Archivo de la etiqueta: José Luis Zerón Huguet

LA HERIDA EN EQUILIBRIO, por Javier Catalán

Estándar

LA HERIDA EN EQUILIBRIO

(Un acercamiento parcial a la poesía de José Luis Zerón Huguet)

Texto de presentación del libro Espacio transitorio (Huerga y Fierro editores) de José Luis Zerón, en Íthaca Interiorismo y decoración, Orihuela el pasado 25 de enero de 2019.

Fotografía: Charo Fierro

Dejó escrito Fernando Pessoa que el poeta es un fingidor, pues “finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”.

Y es que la mirada del poeta, del verdadero poeta, se concreta en una observación oblicua e inferida del entorno que habita. Y su acercamiento a la realidad, manifestada en la “res poética” de la que hablaba Jorge Guillén, se produce desde ángulos de visión poco comunes.

El último poemario de José Luis Zerón Huguet, “Espacio Transitorio” (Huerga & Fierro, 2018), es una buena muestra de ello.

De José Luis Zerón podría decirse que es un poeta fascinante en el más estricto sentido del término; un prestidigitador de la palabra poética, entendida ésta como representación gráfica de los sentimientos más trascendentes.

Jordi Doce en su prólogo nos alerta de que no estamos ante una obra fácil de abordar. Efectivamente esto es así, no porque resulte ininteligible o especialmente hermética, que no lo es, sino por su carácter incisivo y medular. Zerón traza quirúrgicamente un mapamundi sensorial y sensitivo impregnado de amor y sufrimiento que alcanza, inquieta y emociona al lector de un modo irresistible ya desde los tres primeros versos: “¡Adelante, siempre adelante!/ No miréis atrás,/ la infancia se ha ido en un vuelo oscuro,” (pag. 21).

En el devenir de su lectura ésta se desenvuelve, desde el punto de vista anímico, de un modo oscilante, provocando al fin un efecto absolutorio, incluso sanador, que consigue revertir esa sensación inicial de cierto desasosiego; lo que se manifiesta con nitidez en los últimos versos del libro: “Qué amarga es nuestra libertad cautiva, […] y qué dulce asombro para quien aprende a respirar/ en la inmensidad de la apariencia”.

Fotografía: Charo Fierro

José Luis Zerón nos muestra en este libro de marcado carácter confesional su lado más intimista, de un modo muy explícito, haciendo un uso magnífico de ese juego de los contrarios tan presente en su obra poética: “Mundo, eres sórdido; pero te amo./ Amo tu boca amorosa y voraz./ Eres tú quien hace las preguntas y ciegas las respuestas” (pag. 69).

Este genial ardid (el uso adecuado y preciso de figuras retóricas como el oxímoron o la antítesis), obliga al lector a una relectura inmediata de cada estrofa, lo que provoca a su vez una súbita revelación del sentido poético que conmueve al tiempo que genera un efecto liberador de la tensión creada, con imágenes de una potencia visual extraordinaria: “La distancia extiende sus brazos en una huída.” (pag. 34).

Porque bajo el (aparente) tono de pesimismo existencial que acompasa y armoniza la mayoría de los poemas de este libro [“Caminan como presidiarios/ y no dejan huellas./ Caminan,

¡ay de ellos!, al servicio del fracaso” (pag. 39)], sobrevive un aliento de esperanza contenida que se manifiesta a su vez de forma insistente como una, por momentos desesperada, ofrenda de salvación; con reiteradas interpelaciones directas al lector, algunas de ellas de carácter salmódico [“Venturosos los que no se instalan en la herida/ ni se pierden en los desfiladeros del grito” (pag. 78); “Condúceme hacia/ umbrales luminosos/ para que la mirada/ abra la piel del mundo], lo que nos pone en la pista del interés del autor por la lectura de los textos bíblicos.

Zerón se aferra a la esperanza e invita a hacerlo de un modo recurrente, con continuas

referencias a la acción y a la resistencia: “Siente en la pérdida un presagio fértil (pag. 26)”; “Sólo a quien avanza obstinado/ se le ofrecerán los girasoles” (pag.31); “Pronto llegarán los cuervos, […] Pronto, pero aún no” (pag.33); “Ven, memoria,/ ven a rescatarme del dolor./ Trae todos los instantes sin horror que he vivido./ Hazme un nido entre los residuos” (pag. 48); “Deja que mis ojos sigan tejiendo/ la realidad para poder nombrarla.” (pag.51); “Es libre aquel que rompe el espejo donde se mira exhausto” (pag.79); “¿Quién puede sobrevivir a la existencia de un sueño?/ ¿Quién puede resistirse a la llamada de puertas abiertas de la esperanza?” (pag. 86).

Consecuentemente con lo antedicho y a pesar de la sacudida emocional que provoca la primera toma de contacto con esta obra, puede afirmarse que estamos en presencia de un libro gestado desde la reflexión interior (“ab intra”) pero luminoso y expansivo, generador de un cierto efecto terapéutico de alcance general, que trasciende (“ad extra”), probablemente escrito más desde la necesidad que a partir de una contingencia puramente estética. Duro, grave, marcado por la gravedad seria que proyecta la insobornable realidad en la que vivimos, pero indulgente en todo momento.

El poeta no ha perdido la fe en el ser humano y nos alienta al tiempo que aguijonea con la pericia resultante de su propia experiencia vital. Nos habla de vías de redención y nos invita a conducirnos con entereza por ese espacio transitorio, por ese devenir ineludible, esa pugna constante entre el dolor y la esperanza, lo que convierte su propuesta poética en un exquisito, extraordinario y singular manual introspectivo de autoayuda.

Cerrar el libro una vez leído y reconocer este resultado tan sorprendente como inesperado, implica sin duda un talento excepcional en el dominio de la expresión poética por parte del autor.

Esa mirada diagonal y sinuosa de la que hablaba al principio, la genuina observación poética de José Luis Zerón, se manifiesta de un modo imponente en un verso aislado situado justo hacia la mitad del libro, en el término medio de este “Espacio transitorio”: “Tan radiante de qué sombras la mirada arde” (pag. 53). Este verso aglutina todo el simbolismo, sentido y significado del poemario. Sentir plasmado gráficamente de un modo muy eficaz en el dibujo que ilustra la portada del libro.

Ana Leonís consigue aprehender las claves cifradas de esta obra y las revela con gran destreza en un enigmático dibujo, donde la realidad, simbolizada por una vieja puerta de madera, aparece representada en color sepia en un primer plano ruinoso. Y a través de la bocallave de su cerradura se nos muestra el verde y laberíntico camino de la esperanza, ruta de salvación, espacio transitorio refrendado por la imagen de un mirífico cielo azul que se vislumbra en último plano.

La veterana y prestigiosa editorial madrileña Huerga & Fierro, con acertado criterio, ha apostado por esta obra de José Luis Zerón; y haciéndolo sitúa definitivamente a este reconocido poeta, desde el punto de vista editorial, en el lugar que por méritos le corresponde en el ámbito de la poesía española contemporánea.

Javier Catalán 13-II-19

Anuncios

Presentación de LOS LIBROS QUE ME HABITAN, de Javier Puig, por José Luis Zerón

Estándar

PRESENTACIÓN LOS LIBROS QUE ME HABITAN

DE JAVIER PUIG

POR JOSÉ LUIS ZERÓN. LIBRERÍA CÓDEX ORIHUELA.

UNA BIOGRAFÍA LECTORA

Javier y yo nos conocimos hace aproximadamente veinticinco años. Desde el primer encuentro surgió entre nosotros una relación especial de amistad y literatura. Desde entonces hasta hoy hemos intercambiando confidencias y reflexiones, compartido espacio en antologías, revistas y blogs y seguimos participando en numerosos empeños culturales; así que puedo decir con conocimiento de causa que me extraña mucho que Javier haya tardado tanto en publicar ese primer libro que sus amigos esperábamos desde hace tiempo, por ello este acontecimiento gozoso que celebramos aquí, en nuestra querida librería Códex, es también un acto de justicia. Enhorabuena, Javier. Ya tocaba.

Javier Puig se ha decidido por una recopilación de cuarenta artículos referidos a la literatura, agrupados bajo un título hermoso y muy adecuado: “Los libros que me habitan”, en edición de la madrileña editorial Celesta que dirige Rafael González Serrano; editorial asentada que no teme apostar por escritores de calidad que publican por primera vez. Javier es un escritor polifacético y cultivado que escribe y vive con la honestidad como brújula. Su opera prima podría haber sido un libro de cuentos, una recopilación de entradas del diario que escribe desde hace años, un poemario o una recopilación de reseñas de cine (Javier es un cinéfilo impenitente), pero ha optado por una selección de textos sobre los libros “que le han motivado a escribir”, como el mismo autor subraya en el prólogo. Algo así como un canon literario inevitablemente incompleto, ya que se ha quedado fuera mucho material por falta de espacio. Estos artículos han ido apareciendo durante los últimos seis años en publicaciones digitales como La Galla Ciencia, Mundiario o Frutos del tiempo y, según confiesa el mismo autor, son lecturas “que me han producido un sentir cercano a la devoción”.

Cuando terminé de leer “Los libros que me habitan me vino a la mente la frase de François Mauriac que Federico García Lorca utilizara como título para una de sus conferencias: “Dime lo que lees y te diré quién eres”. También recordé el neologismo “biografema” inventado por el semiólogo Roland Barthes, quien sostenía que se puede rastrear la biografía de un autor a través de sus propios libros, pues este siempre deja en su escritura una serie de destellos biográficos que conforman algo así como “una historia pulverizada”. Digo esto porque Javier traza un autorretrato involuntario en este libro, no solo a través de los autores y libros escogidos, también por los pequeños retazos autobiográficos insertados en los textos a modo de cuña evocadora (hay recuerdos e incluso confesiones), así como por las breves opiniones y partículas críticas que contienen indicios de la visión estética del autor y de su concepción de la vida. Es por eso que no podemos leer estos textos como meras reseñas literarias, pues no lo son. La reseña literaria surgió con el auge del periodismo cultural y de alguna manera siempre ha estado vinculada a la industria del libro. Javier se desvincula por completo de la ortodoxia exigida a una reseña, pues omite en la mayoría de los textos, datos que le parecen accesorios, irrelevantes o poco sustanciales para lo que él quiere transmitir, como son el nombre de la editorial y del traductor (si el libro no está escrito en español), la fecha de edición, etc. Tampoco se pueden considerar ensayos pues no son muy extensos y carecen de referencias bibliográficas y del idiolecto especializado propio de este género literario. Me atrevo a afirmar que estos comentarios (así los llama el propio autor) pertenecen a un género mestizo, ya que surgen del acoplamiento del artículo o reseña literarias, la entrada de diario (muchos de los textos tienen su germen e incluso su desarrollo en las páginas del diario del autor) y el ensayo breve.

Todos los textos están escritos desde la devoción, el placer y la libertad, al margen de convenciones y manierismos propios de los eruditos, académicos y profesionales del ramo literario. No hay ninguno rutinario o de relleno. Hay en ellos una tensión entre lo objetico y los especulativo; pero el autor no juzga, ni emplea discursos apologéticos, si acaso desliza algún apunte crítico muy breve, como cuando dice que el personaje de Francisco Umbral nunca le cayó simpático o reconoce que “La muerte de Virgilio”, de Hermann Broch puede haber tenido poco éxito en España (escasamente editada) por ser demasiado elitista, filosófica y conceptual. Pero este tipo de consideraciones mínimas en ningún momento empañan la emocionada admiración que Javier tributa a “sus” libros, pues son para él obras vivas con las que se identifica y se siente cómplice una vez aprehendidas.

La escritura de “Los libros que me habitan es reflexiva, lúcida, elegante, veraz, levemente digresiva. Destaca, sobre todo, la precisión léxica y la sintaxis pulcra. No hay en ella aspavientos retóricos, ni alardes de estilo prefabricado, ni una exhibición erudita. El autor hace un resumen del argumento o la temática del libro escogido y procede a una valoración que bascula hacia la impresión subjetiva: lo que ha supuesto para él, lo que más le ha aportado como lector y lo que podría aportar a otros lectores. En ningún momento trata de hacer análisis comparativos ni pretende encasillar los libros leídos en movimientos o corrientes literarias. Como decía anteriormente, Javier Puig no utiliza aparato crítico en sus textos; sus opiniones se cimentan en la sobriedad, el equilibrio y la honestidad. La mayor virtud de este libro es que logra la complicidad con el lector de tal modo que uno siente la necesidad imperiosa de leer a los autores y libros escogidos. Javier Puig no es, pues, uno de esos lectores fanáticos que intenta imponer por las bravas sus lecturas. Él transmite quedamente, sin énfasis ni razonamientos excesivos, su pasión lectora; imanta al lector empleando la sugerencia, la sutileza analítica no exenta de una vibración celebratoria. Javier tampoco es uno de esos insufribles devoralibros compulsivos que digieren cualquier tipo de escritura, ni es un lector hipercrítico dispuesto siempre a la lectura beligerante. Es solo un buen lector, un lector inteligente y generoso, una mente viva y despierta, cuya amplitud de miras le permite transmitir su gozo lector a otros lectores, compartir con ellos los descubrimientos, las impresiones, los matices de tal o cual libro sobre el que ha escrito. “Yo amo el arte no concebido como algo aislado, frío, imponente, engolado, sino como una sutil y original mirada, una inopinada verdad”, afirma Javier en el prólogo del libro.

No cabe duda de que Javier Puig tiene buen gusto como lector, pero este volumen que hoy presentamos también denota un indudable eclecticismo, dicho sea en el mejor de los sentidos. Como no es Javier un escritor lastrado por exigencias académicas o corporativista y, por tanto, no está sujeto a corrientes de opinión imperantes, ha reunido una gavilla amplia y heterogénea de libros que ha ido descubriendo en los últimos años y que le han impresionado. Solo por citar algunos ejemplos diré que encontramos libros escritos en español (“A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, “La Ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero, “Lugares extraños”, de Mario Levrero, “Todos los cuentos”, de Cristina Fernández Cubas) y en otros idiomas (“La metamorfosis”, de Kafka, “Doktor Faustus”, de Thomas Mann, “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald o “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar). En ocasiones Javier no habla de un solo libro, sino de la obra global de un autor (Azorín, Aldecoa, Ramón Gaya), y aunque predomina la narrativa. también hay lugar en su selecta nómina para otros géneros además de la novela y el cuento, como es la poesía (los últimos libros de Eloy Sánchez rosillo), el ensayo (el comentario dedicado a José Antonio Marina) y el artículo literario (“En propia mano”, de Antonio Gala); además hay un texto excepcional en el conjunto, tanto por el lenguaje crítico empleado –en algunos párrafos ligeramente imprecatorio-, como por tratarse de una reivindicación de la asignatura de Filosofía, marginada por las autoridades educacionales.

Quiero resaltar un hecho importante que demuestra el carácter atento y generoso de Javier Puig, y es su decisión de incluir en su libro a seis autores a los que se siente unido por vínculos de amistad (Javier Cebrián, Manuel García Pérez, José Antonio Muñoz Grau, José María Piñeiro, Ada Soriano y quien esto escribe), de modo que en su biografía lectora trata con el mismo respeto y reconocimiento a los escritores de prestigio internacional, la mayoría de ellos clásicos indiscutibles de la literatura del siglo XX, y a los que somos menos visibles.

Por último, leyendo “Los libros que me habitan” pienso en la célebre frase de Samuel Jhonson: “no deseo conversar con una persona que haya escrito más que ha leído”. Javier Puig es escritor, pero ante todo un buen lector que sabe que quien lee justifica la literatura. Este su primer libro, dedicado esencialmente a la lectura, es recomendable y gratificante en estos tiempos ciertamente pesimistas para la cultura librera, ya que cada vez se lee menos o más aprisa y según las estadísticas alrededor de un cuarenta por ciento de los españoles no lee (incluidos muchos letraheridos universitarios, que no quieren leer sino escribir), y la mayoría de jóvenes han adquirido hábitos de lectura en formatos digitales. Así pues, estoy de acuerdo en gran medida con las razones estéticas que argumenta Javier Puig y con su defensa de la lectura como conocimiento abierto y no oclusivo, al que se llega a través del placer y no de la imposición.

José Luis Zerón Huguet

Presentación Distinta Clara de Alba Ballesta por José Luis Zerón Huguet

Estándar

Presentación de Distinta Clara en la librería Códex, 27-12-2018. Foto: Antonio Ballesta.

¿QUIÉN ES CLARA DUBASENCA?

Distinta Clara, Alba Ballesta, Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. Algaida Editores, Sevilla, 2018.

Hace tres años leí Rari Nantes, la primera novela de Alba Ballesta (Orihuela, 1991) y me sorprendió la destreza narrativa de la jovencísima autora y su talento para tratar con solvencia el conflicto unamuniano entre autor y personaje, creando un brillante juego metaliterario en el que se insertan hábilmente numerosas referencias literarias
Recientemente he leído su segunda novela y tuve el gusto de presentarla el pasado 27 de diciembre en la librería Códex de Orihuela. No ha defraudado mis expectativas.


Distinta Clara, cuyo título (y argumento) rinde homenaje a la célebre canción de Joan Baptista Humer, me parece una novela polifónica, un mecanismo especular o mise en abyme vinculado al debate metaliterario posmoderno, pero también a escritores clásicos del siglo XX como Nabocov y Borges o contemporáneos como Bolaños y Javier Cercas. Cada uno de los numerosos personajes de la novela canta su aria cargada de sentido en el desarrollo de la trama. La dinámica interior está muy calculada, pero al mismo tiempo fluye con una asombrosa madurez expresiva. El argumento parte de un hecho azaroso y se va complicando en una urdimbre misteriosa. Laia Crespo (tiene veintipocos años y es hija única) estudia un máster en la Universidad de Barcelona, adonde se ha mudado, cansada de viajes en tren desde Vilanova; sus padres no terminan de asimilar su ausencia y la presionan para que vuelva a casa. Comparte piso con otra chica y trabaja en una librería-café. Un domingo, mientras echa un vistazo a una caja de libros de adolescencia que su madre le ha apartado, redescubre un pequeño volumen de poemas con un sugestivo título: Obras Completas de Clara Dubasenca (Tomo III), dedicado por la autora a Ramón Egea, el conserje del instituto donde estudió Laia.
La inesperada reaparición del libro desencadena en la chica el recuerdo del día en que su profesora de literatura, Amalia Ros, llegó a clase con unas cajas de libros e invitó a sus alumnos a que cogieran los que quisieran. En un gesto instintivo, vuelve a guardarse el libro y, ya en Barcelona, localiza a la profesora y charla con ella. Más tarde, cuando Laia alarga la mano para situar el libro de Dubasenca en un anaquel de la cafetería donde están los que los clientes dejan o se llevan, se le cae al suelo abierto por el poema “Todo se repite”, y Laia interpreta este hecho insignificante como una señal. Precisamente necesita un tema para el trabajo de fin de máster, y en ese instante decide llevar a cabo una investigación sobre Clara Dubasenca: desea saber quién es la misteriosa poeta y dónde se encuentra el resto de su obra. Su primer contacto será la viuda de Ramón. Es entonces cuando la investigación de la joven estudiante empieza a complicarse.
Ante todo, creo que Distinta Clara es una bildundgsroman (Laia se conocerá mejor a sí misma al final, o al menos va salir reforzada siguiendo los pasos de Clara), pero también un relato metaficticio y detectivesco que comparte el hibridismo genérico de muchas novelas del siglo XXI (reflexión, periodismo, ensayo, crítica literaria, ficción, poesía). Me parece destacable la revisión del tópico del manuscrito encontrado, es decir, el libro de poemas de Clara Dubasenca (el tomo III de sus obras completas), será el verdadero motor de la obsesiva -monomaníaca- investigación de Laia, en un principio como trabajo para el fin de máster, aunque debido a la oposición de su director y de la incomprensión de Diego, compañero de estudios, desechará esta opción y emprenderá una búsqueda en solitario. Diego está enamorado de Laia. Es un muchacho aplicado y bondadoso que aporta dosis de sensatez y pragmatismo tratando infructuosamente de convencer a su amiga para que olvide a Clara Dubasenca y se centre en su trabajo fin de máster, algo así como Sancho Panza tratando de que el Quijote ponga los pies en la tierra.
La estructura de la novela, dividida en tres secciones con capítulos titulados, me parece muy eficaz. La complejidad no está reñida con la amenidad. Considero un acierto las entrevistas de Laia con los personajes que conocieron a Clara y que en su mayoría la idealizan en sus recuerdos, aunque realmente son monólogos, ya que salvo alguna interrupción puntual de Laia, que no aparece reflejada pero se intuye por el cambio de inflexión del discurso, los entrevistados hablan y hablan. Me choca que muchos de ellos le pregunten a Clara, “¿qué dices?” O se disculpen: “Perdona no te he oído”. Esto indica que ellos están ensimismados en su verborrea y en sus recuerdos y refleja asimismo la discreción de Laia.
El azar también es muy importante, fundamental diría, en la trama de esta novela; ese azar que tanto perturba a Paul Auster también es provocado por Laia, algo así como ese azar objetivo en el que creían los surrealistas. Asimismo destaca en esta novela  una visión muy madura e incisiva del mundo que nos rodea, especialmente de la realidad universitaria y de la especulación inmobiliaria que afectó a España en general y a Barcelona en particular, a través de un lenguaje eficaz y preciso, pero rico y hasta poético en el uso de algunas imágenes, símiles y asociaciones insólitas.
En Distinta clara confluyen dos mundos distintos, la época ochentera y optimista de la Movida durante la Barcelona preolímpica, representada por los personajes que frecuentaron a Clara Dubasenca y que Laia va conociendo, y la realidad pesimista de nuestro digitalizado siglo XXI en la que se mueve la joven investigadora obsesionada por la misteriosa poeta. Los personajes maduros con los que se relacionará Laia transmiten una impresión agridulce y melancólica. Muchos viven su madurez como un digno fracaso o un pudo haber sido y no fue.
Sobre todo están muy logrados los dos personajes protagonistas. Sin la verosimilitud que transmiten, la novela fracasaría. Laia es tímida, introvertida, idealista, insatisfecha, aparentemente abúlica. Clara, según los testimonios de quienes la conocieron, era decidida, valiente y descarada, pero también insegura, de ahí sus cambios de humor, sus derivas, su carácter caprichoso y su caída en la adicción. En algunos momentos me recuerda a Nadja, la vaporosa joven que tanto fascinó a Breton hasta el punto de que este la convirtió en la heroína de su novela homónima. Las dos son independientes. Laia vive en Barcelona emancipada de sus padres, que residen en Vilanova y le reprochan su distanciamiento. Comparte alquiler con una compañera, Silvia, y trabaja en una librería-café. Clara también estaba emancipada de su familia, de la que no sabía nada (ni hablaba de ella) desde mucho tiempo atrás y trabajaba en un bar, aunque vivía a salto de mata. A Laia la iremos conociendo a través de un narrador omnisciente y de las notas a pie de página que ella escribe (Confieso que estas notas al principio me chirriaron pues se entrometían en la narración en tercera persona, pero conforme avancé en la lectura me pareció un método reflexivo solvente y una forma de conocer al personaje de primera mano). Mientras que todo lo que sabemos de Clara es a través de los testimonios, en su mayoría idealizados, de quienes la conocieron.
Hay momentos en que Laia se funde con Clara en un juego especular, hasta el punto de que la joven investigadora utiliza un poema escrito por ella misma para promocionar el café donde trabaja haciendo creer que es de Clara Dubasenca. En otra ocasión se enfrenta a su timidez y decide participar en un recital colectivo leyendo un poema de Dubasenca. Y lo recita con tal intensidad y sentimiento que uno de los personajes que conoció a la investigada, Baptista Galtés, se presenta ante Laia asombrado porque es como si hubiera escuchando a la propia autora del poema.
A algunos lectores les molestará la naturaleza egoísta y caprichosa de Clara, pero como yo tengo debilidad por la gente disonante o un poco a la deriva, simpatizo con este personaje. Cierto que tiene un carácter aristado, pero derrocha ternura y desamparo. También he sintonizado con el carácter escurridizo y neurótico de Laia.
Otro elemento muy importante de la trama es la presencia de M. la pequeña ciudad de provincias que así es nombrada y ocultada en la novela. A Laia le choca el nombre no nombrado por el sonoro diptongo que contiene (¿trasunto de Orihuela?). En esta localidad vivió Clara sus años de adolescente y llegó a publicar en la revista Artétrica que editaban unos jóvenes del lugar. Aunque resulta inevitable relacionar M. con Orihuela, también podría ser cualquier pueblo o ciudad de provincias.
Laia viajará a M. conducida por otro hecho azaroso: Elisa, su antigua compañera de piso, es nativa de esta ciudad levantina y ella la invita a casa de sus padres y le facilita el contacto con los editores de la revista Artétrica, Adolfo Collado y Vicente Molinero, este último un escritor mediocre que siente envidia o celos del talento de Clara Dubasenca y le molesta el interés que la poeta desconocida suscita en la joven universitaria. El viaje a M., que en un principio parece un fracaso, abrirá las puertas del desenlace y le permitirá a Laia atar los cabos que necesita para llegar al final de su investigación.
Por último, quiero hacer mención de los poemas de Alba Ballesta-Clara Dubasenca que aparecen insertados en la novela. La autora corría el riesgo de aburrir o descentrar al lector, pero el experimento le sale bien. En mi opinión, los poemas no entorpecen la lectura, al contrario, la refuerzan con una mezcla de inocencia, ironía, ludismo y oculto dramatismo. Me han traído ecos de los surrealistas de los surrealistas Prévert, Péret, Queneau, y también de los argentinos Girondo y Cortázar. Estos poemas hay que leerlos sin grandes pretensiones, solo en el contexto de ligereza y descaro en el que se movía Clara.
En suma, Distinta Clara es una novela escrita (muy bien escrita) con una intensidad atenuada, moderada. El conflicto interior de las dos protagonistas queda patente pero no de una manera aguda, bronca o disonante. Muchas novelas actuales cargan la trama de atrocidad y abyección y parece que todo lo disecciona el escalpelo del horror y el descreimiento. Hay una necesidad de mostrar continuamente un mundo desquiciado donde no es posible hacer pie. Por eso el lector agradecerá esta novela narrada con sobriedad y dosis de creatividad y humor inteligente.
A mí me enganchó desde la primera página. Deseaba llegar hasta el final para saber más de las dos protagonistas. Hasta el punto de que cuando finalicé la lectura me sentí entristecido, y no porque el final resulte fallido, ni mucho menos, sino porque el punto final significaba mi desenganche forzoso de un mundo que me había fascinado, o sea, la vuelta a la realidad, como si un prestidigitador te rapta con sus mejores trucos y vives un momento mágico que desearías se prolongara indefinidamente para seguir viviendo ese momento prodigioso tan diametralmente opuesto al miserabilismo, como denominaba el mencionado André Breton a la perversidad del pensamiento occidental que privilegia la depreciación o infravaloración de la realidad sobre su exaltación.
Así es Distinta Clara, una novela inteligente, rizomática, adictiva. Una narración que admite muchas lecturas.

Presentación de Distinta Clara en la librería Códex, 27-12-2018. Foto: Antonio Ballesta.

José Luis Zerón Huguet

Sobre Espacio transitorio, la ineludible mirada poética de José Luis Zerón, por Javier Puig

Estándar

Con la publicación de Espacio transitorio, en Huerga & Fierro editores, excelentemente prologado por Jordi Doce, José Luis Zerón amplía su ya extensa obra poética; y lo hace, según nos ha aclarado el mismo autor —en la interesantísima entrevista que le ha hecho Ada Soriano—, no con sus más recientes creaciones, sino con poemas que mayoritariamente fueron escritos entre los años 2012 y 2013.

Tanta veteranía en un poeta, podría ser signo de redundancia. Pero no es el caso de Zerón, quien, en cada nuevo libro, nos obliga a resituarnos frente a su obra. Y no es que no apreciemos en ella sus valiosas constantes —sus consolidadas percepciones, la hondura de sus esenciales sentimientos, las palabras clave— sino que estas se ensamblan en un armazón suficientemente novedoso, enriquecido por las nuevas perspectivas que va descubriendo en la atenta escucha, en la escrutadora mirada que dirige a los silencios de la vida. Pues hay que intentar rebatir esa genérica confesión de solipsismo que se expresa en el poema Los otros 2: “Nosotros no escuchamos su silencio, / hace tiempo que no sabemos escuchar”.

Me ha llamado la atención, en este libro, el tono elevado de algunos de sus poemas, el grito que son, el desbordamiento de emociones claras que se expresan a través de unos versos, a menudo extensos, casi siempre exhortativos; y que buscan la revulsión de las actitudes que se resignan a las inherentes trampas de la vida. Por otro lado, me he encontrado con una amplia diversificación de miradas. Hay, en gran parte de este poemario, una más concreta asignación del sufrimiento. Aquí, la expresión del discurrir humano, de su penar indefenso, se personaliza, bien en un singularizado ser, bien en la atención a un anónimo colectivo de hombres y mujeres apartados de los supuestos festines de la vida.

Encontramos poemas que nos revelan diáfanamente su motivo, que parten de las impactantes imágenes de ese mundo que también es el nuestro, aunque estemos a salvo de sus agresiones, indiferentes a su latido. Así los poemas La niña de Srebrenica o Después de ver una fotografía que muestra a los niños asesinos en Hula (Siria). Pero también encontramos un puñado de composiciones que se sumergen en distintos universos pictóricos, así los titulados: El grito, El golpe maestro de Dadd, Paisaje con Orion ciego buscando el sol y Campo de trigo con una alondra.

Como decía, la mirada a los otros está más presente, incluso la que se dirige hacia aquellos con quienes, probablemente, no podríamos compartir sino la más escueta hermandad en el dolor. Son los excluidos, los injuriados por una vida que se desentiende de sus demoledores confinamientos, a los que no osamos mirar, para no arriesgarnos a que su existencia pueda alterar nuestras fortificaciones. Es una mirada que tiende a revertirse, que plasma lo externo en lo interior, y viceversa. Son esos transeúntes que comparten con nosotros el estar caídos en la vida sin saber: “Lo cierto es que ni ellos, / los que han perdido su propio paisaje y habitan en los umbrales, / ni nosotros, los que nos extraviamos en su propio jardín, / sabemos cuál es nuestro papel en este mundo”.

Y, al volvernos hacia nosotros mismos, al escuchar nuestras mal acalladas voces interiores, encontramos las propias variantes de aquella primaria desazón. Lo constatamos en esos poemas dedicados a los oscuros adversarios de la paz interior, a esos ineludibles componentes de la presencia de la vida, esos enemigos íntimos que es preciso combatir sin tregua, pues nunca renuncian a su aleve misión. Así, en ese poema, Soy tu miedo: “Soy el hábito oscuro de tus sueños. / Soy tu miedo”. Un miedo que insiste en la depauperación de la vida: “En esta tierra sin paz no hay paraísos / ni supermercados de la felicidad. / Soy tu miedo, acéptame. / Entrégate a mí / y te enseñaré a vivir sin plegarias”. No se puede pretender la absoluta aniquilación de las inherentes propiedades que desajustan el ser.

En Metástasis, no cabe más que reconocer esa otra presencia recurrente: “Cómo creces, dolor / cómo me rodeas, / cómo me amenazas taciturno”. Un dolor que se trata de reducir con el ansioso acopio de memoria: “Trae todos los instantes / sin horror que he vivido”. O en esa tristemente jocosa Oración a San Orfidal, ansiolítico al que uno se encomienda: “Concédeme la paz / amigo, te lo ruego. / Concédeme la incierta esperanza”.

En No te he llamado, prosiguen esos diálogos con las desavenencias que nos habitan, que nos abruman con esas altas y ominosas barreras alzadas para expulsar la luz de nuestro mundo. Los enemigos de la paz nunca se marchan del todo, permanecen agazapados, esperando que le ofrezcamos nuestros resquicios de debilidad para acapararnos: “No me hables de este mundo / saturado, sacudido, desdichado, no ahora. / Deja que mis gritos sigan tejiendo / la realidad para nombrarla.” Porque la vida es difícil: “No encontraremos asiento / en nuestra infatigable caminata, / escasas certidumbres nos sostienen / en el murmullo vibrátil de esta tarde anodina / con sus desabridos fulgores”. Pero: “Venturosos los que no se instalan en la herida / ni se pierden en los desfiladeros del grito”. Pues ese grito tan repetido, es solo recurso puntual pero no estancia deseable.

El poeta observa el camino sobre el que transitan esos hombres que son diferentes, pero por otra parte iguales en la ignorancia de lo decisivo; aquellos que se dirigen hacia la incierta completud a través de un recorrido tantálico. Se les ve arrastrar los pies por las indefiniciones, someterse a la continua tentación del retroceso, del repliegue urdido por la inmisericorde condición humana. Y ahí están esas miradas sojuzgadas por las amenazas que llevamos dentro, que forman parte del todo; las amenazas que, a pesar de las evidencias, hay que tratar de subvertir: “Se hace necesaria, por inútil, la insurrección”. Para ello hay que armarse de los escasos componentes sólidos, no traicioneros, que también nos conforman.

Y así, el poeta se subleva, inquiere, grita la luz del escuetísimo presente, la convoca frente a la conspiración de las sombras extensas. Y expone esa irrebatible razón de emerger en el desnudo momento, ante las argumentaciones del mal agüero: “Tú que sufres y padeces / tú que has nacido para interrogar al vértigo / y adoleces víctima de arritmias imprevisibles, / pide un espacio de perdón para el presente continuo”.

Espacio transitorio, desde su aquilatada diversificación, es otro profundo, intenso y bello libro de José Luis Zerón, en el que sigue afinando esa nunca saciada visión de lo que verdaderamente nos constituye, esa intrusión de la naturaleza en nuestra mente irredenta; y lo hace, esta vez, con poemas que no eluden la vehemencia; y con una dolorida mirada que dirige a los que se sienten golpeados por la más arbitraria humillación, aquella que proviene del orden ignoto. Somos extraviados transeúntes en un mundo que —a pesar de todo— ansiamos vivir, pues es la indómita correspondencia de nuestro ser más íntimo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”.

Entrevista a José Luis Zerón, por Ada Soriano

Estándar

El poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha

La editorial Huerga & Fierro publica el poemario Espacio transitorio, de José Luis Zerón, con prólogo de Jordi Doce e ilustración de Ana Leonís

Al igual que la fragata permanece en su vuelo durante días y aterriza tan solo para alimentarse, así José Luis Zerón, tras una sobrada capacidad para la observación y la meditación, baja de su torre para recoger las palabras precisas. No olvidemos que también la iguana tiene sus artimañas. Hace rodar el fruto espinado para desprenderse de lo innecesario y quedarse con lo sustancioso.

Dice Jordi Doce en su prólogo para Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018), el nuevo libro de José Luis Zerón, que “el poeta nos habla con palabras necesarias y perentorias que van creando un círculo mágico de oyentes allí donde suenan”.

Muy de acuerdo con las declaraciones de Jordi Doce, y puesto que conozco a fondo la obra de José Luis, puedo afirmar que hablo de un poeta dotado de un talento innato para establecer analogías; un escritor que abarca un léxico intenso e inagotable. Discrepo de quienes ocasionalmente lo han tachado de poeta hermético o poco emotivo. Creo que no han leído sus poemas con la debida atención. José Luis Zerón, a mi entender, siempre logra mantener el equilibrio entre pensamiento y sentimiento, y posee una voz completamente identificable.

José Luis Zerón Nació en Orihuela el 28 de octubre de 1965. Fue cofundador y codirector de la revista Empireuma. Desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Ha sido incluido en varias antologías y ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado.

En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

-José Luis, en una ocasión declaraste que “el poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha, siempre atento a la prosodia del murmullo”.

Siempre me ha fascinado la figura del centinela, especialmente en lo que concierne a la segunda acepción del diccionario RAE: persona que observa o vigila. La palabra centinela podría tener su origen en la voz italiana sentinella, basada en el verbo sentire, que significa escuchar. En francés, sentinelle se ha formado como un diminutivo de sentier, sendero. Y en latín me resulta muy sugerente excubiae, formado por la preposición o prefijo ex (salida, fuera) y cubiculum (habitación, dormitorio), es decir, estar fuera del dormitorio. Un centinela sería aquel que vigila a la intemperie mientras todos duermen.

Yo relaciono al poeta con el centinela quitándole la carga bélica o religiosa (en el Nuevo Testamento se habla constantemente de la vigilancia y el estado de vela de quien espera la llegada de Cristo) que contiene el símil. El poeta ha de estar siempre atento, a la espera de que surja el poema, que puede manifestarse de muchas maneras en su primer brote. En mi caso yo lo asocio a un murmullo o balbuceo del que irá surgiendo el lenguaje poético. Y esa actitud de escucha y de observación acontece siempre fuera de la complacencia, la rutina, el lugar común, el refugio de los hábitos cotidianos, es decir, fuera de la habitación, a la intemperie (palabra muy frecuente en mis poemas), en el sendero (sentier), caminando. Como soy andariego la poesía suele manifestárseme mientras camino.

-¿Cómo surge Espacio transitorio? ¿En qué momento?

He de aclarar que este libro no es el último que he escrito. Tiene unos años. Lo escribí entre 2012 y 2013, excepto dos poemas, “Palabras para el hijo”, concebido en 2002, y “Visita al cementerio judío de Suceava”, que surgió en 2006 después de una visita a esta ciudad rumana. Los meses en que inicié el poemario desde una experiencia personal muy dura, sentí la tentación de aferrarme a la nostalgia o a la ilusión de un futuro halagüeño que yo no divisaba, así que opté por encarar el tiempo presente y vivirlo con coraje haciendo frente a las adversidades y tratando de disfrutar el aquí y ahora con sus transiciones, contingencias, cambios de paradigma y certezas que saltaban por los aires.

-Afirma Jordi Doce, autor del prólogo, que “este libro ocupa un lugar aparte en tu obra” ya que “estos poemas configuran una especie de libro negro”. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo con el prólogo de Jordi y además es excelente. Le estoy muy agradecido por la lectura atenta y perspicaz de mi libro. Sí creo que ocupa un lugar aparte. Me parece mi libro más desaforado y quizá el que ofrece una mayor eficacia expresiva. Siempre he defendido las poéticas sólidas y he tratado de lograr un sentido unitario en mi corpus poético, pero no monolítico. La fidelidad absoluta a una poética puede llevar a la monotonía, sobre todo cuando uno ha dicho, mejor o peor, lo que tenía que decir. Por eso a veces hay que dar un giro de tuerca. En cualquier caso, creo que en Espacio transitorio se reconocen muchas de mis preocupaciones y obsesiones presentes en mis libros anteriores.

Por entonces una parte de mi vida (tú lo sabes bien) se derrumbaba y yo no sabía si hacer frente a lo que estaba sucediendo o huir; si correr en pos de mi salvación o de mi perdición. Quizá me estoy poniendo muy trágico, pero así me sentía.

-¿Te identificas con Lot en Me llamo Lot, poema que inicia Espacio transitorio?

Como te decía, la depresión me acechaba y empecé a dudar de la escritura poética. Afortunadamente las palabras no se fugaron y llegaron a ser mi verdadero apoyo en momentos de angustia irrefrenable y una falta total de asideros; con ellas decidí abordar lo extremo de mi experiencia. Cuento mi naufragio, pero también mi lucha contra el hundimiento y mi reconocimiento en el sufrimiento de otros. En este poemario (como en casi toda mi obra poética, pero en este libro más), lo feo está a la misma altura de lo hermoso, lo pequeño e insignificante se mezcla con lo grandioso, y hay un vínculo entre lo inocente y lo perverso. Por otra parte, tampoco quería que el libro fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones. No quería vender catástrofes personales, así que, no tanto por cálculo como por necesidad, salí de mí para mirar el exterior, lo que sucedía ahí fuera con todas sus grandezas y miserias. Me vi haciendo equilibrios para evitar realismos anecdóticos y representar el ahora sin incurrir en un sentimentalismo periodístico de la realidad. Es decir, quería ser fiel a mi lenguaje reflejando los problemas de mi tiempo y sin renunciar a los fundamentos íntimos de mi existencia. Sobre todo, no quería mirar atrás para que la potencia de la nostalgia no me petrificara, de ahí que el primer poema del libro se titule “Me llamo Lot”. Este poema, como todo el libro, está escrito con imperativos. Es una motivación (casi una arenga) para seguir adelante aceptando el tiempo presente a pesar de las dudas y los miedos que pueda generarnos.

-¿No hay demasiado dolor? Dividido en tres partes, tal vez la última, Adhesiones, pone fin a la crudeza de las dos anteriores. Hallo aquí luz y esperanza, como si todo no estuviera perdido.

Hay dolor, claro que sí; pero también luz y esperanza, sobre todo en la última parte. En Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno decía algo así como que el dolor nos hace sentir la carne de la realidad y que no cabe poder gozar sin poder sufrir. Decía igualmente que por el dolor los seres vivos llegan a tener conciencia de sí, y tener conciencia de sí es saberse distinto a los demás. Y la distinción se alcanza a través del choque, pero también a través de la compasión.

En mi libro hay dolor por mis circunstancias adversas, por la muerte de un amigo, por el sufrimiento de los desposeídos… Hay también un dolor metafísico y un dolor en la percepción de uno mismo en cuanto pérdida. Pero también hay momentos de celebración y una invitación a no estancarse en la queja o el lamento. A veces increpo a la muerte sin olvidar que ella también funda la vida. También hablo del miedo sin tapujos, sin vergüenza. Nos cuesta mucho reconocer que tenemos miedo; y si no reconocemos nuestro miedo no podremos afrontarlo. Hablo sobre todo del poema “Soy tu miedo”, que, por cierto, está encabezado con una cita muy apropiada de dos versos tuyos que me fascinan: “Por la escalera del miedo/ subimos y bajamos”. Creo que en Espacio transitorio hay una intensidad por momentos gozosa, aunque esté atravesada por el dolor. Mi percepción en el momento de escribir este libro resultaba dolorosa y consoladora a la vez. Por ejemplo, en el poema “Imago mundi I” digo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”

-¿Calificarías este poemario como el más discursivo de tu obra editada hasta ahora?

Quizá sí lo sea junto con La sed del náufrago (anterior en un par de años a Espacio transitorio), que todavía permanece inédito. Creo que hay una presencia lírica en muchos de los 33 poemas que lo conforman, pero este libro tiene una médula narrativa que no aparece en la mayoría de mis poemarios. En este he abierto más los ojos a la realidad poliédrica, dinámica, con toda su riqueza, su magia, su misterio, y también sus miserias y perversiones. Para nada la realidad unidimensional, inmutable, medible, sometida por el lenguaje distorsionado de la consigna, la premisa y la ideología; ese miserable lenguaje de los financieros, mercaderes, opinadores fraudulentos, especialistas en candados y políticos vendedores de humo que tratan de reducir el mundo a sus mezquinos intereses.

¿Abrazan las contradicciones, los opuestos?

Sí lo creo. La poesía acerca fuerzas opuestas y contrarias. El abrazo de los contrarios siempre ha estado muy presente en mi poética. Cuando escribo poesía me gusta experimentar con la brusca aproximación de términos disímiles generadores de la sorpresa. Esto se nota también en Espacio transitorio. Para ello me sirvo, sobre todo, del oxímoron, la antítesis, la paradoja y la contradicción. Un ejemplo claro de ese abrazo de los opuestos, que a mí me fascina, es el soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo, y en especial el tercer verso del segundo cuarteto: “Nadar sabe mi llama el agua fría”. Quevedo habla de la superación de la muerte a través del amor, pero también podemos hacer una lectura de ese verso como los retos que vamos afrontando día a día, así como nuestra capacidad de regeneración ante los golpes que nos da la vida. O una lectura en clave metapoética: ¿no podría ser esa llama que nada el agua fría la excepcionalidad del pensamiento poético, capaz de dar un nombre nuevo a las cosas, de subvertir el frío y miserable orden dominante, de combatir prejuicios y crear nexos tenidos por imposibles?

-Veo que el libro está dedicado a nuestro amigo Pepe Rayos…

En efecto. Nuestro común amigo hizo posible la existencia de este libro. Cuando ya tenía los primeros poemas caí en un pozo de incredulidad absoluta respecto a mi poesía y empecé a sentir despreciable todo lo que estaba escribiendo entonces y lo que había escrito anteriormente. Sentí el impulso de destruirlos y olvidarme de la poesía, al menos por una temporada. Lo cierto es que Pepe Rayos, que conocía aquellos primeros poemas y observó mi desencanto que yo trataba de ocultar sin conseguirlo, me animó a seguir escribiendo. Creyó en mí y en la posibilidad de que el libro llegara a ser una realidad. Tengo muy buenos amigos y amigas poetas, pero en aquella ocasión un artista plástico, piloto de Iberia en la reserva y estudiante de Historia del Arte (hoy tiene un doctorado en esta disciplina) fue determinante para que yo recuperara la fe perdida en la poesía durante unos meses. Pero no es extraño porque Pepe es un ejemplo de cómo se puede ser poeta sin escribir poemas. Basta con percibir la realidad de una forma especial, desde una experiencia estética y vital transgresora, abarcadora, iluminadora. Pepe tiene un pensamiento poético. Es una naturaleza poética, aunque no se le considere poeta.

Dicho esto, quiero añadir más agradecimientos. A nuestro común amigo y excelente poeta Alberto Chessa porque él recomendó mi libro a los editores y facilitó mi contacto con ellos. El apoyo de Alberto fue fundamental para que este libro dejara de ser inédito. Por supuesto, a Antonio Huerga y Charo Fierro por incorporarme al formidable catálogo de su prestigiosa editorial y por el buen trato que me han dispensado. Y no olvido a la ilustradora de la portada, nuestra común amiga Ana Leonís Terol, que ha sabido sintetizar en una sola imagen el contenido del libro.

-¿Crees que un poema requiere explicaciones o se defiende por sí mismo?

Un poema o un libro de poemas pueden llegar al lector sin explicaciones o referencias; pero no están de más las pistas que nos proporcionan el autor o los críticos especializados sin otorgarles el valor dogmático de la infalibilidad. A mí sí me gusta explicar mis poemas cuando la ocasión lo requiere. En justa correspondencia me gusta escuchar a los poetas cuando hablan del hecho creador e interpretan sus poemas. Y también disfruto leyendo poéticas.

-¿Piensas que el poeta es lo que él escribe?

Creo que sí. Yo al menos sí me reconozco en lo que escribo. El poema surge de un encuentro del poeta consigo mismo y con los otros. El poeta tiene sus obsesiones, sus visiones, sus vicisitudes particulares y su manera de enfrentarse a la escritura. Las influencias, conscientes o heredadas, enriquecen su lenguaje y agudizan sus reflexiones. Yo soy yo con mis conflictos interiores, con mi capacidad de percepción y de asombro, pero hay detrás una tradición cultural que ha influido en mi forma de concebir el mundo y en mi escritura de la que no puedo sustraerme. También heredamos la poesía. No existe el adanismo. No pretendo formar parte del catastro lírico y no frecuento capillas y cenáculos poéticos, pero tampoco estoy aislado. Trato de conocer lo que hacen los nuevos poetas. Mi poesía se nutre de mis experiencias vitales e intelectuales.

Desde que Barthes escribiera su célebre ensayo estructuralista La muerte del autor, se extendió una fiebre autoricida que ha llegado hasta nuestros días. Se mira con recelo al poeta introspectivo que se atreve a escribir en primera persona, Por eso en el poema “Sigo, mundo”, escribo: “boca que se afirma en este soy/ ahora que nadie dice soy”. Por otra parte, estoy harto de escuchar que los poetas somos unos impostores, afirmación frívola basada, sobre todo, en el célebre primer verso de “Autopsicografía”, de Fernando Pessoa: “el poeta es un fingidor”. Pero olvidan quienes así opinan que el poema de Pessoa continúa con esta genial paradoja: “Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”. También se ha abusado ad nauseam de la frase de Rimbaud que aparece en las Cartas del vidente: “yo es otro”, interpretada no como una afirmación subjetiva, sino como una sentencia incuestionable sobre la identidad fugitiva y enmascarada del poeta.

Pese a todo, creo que el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente. Como bien dice Jordi en el prólogo, “la conciencia de la fraternidad humana permite controlar las proyecciones no siempre fiables de la subjetividad”. Creo además que el poeta escribe con muchas dudas y escasas certezas acerca de sí y del mundo que habita, y por eso mismo se siente asombrado, extrañado, fascinado y diferente; siente que su identidad se fortalece no en lo que le hace igual a los demás, sino en lo que tiene de diverso. Y en ese principio de diversidad también cabe la contradicción, y entiendo por contradicción no el extravío ocasional, o la falta de coherencia o capacidad intelectiva, sino la aptitud para abarcar fuerzas opuestas y contrarias y acoger seres distintos. Whitman escribió en “Canto a mí mismo”: “¿Qué yo me contradigo? /Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? /Soy inmenso… /y contengo multitudes”. Y J. V. Foix resolvió de esta manera la paradoja de la propia contradicción como poeta que reivindica su diferencia, su vocación de soledad y a la vez está integrado en el mundo en una continua conexión con sus semejantes: “Dejadme solo que soy muchos”.

-¿El poeta que nunca haya escrito un ensayo o una novela se queda a medias?

No lo creo. A menudo el poeta tiene que lidiar con este, digamos, complejo de inferioridad respecto al novelista y se siente algo así como un desclasado en la República de las Letras. He llegado a leer y a escuchar muchos tópicos disparatados que comparan al poeta con el novelista, por ejemplo, que aquel suele ser perezoso y poco comprometido y le basta con las emociones y la facilidad de palabra y este es tenaz y debe tener conocimiento, disciplina y sensibilidad. Es cierto que está muy extendida la creencia de que un escritor no lo es del todo si no ha escrito una novela, y muchas veces los poetas que no hemos publicado novela (y somos muchos), escuchamos la típica pregunta “¿Para cuándo una novela?” Yo he escrito cuentos –algunos he publicado- y estoy trabajando una novela desde hace años, pero nunca la acabo (creo que por inseguridad y no por pereza o falta de compromiso), quizá porque la narrativa no es mi hábitat natural. Y el caso es que, en contra del tópico que asevera que a la literatura se llega a través de la poesía, yo empecé escribiendo cuentos.

Por otra parte, creo que la poesía, debido a su carácter polisémico y su querencia por lo sustancial, es un espacio abierto y a la vez cerrado, un campo uliginoso donde la estética y la ética conviven, y no siempre en armonía. Es ahí, en ese conflicto entre la belleza y el compromiso, donde el poeta corre el peligro de perder pie y alejarse del lector, y también de traicionar su propio lenguaje. El novelista, con todas sus dudas y temores iniciales, suele pisar un terreno más firme y, digamos, más acogedor; por eso cuenta con más lectores y apoyos. El poeta también ha de lidiar con el tópico eterno de la inutilidad de la poesía. Es cierto que a lo largo de la historia la poesía ha vivido momentos de un auge relativo, pero también etapas de absoluto rechazo. Parece que ahora hay más interés por ella, o al menos se la respeta más. Borges escribió: “la poesía/ vuelve como la aurora y el ocaso”.

¿No crees que cada vez son más borrosas las fronteras entre estos dos géneros?

Si miramos hacia atrás no es fácil encontrar grandes poetas que sean a la vez buenos novelistas. Se me ocurren algunos casos: Quevedo, Oscar Wilde, Pasolini, Sylvia Plath, Lezama Lima, Caballero Bonald. En cambio, abundan novelistas que sí tienen, digamos, una impronta lírica, cuyas novelas se sostienen con un estilo de ambición poética: Gabriel Miró, Proust (por cierto, escribió medio centenar de poemas casi desconocidos), Virginia Woolf, García Márquez, Thomas Wolfe, Ana María Matute…Creo que el poeta, cuando entra en el terreno de la narrativa, se mueve mejor en el cuento, el teatro la semblanza, la reflexión o la autobiografía. Ahí están, por poner varios ejemplos, Bécquer, Borges, Pessoa, T.S Eliot, Artaud, Juan Ramón, Aleixandre, Lorca, Brecht, Dylan Thomas, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Cortázar… En la actualidad es distinto. Numerosos escritores saltan de género. Hay poetas estimables que hacen incursiones en la novela y viceversa. Lo cierto es que la confrontación entre poesía y novela es más ficticia que real. Y se está demostrando que pueden llegar a ser géneros complementarios.

Termino de contestar a tus preguntas (me he extendido demasiado) manifestando que me ha alegrado leer últimamente en los medios de comunicación los continuos elogios que Mircea Cartarescu dedica a la poesía. Cartarescu es un autor rumano que empezó escribiendo poemas y dejó de hacerlo hace más de veinte años, aunque muchos de sus textos narrativos tienen una gran carga lírica. A pesar de que sus novelas fascinantes le han dado la fama (hasta el punto de ser un firme candidato al Nobel) se declara incondicional de la poesía: “Amo la poesía. Es lo que más amo del mundo”, ha llegado a afirmar.

Orihuela, 6 de diciembre de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.