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Presentación de El Eco, de David Gómez Durá

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PRESENTACIÓN EN ORIHUELA DE EL OCHO DE LAS ABEJAS (editorial Devenir, Madrid, 2018), DE CLEOFÉ CAMPUZANO

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El pasado 26 de febrero se presentó en la librería Códex de Orihuela El Ocho de las abejas, primer libro de poemas de Cleofé Campuzano, editado por Devenir. En el acto intervinieron el editor del libro, Juan Pastor, el prologuista, José Luis Zerón Huguet, y la autora. Poetas, artistas y familiares y amigas de la autora llenaron el salón de actos de la librería.
A continuación reproducimos el prólogo de El ocho de las abejas y dos poemas del libro.

PRÓLOGO
Vaya por delante mi agradecimiento Cleofé Campuzano por haberme confiado la tarea de prologar su primer libro. No es mi intención desentrañar su poesía exigente, tarea futura de críticos especializados; solo pretendo -y me daré por satisfecho si lo consigo- aproximarme de manera cómplice a quien esté dispuesto a leer atentamente este poemario.
Pero debo advertir que El ocho de las abejas no admite lecturas superficiales y unívocas, es decir, no resultará fácil a aquellos lectores no avezados que solo captan lo evidente. La autora no renuncia a la intuición, ni al proceso creativo como prolongación natural del instinto, pero tampoco descarta el método de composición de Poe: “La ejecución del poema es una operación intelectual, no un don de la musa”. Por eso mismo, su estilo definido surge de la emoción y el cálculo, de la sensibilidad y la inteligencia, de la unión de irracionalidad y raciocinio que García Lorca llamaba gracia y esfuerzo. Por otra parte, la poética de Cleofé Campuzano restaña la vieja herida del divorcio entre poesía e idea, pues en ella confluyen pensamiento poético y pensamiento filosófico con una acertada integración de elementos culturalistas no muy abundantes (a la autora le interesan, como demuestra en sus artículos incluidos en revistas especializadas y en su propio blog, el arte contemporáneo en todas sus manifestaciones, así como numerosas disciplinas del conocimiento).
En este libro de sólida arquitectura hay un cruce de voces (la autora combina la primera persona o sujeto explícito con el uso de la segunda persona y el predominio de la invocación y el imperativo), así como una hábil combinación de lo ético y lo estético. La potencia creativa de la poesía corre el peligro hoy día de sucumbir ante los numerosos modos de instrumentalización económica política y mediática. Por eso el poeta ha de tener una disponibilidad de escucha interior y exterior que le permita una relación dolorosa y cordial del yo con los otros. La poesía que nos ocupa no da la espalda a los conflictos que asolan al hombre contemporáneo y encara la realidad y la trasciende en un combate cuerpo a cuerpo entre el ser y la existencia:

Es oscura la posición
de permanecer sentado
y no hacer nada,
no vibrar, sentirme ruin
por mis mezquindades cuando
el mundo entero es el lugar del espanto.
(“No hay día que no huya de mis manos”).

Lejos de la banalidad y la ocurrencia, los poemas de este libro despliegan una densidad imaginativa y simbólica en un espacio abierto, polisémico. Un ejemplo de ello lo encontramos en el título mismo del poemario, sin duda hermoso y sugerente. Según me explicó la propia autora, a ella siempre le ha fascinado cómo en el ámbito de la lingüística y la antropología se explica el sistema de comunicación de la abeja como antitético al humano, ya que esta hace un recorrido perfecto que viene determinado genéticamente y que no ha de aprender, y lo hace registrando vuelos circulares que vienen a describir lo que sería un ocho (en simbología el ocho representa el anudamiento infinito y el equilibrio de las fuerzas antagónicas). La abeja se comunica hasta el final de su vida de esta manera predeterminada, mientras que el ser humano desde su nacimiento está obligado a aprender a comunicarse con su entorno y consigo mismo sabiéndose muriente. La autora contrapone el vuelo perfecto de la abeja en beneficio de la colectividad a la errancia individualista del ser humano, con sus innumerables remontadas y caídas.
Por otra parte, la simbología de la abeja es muy rica. En general se la relaciona con el trabajo bien hecho y la primacía de la organización; para la cultura egipcia representaba el alma y el espíritu; los antiguos cristianos veían en ella el misterio de la muerte y la resurrección, así como la diligencia y la elocuencia; los musulmanes el lirismo y el conocimiento; los hindúes la abundancia y la ampulosidad. Numerosas leyendas de diversas culturas nos hablan de la abeja como sinónimo de salvación y de eternidad. En cualquier caso, el simbolismo de la abeja es ambivalente y dual: por una parte se la relaciona con la vida por su aparición y plena actividad en primavera, y por otro lado está vinculada a la muerte debido a su entumecimiento invernal y a su aguijón venenoso, que solo utiliza cuando percibe una seria amenaza. Es un hecho paradójico conocido que la protección de la abeja obrera es también su condena: cuando entierra su aguijón y trata de extraerlo desesperada, deja parte de su tracto digestivo, músculos y nervios. Este enorme desgarro abdominal es la causa de su muerte.
En relación con el título, me resulta inevitable citar un libro que he releído recientemente: EL mundo de las abejas, del escritor belga Maurice Maeterlinck, quien compara a las abejas con los seres humanos y traza un mapa de similitudes entre la inteligencia humana y lo que él llama “el espíritu de la colmena”, ensalzando el carácter colectivo de estos himenópteros y su noción de “porvenir”. Las abejas se sacrifican defendiendo a la reina, pues si esta muere la colmena está condenada a desaparecer. Maeterlinck va mucho más allá del estudio de las abejas y aborda cuestiones que también preocupan a Cleofé Campuzano: el azar, el anudamiento entre la vida y la muerte, el destino, la providencia y lo ambiguo de conceptos como instinto e inteligencia.
Asimismo me vienen a la memoria los poemas dedicados a las abejas incluidos en Ariel, el último poemario que escribió Sylvia Plath. La escritora norteamericana tenía una colmena y solía asistir a las reuniones de los apicultores locales. Su padre era profesor de biología y una autoridad en el campo de la entomología.
El ocho de las abejas nos habla, sobre todo, del ser humano, del aprendizaje experiencial al que está condenado desde que nace hasta que muere, de su sed de sabiduría e independencia nunca saciada, de su contradictoria presencia en un mundo que lo acoge y lo rechaza, de su capacidad para sobrevivir creando cómodos refugios materiales y metafísicos, cultivando certidumbres y abriendo senderos marcados y seguros contra el destino inescrutable e implacable. También de sus naufragios.
El primer poema del libro, “En un sembrado tierno y feroz”, está reforzado por una cita de Tolstoi muy significativa (todas las citas que aparecen en este libro son importantes no solo para comprender mejor los poemas que encabezan, también para conocer las referencias literarias de la autora) “…Entonces, ¿cómo pueden decir los venerables que después de la muerte hemos de vivir en ese otro mundo?” Este poema-pórtico aparentemente pesimista es, no obstante, un hermoso canto a la vida. La autora se obstina en apelar contra la muerte, pero al mismo tiempo la asume como sino que intensifica la vida. En este poema, y en todo el libro, resuenan los ecos de César vallejo y sus Poemas humanos. Cleofé Campuzano viene a decirnos lo mismo que el poeta peruano: “en suma no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte”.
Ni siquiera el maridaje vida-muerte se atenúa o suspende a través de la fusión amorosa de dos identidades. Al contrario, se potencia en la formidable batalla entre Eros y Tánatos (la carne, la tumba):

Porque prodigioso,
Y mudo siempre,
te adentras en mí con tus tumbas;
y quiero crecerme despierta,
mutarme las yemas
sobre otro sitio que no es este.
(“Prodigioso y mudo siempre”).

Pero la autora no incurre en una idealización de la muerte, atenta al aquí y ahora y sus contingencias.

Cállate, catástrofe consecutiva
liebre escurridiza
que te escapas de nuestra permanencia.
Cállate, que no deseo preguntarme cada día
si quiero vivir.
(“Cállate”).

Ni recurre a una visión trascendente. Ya que no pierde de vista los prodigios y vilezas de nuestra época. En sus poemas hay altos vuelos que parten de lo concreto y cotidiano a la búsqueda de la verdad de nosotros mismos, en una exploración continua del rostro cambiante del mundo.
El ocho de las abejas puede perturbar al lector por su aparente negatividad. En él se escuchan como un ruido de fondo los versos rotundos del poema “Lo fatal”, de Rubén Darío. La autora, desde un agónico escepticismo, atenta continuamente contra la esperanza, una de los motivos cardinales de la poesía:

La esperanza es un difunto más,
cuando nada de lo que se es
cuando nada de lo que se tiene
de lo que se pretende
nos ama.
(“Arbitrio”).

Nos dice que la vida es ante todo intemperie y por eso nunca encontraremos acomodo en ese lugar propio para el que se supone estamos destinados:

Pues yo me he preguntado tantas veces
si existe un sitio para cada uno;
detrás de cada sufrir encanecido
surge esta persecución
(…)
Llevamos la incertidumbre en la heredad
y esta heredad está cansada,
hastiada de recordar que no hay ni hubo
-no habrá- sitios en nombres propios.
(“Sitios en nombres propios”).

También nos habla de la ausencia de Dios o de cualquier inteligencia creadora, del sentimiento de incertidumbre y orfandad del hombre:

Pienso en la orografía de un límite
queriendo terminarse y
no creo que haya nadie que controle
su disolución.
(“De los vacíos indóciles”).
:
Por más que haga
más que me afane con mi edad
no llego a ningún sitio,

y esa sensación de orfandad
no me recupera.
(“Por fin la rueda encuentra reposo” I).

Y de la conciencia como causante de dolor y desolación. Precisamente el conocimiento de la propia existencia y de sus actos, incapacita al ser humano para alcanzar la plena libertad, así que cualquier atenuación de la conciencia mediadora, incluida la suspensión transitoria de la cordura, solo paliará el doloroso desasosiego de vivir condicionado por la autoafirmación:

He podido vivir, ser alguien… con corazón y mortalidad:
pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido,
me impedirá ser alguien libre.
(“A esto se refería una voz del pasado”).

Me olvido de mí si ella viene,
Y no sé qué significa,
la confundo con el caos y la prisión,
pero la dejo entrar
la dejo salvajear y que me afecte.
(“Vesania”).

Cleofé Campuzano no trata de seducir al lector con falsas plenitudes. En sus versos no hay una percepción intensa cercana a la epifanía. No recurre al énfasis emotivo para imantar al lector. Tampoco trata de conquistarlo a través de una técnica depurada y un lenguaje de línea clara. Su relación de con el lenguaje es tensa, pero también misteriosa, casi física. La autora remueve y socava el lenguaje en un proceso de recreación hasta alcanzar un conceptismo expresivo peculiar y reconocible, que revela tanto como oculta. La sintaxis unas veces es sinuosa, otras abrupta y quebrada, y el ritmo, sincopado, elusivo, entre la ligereza y la gravedad, no es el de la medida eurítmica convencional, sino el de la propia respiración agitada. Por otra parte, su ironía, turbulenta, de corteza áspera, está lejos de la ocurrencia amable o graciosa, tan en boga en la corriente neoexperiencial. No obstante, en El Ocho de las abejas hay un trasfondo vitalista, ya que el discurso poético constituye un testimonio de resistencia obstinada ante el destino inapelable e indescifrable que nos aguarda, a la vez que una invitación a vivir, a gozar el instante inmediato ante el aluvión de contradicciones que es la vida. De ahí que casi todos los poemas de este libro estén escritos en presente.
Con una energía libre y una voz propia, abrazándose irremediablemente al principio de supervivencia, Cleofé Campuzano penetra en las dimensiones profundas y complejas de nosotros mismos y de la realidad exterior. Allí donde la abeja no es capaz de llegar.
José Luis Zerón Huguet

 

Hiato

“Partiremos de aquí para siempre”
Arseni Tarkovski, 1938

Asilo, arritmia en los brazos,
me coges tú, frente cálida,
espacio que incluso
da más vida al nacimiento.

Necesitaré la firmeza
que caló el desánimo,
oliendo a bosque carbonizado.

Aliento alrededor del lugar
que es aluvión de contrariedades,
fuente de autenticidad,
olvido de arquetipos.

Con vosotros fui feliz,
asilo, aliento…

vaho del hiato que nos salva.

El viandante de lo absoluto

Nunca fue tan dura la razón
como cuando se estrelló en las formas del aspecto,
en los senos inflamados de la Insaciable sombra,
entre un sabio que llora por una vez de ignorancia
y un amable eterno
arañando cada rutina por un punto de maldad.
Respecto al individuo plegado a los relieves del proseguir,
no tengo nada que señalar…
él sólo se lanza para abrazar lo que no sabe:
hacia los cobijos incoloros de creerse
-hacerse- punto de total.

Cleofé Campuzano

Dos libros, por José María Piñeiro. En empireuma.blogpost.

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https://empireuma.blogspot.com.es/2018/03/supone-cierto-lugarcomun-de-la-critica.html?spref=fb

 

Supone cierto lugar común de la crítica más desencantada decir que si no conoces al poeta personalmente, su obra podría pasar desapercibida o ser mal interpretada, ante el hecho de las supuestamente muchas ediciones de poesía que adornan los últimos lustros y que crean un espacio editorial saturado y mimético. Es cierto que tras el prurito de identificar la poesía con movimientos, escuelas, ismos y demás, ahora que todos esos criterios ya no funcionan tan claramente, el hecho azaroso, psicológico de conocer al poeta nuevo que escribe supone cierto elemento probatorio de su valor.

Tengo la suerte de conocer personalmente, a los dos poetas que acaban de publicar en la editorial ovetense Ars Poética, José Luis y Ada, y teniendo en cuenta el cariz de los tiempos, creo que es en el ámbito de la amistad  donde, en muchas ocasiones, el hecho precioso de la poesía puede refugiarse y ser reconocido. Cierta proximidad resulta beneficiosa en un ámbito de fragmentación de nombres anónimos. Es cierto que existe el riesgo del localismo, pero a veces se pregunta uno si buena parte de la poesía que se escribe no es local, incluso la que se escribe en las grandes capitales, teniendo en cuenta que uno de los efectos más notables de la poesía es el de transmutarse de local en universal: es de este modo como cumple con su misión y se trasciende a sí misma. La poesía local ejemplar se convierte en universal y lo que se escribe en un punto preciso de la geografía, aunque esté retirado del centro, puede ser indicio de algo considerable. Con esto quiero decir que los interesados, lectores o profesores, debieran interesarse por lo que se escribe en cualquier parte del país si lo que se quiere es dirimir las coordenadas de lo que ocurre, para comprender el devenir de  lo que sentimos y deseamos o constatar las insistencias de un símbolo.

Todo libro nuevo de poesía me obliga a esta operación de ubicación, digamos, no para entender sus mensajes sino para de algún modo justificarlos.

Con José Luis y Ada la “operación de rastreo y localización” hace mucho tiempo que terminó porque es, precisamente, bastante el tiempo que hace que los conozco. Esta intimidad me libra de la pedantería de definir las figuras retóricas de sus poemas, es decir, analizar sus poemas como si fueran los de un extraño, y por otro lado me otorga la seguridad de  disfrutar de la garantía creativa de tales poemas.

Tal garantía no implica el mero elogio ciego, sino que constata, sobre todo,  la perseverancia de una pasión: el ejercicio gozoso de las palabras.

Precisamente, la recurrencia a la palabra poética como refugio de la máxima luz y como instrumento, consecuentemente, de la lucidez afirmativa, abrigo del desamparo íntimo, atraviesa e informa los poemas en prosa del libro de José Luis, Perplejidades y certezas.

Con el libro de José Luis entramos en el reino de lo sustantivo y de las presencias, en el mundo de las videncias, pero no de unas videncias proféticas ni meramente herméticas sino de las que se desprenden y producen los propios ámbitos experimentados: naturaleza, poesía, contemplación, pensamiento.

El poemario supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas,  captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre. Este es el mensaje más inmediato y mollar del libro, que ajeno a su oportunidad o no, se ofrece al lector.

El poeta habita el cosmos y describe las reverberaciones de sus constelaciones. El poeta no tiene otra misión que la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria.

Retóricamente, imágenes y sentencias son los elementos que se desprenden y conforman el poemario. Sintéticamente, Perplejidades y certezas se reduce a estos componentes prosódicos cuya bella conformación dan un carácter tan unitario al texto.

El pensamiento encuentra en un lenguaje así de ceñido y harmónico su mayor acendramiento; la libertad y la eufonía propia que produce el poema en prosa habilita una expresión lúcida y serena en la que convergen contemplación estética y reflexión.

Me produce cierto apuro, en esta reseña,  mantenerme en lo estrictamente teórico. Casi ejerciendo de psicólogo para confirmar ese complejo grado de implicación con lo que escribe, encuentro una expresión típica del desasosiego del José Luis poeta y del José Luis persona civil que conozco y estimo: nunca estaré al abrigo del tiempo, angustiosa afirmación que grita por esa arcadia en la que el tiempo erosionador dejara de sucederse penosamente. Y dentro del mismo poema, “Fuente sellada”, No hay apego sinsatisfacción y nuestra lengua no me satisface, compleja declaración que implica una sentencia sobre el espíritu propio imposible de evitar o burlar. Glosar este verso nos podría llevar muy lejos, pero lo que hace no es sino reclamar una lengua propia, liberada de los convencionalismos y las servidumbres con que se paraliza su savia, incluso, podríamos ir más allá, y decir que reclama además otro modo de pensar y de comunicación con la sociedad.

 

Otro ejemplo de concreción retorcida y fatal en el que reconozco más al José Luis amigo que al José Luis poeta, aunque ambos sean el mismo: el rumor de la resurrección es la salud que precede a la desesperación. Se trata de una expresión que afirma nuestra imposibilidad de salir del laberinto que hemos hecho, no de la vida, sino del vivir.

O también, por ejemplo: el alba tiene el color de la nada, paradoja que tanto recuerda la definición derridiana del amanecer como una (triste) repetición.

No creo que el libro de José Luis sea hermético, es decir, predeterminadamente cerrado sobre sí: su belleza formal es evidente porque ha atendido con exclusividad a la imagen naciente y a sus emblemas.  En todo caso, es su sentir, su subjetividad lo que reclama un registro en consonancia. Creo que el decir de un realismo poético absoluto se expresaría en los suculentos términos en que José Luis, desde el centro de su luz herida, lo hace. Si la poesía es el mundo de lo posible, no nos tiene que sorprender negativamente que un poeta como José Luis dé curso a estas imágenes que precisan simas y advierten calmos fulgores. Creo que José Luis ve esos fulgores y conoce sus formas. Como él mismo dice: perplejidad y certeza: único y prodigioso argumento de la poesía. Esta elocuencia contiene también una esperanza.

 

El libro de Ada me ha sorprendido. Llevaba tiempo sin leer cosas de ella con detenimiento y tras acabar con este Dondequiera que vague el día, me he quedado con ganas de más, es decir, creo haber captado con placer ese decir que caracteriza a un poeta frente a otro cualquiera.

 

No sé si obedece a una estrategia escritural o es producto del propio impulso del poema, pero los poemas de Ada tienen la virtud de la alusión silenciosa. Al acabar la lectura de uno de sus poemas se hace un silencio que parece acusarnos a cada uno de nosotros, se da una suerte de espera a que lo dicho en el poema, que reclama una solución o un hacerse cargo, sea respondido por los asistentes o por los lectores.

 

El posicionamiento de Ada está claro. En estos poemas encontramos una delicada puesta en escena desde donde la poeta asiste al encuentro de sus propias circunstancias: denuncia estados de decadencia personal y universal, invoca la belleza perdurable a través de motivos naturales, afirma la vida desde la pasión erótica y da cuenta sin estridencia de los condicionamientos existenciales que la vida práctica de todos los días lleva consigo.

Quizá resulte obvio o una tontería, pero me atrevería a decir que en su brevedad, en su eficaz escuetez y precisión, estos poemas expresan la autenticidad de una experiencia que confía en la singularidad expresiva de la palabra, ya que solo de este modo la autora puede lanzar su protesta y su percepción misteriosa. Los poemas ni se enmarañan en imágenes que indicarían otros intereses ni tampoco evitan la complejidad o los atractivos de la vida. Los poetas serán silentes pero ese silencio se motea de elocuencia cuando uno acierta a leer el mensaje de sus poemas.

 

Los poemas de Ada son, pues, como tímidas denuncias, pequeñas epítomes de lo que el alma está sintiendo y de lo que espera del entorno: que cambie  de tesitura o renueve su luz.

Ya decía Bataille que no es necesario defender la poesía, pero teniendo en cuenta la pobreza rampante que se nos quiere imponer en el sentimiento y en la imaginación, acojo estos dos libros como dos claras ofertas de belleza y lectura alternativa, agradeciendo a sus autores y a la editorial, esta apuesta por la poesía.

 

La Mirada perdida de Alejandro López Pomares por José Luis Zerón

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ju unLa editorial Celesta edita la opera prima de Alejandro López Pomares

MI NOVELA DE TRAMA FRAGMENTADA, O MÁS TODAVÍA, DILUIDA, PERSIGUE DESESPERADAMENTE LA IMPLICACIÓN DEL LECTOR EN LA CREACIÓN DE LA OBRA

José Luis Zerón Huguet

 

La madrileña editorial Celesta ha publicado en su colección letra Alef La mirada perdida, opera prima de Alejandro López Pomares (Orihuela, 1983), novela hermosa y arriesgada por su complejidad estructural y la ausencia de un argumento definido, sujeta a una multiplicidad de contextos y personajes que se cruzan y al uso de planos superpuestos y yuxtapuestos en texturas poéticas fragmentadas. Se hace difícil (diría imposible) apreciar esta novela si se trata de leerla como un texto lineal con su presentación, nudo y desenlace. No tiene nada que ver con las novelas más premiadas y reconocidas que exploran el terreno del realismo más estricto, la temática histórica o el paisaje fantástico próximo al boom del realismo mágico.

La mirada perdida es una nouvelle de poco más de cien páginas vinculada a la narrativa vanguardista. La deflagración de la estructura novelística no es un recurso nuevo. El uso del perspectivismo a través de soliloquios, flujos de conciencia, digresiones, diversos planos narrativos y de tramas, atemporalidad ficcional, etc., causará estupor y hasta rechazo en el novelista convencional o en el mero lector aficionado a la narrativa de ficción; pero no le resultará extraño a quien esté iniciado en la mecánica de la narración experimental. La mirada perdida está próxima a la escritura intrincada y especular de Borges y a la narrativa lírica y preconsciente de Las olas, de Virginia Woolf, y es igualmente cercana a la innovación cortazariana de Rayuela o El libro de Manuel, a la escritura introspectiva y metalingüística del Nouveau Roman (Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Claude Simón, Michel Butor, etc,), al fragmentarismo lírico de Agustín Fernández Mallo, al experimentalismo radical de Thomas Pynchon y al lenguaje cinematográfico onírico de David Lynch, o el de las tramas paralelas de Paul Thomas Anderson. Entronca asimismo con las características del constructivismo: dejar abierto el texto para que el lector lo rescriba con sus interpretaciones, ya que el argumento como tal no existe. El protagonista sería el discurso mismo. En este caso la lectura es una actividad constructiva compleja que se realiza al mismo tiempo en diferentes niveles de captación y percepción.

El pasado jueves 1 de febrero el autor y quien esto escribe, presentamos La mirada perdida en la librería Códex de Orihuela. Con la intención de reproducir lo que ambos dijimos en el acto de presentación nace esta entrevista.

Alejandro, has escrito una primera novela arriesgada y difícil de explicar a quien quiera saber de qué trata. Una lectura poco atenta de tu libro puede hacer creer al lector que hay dos historias inconexas: la primera una serie de fragmentos escritos en tercera persona protagonizados por personajes misteriosos, arquetípicos, que carecen de nombre propio (el hombre, la mujer, el niño, el anciano…) y la segunda unas memorias narradas en primea persona: pero si leemos con atención descubrimos que hay pasadizos ocultos que conectan una y otra. ¿Cuál es el argumento de la novela? ¿Incluye algún misterio o razón oculta?

La mirada perdida es una novela de trama fragmentada, o más todavía, diluida, que persigue desesperadamente la implicación del lector en la creación de la obra. Es una necesidad que se hace patente ante la ausencia aparente de referentes a lo largo de los capítulos. Los personajes viven su propio tiempo quedando ligados a las sensaciones y al recuerdo, por el cruce entre sus vidas, por el esplendor del instante. Reescribiendo así los espacios en blanco que, incluso, ellos mismos tienen.

Un anciano en su mecedora, un niño huyendo de sus miedos, la sorpresa, una chica y su mirada, un hombre autoexculpado, una mujer y el abandono de recorrer diariamente sus propios pasos. El paisaje. Y más allá el lenguaje, la estética, los sonidos y el silencio, la nostalgia en la piel, la rabia contenida, la soledad, el pulso de la lírica y una percepción del tiempo que nos rodea y nos devuelve antiguas miradas a los ojos. Los nervios anclados a la tierra, el agua como símbolo, un banco en el que todo se detiene, y un recuerdo que proviene de otro recuerdo y que, en cierto modo, ha perdido su origen, pero que todavía nos permite soportar este ritmo frenético que discurre por encima y nos diluye.

Dos espacios, una laguna y una ciudad, allá a lo lejos, a la que siempre volvemos y entonces invade nuestros costados y nos hace lo que somos y deshace lo que dejamos de ser. La mirada perdida es todo esto, y todo aquello, y un libro apoyado en la repisa con páginas en blanco que todavía está por escribir. Una trama fragmentada, más que eso, líquida, que persigue deliberadamente la implicación del lector, desbordado, en la creación de la obra.

Toda la obra en realidad forma una extensa red de caminos difusos, ambiguos o, incluso, líquidos, he dicho antes, que sujetan con hilos muy finos todos los elementos, cada fragmento. Con mucha atención se accede a una siguiente capa de profundidad donde la trama se evidencia en cierta medida y nos vela razones para acompañar a los personajes y sentirlos más cercanos.

¿Calificarías tu novela como un conjunto de poemas en prosa? En mi opinión, la lógica de la poesía se siente en cada una de las páginas del libro a través de recursos como la metáfora, la imagen, la sinestesia, el oxímoron… ¿Puede haber influido en la concepción de la tu novela el hecho de que también escribas poesía? Creo que hay en tu narrativa y en tu escritura poética un discurso lírico muy coherente

El lenguaje es a la vez vehículo de la experiencia y delator de la misma. La concepción de la vida se encuentra en lo que puedo decir de ella. Si quisiera haber contado unos hechos habría bastado con el uso de las palabras en su faceta más descriptiva, pero las sensaciones, que permanecen por los siglos indefinidas, requieren del lenguaje creativo y poético.

Me ha llamado mucho la atención el uso que haces del tiempo: un tiempo sincrónico, acrónico y paracrónico. No hay nada más que leer el título de cada una de las partes en que se divide la novela. En mi opinión está presente la filosofía de Bergson sobre el tiempo y los descubrimientos de la Teoría de la relatividad y la física cuántica. Por tanto, experimentas unas veces desde la atemporalidad, o desde la simultaneidad temporal y otras contemplando el tiempo como un bucle o laberinto, de manera que no hay distinción entre certidumbre e incertidumbre. 

“El tiempo es, de los inventos del hombre, el que más daño le ha hecho”, se dice en un momento concreto de la novela. Es decir, creer que hemos descubierto el misterio de la vida controlando el paso de los segundos, no es tan diferente a pensar que por esconder la basura debajo de la alfombra todo está más limpio. Seguimos dando a la casualidad ese papel tan relegado y, entonces, la incertidumbre nos sigue pesando tanto, y la nostalgia y el pasado nos piden paso continuamente, y el presente se ahoga.

Hay una alternancia del espacio natural y el escenario urbano, un tanto espectral. Aunque la naturaleza está mucho más presente. Por otra parte, hay un amplio contenido sensorial y destaca especialmente una mirada atenta, escrutadora. ¿Tiene que ver la presencia de la naturaleza y la agudeza visual con tus estudios (eres licenciado en Biología por la Universidad de Alicante y en Antropología social y Cultural por la UNED) y por tu afición a la fotografía? De hecho, la sugerente imagen de la portada del libro es de tu autoría. Por otra parte, eres un lector curioso y voraz que abarca, además de la literatura otras ramas de las artes y del saber.

Los primeros textos de la novela fueron escritos en un periodo en el que realizaba estudios de investigación en humedales de la provincia de Alicante. Lagunas inmensas que albergaban poblaciones de miles de aves. Con el tiempo tocaría otros temas como el conocimiento tradicional en las poblaciones rurales y la percepción del paisaje, que también tendrían su influencia. Pero antes, durante meses tuve que mostrarme a las 5 de la mañana, previo al amanecer, ante aquel escenario tan sobrecogedor. En cuestión de minutos se abría la mañana acompañada por el estruendo del graznido multitudinario. Pero no fue tal experiencia, sino la espera previa, la tensión del silencio, largo y extraño, la que me abrió una brecha. Y la mirada, la de ese ánade que se queda ante tus ojos y te hace sentir que estás viendo algo muy antiguo, algo que lleva repitiéndose miles o millones de años. Y entonces tú eres tan pequeño. No sé, esa sensación de extrañamiento, de “choque cultural” tiene algo de pulso interno, de renovación. Y entonces me vi forzado a escribir, a escribir lo que sentía. Pero de algún modo, me llevó a experimentar con distintas voces, es decir, tomar esas sensaciones desde la piel de un niño, de un anciano, de una mujer. Lo que no sabía es que estaba construyendo una novela.

Pasados unos meses lo releí todo seguido, y aunque al principio no eran más que relatos dispersos e independientes, los fui vinculando, y ella misma me fue revelando la conexión profunda que existía entre todas las partes. Se fue tejiendo y recolocando y evidenciando de forma, digamos, natural. Respeté la estructura original, pero entonces desplegué sobre el texto referencias e imágenes veladas bajo el ruido de las palabras, y una teoría en torno a la ambigüedad, a la acumulación de confusión por exceso de imágenes, por desborde, y la preeminencia de la percepción de las sensaciones a la comprensión del hilo argumental.

Por último, cuéntanos en que proyectos literarios estrás trabajando.

Bueno, pues actualmente tengo otras dos obras concluidas. Un poemario en el que de algún modo penetro en mi alter ego tratando de recorrer el camino titubeante que abre la duda; y una obra teatral, breve, de tinte experimental que desarrolla el drama mediante la sucesión de acciones, diálogos fallidos, y silencios sometidos al paso del tempo.

Aparte de estos proyectos, estoy trabajando en un libro de textos en prosa poética que abarca ya varias etapas de producción y debo de ir dando forma definitiva; y estoy también completando el guión de una adaptación cinematográfica de La mirada perdida, bajo la envuelta de un complejo proyecto musical, en colaboración con el músico Daniel Bascuñana García, intentando sobre todo respetar la esencia e incertidumbre propias de la novela y persiguiendo, una vez más, la implicación del “espectador” en la creación de la obra.