades y certezas.

Con el libro de José Luis entramos en el reino de lo sustantivo y de las presencias, en el mundo de las videncias, pero no de unas videncias proféticas ni meramente herméticas sino de las que se desprenden y producen los propios ámbitos experimentados: naturaleza, poesía, contemplación, pensamiento.

El poemario supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas,  captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre. Este es el mensaje más inmediato y mollar del libro, que ajeno a su oportunidad o no, se ofrece al lector.

El poeta habita el cosmos y describe las reverberaciones de sus constelaciones. El poeta no tiene otra misión que la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria.

Retóricamente, imágenes y sentencias son los elementos que se desprenden y conforman el poemario. Sintéticamente, Perplejidades y certezas se reduce a estos componentes prosódicos cuya bella conformación dan un carácter tan unitario al texto.

El pensamiento encuentra en un lenguaje así de ceñido y harmónico su mayor acendramiento; la libertad y la eufonía propia que produce el poema en prosa habilita una expresión lúcida y serena en la que convergen contemplación estética y reflexión.

Me produce cierto apuro, en esta reseña,  mantenerme en lo estrictamente teórico. Casi ejerciendo de psicólogo para confirmar ese complejo grado de implicación con lo que escribe, encuentro una expresión típica del desasosiego del José Luis poeta y del José Luis persona civil que conozco y estimo: nunca estaré al abrigo del tiempo, angustiosa afirmación que grita por esa arcadia en la que el tiempo erosionador dejara de sucederse penosamente. Y dentro del mismo poema, “Fuente sellada”, No hay apego sinsatisfacción y nuestra lengua no me satisface, compleja declaración que implica una sentencia sobre el espíritu propio imposible de evitar o burlar. Glosar este verso nos podría llevar muy lejos, pero lo que hace no es sino reclamar una lengua propia, liberada de los convencionalismos y las servidumbres con que se paraliza su savia, incluso, podríamos ir más allá, y decir que reclama además otro modo de pensar y de comunicación con la sociedad.

 

Otro ejemplo de concreción retorcida y fatal en el que reconozco más al José Luis amigo que al José Luis poeta, aunque ambos sean el mismo: el rumor de la resurrección es la salud que precede a la desesperación. Se trata de una expresión que afirma nuestra imposibilidad de salir del laberinto que hemos hecho, no de la vida, sino del vivir.

O también, por ejemplo: el alba tiene el color de la nada, paradoja que tanto recuerda la definición derridiana del amanecer como una (triste) repetición.

No creo que el libro de José Luis sea hermético, es decir, predeterminadamente cerrado sobre sí: su belleza formal es evidente porque ha atendido con exclusividad a la imagen naciente y a sus emblemas.  En todo caso, es su sentir, su subjetividad lo que reclama un registro en consonancia. Creo que el decir de un realismo poético absoluto se expresaría en los suculentos términos en que José Luis, desde el centro de su luz herida, lo hace. Si la poesía es el mundo de lo posible, no nos tiene que sorprender negativamente que un poeta como José Luis dé curso a estas imágenes que precisan simas y advierten calmos fulgores. Creo que José Luis ve esos fulgores y conoce sus formas. Como él mismo dice: perplejidad y certeza: único y prodigioso argumento de la poesía. Esta elocuencia contiene también una esperanza.

 

El libro de Ada me ha sorprendido. Llevaba tiempo sin leer cosas de ella con detenimiento y tras acabar con este Dondequiera que vague el día, me he quedado con ganas de más, es decir, creo haber captado con placer ese decir que caracteriza a un poeta frente a otro cualquiera.

 

No sé si obedece a una estrategia escritural o es producto del propio impulso del poema, pero los poemas de Ada tienen la virtud de la alusión silenciosa. Al acabar la lectura de uno de sus poemas se hace un silencio que parece acusarnos a cada uno de nosotros, se da una suerte de espera a que lo dicho en el poema, que reclama una solución o un hacerse cargo, sea respondido por los asistentes o por los lectores.

 

El posicionamiento de Ada está claro. En estos poemas encontramos una delicada puesta en escena desde donde la poeta asiste al encuentro de sus propias circunstancias: denuncia estados de decadencia personal y universal, invoca la belleza perdurable a través de motivos naturales, afirma la vida desde la pasión erótica y da cuenta sin estridencia de los condicionamientos existenciales que la vida práctica de todos los días lleva consigo.

Quizá resulte obvio o una tontería, pero me atrevería a decir que en su brevedad, en su eficaz escuetez y precisión, estos poemas expresan la autenticidad de una experiencia que confía en la singularidad expresiva de la palabra, ya que solo de este modo la autora puede lanzar su protesta y su percepción misteriosa. Los poemas ni se enmarañan en imágenes que indicarían otros intereses ni tampoco evitan la complejidad o los atractivos de la vida. Los poetas serán silentes pero ese silencio se motea de elocuencia cuando uno acierta a leer el mensaje de sus poemas.

 

Los poemas de Ada son, pues, como tímidas denuncias, pequeñas epítomes de lo que el alma está sintiendo y de lo que espera del entorno: que cambie  de tesitura o renueve su luz.

Ya decía Bataille que no es necesario defender la poesía, pero teniendo en cuenta la pobreza rampante que se nos quiere imponer en el sentimiento y en la imaginación, acojo estos dos libros como dos claras ofertas de belleza y lectura alternativa, agradeciendo a sus autores y a la editorial, esta apuesta por la poesía.