COMA IDÍLICO , Katy Parra.

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CASA DE HUÉSPEDEScoma-idilico

 

Mi casa se ha llenado de luciérnagas

y extraños personajes maquiavélicos

que atentan por las noches

contra mi economía y mi salud.

Algunas madrugadas les sorprendo

calzándose mis botas,

mudándome a empujones

los sueños y la piel,

pintando las paredes

con sombras y despojos

de batallas perdidas.

 

Necesito encontrar, urgentemente,

alguien que se haga cargo

de estos contrabandistas del desastre.

 

Se ofrece recompensa.

De la ironía sentimental, de Pedro Serrano

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DE LOS FINES

Ahora padezco los insomnios

de una dulce catarata

oigo al cuco en las ramas del pasillo

te miro a los ojos

apagas un cigarro y enciendes otro

Los Cuadernos imposibles nº 2, Ediciones Frutos del Tiempo 1995

Los Cuadernos imposibles nº 2, Ediciones Frutos del Tiempo 1995

compartimos un frenazo seco

al acabar el día

la luz se gasta como un relámpago

oigo al cuco

y su canción es tu regazo.

Te miro a los ojos como si fuera feliz.

 

LUCIÉRNAGA

Me despierto llorando a oscuras sobre la cama.

Ya llevo tiempo llorando cuando me despierto

y no me encuentro solo.

Ahí va un niño, lo confieso,

que aprende a hacer versos con el paso de los años

y le tuvo miedo a la muerte de las cosas.

El niño que es capaz de amarse a sí mismo.

El niño que desconcha una botella

y llueve.

Dibujo tipográfico del poeta Javier Cebrián, por Alfonso Aguado Ortuño

Imagen

Dibujo tipográfico del poeta Javier Cebrián, utilizando las letras de su nombre y primer apellido, y versos de algunos de sus poemas, sobre una fotografía. Homenaje de Alfonso Aguado Ortuño.

 

http://www.alfonsoaguado.com/

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http://alfonsoaguado.blogspot.com.es/

 

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La uña, de Manuela Maciá

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1er  premio del certamen Relatos Urbanos, 2007

http://www.relatosurbanos.com/2007/index.php

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Bajó del avión con un gesto inequívoco de fastidio. El dolor era intenso. La azafata le había hecho una cura de emergencia y en el aeropuerto le esperaba un médico para examinarle. Impaciente adelantó a los demás pasajeros, con gusto les hubiese apartado a empujones, sin miramientos.

En cuanto le quitaron el vendaje pudo ver que la uña del dedo índice de la mano derecha, estaba desprendida en un noventa por cien. Lo mejor era arrancarla del todo, le dijo el médico. Con un gesto, sin pronunciar una sola palabra, accedió a la amputación. Aguantó la pequeña operación apretando los dientes con fuerza, si emitir el más leve sonido. Se tomó el calmante que el médico le ofreció, guardó dos más para las próximas horas y salió de allí con un vendaje bastante aparatoso.

En el hotel la habitación ya estaba reservada: la 606. Para abrir la puerta tuvo que dejar la bolsa de mano en el suelo, nunca se había manejado bien con la mano izquierda. Entró, encendió la luz y fue derecho hasta la cama, se arrodilló, metió la mano debajo y sacó una maleta alargada. Ante los roces que por su torpeza se daba en el dedo dañado, exclamaba maldiciones, juramentos que hubiesen molestado a cualquier oído. Se quitó la gabardina, la tiró sobre una silla, desabrochó el botón de la chaqueta y se tendió sobre la cama.

Tuvo la sensación de que los latidos de su corazón se habían trasladado hasta el dedo. El dolor ahora era agresivo. Buscó los comprimidos en el bolsillo y los ingirió sin agua. Hubiese dado cualquier cosa por un buen trago de whisky, pero no podía beber alcohol, cuando trabajaba nunca lo hacía.

Despertó sobresaltado y miró el reloj. Había dormido casi tres horas. El dolor despertó con él y tuvo la sensación de que el dedo le ardía como una antorcha. Con dificultad subió la maleta sobre la cama, sacó una llave maestra y la abrió. Miró con admiración su contenido. Era espléndido, su precisión le había conquistado por completo. Al intentar sacar una de las piezas el dedo rozó en un lado y le arrancó una nueva exclamación maldita.

Lo que normalmente hacía en cinco minutos esta vez duró más de media hora, en un intento por evitar que el dedo sin uña sufriera. Con el fusil ya montado lo apoyó en su hombro y apuntó, pero sin poder meter el dedo en el hueco del gatillo. Aún no era necesario sacar el vendaje, se dijo, lo haría en su momento. Dejó el arma sobre la cama, miró el fondo de la maleta y sonrió. Con la mano izquierda hurgó en ella y levantó la tapa que ocultaba un doble fondo. Allí estaba su segundo tesoro: pequeños fajos de billetes perfectamente colocados. Cogió uno y lo comprobó, estaban usados y los había de distinto valor. Uno a uno, los colocó en el fondo de la bolsa de mano donde sólo había una camisa, una muda de ropa interior y la pequeña bolsa de aseo.

Miró el reloj, eran las veintiuna treinta, quedaban diez horas y media. Debería ser a las ocho en punto. Según la información recibida, su diana tenía la costumbre de asomar al portal de su casa a las ocho en punto. Una casa que estaba justo enfrente del hotel. Él subiría a la terraza por la escalera de incendios diez minutos antes y desde allí efectuaría el disparo, un solo disparo a la cabeza, aquella cabeza de pelo blanco y espeso. Después volvería a la habitación cogería la bolsa y desaparecería de la ciudad.

Con pereza metió todo en el armario y llamó al servicio de habitaciones, pidió algo de comer y aspirinas. Decidió no moverse de la habitación, a su dedo le convenía descansar. Recordó la expresión de susto de la azafata al mirarle el dedo, sus repetidas disculpas cuando en realidad la culpa no había sido de ella y sí de su prisa por salir del pequeño aseo, donde la claustrofobia se le anudaba a la garganta como la cuerda de una orca. En ese momento pasaba el carrito de las bebidas y ante la desconocida resistencia él empujó con tal ímpetu que su misma fuerza ayudó a que su dedo quedase bien atrapado. Por suerte estaban en la cola del avión y muy pocos pasajeros se dieron cuenta, lo que menos le convenía era llamar la atención, a la azafata tampoco, así que volvió a su asiento con el dedo enrollado mascullando blasfemias.

La alarma en su reloj de pulsera sonó a la 6,30 de la mañana, pero él no estaba dormido. No había podido pegar ojo en toda la noche a pesar de haberse tomado casi todo el tubo de aspirinas. Ahora no le dolía el dedo sino toda la mano. Se sintió como metido de una jaula y que esta era cada vez más pequeña. Para apaciguar su angustia se dijo que en un par de horas todo habría terminado y escaparía de aquella ciudad endemoniada..

Buscó el interruptor de la luz dispuesto a empezar los preparativos: Un buen afeitado, una reconfortante ducha, camisa limpia y cargar el fusil. Con los ojos medio entornados, levantó la mano y la miró, una expresión de espanto se dibujó en su cara. La mano estaba abotargada, la piel tirante y roja, los dedos dilatados… Con un mermado hilo de esperaza se quitó el vendaje. El dedo índice, sin uña, aún estaba más hinchado y su aspecto le repugnó. Cogió el fusil e intentó meter el dedo por el orificio del gatillo. Resultó imposible, sangraba, el dolor se extendió por todo su cuerpo. Un sudor frío comenzó a poblar su frente. Ninguno de los dedos entraba por el aro del fusil. Precipitadas gotas de sudor corrían por su espalda. Sabía de la inutilidad de cualquier huída, conocía muy bien las normas, él había sido ejecutor de ellas. Le hubiese gustado ser su propio verdugo, pero le faltaban fuerzas.

A las 8,10 escuchó abrirse la puerta, los pasos acercándose. Cerró los ojos, lo imaginó mirándolo, se recordó a sí mismo levantando la mano, apuntando con la pistola desde lo alto. Sintió como la bala, ardiente, se adentraba en su corazón.

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Adiós a todo esto, de Francisco Gómez

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descarga (1)No me preguntes quién fue porque todavía no sé quién soy yo verdaderamente. Alguien dejó escrito: “Adiós a todo esto”. Y se largó sin que sepamos dónde.descarga

El viento corre ábrego, duro, esquinado y lo peor es que no trae respuestas. El tiempo está pasando y las dudas se enquistan en las esquinas como lluvias de metralla. Los ojos de los edificios están cada vez más cerrados al otro que ya no parece prójimo sino contrincante, competencia, enemigo a batir en las trincheras de los mercados.

Alguien dijo: “Adiós a todo esto” y no sabemos qué suerte habrá corrido, si los caminos le habrán llevado por tierras áridas o bendecidas o habrá dado el último paso en falso, hastiado de tantas mentiras, tanto daño asesino. Cansado de perder repetidamente siempre mientras desde arriba tiran migajas para comérnoslas a zarpazos en el circo de los gladiadores.

Quería seguirle la pista: saber de dónde era, a qué se dedicaba, quiénes serán o son sus amigos, si vivía acompañado o pasaba sus noches y sus días en la más inquietante de las soledades: la soledad del incomprendido, la soledad de los indiferentes en medio de la masa atomizada por los altavoces mediáticos que escupen las desgracias sin solución de finalidad.

Me gustaría sin saber si algún día fue feliz, esa sustancia inteligible que no acabas de entender en el momento hermoso y luego sin saber cómo se escapa de entre las manos, como monedas de tiempo ya gastado que no sabes si volverán a acariciar tus manos o pasarán ya continuadamente de largo.

Esta incertidumbre de no saber cuál fue el destino del autor de aquellas palabras, ahora que azota el cierzo sobre nuestros cuerpos y nadie sabe dónde está la tierra prometida. Este misterio que envuelve su vida aunque viviese a escasos metros de nosotros y andase por nuestras aceras y comprase en el mismo supermercado y coincidiéramos en el cine o en la hamburguesería. Y ser dos indiferentes en un mundo reglado, regularizado.

Alguien dejó escrito: “Adiós a todo esto” Y es posible que saliera a recorrer otros cielos, otras tierras, otros mares etéreos o fieramente humanos. Y escapar de tanto tedio, tanto hastío, tanta devoradora rutina que encoge los corazones. Acabar y coger el primer tren hasta la frontera y atravesar otras geografías sólo intuidas hasta entonces en los mapas y descubrir nuevas gentes, agazapadas bajo la máscara de la crisis. Y creer que todo era posible: otros cielos, otros mares, otras tierras y que la luz de la felicidad vuelva a besarnos en la boca y calentarnos el corazón con dichas nuevas, aquellas que nos prometieron en los primeros tiempos.