Festival de guitarra Ciutat d’Elx 2014

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CONCIERTOS

 

 

Intento de aproximación al misterio de Michael K, por Javier Puig

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He indagado mucho sobre la novela de J. M. Coetzee, Vida y época de Michael K, sobre su simbología y, aunque queda mucho por descifrar en mis reflexiones, no puedo dejar de pensar en ese hombre que busca la libertad personal que el mundo le niega. Un hombre, Michael, que declara a la tierra como amiga y madre, en la que sobrevive con sus manos y su pobre intuición. La realidad humana que contempla es una realidad movida por la violencia y la usurpación. La naturaleza avanza pese a todos los que en ese país son arrumbados y estigmatizados por las consecuencias de la contienda”

Manuel García Pérez

Michael K es un personaje inolvidable, del que tengo la sensación de que ha estado incrustado en mis dudas desde siempre y se ha exteriorizado ahora, en la magnífica novela de Coetzee. Es un joven que ha nacido a una vida que le resulta adversa. Su labio leporino, su limitada inteligencia, la falta de estímulos y apoyos lo han convertido en un ser peor que insignificante: risible. Tras un infernal periodo de burlas y maltratos en un internado para niños deficientes, sufrido resignadamente desde la velada intuición de unos sabios motivos argüidos por su madre, había conseguido emerger a una vida relativamente más libre. Había obtenido un puesto de jardinero en el que se sentía realizado, ajeno a la humillación de la pobreza infligida por los empleadores, los suyos y los de su madre. Pero la guerra civil del país en el que existe, Sudáfrica, lo altera todo.

Michael K, junto a su madre enferma, inicia un periplo de huida. No se siente partícipe del mundo que lo rodea. Su marcha es un empecinamiento, un débito amoroso hacia su madre, y una imperiosa sed de independencia. K avanza mirando la tierra. Los demás se mueven por una lógica que él no comprende, por una aclimatación al mundo que detesta.

El narrador nos relata la peripecia de Michael sin ahorrarnos todo su dolor físico y mental, su ingrata obcecación, su oscuro deber, lejos de cualquier contrastación. La vida es sufrimiento. El ser humano lleva integrado en su cerebro un renovado germen de insatisfacción, la predisposición al temor, a la decepción, a la disconformidad con lo que le atañe. En Michael está exacerbado ese dolor y además no sabe cómo resarcirse de él, no se le ocurren los compulsivos placeres o las argumentadas justificaciones. Su entorno de miseria, de sumisión, carente de estímulos, no le ha ayudado a saber cómo compensar sus cortos alcances intelectuales.

Muerta su madre, en su camino de vuelta al mundo que añoraba, Michael K debe tomar las riendas de su destino. No se desliga del todo de ella: su meta es llegar a la granja donde supuestamente ella vivió sus mejores años, enterrar allí sus cenizas. Pero, ahora más que nunca, ansía la soledad, la independencia. Quiere vivir solo, ajeno a unos acontecimientos sociales de los que no quiere participar porque no son suyos, porque no los siente; quiere vivir a salvo de ser utilizado como un insignificante sirviente, estar exento de tener que agradecerle su vida a nadie. La única forma posible es huir hacia los territorios abandonados, subsistir a partir de lo que la tierra, la fauna, puedan darle. No le importa tener que vivir como un animal un poco más evolucionado que las cabras a las que persigue, que huyen de él, despavoridas, sin pensamientos.

Pero vivir aparte es difícil. Alcanza la granja donde supuestamente se crió su madre, desde hace mucho tiempo abandonada, pero la llegada del nieto del dueño, un desertor que enseguida se arroga una posición dominante, le hace huir. La desnutrición, la enfermedad, le acompañan. Es internado en un campamento en el que, sin derechos, sin iniciativas, sin libertad para salir, por su trabajo se le ofrece la posibilidad de la supervivencia. Encuentra a un hombre que lo aprecia pero no lo comprende. K, enfrentado a la mirada de los demás, siempre piensa de aquel que lo observa: ¿qué verá?, ¿qué pensará de mí? Es como si le sorprendiesen las reacciones que los demás tienen ante él, sus observaciones que le parecen extrañas, como distorsionadas por la imagen de sí mismo, real, pero obstaculizadora del acceso a quien es él verdaderamente.

Michael no siente que tenga su lugar entre los hombres, porque estos no podrán nunca devolverle algo que le corresponda íntimamente. No saben que sus momentos de felicidad, de innominada gratitud están siempre relacionados con la tierra. Es un ser que se aplica una ascética que no fuerza, que simplemente está incluida en su sed de indolencia, en la entrega de su ser al tiempo. De lo que huye es de la invasión del mundo en su vida, de la música que sonaba despiadada en el internado, esas formas de vida construidas e impuestas por una sociedad enloquecida. Cuando se le interpela sobre su implicación en el mundo, él contesta: “yo no estoy en guerra”. K quiere preservar un ámbito propio, un sufrimiento que quiere privado.

Michael, huido de ese campamento, retorna a la granja abandonada. Ya no está el nieto del dueño. Intensifica sus labores de supervivencia, su camuflaje para no ser encontrado, crea un huerto que se esfuerza en ocultar. Pero no es suficiente. Un día es atrapado por unos soldados y conducido a un campo de reeducación. Nadie puede entender que su vida no esté imbricada en la de nadie más, que no forme parte de ningún bando. Allí, exhausto de su malvivir, le atiende un enfermero que, por las circunstancias, ha de ejercer de médico. Es un hombre que empieza a preocuparse muy especialmente de él. A partir de este punto, el relato que se nos había presentado desde la visión de un narrador omnisciente, esforzado en la persecución de los inhóspitos recorridos de ese hombre, dispuesto a descubrir su simple interioridad, en comprender la batalla por su liberación personal, pasa a estar narrado en primera persona por este nuevo personaje. A partir de ahora, la insuficiente intromisión en su naturaleza, se convierte en la parca visión de un hombre sensible pero limitado por la mera y muda actualidad de un personaje que no se deja conocer.

Para este enfermero, Michael es un enigma. Quiere creer que su existencia posee un significado oculto. Pero él no puede sino verlo desde fuera. Lo aprecia pero insiste en llamarle Michaels en lugar de Michael. No es este un síntoma menor de la deformación a través de la obligada y adulterada perspectiva exterior que impide una comprensión no sesgada, liberadora, un verdadero reconocimiento del otro, una actitud de leve sugerencia que sustituya a las acciones exigentes. Aún sin comprenderlo, pero instruido por sus negativas a la colaboración, de aceptación de una ayuda que lo convertiría en un ser integrado en un mundo que no siente como suyo, intuye que debe dejarlo en libertad, infringir su disimulada tarea carcelaria. Se obsesiona con él. Le duele que su forma de ayudarlo podría ser abandonarlo a la indigencia, a la soledad; concederle ese camino hacia la muerte que no es suicidio sino vida purificada de cualquier argucia social.

Pablo d´Ors, en su Biografía del silencio, sostiene: “toda ayuda a cualquier tú es puramente voluntarista o superficial hasta que no se descubre que yo soy tú, que tú eres yo y que todos somos uno. Lo más acertado parece ser, en consecuencia, dejar que el otro sea lo que es. Creer que uno puede ayudar es casi siempre una presunción”. Y sé que – a pesar de la verdad que presiento en esas palabras – he de rebelarme algunas veces contras esas afirmaciones, que es difícil no favorecer en el desvalido un alivio que, aunque insustancial, lo salve, a nuestra manera – la que conocemos -, de una parte de su tiempo; que es doloroso capitular ante el impulso de intentar favorecer en el ser querido el alcance al que no tiene acceso en su tenaz limitación.

Es difícil ver lo que es – y lo que quiere ser – Michael k. Unos lo ven con indiferencia, otros como oportunidad para la irrisión; los mejores como objeto de caridad, como ejercicio de lástima. Nadie sabe quién es verdaderamente, qué se puede esperar de él, cuál sería la forma de bondad o qué grado de indiferencia resultaría liberatorio. Michael K es una forma de ser hombre, probablemente más propicia a la infelicidad, pero tal vez igualmente cumplidora de un designio indescifrable.

LA LUZ RIDÍCULA , Pedro Serrano.

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El orden de cada objeto en su espacio

establece la pauta para que el esfuerzo no se realiceluz oscura 

en vano.

 

Los vasos tienen que estar en el fregadero

para ser escurridos sobre un trapo,

y los zapatos a la entrada de cada habitación

como signo innegable de que hay vida

más allá del comedor.

 

El amor, se puede situar a los pies

de la cama, a la espera de que el otro

acuda al wáter a medianoche.

Y respire.

 

 

 

La luz y el lobo, por Francisco Gómez

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la luzla luz y el loboLa luz. La luz es misterio. La luz es inconcreta, palpitante. La luz no es privativa. Invade todas las estancias aunque tú trates de esconder tu memoria y tus miserias de tu presencia. Parece como si quisiera acompañarte, como si quisiera decirte que estás menos solo de lo que tú piensas, como si quisiera demostrarte el rastro de tu inocencia que aún conservas en los pliegues de tu cuerpo.

La luz no te engaña. Es tu compañera en las rutas de la soledad, la deseada y la impuesta. Tú quieres escaparte de ella. No quieres sentir su cálida presencia. Presientes que no la mereces, que deberías descender a los infiernos si las autoridades estiman que aún existe. Que deberías escapar de las sonrisas de los niños, de los corros benefactores de las abuelitas a la caída de la tarde cuando se cuentan sus batallitas, de los buenos trabajadores que al fin de su jornada beben su ganada cerveza en el bar de la esquina, de las mujeres en la plenitud de su sensualidad.

Eres el lobo. Sediento, hambriento, desesperanzado, miserable. No quieres saber nada de la luz, no deseas que te haga ninguna propuesta. Rechazas que te plantee cualquier tibia secuencia con sus halagos térmicos.

No quieres saber nada de ella. La luz es claridad y tú vives en el reino de las sombras, unos metros por debajo de la aparente realidad, allí donde se esconde la suciedad y el envés de los días. El lobo busca la noche, negación de la luz. El lobo es el perdedor de las rutinas, el quebrantador de las convenciones. La luz busca al lobo. El lobo se esconde de la luz. Huye entre casas cerradas, ventanas calladas, postigos huidizos.

El lobo fue luz. Ahora es penumbra. A veces echa la vista atrás y recuerda con nostalgia cuando otras tardes doradas y mediterráneas la luz le besaba la cara y las piernas, el cuerpo inocente de los desastres futuros.

Y entonces el lobo aúlla su desconsuelo.

La luz aparece y le sonríe.

ACANTILADO, Julián Montesinos Ruiz

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Las palabras nos refrescan los ojos, en un día bochornoso como hoy.

El poema de Julián nos acerca al vértigo de la felicidad.

montesinos

casa

Imaginad el alma

como una casa con las ventanas abiertas

al borde mismo de un acantilado.

Los pájaros atraviesan los cuartos,

crecen las flores en los jarrones,

la hiedra avanza sin rumbo por las paredes,

las sillas siempre libres

para quienes deseen sentarse y escuchar

las eternas preguntas de los hombres.

 

Imaginad que a ese lugar llegan los trenes

con sed de encuentros y dolor de ausencias,

y se oyen también

las palabras aún vivas de quienes se marcharon,

una honda letanía

que se funde con el húmedo viento.

 

Imaginad que en esa casa no existen puertas

y los cuadros proyectan

hasta el infinito los rostros y paisajes

que son la memoria de nuestra vida.

 

Sabed que para encontrar la paz

bastaría con vivir para siempre

en esa casa abierta

al borde mismo de un acantilado,

entre cielo y vértigo,

y ser pájaro, flor, paisaje y tren.