DIARIO DE 2007 (X), por Javier Puig

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DIARIO DE 2007 (X)SECRETOS DE UN MATRIMONIO

6 de mayo

Ocurre algunas veces que, estando frente a ciertas personas, percibimos significativos grados de una hostilidad incomprensible. La interpretamos como proveniente de una confusión o de alguna inconsciente relación que nos equipara con otras personas que sombrearon dolorosamente sus vidas. Puede uno creerlo así porque, en un mismo día, estas actitudes de los demás pueden contrastarse con otras opuestas. Claro que, pensando mal de uno mismo, se llegaría a la conclusión de que aquellos que no simpatizan con nosotros tendrían menos velada la mirada y estarían capacitados para desenmascarar nuestras ocultas mezquindades.
Yo, que creo no equivocarme mucho si me considero bastante autocrítico, siempre me pregunto, en esos casos, cómo nos verán los demás desde afuera, si la imagen que damos es distinta a la que nosotros mismos sentimos que ofrecemos. A veces, ante miradas inquisitivas o actitudes distantes, he temido ser algo muy distinto de lo que llego a percibir de mí, tal vez alguien hipócrita, un poco traicionero, despreciativo (de todo esto sería más verosímil lo último, en algunos pocos casos de humanitario cansancio), pero he aquí que definitivamente mi valoración propia – aceptable – no se modifica, ya que comprendo que esas sospechas solo me invaden ante un número muy limitado de personas, de esas que probablemente pretenden endosarme su hastío propio, el de una vida éticamente poco concebible.
Cada uno de nosotros ocupa un lugar que no puede encajar en las expectativas de todos los que nos tratan. Podemos ser motivo de envidias o ser juzgados con un rigor inmisericorde, pero también con una generosa condescendencia. Es raro que alguien nos vea sin la distorsión de ser considerados como un medio para sus propios objetivos. Hay quien nos mira con decidida animadversión y otros de forma afectuosa o incluso de manera excesivamente admirativa. Yo no doy más crédito a unos que a otros. Todos se mueven impelidos por su momento psicológico y por sus visiones formadas a partir de una muy particular experiencia del mundo. Para el otro, siempre estamos representando algún arquetipo, unas veces para bien y otras para mal. Pocos están dispuestos a realizar el esfuerzo de intentar vernos exactamente como somos. A la inversa, no sé en qué grado a mí me sucede lo mismo. Todos tenemos prejuicios, simpatías o antipatías que se basan en superficiales signos externos o en el grado de consideración que se nos demuestra.

12 de mayo

Ayer tarde, de regreso a Orihuela, me metí en el ordenador y renové el interés en las posibilidades de pedir prestados CDs de la Biblioteca. Pensaba que podría empezar a explorar sus fondos, semana a semana, y así seguir descubriendo buena música con la que luego corresponder a Carlos en nuestros intercambios musicales. Luego me metí en youtube y pensé, y así se lo dije a Sole: “Hace muchos años un hombre habría previsto como facultad divina esta de acceder a tantísimas imágenes del pasado y del presente”. Es mucho lo que tenemos ahora y me recreo en ello, pero faltaría acceder al futuro o, puestos a imaginar, en ambición insaciable, otros poderes muy apetecibles para mí, como el de revivir instantes de nuestra vida. Tengo esperanzas en ello desde que leí que, por accidente, pinchando un médico – con otros objetivos – un determinado punto del cerebro, su propietario había revivido con total sensación de realidad momentos de su pasado.
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¿Hay sociedades más felices que otras? Parece que en algunas es casi desconocida la sonrisa, en otras lo que prevalece es el miedo. Hay una tribu que cada veinte años se desplaza de lugar para renovarse y enfrentarse a nuevos retos…
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Las cosas maravillosas que no se agotan porque yo me las sabré buscar…

17 de mayo

Esta mañana – hace mil horas – leía a Nabokov en el tren – los textos autobiográficos de su Habla, memoria – , ya mañaneramente impedido por mi durísima salud de esta semana. Trataba de extraer de ese libro alguna bondad, sutilezas, ternuras. Como ante todo relato autobiográfico al que me entrego, se despertaba en mí un deseo de retrotraerme a mis recuerdos más tempranos, y, en este caso, en relación a lo que estaba leyendo, me esforzaba en conseguir una imagen antigua y real de mis padres. Miraba las fotos que contiene el libro, donde aparece Nabokov de niño o de joven, y, sobre todo, las de sus progenitores. Miraba sus rostros: el de su padre, serio pero no triste; el de su madre, sin llegar a una alegría que haría peligrar la consecución de su pose de dignidad. Cuando vemos a los padres de un hombre notorio por alguna actividad virtuosa, se nos antojan personajes secundarios, seres que existen o existieron tan solo para ser un medio que posibilitase la existencia de un hijo que iba a ser alguien intrínsecamente necesario o significativo. Esos padres, como tantos, fueron tal vez, importantes, muy ricos –como era el caso de Nabokov-, o tal vez grises, tímidos, humildes. En cualquier caso, seres para la muerte, a lo mejor excelentes, pero no para sobrevivir en el mundo de las ideas o de las impresiones perdurables y extensas.

19 de mayo

Anoche estuvimos viendo parte -¡otra vez la losa del sueño!- de una película de Manuel de Oliveira, La caixa. Es el retrato de un mundo miserable, no tanto ya por las graves penurias económicas que viven los personajes, sino por su pobreza espiritual, su vida llena de reproches, desprecios, que continuamente dan y reciben, con lo que están atrapados en un tremendo asco a la vida. El ambiente que nos penetra influye mucho. Si continuamente te importunan, si tienes a tu alrededor representaciones agobiantes de conflictos, es más difícil mantener la dignidad, la elegancia, la paz.

20 de mayo

Hoy me he levantado con un sueño aún fresco en la cabeza. Como en nuestros tiempos de noviazgo, Sole y yo vivíamos intensamente un encuentro apremiado por el reloj. Nos teníamos que separar y era muy doloroso. A mí me esperaba un viaje muy largo, duro, de noche, pero no me importaba retrasarlo, llevarlo hasta el escenario de mi más acumulado cansancio. Nos abrazábamos pretendiendo una imposible fusión, sentíamos verdaderamente el dolor y el amor del otro, que no sabíamos distinguir del propio. Un sueño tal vez sobrevenido por la llamada de mi padre, por el viaje en coche que –cansadísimo, enfermo- tuve que hacer ayer, y porque probablemente había hecho un inconsciente, veloz y exhaustivo recorrido por nuestra historia de grata y fructífera convivencia.

3 de junio

Anoche vimos buena parte de Secretos de un matrimonio, de Bergman. Ha sido ya la tercera vez. La primera, la vimos Sole y yo en distintos cines de Alicante y Barcelona, como no podía ser menos, ya que aún no nos conocíamos. Pero ya perseguíamos caminos muy confluyentes. Al volver a esta película, después de tres o cuatro años desde la última vez, cuando entonces, ya juntos, la viéramos en vídeo, volví a sentir la gratitud por mi mala memoria a la hora de recordar las escenas de las películas y por mi certero recuerdo de los títulos que siguen revalidándose en cada nueva ocasión en que recurro a ellos.
A medida que han ido pasando los años, mi situación personal se ha ido haciendo distinta. He pasado por épocas muy diferentes, por sucesivas situaciones, como las de estar soltero y sin pareja, luego brevemente emparejado sin descendencia, y finalmente casado con hijas, primero niñas y luego adolescentes. Supongo que esas circunstancias influyen bastante en las perspectivas desde las que se ven algunas películas de denso contenido, capaces de suscitar tan diversas reflexiones y emociones. Aunque uno, antes de vivir las cosas, ya ha presenciado tantas experiencias ajenas – en la realidad o en el arte -, que se considera legítimo conocedor de ellas, aunque sea desde afuera. Y la verdad es que a veces vivir las cosas desde dentro no aporta más que un conocimiento tan singular que apenas afecta a la visión que tuviéramos antes de un fenómeno en toda su general extensión. Así creo que me ha pasado con el matrimonio. Creo que he tenido suerte, que el matrimonio – qué palabra tan anticuada, tan ajena, tan fea – no me ha hecho sufrir o decepcionarme como a tantos. Pero esa es mi historia personal y a mí me interesan también las otras.
Hoy hemos terminado de ver esta larga película. Y ya puedo volver a decir que Secretos de un matrimonio no me ha defraudado ni un ápice. Es más, al lado de obras como esta – y algunas pocas decenas más que puedan estar a su altura -, todas las demás parecen irrisorios montajes a los que solo se debería recurrir en caso de desesperante aburrimiento.
Esta película de Bergman resiste perfectamente todos sus continuos primeros planos, la ausencia de movimiento, los diálogos infatigables, la ausencia de música. Y eso es así porque hay ahí unos actores maravillosos, un guión perfecto, una temática que habla –sin ambages- de factores que resultan esenciales en el desarrollo de la trayectoria sentimental del hombre – y de la mujer, a la que conoce como nadie-. Aquí Bergman vuelve a denunciar la naturaleza imperfecta del ser humano, su fragilidad y, sobre todo, su egoísmo; también su mentira, su ciega búsqueda de la felicidad, su ingratitud, su falta de empatía.
Sería saludable ver muy a menudo películas como esta y preguntarse constantemente qué turbias pugnas de esos personajes también habitan en nosotros. Seguramente que todas, en diferentes cantidades.

De una lectura sin gafas. Pedro Serrano.

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                         A Pepe y Concha

Las sirenas existen,
si, no son una fábula,
sus cantos provocan colapsos a quiénes las escuchan,
por eso son introducidos en ambulancias
y trasladados de urgencia al Centro Hospitalario.
Una vez allí, en coma, medio extintos,
balbucean a los médicos que han escuchado sirenas
durante todo el trayecto final. Se
agarran a la fe y a la última chifladura de sus vidas.
Cierran los ojos arrullados por la música.
¿Existen o no existen, las sirenas?

El día del juicio, por Francisco Gómez

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puertaLa puerta de la vida se cerró cortante, definitiva, dura, como si todo el esfuerzo hubiera sido para nada, como si todo el tiempo no fuera más que el silencio infinito de un adiós sin estridencias. Al otro lado de la puerta quedaban los vivos. Su padre, tan serio y siempre concentrado. Al fin derramó unas lágrimas. Su hermano que tanto le había reprochado su actitud ante la vida en el caminar por la tierra. Largo tiempo separados por desconfianzas e incomprensiones mutuas y hoy, ahora, unidos por los golpes de la vida. Uno en cada extremo. La vida y la muerte unidas por sentimientos de pertenencia, por lazos de sangre que las dos orillas tan distantes, tan incomprensibles, jamás podrían separar.
“Hijo. Siempre te he querido aunque casi nunca te entendí. Eras tan extraño para mí. Pero ahora te echo en falta. Creo que nunca nos conocimos y no hicimos el esfuerzo de comprendernos”.
“Hermano mío. No sé qué decir. No sé qué pensar. Siento dolor porque te hayas ido tan temprano. Sabes que nunca nos entendimos. Tu vida tan arbitraria. Sin perspectivas de futuro. Sin los pies en la tierra. Tan distintos pero ahora sé que tan necesarios el uno para el otro. Me duelo mucho que no estuviéramos unidos en esta vida tan extraña”.
Sus pocos amigos también estaban presentes en este último adiós. Demacrados, alguno con un paso en la tumba como él mismo estaba ahora. Lloraban. Notaban agudamente su ausencia. El dolor punzante de la pérdida de su amigo, compañero de correrías, confidente de secretos escondidos.
“Dentro de poco te acompañaré en tu viaje. El caballo me está comiendo el cuerpo. Cada día tengo menos fuerzas para andar, respirar, comer, buscarme la vida para meterme más mierda, que necesito como el aire, la comida, los besos más escasos de Ángela. Tus amigos no te vamos a olvidar. ¿Te acuerdas de las pocas veces que hablábamos de algo serio? Me decías que la vida es un cincuenta por ciento y otro cincuenta. Sabíamos que la ruta que escogimos nos llevaría donde tú estás ahora. Tú te quedabas con el cincuenta del más allá, Dios y volverte a ver con las personas que quieres. Yo, en el otro lado de la balanza te contradecía. No habría nada. El vacío absoluto. El sinsentido que nos empujó a los dos a la droga. Ahora estoy aquí ante ti y no sé qué pensar. Ya no sé nada. Sólo puedo llorar porque te echo de menos.
La ceremonia terminó. Los pocos presentes se abrazaron. Se besaron en las mejillas y cada uno buscó los aposentos de su propia soledad. El nicho quedó vacío en la tarde azul, sólo acompañado por el trino de los gorriones. ¿Pero estaba él allí, dentro del agujero, durmiendo ya el sueño eterno en el silencio y la soledad del todo o la nada?
No. Mucho antes, su alma (de la que él había dudado muchas veces) se escapó del cuerpo para caminar libre, ingrávida, confiada, plena. En ese momento supremo y tranquilo de la transubstanciación, observó no sin cierto temor y principio de frío, miedo. Cómo su cuerpo, que lo había acogido durante 35 años, estaba ahí, dentro de un ataúd, callado, hierático. Muerto. En cambio, él se sentía vivo, consciente de su ser inmaterial, incluso feliz. En ese preciso instante que sentía su yo trascendente alejado de su yo físico, en las horas definitivas del entierro, vio a su padre, hermano y enormes amigos en la iglesia mientras el sacerdote le perdonaba todos sus actos arbitrarios y oscuros y le abría el pasaporte al paraíso de los cristianos.
Quedó absolutamente asombrado al contemplar cómo estaban allí más personas de las que él nunca soñó que irían alguna vez a su propia celebración de despedida. Además de sus familiares más íntimos, hicieron acto de presencia, tíos, primos, su abuela paterna, vecinos, compañeros de estudios…Percibía con profunda nitidez quién se encontraba en la liturgia sólo por cumplir con el último acto social y quién sentía de corazón su pérdida y su marcha tan temprana.
-¿Ves cómo hay muchas personas que te quieren y para quien tú eres importante?
-¿Quién está ahí?
-Soy tu ángel de la guarda. Aquel que siempre te ha acompañado en los caminos de la vida aunque tú no siempre creyeras en mí. Aquel que ahora está contigo en tus incertidumbres hacia lo que te espera.
La voz que estas frases le decía era cálida, sugerente, reposada, serena. Apoyó un brazo en el cuerpo espiritual de él para decirle: “Observas a aquella mujer que está sentada en el penúltimo banco. ¿La reconoces? Es mi vecina Asunción. Creía que pasaba de mí por todos los disgustos que le he dado. Te equivocas. Ella siempre te ha querido. En silencio y con amor. Tú eres el hijo que nunca tuvo desde que te acunaba en sus brazos en la infancia. Hasta hoy. Te quería y siempre te ha querido. ¿Ves a tus amigos? Alguno de ellos pronto hará tu mismo recorrido. Seguirás teniendo aquí a tus colegas. No podrás decir que te han dejado “colgao”. Mira a tu padre. Tan serio, concentrado. Está llorando por dentro. Sabes que siempre ha sido un hombre estricto, fiel cumplidor de sus obligaciones. Es la educación que ha recibido en toda su vida. Cree que se ha equivocado completamente contigo y lo está pagando ahora. Bastante sufrimiento y sentimiento de culpa soporta sobre sus hombros. Merece comprensión y perdón, no rencor.
-¿Cómo sabes tú todas estas cosas?
-Puedo mirar el corazón y el pensamiento de las personas y conocer qué sienten. Yo soy una entidad espiritual que vela por los míos siempre y por toda la eternidad. Estabas muy equivocado cuando pensabas que no importabas a nadie. Ni a familia, amigos, vecinos y personas que has tratado a lo largo de todo tu tiempo vital. Lamento decirte que te has equivocado por completo.
El ángel le tomó de la mano, dejaron atrás la visión de su funeral y emprendieron viaje. Ascendieron por valles, montañas y nubes hasta alcanzar un espacio indeterminado de paz y serenidad.
-Aquí te dejo. Este momento has de vivirlo tú solo.
De repente entró en un sueño plácido y placentero. Transcurrido un tiempo (quién sabe si horas, siglos o milenios) despertó para encontrarse en una habitación en penumbra. En cada una de las paredes que formaban el cuadrado de aquel extraño salón se encontraba una puerta cerrada sin ningún signo identificativo que indicara adónde podía dirigirse tras cruzarla. Él permanecía sentado en el centro de aquella enigmática estancia. A los pocos instantes una luz acogedora se cernía sobre su cabeza para iluminar todo su ser espiritual de arriba abajo. Una luz grata, luminosa, resplandeciente, plácida, armoniosa, elegante, íntima, dorada, relajante, distinguida, soñadora, digna, señorial, condescendiente, memorial, hermosa, suave, acogedora, serena, agradable, serenidad, paz, amor. Y la luz comenzó a hablarle:
-¡Hola, Juan¡ ¿Cómo estás?
-¿Dónde estoy?
-Te encuentras en tu Juicio Final.
-¿En mi qué…?
-Vas a ser juzgado por el amor y desde el amor que has regalado a lo largo de tu vida.
-¿Amor? ¿Qué amor si sólo he vivido para mí mismo y me he muerto por una sobredosis? Mira si quería yo mi vida.
-Estás equivocado y sabes que no es cierto lo que dices.
-¡Tú que sabrás¡
-Lo sé todo. Desde antes de tu nacimiento te conocía hasta hoy. Has sido un hombre humano. Has dado amor como también lo has recibido. Te acuerdas cuánto amabas a tu madre y hermano en tu niñez. Las tonterías que hacías para verles felices. Te acuerdas cómo obedecías las órdenes de tu madre y cumplías los mandatos que ella te ordenaba. Sacabas buenas notas para verle sonreír.
-¡Cállate¡ ¿Quieres hacerme llorar?
-Sólo estoy recordándote tu vida. Tus momentos de intensa felicidad y amor. Tu plenitud vital cuando te enamoraste de Ángela en tu época de instituto. La hiciste profundamente feliz. Estabas regalando tu amor. ¿Te acuerdas de tu etapa universitaria? Desprendido y generoso, siempre dispuesto a hacer favores, preparado para dejar los apuntes. Entregabas tu amor y amistad.
-Déjame tranquilo. Yo nunca he amado a nadie. Sólo me he querido, a veces, a mí mismo y no mucho. Si no, no hubiera tirado a la mierda mi vida y no me habría metido en el infierno de la droga.
-Quererse a uno mismo también es una forma de amar. Quien no se respeta y quiere a uno mismo no puede dar amor a sus hermanos.
-Tiré mi vida a la basura porque me di cuenta que todo es un montaje, un tinglado para hacernos vivir en el sueño de la libertad y la felicidad. La vida es egoísmo, competencia, falta de amor. Cada cual va a lo suyo y le importa un pimiento los otros. Los bancos te chupan la sangre y obligan a hipotecar tu juventud para comprar cuatro paredes donde habitar. La convivencia con una mujer conduce a la rutina, a la monotonía de los días siempre iguales. El amor se convierte en cariño. Las relaciones humanas se basan en la utilidad, en saber lo que puedo sacarle a quien tengo al lado, no en la generosidad.
-Por desgracia para ti, tengo que decirte que estás muy equivocado. Conozco que esos pensamientos negativos te condujeron al túnel de la droga. ¿Quieres que te diga un momento de amor de tu vida de drogata? Sitúate aquella tarde que tu colega Fermín no tenía dinero para meterse un chute de caballo. Te lo pedía insistentemente. Al final accediste a su pegajosa demanda y la dosis que tú necesitabas se la diste a él. A tu amigo. Porque le querías y él nunca te había dejado tirado en tu vida de drogadicto. Aún sientes el mono que pasaste aquella noche, ¿verdad?, a pesar de que ya no tengas cuerpo físico. La ansiedad, los nervios, las ganas de subirte por las paredes. Las venas gritaban su ración diaria y aquel día no había comida. Se había acabado la pasta. Aquellas horas nocturnas se te antojaron eternas. El tiempo no pasaba en las agujas del reloj. Estabas doblado en el sofá, muerto de sed por dentro y sudor frío por fuera. Fue horrible aquella noche que nunca has olvidado, ¿no es cierto?
-¿Tú cómo sabes todo eso?
-Te he dicho que lo sé todo de ti. Desde tu alfa a tu omega y más allá de ella. En ese momento, en tu dolor, en tu desesperación, en tu vacío, estabas amando porque habías salido de ti, de tu egoísmo para dar lo que tú necesitabas a tu hermano. ¿Cómo puedes seguir creyendo que no has amado durante tu estancia en la tierra?
-¿Y esas puertas qué son?
-Son las puertas del destino de cada persona. El cielo, el infierno, el limbo y el retorno.
-¿El retorno?
-Sí, el regreso a la vida de aquella personas a las que aún no se les ha cumplido su tiempo vital. ¿Recuerdas aquel caso, que tanto te asombró en los periódicos, de aquel italiano que en medio de su funeral se levantó de su ataúd y pidió un vaso de agua? La vuelta del más allá.
-¿Y el infierno es como lo pintan en la tierra, con fuego y pecadores purgando sus culpas?
-El infierno es la ausencia de Dios. Los hombres sin capacidad de amar vagando por tierras sin fruto. Cada uno aislado en su propio caparazón e incapaces de darse a los demás.
-¿Y para mí qué puerta se abrirá?
-A ti, Juan, te está destinada la puerta que conduce a tu Cielo, pues cada persona tiene una visión única de cómo es el paraíso al que quiere ser enviado. Desde tu amor te sentencio a vivir eternamente en el Cielo.
Nada más decir la Luz estas últimas palabras, la puerta del Cielo abrió, justo la situada enfrente de él. La primera imagen que pudo observar le llenó la cara de lágrimas de alegría, amor y felicidad completa. Su madre le sonreía y levantaba los brazos hacia él para estrecharlo entre su cuerpo. Era lo que él había estado esperando toda su vida en la tierra. Reunirse con su madre a la que tanto echaba en falta y decirle al oído tantas cosas que se quedaron suspensas tras su marcha. Se levantó de su asiento y corrió hacia ella para fundirse en un abrazo.
-Te quiero, mamá.
-Te quiero, hijo mío.
Y lloraron juntos. Al fin.
juicio final

LACTANCIA de Satoko Tamura

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LACTANCIA

Como te dio hambre, te despertaste buscando el pezón;

como los pechos se llenaron, se despertaron buscándote

y la madre en la cama se levanta y te toma en sus brazos.

A la medianoche

una nieve de flores firmemente abiertas

tus mejillas junto a mis pechos, la blusa desabotonada,

están heladas, sufrientes,

los párpados bajos

se han colmado de lágrimas

que iluminan como portátiles

lámparas de papel.

¿Huele a hierba la leche?

¿te he dejado satisfecho?

¿flotas ya en el sueño?

Tu sueño nunca se caerá

porque lo sostengo con brazos de madre.

Madre e hijo

nos calentamos con la frescura

y el calor de la vida

y atravesamos con siglo

las noches en que vienen los diablos.

(Traducido por la autora y Juan Gelman)

madre, de Javier Cebrián

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En el 83 cumpleaños de mi Madre3

MADRE (BOCETO)

Te miro a hurtadillas

y no soy capaz de dominar

esta emoción que cala hasta los huesos.

En mi mirada, clandestina,

advierto ya tu debilidad

y empiezo a comprender

-con la tristeza que ello conlleva-

tu vejez

-llegada así tan repentina,

casi sin anunciarse-

y que habré de perderte

cualquier día inadvertido.

Te miro a escondidas

para confirmarme qué fuerte has sido

y, apenas, sigues siendo.

Aparece ante mí, en su absoluto,

esa soledad a la que te forzaron

en la que tú te cobijas,

y caigo en la cuenta de que jamás

supe decirte que te quería,

que te quiero.

El amor de los hijos,

tan sobrevenido y costumbrista,

no se expresa fácilmente.

Si pienso en tu muerte, ahora,

a la boca se me viene

la palabra redención

y al sentimiento la idea sola

de que nos hemos besado muy poco,

escasos han sido los abrazos

desde siempre.

Si pienso en tu muerte, ahora,

a las pupilas se me vienen

todas las lágrimas enquistadas

y al corazón el dolor solo

y al tiempo el amor dilapidado

y a la costumbre todos los besos

y abrazos que te debo,

que nos debemos, madre.

MADRE

Ya supero, con creces, la medianía de edad

si atendemos a lo que las estadísticas señalan,

y solo ahora sé lo hermosa que siempre fuiste.

Hoy comprendo tu afligida belleza

de siempre, que me llegaba

con ese halo de misterio

que tu mirada me otorgaba,

con orgullo filial no disimulado.

Si te observo, a escondidas,

puedo entrever tu herencia en mí:

te he heredado algunas características

y dolencias que me delatan,

pero no tu belleza.

Por ejemplo:

me has legado la sombra de la artritis

que apenas deviene en mis manos,

las oscuras ojeras que me ocultan,

la mirada triste que me defiende,

el olvido de las cosas recientes,

el vértigo y todo el miedo.

Me has legado el gusto

por los musicales americanos

y el amor que siento

por Ginger Rogers y Fred Astaire

y por Sinatra.

Cierta bondad aséptica

que en mí es menos,

una ferviente frialdad,

el sentido del humor más negro,

malicia en el decir y su mordedura,

la descreencia,

la honestidad, creo,

y la manera soterrada de llorar

que padecemos,

pero no tu belleza.

Tampoco tu férrea voluntad.

Si te miro, a hurtadillas,

puedo seguir el rastro indeleble

de esa tímida y voraz belleza,

y observo tu firme debilidad,

empiezo a vislumbrar tu despedida

que será, como todo en ti es,

discreta, lejana, triste, inesperada.

Lloro al confirmar

que no me has legado

ni tu belleza,

ni tus besos, ni tus abrazos,

convertidos ya en un débito

abstracto que me amordaza,

madre.

 

Colección le chat nº1 Ed.  Frutos del Tiempo, mayo 2012

Colección le chat nº1
Ed. Frutos del Tiempo, mayo 2012