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Sobre Delphine de Vigan y su gran capacidad narrativa, por Javier Puig

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Nada se opone a la noche, la penúltima novela de la francesa Delphine de Vigan – la primera que le he leído –, es una autobiografía centrada en los personajes que componen la familia de la que proviene. Sus protagonistas son sus abuelos, sus tíos, y, sobre todo, su madre, que es el detonante de esta historia dramática, una mujer que acabó suicidándose a sus sesenta y un años y que sufrió durante su vida numerosos episodios de locura.

Al afrontar este libro, esperamos una indagación en el personaje de la madre, pero, a medida que nos vamos internando en el relato, nos encontramos con una presencia coral, con un ámbito extensivo, y la sucesiva sorpresa se torna creciente, las trágicas y convulsas noticias sobre los miembros de una familia verdaderamente calamitosa. No es de extrañar que, a menudo, la autora tenga que interrumpir su relato, y hablarnos, en directo, de las dificultades que tiene a la hora de pergeñar esta historia, de su angustia; de su perturbación, de la posibilidad de enemistarse con algún miembro de la familia cuando sea publicada.

“En el fondo ignoro cuál es el sentido de esta búsqueda”. “Pero cuanto más avanzo, más tengo la íntima convicción de que tenía que hacerlo, no para rehabilitar, honrar, probar, restablecer, revelar o reparar lo que sea, solo para acercarme. Tanto por mí misma como por mis hijos – sobre los que se abate, a mi pesar, el eco de los miedos y los remordimientos- quería volver al origen de las cosas”. De Vigan lo pasa mal escribiendo esta historia, indagando entre sus familiares, y así lo cuenta en el libro. Se pregunta si tiene derecho a ello. “A veces sueño con el libro que escribiré después, liberada de este”, llega a decir. El dramatismo es constante, las vergüenzas de la familia, sus penas, son destapadas. Un abuelo acosador de adolescentes, una abuela pasota, un tío que se muere a los nueve años, cayéndose en un pozo; su sustituto, un niño al que adoptan, de la misma edad que el fallecido, muere pocos años después, asfixiado por una bolsa de plástico, mientras practicaba extraordinarios orgasmos en sus masturbaciones. Otro tío se suicida en su juventud. Luego hay un último tío, nacido tardíamente y con síndrome de Down. Y después los ataques de la madre, las tremendas escenas que la hija tiene que padecer. Y todo ello en un tono apasionado, que cautiva, que no suelta a un lector siempre perplejo ante las continuas adiciones de dramatismo. A veces, nos avanza graves sucesos – que no hubiéramos podido imaginar, pues ya pensábamos que había habido bastantes – y nos quedamos a la espera de poderlos conocer en profundidad, después de un buen puñado de páginas. No hay reproches, o un ajuste de cuentas, sino una visión a veces asustada. Delphine tiene una prosa enérgica, concisa y a la vez creciente. Mantiene muy despierto al lector, lo arrastra sin engaños, lo atrae hacia el futuro de su narración. Es un lenguaje moderno, pero no baldío. No es posible distraerse de una narración siempre prometedora. Nada se opone a la noche es una novela intensa, veraz, y muy bien y muy ágilmente escrita.

En su libro posterior – el último hasta ahora – , Basada en hechos reales, se plantea la expectativa de que la autora prosiga por esa senda tan exitosa de la narración de la realidad. (Y es que Delphine de Vigan vendió de su libro anterior nada menos que 800.000 ejemplares en Francia.) Aquí la narradora coincide en muchas de las señas de identidad que conocemos de la autora. Su mismo nombre, ha escrito un libro aclamado que – por lo que se explica – no puede ser otro que su Nada se opone a la noche, vive en París y tiene una pareja de – al parecer – igual nombre y actividad profesional que la que tiene la escritora en la vida real.

A partir de ahí, hay un juego con el lector al que –con posibles despistes – se le invita a adivinar si los pasajes de la historia que se cuenta responden a la realidad biográfica de la autora. En principio, parece ser que sí, al menos en su base. Los sentimientos de la protagonista, la parálisis creadora después de haber escrito un libro en el que se ha vaciado, su inseguridad ante las consecuencias de esa explícita narración sobra su familia, parecen coincidir plenamente con las vivencias que cabría imaginar en la autora. Después, la narración se modifica por la incorporación de su elemento principal, la misteriosa L., una mejor llegada no se sabe muy bien de dónde, desligada de los elementos necesarios para verificar su concreta ubicación en la sociedad. Esta mujer, con el artero propósito de apropiarse de su voluntad, de influir en su dirección creativa, establece una relación hermética con la protagonista, imponiéndole un ansia de escritura biográfica frente a sus intenciones de retornar a la pura ficción.

La novela se convierte entonces en un thriller. La continua reaparición de esa mujer hábilmente manipuladora, cada vez más atrevida, llegando incluso a la usurpación de la personalidad de Delphine, se torna una incierta amenaza, un mal compensado con supuestos socorros. La protagonista está cada vez más debilitada por su propio – y al mismo tiempo inducido – sentimiento de impotencia. El relato se convierte así en aquello que normalmente suele ser: un estiramiento imaginativo de algunos atisbos reales, un qué pasaría si esto que la realidad me apunta de forma débil, controlable, ahora avanzase y creciese por caminos indómitos.

Cuando penetré en esta nueva novela, volví a sentir el entusiasmo del contacto con una prosa inteligente y vigorosa, por la riquísima capacidad de matización, de intrusión psicológica en sus personajes. Más adelante, sentí el desaire de la reiteración, que no estaba en la palabra, siempre renovada, sino en una acción que se conformaba con remansos excesivos, que avanzaba por inflexiones demasiado distantes. En algunos momentos pensé que Delphine de Vigan era una excepcional escritora pero solo una buena novelista. Pero, superada esa fase central, cuando la acción se afianza y finalmente se precipita, la novela refuerza su poder de seducción, nos atrapa definitivamente, no sin dejarnos alguna incógnita final, alguna incertidumbre que resalta esa extraña conjunción entre la realidad y la ficción, entre los pensamientos obtenidos y la disparidad con la que nos recibe la vida.

LAS LONTANANZAS DE ZAPATA: UNA MIRADA A LOS SÍMBOLOS CAÍDOS por Francisco Gómez

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zapata0001Amigo, Antonio Zapata, ya te has convertido en cronista y este sambenito no te lo quitará nadie. Llévate cuidado si a partir de ahora eres más conocido por tus artículos sobre la ciudad de las Lanzas y la Festa que se fue (Lontananzas 1952-1974. Crónica sentimental de la posguerra ilicitana), que uno apenas conoció que por tus poemarios y narrativa. Ya sabemos, el tiempo y su desparrame de los días que se escapan por el desagüe de lo cotidiano. Porque una cosa tengo clara; tú quedarás en la literatura y no todos podrán decir lo mismo.
Eres un “cabronazo”. Otro amigo “cabronazo” que tengo en estas adictivas redes de la literatura. Has hecho que me emocione con muchas de tus lontananzas, con tu “estética de la pobreza”, como define tu amigo y estudioso Manuel Valero esta obra tuya. Permíteme decirte que me has tocado con el homenaje final a tu padre. No sabes, bueno sí lo sabes, cuánto…
Has hecho que vea esta “city” que no conocí con sus calles sin asfaltar, sus trabajadores somnolientos al tajo por calles mal iluminadas y trabajos agotadores, codo con codo, como relatas. Los serenos que te daban las “buenas noches” y te acompañaban hasta tu portal y los guardias de tráfico a quienes nuestros paisanos regalaban viandas como preciadas maravillas para tus ojos de niño en las cercanías de la Navidad. Igualito que ahora…Una ciudad que intuyo más humana, más cercana que la actual con sus prisas y sus carencias de personajes definitorios.
Leo tus lontananzas y no hago más que ver símbolos que se han ido; los cines, las peleas de lucha libre en el Victoria antes de ser Simago. hoy también derrotado, los bailes en el Parque Municipal como “prueba de fuego para los chicos y chicas primerizos en el arte de enseñorear las posesiones sobre los huesos”, las bandas juveniles como la famosa del Villena con chicos a los que unía el desarraigo y la necesidad de una identidad común, currantes del calzado y los talleres. Las ferias en el Cuartel Viejo. Las cocas del Llinares también abatido por esta “city” devoradora de sus símbolos y referencias. El asfaltado de Reina Victoria: “el asfaltado de tan magna calle nos vino de perillas a un grupo de chiquillos que, pronto, nos constituimos en patinadores nocturnos; el mítico campo de Altabix con los gloriosos partidos del Elche en Primera División y jugadores como Curro y Serena, Blas, Ballester, Iborra, González, Lezcano, Llompart, Baba, Asensi, Casco, Marcial, Romero. Las excursiones en la Mona al Pantano…
Amigo Zapata, desde un presente que corre sin identidades claras, miramos, miras un pasado devorado y reducido a recuerdos que construyeron tu vida y la de tantos que vinieron o eran nativos de Elche, que armaste tu vida de niño pobre y luego currante para convertirte en un joven lleno de sueños que zarpaba a Benidorm los fines de semana para romper la gris normalidad y ver el futuro como un mar incógnito desde tu escepticismo.
Ahora que el mercado sin corazón y su esbirro el beneficio puro y duro han cerrado el diario La Verdad donde publicaste tantas de estas lontananzas, el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert las ha recuperado para que no caigan en la marea del olvido y el silencio.
Me has hecho soñar con un tiempo que no conocí y espero tu segunda parte hasta los tiempos de la transición y los 80, que a uno le pillaron en plena juventud en el instituto Pere Ibarra y tampoco me enteraba mucho de las movidas sociales, políticas, laborales y sindicales que se cocían en este pueblo que al cielo mira, entre el caucho, la goma, y la producción en la vía.
Advertido quedas. Desde ahora te estamparán el sello de cronista y a ver cómo escapas de esta etiqueta maniquea que no responde a la policromía de tu personalidad curiosa, luchadora y siempre reivindicativa.

Francisco Gómez

Canadá, crítica y devoción de una gran novela de Richard Ford, por Javier Puig

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canadaSi hubiera llevado un diario sobre la lectura de Canadá, de Richard Ford, habría reflejado en él mis momentos de duda sobre esta novela, mis humildes críticas, la dificultad de gustar de algunos remansos de su decurso, los momentos en que he estado a punto de abandonarla, pese a la certeza de que había mucho de excepcional en ella. Y, finalmente, la total seducción en la que caí en su última parte, y el posterior refrendo que obtuve con la relectura de numerosos tramos que antes no me habían llenado plenamente.

Como decía, al terminar esa arrolladora parte final, esa densa corriente de minuciosas emociones, fue tal mi satisfacción, que me apeteció volver a pasajes anteriores que antes me habían parecido muy bien escritos, aunque sin que yo pudiera abrirme a la fuerza que sugerían, y con la consiguiente frialdad por mi parte. El resultado fue un redescubrimiento. Tal vez me había familiarizado con los personajes de tal modo, que ahora podía apreciar con la máxima intensidad todos los detalles que ya me parecían mucho más relevantes y, sobre todo, más emotivos. Lo que en un principio aprecié como un exceso de descripciones biográficas – defecto que siempre estoy dispuesto a denunciar, tal vez por resultarme esas rápidas construcciones humanas demasiado ajenas – ahora las leía como significativos retazos de unas vidas que se erigían ante mí como únicas y cercanas a la vez, y me hacían sentir la fragilidad de esas irreemplazables derivas desafortunadas.

Canadá, la última novela de Richard Ford, el reciente premio Príncipe de Asturias, se desarrolla a lo largo de quinientas páginas. En ellas, el autor nos cuenta la historia de dos gemelos, Dell y Berner Parsons, cuya vida cambia radicalmente a los quince años, cuando su padre, para hacer frente a una deuda que ha adquirido ante una mafia, decide implicar a su mujer en el ingenuo atraco a un banco. Con toda facilidad, son descubiertos y detenidos. Presos sus padres en la cárcel, ante la posibilidad de ser recluidos en un orfanato, la chica, Berner, emprende una aventurera huida por su cuenta, mientras que Dell, el chico, a instancias de su madre, es conducido por una amiga de ella, Milred, más allá de la frontera, hasta Canadá, para ser acogido por el hermano de esta. Todo ello está contado por Dell, quien a la edad de 66 años, ya completamente madurada su existencia, recién jubilado, construye una narración que finalmente tiene mucho de asunción y de comprensión de su accidentada vida.

La novela está dividida en dos partes muy claramente delimitadas. En la primera mitad se desarrolla la angustiosa situación que crece a medida que van sumándose los signos que indican el desmoronamiento de la estabilidad de ese hogar. Finalmente, su padre, angustiado por los irrefrenables acontecimientos, resuelve atracar un banco. La atmósfera está descrita de una manera extenuantemente pormenorizada. No le importa al narrador adelantarnos acontecimientos, pero luego tarda mucho en llegar a ellos. Se demora en cada detalle y va configurando una creciente angustia. La perspectiva es la que corresponde a un adolescente de quince años que cuenta solo lo que vio, lo que dejaba de saber, lo que pretendía adivinar. Pese a que, cuando lo escribe, ya dispone de otras informaciones que ha ido adquiriendo y que podrían completar bastante las perspectivas de la historia, no se vale de ellas, y las conclusiones que a veces pronuncia son las de un joven inmaduro, incapaz de tener una visión más amplia.

La segunda parte podría haberse subdivido en otra más, que hubiera sido la concluyente. Aquí Dell nos relata la primera época que pasa en Canadá, acogido por Arthur Remlinger, el hermano de la amiga de su madre. Un hombre con misterio: “Arthur Remlinger me mira como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era solo suya y que no se parecía en absoluto a la mía, para él, sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya finalidad primera encarnaba una carencia, una carencia que deseaba con todas su fuerzas llenar”. La atmósfera de esta parte me recuerda a la de El gran Gatsby, lo que no es mala relación.

El tema de la novela es la de la bifurcación de las vidas, los destinos alterados, la aceptación de lo funesto, la posibilidad de remontar las tentaciones paralizantes, la coexistencia con lo violento, la asunción de las deficiencias, la comprensión de lo extraño.

Cuando Milred abandona a Dell en el nuevo e inhóspito escenario de su vida, con un capataz extraño, nada fiable, con su hermano, Arthur, un ser misterioso, amable pero distante, intenta con sus palabras mitigar su terror a una nueva vida sin asimientos: “No pierdas el tiempo en pensar en cosas pasadas y deprimentes. Tu vida va a ser variada y emocionante antes de que te mueras. Así que procura centrarte en el presente. No te niegues a las cosas, y asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder. Eso es importante.”

Dell abandona Estados Unidos y a sus padres, que aún están en la cárcel. Su madre se suicida al poco tiempo. A su padre no lo ve más. Muchos años más tarde intuye una posibilidad de reencontrarse con él, pero su mente no la acepta. Se imagina a su hermana, a la que solo ha visto tres veces y que ahora está punto de morir, junto a su padre, y no soporta ese retorno, ese enlace con su vida primera, después de todo el esfuerzo que ha hecho por dejarla atrás, para hacerse a sí mismo un hombre independiente de aquel truncado proyecto de vida: “Mi vida entera estaba no solo amenazada sino en peligro de no haber sido vivida nunca… Todos estaban allí esperándome….Aquello me hizo caer en la cuenta de lo mucho que había querido borrarlos de mi vida, lo mucho que mi felicidad se hallaba condicionada por el hecho de que desaparecieran”.

Cuando se encuentra con Berner, poco antes de morir, ella le dice: “Has renunciado a mucho, espero que lo sepas”. Ella ha vivido una vida mucho menos estable, menos feliz, con matrimonios fracasados, con episodios de violencia. Dell se reafirma a sí mismo en la vida que ha llevado: “Había renunciado a muchas cosas, como Milred me dijo que tendría que hacer. Y estaba satisfecho de haberlo hecho y de lo que había recibido a cambio”. No acepta la idea de que, de alguna manera, haya podido vivir la amargura de una vida sucedánea. Ha seguido el consejo de Milred, esa sabia insospechada: “Recuerda lo que te he dicho de no cerrarte a nada” y: “Porque ellos hayan arruinado tu vida tú no tienes por qué arruinar la tuya. Este será un comienzo para ti. No siempre podemos elegir nuestros comienzos”. Es lo que piensa él: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte”.

Su visión de la vida, al final, es el reconocimiento de la dificultad de vivir pero la resolución de intentar no dejarse vencer por la negatividad de las adversidades: “Lo que sé es que tendrás una oportunidad en la vida – de sobrevivirla – si toleras bien la pérdida, si te supeditas al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos.”

Canadá es una novela profunda sin precipitaciones. Con un ritmo lento, envolvente, nos va introduciendo en los sentimientos que se cruzan en un mundo áspero, en el que los encuentros son gélidos, en los que los asesinatos se ocultan y los suicidios se olvidan. Richard Ford se centra en unos personajes, y deja de lado los aledaños que no sirven para explicar la vida privadísima de unos seres cohibidos por los tránsitos a los que se ven sometidos. Canadá es un retrato melancólico, una madura visión de la lucha entre nuestros anhelos y una vida que intenta imponerse con sus potentes sucesos.

EL ENSUEÑO GRIEGO DE JULIO CALVET. Por Juan Lozano Felices

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calvet
es como si sobre las aguas vinieran
antiguos cantos, el ulular de las sirenas
y el brillo de las armas
que avanzan contra Troya
en las cóncavas naves.

SIGNIFYING NOTHING – J. M. Álvarez

Cuando yo era un niño que me preparaba para hacer la primera comunión, alguien me regaló sendas adaptaciones para jóvenes de La Ilíada y La Odisea del vate ciego Homero. Contenían unas magníficas ilustraciones que despertaron en mí el entusiasmo, el asombro y hasta el estupor. Me fascinaban las historias mitológicas, la guerra de Troya y las cuitas de los héroes que tomaron parte en ella, tanto dentro como extramuros de la ciudadela. De los hechos cantados en La Ilíada y La Odisea, los que más me gustaban eran; de la primera, la escena que tiene lugar en el último Canto. Príamo llega, protegido por un sortilegio de Hermes, a la tienda de Aquiles para suplicarle que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor, muerto en duelo singular con el semidiós frente a las sagradas puertas de Troya. De La Odisea, sin duda, el episodio de las sirenas con Ulises atado al mástil para escuchar su canto. Entre las numerosas figuras acuáticas que pueblan las mitologías antiguas, la de la sirena, quizás por su singular polimorfismo, creo que es la que mayor fascinación ejerce sobre nuestro cerebro.sirenas-1

Al igual que el niño que yo era en 1970 se sintió fascinado por estos dos primeros textos de la épica grecolatina, ese descubrimiento se ha ido repitiendo, generación tras generación, desde la Antigüedad; conservando todo su poder de seducción mientras que, historias mucho más recientes parecen, a su lado, quebradizas, ajadas y viejas. No en vano, la mitología y la épica griega son el paradigma de la imaginación humana. En realidad, apenas necesitamos nada más. Acaso no dijo otro vate ciego, y porteño para más señas, que todas las historias se resumen en cuatro: una ciudad sitiada, una busca, un regreso y el sacrificio de un dios. Las demás son variaciones de estas cuatro historias seminales.
Mi gran amigo Julio Calvet, que seguro que también descubrió de niño estas historias y jugó en las playas del mare nostrum, acaba de publicar un libro, “La sirena”, que tiene mucho que ver con todo esto que hablamos. Ello no tendría nada de particular porque Julio viene escribiendo textos de diversa naturaleza desde hace años, publicándolos en la alicantina ECU. Pero, en esta ocasión, Julio nos regala un relato que abarca todo un libro que, si bien es corto en extensión es grande en lo que ofrece. “La sirena” de Julio Calvet es un relato verdaderamente encantador que parece brotar de la fuente popular y maravillosa del cuento oral.
A Calvet no parecen importarle las modas. Escribe lo que siente. En el año de 2010, cuando todo el mundo está pendiente de los fastos hernandianos, él publica un monográfico ejemplar sobre Ramón Sijé. En sendos estudios sobre El Quijote y sobre la figura histórica de Jesucristo, aúna Calvet su amor por ambos personajes con su amor por el Derecho. Pero es en el cuento donde Julio se encuentra, nunca mejor dicho, como pez en el agua. En 2013 publica un haz de ellos bajo el título “Cuéntame un cuento, abuelo” donde, en un hermoso ejercicio de arqueología personal, deja cual leña reconfortante, una brazada de relatos destinados a sus nietas, donde les cuenta y nos cuenta, algunos episodios de su juventud.
Pero volvamos al “cuento griego” de Julio Calvet y a las demandas homéricas pues mucho se ha especulado, ya desde la Escuela de Alejandría, sobre la autoría y hasta sobre la propia existencia de Homero en un caso análogo al del bardo del Avon, o sea Shakespeare. Mucho se ha teorizado sobre los distintos estilos que concurren en La Ilíada y la Odisea e incluso sobre la mano femenina que parece encontrarse tras las páginas de la secuela y cómo la una tiene carácter solar y, la otra, carácter lunar. Robert Graves, haciéndose eco de esta hipótesis escribió la maravillosa novela “La hija de Homero” donde atribuye la escritura de La Odisea a la princesa siciliana Nausicaa, metiéndose ella misma en la historia. lasirenaportada
Tras un prólogo como el del doctor Fernando Claramunt López, poco ni mejor se puede decir de este libro ni de su autor. Claramunt hace un recorrido por el mundo de las sirenas en sus diversas encarnaciones a través del tiempo, no solo mítico y literario sino también en el ámbito artístico, citando pintores prerrafaelitas y músicos como Richard Wagner. El coloso germánico tuvo el acierto de crear una gran parábola acerca de la naturaleza del poder y del amor, partiendo del oro custodiado por cuatro sirenas en el lecho del Rin. Todo lo cual no deja de poner en valor el sincretismo de los mitos y su capacidad para reinventarse, sin perder la esencia.
En un principio, Alexandros, el protagonista de la historia, es testigo mudo de las industrias que se narran en el poema homérico hasta que, precisamente, en el episodio de las sirenas se aparta de la historia conocida para mostrarnos la suya propia, la del episodio amoroso con una sirena muy peculiar que posteriormente coadyuvará, con su cola a modo de motor, para que llegue a las playas de Ítaca. A mi entender, bebe Calvet de dos fuentes. Por un lado, el telón de fondo homérico citando los sucesos más conocidos, como pinceladas. En este sentido tiene la obra de Calvet un carácter expositivo, de invitación a la lectura de su referente épico. Por otro lado, la sirena como criatura resurgida del romanticismo alemán cuyo ejemplo más claro podría ser la “Ondina” del barón De la Motte Fouqué y que sirve de modelo a Andersen. Quizás la sirena de Calvet sea la Sirenita, anhelando un alma que sólo conseguirá si un mortal la ama. Y ese es, a mi entender, el mayor acierto de Calvet. El tomar estas dos tradiciones, la épica y la romántica, para fundirlas y adecuarlas de forma magistral a su intención narrativa. Calvet nunca incomoda ni abruma al lector, antes bien establece con él una corriente de complicidad y confianza. Los detalles descriptivos están muy trabajados, acercándose en ocasiones a una prosa poética de una muy bella factura. Sugiero una segunda lectura, más detenida, para deleitarse uno en el fraseo, para paladear cada palabra.
Hay una incógnita que Julio resuelve de forma elíptica y que podría competir, como enigma, con la famosa cuestión de qué canción era la que cantaban las sirenas. Cabría preguntarse cómo se aman el hermoso guerrero itaquense y la sirena enamorada. Haría falta, para contestar, un erudito como Carlos García Gual y por ello traigo aquí su magisterio:25-_draper_ulysses_and_sirens
Hay sirenas que despliegan dos colas, como piernas, lo que les permite tener sexo. Pero en la sirena habitual, pez de la cintura a la cola, lo que atrae no es tanto el sexo como la promesa de placer que se expresa en su largo cabello, sus bonitos pechos, su mirada.

Muy bien traída la idea del prologuista al emparentar esta obra de Calvet con El sueño de una noche de verano shakesperiano y mendelssohniano; por muchas razones y, entre ellas, la emanación del mundo feérico. Y que sea el mismo Julio el que sueñe este relato en un crepúsculo estival frente a la playa mediterránea, frente a la cuna de todos los azules. Quién sabe si también vería Julio, atalayando el horizonte, los navíos griegos empujados por la brisa feliz, en su ya eterno viaje hacia la Hélade.

 

Juan C. Lozano Felices.

Acerca de Bagatelas, el magnífico libro poético de Carlos Javier Cebrián, por Javier Puig

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001En su último libro publicado, Bagatelas, editado por Babilonia Asociación Cultural de Valencia, Carlos Javier Cebrián escribe en esa línea fronteriza entre la poesía y la prosa, entre los conatos del poema y del diario. En cualquier caso, es esta una literatura íntima, meditativa; es observación que se nutre del sentimiento elaborado, largamente sucedido; son imágenes que dimanan del resorte interior y de los roces con el mundo.

Con prudencia, con humildad, el autor llama a estos textos cortos, a esta coherente reunión de poemas en prosa, “bagatelas”, aun sabiendo que, en el fondo, no lo son, porque ha puesto buen empeño en ello, ha extraído de esas incursiones en lo minúsculo o en lo reiterado un buen atisbo de su significancia secreta: “En la contemplación de lo considerado nimio se halla el misterio de las cosas…en el análisis de cada objeto, de los adornos superfluos, hermosos; nos aguarda la belleza”. Los elementos que originan estas palabras son el rasgo cotidiano, el asombro ante lo inacabable, la honda huella sentimental que a veces deja la vivencia aparentemente más prosaica. Es prosa, pero no por ello es ilación sin cadencia, composición rutinaria, sino experimentación con el lenguaje, búsqueda de la insólita, inédita unión de las palabras, que se propone sortear la tentación de la autocomplacencia, del consentimiento a la expresión vana, de la adicción al mantra propio. Todo este libro es un victorioso forcejeo con esas inercias, un rebosarse a sí mismo para alentar la creación verdadera y aferrarse al filo de lo innombrado.

En El oficio, el autor se despacha a gusto contra quienes quieren constreñir el acto de poetizar la realidad. Hay que evitar que “las anotaciones prosaicas de la minúscula existencia” sean tan solo eso: una autoauscultación obsesiva y superficial. Por eso, es necesario captar las principales propiedades de lo próximo, su reticente profundidad; y así, ahora, al mirar atrás, al menos: “Sabes cuánta verdad encerraron y encierran, todo el sinsentido que abarcan”. Aunque, a veces – hay que reconocerlo, sin desmerecer nada –: “Decir es solo redundar. Como lo es vivir… Repetirnos en los tópicos. Ese espléndido homenaje de vivir”.

Cebrián aborda los diversos temas que describen la cercanía impregnada de sí mismo, no con la pretensión de una filosófica exhaustividad, de una claridad irrevocable, sino desde el afán de una permeable y emotiva forma de conocimiento. Así, se abunda en la fresca evocación cono fehaciente examen de lo vivido, de aquello que ya es parte definitiva del ser. Uno de estos temas es el amor que mayoritariamente se percibe como una felicidad temporal, un cálido sentimiento que oscila en su intensidad, y que, en los periodos en que remite su intensa fuerza momentánea, se lo considera desde una respetuosa y cauta indagación en sus misterios. Como nada es permanente, a veces sobreviene el repentino silencio, la furtiva mirada, el recogimiento hacia fuera, hacia la lejanía; y crece el dolor de esa distancia imprevista, de esa visión del otro demasiado amplia, en la que cabe el frío proyectado.

El tema de la casa está tratado exultantemente en La victoria: “Al término de la jornada, entrar en casa es un triunfo… Aquí se expresa la juridiscción de la potestad… Las huellas reconocibles que se rastrean sin impedimento. Tus pisadas y sus cicatrices.” El domicilio donde, en la soledad, en la semipenumbra, en el silencio, se puede esperar el cotidiano milagro de la aparición de la amada; el hogar en el que suceden las placenteras intimidades. Pero existe el riesgo de quedarse encerrado en uno mismo: “Vuelves la vista atrás y sabes que sigues mirándote al ombligo, pero ahora tu perspectiva es otra, más exacta, más madura.” Por eso tal vez sea bueno atender el pulso del vecindario, de la ciudad, para resituarse. Entonces, las palabras van más allá de los silencios salpicados de anónimas voces inconexas, van en pos del sentido más sutil y se asientan en la extraña conclusión de un relato que se omite, porque lo que importa aquí es la abierta traducción de esas crípticas sugerencias que se avienen a nuestro reincidente vivir.

Los temas son variados: el ombligo del ser, pero también la perturbadora presencia de un edificio abandonado, o el gato. El paso del tiempo, la abrupta construcción de una biografía íntima. Las hormigas le sirven al autor para reflexionar sobre su lugar en el mundo…Todo es susceptible de ser acercado a la lupa de lo poético. Aquí se habla de lo próximo, se extrae la relevancia de lo pequeño, su decisiva conexión con lo inmenso, el secreto entramado que compone una nueva y poderosa figuración. Como dice Borges: “La literatura no es el espejo del mundo, es algo más, agregado al mundo”. Así pues, estos textos poéticos quieren noticiar una muy particular realidad pero lo que hacen es enriquecerla.

Aunque no versificadas, es indudable que estas prosas cortas son poesía, lenguaje del detenimiento, una mirada que abarca el pasado menos desprendido del presente. En estos textos hay introspección, severa constatación de los transcursos, reproducción de la quebrada línea del ser. La elección de los temas es asunto preeminente en el quehacer poético. Leyendo estas Bagatelas me he sentido muy próximo al autor, y no tanto por algunas coincidencias sino porque en ellas rezuma una humanidad auténtica, una mirada que no se aparta de su deber de consignar el mundo desde la honestidad de saberse limitada por su condición insuficiente, un esfuerzo en acrecentar los vínculos con lo escondido, con lo que hay que ser capaz de decir tan bien para saberlo, para transmitirlo en forma verdadera.

Hace bien el poeta en su ambiciosa humildad: “Yo solo intento explicarme mi propia humanidad, ingente labor desmesurada. Inútil.” La literatura es un imposible que hay que contemplar de cerca, recelando de todos sus deslumbrantes predicamentos. Carlos Javier Cebrián se ha asomado muy terco, muy valiente, a ese fondo que nos conmueve, a esas preguntas que respondemos con nuestras intermitencias. Con trazo certero, con denodado discurso, lo ha dejado bien dicho en estas nada despreciables Bagatelas.

001VOYEUR.

Vuelves a casa con la llaga del día en el rostro. Te desnudas en el vestidor. Yo te observo a hurtadillas, con el disimulo delictivo del amante despechado. Con el instinto enfermizo de un perfecto voyeur. Preparamos la cena mientras conversamos banalmente de lo dura que es nuestra profesión, de cuán cabrones son nuestros jefes, de lo contento que nos recibe y agasaja nuestro gato; entretanto yo me relamo con el espectáculo reciente de ver tu ropa interior cayendo como las hojas de los árboles caen en otoño. Lo de menos es la memoria. Y digo esto porque se trata de un cuerpo tan aprendido como el propio, y aun así sigue siendo tan peregrino y vertiginoso como lo fue antes de aprendérmelo. Qué sorpresivo es el deseo,qué contundente. Qué incuestionable y repetitivo

HORMIGAS.

Detesto a las hormigas. Al descubrirlas deambular por el suelo, entre las juntas inferiores de los tabiques de las paredes de la casa, en infame hilera, recolectando restos de migas de pan, esforzadas, me quedo en individuo fuera de sí, perplejo, ausente, invadido. Esto puede parecer una nadería, una simple anécdota, banal, pero de naderías y anécdotas, de banalidades, se conforma el ser humano. En la suma de ellas reside el misterio del ser. Al observar a las hormigas, campando a sus anchas por mi casa, reflexiono acerca del Universo. En cómo el Universo es una suma de universos más pequeños, indescifrables y anecdóticos. En cómo el tiempo es una adición de pequeños lapsos de tiempos ínfimos. En cómo la humanidad es la suma de todos los seres humanos. Reflexiono acerca de la suma de naderías que soy capaz de discurrir. Pienso en la muerte, al tiempo que liquido a todas las hormigas que puedo. Las aplasto, sin concesiones, una por una, o en grupo. Una reacción contra el miedo a lo que no se domina. Una acción tan humana

Sobre Octubre de luciérnagas, la gran novela corta de Manuel García Pérez, por Javier Puig

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octubre-650Esta vez, Manuel García Pérez, cuando aún no están apagados los ecos de su segundo libro de poesía, Las exploraciones, pone a nuestra disposición, a través del más novedoso canal digital, en Amazon, una novela corta que tampoco está carente del aliento poético, pero que lo devuelve al terreno de la narrativa que ya exploró exitosamente con sus novelas destinadas a un público juvenil. El nuevo canal de distribución que ensaya el autor todavía despierta reticencias en ese público que se resiste a abandonar la condición palpable de las páginas de papel, que echa a faltar la más fácil posibilidad de hojear o subrayar, que aprecia en la visibilidad de un lomo en la biblioteca personal una mayor sensación de pertenencia, A mí particularmente, no me disgusta leer en ese dispositivo que es el Kindle, que hace de la lectura algo mucho más amigable que si la afrontamos en un ordenador o en un teléfono móvil, inmersa entre el alud de comunicaciones que vamos recibiendo, injerencias a las que nos cuesta resistir. Tener un ebook en la mano es casi como tener un libro tradicional, predispone de la misma manera a una lectura entregada, profunda. Tengo buenos recuerdos de lecturas que he hecho en este dispositivo. En algunos casos, como la de El Quijote o Doctor Zhivago, me he ahorrado cargar con el peso de sus muchas páginas y de castigarme la vista con una letra demasiado pequeña.

Octubre de luciérnagas es una novela corta que se lee en poco más de media hora pero que inmediatamente deseamos releer, pues su densidad literaria, su brillantez, el placer estético y moral que nos ofrece, así lo demandan. La novela, tras una introducción que nos sitúa en el avanzado punto de la trama del relato que elige, se desarrolla en unas breves cartas que la autora escribe junto al lecho de muerte de su amada. No hay un nombre: “No tienes nombre, mi amiga. No debes tenerlo”. No hay la concreción del lugar del presente: “La escritura es anónima siempre, imborrable y tan evocadora como engañosa”. La amante que sobrevive inicia un ejercicio literario que es un simulacro de un acercamiento imposible, un ejercicio que transcurre en esa interioridad que protege de las incontroladas desavenencias con el mundo.

Nos hallamos pues, ante un texto dramático: la muerte inminente de la amada es lo que lo origina. Y su tema principal es el amor. Su motor es esa fuerte unión que, lastimosamente, está siendo definitivamente disgregada. Pero este relato va mucho más allá y es, sobre todo, una desesperada reflexión sobre quién se es en relación al otro que hacemos nuestro.

Este drama origina unas palabras que quieren ser profundas, cerrilmente iluminadoras, irrevocables. Son, desde la contemplación de la muerte ya segura, una evocación de los instantes muy vívidos, milagrosamente libres de sombras, puros en su explosión independiente: “La fuente está ahí, tan cerca. Puedo tocarla y el recuerdo tuyo es tan vivo de repente, que puedo recuperarlo”. La amante que sobrevive, de alguna incontestable manera, también muere.

Se suceden las reflexiones que pretenden abrigar el desamparo de unos duros sentimientos sobrevenidos. “No merecías morir ahora”, dice la voz temblorosa, la voz que avanza desnudándose, aclimatándose al rápido apagamiento de sus antiguas, simples y regaladas sabidurías. Como he dicho antes, no se describe el lugar presente, que es tan solo una inubicable hendidura en la existencia, pero sí los lugares del recuerdo, el exotismo que ayuda a grabar los instantes, los disuade de perecer, los alienta hasta el infinito: Tokio, Roma, Iron Peaks, Montpellier. La imagen de una calle de Tokio, de ese escenario del retrato de un rostro efímero, se repite, como una foto fija, como un instante eterno.

Estos simulacros de cartas, estas oraciones veladas, están hechas de intensa emotividad no exenta de perpleja atención a la rotundidad de la vida. La poesía está presente intrínsecamente, en el tono, en la forma de rasgar la realidad que se acepta, pero también rodea a las mujeres protagonistas. La poesía de Silvia Plath en el momento de la muerte, los poemas leídos junto al mar, Alejandra Pizarnik, la aparente vaguedad de la fina concreción forjada en la mente.

La relación entre las dos amantes es una búsqueda de “la belleza que nos hace tan vulnerables”, una intromisión en los secretos de la existencia, una aventura confiada y ardiente. La muerte de los demás es también el extravío en uno mismo, en quien se fue, ya ilocalizable en ese acabamiento de la mirada que contemplamos: “Pero a mí no me buscabas, buscabas las aguas, las profundas aguas donde sumergirte”. Es para la sobreviviente estar sola ya, saber a la otra ilesamente ignorante de una misma, tener que permanecer recreando un hecho que ya no prospera más allá de la mente.

El lenguaje que disfrutamos es ese tan emotivo, tan fructífero literariamente: el de la carta imposible. Esa voz que interpela sin esperanza, esas palabras que caen en el abismo y solo permanecen sus restos escuetos, adheridos a la oscura humedad de los sentimientos. Y en él se nos revela la separación, la distancia que hay que salvar con un afecto herido, lastrado por el silencio; la ventaja de pronunciar sin la interrupción, sin la respuesta que nos sume en el equívoco inesperado; y la desventaja de hablar para estrellarnos en los límites, como nuestro propio eco.

Y se nos habla de la contradicción del amor, de su frustración y de su endeble permanencia: “Sentía asco. Asco de ti, aunque no fueses tú esa realidad, sino una fingida y desagradable forma de parecerte a la que unos meses atrás…” La enfermedad mortal que distancia, que incumple las antiguas reglas establecidas, que desvía hacia los sumideros el inquisitivo tránsito del deseo. “Aún luchas desde mi interior contra la luz que alumbra el mundo del que te has ausentado”. La necesidad de llamarla, de atraerla: “Aunque no pueda reconocerte”.

“Estas cartas son una mentira”, reconoce quien las escribe. Se interroga sobre su acción baldía, no comunicativa, sobre esa escritura intransitiva, contra las apariencias: “Soy un ser despreciable, que busca un apoyo en las palabras para sobrevivir”. Lo más verdadero es el reproche: “No acepto que te hayas vencido, que, en los últimos momentos, no me quisieras…Tu resignación fue mi muerte, la tuya también”.

La palabra como interposición entre dos realidades, entre lo otro y lo que uno es: “Recordar a través de las palabras es olvidarte. Olvidar tu cuerpo tal y como era”. “Escribir es olvidar, volver a encontrarte en aquella mujer que no fuiste”. La palabra como puente que transgrede el peso de lo reciente e impulsa más allá, a una reconstrucción del pasado, un pasado fidedigno pero finalmente estéril. La palabra como conocimiento y como difícil comunicación en este caso de monólogo extremo.

Considero que Octubre de luciérnagas es una novela que admite una satisfactoria lectura más superficial, apoyada en su densa urdimbre emotiva, pero también ofrece la hermosa posibilidad de una sumersión más profunda, de una propuesta meditativa acerca de los significados de la escritura y sobre la verdadera relación con el otro, la cambiante composición del sentimiento del amor. Este es uno de esos textos que a uno lo enamoran y – si se tiene tendencia a ello – lo impelen a escribir, a intentar prolongar con la acción propia ese sobrio embeleso. Con obras como esta – que podría ocupar perfectamente la franja de los mejores relatos que hayamos leído – o, como las que nos promete el autor para un futuro muy cercano, si aún no disponemos de un libro electrónico, hagámonos pronto con él. Es un delito literario perdérselas.

Las exploraciones de Manuel García Pérez, por Ada Soriano

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http://www.mundiario.com/articulo/sociedad/poemario-exploraciones-manuel-garcia-reflexiona-violencia/20161025181341070771.html

Manuel García y su poemario, Las exploraciones/ G.B.

Manuel García y su poemario, Las exploraciones/ G.B.

El poemario Las exploraciones, de Manuel García, reflexiona sobre la violencia

Una turbadora reflexión sobre la violencia humana, donde subyace una belleza inédita y oscura. Así son los versos de Manuel García Pérez: contundentes y sin tapujos.

Originalidad, riesgo y rigor caracterizan esta nueva obra de Manuel García Pérez, no exenta de perspicacia y sensibilidad. Este poemario nos remite a un mundo peculiar en el que conviven percepciones intensas, abundantes lecturas e historias verídicas que escuchó en palabras de su abuela materna cuando todavía era un niño.
Viene a ser, pues, una continuación de su libro anterior, Luz de los escombros. En Las exploraciones, el autor profundiza en la temática social, pero sin incurrir en fechas ni nombres. Realmente no hay una denuncia digamos explícita.
Este poemario está dividido en cuatro secciones, en las cuales, el tiempo pasado y el tiempo presente quedan hilvanados con maestría, al igual que el escultor moldea sus figuras a medida que pasan los años.
Al inicio del poemario nos encontramos con una cita de George Steiner, reconocido escritor cuya obra tiende precisamente a las exploraciones con tintes filosóficos: “¿Puede una voz humana proyectar/ una sombra enorme y deprimente?”.
En “SENTIR LAS FIGURAS”, que da título a la primera sección del libro, leo con interés el primer poema, ya que el autor logra captar la atención del lector: “Hay una virtud creativa en esta capacidad para ocultar, una técnica aprendida, unos instrumentos… La escritura es una forma de excavar…Asesinamos porque se aprende inmediatamente y parece puro”. Evidentemente, en estos versos que expongo se establece una relación entre “escritura” y “asesinato”, ya que es imposible conseguir en ambas circunstancias la máxima perfección.
Y no por casualidad, la segunda sección, LOS ASESINATOS, va precedida por una cita del poeta Miguel Veyrat, con quien el autor mantiene una entrañable amistad. Dice así: “Leamos sin cesar la página en blanco del loco”. Difícil situación cuando nos adentramos en los entresijos de la poesía, repleta de símbolos y sentimientos que a veces nos resultan ajenos por su naturaleza intransferible. Y lo expreso así porque la poesía de Manuel García Pérez no es apta para lectores que se conformen con poemas de fácil lectura. Aquí no hay lugar para la sensiblería y el sentimentalismo: “Ordénale que te siga/ y guarda bajo la lengua/ una bala/ por si descubres al traidor/ en el reflejo de los aljibes”.
Y ahora paso a la tercera sección y su ocurrente título LLÉVAME A LA IGLESIA, de donde destaco estos versos pertenecientes al III poema: “La mujer se sumerge en la turba. / El cuervo se agita/ y el tizne se clava en la pupila. / Alguien reza un ángelus”. Tanto en este poema como en la mayoría que componen Las exploraciones, la mujer ocupa un papel importante. En ellos se denuncia el abuso de poder y la violencia de género.
Para dar muestra de la cuarta y última sección, EL ACONTECIMIENTO, cito estos versos que corresponden al VIII poema: “Uno logra huir de la emboscada. / Al cielo le da lo mismo salvar a muchos o a pocos/ con tal de que suenen las trompetas/ y los perros no ladren las pérdidas”. En estas impactantes palabras el cielo queda personificado en un ser que muestra una total indiferencia ante la crueldad y la injusticia. Y en estos del IX poema: “Arrastra el aguador los pies hasta la acequia, / una violenta luz depura los márgenes”, logra el autor una imagen desconcertante a través de la figura del aguador, desaparecida hace años. Debe tratarse de un recuerdo que guarda Manuel García sobre las historias que, como he comentado al principio, le relataba su abuela materna.
Luisa Pastor nos inicia en estas laboriosas y recapacitadas exploraciones con un breve prólogo  sui géneris, bajo el bellísimo título La zarza encendida, con cita del filósofo e historiador británico R.G. Collingwood, que dice: “… el artista debe profetizar”. El comienzo de dicho prólogo es una advertencia al lector: “Algo debe saber todo aquel que se aventure a explorar el inquietante mundo poético de Manuel García, y es que ha de hacerlo a ciegas, en la extrañeza”.
Por último, quiero resaltar las ilustraciones de Roberto Ferrández Gil: dibujos expresionistas muy sugerentes, como la desolación de un árbol sin hojas cuyas ramas desnudas parecen raíces aéreas, o la amenazante mirada de un gato negro en medio de un camino.

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Ada Soriano

Ada Soriano

Poeta y escritora. Nacida en Orihuela en 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Autora de dos plaquetas y cinco libros. El último, Cruzar el cielo, ha sido editado recientemente por la editorial Celesta. Colabora en MUNDIARIO.