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LA HERIDA EN EQUILIBRIO, por Javier Catalán

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LA HERIDA EN EQUILIBRIO

(Un acercamiento parcial a la poesía de José Luis Zerón Huguet)

Texto de presentación del libro Espacio transitorio (Huerga y Fierro editores) de José Luis Zerón, en Íthaca Interiorismo y decoración, Orihuela el pasado 25 de enero de 2019.

Fotografía: Charo Fierro

Dejó escrito Fernando Pessoa que el poeta es un fingidor, pues “finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”.

Y es que la mirada del poeta, del verdadero poeta, se concreta en una observación oblicua e inferida del entorno que habita. Y su acercamiento a la realidad, manifestada en la “res poética” de la que hablaba Jorge Guillén, se produce desde ángulos de visión poco comunes.

El último poemario de José Luis Zerón Huguet, “Espacio Transitorio” (Huerga & Fierro, 2018), es una buena muestra de ello.

De José Luis Zerón podría decirse que es un poeta fascinante en el más estricto sentido del término; un prestidigitador de la palabra poética, entendida ésta como representación gráfica de los sentimientos más trascendentes.

Jordi Doce en su prólogo nos alerta de que no estamos ante una obra fácil de abordar. Efectivamente esto es así, no porque resulte ininteligible o especialmente hermética, que no lo es, sino por su carácter incisivo y medular. Zerón traza quirúrgicamente un mapamundi sensorial y sensitivo impregnado de amor y sufrimiento que alcanza, inquieta y emociona al lector de un modo irresistible ya desde los tres primeros versos: “¡Adelante, siempre adelante!/ No miréis atrás,/ la infancia se ha ido en un vuelo oscuro,” (pag. 21).

En el devenir de su lectura ésta se desenvuelve, desde el punto de vista anímico, de un modo oscilante, provocando al fin un efecto absolutorio, incluso sanador, que consigue revertir esa sensación inicial de cierto desasosiego; lo que se manifiesta con nitidez en los últimos versos del libro: “Qué amarga es nuestra libertad cautiva, […] y qué dulce asombro para quien aprende a respirar/ en la inmensidad de la apariencia”.

Fotografía: Charo Fierro

José Luis Zerón nos muestra en este libro de marcado carácter confesional su lado más intimista, de un modo muy explícito, haciendo un uso magnífico de ese juego de los contrarios tan presente en su obra poética: “Mundo, eres sórdido; pero te amo./ Amo tu boca amorosa y voraz./ Eres tú quien hace las preguntas y ciegas las respuestas” (pag. 69).

Este genial ardid (el uso adecuado y preciso de figuras retóricas como el oxímoron o la antítesis), obliga al lector a una relectura inmediata de cada estrofa, lo que provoca a su vez una súbita revelación del sentido poético que conmueve al tiempo que genera un efecto liberador de la tensión creada, con imágenes de una potencia visual extraordinaria: “La distancia extiende sus brazos en una huída.” (pag. 34).

Porque bajo el (aparente) tono de pesimismo existencial que acompasa y armoniza la mayoría de los poemas de este libro [“Caminan como presidiarios/ y no dejan huellas./ Caminan,

¡ay de ellos!, al servicio del fracaso” (pag. 39)], sobrevive un aliento de esperanza contenida que se manifiesta a su vez de forma insistente como una, por momentos desesperada, ofrenda de salvación; con reiteradas interpelaciones directas al lector, algunas de ellas de carácter salmódico [“Venturosos los que no se instalan en la herida/ ni se pierden en los desfiladeros del grito” (pag. 78); “Condúceme hacia/ umbrales luminosos/ para que la mirada/ abra la piel del mundo], lo que nos pone en la pista del interés del autor por la lectura de los textos bíblicos.

Zerón se aferra a la esperanza e invita a hacerlo de un modo recurrente, con continuas

referencias a la acción y a la resistencia: “Siente en la pérdida un presagio fértil (pag. 26)”; “Sólo a quien avanza obstinado/ se le ofrecerán los girasoles” (pag.31); “Pronto llegarán los cuervos, […] Pronto, pero aún no” (pag.33); “Ven, memoria,/ ven a rescatarme del dolor./ Trae todos los instantes sin horror que he vivido./ Hazme un nido entre los residuos” (pag. 48); “Deja que mis ojos sigan tejiendo/ la realidad para poder nombrarla.” (pag.51); “Es libre aquel que rompe el espejo donde se mira exhausto” (pag.79); “¿Quién puede sobrevivir a la existencia de un sueño?/ ¿Quién puede resistirse a la llamada de puertas abiertas de la esperanza?” (pag. 86).

Consecuentemente con lo antedicho y a pesar de la sacudida emocional que provoca la primera toma de contacto con esta obra, puede afirmarse que estamos en presencia de un libro gestado desde la reflexión interior (“ab intra”) pero luminoso y expansivo, generador de un cierto efecto terapéutico de alcance general, que trasciende (“ad extra”), probablemente escrito más desde la necesidad que a partir de una contingencia puramente estética. Duro, grave, marcado por la gravedad seria que proyecta la insobornable realidad en la que vivimos, pero indulgente en todo momento.

El poeta no ha perdido la fe en el ser humano y nos alienta al tiempo que aguijonea con la pericia resultante de su propia experiencia vital. Nos habla de vías de redención y nos invita a conducirnos con entereza por ese espacio transitorio, por ese devenir ineludible, esa pugna constante entre el dolor y la esperanza, lo que convierte su propuesta poética en un exquisito, extraordinario y singular manual introspectivo de autoayuda.

Cerrar el libro una vez leído y reconocer este resultado tan sorprendente como inesperado, implica sin duda un talento excepcional en el dominio de la expresión poética por parte del autor.

Esa mirada diagonal y sinuosa de la que hablaba al principio, la genuina observación poética de José Luis Zerón, se manifiesta de un modo imponente en un verso aislado situado justo hacia la mitad del libro, en el término medio de este “Espacio transitorio”: “Tan radiante de qué sombras la mirada arde” (pag. 53). Este verso aglutina todo el simbolismo, sentido y significado del poemario. Sentir plasmado gráficamente de un modo muy eficaz en el dibujo que ilustra la portada del libro.

Ana Leonís consigue aprehender las claves cifradas de esta obra y las revela con gran destreza en un enigmático dibujo, donde la realidad, simbolizada por una vieja puerta de madera, aparece representada en color sepia en un primer plano ruinoso. Y a través de la bocallave de su cerradura se nos muestra el verde y laberíntico camino de la esperanza, ruta de salvación, espacio transitorio refrendado por la imagen de un mirífico cielo azul que se vislumbra en último plano.

La veterana y prestigiosa editorial madrileña Huerga & Fierro, con acertado criterio, ha apostado por esta obra de José Luis Zerón; y haciéndolo sitúa definitivamente a este reconocido poeta, desde el punto de vista editorial, en el lugar que por méritos le corresponde en el ámbito de la poesía española contemporánea.

Javier Catalán 13-II-19

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Sobre la amenazada luz de Verbos por dentelladas, de Noelia Illán

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Acercarse a la poesía de Noelia Illán es sentirse tocado por su impronta efusiva. Los poemas de Verbos por dentelladas (Ravenswood Books Editorial, 2016/ Editorial Lastura, 2018), extreman ese componente de vitalismo que, sin embargo, no desdice lo sombrío. Consignan un hedonismo exacerbado, se avienen a los más encendidos paisajes de la vida, celebran los instantes en los que se resaltan las satisfacciones más precarias, aquellas que parecen atender el hondo eco de lo efímero, esas concretas detonaciones de lo implícito que se convierten en pasajes fuertemente constitutivos de la propia historia. Hay mucha juventud en estos poemas, claro que es esta una juventud rabiosa de la sospecha de su final. La que narra la poeta está siempre abocada a ese precipicio por el que se cae a través del tránsito de la nada hacia la suspensión en la supuesta madurez.

En la primera parte de estas Dentelladas se imponen las imágenes viajeras, que son exaltaciones de la realidad, pero también contraste con los momentos de apagamiento. Son distracciones de lo grávidamente personal que se agotan, que acaban terminándose en el resurgimiento de nuestras rutinas. Después de enumerar atendidas bellezas, se nos dice: “Pero luego, / ¿qué hay detrás de todo aquello? / ¿Comprenderemos algo al final del trecho? /Somos objetos vacíos / que alguien aguarda en una caja/ por si el futuro”. Se duda, pues, de la resistencia de la belleza ante los embates de una paulatina verdad. Pero uno se lleva también a los viajes a sí mismo, se lleva o se reencuentra allí, y, en esos nuevos escenarios, en esos marcos intensos, vive, piensa, conversa, lo que luego será un hito en su vida, tal vez un escenario difuminado, pero aún y siempre una intensa sutileza de las que renuevan el asombro ante la aguda pertinacia de la vida. Los versos actúan aquí como método de atesoramiento.

De lo que se trata es de vivir intensamente, de no despreciar los dones de la vida complicada por nuestros turbios deseos. Hay que entronizar los momentos en los que la vida no es aquello que contemplamos o nos acosa, sino en los que, en perfecta, irracional, fusión, nos vive viviéndola. Uno se rejuvenece leyendo este poemario apasionado. Es la búsqueda de la vida sentida desde la verdad, con temerario hedonismo. Es la perpetua huida de lo insustancial: “Voy de lo flexible a lo volcánico, / salvaje cuando hay gente,/ pacífica si me entreno./Evitando el punto intermedio,/ alejándome siempre de lo mediocre”.

Pero está actitud radical, abiertamente contestataria, no se extravía lejos de una básica, ineludible y no hipócrita moralidad: “Se pierde todo: / la fe, la lógica, la cultura. / Y el sumidero parece no dejar de dar vueltas”. Y ya pocos sostienen la valía, la rigurosa pertinencia de sus existir: “Ya nadie observa. / Ya nadie mira las estatuas de Rodin. / Qué previsibles somos a veces/ y a veces cómo sobramos”. Pero en algunos sí que existe esa añorada belleza ética: “En los que dan sin esperar recibir/ y los que reciben esperando dar”.

Desde su libérrimo afán, Noelia Illán no elude algunas incursiones en el lenguaje de lo procaz. Tampoco escamotea lo erótico, como en esa candente escena que es el poema Taxi. Es el deseo de la embriaguez, la fe en la vivencia que nos implica y promueve una presencia nuestra que resulte vehementemente inesperada. Y es la puntual necesidad de subvertir el orden de lo preestablecido y explotar en la agredida propiedad de los huérfanos instantes: “A veces sí, se necesita: / nada de amor y algo de estruendo”.

Pero en este libro no está exento lo lúdico, lo irónico, la liviandad transversal que denota una feliz magnanimidad ante los grotescos embelecos con los que a veces nos arrincona la vida. Así en esas series de poemas humorísticos que son Historia del mundo en 9 fotogramas o Historia de amor en 9 fotogramas.

Noelia Illán no tiene reparo en mostrar algunos signos de la modernidad, aún no asumidos en su novedosa acepción poética. Y aborda las emociones desde el tono coloquial, la palabra originalmente prosaica, porque sabe que está instalada ineludiblemente en lo poético. Su devenir por los versos no sabe de más límites o prohibiciones que los de no desbordar la sabia esbeltez del poema.

Verbos por dentelladas es un poemario enérgico, vitalista, y a la vez transido de la melancolía que genera la bella emoción. Muchas de las piezas de este libro acaban siendo un retrato de alguna arrasada estancia en la vida. Parecen estar haciendo recuento de las desapariciones, consignando brevemente el eco de lo sido; porque la vida urge y están por inaugurar las nuevas escenas, aún indemnes, pero que secretamente contendrán estos derrumbes y esas estelas de la más ardiente vivacidad.

REGIONES MÁS COMPROMETIDAS ALFONSO PASCAL ROS, Por Adolfo Marchena

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Ars Poetica. Colección Carpe Diem (Enero, 2018).

Adentrarse en la poesía de Alfonso Pascal Ros (Pamplona, 1965) es desnudarse y arrancarse la piel a pinceladas leves, como las de un pintor puntillista. En su amplio bagaje de creación, como su título advierte, tal vez resulte, en sus regiones, una de las obras más comprometidas escritas por el autor hasta la fecha. Con un ritmo, del que no se desvía un ápice, equilibrado en la difícil labor de no atar versos por complacencia, sus versos retienen el golpe en un tambor africano que nos resulta a la vez cercano y conocido, un viaje cuerpo adentro donde la historia no es lo que parece. Entre el mar (plomada, sextante, velas mayores o mescanas) y la tierra (también el hombre del campo) el hombre es siempre el mismo, esos “propósitos de un Peter Pan” que descubre la brutal edad que tiene. El autor nos oculta, aun en el descuido, en un acto de rebeldía, la disconformidad contra aquellos que abandonan lo íntimo, el que nada posee, el que cumple “venciendo como vencen los de siempre” Haciendo mención a la poesía, la historia o la mitología, lanza sus certeros puñales contra el acto de la creación, contra los poetas como ordinaria ruleta, poetas de salón donde, en un recital, la señora de la tercera fila mira el reloj constantemente porque tiene la cena sin hacer. Hay cierta melancolía “con tanta certidumbre de mareas”, el hombre siempre combatiendo, para jugar a ser poetas con ventaja, con esas licencias poéticas de las que Alfonso Pascal Ros no se aprovecha. Puede doler, doler mucho la argumentación del autor, inquebrantable, porque a veces exageramos hasta la soledad. Existe en todo ello, en comunión con el que entiende de silencios, no menosprecio, al contrario, cierta desgana, incluso pudor, ante la envidia ajena, de aquel que pretende títulos y emblemas. Porque el poeta, al fin y al cabo, está solo. Vive también “ceñido a la deriva y no lo niega”. No niega Alfonso Pascal Ros que vaya a encontrar su lugar entre el ahora y el después. Porque lo que tuvimos, lo que fuimos, lo que somos resulta al final del día. Y porque “de nada servía interrogarlo”, concluye el libro, con el poema Regiones más comprometidas. Sirva como lección, aunque no lo pretenda, para todos aquellos y aquellas que (me incluyo) deseamos encontrar la redondez del texto allá donde el mar y la tierra se funden, para este autor que no busca del aplauso (ni se aprovecha del camino recorrido) pero sí pretende y se compromete a ser palabra en la cartografía del eco, distanciado de ciertas, llamémoslo modernidades, que por serlo, no dejan de ser inútiles artificios de moda pasajera.

Adolfo Marchena (Vitoria-Gasteiz, 1967). Poeta y narrador. Trabajó en diversos programas de radio. Dirigió las revistas literarias Amilamia, Factorum y el fanzine Odaliana. Autor de Cartapacios de Lucerna, Proteo: el yo posible, La reconstrucción de la memoria, Musicalidad de los tejados (poesía), 683 Planta Neurología (narrativa) y de manera conjunta La mitad de los cristales y Poemas Fundidos. Ha sido incluido en diversas antologías (Sin Embargo, Relatario, Voces del Extremo, etc.). Sus textos aparecen en revistas literarias electrónicas y de papel: El coloquio de los perros, Letralia, Río Arga, Turia, Los cuadernos del matemático. Traducido parcialmente a tres lenguas. Ha prologado también el libro de Javier Flores, El frío de la Fe, así como un estudio titulado Poesía de la emancipación, tierra de barbecho, sobre el libro de poesía de Alfonso Pascal Ros con el título Principio de Pascal. Incluido dentro de Poetas, antología universal, coordinada por el editor Fernando Sabido Sánchez. Su último libro publicado ha sido el libro de poesía En mi barrio no hay Quijotes (Literarte, 2018)

Presentación de LOS LIBROS QUE ME HABITAN, de Javier Puig, por José Luis Zerón

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PRESENTACIÓN LOS LIBROS QUE ME HABITAN

DE JAVIER PUIG

POR JOSÉ LUIS ZERÓN. LIBRERÍA CÓDEX ORIHUELA.

UNA BIOGRAFÍA LECTORA

Javier y yo nos conocimos hace aproximadamente veinticinco años. Desde el primer encuentro surgió entre nosotros una relación especial de amistad y literatura. Desde entonces hasta hoy hemos intercambiando confidencias y reflexiones, compartido espacio en antologías, revistas y blogs y seguimos participando en numerosos empeños culturales; así que puedo decir con conocimiento de causa que me extraña mucho que Javier haya tardado tanto en publicar ese primer libro que sus amigos esperábamos desde hace tiempo, por ello este acontecimiento gozoso que celebramos aquí, en nuestra querida librería Códex, es también un acto de justicia. Enhorabuena, Javier. Ya tocaba.

Javier Puig se ha decidido por una recopilación de cuarenta artículos referidos a la literatura, agrupados bajo un título hermoso y muy adecuado: “Los libros que me habitan”, en edición de la madrileña editorial Celesta que dirige Rafael González Serrano; editorial asentada que no teme apostar por escritores de calidad que publican por primera vez. Javier es un escritor polifacético y cultivado que escribe y vive con la honestidad como brújula. Su opera prima podría haber sido un libro de cuentos, una recopilación de entradas del diario que escribe desde hace años, un poemario o una recopilación de reseñas de cine (Javier es un cinéfilo impenitente), pero ha optado por una selección de textos sobre los libros “que le han motivado a escribir”, como el mismo autor subraya en el prólogo. Algo así como un canon literario inevitablemente incompleto, ya que se ha quedado fuera mucho material por falta de espacio. Estos artículos han ido apareciendo durante los últimos seis años en publicaciones digitales como La Galla Ciencia, Mundiario o Frutos del tiempo y, según confiesa el mismo autor, son lecturas “que me han producido un sentir cercano a la devoción”.

Cuando terminé de leer “Los libros que me habitan me vino a la mente la frase de François Mauriac que Federico García Lorca utilizara como título para una de sus conferencias: “Dime lo que lees y te diré quién eres”. También recordé el neologismo “biografema” inventado por el semiólogo Roland Barthes, quien sostenía que se puede rastrear la biografía de un autor a través de sus propios libros, pues este siempre deja en su escritura una serie de destellos biográficos que conforman algo así como “una historia pulverizada”. Digo esto porque Javier traza un autorretrato involuntario en este libro, no solo a través de los autores y libros escogidos, también por los pequeños retazos autobiográficos insertados en los textos a modo de cuña evocadora (hay recuerdos e incluso confesiones), así como por las breves opiniones y partículas críticas que contienen indicios de la visión estética del autor y de su concepción de la vida. Es por eso que no podemos leer estos textos como meras reseñas literarias, pues no lo son. La reseña literaria surgió con el auge del periodismo cultural y de alguna manera siempre ha estado vinculada a la industria del libro. Javier se desvincula por completo de la ortodoxia exigida a una reseña, pues omite en la mayoría de los textos, datos que le parecen accesorios, irrelevantes o poco sustanciales para lo que él quiere transmitir, como son el nombre de la editorial y del traductor (si el libro no está escrito en español), la fecha de edición, etc. Tampoco se pueden considerar ensayos pues no son muy extensos y carecen de referencias bibliográficas y del idiolecto especializado propio de este género literario. Me atrevo a afirmar que estos comentarios (así los llama el propio autor) pertenecen a un género mestizo, ya que surgen del acoplamiento del artículo o reseña literarias, la entrada de diario (muchos de los textos tienen su germen e incluso su desarrollo en las páginas del diario del autor) y el ensayo breve.

Todos los textos están escritos desde la devoción, el placer y la libertad, al margen de convenciones y manierismos propios de los eruditos, académicos y profesionales del ramo literario. No hay ninguno rutinario o de relleno. Hay en ellos una tensión entre lo objetico y los especulativo; pero el autor no juzga, ni emplea discursos apologéticos, si acaso desliza algún apunte crítico muy breve, como cuando dice que el personaje de Francisco Umbral nunca le cayó simpático o reconoce que “La muerte de Virgilio”, de Hermann Broch puede haber tenido poco éxito en España (escasamente editada) por ser demasiado elitista, filosófica y conceptual. Pero este tipo de consideraciones mínimas en ningún momento empañan la emocionada admiración que Javier tributa a “sus” libros, pues son para él obras vivas con las que se identifica y se siente cómplice una vez aprehendidas.

La escritura de “Los libros que me habitan es reflexiva, lúcida, elegante, veraz, levemente digresiva. Destaca, sobre todo, la precisión léxica y la sintaxis pulcra. No hay en ella aspavientos retóricos, ni alardes de estilo prefabricado, ni una exhibición erudita. El autor hace un resumen del argumento o la temática del libro escogido y procede a una valoración que bascula hacia la impresión subjetiva: lo que ha supuesto para él, lo que más le ha aportado como lector y lo que podría aportar a otros lectores. En ningún momento trata de hacer análisis comparativos ni pretende encasillar los libros leídos en movimientos o corrientes literarias. Como decía anteriormente, Javier Puig no utiliza aparato crítico en sus textos; sus opiniones se cimentan en la sobriedad, el equilibrio y la honestidad. La mayor virtud de este libro es que logra la complicidad con el lector de tal modo que uno siente la necesidad imperiosa de leer a los autores y libros escogidos. Javier Puig no es, pues, uno de esos lectores fanáticos que intenta imponer por las bravas sus lecturas. Él transmite quedamente, sin énfasis ni razonamientos excesivos, su pasión lectora; imanta al lector empleando la sugerencia, la sutileza analítica no exenta de una vibración celebratoria. Javier tampoco es uno de esos insufribles devoralibros compulsivos que digieren cualquier tipo de escritura, ni es un lector hipercrítico dispuesto siempre a la lectura beligerante. Es solo un buen lector, un lector inteligente y generoso, una mente viva y despierta, cuya amplitud de miras le permite transmitir su gozo lector a otros lectores, compartir con ellos los descubrimientos, las impresiones, los matices de tal o cual libro sobre el que ha escrito. “Yo amo el arte no concebido como algo aislado, frío, imponente, engolado, sino como una sutil y original mirada, una inopinada verdad”, afirma Javier en el prólogo del libro.

No cabe duda de que Javier Puig tiene buen gusto como lector, pero este volumen que hoy presentamos también denota un indudable eclecticismo, dicho sea en el mejor de los sentidos. Como no es Javier un escritor lastrado por exigencias académicas o corporativista y, por tanto, no está sujeto a corrientes de opinión imperantes, ha reunido una gavilla amplia y heterogénea de libros que ha ido descubriendo en los últimos años y que le han impresionado. Solo por citar algunos ejemplos diré que encontramos libros escritos en español (“A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, “La Ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero, “Lugares extraños”, de Mario Levrero, “Todos los cuentos”, de Cristina Fernández Cubas) y en otros idiomas (“La metamorfosis”, de Kafka, “Doktor Faustus”, de Thomas Mann, “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald o “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar). En ocasiones Javier no habla de un solo libro, sino de la obra global de un autor (Azorín, Aldecoa, Ramón Gaya), y aunque predomina la narrativa. también hay lugar en su selecta nómina para otros géneros además de la novela y el cuento, como es la poesía (los últimos libros de Eloy Sánchez rosillo), el ensayo (el comentario dedicado a José Antonio Marina) y el artículo literario (“En propia mano”, de Antonio Gala); además hay un texto excepcional en el conjunto, tanto por el lenguaje crítico empleado –en algunos párrafos ligeramente imprecatorio-, como por tratarse de una reivindicación de la asignatura de Filosofía, marginada por las autoridades educacionales.

Quiero resaltar un hecho importante que demuestra el carácter atento y generoso de Javier Puig, y es su decisión de incluir en su libro a seis autores a los que se siente unido por vínculos de amistad (Javier Cebrián, Manuel García Pérez, José Antonio Muñoz Grau, José María Piñeiro, Ada Soriano y quien esto escribe), de modo que en su biografía lectora trata con el mismo respeto y reconocimiento a los escritores de prestigio internacional, la mayoría de ellos clásicos indiscutibles de la literatura del siglo XX, y a los que somos menos visibles.

Por último, leyendo “Los libros que me habitan” pienso en la célebre frase de Samuel Jhonson: “no deseo conversar con una persona que haya escrito más que ha leído”. Javier Puig es escritor, pero ante todo un buen lector que sabe que quien lee justifica la literatura. Este su primer libro, dedicado esencialmente a la lectura, es recomendable y gratificante en estos tiempos ciertamente pesimistas para la cultura librera, ya que cada vez se lee menos o más aprisa y según las estadísticas alrededor de un cuarenta por ciento de los españoles no lee (incluidos muchos letraheridos universitarios, que no quieren leer sino escribir), y la mayoría de jóvenes han adquirido hábitos de lectura en formatos digitales. Así pues, estoy de acuerdo en gran medida con las razones estéticas que argumenta Javier Puig y con su defensa de la lectura como conocimiento abierto y no oclusivo, al que se llega a través del placer y no de la imposición.

José Luis Zerón Huguet

Sobre los Amores Sotánicos, de José Antonio Muñoz Grau, por Javier Puig

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Con Amores Sotánicos, José Antonio Muñoz Grau, vuelve a incidir fundamentalmente en un tiempo (el de la República y el de los albores de la dictadura) y un lugar (la Vega Baja alicantina), de los que sigue extrayendo historias diversamente sobrecogedoras. Esta vez, la temática es la de los abusos sexuales por parte de los miembros de la iglesia, un asunto sobre el que hay abundante información en algunos países, pero que aún no se ha destapado en otros, entre ellos en España.

El soporte principal de esta historia está en unos magistrales diálogos que ocupan la mayor parte del texto, y que nos remiten a muy diferentes tipos de conversaciones. Entre ellos, están los que retratan el obtuso talante de los representantes del poder político y religioso de una época tenebrosa, con sus afirmaciones delirantes, la obscena hipocresía y el demoledor cinismo. Por momentos, nos sentimos atrapados entre el nauseabundo aire de unos personajes siniestros, que vomitan sus aseveraciones absurdas, la consensuada falsedad, el tono terminante y la fe en su endogámica locura. Nos resistimos a creer que puedan asumir plenamente su papel aberrante, y preferimos imaginarlos necesitados de teatralizar su integración en la oscuridad vigente.

Junto a estas conversaciones públicas, ajenamente vergonzantes, están las diabólicas y secretas voces de unos curas perversos. Tienen una monstruosa forma de acometer sus abusos, sus violaciones, disfrazándolas de rocambolescos argumentos, que desvirtúan los mandatos de la religión, para tratar de justificar unos actos absolutamente repugnantes. Todo ello, amparados en su poder, en el permanente terror que infunden, propiciando su impunidad a través del silencio, tanto el de las víctimas como el cómplice de sus superiores.

Pero esta historia no acaba en el momento en el que se producen los hechos principales – entre los años 1930 y 1932-, sino que se extiende por los años más oscuros del franquismo, en los que se amparan todos los crímenes de sus acólitos. A través de los diferentes saltos en el tiempo, se nos sitúa definitivamente en una época más cercana, en torno al 2000, ya en plena democracia. Ahí alcanzamos al personaje principal de la novela, Rufa, nacida de aquella violación de su madre por parte del cura don José, ahora ya inmersa en una avanzada madurez y seriamente enferma.

Amores Sotánicos es otra novela fragmentaria, constituida por muchos y cortos capítulos, en los que, como si fueran aisladas escenas, se reinicia, desde distintas perspectivas y épocas, la profunda inmersión en una problemática que aquí se nos expone desde la concreción personal, desde la penetración en las acciones y los sentimientos principales de sus protagonistas. Así, al lector se le desplaza continuamente por diferentes escenarios en los que asiste a su siempre impactante y diversa expresión. Entre las escenas más difícilmente atendibles están aquellas de los abusos, en el que el autor no nos ahorra su insidiosa truculencia, que no lo es tanto la de la propia exposición de los actos, como el insoportable detalle de la morbosa y cruel actitud de sus perpetradores.

Como decía, los diálogos son, en todo momento, relevantes y utilizan un lenguaje que describe el perfil cultural de los protagonistas, a través de un hablar castizo que también expresa su talante. Y es, en las palabras de Rufa, donde más se aprecia la rabia, el ininterrumpido dolor. Es esa manera de hablar de quien se cree con el dolorido derecho de no maquillar socialmente sus expresiones; de quien conoce, de primera mano, la humillación que la sociedad puede infligir a sus víctimas preferidas.

Uno de los decursos más logrados de la novela, es esa lenta, delicada relación que se desarrolla entre Rufa y Cesáreo. Este la conoció cuando ella estaba en el hospicio oriolano de la Misericordia – antes la Beneficencia -, y se enamoró de ella cuando, en el cine, la contemplaba mientras ignoraba la película. Luego, la vida los separó. Ella tuvo que acatar un matrimonio impuesto, con un enfermo mental al que tenía que proveer, aunque fuera sin contacto físico, de sus desahogos sexuales. Eran las consecuencias de ese cruel submundo del que participaban todos los que salían a la calle impostados de decencia.

Muñoz Grau vuelve a demostrar aquí esa habilidad suya para superponer planos, para contrastar escenas. Por ejemplo, esa forma de entreverar lo atroz y la liviandad de la inocencia, como en esa escena en que el cura somete sexualmente a Ramona, la madre de Rufa, mientras, encapsuladas en sus juegos, afuera, se oyen las voces de los niños. La descripción de los sentimientos se hace en este relato, más que desde una narración directa, linealmente explicativa, mediante la inclusión de frases que se elevan con gracia, algunas de ellas reflejando dichos populares o culturales, y otras creadas por el propio autor.

En los diálogos de esos sexagenarios que son Rufa y Cesáreo, de esa mujer dañada desde su nacimiento y de ese hombre que desde su infancia ha querido implicarla en su vida, hay mucha irrestañable verdad. Ella siente que su vida le ha sido hurtada y, cautelosa, no se ve capaz de recuperarla como si nada hubiera sucedido. Él avanza con suma pulcritud hacia ella, con cuidado infinito, intentando averiguar el resquicio por donde atravesar esa barrera defensiva que impone, esa irremisible y totalizadora asunción de su desgracia. Se reúnen en el patio común de sus viviendas—cuya contigüidad ha forzado él, comprando la casa vecina— y, juntos, ven películas grandiosas, memorables, que les suscitan palabras con las que intentan explicar sus propias vidas.

Amores Sotánicos es una novela muy rica en sus variadas y profundas perspectivas sobre unas mismas actitudes vejatorias, pero también sobre un cierto retrato histórico de Orihuela, que incluye también alguna digresión temática. La lectura de este libro resulta tan nutritiva como dura, por esa sumersión en un ambiente enfermizo a la que nos fuerza, obligándonos a contemplar detalladamente a unos personajes que ejercían su vileza en la sociedad hipócrita y abyecta que los amparaba. Aunque, de otra más melancólica manera, también nos conmueve el ensombrecido recorrido de las secuelas de las víctimas, sus voces hechas de amargura, de unas palabras que expresan el menoscabado amor a la vida. Todo ello aderezado con esos comentarios del narrador, que describen, con original perspicacia literaria, los sucesos emocionales que los atañen. José Antonio Muñoz Grau ha vuelto a impactarnos con otra espeluznante historia rescatada del olvido.

Mosaicum 7, por Juan Lozano Felices

Vídeo

MOSAICUM (7)

GEOFFREY BURGON

  • BRIDESHEAD THEME – BANDA SONORA ORIGINAL DE LA SERIE “BRIDESHEAD REVISITED” DE GRANADA TV.
  • AVE VERUM CORPUS (Adaptación de Brideshead Theme) – ALL ANGELS

Geoffrey Burgon es un trompetista y compositor inglés, nacido en Hampshire en 1941. Gran Bretaña no tiene un papel distintivo en el proceso de cambio promovido por las vanguardias del continente a partir de la Segunda Escuela de Viena. En Gran Bretaña, la música posterior a la Segunda Guerra Mundial se sitúa entre el neoclasicismo, el romanticismo y el impresionismo. El lenguaje musical de Geoffrey Burgon es enteramente tonal, en la estela de músicos como Vaughan Williams, Bax, William Walton o Benjamin Britten. La plasticidad y la fluidez de su música se adapta perfectamente a la voz humana, lo que propició una estrecha y larga colaboración con el contratenor James Bowman para quien escribió varias obras. En su catálogo predomina la música vocal y coral, constituyendo esta última la parte más extensa de su producción, que contiene en su mayoría piezas de carácter religioso. Burgon decía que su dedicación a la composición de música para el cine y la televisión era la que le permitía seguir engrosando su catálogo de música “seria”. A principios de los años 70 abandona su actividad como solista de trompeta y se dedica sólo a componer. De esta época data también su interés por la obra de San Juan de la Cruz, basándose en la cual compuso “Noche Oscura” para 6 voces solas y “Canciones del Alma” (1975) para dos contratenores y cuerdas. De todos modos, su fama le viene como compositor de bandas sonoras, siendo las más conocidas las que compuso para “Tinker, Tailor, Soldier, Spy” y sobre todo la de “Brideshead Revisited”(1981) para la famosa serie de Granada Televisión sobre la novela homónima de Evelyn Wauhg. Asimismo tiene una ópera, “Hard Times” basada en la novela de Dickens. Mi intención era poner alguna parte de “Canciones del alma” pero no he encontrado en YouTube ni en ninguna otra plataforma ni la grabación oficial para EMI con James Bowman y Charles Brett (contratenores) con la City of London Sinfonia, dirigida Richard Hickox, ni ninguna otra que pudiera haber. No obstante la recomiendo vivamente. En su lugar he optado por la pieza inicial de la Banda Sonora de “Brideshead Revisited”, el “Brideshead Theme”, es decir la música de cabecera de la serie.

Geoffrey Burgon compone para “Retorno a Brideshead” una música elegante, refinada y sutilmente evocadora. La banda sonora responde en líneas generales a una forma de tema principal con variaciones. El tema principal, un andante que se desgrana nobilmente, es el conocido Brideshead theme, tocado por los vientos y asociado a la mansión solariega de la familia de Lord Sebastiani. El mismo tema, aparece a lo largo de la suite con diferente timbre, sonando más nostálgico en el oboe o más dulce en la flauta. Al año siguiente, Burgon incorporó a su catálogo una pieza para piano basada en el Brideshead theme y las Variaciones Brideshead para orquesta, una secuencia de seis movimientos pertenecientes a la música compuesta para la banda sonora.

Para terminar, a modo de curiosidad también incluimos un arreglo del Brideshead theme del cuarteto vocal británico femenino All angels, acoplado al texto del himno latino Ave verum corpus.

i Las piezas de las que consta la Banda sonora y su minutaje son los siguientes:

1.Brideshead Theme (2:07) 2.Going To Brideshead (3:02) 3.The First Visit (2:23) 4.Venice Nocturne (1:49) 5.Sebastian’s Summer (5:35) 6.The Hunt (2:19) 7.Sebastian Against The World (1:39) 8.Julia In Love (2:13) 9.Julia (4:15) 10.Rain In Venice (3:12) 11.General Strike (1:56) 12.Fading Light (2:53) 13.Julia’s Theme (2:07) 14.Sebastian Alone (2:20) 15.Orphans Of The Storm (4:07) 16.Finale (2:50)

JULIO CON ANTIFAZ. UNA LECTURA DE “LA BELLEZA DE LA FRUTA”, por Juan Lozano Felices

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http://www.agitadoras.com/enero%202019/juan.html

Tenía las llaves de su bosque, pero no abrían el reino de su pensamiento”. Con esta sugestiva frase da comienzo Julio Soler a “El bosque de las pawlonias”, el primer cuento y uno de mis favoritos de su nuevo libro “La belleza de la fruta”, editado en feliz conjunción por Ediciones Frutos del Tiempo y la colección Peces Solubles. Proyecto éste último que gobierna el propio Julio como si fuera una ínsula presidida por la belleza y el misterio hipnótico. Esa primera frase es la puerta o la madriguera del conejo que nos sumerge de lleno el mundo mágico y altamente adictivo de su autor.

En la colección Peces Solubles han aparecido hasta el momento “Compártame en embolsamientos de aire frío” (1998), “Bestias enamoradas” (2014) y “Pues tú me eliges el veneno” (2016). En todos ellos, como en éste, Julio ha contado con la inestimable colaboración del artista plástico Antonio Mora a quien no puedo dejar de citar de aquí, como tampoco a Paco Valverde como pilar audiovisual de sus presentaciones ni a esa extraña pareja, Juan León y Roberto Martínez, con sus performances en las sucesivas lecturas del Manifiesto de los Protectores de los Peces Solubles. También, en los últimos dos años, han ido brotando cuentos de “La belleza de la fruta” en la revista digital Agitadoras y alguno que al final ha quedado inédito. “La belleza de la fruta”, ya en su forma definitiva como libro, consta de dos partes; una con los cuentos y otra gráfica bajo el título “La belleza de la fruta ilustrada” con fotos de ilustraciones, montajes y fotogramas de películas; a manera de correlato visual de la parte literaria.

Lo he contado alguna vez, el día en que conocí a Julio Soler, él tocaba el piano. El tiempo ha ido añadiendo detalles a la escena, Julio con esmoquin, Julio con antifaz, Julio a la débil luz de las velas y golpeando con el dedo índice el borde de una copa de borgoña… A veces, el piano es de cola y otras, si afuera llueve, puede que no sea un piano sino un clavicordio. La copa de borgoña emite una vibración semejante a la prolongación de una nota pedal sobre la que Julio improvisa diversos acordes. Todo ello es auténtico y, a la vez, entra en el mundo de lo onírico. Vamos ahora con “La belleza de la fruta” y su poética.

La génesis de “La belleza de la fruta” es lejana, colindante con “El balcón de Laura” (Frutos Secos, 1987), pero han tenido que pasar más de treinta años para que el libro vea la luz. A veces, Julio nos hacía partícipes de alguno de sus cuentos, unas veces decía que eran cuentos de amor cortés y otras que pertenecían al ciclo de la belleza de la fruta. Intuyo que, al final y de forma natural, ambas categorías han terminado por fusionarse, anexionarse o fagocitarse para dar forma a este corpus narrativo, a esta delicatesen que estamos a punto de degustar. Envidio sanamente a aquellos que aún no han entrado en el mundo juliano, porque están a punto de franquear puertas que, de otro modo, continuarían cerradas o ni siquiera serían visibles. O de cruzar espejos para, al otro lado, seguir las pistas que a modo de migas de pan, Julio ha ido dejando aquí y allá: referencias musicales, cinéfilas y literarias. Si estas pistas llevan a algún lado, solo al lector le corresponde averiguarlo. Puede que, el sendero a través del bosque, conduzca a cada lector a lugares distintos o, como en “El ángel exterminador”, acabemos en una sala de la que no podamos salir. Como también he dicho alguna vez, el juego es el alcaloide en la obra de Julio Soler. Uno hará bien dejándose seducir por la plasticidad sensorial de su lírica, por el juego verbal, por el fabulador nato, por la alta imaginería de su creación poética. Porque de sinergia poética y no de otra cosa, estamos hablando aquí. Y también, claro, de amor, los cuentos de “La belleza de la fruta” son siempre cuentos de amor. Pero en Julio, es como si la herida nos doliera antes de producirse. Más allá de lo dicho, no voy a caer en el tremendo error de intentar explicar la lírica de Julio Soler, si es que tal cosa fuera posible. Como bien dice Jesús Zomeño en el texto de contraportada, “la reflexión y el romance están en lo que no se explica, porque él sólo modela los bultos que hay tras la cortina”. Además, intentar revelar lo que está oculto llevaría a quebrantar el artículo 15 del Manifiesto de los Protectores de los Peces Solubles, que dice: “Nunca preguntarse ¿Qué significa esto? ¿Qué ha querido decir con esto?”.

He hablado de un territorio mágico donde Julio toca el piano. En otra versión, el antifaz de Julio no tiene huecos para los ojos. Es un antifaz para dormir y Julio hace vibrar a ciegas la copa de borgoña. Me pregunto si será el mismo antifaz que utiliza para escribir.