Jesús Zomeño en “Los Lunes Literarios”

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LUNES 3 DE NOVIEMBRE A LAS 21: 30 H

CAFÉ BAR ZALACAÍN, c/ ENRIQUE VILLAR 13, 03008 MURCIA


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HAY DÍAS, de Francisco Gómez

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Hay días pesados como estrellas,
tan lejanos que no llegamos a ver nada.
Hay días inciertos como enigmas, espadas
en blanco en mitad de la calle
y no nos dicen nada, nadie apunta
a dirección alguna.
Quedamos solos como el niño perdido
en mitad de la noche que grita y grita
y nadie, nada responde.
Hay días luminosos como llamadas
a la esperanza, como diciéndote
que aún todo es posible
a pesar de tu costra de escepticismo
“cuarentenal” y los ojos cubiertos de inmundicia.
Hay días perfectamente perdedores
y sabemos que tenemos todas las papeletas
para ser los últimos de la clase,
los últimos en la tómbola de la casquivana felicidad,
los últimos invitados al banquete de los afectos y las ausencias.
Hay días duros de pelar como diamantes que no dejan tallarse.
Días con el cielo cuajado de preguntasdescarga
y el suelo no refleja respuestas.
El hombre se viste entonces de miedo
y las preguntas lucen como espadas inquisidoras
en el oscuro resplandor de la noche sin cielo ni luna.
El hombre busca y busca y tropieza y tropieza.
No encuentra, no halla sosiego
a sus preguntas.
Las luces entonces repliegan a grises
entreveradas con míseros detalles de azul.
Hay días que el hombre espera una sonrisa
un gesto amable, una palabra buena.
Hay días que el hombre necesita besos
y no las lanzas cuajadas de indiferencia.
Hay días que estallan en la cabeza
y no somos necesariamente buenos.
Hay días incendiados de luz agridulce
con pequeños ramalazos azulados
y quizás no todo sea tan incierto.

Javier Cebrián: “poema confesional”, para la Galla Ciencia

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http://recitales.lagallaciencia.com/search/label/JAVIER%20CEBRI%C3%81N

POEMA CONFESIONAL

Pregonar las goteras que padece
el cuerpo y convertirlas en castillos,
en el ombligo obsceno de este mundo;
es decir, en un asunto de cotorras.

“Sombras de la edad madura”. El Caudal.
Antonio Moreno.

 

Cada mañana soy consciente

de que ya me peino

mintiéndole al espejo,

sin conseguir engañarlo del todo,

camuflando con inverosímiles volúmenes

los claros que, en mi cabellera,

repentinos, se abren paso.

Tengo consciencia además,

con empírico reconocimiento,

de las goteras que se aferran

a este cuerpo mío,

de las sombras que sobre él,

y sobre mí, en consecuencia, se ciernen.

Y le canto, sin remordimiento,

lo que hoy le sufro

o lo que de él me deleito.

Porque en esos pesares

y en esos disfrutes

se arremolina mi vida

por igual o en proporción distinta.

Cada dolor tuvo su goce

o lo tiene…

y al contrario también,

y con ellos acepto

que he vivido, que vivo;

que estoy viviendo…

lo confieso.

Tiene ochenta años, de Alfonso Aguado Ortuño

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Tiene ochenta años y sigue sin comprender la vida.

¿Estamos aquí únicamente para perpetuar

la especie? Y como fuera de noche, bajó la estrella

y le explicó que ella ya no era, que era sólo luz.

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El calor invocó al mosquito. El anciano sintió

su picadura. ¿Por qué lo haces? –masculló–. Succiono

tu sangre –replicó el insecto– para alimentar

a mi futura descendencia. ¿Entiendes la vida ahora?

Torís, 2014

Muertos de hambre, de Elio González y Rubén Tejerina

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