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Cuando como polen caen los versos (Presentación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza Pacheco) Por Mateo Marco

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 EL FUEGO DEL MAR, De Mª ENGRACIA SIGÜENZA PACHECO

El jueves 14 de junio se presentó en la Biblioteca María Moliner de Orihuela el libro El fuego del mar de Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Editorial Celesta, Madrid). El acto comenzó a las 20 horas y contó con una gran afluencia de público que llenó totalmente el salón de actos de la Biblioteca.

María Engracia Sigüenza Pacheco ha participado en bastantes antologías, libros colectivos y exposiciones y ha publicado en revistas y periódicos como Cuadernos del matemático, Empireuma Opticks magazineLas afinidades electivasFrutos del tiempo o minutocero.es.

En 2015 ganó el concurso de microrrelatos de la editorial Acen y quedó finalista en el I Premio Nacional de Poesía Villa de Madrid. 

La presentación, que reproducimos a continuación, corrió a cargo del historiador, escritor y poeta Mateo Marco Amorós e intervinieron Mª Engracia Sigüenza y el autor del prólogo, José Luis Zerón Huguet.

Cuando como polen caen los versos

(Presentación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza Pacheco)

Por Mateo Marco

Caen los versos / como polen / sobre el estruendo del mundo. Son versos que cierran el sólido poemario de María Engracia Sigüenza Pacheco que presentamos, titulado El fuego del mar, editado por Celesta, prologado con acierto por José Luis Zerón Huguet.

Sobre el estruendo del mundo se precipitan los versos.

Afortunadamente, tenemos que añadir. Y caen como polen. Un polen terapéutico por impregnarnos de poesía en este mundo excesivo de ruidos. Curándonos. Y como poesía fiel a la poesía, las palabras nos sanan y salvan por preciosas y precisas. Palabras especialmente necesarias en estos días en los que se consume una primavera húmeda y rara. Primavera al cabo. Pero versos que también servirán para toda estación de la vida con sus veranos cálidos y pesados. Con sus otoños de soledades y desnudeces. Con sus inviernos fríos.

Los que somos y nos sentimos del otoño nos veremos muy reflejados en un poema de El fuego del mar titulado “Otoño”. Un magnífico poema, para no obstante, como hemos dicho del poemario en general, para toda estación de la vida.

Uno agradece esta polinización poética –decíamos– que nos concilia con las palabras oportunas, explicativas de los momentos eternos. Palabras preciosas y precisas –también hemos dicho–, necesarias para decirnos lo esencial.

Esto es lo que uno, más lector que poeta, humildemente pide a los versos. Precisión frente a nuestro hablar cotidiano. Utilidad y tino frente al decir usual excesivamente tópico, decir usual excesivamente convencional. Decir usual que por tópico y convencional, resulta inútil para explicarnos lo fundamental, inservible para explicarnos a nosotros mismos. Defectuoso para conocernos, para saber qué somos. No así las palabras transformadas en poesía que nos trae María Engracia Sigüenza en su libro.

El fuego del mar se nos presenta en tres fracciones: “El espíritu de Gea”, “Atenea y las Musas” y “La mirada de Cronos”.

En la primera fracción –así lo confiesa la autora– la naturaleza, la vida y el amor sugieren las composiciones.

En la segunda, manda la inspiración inducida por el arte, por las artes: la música, la literatura, la pintura… Es esta sección, en gran parte, un honrado homenaje a los creadores. Leyéndola, nos ha traído a la memoria –y salvemos las distancias que haya que salvar– la magnífica obra de Daniel J. Boorstin titulada, precisamente, Los creadores. Al cabo somos herederos de todo lo precedente. Y lo precedente legatario de una eternidad. Pero para llegar a este homenaje que rinde la poeta en “Atenea y las Musas” es preciso desprenderse de vanidades y ver en el legado de los demás, en lo que nos sugieren las sabidurías de los otros, las respuestas que buscamos. Así, en esta segunda parte María Engracia se desprende agradecida a sus “musas”, en cada poema, en cada verso.

El tercer apartado, aun teniendo presente la inquisitiva e inevitable mirada de Cronos –del Tiempo y la muerte– resulta balsámico. Tiempo escrito con mayúscula como en el poema “Crepúsculos”. Escrito con mayúscula como de pequeños nos enseñaron a escribir la palabra Dios. Dice la autora con una ternura brutal, insisto con una ternura brutal, que son reflexiones sobre el tiempo y la necesidad de reconciliarme con la muerte mirándola sin miedo en los ojos de la vida.

Hemos dicho conscientemente ternura brutal y lo hemos repetido y lo repetimos –ternura brutal– para jugar como juega con sagacidad Sigüenza Pacheco, en todo el libro, con conceptos opuestos. En ocasiones aparentemente opuestos. Conceptos opuestos –oxímoron dicen los analistas del lenguaje figurado– y también paradojas, que más que contrariar reafirman la idea que pretenden transmitir:

Aurora y ocaso.

Vivir muriendo.

Perdedores invictos.

Caos del universo versus orden de la vida.

Fragilidad de los mortales versus poder de los dioses.

grito mudo

Realidad o sueño, / certeza o anhelo.

Bálsamo o revulsivo / (…) huracán que sosiega.

la salud de los enfermos.

“Los recuerdos del porvenir”.

Heridas que curan.

O esa paradoja que cierra el poema magistral y misterioso titulado “La visita”, dedicado a su hermana. Poema magistral y misterioso, insisto:

y regreso al mañana.

O el vivir muriendo. En “Vivir”.

Como en otro titulado “Tú y yo” se enfrentan:

vida y muerte

dicha y pena

sombra y luz.

Oxímoron y paradojas y más paradojas, especialmente, en el titulado… “Paradojas”:

(…) corazones de fuego / creciendo en una tierra polar, / (…) palpitar de las flores / en los jardines de hielo. // (…) crepúsculos

Conceptos aparentemente opuestos pero que reafirman la idea que pretenden transmitir. Y concilian la diversidad. Y la embellecen. Versos –recordamos– que caen como polen / sobre el estruendo del mundo.

Afortunadamente.

Versos plenos de hermosuras.

Sirvan de ejemplo los escritos en “Amor”:

y el faro de la luna / iluminó sus vidas.

O el que se escribe en “Todo”:

la explosión de sol de los girasoles.

O…

tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, que se dice al final del titulado “Luchas”.

O… el gran piano del mar. Ésto en el titulado “Euterpe”.

O ese magnífico verso abierto con el que termina “La Medusa”:

Pero algunos días eran luminosos…

Y qué decir de esos versos finales del poema “Tu recuerdo” dedicado –como todo el libro– al padre–:

Ahora debes alejarte, / debes regresar / al fondo de mi alma.

Escribía Muñoz Molina en El viento de la luna:

Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre.

El poema de Maria Engracia es precioso homenaje al padre. Y todo el libro un caminar de la mano de un padre-origen.

Caen los versos / como polen / sobre el estruendo del mundo. Decimos y repetimos aprovechando versos finales del libro que presentamos. Y es que resulta que al tiempo que preparamos algunas palabras para presentar el libro de María Engracia Sigüenza nos ha llegado otra obra de un amigo también poeta. Un libro que por estar pendiente de concurso hemos de guardar la pertinente discreción. Todo esto cuando en el tintero y sobre una pila de libros aún queda por atender, vibrando de intensidades, el Dondequiera que vague el día de Ada Soriano.

Versos y más versos. Que nos llegan –bendita sea– como bebedizo curativo. Purgante contra la realidad. No porque la solucionen, es más, a veces los versos redundan como sal sobre las heridas de la vida; pero nos salvan porque nos la explican.

El veintitrés de enero de 2009, el nobel José Saramago bajo la pregunta-título “¿QUÉ?” escribía en su blog:

Las preguntas “¿Quién es?” o “¿Quién soy?” tienen respuestas fáciles: uno cuenta su vida y así se presenta a los otros. La pregunta que no tiene respuesta se formula de otra manera: ¿Qué soy yo? No “quién”, sino “qué”. La persona que se haga esta pregunta se enfrentará a una página en blanco y lo peor es que no será capaz de escribir una sola palabra.1

La reflexión de Saramago parece una reflexión contra escritores desde la derrota de quien precisamente escribiendo nos ha explicado y descubierto tanto el quiénes somos. María Engracia Sigüenza, ejerciendo de poeta, supera el reto que nos plantea el nobel, respondiendo no solo al qué soy sino también –nos lo advierte Zerón en el prólogo– respondiendo a esos interrogantes eternos que aparecen en el poema titulado… “Eternidad”:

¿De dónde venimos?

¿Hacia dónde vamos?

¿Quiénes somos en realidad?

La respuesta a estas preguntas que nos ofrece la poeta es tan genial como hermosa. Pero no considerando oportuno hacerles de spoiler, destripándoles o arruinándoles la respuesta genial y hermosa, habrán de conocerla y disfrutarla ustedes leyendo el poema.

Leyendo el poema y el libro. Pues contra el pesimismo o maldición de Saramago, en El fuego del mar se nos aclaran muchas incertidumbres. O al menos se nos consuela asumiéndolas humanas. Sirva de ejemplo el poema titulado “Dolor” que contradice el célebre poema “Lo fatal” de Rubén Darío. El de: Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque esa ya no siente(…)

Los versos de El fuego del mar si no responden las incertidumbres con certezas, sí asumen la realidad humana. No la esquivan. Ofreciéndonos estrategias de búsqueda. Una aceptación de la realidad no resignada, sino asentida como irremediable y hasta transmutándola en hermosa realidad vital. Incluida la muerte. No tengo miedo a la muerte –vendría a decirnos Unamuno–. Tengo miedo a morirme.

En El fuego del mar las incertidumbres en muchos casos se clarifican o asumen recurriendo –también lo advierte Zerón– a la mitología griega.

En Así vivían en la Grecia Antigua cuenta Raquel López Melero que en la formación de los griegos, una vez que el escolar sabía leer y escribir con corrección, se iniciaba en el aprendizaje memorístico de grandes fragmentos de los principales poetas. El preferido era Homero, ya que en los dos poemas que se le atribuían, la Ilíada y la Odisea, creían encontrar los griegos todo tipo de enseñanzas. Hesíodo, Solón y los autores dramáticos aportaban asimismo (…) unas enseñanzas que incluían principios de moralidad pública y privada, estímulos respecto a la actitud frente a los dioses y frente a la patria, (…).2

Principios de moralidad pública, estímulos… Al cabo valores. Discutibles, los clásicos, si queremos, algunos, como valores. Pero materia para discernir. Es de agradecer que María Engracia nos devuelva y nos vuelva con El fuego del mar a lo clásico en una labor que podemos definir, si se nos permite, como de arqueología poética.

Los que nos dedicamos a la Enseñanza vemos con cierta preocupación cómo se derrumban con una rapidez irremediable los referentes culturales compartidos –antes– entre generaciones. Y ahora es como si todo se hubiera convertido en cosa de usar y tirar. En azucarillo que se disuelve ante el líquido de la inmediatez.

Por ejemplo, las películas que se estrenarán mañana, que algunas hace años darían para cineforum, charlas de café, referencias durante años, pasado mañana serán viejas. Y olvidadas. Acaso, no lo digo en broma, algunos nexos nos los salven los Simpson. Lo digo con conocimiento de causa porque cuando he querido recurrir a algunas de esas herencias y referencias culturales compartidas entre generaciones pasadas, algún alumno me dice que lo ha visto en los Simpson. Lo que ya no sé si alguien evitará, como ya años me pasa, el que mis alumnos me corrijan cuando digo, refiriéndome a la diosa alada de la victoria, Niké o Nike. Ellos me dicen que se dice naik.

Por todo lo dicho, bienvenida sea esta presencia de lo griego –esta arqueología poética– en El fuego del mar. Por recordarnos al cabo en todo el libro el verso de Horacio:

Graecia capta ferum victorem cepit et artis intulit in agresti Latio.

(La Grecia conquistada introdujo en la agreste Roma, el reguero de dioses de la cultura y de la ciencia).

Habitantes, nosotros, en este contemporáneo y agreste Lacio que estamos haciendo del mundo, cada vez más agreste, cada vez más rudo, bienaventurada sea la recuperación de las sensibilidades del clasicismo. Es el Graecia capta ferum victoriem cepit… –la Grecia conquistada conquistó al bárbaro conquistador– que nos recuerda Indro Montanelli, al tiempo que nos trae la siguiente reflexión:

El historiador inglés Maine ha dicho que todos nosotros somos aún colonia de ella [Grecia] porque, salvo las ciegas fuerzas de la naturaleza, todo lo que en la vida de la Humanidad evoluciona es de origen griego. Tal vez exista una “retórica de Grecia”, como existe una de Roma, que altera un poco las proporciones de su contribución. Mas nadie podrá negar que haya sido inmensa y, sobre todo, que hayan sido varios, vivaces y fascinadores sus protagonistas.

Hace unos años, estando en expectativa de destino trabajé en el Instituto de El Campello. Fue cuando el boom urbanístico que sí que había afectado ya a gran parte de nuestro litoral todavía no había llegado a la población marinera. El boom urbanístico empezaba pero todavía El Campello era El Campello. Pronto y rápidamente dejó de serlo.

Providencialmente aquel curso, además de impartir asignaturas de mi especialidad en Geografía e Historia tuve que completar horario con un grupo de Lengua y Literatura. Entonces me puse en manos del Departamento que dirigido por el catedrático Juan Luis Tato venía desarrollando para el nivel de primero de BUP un proyecto innovador para la enseñanza de la lengua castellana. Un proyecto que consistía en la lectura y el análisis, con actividades muy creativas y verdaderamente instructivas, de la Eneida de Virgilio. No es menester señalar la valía de este texto latino heredero de la tradición clásica que venimos diciendo. Por esto apreciamos que en El fuego del mar se nos devuelva esta tradición, se nos retorne al clasicismo.

Muchos mitos nos refuerzan contra nuestros miedos. Porque nos traen, aun arriesgando consecuencias, valores: Artemisa, la destreza. Pandora, la curiosidad… Lilith –tan tildada de maldades– no deja de sugerirnos la libertad… Somos “Grecia” pero… pero… Y también nos lo recuerda María Engracia somos “naturaleza”. Y entre la naturaleza, lo enigmático del mar. Donde el origen, pero también el destino donde volvemos a nacer. Por lo que sabemos del mar, pero más –siendo origen del origen– por lo que desconocemos. Una naturaleza de la que somos fusión porque somos agua y, desde un grito con exquisitez femenina, mujer, raíz y fruto. Una naturaleza que sabiéndola escuchar, sabiéndonos de ella, nos dicta poesía: Así la música de la tierra. Así el viento que susurra.

La respuesta, mi amigo, / está flotando en el viento. La respuesta está flotando en el viento —canta Bob Dylan.

Somos “Grecia”, somos “naturaleza” y somos “Cosmos”. Y la salvación acaso esté en sentirnos parte, aun insignificante, del Cosmos. Así, fuimos antes de ser, somos siendo y seguiremos siendo después de ser.

Perdón si estas palabras mías de ahora les parecen un juego propio de trilero. Pero si nos fundimos en el Cosmos, resulta así.

Somos “Grecia”, somos “naturaleza”, somos “Cosmos” y… Y también recuerdo.

En Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi naturaleza y recuerdo se funden en una escena bellísima. Es cuando el periodista Pereira interrumpe de forma repentina su viaje, en tren hacia Parede, para bañarse en la playa de Santo Amaro. El médico Cardoso apreciará que lo que atrajo a Pereira fue la naturaleza, mas Pereira considera que posiblemente lo que provocó su decisión de interrumpir el viaje fueron los recuerdos.

En el poema “Crepúsculos” destaca María Engracia la importancia del recuerdo. La memoria nos salva. Nos salva o, también, nos atosiga. En este sentido resulta precioso el poema titulado “Madre” donde el pasado, el recuerdo, se intuye amenazante. Contra él, contra el presente que recuerda o acaso contra la muerte, se escribe:

No cierres los ojos madre, / ¡mírame!

Y termino.

Decíamos al principio de nuestra presentación que estos días de primavera rara nos llegan –bendita sea– versos como bebedizo curativo. Purgante contra la realidad. No porque la solucione sino porque nos concilian con el mundo y con nuestros semejantes. Y yo lo agradezco.

El presidente Kennedy apenas un mes antes de ser asesinado pronunció un discurso en la universidad de Amherst. En él, homenajeando al poeta Robert Frost, dijo:

Frost consideró a la poesía como el medio para salvar al poder de sí mismo. Cuando el poder lleva al hombre a ser arrogante, la poesía le recuerda sus limitaciones. Cuando el poder restringe las áreas de preocupación del hombre, la poesía le recuerda la riqueza y la diversidad de su existencia. Cuando el poder corrompe, la poesía limpia, puesto que el arte establece la verdad humana básica que actúa como punto de referencia de nuestro juicio.

Poesía frente a la arrogancia. Poesía para enriquecer nuestra existencia. Poesía purificadora.

Es por esto por lo que agradezco versos como los de El fuego del mar. Versos que caen como polen / sobre el estruendo del mundo.

Muchas gracias.

1 José SARAMAGO (2009), El cuaderno, Alfaguara, Madrid, pp. 180-181.

2 Raquel LÓPEZ MELERO (1990), Así vivían en la Grecia Antigua, Anaya, Madrid. Colección Biblioteca Básica de Historia. Vida cotidiana, pp. 47-48.

La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017), por Mª Engracia Sigüenza Pacheco

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EEUU, años 60: la Guerra Fría, el racismo, el machismo y la homofobia, los prejuicios de clase, el miedo al otro, al diferente, la soledad, la estrechez de miras, la violencia y el abuso de poder.Y por encima de todo, cuatro personajes, cuatro tipos de humanidad invisible o marginal (dos mujeresde la limpieza, una muda y la otra negra, un artista fracasado y rechazado por su homosexualidad y un hombre anfibio capturado en el Amazonas), que desde su condición de parias representan la complejidad de la naturaleza humana, la riqueza de la diversidad y la anónima heroicidad de los humildes. El anfibio humanizado simboliza lo desconocido, lo extraño y enigmático, lo que nos aterra, el detonante que nos pone a prueba haciéndonos ver quiénes somos en realidad. Y los protagonistas, especialmente las dos mujeres, encarnan la valentía, la solidaridad, la compasión, la alegría de vivir y sobre todo la bondad y el amor. Conceptos imprescindibles e intemporales.
Y después está la forma del agua como metáfora de nosotros mismos. El agua en la que nacimos, la que llevamos en nuestro interior y nos moldea, la que nos vierten los demás y nos desborda, la que nos inunda desde la bóveda celeste, la que nos aguarda en la tierra y en el vientre del mar.
El agua de la vida en definitiva. Y en esta hermosa película el agua pertenece a los que aman, a los que tienen un corazón puro, salvaje y libre como ella, como el agua. Esos son los que realmente viven, los demás parecen muertos vivientes, corazones áridos, o esclavos de la crueldad con el único poder de matar.
Hay diálogos inteligentes y chispeantes, interpretaciones brillantes y conmovedoras y una banda sonora magnífica. Y hay un explícito homenaje al cine, ese arte compendio de todas las artes que nos hace soñar, que nos hace la vida más bella si sabemos mirar.
A pesar de sus 13 nominaciones a los Premios Óscar (todos merecidos a mi manera de ver), La forma del agua es una película alejada del mercantilismo y arriesgada en su genuina autenticidad.
Poesía visual en una atmósfera turbia. Horror, ternura y fascinación en un relato fantástico que denuncia problemas todavía sin resolver y que reivindica el poder de la imaginación y la magia del cine.

Mª Engracia Sigüenza Pacheco (febrero, 2018)

PRESENTACION “PERPLEJIDADES Y CERTEZAS. ARS POÉTICA, COLECCIÓN CARPE DIEM. LIBRERÍA CÓDEX, ORIHUELA 11 de enero de 2018 Por María Engracia SIGÜENZA PACHECO

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Perplejidades y certezas
El universo poético del pensamiento.

La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la obscuridad.
María Zambrano, Filosofía y poesía.
Lo propio del mundo intelectual es de estar siempre impulsado por el mundo sensible.
Paul Valéry, Cuadernos.

Cuando conocí a José Luis Zerón Huguet, hace ya algunos años, la admiración que sentía por su obra no hizo sino crecer, pues comprendí al instante que en él se aunaban dos cualidades muy difíciles de encontrar en una misma persona: la excelencia literaria y la humana.
Porque si resulta admirable hallar una obra brillante, honda, dueña de un universo propio y de una ética insobornable, no lo es menos descubrir tras ella a una persona humilde, generosa y empática, poseedora de una extraordinaria sensibilidad y de una gran calidad humana. Valores que siempre he considerado subversivos, y quizá ahora más que nunca.
José Luis posee una trayectoria fundamentalmente poética; la poesía es la fuente principal de la que bebe, tanto su obra como su persona, pero el océano de su creatividad se nutre de otros muchos ríos.
Su ávida curiosidad intelectual y artística, la pasión que siente por el conocimiento y el arte en todas sus manifestaciones le han hecho poseedor de una ecléctica erudición, aunque a mi juicio la luz que ilumina su talento emerge de su profundo humanismo, un humanismo que lo mantiene abierto a todo, íntimamente conectado al mundo y a los seres que le rodean y a salvo de la presunción.
Perplejidad y certeza, las dos palabras que dan título a su nuevo libro, son simiente en el corazón y rayo en la tormenta del conocimiento. De la perplejidad, del asombro ante el misterio parte la labor del poeta y del filósofo, ambos buscadores de certezas; hermanos que han permanecido distanciados a lo largo de la historia, y que a mi manera de ver se vuelven a encontrar en el texto que nos ocupa.
La perplejidad, el asombro y el amor a la vida empujan al autor a meditar, a indagar, con la llama de la poesía, en las eternas cuestiones del vivir; en el mensaje universal de la naturaleza que como ser vivo se funde con el ser humano, y en el tiempo y el espacio cósmico donde se inserta todo lo que vive. Y este fértil cavilar, este penetrar con el fuego de la palabra en el exterior y en el interior de sí mismo, lleva al poeta a transcender los límites de la poesía hasta encontrar certezas en el corazón mismo de la incertidumbre.
Nuestro autor empieza su libro con toda una declaración de intenciones en la dedicatoria general: “Para aquellos que balbucean como la espiga expuesta al solano inclemente. (…), estas palabras condenadas a los desiertos del desahucio, pero llenas de fervor”.
Y continúa con dos de los más bellos poemas de amor filial que he leído nunca, de los que extraigo solo unos versos. En Salutación aconseja a su hijo: “Ejercita el asombro, despliégate donde los demás se detienen. No seas estanque sino fuente”, Y en Vínculo a su hija: “No anides. Déjate arrastrar por el torrente y percibe el infinito”.
Así pues, ya desde el principio encontramos la fuerza arrolladora de la poesía, pero también la del pensamiento, la de la razón poética en definitiva.
Una razón poética en la que podemos escuchar ecos de otros grandes poetas, como en Espejismos de la mañana, donde leemos: “Solo las fuentes manan perpetuamente en la memoria”, y después: “Miro la jubilosa dilatación de los brotes y el ojo se adentra y se extravía en la expansión”. Y en Espesuras el autor nos dice: “El desterrado se abisma en el sexo del bosque. Allá en las colinas las cosechas. Aquí hay vértigos de naturaleza ebria.”
Versos en los que parece que resuenan aquellos de Ruben Darío: “ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto”, o estos otros: “Hay un alma en cada una de las gotas del mar”.
Descubrimos, de esta manera, canales subterráneos que unen a nuestro autor con el gran poeta nicaragüense; entre ellos su panteísmo, la visión de la naturaleza como suprema metáfora, como cuna y féretro; salvaje y dulce, enigmática como el corazón humano.
Encontramos ideas, verdad y razón en estos textos difícilmente clasificables y por supuesto metáforas, sinestesias y paradojas, imágenes brillantes, complejas e hipnóticas como estas que citamos: “El mundo se descubre donde no se encuentra”, y también: “Es tiempo de nombrar. Las palabras matan el miedo cuando afirman sin mentir”, o estas otras: “Escribir en el fuego de los contrarios las preguntas que tiemblan de impaciencia.”
El autor maneja instrumentos de la poesía y de la filosofía, del mundo de las ideas y del mundo de los sentidos.
Dialoga dialécticamente con los abismos, se entrega con ardor al misterio de la existencia cumpliendo la función del poeta, como afirma la escritora Susan Sontag en su ensayo Cuestión de énfasis: “La prosa de un poeta es la autobiografía del ardor”.
Como poeta, vaga en brazos de la inspiración, su exaltada sensibilidad lo impulsa a la vez hacia el exterior y hacia las profundidades de su propio ser, pero ese estado de delirio creador no le hace perder la lucidez, más bien al contrario, le siembra el pensamiento alumbrándole certezas.
Porque, a pesar de que la poesía es un don, algo que le viene dado al poeta, como dejó escrito María Zambrano en Poesía y Filosofía, también es un tormento que le obliga a merecer la ofrenda que recibe; le obliga a convertirse en arquitecto de poemas, en palabras del poeta Paul Valery, que en la obra Poesía y pensamiento abstracto, dice de su labor como poeta: (…) mi trabajo exigía de mí ( …) cantidad de reflexiones, de decisiones, de elecciones y de combinaciones, sin las cuales todos los dones posibles de la Musa o del Azar se mantenían como materiales preciosos en una cantera sin arquitecto”.
Y es que la inspiración, aunque esencial, nunca es suficiente, ni la inteligencia, ni el conocimiento o la capacidad de trabajo. En esta compleja y misteriosa tarea de construir poemas actúan muchas potencias, y la sensibilidad, aquella que Kant consideraba la primera fuente de conocimiento, es una de las primordiales.
Así, en su espíritu filosófico, hay en este libro, ya desde el título, una dialéctica, un reconocimiento de la razón como motor de la naturaleza humana, aunque en comunión con los sentidos, porque nuestro autor se sirve de ellos, como se sirve del mundo de los sueños o de la vigilia soberana de la ciencia. Todo le es útil, nada desdeña en su camino, en su búsqueda interior, hasta llegar a construir un universo poético original; una poesía humanista que pretende unir a todas las fuerzas creadoras de la vida y del arte, y que apela siempre a nuestra humanidad. Una unión entre palabra y pensamiento que duele a la vez que reconforta.
Hay certezas, amargas en su plenitud, como las del texto titulado En la duermevela: “He comprendido que se vive en la disposición del caos, en la enajenación de unos sentidos maravillados”; y otras, desoladoras, que conducen a la metafísica en Abisal: “El abismo es la proyección de Dios y el hombre siente devoción por el vacío”.
Y de nuevo, se puede escuchar en Perplejidades y certezas el aleteo de las palabras pronunciadas por Paul Valery en el ensayo antes citado: “Si el poeta fuera únicamente poeta, sin la menor esperanza de abstraer y de razonar, no dejaría tras de él ninguna huella poética”.
Porque el pensamiento poético que nos penetra, aquel que permanece vivo en nuestra memoria haciéndonos volver de nuevo a él, lo encontramos por ejemplo en estas palabras de Fuente sellada: “Soy centinela del lugar que abandoné”, o en las de Elogio de la llama: “Qué belleza en el funeral de la luz (….) La cremación es lenta, pero el incendio no se detiene; hay en su temblor, en su convulsión, una parte de mi júbilo y de mi sufrimiento.” Versos turbadores donde sentimos que el lenguaje rompe las ataduras del tiempo y del espacio y se hace infinito.
El libro termina con una serie de imágenes y pensamientos brillantes a modo de aforismos o poemas, de los cuales no me resisto a transcribir uno de mis favoritos: “Venid a nuestros campos luciérnagas extinguidas, alumbrad los márgenes espesos. Es la hora en que las ventanas se encienden y despuntan las tinieblas. Almas encinta de las amapolas. Estamos consagrados al recuerdo.”
Textos que en su belleza y contundencia crean un temblor musical y recuerdan las palabras de George Steiner en el prefacio de La poesía del pensamiento: (…) El argumento, aún analítico, tiene su redoble de tambor. Se hace oda. (…)
La obra de José Luis Zerón es inspiradora, capaz de abrir nuestra mente y nuestros sentidos, de removernos por dentro, como solo lo hacen los grandes de la literatura.
Y permítanme terminar uniendo las palabras de nuestro autor a las de uno de los más grandes escritores de la historia, Albert Camus.
“(…) Así, persuadido del origen plenamente humano de cuanto es humano, ciego que desea ver y sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. (…) La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. (…)”. Escribe Albert Camus en El mito de Sísifo.
“En épocas de desamparo rotura tu propia nada y siembra en los surcos hostiles palabras de afirmación. Pero es preciso sentir la convulsión de la siembra, sólo así abrirás caminos de cosechas”. Suscribe José Luis Zerón al final de Perplejidades y certezas.
Pensamientos poéticos que nos inspiran, creadores que nos ayudan en la ardua y maravillosa tarea de vivir.

Mª Engracia Sigüenza pacheco

Elle, por Mª Engracia Sigüenza Pacheco

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Elle: fascinación, inteligencia y perversidad.elle-258494210-large

La Elle del título, muy acertado en mi opinión, ya que ella es la pieza fundamental de la película, es Isabelle Huppert, una actriz prodigiosa a la que no le queda nada por demostrar y a la que vimos hace poco en la magnífica El porvenir, y que aquí se convierte, con su exquisita naturalidad en Michèle, un personaje provocador, audaz e inquietante y muy rico en matices.

En un contexto como el París actual, el director Paul Verhoeven (Ámsterdam, 1938), que posee una atractiva filmografía y una mente muy bien amueblada (se doctoró en física y matemáticas en la prestigiosa Universidad de Leiden), disecciona, basándose en la novela Oh…, de Philippe Djian, el mundo de la clase alta francesa sin dejar títere con cabeza. La hipocresía, la falta de escrúpulos, la estupidez y el fanatismo conviven con la ostentación, la perversidad y la violencia. Es un mundo despiadado, creado por los hijos de aquellos jóvenes nihilistas que deambulaban por las calles de París en la muy interesante Un mundo sin piedad, dirigida por Eric Rochant en 1989. Y el análisis, no exento de ironía, lo hace a través de un personaje femenino muy potente y nada convencional. Una mujer que ya en la brutal escena inicial nos revela su fortaleza e independencia, su forma de encarar los embates sin amilanarse.

A medida que avanza el metraje, el director nos va introduciendo en una comunidad hastiada, donde salir de la zona de confort solo significa exceso y patología, y observamos que en ese ambiente ella sabe moverse con determinación y aplomo, empoderándose, empeñada en no ser una víctima. Y pronto descubrimos que esa autosuficiencia –una mujer acaudalada, directora creativa en una poderosa empresa de videojuegos, que elige vivir sola y mantener una vida sexual libre y alejada de sentimentalismos-, unida a su inteligencia y a su atractivo, la convierten en objeto de deseo, de amor-odio de todo su entorno.

Y ella lo sabe, sabe a lo que se expone una mujer cuando no quiere renunciar al poder y a la libertad, cuando se muestra agresiva en el trabajo para hacer valer su criterio. Su resistencia y osadía quizá provengan de las vivencias del pasado, cuando siendo niña se enfrentó al horror, o quizá no, nunca llegamos a saberlo. Pero intuimos que para sobrevivir tuvo que protegerse y que se ha hecho a sí misma. Ahora está de vuelta de muchas cosas, y paralelamente al ámbito laboral, donde va dando forma a la guerrera de su videojuego estrella, en lo personal se prepara, se arma, se entrena para la batalla y no huye del miedo. Mimetizada con un entorno perverso y hostil consigue alzarse por encima de la mediocridad que la rodea.

Es una mujer distante y ambigua, que tiene mucho de felina (estupendo el personaje del gato, su cómplice, y ya desde la primera escena metáfora del voyeur, de nuestros ojos o de los ojos del cine) y que nos atrae como un imán, igual que atrae al resto de personajes que orbitan a su alrededor como satélites. La actriz, con su habitual maestría, dota a su personaje de complejidad y por encima de todo de misterio. Algo fundamental, a mi manera de ver, en cualquier obra de arte.

La banda sonora de la compositora británica Anne Dudley, responsable de la música de American History X, Full Monty (por la que obtuvo el Oscar) o Juego de Lágrimas, y que ya trabajó para el director en la estupenda El libro negro, crea una atmósfera perfecta que acentúa la tensión y la intriga.

Rodada mayoritariamente en interiores, la traslación pictórica que siempre descubro en el cine, en este caso me ha remitido, por la temática y el retrato de los personajes, además del Manga (no en vano Francia es el país que más lo edita después del propio Japón), a los cuadros descarnados de Lucian Freud, el pintor de la carne trémula, y al surrealismo de Leonor Fini y Dorothea Tanning; dos artistas en cuyo universo encuentro un simbolismo fascinante y una feminidad compleja y poliédrica, como la de la protagonista, y como la de la mayoría de las heroínas que pueblan la filmografía del director que nos ocupa.

En definitiva, en Elle, su última obra (que ha sido elegida para representar a Francia en los Oscar), el director holandés actualiza temas que ya trataron grandes maestros como Buñuel (El discreto encanto de la burguesía, Belle de Jour)y sobre todo Chabrol (Borrachera de poder, Gracias por el chocolate, La flor del mal, etc.-curiosamente muchas de ellas protagonizadas también por IsabelleHuppert-), y consigue no desmerecer a sus ilustres antecesores. La película es incómoda, turbia e impredecible; una mezcla de comedia surrealista (la cena navideña es un buen ejemplo), thriller y drama social, donde se plantean muchas preguntas, y que provoca perplejidad y desconcierto pero nunca desinterés.

Mª Engracia Sigüenza Pacheco, octubre 2016

* FICCIÓN (Monólogo de Ninotchka desde el cementerio de Estocolmo), por   Mª Engracia Sigüenza Pacheco.

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cementerio de estocolmo

Soy nadie. ¿Tú quién eres?

¿Eres nadie tú también?
Ya somos dos entonces. No lo digas:ninotchka
lo contarían, sabes.

 

Qué tristeza ser alguien,
qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

Emily Dickinson

Estoy pensando en aquellos días inolvidables, cuando todo comenzó. Parece increíble que haya pasado ya más de medio siglo. A estas alturas no sé si queda algo de aquella enigmática mujer que andaba algo perdida en París…

Pero, sí, todavía perdura. Vuelvo a ella y percibo que su esencia sigue viva.

La historia de amor entre aquella agente soviética, rígida y antipática, que había sido enviada a París para resolver unos asuntos de estado y el aristócrata francés, tan atractivo y encantador como parásito social, se convirtió en una aventura inolvidable. Aún me siento orgullosa de ella.

Llegué envuelta en el halo de tristeza que cubría la vida en Moscú, con el peso del pasado, del sufrimiento que había causado la dictadura del zar Nicolás II al pueblo ruso; pero también con toda la ilusión generada por la Revolución. Tenía esperanza en el futuro.

Creo que nunca había pensado en mí como una persona individual, como una mujer. Ese viaje lo cambió todo.

Empezaban a caer bombas sobre Europa, la Segunda Guerra Mundial era un hecho, pero yo aprendía a reír, descubría el amor y me paseaba por París diciendo frases chispeantes, creando situaciones y diálogos brillantes; soñando y haciendo soñar. Y no era frivolidad; era belleza.

Todo giraba alrededor de mí, de la agente bolchevique, seria y austera sí, ¡pero tan inteligente! Una mujer de carácter, dijeron todos; íntegra y capaz de luchar por sus ideales, por un mundo en el que cree. Sí, yo también me veía así, me sentía segura de mí misma, una mujer única, distinta a las demás. Por eso aquel playboy parisino cayó rendido a mis pies.

Muy pocos pensaron que era una mujer insípida o poco femenina. La mayoría supo ver lo que yo había demostrado: que se podía ser atractiva apelando a la naturalidad; que la elegancia y la belleza dependían más de la actitud y de la personalidad que de los accesorios.

Recuerdo que era independiente y audaz, nada puritana, y que, en el fondo, sabía reírme de mí misma.

La verdad, con alguien así no se podía criticar en serio al régimen comunista; yo era producto de ese país, de ese régimen. Y todos debían saber que después de la Revolución, la Rusia comunista era el único lugar donde las mujeres cobraban igual que los hombres por el mismo trabajo. A nadie le extrañó, por lo tanto, que aquel mismo gobierno enviara a una mujer como yo para llamar al orden a tres camaradas bastante ineptos.

América empezaba a vislumbrar, muy a su pesar, que en ese país se estaba gestando una gran potencia.

Pero tampoco se podía negar que el soviético era un régimen totalitario, incluso yo debía saberlo.

Y allí, en ese nuevo mundo que acababa de descubrir, se amaba tanto la libertad, el sentido de la aventura, el optimismo que el cine americano siempre había querido transmitir. ¿Quién hubiera podido resistirse? Yo desde luego no.

Los humanos estamos hechos de fuego, a veces se nos apaga, es cierto, pero siempre podemos volver a encenderlo.

Y aquellos genios que nos convocaron sabían hacerlo. Ellos sabían cómo inflamar los corazones. Y además eran unos visionarios: fueron capaces de anunciar el enfrentamiento cultural y político que llegaría con la Guerra Fría.

Y luego estaba París, el infinito París. Aquella ciudad que estaba fuera del tiempo, que escondía dentro de su corazón la pasión, el espíritu revolucionario. No cambié mis ideales, como algunos han interpretado, no me traicioné ni me dejé seducir por el Capitalismo. Simplemente comprendí que no podía huir. París habitaba en mi interior.

Pero lo definitivo fue encontrarla a ella, o que ella me encontrara a mí, tanto da. Lo cierto es que desde entonces fuimos una dentro de la otra…hasta el final.

Nada más verla supe que era muy parecida a mí: fría sólo en apariencia, con un fino sentido del humor y una sutil ironía; una mujer avanzada a su tiempo, que intentaba ser fiel a sí misma y sentirse segura, aunque no siempre lo conseguía.

Las dos protegíamos nuestra intimidad, nuestro mundo interior. Un mundo al que no se podía acceder fácilmente.

Aunque yo a ella la dejé entrar enseguida. Y la amé. Todavía la amo…

Mi aventura con aquel Don Juan duró poco. Con ella he permanecido siempre.

Y con ella he amado mucho también… Hemos sido afortunadas.

Cuando la conocí, en el 39, el pueblo ruso no era un pueblo cateto y atrasado, como querían hacernos creer, aunque ciertamente existiera la censura y la temible Siberia; ni en el París capitalista todo era felicidad y bonanza. Pero eso es lo de menos. Nuestra historia trataba realmente de otra cosa: trataba de la alegría, de la pasión por la vida, de la fuerza trasformadora del amor. Trataba de la libertad.

Y eso lo aprendimos enseguida. Y supimos que para ser libres debíamos abandonar aquel planeta banal y pernicioso llamado Hollywood. Allí se vivía de la mendacidad. Nosotras no pertenecíamos a ese lugar.

Hoy, en el recuerdo, todo aquello no es más que un espejismo…

Ahora somos hierba, rizoma, tierra fértil en este maravilloso bosque de Estocolmo.

Aquí descansamos, junto a Greta Gustafsson; un ser anónimo, como todos, pero auténtico.

Lo demás es sólo ficción.

*Relato publicado en el libro No hay color: películas en blanco y negro, de Kike Payá “Kikelin