AVENIDA DE LA ALEGRÍA, por Francisco Gómez

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 A menudo mi caballo blanco me dirige hacia la ciudad del misterio. Allí donde el tiempo no sabe qué es la velocidad, allí donde el silencio es quietud de eternidad. Allí donde verdaderamente me siento más con ellos y conmigo mismo, converso con el hombre que siempre va conmigo.
 Desde la altura observo mi queridísimo patrimonio de amor y misterio. Contemplo las dos ciudades: el ímpetu, el ritmo, el alborotado tren loco que corre sin cesar hacia ningún dónde. La paz, la armonía, el descanso introspectivo de la otra.
 Mis pasos andan hacia los lugares más amados, aquellos donde me dejo cada vez que voy una parte de mi corazón en llamas. Este via crucis sentimental de intenso amor y duro dolor que siento cuando mis labios y mis ojos de pobre hombre caminan hacia los territorios más sentidos.
 Detengo mi fiel caballo blanco en la amplia avenida y recorro la línea recta que amo y temo tanto, la línea que me lanza tantas y tantas preguntas para las que apenas tengo respuestas entre las manos desgastadas, las manos impías en el desastre de los días actuales.
Mi letanía es un canto de penitencia, de súplica, de petición de perdón por no ser digno de pisar este territorio tan amado y misterioso.
 Siempre estas miradas que escrutan mis ojos desde el otro lado. Unas miradas como paralizadas en el tiempo como para decirte que el reloj no tiene ningún sentido, que ya no sirven desde aquella orilla tantos propósitos, tantos deseos, tantos vértigos para apurar todos y cada uno de los vértigos.
 Esos ojos que quieren hablarme desde un espacio que no comprendo, desde una torre que se me escapa. Muchos sonríen. Parece que ya han alcanzado el motivo de sus afanes pero no lo entiendo. Trato de captar los mensajes. Escapan por todos los lados. Quizás envíen una llamada de confianza, de calma que apacigue las inquietudes de mi alma. Quizás quieran decirme algo que alojar en el interior: la respuesta a tus preguntas pueden estar dentro de ti, en tu corazón pero tienes que navegar, atreverte a entrar en tu reino y tratar de descifrar las claves.
 Sabes que es un trabajo que durará toda la vida, como este oficio de escribir que es un sendero de navegantes solitarios, esforzados y alegremente tristes. Pero no hay prisa. Tienes todo el tiempo que te den. Hoy tú les miras a ellos, intentas con poca suerte desentrañar las interrogantes que lanzan sus miradas, el sentido de las cosas al otro lado. El misterio de tantas miradas bañadas en el plácido silencio.
 Y los símbolos. Las claves que acompañaron por las rutas de la vida a aquellos que te miran desde esta avenida y te invitan a estar un rato con ellos. Ellos gozaron de una vida como la tuya y supieron de amor, de alegría, de palos al corazón, de trabajo, de esfuerzos, anhelos, deseos, ausencias, pérdidas, derrotas. De miedos y esperanzas. Hoy están al otro lado dirigiéndote su mirada que no alcanzas a entender. Que no sabes si algún día lograrás comprender.
 Los símbolos. Siempre los símbolos. Aquel autobús en la repisa, aquel escudo en la lápida con el equipo de los amores o la Virgen que permanece en los últimos momentos y también después, ya en la otra orilla incógnita. Los angelitos blancos que acompañan el sueño limpio de los niños. Los versos de los poetas venerados y las sentidas palabras de amor más allá del tiempo, más allá de la intemperie, más allá del ajetreado caminar de los días.
 Os veo. Una y otra vez, os veo y todavía no entiendo. No me llega el conocimiento para despejar las dudas del misterio. Y entonces echo a llorar. Mi corazón empieza a hablaros entonces. Palabras sencillas para decir cosas grandes.
 Y entonces verdadera, sincera, humanamente. Creo.
(relato perteneciente al libro inédito: AL OTRO LADO)

El peso de las horas, de Maribel Romero

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EL PESO DE LAS HORAS, novela finalista de la 34 edición del Premio Azorín, ya ha sido publicada.

Esta obra compitió, en una reñida votación final, con la que en última instancia resultó ganadora (de la escritora Begoña Aranguren), quedando por tanto en el puesto de primera finalista de este prestigioso premio, que convoca Editorial Planeta junto con la Diputación de Alicante, como en su día recogió la prensa:

http://www.laverdad.es/alicante/v/20100325/cultura/ilicitana-maria-isabel-romero-20100325.html

“…Aranguren Gárate ha concurrido al premio literario con el seudónimo Esther Williams y con el título ficticio de Madame Lamy y ha batido en una reñida votación final a El Peso de las Horas, de la escritora de Elche (Alicante) María Isabel Romero Soler, cuya obra que ha sido especialmente valorada por el portavoz del jurado, el novelista histórico Juan Eslava Galán…”. http://www.rtve.es/noticias/20100325/begona-aranguren-gana-premio-azorin-novela-amor-del-rey/325212.shtml

En Elche está disponible en librería ALI I TRUC y se encuentra en proceso de distribución por todo el país.

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SINOPSIS: Elisa Lalira acaba de salir de la consulta del doctor Font con una mala noticia: le quedan tres meses de vida. La joven decide no contárselo a nadie, ni siquiera a su familia más cercana, y resuelve vivir ese período de tiempo como un regalo, permitiéndose realizar actos o experimentar sensaciones que nunca antes habría concebido. Esta determinación la conducirá a situaciones que van de lo cómico a lo dramático, desde robar en una tienda hasta querer ponerle los cuernos a su marido antes de morir. Las constantes salidas de tono de Elisa producen, sin embargo, un efecto no esperado, como es el resurgimiento de un amor que nadaba desde hacía tiempo en las aguas de la rutina. Genaro descubre en Elisa a una mujer nueva, distinta de la chica modosita con la que él se había casado un tiempo atrás, atrevida y dispuesta a compartir con él sus excentricidades.

Si a todo esto le sumamos que el novio cubano de la madre de Elisa se ha enamorado de ella, que aparece en escena un personaje mágico que resulta ser el revés de Elisa, un alter ego que la impulsará a realizar todos aquellos actos que de otro modo no sería capaz de llevar a cabo, y un simpático perrito llamado Problema que cobra un protagonismo importante en la historia, nos encontramos con una novela divertida a la vez que reflexiva e intimista, una obra que enamorará al lector por su facilidad para involucrarlo en problemas cotidianos. El peso de las horas es una radiografía perfecta del espíritu femenino que traspasa sin ninguna dificultad el alma masculina.

Algunos corazones solitarios, de Rafael Camarasa

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METAFÍSICA

Podía reconocer su derrota

pero jamás ceder el orgullo

por eso en la breve carta

no mecionó la palabra “vuelve”.

Si acaso la diluyó en cuatro líneas

Colección Lunara Poesía nº 5, Premio Lunara Poesía 1992, portada Daniel Monzón

Colección Lunara Poesía nº 5, Premio Lunara Poesía 1992, portada Daniel Monzón

que hablaban de casualidades.

De un ángel sobre París

que cayó en un tendido eléctrico

recordándole en el apagón

que aún conservaba su mechero.

 

 

 

EL HOMBRE TRANQUILO

Condujo el Packard hacia las afueras

y se detuvo en el acantilado.

Lo justo para comprobar si otra dura jornada

le había ahogado los sentimientos. Allí,

donde la ciudad era una línea bajo el alba de su sombrero,

deshizo el nudo de la corbata

y la lanzó con elegancia al abismo.

Agitadas serpientes de espuma

en una mar que todo lo arrastraba

no pudieron evitar el reflejo

de la seda roja que caía.

Soliloquio del auriga, de Juan C. Lozano, Por Javier Puig

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soliloquio

Desde el principio, el poemario Soliloquio del auriga, de Juan C. Lozano, me ha revelado su condición genuina. Sus versos me han llegado como actualizada evocación de un sentir esencial, como paisajes de emoción, libres de concreción definitiva, expresados desde lo alto de la experiencia. Me han parecido declaraciones hechas sin desdén, consideraciones gritadas con mesura, sin temor a destapar los nidos de la corrupción.

Juan C. Lozano

Juan C. Lozano

Hay en estos versos una constatación del desorden de la vida, de su intrínseca contradicción. El universo personal contiene los mundos que se han amado, pero también la acuciante prontitud de lo indeclinable. Lo que va quedando es un tiempo envejecido, unas sutiles evidencias lanzadas al espacio común, abandonadas a su instantánea verdad, fruto de una inercia incontenible. Las palabras persiguen una resolución imposible, pero se hacen fuertes renovando torbellinos, hospedando una luz enclaustrada, suficiente para alumbrar una plenitud diversa. Lo que subsiste es la perplejidad ante los días, el paso del tiempo que a veces levanta la voz para incriminarnos, para acallarnos antes de que lo denunciemos.

Desde el resbaladizo presente, el poeta divisa el rastro de su vida, la bulliciosa confusión, sus exaltaciones y el incumplimiento de sus promesas; intuye la totalidad de su mensaje, tan tarde y tan duramente recibido. Todo sucede inexorable. La vida no deja elegir ampliamente, ni retroceder. No podemos desdecirla ni claudicar hasta el fondo de nuestro deseo.

Si tuviera que decantarme por una de las partes de este poemario, lo haría por la última, la titulada El año en que estrenaron Quadrophenia. Hay en ella poemas memorables, como el que le da el título, que es una de las más duras recapitulaciones que se hacen en este libro. En otros casos, el contraste entre la insatisfacción y las supervivencias amadas está más intrincado. Aquí la anafórica retahíla de la desconcertante complejidad, de las inevitables impurezas, de la convicción de lo irrealizable, del decaimiento vital, apenas se contrasta con la sacralidad de los exentos momentos de la juventud, aquellos en que las sombras se diluían en un presente poderoso de irrumpidas creencias.

No son estos poemas típicamente elegíacos, ni incurren en dulzonas nostalgias, sino que buscan la chispa del presente, la reveladora fricción entre un pasado que no precisaba de una nítida esperanza y un presente en el que se acrecienta la necesidad de una valoración apremiante. Titre de noblese es otro magnífico poema, en el que el poeta añora otra constitución humana, una alternativa a la conclusión derrotista que propone la vida, sugiriendo una lúcida despreocupación, un hábil ausentarse del imperioso deseo: “Debe ser perfecto no esperar nada más/como si estuviéramos siempre/aprendiendo los pases de baile/para la fiesta de fin de curso. / Como si los dioses aún nos protegieran/y hubiesen engendrado en nosotros/el don de la saciedad.” Tal vez asumir una realidad más austera, libre de pérfidas ilusiones, una nueva posición en el mundo. Como se dice en otro poema: “beber con la excelencia del perdedor”.

A menudo, estos poemas alcanzan el acierto de la dicción sobria, dejándonos suspendidos, dispuestos a atender los lugares que habíamos eludido desde patéticas jactancias. Leyendo este libro, me he sentido incitado a una compartida intensidad, inducido a una visión abarcadora, aunque sabiéndome siempre irresuelto ante una vida que nos sobrepasa: “Somos aún cuestión por resolver/ y circunstancia endógena”. El autor ha encontrado sus visiones privilegiadas, la gracia del decir lo que para él viene siendo la sustancia de la vida que merece ser expresada, el ímpetu vivificador, la propia historia como dudosa proeza o parcial derrota. Se nota que ha esperado largo tiempo hasta proponer estas miradas, que las ha recabado largamente, entre fervores y cansancios. Este libro crece hacia dentro, contiene pródigas variantes de los entusiasmos y los desalientos, es un lugar profuso en el que morar, una plaza en la que conviven diferentes grados de realidad: lo cotidiano, lo sensorial, lo afectivo, las elevaciones de la cultura; la poesía, en fin, transcrita en el futuro de unas páginas hermosas e intensas.

Su estilo nace de una fuerza elegante, hecha de palabras mayoritariamente sobrias, pero poderosas para rehacer la realidad con sentimientos, con certezas que se imponen a una posible explicación; con palabras que cesan, exactas, en la franca descripción de lo emotivo. Y, aunque a veces esa pueda ser su apariencia, no es esta una poesía rutinaria, engreída de su alcanzado dominio. Hay indudable profundidad en estos versos que no miden timoratamente sus pasos, que no se refrenan ante la posibilidad de desbordarse de los ámbitos preestablecidos, sino que se catapultan desde sí mismos y solo se contienen ante las vecindades de lo inequívocamente prosaico. A través de sus ritmos, transitamos por las melancolías de la edad y por los recuerdos de una vida siempre incumplida; por las encrucijadas del presente, al encuentro de un gran tiempo, con unos proyectos emprendidos con sabiduría insuficiente: “la vida no es como la esperábamos/no como nos la contaron/como un fruto soleado”. La vida tiene sombras, y frutos que no existen. El aprendizaje ha sido duro: “aprendí luego que la dignidad es silenciosa como un chantaje/y que los afectos pueden doler hasta la negación o la impotencia”. Y luego esos “hubiese querido…” que tanto se repiten: fulminantes miradas hacia atrás, imposibilidades que se atienden.

Gran parte de nuestra vida ya está trazada. Irresistible, sobreviene la costosa acumulación de los años, esa “tendencia a la baja”. Y nos damos cuenta de que “estamos hechos de todo lo que no se cumple”, y corremos el riesgo de que “la vida aplazada nos pida cuentas”. Espero que no llegue nunca ese día en que no podamos “levantar sueños obstinados a los que asomarnos”, que no olvidemos nuestra íntima obligación de supervivencia: “Hoy cumplo cincuenta años y hay cosas/que no estoy dispuesto a olvidar”.

Juan C. Lozano cumple con su propósito de “diferir la vacuidad del ejercicio poético”. El poema es la ambición más personal: “necesitamos que la vida nos acerque al poema”. En su último verso, reconoce la salvación: “Necesitamos que hoy suceda algo verdaderamente hermoso”. Lo importante es la restitución de la palabra hoy a nuestros anhelos.