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PRESENTACION “PERPLEJIDADES Y CERTEZAS. ARS POÉTICA, COLECCIÓN CARPE DIEM. LIBRERÍA CÓDEX, ORIHUELA 11 de enero de 2018 Por María Engracia SIGÜENZA PACHECO

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Perplejidades y certezas
El universo poético del pensamiento.

La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la obscuridad.
María Zambrano, Filosofía y poesía.
Lo propio del mundo intelectual es de estar siempre impulsado por el mundo sensible.
Paul Valéry, Cuadernos.

Cuando conocí a José Luis Zerón Huguet, hace ya algunos años, la admiración que sentía por su obra no hizo sino crecer, pues comprendí al instante que en él se aunaban dos cualidades muy difíciles de encontrar en una misma persona: la excelencia literaria y la humana.
Porque si resulta admirable hallar una obra brillante, honda, dueña de un universo propio y de una ética insobornable, no lo es menos descubrir tras ella a una persona humilde, generosa y empática, poseedora de una extraordinaria sensibilidad y de una gran calidad humana. Valores que siempre he considerado subversivos, y quizá ahora más que nunca.
José Luis posee una trayectoria fundamentalmente poética; la poesía es la fuente principal de la que bebe, tanto su obra como su persona, pero el océano de su creatividad se nutre de otros muchos ríos.
Su ávida curiosidad intelectual y artística, la pasión que siente por el conocimiento y el arte en todas sus manifestaciones le han hecho poseedor de una ecléctica erudición, aunque a mi juicio la luz que ilumina su talento emerge de su profundo humanismo, un humanismo que lo mantiene abierto a todo, íntimamente conectado al mundo y a los seres que le rodean y a salvo de la presunción.
Perplejidad y certeza, las dos palabras que dan título a su nuevo libro, son simiente en el corazón y rayo en la tormenta del conocimiento. De la perplejidad, del asombro ante el misterio parte la labor del poeta y del filósofo, ambos buscadores de certezas; hermanos que han permanecido distanciados a lo largo de la historia, y que a mi manera de ver se vuelven a encontrar en el texto que nos ocupa.
La perplejidad, el asombro y el amor a la vida empujan al autor a meditar, a indagar, con la llama de la poesía, en las eternas cuestiones del vivir; en el mensaje universal de la naturaleza que como ser vivo se funde con el ser humano, y en el tiempo y el espacio cósmico donde se inserta todo lo que vive. Y este fértil cavilar, este penetrar con el fuego de la palabra en el exterior y en el interior de sí mismo, lleva al poeta a transcender los límites de la poesía hasta encontrar certezas en el corazón mismo de la incertidumbre.
Nuestro autor empieza su libro con toda una declaración de intenciones en la dedicatoria general: “Para aquellos que balbucean como la espiga expuesta al solano inclemente. (…), estas palabras condenadas a los desiertos del desahucio, pero llenas de fervor”.
Y continúa con dos de los más bellos poemas de amor filial que he leído nunca, de los que extraigo solo unos versos. En Salutación aconseja a su hijo: “Ejercita el asombro, despliégate donde los demás se detienen. No seas estanque sino fuente”, Y en Vínculo a su hija: “No anides. Déjate arrastrar por el torrente y percibe el infinito”.
Así pues, ya desde el principio encontramos la fuerza arrolladora de la poesía, pero también la del pensamiento, la de la razón poética en definitiva.
Una razón poética en la que podemos escuchar ecos de otros grandes poetas, como en Espejismos de la mañana, donde leemos: “Solo las fuentes manan perpetuamente en la memoria”, y después: “Miro la jubilosa dilatación de los brotes y el ojo se adentra y se extravía en la expansión”. Y en Espesuras el autor nos dice: “El desterrado se abisma en el sexo del bosque. Allá en las colinas las cosechas. Aquí hay vértigos de naturaleza ebria.”
Versos en los que parece que resuenan aquellos de Ruben Darío: “ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto”, o estos otros: “Hay un alma en cada una de las gotas del mar”.
Descubrimos, de esta manera, canales subterráneos que unen a nuestro autor con el gran poeta nicaragüense; entre ellos su panteísmo, la visión de la naturaleza como suprema metáfora, como cuna y féretro; salvaje y dulce, enigmática como el corazón humano.
Encontramos ideas, verdad y razón en estos textos difícilmente clasificables y por supuesto metáforas, sinestesias y paradojas, imágenes brillantes, complejas e hipnóticas como estas que citamos: “El mundo se descubre donde no se encuentra”, y también: “Es tiempo de nombrar. Las palabras matan el miedo cuando afirman sin mentir”, o estas otras: “Escribir en el fuego de los contrarios las preguntas que tiemblan de impaciencia.”
El autor maneja instrumentos de la poesía y de la filosofía, del mundo de las ideas y del mundo de los sentidos.
Dialoga dialécticamente con los abismos, se entrega con ardor al misterio de la existencia cumpliendo la función del poeta, como afirma la escritora Susan Sontag en su ensayo Cuestión de énfasis: “La prosa de un poeta es la autobiografía del ardor”.
Como poeta, vaga en brazos de la inspiración, su exaltada sensibilidad lo impulsa a la vez hacia el exterior y hacia las profundidades de su propio ser, pero ese estado de delirio creador no le hace perder la lucidez, más bien al contrario, le siembra el pensamiento alumbrándole certezas.
Porque, a pesar de que la poesía es un don, algo que le viene dado al poeta, como dejó escrito María Zambrano en Poesía y Filosofía, también es un tormento que le obliga a merecer la ofrenda que recibe; le obliga a convertirse en arquitecto de poemas, en palabras del poeta Paul Valery, que en la obra Poesía y pensamiento abstracto, dice de su labor como poeta: (…) mi trabajo exigía de mí ( …) cantidad de reflexiones, de decisiones, de elecciones y de combinaciones, sin las cuales todos los dones posibles de la Musa o del Azar se mantenían como materiales preciosos en una cantera sin arquitecto”.
Y es que la inspiración, aunque esencial, nunca es suficiente, ni la inteligencia, ni el conocimiento o la capacidad de trabajo. En esta compleja y misteriosa tarea de construir poemas actúan muchas potencias, y la sensibilidad, aquella que Kant consideraba la primera fuente de conocimiento, es una de las primordiales.
Así, en su espíritu filosófico, hay en este libro, ya desde el título, una dialéctica, un reconocimiento de la razón como motor de la naturaleza humana, aunque en comunión con los sentidos, porque nuestro autor se sirve de ellos, como se sirve del mundo de los sueños o de la vigilia soberana de la ciencia. Todo le es útil, nada desdeña en su camino, en su búsqueda interior, hasta llegar a construir un universo poético original; una poesía humanista que pretende unir a todas las fuerzas creadoras de la vida y del arte, y que apela siempre a nuestra humanidad. Una unión entre palabra y pensamiento que duele a la vez que reconforta.
Hay certezas, amargas en su plenitud, como las del texto titulado En la duermevela: “He comprendido que se vive en la disposición del caos, en la enajenación de unos sentidos maravillados”; y otras, desoladoras, que conducen a la metafísica en Abisal: “El abismo es la proyección de Dios y el hombre siente devoción por el vacío”.
Y de nuevo, se puede escuchar en Perplejidades y certezas el aleteo de las palabras pronunciadas por Paul Valery en el ensayo antes citado: “Si el poeta fuera únicamente poeta, sin la menor esperanza de abstraer y de razonar, no dejaría tras de él ninguna huella poética”.
Porque el pensamiento poético que nos penetra, aquel que permanece vivo en nuestra memoria haciéndonos volver de nuevo a él, lo encontramos por ejemplo en estas palabras de Fuente sellada: “Soy centinela del lugar que abandoné”, o en las de Elogio de la llama: “Qué belleza en el funeral de la luz (….) La cremación es lenta, pero el incendio no se detiene; hay en su temblor, en su convulsión, una parte de mi júbilo y de mi sufrimiento.” Versos turbadores donde sentimos que el lenguaje rompe las ataduras del tiempo y del espacio y se hace infinito.
El libro termina con una serie de imágenes y pensamientos brillantes a modo de aforismos o poemas, de los cuales no me resisto a transcribir uno de mis favoritos: “Venid a nuestros campos luciérnagas extinguidas, alumbrad los márgenes espesos. Es la hora en que las ventanas se encienden y despuntan las tinieblas. Almas encinta de las amapolas. Estamos consagrados al recuerdo.”
Textos que en su belleza y contundencia crean un temblor musical y recuerdan las palabras de George Steiner en el prefacio de La poesía del pensamiento: (…) El argumento, aún analítico, tiene su redoble de tambor. Se hace oda. (…)
La obra de José Luis Zerón es inspiradora, capaz de abrir nuestra mente y nuestros sentidos, de removernos por dentro, como solo lo hacen los grandes de la literatura.
Y permítanme terminar uniendo las palabras de nuestro autor a las de uno de los más grandes escritores de la historia, Albert Camus.
“(…) Así, persuadido del origen plenamente humano de cuanto es humano, ciego que desea ver y sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. (…) La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. (…)”. Escribe Albert Camus en El mito de Sísifo.
“En épocas de desamparo rotura tu propia nada y siembra en los surcos hostiles palabras de afirmación. Pero es preciso sentir la convulsión de la siembra, sólo así abrirás caminos de cosechas”. Suscribe José Luis Zerón al final de Perplejidades y certezas.
Pensamientos poéticos que nos inspiran, creadores que nos ayudan en la ardua y maravillosa tarea de vivir.

Mª Engracia Sigüenza pacheco

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Elle, por Mª Engracia Sigüenza Pacheco

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Elle: fascinación, inteligencia y perversidad.elle-258494210-large

La Elle del título, muy acertado en mi opinión, ya que ella es la pieza fundamental de la película, es Isabelle Huppert, una actriz prodigiosa a la que no le queda nada por demostrar y a la que vimos hace poco en la magnífica El porvenir, y que aquí se convierte, con su exquisita naturalidad en Michèle, un personaje provocador, audaz e inquietante y muy rico en matices.

En un contexto como el París actual, el director Paul Verhoeven (Ámsterdam, 1938), que posee una atractiva filmografía y una mente muy bien amueblada (se doctoró en física y matemáticas en la prestigiosa Universidad de Leiden), disecciona, basándose en la novela Oh…, de Philippe Djian, el mundo de la clase alta francesa sin dejar títere con cabeza. La hipocresía, la falta de escrúpulos, la estupidez y el fanatismo conviven con la ostentación, la perversidad y la violencia. Es un mundo despiadado, creado por los hijos de aquellos jóvenes nihilistas que deambulaban por las calles de París en la muy interesante Un mundo sin piedad, dirigida por Eric Rochant en 1989. Y el análisis, no exento de ironía, lo hace a través de un personaje femenino muy potente y nada convencional. Una mujer que ya en la brutal escena inicial nos revela su fortaleza e independencia, su forma de encarar los embates sin amilanarse.

A medida que avanza el metraje, el director nos va introduciendo en una comunidad hastiada, donde salir de la zona de confort solo significa exceso y patología, y observamos que en ese ambiente ella sabe moverse con determinación y aplomo, empoderándose, empeñada en no ser una víctima. Y pronto descubrimos que esa autosuficiencia –una mujer acaudalada, directora creativa en una poderosa empresa de videojuegos, que elige vivir sola y mantener una vida sexual libre y alejada de sentimentalismos-, unida a su inteligencia y a su atractivo, la convierten en objeto de deseo, de amor-odio de todo su entorno.

Y ella lo sabe, sabe a lo que se expone una mujer cuando no quiere renunciar al poder y a la libertad, cuando se muestra agresiva en el trabajo para hacer valer su criterio. Su resistencia y osadía quizá provengan de las vivencias del pasado, cuando siendo niña se enfrentó al horror, o quizá no, nunca llegamos a saberlo. Pero intuimos que para sobrevivir tuvo que protegerse y que se ha hecho a sí misma. Ahora está de vuelta de muchas cosas, y paralelamente al ámbito laboral, donde va dando forma a la guerrera de su videojuego estrella, en lo personal se prepara, se arma, se entrena para la batalla y no huye del miedo. Mimetizada con un entorno perverso y hostil consigue alzarse por encima de la mediocridad que la rodea.

Es una mujer distante y ambigua, que tiene mucho de felina (estupendo el personaje del gato, su cómplice, y ya desde la primera escena metáfora del voyeur, de nuestros ojos o de los ojos del cine) y que nos atrae como un imán, igual que atrae al resto de personajes que orbitan a su alrededor como satélites. La actriz, con su habitual maestría, dota a su personaje de complejidad y por encima de todo de misterio. Algo fundamental, a mi manera de ver, en cualquier obra de arte.

La banda sonora de la compositora británica Anne Dudley, responsable de la música de American History X, Full Monty (por la que obtuvo el Oscar) o Juego de Lágrimas, y que ya trabajó para el director en la estupenda El libro negro, crea una atmósfera perfecta que acentúa la tensión y la intriga.

Rodada mayoritariamente en interiores, la traslación pictórica que siempre descubro en el cine, en este caso me ha remitido, por la temática y el retrato de los personajes, además del Manga (no en vano Francia es el país que más lo edita después del propio Japón), a los cuadros descarnados de Lucian Freud, el pintor de la carne trémula, y al surrealismo de Leonor Fini y Dorothea Tanning; dos artistas en cuyo universo encuentro un simbolismo fascinante y una feminidad compleja y poliédrica, como la de la protagonista, y como la de la mayoría de las heroínas que pueblan la filmografía del director que nos ocupa.

En definitiva, en Elle, su última obra (que ha sido elegida para representar a Francia en los Oscar), el director holandés actualiza temas que ya trataron grandes maestros como Buñuel (El discreto encanto de la burguesía, Belle de Jour)y sobre todo Chabrol (Borrachera de poder, Gracias por el chocolate, La flor del mal, etc.-curiosamente muchas de ellas protagonizadas también por IsabelleHuppert-), y consigue no desmerecer a sus ilustres antecesores. La película es incómoda, turbia e impredecible; una mezcla de comedia surrealista (la cena navideña es un buen ejemplo), thriller y drama social, donde se plantean muchas preguntas, y que provoca perplejidad y desconcierto pero nunca desinterés.

Mª Engracia Sigüenza Pacheco, octubre 2016

* FICCIÓN (Monólogo de Ninotchka desde el cementerio de Estocolmo), por   Mª Engracia Sigüenza Pacheco.

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cementerio de estocolmo

Soy nadie. ¿Tú quién eres?

¿Eres nadie tú también?
Ya somos dos entonces. No lo digas:ninotchka
lo contarían, sabes.

 

Qué tristeza ser alguien,
qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

Emily Dickinson

Estoy pensando en aquellos días inolvidables, cuando todo comenzó. Parece increíble que haya pasado ya más de medio siglo. A estas alturas no sé si queda algo de aquella enigmática mujer que andaba algo perdida en París…

Pero, sí, todavía perdura. Vuelvo a ella y percibo que su esencia sigue viva.

La historia de amor entre aquella agente soviética, rígida y antipática, que había sido enviada a París para resolver unos asuntos de estado y el aristócrata francés, tan atractivo y encantador como parásito social, se convirtió en una aventura inolvidable. Aún me siento orgullosa de ella.

Llegué envuelta en el halo de tristeza que cubría la vida en Moscú, con el peso del pasado, del sufrimiento que había causado la dictadura del zar Nicolás II al pueblo ruso; pero también con toda la ilusión generada por la Revolución. Tenía esperanza en el futuro.

Creo que nunca había pensado en mí como una persona individual, como una mujer. Ese viaje lo cambió todo.

Empezaban a caer bombas sobre Europa, la Segunda Guerra Mundial era un hecho, pero yo aprendía a reír, descubría el amor y me paseaba por París diciendo frases chispeantes, creando situaciones y diálogos brillantes; soñando y haciendo soñar. Y no era frivolidad; era belleza.

Todo giraba alrededor de mí, de la agente bolchevique, seria y austera sí, ¡pero tan inteligente! Una mujer de carácter, dijeron todos; íntegra y capaz de luchar por sus ideales, por un mundo en el que cree. Sí, yo también me veía así, me sentía segura de mí misma, una mujer única, distinta a las demás. Por eso aquel playboy parisino cayó rendido a mis pies.

Muy pocos pensaron que era una mujer insípida o poco femenina. La mayoría supo ver lo que yo había demostrado: que se podía ser atractiva apelando a la naturalidad; que la elegancia y la belleza dependían más de la actitud y de la personalidad que de los accesorios.

Recuerdo que era independiente y audaz, nada puritana, y que, en el fondo, sabía reírme de mí misma.

La verdad, con alguien así no se podía criticar en serio al régimen comunista; yo era producto de ese país, de ese régimen. Y todos debían saber que después de la Revolución, la Rusia comunista era el único lugar donde las mujeres cobraban igual que los hombres por el mismo trabajo. A nadie le extrañó, por lo tanto, que aquel mismo gobierno enviara a una mujer como yo para llamar al orden a tres camaradas bastante ineptos.

América empezaba a vislumbrar, muy a su pesar, que en ese país se estaba gestando una gran potencia.

Pero tampoco se podía negar que el soviético era un régimen totalitario, incluso yo debía saberlo.

Y allí, en ese nuevo mundo que acababa de descubrir, se amaba tanto la libertad, el sentido de la aventura, el optimismo que el cine americano siempre había querido transmitir. ¿Quién hubiera podido resistirse? Yo desde luego no.

Los humanos estamos hechos de fuego, a veces se nos apaga, es cierto, pero siempre podemos volver a encenderlo.

Y aquellos genios que nos convocaron sabían hacerlo. Ellos sabían cómo inflamar los corazones. Y además eran unos visionarios: fueron capaces de anunciar el enfrentamiento cultural y político que llegaría con la Guerra Fría.

Y luego estaba París, el infinito París. Aquella ciudad que estaba fuera del tiempo, que escondía dentro de su corazón la pasión, el espíritu revolucionario. No cambié mis ideales, como algunos han interpretado, no me traicioné ni me dejé seducir por el Capitalismo. Simplemente comprendí que no podía huir. París habitaba en mi interior.

Pero lo definitivo fue encontrarla a ella, o que ella me encontrara a mí, tanto da. Lo cierto es que desde entonces fuimos una dentro de la otra…hasta el final.

Nada más verla supe que era muy parecida a mí: fría sólo en apariencia, con un fino sentido del humor y una sutil ironía; una mujer avanzada a su tiempo, que intentaba ser fiel a sí misma y sentirse segura, aunque no siempre lo conseguía.

Las dos protegíamos nuestra intimidad, nuestro mundo interior. Un mundo al que no se podía acceder fácilmente.

Aunque yo a ella la dejé entrar enseguida. Y la amé. Todavía la amo…

Mi aventura con aquel Don Juan duró poco. Con ella he permanecido siempre.

Y con ella he amado mucho también… Hemos sido afortunadas.

Cuando la conocí, en el 39, el pueblo ruso no era un pueblo cateto y atrasado, como querían hacernos creer, aunque ciertamente existiera la censura y la temible Siberia; ni en el París capitalista todo era felicidad y bonanza. Pero eso es lo de menos. Nuestra historia trataba realmente de otra cosa: trataba de la alegría, de la pasión por la vida, de la fuerza trasformadora del amor. Trataba de la libertad.

Y eso lo aprendimos enseguida. Y supimos que para ser libres debíamos abandonar aquel planeta banal y pernicioso llamado Hollywood. Allí se vivía de la mendacidad. Nosotras no pertenecíamos a ese lugar.

Hoy, en el recuerdo, todo aquello no es más que un espejismo…

Ahora somos hierba, rizoma, tierra fértil en este maravilloso bosque de Estocolmo.

Aquí descansamos, junto a Greta Gustafsson; un ser anónimo, como todos, pero auténtico.

Lo demás es sólo ficción.

*Relato publicado en el libro No hay color: películas en blanco y negro, de Kike Payá “Kikelin

 

 

“La primera vez que no te quiero” o “Cómo aprendí a quererme”, por Mª Engracia Sigüenza Pacheco

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Lola López Mondéjar (Murcia, 1958) es psicóloga, psicoanalista y escritora. Ha publicado las novelas Una casa en La Habana, Yo nací con la bossa nova, No quedará la noche y Lenguas vivas; el libro de relatos El pensamiento mudo de los peces y el de ensayos Psicoanálisis y creatividad: el Factor Munchausen. Desde 1998 hasta 2009 coordinó el programa literario La Mar de Letras, en Cartagena, y desde 2005 los talleres de escritura creativa de la Biblioteca Regional de Murcia. Su novela Mi amor desgraciado fue finalista del XXI Premio de Narrativa Torrente Ballester. Colabora habitualmente con el periódico La Opinión de Murcia, en el que mantiene el blog Microscopías.

 

la primera vez que no te quiero“La vida es un largo combate por el que se llega a ser uno mismo, esas es la tarea más elevada e ineludible de todo ser humano.”

Estas palabras de la filósofa, escritora y feminista Simone de Beauvoir  vertebran la historia que teje Lola López Mondéjar en “La primera vez que no te quiero”.

Una novela que nos atrapa desde la primera línea con una frase impactante y nos sumerge sin contemplaciones en  el arduo proceso de aprendizaje que inicia la protagonista: una mujer que intenta tomar las riendas de su vida y levantar su autoestima teniendo como meta las palabras de Simone de Bouvoir; autora fundamental para entender el siglo XX y varias veces citada en el libro.

La historia de Julia, la protagonista, se alza como un certero retrato psicológico de una mujer que empieza a conquistar su libertad durante los años de la transición,  unos años que fueron decisivos para la historia de nuestro país; y una etapa que representó un estallido de sueños de modernidad y de progreso, en una España que tenía por delante la complicada tarea de reconstruirse después de 40 años de dictadura.

La autora utiliza aquellos años y los que los precedieron como espléndido telón de fondo para su relato. Y, a través de la experiencia de su protagonista, analiza la revolución política y sexual, el ambiente universitario en los albores de la democracia -especialmente en una disciplina, la psicología, que también era todo un descubrimiento en aquella época-, y, como no podía ser de otra manera, los cambios que empezaron a producirse en el seno de las familias.

Porque una generación, que había sufrido las penurias de la posguerra y el ambiente represivo de la dictadura, se vio abocada a no entenderse con sus hijos e hijas; unos jóvenes que, de pronto, tenían todo un mundo de posibilidades a su alcance.

Para contarnos la peripecia existencial de la protagonista e ilustrar la profunda brecha que se abrió entre una generación y la inmediatamente posterior, la autora emplea el recuso narrativo de la alternancia y la fragmentación. Y en primera persona, como si hablara en voz alta, Julia nos va relatando su vida, dando saltos en el tiempo, retrocediendo y avanzando, siguiendo los latidos del recuerdo y el fluir del pensamiento. Conjugando acción e introspección, y alternando las imágenes de una infancia represiva y pueblerina con las de una juventud universitaria, viajera y liberadora. Y ese ir y venir en el tiempo y en el espacio resalta los contrastes haciéndonos entender de forma inmediata el abismo que separó a los dos mundos.

En este contexto, la protagonista se cuestiona, indaga en su pasado, reflexiona sobre la personalidad de sus padres y la relación de amor-odio que mantenía con ellos. Intenta descubrir de dónde procede su rebeldía, para poner nombre al profundo malestar que la embarga y encontrar el origen de su inestabilidad emocional y de su falta de autoestima. La autora nos describe a Julia como una mujer vitalista: “(….) Temía ser algo concreto porque ser algo me limitaba”, nos dice en una de las páginas del libro. Como una mujer llena de curiosidad y de pasión por la vida que no teme quedar convertida en estatua de sal cuando decide enfrentarse a su pasado. Más bien al contrario, ese mirar hacia atrás es un desafío para ella, una batalla que tiene que emprender para liberarse de un sentimiento de culpa y de inferioridad que, aun sin poder nombrar, comienza a percibir tempranamente: (…) Ya entonces sospechaba que ser mujer era un defecto imperdonable que me impediría abandonar mis orígenes para buscar la aventura”, escribe en otro clarificador pasaje.

Y esa curiosidad innata de la protagonista, esa osadía para enfrentarse a los prejuicios sociales y a sus propios miedos, la emparenta con las heroínas inmortales de la literatura, aquellas que configuraron lo que se ha venido a llamar la épica de lo femenino.

Y es que la gran literatura, la que escribieron figuras tan dispares como las hermanas Brontë, Gusteve  Flaubert, León Tolstoi,  Marguerite Duras o la recientemente fallecida Doris Lessing, sigue siendo inspiradora, entre otras cosas, por haber creado personajes femeninos inolvidables; mujeres que no aceptaban las servidumbres a las que eran condenadas por el mero hecho de ser mujer.

La indagación  de Julia en su pasado, el psicoanálisis al que se somete para intentar comprenderse y liberarse se convierte en la novela en una especie de alegoría de lo que supuso el feminismo para las mujeres y la llegada de la democracia para España. Porque tanto las mujeres como el país iniciaban un proceso de descubrimiento y de construcción, de búsqueda de identidad y de emancipación. Y ambos tuvieron que exorcizar un pasado de represión y aislamiento y enfrentarse a los desafíos de la libertad sin aprendizajes previos.

La novela finalmente nos invita también a hacer balance, sutilmente nos induce a plantearnos algunas preguntas: ¿qué queda de aquellos años de efervescencia política y cultural y de sueños de futuro? ¿Qué grado de libertad, de igualdad real han alcanzado los hombres y las mujeres en la España actual? ¿Hemos debatido constructivamente sobre nuestro pasado? ¿Hemos realizado la imprescindible autocrítica, el necesario psicoanálisis para llegar a comprendernos?

Después de la lectura del libro, la historia de Julia no nos abandona fácilmente, más bien nos deja con ganas de saber cómo le iría en la actualidad. Empatizados con el  personaje, quisiéramos saber qué le deparó el futuro. Un futuro que con su elección final la protagonista empieza a vislumbrar como obra suya; pero también como un proceso de conquista que sabe no ha hecho más que comenzar.

Y no resulta baladí que la autora empiece y termine su historia usando la metáfora de la maternidad, un asunto clave en la vida de las mujeres, y que al igual que el tema de su sexualidad sigue siendo moneda de cambio en una sociedad todavía regida por las leyes del patriarcado. Por eso resulta apropiado terminar con otra reflexión inspirada en Simone de Beauvoir, cuya obra sigue plenamente vigente, y que resume, a mi entender, el espíritu del libro: la mujer no alcanzará su máxima expresión hasta que no pueda elegir cómo experimentar su feminidad sin estar sujeta a prejuicios sociales o culturales que atenten contra su individualidad. Hasta que no pueda vivir por ella y para ella.

Mª Engracia Sigüenza Pacheco (diciembre, 2013)engracia

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