Mudanza en su costumbre, de María Paz Moreno

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OTOÑAL

 

Tú dices que me desnudo como los árboles,

dejando caer mis hojas muy poco

a poco, como cedidas al viento,

y que hay musgo en la parte de mi tronco

que busca la vida mirando al norte.

 

Pero sabes que de un tiempo a esta parte

respiran en silencio las mañanas

que nos encuentran, ya fría la carne

y más frío el hilo de las sábanas.

 

Deshabitad0s son nuestros rincones,

la intimidad cubierta de hojarasca

espesa, porque el estío quedó atrás

con su ritmo de agua y sus canciones

 

y hoy, no sé

qué compasión extraña te liga a mí,

Colección Lunara poesía nº 13, III premio Lunara de Poesía . 1996, Ediciones frutos del Tiempo

Colección Lunara poesía nº 13, III premio Lunara de Poesía  1996, Ediciones frutos del Tiempo

planta desposeída en un otoño

que este año se alarga demasiado,

y sabe con certeza, ante todo,

que será duro el invierno esperado.

 

 

SOLITUD

 

Apenas he abierto los labios

y ya me ha besado tu ausencia.

 

La luz, como la lluvia, solloza en la ventana.

 

 

METAMORFOSIS

 

Los poemas no saben de alquileres,

ni d facturas de luz o agua;

saben tan solo de cadencia y ritmo,

y están libres de impuestos las palabras.

 

Son refugio certero ante la prisa,

porque huelen al silencio del vino

en la bodega, y dejan al paladar

un gusto amargo pero dulce al tiempo.

 

Resulta tan sencillo detener

el pensamiento, el respiro, el latido,

y poder así, tranquilamente,

descansar de tanta vida en un alejandrino…

 

Ser metáfora, sinécdoque, asíndeton,

asonante o consonante, aliterarse

como el abanico leve, encabalgarse

como el verso siguiente, prestando siempre atención

al colorido de todas las vocales…

 

Hecho de sílabas y música,

ser un ser de papel y vivir

en un verso que guarde la rima.

 

 

 

Celebración del milagro, Carlos Cebrián

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Video utilizado en la presentación del poemario CELEBRACIÓN DEL MILAGRO, de Carlos Cebrián,(Generación del vértice nº 41, Editorial CELYA, 2005) el 18 de marzo de 2005.

El hombre tonel, por Francisco Gómez

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tonel2 hombre tonel

La mejor definición que tenía de sí mismo no era otra que ser un “Máster del Universo”. Un tipo grande entre los grandes, dominador de voluntades y hacedor de jugadas impensables en las mentes de sus competidores. Sentado frente al ordenador, con la mesa llena de periódicos salmón, sus tirantes y su camisa de Armani, estaba revestido de poder y lo sabía.

En un solo día podía manejar el dinero de cientos de inversionistas de medio mundo, comprar y vender bonos-basura, preparar opas hostiles, realizar arriesgadas operaciones bursátiles que depararían millones de beneficios con una parte proporcional para él, su tajada. En el parqué que él dominaba se movían al día 6.000 millones de euros, o sea, un billón con “b” de burro de pesetas.

Había cumplido el famoso lema que su generación veneraba: “Si a los 40 no tienes un Porsche, chalé en la sierra y una cuenta con muchos ceros en las Islas Caimán, eres un fracasado, un perdedor. Uno más entre los millones de tipos que caminan por las calles con la única meta de sobrevivir. Así de claro. Así de duro. Creía a pies juntillas en la famosa teoría de los tres tercios. En esta sociedad capitalista, liberal y egoísta, sus individuos se dividían en tres grupos, como las capas sociales de la Edad Media, pero ahora marcados por el estandarte del dinero. El primer tercio los magnates, grandes banqueros y empresarios, fortunas impresionantes que movían a diario enormes capitales en bolsa, ladrillos, acero, gas, electricidad, seguros, comunicaciones y otros negocios de dudosa reputación. Un segundo tercio de profesionales, la mesocracia, un enorme colchón que momento a momento acumulaba un mayor número de adeptos. Arquitectos, abogados, ingenieros, médicos, pequeños empresarios y constructores. Él se encontraba allí, un broker, un intermediario financiero, de baja cuna y elevadísimas ambiciones. Su objetivo estribaba en no quedarse en este segundo peldaño social sino escalar a lo más alto, ser el protagonista de las portadas económicas más codiciadas. Erigirse en uno de los 500 que manejaban el cotarro de lo que se decidía desde Finisterre hasta Almería. De Gerona hasta Huelva. Luego quedaban muy atrás los currantes, ese ejército de insomnes que se levantaban de lunes a viernes (o sábado) de 6 a 7 de la mañana para currelar como locos desenfrenados en aquellos trabajos u oficios que a la mayoría no les gustaban. Estaban marcados por el yugo a la hipoteca del pisito, las letras del coche y los muebles más el condumio semanal.

Para ellos, él articulaba las construcciones de hermosos engendros de cemento y hormigón para vivir o malvivir hacinados en cubículos de setenta metros con tabiques de papel. Auténticos colmenares de la masificación y el anonimato. Diseñaba sus tiempos de ocio en estadios donde los milites desahogaban sus pasiones, inquinas y frustraciones cada domingo por la tarde al conjuro de colores balompédicos o cosos redondos en comunión con los ritos del arte y la muerte.skyline

Él procedía de aquel mundo. En la olvidada infancia, su padre, forrador de armarios de chapa y su madre, abnegada ama de casa, habían sido su muro de contención ante los vaivenes del mundo, su refugio. Vagamente recordaba sus tiempos de juegos con una nota común: sobresalir ante los demás. Decidió bien pronto escapar del destino porque sabía que llegaría a ser alguien importante. Ahora desde el acantilado de los días presentes, miraba sin nostalgia las espumas de los días pasados. Los recordaba como el ejercicio necesario y programado que hubo de desarrollar para estar  hoy, ahora, sentado en aquella oficina con aquellos tirantes, aquella camisa de Armani, los gemelos de oro macizo y el reloj de seis mil euros. Su padre se esforzó porque estudiara como medida necesaria para escapar a su condición. Tenía ante sí la fotografía del instituto. A veces se preguntaba: ¿Qué habrá sido de ellos? Seguro que no han triunfado como yo…Pobres compañeros que veinte años después sobreviven como pueden. Padres y madres de familia en pisitos de setenta metros. Yo he proyectado su construcción. Pobre gente que sobrevive a los vaivenes del euro con el movimiento de capitales que yo genero. Sufridos consumidores que acuden a su cita semanal con el supermercado que mis amigos han levantado para que compren productos que mis ayudantes de marketing y publicidad han diseñado a las necesidades de sus bolsillos. Pobre gente perdedora…

Las nostalgias del ayer no cabían en los instantes del hoy. Aquellos amigos eran neblina del pasado (pese a ser su época estudiantil más añorada). Su vida social en los noventa se centraba en una mujer preciosa, hija de un banquero repetidamente fotografiada en el papel satinado y unas hijas repipis y maleducadas por una madre consentidora en el aceite de las comodidades del lujo.

Sus amigos del momento actual procedían de gente bien en la cumbre del pedigrí social. Memorables se le antojaban sus cacerías de fines de semana en los Montes de Toledo o la Cordillera Cantábrica, en aquellos latifundios sin fin de sus amigotes, cachorros de la misma camada. Las fiestas, colmadas de boato y ostentación en aquellas mansiones mastodónticas donde la hipocresía y el valor de la riqueza conferían el don de la distinción a sus privilegiados invitados.

Los viajes a la costa azul francesa, a la capital del Imperio y su promontorio más altivo, Nueva York, Australia, Hong-Kong o Rusia acabaron convirtiéndose en su pan de cada día por negocios o placer o ambas cuestiones a la vez. Un sonrisa burlona escapaba de sus labios cuando rememoraba estas singladuras.

Su mujer, la pobre, convencida de que su Master del Universo, cruzaba océanos y devoraba kilómetros para hacerla más grande y rica, mientras él se solazaba con profesionales del amor de alta dignidad amatoria. En este punto empezaba a pensar que él quería a su mujer pero no era un hombre para una sola fémina. Como varón bien dotado, necesitaba los favores de una señorita para cumplir sus ansias. Imposible olvidar aquellos maratones de champán, fresas y desenfreno en casas de distracción clandestina a las puertas de las Navidades. Sus compis de trabajo alquilaban los servicios de hermosas meretrices por toda una jornada para disfrutar de sus atenciones. Su abnegada mujer quedaba en casa adornando el árbol con sus lucecitas de colores alternas al tiempo que pensaba qué regalos compraría a sus infantes.

En estas cuitas andaba el Máster del Universo, cuando una tarde al concluir su horario de oficina, salía del edificio en el que amasaba su nombre y fortuna. Cruzó el vestíbulo y salió a la calle. No había andado más que unos pocos metros cuando un niño a punto de pisar el umbral de la adolescencia se plantó delante de sus  narices. Pidió que se inclinara hacia él y le dijo:

-Eres un pedazo de cabrón sin corazón

-¿Qué?

-Vete a la mierda, maricón. Mi padre ha muerto por tu culpa. ¡Ojalá te pudras en el infierno!

Dichas estas hermosas palabras, el preadolescente con un impulso rápido de garganta, lengua y labios le soltó un salivazo en pleno rostro y echó a correr sin olvidar dirigirle sucesivos cortes de mangas. Nada más ver la escena, el guardián del inmueble se dirigió raudo hacia el Máster con un pañuelo.

-¿Quién era ese crío?

-No lo sé. Quizás, hijo de alguno de los cinco albañiles que murió en el Mediterráneo

Mediterráneo era aquel famoso bloque de viviendas que él mismo había proyectado en colaboración con un grupo de especuladores. Los resultados fueron palpables en la primera página de los periódicos de la ciudad. La torre de pisos que quería competir con el cielo se construía con materiales de escasa calidad con un cemento pobre y ladrillos sin densidad. Las consecuencias no se hicieron esperar. Como un castillo de naipes vencidos, las obras se vinieron abajo, atrapando a cinco albañiles de la clase social que él ignoraba. Vinieron las investigaciones judiciales pero con sutiles sobornos, él logró conseguir que su nombre no se mezclara en aquel espinoso asunto. Sin embargo, no pudo evitar que los compañeros de los fallecidos en el andamio supieran que el Máster era uno de los causantes de aquella desgracia.

Aquel inesperado episodio le sumió en una nube de pensamientos extraños. “ ¿Cuántos habrán sufrido las consecuencias de mis acciones? ¿Quiénes serán los perjudicados por mis pelotazos especulativos?  Muchas familias habrán quedado arruinadas, otras habrán quedado en el pp (puto paro). Hombres y mujeres en la ruina y yo cada vez más rico y poderoso. Mi padre se avergonzaría de mí. Mi madre también me escupiría a la cara. No soy feliz con los amigotes que tengo, con la mujer que se acuesta cada noche a mi lado, con las hijas repipis que tenemos…”

Aquel salivazo supuso un ladrillazo en su conciencia de hombre engreído y sin escrúpulos. Quizás había equivocado sus proyectos, su rumbo en la vida, su forma de ser y estar. De repente, germinó en su cerebro la idea de no volver más a su casa, a su trabajo, de ver a gente a  la que en verdad detestaba. En éstas, al doblar una esquina se encontró con un tonel de vino vacío. Un auténtico armazón de madera de roble noble y solitario en mitad de ninguna parte. En aquel preciso instante decidió que sería el mejor lugar donde podría quedarse a vivir y así lo hizo. No advirtió a su mujer ni a sus amigos ni a sus compis de correrías. A  partir de ahora viviría en un tonel, aspirando sus aromas de licor vacío, sus esencias de madera y vino añejo. El mundo visto a través de los tablones de una barrica adquiría otra dimensión. Ya no era tan necesario acumular dinero, ni fama o posición social. Ya le importaba un carajo saber en qué peldaño del escalafón se encontraba. Ya no era un Master del Universo sino el dueño de su tonel, el soberano de las láminas de roble, de sus curvaturas recias y a la par arrugadas. Nadie reparó en su falta. Los periódicos salmón dejaron de hablar de él y otros ocuparon su lugar. Su mujer encontró acomodo en otros brazos. Sus hijas llamaron papá a otro rostro. Sus compañeros de cacerías siguieron a la caza y captura de la perdiz por esos montes. Él quedó en el tonel, amigo de los perros que orinaban en su costado, de los borrachos que recordaban noches mágicas al abrigo de los caldos de aquel añorado montón de madera circular. De los niños que se  preguntaban qué hacía aquel señor piojoso y barbudo dentro de aquel tonel. Nadie sabía a ciencia cierta por qué aquel hombre había aposentado sus reales en aquel olvidado espacio cilíndrico.

 

-Oye, tú, no estoy de acuerdo en cómo se desarrolla esta historia.

-¿Qué? ¿Quién es?

-¿Cómo que quién soy? Serás pánfilo…¡¡¡Tu personaje!!!

-¿Mi personaje?unamuno

-Sí, este hombre, un triunfador nato al que tú, absurdamente, has confinado en un tonel. En primer lugar, tengo nombre propio y tú siempre hablas de mí como él, en tercera persona, como si lo supieras todo de mí. Me llamo Serafín López Alfosea y no me gusta la forma en que estás llevando este relato. Quiero seguir siendo el tipo ambicioso y ganador que has dibujado desde el comienzo. No me conformo con menos.

-Serás lo que yo quiera que seas. Soy tu creador y no existirías si no hubieras salido de mis sueños.

-Estás profundamente equivocado.

-Que estoy qué…

-Suponiendo que tu literatura tenga alguna clase de porvenir o trascendencia o perdure en el tiempo como tu estúpida vanidad pretende, te recuerdo que sólo eres un hombre de carne y hueso y yo, tu hombre creado, un ser que puede existir para siempre entre las páginas de un libro o en la memoria digital de un ordenador, en una base de datos o un centro de documentación. Tú pasarás. Yo te sobreviviré. Pero no te hagas excesivas ilusiones. Tú no eres Cervantes, ni Shakespeare, ni Miguel Delibes ni ningún gran escritor. Eres uno más entre todos los que tratáis de levantar la cabeza en el mundo de las letras. Si alguna vez eres conocido y leído (que lo dudo), no será por tus méritos, sino por los personajes y las historias que te sobrevivirán. Así que haz el favor de retomar la historia, borrar eso de que me voy a vivir a un tonel y déjame como el triunfador que siempre he sido y quiero seguir siendo.

-Tú serás lo que yo quiera

-Jamás de los jamases. Negaré que te pertenezca, que haya salido de tu inspiración y bolígrafo.

La discursión prosiguió interminable sin que demiurgo y demiado llegasen a un acuerdo. Así pasó el tiempo de la escritura para continuar la vida.

Muertos de hambre, de Elio González y Rubén Tejerina

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La liberación de Sándor Márai, por Javier Puig

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Sandor MáraiSándor Márai escribe con la seguridad de quien cree que las palabras pueden impregnarse de la verdad de los hombres. Su trabajo es la lenta concreción de unos detalles que revelan la esencia de una moralidad sobria. En sus novelas, sabe que dispone de tiempo, lo que le evita precipitarse en magnificencias. Su camino es otro, es el de un fino escrutador que sabe que hay que tantear con las palabras la profundidad de los sentimientos, su decisiva sutileza.

Sus novelas ralentizan la acción, la apartan, para, con serenidad, sin prisas, sin injerencias, infiltrarse en el barullo de las contradicciones humanas. En la última que le he leído, Liberación, el tema, el asedio de los rusos a una Budapest ocupada por los nazis, podría prometer espectaculares emociones, grandes escenas de acción, vistosos heroísmos. Sin embargo, Márai, no se centra en la explosividad de lo evidente, sino que se rezaga de la embrutecida acción, del escándalo, del ruido, y busca el rincón interior en el que se dirime la fortaleza de los mejores sentimientos. Lo que pretende es conocer, pero no aquello aislado, nacido de la distancia, sino que le interesa saber de qué están hechas las pasiones humanas, los odios, los amores; se esfuerza en desvelar el misterio, en averiguar por qué a veces el hombre se degrada y por qué otras veces es capaz de sobrevivir en una dignidad difícil.

Sándor Márai es un maestro de los diálogos. Pero su virtud no es la de aquellos que logran reproducir fielmente las voces espontáneas, sino que su prosa desgrana unas conversaciones que rozan lo inverosímil, unas ideas que se devanan con tenaz lentitud. Las palabras hurgan en las heridas, las voces avanzan apartando la oscuridad. Desde esa cuidadosa indagación, el mundo parece aclararse alrededor. Un discurso ético se va afirmando en esa armonía de palabras, una delicadeza que no rehúsa la más implacable verdad.

En Liberación, a través del difícil periplo de la joven Erzsébet, hija de un eminente profesor, en las semanas del asedio ruso, Márai se acerca a unos personajes dignificados por su actitud ante unas circunstancias durísimas. Les rodean hombres y mujeres vencidos por la adversidad, caídos en su incuria ética. El padre de esta joven es un hombre que ha resistido a la insania generalizada, un profesor, astrónomo y matemático, que elude alinearse con los ocupadores alemanes, renunciando a esas vitales ventajas, resignándose a ser perseguido, represaliado. Erzsébet y su padre se ven obligados, como tantos compatriotas, a abandonar sus casas, a refugiarse en los sótanos de los edificios. Pierden su hogar, su intimidad, el control de sus días. Se ven obligados a convivir en el hacinamiento, a soportar intensos hedores, a desistir de cualquier intento de privacidad.

En el viciado aire de su salvación momentánea, los protagonistas de esta historia han de esperar pacientemente la eclosión de un día que no acaba de llegar, en esa noche que parece infinita. El desfallecimiento es lo que está a su alcance. Esquivarlo es una heroicidad. Muchos resuelven ser indiferentes con el dolor de los demás. Es lo más fácil, pero no lo más gratificante. Les molestan los muertos, dan la espalda a sus ceñidos vecinos de refugio, a los que no sienten como compañeros en el dolor sino como posibles contrincantes en sus trabajos de supervivencia.

En la larga estancia en el sótano convertido en atestado refugio, un hombre inválido yace junto a la joven Erzsébet. Silencioso, apagado, apenas se manifiesta hasta el final, cuando ya empieza a vislumbrarse un primer rayo de la liberación esperada. Este hombre, digno, sensato, reflexivo, habla con la joven; de su expresión se desprende una sabiduría desesperanzada. Defiende a los judíos, no solo del odio de los alemanes, sino de los perjuicios que débilmente se expresan entre quienes están contra esa persecución. Intenta deslindar aquello que es probablemente un rasgo característico de una comunidad, lo separa del derecho a que cada hombre sea juzgado por ser únicamente él mismo. Se trata de un matemático que filosofa con precisión. Aceptar la propia naturaleza, vivir sin demasiados anhelos: esa es la liberación para él. El amor tiene mucha fuerza pero, sin embargo, es un estado transitorio. Erzsébet tiene la esperanza de que con los rusos todo cambie, pero el profesor no confía en ellos. Ella expresa su fe en que la gente aprenda de sus sufrimientos, pero el profesor cree que el ser humano siempre vuelve al punto de partida, que todo se repetirá.

Efectivamente, la realidad da la razón a los escépticos. El encuentro de Erzsébet con un joven soldado ruso, oscurecido por una extrema incomunicación, se resuelve en una violación que ella sufre atenazada por el estupor. Más tarde, sale a la calle y encuentra a ese soldado tendido en el suelo, muerto. Todo se sucede con una lógica aberrante. Sándor Márai, que escribió esta novela casi al hilo de los acontecimientos – solo unos pocos meses después -, expresa una triste lucidez, la que concreta en ese personaje herido de incredulidad.

La anhelada liberación solo fue aparente. Los soviéticos se encargarían de constreñir las vidas de esos ciudadanos húngaros, especialmente las de los más conscientes del valor de la libertad, los más amantes de la alegría creativa. Pero eso sí, personajes como el de Erzsébet, como el de su padre – el profesor que resiste íntegro todas las humillaciones, que se aviene a leer noveluchas en sus sucesivos refugios, encerrado entre seres de limitada sensibilidad -; o como el del tullido profesor de matemáticas, siguen ahí, incólumes en sus fundamentos éticos, pese a los destrozos sufridos en una ilusión que ha de reconvertirse en una muy limitada pero imprescindible creencia.

60 años, de Alfonso Aguado Ortuño

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Sesenta años. ¿Qué queda por hacer?alfonso aguado

¿Qué queda por decir? La Luna llena

tras las ramas del pino es señalada

por la punta del ciprés. Me pregunta:

¿tú quién eres? Yo soy alguien que juega

con las palabras. Pues no resplandeces

añade– Y el pino que es sólo una sombra

agita sus agujas y en la tierra

las clava. Y el ciprés hacia mí se inclina

amenazante. Se enrarece el viento.

Se esconde la Luna sin despedirse.

Y las nubes negras de mí se ríen.

 

Toris, 2014

 

http://www.alfonsoaguado.com/sobre-mi/

http://alfonsoaguado.blogspot.com.es/

Mi amiga la Música, de Juan Ángel Castaño

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TARDE DE ESTÍO

Coección Lunara Poesía nº 7, 1992, Ediciones Frutos del Tiempo

Coección Lunara Poesía nº 7, 1992, Ediciones Frutos del Tiempo

Música de Shubert

esta tarde de estío

mientras recuerdas

tu último amor

-después de tantos

amores platónicos,

por fin un amor

un poco Kafkiano-

del que ya nada dices,

inmerso en el silencio

absurdo y perfecto

que para ti tejió.

Y es dulce la música

de la tarde,

tu cuerpo joven

que agradece

cada nuevo deseo

como un don

-lo que no tienes

es lo único que tienes-.

Escuchas a Shubert

y comprendes

que ese amor

es solo un peldaño

hacia al amor.

Todo amante es un aprendiz.

Y estás más cerca

del amor

que antes de conocerla.

Ansías otra aurora.

Mas no te precipites,

no quieras otra vez

tan pronto el mediodía.

Mira que una pasión

no se improvisa.

 

DE VITA BEATA

No tener que madrugar.

No tener vacaciones

por no necesitarlas.

Dar clases de Latín

y de Literatura

-y de vez en cuando

un alumno predilecto-.

Vivir cerca del mar

sin ruidos.

Ser justo y ser feliz,

como decía Borges,

y ayudar a los demás a serlo.

Tener amigos,

un piano y una amiga

-o una novia-

inteligente y casi vegetariana

-lo demás se dará por añadidura-

con quien leer

a Eliot y a Quevedo,

jugar al ajedrez y al ping pong

y a otros juegos de las almas

y de los cuerpos;

pasear por el puerto,

por la playa,

gozar de la música,

del mar, de las estrellas, del silencio

y del sonido más dulce

todos los días

y permanecer

entre el vivir y el soñar,

sin prisas.

 

PRELUDIO

Homenaje a J.R.J. y a Paul Valéry

 

La poesía es un modo de vivir

y revivir

nacida del recuerdo y la impaciencia

rebelde

del amor y los crepúsculos

la poesía es una enfermera amable

en temblores fértil hija del asombro

la apariencia acercándose a la Verdad

espejo donde los niños sueñan sus juguetes

belleza de lo efímero

bailarina de la música de la vida

sed y posesión

río y anillo

la pureza disfrazada y desnudándose

“la poesía es supervivencia”.