Libros: la búsqueda infinita, por Javier Puig

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Libros

En la última edición de “Aula de poesía”, en Orihuela, el poeta Ramón Bascuñana hizo un comentario que, no por ya sabido, me dejó de parecer terrible: que cada vez le costaba más escribir algo que no sintiera como ya dicho y también descubrir una lectura nueva realmente destacable. Hoy me referiré a la segunda de las dos sombrías constataciones, que es la que he padecido – no por primera vez, aunque siempre brevemente – durante las últimas semanas.

Leyendo se consiguen cimas de placer pero también es necesario atravesar, de vez en cuando, hondonadas de tedio. A veces, cuando uno menos se lo espera, saltan las páginas inolvidables, pero también ocurre que, por el contrario, en las más prometedoras, encontramos marchita la llamada. Es mucho lo que uno espera de los libros, consecuencia de lo mucho recibido de ellos. Pero lo que los libros dan depende de aquellas calidades que demuestran y también de nuestro momento receptivo, del de nuestro historial como lectores y del no menos importante espacio vital en el que nos encontramos.
Me pasa a menudo que devuelvo a la Biblioteca libros sin terminar, abandonados en un acto de lúcida decisión o de reconocida impotencia. Otras veces, los devuelvo sin tan siquiera haberlos empezado, debido a la alerta de una frustrante lectura anterior demasiado afín a la que me temo que sería la nueva. Los peores casos son aquellos – pocos, menos mal – en que sacrifico mi tiempo, a cambio de la obtención de unas escuetas gratificaciones, y logro terminar el libro (siempre que no supere las 200 páginas), después de una masoquista confirmación de sus deficiencias. Repasando las libretas donde – desde hace ya catorce años – anoto los libros que voy leyendo (con el añadido de algún escueto comentario) compruebo que hasta hace algún tiempo el nivel medio del que disfrutaba era bastante superior al actual. Con estas comprobaciones, me veo tentado a pensar que lo mejor que podría hacer es dedicarme a releer; algo que, hasta la fecha, nunca me ha decepcionado.
Entre los libros que me han frustrado hay muchos muy prometedores, de autores muy valorados. Pero también reconozco que, por su extensión, por su morosidad, por su ardua temática, hay bastantes que no se avienen con su inserción en mis días laborables. Aunque, en algún caso, su lectura en tiempos más descansados y amplios, esa facilidad, podría resultar contraproducente, inclinándome a malgastar mi tiempo en obras demasiado prescindibles.
Cuando un libro me decepciona, me produce sentimientos opuestos: o bien, un conato de odio contra su autor, si considero que lo que tengo en mis manos es una repugnante impostura; o cierta compasión, cuando me encuentro con autores que antes han logrado ser excelentes y ahora ya no pueden repetir esas cumbres; o, a veces, es una simple sensación de desencuentro, de intuir que ese libro, ahora agobiante o resbaladizo, en otra situación me podría resultar gratamente abordable.
Reflexiono ahora sobre esto porque, en las últimas semanas, me he enfrentado a dos libros que no me han gustado. Primero tomé la última novela de Andrés Trapiello: Ayer no más. A este autor lo sigo hace mucho en sus magníficos diarios. Sus artículos semanales son bastante correctos, aunque, algo oprimidos por el escaso espacio que le ceden, resultan un poco ligeros de más. Su poesía no me emocionó particularmente. Sus ensayos son muy interesantes, aunque con un no sé qué de desorden, de aparente imperfección. De sus novelas, una me gustó: Días y noches; otra la abandoné por no sentirme implicado en absoluto en su historia: Los confines. Es lo que me ha pasado otra vez con Ayer no más, que me estaba pareciendo una historia demasiado perceptiblemente premeditada y que me transmitía muy poca autenticidad. La sentía como una novela oportunista, tocando el tema de la Memoria Histórica, aunque si bien es verdad, con un loable empeño de ser ecuánime. Pero tal vez, mi incapacidad para disfrutar esta novela se base en ese tratamiento fragmentario que da voz a cada uno de sus personajes, con la consiguiente merma de un lenguaje literario de calidad y sin tampoco acertar con un tono más popular que se me hiciera entrañable.
El otro libro que me ha resultado muy por debajo de mis expectativas, pero que he leído hasta el final, ha sido Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Tiene doscientas páginas, pero me parece que le sobran más de la mitad. La idea, que es buena, poética, la contemplación del fenómeno de la lluvia de estrellas del día veraniego de San Lorenzo, metáfora de todo lo importante, lo querido, que se va perdiendo en la vida, está exprimida hasta difuminarse, quedando tan solo un desvaído intento de nostálgica aproximación a los giros, las ampliaciones, los ciclos que contiene la vida. A veces tengo la sensación de que los escritores se sienten llamados a escribir novelas, que es lo que demanda el mercado, y las construyen con cierta aburrida profesionalidad. Los consagrados viven de rentas y saben que siempre van a ser publicadas sus obras, pues hay muchos incautos que, por una anticipada reminiscencia, comprarán sus novedades. Es una lástima que el autor de La lluvia amarilla, novela que hace muchos años me pareció hermosa y muy intensa, se prolongue ahora en esta, algo pobre y muy estirada.
Y, para ir saliendo del hoyo, un libro desigualmente conseguido, a ratos anodino, en otros momentos estimulante, aunque siempre muy bien escrito, con una prosa que resalta y eleva lo cotidiano. El libro se llama No ficción, es del 2.008 y el primero que leo de Vicente Verdú. Está formado por pequeños relatos autobiográficos. Se agradece ese elaborado acercamiento a lo real, aunque lo que nos ofrezca no sea lo que llamamos agradable. Las experiencias, las sensaciones que consigna, nos hablan de enfermedades, de adicciones, de una incomunicación persistente, de desmitificaciones. Resulta duro asomarse a un panorama tan poco gratificante. En este caso, la mirada egocéntrica no es laudatoria, ni autoindulgente, ni tan siquiera reprobatoria, sino simplemente testimonial. Me parece un libro honesto, que es, a fin de cuentas, una de las más importantes características que espero.
Debe uno estar alerta ante el ofrecimiento – siempre con lisonjeras solapas y serviles críticas en lo suplementos literarios – de libros de los que se termina con la sensación de que no hubiera pasado nada si se hubieran abortado. Aunque naturalmente mis impresiones no tienen por qué coincidir con las de otros. Ni las de casi nadie servirán apenas para tiempos venideros, pues la mayoría de lo que gusta hoy resultará poco apreciable dentro de unos años.
Quizá parezca una pequeña profanación ponerse a hablar, en las proximidades del Día del Libro, de novelas frustrantes; precisamente ahora, interrumpir la espontánea costumbre que he seguido de escribir solo acerca de obras que he admirado. Pero, para que cada vez sea más fácil tropezar con libros decepcionantes, es necesario haber leído mucho, acumular títulos y miles de horas disfrutadas. A los buenos libros que quedan por descubrir no hay que dejar de buscarlos nunca.

Espectáculo Audiovisual, David Matuška Olzín, Estaciones

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EL CHICO QUE VINO DEL ESTE AL SUR- ESTE
(CON UN POEMA EN LA MOCHILA)

Este breve texto lo escribo al recibir un correo electrónico con unos pocos datos y coordenadas geográficas que despiertan en buena parte mi interés por lo raro:

“Querido Pedro,
después de haber escrito tantas estupideces, he llegado a esta conclusión:
Todo lo que adjunto en el archivo de word son chorradas irrelevantes.
Di que soy traductor intérprete y profesor de idiomas, escribo poesía, que toco el bajo y compongo música.
Viví en varios países, hablo varios idiomas, alguna chorrada de Matuška Project.
La primera vez que presenté mi poesía de esta manera (trovador o cómo lo llamemos) fue cuando tenía 16, y desde entonces, con muchas pausas largas he actuado en la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Eslovenia y España.
Algo de Letras de Elx en la calle habrá que decir, pero poco.
Y explicar que el epectáculo está dividido en cuatro partes, cuatro estaciones del año, tal como las solía vivir yo. Empiezo con otoño y termino con verano, porque al espectador lo cargo desde el principio para luego ir aliviándolo. Esta vez uso las bases previamente grabadas con varios músicos tanto locales, como internacionales, colaboradores de M.P. y algunas bases hechas por el DJ Monster Dunk.
El bajo y la voz van por supuesto en directo.
Las imágenes a cargo de Dani Vargas, guitarrista y colaborador habitual de M.P.(Dan solutions)
El sonido: José Manuel Maldonado (Maldo), percusionista de M.P. y técnico de sonido del estudio de grabaciones Eurotrack.
Ya está…
Te agradezco que me escribas algo y que no sea muy largo.
Y mándamelo en cuanto lo tengas, por favor.
Saludos y gracias”

Lo primero que hago es ponerle cara al nombre que encabeza el correo, pero me es dificilísimo hacerlo por lo que inicio la búsqueda en internet y esta me lleva a la ciudad de Karviná, en la república checa, donde unos cuantos polacos en minoría se educan al amparo de la industria minera, y aún voy mas allá, en la hemeroteca de la ciudad me encuentro el nombre de David Matuska Olzín asociado a una  nota de prensa que no puedo traducir porque me suena a chino, pero que me da a entender que su propuesta en el escenario no es solo la de tocar el instrumento del bajo sino también la de leer textos o poemas supuestamente escritos por él, aunque el chico de la foto con esa melena larga y  rizos en pose de cantante folk evidentemente  no me aclara su rostro actual.

Siguiendo otras pistas, me pongo en contacto con una emisora que da noticias de la república checa en español y averiguo que este personaje aparece en el mundo en 1976, siendo todo un misterio el que sea conocido en su región como  el músico poeta al que no se le atribuye ninguna leyenda que tenga que ver con su infancia. Es más, amablemente me dicen que lo excepcional de su historia se puede leer en su trayectoria laboral: peón, panadero, jardinero, minero, cocinero, telefonista, comercial, conductor, agricultor, community manager, actor, periodista, músico, vendedor callejero de poesía, experto lingüista, traductor, intérprete jurado y profesor de idiomas.

Pero quiero ir más lejos y trato de preguntar a gente conocida de su entorno sobre la obra de este hombre que al parecer reside en estos momentos en nuestra ciudad. Y lo consigo, algunos datos van surgiendo, aparte de haber publicado tres poemarios en su país, saca una edición de EL VIAJE DE OLZÍN / OLZÍNOVA CESTA en agosto del año 2010 y expresa en ella con talento visual un viaje extraordinario que llevó a cabo por el sureste de Europa donde las palabras oídas en la calle fueron recortadas y pegadas en el libro. La tirada limitada del mismo trajo consigo no poder optar a conseguir un ejemplar entre mis manos.

Creo que voy a finalizar este recorrido con la misma duda que tuve al principio, qué cara le pongo a este chico del este que vino al sureste con un poemario en la mochila, qué cara… qué cara … joder …

PARA QUE SE ENTIENDA EL ESPECTÁCULO O YA NO SE ENTIENDA JAMÁS.

David Matuška es checo, un auténtico cabeza cuadrada del Este, dice de él nuestro común amiguito Javi, tan dado a los estragos; monta en bicicleta y suele vestir con prendas informales acorde con el dictado de sus ideas. Se le puede conocer a través de su blog o accidentalmente en la barra de un bar consumiendo una cerveza. Su voz y su bajo suenan siempre en directo, y como los recortes solo perdonan a dios y a sus seguidores, está obligado a ejercer de trovador en este escenario como si su vida entrara directamente en un bucle.

El juego que os presenta hoy consta de cuatro partes que están directamente relacionadas con los ejes de rotación de la tierra, así durante el espectáculo os intentará hacer sentir sus propias emociones checas inclinadas sobre el eje de traslación del planeta que según el artista le han ido influenciando en mayor o menor medida.

El viaje os llevará de la estación de los suicidas, hasta las noches tórridas bajo los cielos estrellados. Es posible que el primer efecto secundario os haga sentiros incómodos, pero a lo largo de este periplo estirareis los brazos y las piernas en señal de alivio o posiblemente por un largo y sereno aburrimiento diagnosticado en ese preciso momento.
Esta vez el artista  usa bases previamente grabadas de músicos del mundo, que intercala con su voz en directo. Y lo más extraordinario, el espectáculo está relacionado con el lenguaje poético. Es decir, con las emociones que nos sobrecogen en algún momento del día.

PEDRITO SERRANO.

La senda, por Francisco Gómez

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caminosA mi padre Francisco Gómez Bermúdez

 

El polvo del camino conocía a la perfección todos los pasos recorridos hasta la fecha. Los madrugones cotidianos cuando las calles amanecían vestidas de silencio y sus únicos compañeros eran los ladridos de algún perro aislado o algún coche fugaz que, como él, buscaba las primeras luces del alba para volver a la rutina del trabajo. Un día y otro y otro más y el siguiente y el de más allá y así cuántos años continuados. Las agujas del reloj impertinente marcaban inmisericordes las cinco en la habitación dormida. Sus ojos ya velaban desde minutos antes que el pitido acusador entonase su serenata. “Pinto levanta tira de la manta. Pinto cabrón saca el capuchón”. Tocaba diana y comenzaba la monotonía laboral diaria. El hombre a la búsqueda honrada de su trabajo, el íntimo orgullo  de ganar el pan con el sudor de su frente para los suyos, el esfuerzo callado en jornadas de trabajo agotadoras de hasta doce horas de permanencia en el puesto, sin tiempo apenas para mear. Los veinte minutos contados de almuerzo con la sonrisas cómplices de sus compañero, la bota de vino, las cervezas, los bocadillos de las bolsas de deporte de la Olimpiada 92 o las marcas pulicitarias del momento. El sevillano diciendo a voz en grito: ¡Quien no quiere a Betis no quiere a su madre! Pedro rastreando los restos del banquete currante pues la paga esta fundida desde hace días por asuntos del bebercio y además de se veía obligado a dormir en los palés a falta de monea para alquilar cama en una pensión vecina. Todo esto y más recordaba cada alborada cuando sus pasos, ya limpios de sueño, ya prestos a la rutina del quehacer laboral, cruzaban la avenida para dirigirse a la senda entre palmeras que custodiaban la vigilia de sus sueños entre ramas espectadoras de los zafarranchos de sus hijos al abordaje de un bajel pirata en la Tortuga o atravesando lianas en las selvas del Orinoco al conjunto de los gritos de la noche. Subir y bajar una y otra vez los terraplenes, las costeras, los meandros del camino, sortear los suelos embarrados tras las lluvias bienhechoras para encontrarse con la cancela de la fábrica. el vigilante somnoliento a la espera del cambio de turno. Bruto, el noble pastor alemán, de hocico afilado, orejas altivas y mirada desafiante a los extraños, moviendo la cola nada más adivinar su presencia. El can, descendiente de otros compadres suyos de raza en La Legión (nombre otorgado por los currantes de la mítica fábrica de producción de suelas de caucho), intuía a las primeras de cambio cuando se acercaba él, con las sobras de la comida del día anterior para que Bruto celebrara un festín digno de reyes. Se conocían desde tiempo. Respetaban sus papeles en La Legión. Él, cilindrero de profesión, cortador de planchas aunque también manejaba el funcionamiento de los bamburis, las prensas, el lacao, la lija. Bruto, permanente defensor del orden y la propiedad de aquella silueta productiva, situada a cientos de metros donde la ciudad dejaba escapar sus últimas  credenciales Mientras se dirigía por la senda a La Legión, se preguntaba cuántas manos había salvado de caer mutiladas, cuántos  brazos amputados en accidentes laborales intencionados o no. Como aquella vez que un joven le preguntó si las cuchillas del cilindro cortaban mucho.  A lo que él respondió que podían “merendarse” a un hombre. El insensato, ni corto ni perezoso, introdujo la mano por la abertura de la máquina. Tuvo que pegar un frenazo al mecanismo para evitar la deglución del loco. Luego la pelea y la trifunca consiguiente y su amenaza posterior de no trabajar más con aquel aspirante a manco. Su decencia de hombre trabajador mientras recorría la senda. Esa misma dignidad, cuarteada a través de los años de experiencia y trato con compañeros de fatigas, le impedían convertirse en encargado del turno, “por no volverme el chivato de mis compañeros ante los jefes”. ¿Pero trabajaría menos? “tendría que decir si mis amigos cumplen más o menos”. “No,  muchas gracias por acordarse de mí. Otra vez será”. Bien mirado por el ingeniero, el químico, el gerente don José. “Usted cumple y sabe trabajar en todos los puestos de la fábrica”. Y si lo llamamos  para que haga horas extras los fines de semana o festivos, usted viene. Muy bien, Francisco. Esa senda que había recorrido miles de veces, que había desgastado tantas zapatillas, que había conocido tantos monos de trabajo, le permitió en su afán repetido comprar una casa, luego vender ese piso y adquirir otro más grande, hacerse con un cohce y cinco tahúllas en las Vallongas. El campo era su contrapartida a las máquinas. Sabía cuando la tierra era buena o mala para el cultivo con solo verla y tocarla, si amarraba bien el agua, si tenía nutrientes, si brotaba la mala hierba. Cuando se debían plantar los tomates, pepinos, alcahofas, melones En qué momento sulfatar los melocotoneros, los olivos centenarios y de tronco arrugado por sucesivas primaveras. El momento idóneo para podar los almendros, los perales, los ciruelos. El tiempo exacto para abonar con basura la tierra hambrienta. Alzaba su mirada y sabía cuándo los cielos lloverían su cántico sobre los hombres, en qué momento serían cómplices de sus inqietudes celestes. Todo eso y más se lo había regalado la senda como fruto de su empeño diario. Hoy volvía a mirarla cuando el cabello le peinaba destellos blancos y las arrugas y el rostro marcaban una ruta vital por la piel y le costaba reconocer a su amiga, su compañera de alegrías y penurias tantos días andados y desandados. El caminar del tiempo deja sus huellas en todos los espacios. Aquel camino jalonado de polvo y repechos, de matorrales y esparragueras, de pedruscos y terrones se antojaba hoy irreconocible. El asfalto había invadido el territorio, las construcciones de un instituto y una cercana universidad fragmentaban su silueta en rocodos apenas reconocibles. La Legión, con su arquitectura blanca de la resistencia, tenía los días contados. Sus compañeros de faena o bien habían emigrado a otras latutudes laborales o bien como él, se habían jubilado, o bien currantes del Magreg o de más allá del Atlántico les  habían sustituido en sus puestos del cilindro, el bamburi, las prensas y las calandras. “No hay  nadie insustituible”, pensaba. Cuando el ingeniero o el químico, incluso el propio gerente le pidieron que retrasese su jubilación pues “usted todavía puede trabajar y más que muchos jóvenes”, volvió a repensarse las palabras  halagadoras, que ahora sonaban vacías. Otro había venido a sustituirle y por menos precio, menos prima y menos antigüedad. Sólo echaba de menos aquel olor a caucho quemado, a proceso de fabricación en cadena, al murmullo de sus compadres, las bromas en el comedor, los intentos de huelga para elevar el salario. Pero sobre todo la impresión de que aquel esfuerzo en la Legión valió la pena. Desde el mirador de los días presentes sentía que había vivido y aún quedaba camino por recorrer.

Manuela, por Javier Cebrián

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manuela

 

(Texto leído por Javier Cebrián en la presentación de la novela “Eternamente Helena” de Manuela Maciá, el 16 de junio de 2010, en el Salón de Acos del CEU San Pablo de Elche)

 

Manuela, bonita, ya sabes, donde hayas pasado el verano, pasas el invierno. Y digo esto porque Manuela nunca está. La llamas y nunca sabes si contestará desde Mallorca o Cádiz o Berlín o Kyoto… de hecho hoy está aquí porque se lo ha permitido su agenda. Porque ha podido espaciar sus compromisos viajeros para conseguir, en medio de ellos, colocar la presentación de su novela.

Creo que envidio a Manuela desde el principio, desde 1985 aproximadamente, y no precisamente por sus viajes, por eso en absoluto, la envidio desde mi incapacidad literaria para la narrativa, el mero hecho de que alguien sea capaz de escribir una novela me parece asombroso, más aún si lo hace con la capacidad que lo hace mi amiga, con esa pulcritud, con su prosa limpia y transparente. Una prosa de los sentimientos como ella dice. Sí, envidiaba a Manuela en su día cuando la conocí y leí sus cuentos tempranos, cuando publicamos juntos en 1987 un libro de relatos junto a nuestra querida Isabel Beltrán, y la sigo envidiando ahora que el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert le publica ETERNAMENTE HELENA,

Eternamente Helena de Manuela Maciá editado por  IAC Juan Gil-Albert 2010

Eternamente Helena de Manuela Maciá editado por IAC Juan Gil-Albert 2010


 y entre otras cosas, también la envidio por eso… expresamente.

A mí me gustan mucho las citas, y citaré, para referirme al insufrible Cirilo Belmonte, personaje principal de la novela de Manuela, a WILLIAM S. MAUGHAM, quien dijo que “el amor más duradero es el amor no correspondido”. Pero, en quién te has inspirado, Manuela, pa retratar a alguien tan apocado, cobarde y sentimental, ¡joder!, menudo mamón y encima poeta y feo, vamos como casi todos nosotros, espero que no te hayas servido de tus amigos poetas para crear al tal Cirilo.

Además de envidiar a Manuela también la quiero, desde el principio, y la respeto y admiro como amiga y como escritora y he de decir que está muy guapa al natural y en la prensa, cómo mejoran algunas personas con la edad, ¿verdad querida? con lo feúcha que eras de jovencita.

JAVIER CEBRIÁN 16 de junio de 2010.

 

 

 

 

Invierno, por Francisco Gómez

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Ahora que se acerca el verano con su luz, calor, los días alargados hasta las nueve con su cenit en la noche de San Juan el 24 de junio, las conversaciones hasta últimas horas de la tarde en las terrazas de calles y plazas como rompeolas del ocio ante al tráfago y la competitividad inhumana, las vacaciones de los niños en el colegio y de los jóvenes en los institutos de la “city”, las ansiadas vacaciones para escapar fugazmente de la rutina diaria, los helados y horchatas, las escapadas a la playa o las estancias en el campo o en el apartamento en la mar hasta el futuro y lejanísimo septiembre, ahora mi corazón se está vistiendo de un invierno pavoroso, terrible, oscuro, incierto.
La vida me regala su racimo de vulgaridad y rutina diarias, la monotonía de los comportamientos repetitivos y mecánicos. Y asoman a mi vera un vacío de esperanzas que ya no sé si voy a llenar.
Veo a los demás y envidio (maldita palabra que detesto) su felicidad convencional enmascarada. ¿Ya nunca cumpliré los propósitos que me marqué? ¿Se está agotando el proyecto de mis días? ¿Hallaré algún día el huidizo pájaro de los instantes de alegría y felicidad?
Ahora en este invierno veraniego asoma el verdadero rostro del hombre estepario. Aquel que ignora hacia dónde le conducirá (si a algún lado le llevan) sus desgastados pasos, las interminables avenidas y calles desiertas de afecto y amor. Este es el invierno triste y el invierno tapona los trazos de luz que pugnan por entrar en mis costados.
Ya sé poco. Más bien nada. No sé si iniciará una etapa de autodestrucción sin retorno, que a nadie importará, ni a usted, por supuesto, estimado lector que ahora está leyendo. Miro adelante y sólo veo oscuridad, incógnitas vitales, misterio. Desierto. Silencio. Soledad.
Las tardes de los findes ya no se visten para un cine, una cena en el italiano o una escapada a la playa. Las tardes de los fines de semana son compañeras pobres de la desesperanza y el desencanto, esas señoritas tristes que deshilachan el vestido de la aurora. Como el poeta: “Mi corazón también espera hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”, pero ya no lo veo nada claro.
Vivimos en un archipiélago de solitarios en colmena, el triunfo de internete, iphones, ipod, washap, móviles, chats, redes sociales, etc, etc, es el triunfo del mundo virtual ficticio, engañoso de las apariencias y la mentira.
Ejércitos de hombres y mujeres saldrán este invernoso verano a la conquista del amor en pubs, discotecas y chiringuitos playeros varios y la mayoría encontrarán (quien lo encuentre) el polvo ocasional y olvidadizo. Un instantáneo encuentro placentero sin recuerdo. La mayoría de las huestes volverán solas y derrotadas a sus cubícolos para lamerse en silencio sus heridas mientras seguirán chateando en internete, washeando a la búsqueda de sueños imposibles. Gentes escudadas en su desconfianza y sus desastres buscarán entre rostros y cuerpos a la persona deseada que tardará en aparecer o no llegará nunca. Y pasarán los días, pasarán las fiestas, pasarán las vacaciones y todos volverán a sus rutinas, a sus quehaceres, a sus desastres cotidianos tras el largo, solitario e hibernado estío.
Uno se prepara ya para el invierno de su vida, ahora que empieza el verano. El frío empieza en cada calle, en cada beso que no llega, en los abrazos imposibles. La derrota del hombre sentimental es un hecho observable.
Ha empezado el duro, terrible y largo invierno. Preparémonos para soportar el frío.