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Sobre los pequeños grandes libros de cuatro poetas ilicitanos, por Javier Puig

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Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

Recientemente, se han publicado y presentado de forma simultánea cuatro plaquettes de poetas que residen en Elche. La menor amplitud de estos libros, de cuidado diseño pero escuetos en tamaño, podría sugerir, en principio, un aprovechamiento de obra menor, algo así como un cúmulo de salvables excedentes, que se presentaban así, con humildad, en grupo, diluyendo momentáneamente la individual importancia de estos artistas que tienen una valiosa obra aparte. Pero este posible prejuicio no ha podido maniatar mi sorpresa, al ir comprobando en esas páginas una calidad en absoluto lastrada por una desfavorable criba previa. Claro que, de estos cuatro poetas – dos mujeres y dos hombres –, solo conocía la obra de Cebrián y de An Yi Campello. No sé –aún – qué lugar ocupan en la trayectoria de Manuela Maciá y de Pedro Serrano estos intensos libros con los que me he iniciado en su obra.

Vida de poeta me ha supuesto la vuelta a una obra, la de Cebrián (aquí Carlos Javier), que me ha resultado siempre entrañable, por su insobornable autenticidad, y necesaria, por su potencia creadora. Leer a este poeta es siempre avanzar en el conocimiento del hombre que ha compuesto esos versos: “Mis poemas: sangre derramada”. Cada uno de ellos es precisa afirmación de lo que lo constituye, de la configuración personal que, entre el sentimiento y la autorreflexión, va consolidándose en una vida amadamente irresuelta.

Inicia Carlos Javier Cebrián esta plaquette con una primera parte, a la que llama Separata, en la que reúne expresiones poéticas – tangencialmente aforísticas –, aisladas u otras veces agrupadas en forma de breve poema. Aquí aparecen versos aislados, que son promulgaciones de su ser poético, una forma de autorretrato, o de retrato de aquel mundo que lo delata: “Poema: mi confesionario”, “el problema es que la vida no se comprende”, “soy animal herido”.

La segunda parte, Vida de poeta, no alberga poemas menores, sino que añade nuevas piezas capitales a su obra. Aquí prosigue con esas declaraciones personales que dirige – a veces a través de destinatario interpuesto – abiertamente a un público lector del que espera una sensibilidad comprensiva. Aunque no las tenga todas consigo, y mantenga ciertas reservas de rubor, la de aquel que duda de la amplia licitud de su discurso: “Aceptar por fin/ en qué poco estimáis/ esta mi consabida perorata”. Este pequeño libro, el más corto de los cuatro, finaliza con una Coda, unitariamente compuesta por La mirada de Josefina, que es un sentido homenaje a un amado y trascendente paso por la vida.

No conocía la obra de Manuela Maciá, pero estos Brotes que le he leído me han resultado una gratísima sorpresa. Están constituidos por poemas en prosa que me han impactado por su riqueza expresiva. Se componen de una corta, armónica sucesión de frases de ascendencia claramente poética. Su clara densidad está hecha de la captación de preciosas sutilezas que expresan agudas contradicciones. La autora se centra en un tono intimista repleto de imágenes bellamente elocuentes. No hay frase baladí, ni metáfora sin belleza o sin acierto, en estas lúcidas inmersiones en tan perturbadoras vivencias. Cada entrada es una variación sobre el tema del amor – del desamor – y podría ser perfectamente un fragmento de un hermoso diario. Son poemas del desencuentro, de la extinción, de la confrontación sentimental, de la repentina extrañeza del otro. En el desvelamiento de las ocultaciones del sentir, en el aprendizaje del desamor, siempre halla las precisas y rumorosas palabras: “Soy como un párvulo que ha de aprender a no amarte”, “fue hermoso, fue bello, nos amamos con intensidad, con ternura, incorrectamente…”, “estoy en la adolescencia de mi dolor y mi única esperanza es crecer para olvidarte”, “ya no eres tú, hace tiempo que te fuiste y por mucho que lo intento no logro hacerte regresar”.

La expresión del decaimiento está muy lograda: “En los bolsillos de la noche se esconden melancolías que las manos clandestinas oprimen”, “regreso con la tristeza pegada a mis espaldas, a donde mis manos no alcanzan, para poder alcanzarla”, “¿por qué crece el llanto dentro de mí y no quiere desbordarse? Rebusco en los rincones de mi alma y descubro un baúl de razones dormidas que no deseo despertar”. En la parte central, también Manuela Maciá incluye unos registros breves: “Cuando el dolor se haya ido ¿me quedará el consuelo de verte feliz?”, “ternuras muertas me rodean ancladas en mi sombra”. En fin, un gran descubrimiento.

La obra de Pedro Serrano también me era desconocida. Sus versos me han parecido la expresión de un carácter insumiso. Si fueran pronunciados en la calle, sin previa advertencia, el tráfico de los viandantes se detendría bajo el peso del sentimiento de una admonición. Se habría roto el consenso de la mentira, se habría osado argüir lo innombrable. Los poemas que componen su Falta de perspectiva son a menudo aforísticos, o bien telegramas de una suavidad muy frágil, presta a diluirse en las contundencias necesarias. La exigüidad en los versos es aquí altamente beneficiosa, concentra los novísimos mensajes, impide fugas del lector presto a eludir esta poesía incisiva. Hay aquí una continua rebeldía contra el silencio o el disimulo de las palabras, una incansable búsqueda de la invención de la verdad insoslayable. Pedro Serrano ha sabido percutir con tiento, desde la resolución de hablar claro, de no apartar la mirada de lo ingrato, algunas formas secretas de lo sagrado: “No caigas en la tentación de morirte antes de tiempo./ Previamente come de la fruta que otros no quieren./ Bebe el vino que toca la piel, sin decoro, /deja que las manos hurguen en tu sombra./ Sí, y tiembla”. O este verso que es fruto de su sabia ironía: “Practica la tardanza en las costumbres”. Pues eso: un decir imprescindible.

Después de Malasia en el corazón, estos poemas de An Yi Campello, reunidos en El vuelo de la grulla, me han reinsertado en ese ámbito de serenidad que sabe establecer la autora con sus nítidos versos. Sus palabras son una pacífica transcripción de las sensaciones más aquietadas, un homenaje a la beatitud, un manifiesto a favor de las dulces bondades de la paz mental. Pero también “una memoria de la emoción”: “Mi madre no es recuerdo,/ es vida en el milagro”. Lo suyo es la devoción por los nexos intensificadores de la vida, los que se establecen entre sus relevantes estancias y un yo que transcurre incitado dentro de su angosta plenitud. An Yi Campello está muy atenta a los mensajes que nacen en las cosas, a las sinestesias, a todo lo sensorial, a los enlaces que promueve la contemplación y, sobre todo, al silencio, en el que vuelve a insistir en la última parte de este grato poemario, donde se consigna esa calma que regenera la pulcritud en el vivir. En el último poema, El gran silencio, que dedica a su madre, se enlaza esa paradójica riqueza sensitiva, la del silencio, con la emoción de la primera parte, y así todo cobra un sentido integrador, una dirección hacia lo esencial que aquí se palpa desde las luminosas palabras.

Estamos ante cuatro pequeños grandes libros que son las diferenciadas muestras de una poesía hecha por hombres y mujeres bregados en el arte de plasmar su sensible visión del mundo.

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La primera división literaria en la city. Ciclo La Dignidad de la palabra 2018. Por Francisco Gómez

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Uno no deja de sorprenderse en esta “city” que al cielo mira, más conocida como Elche, donde vive y muere cada día. Han acabado ya las terceras jornadas (tres años consecutivos ya, tres escalones bien trenzados) que la concejalía de Cultura en coordinación con la asociación cultural Frutos del Tiempo ha dedicado a la literatura en la city.

Este año han traído a primeras figuras en el mundo de la poesía y narrativa española. La Primera División de la Literatura en la lengua de Cervantes. El 8 de febrero abrió la jornada el poeta granadino Luis García Montero, no en el vestíbulo del Gran Teatro, no. Por necesidades de aforo, los responsables del espacio tuvieron que abrir el patio de butacas. Trescientas almas escucharon al autor de “Completamente viernes” que habló de la necesidad de recuperar el diálogo entre generaciones y no olvidar la memoria para no despistarnos en estos tiempos inciertos y acelerados. Le siguió estela la poeta Olvida García Valdés que habló de la necesidad de escribir como un acto íntimo, egoísta que a veces se abre al contacto con los demás en forma de libro pero no de una manera inminente sino reposada y reflexiva. El verbo intransitivo.

Siguió el turno el poeta murciano, uno de mis amados, leídos y vividos, Eloy Sánchez Rosillo que presentaba la suma de sus versos en “Las cosas como fueron”. El poeta de la elegía, del recuerdo pero también de la celebración y la alegría de vivir. El buscador de la luz y las pequeñas grandes cosas; el jilguero, la tarde de verano, un día de playa con su hijo, la hacienda manchega en los días de la infancia, el reencuentro con la madre. El tiempo como un eterno retorno circular cuando nada acaba y siempre empieza en la memoria y en el corazón. Curioso. Casi todos se acordaron de la figura de su madre y del padre (¿por qué sera…?).

Después de estos poetas de talla nacional, vino el narrador Luis Landero, el 26 de abril. Mi admirado escritor, del que he leído todas sus novelas, su libro de artículos, su volumen de ensayos. He leído casi todo lo que ha publicado. No podéis imaginar la emoción que me embargaba cuando fuimos a recogerlo a la estación de tren en Alicante. La persona no decepcionó al personaje, como me ocurrió con los poetas, todos cercanos, todos tratables. Cada vez descubro con más certidumbre que cuando más grande es alguien, más humilde, más cercano, más persona es.

Landero habló de su literatura, de la necesidad del asombro para escribir, de buscar la voz propia, los temas que son tuyos para contar tus historias. De la necesidad del silencio y la soledad para concentrarse y escribir. De la huida del fuego mediático que corre el peligro de convertirte en una adicción al éxito si no estás preparado. Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica en 1990 por su primera obra “Juegos de la edad tardía”. Como los demás, premios nacionales de Literatura. Ya digo, un lujo contar con buenos exponentes de las letras españolas.

El vértigo final lo deparó la presentación de los cuadernos de poesía Lunara Plaquette de los miembros de Frutos del Tiempo; Manuela Maciá, Pedro Serrano, An Yi Campello y Carlos Javier Cebrián. Una fiesta de las letras como culmen de una aventura con el título “La dignidad de la palabra”. La palabra como signo para dignificarnos en estos tiempos de internete, redes sociales y poco espacio para la conversación, el encuentro entre las personas.

Más de mil personas acudieron a estos cinco actos que componían el programa de alta categoría. Todos los encuentros necesitaron celebrarse en el patio de butacas del Gran Teatro al superar el aforo del vestíbulo los asistentes. A mi pesar, he de reconocer que el cambio de ubicación, de la sala cultural La Llotja en Altabix al Gran Teatro, en pleno centro de la city, fue un completo acierto con mayor convocatoria de público que en un barrio.

Reconozco aquí la inmensa labor desarrollada por Carlos Javier Cebrián de Frutos del Tiempo para llevar a buen puerto el programa. Su dedicación y esfuerzo de promoción de las actividades, junto al gestor cultural, Julián Sáez, que ha creído desde el principio en este hermoso proyecto. Sí, al final, tendremos que darte la razón. Persistir. Resistir es vencer.

También mi agradecimiento a Carlos Javier Cebrián por permitirme presentar a uno de mis narradores favoritos. Luis Landero, que no me decepcionó para nada. Al contrario su persona me encantó al igual que ya adoro desde hace tiempo su literatura.

Sé que ya se cuece una nueva edición y promete venir el año próximo con emociones fuertes.

Atentos/as.

Francisco Gómez

LAS BANDERAS DOBLADAS DE NACHO, por Francisco Gómez

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Acabo de leer el primer libro de relatos que ha publicado mi amigo Ignacio Fernández Perandones y me ha gustado mucho. De hecho, se me ha quedado corto. Con ganas de más. Contar sin decir. Relatar con el fondo del misterio y los problemas sociales, las inquietudes interiores.

No parece un primer libro de historias cortas. Se nota que es un libro trabajado y depurado en el tiempo, macerado con la revisión y la visión crítica de los días, de tantos domingos sin afán concreto. Sólo elevar la calidad literaria en su primer libro de relatos.

Dice mi amigo en la presentación: “Existe un cierto desapego que el paso del tiempo roba a la ilusión. Las primeras emociones, los proyectos que te hacen palpitar, el idealismo de los 20 declina su luz”. Sus banderas dobladas al decir del verso de Luis García Montero. Tiembla la mirada cuando leo estas palabras. Uno ya ha renunciado a muchas banderas que se han doblado para no desplegarse más. No seré el periodista referencia. Mi literatura no llegará a nada. Sólo a unos pocos y buenos amigos/as comprensivos y atentos. No seré nunca padre, ni tendré familia, ni hijos que alumbren el camino hasta llegar, si el Hacedor quiere, a la vejez y luego a la desaparición y el olvido.

Todos cargamos con nuestras derrotas pero Nacho las convierte en sabiduría, comprensión de lo vivido y ánimo en seguir adelante a pesar de todo. Sus experiencias en la vida, en su fe y en la docencia tienen su poso en este hermoso libro.

El libro se presentó el pasado 10 de mayo en la sala Las Clarisas de la city de Elche. Actuó de presentador mi también buen amigo, Juan Lozano, que glosó a la perfección la vida y el libro de Ignacio, que como bien apuntó, cuenta más de lo que aparenta decir, como el iceberg de Hemingway y no parece su primer volumen de relatos por la exigencia, sugerencia y universo de las historias.

De entre la colección de microuniversos del volumen, uno se queda con “El pescador”, “Lecciones de Teología subterránea” y los dos últimos “Solitario” y “Frente al sol”.

No me resisto a transcribir un párrafo de su cuento “Frente al sol”: La vida a veces te golpea, pero no te escondas, no te rebeles. Aunque no veas nada, busca la luz, vislumbra un horizonte. No bajes a los garajes de la desesperación. Buen amigo, parece que has delineado esas frases para quien escribe. Hace tiempo que no escribía una línea por motivos que no vienen al caso. Leer tu libro y amistad me han invitado a escribir este comentario que no es una crítica. Uno no sirve para esas tareas.

Por último, he fijado la atención de manera extraordinaria en la dedicatoria del libro a tu padre, poeta como tú (que me ve desde su verso eterno en el Cielo), y a tu madre (a la que siento tanto y tan cerca como una bandera doblada). Comparto tu devoción por tu padre y las banderas dobladas de tu madre.

Sólo por la dedicatoria ya me has ganado.

Francisco Gómez

P.D: Si me lo permites, lamento haber escrito una crítica del libro que no es crítica, ni análisis ni nada de nada. He leído el libro con ganas porque deseaba leer tus relatos. Te conozco como el buen poeta que eres. Y si das tu consentimiento, dedico este artículo o lo que sea a Mari Carmen, que leerá tu libro.

Diario de un cinéfilo. (27. En la ciudad blanca) por Javier Puig

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Hay películas que no son obras maestras, pero son algo más que eso. Son aquellas que tienen momentos extraordinariamente logrados y ocupan un lugar preeminente en el altar de las que nos han conmocionado. Es, para mí, el caso de En la ciudad blanca (1983), película de Alain Tanner que fui a ver yo solo en el momento de su estreno, y a la que volví la semana siguiente acompañado de un amigo al que le había sabido transmitir un entusiasmo que él luego compartió conmigo sin reservas. Luego, durante muchos años, nos dispuse de esta obra en español; por suerte, hace poco, un buen amigo me la ha proporcionado.

Ver de nuevo, al cabo de tantos años, una película que uno guarda, no solo en el recuerdo de sus experiencias cinéfilas, sino en el apartado de las emociones más intensas, tiene sus riesgos. Revisadas aquellas imágenes, su muy sugerente música, sus escasas pero elocuentes palabras, puedo afirmar que no he sentido apenas menoscabo de aquella primera emoción. Y, ahora, me apetece averiguar por qué esta película me tocó tan fuerte, con tanta hondura.

Uno de sus hallazgos que más me impresionaron fue el de esas tomas en súper 8 que realiza el protagonista, que vienen a ser como un documental muy subjetivo, o un diario visual, acompañado del profundo saxo de Jean-Luc Barbier. Estas musicales imágenes que nos muestran las colinas de Lisboa, con sus pendientes surcadas por los entrañables tranvías, componen unas secuencias intensamente poéticas.

Del argumento de la película me atrajo esa valentía de Paul (Bruno Ganz) para despojarse de cualquier seguridad, para desmembrarse de esa base tan sólida que es su patria, la avanzada y ordenada Suiza; y de esa mujer a la que se resiste a volver, con la que tal vez podría alcanzar una moderada pero consistente felicidad. En la época en la que conocí esta historia, sin llegar a perder pie de los cimientos más protectores, yo gustaba de hacer algunas excursiones solitarias por las mundanidades que me parecían más afines. Aquel en quien me convertía yo entonces, un joven que momentáneamente infringía algunas de las leyes de la más conservadora cordura, realizaba desinhibidas incursiones en un mundo que, entre divertido y admirado, superada una primera perplejidad, reconocía en mí una auténtica frescura. Pero esos experimentos no se pueden llevar hasta los extremos de la intemperie, ni ejercitarse de forma continuada, porque no lo admite el mundo mayoritario, creído de su sensatez.

La experiencia de Paul es así. Se mueve por Lisboa desde la alegría de la naturalidad, desde la espontaneidad del limpio deseo. Avanza sin rigideces, sin mirar a los lados. Se sorprende a sí mismo. Abandona el barco en el que estaba trabajando. Transita por los destartalados suburbios de Lisboa, que están lejos del lujo, del mundo que construye una vistosa y falsaria verdad. Sus libres excursiones a las gentes humildes, entre las que ha recabado, no saben de clasismos culturales. Él es un poeta balbuciente, sin respaldo en las lecturas. Un hombre que abraza la realidad con una intuición tan pura que lo separa de quienes lo acompañan en la vida. Y es que él quiere estar hecho, sobre todo, de aquello que aún no sabe.

Este díscolo hombre suizo quiere explorar los personajes de su vida desde una nueva forma de sí mismo; pero, aunque Rosa (Teresa Madruga), la sencilla joven que conoce en Lisboa, con la que logra compartir mágicos momentos, al final no le hubiera fallado, desvaneciéndose hacia un oculto paradero, Paul hubiera tenido que seguir avanzando en pos de un nuevo estímulo. Pues ya se estaba agotando el de esa joven que empezaba a dudar seriamente de él, de su imperdonable indefinición en su estancia en el mundo. Al fin, impulsado por la frustración y por los chantajes de la vida establecida, deberá cejar en su osadía, volver a esa Suiza, símbolo de todo lo bien atado, y también de lo corrupto, aunque allí no sabrá cómo explicar eso que los demás llaman locura y que él aún se atreve a decirse que es libertad; libertad con todas sus consecuencias, con todas las contradicciones en las que cae quien pretende inventar la vida.

En la soledad cabe todo: la euforia, la paz, la tristeza, la duda. En esos monólogos que son los esbozos de las cartas que enviará a su pareja en Suiza, con más intención expresiva que comunicativa, registra las variantes de sus emociones, los descubrimientos de una vida ya entregada a las sensaciones de lo que vive como nuevo pero que, en realidad, es la esencial persistencia que ignoraba. Al final, sin la presencia del amor, la soledad o la libertad ya no son nada más que el triste desecho del propio recorrido.

Hay en esta película una clara contraposición de mundos: por un lado, el suizo, tan correctamente previsible; y ese otro anárquico, el del puerto y del extrarradio de Lisboa, donde todo es concebible, hasta el que un reloj marque las horas al revés. Paul huye del infernal cuarto de máquinas del barco, pero también del constreñimiento en una sociedad donde todo resulta exigencia y previsión. Necesita la aventura, agarrar la armónica, la cámara, y empezar a investigar la auténtica presencia del mundo. Pero lo que encuentra tampoco es lo perfecto. Ese ámbito más puro también le falla, aunque lo hace desde la legitimidad de lo genuino. Esa libertad aligera la existencia pero también la empuja hacia los recodos de la frustración. No es fácil, tampoco, vivir así, a no ser que uno pueda subirse a la cresta de lo sensual y permanece allí un tiempo, riéndose de todas las bajuras que propone lo prosaico.

En esta película, todo me sugiere una íntima, humilde e irrefutable verdad. Las escenas eróticas son insólitas y sublimes desde esa concepción tan natural, desde su pura belleza. Lo que ocurre no está envuelto en el glamur adulterador sino en la difícil bondad de lo corriente. Los personajes exhalan una descontaminada sencillez; él con esa nueva vertiente temeraria, ellas con esos afanes de certezas; y todos, con esa insatisfacción tan propia de la vida.

La última imagen de la película nos presenta a un Paul que ocupa el tren que lo devuelve a su casa. Lo vemos pensativo, con sus ojos abandonados en el cristal de la ventanilla. Pero luego repara en la joven que tiene enfrente, en ese rostro puro de juventud, de belleza ligeramente barnizada de exotismo, que tal vez le sugiere la posibilidad de una nueva escapatoria. De pronto, vemos su cara llena de inocencia difuminarse a través de la granulada película de esa cámara de súper 8 que él ya no tiene – porque la tuvo que vender – pero que sigue enfocando la vida para él – para nosotros -, con esa mirada única que, con sus sentimientos, con sus anhelos, selecciona la humana imagen del mundo.

Intensidad y Transparencia: Poesía Reunida de María Antonia Ortega, por Ada Soriano

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El blazer blanco, La Música de la Memoria, volumen editado por dilema (Madrid, 2018) en la colección de poesía que dirige Antonio Ortega, contiene la Poesía Reunida de la poeta madrileña María Antonia Ortega.

El blazer blanco es un título ingenioso y sugerente para una poesía igualmente ingeniosa y sugerente además de profunda, atrevida y bella. El lector hallará en la lectura de estos poemas todo un caudal de poesía plena de imágenes asombrosas y conmovedoras porque nacen de una voz francamente auténtica y reflexiva; una voz diáfana e hipnótica.

Como bien expresa Diana Cullell, autora del prólogo del presente libro, esta obra es: “Un estallido. El estallido de una experiencia. Una experiencia extraordinariamente individual que reverbera en cada uno de los versos de María Antonia Ortega en cuanto el desprevenido lector se acerca a ellos”.

María Antonia Ortega, en su nota de introducción, nos comunica sus pensamientos y sentimientos acerca de lo que significa para ella la poesía: “Pues la poesía, con su cadencia, con su ritmo, no es que sea eco, sino la memoria del tiempo…Aunque también, como la música, forma parte de la materia, y en ella muerte y conciencia de la belleza se asocian, en el sentimiento oceánico de la intensidad. La poesía es la música de la memoria”. De hecho, en más de una ocasión, la poeta ha declarado de forma contundente: “La poesía es el único conocimiento que no llena mi corazón de soberbia porque está escrita con el oído del músico”.

Muy acertadamente afirma José María Bermejo, en la nota de Presentación que precede a los poemas, que la autora “…vive en una intimidad deslumbradora que recuerda el fondo del mar. Es allí donde bulle la vida, es decir, la memoria del mundo, que es todo lo que tiene el poeta”.

En definitiva, les hablo de un libro imprescindible para quien no tenga reparos en lucir la elegancia del blazer, prenda de larga duración y perfectamente combinable, más en este caso, por ser blanco, símbolo de amor y pureza, y también de duda. No existe realmente el color blanco, pero se percibe. También los poetas son capaces de vislumbrar lo que no se ve, gozando y padeciendo en la intimidad de su propia creación.

Ada Soriano

Abril de 2018

La Dignidad de la palabra 3. Eloy Sánchez Rosillo en loblanc.info, por Juan León Fabrellas

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https://loblanc.info/eloy-sanchez-rosillo-todos-los-poemas-son-de-amor-o-no-son-poemas/

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO: “TODOS LOS POEMAS SON DE AMOR O NO SON POEMAS”

Eloy Sánchez Rosillo: “Todos los poemas son de amor o no son poemas”

El ciclo literario “La dignidad de la palabra”, organizado por la Asociación Frutos del Tiempo y la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Elche, retomó su rutina de actividades con la presencia de Eloy Sánchez Rosillo en el Gran Teatro tras las festividades pascuales . Unos días destinados al recogimiento y la meditación que se vieron alterados de forma sustancial por las noticias que nos hablaban de políticos afectados por el ataque del virus de la titulitis, ministros de ¿educación y cultura? cantando “Soy el novio de la muerte”, vicisitudes varias de políticos presos y/o exiliados, hijos de Dios derribados por semáforos y un tiempo atmosférico absurdamente caprichoso.

Menos mal que la Cultura, más tarde o más temprano, retorna para congraciarnos con la vida. Así, de forma consecutiva este redactor pudo disfrutar el pasado sábado 7 de abril de la magnífica obra “El cartógrafo”, del dramaturgo Juan Mayorga, a quien merecidamente acaban de nombrar académico de la lengua. Para luego el jueves 12, escuchar a uno de los poetas más importantes del panorama literario español, Eloy Sánchez Rosillo.

Se trata de un poeta muy cercano, no solo porque sea de Murcia, así que la charla recital le cogía a mano. Sino porque es un escritor que nos cuenta las cosas cotidianas que nos pasan a todos en la vida, solo que él las observa con el asombro de un adolescente sin edad. Sánchez Rosillo leyó una selección de poemas que recorrían toda su trayectoria, reunida ahora por Tusquets en “Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017”, a la par que fue comentado su evolución personal y el contexto en el que surgieron.

La poesía de asombrada celebración de la vida, con tintes elegíacos por la melancolía de la pérdida o la incertidumbre hacia el futuro, ha devenido en una poesía muy reposada que acepta que la vida nos da siempre más de lo que podemos abarcar. Así, el poeta se complace de compartir con nosotros la maravilla de las cosas elementales y puras: la naturaleza, el amor, la llovizna, una vieja acacia, un cantarín jilguero, la luz del Mediterráneo…

Juan León Fabrellas, Helena Vilella, Eloy Sanchez Rosillo, Francisco Gómez y Juaquín Juan Penalva. Foto: José Manuel Sanrodi.

Juan León Fabrellas, Helena Vilella, Eloy Sanchez Rosillo, Francisco Gómez y Juaquín Juan Penalva. Foto: José Manuel Sanrodi.

Eloy Sánchez Rosillo nos avisa que la magia está en cualquier lado, por ejemplo, en la luz temblorosa que dibuja a través de un vaso de agua el rayo de sol que cae dulcemente a media tarde. Aquí tenéis la entrevista que le hicimos para LOBLANC:

“LA POESÍA, SI ES AUTÉNTICA, PUEDE AYUDARNOS A VIVIR EN LO VERDADERO”

Pregunta: Como poeta de larga trayectoria, ¿te consideras un trabajador de la palabra? ¿Crees que es necesario defender su dignidad en los tiempos que corren? ¿La belleza por sí sola nos dignifica?

Respuesta: Yo no soy en modo alguno un trabajador de la palabra, sino tal vez un poeta. Son cosas distintas. El poeta no es un trabajador como otro cualquiera, ni siquiera un artesano. Su arte no es propiamente un trabajo. Lo que entendemos como trabajo tiene por lo general algo de mecánico y de rutinario, de carga obligatoria.

La poesía es lo imprevisto, asombro, sueño e ilusión, aventura, lo contrario de lo que termina encalleciéndonos las manos y el alma por realizarse de forma reiterada e ineludible. Esto no quiere decir que el poeta no haya de tener voluntad y disciplina, horas largas de estar ante un papel o la pantalla de su ordenador. Pienso, por otro lado, que no es preciso defender la dignidad de la palabra poética ni la del poeta. Ambas resultan evidentes y se defienden por sí solas.

En una sociedad como la nuestra, en la que existen tantos ejemplos indudables de ignominia y degradación, la poesía y el poeta son ejemplos claros de dignidad para cualquier persona de bien. Pero la belleza sin más no dignifica, ni es lo único a lo que el poeta debe aspirar. Decía Juan Ramón Jiménez que no hay estética sin ética; es decir, que la belleza ha de ir unida a la verdad para completarse y llegar a ser poesía genuina.

P: ¿Poeta por nacimiento o poeta por oficio? ¿Cómo trabajas el poema?

R: Poeta con oficio, pero, antes de eso —ojalá—, poeta de nacimiento. El oficio se le supone al poeta, igual que al carpintero o al albañil o al cirujano se les supone que han dedicado largo tiempo a aprender cómo se hace lo que ellos hacen. Nadie dice de sí mismo que es un maestro carpintero (ni será reconocido como tal) si no ha pasado muchos años en una carpintería con el lápiz en la oreja y la garlopa y demás útiles de su oficio en las manos. El oficio resulta indispensable, pero no debería entenderse como un mérito; es lo menos que debe poseer quien se dedica a una actividad. Uno no puede ser poeta si no ha aprendido la parte de oficio que tiene la poesía (aunque hoy existan muchos pretendidos poetas que piensan con insensatez que el oficio es un estorbo y una antigualla).

El oficio, que parece algo tan arduo y árido, lo va adquiriendo el poeta a lo largo de su vida sin darse ni cuenta. No hay que estudiar para aprenderlo; se va obteniendo en la frecuentación constante de la buena poesía, de los poetas que escribieron antes de nosotros, desde el principio de la cadena hasta ahora. El oficio, en suma, se adquiere; el talento para la poesía, no. El poema no se trabaja; nace ante la perplejidad del poeta, que lo ayuda a llegar al mundo y lo limpia con entrega y calma de las impurezas con las que todo lo que nace suele entrar en la vida.

P: Presentas “Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974–2017”, la edición con la que Tusquets recopila todo tu trabajo. ¿Era el momento de hacer balance tras casi medio siglo de escritura poética? ¿Es el libro para pasar a la posteridad?

R: Hacer balance de vez en cuando es una actividad provechosa y necesaria. En la consideración pausada de lo ya realizado podemos aprender mucho. No hay que hacer balance, sin embargo, para relamerse con lo cosechado y dormirse en los laureles. En ese proceso conviene tratar de advertir con nitidez aciertos y errores (más que nada, estos últimos) y reunir fuerzas para seguir caminando con la ilusión de siempre.

A estas alturas de mi vida creo que no estaba mal el detenerme un poco, intentar poner las cosas en claro conmigo mismo y a continuación ofrecérselas al lector de la mejor manera posible. El hecho de que la edición anterior de “Las cosas como fueron” estuviera desde hace tiempo agotada proporcionó la ocasión.

Y no, yo no he publicado este libro, ni ninguno de los míos, para pasar a la posteridad. Esa pretensión no puede tenerla nadie en su sano juicio. Si uno escribe con autenticidad, lo hace por fatalidad, porque así debía ser desde el principio de los tiempos, y ni él ni nadie de sus contemporáneos puede saber si va a pasar o no a la posteridad. No podemos albergar en nuestro fuero interno semejante propósito.

Es legítimo que el poeta sueñe a veces con el tiempo venidero, acariciar la idea de estar en el futuro. Pero, sabiendo que lo que imagina es sólo un sueño y que ahí, por tanto, no hay nada asegurado. En realidad, la incertidumbre es, a este respecto, más hermosa que lo tangible y constatable, pues encierra aventura y riesgo no hechos consumados. Hay que apostar desinteresadamente, sin certeza de nada, aunque poniendo al tablero todo lo que poseamos, y después Dios dirá.

Eloy Sánchez Rosillo durante el Ciclo de Literatura "La dignidad de la palabra"

Eloy Sánchez Rosillo durante el Ciclo de Literatura “La dignidad de la palabra”

P: ¿Cómo fueron esas cosas de las que habla el título de tu libro?

R: Fueron “cosas de la vida”, según suele decirse. La poesía procede de la vida, ella misma es vida que se le agrega a la vida, no una imitación o un remedo de lo vivo. No se trata de algo construido, ensamblado o compuesto. Brota o nace de manera natural. En este sentido digo que los poemas son “cosas de la vida”, como un árbol o un río, un hombre y un caballo, una nube o una montaña. Ojalá pudiera afirmarse esto de alguno de los poemas que he escrito.

P: ¿Has mirado hacia atrás al preparar esta edición? ¿Has revisado o corregido tus poemas? ¿Asumes todo lo escrito?

R: He revisado a fondo toda mi obra y he corregido lo que, tras largas cavilaciones (esta labor no puede hacerse a la ligera), pensé que ganaría al ser enmendado. La obra propia, mientras que estemos vivos, no tiene por qué ser intocable; no pertenece al pasado, forma parte del presente, a mi juicio tenemos el derecho y la obligación de mejorarla en lo posible. Para revisar mis libros he tenido que mirar hacia atrás, desde luego. He ido hasta el principio en un largo viaje, he regresado más ligero y libre y muy dispuesto a seguir. Asumo cuanto he publicado, lo cual no quiere decir que me gusten por igual todos mis poemas. Pero lo hecho, hecho está.

No merece la pena escamotear nada u ocultarlo, ya que de ningún modo podremos conseguir que desaparezca lo que algún día se publicó. Pienso, además, que hay que colocar lo que menos nos guste en el lugar que le corresponda, junto al resto de la obra, para que así sea más difícil de localizar y quede más disimulado. El ocultar parte de lo que con anterioridad dimos a conocer es la mejor manera de señalarlo, de ponerlo de manifiesto.

P: ¿Qué temas te son más amables y cuáles más ingratos?

R: Para mí, como poeta, cualquier tema puede resultar interesante. Yo escribo de la vida, y la vida es inagotable. Debemos afrontar lo dulce y lo amargo. Un tema grato no le asegura a nadie un buen poema, un motivo ingrato o doloroso puede dar lugar a un poema impresionante. En un poema cabe cualquier cosa de la realidad, si se le encuentra sitio adecuado en el momento justo.

P: ¿Qué deseas que encuentren y sientan los lectores que se sumerjan en tu poesía completa? ¿Qué espacio quieres ocupar en su álbum de emociones?

R: Lo que yo querría es que los lectores encuentren en mi poesía verdad hermanada con la belleza, como diría Keats. E intensidad. El lector, al entrar en un poema, ha de sentir en su ser el zarandeo, y hasta el peligro, del viento fuerte y puro de la vida, como si estuviera en la proa de un barco que navega a toda máquina o se hallara en la cumbre de una montaña altísima.

El poema, a pesar de su armónica serenidad, no puede dejarnos indiferentes. Si no nos conmueve, sólo será una sandez grisácea o un jueguecillo más o menos colorido. La madre del cordero está en la emoción. El poeta, en contra de lo que a veces se dice, ha de escribir emocionado. Es testigo de un milagro que va surgiendo ante sus propios ojos y con su ayuda. La emoción, sin embargo, no ha de hacerle perder los papeles y desmelenarse, pues en tal estado no le resultaría posible ayudar al nacimiento del poema, recibirlo en la vida. Pero su tarea está reñida con la frialdad; si no escribe emocionado, le será imposible transmitirle emociones a nadie.

P: ¿Qué te ha dado la poesía? ¿Ha salido todo como soñabas cuando comenzaste a escribir de muy joven?

R: Ha salido mejor aún. Y no me refiero a la calidad de mis poemas, claro está (sobre este asunto no soy yo el que tiene que pronunciarse), sino al hecho de haber podido realizar una obra a lo largo del tiempo, de muchos años, sin desviarme nunca de mi camino. La poesía me ha dado una muy buena parte de lo mejor que tengo. Puede que la totalidad de lo que he hecho no sea más que una equivocación y que no valga para nada. Eso ya se verá.

Pero yo lo he escrito siempre, y ahora también, con el fervor maravilloso que se despertó en mí en la adolescencia, y ese fervor no es, no puede ser, un error. Me ha sostenido y me ha proporcionado ocupación hermosa e ilusión a lo largo de mi vida entera. Esta suerte no la tiene casi nadie. Soy, desde luego, un hombre muy afortunado y estoy por ello lleno de gratitud.

Portada "Las cosas como fueron" de Eloy Sánchez Rosillo. Ediciones Tusquets

Portada “Las cosas como fueron” de Eloy Sánchez Rosillo. Editores Tusquets

P: ¿Cómo es tu relación con la inspiración poética? ¿La buscas o te encuentra?

R: La inspiración te encuentra, pero tú debes estar esperándola. Si te distraes, no acude o no adviertes que llega. Hay que tener la conciencia de la labor pendiente, estar atento las veinticuatro horas del día, aunque a veces haya largos períodos en que no hagas nada. Quizá en los momentos de sequía es cuando más debes ansiar que la inspiración se te acerque, para hacerte merecedor de ella y que al fin acabe viniendo.

P: ¿Qué nos dice tu poesía de ti? ¿Qué le debes a la poesía como persona, como Eloy Sánchez Rosillo?

R: La actividad que uno ejerce configura a quien la lleva a cabo. Si yo hubiera sido un agente de cambio y bolsa contento de su trabajo o un probo corredor de seguros convencido de que eso era lo suyo, me llamaría también Eloy Sánchez Rosillo, pero sería otro sin duda. Es decir, que a la poesía le debo en gran parte mi visión del mundo, el ser como soy. Esto no quiere decir que el personaje que aparece en mis poemas sea idéntico a mi persona. Tal vez se parezca a mí, o coincida punto por punto conmigo, en mis momentos mejores, en mis momentos de serenidad, que es cuando escribo y cuando acaso veo con mayor claridad, pero durante el resto del tiempo uno y otro no somos ni mucho menos iguales. Yo soy, por lo general, un hombre muy poco sereno, nervioso en extremo, y lleno como cada cual de mezquindades y de contradicciones.

P: He leído entrevistas tuyas en las que te muestras muy crítico con la sociedad actual, ¿debe el poeta implicarse en el debate social? ¿Hasta dónde? ¿Puede servirnos de algo la poesía o solo es un refugio para náufragos?

R: He mencionado en esta entrevista lo que Keats afirmó con tanto acierto en un poema memorable: la belleza y la verdad son equivalentes. La poesía, si es auténtica, puede ayudarnos a vivir en lo verdadero, en lo fundamental y esencial, a enfocar con lucidez y rectitud no sólo los problemas más complejos y hondos del vivir, sino hasta las contingencias más cotidianas y superficiales.

El poeta, como ser humano que es, puede implicarse en el debate social y tiene el deber de procurar la justicia y el bien (principalmente en su entorno más próximo, sin irse por los cerros de Úbeda para “arreglar el mundo”). Pero como poeta sólo debe estar comprometido con la poesía, y no poner nunca a ésta al servicio de lo circunstancial o partidista. Quienes lo deseen pueden acercarse a la poesía y tratar de servirla y disfrutarla, pero la poesía misma, por su propia naturaleza, no puede servir los intereses particulares y puntuales de nadie. Esto creo que no tiene discusión, aunque haya sido discutido hasta la saciedad.

P: ¿Eres pesimista respecto al futuro de la cultura en general y de la poesía en particular?

R: Respecto al futuro de la cultura sí soy pesimista. Somos cada vez más globalmente analfabetos e inciviles, y lo malo es que la sociedad a la que hemos llegado les proporciona a los energúmenos armas fáciles de usar, muy poderosas y de mucho alcance. Pero respecto a la poesía, que no tiene nada que ver con la cultura, sino con la vida, soy optimista. “Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”. Sin poesía, esa poesía que no sólo está en los libros, que se encuentra en el mundo, no es posible vivir ni un solo día. Todo se irá al garete si llega a extinguirse. Gracias a ella respiramos y tenemos espacios de intimidad y de aire puro en los que podemos sentirnos a salvo.

P: La poesía parece estar experimentando un periodo de efervescencia con nuevos y muy numerosos lectores, ¿crees que esta tendencia será un fenómeno pasajero o que se consolidará?

R: El estimar que estamos en un momento de efervescencia poética depende de lo que entendamos por poesía. No se puede pensar que cualquier cosa es poesía. Para mí no hay nada más que una, que puede presentar múltiples rostros, aunque resulta inequívoca en cualquiera de sus comparecencias. De ella he intentado hablar a lo largo de esta entrevista. Pero hay también muchos sucedáneos de poesía, muchas adulteraciones, tanto si tiramos por todo lo alto (la falsa poesía esteticista y abstrusa de los “exquisitos” y de los snob), como si descendemos a lo menos exigente y más a ras de tierra (la de los que se conforman con abaratamientos de lo verdadero; al rebajarla, la poesía se convierte en pacotilla).

P: ¿Qué te queda por hacer? ¿Qué te queda por decir, Eloy?

R: Todo está siempre por hacer y por decir, por más que uno haya intentado hacerlo y decirlo. Resulta imprescindible soñar con ir un poco más allá y no desfallecer. Hay que seguir en la brecha. La vida empieza cada día.

Diario de un cinéfilo (26. Madre e hijo), por Javier Puig

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Madre e hijo (1997), de Alexander Sokurov, es una película que busca lo poético como afirmación. Nos muestra un paisaje diluido, los rostros deformados, como si espíritus extensibles. Nos presenta a una madre moribunda cuidada por su hijo paciente y solícito, entregado plenamente a las últimas horas de esa mujer. Ambos viven aislados de la humanidad, rodeados de paisajes pictóricos.

Es un amor también físico, que excluye el erotismo pero contiene la relevancia del tacto, del peso, del aliento. Ella ya es casi solo un cuerpo próximo a lo inerte, con una mínima voluntad de ocupar el mundo. La cámara está viva, es la acompañante de esa mermadísima mujer postrada sobre un banco. Ella ha querido salir al bosque. No se tiene en pie, pero su hijo le concede todos sus vitales deseos. Están rodeados de paisajes pictóricos, de la oscuridad tormentosa, de la humedad que se cierne como una insípida compañía. Hay una extrema lentitud, un palpitante detenimiento.

Hay que salir al aire, al mundo. Pese a la amenaza de tormenta, el hijo la apoya en sí para que ella se reencuentre con su ansiada posición vertical, para que tenga la sensación de recuperar la vida. Carga con su madre, con su casi mortal profundidad.

Son un hijo y una madre habitando los cuadros, las imágenes enmarcadas de una naturaleza rugiente, el mobiliario y las paredes y los suelos de una casa dura de habitar. Reinan aquí los claroscuros hechos de colores concentrados, de espacios tensados en sus delimitaciones, en sus contrastes instaurados por la firmeza de esa artística vocación. Esas imágenes buscadas, quietas, difuminadas por una lámina de espesa luz.

Vemos el rostro de la madre, escuchando el lejano ritmo de la vida desde la paciencia de la lenta disolución. Un primer plano en el que se impone su rostro decrépito, ojeroso, ceniciento. Y esos detalles de la vida: las ramas y las flores sobre el alfeizar interior, en la ventana y paisaje constreñido.

Es la miseria, la disolución, la renuncia del mundo. Solo se tienen el uno al otro. El retiro, el mundo solo. El tornasol de los campos, el ruido de la naturaleza y alguna lejana sirena, o unas voces cantoras que apenas se distinguen de la maquinaria del mundo. Y al fin, la muerte.

Madre hijo no es una película recomendable más que para cinéfilos pacientes que sientan la hermosa licitud de un planteamiento apenas narrativo, premiosamente espiritual, estéticamente pictórico. Quien sepa apreciarla, habrá sumado una nueva obra de arte más a los más preciados archivos de su retina, al acervo de sus emociones más bellas.

(Completo este comentario con un poema que he escrito sobre esta obra tan sugerente que se puede ver – con calidad regular, aunque no por las originales deformaciones de la imagen, que son un recurso del director – en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=AoqfiSQ8pfI)

MADRE E HIJO

Ruge el silencio.

Las variaciones de la luz

son el destino de lo verdadero.

Ved a esa mujer que se recuesta

sobre el principio de un vacío

a esperar la más íntima piedad.

Ved esa mirada hacia dentro

asomándose a la tiniebla.

Y esa palidez: preludio de la disolución.

Ella suplica una nueva forma de amor

que supere las palabras.

Quiere que el hijo la traspase

en su desmoronado ser;

en el precario entramado de los átomos,

que lo acepte como propio.

Muy cerca, el paisaje la acompaña,

comprime sus colores,

intensifica los contrastes,

consiente que la muerte urda

su delicada tarea.

Ella escucha muy adentro

el apagamiento de un murmullo.

Su significado apenas existió…

Mientras, el tiempo avanza rugiendo un silencio

que no todo lo acalla.

Y un cántico de nadie

describe el fin de una pugna mortal.

Ya solo queda el infinito eco

de un vivir impreciso.

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