Poemas del corazón negro, de Sergio Gadea Escudero

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“a veces viene la tristeza…”

J. A. Valente.

 

A veces viene la tristeza

con una caravana de acontecimientos

colección Lunara  Poesía 2002

colección Lunara Poesía 2002

que no localizo en el tiempo,

pero que me causa dolor.

Y no me avergüenzo

-por intolerable que sea-

de darle cobijo en mi cerebro.

Ella establece la nostalgia

de nombres, rostros, y canciones

que van surcando mi cuerpo.

Ella me va dejando seco y sediento

de palabras.

A veces viene la tristeza

como un murmullo que crece

como los brazos de la hiedra.002

 

 

SOLEDAD

 

Se queja la noche de mi lamento,

comienza el frío de tu caricia,

se encienden los ojos de tanta espera.

Solo de ti muero,

solo de ti escribo.

Lame mi lengua las calles del vicio,

comienza el fuego que ya no temo.

se queja de mi lamento la noche.

solo por ella muero.

 

 

TRISTEZA DE TILogo Lunara 2

 

Tus ojos me capturaron

En el vuelo de la timidez,

Cundo sonaba aquella balada de los desterrados;

Pero no quiero ponerme cursi, niña mía,

Carezco de edad y de ingenuidad para eso.

Tú eres mi Severine cuando te beso

Y suenan los vientos del pecado.

Si hubieras parecido en otro lugar en otro tiempo,

Quizá te hubiera amado como se ama lo

(lo inalcanzable.

Sin embargo es tarde pese a tus redes, y tu

(luz blanca

Solo me ciega , pues vengo de algún submundo,

Y del frío de tantas noches sin estrellas.

 

 

 

 

Cadillac solitario, por Francisco Gómez

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descarga Estaba allí sentado en los contornos difusos del karaoke. Cuando el principio de la noche incitaba a todas las posibilidades.

 Entre sus manos el cinzano rojo sin la chica despampanantemente rubia a su lado. La publicidad es una artimaña como otra cualquiera para agilizar la ausencia.

 La mayoría de las coplas le rozaban la piel sin penetrar su epidermis, entonadas por enérgicos y voluntaristas debutantes desafinados.cadillac_solitario

 La noche olía a soledad y preguntas sin cercana respuesta. La noche apestaba a derrota.

 El cerebro le estallaba en reflexiones como necesidad de otorgarse respuestas y salidas pero cuanto más se internaba en la espesura más perdido se encontraba.

 La noche es mentira y ojos que se miran y deseo aprisionado en unos vaqueros y unas medias. La noche es la selección brutal de las especies que culmina con la proclamación de la aurora.

 Hasta que llegó su turno y arengó su Cadillac solitario y gritó: “Nena” con todas sus escasas fuerzas desde su aguardentosa y etíllica garganta.

 Y la noche volvió a vestirse de sueños y ausencia.

 

Estragos, de Javier Cebrián, por Javier Puig

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Colección le chat poesía, nº 1, mayo 2012

Colección le chat poesía, nº 1, mayo 2012

La buena poesía es el ámbito literario donde resuena la voz más profunda, el detenimiento más significativo. Javier Cebrián, en su poemario Estragos – el último que ha publicado -, logra unos versos de intensa cadencia que contienen esa hondura, esa fuerza expresiva; unas palabras que albergan la suma provisional de las experiencias fortuitas, el inesperado resultado de las intenciones, la alegría que emerge o la mirada de la desolación. Su vocación histórica no contradice la pulsión expectante; su mirada profusa no prevé una conclusión definitoria, sino que busca afirmarse en la inconsistencia de las certidumbres.

La voz de Estragos se oscurece de unas sombras que nos conciernen. Deviene una pequeña variante de nosotros mismos, representa al hombre que habla de su ser más continuo y del mundo emocional que lo circunda, de la transitoriedad de las resistencias. Parte de un pasado dolorosamente aleccionador que, finalmente, queda derogado por una mirada que acierta a construir el amparo que precisa el presente.

Los recorridos del poeta se demoran en el peso de las experiencias vividas, reconstruyen una realidad esencial que no lo distrae de sus seres decisivos, de las almas que lo constituyen. Su mirada, dolorida pero sosegada, acierta a salvar el sagrado núcleo de aquellos instantes: “puedo decir: cuánto quise”. Su trabajo es dirimir los impedimentos, que también pueden ser propios: “esta vida no he sabido vivirla”; recorrer, con piedad, las devastaciones, el pertinaz sendero de los desencuentros.10459079_1453683138240965_1871415598760803369_o

Con lucidez herida, Javier Cebrián transita por su ardua evolución. Se ciñe a una pretensión de sinceridad, de íntima exactitud, a partir de “la idea sutil de mí mismo”. Se esfuerza en alcanzar la asunción de lo habido y también de lo esperado: “pierdo aquello que nunca tuve”. Busca un reconocimiento de lo inaudito, al mismo tiempo que ensaya su madurez mediante la suspensión de los fingimientos. Sus pasos son “el esfuerzo egoísta de recordar”.

No hay aquí altisonancia sino franqueza y emotiva plenitud del ser. Los versos concisos logran describir la firmeza de lo verdadero. Con un tono inexpugnable, milimétricamente adaptado al decir minucioso y cabal, el poeta mira hacia sí mismo, hacia lo sido, pero también hacia afuera, hacia lo que lo configura y lo contrasta, lo que lo afirma y lo cuestiona. Se observa en su centro, en el estremecido centro que habita. A veces, se expresa desde lo narrativo, desde lo dramático. Constantemente busca un resquicio por el que vislumbrar una esquiva culminación, tras la ingrata tarea del desvelamiento.

Como dice en su excelente prólogo, Julián Montesinos Ruiz, de este poemario: “nadie sale indemne ni indiferente”. Pero, en este libro, no se omite la existencia de la luz y así lo describen algunos poemas que se centran en un presente renovado: “Aquí estoy, rendido a la Esperanza”. La peligrosidad del trayecto vital puede fortificarse con un amor decidido, poderoso, sin despreciar las fuerzas desconocidas: “que los Dioses nos sean propicios”. Hay que perseverar en la creencia de una “mirada limpia/más allá de la tiniebla”. Atrás se deja el cansancio de “este desconocido/que me habita”, esa tristeza de andar “como un autómata del desconsuelo”. Ahora puede comprobarse que: “después del incendio/queda el caos/y también la calma.”, así como “la absoluta redención/de todo dolor”.

Pese al posible detrimento poético que podrían suponer algunos pasajes muy adheridos a un tono de profana confidencia, esta poesía se alza en lo sobresaliente, plena de matices, de sutilidades expresivas. Ejemplo de este doble nivel que se nos propone, es Vida de poeta, poema de duraderas resonancias, prodigio de exitoso funambulismo sobre el abismo de lo prosaico. El autorretrato que resulta, compuesto por una significativa enumeración de gestos cotidianos, una vez pasada una primera impresión de rechazo por su apariencia de trivialidad, resulta una valiente y valiosa introspección, una forma de resistir a la gravosa realidad mediante la insistencia en el ejercicio del amor, capaz de adormecer los estragos.

En Cataclismo se consigna claramente la confirmación de un resurgimiento: “eran mis versos razón del cataclismo, / lo eran, /y ya no lo son.” En varios poemas, interviene el fuego como metáfora de elemento de connotaciones diversas, ante el que se requiere una predisposición de valentía, de apasionamiento, lejos de los tibios refugios. Ese fuego que “a su paso/destruye y purifica a la vez”, que transforma su acción:”necesito quemarme. / por fin, en el mismo fuego,/vencido ya el infierno /y sus secuaces.”, que se acoge para la eternidad: “un incendio de la costumbre,/que no destruye,/que crea una rutina hermosa,”.

Es esta una poesía de temática directa que atiende, sin rodeos, con viveza, la íntima sustancia de la vida. Sus versos parecen llegarnos desde una voz muy real, muy particular, que, al mismo tiempo, adquiere validez genérica. Leyéndolos, muchas veces, me imagino su representación: sobre un escenario vacío, la voz precisa y una silueta oscura en la que proyectarnos.

Si hay poemas que parecen advertencias, otros nos hablan de las sanciones del tiempo. En los dos dedicados a la madre, así como en Sangre, dedicado al padre, hay una mirada inquisitiva, una irresolución que alcanza hasta el momento presente. En los dos que se vuelcan en la presencia materna, hay una mayor voluntad de calidez. Se trata de una aproximación tardía que no puede sustraerse del sentimiento de un afecto incumplido. Muy diferente es el tono de Sangre, que es mucho más enérgico y distante. Este poema es una rítmica evocación de un hombre inasumible: el padre. Aquí, el hijo rememora su pintoresca personalidad, su marcial enseñanza de la vida, su afinidad con un tiempo caduco, protector de duras fachadas que ocultaban una fragilidad vergonzante.

La última pieza del libro, La alegría, es un desacostumbrado canto de liberación. El poeta, sensible ante la presencia de un incrédulo lector, duda de su licitud, pero no de su propia realidad, y no quiere contenerse. Siente que está transgrediendo las elementales normas de la poesía, traicionando el convenido tono melancólico y derrotista, para lanzar un mensaje de optimismo, una entusiasta y proselitista descripción de las bondades de su presente. Ya ha logrado encontrar la puerta que lo descansa de tanta obcecación, que desautoriza la persistente reprobación de la vida, y ahora se atreve a proclamarlo con la boca enorme de una nueva felicidad, aun a riesgo de ser tachado de ingenuo. Finaliza aquí un tránsito, una conversión que, sin embargo, no invalida ningún sentimiento anterior. Entonces, reiniciar este recorrido, sumergirnos en la relectura de Estragos, nos ayuda a reconocer la coherencia de sus contradicciones, a convivir en el calor de un fuego versátil, a comprender el penetrante testimonio de una voz verdadera.

le chat, colección de poesía

le chat, colección de poesía

¿Qué es la vida?, de Alfonso Aguado Ortuño

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abeja¿Qué es la vida?

Una extravagancia

escuché en la lejanía–,

un todo que no se reconoce

porque no sabe quién es.

Le pregunté a la abeja por qué

libaba el néctar. Me respondió:

porque sí.

La mariposa desde la flormariposa

me espetó:

el mundo no es como tú lo ves.

Pura matemática

aderezada de química

arañame dijo la araña–.

Un aborto tan perfecto

como imperfecto –concluí–,

una salvajada.niño

Torís, 2014