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Entrevista a José Luis Zerón, por Ada Soriano

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El poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha

La editorial Huerga & Fierro publica el poemario Espacio transitorio, de José Luis Zerón, con prólogo de Jordi Doce e ilustración de Ana Leonís

Al igual que la fragata permanece en su vuelo durante días y aterriza tan solo para alimentarse, así José Luis Zerón, tras una sobrada capacidad para la observación y la meditación, baja de su torre para recoger las palabras precisas. No olvidemos que también la iguana tiene sus artimañas. Hace rodar el fruto espinado para desprenderse de lo innecesario y quedarse con lo sustancioso.

Dice Jordi Doce en su prólogo para Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018), el nuevo libro de José Luis Zerón, que “el poeta nos habla con palabras necesarias y perentorias que van creando un círculo mágico de oyentes allí donde suenan”.

Muy de acuerdo con las declaraciones de Jordi Doce, y puesto que conozco a fondo la obra de José Luis, puedo afirmar que hablo de un poeta dotado de un talento innato para establecer analogías; un escritor que abarca un léxico intenso e inagotable. Discrepo de quienes ocasionalmente lo han tachado de poeta hermético o poco emotivo. Creo que no han leído sus poemas con la debida atención. José Luis Zerón, a mi entender, siempre logra mantener el equilibrio entre pensamiento y sentimiento, y posee una voz completamente identificable.

José Luis Zerón Nació en Orihuela el 28 de octubre de 1965. Fue cofundador y codirector de la revista Empireuma. Desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Ha sido incluido en varias antologías y ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado.

En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

-José Luis, en una ocasión declaraste que “el poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha, siempre atento a la prosodia del murmullo”.

Siempre me ha fascinado la figura del centinela, especialmente en lo que concierne a la segunda acepción del diccionario RAE: persona que observa o vigila. La palabra centinela podría tener su origen en la voz italiana sentinella, basada en el verbo sentire, que significa escuchar. En francés, sentinelle se ha formado como un diminutivo de sentier, sendero. Y en latín me resulta muy sugerente excubiae, formado por la preposición o prefijo ex (salida, fuera) y cubiculum (habitación, dormitorio), es decir, estar fuera del dormitorio. Un centinela sería aquel que vigila a la intemperie mientras todos duermen.

Yo relaciono al poeta con el centinela quitándole la carga bélica o religiosa (en el Nuevo Testamento se habla constantemente de la vigilancia y el estado de vela de quien espera la llegada de Cristo) que contiene el símil. El poeta ha de estar siempre atento, a la espera de que surja el poema, que puede manifestarse de muchas maneras en su primer brote. En mi caso yo lo asocio a un murmullo o balbuceo del que irá surgiendo el lenguaje poético. Y esa actitud de escucha y de observación acontece siempre fuera de la complacencia, la rutina, el lugar común, el refugio de los hábitos cotidianos, es decir, fuera de la habitación, a la intemperie (palabra muy frecuente en mis poemas), en el sendero (sentier), caminando. Como soy andariego la poesía suele manifestárseme mientras camino.

-¿Cómo surge Espacio transitorio? ¿En qué momento?

He de aclarar que este libro no es el último que he escrito. Tiene unos años. Lo escribí entre 2012 y 2013, excepto dos poemas, “Palabras para el hijo”, concebido en 2002, y “Visita al cementerio judío de Suceava”, que surgió en 2006 después de una visita a esta ciudad rumana. Los meses en que inicié el poemario desde una experiencia personal muy dura, sentí la tentación de aferrarme a la nostalgia o a la ilusión de un futuro halagüeño que yo no divisaba, así que opté por encarar el tiempo presente y vivirlo con coraje haciendo frente a las adversidades y tratando de disfrutar el aquí y ahora con sus transiciones, contingencias, cambios de paradigma y certezas que saltaban por los aires.

-Afirma Jordi Doce, autor del prólogo, que “este libro ocupa un lugar aparte en tu obra” ya que “estos poemas configuran una especie de libro negro”. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo con el prólogo de Jordi y además es excelente. Le estoy muy agradecido por la lectura atenta y perspicaz de mi libro. Sí creo que ocupa un lugar aparte. Me parece mi libro más desaforado y quizá el que ofrece una mayor eficacia expresiva. Siempre he defendido las poéticas sólidas y he tratado de lograr un sentido unitario en mi corpus poético, pero no monolítico. La fidelidad absoluta a una poética puede llevar a la monotonía, sobre todo cuando uno ha dicho, mejor o peor, lo que tenía que decir. Por eso a veces hay que dar un giro de tuerca. En cualquier caso, creo que en Espacio transitorio se reconocen muchas de mis preocupaciones y obsesiones presentes en mis libros anteriores.

Por entonces una parte de mi vida (tú lo sabes bien) se derrumbaba y yo no sabía si hacer frente a lo que estaba sucediendo o huir; si correr en pos de mi salvación o de mi perdición. Quizá me estoy poniendo muy trágico, pero así me sentía.

-¿Te identificas con Lot en Me llamo Lot, poema que inicia Espacio transitorio?

Como te decía, la depresión me acechaba y empecé a dudar de la escritura poética. Afortunadamente las palabras no se fugaron y llegaron a ser mi verdadero apoyo en momentos de angustia irrefrenable y una falta total de asideros; con ellas decidí abordar lo extremo de mi experiencia. Cuento mi naufragio, pero también mi lucha contra el hundimiento y mi reconocimiento en el sufrimiento de otros. En este poemario (como en casi toda mi obra poética, pero en este libro más), lo feo está a la misma altura de lo hermoso, lo pequeño e insignificante se mezcla con lo grandioso, y hay un vínculo entre lo inocente y lo perverso. Por otra parte, tampoco quería que el libro fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones. No quería vender catástrofes personales, así que, no tanto por cálculo como por necesidad, salí de mí para mirar el exterior, lo que sucedía ahí fuera con todas sus grandezas y miserias. Me vi haciendo equilibrios para evitar realismos anecdóticos y representar el ahora sin incurrir en un sentimentalismo periodístico de la realidad. Es decir, quería ser fiel a mi lenguaje reflejando los problemas de mi tiempo y sin renunciar a los fundamentos íntimos de mi existencia. Sobre todo, no quería mirar atrás para que la potencia de la nostalgia no me petrificara, de ahí que el primer poema del libro se titule “Me llamo Lot”. Este poema, como todo el libro, está escrito con imperativos. Es una motivación (casi una arenga) para seguir adelante aceptando el tiempo presente a pesar de las dudas y los miedos que pueda generarnos.

-¿No hay demasiado dolor? Dividido en tres partes, tal vez la última, Adhesiones, pone fin a la crudeza de las dos anteriores. Hallo aquí luz y esperanza, como si todo no estuviera perdido.

Hay dolor, claro que sí; pero también luz y esperanza, sobre todo en la última parte. En Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno decía algo así como que el dolor nos hace sentir la carne de la realidad y que no cabe poder gozar sin poder sufrir. Decía igualmente que por el dolor los seres vivos llegan a tener conciencia de sí, y tener conciencia de sí es saberse distinto a los demás. Y la distinción se alcanza a través del choque, pero también a través de la compasión.

En mi libro hay dolor por mis circunstancias adversas, por la muerte de un amigo, por el sufrimiento de los desposeídos… Hay también un dolor metafísico y un dolor en la percepción de uno mismo en cuanto pérdida. Pero también hay momentos de celebración y una invitación a no estancarse en la queja o el lamento. A veces increpo a la muerte sin olvidar que ella también funda la vida. También hablo del miedo sin tapujos, sin vergüenza. Nos cuesta mucho reconocer que tenemos miedo; y si no reconocemos nuestro miedo no podremos afrontarlo. Hablo sobre todo del poema “Soy tu miedo”, que, por cierto, está encabezado con una cita muy apropiada de dos versos tuyos que me fascinan: “Por la escalera del miedo/ subimos y bajamos”. Creo que en Espacio transitorio hay una intensidad por momentos gozosa, aunque esté atravesada por el dolor. Mi percepción en el momento de escribir este libro resultaba dolorosa y consoladora a la vez. Por ejemplo, en el poema “Imago mundi I” digo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”

-¿Calificarías este poemario como el más discursivo de tu obra editada hasta ahora?

Quizá sí lo sea junto con La sed del náufrago (anterior en un par de años a Espacio transitorio), que todavía permanece inédito. Creo que hay una presencia lírica en muchos de los 33 poemas que lo conforman, pero este libro tiene una médula narrativa que no aparece en la mayoría de mis poemarios. En este he abierto más los ojos a la realidad poliédrica, dinámica, con toda su riqueza, su magia, su misterio, y también sus miserias y perversiones. Para nada la realidad unidimensional, inmutable, medible, sometida por el lenguaje distorsionado de la consigna, la premisa y la ideología; ese miserable lenguaje de los financieros, mercaderes, opinadores fraudulentos, especialistas en candados y políticos vendedores de humo que tratan de reducir el mundo a sus mezquinos intereses.

¿Abrazan las contradicciones, los opuestos?

Sí lo creo. La poesía acerca fuerzas opuestas y contrarias. El abrazo de los contrarios siempre ha estado muy presente en mi poética. Cuando escribo poesía me gusta experimentar con la brusca aproximación de términos disímiles generadores de la sorpresa. Esto se nota también en Espacio transitorio. Para ello me sirvo, sobre todo, del oxímoron, la antítesis, la paradoja y la contradicción. Un ejemplo claro de ese abrazo de los opuestos, que a mí me fascina, es el soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo, y en especial el tercer verso del segundo cuarteto: “Nadar sabe mi llama el agua fría”. Quevedo habla de la superación de la muerte a través del amor, pero también podemos hacer una lectura de ese verso como los retos que vamos afrontando día a día, así como nuestra capacidad de regeneración ante los golpes que nos da la vida. O una lectura en clave metapoética: ¿no podría ser esa llama que nada el agua fría la excepcionalidad del pensamiento poético, capaz de dar un nombre nuevo a las cosas, de subvertir el frío y miserable orden dominante, de combatir prejuicios y crear nexos tenidos por imposibles?

-Veo que el libro está dedicado a nuestro amigo Pepe Rayos…

En efecto. Nuestro común amigo hizo posible la existencia de este libro. Cuando ya tenía los primeros poemas caí en un pozo de incredulidad absoluta respecto a mi poesía y empecé a sentir despreciable todo lo que estaba escribiendo entonces y lo que había escrito anteriormente. Sentí el impulso de destruirlos y olvidarme de la poesía, al menos por una temporada. Lo cierto es que Pepe Rayos, que conocía aquellos primeros poemas y observó mi desencanto que yo trataba de ocultar sin conseguirlo, me animó a seguir escribiendo. Creyó en mí y en la posibilidad de que el libro llegara a ser una realidad. Tengo muy buenos amigos y amigas poetas, pero en aquella ocasión un artista plástico, piloto de Iberia en la reserva y estudiante de Historia del Arte (hoy tiene un doctorado en esta disciplina) fue determinante para que yo recuperara la fe perdida en la poesía durante unos meses. Pero no es extraño porque Pepe es un ejemplo de cómo se puede ser poeta sin escribir poemas. Basta con percibir la realidad de una forma especial, desde una experiencia estética y vital transgresora, abarcadora, iluminadora. Pepe tiene un pensamiento poético. Es una naturaleza poética, aunque no se le considere poeta.

Dicho esto, quiero añadir más agradecimientos. A nuestro común amigo y excelente poeta Alberto Chessa porque él recomendó mi libro a los editores y facilitó mi contacto con ellos. El apoyo de Alberto fue fundamental para que este libro dejara de ser inédito. Por supuesto, a Antonio Huerga y Charo Fierro por incorporarme al formidable catálogo de su prestigiosa editorial y por el buen trato que me han dispensado. Y no olvido a la ilustradora de la portada, nuestra común amiga Ana Leonís Terol, que ha sabido sintetizar en una sola imagen el contenido del libro.

-¿Crees que un poema requiere explicaciones o se defiende por sí mismo?

Un poema o un libro de poemas pueden llegar al lector sin explicaciones o referencias; pero no están de más las pistas que nos proporcionan el autor o los críticos especializados sin otorgarles el valor dogmático de la infalibilidad. A mí sí me gusta explicar mis poemas cuando la ocasión lo requiere. En justa correspondencia me gusta escuchar a los poetas cuando hablan del hecho creador e interpretan sus poemas. Y también disfruto leyendo poéticas.

-¿Piensas que el poeta es lo que él escribe?

Creo que sí. Yo al menos sí me reconozco en lo que escribo. El poema surge de un encuentro del poeta consigo mismo y con los otros. El poeta tiene sus obsesiones, sus visiones, sus vicisitudes particulares y su manera de enfrentarse a la escritura. Las influencias, conscientes o heredadas, enriquecen su lenguaje y agudizan sus reflexiones. Yo soy yo con mis conflictos interiores, con mi capacidad de percepción y de asombro, pero hay detrás una tradición cultural que ha influido en mi forma de concebir el mundo y en mi escritura de la que no puedo sustraerme. También heredamos la poesía. No existe el adanismo. No pretendo formar parte del catastro lírico y no frecuento capillas y cenáculos poéticos, pero tampoco estoy aislado. Trato de conocer lo que hacen los nuevos poetas. Mi poesía se nutre de mis experiencias vitales e intelectuales.

Desde que Barthes escribiera su célebre ensayo estructuralista La muerte del autor, se extendió una fiebre autoricida que ha llegado hasta nuestros días. Se mira con recelo al poeta introspectivo que se atreve a escribir en primera persona, Por eso en el poema “Sigo, mundo”, escribo: “boca que se afirma en este soy/ ahora que nadie dice soy”. Por otra parte, estoy harto de escuchar que los poetas somos unos impostores, afirmación frívola basada, sobre todo, en el célebre primer verso de “Autopsicografía”, de Fernando Pessoa: “el poeta es un fingidor”. Pero olvidan quienes así opinan que el poema de Pessoa continúa con esta genial paradoja: “Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”. También se ha abusado ad nauseam de la frase de Rimbaud que aparece en las Cartas del vidente: “yo es otro”, interpretada no como una afirmación subjetiva, sino como una sentencia incuestionable sobre la identidad fugitiva y enmascarada del poeta.

Pese a todo, creo que el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente. Como bien dice Jordi en el prólogo, “la conciencia de la fraternidad humana permite controlar las proyecciones no siempre fiables de la subjetividad”. Creo además que el poeta escribe con muchas dudas y escasas certezas acerca de sí y del mundo que habita, y por eso mismo se siente asombrado, extrañado, fascinado y diferente; siente que su identidad se fortalece no en lo que le hace igual a los demás, sino en lo que tiene de diverso. Y en ese principio de diversidad también cabe la contradicción, y entiendo por contradicción no el extravío ocasional, o la falta de coherencia o capacidad intelectiva, sino la aptitud para abarcar fuerzas opuestas y contrarias y acoger seres distintos. Whitman escribió en “Canto a mí mismo”: “¿Qué yo me contradigo? /Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? /Soy inmenso… /y contengo multitudes”. Y J. V. Foix resolvió de esta manera la paradoja de la propia contradicción como poeta que reivindica su diferencia, su vocación de soledad y a la vez está integrado en el mundo en una continua conexión con sus semejantes: “Dejadme solo que soy muchos”.

-¿El poeta que nunca haya escrito un ensayo o una novela se queda a medias?

No lo creo. A menudo el poeta tiene que lidiar con este, digamos, complejo de inferioridad respecto al novelista y se siente algo así como un desclasado en la República de las Letras. He llegado a leer y a escuchar muchos tópicos disparatados que comparan al poeta con el novelista, por ejemplo, que aquel suele ser perezoso y poco comprometido y le basta con las emociones y la facilidad de palabra y este es tenaz y debe tener conocimiento, disciplina y sensibilidad. Es cierto que está muy extendida la creencia de que un escritor no lo es del todo si no ha escrito una novela, y muchas veces los poetas que no hemos publicado novela (y somos muchos), escuchamos la típica pregunta “¿Para cuándo una novela?” Yo he escrito cuentos –algunos he publicado- y estoy trabajando una novela desde hace años, pero nunca la acabo (creo que por inseguridad y no por pereza o falta de compromiso), quizá porque la narrativa no es mi hábitat natural. Y el caso es que, en contra del tópico que asevera que a la literatura se llega a través de la poesía, yo empecé escribiendo cuentos.

Por otra parte, creo que la poesía, debido a su carácter polisémico y su querencia por lo sustancial, es un espacio abierto y a la vez cerrado, un campo uliginoso donde la estética y la ética conviven, y no siempre en armonía. Es ahí, en ese conflicto entre la belleza y el compromiso, donde el poeta corre el peligro de perder pie y alejarse del lector, y también de traicionar su propio lenguaje. El novelista, con todas sus dudas y temores iniciales, suele pisar un terreno más firme y, digamos, más acogedor; por eso cuenta con más lectores y apoyos. El poeta también ha de lidiar con el tópico eterno de la inutilidad de la poesía. Es cierto que a lo largo de la historia la poesía ha vivido momentos de un auge relativo, pero también etapas de absoluto rechazo. Parece que ahora hay más interés por ella, o al menos se la respeta más. Borges escribió: “la poesía/ vuelve como la aurora y el ocaso”.

¿No crees que cada vez son más borrosas las fronteras entre estos dos géneros?

Si miramos hacia atrás no es fácil encontrar grandes poetas que sean a la vez buenos novelistas. Se me ocurren algunos casos: Quevedo, Oscar Wilde, Pasolini, Sylvia Plath, Lezama Lima, Caballero Bonald. En cambio, abundan novelistas que sí tienen, digamos, una impronta lírica, cuyas novelas se sostienen con un estilo de ambición poética: Gabriel Miró, Proust (por cierto, escribió medio centenar de poemas casi desconocidos), Virginia Woolf, García Márquez, Thomas Wolfe, Ana María Matute…Creo que el poeta, cuando entra en el terreno de la narrativa, se mueve mejor en el cuento, el teatro la semblanza, la reflexión o la autobiografía. Ahí están, por poner varios ejemplos, Bécquer, Borges, Pessoa, T.S Eliot, Artaud, Juan Ramón, Aleixandre, Lorca, Brecht, Dylan Thomas, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Cortázar… En la actualidad es distinto. Numerosos escritores saltan de género. Hay poetas estimables que hacen incursiones en la novela y viceversa. Lo cierto es que la confrontación entre poesía y novela es más ficticia que real. Y se está demostrando que pueden llegar a ser géneros complementarios.

Termino de contestar a tus preguntas (me he extendido demasiado) manifestando que me ha alegrado leer últimamente en los medios de comunicación los continuos elogios que Mircea Cartarescu dedica a la poesía. Cartarescu es un autor rumano que empezó escribiendo poemas y dejó de hacerlo hace más de veinte años, aunque muchos de sus textos narrativos tienen una gran carga lírica. A pesar de que sus novelas fascinantes le han dado la fama (hasta el punto de ser un firme candidato al Nobel) se declara incondicional de la poesía: “Amo la poesía. Es lo que más amo del mundo”, ha llegado a afirmar.

Orihuela, 6 de diciembre de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

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An Yi Campello y Javier Cebrián. II Ciclo Encuentros con la poesía.

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El don de la armonía, por José Luis Zerón

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Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010.

Quisiera empezar con una observación que quizá pueda parecer baladí para quienes creen que no hay -o no debe haber- una correlación entre el poeta y su obra poética, pues estos consideran que lo que escribe el sujeto poético es solo una mixtificación. Pues bien, la escritura poética de Ángeles Campello es de una asombrosa autenticidad y refleja el carácter de la autora. En el caso de Ángeles, vida y creación poética están fusionadas en una honesta y coherente manifestación de saber estar en el mundo.

He ido leyendo y releyendo Malasia en el corazón y sus versos me han hecho más habitable la realidad. No en balde la autora concibió este libro durante un viaje que realizó a Malasia en 2005 para realizar un curso especial de Chi Kung, una serie de técnicas terapéuticas que proceden del budismo y del taoísmo, a través de las cuales también se alcanzan grados de espiritualidad comparables con el neuma griego o el prana hinduista. Básicamente es el arte de hacer circular la energía vital de la forma más adecuada, es decir, de alcanzar esa armonía que tiene diversos nombres según cada cultura, pero que es solo una y que en Occidente podemos encontrarla en Hildegard von Bingen, en el maestro Ekhard, en Paracelso, en los grandes místicos, en Emerson, Thoreau, María Zambrano, y ya en la actualidad, en poetas como Antonio Colinas o Clara Janés, por poner un par de ejemplos significativos.

En los títulos de las partes en que se divide Malasia en el corazón, están patentes la reflexión espiritual y la capacidad sensorial de la autora: MeditacionesNaturaleza sensitivaAlma fraternalYinnanasviaje interiormiradas y versos de amor. En realidad podríamos hablar de un solo poema fragmentado, compuesto especialmente por haikus y otros poemas algo más extensos con una medición libre.

Una de las particularidades de este libro es su desfase con la poesía feroz, desquiciada y descreída -en muchas ocasiones con un exceso de pose- que predomina en el panorama poético actual, donde conceptos como armonía, belleza, amor, son vistos con reservas cuando no con absoluta aversión. Ángeles Campello, fiel a sí misma, escribe un libro que es a la vez poético, filosófico y terapéutico, y que, como la autora misma, irradia confianza, optimismo y también una serena bondad, unas veces explícita, otras secreta; el stimmung o temple, estado de ánimo afectivo mediante el cual quien lo vive se abre al mundo y permite que el mundo se le revele. Como escribió el filósofo alemán Heidegger,“stimmnung es un mundo existencial fundamental”.

Los poemas que comentamos surgen de una sensibilidad especial: la de quien habiendo mirado el abismo, sabe cómo abrazar la plenitud. Porque la autora, como buena conocedora de las enseñanzas budistas y taoístas, no es un alma cándida y sabe que el mal y la oscuridad no son erradicables, pero sí pueden ser neutralizados cuando se les somete a la iluminación:

La luz debe venir de dentro

no podéis pedir que la luz se vaya,

tenéis que encender la luz.

Eso leemos en una cita del maestro y escritor budista Sogyal Rinpoche, y dice la autora como ejemplo de la armonía integradora de los contrarios:

La oscuridad y el silencio

temidos y esquivados

antaño, son buscados

deliberadamente ahora,

por una necesidad imperiosa

de vacío.

Se convierten en luz y

estruendo sonoro

en la calmada quietud

de la meditación,

siendo preludio y

antesala del despertar

La brevedad, la concentración y una depuración exquisita predominan en la poesía de Ángeles Campello. Apenas hay discurso, solo sentencias, fulgores reflexivos, versos aforísticos y hallazgos de intenso lirismo donde, como decíamos, también hay lugar para la pasión y los sentidos, porque en contra de lo que el lector pudiera pensar de una poesía de corte espiritual, no estamos ante un presupuesto ascético y árido en su austeridad; los poemas son respirables y dotados de energía:

Dónde podré guarecerme

de este inesperado

tsunami de pasión

que ha roto el dique

protector de mi corazón

devastando toda paz

y equilibrios alcanzados

La base de la poética de Ángeles Campello es clara y muy directa, y la naturaleza está muy presente y en permanente flujo en su pensamiento. Hay en estos poemas aforísticos condensación, claridad y sonido. Hay también un exceso de detalles nimios y cotidianos, sin apenas conectores, que resultan eficaces por su precisión y sutil contundencia, si vale el oxímoron para explicar la fuerza expresiva, la energía fluyente con que la autora revaloriza las imágenes previsibles y las expresiones demasiado explícitas. La voluntad de condensar de la autora, tan propensa al esencialismo, además de asumir el magisterio de autores budistas y taoístas, está próxima a poetas emocionales como Eloy Sánchez Rosillo, José Corredor Matheos o Vicente Gallego, grandes cultivadores del poema breve, pero se aleja de la generación de modernistas norteamericanos como Louis Zukofsky, Gerorge Oppen o Lorine Noedecker, que también cultivan el esencialismo pero desde una postura antirromántica.

Otra particularidad de la poesía de Ángeles Campello, al menos en el libro que comentamos, es la convivencia de un tono monocorde, meditativo, muy oriental, con una musicalidad ritmada y enérgica más propia de Occidente. Pero Malasia en el corazón no es un libro New Age, al uso, pues el talento de la autora lo sitúa por encima de modas remotas y filosofías exóticas. Hay una armónica fusión entre las reflexiones y las imágenes de este libro que rechaza el ser perverso sin negar la negatividad, porque ello significaría situarse de espaldas al mundo real. Se trata de un verdadero ejemplo de ingeniería armónica, de bienestar trabajado, de equilibrio entre el método programático de los maestros orientales y las expansiones sentimentales e intuitivas de la autora. También nos enseña Ángeles en este delicioso libro que la belleza lírica y los caprichos de la razón poética, no son incompatibles con el servicio al prójimo, y que la poesía alcanza grandes beneficios morales cuando quien la escribe es consecuente consigo mismo y sus sentimientos elevados derivan de la serenidad, de la seguridad, del amor fraternal y de la capacidad de dar a su ser una expansión universal para mejor sentir/la unicidad /de la naturaleza.

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.