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El don de la armonía, por José Luis Zerón

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Los Cuadernos imposibles, nº 14, 2010.

Quisiera empezar con una observación que quizá pueda parecer baladí para quienes creen que no hay -o no debe haber- una correlación entre el poeta y su obra poética, pues estos consideran que lo que escribe el sujeto poético es solo una mixtificación. Pues bien, la escritura poética de Ángeles Campello es de una asombrosa autenticidad y refleja el carácter de la autora. En el caso de Ángeles, vida y creación poética están fusionadas en una honesta y coherente manifestación de saber estar en el mundo.

He ido leyendo y releyendo Malasia en el corazón y sus versos me han hecho más habitable la realidad. No en balde la autora concibió este libro durante un viaje que realizó a Malasia en 2005 para realizar un curso especial de Chi Kung, una serie de técnicas terapéuticas que proceden del budismo y del taoísmo, a través de las cuales también se alcanzan grados de espiritualidad comparables con el neuma griego o el prana hinduista. Básicamente es el arte de hacer circular la energía vital de la forma más adecuada, es decir, de alcanzar esa armonía que tiene diversos nombres según cada cultura, pero que es solo una y que en Occidente podemos encontrarla en Hildegard von Bingen, en el maestro Ekhard, en Paracelso, en los grandes místicos, en Emerson, Thoreau, María Zambrano, y ya en la actualidad, en poetas como Antonio Colinas o Clara Janés, por poner un par de ejemplos significativos.

En los títulos de las partes en que se divide Malasia en el corazón, están patentes la reflexión espiritual y la capacidad sensorial de la autora: MeditacionesNaturaleza sensitivaAlma fraternalYinnanasviaje interiormiradas y versos de amor. En realidad podríamos hablar de un solo poema fragmentado, compuesto especialmente por haikus y otros poemas algo más extensos con una medición libre.

Una de las particularidades de este libro es su desfase con la poesía feroz, desquiciada y descreída -en muchas ocasiones con un exceso de pose- que predomina en el panorama poético actual, donde conceptos como armonía, belleza, amor, son vistos con reservas cuando no con absoluta aversión. Ángeles Campello, fiel a sí misma, escribe un libro que es a la vez poético, filosófico y terapéutico, y que, como la autora misma, irradia confianza, optimismo y también una serena bondad, unas veces explícita, otras secreta; el stimmung o temple, estado de ánimo afectivo mediante el cual quien lo vive se abre al mundo y permite que el mundo se le revele. Como escribió el filósofo alemán Heidegger,“stimmnung es un mundo existencial fundamental”.

Los poemas que comentamos surgen de una sensibilidad especial: la de quien habiendo mirado el abismo, sabe cómo abrazar la plenitud. Porque la autora, como buena conocedora de las enseñanzas budistas y taoístas, no es un alma cándida y sabe que el mal y la oscuridad no son erradicables, pero sí pueden ser neutralizados cuando se les somete a la iluminación:

La luz debe venir de dentro

no podéis pedir que la luz se vaya,

tenéis que encender la luz.

Eso leemos en una cita del maestro y escritor budista Sogyal Rinpoche, y dice la autora como ejemplo de la armonía integradora de los contrarios:

La oscuridad y el silencio

temidos y esquivados

antaño, son buscados

deliberadamente ahora,

por una necesidad imperiosa

de vacío.

Se convierten en luz y

estruendo sonoro

en la calmada quietud

de la meditación,

siendo preludio y

antesala del despertar

La brevedad, la concentración y una depuración exquisita predominan en la poesía de Ángeles Campello. Apenas hay discurso, solo sentencias, fulgores reflexivos, versos aforísticos y hallazgos de intenso lirismo donde, como decíamos, también hay lugar para la pasión y los sentidos, porque en contra de lo que el lector pudiera pensar de una poesía de corte espiritual, no estamos ante un presupuesto ascético y árido en su austeridad; los poemas son respirables y dotados de energía:

Dónde podré guarecerme

de este inesperado

tsunami de pasión

que ha roto el dique

protector de mi corazón

devastando toda paz

y equilibrios alcanzados

La base de la poética de Ángeles Campello es clara y muy directa, y la naturaleza está muy presente y en permanente flujo en su pensamiento. Hay en estos poemas aforísticos condensación, claridad y sonido. Hay también un exceso de detalles nimios y cotidianos, sin apenas conectores, que resultan eficaces por su precisión y sutil contundencia, si vale el oxímoron para explicar la fuerza expresiva, la energía fluyente con que la autora revaloriza las imágenes previsibles y las expresiones demasiado explícitas. La voluntad de condensar de la autora, tan propensa al esencialismo, además de asumir el magisterio de autores budistas y taoístas, está próxima a poetas emocionales como Eloy Sánchez Rosillo, José Corredor Matheos o Vicente Gallego, grandes cultivadores del poema breve, pero se aleja de la generación de modernistas norteamericanos como Louis Zukofsky, Gerorge Oppen o Lorine Noedecker, que también cultivan el esencialismo pero desde una postura antirromántica.

Otra particularidad de la poesía de Ángeles Campello, al menos en el libro que comentamos, es la convivencia de un tono monocorde, meditativo, muy oriental, con una musicalidad ritmada y enérgica más propia de Occidente. Pero Malasia en el corazón no es un libro New Age, al uso, pues el talento de la autora lo sitúa por encima de modas remotas y filosofías exóticas. Hay una armónica fusión entre las reflexiones y las imágenes de este libro que rechaza el ser perverso sin negar la negatividad, porque ello significaría situarse de espaldas al mundo real. Se trata de un verdadero ejemplo de ingeniería armónica, de bienestar trabajado, de equilibrio entre el método programático de los maestros orientales y las expansiones sentimentales e intuitivas de la autora. También nos enseña Ángeles en este delicioso libro que la belleza lírica y los caprichos de la razón poética, no son incompatibles con el servicio al prójimo, y que la poesía alcanza grandes beneficios morales cuando quien la escribe es consecuente consigo mismo y sus sentimientos elevados derivan de la serenidad, de la seguridad, del amor fraternal y de la capacidad de dar a su ser una expansión universal para mejor sentir/la unicidad /de la naturaleza.

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Amor y piedad en la barbarie, por Ada Soriano (La palabra muda de Antonio Enrique)

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En su nuevo libro, el poeta y escritor granadino Antonio Enrique, rinde homenaje a las víctimas del Holocausto.

La Palabra Muda, poemario exquisitamente editado por Ediciones El Gallo de Oro (Bilbao, 2018), nos remite, con mucha delicadeza, a la realidad de una tragedia acontecida en plena mitad del siglo XX: el Holocausto perpetrado por la Alemania nazi contra los judíos. Una tragedia que, como sabemos, afectó a millones de personas, y es por eso que el dolor sigue latiendo por dentro. En este caso, en el corazón de Antonio Enrique, que escribe y describe con crudeza, sí, y también con ternura.

Fotografía: Encarni Pérez

Es muy destacable la profunda espiritualidad que destilan estos poemas. Considero, por tanto, que La Palabra Muda es un libro espiritual, y también arriesgado, no solo por la carga social y emocional que conlleva sino por la manera en que está escrito, ya que el poeta se involucra, se mete de lleno, Adentro y más adentro. Es consciente de que tan terrible acontecimiento no es un hecho aislado, ya que el horror continúa, y el propósito es el mismo: dañar la vida. ¿Se aprende de lo sucedido? ¿Se aprende de lo que sucede?

Me parece interesante aludir a las dos citas que encabezan el poemario. La primera de ellas, extraída de La cabellera de la Shoá, del célebre poeta Félix Grande, con quien Antonio Enrique mantuvo una entrañable amistad, dice así: “¿Qué te creías tú, contemporáneo, / qué te has creído que era el siglo veinte? (…)”. La segunda cita se nutre de unos versos hermosísimos pertenecientes a La historia de los descreados, del poeta Carlos Aurtenetxe: “lágrima/ que al caer a la mar rebasa/ a la mar/ al ser más grande que ella”.

La nota a la edición, elaborada por el propio autor, aclara la temática y la disposición de los poemas: “(…) aunque el asunto de que trata pueda parecer superado por la Historia, sumido ya en el anecdotario del Terror, una vista a nuestro alrededor nos confirma que las raíces hoy perduran (…)”. Explica asimismo que “La palabra muda se articula en 22 poemas, numerados por cada una de las letras del alfabeto hebreo”, y que “no es casual esta determinación”.

Antonio Enrique nos transporta a un pasado no muy lejano y logra, en este tiempo presente, dejar constancia de una atrocidad que nunca deberíamos borrar de nuestra memoria. Lean estos versos del primer poema, el que lleva por título El Horror, en el que hallamos estas imágenes visionarias:

(…) Lo que el horror dice

es: hay que dividir.

Lo que el horror hace es

restar, multiplicando.

Eso es, y un ojo desprendido de gallo,

y siete por insecto

que acechan en la oscuridad (…)”.

Y estos versos están en plena concordancia con un pasaje perteneciente al ensayo El Espejo de los Vivos (Editorial Alhulia, Granada, 2017); un libro muy recomendable mediante el cual Antonio Enrique transmite sus pensamientos y sentimientos respecto al lugar que ocupa el hombre en el mundo, y el que ocupa Dios, como él mismo me comentó en un correo. En el capítulo 20 de dicho ensayo, titulado Dividir, éste es el afán, éste es el impulso, aparecen estas declaraciones que pongo como ejemplo para atestiguar el paralelismo del que hablo: “Dividir y no sumar; dividir como una resta elevada a coeficiente infinito”.

El libro que nos ocupa goza de un lenguaje discursivo, descarnado y directo, y está dotado de un carácter unitario en el que el poema clave es, a mi juicio, el número 12, Más allá del humo, del mundo y de la nada, porque es el amor la única vía posible; el amor de un hombre hacia su amada: el amor oceánico.

El poeta habla a través de otra voz: la voz de un hombre a quien le cambiaron el nombre por un número; un hombre a quien le arrebataron la vida. Por tanto, fluye por estos versos un deseo de renacimiento que se logra, diría, mediante la reencarnación, como bien puede apreciarse (al igual que en el poema anteriormente mencionado), en El limbo de los inocentes (13) y, si avanzamos en la lectura, en los poemas (20) y (21):

(…) Te amo porque nos hemos amado

mucho antes de saberlo.

Nos hemos amado aquí y allí.

Antes y después del primer

y del último beso. (…)” (13)

(…) La carne transformándose en espigas

de las praderas celestiales

y en sangre de las viñas del firmamento. (…) (21)

Antonio Enrique posee una gran potencia verbal y un excelente dominio del lenguaje, y hay en toda su obra una preocupación por la estética. Así, en La Palabra Muda, utiliza recursos estilísticos como la anáfora, el hipérbaton, la aliteración, la comparación, la metáfora y la paronomasia. Quiero resaltar una comparación en la que apreciamos en partes iguales crueldad y belleza:

(…) Igual que los atunes

en la almadraba:

un crepúsculo de sangre

a la puesta de sol (…)”

También unos versos en los que la onomatopeya es muy evidente y va acompañada de una paronomasia en la que advertimos, mediante la letra “r”, la impiedad:

(…) Y son unos tristes zapatos,

reventados y desventrados,

en la orilla de un río

más frío que la muerte. (…)

No he podido evitar recordar a los poetas Paul Celan y Nelly Sachs, a quienes leo con frecuencia. De hecho, me conmovió el libro que lleva por título Paul Celan, Nelly Sachs, Correspondencia, en edición de Barbara Wiedemann y traducido por Antonio Bueno Tubía (Editorial Trotta, Madrid, 2007). Expongo aquí el primer párrafo que corresponde a la primera carta de Nelly Sachs dirigida a Paul Celan, fechada el 10 de mayo de 1954: “Querido poeta Paul Celan, ahora que a través de la editorial he conseguido su dirección, puedo agradecerle personalmente la profunda experiencia que me proporcionaron sus poemas. Ve usted mucho de ese paisaje espiritual que se esconde tras todo lo de aquí, y tiene usted la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”.

Del mismo modo, he recordado la intensa correspondencia que mantuve con Antonio Enrique hace unos años. Entre otros temas, salieron a relucir los horrores de la barbarie nazi y, consecuentemente, los nombres de algunos poetas que dejaron constancia del genocidio a través de sus escritos. Me habló también de su interés por la cultura judía y de sus numerosas lecturas acerca de los Lager. Me dijo que, al igual que yo, suele ver los documentales sobre el Holocausto que transmiten por televisión. Me comentó que los hombres y mujeres que aparecen tras la pantalla son ya espectros, con sus gestos mecánicos y sus caras blanquecinas. Yo también los veo así: desprovistos de sus posesiones y, lo que es peor, de sus identidades; igual que maniquíes sin ropa, expuestos a las miradas ajenas y frías, ¡las miradas de sus semejantes! De ahí la mayor humillación. De ahí la idea que probablemente indujo al poeta a escribir este libro.

Lean de nuevo con atención estas palabras que he mencionado anteriormente: “(…) la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre”. Y esto es, en definitiva, lo que La Palabra Muda viene a representar porque encontraremos aquí el peso de los que fueron condenados al silencio y la dificultad de expresar con palabras tal horror.

Finalizo con los últimos versos del epílogo: Adentro y más adentro. Vemos aquí con qué precisión Antonio Enrique introduce el amor y la piedad en la barbarie, porque sabe que el sol sigue brillando sobre el horizonte, y que durante la noche la luna hace su ronda, y que el poeta, mediante la palabra, que es su arma, está capacitado para plasmar los rastros del pasado y rescatar esa eternidad que quedó sumergida:

(…) por donde navegan las caricias nunca dadas,

los besos imposibles, los abrazos que se desvanecen

en la ilusión de haber vivido y sentido

lo que estaba lejos de ti, adentro y más adentro:

un sueño de oro, una pasión de diamante,

la insigne libertad del águila y la armonía

vertical, cadenciosa y blanca del clamoroso cisne.

14 de Julio de 2018

Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de dos plaquetas y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

 

Diario de un cinéfilo (28. Two lovers), por Javier Puig

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Me ha impresionado Two lovers (2008), de James Gray, por esa gran sensibilidad en el tratamiento de sus personajes. Empezando por ese Leonard, interpretado magistralmente por un Joaquin Phoenix que no necesita de ningún histrionismo, sino de un pequeño repertorio de sutiles gestos y miradas, para lograrnos convencer de la realidad de un joven sumido en la inestabilidad mental que, bajo el imperio de su carácter bipolar y las graves decepciones, está marcado por varios intentos de suicidio.

La historia nos presenta la situación de ese joven que ha regresado a casa de sus padres después de un dramático desengaño amoroso. Pronto se encontrará ante la doble posibilidad de iniciar una nueva relación. Por una parte, con Sandra (Vinessa Shaw), la candidata a esposa propugnada por su familia. Ella es la hija del socio de su padre, una joven de aspiraciones prudentes y manejables. Por otro lado, está la irrupción de una nueva vecina, Michelle (Gwyneth Paltrow), una joven bastante insensata, que tiene una mala relación con su padre y otra muy conflictiva con el típico amante que vanamente promete abandonar a su esposa.

Si el personaje de Leonard es un gran ejemplo de difícil humanidad, los demás están también muy certeramente construidos. Así, los padres, con esas diferentes maneras de mostrar su preocupación: él, algo más distante, pero no menos sufriente, inmerso en una dolorosa incertidumbre; ella (una magnífica Isabella Rossellini), más acuciada por esa irregular vida emocional, más extremadamente vigilante, aunque respetuosa, comprensiva a costa de perder su paz afectiva. También está muy logrado el personaje del suegro propuesto, que es el típico hombre burgués, absolutamente convencido de la importancia suprema de la seguridad, volcado en la continua búsqueda de la prosperidad económica, de relaciones humanas equilibradas, sin sobresaltos, si acaso con permisibles conflictos, lo más silenciosos y ocultos posibles.

Leonard entra en la vida de esas mujeres de una forma distinta. Por una parte, siguiendo los bienintencionados designios de sus padres, mediante una fluidez involuntaria, intima con Sandra, por la que siente afecto, pero muy lejos de enamorarse. Por otro lado, el progresivo apasionamiento que siente por Michelle se ve frustrado por ella, y enseguida se consolida como una cómplice y, para él, insuficiente amistad. Leonard vive esa doble relación simultánea con una angustia poco aconsejable para una psicología tan frágil. Es acosado por ambas mujeres que lo necesitan con querencias distintas. Por Sandra, desde una educada, casi imperceptible insistencia; por Michelle, desde una visceral necesidad, desde sus inestables emociones, recurrentemente sola, precisada de alguien cercano en quien volcar sus lágrimas. El problema es que la mujer más accesible no es la que se corresponde con su arrebato sentimental.

La película abunda en mostrarnos, transparentes, los rostros de unos personajes en diferentes grados sumidos en amenazantes desasosiegos. James Gray nos sitúa en un lugar en el que podemos comprenderlos a todos. Aunque, en un principio, nuestra empatía podría centrarse exclusivamente en Leonard, el personaje más vulnerable, nunca podemos desprendernos del lacerante sentimiento de precariedad que albergan todos aquellos que lo rodean. Y es que, viendo Two lovers, nos enfrentamos a la evidencia de la problemática de amar; a sus características excluyentes, más que a sus gratas avenencias.

Leonard parece decidido a aceptar a Sandra como opción estabilizadora, pero entonces Michelle, por sorpresa, despechada, le abre las expectativas que le había estado negando. Juntos planean la huida a otra ciudad. Para añadir morbosidad a este hecho, esta ha de producirse en las celebraciones navideñas, con todos los invitados de sus padres en su casa; entre ellos, su aún oficialmente prometida y sus temerosos padres. Los preparativos y la salida de la casa han de ser necesariamente furtivos, pero a su madre no se le escapa nada. Es como si sintiera dentro de sí una réplica de los sentimientos de su hijo. Lo ve salir. Lo despide, sin resistencia, con callado dolor. El también sufre: “Tengo que irme, mamá”. “Soy feliz”, dice, y ella ciegamente quiere creerlo. La vida es indomeñable, el amor es difícil, nos une a la contrariedad con tanta fruición como temor, con tanta felicidad como angustia.

Leonard crece acceder – contra la idea de todos – a su deseo, pero no se ha dado cuenta de que, a quien aspira a ceñirse, es a la mismísima volubilidad. Y Michelle, cuando finalmente baja de su casa, es para decirle que no se va con él, que su amante ha accedido a sus exigencias. Se lo dice llorando. Ella también sufre por el dolor que produce en el otro su supuesta felicidad. Ahora, ante este revés tan brutal, Leonard puede volver a hundirse en la autodestrucción o agarrarse a esas manos tendidas que no le apasionan, que tal vez no le van verdaderamente a salvar, pero sí a mantenerlo tenuemente en el mundo, permitirle alguna broma infantil ocasional, algún destello de placer y una cómoda compañía.

Un ciego impulso lo lleva a la playa donde el oscuro mar de la noche tal vez lo confronte hasta producir en él un germen de luz. Finalmente, sin poder saber por qué, vuelve a la fiesta. Entra en su casa. Su madre lo recibe con una mirada tan discreta como intensa. Arduamente intenta disimular su inmensa alegría, su secreta sorpresa. Está viviendo la frágil postergación del ineludible dolor, la dudosa aparición de la esperanza. Sandra lo recibe desde una espera paciente, desde una fe acertada. Todo en aquella sala transcurre aparentemente sin fisuras, sometido a la tenaz actitud de la cordialidad. Pero, dentro, muy adentro de Leonard, gime un torbellino de confusión, y él no puede dejar de oírlo mientras, afuera, ese mundo benévolo, del que no recibe su vivificante sustancia, apenas puede sostenerlo en sí mismo.

La Ocasión fugaz, de Toni Montesinos

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LA OCASIÓN FUGAZ

ENSAYOS SOBRE POESÍA ESPAÑOLA E HISPANOAMERICANA

De TONI MONTESINOS

Presenta aquí el poeta, narrador, crítico literario y ensayista Toni Montesinos lo que han generado sus diferentes intereses poéticos en lengua española a lo largo de los últimos veinticinco años.

Editorial Calambur, colección Selecta Philologica 295 págs., 20 euros

http://www.calambureditorial.com/

La ocasión fugaz —título tomado de la más célebre cita de Hipócrates— se construye a través de un conjunto de ensayos que recuperan y redefinen algunos de los textos poéticos más importantes de la literatura en lengua española.

El libro se estructura en tres apartados: el primero responde a novedades bibliográficas que reactualizan la presencia de un poeta determinado (desde Rubén Darío a Pere Gimferrer, pasando por Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Luis Cernuda o Blas de Otero); el segundo presenta la trayectoria general de diversos escritores a modo de introducción a su obra y vida (José Antonio Ramos Sucre, Luis Palés Matos, José Hierro o Luis Rogelio Nogueras); y el tercero y cuarto consisten en ensayos de más prolongado aliento en los que se estudian textos como el Cantar de Mio Cid y algunos poemas de Francisco de la Torre y Francisco de Quevedo, así como la obra de poetas del siglo xx como Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Jorge Guillén o Ángel Crespo.

Este compendio ensayístico, en definitiva, ofrece al lector una apasionante serie de miradas e interpretaciones que alumbran el pasado cultural hispánico y nos traen el eco de aquellas voces que dejaron una huella imborrable en la memoria literaria de nuestro idioma.

TONI MONTESINOS (Barcelona, 1972),

crítico literario del diario La Razón desde el año 2000 y colaborador de revistas como Clarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Letra Internacional, es autor de cuatro novelas: Solos en los bares de la noche (2002), Hildur (2009 y 2015), La soledad del tirador (2017) y El fantasma de la verdad (2018, de próxima aparición).

Recogió sus versos en Alma en las palabras. Poesía reunida 1990-2010 (2015), más en la apócrifa Antología poética del suicidio (siglo XX) (2015), y entre el resto de sus libros, destacan: La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (2013), Melancolía y suicidios literarios. De Aristóteles a Alejandra Pizarnik (2014), La suerte del escritor viajero. Crónicas literarias de Europa y América (2015), Los tres dioses chinos. Un viaje a Pekín, Xian y Shanghái, desde Nueva York y hasta Hong Kong (2015), Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas (2016), El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (2017) y Escribir, leer, vivir: Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka (2017).

Creo que no hay mejor manera de definir un verso que como una ocasión fugaz. En menos de un segundo podemos leer algo inolvidable, que se grabe con fuego en nuestra mente para siempre; y los poetas que se irán asomando en esta recopilación de ensayos pueden ciertamente haber despertado tal cosa en multitud de lectores” (extracto del prefacio)

http://almaenlaspalabras.blogspot.com.es/

Calle Àngel Guimerà 46 Puerta 3 46008 Valencia España Tel.: 961673368 calambur@calambureditorial.com

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios, por Manuel García Pérez

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Fuente: Mundiario.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/perplejidades-certezas-poetica-arte-crear/20180707123421126900.html

Perplejidades y certezas, una poética sobre el arte de crear espacios.

El poemario de José Luis Zerón Huguet destaca por su fuerte carga simbólica y por mantenerse al margen de tendencias y corrientes actuales.

Desde hace muchos años, mi indagación en la poesía de José Luis Zerón me ha conducido siempre a un continuo redescubrimiento de la temática del autor. Su estilo sobrio y, sin embargo, cargado de un simbolismo asumido como propio le ha permitido mantenerse lejos de modas efímeras y de encumbramientos vanos y estériles.

Perplejidades y certezas, publicado por Ars Poetica, es un libro que actúa como una teoría literaria sobre las anteriores obras de José Luis Zerón. Distanciándose del verso, el poeta oriolano recurre a la prosa como una forma de dejar constancia de esa etnográfica manera de estar en el mundo que supone el libro, pues destacaría dos ejes temáticos en estos nuevos textos: a) La reflexión sobre la creación y b) El adentramiento en la propia naturaleza como una forma de nutrirse de los referentes que inspiran su poesía.

La simbiosis entre los dos ejes reside en esa constante inmersión que José Luis Zerón experimenta a la hora de escribir, como si necesitase, en cada poemario, cerciorarse de que el mundo físico se mueve en esa doble dimensión de asilo de la propia naturaleza humana, de la existencia en sí misma, y de alucinación, porque, en los veneros, en las hogueras, en las sombras de huertos y pendientes, sobrevive el asombro, la capacidad de ensoñar: “Los mechones de fuego en el cañaveral iluminan el laberinto. Rubor del tiempo pulverizado, antorcha de muerte. Leo el mensaje de finitud escrito por el fuego y descifro la noche prenatal que habita en los enmascaramientos”. (pág. 29).

Probablemente esta reflexión no se aleja demasiado de otros libros de Zerón, sin embargo, aquí el lector es más consciente de la humanidad del poeta, de su fisicidad, de su presencia corporal en mitad de la naturaleza, de esa abnegada y humilde aceptación de que el paisaje nos rebasa y que moriremos como mueren las criaturas, los vegetales y los resquicios de luz y de sombra que confluyen en pozos y acequias: ” Siempre que miras un incendio. La mirada en llamas asola el paisaje. No hay calma en la luz que alumbra la destrucción”. (pág. 43).

Se suma a este libro, un inconformismo explícito ante los entornos tecnológicos que han convertido al ser humano en un autómata, sometido a los voceros de la propaganda y la política. Solo, en la mirada hacia el exterior, hacia lo aparentemente inmutable, reside esa capacidad de supervivencia: “Adoptar la forma del nido cuando pierda la esperanza, y abrazar entonces las partículas de luz que fecundan el mantillo del bosque”. (pág. 15).

La herencia de Heráclito y de otros filósofos presocráticos emana de sus versos y no hay ningún exceso en conciliar la poesía de Zerón con la de Colinas, la de Hugues o el propio Derek Walcott, cuando lo simbólico es rescatado del terreno, de su hostil anuncio de depredación y de combustión a cada paso por los caminos, de su empuje hacia la vida, de su metamorfosis. La consistente poética del libro se refuerza con las explicaciones que, al final de la obra, el propio poeta aporta sobre las motivaciones de cada poema: “La poesía no es el saber del ser, sino más bien el de su carencia” (pág. 54).

Sin duda, un poemario recomendable, donde aforismo y verso se confunden afortunadamente para lograr que escapemos de nuestras monótonas e industrializadas existencias.

Gracias por dedicarme uno de los poemas del libro,José Luis. Y enhorabuena.

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

QUARANTENA, UN JOC DE PARAULES RELATS de Tomàs Moreno Millán

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Quarantena, un joc de paraules és el nou llibre de relats de l’escriptor, col·lega i amic Tomàs Moreno. Segons deia Pere Calders: “Hi ha dos classes d’escriptors: aquells que han de patir per a escriure i aquells que escriuen per a divertir-se”. Com sabeu, Tomàs pertany de totes totes al segon grup, com el mestre Pere Calders. I no és l’única qualitat que comparteixen. La seua narrativa, curta, sorprenentment subtil i irònica recorda els grans escriptors del realisme fantàstic, no solament Calders, sinó també Italo Calvino, Antonio Tabucchi o Julio Cortázar que en certs punt evoluciona envers la narrativa Kafkiana. No obstant això, cal dir que l’estil de Tomàs és únic i inimitable, fonamentat en la provocació com a reacció davant la indolència i la passivitat dels poderosos. Un estil que tingué molt d’èxit en els anys 60 i 70, per la situació sociopolítica d’aleshores i que, segons sembla, torna a tenir sentit. En realitat, la veu narrativa de Tomàs és la veu d’un poeta, la veu del poeta encarregat d’advertir dels perills al poble. Com a bon professor, ho fa com millor s’aprenen les coses, mitjançant un joc; un joc de paraules, on el lector esdevé una part més del text, al qual, com feia Sant Vicent Ferrer, se li adreça constantment, amb petits clucs d’ulls que fan de la quarantena una mena de codi secret que enllaça tots els contes. Particularment, el conte que més m’agrada és “El Penal”. Una història que narra un episodi viscut a “Sant Miquel dels Reis”, quan encara no era la seu de l’AVL. No es tracta, però dels contes d’elements fantàstics. Malauradament, la història d’aquest conte és ben certa i calia deixar constància escrita, perquè el patiment dels nostres avis no se l’emporte el vent. La nostra literatura necessita narradors com Tomàs, que provoquen els joves lectors amb jocs de paraules i, alhora, honore la memòria d’aquells que caigueren defensant de la democràcia.

Antoni Rovira, llicenciat en filologia catalana i escriptor

Sobre El fuego del mar, de María Engracia Sigüenza Pacheco, por Javier Puig

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Tenía muchas ganas de sumergirme amplia y detenidamente en la poesía de María Engracia Sigüenza Pacheco, de la que había recibido, primero aislados destellos, y luego una mayor visión en la lectura poética que hace un par de meses compartiera conmigo en Orihuela. Ahora, por fin, disponemos de parte de sus poemas reunidos en un libro extenso, El fuego del mar, editado por Celesta, rico en su elaborada verdad, en la sabiduría de sus dudas certeras, de sus preguntas esenciales, un poemario que logra aunar la diversidad en una dialogante coherencia.

Un poeta debe pretender que de su libro resulte un aporte de genuinas observaciones de la vida, una feliz confluencia desde lo inesperado. En este sustancioso libro, María Engracia lo ha conseguido casi siempre. Con un lenguaje sencillo, ha sabido transmitir a un público relativamente amplio un sentir nada superficial. La autora ha alcanzado en muchos momentos aquello que el lector espera de una obra literaria, que le ponga palabras a sus mudas pero fuertes sensaciones, que construya un universo lingüístico que podamos compartir.

El poemario se divide en tres partes diferenciadas, aunque claramente asignables a una misma voz. Las temáticas o los enfoques son tangencialmente distintos. Así, en la primera, El espíritu de Gea, encontramos ya esa sensibilidad enfrentada, ese amor a una vida tan vulnerable por la amenaza de la desazón y de la muerte. En Deseo, el don del sexo es ejercido con fruición, utilizado como ardiente oposición a la muerte: “Quiero la miel salvaje de tu boca /… / Quiero ahogar el miedo/ en el mar de tu garganta, / incendiarme de vida/ en la llama de tus labios”. He aquí una de las múltiples referencias a ese fuego que – junto al agua – es origen y persistencia de la vida, y es núcleo recurrente en este poemario.

En Todo, se explicita esa resolución de no renunciar a ninguna de las caras de la vida, incluso a las más ominosas y crueles: “El amor sin límite / y el dolor sin medida. Todo”. Lo que se propone es una vida incandescente, una mirada abarcadora. En Fuego, se ahonda en esas contraposiciones: “Contiene el caos del universo / y el orden de la vida”. Aquí no hay fusión con el mundo, alianza apaciguadora con las fuerzas adversarias, sino lucha candente. En el poema Paradojas, se ejemplifican algunas de las ideas transversales en las que insisten estos poemas: “A veces la noche está viva / y el día trae la muerte / con los sables del sol”.

Dolor me ha parecido uno de los mejores poemas de esta primera parte. En sus versos, se expresa una de las más recurrentes ideas con las que nos encontramos: la empatía con el sufrimiento ajeno. Porque no es este poemario una reivindicación de una lucha exclusivamente propia sino que la misma está enlazada con el hermanable sentir de la humanidad; y eso, los lectores lo notamos desde el primer momento: “Duelen los abismos de la humanidad. / Duele la inocencia asesinada/ en los altares de la infamia”. Pero la autora no se conforma con esa constatación, con esa obviedad y, en su línea de profunda indagación de las contradicciones, nos dice. “Pero el dolor nos cura, / el dolor se enfrenta a las heridas, / el dolor siente, sufre, lucha / vive y nos hace vivir”. Y, en esa defensa del sentimiento encendido, se atreve a ir más allá: “La indiferencia es la Muerte”. La reacción ante la adversidad siempre está evocada, las propias fuerzas se extraen de la colisión con el supuesto enemigo: “Con el hilo invisible de la rabia/ tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, / y el dolor alumbrará belleza”.

En la segunda parte, Atenea y las Musas, María Engracia recorre esas figuras del arte que, con su lucidez, también han configurado nuestra compleja visión del mundo. De esta parte destacaría Un Viento salvaje, donde la autora vuelve a preguntarse sobre lo grande. Le inquiere a lo decisivo una respuesta que no llega y que acaba surgiendo, vitalista, en el propio interrogador: “Y solo queda, vivir, vivir/ y escuchar a los muertos. / Mientras, entre las tinieblas, / el francotirador aguarda”.

La última parte, La mirada de Cronos, es la más dramática, en la que está más presente la muerte; y también aquella que alberga los versos más intensos, el enfrentamiento más directo con una verdad a la que se le reconoce su supremacía frente a la gran pequeñez de la condición humana. Y es que, frente al Tiempo, hay una guerra desigual, en la que el ser se alivia con la momentánea satisfacción de la humana voluntad: “Yo lo desafío: / delante de sus ojos / me inyecto la médula de la vida”. El poemario avanza hacia una reconciliación, hacia un reconocimiento mutuo en la vida. El tiempo es de lo que estamos hechos. Nos acoge y alimenta en cada instante de nuestra existencia. Otro de los poemas, Tu recuerdo, es un emocionado ejercicio de conexión con lo ausente, con el padre fallecido que aún habita en los pliegues más ocultos de uno mismo. Es ese reencuentro ansiado la reconstrucción imaginaria de una presencia que reside en lo ignoto.

En La visita hay un recorrido por las imágenes más emotivas de un pasado siempre amado, un retorno a la infancia para recuperar la mirada más pura, aquella que nace exenta de palabras, de cálculos, de construidos deseos, y que es presente continuo, desnuda experiencia que penetra sin filtros en la memoria, que nos detiene y nos invade con una pregunta esencial que no logramos entender.

En Vivir encontramos de nuevo la llamada a la lucha contra la natural adversidad como acción necesaria: “Deja que ardan tus pupilas / para ganar otra batalla perdida, / y prepárate para vivir muriendo”. El bien de la vida es nuestra capacidad de lucha, sin la que estaríamos inmersos en la rendición más aniquiladora. Despedida nos habla de otra presencia de la muerte, esta vez la de un niño, expresada siempre desde un alzamiento de la mirada, desde lo oscuro hacia los atisbos de la luz: “Una pena negra y silenciosa / que eterniza la luz de tu sonrisa”, “un recuerdo que nos une / para siempre / a las flores de la tierra”. La Herida es uno de mis poemas favoritos del libro. Me parece magistral, redondo. Encontramos en él esa asunción de que la vida produce daños que marcan.

Resurrección es otra confirmación de esa vital necesidad de salir de los golpes que nos encierran y nos abruman entre los ecos de la negritud. Y es que estamos ante un poemario que no se arredra ante la contemplación de esas sombras que son avanzadillas de la muerte. En todo momento vuelve a esa convicción que exalta y enaltece: “El arrebato de sentirme viva”.

El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida. Propensos a las recaídas, lo único que procede es levantarnos incansablemente y rescatar esa, a veces, sepultada alegría de estar vivos. Es este libro la descripción de una guerra entre las luces y las sombras. María Engracia Sigüenza no nos ha ocultado ninguna dura verdad pero tampoco nos ha escamoteado el camino de una apasionante pervivencia. Como bien dice en su último verso: “Ha llegado el momento de Vivir”.