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Acerca de los diarios de Paul Léautaud, por Javier Puig

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En una primera aproximación al Diario literario de Paul Léautaud, no llegué a interesarme lo esperado; pero, a medida que iba avanzando por buena parte de las novecientas veinte páginas que componen la selección de los diarios de este escritor francés, iba encontrando mayor enjundia y significación en esas anotaciones que fueron iniciadas a los veintiún años y tuvieron una frecuente continuidad, hasta cuatro días antes de morir su autor, a los ochenta y cuatro.

Alguna vez he pensado que los diarios que menos me gustan son los de aquellos autores que me resultan antipáticos o nada aceptables moralmente. Pero me doy cuenta de que eso no es siempre así, pues he acabado entusiasmándome con este de Léautaud, persona, a priori, nada ejemplar ética o espiritualmente.

En las autobiografías encontramos a menudo una visión propia del autor bastante estimable desde su punto de vista. Pero, en los diarios – salvo que se aplique mucho la autocensura y entonces se devalúa en mucho la obra – siempre aparecen las inmundicias, las flaquezas que todo ser humano, en mayor o menor medida, alberga. Lo que tiene de extraordinario Léautaud es que no oculta su forma de ser condenable: “Nunca he tenido, ni siquiera de niño, el amor al prójimo. Estoy incluso un tanto cerrado a la amistad. He tenido dos grandes pasiones, puramente carnales. Ningún sentimiento. Solo el placer. Mi pareja habría podido morirse en el transcurso del ejercicio, indiferencia completa.” Con los años, parece que empeora: “Soy cada vez más impaciente, desagradable, hostil, agresivo, insociable, y lo que es más, con una especie de gozo.” Sabe lo que opinan de él pero no le importa: “Otra cosa que me han contado: tengo fama de egoísta empedernido, que no quiere nada ni a nadie, poco inclinado a la amistad, indiferente ante la muerte de quien sea, nada amable, nada generoso, nada compasivo, en absoluto bueno, y que todo esto junto, esta es la maravilla, crea un gran atractivo con respecto a mí, hace que interese e inspire simpatía.” Quizá es esto último lo que lo mantiene en su postura. Busca la soledad pero conoce a bastante gente como para distraerlo cuando está necesitado de ello.

Aparte de sus artículos en el Mercure de France, la única obra de Léautaud que tuvo cierto reconocimiento fue El pequeño amigo, narración también autobiográfica que describe su infancia y primera juventud. “La literatura ajena a su autor no tiene interés”, decía. No estaba hecho para la ficción: “No sé dar con los temas o encontrar, como Van Bever, ideas para libros que se vendan.” Y se convencía a sí mismo: “No debo tener recelos en escribir mis historias personales.” Además, decía escribir no para los lectores sino solo para él mismo. Era su idea de la pureza literaria: “Nunca he escrito por obligación. Considero la literatura alimentaria despreciable. Es por lo que toda mi vida he sido un empleado. Para asegurar mi libertad y no escribir más que cuando me apetecía.”

Sus temas más recurrentes son la literatura que le gusta, la de los demás o sus relaciones con tantos autores importantes de su época. Admira a Baudelaire, a Stendhal, pero, de este último, más que sus famosas novelas, le seducen sus textos autobiográficos – como sus Recuerdos de egotismo o su Vida de Henry Brulard – , de los que, a lo largo de los años, no se cansa de hablar admirativamente. Y le gustan los autores de máximas: La Rochefoucauld, Chamfort, Litchtenberg. “El sentimiento ha llegado a irritarme”, llega a decir.

Otro de sus temas favoritos es de las mujeres. Durante toda su vida las persigue, aun a costa a veces de hacer el ridículo; las aborda con ímpetu sexual que neutraliza sus problemas de timidez. Pero no ama a las mujeres que incorpora a su vida desde un deseable mantenimiento de las distancias. “¿Para qué cinco años y medio de relación, de ellos tres años y medio viviendo juntos?” Dice de una tal Bl, que es una de sus amantes más constantes. A otra la llama “el azote”. Su relación con ellas es básicamente de dependencia sexual. Su aspiración es: “Pensar en las mujeres del modo en que se debe pensar para obtener de ellas solo placer y ningún pesar, o al menos el mínimo posible.” “Quiero anotarlo siempre. No he hecho el amor desde 1939. Ochos años ya…” dice cuando ya tiene setenta y cinco años. “Tuve ante mí una sola mujer que me amaba, de corazón, con toda el alma, y seriamente: Georgette. Jeanne es una cuestión de piel por ambas partes y Bl es más bien una gran amistad.” Pero Léautaud en estos diarios parece siempre sincero: “Pienso que tengo un gran defecto, y grave, para esta clase de cosas: no les doy placer a las mujeres, al terminar en cinco minutos, y nunca puedo recomenzar“, dice en 1904, cuando aún tiene treinta y dos años.

Pero la base de sus escritos es la atención a su propia vida, su micromundo: “Me he contemplado siempre vivir, o mejor dicho, siempre he sido consciente de mi manera de vivir. En los menores detalles, circunstancias, hechos, siempre he vivido literariamente.” “La política no me interesa, no comprendo nada de las competiciones entre los partidos. Los robos, los asesinatos, los suicidios me resultan completamente indiferentes. En una palabra, como ha sido siempre en mi vida de hombre solo, con lo que pasa en mi mente me basta.”

Cuando la invasión de los alemanes en 1940, la mayoría de sus conciudadanos abandona París, pero él: “Me quedo. Siempre he estado decidido a quedarme. No quiero sacrificar la compañía de los animales. No sabría dónde ir. Tengo mal carácter: no quiero ir a vivir a cualquier sitio, hacinado, con qué sé yo qué gente.” De hecho, la guerra le viene bien para sus intereses egoístas: “La mayoría de mis vecinos han partido. Los berridos de los niños Guillon, también. Las calles, tranquilas. Pero todo esto pronto pasará. Adiós, tranquilidad ¡Qué corta habrá sido la guerra!” Y en otro momento añade: “Me gustan las catástrofes. Gozo más con las desgracias que con los sucesos felices. La guerra me ha dado siempre una excelente moral: ningún miedo, una gran curiosidad.” Aunque las reacciones de su pueblo no le gusten. Dice en 1940: “Una ceremonia para rezar por Francia… No he podido reprimir un estallido de cólera, considerar que es una vergüenza. El rezo es una debilidad, un desfallecimiento, una desesperación, una renuncia. Se trata de una manifestación lamentable. Ante un peligro, uno no se arrodilla, se yergue. “

Pero acaba la guerra y vuelven los odiosos ruidos a su barrio, la odiosa radio sonando (aunque este medio de comunicación lo hiciera definitivamente famoso a través de unas “Entrevistas” que concediera). Un día, después de oír los jaleos y las broncas de sus vecinos, escribe: “He vuelto a mi casa sin preguntar nada y canturreando sobre los atractivos, comparados con estos, de mi tipo de vida: soltero, solo, sin nadie, paz, tranquilidad, independencia. No hay existencia que pueda rivalizar con esta. Venus en persona no me haría cambiar.” Nunca dimite de su misantropía: “Decididamente, soy incapaz de sentir agradecimiento, verdadero aprecio. En el fondo, no siento apego por nada y por nadie. Creo que a quien más he querido hasta ahora, y verdaderamente, es decir, con enorme afecto, es a mi gato Boule, y a Bl…cuando no me importuna, cosa bastante rara.”

Al inicio del año 1956, el que sería el último de su vida, decía: “Me encuentro en un estado moral espantoso, la sensación de que me voy a morir, de que estoy al final de todo. Al responder a las cartas no he podido evitar el escribir palabras sobre mi desapego de todas las cosas, mi desinterés hacia todas las cosas, mi indiferencia ante la muerte. “Es vital para él llegar al final sabiendo que ya no se le va a arrebatar nada necesario. Ya no siente, ya no hay placer, y para él: “La palabra placer representa para mí el motor de todas las acciones humanas.”

¿EL FIN DE BEATRIZ? Crímenes de lesa majestad, de Joaquín Lloréns, por Francisco Gómez

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El escritor y co-editor, webmaster y articulista de la revista de literatura y creación Agitadoras.com, Joaquín Lloréns, acaba de publicar la que dice será su última novela sobre las aventuras y desventuras de su detective licenciosa, Beatriz Segura y su mentor y pigmalion, Alberto Medina en su novela “Crímenes de lesa majestad”, editada por Baile del Sol en su serie negra. Una andadura que lleva ya cinco novelas escritas desde que empezó su recorrido con “Citas criminales”.

Uno, que ya le ha pillado cariño y admiración a esta mujer independiente y segura de sí misma, echará de menos las andaduras de esta heroína, a mitad de camino entre “Los ángeles de Charlie” y “Crepúsculo”, al decir de su amigo y presentador del volumen en Elche en la librería Ali i Truc, Jesús Zomeño, reciente premio de la crítica valenciana en el apartado de narrativa.

Lloréns nos plantea la siguiente pregunta: “¿Y si la incorporación del Reino de Mallorca a Aragón no hubiese sido legal? En ese caso, Mallorca no formaría parte de España. ¿Cuál sería su destino?”. A partir de aquí, Beatriz Segura encuentra un pergamino que levantará, como hace siglos, una conspiración, intrigas y asesinatos “con todos aquellos que tienen que ver con la búsqueda del pergamino real”.

El presentador de “Crímenes de lesa majestad” en la city ilicitana, Jesús Zomeño, habló de los personajes que integran estas novelas negras; de Beatriz Segura, “chica moderna e independiente de gustos sofisticados que se mueve en la resolución de misterios y conflictos”, de Alberto, “el otro protagonista esencial que protege a Segura y vive en Denia en “El Gurugú, amante de Beatriz y su pigmalion; de sus dos colaboradores; Julio Montero, amigo de la investigadora y guardia civil y Javier, guardaespaldas e hijo del mayordomo de Alberto Medina. Otros personajes secundarios pero no menos interesantes en las tramas novelescas de Beatriz son el mayordomo de “El Gurugú”, Roberto y la cocinera Marta. La gastronomía adquiere toques de sofisticación en todas las entregas así como la moda y complementos de la ropa que viste nuestra protagonista.

Zomeño subrayó de esta última entrega que “todos los personajes buscan y desean el pergamino y cambiar el pasado por una visión nacionalista interesada”, cuestión de candente actualidad en estos tiempos azarosos que vivimos en las Españas. El presentador comentó también que esta serie de novelas negras de Joaquín Lloréns, escritas y pensadas a su divertida y entretenida “maniera” tocan temas de actualidad en esta sociedad española del XXI siglo, acosada por la corrupción, los nacionalismos y el desmoronamiento de las ilusiones y proyectos colectivos. Los personajes principales se mueven en las novelas por distintos ambientes para desenredar las tramas y en este caso por Mallorca (la acción se inicia con una recepción en el palacio de la Almudaina con el rey emérito), Perpiñán, Barcelona y Denia.

El autor de “Crímenes de lesa majestad”, Joaquín Llorén, apuntó en la presentación de su novela en la librería de Elche, Ali i Truc, que ésta será una presentación y despedida de las aventuras de Beatriz. “Pensaba hacer una trilogía y he llegado a una pentalogía. Me apetecía dar un enfoque histórico y dar a conocer el reino privativo de Mallorca que duró unos seis años desde el punto de vista legal”. En este contexto histórico del siglo XIV donde los papas empiezan a perder poder y se cargan a los templarios. Se produce la primera renuncia de un Papa que no hemos vuelto a ver hasta la renuncia de Benedicto XVI. De esta época se podrían escribir muchas novelas”.

Lloréns recalcó también que escribe las novelas que a él como lector le gustaría leer, amenas y con aportes de información para tratar de desenmarañar el complicado tejido en que nos hemos embarcado.

Uno sabe que Joaquín está enredado en la confección de otras historias que nada tienen que ver con Beatriz, Alberto y El Gurugú. Quizás cada escritor necesita descongestionarse y buscar otras miradas, otros enfoques, otras maneras de contar las historias que se cuecen en su magín. Pero uno no pierde la esperanza de que “Crímenes de lesa majestad” no signifique el final de la serie.

Como dato menos positivo, la escasa afluencia de público que tuvo lugar en la presentación de la novela en la city de Elche a pesar de salir una amplia entrevista con el autor el mismo día en el medio hegemónico en papel. Bueno, los autores, los escritores, los poetas, luchamos una guerra desigual con los gigantes. Esas batallas que sabemos de antemano perdidas. Y aún así seguimos. ¡Qué gente tan rara y peculiar esta ralea de escritores que caminan hacia ningún sitio!

Buena suerte en tu gira de presentaciones con “Crímenes de lesa majestad”. La próxima en la Casa de Aragón en Mallorca. Uno sabe que eres hombre perseverante y poco dado a los desánimos.

Avanti, amigo

Francisco Gómez

GLORY DAYS. UNA APROXIMACIÓN A “LO NORMAL” DE RAFAEL CAMARASA. Por Juan Lozano Felices.

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Decía Gil de Biedma que, de casi todo hace ya veinte años. Pero, a medida que van cayendo las calendas y el cabello, incluso el cálculo temporal y nostálgico del poeta se queda corto, y uno se ve en la necesidad de ir cambiando de guarismo. Pronto habrá que comenzar a decir que, de casi todo hace ya treinta o incluso cuarenta años. Me pasa con Rafa Camarasa, con quien poco he tratado hasta ahora pero que conocí en Elche cuando vino a presentar su poemario “Algunos corazones solitarios” al que habíamos concedido el Premio Lunara de Poesía en el año de los fastos olímpicos. Ayer, veinticinco años después, se presentaba en Elche su estupendo libro de relatos “Lo normal” en cuidada edición de la valenciana Contrabando. La presentación estuvo a cargo del editor Manuel Turégano y del escritor Jesús Zomeño. En la larga y distendida conversación que mantuve con Rafa, luego prolongada durante la cena, hablamos de aquella ocasión y de otras cuestiones como la conexión poética Valencia-Elche en los ochenta y noventa, como vasos comunicantes que propiciaron que autores ilicitanos como Gerardo Irles, Juan Ángel Castaño, Julio Soler o Jesús Zomeño editasen sus libros en Valencia y que Uberto Stabile, Fernando Garcín o Rafa Camarasa lo hicieran en colecciones nacidas en Elche. Hablamos de aquella “generación espontánea”i de inspiración beat en la Valencia de los ochenta, paralela a la escuela valenciana que lideró la poesía de la experiencia con autores como Vicente Gallego o Carlos Marzal. El por qué estos triunfaron y aquellos no, como mantiene Rafa, fue una cuestión de visión, de querer “estar ahí” y formar parte del canon, y cuya obra hoy discurre por otros cauces. En todo caso, es de justicia (y no hablo de justicia poética sino de justicia material) el que miembros de esa generación vayan recibiendo el reconocimiento que merecen. Jesús Zomeño y Rafa Camarasa han sido galardonados recientemente con el Premio de la Crítica Valenciana y con el Barcarola de Poesía, respectivamenteii

La dedicatoria que de su libro me hizo Rafa ayer viene a subrayar, a ritmo afilado de tango o de arrebatado bolero, que la amistad es capaz de subvertir convenciones, ya sean temporales o de las otras; y comenzamos a hablar como si el cuarto de centuria que había pasado no fuera más que niebla que desaparece por ensalmo: “A Juan, recuperando con este libro una amistad que viene de los gloriosos ochenta”. No, no voy a continuar hablando de los ochenta, no voy a contar, como diría Bruce Springsteen, historias aburridas sobre los días de gloriaiii, pero ahí queda el título de esta reseña, como metáfora y como símbolo, porque me gusta y porque sí, y porque estoy seguro de que, al autor de “Lo normal”, también le parecerá bien que así sea.

Vayamos pues al libro de Rafa Camarasa. “Lo normal” son diecisiete relatos, de más o menos extensión. Las dos citas que sirven de pórtico al corpus narrativo están muy bien traídas, revelan y dan el tono. Como glosa del libro y del autor, uno tendría bastante con el magnífico prólogo de Cisco Franiv; sin embargo, en esta como en otras ocasiones, uno siente la necesidad de expresar, aunque sea sucintamente, las impresiones de su lectura.

A propósito de la dicotomía que está en el origen de este libro, nos dice su autor en una reciente entrevista que “la gente que se define como normal es extraña y, a los que tienen algo de sentido común, los tildan de raros”. Bien sabemos que, en este mundo globalizado, la independencia queda gravemente comprometida y el que se sale de la norma es, en paradójica inversión de valores, un a-normal, aparte de no salir en la foto.

También nos dice el autor de “Lo normal” que “detrás de cualquier persona, aparentemente equilibrada, hay un caos emocional latente, como una especie de volcán que puede entrar en erupción en cualquier momento. Un fenómeno que quizá está interrelacionado con cómo funciona la sociedad que nos rodea y cómo nos influye”. Encontramos pues, en estas reflexiones, algunos de los resortes de estos cuentos, las claves cardinales que los mueven y el terreno resbaladizo que hollan. En definitiva, lo que hace Camarasa es reflexionar sobre la vida desde su poética, ya sea en forma de cuento o de poema. Algunos de estos cuentos, como huevos de Pascua, deparan sorpresas; otros nos conmueven; otras historias están teñidas de lo mágico cotidiano como emanación de la vida; otros podrían tener una filiación surrealista, pero es un surrealismo controlado y al servicio del relato.

Camarasa, sin duda, ha asumido la tradición del relato fantástico y la lleva incorporada a su cadena de ADN. Quizás, en los niveles más profundos de estos cuentos, podríamos percibir ecos lejanos de Kafka, de Cortázar, de Italo Calvino, de Bradbury, incluso de ese escritor de disciplina shandy que es Vila-Matas. A veces, un relato nos produce el efecto de hallarnos frente a un espejo que nos devuelve la imagen distorsionada del entorno; otras, frente a un puente que nos invita a pasar al otro lado, “un puente hacia la otredad” como dijera Jaime Alazkari de algún relato de Cortázar; en otros anidan emociones y sentimientos como la tristeza, el desconsuelo, la nostalgia o la culpa.

Un estudio analítico del libro, con comentario para cada cuento, aunque fuese de los más destacados dentro del nivel altísimo del conjunto, sobrepasaría con creces el propósito de una reseña. Como solución, me van a permitir una suerte de juego gastronómico-literario, confeccionando un menú nada convencional. Como coctel de bienvenida, ninguno mejor que “Embotellados”, ligero y refrescante. Como aperitivo, propongo el conmovedor “La playa” que, además, es el primer relato que nos sale al paso y, cuyo final, merced al truco del buen ilusionista, te deja tocado. Como primer plato sugiero “Siesta”, el maravilloso cuento de paradojas temporales que todos querríamos haber escrito. Lo regaremos con un tinto de buen cuerpo como “Tristes tigres”. Como segundo ofrezco el extraordinario “Mapas” que es, según su autor, un relato antiguo ahora adelgazado en varias páginas, plato con una original fusión de sensaciones, que deja en la boca un final agridulce. Para este segundo plato propongo un caldo envejecido en barrica de roble francés, pudiendo acudir a “El ataque de los clones” o a “Lo normal”. Como final, sugiero el delicioso postre casero “Correspondencia”. Este relato se incorporó a última hora a petición del editor, que consideraba que el libro quedaba un tanto desnutrido, como el buzón protagonista del relato. No fue algo deliberado, Rafa confesó que lo reservaba para iniciar otro libro, así que su acople aquí es todo un regalo y un lujo. Y, para la sobremesa, nos reservaremos un licor fuerte y fermentado, apenas un chupito, “Sin manos”.

Leer a Rafa Camarasa me produce una gran sensación de libertad, la suya al escribir y la mía al asumir la lectura, pero la libertad siempre conlleva riesgos. Pero qué es la literatura sin riesgos, qué es la literatura sin imaginación, sin disensión, sin magia ni locura. La literatura, o es emoción o no es nada. Y estos relatos transpiran emoción por todos sus poros. Llegado al final, creo haber cumplido mi propósito de no hablar de los ochenta. Pero sé que, la próxima vez que vea a Rafa Camarasa, hayan pasado dos, seis meses u otro cuarto de siglo, el muro de los años volverá a caer y volveremos a hablar de aquellos aburridos días de gloria. Después de todo, acaso los días de gloria no son un mito que sobrevive solo en la memoria de quienes los vivieron.

Elche, 3 de junio de 2017

Juan Lozano Felices.

i Denominación debida a Fernando Garcín, como nos recordó Jesús Zomeño en la presentación.

ii El libro de relatos de Jesús Zomeño es “De este pan y de esta guerra” (Ediciones Contrabando, 2016), el de Rafael Camarasa, aún sin publicar, “Sin noticias de Liliput”.

iii “Glory Days” es una canción de Bruce Springsteen, perteneciente a “Born in the USA” (1984). La canción cuenta una curiosa historia. En un bar de carretera, el cantante encuentra a un amigo de la adolescencia, gran jugador de béisbol cuando ambos iban al instituto. Toman cervezas y hablan de “los aburridos días de gloria”.

iv Vocalista y líder del grupo “La gran esperanza blanca” y también autor del libro de relatos “Barbería”.

LOS DÍAS SUSPENDIDOS, Francisco Gómez, Por Ignacio Fernández Perandones

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http://llueveconmigo.blogspot.com.es/2017/05/los-dias-suspendidos-francisco-gomez.html

Francisco Gómez publica en Frutos del tiempo su último libro. Se divide en tres partes: relatos breves, reseñas sobre la actividad “Cada Cual” ( unos encuentros con autores contemporáneos” organizada por el Instituto de Cultura Gil-Albert en Alicante), y una serie de pequeños apuntes sobre la vida cultural  ilicitana, amigos, escritores de “la City”, siempre con su punto de humor y su ironía.

Las reseñas sobre las conferencias-coloquio alicantinas me han producido, sobre todo, envidia sana: ¿por qué a Elche no viene nadie? Me consuelan estas consideraciones de Francisco sobre cada escritor, que he subrayado con avidez, intentando sacar jugo a lo que dicen esos autores con lo que tanto he disfrutado: Landero, Cercas, Caballero Bonald, Vargas Llosa, Lorenzo Silva.

Por su parte, los apuntes ilicitanos incluidos en el libro tienen para nosotros el sabor de la cercanía. Elche es un mundo por sí sólo, un universo que solo entienden los que orbitan en él.

Me han gustado mucho los relatos breves. El señor Gómez se está doctorando en este tipo de tareas. Me gusta su prosa espontánea, coloquial y cuidada al mismo tiempo, su guion muy bien pensado en el que te da cuenta de una vida en cinco páginas. El protagonista suele ser un hombre arrojado a la existencia que trata de sobrevivir y que, al final, encuentra su tabla de salvación en la vida cotidiana, sencilla, familiar, llena de pequeños acontecimientos que tiene delante. Un ejemplo es el relato Hikikomori, que aborda en toda su profundidad el tema de la comunicación, y que contaré (si el autor me da permiso) a mis alumnos en clase. Pero no todos acaban así: algunos optan por el escapismo (Desvío). Con lo que el autor deja artas todas las posibles puertas a esta situación de disolvente individualismo que la sociedad padece (y que en el año 2.250 puede acabar como se describe en el libro).

En resumen, Francisco, has escrito un libro de gran riqueza, con muchos registros y muy cuidado en su forma y en su fondo. Conociéndote, seguro que seguirá la fiesta.

Sobre El bosque de la noche, de Djuna Barnes, por Javier Puig

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Dice T.S. Eliot, en el prólogo de esta novela de la estadounidense Djuna Barnes, El bosque de la noche (1936), que este libro “atraerá especialmente a los lectores de poesía”. Es una advertencia de su carácter extremadamente literario, de que, en esta obra, lo que más importa no es el seguimiento de la trama, su dilucidación, sino el valor intrínseco de cada momento, la descripción que toma la osada forma de una coherente – aunque poliédrica – imaginación.También señala el poeta que los personajes de esta novela son muy reales, aunque a mí me parece que, si es así, lo son a la manera de quienes concitan en sí mismos numerosos matices del sentir humano, más que como representantes de seres encerrados en una ubicable y apenas voluble personalidad. Son personajes que a menudo son trazados desde lo paradójico, desde la contradicción. Su complejidad psicológica es ostensible, su rumbo vital resulta de una procedencia apenas enlazable a una básica irrupción en el mundo.
El personaje más constante en esta novela, el que tiene una visión más amplia de la interrelación que se produce entre todos, es el del doctor, un hombre construido – más que de una historia discernible – de un discurso, de una verborrea alcoholizada, hecha de precisiones arriesgadas y sorprendentes, que lo van configurando como un ser de atribuible y dudosa omnisciencia.
El bosque de la noche es un prodigio de literatura de alto nivel, de una prosa verdaderamente genuina que contiene una densidad expresiva que no admite la más mínima distracción, que repele al lector perezoso y rutinario. Y es de ahí de donde podría provenir su equiparación a la poesía, de esa composición que, en cada frase, nunca es un recurso de engranaje sino un destello que, en sí mismo, ilumina al lector de una fresca, íntima y extinguible plenitud. Esta literatura es pues bastante “inútil”, no nos ayuda a pertrecharnos de armas argumentales, sino que tan “solo” nos sitúa momentáneamente en un plano de superioridad que revoca toda la simplicidad de la visión más atenazada del mundo.
La narración está provista de numerosísimas frases que requerirían un detenimiento por parte del lector, y que le provocarían una amplia reflexión, un profuso cuestionamiento de sus afirmaciones. Se fundamenta principalmente en su vocación estética, sin dejar por ello de imbricarse esta actitud con la percepción psicológica. Sus mejores momentos son los de la descripción de los diferentes cuadros en que se van viendo inmersos los personajes. Y sí, nos habla de unos seres doloridos, atribulados, casi detenidos en su desorientación, que viven devanándose en sus posibilidades menos prosaicas, en las experimentaciones, atendiendo solo la destacable sutileza de sus vivencias. Esas descripciones, ya hechas desde afuera o desde sus propias reveladoras palabras, son las que precariamente establecen las perspectivas de una plural visión. Y no están exentas de abundantes elementos paradójicos, de frases que se retuercen sobre sí mismas, como queriendo acceder a un estadio superior que al de su instantánea obviedad. Estas personalidades nos resultan muy poéticas, constituidas en buena parte por la especulación de sus resortes intelectuales y emocionales, y nunca dejan de ser originales en su impalpable presencia. Hay sentimiento en estas profundizaciones que desvelan el más sutil carácter de esos seres, pero no uno simple, complaciente, sino complejo, casi inaprensible.
El bosque de la noche es uno de esos libros en los que su extensión en páginas (157) no se corresponde con el mayor tiempo que felizmente se le puede dedicar. Como los buenos libros de poesía, esta novela nos invita a recomenzarla una vez terminada, para darnos cuenta de que, en esa segunda lectura, aún la podemos apreciar mejor. Nos encontramos ante una de esas escasas obras de la literatura que, a través de la belleza, nos transportan hacia una grave y a la vez suspensiva, embriagadora levedad.

Diario de un cinéfilo (19. Poesía) por Javier Puig

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Poesía (2010), del coreano Lee Chang-Dong, es una película plural, una obra compleja hecha con la sencillez de sus personajes. La abuela protagonista – una mujer de 66 años, declinante en su salud mental, ascendente en la porfía de la búsqueda de la belleza -, apremiada por los acontecimientos de una naturaleza humana obtusa, está interpretada por un actriz magistral que da precisa forma a esa poquedad voluntariosa, a esa forma de amar desnuda, sin amparo posible.

Las clases de poesía a las que asiste esa mujer la orientan hacia la atención de lo ínfimo, hacia la búsqueda de la chispa que surja del contacto entre una mínima y valiosa realidad y la eclosión de sus sentimientos. Pasan semanas sin que pueda escribir un verso. No es nada fácil arrancar una frase de una presencia silente, encauzar su derroche de matices contradictorios. Tal vez su error está en suponer que la poesía debe plegarse a una exigencia de belleza, entendida esta como algo aislable de la contienda vital.

La abuela tiene que lidiar con un adolescente problemático al que, sin ruptura, ha abandonado su madre. Además, acude al médico para relatarle algunas molestias en el brazo y, de pasada, le menciona, sus problemas de memoria. Pronto será diagnosticado su Alzheimer incipiente. Por otro lado, la vemos trabajar de asistenta en la casa de un viejo impedido, desplegar su generosa delicadeza ante un hombre no precisamente amable y apenas receptivo. Pero el acontecimiento principal es la violación que su nieto ha propinado, junto a cinco amigos, a una compañera de clase que finalmente ha terminado suicidándose. ¿Cómo vivir así, cómo hacer convivir el amor por su nieto y la repulsa por un acto tan asesinamente depravado? ¿Cómo seguir viviendo con coherencia? ¿Cómo amar y despreciar a un mismo tiempo?

La película plantea diversas problemáticas. No es solo la cuestión sentimental sino también la social. Nos habla de la responsabilidad subsidiaria, de la mentira consensuada, del olvido comprado, en detrimento de la necesidad del castigo. Son muchas las cuestiones que se superponen, que se imbrican, en esta película diáfana y sin embargo profusa en su riquísima propuesta temática.

Desde que leí un artículo de Muñoz Molina en el que mencionaba muy persuasivamente esta película, me la anoté entre las deseables expectativas cinéfilas. Sin embargo, no he dado con ella hasta cinco años después. Y ahora he descubierto los motivos de ese entusiasmo. Poesía es una de esas películas en las que es necesario ahondar mucho, porque de ella se pueden extraer observaciones que nos pueden ayudar a comprender un poco más la oscuridad, esa presencia tal vez irrevocable.

La candidez de la protagonista, propia de cierta ancianidad bondadosa, choca con un mundo pragmático, con unas decisiones inapelables, con la idoneidad de mentir para salvar la propia paz externa. La abuela es una mujer dulce, sensible, frágil, que, desde su escueta incomprensión, desde la dulce resistencia, está en contacto con la cara dramática de la vida, con su propia enfermedad, con el hombre impedido al que cuida, con la aberración cometida por su nieto. Frente a estas realidades, insiste en la búsqueda de la belleza, a través de la poesía, que se le antoja como algo elevado, ante lo que hay que estar preparado, de lo que hay que ser capaz para compensar la suciedad que la rodea.

Esta abuela es una mujer agradecida, triste; pero también alegre, más que por espontáneo convencimiento, por su indesmayable bondad. Se mueve por ese filo peligroso de la vida, por ese oscurecimiento que – por su reciente y abrumadora experiencia – ya sabe que la puede aguardar en muchas de las venideras esquinas de su existencia. Es una mujer acongojada por la contradicción a que se ve sometido su humilde amor; una mujer que, liviana, se desliza por el mundo desde su menudo cuerpo, desde la delicadeza de sus ademanes.

Le dice el profesor que, para escribir la poesía, lo importante es saber ver. Hay que poner la atención en lo minúsculo, en la gracia que posee la naturaleza. Y ella no sabe que ella misma, que su delicado ser, también es poesía. Ingenua, cándida, realiza ejercicios de mirada que ahora, además, le sirven para desviar su atención de la inabordable realidad de su nieto, de la irreversibilidad de su acción, de la larguísima sombra de sus posibles consecuencias. Quisiera que su Alzheimer incipiente fuera selectivo y le ayudara a olvidar el invasivo horror de la vida. Ella mira la manzana que el profesor de poesía le ha puesto como ejemplo y dice: “Me gusta más comer una manzana que mirarla”. También le dice ese profesor: “Cada uno de nosotros lleva la poesía en el corazón pero está presa y es hora de liberarla”. Ella sufre porque no le sale el poema que ahora podría ser su salvación, la contundente refutación de una durísima realidad que apenas se puede mitigar desde la pureza.

La sensibilidad que desprende esta película es extrema. Lee Chang Dong es un maestro del contraste. Qué maravilloso tramo de la película – entre tantos – en el que la abuela, estando en casa del viejo impedido, se ducha como para enjuagar su dolor, y el plano mudo posterior del viejo recostado en el sueño, mostrando el contundente rostro estúpido, tal vez equívoco, que, de todos modos, manifiesta la impotencia; y la imagen inmediata , la del nieto violador, recostado en el suelo de su casa, siempre despreocupado en la mentira de la televisión, en sus juegos, en la antipoesía ejercida como intrínseca ignorancia.

Si bien, la abuela intenta captar el detalle de las manifestaciones vitales más bellas, exentas de ese conflicto humano en el que se ve inmersa – que la interpela, la acosa, la acorrala -, también acude al laboratorio, como lugar de la infamia; al puente, como lugar de lo trágico; a la iglesia donde se celebra una misa por la chica muerta, como concentración de la pena infinita. Rehúye y persigue a la vez esos lugares de la violencia: de la violación, del suicidio, del truncamiento de una posible felicidad. Apenas se enfrenta a su nieto porque se da cuenta de que es imposible, de que ella no tiene recursos para poder hacerlo recapacitar. Su nieto es un ser extraño y querido a la vez, un producto del contaminado azar del mundo.

La abuela se lamenta: “Tengo sentimientos. Siento, pero no me sale un poema.” Además, tiene que atender la urgencia, la gravedad de la vida. Tiene que ceder a las presiones y acometer actos que no son hermosos, que van contra sí misma, pero que espera que estén a favor de los demás, a favor de su nieto. Se ve implicada en una trama que le resulta ajena pero en la que intuye que tiene que participar. La película finaliza con un poema que supuestamente ha escrito ella, pero que, a mitad del mismo, cambia la voz, para convertirse en la de la chica muerta. Es un poema inverosímil en ella, unas palabras cedidas por alguien que sabe lo que siente esa mujer. Es un poema que tal vez se refiera a la belleza, pero cuyas palabras únicamente narran el dolor de la existencia.

LAS LONTANANZAS DE ZAPATA: UNA MIRADA A LOS SÍMBOLOS CAÍDOS por Francisco Gómez

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zapata0001Amigo, Antonio Zapata, ya te has convertido en cronista y este sambenito no te lo quitará nadie. Llévate cuidado si a partir de ahora eres más conocido por tus artículos sobre la ciudad de las Lanzas y la Festa que se fue (Lontananzas 1952-1974. Crónica sentimental de la posguerra ilicitana), que uno apenas conoció que por tus poemarios y narrativa. Ya sabemos, el tiempo y su desparrame de los días que se escapan por el desagüe de lo cotidiano. Porque una cosa tengo clara; tú quedarás en la literatura y no todos podrán decir lo mismo.
Eres un “cabronazo”. Otro amigo “cabronazo” que tengo en estas adictivas redes de la literatura. Has hecho que me emocione con muchas de tus lontananzas, con tu “estética de la pobreza”, como define tu amigo y estudioso Manuel Valero esta obra tuya. Permíteme decirte que me has tocado con el homenaje final a tu padre. No sabes, bueno sí lo sabes, cuánto…
Has hecho que vea esta “city” que no conocí con sus calles sin asfaltar, sus trabajadores somnolientos al tajo por calles mal iluminadas y trabajos agotadores, codo con codo, como relatas. Los serenos que te daban las “buenas noches” y te acompañaban hasta tu portal y los guardias de tráfico a quienes nuestros paisanos regalaban viandas como preciadas maravillas para tus ojos de niño en las cercanías de la Navidad. Igualito que ahora…Una ciudad que intuyo más humana, más cercana que la actual con sus prisas y sus carencias de personajes definitorios.
Leo tus lontananzas y no hago más que ver símbolos que se han ido; los cines, las peleas de lucha libre en el Victoria antes de ser Simago. hoy también derrotado, los bailes en el Parque Municipal como “prueba de fuego para los chicos y chicas primerizos en el arte de enseñorear las posesiones sobre los huesos”, las bandas juveniles como la famosa del Villena con chicos a los que unía el desarraigo y la necesidad de una identidad común, currantes del calzado y los talleres. Las ferias en el Cuartel Viejo. Las cocas del Llinares también abatido por esta “city” devoradora de sus símbolos y referencias. El asfaltado de Reina Victoria: “el asfaltado de tan magna calle nos vino de perillas a un grupo de chiquillos que, pronto, nos constituimos en patinadores nocturnos; el mítico campo de Altabix con los gloriosos partidos del Elche en Primera División y jugadores como Curro y Serena, Blas, Ballester, Iborra, González, Lezcano, Llompart, Baba, Asensi, Casco, Marcial, Romero. Las excursiones en la Mona al Pantano…
Amigo Zapata, desde un presente que corre sin identidades claras, miramos, miras un pasado devorado y reducido a recuerdos que construyeron tu vida y la de tantos que vinieron o eran nativos de Elche, que armaste tu vida de niño pobre y luego currante para convertirte en un joven lleno de sueños que zarpaba a Benidorm los fines de semana para romper la gris normalidad y ver el futuro como un mar incógnito desde tu escepticismo.
Ahora que el mercado sin corazón y su esbirro el beneficio puro y duro han cerrado el diario La Verdad donde publicaste tantas de estas lontananzas, el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert las ha recuperado para que no caigan en la marea del olvido y el silencio.
Me has hecho soñar con un tiempo que no conocí y espero tu segunda parte hasta los tiempos de la transición y los 80, que a uno le pillaron en plena juventud en el instituto Pere Ibarra y tampoco me enteraba mucho de las movidas sociales, políticas, laborales y sindicales que se cocían en este pueblo que al cielo mira, entre el caucho, la goma, y la producción en la vía.
Advertido quedas. Desde ahora te estamparán el sello de cronista y a ver cómo escapas de esta etiqueta maniquea que no responde a la policromía de tu personalidad curiosa, luchadora y siempre reivindicativa.

Francisco Gómez